Vuelo

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Entonces » Capítulo 36

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Eres una puñetera suertuda.

Me doy una palmada en la tripa, admirando lo bien que me queda el vestido que me he comprado expresamente para esta noche. Me he gastado la mitad de otro sueldo de mierda solo para ver alegrarse a Tessa, la dueña de la tienda. Ha sido una recompensa en sí misma. Es un conjunto de dos piezas flojo, compuesto por un top de cuello halter que deja un poco de pecho al descubierto por los laterales y una falda negra fluida. Es un poco arriesgado y llego a la conclusión de que a Dominic le encantará. Es una ocasión especial. Se trata de nuestra primera cita.

Una cita de verdad.

Y ha sido idea suya.

Si esto no es un avance, que venga Dios y lo vea. Intento no seguir dándole vueltas a nuestra relación a tres bandas.

Por lo que a mí respecta, no entiendo por qué estos dos tíos tan impresionantes, con tanto que ofrecer, se han fijado en mí. No puede ser solo una cuestión de sexo, porque he visto con mis propios ojos lo capaces que son de conseguir a cualquier mujer en un radio de ocho kilómetros. Quiero creer que su interés es verdadero, que realmente me respetan y que les parece bien este pacto, porque no quiero imaginarme teniendo que elegir entre ambos. Para mí, este trato no tiene ningún inconveniente, absolutamente ninguno.

Mis días de lluvia con Dominic son escasos porque está muy ocupado con la gestión del taller y con los asuntos de la hermandad; a veces me paso dos días seguidos sin verle el pelo. Por eso esta noche es tan especial y pienso aprovecharla al máximo, porque algo en mi interior me recuerda que, algún día, todo esto terminará, bien cuando yo abandone Triple Falls para ir a la universidad, bien cuando ellos me dejen por otra persona.

Rara vez permito que mi mente vaya por esos derroteros, porque no soporto pensarlo.

Ellos aparecen en todos mis sueños, acaparándolos todas las noches. Me he bajado una nueva aplicación con la que estoy repasando francés y, a veces, Dominic practica conmigo cuando estamos juntos, aunque él también lo tiene bastante oxidado. Ese francés gruñón…

Pero, aun así, lo hace. Los dos me consienten, me han concedido este tiempo para que sea egoísta y ha sido el mejor verano de mi vida.

Así que, esta noche, me voy a esforzar por vivir el presente.

El sonido inconfundible del Camaro de Dominic bajando a toda velocidad por el camino me hace sonreír mientras compruebo mi aspecto por última vez. El día de hoy ha sido especialmente caluroso, pero me he dejado el pelo suelto porque a él le gusta así: siempre me quita las gomas cuando lo llevo recogido y las tira a la basura. Supongo que tampoco le gusta el maquillaje, porque se suele deshacer de él cuando lo dejo en su baño.

El muy cabrón.

Pero hay muchas cosas que me encantan de Dominic. Como la forma en la que se comunica conmigo sin mediar palabra.

Cada vez me cuesta menos saber lo que piensa, reconocer sus estados de ánimo, identificar las cosas que no le gustan y sus preferencias. Fuera del dormitorio, nadie se daría cuenta de que estamos juntos. Dentro del dormitorio, sus manos y sus labios no se despegan de mí ni dos minutos.

Me encanta.

Por una parte, considero que debería ofenderme el hecho de que se niegue a reconocer lo nuestro públicamente. Pero por otra sé que él es así y que lo más seguro es que me esté protegiendo de los cotilleos del pueblo, porque a Sean y a mí nos han visto muchas veces juntos por el centro, abrazados.

Además, soy culpable. Pero suelo hacer cosas que espero que le demuestren a Dominic que estoy igualmente entregada a él.

Reparto entre ambos mi tiempo, mi corazón y mi atención de la forma más equitativa posible y no sé cómo, porque va en contra de las leyes de la monogamia y de la naturaleza humana, pero parece que marcha bien. Esto está funcionando y yo estoy empezando a confiar en ellos.

No hay celos, ni discusiones ni conflictos, salvo el que me pueda causar a mí. Durante las últimas semanas, intento aceptar a diario que mi corazón está dividido y que es totalmente capaz de amarlos a ambos, aunque no creo que este acuerdo sea justo para ninguno de ellos dos.

Así que, por ahora, aceptaré lo que me den.

Cojo el bolso, bajo las escaleras y dejo el móvil.

Salgo y sonrío al ver detenerse a Dominic en su Camaro recién encerado y reluciente.

Me subo y lucho contra el impulso de besarlo.

—Hola —digo mientras arranca.

Circulamos durante unos minutos en silencio. Mis dedos se mueren por tocarlo. Él sonríe, manteniendo la vista al frente, y sé que sabe lo que estoy pensando.

Pongo los ojos en blanco.

—Idiota.

—No me he puesto una camiseta limpia solo para que me insulten.

—Estamos solos, por si no te has dado cuenta —señalo, consciente de que, en cuanto estemos en privado, empezará a acariciarme y yo le suplicaré que no pare.

—Estoy conduciendo. Contrólate un poco, mujer. Además, nunca estamos solos.

Miro alrededor del habitáculo.

—¿Es que tienes un amigo imaginario?

—Cecelia. —Su semblante se vuelve impenetrable y me da la sensación de que tarda una eternidad en volver a hablar—. Luego estaremos a solas.

Es lo más parecido a una promesa que voy a obtener y decido que es suficiente.

—Que sepas que puedo tener las manos quietecitas.

—Ya, seguro.

Cabrón engreído.

Él esboza una sonrisa y se revuelve en el asiento. Su musculoso antebrazo se hincha mientras agarra con firmeza el volante.

—¿Cuándo me vas a dejar conducir?

—Esa es fácil: nunca.

—¿En serio?

—Solo otra persona tiene la llave de este coche y nadie va a usarla nunca.

—Sabes que pienso registrar la habitación de Sean de arriba abajo, ¿no?

Él se ríe.

—Buena suerte.

—Algún día conduciré este coche, Dominic. Puedes estar seguro.

Me lleva a Asheville, donde cenamos en una terraza. Es una ciudad que se encuentra en el corazón de la Cordillera Azul, pero está mucho más poblada que Triple Falls y probablemente esa sea la razón por la que hemos conducido cuarenta minutos. Pero la cena es deliciosa y estar con él de esta manera es igualmente embriagador. Me encanta estar en el lado opuesto de la mesa, estudiando su cara y sus oscuras pestañas, mientras él lee el menú antes de pedir por los dos. Me abre las puertas, deja una propina desorbitada y sonríe —de verdad— más de una vez. Ese hombre no es ajeno al protocolo de las citas ni a los modales de un caballero, lo que hace que me cuestione su acogida inicial. Cuando nos conocimos, se comportó como un cerdo asqueroso.

De camino a casa, me levanta la falda para verme las bragas y me aparta la mano de un manotazo cuando intento volver a bajármela. Le satisface saber que puede echar un vistazo y verme en una posición vulnerable y, aunque finjo que me fastidia, no puede gustarme más. Se pasa todo el trayecto describiendo cómo quiere tocarme, dónde quiere lamerme y detallando exactamente lo que va a hacer para que me corra mientras yo lo escucho embelesada, volviéndome loca y cada vez más húmeda. Cuando aparca, estoy a punto de llegar al orgasmo. En cuanto apaga el motor, me abalanzo sobre él y me recibe con un gemido gutural, dándome a entender que está tan cachondo como yo.

Y así es, porque me folla dos veces antes de liarse un porro mientras yo sigo tumbada en el asiento, con la cabeza apoyada en la puerta y en bragas. Desde esa perspectiva privilegiada puedo disfrutar de su perfil, de su físico, de él. La música suena a través de los altavoces y levanto un pie desnudo para masajear juguetona su costado con los dedos mientras él prepara el papel de fumar.

—¿Qué es esto?

—David Bowie. Shhh. —Pone la hierba en el papel y le da la vuelta sobre el salpicadero—. El primer minuto y medio de esta canción es oro puro. Escucha.

Yo obedezco y llego a la conclusión de que se merece que la diseccionemos y volvamos a escucharla. Últimamente, es uno de nuestros pasatiempos. Él hace de DJ y hablamos de la música. Estoy convencida de que, de no haber sido un justiciero/criminal/mecánico, habría hecho algo relacionado con eso.

—Me encanta.

Él me regala una de esas insólitas sonrisas de oreja a oreja.

—Lo sabía.

Siento mariposas en el pecho. Se está esforzando por mí.

—¿Piensas contarme alguna vez por qué al principio no te gustaba?

—¿Quién ha dicho que me gustes ahora?

Hundo los dedos de los pies en su costado y me gano una mirada de soslayo cuando se le cae un poco de hierba sobre el regazo.

—Si digo que me gustas, ¿tendré que llevarte al baile?

—No soy tan joven.

—Eres un bebé.

—Tú no eres mucho mayor.

Cumplió veintiséis años hace poco y lo desperté de una manera que espero que no olvide nunca.

—Soy lo suficientemente mayor como para ser sensato.

—Pues conmigo fuiste un idiota.

—Sí —reconoce, pensativo—. Es verdad.

—¿Qué se supone que significa eso?

—No te ofendas —me espeta, al parecer replanteándose la elección de palabras.

—Estoy oficialmente ofendida. —Le clavo los dedos de los pies, esperando que le duela.

—Qué dramática —dice, riéndose, antes de lamer el porro y sellarlo—. No seas niñata.

—Lo siento, te echaba de menos.

Él frunce el ceño y yo me río, porque sé que no es que no quiera que le diga esas cosas, sino que se siente como un gilipollas cuando no está de humor para devolverme el cumplido y ese estado de ánimo se da con menos frecuencia que sus sonrisas. Ahora hay muchas cosas de él que puedo anticipar y estoy orgullosa de haberme acercado lo suficiente como para entenderlo. Sean intentó advertirme de que era mucho más profundo de lo que parecía, pero lo cierto es que no me lo creí hasta que intimamos lo suficiente como para verlo, como para experimentarlo por mí misma.

—¿Piensas contarme alguna vez qué les pasó a tus padres?

Me arrepiento de inmediato de mi pregunta, porque sus ojos se ensombrecen y su mirada vaga más allá del parabrisas para perderse en el bosque. Estamos en el punto de encuentro, al que suele llevarme para trabajar con el portátil cuando quiere salir un poco de casa antes de que llegue una tormenta. Ahora yo lo considero «nuestro sitio», aunque técnicamente Tyler es el dueño. Lo compró antes de unirse a los marines.

—Murieron en un accidente.

—¿Cuántos años tenías?

—Casi seis.

—Lo siento mucho.

Él inclina la cabeza para encender el porro que tiene entre los labios. Su respuesta llega con la exhalación.

—Ya, yo también. —Ese olor, ahora tan familiar, me reconforta envolviéndome en una nube—. No recuerdo mucho, alguna que otra imagen de una sonrisa. De ella limpiándome la rodilla después de caerme con la bici y del color de su pelo, que era como el mío. Sus carcajadas. Pequeños detalles, pequeños retazos de ella que guardo a buen recaudo. Pero, sobre todo, recuerdo la música que escuchaba, porque siempre la ponía.

Traga saliva y su confesión me pilla por sorpresa.

—¿La que nosotros escuchamos? ¿Es la que le gustaba a ella?

Él asiente con la cabeza.

—Básicamente, sí. —Se gira hacia mí. Hay un extraño brillo de vulnerabilidad en sus ojos—. Cuando la escucho, siento como si la conociera. A medida que me voy haciendo mayor, voy entendiendo mejor las letras y la voy comprendiendo mejor a ella, ¿entiendes?

Se me derrite el corazón con su confesión y asiento con la cabeza, muriéndome por abrazarlo, pero no es el momento.

—¿Y tu padre?

Hace una mueca.

—Lo mismo. Algún recuerdo aquí y allá. Era pelirrojo —revela, riéndose.

—Venga ya.

—Sí, su padre era escocés y se llamaba igual que yo. Y su madre era francesa. Así que él era una mezcla de escocés y francesa, criado en Francia.

—No debes de parecerte en nada a él.

—No.

—¿Cómo se conocieron?

Dominic le da otra calada al porro y exhala antes de pasármelo.

—Esa es una historia para otro día.

Decido no tentar a la suerte e inhalo profundamente.

—¿Tienes fotos suyas?

—Algunas, pero murieron antes de la revolución digital. —Se saca un trozo de hierba suelta de la lengua—. Tatie tiene algunas fotos guardadas en algún rincón del desván, pero de todos modos no éramos muy aficionados a las fotografías familiares.

—¿Por qué? ¿Por lo de la hermandad Ravenhood?

Él me sonríe, levantando una ceja, y se ríe con incredulidad.

—¿«Ravenhood»?

Me encojo de hombros.

—Básicamente, eso es lo que sois. No me digas que nunca lo has visto así. Si a Tyler lo llaman el Fraile[6].

—Para mí no es tan de cuento.

—Porque lo estás viviendo.

—Vístete. Vamos a acabar de fumar esto arriba.

—¿Arriba? ¿Es que estas vistas tienen algo de malo? —pregunto, mirando hacia abajo y hacia atrás.

—Sí. —Su mirada se desliza por mi cuerpo de forma reveladora—. Me he quedado sin condones.

—¿No es típico de las francesas ir sin camiseta?

Él me responde con una mirada posesiva que me hace sonreír mientras me pongo el vestido.

Extasiada, apoyo la cabeza en la cara interna del codo de Dominic mientras contemplamos el cielo nocturno tumbados sobre el capó del coche. Me concentro en sentirlo y su fresco aroma a mar invade mis fosas nasales. Estoy completamente aturdida por dentro y por fuera, colocada por el porro que nos hemos fumado y por el tacto de sus labios y de su piel.

Sonriendo, me giro hacia él justo cuando él me mira a mí, con cara de felicidad.

—¿Qué?

—¿Quién coño eres y qué has hecho con mi cabronazo?

Él me acaricia un pezón con la mano antes de pellizcármelo dolorosamente. Yo doy un grito y me echo reír.

—Eso ya me cuadra más. —Vuelvo a ponerme cómoda mientras disfrutamos de la brisa. Si existe el cielo, juro que está aquí con él—. Dom…

—¿Sí?

—¿Cuáles son tus aspiraciones? Para el futuro, quiero decir. —Él guarda silencio durante unos segundos interminables y doy por hecho que no va a responder—. No es una pregunta estúpida.

Más silencio.

—No tengo.

Suspiro.

—Al menos no te decepcionarás.

Él se ríe.

—¿Se supone que ahora debería preguntarte a ti cuáles son las tuyas?

—No si no te importan.

—No estoy centrado en el futuro. Los planes no hacen al hombre.

—Sí, ya lo sé. Vive el presente, acepta cada día como viene. Lo entiendo, pero ¿no hay nada que desees?

—No, pero es obvio que tú sí.

Más. Más de él. Más de Sean. Más de este verano interminable. Pero me guardo mis esperanzas. Porque estoy segura de que esto no puede ser eterno. Ese miedo empieza a corroerme cada vez más. Además, yo también tengo mis propias ambiciones, que no tienen nada que ver con las suyas, y sé que en el futuro me exigiré más. Tal vez algún día elija una vida o un camino que ninguno de los dos pueda recorrer conmigo. La idea de perder a alguno de ellos, de que las cosas evolucionen de esa forma, me hace pedazos. Nunca había sido tan feliz. Nunca. Lo único que me consuela es que aún falta mucho para que me vaya de Triple Falls.

—¿Qué? —Él me da un pequeño codazo desde el sitio en el que está tumbado.

—No me gusta verbalizar mis miedos —digo—. Si lo hago, tengo la sensación de que se harán realidad.

—Qué deprimente.

—Es mejor que no tener aspiraciones para el futuro.

—Total, ya sé lo que va a pasar —susurra él con convicción.

—No me digas. ¿Puedes predecir el futuro?

—Puedo predecir el mío porque soy yo el que hace que las cosas sucedan.

—¿Y qué va a pasar?

—Lo que yo decida.

Me despego de él sin que me lo impida.

—¿No podrías responderme directamente, por una vez?

—¿Cuál es la pregunta?

Cambio de tema.

—¿Alguna vez tienes celos?

Me mira fijamente a los ojos y responde con voz firme.

—No.

—¿Por qué?

—Porque él puede darte lo que yo no puedo.

—No es que tenga quejas. Por favor, no me malinterpretes. Pero ¿por qué no puedes?

—Porque no soy como él. Soy mucho más simple.

—No me lo creo.

—Pues es cierto.

Recorro con un dedo la línea de su mandíbula.

—Eres cualquier cosa menos simple.

—Mis necesidades lo son. No quiero las cosas que quieren otras personas.

—¿Por qué? ¿Por qué entrenarte para tal simplicidad cuando vales tanto? —Me pongo terca y me permito revelar mis sentimientos—. Eres mucho más de lo que permites que la gente vea y de lo que reconoces que eres.

—Esa es la idea.

—¿Por qué no dejas que la gente te conozca?

—Tú me conoces.

Me derrito ante esa declaración. Su tono de voz me da vida, sus palabras me dan vida.

—Y soy afortunada.

—De eso nada —murmura secamente.

—Por favor, déjalo ya. Tú no tienes problemas de autoestima. ¿A qué vienen esas chorradas superficiales?

—Hay muchas cosas que no sabes.

—Quiero saberlas, Dom. Quiero conocer todas tus caras.

—Eso no es verdad, Cecelia, crees que sí, pero no.

—¿Crees que dejarías de importarme como me importas?

—Las cosas cambiarían.

—Me da igual. —Pongo las manos sobre su pecho—. Quiero entrar ahí. Por favor, déjame. —Él se queda callado y yo exhalo un suspiro de frustración. Últimamente me molesta cada vez más la obstinada contención de ambos, pero eso no va a cambiar. Es el precio que tengo que pagar por estar con los dos, así que reculo—. Vale, vale. —Me recuesto, apoyo la cabeza en el parabrisas y me reprendo en silencio por haberlo presionado tanto—. Lo siento. —Me incorporo y le doy un beso en la mandíbula. A veces es difícil.

Vuelvo a reclamar mi lugar sobre su brazo, le acaricio el pecho por debajo de la camisa y él me agarra del hombro desnudo para atraerme más hacia él.

—Ya estás dentro.

Sus palabras me llegan al alma. Las emociones se apoderan de mí mientras estiro el cuello para mirarlo. Me da un dulce beso en los labios, que intensifica hasta meter esas palabras dentro de mí.

Cuando se aparta, siento mil cosas a la vez. Sé que estoy enamorada de él. Lo que no sé es hasta qué punto lo conozco.

Por un lado está mi friki de la informática / guerrero del teclado y también mi ratón de biblioteca, que vive como un campesino a pesar de tener un lugar destacado en las filas. Está el héroe silencioso y temperamental. El amante apasionado, que guarda a buen recaudo su amabilidad sutil y una dulzura casi imperceptible, a menos que te acerques lo suficiente para verla. Sin embargo, puedo percibir y sentir en su tacto y en sus ojos que dentro de él habita un alma gentil capaz de muchas más cosas de las que deja entrever. Estoy tan ávida de él que quiero que lo tenga todo. Quiero que lo acepte. Quiero verlo colmado del amor que se merece. Y, de manera egoísta, quiero ser la única que se lo proporcione.

Abro la boca para hacer precisamente eso, pero él me la tapa.

—No malgastes palabras bonitas conmigo —dice, acallando mi objeción—. No pasa nada, Cecelia. Estoy tan cerca de la felicidad como un hombre como yo merece.

Son sus secretos los que lo hacen ser tan humilde, los que le impiden permitirse desear más de lo que tiene. Solo un buen hombre se preguntaría si merece algo más. En parte me entristece que piense que no merece esperar más del futuro.

—¿Le has hecho daño a alguien?

Silencio. Aunque no es una pregunta estúpida. Simplemente es una pregunta a la que no quiere responder. Es probable que haya usado el arma del coche y que vuelva a hacerlo de nuevo. Es un hombre con demasiados secretos y sin nadie con quien compartirlos.

—¿Yo te hago feliz? ¿Aunque solo sea un poco?

No puedo evitar sonreír ante su silencio antes de que empiece a besarme apasionadamente.

Dominic aparca delante del taller y sonrío al ver el Nova de Sean. Cruzo el vestíbulo con prisas, pero me quedo atónita al verle la cara. Él mira muy serio a su amigo, que entra detrás de mí, y esboza una sonrisa fugaz cuando llego a su lado.

—¿Has estado haciendo maldades?

—Como siempre.

—Esa es mi chica.

—¿Dónde están los demás? —le pregunto, mirando a mi alrededor.

Sean ignora mi pregunta y me acaricia el pelo con los dedos.

—Cecelia, voy a llevarte a casa, ¿de acuerdo?

Cuando me vuelvo, veo que la mirada de Dominic se ha vuelto fría y que está apretando con fuerza la mandíbula.

—Pero…

—Esta noche no, ¿vale? —dice Sean en voz baja—. Dom y yo tenemos que hablar.

Sé que preguntar qué pasa no tiene sentido, pero la tensión que irradia ha hecho que me ponga en alerta máxima.

—¿Estás… seguro?

Él me acaricia la nariz con el dedo, mirándome con devoción.

—La seguridad es una ilusión, nena.

—Dios, Sean, ¿no podrías mentirme, aunque solo fuera por una vez?

—Siento celos del suelo que pisas —bromea antes de mirar a Dominic por encima de mi hombro.

—¿Cuándo? —pregunta este detrás de mí.

—Ahora.

—Joder —replica él, mirándome, antes de volver a centrarse en Sean.

Este asiente y me agarra de la mano mientras yo niego con la cabeza y voy hacia Dominic. Por una vez, espero que haga una excepción y deje su temperamento a un lado, cosa que hace. Me pongo de puntillas mientras me atrae hacia él y me besa durante unos segundos, prácticamente levantándome del suelo con el movimiento de su lengua. Cuando se aleja, estoy aturdida.

—Tienes que irte, nena.

Esa palabra cariñosa que sale de sus labios me infunde temor. Vuelvo a mirar a Sean mientras las emociones se apoderan de mí y veo la preocupación que he estado atisbando desde el momento en que nos conocimos.

Están asustados.

Se nota tanto en la rigidez de su postura como en su cara.

—No pasa nada —dice Sean suavemente, atrayéndome hacia él, con voz insegura—. Pero tenemos que irnos ya, pequeña.

—Vale.

Pasamos por delante de Dominic y nuestros dedos se rozan. Él no mira hacia atrás. Se queda de pie en medio del taller, con la cabeza gacha, y yo lo observo durante unos segundos, hasta que se marcha corriendo. Oigo el estridente sonido metálico de algo golpeando las puertas del muelle de carga mientras Sean me saca a toda prisa del edificio y me hace subirme al coche.

Empalidezco mientras me obliga a entrar.

—Me da igual, ¿me oyes? Me da igual lo que sea, dime algo.

Él sale disparado del aparcamiento y yo guardo silencio, segura de que puede sentir la ansiedad que irradio.

—Sean, por favor.

—Alguien no ha sido capaz de guardar el secreto.

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