Vuelo

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Entonces » Capítulo 32

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El día que paso en la cama con Dominic es completamente inesperado y absolutamente maravilloso. Pedimos comida tailandesa, hacemos un pequeño pícnic sobre el edredón y él se lía un porro. Atiborrados y colocados, nos tumbamos boca arriba, escuchando a Pink Floyd y hablando sobre ellos. El entusiasmo de Dominic no decae mientras me cuenta sus teorías sobre algunas de las letras de las canciones más crípticas.

Miramos hacia el techo con nuestras manos rozándose y la ventana abierta de par en par mientras la música rivaliza con la lluvia torrencial.

Es uno de los mejores días de mi vida por el mero hecho de estar a su lado, por las caricias compartidas, los besos apasionados, los polvos interminables, las conversaciones entre risas y las raras sonrisas auténticas que le arranco cuando me lo permite. Ha sido un día increíblemente íntimo. Dominic me ha dejado asomarme a su mundo. Igual que me pasó con Sean, él no es en absoluto como me lo imaginaba. Más allá de su exterior imponente y hostil hay mucho mucho más. Es tan idealista como Sean y en su conversación puedo percibir la impresión —el impacto— que cada uno de ellos ha causado en el otro. Envidio su confianza mutua. Cuando Sean me dijo anoche que lo que más necesitaba era que confiara en él, creía que lo había pillado, pero no de la forma en la que Dominic me ha ayudado a entender las cosas hoy, simplemente mediante unas cuantas referencias a Sean en la conversación. En cierto modo, eso me reconforta, no solo por el hecho de que se protejan el uno al otro, sino también, de forma egoísta, por la parte que me toca.

Puede que sean capaces de entregarme libremente al otro no solo por lo que sienten por mí, sino por la forma en la que ellos se quieren y se respetan.

O puede que yo lo esté usando como excusa para tratar de justificar mi participación en todo esto.

Pero, sea lo que sea, está ahí, patente en su vínculo, en su amistad y en sus vidas entrelazadas.

Por el altavoz Bluetooth que Dominic tiene en el escritorio empieza a sonar Wish You Were; la melodía nos envuelve y me pongo sentimental mientras lo agarro de la mano y me giro para mirarlo. Él sigue contemplando el techo.

—No me odias. —Es una afirmación, no una pregunta, pero él la ignora—. Y esto es una cita. Tú también me miras fijamente todo el rato. Y no eres tan cruel o temible como finges ser. —Nada. Es como si no estuviera oyendo lo que digo. No se puede ser más cabrón—. En fin —continúo, dándome la razón a mí misma por mi propio bien—. Lo de hoy ha sido increíble y eres un compañero de lectura fantástico. —Me río porque estoy colocada, porque este hombre me hace sentir bien y porque soy feliz. Le doy la vuelta a su mano y le acaricio la palma con los dedos. Cuando vuelvo a mirarlo, veo que sus ojos siguen el recorrido de mis dedos antes de clavarse en los míos. No está acostumbrado a las muestras de afecto y eso me entristece. Nos miramos fijamente durante unos segundos—. Mis días de lluvia son tuyos, Dominic. Si los quieres —digo al fin.

—Aquí llueve mucho —responde él tras unos segundos que se hacen interminables.

—Por mí no hay problema. Pero mis días de sol pertenecen a Sean.

—Poner reglas es contraproducente…

—No es ninguna regla. Es una petición —digo, interrumpiéndolo, mientras busco sus ojos con los míos—. Solo necesito cierta claridad por mi propio bien, pero ojalá haya muchos días de lluvia.

Él se muerde el labio inferior y yo hago otra foto mental.

—Entonces ¿te apuntas? —me pregunta.

Bajo la vista y el ambiente se vuelve tenso.

—No lo sé.

—Es algo muy serio —me advierte—. No te lo tomes a la ligera.

—No lo estoy haciendo.

—Bien.

Abro la boca para decir algo, pero me quedo paralizada cuando el sonido del Nova de Sean se cuela en la habitación a través de la ventana abierta. Su llegada hace que me ponga a limpiar a todo correr la basura y el resto de las pruebas de lo que hemos hecho ese día. Cojo la bolsa de la papelera que hay junto al escritorio de Dominic y me apresuro a tirar la comida para llevar y las botellas de agua vacías.

Puedo sentir sus ojos de acero sobre mí y mi corazón culpable late a toda velocidad mientras corro por la habitación.

Cuando veo su mandíbula apretada y sus ojos fríos, me doy cuenta de que está enfadado porque no le creo. Porque no creo a Sean. Porque todavía no tengo claro que esto no me vaya a estallar en la cara. Acobardada, ato la bolsa justo cuando Sean empieza a subir las escaleras enmoquetadas. La puerta está entreabierta y él se asoma. Está empapado de pies a cabeza y me saluda con una sonrisa radiante.

—Hola, pequeña.

—Hola —digo, bajando la mirada mientras se acerca.

No puedo hacer esto. No puedo.

Pero, entonces, ¿por qué siento que mi corazón es capaz de hacerlo? A mi cuerpo no le ha costado nada asimilarlo, pero mi mente no deja de juzgarme.

Son sus palabras —sus acciones y reacciones— las que me tranquilizan, no mi propia mente, y en algún momento eso tendrá que cambiar si quiero que esto funcione. Sean espera pacientemente, pero yo no me atrevo a mirarlo. Llevo puesta una camiseta limpia de Dom sin nada por debajo, un claro indicio de que he cambiado temporalmente de bando y de cama.

Le respondo con la única frase segura que me proporciona mi cerebro.

—Cuánto has tardado. ¿Te lo has pasado bien?

—Sí. La caminata ha sido perfecta y luego he estado trabajando un poco. ¿Y tú?

Asiento con la cabeza, con un nudo en la garganta. Sin saber qué hacer, evito girarme hacia Dominic para ver qué opina de la situación. Tras otro doloroso silencio, Sean me levanta la barbilla y niega con la cabeza obstinadamente antes de acercarse para besarme. Sus labios son suaves y su olor hace que se me humedezcan los ojos cuando se separa.

—¿Sigues intentando hacer las paces con tus fantasmas?

Asiento con solemnidad.

—Lo estoy deseando.

—Soy todo tuyo, Cecelia.

Palabras. Las palabras perfectas procedentes de un hombre perfecto que ya no creo merecer. Sean saluda con la cabeza a Dom mientras susurra un «Buenas noches, tío». Estoy abriendo la boca cuando él agarra el pomo desde el otro lado de la puerta y la cierra conmigo dentro.

Pasmada, me quedo allí plantada durante un rato. Luego me giro y veo a Dominic, que me mira fijamente antes de acercar la almohada libre a su hombro. Vuelvo a meterme en la cama con él, sonriendo de oreja a oreja, justo antes de que este apague la luz y me atraiga hacia él.

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