Vida y destino
TERCERA PARTE » 63
Página 49 de 55
—El alto mando está más capacitado para decidir cuál es la mejor manera de utilizar la aviación —respondió irritado el adjunto de Yeremenko—. Su cuerpo no es el único que participa en el ataque.
—¿Y qué les diré a mis hombres cuando empiecen a lloverles palos del cielo? ¿Con qué les cubro, con vuestras instrucciones?
El segundo jefe, en lugar de perder la calma, adoptó un tono conciliador:
—Póngase en camino hacia las brigadas, yo informaré de la situación al comandante.
En cuanto Nóvikov colgó el auricular, entró Guétmanov; se había puesto ya el capote y el gorro alto de piel.
Al verle, abrió los brazos en señal de asombro.
—Piotr Pávlovich, pensaba que ya te habías ido. —Después añadió con tono suave y afectuoso—: Nuestra retaguardia se ha rezagado, y el oficial al cargo dice que no se deben utilizar los camiones y malgastar el escaso carburante en transportar a alemanes heridos.
Lanzó una mirada elocuente a Nóvikov.
—Después de todo, no somos una sección del Komintern, somos un cuerpo de tanques.
—¿Qué tiene que ver el Komintern aquí? —preguntó Nóvikov.
—Váyase, váyase, camarada coronel —le suplicó Neudóbnov—. Cada minuto es valioso. Haré todo lo que esté en mi mano para lograr un acuerdo con el Estado Mayor del frente.
Desde su conversación nocturna con Darenski, Nóvikov observaba muy de cerca los pasos del jefe del Estado Mayor, vigilaba sus movimientos, el tono de su voz.
«¿Es posible que se trate de la misma mano?», pensaba cuando Neudóbnov cogía una cuchara, pinchaba un trozo de Pepinillo en salmuera con el tenedor o cogía el teléfono, un lápiz rojo, unas cerillas.
Pero ahora, Nóvikov no miraba la mano de Neudóbnov. Nunca había visto a Neudóbnov tan amable y solícito, tan encantador.
Neudóbnov y Guétmanov estaban dispuestos a vender su alma al diablo para que el cuerpo de tanques fuera el primero en franquear la frontera de Ucrania, para que sus brigadas continuaran su avance hacia el oeste sin más demora.
Estaban dispuestos a correr cualquier riesgo. Sólo había una cosa que no querían arriesgar: asumir la responsabilidad en un eventual fracaso.
Nóvikov, muy a su pesar, había sucumbido a esa fiebre: también él deseaba transmitir por radio al frente que las tropas avanzadas del cuerpo habían sido las primeras en cruzar la frontera de Ucrania. Este acontecimiento no tenía ninguna importancia desde el punto de vista estratégico y no ocasionaría un daño significativo al enemigo. Pero Nóvikov lo deseaba, lo deseaba por la gloria militar, por las condecoraciones, las felicitaciones de Yeremenko, los elogios de Vasilievski, por oír su nombre por la radio en la orden del día de Stalin, por el rango de general y la envidia de sus colegas. Nunca antes tales sentimientos e ideas habían determinado sus actos, pero tal vez precisamente por eso, ahora se habían revelado con tanta fuerza.
En esa ambición no había nada censurable. Como en Stalingrado, como en 1941, el frío era implacable; como entonces el cansancio quebraba los huesos del soldado; como entonces la muerte era aterradora. Pero ahora se respiraba algo diferente en el aire.
Y Nóvikov, que todavía no se daba cuenta, se sorprendía de estar de acuerdo por primera vez con Guétmanov y Neudóbnov; no se sentía irritado ni ofendido, deseaba espontáneamente lo mismo que querían ellos.
Sí sus tanques avanzaban más rápido, los ocupantes serían expulsados unas horas antes de decenas de pueblos ucranianos, y él se alegraría al ver las caras de emoción de ancianos y niños, se le saltarían las lágrimas cuando una vieja campesina le abrazara y besara como a su propio hijo. Pero al mismo tiempo se estaban gestando nuevas pasiones; en el espíritu de las tropas se había afianzado una nueva dirección. Lo que había sido crucial en las batallas libradas en Stalingrado y durante 1941, aunque continuaba existiendo, se había vuelto secundario.
El primero en comprender el misterio de esta mutación en la guerra fue el hombre que el 3 de julio de 1941 habla pronunciado: «Camaradas, hermanos y hermanas, amigos míos…».
Era extraño: aunque compartía la excitación de Guétmanov y de Neudóbnov, que le hostigaban para ponerse en camino, Nóvikov seguía postergando su partida. Sólo cuando se encontraba ya en el interior del coche, comprendió cuál era el motivo: esperaba a Zhenia.
Hacía más de tres semanas que no recibía cartas de Yevguenia Nikoláyevna. Cada vez que regresaba de la inspección de las unidades, miraba la entrada del Estado Mayor con la esperanza de que Zhenia estuviera esperándole. Ella se había convertido en parte de su vida. Estaba a su lado cuando hablaba con el comandante de brigada, cuando le llamaban al teléfono del Estado Mayor del frente, cuando se acercaba a primera línea y las explosiones hacían temblar su tanque como un joven caballo.
Cuando le contaba anécdotas de su infancia a Guétmanov le parecía estar contándoselas a ella. A veces se decía: «Apesto a vodka. Zhenia se dará cuenta». Otras veces se sorprendía pensando: «¡Ay, si ella me viera!». Se preguntaba con inquietud qué pensaría ella si supiera que había mandado a un mayor ante el tribunal militar.
Entraba en el puesto de observación de primera línea y entre las nubes de tabaco y las voces de los telefonistas, entre los disparos y los estallidos de las bombas, de repente se deslizaba en su mente el pensamiento de Zhenia…
A veces sentía celos de su pasado y se entristecía. Otras, soñaba con ella y, desvelado, no lograba conciliar el sueño.
En algunos momentos tenía la impresión de que su amor duraría para siempre; en otros, le asaltaba el temor de volver a quedarse solo.
Ya en el coche, se volvió a mirar la carretera que conducía al Volga. Estaba desierta. Después montó en cólera: tendría que haber llegado hace tiempo. ¿Es que se había puesto enferma? Y recordó de nuevo cuando, en 1939, quiso pegarse un tiro al enterarse de que se había casado. ¿Por qué la amaba? Había tenido mujeres tan buenas como ella. No sabía si era la felicidad o una enfermedad pensar en una persona de una manera tan obsesiva. Era bueno que no hubiera tenido ninguna aventura con alguna chica del Estado Mayor. Ella vendrá, y no habría nada que ocultar. A decir verdad había cometido un desliz hacía tres semanas. ¿Y si Zhenia, durante el viaje, se detenía a pasar allí la noche, en aquella isba del pecado, y la joven ama de casa charlando con Zhenia le describía así: «Un hombre espléndido, el coronel…»? Qué disparates se le pasan a uno por la cabeza.
51
Al día siguiente, a última hora de la mañana, Nóvikov volvía de la inspección. A causa de los ininterrumpidos traqueteos en las carreteras partidas por las orugas de los tanques, le dolían los riñones, la espalda, la nuca; parecía que los tanquistas le habían contagiado su agotamiento, su sopor provocado por varios días en vela.
Mientras se aproximaba al Estado Mayor, observó a las personas que se apiñaban a la entrada. Allí estaba Yevguenia Nikoláyevna junto a Guétmanov, mirando cómo se acercaba el coche. Sintió una llama ardiendo en su interior, una especie de locura se apoderó de él, incluso lanzó un suspiro de felicidad muy parecida al sufrimiento y se levantó para saltar del coche en marcha.
Vershkov, sentado en el asiento posterior, dijo:
—El comisario toma el aire con su doctora; estaría bien hacerle una fotografía y mandarla a su casa. ¡Estaría contenta su mujer!
Nóvikov entró en el Estado Mayor, cogió la carta que le extendía Guétmanov, le dio la vuelta, reconoció la caligrafía de Zhenia y se la guardó en el bolsillo.
—Bien, te pongo al corriente de la situación —le dijo a Guétmanov.
—¿Y la carta? ¿No la lees? ¿Es que ya no la amas?
—Ya habrá tiempo para eso.
Llegó Neudóbnov, y Nóvikov dijo:
—El problema está en los hombres. Se duermen en los tanques durante el combate. No se tienen en pie. Y los comandantes de brigada están en las mismas condiciones. Kárpov va tirando, pero Belov estaba hablando conmigo y se dormía: cinco días en marcha. Los conductores se quedan dormidos durante el viaje, están tan cansados que ni siquiera comen.
—¿Cuál es tu valoración, Piotr Pávlovich? —preguntó Guétmanov.
—Los alemanes no están activos. No hay peligro de una contraofensiva en nuestro sector. Los alemanes están desmoralizados. Ponen los pies en polvorosa en cuanto pueden.
Hablaba, y mientras tanto sus dedos acariciaban el sobre. Por un instante lo soltaba, pero enseguida lo cogía de nuevo, como si pudiera escapársele del bolsillo.
—Bien, está claro, entendido —dijo Guétmanov—. Ahora escucha lo que tengo que decirte: aquí nosotros, el general y yo, hemos contactado con las altas esferas. He hablado con Nikita Serguéyevich, que se ha comprometido a no retirar la aviación de nuestro sector.
—Pero Jruschov no tiene el mando operativo —dijo Nóvikov, comenzando a abrir el sobre en el bolsillo.
—No es del todo cierto —dijo Guétmanov—. El general acaba de recibir confirmación del cuartel general del Ejército del Aire: la aviación se queda con nosotros.
—Las retaguardias nos alcanzarán —dijo atropelladamente Neudóbnov—. Las carreteras no están tan mal. La decisión está en sus manos, camarada teniente coronel.
«Me ha degradado a teniente coronel. Debe de estar nervioso», pensó Nóvikov.
—¡Sí, señores! —exclamó Guétmanov—. Seremos nosotros los que daremos inicio a la liberación de la querida Ucrania. Le he dicho a Nikita Serguéyevich que nuestros hombres atosigan al mando, sueñan con llamarse cuerpo ucraniano.
Nóvikov, irritado por esas palabras falsas, dijo:
—Si hay algo con lo que sueñan los hombres es con dormir. Hace cinco días que no pegan ojo, ¿comprenden?
—Entonces decidido, ¿continuamos el avance, Piotr Pávlovich? —preguntó Guétmanov.
Nóvikov había abierto el sobre a medias, metió dos dedos, palpó la carta, y todo el cuerpo le dolió del deseo de ver aquella letra conocida.
—He tomado la siguiente decisión —respondió—. Dar a los hombres diez horas de reposo. Necesitan recuperar fuerzas.
—¡Oh! —exclamó Neudóbnov—. Si perdemos diez horas lo echaremos todo a perder.
—Espera, pensémoslo un poco —dijo Guétmanov, cuyas mejillas, orejas y cuello se enrojecieron ligeramente.
—Yo ya lo he decidido —dijo Nóvikov con una media sonrisa.
De repente Guétmanov perdió los estribos.
—¡Pues que se vayan a paseo! ¿Y qué, que no hayan dormido? —gritó—. Ya habrá tiempo para dormir. Sólo por eso quieres hacer un alto de diez horas. Me opongo a esta falta de nervio, Piotr Pávlovich. Primero retrasas la ofensiva ocho minutos, y ahora quieres meter a los hombres en la cama. ¡Esto ya se ha convenido en una costumbre! Redactaré un informe al Consejo Militar del frente. ¡No eres el director de un jardín de infancia!
—Espera, espera —le interrumpió Nóvikov—. ¿No fuiste tú el que me besaste por no haber movido los tanques hasta que la artillería no hubo aplastado al enemigo? ¡Escribe eso en tu informe!
—¿Que yo te besé por eso? —exclamó con estupor Guétmanov—. Estás loco. Te lo diré claro: como comunista me preocupa que tú, un hombre de pura sangre proletaria, te dejes influenciar constantemente por elementos ajenos.
—Ah, es eso —dijo Nóvikov, alzando la voz.
Se levantó, irguió la espalda, y exclamó con ira:
—Aquí mando yo. Lo que yo digo se cumple. Y por mí, mirada Guétmanov, ya puede escribir informes, cuentos o novelas y enviárselos a quien le plazca, incluso al camarada Stalin.
Y entró en la habitación contigua.
Nóvikov dejó a un lado la carta que acababa de leer y silbó como solía hacerlo de niño bajo la ventana de su amigo para que bajara a jugar… Tal vez habían pasado treinta años desde la última vez que había silbado así, y de repente lo había repetido…
Miró con curiosidad por la ventana: no, era de día, aún no había anochecido. Luego gritó alegremente, con voz histérica: «Gracias, gracias, gracias por todo». Tuvo la sensación de que iba a caer muerto, pero no se cayó; fue de un lado a otro de la habitación. Miró la carta que resaltaba, blanca, sobre la mesa; le pareció que era una funda vacía, una piel de la que hubiera salido arrastrándose una víbora, y se pasó la mano por los costados, por el pecho. Pero no encontró allí la víbora; había reptado, se había colado dentro de él, quemándole el corazón con su veneno.
Se detuvo ante la ventana; los conductores se reían, siguiendo con la mirada a la telefonista Marusia, que se dirigía a la letrina. El conductor del tanque del Estado Mayor traía un cubo del pozo, los gorriones se ocupaban de los asuntos propios de los gorriones sobre la paja a la entrada del establo, Zhenia le había dicho que el gorrión era su pájaro preferido… Y ahora él ardía como una casa: las vigas se desplomaban, el techo se hundía, la vajilla se hacía añicos, los armarios volcaban; los libros, los cojines revoloteaban como palomas entre las chispas y el humo… Qué quería decir: «Te estaré agradecida toda mi vida por todo lo puro y noble que me has dado, pero ¿qué puedo hacer yo? La vida pasada es más fuerte que yo, no la puedo matar, olvidar… No me culpes, no porque no sea culpable, sino porque ni tú ni yo sabemos de qué soy culpable… Perdóname, perdóname, lloro por los dos».
¡Llora! Nóvikov montó en cólera. ¡Alimaña infecta! ¡Mala pécora! Quería golpearla en los dientes, en los ojos romperle a esa zorra el caballete de la nariz con la culata de la pistola.
Y con una insoportable sorpresa, repentina, fulminante, le asaltó la impotencia. Nadie, ninguna fuerza en el mundo, podía ayudarle, sólo Zhenia; pero ella le había destruido.
Volvió el rostro en la dirección por la que ella debería haber ido a su encuentro, y dijo:
—Zhénechka, ¿qué me estás haciendo? Zhénechka, óyeme, Zhénechka, mírame; mira lo que me está pasando.
Alargó los brazos hacia ella.
Luego pensó: «Menuda pérdida de tiempo». Había aguardado tantos años desesperadamente, y ahora ella se había decidido; ya no era una niña, lo había postergado durante años, pero ahora se había decidido; tenía que hacerse a la idea, se había decidido…
Unos segundos más tarde buscó refugio de nuevo en el odio:
«Claro, claro, cuando yo no era más que un mayor que vagaba por las guarniciones de Nikolsk-Ussuríiski, no quería; sólo se decidió cuando me ascendieron de rango; quería convertirse en la esposa de un general. Todas las mujeres son iguales». Al instante vio con claridad que esos pensamientos carecían de sentido. Le había abandonado y había vuelto con un hombre que sería enviado a un campo, a Kolymá, qué ventaja podía sacar ella de eso… «Las mujeres rusas, los versos de Nekrásov… No me ama, le ama a él… No, no le ama, le compadece, sólo le compadece. ¿Y a mi no me compadece? Ahora yo estoy peor que todos ellos juntos: los que están presos en la Lubianka y en todos los campos, en todos los hospitales con los brazos y las piernas mutilados. Muy bien, me iré a un campo; ¿a quién, elegirás entonces? ¡A él! Sois de la misma raza, mientras que yo soy un extraño. Así me llamaba ella: extraño, un perfecto extraño. Claro, aunque me convirtiera en mariscal, yo siempre seré un campesino, un minero, pero no un intelectual; no le encuentro ni pies ni cabeza a la pintura…» En voz alta, con odio, preguntó:
—Pero ¿por qué? ¿Por qué?
Sacó del bolsillo trasero la pistola y la sopesó en la palma de la mano.
—Me mataré, pero no porque no pueda seguir viviendo, sino para que sufras toda tu vida, para que a ti, puta, te remuerda la conciencia.
Luego volvió a poner la pistola en su sitio.
—Dentro de una semana me habrá olvidado.
¡Era él quien tenía que olvidar, no recordar más, no mirar atrás!
Se acercó a la mesa y releyó la carta: «Pobrecito mío, querido, amor…». Lo más temible no eran las palabras crueles, sino las cariñosas, las compasivas, las humillantes. Le resultaban totalmente insoportables, hasta el punto de que no podía respirar.
Recordó sus pechos, sus hombros, sus rodillas. Ahí estaba, yendo a reunirse con su miserable Krímov. «¿Qué puedo hacer yo?» Viaja para verlo, soportando un calor sofocante, el hacinamiento. Alguien le pregunta y ella responde; «Voy a reunirme con mi marido». Y tiene los ojos dulces, mansos y tristes de un perro.
Él, en cambio, miraba por la ventana para ver si ella llegaba. Un temblor sacudió su espalda, resopló, dio un ladrido, se ahogó tratando de reprimir los sollozos que se le escapaban. Recordó que había ordenado que le trajeran de la intendencia del frente bombones de chocolate para ella; le había dicho en broma a Vershkov: «Si los tocas te arranco la cabeza».
Y de nuevo balbuceó:
—Mira, Zhénechka, mi amor, lo que has hecho conmigo; al menos apiádate un poco de mí.
Sacó bruscamente la maleta de debajo de la cama, cogió las cartas y las fotografías de Yevguenia Nikoláyevna, las que había llevado consigo durante tantos años; la fotografía que le había enviado en su última carta y la primera de todas, una fotografía pequeña, de carné, envuelta en papel de celofán, y se puso a romperlas con sus dedos grandes y fuertes. Hacía trizas las carras que le había escrito, y de repente fulguró una frase, y en un fragmento de esa frase aislada, en un trocito de papel, reconoció las palabras que había leído y releído decenas de veces, que le hacían perder la cabeza. Miraba cómo desaparecía la cara, morían los labios, los ojos, el cuello en las fotografías rotas. Realizaba aquella operación a toda prisa, precipitadamente. De repente se sentía mejor, como si la arrancara de sí mismo, la pisoteara por completo, se liberara de aquella bruja.
Había vivido perfectamente sin ella. ¡Se sobrepondría! Dentro de un año pasaría por delante de ella sin que le diera un vuelco el corazón. «La necesito como un borracho necesita un corcho de botella.»» Pero apenas formuló ese pensamiento, sintió la absurdidad de esa esperanza. Del corazón no se arranca nada, el corazón no es de papel y, en él, la vida no está escrita con tinta, no se puede romper en trozos, no se pueden borrar largos años que se han impreso en el cerebro, en el alma.
Ella era parte de su trabajo, de sus desgracias, de sus pensamientos, era testigo de su debilidad y su fuerza.
Y las cartas rotas no habían desaparecido; las palabras leídas decenas de veces perduraban en la memoria, y los ojos de ella le miraban como antes desde las fotografías rotas.
Abrió el armario, llenó hasta el borde un vaso de vodka, se lo bebió de un trago, encendió un cigarrillo, lo encendió una segunda vez aunque ya había prendido. El dolor le retumbaba en la cabeza, le abrasaba las entrañas.
Y de nuevo preguntó en voz alta:
—Zhénechka, pequeña, querida mía, ¿qué has hecho, qué has hecho? ¿Cómo has podido?
Luego metió los trocitos de papel en su maleta, devolvió la botella de vodka al armario y pensó: «El vodka alivia un poco las penas».
Pronto los tanques entrarían en el Donbass, llegaría a su pueblo natal, encontraría el lugar donde descansaban sus progenitores. Su padre se sentiría orgulloso de su Petia, su madre se apiadaría de su desdichado hijito. Acabada la guerra, iría a casa de su hermano, viviría con su familia y su sobrina le preguntaría: «Tío Petia, ¿por qué estás tan callado»?
De repente recordó un episodio de su infancia: el perro lanudo que vivía con ellos había corrido tras una perra en celo y había vuelto cubierto de mordiscos, con mechones de pelo arrancados, la oreja desgarrada, la boca torcida, un ojo hinchado y estaba delante de la casa, con el rabo entre las piernas; el padre de Petia, mirándole, le preguntó con cariño:
—¿Qué, te ha tocado ser el padrino de boda?
Sí, le había tocado…
Vershkov entró en la habitación.
—¿Está descansando, camarada coronel?
—Sí, un poco.
Miró el reloj y pensó: «Detener el avance hasta las siete de mañana. Transmitir por radio un mensaje cifrado».
—Voy a pasar revista de nuevo a las brigadas —le dijo a Vershkov.
El viaje rápido en coche le aligeró la opresión en el corazón. El chófer conducía el jeep a ochenta kilómetros por hora por una carretera en pésimas condiciones; el coche saltaba, traqueteaba, se cubría de barro.
Cada vez que el conductor se asustaba, le pedía con una mirada suplicante que le diera permiso para reducir la velocidad.
Entró en el cuartel general de la brigada de tanques. ¡Cómo había cambiado todo en pocas horas! Cómo había cambiado Makárov, como si hiciera años que no se hubieran visto.
Makárov, olvidando el reglamento, abrió los brazos en señal de desconcierto y dijo:
—Guétmanov acaba de transmitir una orden directa de Yeremenko: su decisión de hacer un alto ha sido anulada, debemos continuar el ataque.
52
Tres semanas más tarde el cuerpo de tanques de Nóvikov fue retirado de la primera línea del frente y pasó a la reserva. Era hora de reforzar los efectivos y reparar los carros. Los hombres y las máquinas estaban exhaustos después de haber recorrido cuatrocientos kilómetros en combate.
Al mismo tiempo que recibía la orden de pasar a la reserva, a Nóvikov también le ordenaron personarse en Moscú, en el Estado Mayor General y en la Dirección Central de los Cuadros Superiores. No estaba claro si volvería a asumir el mando del cuerpo.
Durante su ausencia el mando pasaría temporalmente a manos del general Neudóbnov. Algunos días antes el comisario de brigada Guétmanov había oído que el Comité Central del Partido había decidido retirarle en un futuro inmediato del servicio activo para confiarle el secretariado de un obkom en una provincia liberada del Donbass; el Comité Central concedía una especial relevancia a ese puesto.
La citación de Nóvikov en Moscú había dado mucho que hablar en el Estado Mayor del frente y en la Dirección de las Fuerzas Blindadas.
Algunos decían que la citación no tenía un significado especial y que Nóvikov, después de una breve estancia en Moscú, regresaría y asumiría el mando del cuerpo. Otros sostenían que el asunto tenía que ver con la desafortunada orden de Nóvikov de conceder diez horas de reposo a sus hombres en el punto álgido del ataque, y con el retraso que se había permitido antes de lanzar el cuerpo a la ofensiva. Otros consideraban que no había hecho buenas migas con el comisario del cuerpo y el jefe del Estado Mayor, dos hombres que contaban con grandes méritos.
El secretario del Consejo Militar del frente, un hombre bien informado, afirmó que alguien, había acusado a Nóvikov de tener relaciones personales comprometedoras. Al principio el secretario del Consejo Militar creyó que las desgracias de Nóvikov eran fruto de sus desavenencias con el comisario del cuerpo. Pero, por lo visto, no era así. El secretario del Consejo Militar había visto con sus propios ojos una carta de Guétmanov dirigida a las más altas instancias.
En esa carta Guétmanov se oponía a la destitución de Nóvikov como comandante del cuerpo; escribía que Nóvikov era un jefe militar excepcional, que poseía excelentes dotes militares, un hombre intachable tanto desde el punto de vista político como moral.
Pero lo más sorprendente es que el día en que el teniente Nóvikov recibió la orden de presentarse en Moscú disfrutó de una noche tranquila, y durmió de un tirón por primera vez después de haber pasado en blanco muchas noches penosas.
53
A Shtrum le parecía estar siendo transportado por un tren estruendoso a toda velocidad, y a ese hombre que viajaba a bordo del tren le causaba extrañeza recordar la tranquilidad del hogar. El tiempo se había vuelto denso, repleto de acontecimientos, gente, llamadas telefónicas. El día que Shishakov había visitado a Shtrum atento, amable, interesándose por su salud, y dando explicaciones divertidas y amistosas con la intención de que olvidara todo lo ocurrido, aquel día parecía remontarse a diez años atrás.
Shtrum creía que las personas que habían tratado de buscarle la ruina estarían tan avergonzadas que no se atreverían a mirarle, pero el día de su regreso al instituto le saludaron con alborozo; le miraban directamente a los ojos, expresándole su buena disposición y amistad. Lo más sorprendente era que esas personas eran absolutamente sinceras, ahora le deseaban todo lo mejor.
Volvía a oír muchos comentarios elogiosos acerca de su trabajo. Malenkov le mandó llamar y, escrutándolo con sus ojos negros, penetrantes e inteligentes, se entretuvo con él cuarenta minutos. Shtrum se quedó asombrado de que estuviera al corriente de su trabajo y de que manejara con tanta soltura los tecnicismos.
A Shtrum le desconcertaron las palabras que dijo Malenkov a modo de despedida: «Nos afligiría mucho ser en alguna medida, un estorbo para su investigación en el campo de la física teórica. Comprendemos perfectamente que sin teoría no hay práctica».
Nunca hubiera esperado que escucharía semejantes palabras.
Qué extraño fue, al día siguiente del encuentro con Malenkov, ver la mirada intranquila e inquisitiva de Shishakov y recordar la sensación de ofensa y humillación que había experimentado cuando éste no le había invitado a la reunión celebrada en su casa.
Márkov se mostraba otra vez atento y cordial, Savostiánov se hacía el ocurrente y gastaba bromas. Gurévich, que había entrado en el laboratorio, abrazó a Shtrum mientras le decía: «¡Qué contento estoy, qué contento! Usted es Benjamín el Bienaventurado».
Y el tren continuaba llevándole.
Le preguntaron si consideraba necesario ampliar su laboratorio hasta convertirlo en un instituto de investigación independiente. Viajó a los Urales en un avión especial acompañado por un delegado del Comisariado del Pueblo. Le habían asignado un coche con el que ahora Liudmila Nikoláyevna iba a hacer la compra a la tienda especial y cuyos asientos ofrecía a las mismas mujeres que unas semanas antes fingían no conocerla.
En resumidas cuentas, todo lo que antes parecía complicado, enrevesado, ahora se resolvía por sí solo.
El joven Landesman estaba profundamente conmovido: Kovchenko le había telefoneado a casa; Dubenkov, en sólo una hora, formalizó su admisión en el laboratorio de Shtrum.
Anna Naumovna Weisspapier, de regreso de Kazán, contó a Shtrum que en cuarenta ocho horas había recibido la invitación y el permiso de residencia, y que en la estación de Moscú la estaba esperando un coche enviado por Kovchenko. Dubenkov avisó por escrito a Anna Stepánovna de que se reincorporaría a su antiguo puesto de trabajo y que, con el consenso del subdirector, le pagarían íntegramente el salario de los días que no había trabajado.
A los nuevos colaboradores les daban de comer copiosamente. Decían, en broma, que su trabajo consistía en dejarse llevar desde la mañana a la noche a varias cantinas «cerradas al público». Pero su trabajo, desde luego, no consistía sólo en eso.
La nueva maquinaria instalada en el laboratorio distaba ya mucho de parecerle perfecta a Shtrum; pensaba que, dentro de un año, suscitaría la risa, como la locomotora de Stephenson.
Todos esos acontecimientos de su vida le parecían naturales y al mismo tiempo completamente artificiales. En realidad, si su obra era tan importante e interesante, ¿por qué no iba a ser elogiada? Si Landesman era un investigador de talento, ¿por qué no iba a trabajar en el instituto? Y si Anna Naumovna era una persona insustituible, ¿por qué dejarla arrinconada en Kazán?
Así y todo, Shtrum sabía muy bien que de no haber sido por la llamada telefónica de Stalin, nadie en el instituto habría elogiado las excelencias de su trabajo y Landesman, con todo su talento, estaría con los brazos cruzados.
La llamada telefónica de Stalin no era una casualidad, un antojo, un capricho. Stalin era la encarnación del Estado y el Estado no tiene antojos ni caprichos.
Shtrum temía que el trabajo de carácter organizativo —el recibimiento de los nuevos investigadores, la planificación, los pedidos de material, las reuniones— le ocupara todo el tiempo. Pero los automóviles circulaban rápido, las reuniones eran breves y nadie llegaba tarde, sus deseos se hacían fácilmente realidad y Shtrum podía pasar las horas más preciadas de la mañana en el laboratorio. Era durante esa parte del día cuando se sentía libre. Nadie le estorbaba y podía pensar exclusivamente en lo que le interesaba. Su ciencia le pertenecía. Nada que ver con lo que le pasaba al pintor en El retrato de Gógol.
Nadie atentaba contra sus intereses científicos, y eso es lo que le daba más miedo. «Soy realmente libre», se sorprendía.
Una vez le vinieron a la mente los argumentos que el ingeniero Artelev había expresado en Kazán sobre el aprovisionamiento por parte de las fábricas militares de materia prima, energía, maquinaria, y sobre la ausencia de trámites burocráticos.
«Claro —pensó Víktor Pávlovich—, es el estilo “alfombra voladora”: en la ausencia de burocracia es precisamente donde se revela el burocratismo. Todo lo que sirve a los grandes objetivos del Estado corre a la velocidad de un tren expreso. La fuerza de la burocracia contiene dos tendencias opuestas: es capaz de detener cualquier movimiento o acelerarlo de manera insólita, como si escapara a los límites de la atracción terrestre.»
Ahora rara vez pensaba en las veladas transcurridas en la pequeña habitación de Kazán, y cuando lo hacía, era con cierta indiferencia. Madiárov ya no le parecía tan interesante e inteligente; ahora no sentía esa ansiedad constante por su destino, ya no le venía a la cabeza con tanta frecuencia y persistencia el recelo de Karímov hacia Madiárov, y viceversa.
Sin darse cuenta, todo lo ocurrido había comenzado a parecerle natural y legítimo. La nueva vida de Shtrum se había convertido en la regla, y él había empezado a acostumbrarse. La vida que antes vivía ahora le parecía la excepción; poco a poco la iba olvidando. ¿Eran tan acertadas las consideraciones de Artelev?
Antes, en cuanto entraba en el departamento de personal, se irritaba, se le ponían los nervios de punta, sentía sobre sí la mirada de Dubenkov. Pero Dubenkov era, de hecho, un hombre servicial y benévolo.
Telefoneaba a Shtrum y le decía:
—Dubenkov al había. ¿Le molesto, Víktor Pávlovich?
Siempre había pensado que Kovchenko era un ser pérfido, un siniestro intrigante capaz de sacarse del medio a cualquiera que se interpusiera en su camino, un demagogo indiferente a la esencia del trabajo; le parecía venido de otro mundo de instrucciones misteriosas, no escritas. Ahora se le aparecía bajo un aspecto completamente diferente, Entraba cada día en el laboratorio de Shtrum, se comportaba de manera sencilla, bromeaba con Anna Naumovna y se mostraba como un verdadero demócrata; estrechaba la mano a todos, charlaba con los técnicos y los mecánicos, supo que en su juventud había trabajado de tornero en un taller.
Shtrum había detestado a Shishakov durante años. Pero ahora había ido a comer a su casa y descubrió que era una persona hospitalaria, llena de ingenio, bromista, un gourmet amante del buen coñac y coleccionista de grabados. Y lo más importante: apreciaba la teoría de Víktor Pávlovich.
«He vencido», pensaba Shtrum. Pero comprendía que no era un gran triunfo, que si los hombres con los que trataba habían cambiado su actitud hacia él y habían comenzado a saludarle en lugar de ponerle obstáculos no era porque se hubieran rendido a la fuerza de su inteligencia, su talento o cualquier otra virtud.
Sin embargo, estaba contento: ¡había vencido!
Casi cada noche transmitían boletines informativos por la radio. La ofensiva de las tropas soviéticas continuaba extendiéndose. Y a Víktor Pávlovich le parecía ahora de lo más natural y sencillo adecuar su vida al curso de la guerra, a la victoria del pueblo, del ejército, del Estado.
Pero también comprendía que no todo era tan sencillo; se burlaba de su propio deseo de ver sólo las cosas, simples, como en los abecedarios infantiles: «Stalin aquí, Stalin allí, viva Stalin».
Durante mucho tiempo había creído que los administradores y los militantes del Partido, también en el seno de su familia, no hacían otra cosa que hablar de la pureza ideológica de los cuadros dirigentes, firmar papeles con lápiz rojo, leer en voz alta a sus mujeres el Breve curso de la historia del Partido, y que, por la noche, sólo soñaban con disposiciones transitorias e instrucciones obligatorias.
Y sin embargo, de improviso, había descubierto en ellos otro aspecto; el lado humano.
El secretario del comité del Partido, Ramskov, era aficionado a la pesca, y antes de la guerra había recorrido en barca los ríos de Ucrania con su mujer e hijos.
—Eh, Víktor Pávlovich —decía—, ¿hay algo mejor en la vida? Te levantas al amanecer, todo brilla por el rocío, la arena de la orilla está fría, lanzas la caña, y el agua, todavía oscura, no da nada pero parece llena de promesas… Cuando acabe la guerra le llevaré conmigo a la cofradía de pescadores…
Un día, Kovchenko se había puesto a hablar con Shtrum de enfermedades infantiles. Shtrum se había sorprendido de sus vastos conocimientos acerca de los tratamientos para curar el raquitismo y las anginas. Se había enterado de que Kasián Teréntievich, además de dos hijos biológicos, había adoptado a un niño español. El pequeño español solía enfermar con frecuencia y Kasián Teréntievich cuidaba de él personalmente.
Incluso Svechín, por lo general de carácter adusto, le habló de su colección de cactus, que había logrado salvar durante el frío invierno de 1941.
«Así que no son tan mala gente, después de todo —pensaba Shtrum—. En cada hombre hay algo humano.»
Por supuesto, en lo más íntimo, comprendía que todos estos cambios en conjunto no cambiaban nada. No era un estúpido y tampoco un cínico; sabía utilizar el cerebro.
En aquellos días le vino a la cabeza la historia de Krímov sobre un viejo amigo suyo, un tal Bagrianov, primer juez de instrucción del tribunal militar. Bagrianov había sido arrestado en 1937, pero en 1939 Beria, en un efímero ataque de liberalismo, le había liberado del campo y autorizado a regresar a Moscú.
Krímov contaba que Bagrianov había ido a verle una noche, directamente desde la estación, con la camisa y los pantalones hechos jirones y el certificado del campo en el bolsillo.
Esa noche pronunció discursos liberales, se compadeció de la suerte de todos los prisioneros en los campos, quería convertirse en apicultor y jardinero.
Pero, poco a poco, a medida que Bagrianov regresaba a su vida pasada, también sus discursos se modificaron sustancialmente.
Krímov contaba entre risas las sucesivas evoluciones en la ideología de Bagrianov. Le habían devuelto el uniforme militar, y en esta fase continuaba conservando sus opiniones liberales. Pero en un momento dado, al igual que Danton, había dejado de denunciar el mal.
Luego, a cambio de su certificado del campo le entregaron el permiso de residencia en Moscú. Y enseguida le había surgido el deseo de adoptar posturas hegelianas: «Todo lo que es real es racional». Cuando le devolvieron su apartamento empezó a hablar de manera totalmente diferente, afirmando que la mayoría de los condenados en los campos eran enemigos del Estado soviético. Entonces le devolvieron sus condecoraciones. Al final había sido reintegrado en el Partido y le reconocieron los años de antigüedad.
Justo en ese momento surgieron los primeros problemas de Krímov con el Partido. Bagrianov dejó de llamarle por teléfono. Una vez Krímov se lo había encontrado por casualidad: Bagrianov, con dos rombos sobre el cuello de la guerrera, salía del coche ante la entrada de la fiscalía. Habían pasado ocho meses desde que el hombre con la camisa hecha harapos, el certificado del campo en el bolsillo, se había sentado en la habitación de Krímov a disertar sobre la inocencia de los sentenciados y la violencia ciega.
«Y yo que pensaba, después de escucharle aquella noche, que la fiscalía había perdido para siempre a un devoto servidor», había dicho con una sonrisita Krímov.
Naturalmente no era una casualidad que Víktor Pávlovich hubiera recordado esa historia y se la hubiera contado a Nadia y a Liudmila Nikoláyevna.
Nada había cambiado en su actitud hacia las personas caídas en desgracia en 1937. Como antes, se horrorizaba por la crueldad de Stalin.
La vida de la gente no cambia por el hecho de que un tal Shtrum se hubiera convertido en el hijo mimado de la suerte. Nada devolvería la vida a las víctimas de la colectivización o a los fusilados en 1937 porque se le otorgara una condecoración o una medalla a un tal Shtrum, porque Malenkov le mandara llamar o porque le incluyeran en la lista de invitados a tomar el té en casa de Shishakov.
Todo esto Víktor Pávlovich lo comprendía perfectamente y no lo olvidaba. Y sin embargo, en esta memoria y en esta comprensión, se producían cambios. ¿Es que no sentía el mismo malestar, la misma nostalgia de la libertad de expresión y de prensa? ¿Es que no le consumía con la misma fuerza que antes el pensamiento de los inocentes que habían perecido? ¿Acaso aquello tenía que ver con que ahora no sentía ese miedo constante y agudo noche y día?
Víktor Pávlovich comprendía que Kovchenko, Dubenkov, Svechín, Prásolov, Shishakov, Gurévich y tantos otros no se habían vuelto mejores porque hubieran cambiado su actitud hacia él. Gavronov, que continuaba cubriendo de oprobios a Shtrum y su trabajo con una obstinación fanática, al menos era honesto.
Un día Shtrum le dijo a Nadia:
—Sabes, creo que es mejor defender las posiciones de las Centurias Negras, por deleznables que sean, que fingir estar a favor de Herzen y Dobroliúbov con fines arribistas.
Se enorgullecía ante su hija de su capacidad de controlarse, de vigilar sus pensamientos. A él no le pasaría lo que a tantos otros: el éxito no influiría en sus puntos de vista, en sus lazos afectivos, en la elección de sus amigos… Nadia se había equivocado al sospechar, durante un tiempo, que era capaz de semejante pecado.
Él ya era perro viejo. Todo cambiaba en su vida, pero él no. Seguía llevando el traje raído, las corbatas arrugadas, los zapatos con los tacones desgastados. Seguía llevando el pelo demasiado largo, desgreñado, y asistía a las reuniones más importantes sin tomarse siquiera la molestia de afeitarse.
Como antes, le gustaba charlar con los porteros y los ascensoristas. Como siempre, juzgaba con gesto altivo, incluso con desprecio, las debilidades humanas, y condenaba la pusilanimidad de muchas personas. Se consolaba pensando: «Al menos yo no me he doblegado, no he dado mí brazo a torcer, me he mantenido firme, no me he arrepentido. Han venido a buscarme».
Le decía a menudo a su mujer; «¡Cuánta mediocridad hay por todas partes! Cuántas personas tienen miedo de defender su derecho a ser honestas, cuántas se dan por vencidas, cuánto conformismo, cuántos actos mezquinos».
Incluso de Chepizhin había pensado una vez con reproche: «Su desmesurado amor por el turismo y el alpinismo encubre un miedo inconsciente a la complejidad de la vida. Y su partida del instituto revela el miedo consciente a enfrentarse a la principal cuestión de nuestra vida».
Era evidente que algo estaba cambiando en él. Lo sentía, pero no lograba comprender qué era exactamente.
54
Cuando regresó al trabajo, Shtrum no encontró a Sokolov en el laboratorio. Dos días antes de su vuelta al instituto, Piotr Lavréntievich había cogido una neumonía.
Shtrum se enteró de que, poco antes de ponerse enfermo, Sokolov había acordado con Shishakov ser transferido a un puesto diferente. Al final había sido designado director de un laboratorio que estaba siendo reorganizado. A Piotr Lavréntievich las cosas le iban bastante bien.
Ni siquiera el omnisciente Márkov estaba al corriente de los verdaderos motivos que habían inducido a Sokolov a solicitar a la dirección el traslado del laboratorio de Shtrum.
Al enterarse de su partida, Víktor Pávlovich no sintió ni dolor ni compasión: la idea de encontrárselo, de trabajar con él, le resultaba insoportable.
Quién sabe lo que Sokolov habría leído en los ojos de Víktor Pávlovich. Por supuesto, no tenía derecho a pensar en la mujer de su amigo del modo en que lo hacía. No tenía derecho a echarla de menos. No tenía derecho a encontrarse a escondidas con ella.
Si alguien alguna vez le hubiera contado una historia similar, se habría indignado. ¡Engañar a la propia mujer! ¡Engañar a un amigo! Sin embargo la añoraba, soñaba con verla.
Liudmila había reanudado su amistad con Maria Ivánovna. A una larga conversación telefónica había seguido un encuentro; habían llorado, arrepintiéndose de los malos pensamientos que habían concebido la una respecto a la otra, de sus sospechas, de la falta de confianza en su amistad.
¡Dios, qué complicada y embrollada era la vida! Maria Ivánovna, la honesta y pura Maria, no había sido sincera con Liudmila, había fingido. Pero sólo había actuado así porque le amaba.
Ahora Víktor Pávlovich raras veces veía a Maria Ivánovna. Casi todo lo que sabía de ella le llegaba a través de Liudmila.
Supo que Sokolov había sido propuesto para el premio Stalin por unos trabajos publicados antes de la guerra, que había recibido una carta entusiasta de unos jóvenes físicos de Inglaterra y que en las próximas elecciones de la Academia sería presentada su candidatura como miembro correspondiente. Todas estas informaciones se las había dado Maria Ivánovna a Liudmila. Durante sus breves encuentros con Maria Ivánovna, Shtrum ahora ni siquiera mencionaba a Piotr Lavréntievich.
Las preocupaciones del trabajo, las reuniones, los viajes no conseguían aplacar su continua nostalgia, y el deseo de verla era constante.
Liudmila Nikoláyevna le había dicho varias veces:
—No entiendo por qué Sokolov la tiene tomada contigo. Ni siquiera Masha se lo explica.
La explicación, por supuesto, era sencilla, pero era imposible que Maria Ivánovna la compartiera con Liudmila. Bastante había hecho con confesarle a su marido lo que sentía por Shtrum.
Aquella confesión había destruido para siempre la amistad entre Shtrum y Sokolov. Le había prometido a su marido que no volvería a ver a Shtrum. Si decía una palabra a Liudmila no sabría nada más de ella; ni dónde estaba ni cómo estaba. ¡Se veían tan poco! ¡Y los encuentros eran tan breves! Cuando se encontraban apenas hablaban, paseaban por la calle cogidos de la mano o se quedaban sentados en silencio en un banco del parque.
Cuando Shtrum estaba en sus horas más bajas, Maria, con una sensibilidad fuera de lo común, había entendido por lo que estaba pasando. Había adivinado sus pensamientos, previsto sus acciones; parecía conocer de antemano todo lo que le pasaría. Cuanto más abatido estaba, más doloroso e intenso era el deseo de verla. Le parecía que en esa comprensión absoluta residía su única felicidad. Tenía la impresión de que al lado de esa mujer podía soportar cualquier sufrimiento. Con ella sería feliz.
Habían conversado por las noches en Kazán, en Moscú habían paseado juntos por el jardín Neskuchni, una vez se habían sentado unos minutos en un banco, en la plaza de la calle Kaluga; eso era todo. Eso, antes. Ahora, por el contrario, a veces se hablaban por teléfono; otras, se veían en la calle, y de estos breves encuentros no decía ni una palabra a Liudmila.
A decir verdad, Víktor comprendía que su pecado, el de él y el de ella, no se medía por los minutos pasados en secreto sentados en un banco. Su pecado era más grave: la amaba. ¿Por qué había ocupado ella un lugar tan importante en su vida?
Cada palabra dicha a su mujer era una verdad a medias. Cada movimiento, cada mirada, aun cuando1 fuera contra su voluntad, contenía en sí la mentira.
Con indiferencia fingida, preguntaba a Liudmila Nikoláyevna: «¿Te ha llamado tu amiguita? ¿Cómo está? ¿Y la salud de Piotr Lavréntievich?».
Se alegraba de los éxitos de Sokolov, pero no porque albergara buenos sentimientos hacia él. Le parecía que en cierto sentido los éxitos de Sokolov le daban derecho a Maria Ivánovna a no sentir remordimientos.
Era insoportable tener noticias de Sokolov y Maria Ivánovna por boca de Liudmila. Era humillante para Liudmila, para Maria Ivánovna, para él.
La mentira se mezclaba con la verdad incluso cuando hablaba con su mujer sobre Tolia, Nadia y Aleksandra Vladímirovna. La mentira estaba en todas partes. ¿Por qué motivo? Sus sentimientos hacia Maria Ivánovna eran la verdad de su alma, de sus pensamientos, de sus deseos. ¿Por qué esta verdad engendraba tantas mentiras? Sabía que, renunciando a ese amor, liberaría de la mentira a Liudmila, a Maria Ivánovna y a sí mismo. Pero cada vez que se convencía de que debía renunciar a ese amor al que no tenía derecho, un sentimiento perverso, que le nublaba el juicio y rechazaba el sufrimiento, le disuadía insinuándole: «Esta mentira, al fin y al cabo, no es tan terrible, no hace daño a nadie. El sufrimiento es peor que la mentira».