Vuelo

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Entonces » Capítulo 35

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Tyler se baja de la camioneta al verme llegar y me saluda con esa arrogancia tan típica suya desde la puerta del lado del conductor.

—Hola, preciosa.

Su hoyuelo hace acto de presencia mientras yo lo observo con detenimiento. Ahora tiene el pelo un poco más largo que cuando lo conocí, lo que aumenta su atractivo. Este se enmaraña en pequeñas ondas en su coronilla. Me mira de arriba abajo con sus intensos ojos marrones antes de abrazarme afablemente.

—Oye, gracias por quedar conmigo.

—No hay problema. ¿A qué viene tanto secretismo? —pregunta, levantando la barbilla, mientras echa un vistazo al aparcamiento del centro comercial.

—Precisamente por eso necesito tu ayuda.

—Ah, ¿sí?

El hoyuelo reaparece. Es un hombre muy guapo. Aunque lo conozco desde hace poco tiempo, la forma en la que se ha abierto conmigo hace que esté convencida de que su belleza va mucho más allá de su piel y su estructura ósea.

—Sí, pero podrías meterte en un lío si nos pillan.

Me agarra por los hombros y se acerca a mí.

—¿Has olvidado que soy experto en solucionar problemas?

—Por eso te necesito. Eres el hombre ideal para este trabajo.

Su sonrisa se vuelve más amplia.

—Bueno, antes de ponernos manos a la obra, deberías saber que también me encantan los problemas.

 

 

—Tienes razón. —Tyler observa la casa con inquietud desde la entrada, donde hemos aparcado, antes de girarse hacia mí—. A él no le va a gustar.

Mira de nuevo la casa y suspira antes de salir de la camioneta y coger las bolsas con las cosas que hemos comprado en la tienda. Cuando, a medio camino, le he contado lo que íbamos a hacer, se ha quedado mudo.

—Por eso será nuestro secreto. —Me lleno las manos con otra media docena de bolsas, sopesando su expresión. Resulta obvio que no quiere estar ahí—. Lo siento, la verdad es que podría haberle pedido la dirección y listo.

—No pasa nada —responde él, con los brazos y los hombros hinchados por el peso que lleva, antes de darme un empujoncito hacia delante—. Acabemos de una vez.

Vamos hacia el porche, dejando atrás unas cuantas plantas descuidadas, mientras la ansiedad anticipatoria parece dispararse entre nosotros. Tranquilizo al rudo marine que está a mi lado. Parece tan tenso que siento escalofríos. ¿De verdad es tan mala idea?

Su inesperada indecisión me hace dudar. Aunque a mí no me parece que haya nada de malo en esto. Solo es un detalle, un gesto amable. ¿Hasta qué punto podría sentarle mal a Dominic? Tenemos que llamar unas cuantas veces antes de que ella responda, pero me doy cuenta de que le ha costado llegar a la puerta. Tiene el cabello recogido en una trenza despeinada sobre el hombro y unas marcadas ojeras negras bajo los ojos, fruto de la enfermedad. Lleva puesta una bata de color azul claro con un pijama a juego y me mira claramente contrariada.

—Ya me pusieron anoche el tratamiento —me espeta, un tanto avergonzada, mientras se ciñe más la bata—. No necesito que me llevéis.

—Hola, Delphine —la saluda Tyler mientras ella lo observa detenidamente antes de fijarse en el montón de bolsas de plástico que lleva en las manos.

—¿Qué estáis haciendo aquí?

Tyler enmudece. La mira con cautela y luego baja la vista. Parece que le ha comido la lengua el gato, así que hablo yo en nombre de ambos.

—Hemos venido a verla, estábamos en el supermercado y…

Ella levanta la mano en el aire, haciéndome callar con eficacia y posando su mirada implacable sobre Tyler antes de centrarse de nuevo en mí.

—No necesito nada.

—Necesita esto —digo en voz baja—. Y si usted no lo necesita, yo sí. Así que, por favor, déjenos entrar.

Tras un silencio incómodo, retrocede a regañadientes para dejarnos pasar. Tyler cruza con la mayoría de la carga la sala de estar y deja las bolsas sobre la encimera. No es la primera vez que está en esta casa. Pensándolo bien, no me sorprende: Dominic se crio aquí. Tyler me había comentado en alguna ocasión, mientras hacíamos recados para la hermandad, que había crecido en el mismo barrio que Dominic y Sean y que jugaban juntos de niños. La casa de su familia está a unas cuantas calles de esta, por eso le pedí que me ayudara. Estaba segura de que él sabría llegar.

Además, Sean seguramente habría intentado disuadirme, así que he optado por la opción más segura. Y me alegro de haber tomado esa decisión al ver a una intrépida cucaracha trepando por el borde de la bolsa que acabo de vaciar. Me aparto rápidamente antes de aplastarla con una lata de insecticida. Delphine se reúne con nosotros en la cocina mientras me estremezco y tiro la bolsa vacía a la basura. Tyler sigue mudo, vaciando el resto de las bolsas con los hombros tensos. Delphine me mira, pensativa, mientras apilo estratégicamente los menús en el congelador.

—Esto no te hará ganar puntos con mi sobrino —dice, detrás de mí, con un acento francés rebosante de desdén.

—Pues no se lo cuente —respondo.

No me ofende su suposición. Imagino a cuántas mujeres habrá espantado a lo largo de los años. Pero no es Dominic el que más me preocupa en este momento. Ni tampoco Tyler, aunque parece sentirse bastante incómodo. Puede que le haya pedido demasiado.

Delphine se queda en la cocina, mirándonos a ambos alternativamente, pero me doy cuenta de que esa postura desafiante le supone cierto esfuerzo cuando una fina capa de sudor empieza a cubrir su piel translúcida.

—O puede que no sea a mi sobrino al que te estás tirando.

Tyler gira bruscamente la cabeza hacia ella y yo levanto una mano.

—No, definitivamente es a su sobrino al que me tiro.

Ella mira a Tyler por encima de mi hombro. Este parece sorprendido por cómo ha reaccionado al vernos. Delphine niega con la cabeza y abandona la cocina mientras nosotros nos miramos con hastío para después reanudar nuestro trabajo.

Una vez que hemos vaciado todas las bolsas, aplicamos la estrategia del «divide y vencerás». Yo empiezo por el dormitorio, donde lleno una bolsa de basura bajo la atenta mirada de Delphine antes de reunir mi arsenal de productos de limpieza. Estoy intentando limpiar una mancha de la alfombra que parece una causa perdida cuando la oigo hablar detrás de mí.

—¿Por qué has venido?

Decido concederle una dosis de honestidad a lo Alfred Sean Roberts. Algo me dice que lo agradecerá mucho más. Miro hacia atrás y me topo con sus ojos inquisidores.

—Porque no me gustan las circunstancias en las que vive. Esto no está bien. Está luchando contra una enfermedad y se permite vivir en una casa infestada.

—¿Quién eres tú para criticarme?

—Nadie con autoridad. —Me pongo de pie y la miro de frente. Está tan delgada que puedo ver la profunda vena morada de su cuello. La quimioterapia le ha pasado factura desde la última vez que la vi—. Pídame que me vaya, Delphine, y lo haré.

Ella se cruza de brazos. Su fina bata acentúa su figura enjuta.

—Estoy haciendo lo que me mandan. Me he tomado las medicinas.

—No estoy aquí para vigilarla. —Simple, honesto y directo al grano. Esa mujer es capaz de oler las patrañas a un kilómetro de distancia.

—Bueno —dice, agitando una mano—. Haz lo que quieras.

—Gracias.

Frunce el ceño al oír mi respuesta y da media vuelta, con piernas temblorosas, para ir de nuevo hacia el salón.

Sigo fregando mientras la casa permanece en silencio y la tensión aumenta. Finalmente, ella abre la boca para llamar a Tyler, que se está ocupando de la cocina. Oigo el claro tintineo de una botella contra un vaso procedente del lugar en el que está sentada.

—Nunca creí que volvería a verte. ¿Sigues siendo un traidor?

—Si te refieres a un marine, entonces sí —responde él, con evidente alegría—. ¿Todavía no me has perdonado?

—No.

—A lo mejor me perdonas si dejo estos platos relucientes.

—Esos platos son más viejos que tú. Ya no brillan.

—Está claro que eres una experta en guardar cosas que no valen nada.

Aguzo el oído al oír el comentario.

—Llevas ambos tatuajes como insignias de honor, pero ¿a qué casa sirves realmente?

—Hoy, a esta —responde Tyler, sin dudarlo—. Y ya te expliqué hace tiempo que quería servir a ambas.

Ella resopla, indignada.

—Si no tienen nada que ver. Son contradictorias.

—Eso es lo que estamos intentando cambiar.

—Si tú lo dices…

—Yo no pienso darme por vencido y tú no eres la más indicada para dar lecciones a nadie sobre el tema.

Puedo sentir la tensión que provoca su desprecio. La casa vuelve a quedarse en silencio. Voy hacia la puerta del dormitorio y me asomo, viendo lo justo de Tyler mientras este se arrodilla frente a ella. Estoy demasiado lejos, pero juraría que la expresión de Delphine se vuelve más dulce cuando él le susurra a unos centímetros de distancia:

—Siento no haber vuelto por aquí.

Tyler le quita la copa y la deja sobre la mesa. Ella extiende una mano con indecisión, posa la palma sobre su mejilla y él la cubre con la suya.

—Tenía muchas esperanzas puestas en ti. —Retira la mano y él suspira.

—Consérvalas junto con tus expectativas, aunque tendrás que vivir para verme cumplirlas. Pero ¿qué te has hecho, Delphine?

Ella se inclina para susurrarle algo y sus ojos se encuentran con los míos por encima del hombro de Tyler. Vuelvo a meterme rápidamente en el dormitorio y regreso al baño para terminar mis tareas.

Así que Delphine conoce el secreto.

Qué interesante.

Aunque nunca podré usar eso a mi favor. Es tan hermética como Dominic. No soy suficiente ariete para derribar sus muros. Lo sé antes de intentarlo siquiera.

Tras unos minutos interminables fregando el cuarto de baño y colocando trampas para las cucarachas en todos los rincones, a lo largo de los zócalos y en los armarios, me reúno con ellos en la sala de estar. Tyler está limpiando una gruesa capa de polvo de una de las estanterías flotantes.

—¿Cómo puedes respirar aquí, Delphine?

Ella levanta la botella de vodka y se echa un dedo en el vaso.

—Respirar está sobrevalorado.

Tyler niega con la cabeza y la mira.

—Qué mujer más tozuda —dice con confianza.

—Oye, un poco de respeto por tu primer amor —responde ella en voz baja. Tyler ladea la cabeza y la mira con afecto hasta que ella desvía la mirada—. Seguro que nunca imaginaste que acabaría así.

—No me das pena —le espeta él—. La mujer que conocí podría vencer a esa mierda con los ojos cerrados. Eres tú la que ha elegido esto.

—Elegí al hombre equivocado. —Sus labios se curvan en una triste sonrisa antes de beber otro trago—. Lucha contra esto durante cuatro años y luego me cuentas. El cáncer se parece mucho a las cucarachas. Siempre vuelven con quien mejor las trata.

—En primer lugar, ese tío era un mierda —dice Tyler con aspereza—. Y en segundo… —Deja de reprenderla cuando entro en la habitación.

—Por favor, continúa —le pido con un ademán—. Ya lo he oído todo.

Delphine se ríe, levanta el vaso y bebe un poco más de vodka. Ni siquiera parece afectarle el alcohol. Está claro que se ha ganado a pulso el título de borracha. Después de un buen lingotazo, me señala con la cabeza.

—Esta me cae bien.

—Y tú a ella. Aunque no sé por qué.

—Por supuesto que no. —Ella sonríe y me fijo en la sutil curvatura de sus labios. El ambiente vuelve a tensarse y tengo una corazonada mientras los miro a ambos.

—¿Ya has acabado ahí dentro, Cee? —Tyler nos mira alternativamente a Delphine y a mí.

—Sí —respondo, moviendo la cabeza de arriba abajo.

Tyler sigue limpiando mientras yo cruzo el salón para ver lo que ha hecho en la cocina. Ha quedado reluciente y apesta a desinfectante de limón, una limpieza digna de un marine. Está tan impoluto que se podría comer en el suelo.

Aunque ella no lo aprecie, yo dormiré mejor, por muy egoísta que pueda sonar. Y creo que Tyler también dormirá mejor. Está claro que le tiene cariño. No entiendo por qué Dominic no ha intentado hacer esto por Delphine.

O puede que lo haya hecho y se haya rendido, como ella.

La casa de Dom siempre está impecable, igual que su habitación. El hecho de que ella viva así por decisión propia es lo que resulta tan difícil de aceptar.

Satisfecha con nuestro trabajo, escribo un inventario de la comida que hemos comprado para que ella pueda consultarlo fácilmente y dejo la lista sobre la encimera. Delphine está apurando otra copa cuando me acerco a ella. Tiene la Biblia abierta sobre el regazo y levanta la vista hacia mí. Su expresión rebosa esperanza.

Reprimo la emoción que brota en mi pecho y consigo controlar mi expresión mientras Tyler limpia la mugre del alféizar de la ventana que está junto a ella. Se da cuenta de la situación y nos mira a las dos fijamente antes de echarse el trapo al hombro.

—Voy a hacer las otras dos habitaciones —se excusa, mirando fugazmente a Delphine antes de desaparecer por el pasillo.

Sin embargo, es la tía de Dominic la que me mantiene cautiva, porque el miedo de sus ojos es real y hace que yo también tema por ella.

A pesar de sus comentarios frívolos, tiene miedo a morir.

Ojalá ese charlatán dijera la verdad. Ese que asegura tener pruebas de la existencia de Dios, para que ella no tuviera tanto miedo a emprender el viaje. Pero lo único que le queda es la fe. Lo único que puede hacer es no perder la fe en el libro que tiene entre las manos. Y eso debe bastarle. En este momento es cuando la fe se convierte en su carga y en algo potencialmente crucial. Puede que yo haya necesitado esterilizar su entorno para sentirme mejor en lo que respecta a su situación, pero lo que realmente necesita no viene en una bolsa de plástico.

Delphine no se molesta en pedírmelo ni es necesario que lo haga. Me arrodillo a su lado mientras hojea las páginas y empieza a leer.

De vuelta en la camioneta de Tyler, ambos nos quedamos mirando la casa. Delphine nos ha dado las gracias y ha abrazado a Tyler durante varios segundos antes de sonreírme fugazmente y cerrar la puerta. Observo las plantas del porche mientras él enciende el motor.

—Mierda, he olvidado regar las plantas del porche.

—Ya has hecho suficiente —susurra él con melancolía.

Podría haberme limitado a pedirle que me dijera cómo llegar porque yo no me acordaba, pero necesitaba apoyo. Es una situación difícil de gestionar, sobre todo lo de dejar entrar a una extraña en casa, y necesitaba la confianza de Tyler para cruzar el umbral. Pero incluso con él allí ha sido difícil, tanto como dejarla ahora ahí sola, consumiéndose en esa casa, en especial sabiendo lo asustada que está. Puede que haya decidido dejar de luchar y morir sola, pero no quiere estarlo cuando llegue la hora.

—Necesita creer —digo, mirando a Tyler—. Está muerta de miedo.

—Lo sé. —Él se gira para mirarme a los ojos—. ¿Tú crees en esas mierdas de las que hablabais?

—Ojalá lo hiciera. Aunque, si me dijeran que me voy a morir, seguramente rezaría a diario por mi salvación. Supongo que eso me convierte en una hipócrita en lo que se refiere a la religión. Y lo soy, porque solo creo cuando me conviene.

Él asiente con solemnidad, mirando de nuevo hacia la casa mientras seguimos con el motor en marcha.

—Ha cambiado mucho, pero todavía la reconozco. —Una sonrisa evocadora le hace cosquillas en los labios—. Y es imposible que tú seas tan atea como lo era ella.

—¿Sabes? Yo también tengo mis secretos.

Trago saliva y me aventuro a mirarlo. No percibo ni el menor rastro de censura, lo que me hace sentir aún más cariño por él. Me da un apretoncito en la rodilla y me guiña un ojo.

—Te han corrompido.

—Sí, voluntariamente.

—Eres buena gente, Cecelia. —Vuelve a mirar hacia la casa—. Dominic estuvo años intentando que empezara a vivir como es debido. Ellos… —Tyler se aclara la garganta y desvía la mirada—. Lo han intentado. —Le duele. Le duele muchísimo. Entonces me doy cuenta de que yo tenía razón. Sus ojos se iluminan cuando vuelve a hablar—. Puede que ahora no te lo creas, al verla así, pero hace ocho años era una de las puñeteras mujeres más guapas de la faz de la Tierra. Su ex la hundió y ella se lo permitió.

—No era un simple amor platónico, ¿verdad?

Él niega lentamente con la cabeza.

—Yo era un consuelo para ella, pero fue Delphine la que me hizo polvo. A pesar de ser un macarrilla de dieciocho años, tenía claro que la quería. Él la había dejado años antes de que nos liáramos. Ya le daba bastante a la bebida y cuando se desintoxicó me dejó claro que lo mío había sido un error. Me alisté justo después.

—Caray, Tyler, lo siento mucho.

Él se pasa la mano por la cara.

—De todos modos, no iba a funcionar. Yo siempre había querido entrar en el ejército y ella ya estaba demasiado pasada cuando ocurrió lo nuestro. Yo… —Tyler se encoge de hombros, aunque sé que el peso que lleva sobre ellos es demasiado grande como para sacudírselo—. Uno no elige de quién se enamora, ¿no?

—Y que lo digas. —Analizo su abrupto perfil—. ¿Dom lo sabía?

—No. Nadie. Eres la única persona a la que se lo he contado. Y ella…, bueno, se lo llevará a la tumba. Es la mejor guardando secretos. Mejor que cualquiera de nosotros. —Echa un último vistazo a la casa antes de alejarse de la acera—. Solo tenía veinte años cuando… se convirtió en madre forzosa. —Era poco mayor que yo ahora. No me lo puedo ni imaginar—. Pero hizo lo que pudo. Lo irónico es que son sus ovarios los que la están matando. Menuda putada. Me habría importado una mierda su edad, entonces o ahora, si me hubiera aceptado. Joder, no soporto verla así.

Cubro la mano que tiene en el asiento con la mía.

—Siento haberte hecho venir. De haberlo sabido, no te lo habría pedido.

—No, me alegro de que lo hayas hecho. Creía que era mejor guardar las distancias, pero ahora que la he visto… sé que no es así. No pienso permitir que siga sufriendo en soledad. Ella pasó de nosotros y me rompió el puñetero corazón. Pero después yo le di la espalda y la abandoné. A los dieciocho años no lo entendí. Pero ahora sí.

Observo su perfil mientras salimos del barrio.

—Todavía la quieres.

Él asiente con la cabeza.

—Desde que tenía dieciséis años. Pero, Cee, debes guardar el secreto.

—Lo haré. Te lo juro, Tyler. Gracias por confiar en mí.

Nos quedamos en silencio y sé que lo está pasando mal porque siento el dolor que irradia. Incluso después de tantos años, incluso en su miserable estado, él todavía la ama.

Por primera vez en mi vida, no veo la belleza en la tragedia. Veo su crueldad. Tyler sigue conduciendo, silencioso y pensativo, durante todo el camino de vuelta al centro comercial. Solo se dirige a mí cuando entramos en el aparcamiento. Él sonríe, negando con la cabeza irónicamente.

—La vida es una locura, ¿verdad?

—Nunca se sabe cómo acabará el día, sobre todo por aquí —comento, repitiendo las palabras que me dijo el día que nos conocimos—. ¿Estás bien?

—Sí. De verdad. —Sus ojos recuperan el brillo por un instante y su hoyuelo vuelve a hacer una breve aparición—. Y estoy aquí para lo que necesites, Cee. Puedes contar conmigo.

—Lo mismo digo, Tyler, lo mismo digo.

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