Vuelo
Entonces » Capítulo 33
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Ese —dice Layla cuando salgo del probador para ponerme delante del espejo de cuerpo entero.
Tessa, la dueña del establecimiento, asiente desde su puesto en la caja registradora de la tiendecita mientras yo analizo cómo me sienta ese vestido de tirantes de color amarillo claro que me marca todas las curvas. Me he puesto en forma gracias a las largas caminatas con Sean. El color del vestido hace que mi piel bronceada parezca más oscura y resalta el azul de mis ojos.
—Sí, este.
Layla me sonríe con picardía y se acerca a mí para que Tessa no la oiga.
—¿Para cuál de ellos es?
—Para Sean. Voy a ir a su casa cuando salga para hacerles la cena antes de los fuegos artificiales de esta noche.
Ella inspecciona una hilera de perchas y sonríe.
—Si no quisiera tanto al gilipollas de mi prometido y no conociera a esos dos idiotas desde que nacieron, estaría celosa.
Layla es bastante mayor que yo. Acaba de cumplir treinta años, pero hasta entonces no había sido consciente de su edad. Por nuestras conversaciones, deduzco que lleva en el «club» desde el principio. Apoya a muerte a la hermandad y en las últimas semanas hemos estado pasando más tiempo juntas. Es la única persona, aparte de Tyler, que conoce ese secreto que me hará sonreír en el brunch de los domingos.
El secreto de que tengo una relación poliamorosa.
Lo cual es extraño y maravilloso, estimulante y aterrador al mismo tiempo.
Mi teléfono suena en el bolso, encima de la silla que hay al lado del probador. Lo saco y rechazo el FaceTime con mi madre. La he estado evitando a toda costa por el estado actual de mi vida sentimental y porque no quiero compartir nada de esto con ella. Desde que entré en la pubertad he estado censurándola en silencio por contarme historias que evidenciaban su descarada promiscuidad y ahora no estoy en condiciones de juzgarla. Ni una sola vez he apreciado que hiciera más de amiga que de madre, dado el exceso de información que me proporcionaba en ese sentido. Y todo está mal. No debería castigarla por ello ahora que lo entiendo mejor. Aunque en el fondo quiero creer que mis circunstancias son diferentes. Que mis relaciones son distintas.
Saco la tarjeta de crédito de la cartera, ahogo la culpa y veo que me llega un mensaje mientras se la entrego a la dueña de la tienda, que lleva pendiente de nosotras desde que hemos entrado por la puerta.
Mamá
Solo quería verte la cara. Deja de ignorar mis llamadas. Estoy hasta las narices, cielo. O me devuelves la llamada, o cojo el coche y me planto ahí desde Atlanta ESTA MISMA NOCHE.
Escribo una respuesta rápida.
Yo
Perdona. Luego te llamo.
Mamá
Eso dijiste la semana pasada.
Yo
Lo haré. Te lo prometo.
En cuando Tessa me cobra, Layla arranca la etiqueta. El vestido cuesta mucho más de lo que me gastaría normalmente en cualquier prenda de vestir, pero, debido a la influencia de Sean, ahora solo compro en tiendas de por aquí. Lo que significa que pago treinta dólares más en esta boutique del centro del pueblo por un vestido y aporto dinero a la economía local para apoyar a los pequeños empresarios.
Pero en la cara de Tessa y en sus ojos esperanzados había verdadero temor cuando Layla y yo entramos y empezamos a mirar las etiquetas de los precios. Era tan evidente que estaba desesperada por una venta que me hizo sentir bien por lo que estaba comprando y temer por ella, por si el negocio no funcionaba. Antes de irme, me entero de que heredó el comercio de su abuela cuando murió, que lo renovó e invirtió hasta el último centavo en reformar esa tiendita. Tessa no es mucho mayor que yo y no puedo evitar sentir pena por ella cuando se da cuenta de que está hablando demasiado, con una voz visiblemente emocionada.
Decido contárselo a Sean, no por el mérito de comprar allí, sino porque sé que él puede hacer algo al respecto. En Triple Falls hay unos cuantos negocios locales selectos donde es Navidad cuatro veces al año —en su mayoría, comercios que son propiedad de familiares de miembros de la hermandad, para mantenerlos a flote—. Me enteré tras un día entero compartiendo el secreto.
Como me prometieron, he obtenido respuesta a otra pregunta que me reconcomía. Tyler es el Fraile. Precisamente, lo descubrí una vez que él y yo nos encargamos de repartir los cheques a dichos negocios, algo que Sean no quería que me perdiera. Al final del día, entendí por qué me había dejado participar. Quería que viera con mis propios ojos la razón por la que lo hacen.
Lloré como una Magdalena tanto durante el proceso como al final, cuando los propietarios de las tiendas salían por la puerta con lágrimas en los ojos. Las palabras de agradecimiento brotaban de los labios de todos ellos mientras aceptaban los cheques.
Pero el papel de Tyler era enmascarar al verdadero culpable: Dominic.
Él y su habilidad con el teclado eran los responsables. ¿La fuente del dinero? Grandes empresas y bancos que desviaban fondos de accionistas y empleados despistados. Empresas y bancos que no podían denunciar el robo por miedo a ser inspeccionados más a fondo por los poderes fácticos, los poderes que gobiernan y regulan.
Eso es lo bueno de robar a los ladrones.
Más de una vez le he preguntado a Sean cuáles eran sus planes en relación con la empresa de mi padre. Él siempre cambia de tema, negándose a responder a la pregunta, y no me sorprendería que, en un futuro, mi padre recibiera una dolorosa dosis de justicia.
Pero eso implicaría actuar demasiado cerca de casa y mis chicos son en extremo precavidos. No solo eso, sino que un golpe importante también pondría en peligro los puestos de trabajo de sus amigos y familiares.
Por más que lo intento, no logro entender cómo se salen con la suya, pero el caso es que lo han hecho y siguen haciéndolo desde hace mucho. Sean argumenta que esto es algo que ha estado sucediendo durante demasiado tiempo en la otra cara de la moneda. El Gobierno impone cuantiosas multas a los ladrones de guante blanco o algún funcionario acepta un soborno para ayudar a eliminar el rastro. Pero no enjuician a nadie y nadie paga, en realidad.
Estoy totalmente de acuerdo con su lógica y me alegro de formar parte del secreto.
Salvo por esa importante información, Sean ha mantenido la boca cerrada en lo que respecta a los asuntos de la hermandad mientras sigue esperando a que yo tome una decisión. Me estoy tomando mi tiempo. Me han mantenido alejada, negándose a responder a más preguntas hasta que me decida y prometa lealtad. Tyler pasa poco por casa, si es que alguna vez lo hace, y ni él ni Sean ni Dom me han explicado el porqué. Lo que sí sé es que va a estar en la reserva durante cuatro años más, así que doy por hecho que sigue involucrado. No tengo ni idea de lo que hace el resto del tiempo. Tampoco está casi nunca en el taller. Así que, cuando voy a su casa, solo estamos los dos hombres de mi vida y yo.
Y cuando estoy con ellos, me adoctrinan constantemente. Aunque todavía no me he decidido, eso no les impide expresar sus opiniones, ni mucho menos. Dominic también habla más. Es muy divertido despertarme, bajar las escaleras y encontrármelos viendo las noticias de la mañana en todos los canales mientras les preparo el café. Los dos se ponen tensos en los mismos momentos y dicen «Joder» exactamente al mismo tiempo. En lugar de hablar de fútbol, hablan de política y nunca están a favor de ningún bando. Si no me dedicara a estudiar las diferencias que hay entre ellos a diario, a veces pensaría que son la misma persona.
Aunque en muchos aspectos son la noche y el día; la nube oscura y el sol radiante. Y compararlos me resulta inevitable. Dejé de fustigarme por ello después de la primera semana más o menos.
Nunca había salido con dos hombres a la vez y la verdad es que me siento desbordada. Si no estuviera tan contenta a diario, probablemente sucumbiría a la aguafiestas que no deja de acosarme en mi cabeza. Espanto a esa petarda como si fuera un mosquito, porque estoy segura de que muchas mujeres, si tuvieran la oportunidad, se aventurarían a meterse en cualquiera de las dos camas, se darían un atracón de mimos y luego se disputarían mi puesto entre ellas.
Y, aunque yo sí me estoy aventurando al hacer equilibrios sobre esa línea moral, el día del lago fue la única ocasión en la que permití que me compartieran a la vez.
Una vez y nada más.
Por muy memorable que fuera.
No porque no lo disfrutara. Al contrario. Lo disfruté muchísimo. Sin embargo, mi conciencia no lo hizo y, para mí, eso degrada el lado romántico de la situación.
Esos dos hombres han puesto mi mundo patas arriba; han hecho que los colores sean más vivos, que los sonidos sean más agradables, que el mundo en su conjunto sea más soportable. Mis sueños están llenos de días soleados, de protector solar de coco, de besos largos, de quemaduras que escuecen, de baños en cascadas y de suspiros antes de que los cuerpos exhaustos se desplomen sobre almohadas de plumas. Otros sueños están llenos de días y noches lluviosos pasando páginas y viendo viejas películas de los noventa, de palomitas de maíz y de mantas con olor a lavanda, de relámpagos y truenos y de jadeos y gemidos acelerados entre el rayo del cielo y el subsiguiente trueno que hace retumbar el suelo.
Eso es lo que sueño despierta y lo que estoy viviendo.
Los turnos en la fábrica que tanto odiaba han dejado de fastidiarme. Los cumplo escrupulosamente, pensando en la sonrisa de Selma. La ausencia de mi padre ya no me afecta como antes, porque tengo dos ejemplos de primera mano que demuestran que todavía quedan hombres buenos en el mundo. Hombres leales. Hombres fieles. Aunque sean unos ladrones y me hayan robado el corazón.
Estoy enamorada de esos dos hombres.
Dos hombres que hacen que me sienta idolatrada, querida y respetada. Dos hombres a los que les da igual qué cama caliente. Dos hombres que me miran con deseo y cariño. Bueno, eso más bien Sean; Dominic raras veces me mira y, la última vez que lo vi, me cerró la puerta en las narices. Asomé la cabeza dentro de su habitación y apenas me dio tiempo a apartarla antes de que él pegara un portazo. He intentado no tomármelo como algo personal, pero no lo he conseguido. Actualmente estamos librando una batalla de la que él ni siquiera es consciente, pero no dejo que eso me disuada.
Ese cabronazo es como una veleta.
Layla le sonríe a Tessa mientras esta mete en una bolsa sus vestidos y se deshace en agradecimientos hacia las dos. Nos miramos al salir de la tienda.
—Se lo comentaré —digo mientras cruzamos el paseo de la plaza para ir hacia su camioneta.
—Me lo imaginaba.
—Es muy triste.
Ella asiente.
—Me encanta que podamos ayudar… Bueno… —Me muerdo el labio—. Ya sabes a qué me refiero.
Subimos a la enorme camioneta de Layla, que está aparcada al lado de la calle principal, mientras ella echa un vistazo a su alrededor.
—¿Te gustó criarte aquí?
—Sí. Y me alegro de haberme quedado después de graduarme. Lo veo de manera diferente a medida que pasan los años.
Observo la bulliciosa plaza, que parece sacada de un cuadro de Norman Rockwell.
—Te entiendo.
—Adoro la América profunda —susurra antes de volverse hacia mí—. ¿Crees que acabarás instalándote en Atlanta?
—Pues la verdad es que no lo sé. No tengo ningún plan, aparte del de intentar entrar en la Universidad de Georgia.
Layla tiene un pequeño salón de belleza en las afueras de la ciudad y además se dedica a restaurar muebles. Hemos pasado la mayor parte de la mañana recorriendo mercadillos hasta que ha encontrado un nuevo proyecto.
Arranca y va hacia la casa de mi padre, donde me ha recogido esta mañana. Intento dormir allí al menos dos noches por semana para no perder el norte, aunque no me sirve de mucho. Mis sueños son el doble de fáciles de recordar que antes.
—¿En qué estás pensando?
La culpa hace que me ruborice.
—En que estoy jodida.
—Está bien ser feliz, Cecelia. No tienes que pedir perdón por sonreír. No sé quién te ha enseñado lo contrario.
Yo la miro. Ella me guiña un ojo, con la mano sobre el volante.
—Estoy enamorada de ellos.
Layla sonríe.
—Lo sé.
—¿Crees que ellos también?
—¿No se lo has dicho?
—No. Eres la primera en saberlo.
—Gracias.
—No puedo contárselo ni a mi madre ni a mi mejor amiga. Ellas no lo entenderían. Pero tú sí y te lo agradezco.
—Créeme, es mejor que no les cuentes nada.
—Ya, no pienso hacerlo.
Le escribo un largo mensaje a mi madre prometiéndole una videollamada y guardo el teléfono en el bolso.
—¿Te has arrepentido alguna vez?
Layla y yo nunca hablamos directamente de la hermandad, es una especie de norma tácita entre nosotras.
—Pues claro. He perdido la cabeza millones de veces. Y cuando pensé que Denny y yo íbamos a romper, peor aún. Aunque yo tengo ventaja. Llevo más tiempo que él en esto y tengo mi lugar asegurado. Pero la preocupación… —Layla niega con la cabeza—. Joder, eso sí que es agobiante.
—Es peligroso acercarse tanto, ¿no?
—Cariño, hoy en día hasta respirar es peligroso.
—Cierto.
—Recuerda que tú decides hasta qué punto implicarte con ellos. Todo depende de ti. Pero yo te cubro las espaldas, nena. Sobre todo con esos dos mierdas. —Sonríe—. Dominic parece más relajado últimamente.
—Ahora mismo me tiene contenta.
Layla se gira hacia mí, con una mirada de advertencia en sus ojos azul celeste.
—Sobre todo, intenta mantener la cordura. Te estás echando mucho a la espalda y ya es bastante difícil lidiar con uno solo.
Yo sonrío.
—Gracias, lo intentaré. Y gracias también por lo del pelo. —Me paso la mano por la melena recién cortada y con mechas.
—De nada. Ya me contarás qué tal hoy. Y la semana que viene pasaré a recogerte para ir a Eddie’s. Necesito una noche de chicas.
—Hecho.
Layla se va y yo entro por la puerta principal y subo las escaleras, me cambio las sandalias y dejo el teléfono antes de echarme brillo de labios. Estoy volviendo a bajar haciendo una lista mental de tareas pendientes cuando veo a Roman al pie de la escalera esperándome y me quedo helada. Va vestido de manera informal y tiene una ginebra a medio beber en la mano.
Sigo bajando más lentamente mientras él me observa con los ojos vidriosos. No es su primera copa del día.
—¿Todavía vives aquí?
—A veces —respondo con sinceridad.
—Sabía que librabas el festivo, así que volví en coche a casa ayer por la noche.
Frunzo el ceño, apretando el bolso delante de mí.
—No he recibido ningún correo electrónico.
Él inclina el vaso en la mano, frunciendo el ceño.
—No creí que tuviera que enviarte ninguno. Pero, al ver que no estabas en casa, supuse que tendrías planes.
—Pues sí, tengo planes. —Él asiente con la cabeza mientras me acerco. La conversación me ha puesto en tensión. Incluso con ropa informal, es intimidante—. ¿Querías algo?
Le da un trago a la copa y se aclara la garganta cuando llego al rellano.
—Quería contarte en persona que la fábrica va a recibir hoy un nuevo equipo de aire acondicionado. También he estado investigando el otro tema que te preocupaba y ya está solucionado. Contabilidad entregará unos cheques compensatorios con la próxima paga.
—Gracias —digo con desconfianza.
Su vacilación es evidente mientras me mira. Aunque mide poco más de metro ochenta, a mí me parece un rascacielos.
—Está claro que te has adaptado a esto y, a menos que tengas algún reparo, he decidido quedarme definitivamente en el piso. —Me mira implorante y creo ver en sus ojos un atisbo de esperanza, como si deseara que pusiera alguna objeción, pero es demasiado tarde.
—Nada que objetar. ¿Eso es todo?
Él asiente, baja la mirada y se aleja, dejándome mucho más espacio del que necesito para pasar. Yo se lo agradezco y voy ya por la mitad del vestíbulo cuando vuelve a dirigirse a mí.
—No cometas los mismos errores que ella.
Yo giro la cabeza y miro hacia atrás.
—¿Perdona?
—Quién mejor para advertírtelo que su mayor desacierto.
Vuelve a inclinar el vaso y lo vacía de un trago. Sus ojos abisales se encuentran con los míos una vez más antes de que se meta en el despacho y cierre la puerta.