Vuelo
Entonces » Capítulo 31
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Dominic pasa otra página mientras yo recorro con el dedo su tonificado abdomen y la línea de vello que desciende desde su ombligo hacia su pubis. Me fijo en el título del libro: 1984, de George Orwell. Estoy tumbada en diagonal en la cama mirando hacia él, que está sentado con la espalda apoyada en el cabecero. Llevo en la misma posición los últimos diez minutos, dado que ha estado ignorándome descaradamente desde que he salido de la ducha. Fuera está diluviando y el día parece haberse convertido en noche en su habitación. La lluvia golpea el tejado mientras él pasa otra página. La única luz de la habitación proviene del salvapantallas del ordenador y de la lamparita de la mesilla.
—¿Piensas pasarte el día ignorándome mientras lees?
—Sí —responde él, con una pequeña sonrisa en los labios.
—Pues entonces tengo mejores cosas que hacer.
Me dispongo a levantarme, pero él desliza una mano por mi espalda y la posa sobre la curva de mi culo. Cierro los ojos, recordando estas últimas horas que he estado a su merced. Estoy dolorida. Más que dolorida. Prácticamente me ha follado hasta dejarme tiesa. Mi placer se atenúa de forma considerable al pensar en Sean y, por unos segundos, la culpa me paraliza. Por más que lo intento, no puedo entender que esto le parezca bien, que les parezca bien a ambos, cuando yo no soportaría estar en su lugar, permitiendo que ellos compartieran su cuerpo con otra persona. Pero Sean no está aquí y no sé si es por eso por lo que me estoy tomando tantas libertades con Dominic. Intento recordar las palabras que me dijo aquel día después de nuestro encuentro amoroso en la balsa, pero estas no me alivian.
—Ni está enfadado contigo ni lo estará. Además, no tienes nada mejor que hacer —dice Dominic, desde detrás del libro.
El viento azota la casa.
—Todavía no ha vuelto de la excursión. Lleva horas fuera y hay tormenta. ¿Crees que estará bien? —Dominic pasa otra página. Lee a la velocidad del rayo—. Es de mala educación ignorar una pregunta directa.
—Es una pregunta estúpida. Y yo no respondo preguntas estúpidas.
—Eres un cabrón y un bicho raro.
Él esboza una sonrisita.
—Un cabrón y un bicho raro al que no puedes dejar de follarte.
—Para eso hacen falta dos —digo, acariciando con el dedo la cintura de sus pantalones. Al parecer, considera inapropiado leer desnudo—. ¿Por qué me odiabas?
Levanta la vista de la página para mirarme.
—¿Quién ha dicho que no siga haciéndolo?
—Yo. —Me pongo a horcajadas sobre él, le quito el libro y lo lanzo hacia atrás. Sus ojos arden de rabia mientras me agacho para inclinarme sobre él, poniendo las manos sobre sus hombros para inmovilizarlo—. Y si esto es lo más parecido a una cita que voy a tener, lo menos que podrías hacer es darme un poco de conversación.
—Una cita —se burla él, riéndose. Eso me duele—. Estás llamando a la puerta equivocada.
—Ya lo sé: tú no eres Sean.
Dominic me mira fijamente.
—Pues no.
—Entonces, dime quién eres.
—Ya sabes quién soy.
—Un friki encubierto e introvertido con modales terribles y un gusto musical excelente. Estabas pinchando tú en la fiesta de la que me echaste, ¿no?
Él asiente con la cabeza.
—Estaba trabajando.
—¿Hasta que me viste?
Vuelve a bajar la barbilla.
—¿Alguna vez has tenido novia?
—Cuando era más joven y creía que mojar el churro era la rehostia.
—¿Alguna vez has estado enamorado? —Silencio—. No es una pregunta estúpida.
—Lo es si el amor te parece irrelevante.
—¿Por qué el amor te parece irrelevante?
—Porque no me interesa.
—¿Y qué te interesa?
—El libro que estaba leyendo.
Resoplo y me quito de encima de él para coger el libro y entregárselo. Él reanuda la lectura mientras yo voy hacia la puerta.
—Elige uno —dice mientras miro fijamente la manilla.
—¿Un qué?
Él señala los estantes con la cabeza.
Me paso las manos por la cara, frustrada.
—Me estás volviendo loca. —Me acerco a la estantería y echo un vistazo a su colección. Me detengo al ver algunos títulos conocidos—. Tienes toda una sección de novela romántica. —Me río mientras cojo un libro de la estantería. Cuando lo abro, un tique cae al suelo. Al echarle un vistazo, veo que ha comprado hace poco diez libros y que se ha gastado unos cuantos cientos de dólares al optar por unos ejemplares carísimos de tapas duras en lugar de por ediciones de bolsillo—. ¿Acabas de comprarlos? —Examino los títulos con más detenimiento y caigo en la cuenta de que la mayoría son novelas románticas de mis autores favoritos. También hay algunas de suspense y una histórica, más antigua. Todas ellas pertenecen a una lista que conozco bien y que está anotada en un marcapáginas que tengo en la habitación. Dominic debió de entrar en mi cuarto a curiosear cuando estuvo en mi casa mientras Sean me distraía—. ¿Has fisgoneado entre mis cosas? —Él no levanta los ojos del libro. Es una pregunta estúpida. Y la respuesta es obvia, pero no puedo evitar hacerla—. ¿Los has comprado para mí?
Silencio.
Una vez más, vuelvo a sentirme como si levitara mientras él sigue leyendo, fingiendo indiferencia. Pero ahora sé que no es eso lo que siente, algo que lo cambia todo. Bajo esa máscara hay un hombre que ha estado pendiente de mí, muy pendiente de mí.
Pasa otra página y acerca una almohada a su hombro. Quiere que lea con él, en su cama. Y qué mejor forma de pasar un día de tormenta que acurrucada con un hombre imponente, perdida en las palabras.
Horas más tarde, él va por el segundo libro y yo estoy metida de lleno en una novela erótica de suspense, con la respiración acelerada mientras paso la página y empiezo a excitarme. El olor de Dominic me envuelve y extiendo la mano para acariciarle tímidamente el pecho. Hemos estado así, acariciándonos de vez en cuando, desde que me he acomodado a su lado. El deseo me invade cuando llego a la parte en la que la maravillosa tensión sexual explota. En ese preciso instante, Dominic me da un beso en el vientre. Aparto la vista de la página mientras él me arrastra hasta el borde de la cama y me abre las piernas.
Hago ademán de dejar el libro, pero él lo señala con la barbilla.
—Sigue leyendo.
Baja la cabeza mientras yo intento reanudar la lectura. Él me abre e introduce la lengua en mi interior. Ya estoy a punto de correrme cuando empieza a lamerme el clítoris. Dejo caer el libro de bolsillo sobre el pecho, enredo las manos en su pelo y él se detiene, con una orden clara en su mirada que me hace volver a coger el libro. Me tiemblan los muslos mientras intento leer el mismo párrafo por tercera vez. Sus gruesos dedos me penetran justo cuando el protagonista empieza a embestir a la mujer, tirándole del pelo y provocándola con frases obscenas. Las palabras comienzan a difuminarse de nuevo mientras me pierdo en la tortura de Dominic; mi mente está mucho más interesada en mi propia historia.
Él rodea mi clítoris con los labios y lo succiona con fuerza, consiguiendo que se me caiga el libro. El mero hecho de verlo hace que me resulte imposible cumplir sus órdenes.
—Dom —le ruego cuando él se queda inmóvil, pero se niega a ceder.
Solo cuando recupero el libro él reanuda lo que está haciendo, pasándome los dedos por los labios para abrirme antes de bajar la cabeza y lamerme una y otra vez el clítoris con la lengua.
Más que consciente de cada una de sus caricias, pierdo el control bajo su lengua y enloquezco al oír el sonido del envoltorio de un preservativo antes de sentir cómo se introduce lentamente en mi interior. En cuestión de segundos, deja en ridículo al protagonista del libro, follándome a lo bestia, sin piedad.
Solo lleva unos cuantos empellones cuando lanzo el libro al otro lado de la habitación, pasando totalmente del final.