Vida y destino
TERCERA PARTE » 63
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A ratos le parecía que podría encontrar la fuerza y la crueldad para romper con Liudmila y destruir la vida de Sokolov, y ese sentimiento le incitaba, le permitía formular el argumento opuesto: «La mentira es lo peor de todo. Sería mejor romper con Liudmila que mentir, que obligar a Maria Ivánovna a mentir. La mentira es peor que el sufrimiento».
No se daba cuenta de que su pensamiento se había transformado en el fiel servidor de su sentimiento, que sus sentimientos manejaban al pensamiento, y que sólo había un modo de romper ese círculo vicioso: cortar por lo sano, sacrificarse a sí mismo en lugar de a los demás.
Cuanto más pensaba en todo aquello, menos lo entendía. ¿Cómo entenderlo, cómo desembrollar la maraña? Su amor por Maria Ivánovna era al mismo tiempo la verdad y la mentira de su vida. El verano pasado había tenido una aventura con la bella Nina, y no se había tratado de una historia entre colegiales. Con Nina no se había limitado a pasear por un jardín. Pero sólo ahora había irrumpido esa sensación de traición, de desgracia familiar, de culpa ante Liudmila. Aquellas elucubraciones consumían una incalculable cantidad de energía espiritual e intelectual, probablemente tanta como la que Planck había dedicado a elaborar la teoría cuántica.
Una vez había considerado que ese amor nacía sólo de sus penas y desgracias… Sin ellas, nunca hubiera experimentado aquel sentimiento…
Pero ahora la vida le sonreía, y su deseo de ver a Maria Ivánovna no se había atenuado.
Ella era una persona especial: no la atraían ni la riqueza ni la fama ni el poder. Por el contrario, deseaba compartir con él las desdichas, la pena, las privaciones… Shtrum se alarmó: ¿y si ahora ella le daba la espalda?
Comprendía que Maria Ivánovna adoraba a Piotr Lavréntievich, y eso le hacía enloquecer.
Lo más probable es que Zhenia tuviera razón. Ese segundo amor, llegado después de largos años de matrimonio, era en realidad la consecuencia de una avitaminosis del alma, del mismo modo que una vaca sueña con lamer la sal que durante años busca y no encuentra en la hierba, en el heno y en las hojas de los árboles. Esa hambre del alma crece poco a poco hasta convertirse en una fuerza enorme. Sí, era eso, era eso. Oh, qué bien conocía el hambre espiritual… Maria Ivánovna era completamente diferente de Liudmila…
¿Eran ciertos o falsos esos pensamientos? Shtrum no se daba cuenta de que no los había engendrado la razón, sus actos no estaban determinados por su corrección o su inconveniencia. No era la razón la que gobernaba su conducta. Sufría si no veía a Maria Ivánovna y era feliz cuando pensaba que iba a verla. Cuando se imaginaba que en el futuro podrían estar siempre juntos, era feliz.
¿Por que no sentía remordimientos cuando pensaba en Sokolov? ¿Por qué no sentía vergüenza?
Pero ¿de qué tenía que avergonzarse? A fin de cuentas, sólo habían paseado por el parque y se habían sentado en un banco.
¡Como si el problema fuera haberse sentado en un banco! Estaba dispuesto a romper con Liudmila, a decirle a su amigo que amaba a su mujer, que quería quitársela.
Ahora evocaba todo lo malo de su vida en común con Liudmila. Recordaba la mala relación entre Liudmila y su madre, que Liudmila no había permitido a su primo, de regreso del campo penitenciario, pasar la noche en casa. Recordaba de ella la dureza, la grosería, la terquedad, la crueldad.
Los malos recuerdos le endurecían. Y necesitaba endurecerse para cometer una crueldad. Por otro lado Liudmila había pasado toda su vida con él, compartiendo los momentos más duros y difíciles. Tema el cabello casi cano y cargaba con muchos sufrimientos a las espaldas. ¿Es que sólo tenía defectos? Durante muchos años se había sentido orgulloso de ella, le alegraba su rectitud, su sinceridad. Sí, sí, no había duda, se disponía a cometer una crueldad.
Por la mañana, a punto de salir para el trabajo, Víktor Pávlovich recordó la reciente visita de Yevguenia Nikoláyevna, y pensó: «Qué suerte que Zhenia haya vuelto a Kúibishev».
Se avergonzó de ese pensamiento, y precisamente en aquel instante Liudmila Nikoláyevna dijo:
—A todos nuestros parientes encarcelados se ha sumado Nikolái. Menos mal que Zhenia ya no está en Moscú.
Quiso reprocharle esas palabras, pero se dio cuenta a tiempo y decidió no decir nada: un reproche suyo hubiera sonado demasiado falso.
—Te ha llamado Chepizhin —dijo Liudmila Nikoláyevna.
Shtrum miró el reloj.
—Esta noche volveré pronto y le llamaré. A propósito, es posible que vaya de nuevo a los Urales.
—¿Por mucho tiempo?
—No, dos o tres días.
Tenía prisa, le esperaba un gran día.
Grande era su trabajo, grandes sus asuntos, ¡asuntos de Estado!, pero sus pensamientos seguían la ley de la proporcionalidad inversa: eran pequeños, míseros, banales.
Zhenia, antes de irse, le había pedido a su hermana que se acercara a Kuznetski Most para hacerle llegar a Krímov doscientos rublos.
—Liudmila —dijo—, no te olvides de entregar ese dinero, como te pidió Zhenia. Ya has tardado demasiado.
Había dicho eso no porque se preocupara por Krímov o Zhenia. Lo había dicho porque temía que el descuido de Liudmila pudiera precipitar la vuelta de Zhenia a Moscú. Zhenia, una vez en la capital, comenzaría a escribir declaraciones, cartas, a hacer llamadas telefónicas, transformando el apartamento de Shtrum en un centro de asistencia a los detenidos.
Comprendía que esos pensamientos no sólo eran pequeños y mezquinos, sino también viles. Sintió vergüenza y añadió a toda prisa:
—Escribe a Zhenia. Invítala en nombre tuyo y mío. Quizá tenga que volver a Moscú, y, sin invitación, no le será fácil. ¿Me has oído, Liuda? ¡Escríbele enseguida!
Después de estas palabras, se sintió bien, pero una vez más sabía que lo había dicho por su propia tranquilidad… En cualquier caso era extraño. Antes, cuando se pasaba días enteros en su habitación, aislado de todos, temiendo al administrador de la casa y a las empleadas de la oficina de racionamiento, tenía la cabeza llena de pensamientos sobre la vida, la verdad, la libertad; pensamientos sobre Dios… Nadie le necesitaba, su teléfono no sonaba durante semanas enteras, sus conocidos preferían no saludarle cuando se lo encontraban por la calle. En cambio ahora, cuando decenas de personas le esperaban, le llamaban por teléfono le escribían, ahora que una ZIS-101 tocaba el claxon delicadamente bajo la ventana de su casa, no podía librarse de un cúmulo de pensamientos vacíos como las cáscaras de los granos de girasol, de un lamentable sentimiento de enojo de temores ridículos.
Sus reflexiones microscópicas y triviales le acompañaban a todas partes: pronunciaba palabras fuera de lugar esbozaba una sonrisita imprudente.
Durante un tiempo después de la llamada telefónica de Stalin le pareció que el miedo había desaparecido de su vida. Pero persistía, sólo que era diferente: ya no era un miedo plebeyo, sino señorial. Era un miedo que viajaba en coche, que tenía línea directa con el Kremlin; pero seguía presente.
Lo que parecía imposible, una actitud de rivalidad envidiosa hacia los logros y las teorías de otros científicos, se había convertido en algo normal. Le inquietaba que le adelantaran, que le doblaran.
No tenía muchas ganas de hablar con Chepizhin; le parecía que no tenía fuerzas para mantener una conversación que preveía larga y difícil. Habían simplificado demasiado cuando habían tocado el tema de la dependencia de la ciencia respecto al Estado. Él se sentía verdaderamente libre. Nadie consideraba sus modelos teóricos como hipótesis absurdas sacadas del Talmud. Nadie le atacaba. El Estado necesitaba la física teórica. Ahora Shishakov y Badin lo comprendían. Para que Márkov demostrara su talento en la experimentación y Kochkúrov en su aplicación práctica, se necesitaba a un teórico. Todos lo habían comprendido de repente después de la llamada telefónica de Stalin. ¿Cómo podía explicar a Dmitri Petróvich que esa llamada le había proporcionado la libertad en el trabajo? Pero ¿por qué se había vuelto tan intolerante con los defectos de Liudmila Nikoláyevna? ¿Por qué era tan indulgente con Shishakov?
Ahora Márkov le parecía especialmente agradable. Se interesaba por los asuntos personales de los jefes, por las circunstancias secretas o medio secretas, las inocentes argucias y las meditadas perfidias, las pequeñas ofensas y las graves humillaciones por no haber sido invitado al presídium, la inclusión en las listas especiales, y las palabras fatales: «Usted no está en la lista».
Incluso hubiera preferido pasar una tarde libre charlando con Márkov que discutiendo como lo hacía con Madiárov en las reuniones de Kazán. Márkov captaba con sorprendente precisión los aspectos ridículos de las personas, sabía burlarse de las debilidades humanas, sin malicia y al mismo tiempo con sarcasmo. Poseía una inteligencia refinada y, sobre todo, era un científico de primer orden; tal vez era el físico experimental de mayor talento del país.
Shtrum ya se había puesto el abrigo cuando Liudmila Nikoláyevna le dijo:
—Maria Ivánovna llamó ayer.
Se apresuró a preguntar:
—¿Y?
Su cara había cambiado visiblemente de expresión.
—¿Qué tienes? —preguntó Liudmila Nikoláyevna.
—Nada, nada —respondió, volviendo del pasillo a la habitación.
—En realidad no lo entendí del todo, pero temo que sea una historia desagradable. Parece que Kovchenko les ha telefoneado. Como de costumbre, está preocupada por ti; tiene miedo de que te busques problemas de nuevo.
—¿Cómo? —preguntó él, impaciente—. No lo entiendo.
—Es lo que te digo: yo tampoco lo entiendo. Evidentemente, no quería extenderse demasiado por teléfono.
—Espera, repítemelo otra vez —dijo Shtrum, desabrochándose el abrigo y sentándose en la silla al lado de la puerta.
Liudmila le miró y movió la cabeza. Le pareció que sus ojos le observaban con aire de tristeza y reproche.
Y como para confirmarle esa conjetura, le dijo:
—Ves, Vitia, esta mañana no tenías tiempo de telefonear a Chepizhin, pero siempre estás dispuesto a oír hablar de Masha… Incluso has esperado, aunque llegabas tarde.
Mirándola de reojo, de arriba abajo, dijo:
—Sí, llego tarde.
Se acercó a la mujer, se llevó su mano a los labios.
Ella le acarició la nuca, despeinándole ligeramente el pelo.
—Ya ves qué importante e interesante se ha vuelto Masha —dijo despacio Liudmila, y sonriendo con tristeza, añadió—: La misma Masha que no sabe distinguir a Balzac de Flaubert.
Shtrum la miró: tenía los ojos húmedos y le pareció que los labios le temblaban.
Impotente, se encogió de hombros, y cuando llegó a la puerta se volvió a mirarla.
Le dejó estupefacto la expresión de su cara. Bajaba las escaleras y pensaba que si se separaba de Liudmila y no volvía a verla, esa expresión de su cara impotente, conmovedora, extenuada, llena de vergüenza por él y por ella, no le abandonaría hasta el día de su muerte. Comprendía que en esos momentos había sucedido algo muy importante: su mujer le había dado a entender que percibía su amor por Maria Ivánovna, y él se lo había confirmado…
Una cosa era cierta: si veía a Masha era feliz, si pensaba que no la volvería a ver le costaba respirar.
Cuando el coche de Shtrum se acercaba al instituto, el automóvil de Shishakov se puso a su altura, y los dos vehículos se detuvieron casi al mismo tiempo en la entrada.
Caminaban el uno al lado del otro por el pasillo, así como poco antes sus respectivos vehículos circulaban juntos.
Alekséi Alekséyevich tomó a Shtrum del brazo y le preguntó:
—Entonces, ¿se va pronto?
—Parece que sí —respondió Shtrum.
—Dentro de poco usted y yo nos despediremos para siempre. Usted será el amo y señor —dijo en broma Alekséi Alekséyevich.
Shtrum pensó de repente: «¿Qué diría si le preguntara si ha amado alguna vez a la mujer de otro?».
—Víktor Pávlovich —dijo Shishakov—, ¿le va bien pasarse por mi despacho sobre las dos?
—A las dos estoy libre. Con mucho gusto.
Aquel día tenía pocas ganas de trabajar.
En el laboratorio, Márkov, sin chaqueta y con la camisa arremangada, fue al encuentro de Shtrum y le dijo animadamente:
—Si me lo permite, Víktor Pávlovich, pasaré un poco más tarde a verle. Tengo algo interesante que explicarle, charlaremos un rato.
—A las dos he quedado con Shishakov —respondió Shtrum—. Venga luego. Yo también tengo algo que contarle.
—¿A las dos con Alekséi Alekséyevich? —repitió Márkov y por un instante se sumió en sus pensamientos—. Creo que sé lo que quiere pedirle.
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Shishakov, al ver a Shtrum, le dijo:
—Iba a llamarle para recordarle nuestra cita.
Shtrum miró el reloj.
—Me parece que no llego tarde.
Alekséi Alekséyevich se erguía ante él, con su gran cabeza plateada, enorme, ataviado con un elegante traje gris. Pero a Shtrum sus ojos ahora no le parecían fríos y arrogantes, sino más bien los ojos de un niño, apasionado lector de Dumas y Mayne Reid.
—Mi querido Víktor Pávlovich, tengo que contarle algo importante —le anunció con una sonrisa Alekséi Alekséyevich y, cogiéndolo del brazo, le condujo hacia un sillón—. La cuestión es seria, no demasiado agradable.
—Bueno, ya estamos acostumbrados —dijo Shtrum, y con gesto aburrido echó una ojeada en tomo al estudio del oponente académico—. Vayamos al grano…
—Lo que pasa —comenzó Shishakov— es que en el extranjero, sobre todo en Inglaterra, se ha lanzado una campaña repugnante. A pesar de que nosotros soportamos casi todo el peso de la guerra a nuestras espaldas, algunos científicos ingleses, en vez de exigir la apertura de un segundo frente, han orquestado una campaña más bien extraña, fomentando sentimientos hostiles hacia la Unión Soviética.
Miró a Shtrum a los ojos. Víktor Pávlovich conocía aquella mirada franca, honesta, propia de las personas que están a punto de cometer una bajeza.
—Claro, claro —dijo Shtrum—. Pero, exactamente, ¿en qué consiste esa campaña?
—Una campaña de difamaciones —insistió Shishakov—. Han publicado una lista de científicos y escritores soviéticos que supuestamente habrían sido fusilados; se habla de un número increíble de individuos condenados por motivos políticos. Con un fervor incomprensible, incluso diría que sospechoso, tratan de refutar los crímenes del doctor Pletniov y Levin, los asesinos de Maksim Gorki, delitos corroborados en la instrucción del caso y por el tribunal. Todo esto ha sido publicado en un periódico próximo a los círculos gubernamentales.
—Claro, claro, claro —repitió tres veces Shtrum—. ¿Y qué más?
—En esencia, esto es todo más o menos. También hablan del genetista Chetverikov; han creado un comité para su defensa.
—Pero mi querido Alekséi Alekséyevich, Chetverikov ha sido arrestado.
Shishakov se encogió de hombros.
—Como usted bien sabe, Víktor Pávlovich, no estoy al corriente del trabajo de los órganos de seguridad. Pero si, en efecto, le han arrestado, será porque ha cometido algún delito. Usted y yo no hemos sido arrestados, ¿verdad?
En aquel momento entraron Badin y Kovchenko. Shtrum comprendió que Shishakov les estaba esperando, que había quedado con ellos. Alekséi Alekséyevich ni siquiera se tomó la molestia de poner en antecedentes a los recién llegados sobre el tema del que estaban hablando.
—Por favor, enmaradas, siéntense, siéntense… —y continuó dirigiéndose a Shtrum—: Víktor Pávlovich, estas patrañas han llegado hasta América y han sido publicadas en las páginas del New York Times, suscitando naturalmente la indignación de la intelligentsia soviética.
—Claro, no es para menos —recalcó Kovchenko, observando a Shtrum con una mirada cálida y penetrante.
La mirada de sus ojos castaños era tan amistosa que Víktor Pávlovich no expresó en voz alta el pensamiento que le vino a la cabeza: «¿Cómo ha podido indignarse la intelligentsia soviética si no han visto un ejemplar del New York Times en su vida?».
Shtrum se encogió de hombros y masculló algo, actitud que podía indicar que estaba mostrando su acuerdo con Shishakov y Kovchenko.
—Naturalmente —retomó el hilo Shishakov—, en nuestro círculo ha surgido el deseo de desmentir toda esa sarta de mentiras, así que hemos redactado un documento.
«¿Hemos redactado? Tú no has redactado nada, lo han escrito por ti», pensó Shtrum.
Shishakov continuó:
—El documento está escrito en forma de carta.
Entonces Badin intervino en voz baja;
—Yo lo he leído. Está bien escrito y dice todo lo que hay que decir. Ahora sólo necesitamos que lo suscriban por un selecto grupo de científicos eminentes de nuestro país, personas que gozan de reputación en Europa y a nivel mundial.
Desde las primeras palabras de Shishakov, Shtrum había comprendido adonde iría a parar aquella conversación. Lo único que no sabía era qué le pediría Alekséi Alekséyevich, si una intervención en el Consejo Científico, un artículo o su apoyo en una votación. Ahora lo había entendido; querían su firma al pie de la carta.
Sintió náuseas. De nuevo, como antes de la reunión en la que habían pretendido que se arrepintiera públicamente se sintió endeble, percibió su miserable debilidad.
Una vez más, millones de toneladas de granito estaban a punto de caer sobre sus espaldas… ¡El profesor Pletniov! Shtrum recordó de repente un artículo publicado en Pravda, donde una histérica volcaba acusaciones descabelladas contra el viejo médico. Como siempre, todo lo que se publica parece verdad. A todas luces, la lectura de Gógol, Tolstói, Chéjov y Korolenko había inculcado en los rusos una veneración casi religiosa a la letra impresa. Al final, no obstante, Shtrum había comprendido que los periódicos mentían, que el profesor Pletniov había sido difamado.
Poco después de la aparición del artículo, Pletniov y Levin, un famoso médico del hospital del Kremlin, fueron arrestados. Los dos confesaron haber asesinado a Maksim Gorki.
Los tres hombres miraban a Shtrum. Sus ojos eran amistosos, afables, tranquilizadores. Shtrum era uno de los suyos. Shishakov había reconocido fraternalmente la enorme valía de su trabajo. Kovchenko le miraba con respeto. Los ojos de Badin decían: «Sí, todo lo que hacías me parecía extraño. Pero me equivocaba, no comprendía. El Partido me ha hecho ver mi error».
Kovchenko abrió una carpeta roja y tendió a Shtrum una carta mecanografiada.
—Víktor Pávlovich —dijo—, debo decirle una cosa: esta campaña angloamericana le hace el juego a los fascistas. Probablemente sea obra de una quinta columna.
Badin, interrumpiéndole, dijo:
—¿Por qué intenta persuadir a Víktor Pávlovich? En él late el corazón de un patriota soviético ruso, como en todos nosotros.
—Por supuesto —confirmó Shishakov—, así es.
—¿Y quién lo pone en duda? —subrayó Kovchenko.
—Claro, claro —dijo Shtrum.
Lo más sorprendente es que esas personas, hasta hace poco llenas de desprecio y de recelo hacia él, ahora le profesaban su amistad y confianza con toda naturalidad. Y Víktor Pávlovich, aunque no se olvidaba de la crueldad con que le habían tratado en el pasado, aceptaba su amistad con la misma naturalidad.
Eran esas muestras de aprecio y confianza las que le paralizaban, las que le quitaban la fuerza. Si le hubieran levantado la voz, dado patadas y golpeado, quizá se habría enfurecido, habría recobrado las fuerzas…
Stalin había hablado con él. Las personas que ahora se sentaban junto a él lo tenían bien presente.
Pero, Dios mío, qué carta tan espantosa le habían pedido que firmara. ¡Qué cosas tan horribles decía!
No podía creer que el profesor Pletniov y el doctor Levin hubieran asesinado al gran escritor. Su madre, cuando venía a Moscú, iba a la consulta de Levin. Liudmila Nikoláyevna era paciente suya. Era un hombre inteligente, sensible, amable. ¡Había que ser un monstruo para calumniar así a dos médicos!
Esas acusaciones apestaban a oscurantismo medieval. ¡Médicos asesinos! Los médicos que habían asesinado al gran escritor, al último clásico ruso. ¿A quién podían beneficiar esas calumnias sangrientas? Las cazas de brujas, las hogueras de la Inquisición, las ejecuciones de los herejes, el humo, el hedor, la pez hirviendo… ¿Qué tenía que ver eso con Lenin, con la construcción del socialismo, con la gran guerra contra el fascismo?
Comenzó a leer la primera hoja de la carta.
«¿Está cómodo? ¿Tiene bastante luz?», le preguntaba Alekséi Alekséyevich. ¿No quería sentarse en el sillón? No, no, estaba cómodo, muchas gracias.
Leía despacio, las palabras se metían a presión en su cerebro, pero no calaban, como la arena en una manzana.
Leyó: «Al tomar bajo vuestra defensa a esos degenerados, a esas perversiones del género humano que son Pletniov y Levin, que han mancillado el elevado cometido de los médicos, estáis haciendo el caldo gordo a la ideología fascista, enemiga de la humanidad».
Más adelante: «La nación soviética se ha quedado sola en su lucha contra el fascismo alemán, que ha restaurado los procesos medievales contra las brujas, los pogromos judíos, las hogueras de la Inquisición, las mazmorras y las torturas».
Dios mío, ¿cómo podía leer eso y no volverse loco?
Y luego: «La sangre de nuestros hijos vertida en Stalingrado marca un giro decisivo en la guerra contra el hitlerismo, pero vosotros, dispensando vuestra protección a esos renegados quintacolumnistas, aun sin quererlo…».
Claro, claro… «En ninguna parte del mundo los hombres de ciencia están tan arropados por el cariño del pueblo y las atenciones del Estado como en la Unión Soviética.»
—Víktor Pávlovich, ¿le molesta que hablemos?
—No, no, en absoluto —respondió Shtrum, y pensó: «Hay afortunados que saben tomárselo todo en broma: o se encuentran en su dacha, o están enfermos, o bien…».
Kovchenko afirmaba:
—He oído que Iósif Vissariónovich conoce la existencia de esta carta y ha aprobado la iniciativa de nuestros científicos.
—En este sentido la firma de Víktor Pávlovich… —comenzó Badin.
La angustia, la repugnancia, el presentimiento de su docilidad se apoderaron de Víktor. Sentía la respiración afectuosa del gran Estado, y no tenía arrojo suficiente para lanzarse a la oscuridad helada… No, no, hoy ya no tenía fuerzas. No era el miedo lo que le paralizaba, era otra cosa: el sentimiento abrumador de la propia sumisión.
¡Qué criatura tan extraña y sorprendente es el ser humano! Había encontrado en sí la fuerza para renunciar a la vida, y ahora era incapaz de rechazar unos bombones y unos caramelitos.
Pero ¿cómo rechazar esa mano omnipotente que te acaricia la cabeza, que te da palmaditas en la espalda?
Tonterías, ¿por qué se estaba calumniando a sí mismo? ¿Qué tenían que ver aquí los bombones y los caramelitos? Siempre había sido indiferente a la vida cómoda, a los bienes materiales. Sus ideas, su trabajo, todo lo que le era más preciado en la vida había resultado ser necesario y valioso en la lucha contra el fascismo. ¡Esa era la verdadera felicidad! Pero ¿por qué darle vueltas? Habían confesado durante la instrucción.
Habían confesado durante el juicio. ¿Era posible aún creer en su inocencia después de que se hubieran reconocido culpables del asesinato del gran escritor?
¿Negarse a firmar la carta? ¡Eso significaría ser cómplice de los asesinos de Gorki! No, imposible. ¿Dudar de la autenticidad de sus confesiones? Era como sostener que les habían coaccionado. Y obligar a un hombre bueno e inteligente a reconocerse un asesino a sueldo y, con eso, hacerse merecedor de la pena de muerte y de una memoria infame sólo es posible mediante la tortura. Sería una locura expresar aunque sólo fuera una sombra de esa sospecha.
Firmar esa carta era repugnante, muy repugnante. Le vinieron a la mente las excusas y sus correspondientes réplicas… «Camaradas, estoy enfermo, sufro espasmos en las arterias coronarias.» «Tonterías. Se escuda en la enfermedad, tiene aspecto espléndido.» «Camaradas, ¿por qué necesitan mi firma? Sólo me conoce un círculo reducido de especialistas, son muy pocos los que saben de mí fuera del país.» «Tonterías (y qué agradable es escuchar que eso eran tonterías). Todo el mundo le conoce, ¡ya lo creo que le conocen! En cualquier caso, sería impensable presentar esta carta a Stalin sin su firma. Podría preguntar: “¿Por qué no la firmado Shtrum?”»
«Camaradas, os diré con toda franqueza que algunas fórmulas no me parecen del todo adecuadas, arrojan una sombra, por decirlo así, sobre la intellígentsia científica.»
«Por favor, Víktor Pávlovich, háganos sus sugerencias; cambiaremos con mucho gusto las formulaciones que le parezcan desafortunadas.»
«Camaradas, les ruego que me comprendan. Aquí, por ejemplo, ustedes han escrito: el enemigo del pueblo, el escritor Babel; el enemigo del pueblo, el escritor Pilniak; el enemigo del pueblo, el académico Vavílov; el enemigo del pueblo, el artista Meyerhold… Yo soy un físico, un matemático, un teórico, algunos me consideran un esquizofrénico dado lo abstracto que es el campo de mi actividad. Y además, para serles sincero, tengo mis carencias; a personas como yo es mejor dejarlas en paz, no entiendo de estos asuntos.»
«Vamos, Víktor Pávlovich, ¿qué dice? Usted comprende a la perfección las cuestiones de política, tiene una lógica de hierro, recuerde cuántas veces y con qué vehemencia ha hablado de política.»
«Por el amor de Dios, entiéndanme, tengo conciencia… Es demasiado doloroso e insoportable, no estoy obligado… ¿Por qué debería firmar? No puedo más, concédanme el derecho a tener la conciencia limpia.»
No podía escapar de ese sentimiento de impotencia, un sentimiento que, de alguna manera, le había hipnotizado: la docilidad del ganado bien alimentado, mimado; el miedo a arruinar su vida una vez más, el miedo a volver a tener miedo.
¿Así que era eso? ¿De nuevo tenía que enfrentarse al colectivo? ¿De nuevo la soledad? Era hora de tomarse la vida en serio. Había conseguido lo que durante años no se había atrevido a soñar. Trabajaba con completa libertad, rodeado de mimos y atenciones. Y todo lo había conseguido sin pedir nada, sin arrepentirse. ¡Era el vencedor! ¿Qué más quería? ¡Stalin le había telefoneado!
«Camaradas, todo esto es tan grave que me gustaría pensarlo. Permítanme que aplace mi decisión hasta mañana.»
Enseguida se imaginó una noche de insomnio, tormentosa. Titubeos, indecisiones, una repentina improvisación y el miedo ante esa misma determinación; de nuevo dudas, de nuevo una decisión. Era extenuante, peor que la malaria. Y estaba en sus manos prolongar o no esa tortura. No, no tenía fuerzas. Rápido, rápido, tenía que acabar cuanto antes.
Sacó su estilográfica.
Vio entonces que Shishakov se había quedado boquiabierto, porque también él, el más rebelde, había cedido.
Shtrum no pudo trabajar en todo el día. Nadie le distraía, el teléfono no sonaba. Simplemente no podía trabajar. No trabajaba porque el trabajo, aquel día, le parecía aburrido, vacío, inútil.
¿Quién había firmado la carta? ¿Chepizhin? ¿Ioffe? ¿Krilov? ¿Mandelshtam? Tenía ganas de esconderse detrás de alguien. Pero negarse hubiera sido imposible. Equivalía al suicidio. No, nada de eso. Podía haberse negado. No, no, había hecho lo correcto. Nadie le había amenazado. Habría sido mejor si hubiera firmado movido por un miedo animal. Pero no había firmado por miedo, sino por aquel sentimiento oscuro, nauseabundo, de sumisión.
Shtrum llamó a su despacho a Anna Stepánovna, le pidió que revelara una película para el día siguiente: la serie de control de las pruebas efectuadas con los nuevos aparatos.
Ella tomó nota de todo y permaneció sentada.
Shtrum le lanzó una mirada inquisidora.
—Víktor Pávlovich —dijo ella—, antes pensaba que no se podía expresar con palabras lo que necesito decirle: ¿se da cuenta de lo que ha hecho usted por mí y por tantos otros? Para la gente eso es más importante que los grandes descubrimientos. Sólo con saber que existen personas como usted, uno se siente aliviado. ¿Sabe lo que dicen de usted los mecánicos, las señoras de la limpieza, los vigilantes? Dicen que usted es un hombre de bien. Me hubiera gustado visitarle, pero tenía miedo. Sabe, en los días difíciles, cuando pensaba en usted, todo parecía más fácil. Gracias por existir. ¡Usted es todo un hombre!
Shtrum no tuvo tiempo de decir nada porque ella salió rápidamente del despacho.
Le entraron ganas de salir corriendo a la calle y gritar con tal de no sentir aquel tormento, aquella vergüenza. Pero aquello era sólo el principio.
A última hora de la tarde, sonó el teléfono.
—¿Me reconoce?
Dios mío, si la había reconocido… Había reconocido aquella voz no sólo con el oído, sino también con los dedos gélidos que apretaban el auricular. Maria Ivánovna llegaba de nuevo en un momento difícil de su vida.
—Llamo desde una cabina, se oye muy mal —dijo Masha—. Piotr Lavréntievich se encuentra mejor y ahora tengo más tiempo. Venga, si puede, mañana a las ocho al jardín. —Y de repente susurró—: Amor mío, querido mío, mi luz. Tengo miedo. Han venido a vernos a propósito de una carta. Ya sabe a cuál me refiero. Estoy convencida de que ha sido usted, con su fuerza, el que ha ayudado a Piotr Lavréntievich a mantenerse firme. Ha ido todo bien. Pero enseguida me he imaginado cuánto daño le puede ocasionar esta historia. Es usted tan poco hábil: donde uno sólo se magulla, usted se hace una herida con sangre.
Víktor Pávlovich colgó el teléfono, se tapó la cara con las manos.
Ahora comprendía el horror de su situación: hoy no serían sus enemigos los que le castigarían. Le castigarían sus amigos, las personas queridas, por la confianza que habían depositado en él.
De regreso a casa, inmediatamente, sin siquiera quitarse el abrigo, telefoneó a Chepizhin; Liudmila Nikoláyevna estaba de pie frente a él mientras marcaba el número. Estaba seguro, convencido de que también su amigo y maestro, aunque le quería, le infligiría una herida atroz. Tenía prisa, no le había dicho todavía a Liudmila que había firmado la carta. Dios mío, ¡qué rápido se le estaba encaneciendo el pelo a Liudmila! ¡Bravo, muy bien, golpeemos a las cabezas canas!
—Buenas noticias, acaban de dar el boletín por la radio —dijo Chepizhin—. En cuanto a mí, ninguna novedad. Ah, sí: ayer discutí con algunos respetables señores. ¿Ha oído usted hablar de una carta?
Shtrum se humedeció los labios secos.
—Sí, algo he oído.
—Claro, claro, comprendo. No son cosas para tratar por teléfono. Hablaremos cuando vuelva usted de su viaje —dijo Chepizhin.
Pero aquello todavía no era nada. Nacha debía de estar al caer. Dios, Dios, qué había hecho…
56
Aquella noche Shtrum no logró dormir. Le dolía el corazón. ¿De dónde le venía aquella terrible angustia? ¡Qué opresión, qué opresión! ¡Sí, sí, un vencedor!
Cuando tenía miedo de la secretaria del administrador de la casa era más fuerte y libre que ahora. Hoy no se atrevería siquiera a discutir, a expresar una duda. Ahora tenía más poder, pero había perdido su libertad interior. ¿Cómo podría mirar a Chepizhin a los ojos? Quién sabe, tal vez lo haría con la misma tranquilidad que los que le habían saludado afables, alegras a su regreso al instituto.
Todo lo que recordaba aquella noche le hería, le atormentaba. No encontraba paz. Sus sonrisas, sus gestos, sus actos le resultaban extraños y hostiles. Aquella noche, en los ojos de Nadia había leído una expresión de lástima y disgusto.
Sólo Liudmila, que siempre le irritaba, que le contradecía, le había dicho de pronto tras escuchar su relato:
—Vítenka, no te atormentes. Para mí eres el más inteligente, el más honesto. Si has actuado así, quiere decir que era necesario.
¿De dónde salía ese deseo de justificarlo todo? ¿Por qué se había vuelto tan indulgente con cosas que hasta hace poco no toleraba? Fuera cual fuese el tema que le sacaran, siempre se mostraba optimista.
Las victorias militares habían coincidido con un giro decisivo en su destino. Veía el poder del ejército, la grandeza del Estado, la luz del futuro. ¿Por qué las reflexiones de Madiárov le parecían ahora tan banales?
El día que le expulsaron del instituto y se negó a arrepentirse, se había sentido ligero y lleno de luz. ¡Qué felicidad le proporcionaban, en aquellos días, sus seres queridos: Liudmila, Nadia, Chepizhin, Zhenia…! ¿Y la cita con Maria Ivánovna? ¿Qué le diría? Siempre había tenido una actitud tan arrogante hacia la sumisión y docilidad de Piotr Lavréntievich. ¿Y ahora? Le daba miedo pensar en su madre; había pecado ante ella. Le sobrecogía la idea de tomar entre sus manos su última carta. Con horror, con tristeza, comprendía que era incapaz de proteger su propia alma. En él crecía una fuerza que le había transformado en un esclavo.
¡Qué bajo había caído! Él, un hombre, había tirado una piedra contra otros hombres, míseros, ensangrentados, reducidos a la impotencia.
Y debido a aquel dolor que le oprimía el corazón, a aquel tormento íntimo, la frente se le perló de sudor.
¿De dónde le venía aquella presunción interior, quién le daba el derecho a jactarse de su pureza y su valor, de erigirse como juez implacable de los hombres que no perdonaba sus debilidades? La verdad de los fuertes no está en la arrogancia.
Todos eran débiles, tanto justos como pecadores. La única diferencia era que un hombre miserable, cuando realizaba una buena acción, se vanagloriaba de ella toda la vida, mientras que un hombre justo no reparaba en sus buenas acciones, pero recordaba durante años un pecado cometido.
Se sentía orgulloso de su propio coraje, de su rectitud; se burlaba de aquellos que daban muestras de debilidad y cobardía. Pero ahora él, un hombre, también había traicionado a otros hombres. Se despreciaba, sentía vergüenza de sí mismo. La casa en la que vivía, su luz, el calor que la calentaba, todo había quedado reducido a astillas, a arena seca y movediza.
La amistad con Chepizhin, el amor por su hija, el afecto por su mujer, el amor desesperado por Maria Ivánovna, los pecados y las alegrías de su vida, su trabajo, su querida ciencia, el amor y la pena por su madre, todo aquello había abandonado su corazón.
¿Con qué fin había cometido ese terrible pecado? En el mundo todo era insignificante comparado con lo que había perdido. Nada valía tanto como la verdad, la pureza de un pequeño hombre, ni siquiera el imperio que se extendía del océano Pacífico al mar Negro, ni tampoco la ciencia.
Vio con claridad que no era demasiado tarde, que todavía tenía fuerzas para levantar la cabeza, para continuar siendo el hijo de su madre.
No buscaría consuelo ni justificación. Aquel acto torpe, vil, bajo le serviría de eterno reproche: se acordaría de él noche y día. ¡No, no, no! No se debía aspirar a la proeza para después enorgullecerse y jactarse.
Cada día, cada hora, año tras año, es necesario librar una lucha por el derecho a ser un hombre, ser bueno y puro. Y en esa lucha no debe haber lugar para el orgullo ni la soberbia, sólo pata la humildad. Y si en un momento terrible llega la hora desesperada, no se debe temer a la muerte, no se debe temer sí se quiere seguir siendo un hombre.
«Bueno, ya veremos —dijo—. Tal vez tendré la fuerza. Tu fuerza, mamá.»
57
Veladas en el caserío de la Lubianka…
Después de los interrogatorios, Krímov permanecía tumbado en el catre; gemía, pensaba, hablaba con Katsenelenbogen.
Ahora no le parecían tan increíbles las delirantes confesiones de Bujarin, Rícov, Kámenev y Zinóviev, el proceso de los trotskistas, de la oposición de izquierda y derecha, el destino de Búbnov, de Murálov y Shliápnikov. Desollado el cuerpo vivo de la Revolución, los nuevos tiempos se engalanaban con su piel, mientras que la carne viva, ensangrentada, las entrañas humeantes de la revolución proletaria iban directamente a la basura: la nueva época no los necesitaba. Se necesitaba la piel de la Revolución, se desollaba a los hombres todavía vivos. Los que se cubrían con la piel de la Revolución hablaban su mismo lenguaje, repetían sus gestos, pero tenían otro cerebro, otros pulmones, otro hígado, otros ojos.
¡Stalin! ¡El gran Stalin! Es probable que tuviera una voluntad de hierro, pero era más débil de carácter que cualquiera. Un esclavo del tiempo y de las circunstancias, resignado y humilde servidor del día de hoy que abre de par en par la puerta a los tiempos nuevos.
Sí, sí, si… Y los que no se postraron ante los nuevos tiempos acabaron en la basura.
Ahora sabía cómo se quebranta a un hombre. Te registran, te arrancan los botones, te quitan las gafas; todo eso despierta en el individuo la sensación de nulidad física. En el despacho del juez instructor el individuo toma conciencia de que el papel que ha desempeñado en la Revolución, en la guerra civil no significa nada; que todos sus conocimientos, su trabajo no son más que tonterías. Y Krímov llegó a una segunda conclusión: la nulidad del hombre no era sólo física.
Los que se obstinaban en defender su derecho a ser hombres eran, poco a poco, quebrantados, destruidos, rotos, roídos, cercenados para llevarlos a un nivel tal de fragilidad, porosidad, plasticidad y debilidad que no querían ya pensar en la justicia, en la libertad y ni siquiera en la paz, sólo querían que los liberasen de una vida que se había vuelto odiosa.
Los jueces de instrucción resultaban vencedores en su trabajo porque sabían que tenían que considerar al hombre como a un todo, una unidad física y espiritual. El alma y el cuerpo son vasos comunicantes y, golpeando, desmantelando el sistema defensivo de la naturaleza del hombre, el atacante encuentra siempre una brecha por la cual introducir con éxito sus tropas, apoderarse del alma y obligar al individuo a una rendición incondicional.
No tenía fuerzas para pensar en todo aquello, pero tampoco para no pensarlo.
¿Quién le había traicionado? ¿Quién le había denunciado, calumniado? Ahora sentía que estas preguntas no revestían interés para él.
Siempre se había enorgullecido de subordinar su vida a la lógica. Pero ahora ya no era así. La lógica le decía que había sido Yevguenia Nikoláyevna la que había pasado la información sobre su conversación con Trotski. Pero toda su vida actual, su lucha contra el juez instructor, su capacidad de respirar, de continuar siendo el enmarada Krímov, se fundaba en la fe en que Zhenia no tenía ninguna culpa. Se sorprendía incluso de haberlo dudado un instante. No había fuerza en el mundo capaz de obligarle a no tener fe en Zhenia. Creía en ella a pesar de que sabía que sólo ella conocía su conversación con Trotski; aunque sabía que las mujeres traicionaban, que eran débiles, y que Zhenia le había abandonado, que se había ido en un momento difícil de su vida.
Le habló a Katsenelenbogen de su interrogatorio, pero no le dijo una palabra sobre esta cuestión.
Ahora Katsenelenbogen ya no tenía ganas de bromear, no hacía el payaso.
Krímov no se había equivocado a la hora de juzgarlo. Era inteligente, pero todo lo que decía era extraño y terrible. A veces le parecía que no había nada injusto en el hecho de que un viejo chequista como él estuviera encerrado en una celda de la prisión interna de la Lubianka. No podía ser de otra manera. De vez en cuando le daba la impresión de que estaba loco.
Era un poeta, el bardo de los órganos de seguridad del Estado.
Con la voz vibrante de admiración había contado una vez a Krímov que Stalin, durante una pausa en el último congreso del Partido, preguntó a Yezhov por qué había llevado la política de represión tan lejos. Cuando Yezhov, turbado, le respondió que había seguido a rajatabla sus directrices, Stalin, el jefe de Estado, dijo con tristeza dirigiéndose a los delegados que se agolpaban a su alrededor: «Y esto lo dice un miembro del Partido».
Le contó el terror que había sentido Yagoda…
Evocaba a los grandes chequistas, apreciadores de Voltaire, conocedores de Rabelais, admiradores de Verlaine, que una vez habían dirigido el trabajo en aquella enorme casa que nunca dormía.
Le habló de un verdugo que había trabajado durante muchos años en Moscú, un viejo letón pacífico y amable que, antes de ajusticiar al condenado, le pedía permiso para dar su ropa al orfanato. Acto seguido, le habló de otro verdugo que bebía día y noche, en un estado perenne de melancolía y mal humor cuando no tenía trabajo, y que cuando le despidieron, comenzó a visitar los sovjoses de los alrededores de Moscú para sacrificar cerdos; siempre se llevaba una botella de sangre de cerdo alegando que el médico le había prescrito bebería contra la anemia.
Le relató que en 1937 ejecutaban cada noche a cientos de sentenciados «sin derecho a correspondencia», que cada noche las chimeneas del crematorio de Moscú humeaban y los Komsomoles, movilizados para ayudar con las ejecuciones y el transporte de cadáveres, acababan volviéndose locos.
Le contó el interrogatorio de Bujarin, la obstinación de Kámenev.
Una vez estuvieron hablando toda la noche hasta el amanecer.
Aquella noche el chequista le expuso su teoría. Contó a Krímov el singular destino de un nepman[124], el ingeniero Frenkel. En los albores de la NEP, Frenkel había montado en Odessa una fábrica de motores, pero a mediados de los años veinte fue arrestado y enviado a Solovki. Desde el campo de Solovki, Frenkel envió a Stalin un proyecto genial. El viejo chequista había pronunciado justamente esa palabra: «genial».
En el proyecto se hablaba detenidamente, con argumentaciones técnicas y económicas, de la utilización de un número ingente de prisioneros para construir carreteras, diques, centrales eléctricas y depósitos de agua.
El nepman detenido se convirtió en general del MGB; el Amo había apreciado la idea en su justo valor.
De la simplicidad del trabajo santificado que llevaban a cabo regimientos de reclusos condenados a trabajos forzados, de esas palas, picos, hachas y sierras irrumpió el siglo XX.
El mundo de los campos comenzó a absorber el progreso, atrajo a su órbita la locomotora eléctrica, excavadoras, niveladoras de terreno, sierras eléctricas, turbinas, cortadoras, un parque enorme de tractores y automóviles. El mundo de los campos asimiló la aviación de transporte y de pasajeros, la comunicación por radio, las máquinas automáticas, los más modernos sistemas de enriquecimiento de minerales; el mundo de los campos proyectaba, planificaba, diseñaba, generaba minas, fábricas, nuevos mares, gigantescas centrales eléctricas. Se desarrollaba impetuosamente, y las viejas prisiones de trabajo forzado parecían casi ridículas, conmovedoras, como juegos de construcción para niños.
Pero los campos, según Katsenelenbogen, quedaban regazados respecto a la vida que les nutría. Como antes, muchos científicos y especialistas no eran utilizados porque sus conocimientos no se inscribían en el campo de la técnica o la medicina…
Historiadores de fama mundial, matemáticos, astrónomos, estudiosos de la literatura, geógrafos, críticos de arte, especialistas en sánscrito o en antiguos dialectos celtas no encontraban su aplicación en el sistema del Gulag. Los campos no habían evolucionado hasta el punto de saber aprovechar las habilidades especializadas de estas gentes. Trabajaban como obreros no especializados, como «enchufados» en tareas administrativas menores o en la sección cultural y educativa, o vagaban en campos para inválidos, sin encontrar una aplicación adecuada a su preparación, a menudo extensa y de relevancia no sólo nacional.
Escuchando a Katsenelenbogen, a Krímov le parecía estar oyendo a un científico hablar de la obra más importante de su vida. No se limitaba a cantar las alabanzas del campo; se comportaba como un investigador: hacía comparaciones, ponía de manifiesto contradicciones y defectos, revelaba similitudes y contrastes.
Naturalmente, al otro lado de las alambradas de los campos también había defectos, pero de una forma bastante atenuada.
En la vida, no son pocos los casos de personas que no hacen lo que podrían, ni de la manera que desean, en las universidades, las redacciones, los institutos de investigación de la Academia.