Vuelo
Entonces » Capítulo 34
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Estoy sentada sobre la encimera de la cocina con mi nuevo vestido de verano favorito, pasando la página de la última novela que estoy leyendo, mientras lo que he preparado en la barbacoa con tanto esmero se enfría. Horas después de la cita prevista, el rugido del Nova de Sean enmudece un instante antes de que él entre en casa. Sin apartar los ojos del libro, me llevo un trozo de sandía tibia a la boca mientras él se detiene en la puerta de la cocina, evaluando mi estado de ánimo y observando cómo mordisqueo la dulce fruta. Tras un largo silencio, finalmente me decido a hablar.
—Explícate, Roberts —murmuro entre mordisco y mordisco, echando un vistazo por encima del libro, mientras balanceo los pies en el aire.
Él mira la portada: 1984.
—Me alegra que leas eso y no lo de siempre.
Paso una página e intento emular una de las estrategias del manual de Dominic, respondiendo con una voz mucho más fría.
—No subestimes las novelas románticas. En la última que leí, aprendí a jugar a un juego de cartas en solitario, conseguí la receta de la barbacoa que he cocinado hoy y descubrí cómo alcanzar yo solita un superorgasmo, lo que significa que puedo hacer las tres cosas sin tu ayuda. Esto me hace totalmente capaz de entretenerme a mí misma. Venir aquí con este vestido y cocinar para ti ha sido una decisión y, como todas las decisiones, ha sido opcional.
Su creciente sonrisa es exasperante.
—Estás guapísima.
Muerdo otro trozo de sandía, dejo el libro y lo miro con hostilidad mientras se acerca a mí, impresionante con su camiseta blanca y sus vaqueros oscuros. El cedro y el sol me envuelven sobre la encimera mientras él se inclina hacia mí para darle un mordisco a la fruta. Yo la pongo fuera de su alcance.
—Cógete un trozo para ti.
—Quiero la tuya.
—Pues te jodes. La mía estaba lista hace seis horas.
Él suspira con evidente cansancio.
—Lo único que quiero ahora mismo es un bocado de esa sandía y montármelo con mi chica cuanto antes.
—Olvídate.
Él retrocede, frunciendo el ceño, antes de dar media vuelta y sacar una cerveza de la nevera.
—Me han entretenido. Y ya sabes que no llevo el teléfono encima.
—Y una mierda.
Él niega con la cabeza.
—No, lo que es una mierda es que creas que Gran Hermano solo es el nombre de un programa de televisión.
—¿En serio piensas hacer eso? ¿Vas a darle la vuelta a la tortilla para sermonearme?
Sus ojos se encienden, advirtiéndome, mientras yo abro los míos de par en par.
—El Gran Hermano nos está vigilando, ya lo sé, Sean. Ya lo sé. —Pongo los ojos en blanco—. Eres un paranoico.
Él le da un buen trago a la cerveza y sacude la cabeza con ironía.
—No, soy precavido —susurra—. Y la arrogancia solo conseguirá que nos pillen.
—¿No crees que estás siendo un poco ridículo? —Miro el libro y lo levanto—. ¿No crees que esto es un poco exagerado?
—Claro, como es ficción, es exagerado —me suelta con sarcasmo antes de apretar la mandíbula con dureza—. Porque un lavado de cerebro tan profundo y generalizado como ese no podría llevarse a cabo en la vida real, ¿no? Bueno, a excepción de ese pequeño incidente al que llamamos Holocausto, en el que un puto loco asesinó a millones de personas.
—Ya sabes a qué me refiero. Esto es Triple Falls, Sean, no la Alemania ocupada por los nazis.
—No, no lo sé. Y lo que es ridículo es que necesites ver para creer.
—Discúlpame si pienso que el Gobierno tiene cosas más importantes que hacer que pincharte el teléfono.
Él me mira fijamente.
—Todos los teléfonos están pinchados. Todos. El Gobierno graba todas las conversaciones de todos los putos dispositivos. Punto. Y a lo mejor sería ridículo si yo fuera un tío cualquiera y mi único delito fuera grabar una peli porno casera con la mejor amiga de mi mujer. Algo que no le importaría a nadie, salvo a ella. Pero tú sabes perfectamente lo que hay. —Sean entorna los ojos—. ¿Alguna vez has hablado de algo con alguien en persona y justo después te ha llegado una noticia relacionada con eso al móvil? —Me muerdo el interior de la mejilla—. Exacto. Esa debería ser la única prueba que cualquier persona con algo que ocultar necesita para considerar que la tecnología es una amenaza. Nadie está a salvo. Nuestros datos se venden constantemente solo por nuestra necesidad de consumo. Hoy en día, somos una plaga. Pero eso es solo la mitad. Nuestra huella digital revela mucho más que lo que compramos y lo que nos venden: son putos marcadores. Así que lo que es ridículo, Cecelia, es que necesites ver para creer.
—Lo que tú digas. —Me bajo de la encimera—. Aunque tienes que admitir que es la excusa perfecta, ¿no? Eso de ir en plan agente secreto. La cena está en la nevera. Me voy a la cama.
La frialdad de su voz me corta la retirada.
—Estás siendo tremendamente frívola con algo que significa mucho para Dom y para mí. Te hemos explicado esto mil veces, por activa y por pasiva. Y si crees que estoy como una puta cabra, si tanto te cuesta creer en lo que hago, ¿qué coño haces aquí?
Trago saliva ante su tono colérico.
—No es que no te crea, es que…
—Pues te ha faltado tiempo para insultarme. ¿Sabes lo que puede pasar si tengo razón? —Su voz tiembla de rabia—. ¿Sabes lo que les pasa a los pájaros enjaulados?
Nunca lo había visto tan cabreado y no me felicito por haber iniciado esta batalla.
Con los nervios a flor de piel, retuerzo las manos delante de mí.
—Sean, creo que eres maravilloso, pero…
—No soy un puto esquizofrénico, Cecelia. Estas también son las reglas de Dominic. ¿Él también te parece ridículo? ¿Y Tyler? ¿Es ridículo? ¿Has puesto las putas noticias últimamente? ¿Cuánto necesitas ver para creer?
—No, yo solo…
—Todo lo que hago es por alguna razón. Te lo he explicado mil veces y esta noche lo que estaba haciendo era igual de importante que lo que hice ayer y antes de ayer.
—Sean. —Doy un paso adelante. No soporto su mirada de odio, es la primera vez que me mira así. Él se cruza de brazos, impidiendo que me acerque más—. Es que… me he pasado la mitad del puñetero día cocinando para ti. Lo mínimo que podrías hacer es disculparte como es debido.
—Así que el problema es que me he perdido la cena, ¿no? —Da media vuelta, abre de golpe la nevera y coge su plato. Arranca el papel de aluminio y saca un tenedor del cajón antes de meterse la carne a la barbacoa en la boca—. Está deliciosa, ¿contenta?
Se me llenan los ojos de lágrimas cuando lanza el plato por el aire y este se hace añicos sobre el fregadero.
Entonces me doy cuenta de lo débil que es mi argumento. Él me mira de arriba abajo, decepcionado, negando con la cabeza.
—Creía que confiabas en mí. Cada vez se te da mejor mentir.
—Sabes que confío en ti. —Doy un paso adelante y él se aparta para que no lo toque, mirándome con frialdad y obstinación.
—Si vamos a seguir teniendo problemas de confianza, tal vez deberíamos dejarlo.
—¿Qué? —Cada una de sus palabras es como un golpe. Siento sus violentas estocadas hasta en las uñas recién pintadas de los pies.
—Lo nuestro. Deberíamos dejarlo.
—¿Quieres que rompamos? —Se me llenan los ojos de lágrimas de inmediato. Solo entonces me doy cuenta de lo mucho que lo quiero.
Me va a dejar por haberle montado un pollo.
Llegados a este punto, me lo tengo merecido. He ido demasiado lejos y lo he insultado de forma irremediable. No tengo ningún tipo de excusa.
—Sí, a eso me refiero —dice con crueldad, mirándome desde el punto en el que sigue de pie.
—No hagas eso, Sean, no lo hagas, estaba enfadada.
—No importa. La ira no es una excusa. No puedo tener a alguien a mi lado que no crea en mí y en lo que estoy haciendo. Aposté por ti y ahora tengo claro que eres demasiado joven.
—No, Sean, no. Sabes que confío en ti.
—No, no lo haces —me espeta—. No como deberías. Vete a casa, Cecelia. Hemos terminado.
—¡No pretendía manipularte ni menospreciarte, Sean! ¡Estaba asustada! ¡No sabía si te había pasado algo! —Las lágrimas ardientes se acumulan en mis ojos y ruedan por mis mejillas mientras él sigue a unos metros de distancia, aunque para mí es un océano—. Has estado distraído últimamente y… y… te echo de menos. Por favor, retíralo.
Él coge la cerveza de la encimera y se la bebe de un trago, con cara inexpresiva. Está haciendo oídos sordos.
Me niego a creer que se ha acabado. Lo que hay entre nosotros es demasiado intenso. Y he perdido mucho tiempo al no admitirlo. Aterrorizada por si esa es mi primera y última vez, me abro por completo.
—Te quiero —murmuro entre lágrimas—. Y no creo para nada que estés loco. Me he enfadado al pasarme horas aquí sentada, idealizando cómo te lo diría y creyendo que te importaría. En lugar de admitirlo, me he enfadado y he dicho estupideces que no siento. Confío en ti. Creo muchísimo en lo que estás haciendo. Me pareces maravilloso. —Él desvía la mirada y posa de golpe la cerveza sobre la encimera. La espuma sale a borbotones de la botella—. Lo siento. Me voy.
Me pongo las sandalias y cojo el bolso de la mesa. Me escuecen los ojos mientras intento mantener la compostura al menos hasta llegar al coche. Acabo de pasar las escaleras y me estoy acercando a la entrada cuando siento su pecho en mi espalda. Se me escapa un grito mientras me da la vuelta y me agarra por la barbilla para que lo mire a los ojos.
—Lo retiro. —Me lanzo a sus brazos, llorando como una boba, mientras él me abraza con fuerza—. Lo siento mucho, nena. Joder, me he arrepentido en cuanto lo he dicho —dice, rodeándome con sus fuertes brazos—. Estás más loca de lo que parece si crees que quiero pasar un solo minuto lejos de ti. Yo también te he echado de menos. Hoy ha sido un mal día y lo siento mucho, joder. Estás guapísima. —El hipo me consume mientras intento hablar entre lágrimas. Él me limpia la cara—. Mierda, mierda, lo siento —dice suavemente—. No soporto la idea de despertarme y que no estés ahí por la mañana para contarme lo que has soñado. Oye, oye —susurra dulcemente—, nena, por favor, deja de llorar. Me estás matando. Significas mucho para mí, mucho más de lo que jamás creí posible —murmura—. Muchísimo más.
Me quita el bolso del hombro y me estrecha con fuerza contra él. Me tiembla la barbilla y el corazón se me va a salir del pecho.
—Te… te quiero —susurro en su cuello y él se aparta, mirándome fijamente mientras se impregna de las emociones que resbalan por mi cara.
—Lo sé y sé que eso será mi perdición —musita, pasándome los pulgares por las mejillas—. Lo tengo claro. Me aseguraré de hacerte saber lo mucho que me importa. —Me levanta con facilidad y me lleva de vuelta a la cocina, dejándome sobre la encimera—. Pero antes quiero mi sandía. —Sonrío. No es en absoluto lo que esperaba oír, pero, viniendo de Sean, todo me parece perfecto. Me cambia de posición para que pueda abrazarlo y moqueo sobre su hombro, manchándole la camiseta. Luego inhalo su olor y entierro la cara en su pecho, incapaz de sofocar por completo mis sollozos—. No llores, nena. Por favor, para. Joder —me pide él, agachando la cabeza—. Esto duele.
—Lo siento —digo, con la nariz llena de mocos, levantando la vista hacia él—. Es que… hueles a madera.
Él esboza una sonrisa radiante antes de echarse a reír.
—¿Qué?
—Creo que nunca te lo había dicho. Hueles a madera, a cedro y a sol, me encanta tu olor y no soportaría no poder volver a olerte. Y sí que te tomo en ser-ser-serio.
Sean me mira fijamente con cariño. Mi respiración discontinua revela que he estado llorando a moco tendido.
—Solo ha sido una discusión.
—Me has rechazado —digo mientras mi respiración entrecortada me obliga a mover de forma involuntaria la cabeza y el pecho. Me siento avergonzada por reaccionar así—. Y me ha dolido. Pero me lo merecía.
—Tal vez, pero aun así pienso compensártelo —asegura él, cogiendo una rodaja de sandía. Le da un mordisco y me la ofrece; yo resoplo y giro la cabeza.
—No, gracias.
Él le da otro bocado y repite la oferta. Yo niego con la cabeza, rechazándolo. Al tercer mordisco ya la estamos compartiendo mientras se me empieza a bajar ese subidón emocional tan humillante.
—Me he puesto en plan niñata contigo —admito, con las mejillas encendidas por la vergüenza.
—Ya, bueno, yo me he puesto furioso contigo, así que estamos en paz.
Poso la palma de la mano sobre su mandíbula.
—Lo siento, Sean.
—Yo también, nena.
Me acerca la sandía a los labios y yo muerdo la fruta cargada de zumo. Lame los restos de las lágrimas y el zumo que cae por mis mejillas y luego me acerca a él para besarme con pasión.
—Siento lo de los fuegos artificiales.
—Me dan igual los puñeteros fuegos artificiales. Pero… —Mi respiración se entrecorta de nuevo y me doy cuenta de que eso le duele—. No te olvides de mí mientras estás por ahí salvando el mundo.
—Imposible.
Lo miro, implorante.
—Necesito que confíes en mí. Porque yo sí confío en ti, Sean. Mucho. Hoy he visto a mi padre y creo que estaba intentando salvar la distancia que hay entre nosotros, pero lo único que he podido pensar es que no lo respeto lo suficiente como para intentarlo. Da igual las excusas que ponga. No lo respeto. Y entonces pensé en ti y me di cuenta de que te respeto como nunca he respetado a ningún hombre en mi vida. Quiero que lo sepas. —Exhalo un suspiro trémulo mientras se me llenan los ojos de lágrimas—. Necesito que lo sepas.
Él deja la sandía y me sujeta la cara entre las manos, mirándome fijamente durante unos largos segundos antes de darme el más dulce de los besos en los labios. Luego se echa un poco hacia atrás para apoyar la frente sobre la mía.
—¿Qué te parece si hacemos las paces?
—Creía que ya las habíamos hecho.
—Sí, pero esto de aquí es lo mejor.
Se apodera de mi boca con un beso apasionado. Nuestras lenguas se entrelazan mientras empiezo a levantarle la camisa y mi aliento se entrecorta en su boca, interrumpiendo nuestro beso.
—Nena —murmura, mordiéndose el labio y acariciándome la barbilla con los nudillos mientras me mira.
Luego baja la cabeza de forma lenta y deliberada antes de volver a besarme. Sin prisa, me baja los tirantes del vestido y aparta el tejido para dejar mis pechos al aire. Tengo los pezones duros y él me los acaricia con mano firme y cálida. Siguiendo su ejemplo, le desabrocho el botón de los vaqueros y le bajo la cremallera para liberar su miembro erecto. Mirándolo fijamente a los ojos, lo froto con la mano mientras él saca un preservativo de la cartera y me da otro beso ardiente. Me sitúa en posición, me acerca al borde de la encimera y se pone el preservativo. Con la frente pegada, bajamos la mirada para observar juntos cómo me penetra lentamente.
—Sean —digo, excitada, mientras él exhala un suspiro de placer.
Saltan chispas entre nosotros cuando me tumba sobre la encimera mientras los restos olvidados de la sandía caen al suelo. Sus caricias son intensas y sus ojos están cargados de amor mientras sus manos pegajosas toquetean mis pechos y bajan por mi vestido nuevo. Ha valido la pena hasta el último centavo.
No deja ningún rincón por tocar.