Vida y destino
PRIMERA PARTE » 38
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El día de su regreso de Sarátov explicó a su familia el viaje, sus reflexiones sobre la culpabilidad que sentía hacia los suyos, su llegada al hospital; abrió la bolsa que contenía los jirones del uniforme ensangrentado de Tolia. Mientras hablaba, Aleksandra Vladímirovna respiraba fatigosamente, Nadia lloraba, y Víktor Pávlovich tenía un temblor en las manos que le impedía coger de la mesa el vaso de té. Maria Ivánovna, que había ido a visitarla, se puso pálida, tenía la boca entreabierta y en su mirada era patente el sufrimiento. Sólo Liudmila hablaba con calma, con sus grandes ojos azules muy abiertos y brillantes.
Aunque toda su vida había llevado la contraria a todo el mundo, ahora no discutía con nadie. Antes bastaba con que alguien explicara cómo se llegaba a la estación para que Liudmila se agitara hasta el punto de ponerse furiosa, afirmando que eran otras calles y otros trolebuses los que había que tomar.
Un día, Víktor Pávlovich le preguntó:
—Liudmila, ¿a quién hablas por las noches?
Y ella respondió:
—No lo sé. Tal vez esté soñando.
Víktor no ahondó más en las preguntas, pero le confió a la suegra que casi todas las noches Liudmila abría unas maletas, extendía una manta sobre el sofá que había en el rincón y hablaba en voz baja, con tono febril.
—Tengo la sensación, Aleksandra Vladímirovna, de que durante el día ya sea conmigo, con Nadia o con usted, Liudmila está como en un sueño, mientras que por las noches su voz se vuelve más animada, como antes de la guerra —dijo Víktor Pávlovich—. Me parece que está enferma, que se ha convertido en otra persona.
—No sé —respondió Aleksandra Vladímirovna—. Todos sufrimos. Todos con la misma intensidad y cada uno a su manera.
Alguien que llamaba a la puerta interrumpió la conversación. Víktor Pávlovich se levantó. Pero Liudmila Nikoláyevna le gritó desde la cocina:
—Abro yo.
La familia no lograba entender qué significaba, pero habían notado que después de su regreso de Sarátov Liudmila Nikoláyevna comprobaba varias veces al día si había correo en el buzón.
Cuando alguien llamaba a la puerta, se apresuraba en ser ella quien abriera. También ahora, al oír sus pasos apresurados, casi a la carrera, Víktor Pávlovich y Aleksandra Vladímirovna intercambiaron una mirada.
Luego oyeron la voz irritada de Liudmila:
—No hay nada, no tengo nada para usted hoy, y no venga tan a menudo. ¡Le di medio kilo de pan hace dos días!
35
El teniente Víktorov fue llamado al puesto de mando por el mayor Zakabluka, el comandante de un regimiento de cazas acantonado en reserva. Velikánov, el oficial de servicio del Estado Mayor, le anunció que el mayor se había dirigido con un U-2 al mando aéreo cerca de Kalinin y que no regresaría hasta la noche. Cuando Víktorov le preguntó a Velikánov el motivo de la convocatoria, éste le guiñó un ojo y le dijo que, probablemente, tenía que ver con la borrachera y el escándalo que se había armado en la cantina.
Víktorov echó una ojeada detrás de la cortina fabricada con una tela impermeable y un edredón. Oyó el tecleo de una máquina de escribir. Al ver a Víktorov, Volkonski, el jefe de la oficina, se anticipó a su pregunta:
—No, no hay cartas, camarada teniente.
La mecanógrafa, la asalariada Lénochka, se volvió hacia el teniente, luego miró a un espejito alemán tomado como trofeo de un avión derribado —regalo del difunto piloto Demídov—, se ajustó el gorro, desplazó la regla sobre el documento que estaba copiando y reanudó el repiqueteo de la máquina.
Aquel teniente de cara alargada que siempre hacía la misma monótona pregunta al jefe deprimía a Lénochka.
Víktorov, de regreso al aeródromo, se desvió por el lindero del bosque.
Hacía un mes que su regimiento se había retirado del frente a fin de completar los rangos que los pilotos caídos en batalla habían dejado sin efecto.
Un mes antes aquel territorio del norte que Víktorov no conocía se le había antojado inquietante. La vida del bosque, el joven río que serpenteaba ágilmente entre las abruptas colinas, el olor a putrefacción, a setas, el ulular de los árboles, le ponían en estado de alarma día y noche.
Durante las incursiones aéreas parecía que los olores de la tierra llegaban hasta la cabina del piloto. Del bosque y los lagos llegaba el aliento de la vieja Rusia que Víktorov sólo conocía por los libros que había leído antes de la guerra. Allí, a través de los lagos y los bosques discurrían antiguos senderos, y con la leña de aquellos bosques se habían construido casas, iglesias, se habían tallado mástiles de barcos. El tiempo se había demorado aquí y todavía corría el lobo gris y Aliónushka lloraba en la pequeña orilla por la que ahora Víktorov se dirigía a la cantina. Tenía la impresión de que aquel tiempo pasado era ingenuo, sencillo, joven, y no sólo las muchachas que vivían en las teremá[36], sino también los comerciantes con barbas grises, los diáconos y los patriarcas, parecían miles de años más jóvenes respecto a sus compañeros rebosantes de experiencia: los aviadores procedentes del mundo de la velocidad, los cañones automáticos, los motores diésel, el cine y la radio, llegados a aquellos bosques con el escuadrón del mayor Zakabluka. El mismo Volga, rápido, delgaducho, corriendo entre las escarpadas orillas multicolores, a través del verde del bosque, entre los bordados azul celeste y rojo de las flores, era un símbolo de aquella juventud que se marchitaba.
¿Cuántos tenientes, sargentos, y también soldados rasos anónimos, recorren la senda de la guerra? Fuman el número de cigarrillos que les han asignado, golpean con la cuchara blanca la escudilla de hojalata, juegan con naipes en los trenes, en las ciudades saborean helados de palito, tosen mientras beben su pequeña dosis de cien gramos de alcohol, escriben el número establecido de cartas, gritan por el teléfono de campaña, disparan, algunos con un cañón de pequeño calibre, otros con artillería pesada, chillan algo mientras presionan el acelerador de un T-34…
La tierra bajo sus botas era como un viejo colchón chirriante y elástico: encima una capa de hojas ligeras, frágiles, diferentes entre sí también en la muerte; y, debajo, otra de hojas disecadas, viejas, de hace años, que se habían macerado y constituían una única masa marrón; polvo de la vida que un día había brotado en capullos, susurrado en el viento de una tormenta, brillado al sol después de una lluvia.
La maleza, casi reducida a polvo, ligera, se desmenuzaba bajo sus pies. La luz suave, tamizada por la pantalla de los árboles, llegaba hasta la tierra del bosque. El aire era espeso, denso, y los pilotos de los cazas, acostumbrados a los torbellinos de aire, lo notaban de modo particular. Los árboles, calientes y sudorientos, desprendían el característico olor a frescura húmeda de la madera. Pero el olor a hojas muertas y maleza predominaba sobre la fragancia de aquel bosque vivo. Allí, donde se erguían los abetos, aquel olor quedaba interrumpido por otro, el de la nota aguda y estridente de la esencia de trementina. El álamo temblón emanaba un aroma empalagosamente dulce; el aliso desprendía un olor amargo. El bosque vivía al margen del resto del mundo, y Víktorov tenía la impresión de entrar en una casa donde todo era diferente al exterior: los olores, la luz a través de las cortinas bajadas, los sonidos tenían otras resonancias entre aquellas paredes. Hasta que no saliera del bosque se sentiría extraño, como acompañado de personas poco conocidas. Era como si estuviera en el fondo de las aguas de un estanque mirando hacia arriba a través de la capa gruesa de aire de bosque, como si las hojas chapotearan, como si los hilos de una telaraña que se habían enredado en la estrellita verde de su gorra fueran algas suspendidas en la superficie. Las moscas veloces con grandes cabezas, los mosquitos indolentes, y el urogallo abriéndose paso entre las ramas, como una gallina, parecían agitar sus alas, pero nunca se elevarían en lo alto del bosque, así como los peces nunca se elevarán más allá de la superficie del agua; y si una urraca consigue levantar el vuelo hasta la copa de un álamo temblón inmediatamente después volverá a sumergirse en las ramas, así como un pez que por un instante ha hecho brillar su flanco plateado al sol se sumergirá rápidamente en el agua. Y qué extraño parece el musgo entre las gotas de rocío, azules, verdes, que se apagan en las profundidades tenebrosas del bosque.
Era hermoso, después de aquella penumbra silenciosa, salir a un claro iluminado. Todo adquirió otro aspecto, la tierra cálida, el olor a enebro calentado por el sol, el movimiento del aire; había grandes campanillas inclinadas que parecían fundidas en un metal violeta, y se veían los colores de los claveles salvajes con los tallos pegajosos de resina… El alma se vuelve despreocupada, y el claro es como un día feliz en una vida miserable. Las mariposas amarillas, los pulidos escarabajos azul oscuro, las hormigas, las serpientes que se mueven ligeramente entre la hierba, no se mueven para sí mismos, sino que todos juntos colaboran en un trabajo común. Una rama de abedul adornada de pequeñas hojas le rozó la cara; un saltamontes saltó, aterrizó sobre él, como si se tratara del tronco de un árbol, y se agarró a su cinturón, tensando tranquilamente las patas. Permanecía inmóvil con los ojos redondos, como de cuero, y la cara de un carnero. Calor, tardías flores de fresa, los botones y la hebilla del cinturón calientes por el sol. Probablemente este claro nunca había sido sobrevolado por un U-88, ni por un Heinkel en reconocimiento nocturno.
36
Por la noche Víktorov solía recordar los meses transcurridos en el hospital de Stalingrado. Se le había borrado de la memoria la camisa húmeda por el sudor, el agua un poco salada que le provocaba náuseas y aquel mal olor que le había atormentado. Aquellos días en el hospital le parecían un tiempo de felicidad. Y ahora, en el bosque, escuchando el rumor de los árboles, pensaba: «¿De veras oí alguna vez sus pasos?».
¿Era posible que todo aquello hubiera ocurrido? Ella le abrazaba, le acariciaba los cabellos, lloraba, y él le besaba los ojos salados y húmedos.
A veces Víktorov se imaginaba que llegaba con un Yak a Stalingrado. Había pocas horas de vuelo; podía repostar en Riazán, luego ir hasta Engels, donde el controlador aéreo era conocido suyo. Bueno, luego siempre podrían fusilarlo.
Le venía a la cabeza un relato que había leído en un viejo libro de historia: los hermanos Sheremétev, los acaudalados hijos del mariscal de campo, dieron en matrimonio al príncipe Dolgoruki a su hermana de dieciséis años, quien antes de la boda, al parecer, sólo le había visto una vez. Los hermanos asignaron a la novia una formidable dote, sólo la plata ocupaba tres habitaciones enteras. Dos días después de la boda, Pedro II fue asesinado. Dolgoruki, su favorito, fue arrestado, deportado a Siberia y encerrado en una torre de madera. La joven esposa desoyó los consejos, a pesar de que le hubiera resultado fácil deshacerse de aquel matrimonio, puesto que, en el fondo, sólo habían convivido dos días. Siguió a su marido y se estableció en la isba campesina de un bosque remoto. Durante diez años se acercó todos los días a la torre donde estaba preso Dolgoruki. Una mañana vio que la ventana de la torre estaba abierta de par en par, la puerta no estaba cerrada. La joven princesa corrió por la calle arrodillándose ante cualquiera que pasara, campesino o arquero qué más daba, y les suplicaba que le dijeran adonde se habían llevado a su marido. La gente le dijo que Dolgoruki había sido trasladado a Nizhni Nóvgorod. ¡Cuántos sufrimientos tuvo que soportar la princesa durante ese camino a pie! Y en Nizhni Nóvgorod supo que Dolgoruki había sido descuartizado. Entonces la princesa decidió retirarse a un convento de Kiev. El día que debía tomar los hábitos estuvo vagando largo rato por la orilla del Dniéper. Lo que lamentaba no era perder su libertad, sino la obligación de despojarse de su anillo de boda del que no se veía capaz de separarse…
Vagó por la orilla durante muchas horas, y luego, cuando el sol comenzó a ponerse, se quitó el anillo del dedo, lo lanzó al Dniéper y se dirigió a las puertas del monasterio.
Y el teniente de las fuerzas aéreas, crecido en un orfanato y que una vez había sido mecánico en la central térmica de Stalingrado, no podía dejar de pensar en la princesa Dolgorúkaya. Caminaba por el bosque imaginando que había muerto y le habían enterrado; que su avión había sido abatido por el enemigo, y que el morro había caído en picado contra el suelo; ahora, ya aherrumbrado, los pedazos cubrirían la hierba, y por allí deambularía Vera Sháposhnikova, que se detendría, descendería por los peñascos hasta el Volga con la mirada fija en el agua… Y doscientos años atrás había estado allí la joven princesa Dolgorúkaya; salía a un claro, se abría paso entre los linos, apartaba los arbustos cubiertos de bayas rojas. Se apoderó de él un dolor amargo, desesperado, pero al mismo tiempo dulce.
Un joven teniente de espalda estrecha va por el bosque, con la guerrera raída: ¡cuántos otros como él serán olvidados en estos tiempos inolvidables!
37
Mientras se dirigía al aeródromo Víktorov se dio cuenta de que algo estaba pasando. Los camiones cisterna circulaban por el campo de aviación, los técnicos y los mecánicos de batallón del servicio del aeródromo trajinaban alrededor de los aviones cubiertos con red de camuflaje. El radiotransmisor, por lo general silencioso, emitía un sonido seco, concentrado y preciso.
«Está claro», pensó Víktorov acelerando el paso.
Sus sospechas se vieron enseguida confirmadas cuando se encontró con Solomatin, un teniente con unas manchas rosas en un pómulo causadas por una quemadura.
—Ha llegado la orden, salimos de la reserva —le anunció.
—¿Hacia el frente? —preguntó Víktorov.
—Hacia dónde si no, ¿a Tashkent? —replicó Solomatin, alejándose en dirección al pueblo.
Era patente su preocupación; Solomatin había iniciado una relación seria con la dueña de la casa donde se hospedaba y ahora, con toda probabilidad, se apresuraba para estar junto a ella.
—Solomatin lo tiene claro: la isba, para la mujer; la vaca, para él —observó la voz familiar del teniente Yeriomin, el compañero de patrulla de Víktorov.
—¿Adónde nos envían, Yerioma? —preguntó Víktorov.
—Quizás a la ofensiva del frente noroeste. Acaba de llegar el comandante de la división en un R-5. Puedo preguntar a un amigo que pilota un Douglas en el comando aéreo. Él siempre lo sabe todo.
—¿Para qué preguntar? Pronto nos lo comunicarán.
El frenesí de la excitación no sólo había perturbado al Estado Mayor y a los pilotos sino que había contagiado a todo el pueblo. El suboficial Korol, de ojos negros y labios gruesos, el piloto más joven del regimiento, caminaba por la calle llevando en las manos ropa blanca, lavada y planchada, y encima del montón, un pastel de miel y una bolsa de bayas secas.
A Korol solían tomarle el pelo porque sus patronas —dos viejas viudas— lo atiborraban con dulces de miel. Cuando salía en misión, iban al aeródromo para recibirle a mitad de camino. Una era alta y derecha, la otra tenía la espalda encorvada; él caminaba en medio de ellas enfurruñado, avergonzado, como un niño mimado, y los pilotos decían que marchaba en formación flanqueado por un signo de interrogación y un signo exclamativo.
El comandante de la escuadrilla, Vania Martínov, salió de casa con el capote puesto. En una mano llevaba una maleta, en la otra el gorro de gala que, por miedo a arrugarlo, no metía en la maleta. La hija de la patrona, una chica pelirroja sin pañuelo en la cabeza y la permanente hecha en casa, lo seguía con una mirada que hacía innecesaria cualquier pregunta al respecto.
Un muchacho cojo informó a Víktorov de que el instructor político Golub y el teniente Skotnoi, con los que compartía alojamiento, se habían ido ya con su equipaje.
Víktorov se había mudado hacía pocos días a aquel apartamento; antes se había alojado con Golub en casa de una pérfida patrona, una mujer de frente alta abombada y ojos saltones amarillos. Mirar esos ojos era suficiente para ponerse enfermo.
Para librarse de sus inquilinos llenaba la isba de humo, y en una ocasión añadió ceniza al té. Golub trataba de persuadir a Víktorov para que redactara un informe sobre la mujer al comisario del regimiento, pero aquél se había negado.
—Bueno, espero que pille el cólera —concedió Golub, y añadió unas palabras que de niño le oía decir a su madre—: Si algo llega a nuestra orilla, o es mierda o son restos de un naufragio.
Se mudaron a una nueva casa que les pareció un paraíso. Pero no tuvieron mucho tiempo para disfrutarla.
Pronto también Víktorov, cargado con un saco y una maleta rota, pasaba por delante de las isbas grises que parecían tener dos pisos de alto; el cojito iba dando saltitos a su lado apuntando a los gallos y los aviones que sobrevolaban el bosque con una funda de pistola alemana que Víktorov le había regalado. Dejó atrás la isba donde la vieja Yevdokia Mijéyevna le había echado humo después de ver su rostro impasible detrás de los cristales empañados. Nadie hablaba con la vieja Yevdokia cuando traía desde el pozo dos cubos de madera y se detenía para tomar aliento. No tenía ni una vaca ni una oveja ni vencejos bajo el techo. Golub había pedido información sobre ella, había tratado de encontrar pruebas sobre su origen kulak, pero resultó que era de familia pobre. Las mujeres contaban que se había vuelto loca después de la muerte de su marido: había caminado hasta un lago en medio del frío otoñal y se había pasado días enteros sentada. Los hombres la habían sacado de allí a la fuerza. Pero las mujeres decían que antes incluso de casarse y de la muerte del marido ya era poco comunicativa.
Ahí estaba Víktorov, caminando a través de las calles de aquel pueblo, y dentro de unas horas habría abandonado para siempre aquel lugar rodeado de bosques y todo aquel mundo, el susurro de los árboles, el pueblo donde los alces se erguían en los huertos, los helechos, las manchas amarillentas de la resina, los ríos, los cuclillos, dejaría de existir. Desaparecerán los viejos y las muchachas, las conversaciones sobre cómo se llevó a cabo la colectivización, los relatos sobre los osos que arrebataban a las mujeres los cestos de frambuesas, las historias sobre los niños que pisaban con los talones desnudos las cabezas de las víboras… Aquel pueblo, para él extraño y singular, cuya vida se desarrollaba en torno al bosque como la vida del pueblo obrero donde él había nacido y crecido se desarrollaba en torno a una fábrica, desaparecería.
Luego el caza aterrizará y en un instante surgirá una nueva base aérea, un nuevo pueblo obrero o campesino con sus viejas, sus chicas, sus lágrimas y sus risas, sus gatos con narices peladas por las cicatrices, las leyendas del pasado, los recuerdos sobre la colectivización total y sus buenas y malas patronas.
Y el bello Solomatin, en ese nuevo contexto, se calará la gorra a la primera ocasión y deambulara por la calle, cantará al son de la guitarra y enamorará a alguna chica.
El comandante del regimiento, el mayor Zakabluka, con la cara bronceada y el cráneo blanco afeitado, hizo tintinear cinco órdenes de la Bandera Roja y, balanceándose sobre sus piernas torcidas, leyó a los pilotos la orden de reincorporación al servicio; añadió después que debían pasar la noche en los refugios y que la ruta sería anunciada antes del vuelo.
Concluyó con la prohibición de salir del aeródromo y la advertencia de que los que así lo hicieran recibirían un severo castigo.
—No quiero que nadie esté dando cabezadas en el aire —explicó—. Dormid antes del vuelo.
Tomó la palabra Berman, el comisario del regimiento, quien, aunque sabía disertar con eficacia y elegancia sobre las sutilezas de la aeronáutica, no era muy querido debido a su arrogancia. Las relaciones entre Berman y los pilotos habían empeorado a raíz de un episodio ocurrido con el piloto Mujin, que mantenía un romance con la bella radiotelegrafista Lidia Vóinova. Aquella historia de amor contaba con la simpatía de todo el mundo. En cuanto tenían un minuto libre se encontraban, iban a pasear junto al río y caminaban cogidos de la mano. Su relación era tan evidente que nadie se burlaba de ellos.
Y de repente circuló un rumor, un rumor difundido por la propia Lidia que había hecho una confidencia a una amiga, y de la amiga pasó a ser del dominio de todo el regimiento. Durante uno de sus habituales paseos Mujin había violado a Vóinova amenazándola con un arma de fuego.
Cuando el caso llegó a oídos de Berman, éste montó en cólera y puso tanto empeño que en diez días Mujin fue juzgado por un tribunal militar y condenado a muerte.
Antes de que se ejecutara la sentencia llegó un miembro del Consejo Militar del Aire, un tal general Alekséyev, con el objetivo concreto de aclarar las circunstancias del delito de Mujin. Lidia acabó de desconcertar al general, se arrodilló ante él y le rogó que la creyera, que la acusación contra Mujin era una mentira absurda.
Le contó toda la historia. Mujin y ella habían estado besándose en un claro del bosque; después se quedó dormida y Mujin para hacerle una broma, sin que ella se diera cuenta, le deslizó una pistola entre las rodillas y disparó contra el suelo. Ella se despertó gritando y Mujin comenzó a besarla de nuevo. Se lo había contado a su amiga, que había hecho correr otra versión, una mucho más espantosa. La única verdad de toda aquella historia era su amor hacia Mujin. Todo se resolvió de la mejor manera: la sentencia quedó anulada y Mujin fue trasladado a otro regimiento.
Desde ese suceso los pilotos veían con malos ojos a Berman.
Un día Solomatin dijo en la cantina que un ruso jamás se habría comportado de esa manera. Entonces un piloto, tal vez Molchánov, repuso que todas las naciones tenían sus villanos.
—Tomemos a Korol, por ejemplo —dijo Vania Skotnoi—. Es judío, sin embargo trabajar en pareja con él es perfecto. Si sales con él en misión de reconocimiento, ten por seguro de que en la cola tienes a un amigo que no te va a fallar.
—Pero ¿cómo quieres que Korol sea judío? —dijo Solomatin—. Korol es uno de los nuestros. En el aire me fío más de él que de mí mismo. Una vez, sobrevolando Rzhev, me barrió justamente de debajo de la cola un Messer. Y dos veces dejé escapar a un fritz tocado para sacar de un apuro a Borka Korol. Y ya sabes que cuando combato me olvido hasta de mi madre.
—Ya veo —dijo Víktorov—. Si un judío es bueno, dices que no es judío.
Todos rieron, pero Solomatin continuó:
—Muy bien, reíros, pero a Mujin no le debió parecer nada divertido cuando Berman lo condenó a la pena capital.
Entretanto Korol entró en la cantina y un piloto le preguntó, interesado:
—Oye, Boria, ¿eres judío?
—Sí, lo soy.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—¿Circuncidado?
—Vete al cuerno —respondió Korol.
Todos se echaron a reír de nuevo.
Cuando los pilotos se dirigían del aeródromo al pueblo, Solomatin se puso al lado de Víktorov.
—¿Sabes? —le dijo—. Has pronunciado tu discurso en balde. Cuando trabajaba en la fábrica de jabón aquello estaba plagado de judíos, todos jefes; he visto con mis propios ojos a esos Samuel Abrámovich. Se apoyan mutuamente entre ellos, tenlo por seguro.
—¿De qué me hablas? —dijo Víktorov encogiéndose de hombros—. ¿Es que me has puesto en el mismo saco?
Berman proclamó a los pilotos que una nueva era había comenzado y que se había acabado la vida en la reserva. Eso ya lo habían comprendido por sí mismos, pero aun así le escuchaban con atención, no fuera a ser que deslizara en su discurso una pista sobre su destino, si el regimiento se quedaría en el frente noroeste y se instalarían cerca de Rzhev o si serían transferidos al oeste o al sur.
Berman hablaba.
—La primera cualidad de un piloto de combate consiste en conocer bien su máquina y equipo para utilizarlos eficazmente; la segunda es el amor a su máquina: debe amarla como si fuera su hermana o su madre; la tercera, tener valor, es decir, la cabeza fría y el corazón caliente. La cuarta, sentir el espíritu de camaradería del que está imbuida nuestra vida soviética. La quinta, ¡la abnegación en el combate! ¡El éxito depende de cada pareja de aviones que trabajan juntos! ¡Sigue al líder de la patrulla! Un verdadero piloto también le da vueltas a la cabeza en tierra, analiza el último combate, considera: «Ah, así habría sido mejor, así no se debe hacer».
Los pilotos, mientras tanto, adoptaban una expresión de fingido interés en sus caras, miraban al comisario e intercambiaban impresiones en voz baja.
—Tal vez escoltemos a los Douglas que llevan víveres a Leningrado —dijo Solomatin, que tenía una amiga en Leningrado.
—¿O tal vez en dirección a Moscú? —preguntó Molchánov cuya familia vivía en Kúntsevo, una localidad al oeste de Moscú.
—Quizá nos envíen cerca de Stalingrado —dijo Víktorov.
—Bah, es poco probable —replicó Skotnoi.
A él le era indiferente el lugar adonde destinaran al regimiento puesto que todos sus parientes se encontraban en la Ucrania ocupada.
—Y tú, Boria, ¿adónde volarías? —preguntó Solomatin—. ¿A tu capital judía, Berdíchev?
De pronto los sombríos ojos de Korol se oscurecieron de rabia y, en voz alta y clara, le soltó un aluvión de insultos.
—¡Suboficial Korol! —gritó Berman.
—A sus órdenes, camarada comisario.
—Cállese.
Pero Korol ya se había callado.
El mayor Zakabluka tenía gran reputación y fama en el arte de la blasfemia y jamás habría amonestado a un piloto de combate soltando tacos en presencia de un superior. Él mismo cada mañana gritaba a su ordenanza de forma amenazante:
—¡Maziúkin, tu puta madre…! —y después acababa en un tono más manso—: Va, venga, dame la toalla.
Sin embargo, como buen conocedor del carácter de picapleitos del comisario, el comandante del escuadrón no se atrevió a «amnistiar» rápidamente a Korol. Berman redactaría un informe donde expondría cómo Zakabluka había desacreditado su liderazgo político ante los pilotos. De hecho, Berman ya había informado por escrito a la sección política de que Zakabluka, desde que le habían pasado a la reserva, se había montado su propio señorío, bebía vodka con el jefe de Estado Mayor y tenía un lío con una lugareña, la zootécnica Zhenia Bondariova.
Así que el comandante Zakabluka no tuvo otra alternativa que lidiar con el asunto.
—¿Qué son esos modales, suboficial Korol? ¡Dos pasos al frente! ¿A qué viene este desorden? —gritó con voz ronca y amenazadora.
Luego llevó el caso más lejos:
—Instructor político Golub, comunique al comisario por qué razón el suboficial Korol ha infringido la disciplina.
—Permita que le informe, camarada mayor, que ha discutido con Solomatin, pero no he oído el motivo.
—¡Teniente mayor Solomatin!
—¡Presente, camarada mayor!
—Su informe. ¡A mí no! ¡Al comisario del batallón!
—Adelante —asintió Berman sin mirar a Solomatin.
Sospechaba que el mayor Zakabluka tenía sus razones para no dar su brazo a torcer. Sabía que era un hombre que destacaba por una astucia inusitada tanto en tierra como en el aire; allí, en lo alto, era donde sabía mejor que nadie adivinar al instante el objetivo del enemigo, su táctica, y se anticipaba a sus movimientos. En tierra sabía cuándo era necesario fingirse un tontaina y reír obsequiosamente las bromas burdas de un hombre estúpido. Y sabía dominar a sus jóvenes tenientes, que no se amilanaban ante nada ni nadie.
Durante el periodo pasado en reserva, Zakabluka había manifestado interés por la agricultura y, principalmente, por la ganadería y la avicultura. Se ocupaba también de la preparación de conservas de frutas y hortalizas: hacía licor de frambuesa, salaba y secaba las setas. Sus comidas eran célebres y a los comandantes de otros regimientos les gustaba ir a verle en sus horas libres a bordo de sus U2 para tomar un tentempié y echar un trago. Pero el mayor no ofrecía su hospitalidad a cambio de nada.
Berman conocía otra peculiaridad de Zakabluka que hacía que su relación con él fuera particularmente difícil: el circunspecto, precavido y taimado Zakabluka era a la vez un temerario que cuando tenía algo entre ceja y ceja se lanzaba de cabeza, sin importarle que le fuera la vida en ello.
—Luchar contra los jefes es inútil, como mear de cara al viento —decía a Berman, y de pronto cometía un acto insensato en contra de sus intereses, tanto que desorientaba por completo al comisario.
Cuando los dos se encontraban de buen humor, conversaban, se guiñaban el ojo y se daban palmaditas en la espalda o sobre el estómago.
—Nuestro comisario es un hombre inteligente —decía Zakabluka.
—Y es fuerte nuestro heroico mayor —decía Berman.
A Zakabluka no le gustaba el comisario por su carácter melifluo, la diligencia con que insertaba en sus informes cada palabra imprudente; se mofaba de la debilidad de Berman por las chicas bonitas, su pasión por el pollo cocido («deme el muslito», pedía), y su indiferencia por el vodka; reprobaba su falta de interés hacia las condiciones de vida de los demás pero también la habilidad con que creaba condiciones satisfactorias para su propia comodidad. De Berman apreciaba su inteligencia, su disposición para entrar en conflicto con los superiores por el bien de la causa y el coraje (a veces parecía que el propio Berman no se daba cuenta de lo fácil que era perder la vida).
Y ahí estaban aquellos dos hombres, a punto de conducir al campo de batalla a un escuadrón de cazas, y mirándose de soslayo mientras escuchaban el informe de Solomatin.
—Debo decir con franqueza, camarada comisario del batallón, que ha sido culpa mía si Korol ha infringido la disciplina. Me he burlado de él y él ha soportado mis pullas, pero al final ha perdido la paciencia.
—¿Qué le ha dicho usted? Transmítaselo al comisario del regimiento —interrumpió Zakabluka.
—Los chicos estaban intentando adivinar el destino del escuadrón, a qué frente nos enviarían, y yo le he dicho a Korol: «Tú seguro que quieres ir a tu capital, a Berdíchev».
Los pilotos observaban a Berman.
—No lo entiendo. ¿De qué capital habla? —preguntó Berman, pero de repente lo comprendió.
Berman se quedó desconcertado y todo el mundo se dio cuenta, especialmente el mayor, que se sorprendió de que eso le ocurriera a un hombre tan afilado como una cuchilla de afeitar. Pero lo que siguió a continuación fue todavía más asombroso.
—Bueno, ¿y qué más da? —dijo Berman—. ¿Y si usted, Korol, le hubiera preguntado a Solomatin, que, como todos sabemos, nació en el pueblo de Dórojovo en el distrito de Novo-Ruzski, si le apetece luchar sobre Dórojovo? ¿Debería haberle respondido con un puñetazo en la cara? Me sorprende encontrar la mentalidad del shtetl en un miembro del Komsomol[37].
Acababa de pronunciar unas palabras que ejercían, inevitablemente, cierto poder hipnótico sobre los hombres. Todos comprendían que Solomatin quería ofender a Korol y lo había logrado, pero Berman explicaba convencido que Korol no se había liberado de los prejuicios nacionalistas y que su conducta manifestaba desprecio respecto a la amistad entre los pueblos. Korol no debía olvidar que eran precisamente los fascistas los que se servían de prejuicios nacionalistas.
Todo lo que decía Berman era por sí mismo verdadero y justo. La Revolución y la democracia habían engendrado las ideas sobre las que ahora hablaba con voz emocionada. Pero en aquel instante, la fuerza de Berman residía en que más que servir a un ideal se servía de él, subordinándolo a sus necesidades, que ahora eran cuestionadas.
—¿Lo ven, camaradas? —continuó el comisario Berman—. Allí donde no hay claridad de ideas, tampoco hay disciplina. Esto explica el modo en que ha actuado hoy Korol.
Meditó unos instantes y añadió:
—El acto indecente de Korol, su actitud, es indigna de un soviético.
Por supuesto, Zakabluka no podía ya inmiscuirse. Berman había transformado la falta de Korol en una cuestión política, y Zakabluka sabía que ningún comandante en activo podía permitirse una intromisión en la acción de los órganos políticos.
—Así son las cosas, camaradas —dijo Berman, y después de una pequeña pausa para enfatizar sus palabras, concluyó—: el primer responsable de este acto indecente es el culpable directo, pero también lo soy yo, comisario de este escuadrón, ya que no he sabido ayudar al piloto Korol a dominar su repugnante residuo nacionalista. Es una cuestión más seria de lo que me parecía al principio; por eso no castigaré ahora a Korol por su infracción disciplinaria. Asumiré el compromiso de reeducar al suboficial Korol.
Todos se movieron y se acomodaron mejor en sus asientos al percatarse de que el asunto había concluido.
Korol miró fijamente a Berman. Algo en su mirada hizo que Berman se estremeciera, moviera bruscamente los hombros y se fuera.
Por la noche, Solomatin le dijo a Víktorov:
—Ves, Lenia, son siempre así: el uno por el otro, ni visto ni oído. Si este incidente te hubiera pasado a ti o a Vania Skotnoi, ten la certeza de que Berman os habría enviado a un batallón disciplinario.
38
Aquella noche, en lugar de irse a dormir, los pilotos se tumbaron sobre los catres de los refugios a fumar y charlar. Skotnoi, que había tenido una ración de vodka de despedida durante la cena, cantaba:
El avión entra en barrena.
Ruge, contra el regazo de la tierra va a estrellarse.
No llores, querida, tranquila.
Olvídame para siempre.
Velikánov no pudo contenerse: se fue de la lengua y todos supieron que el regimiento estaba a punto de ser enviado cerca de Stalingrado.
La luna se había alzado sobre el bosque, y su mancha inquieta iluminaba los árboles. El pueblo que se encontraba a dos kilómetros del aeródromo parecía inmerso en la ceniza, oscuro, silencioso. Los pilotos que estaban sentados junto a la entrada del refugio contemplaban el mundo maravilloso de la Tierra. Víktorov miraba las tenues sombras que la luna proyectaba sobre las alas y las colas de los Yak y empezó a acompañar en voz baja al cantante:
Nos sacarán fuera del avión,
la carcasa agarrada entre los brazos.
Alto en el cielo se elevarán los cazas
para acompañarnos en el último vuelo.
Y los que estaban echados sobre los catres seguían conversando. En la penumbra no podían distinguirse las caras de quienes hablaban, aunque se reconocían perfectamente por la voz. Sin necesidad de llamarse por el nombre, respondían y hacían preguntas.
—Fue Demídov el que pidió que lo destinaran en misión. ¿Te acuerdas? Si no volaba, adelgazaba.
—¿Te acuerdas de cuando escoltábamos a unos Petliakov cerca de Rzhev? Ocho Messer se le lanzaron en picado y él no rehuyó el combate, resistió durante diecisiete minutos.
—Sí, no estaría mal sustituir nuestros cazas por unos Junkers.
—Siempre cantaba mientras volaba. No pasa un día sin que me acuerde de sus canciones. Cantaba también las canciones de Vertinski.
—¡Era un hombre culto el moscovita!
—Sí, ése en el aire no te dejaba plantado. Siempre miraba por los que se quedaban detrás.
—Tú no tuviste tiempo de conocerlo.
—Claro que sí. Dime cómo vuelas y te diré qué clase de compañero eres.
Skotnoi acabó de cantar otra estrofa y todos se callaron a la espera de que continuara. Pero Skotnoi no entonó otra canción. Repitió, en cambio, un proverbio muy conocido entre los aviadores que comparaba la vida de un piloto de caza con la camiseta de un niño[38].
Después la conversación giró en torno a los alemanes.
—Lo mismo pasa con ellos, enseguida se les ve el plumero. Puedes decir si se trata de un buen piloto o si va en busca de novatos o rezagados.
—En general, no suelen tener parejas fuertes.
—No pondría la mano en el fuego.
—El boche le hinca los dientes al que está herido, pero escapa veloz si estás activo.
—Uno a uno. Yo también he derribado uno así.
—No te ofendas, pero yo no otorgaría una condecoración por abatir un Junkers.
—Un tarán[39]: así es la naturaleza rusa.
—¿Por qué me iba a ofender? Ahora no me puedes quitar la medalla.
—A propósito del tarán, hace mucho tiempo que acaricio un sueño… ¡Golpear el avión enemigo con mi hélice y no se hable más!
—El tarán, sí, el tarán. Aproximarse por la cola. Derribarlo, aplastarlo, confundirlo con el humo, el gas.
—Me gustaría saber si el comandante se va a llevar la vaca y las gallinas en el Douglas.
—Ya las han matado, las están conservando en salazón.
Alguien dijo arrastrando las palabras, pensativo:
—Ahora mismo me sentiría cohibido llevando a una chica a un buen club; he perdido la costumbre.
—Solomatin no lo estaría.
—¿Tienes envidia, Lenia?
—Envidio el hecho, no el objeto.
—Claro. Fiel hasta la tumba.
Luego todos se pusieron a recordar la batalla de Rzhev, la última antes de entrar en reserva, cuando siete cazas se encontraron con un nutrido número de Junkers prestos a bombardear acompañados de unos Messer. Cada piloto elogiaba sus propias hazañas, pero en realidad comentaban lo que habían conseguido juntos.
—Estaban en el fondo del bosque, pero en cuanto alzaron el vuelo fueron inconfundibles. ¡Volaban en tres filas! Reconocí enseguida la silueta de los Ju-87, con las patas prominentes y el morro amarillo. Bueno, pensé para mí, la cosa va a estar movidita.
—Al principio pensé que eran disparos de la artillería antiaérea.
—Hay que reconocer que el sol estaba de nuestra parte. Me puse de espaldas al sol, y abajo, de cabeza. Iba a la izquierda, pero de repente el alemán se me pone a una treintena de metros… Me tambaleé, pero no pasó nada: ¡el avión obedecía perfectamente! Me lancé contra el Junkers abriendo fuego con toda la artillería, empezó a echar humo, y en ésas, un Messer con el morro amarillo y largo como un lucio gira hacia mí. Pero ya era demasiado tarde para él. Vi la luz azul de las balas trazadoras.
—Y yo vi las mías que dieron en el blanco sobre las alas negras.
—Te lo pasaste en grande.
—De pequeño siempre estaba lanzando la corneta, y mi padre me sacudía de lo lindo. Luego, cuando trabajaba en la fábrica, nada más acabar la jornada me iba andando al club de aviación, siete kilómetros de ida y siete de vuelta. Estaba molido, pero nunca me salté una clase.
—Escucha esto. Me habían quemado el depósito de aceite y los tubos de la gasolina. La carlinga era un horno, todo echaba humo. Y en ese momento un alemán me da un golpe en el ala, las gafas se me rompieron, los cristales se hicieron añicos, tenía los ojos llenos de lágrimas. Me lanzo en picado contra él para devolverle la cortesía. Solomatin me cubre. Mi avión estaba en llamas, pero no tenía miedo, había perdido el sentido del tiempo. No sé cómo, pero logré aterrizar. Y yo no me quemé, sólo mis botas y el avión.
—Yo parece como si lo estuviera viendo ahora mismo —añadió otra voz—: Estaban a punto de abatir a nuestro compañero. Hago todavía dos virajes y él con un gesto me dice que me vaya. Yo no iba en pareja y me lanzaba contra los Messer para echar una mano a quien lo necesitara.
—Una vez me llevé una buena, me acribillaron como a una vieja perdiz.
—Doce veces me lancé a por el alemán. Al final conseguí tocarlo. Lo vi sacudir la cabeza y supe que era mi oportunidad. Lo derribé con mi cañón a veinticinco metros de distancia.
—Sí, en general, a los alemanes no les gusta combatir en un plano horizontal; prefieren el plano vertical.
—¡Eso es un despropósito!
—¿Qué?
—¡Todo el mundo lo sabe, incluso las chicas del pueblo! Los alemanes tratan de evitar los giros bruscos.
Todos se callaron; al cabo de un rato alguien dijo:
—Partiremos mañana en cuanto amanezca. Demídov se quedará aquí solo.
—Bueno, amigos, cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero yo me voy al pueblo, a dar una vuelta.
—¿Una visita de despedida? Claro, vamos.
En medio de la noche, todo —el río, el campo, el bosque— estaba tan tranquilo y maravilloso como si en el mundo no existiera ni el odio, ni las traiciones, ni la vejez, sólo el amor correspondido. Las nubes flotaban sobre la luna, que a su vez caminaba sobre el velo que envolvía la Tierra. Sólo unos pocos pasaron aquella noche en el refugio. En los linderos del bosque, cerca de las vallas, refulgían los pañuelos blancos y estallaban risas felices. En el silencio un árbol se estremecía, asustado por un sueño nocturno, y de vez en cuando el río bisbiseaba un rumor incomprensible y enseguida volvía a correr en silencio.
Llegó la hora amarga para el amor: la hora de la despedida, la hora del destino. El que llora olvidará al día siguiente; a otra pareja los separará la muerte, para algunos el destino decretará un nuevo encuentro: la fidelidad.
Nació un nuevo día. Los motores se pusieron a rugir, el viento de las hélices aplastó la hierba estropeada y miles de gotas microscópicas temblaron al sol… Los aviones militares, uno detrás del otro, se alzaban a aquella altura azul, elevando en el cielo cañones y ametralladoras. Daban vueltas, esperaban a sus compañeros, se ponían en formación…
Todo lo que aquella noche había parecido tan inmenso desaparecía en el cielo azul…
Ahora las casas grises parecían cajitas con sus huertitos rectangulares, que se deslizaban, desaparecían bajo el ala del avión… Ya no se veía el sendero cubierto por la hierba, no se veía la tumba de Demídov… ¡En marcha! Y todo el bosque se estremecía, se desvanecía definitivamente bajo las alas del avión.
—¡Buenos días, Vera! —dice Víktorov.