Vida y destino
TERCERA PARTE » 63
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En los campos, explicaba Katsenelenbogen, los «delincuentes comunes» dominaban a los «políticos». Depravados, incultos, perezosos, sobornables, propensos a las peleas sangrientas y a la rapiña, los comunes frenaban el desarrollo cultural y productivo de la vida de los campos.
Pero se apresuraba a añadir que, al otro lado del alambre espinoso, el trabajo de los científicos, de los más altos exponentes de la cultura, a menudo era supervisado por personas poco instruidas, incultas, limitadas.
El campo era el reflejo, por así decirlo, hiperbólico, exagerado de la vida en el exterior. Sin embargo la realidad que se daba a ambos lados de la alambrada, lejos de ser contradictoria, respondía a las leyes de la simetría.
Llegados a ese punto, Katsenelenbogen se ponía a hablar, ya no como un poeta o un filósofo, sino como un profeta.
Si se hubiera desarrollado el sistema de campos de forma audaz y consecuente, liberándolo de obstáculos y defectos, los límites habrían desaparecido. Los campos estaban destinados a fundirse con la vida del exterior. En esta fusión, en el aniquilamiento de la contraposición entre campo y vida exterior estaba la madurez, el triunfo de los grandes principios.
A pesar de todos sus defectos el sistema concentracionario presentaba una ventaja decisiva. Sólo en los campos, el principio de la libertad personal se contraponía de forma absolutamente pura al principio superior de la razón. Este principio elevaría el campo a un nivel que le permitiría autosuprimirse, fundirse con la vida de la ciudad y los pueblos.
Katsenelenbogen, que había llegado a dirigir la oficina de diseños y proyectos de un campo, estaba convencido de que los científicos e ingenieros allí recluidos estaban capacitados para resolver las cuestiones más complejas. Se sentían como pez en el agua a la hora de afrontar cualquier problema técnico o científico a escala mundial. Bastaba con dirigir a la gente con racionalidad y ofrecerles unas buenas condiciones de vida.
El viejo dicho de que sin libertad no hay ciencia era simplemente ridículo.
—Cuando los niveles se igualen —dijo— y nosotros pongamos un signo de igualdad entre la vida de los campos y la vida que se desarrolla al otro lado de la alambrada, la represión ya no tendrá razón de ser, dejaremos de dictar órdenes de arresto. Derribaremos las cárceles y otros recintos de aislamiento. Bastará la sección cultural-educativa para corregir cualquier anomalía. Mahoma y la montaña irán al encuentro uno de la otra.
»La abolición de los campos será un triunfo del humanismo, y al mismo tiempo, el principio de la libertad individual, noción caótica, primitiva, del hombre de las cavernas, no volverá a resurgir; al contrario, será completamente superada.
Hizo una larga pausa y luego añadió que tal vez, en el curso de unos siglos, este mismo sistema se autosuprimiría y, de ser así, su disolución generaría la democracia y la libertad personal.
—No hay nada eterno bajo el sol —dijo—, pero no me gustaría vivir para ver ese momento.
Krímov observó:
—Sus ideas son dementes. Ésa no es el alma ni el corazón de la Revolución. Dicen que los psiquiatras que han trabajado demasiado tiempo en un manicomio acaban por volverse locos. Perdone, pero a usted no le han arrestado sin motivo. Camarada Katsenelenbogen, usted otorga a los órganos de seguridad todos los atributos de la divinidad. Ya era hora de que le retiraran de la circulación.
Katsenelenbogen asintió con aire bonachón.
—Sí, creo en Dios. Soy creyente, un viejo oscurantista. Cada época crea un Dios a su propia semejanza. Los órganos de seguridad son razonables y poderosos, dominan al hombre del siglo XX. Hubo un tiempo en que los hombres divinizaron las fuerzas de la naturaleza: los terremotos, los relámpagos, los truenos y los incendios forestales. Pero le haré notar que usted también está en prisión; yo no soy el único. Ya era hora, también, de que le pusieran a usted fuera de circulación. Un día la historia aclarará quién tiene razón, si usted o yo.
—Entretanto el viejo Dreling vuelve a su casa, al campo —le dijo Krímov, consciente de que sus palabras no le pasarían desapercibidas.
Y, en efecto, Katsenelenbogen declaró:
—Ese maldito viejo es un estorbo para mi fe.
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Krímov oyó unas palabras pronunciadas en voz baja:
—Acaban de anunciar que nuestras tropas han liquidado por completo las últimas bolsas de resistencia enemiga en Stalingrado. Parece ser que han capturado a Paulus, pero no estoy seguro de haberlo entendido bien.
Krímov lanzó un grito, forcejeó, dio patadas contra el suelo, sintió el deseo de mezclarse con la muchedumbre de hombres enfundados en chaquetas guateadas y botas de fieltro… Sus voces amadas cubrían la conversación que se estaba manteniendo en voz baja a su lado; abriéndose camino entre las ruinas de Stalingrado, Grékov caminaba con sus andares oscilantes hacia él.
El médico que sostenía a Krímov por el brazo advirtió:
—Hay que hacer una pequeña pausa… Comenzar con las inyecciones de alcanfor. Tiene el pulso débil.
Krímov tragó una bola salada de saliva y dijo:
—No importa, continúe, ya que la medicina lo permite… Pero no conseguirán que firme.
—Firmará, firmará —intervino el juez de instrucción con un tono de benévola seguridad propia de un capataz de fábrica—. Hemos hecho firmar a otros más duros de pelar.
Tres días después, el segundo interrogatorio concluyó y Krímov regresó a su celda.
El guardián de servicio dejó a su lado un paquete envuelto en un trapo blanco.
—Firme el recibo de entrega, ciudadano detenido —dijo.
Nikolái Grigórievich leyó la lista del contenido escrita con una caligrafía familiar: cebollas, ajo, azúcar, galletas. Y abajo: «Tu Zhenia».
Dios, Dios, lloraba…
59
El 1 de abril de 1943, Stepán Fiódorovich Spiridónov recibió una copia de la resolución adoptada por el colegio del Comisariado del Pueblo de las centrales eléctricas soviéticas: debía dimitir de la central de Stalingrado, trasladarse a los Urales y asumir la dirección de una pequeña central eléctrica que se alimentaba con turba. El castigo no era demasiado duro, ya que podrían haberle sometido a juicio. Spiridónov no comentó la noticia en casa y decidió esperar la resolución de la oficina del obkom. El 4 de abril recibió una severa reprimenda por abandonar su puesto en la central sin autorización en los días más difíciles. Ésta también era una decisión indulgente: podrían haberle expulsado del Partido. Pero a Stepán Fiódorovich la decisión de la oficina del obkom no le pareció justa porque sus camaradas del obkom sabían que él había dirigido la central hasta el último día de la defensa de Stalingrado, que había partido hacia la orilla izquierda sólo cuando hubo comenzado la contraofensiva soviética y que se había ido para ver a su hija, que acababa de dar a luz en la bodega de una barcaza. En la reunión trató de protestar, pero Priajin se mostró inflexible.
—Puede interponer un recurso en la oficina de la Comisión Central de Control, pero creo que el camarada Shkiriatov juzgará que nuestra resolución es demasiado suave, demente incluso.
Stepán Fiódorovich insistió:
—Estoy convencido de que la Comisión de Control revocará la decisión.
Sin embargo, como había oído decir muchas cosas sobre Shkiriatov, tuvo miedo de interponer el recurso de apelación.
Temía y sospechaba que la severidad de Priajin no obedeciera únicamente al asunto de la central eléctrica. Priajin, por supuesto, se acordaba muy bien de las relaciones de parentesco que había entre Stepán Fiódorovich, Yevguenia Nikoláyevna Sháposhnikova y Krímov, y no veía con buenos ojos la proximidad de un hombre que sabía que él, Priajin, y el detenido Krímov eran viejos conocidos.
Y, aun queriéndolo, Priajin no hubiera podido apoyar a Spiridónov. Si lo hubiera hecho, los enemigos, que siempre gravitan en torno al poder, se habrían apresurado a informar a las autoridades competentes de que Priajin, por simpatía hacia el enemigo del pueblo Krímov, ayudaba a un pariente suyo, al cobarde desertor Spiridónov.
Pero estaba claro que si Priajin no tomaba parte en la defensa de Spiridónov no era sólo porque no pudiera, sino sobre todo porque no quería. Priajin, evidentemente, estaba al corriente de que en la central eléctrica se hospedaba la suegra de Krímov, que vivía en el piso de Spiridónov. Lo más seguro es que Priajin supiera que Yevguenia Nikoláyevna mantenía correspondencia con su madre, y que recientemente le había enviado una copia de su solicitud a Stalin.
Después de la reunión de la oficina del obkom, Voronin, el jefe de la sección del obkom del MGB, se tropezó con Spiridónov en la cantina donde éste había ido a comprar requesón y embutido, le miró de arriba abajo y le dijo con sorna:
—Así que haciendo sus compras después de recibir un buen rapapolvo. ¡Es usted un buen amo de casa!
—Es la familia, no hay nada que hacer; ahora soy abuelo —dijo Stepán Fiódorovich con una lastimosa sonrisa culpable.
Voronin también sonrió.
—Y yo que pensaba que estaba preparando un paquete.
Después de estas palabras, Spiridónov pensó: «Menos mal que me envían a los Urales. Aquí las hubiera pasado canutas. ¿Qué será de Vera y el pequeño?».
Desde la cabina del camión que le llevaba a la central eléctrica, miraba a través del cristal empañado la ciudad destruida de la cual pronto se separaría. Stepán Fiódorovich pensaba que por aquella acera, ahora cubierta de ladrillos, iba a trabajar su mujer antes de la guerra; pensaba en la red eléctrica; pensaba que los nuevos cables de Sverdlovsk pronto llegarían a la central y que él ya no estaría allí; que a su nieto, a causa de la escasa alimentación, le habían salido granos en los brazos y el pecho. «Bueno, me han echado una reprimenda, no es el fin del mundo.» No le darían la medalla «Por la defensa de Stalingrado», y por alguna razón, este pensamiento le afligía más que la inminente separación de la ciudad a la cual estaba ligada toda su vida, su trabajo, las lágrimas por Marusia. Incluso soltó una imprecación en voz alta ante la idea de la medalla que no recibiría y el conductor le preguntó:
—¿En quién está pensando, Stepán Fiódorovich? ¿O se ha olvidado algo en el obkom?
—Sí, sí —dijo Stepán Fiódorovich—. Sin embargo, el obkom no se ha olvidado de mí.
El apartamento de los Spiridónov era húmedo y frío. En sustitución de los cristales rotos habían insertado láminas de contrachapado y fijado tablas, el estucado se había desprendido de las paredes, tenían que llevar el agua en cubos hasta el tercer piso, las habitaciones se calentaban con pequeñas estufas hechas de hojalata. Una de las habitaciones estaba cerrada y la cocina sólo la utilizaban como despensa, para guardar madera y patatas.
Stepán Fiódorovich, Vera y su hijo, y Aleksandra Vladímirovna, que se había reunido con ellos desde Kazán, vivían en la habitación grande, el antiguo comedor. En la habitación pequeña al lado de la cocina, que antes era la de Vera, se alojaba ahora el viejo Andréyev.
Stepán Fiódorovich también habría podido reparar los techos, enyesar las paredes, instalar estufas de ladrillos, porque en la central eléctrica tenia material y hombres a mano. Pero Stepán Fiódorovich, por lo general un hombre enérgico y práctico, no había querido, por alguna razón, embarcarse en esos trabajos.
Vera y Aleksandra Vladímirovna, aparentemente, se encontraban a gusto viviendo entre las ruinas de la guerra; en el fondo la vida de antes de la guerra se había venido abajo, así que ¿para qué rehabilitar el piso, si sólo les recordaría todo lo que habían perdido?
Algunos días después de la llegada de Aleksandra Vladímirovna la nuera de Andréyev, Natalia, llegó de Leninsk. Allí había discutido con la hermana de la difunta Várvara Aleksándrovna, le había dejado temporalmente a su hijo y se había presentado en la central eléctrica para quedarse una temporada con el suegro.
Andréyev, al ver a su nuera, se enfureció y le dijo:
—No te llevabas bien con mi mujer y ahora, por derecho de sucesión, no te llevas bien con su hermana. ¿Cómo has dejado allí a Volodka?
La vida de Natalia en Leninsk debía de ser muy dura. Al entrar en la habitación de Andréyev, miró el techo, las paredes, y dijo: «¡Qué bonito!», aunque fuera difícil apreciar algo bonito en la tabla que colgaba del techo, en el montón de yeso que se apiñaba en un rincón, en el tubo deformado de la estufa.
La única luz que entraba en la habitación procedía de un pequeño trozo de cristal colocado en la construcción de tablas que tapaba la ventana. Esa improvisada ventana daba a un paisaje poco alegre: sólo ruinas, restos de contramuro pintados según los pisos de azul y rosa, el hierro de un techo arrancado…
Poco después de llegar a Stalingrado, Aleksandra Vladímirovna cayó enferma, y a causa de ello tuvo que aplazar el viaje a la ciudad para ir a ver lo que quedaba de su casa destruida y quemada.
Los primeros días, sobreponiéndose a la enfermedad, ayudaba a Vera: encendía la estufa, lavaba y ponía a secar los pañales sobre el tubo de la estufa de hojalata, transportaba al rellano de las escaleras trozos de yeso, incluso trataba de subir agua. Pero se sentía cada vez peor, tenía escalofríos en la habitación caldeada, y en la cocina fría de pronto la frente se le cubría de sudor.
Aleksandra Vladímirovna no quería quedarse en cama y no se quejaba de su malestar. Pero una mañana, cuando entraba en la cocina a buscar leña, se desmayó, cayó y se hizo un corte profundo en la cabeza. Stepán Fiódorovich y Vera la metieron en la cama.
Cuando se hubo recuperado un poco, llamó a Vera y le dijo:
—Sabes, ha sido más duro para mí vivir en Kazán con Liudmila que aquí contigo. No he venido aquí sólo por vosotros, sino también por mí. Sólo temo ser una carga para ti mientras no me ponga en pie.
—Abuela, estoy tan contenta de que te encuentres bien con nosotros —dijo Vera.
Pero efectivamente, Vera debía enfrentarse a muchas dificultades. Todo lo conseguía con gran esfuerzo: el agua, la madera, la leche. El patio se calentaba con el sol, mientras que las habitaciones estaban frías y húmedas y tenía que alimentar continuamente la estufa.
El pequeño Mitia tenía dolor de barriga, de noche no hacía otra cosa que llorar y la leche de la madre no le bastaba. Vera se afanaba todo el día entre la habitación y la cocina, salía a buscar leche y pan, hacía la colada, lavaba los platos, subía cubos de agua. Las manos se le habían puesto rojas y tenía la cara curtida por el viento y cubierta de manchas. Extenuada por un trabajo que no tenía fin, el corazón le oprimía con un peso monótono y plúmbeo. No se peinaba, raras veces se lavaba, no se miraba al espejo; señales de que la vida la había abatido. Las ganas de dormir la torturaban. Por la noche le dolían los brazos, las piernas, los hombros; anhelaban reposo. Se acostaba para dormir y Mitia rompía a llorar. Se levantaba, le amamantaba, le cambiaba los pañales, le mecía caminando por la habitación. Una hora más tarde, el niño empezaba a llorar de nuevo y ella volvía a levantarse. Al amanecer el pequeño se despertaba para ya no volverse a dormir, y en la penumbra daba inicio un nuevo día; exhausta por la noche en vela, con la cabeza pesada y confusa, iba a la cocina a buscar leña, atizaba el fuego de la estufa, poma agua a calentar para el té de su padre y su abuela, y comenzaba a hacer la colada. Pero lo sorprendente es que ya no se enfadaba por nada, se había vuelto dócil y paciente.
La llegada de Natalia de Leninsk alivió en cierta medida la dura vida de Vera.
Poco después de la llegada de la nuera, Andréyev se había marchado a pasar unos días a su ciudad, al norte de Stalingrado. Tal vez quería ver su casa y su fábrica, tal vez estaba enfadado con su nuera, que había dejado al nieto en Leninsk, tal vez le fastidiaba que ella se comiera el pan de los Spiridónov. El hecho es que se fue dejándole su tarjeta de racionamiento.
Natalia, sin descansar ni siquiera el día de su llegada, se puso a ayudar a Vera.
Con qué energía y generosidad trabajaba, qué ligeros se volvían los pesados cubos, la tina llena de agua, el saco de carbón, apenas sus manos fuertes y jóvenes se ponían manos a la obra.
Ahora Vera podía salir media horita con Mitia; se sentaba sobre una piedra; miraba cómo brillaba el agua primaveral, el vapor que se levantaba de la estepa.
Todo a su alrededor estaba silencioso. La guerra se encontraba a cientos de kilómetros de distancia de Stalingrado, pero la tranquilidad no volvió con la calma. Con la calma había llegado la tristeza, y parecía que las cosas eran más fáciles cuando en el aire resonaba el gemido de los aviones alemanes, cuando retumbaban las explosiones de los proyectiles y la vida estaba llena de fuego, miedo y esperanza.
Vera observaba la carita de su hijo, cubierto de granos purulentos, y le embargaba la piedad, la misma terrible piedad que sentía por Víktorov: «¡Dios mío, pobre Vania, qué niño tan débil, esmirriado y llorón ha tenido!».
Luego subía las escaleras sembradas de basura y cascajos de ladrillo hasta el tercer piso, se ponía a trabajar, y la angustia se ahogaba en las tareas de la casa, en el agua jabonosa turbia, en el humo de la estufa, en la humedad que rezumaban las paredes.
La abuela la llamaba a su habitación, le acariciaba el cabello, y en los ojos de Aleksandra Vladímirovna, siempre serenos y claros, asomaba una expresión de ternura y tristeza insoportables.
Vera no había hablado ni una sola vez de Víktorov; ni con su padre, ni con su abuela, ni siquiera con el pequeño Mitia de cinco meses.
Después de la llegada de Natalia, todo en el apartamento había cambiado. Natalia había raspado el moho de las paredes, blanqueó los rincones oscuros, limpió la mugre que parecía incrustada en las tablas del entarimado. Incluso acometió la ingente tarea de limpiar la suciedad de la escalera, peldaño a peldaño, un trabajo que Vera había aplazado hasta la llegada del buen tiempo.
Se pasó medio día reparando el largo tubo de la estufa, que parecido a una boa negra se retorcía espantosamente. De la juntura goteaba un líquido alquitranoso que formaba charcos en el suelo. Natalia le pasó una capa de cal, lo enderezó, lo ajustó con alambres y colgó latas de conserva vacías donde caería el líquido.
Desde el primer día había hecho buenas migas con Aleksandra Vladímirovna, aunque se habría podido suponer que aquella chica ruidosa e impertinente, a la que le gustaba contar historias un poco subidas de tono, no sería del agrado de Sháposhnikova. En poco tiempo Natalia había hecho numerosas amistades: el electricista, el mecánico de la sala de turbinas, los chóferes de los camiones.
Un día Alexandra Vladímirovna dijo a Natalia, que volvía de hacer cola en la tienda:
—Natasha, alguien ha preguntado por usted, un militar.
—Un georgiano, ¿verdad? —dijo Natasha—. Si vuelve mándele a paseo. Se le ha metido en la cabeza pedirme matrimonio, a ese narizotas.
—¿Así de rápido? —se sorprendió Aleksandra Vladímirovna.
—¿Y cuánto tiempo necesita? Después de la guerra quiere llevarme a Georgia con él. Se debe de creer que le lavaré la escalera.
Por la noche dijo a Vera:
—¿Y si fuéramos a la ciudad? Ponen una película. Mishka, el conductor, nos llevará en camión. Tú te metes en la cabina con el pequeño, y yo en la parte trasera.
Vera negó con la cabeza.
—Ve —la animó Aleksandra Vladímirovna—. Si me encontrara mejor, iría con vosotras.
—No, no, ni hablar.
—Hay que vivir —dijo Natalia—; esto parece un centro de reunión de viudos y viudas.
Luego añadió en tono de reproche:
—Tú te quedas siempre en casa, no quieres ir a ninguna parte, y ni siquiera cuidas bien de tu padre. Ayer hice la colada, y su ropa interior y sus calcetines están llenos de agujeros.
Vera tomó al bebé en brazos y se fue con él a la cocina.
—Mitenka, ¿verdad que tu madre no es una viuda?
Aquellos días Stepán Fiódorovich colmaba de atenciones a Aleksandra Vladímirovna: por dos veces le trajo al médico de la ciudad, ayudaba a Vera a ponerle las ventosas; a veces le deslizaba en la mano un bombón diciendo:
—«No se lo dé a Vera, a ella ya le he dado uno. Éste es especialmente para usted. Lo he comprado en la cantina».
Aleksandra Vladímirovna comprendía que a Stepán Fiódorovich le abrumaban las preocupaciones. Pero cuando le preguntaba si tenía noticias del obkom, él negaba con la cabeza y cambiaba de tema.
Sólo la tarde en que le anunciaron que su caso sería revisado, Stepán Fiódorovich, de regreso en casa, se había sentado en la cama al lado de Aleksandra Vladímirovna y había dicho:
—¡En qué lío estoy metido! Marusia se habría vuelto loca si lo hubiera sabido.
—Pero ¿de qué le acusan?
—De todo —respondió.
Entraron en la habitación Natalia y Vera, y la conversación se interrumpió.
Aleksandra Vladímirovna, mirando a Natalia, pensaba que la vida no podría doblegar a una belleza así de fuerte y obstinada. Todo era bello en Natalia: su cuello, su busto joven, las piernas, los enérgicos brazos desnudos casi hasta los hombros. «Un filósofo sin filosofía», pensó Aleksandra Vladímirovna. Había observado a menudo que las mujeres acostumbradas a la comodidad, cuando se encontraban en condiciones difíciles se marchitaban, dejaban de cuidar su aspecto físico, como había hecho Vera. A ella le gustaban las temporeras, las que trabajaban en la industria pesada, las mujeres que vivían en las barracas, trabajando entre el polvo y el barro, pero que se hacían la permanente, se miraban al espejo, se empolvaban la nariz pelada: pájaros obstinados que durante el mal tiempo, a pesar de todo, entonaban su canto.
Stepán Fiódorovich también miraba a Natalia; luego cogió del brazo a Vera, la atrajo hacia él, la abrazó y como para pedirle perdón la besó.
Aleksandra Vladímirovna exclamó, sin venir a cuento:
—¿Qué tienes, Stepán? ¡Todavía es pronto para morir! Yo, que soy vieja, tengo la intención de curarme para seguir viviendo en este mundo.
Él le lanzó una rápida ojeada y sonrió. Entretanto Natalia llenó una palangana de agua caliente, la dejó en el suelo, al lado de la cama, y poniéndose de rodillas dijo:
—Aleksandra Vladímirovna, voy a lavarle los pies. Ahora la habitación está bastante caldeada.
—¿Qué hace, idiota? ¿Se ha vuelto loca? ¡Levántese ahora mismo! —gritó Aleksandra Vladímirovna.
60
Durante la tarde Andréyev regresó de la colonia de la fábrica de tractores.
Entró en la habitación para ver a Aleksandra Vladímirovna y su cara huraña sonrió; aquel era el primer día que se había levantado de la cama; pálida y delgada, estaba sentada a la mesa, con las gafas sobre la nariz; leía un libro.
Le contó que había empleado mucho tiempo en localizar su casa, porque toda la zona estaba surcada de trincheras, cráteres de obús, escombros y zanjas.
En la fábrica había mucha gente, a cada hora llegaba gente nueva e incluso había policía. No había averiguado nada sobre los combatientes de las milicias populares. Los enterraban, y seguían encontrando más en las trincheras y en los sótanos. Y por todos lados, chatarra, cascos…
Aleksandra Vladímirovna le preguntaba si había tenido dificultades para encontrar dónde dormir y para comer, si los hornos habían sufrido daños, si los obreros tenían provisiones, si había visto al director.
Por la mañana, antes de que Andréyev llegara, Aleksandra Vladímirovna había dicho a Vera:
—Siempre me he reído de los presentimientos y las supersticiones, pero hoy, por primera vez en mi vida, tengo el claro presentimiento de que Pável Andréyevich traerá noticias de Seriozha.
Pero se equivocó.
Lo que contaba Andréyev era importante, independientemente de que le escuchara una persona feliz o infeliz. Los obreros le habían dicho a Andréyev que no había provisiones, no recibían su salario, en los sótanos y refugios hacía frío y había humedad. El director ya no era el mismo hombre que solía ser; antes, cuando los alemanes atacaban, era amigo de todos en los talleres, pero ahora ya no les hablaba; le habían construido una casa y le habían mandado un coche desde Sarátov.
—Es cierto que la vida en la central eléctrica no es fácil, pero se pueden contar con los dedos de la mano las personas que están resentidas con Stepán Fiódorovich: se ve claramente que se preocupa por todos.
—La situación es triste —sentenció Aleksandra Vladímirovna—. ¿Qué ha decidido, Pável Andréyevich?
—He venido a despedirme; vuelvo a casa, aunque ya no tengo casa. He encontrado una vivienda en un sótano.
—Hace lo correcto —aprobó Aleksandra Vladímirovna—. Su vida está allí, sea cual sea.
—Mire lo que he encontrado en el suelo —dijo, y sacó del bolsillo un dedal oxidado.
—Pronto iré a la ciudad, a mi casa, en la calle Gógol, a desenterrar trozos de metal y cristal —observó Aleksandra Vladímirovna—. Tengo muchas ganas de ir a mi casa.
—¿No se habrá levantado de la cama demasiado pronto? Está usted muy pálida.
—Su relato me ha trastornado. Me habría gustado que las cosas hubieran sido diferentes es esta tierra santa.
Andréyev tosió ligeramente.
—Recuerde lo que dijo Stalin hace dos años: hermanos y hermanas… Pero ahora que los alemanes han sido derrotados, al director le han dado una casa, no se puede hablar con él sin acordar cita previa, y los hermanos y hermanas viven en refugios subterráneos.
—Sí, sí, no hay nada bueno en todo esto —dijo Aleksandra Vladímirovna—. Y de Seriozha, ninguna noticia, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Por la tarde llegó de la ciudad Stepán Fiódorovich. Cuando había partido para Stalingrado aquella mañana no había dicho a nadie que la oficina del obkom revisaría su caso.
—¿Ha vuelto Andréyev? —preguntó con voz entrecortada, imperiosamente—. ¿No se sabe nada de Seriozha?
Aleksandra Vladímirovna negó con la cabeza.
Vera se dio cuenta enseguida de que su padre había bebido. Se notaba en su manera de abrir la puerta, en sus ojos tristes, animados y brillantes; se veía en cómo había dejado sobre la mesa unos dulces comprados en la ciudad, en cómo se había quitado el abrigo y hacía preguntas.
Se acercó a Mitia, que dormía en la cesta de la ropa, y se inclinó sobre él.
—¡No le eches el aliento! —le advirtió Vera.
—¡No es nada, deja que se acostumbre! —dijo Spiridónov, alegre.
—Siéntate a comer. Seguro que te has puesto a beber sin comer nada. Hoy la abuela se ha levantado de la cama por primera vez.
—Esa sí que es una buena noticia —exclamó Stepán Fiódorovich, y dejó caer la cuchara en la sopa, salpicándose la chaqueta.
—Hoy ha bebido usted a conciencia, Stepochka —observó Aleksandra Vladímirovna—. ¿A qué se debe tanta alegría?
Él apartó el plato.
—Venga, come —dijo Vera.
—Así es como está el asunto, queridos míos —dijo en voz baja Stepán Fiódorovich—. Tengo una noticia. Mi caso se ha cerrado. He recibido una severa admonición del Partido y la orden por parte del Comisariado del Pueblo de transferirme a la provincia de Sverdlovsk, a una pequeña central eléctrica que funciona a base de turba, de tipo rural. En una palabra, soy un hombre venido a menos. Me pagarán dos mensualidades por anticipado y me procurarán alojamiento. Mañana comenzaré con los trámites. Recibiremos cartillas para el viaje.
Aleksandra Vladímirovna y Vera intercambiaron una mirada, y luego Aleksandra Vladímirovna dijo:
—Es un motivo de peso para beber; nada que objetar.
—Y usted, mamá, en los Urales tendrá una habitación sólo para usted, la mejor —dijo Stepán Fiódorovich.
—Pero si lo más probable es que no le den más que una habitación —exclamó Aleksandra Vladímirovna.
—Da lo mismo, mamá, será suya.
Era la primera vez en su vida que Stepán Fiódorovich la llamaba «mamá». Y debía de ser por la borrachera, pero le habían asomado lágrimas a los ojos.
Entró Natalia y Stepán Fiódorovich, para cambiar de conversación, preguntó:
—Y entonces, ¿qué cuenta nuestro viejo a propósito de las fábricas?
—Pável Andréyevich le ha estado esperando —respondió Natasha—, pero ahora ya está dormido.
Se sentó a la mesa, aguantándose las mejillas con los puños, y dijo:
—Pável Andréyevich afirma que los obreros en las fábricas se ven obligados a cocinar semillas; es el alimento principal.
Y de repente preguntó:
—Stepán Fiódorovich, ¿es verdad que se va?
—¡Ah, vaya! Yo también lo he oído decir —respondió él, en un tono alegre.
—Los obreros están muy apenados —añadió ella.
—No hay nada de lo que apenarse. El nuevo jefe, Tishka Batrov, es un buen hombre. Estudiamos juntos en el instituto.
—¿Quién os zurcirá tan artísticamente los calcetines? —intervino Aleksandra Vladímirovna—. Vera no sabe.
—Efectivamente, ése es un problema serio —reconoció Stepán Fiódorovich.
—Es preciso que te lleves a Natasha —propuso Aleksandra Vladímirovna.
—¡Claro! —dijo Natasha—. ¡Yo iría!
Se echaron a reír, pero el silencio que siguió a esa broma fue vergonzoso, tenso.
61
Aleksandra Vladímirovna decidió ir a Kúibishev con Stepán Fiódorovich y Vera: tenía la intención de instalarse durante algún tiempo en casa de Yevguenia Nikoláyevna.
El día antes de su partida, Aleksandra Vladímirovna pidió al nuevo director un coche para dar una vuelta por la ciudad y ver las ruinas de su casa.
Durante el trayecto preguntaba al conductor:
—¿Qué es eso de allí? ¿Qué había antes?
—¿Antes de qué? —preguntaba el conductor, irritado.
En las ruinas de la ciudad quedaban al descubierto, como por estratos, tres tipos de vida: la preguerra, el periodo de la batalla y el tiempo actual, en que la vida buscaba retomar su rumbo pacífico. La casa que una vez había albergado una tintorería y un pequeño taller de arreglos de ropa tenía las ventanas tapiadas con ladrillos, y durante los combates, a través de las aspilleras practicadas en las paredes, habían hecho fuego las ametralladoras de una división de granaderos alemana. Ahora, a través de las mismas aspilleras, se distribuía el pan a las mujeres que hacían cola.
Entre las ruinas habían aflorado los búnkeres y los refugios subterráneos donde se habían alojado soldados, Estados Mayores, radiotransmisores. Allí se habían redactado informes y recargado metralletas; y se habían utilizado como almacén de cintas de ametralladora. Y ahora de las chimeneas emanaba un humo pacífico, al lado de los refugios se secaba la ropa blanca y los niños jugaban.
De la guerra había surgido la paz, una paz pobre, miserable, casi tan ardua como la guerra.
Los prisioneros trabajaban limpiando las montañas de escombros de las calles principales. La gente hacía cola con bidones en las manos ante las tiendas de comestibles instaladas en los sótanos. Los prisioneros rumanos buscaban con indolencia entre las ruinas y desenterraban cadáveres. No veía a militares, sólo de vez en cuando asomaba algún marinero, y el conductor le explicó que la flotilla del Volga se había quedado en Stalingrado para limpiar el terreno de minas. En muchos lugares se apilaban tablas nuevas, troncos, sacos de cemento. Había comenzado la entrega de material para la reconstrucción. En algunas partes, entre las ruinas, se habían asfaltado de nuevo las calzadas.
Una mujer que empujaba un carretón cargado con fardos caminaba a lo largo de una plaza vacía y dos niños la ayudaban tirando de las cuerdas atadas a los varales.
Todos querían volver a casa, a Stalingrado, mientras que Aleksandra Vladímirovna había llegado y volvía a marcharse.
La mujer preguntó al conductor:
—¿Lamenta que Spiridónov se vaya de la central eléctrica?
—¿A mí qué más me da? Spiridónov me hacía correr de un lado para otro, el nuevo hará lo mismo. Tanto monta. Me firma la hoja de ruta y me pongo en camino.
—Y eso de ahí, ¿qué es? —preguntó ella, indicando una amplia pared ennegrecida por las llamas, donde se abrían los ojos desencajados de las ventanas.
—Oficinas varias. Lo mejor sería que fuera para la gente.
—Y antes, ¿qué había?
—Antes aquí estaba instalado Paulus. Aquí es donde le cogieron.
—¿Y antes de eso?
—¿No lo reconoce? Los grandes almacenes.
Parecía que la guerra hubiera hecho retroceder a la antigua Stalingrado. Era fácil imaginarse cómo los oficiales alemanes salían del sótano, cómo el mariscal de campo caminaba a lo largo de esa pared llena de hollín mientras los centinelas se cuadraban a su paso. ¿Es posible que fuera allí donde había comprado tela para un abrigo, el reloj que le había regalado a Marusia por su cumpleaños, que hubiera ido allí con Seriozha para comprarle unos patines en la sección de deportes de la segunda planta?
Aquellos que van a visitar el Malájov Kurgán, Verdún, el campo de batalla de Borodinó deben de encontrar extraño ver a los niños, a las mujeres haciendo la colada, un carro cargado de heno, un viejo campesino con el rastrillo en la mano… Ahí donde ahora crece la viña marchaban columnas de poilus[125], avanzaban los camiones cubiertos de toldos; ahí donde ahora está la isba, el rebaño famélico del koljós, los manzanos, marchaba la caballería de Murat, y desde ahí, Kutúzov, sentado en un sillón, con un gesto de tu mano senil, mandaba al contraataque a la infantería rusa. Sobre el cerro, donde las gallinas y las cabras polvorientas buscan briznas de hierba entre las piedras, estaba Najímov, y desde ahí se lanzaban las bombas luminosas descritas por Tolstói, ahí gritaban los heridos, silbaban las balas inglesas.
Aleksandra Vladímirovna, de la misma manera, encontraba insólito esas mujeres haciendo cola, esas chozas, esos hombres descargando tablas, las camisas secándose en los cordeles, las sábanas remendadas, las medias que se enroscaban como serpientes, los anuncios fijados en las paredes muertas…
Percibía hasta qué punto la vida de hoy era insípida para Stepán Fiódorovich, que contaba las discusiones que estallaban en el raikom a propósito de la distribución de la fuerza de trabajo, de las tablas, del cemento; comprendía por qué le aburrían los artículos del Pravda de Stalingrado sobre la clasificación de los escombros, la limpieza de las calles, la construcción de baños públicos, de cantinas obreras. Él se animaba cuando le hablaba de los bombardeos, de los incendios, de las visitas del comandante Shumílov a la central eléctrica, de los tanques alemanes que descendían de las colinas y de los artilleros soviéticos que se oponían a los tanques con el fuego de sus cañones. En esas calles era donde se había decidido el destino de la guerra. El desenlace de esa batalla había establecido la configuración del mapa del mundo de la posguerra, la medida de la grandeza de Stalin o del terrible poder de Adolf Hitler. Durante noventa días la sola palabra Stalingrado había hecho vivir, respirar y delirar al Kremlin y Berchtesgaden.
Era Stalingrado la que determinaría la filosofía de la Historia y los sistemas sociales del futuro. La sombra del destino del mundo ocultó a los ojos de los hombres la ciudad que en un tiempo había conocido una vida normal y corriente. Stalingrado se convirtió en la señal del futuro.
La vieja mujer, al acercarse a su casa, se encontraba sin darse cuenta bajo el poder de las fuerzas que se habían manifestado en Stalingrado, aquel lugar donde ella había trabajado, criado a su nieto, escrito cartas a sus hijas, enfermado de gripe, se había comprado zapatos.
Pidió al conductor que se detuviera, se apeó del vehículo. Abriéndose camino con dificultad a través de la calle desierta, todavía sembrada de escombros, contemplaba las ruinas y reconocía vagamente los restos de las casas vecinas a la suya.
El muro de su casa que daba a la calle todavía estaba en pie y a través de las ventanas abiertas, Aleksandra Vladímirovna entrevió con sus viejos ojos hipermétropes las paredes de su apartamento, reconoció la pintura azul y verde descolorida. Pero las habitaciones no tenían suelo ni techo, no había escalera por la que subir. Las huellas del incendio habían quedado impresas en los ladrillos, a menudo hechos añicos por las explosiones.
Con una fuerza brutal que le sacudió el alma, percibió toda su vida: sus hijas, su desdichado hijo, su nieto Seriozha, las pérdidas irreparables y su cabeza gris, sin un techo. Una mujer débil, enferma, con el abrigo raído y los zapatos destaconados miraba las ruinas de su casa.
¿Qué le deparaba el futuro? A sus setenta años, era una incógnita. «Queda vida por delante», pensó Aleksandra Vladímirovna. ¿Qué sería de aquellos que amaba? No lo sabía. Un cielo primaveral la miraba a través de las ventanas vacías de su casa.
La vida de sus seres queridos era un desbarajuste, una vida embrollada, confusa, repleta de dudas, de desgracias, de errores. ¿Cómo viviría Liudmila? ¿Cómo acabaría la discordia de su familia? ¿Y Seriozha? ¿Estaba vivo? ¡Qué difícil era la vida para Víktor Shtrum! ¿Qué pasaría con Stepán Fiódorovich y Vera? ¿Sería capaz Stepán de construir una nueva vida, encontraría la paz? ¿Qué camino seguiría Nadia, inteligente, buena y también mala? ¿Y Vera? ¿Sucumbiría a la soledad, las necesidades, las estrecheces diarias? ¿Qué ocurrirá con Yevguenia? ¿Seguiría a Krímov a Siberia, iría a parar a un campo, moriría como ha muerto Dmitri? ¿El Estado perdonaría a Seriozha ser hijo de un padre y una madre muertos en un campo, a pesar de ser inocentes?
¿Por qué su vida era tan enmarañada, tan confusa?
Y aquellos que habían muerto, asesinados, ejecutados, mantenían su relación con los vivos. Aleksandra Vladímirovna recordaba sus sonrisas, sus bromas, su risa, sus ojos tristes y desconcertados, su desesperación y su esperanza.
Mitia, abrazándola, le había dicho: «No pasa nada, mamá, sobre todo no te preocupes por mí, también en el campo hay buena gente». Sofia Levinton, su pelo negro, el labio superior cubierto de vello, joven, combativa y alegre, declama versos. Ania Shtrum, pálida, siempre triste, inteligente y bromista. Tolia comía de mala manera, con gula, los macarrones con queso rallado, le irritaba oírle comer ruidosamente; nunca quería echarle una mano a Liudmila: «¿Es mucho pedir que vayas por un vaso de agua…?». «Vale, vale, te lo traigo, pero ¿por qué no se lo pides a Nadia?» ¿Y mi pequeña Marusia? Zhenia siempre se burlaba de tus sermones de maestra, enseñaste, enseñaste a Stepán a ser un hombre recto… Te ahogaste en el Volga con el pequeño Slava Beriozkin, con la vieja Várvara Aleksándrovna. «Explíqueme, Mijaíl Sídorovich.» Dios mío, ¿qué puede explicarme ahora…?
Caóticos, siempre llenos de penas, sufrimientos secretos, dudas, esperaban la felicidad. Algunos iban a verla, otros le escribían cartas, y en ella persistía siempre un extraño sentimiento: la familia era grande y estaba unida, pero en un rincón de su corazón anidaba la sensación de su propia soledad.
Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el cielo de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro —la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución—, ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo.
62
Aquel día la cabeza no sólo le daba vueltas a Stepán Fiódorovich, que se había puesto a beber desde la mañana. Aleksandra Vladímirovna y Vera se encontraban en un estado de nerviosismo febril antes de la partida. Los obreros pasaban continuamente y preguntaban por Spiridónov, pero él estaba arreglando algunos asuntos pendientes, había ido al raikom a buscar su nuevo destino, telefoneaba a sus amigos, puso en orden sus documentos en la comisaría militar, iba a los talleres charlando, bromeando, y cuando se quedó solo, en la sala de turbinas, pegó la mejilla al volante frío, inmóvil y, cansado, cerró los ojos.
Entretanto Vera empaquetaba sus pertenencias, secaba los pañales sobre la estufa, preparaba para Mitia los biberones con leche hervida, metía el pan en una bolsa. Estaba a punto de separarse para siempre de Víktorov y de su madre. Se quedarían solos; nadie aquí pensaría ni se preocuparía de ellos.
Le consolaba el pensamiento de que ahora era la mayor de la familia. Ahora era la más tranquila, la que mejor aceptaba las dificultades de la vida.
Aleksandra Vladímirovna mirando los ojos de su nieta, irritados por la falta de sueño, le dijo:
—Así es la vida. Vera. No hay nada más difícil que abandonar la casa donde se ha sufrido tanto.
Natasha se puso a cocinar unas empanadas a los Spiridónov para el viaje. Salió por la mañana, cargada de leña y provisiones, a casa de una conocida que tenía una estufa rusa; preparó el relleno y extendió la masa. Su cara, enrojecida por el trabajo en el horno, había rejuvenecido y embellecido. Se miraba al espejo riendo, se empolvaba la nariz y las mejillas de harina, pero cuando su conocida salía de la habitación, Natalia lloraba y las lágrimas caían sobre la pasta.
Al final su amiga se dio cuenta de que estaba llorando y le preguntó:
—¿Qué tienes, Natasha? ¿Por qué lloras?
—Me había acostumbrado a ellos. La vieja es buena, Vera me da pena, y también el huérfano.
La mujer escuchó con atención sus explicaciones y dijo:
—Mientes, Natasha, tú no lloras por la vieja.
—Sí, sí, es verdad —admitió Natasha.
El nuevo director prometió dejar marchar a Andréyev, pero le exigió que se quedara en la central eléctrica otros cinco días más. Natalia anunció que se quedaría esos cinco días y que luego se reuniría con su hijo en Leninsk.
—Y una vez allí —dijo—, ya veremos dónde vamos a parar.
—¿Qué es lo que verás? —preguntó su suegro.
Natasha no respondió. Lo más probable es que había llorado porque no veía nada.
Pável Andréyevich no quería que su nuera se preocupara por él; y Natasha tenía la sensación de que su suegro recordaba las discusiones que había tenido con su mujer, Várvara Aleksándrovna, que la juzgaba, que no la perdonaba.
A la hora de comer, Stepán Fiódorovich volvió a casa y contó cómo se habían despedido de él los obreros en la sala de máquinas.
—Por aquí durante toda la mañana también ha habido un ir y venir de gente que preguntaba por usted —dijo Aleksandra Vladímirovna—. Al menos han venido cinco o seis personas que querían verle.
—Bueno, ¿está todo listo? El camión llegará a las cinco en punto —y sonrió—. Hay que darle las gracias a Batrov por ello.
Todos sus asuntos estaban en orden, el equipaje preparado, pero Spiridónov todavía se sentía nervioso, excitado, embriagado. Comenzó a cambiar de sitio las maletas, repasó los nudos de los fardos, como si estuviera impaciente por partir.