Vida y destino
PRIMERA PARTE » 58
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A las cinco de la madrugada los guardias de turno despertaron a los detenidos. Todavía era noche cerrada y los barracones estaban iluminados por esa luz despiadada que hay en las prisiones, las estaciones ferroviarias y las salas de admisión de los hospitales.
Miles de hombres, tosiendo y escupiendo se ponían los pantalones forrados y sus zapatos, se rascaban los costados, el cuello, la barriga.
Cuando los que dormían en las literas de arriba daban con los pies en la cabeza a los que estaban vistiéndose abajo, notaban que éstos les apartaban los pies sin mediar una palabra; o bien, los de abajo, apartaban en silencio la cabeza.
Había algo profundamente antinatural en aquel despertar nocturno de una enorme masa de prisioneros, el ajetreo de cabezas y espaldas en medio del espeso humo de la majorka[40], la luz eléctrica inflamada. Alrededor había cientos de kilómetros cuadrados de raiga rígidos sumidos en un silencio gélido, mientras el campo estaba atestado de gente, lleno de movimiento, humo, luz.
Durante la primera mitad de la noche había nevado sin interrupción, los montones de nieve bloqueaban las puertas de los barracones y habían inundado el camino que conducía a la mina…
Las sirenas ulularon lentamente y tal vez en alguna parte de la taiga los lobos aullaron en respuesta a aquellas voces potentes y siniestras. En el campo los mastines ladraban roncamente mientras retumbaba el ruido sordo de los tractores afanándose en despejar de nieve los caminos hacia las minas y los guardias se intercambiaban voces.
La nieve seca, iluminada por los proyectores, brillaba blanda y suave. En el inmenso campo, bajo los ladridos incesantes de los perros, empezó el control. Las voces afónicas de los guardas sonaban exasperadas… Y he aquí que un río humano, a punto de desbordarse por el abundante caudal, fluye en dirección a los pozos de mina. El suelo cruje bajo las botas de piel y fieltro. Abriendo desmesuradamente su único ojo, la torre del puesto de vigilancia mira con atención…
Entretanto las sirenas del norte continuaban aullando, ahora próximas ahora lejanas, entonando una monótona sinfonía, como una orquesta formada por varias bandas, que se extendía por la tierra helada de Krasnoyarsk, la República Autónoma de los Komi, sobre Magadán, sobre Soviétskaya Gavan, sobre las nieves de Kolymá, sobre la tundra de la Chukotka, sobre los campos al norte de Murmansk y el Kazajstán del Norte…
Acompañados del sonido de las sirenas y los golpes rítmicos de una palanca contra un segmento de riel colgado de un palo, los hombres marchaban a extraer el potasio de Solikamsk, el cobre de Rídder y de los ríos del lago Baljash, el plomo y el níquel de Kolymá, el carbón de Kuznetsk y Sajalín. Marchaban los constructores de la vía férrea que discurría sobre el hielo eterno a lo largo de la orilla del océano glacial; otros limpiaban los caminos a través de la tundra de Kolymá; un grupo partía a talar el bosque de Siberia, los Urales del Norte, las regiones de Murmansk y Arjanguelsk…
En aquella hora nocturna llena de nieve comenzaba la jornada en los lagpunkts[41] de la taiga y en toda la extensión del enorme sistema de campos del Dalstrói[42].
40
Aquella noche el zek[43] Abarchuk fue presa de un ataque de angustia. No era la doliente angustia habitual del campo, sino una fiebre ardiente como la malaria, una angustia que te empuja a gritar, salirte del catre, darte puñetazos en el cráneo.
Por la mañana, mientras los prisioneros se preparaban para ir al trabajo a toda prisa, y a la vez a regañadientes, el vecino patilargo de Abarchuk, el capataz de gas Neumolímov, que había sido comandante de una brigada de caballería durante la guerra civil, le preguntó:
—¿Por qué te movías tanto esta noche? ¿Soñabas con una mujer? Te reías incluso.
—Tú sólo piensas en eso —respondió Abarchuk.
—Pues yo pensaba que llorabas durmiendo —dijo el pridurok[44] Monidze, el segundo vecino de litera de Abarchuk, ex miembro del presídium de la Internacional de la Juventud Comunista— y quería despertarte.
Un tercer amigo de Abarchuk, el auxiliar médico Abraham Rubin, no se había dado cuenta de nada y mientras salían a la oscuridad helada, dijo:
—¿Sabes qué? Esta noche he soñado que Nikolái Ivánovich Bujarin, vivo y alegre, venía a visitarnos al Instituto de Profesores Rojos y se había armado una escandalera a propósito de la teoría de Enchmen.
Abarchuk se puso a trabajar en el almacén de herramientas. Su ayudante, un tal Bárjatov, que tiempo atrás había degollado a una familia de seis miembros para robarles, estaba encendiendo la estufa con un trozo de leña de cedro y desechos de serrería; Abarchuk ordenaba las herramientas dispersas por las cajas. Le parecía que la punta afilada de las limas y los buriles, impregnados de un frío abrasador, expresaba la sensación que había experimentado durante la noche.
Aquel día no se diferenciaba en nada de los anteriores. Por la mañana el contable había enviado a Abarchuk los pedidos de herramientas que les habían formulado de campos lejanos, ya aprobados por el departamento técnico. Ahora tenía que sacar el material y las herramientas correspondientes, embalarlo en cajas, cumplimentar el inventario adjunto. Algunos envíos estaban incompletos y había que redactar unos certificados especiales.
Como de costumbre Bárjatov no hacía nada y obligarle a trabajar era imposible. Cuando llegaba al almacén sólo se ocupaba de cuestiones de alimentación, y aquel día, desde primera hora de la mañana, se había puesto a hervir en la olla una sopa de patatas y hojas de col. Un profesor de latín del Instituto Farmacéutico de Járkov, ahora recadero en la primera sección, se escapó para hacer una visita a Bárjatov; con los dedos rojos y temblorosos volcó sobre la mesa algunos granos de mijo sucios. Bárjatov le chantajeaba por algún asunto.
Por la tarde, la sección de finanzas llamó a Abarchuk: en sus cuentas no cuadraban los números. El subjefe de la sección le gritó, lo amenazó con mandar un informe a su superior y estas amenazas le provocaron náuseas. Solo, sin ayuda, no lograba sacar adelante todo el trabajo, pero al mismo tiempo no se atrevía a quejarse de Bárjatov. Estaba cansado, tenía miedo de perder el puesto de almacenero e ir a parar de nuevo a la mina o a la tala de árboles. El pelo se le había vuelto cano, había perdido la fuerza… Ése era el motivo de su ataque de angustia: su vida se le había ido bajo el hielo siberiano.
A su regreso de la sección de finanzas Bárjatov dormía con la cabeza apoyada sobre unas botas de fieltro que, al parecer, le había traído uno de los delincuentes comunes; al lado de la cabeza estaba la cacerola vacía y en la mejilla tenía pegado el mijo del botín.
Abarchuk sabía que a veces Bárjatov se llevaba herramientas del almacén y, por tanto, era posible que las botas fueran fruto de una operación de intercambio de material del almacén. En una ocasión que Abarchuk advirtió la falta de tres limas le dijo:
—¡Robar en la Gran Guerra Patria el escaso metal! Debería darte vergüenza…
Y Bárjatov le había replicado:
—Tú, piojo, cierra el pico, ¡si no, verás!
Abarchuk no se atrevió a despertar a Bárjatov directamente; en su lugar se puso a hacer ruido, a ordenar sierras de cinta, tosió, dejó caer un martillo. Bárjatov se despertó y le siguió con la mirada, una mirada tranquila y despreocupada.
Después dijo en voz baja:
—Un chico del convoy de ayer me contó que hay campos peores que éste. Los zeks llevan cadenas y medio cráneo afeitado. Sin nombre, sólo un número cosido sobre el pecho, sobre las rodillas, y en la espalda un as de diamantes.
—Patrañas —replicó Abarchuk.
Bárjatov siguió con voz soñadora:
—Habría que enviar allí a todos los políticos fascistas —anunció—. Y a ti, carroña, el primero, así no volverías a despertarme.
—Disculpe, ciudadano Bárjatov, si he interrumpido vuestro reposo —dijo Abarchuk.
Generalmente temía a Bárjatov, pero esta vez no lograba controlar su rabia.
A la hora del relevo llegó Neumolímov, negro del polvo de carbón.
—Bueno, ¿cómo va la emulación?[45] —preguntó Abarchuk—. ¿El pueblo participa?
—Poco a poco. Que el carbón es necesario para el frente es algo que todos comprenden. Hoy nos han llegado carteles de la sección cultural y educativa[46] «Ayudemos a la patria superando la cuota de trabajo fijado».
Abarchuk suspiró.
—¿Sabes qué? Alguien debería escribir un tratado sobre los tipos de angustia en los campos. Una te oprime, otra te agobia, la tercera te ahoga, no te deja respirar. Y hay una especial, una que ni te ahoga ni te oprime ni te agobia, sino que desgarra al hombre por dentro, como un monstruo de las profundidades del mar que de repente sale a la superficie.
Neumolímov dibujó una sonrisa triste, pero los dientes no le brillaron, los tenía todos estropeados y se confundían con el color del carbón.
Bárjatov se acercó a ellos y Abarchuk, volviéndose, le dijo:
—Andas siempre con tanto sigilo que haces que me sobresalte: te encuentro a mi lado cuando menos me lo espero.
Bárjatov, un hombre que nunca sonreía, dijo con aire serio:
—¿Tienes algo en contra de que haga una incursión al almacén de víveres?
Cuando se fue, Abarchuk le confió a su amigo:
—Esta noche me acordé del hijo que tuve con mi primera mujer. Lo más probable es que haya partido al frente.
Luego se inclinó hacia Neumolímov y siguió:
—Me gustaría que el chico se convirtiera en un buen comunista. Me imaginaba que me encontraba con él y le decía: «Recuerda, el destino de tu padre no importa, es una tontería, pero la causa del Partido es sagrada. ¡La ley suprema de nuestro tiempo!».
—¿Lleva tu apellido?
—No —respondió Abarchuk—, pensaba que se convertiría en un pequeñoburgués.
Por la noche y también la noche del día antes había pensado en Liudmila. Deseaba verla. Buscaba en los trozos de periódicos moscovitas esperando leer de repente: «Teniente Anatoli Abarchuk». Entonces comprendería que el hijo había querido llevar el apellido de su padre.
Por primera vez en su vida tenía ganas de que alguien lo compadeciera; se imaginaba acercándose al hijo, la respiración entrecortada, y se señalaría el cuello con la mano: «No puedo hablar».
Tolia le abrazaría y él apoyaría la cabeza sobre su pecho y rompería a llorar sin avergonzarse, con amargura, con tanta amargura… Permanecerían así mucho tiempo, el uno frente al otro, el hijo una cabeza más alto que el padre…
Tolia probablemente siempre estaría pensando en su padre. Habría buscado a sus viejos camaradas, quienes le habrían contado cómo su padre había luchado por la Revolución. Tolia le diría: «Papá, papá, el pelo se te ha puesto todo blanco, qué cuello tan delgado, arrugado… Has combatido todos estos años, has librado una batalla solo, una batalla enorme».
En el curso de la instrucción le dieron tres días seguidos comida salada, sin darle de beber; le pegaron.
Al final comprendió que lo que querían no era tanto obligarlo a firmar una declaración de sabotaje o espionaje, ni inducirlo a acusar a otras personas. Lo que se proponían, sobre todo, era instalar en él la duda sobre la justicia de la causa a la que él había consagrado toda su vida. Durante la instrucción llegó a pensar que había caído en manos de unos bandidos, y que tal vez bastaría obtener una entrevista con el jefe del departamento para descubrir el pastel y que detuvieran a aquel juez instructor criminal que en realidad era un malhechor.
Sin embargo, con el paso del tiempo se había dado cuenta de que no se trataba sólo de algunos sádicos.
Había aprendido las leyes que regían los trenes y barcos de prisioneros. Había visto cómo los presos comunes se jugaban a las cartas no sólo los bienes ajenos sino las vidas ajenas. Había sido testigo de lamentables depravaciones y traiciones, y visto la India[47] criminal, histérica, sanguinaria, vengativa e increíblemente cruel. Vio riñas terribles entre los perros, los que aceptaban trabajar, y los ladrones honrados[48], los ortodoxos que se negaban a trabajar.
Solía decir: «No meten a alguien en prisión por nada». Creía que sólo un grupo reducido, él incluido, había ido a parar allí por error, pero que los demás, la inmensa mayoría, habían sido encarcelados justificadamente: la espada de la justicia castigaba a los enemigos de la Revolución.
Vio el servilismo, la deslealtad, la sumisión, la crueldad… Las definía como taras congénitas del capitalismo y consideraba que sólo podía encontrarlas en hombres del antiguo régimen, los oficiales blancos, los kulaks, los nacionalistas burgueses.
Su fe era firme, su fidelidad al Partido, inquebrantable. Justo cuando estaba a punto de marcharse, Neumolímov exclamó:
Casi me olvido, alguien ha preguntado hoy por ti.
—¿Quién?
—Uno del convoy que llegó ayer. Los han repartido para el trabajo. Ha preguntado por ti y yo le he dicho: «Lo conozco por casualidad, y por casualidad hace cuatro años que dormimos uno al lado del otro en la tarima». Me dijo su nombre, pero lo he olvidado.
—¿Cómo era? —preguntó Abarchuk.
—Bueno… Debilucho, con una cicatriz en la sien.
—Ay —gritó Abarchuk—, ¿no será Magar?
—Sí, eso es.
—Es mi camarada, mayor que yo, mi maestro, ¡el que me metió en el Partido! ¿Qué te preguntó? ¿Qué dijo?
—Lo de costumbre: qué pena te había caído. Le respondí: «Habían pedido cinco, pero le dieron diez». Le dije que habías comenzado a toser y que pronto serías liberado.
Sin escucharlo, Abarchuk repetía:
—Magar, Magar… Durante un tiempo trabajó en la Cheká. Era un hombre fuera de lo normal, ¿sabes?, un tipo especial. A un camarada le hubiera dado todo, en invierno te habría dado su abrigo, su último trozo de pan. Y era inteligente, un hombre instruido. Y un proletario de pura cepa, hijo de un pescador de Kerch.
Abarchuk se giró y se inclinó hacia Neumolímov:
—¿Te acuerdas? Dijimos que los comunistas del campo deberíamos fundar una organización, ser útiles al Partido, y Abrashka Rubin preguntó: «¿Quién sería el secretario?». Pues ya lo tenemos.
—Yo te voto a ti. A él no le conozco. Y luego, ¿dónde lo buscas? Han salido diez coches cargados de gente para diferentes campos y probablemente se lo han llevado.
—No importa, lo encontraremos. Ah, Magar, Magar. ¿Así que preguntaba por mí?
—Por poco me olvido para qué había venido —dijo Neumolímov—. Dame una hoja de papel. ¡Vaya memoria que tengo!
—¿Una carta?
—No, voy a dirigir una petición a Semión Budionni para que me envíen al frente.
—No te enviarán.
—Semia se acuerda de mí.
—El ejército no admite en sus filas a los prisioneros políticos. Lo que puedes hacer es ayudar a incrementar nuestra producción de carbón. Los soldados nos lo agradecerán.
—Quiero combatir.
—Budionni no puede ayudarte. Yo he escrito al propio Stalin.
—¿Que Budionni no puede ayudarme? ¡Debes de estar bromeando! ¿Es que no quieres darme papel? No te lo pediría si me lo hubieran dado en la sección de educación y cultura, pero no me lo dan. He superado mi cupo.
—De acuerdo. Te daré una hoja —respondió Abarchuk.
Le quedaba algo de papel guardado del que no tenía que rendir cuentas. En la sección de educación y cultura llevaban la cuenta del papel y había que justificar el empleo que de él se hacía.
Aquella noche, en el barracón, la vida seguía su curso habitual.
El viejo caballero de la guardia real, Tungúsov, parpadeaba repetidamente mientras contaba una interminable historia novelada: los delincuentes comunes le escuchaban con atención, se rascaban y asentían con gesto de aprobación. Tungúsov tejía una historia rocambolesca y complicada, insertando nombres de bailarinas famosas, el famoso Lawrence de Arabia, aventuras extraídas de Los tres mosqueteros y viajes del Nautilus, de Jules Verne.
—Espera, espera —lo interrumpió uno de los oyentes—. ¿Lomo que ha atravesado la frontera de Persia? ¡Ayer dijiste que la habían envenenado!
Tungúsov se calló, miró con dulzura a su crítico y después reanudó su relato con soltura:
—Nadin estaba muy grave pero consiguió recuperarse. Los esfuerzos de un médico tibetano, que le vertió entre los labios entreabiertos unas gotas de una preciosa infusión hecha con hierbas azules de altas montañas, le restituyeron a la vida. Por la mañana ya era capaz de moverse por su habitación sin ayuda. Recuperó las fuerzas.
La explicación satisfizo al auditorio.
—Comprendido, sigue entonces —le dijeron.
En un rincón al que llamaban el «sector koljosiano» todos reían mientras escuchaban al viejo Gasiuchenko, a quien los alemanes habían nombrado jefe de un pueblo, recitar cancioncillas obscenas con voz cantarina…
Un periodista y escritor de Moscú, aquejado de una hernia, un hombre bueno, inteligente y tímido, masticaba lentamente un trozo de pan blanco que había recibido el día antes en un paquete enviado por su mujer. Evidentemente el gusto y el crujido del mendrugo le recordaban la vida pasada y las lágrimas asomaban a sus ojos.
Neumolímov discutía con un tanquista que cumplía pena en el campo por violación y asesinato. El soldado amenizaba a los oyentes burlándose de la caballería mientras Neumolímov, pálido de odio, le espetaba:
—¿Sabes lo que hicimos con nuestras espadas en 1920?
—Sí, degollabais gallinas robadas. Un solo tanque KV podría haber acabado con vuestro primer Ejército de Caballería entero. No se puede comparar la guerra civil con ésta, mundial.
El joven ladrón Kolka Ugárov la había tomado con Rubin y trataba de convencerle de que le cambiara sus zapatos por unas zapatillas rotas con la suela desgastada.
Rubin, oliéndose el peligro, bostezaba nervioso, volviéndose hacia sus vecinos en busca de un apoyo.
—Escucha, judío —dijo Kolka, parecido a un gato salvaje de ojos claros—, escucha, carroña, ten cuidado, me estás poniendo los nervios de punta.
Luego Ugárov dijo:
—¿Por qué no me has firmado el papel para librarme del trabajo?
—No tenía derecho. No estás enfermo.
—Entonces ¿no lo firmarás?
—Kolia, amigo, te aseguro que lo haría, pero no puedo.
—En definitiva, no lo harás.
—Pero entiéndelo. Es que piensas que si pudiera…
—Está bien. No hay más que hablar.
—No, espera, intenta comprenderme…
—Lo he comprendido, ahora comprenderás tú.
Shtedding, un sueco rusificado —se decía que en realidad era un espía—, levantó por un momento los ojos del cuadro que estaba pintando sobre un trocito de cartón que le habían dado en la sección de educación y cultura, miró a Ugárov, a Rubin, sacudió la cabeza y volvió de nuevo a su cuadro titulado Madre taiga. Shtedding no temía a los delincuentes comunes que, por alguna razón, no le tocaban.
Cuando Ugárov se alejó, Shtedding dijo a Rubin:
—No eres prudente, Abraham Yefímovich.
Tampoco temía a los comunes el bielorruso Konashévich que antes del arresto había sido mecánico de aviación en el Extremo Oriente y había conquistado, en la flota del Pacífico, el título de campeón de boxeo de peso medio. Era respetado por los comunes pero ni una vez salía en defensa de aquellos que los ladrones maltrataban.
Abarchuk atravesó con pasos lentos el estrecho pasillo que había entre las tarimas dispuestas en dos niveles, y de nuevo se apoderó de él la angustia. El extremo más lejano del barracón, de cien metros de largo, estaba sumergido en una niebla de majorka y cada vez tenía la impresión de que, llegado al horizonte del barracón, vería algo nuevo; sin embargo el espectáculo siempre era el mismo: el muro donde, bajo los lavaderos en forma de canalones de madera por los que discurría el agua, los reclusos lavaban sus peales, los escobones apoyados contra la pared estucada, los cubos pintados, los colchones sobre las tarimas rellenos de virutas que perdían a través de la arpillera, el ruido monótono de las conversaciones, las caras demacradas de los presos, todos del mismo color.
La mayoría de los zeks, en espera del toque de silencio, se sentaban en las tarimas, hablaban de la sopa, de mujeres, de la deshonestidad del encargado de cortar el pan, del destino de sus cartas a Stalin y las peticiones a la fiscalía de la Unión Soviética, de las nuevas normas concernientes a la extracción y el transporte de carbón, del frío de hoy, del frío de mañana.
Abarchuk caminaba despacio escuchando fragmentos de conversación. Le parecía que la misma conversación interminable se prolongaba hacía años entre millones de hombres durante las etapas de los convoyes, en los barracones de los campos: los jóvenes hablaban de mujeres, los viejos de comida. Pero era especialmente desagradable oír a los viejos hablar con concupiscencia de mujeres y a los jóvenes de las sabrosas comidas que habían disfrutado antes del campo.
Abarchuk se apresuró al pasar delante del catre donde estaba sentado Gasiuchenko: un hombre viejo, a cuya mujer sus hijos y nietos llamaban «mamá» y «abuela», que soltaba unas impudicias que infundían miedo.
Sólo deseaba que llegara pronto el toque de silencio, el momento de tumbarse en el catre, enrollarse la cabeza con el chaquetón, no ver, no oír.
Abarchuk miró hacia la puerta: en cualquier momento podía entrar Magar. Abarchuk convencería al jefe de dormitorio para que le asignara un lugar a su lado, y por las noches conversarían abiertamente, con sinceridad: eran dos comunistas, maestro y discípulo, dos miembros del Partido.
En los catres donde estaban situados los amos del barracón, es decir Perekrest —el jefe de la brigada de los comunes en la mina—, Bárjatov y el jefe de dormitorio Zarókov, se había organizado un pequeño banquete. El lacayo de Perekrest, el planificador Zheliábov, había extendido una toalla sobre una mesita y estaba colocando encima tocino, arenques, dulces de miel: el tributo que Perekrest percibía de los que trabajaban en su brigada.
Abarchuk pasó delante de los catres de los amos sintiendo que el corazón se le encogía: tal vez lo invitaran, le pedirían que se sentara con ellos. ¡Tenía tantas ganas de algo apetitoso! ¡El canalla de Bárjatov! Pensar que hacía y deshacía a su antojo en el almacén… Abarchuk sabía que robaba clavos, había hurtado tres limas, pero no había dicho ni una palabra a los guardias. Al menos, Bárjatov habría podido llamarle, decirle: «¡Eh, jefe, siéntate con nosotros!». Y, despreciándose, Abarchuk sintió que no eran sólo las ganas de comer, sino otro sentimiento el que le agitaba, un sentimiento infame, bajo, propio del campo: entrar en el círculo de los fuertes, hablar de igual a igual con Perekrest, que hacía temblar a todo el grandioso campo.
Y Abarchuk pensó de sí mismo: «carroña». Y de Bárjatov inmediatamente después: «carroña».
A él no le invitaron, pero sí a Neumolímov y, sonriendo con los dientes marrones, el comandante de la brigada, condecorado con dos órdenes de la Bandera Roja, se acercó a los catres. El hombre sonriente, que estaba a punto de sentarse a la mesa de los ladrones, veinte años antes había guiado en combate a los regimientos de caballería para instituir una comuna mundial… ¿Por qué le había hablado a Neumolímov de Tolia, la persona que más amaba en el mundo?
Aunque él también, a fin de cuentas, había luchado por la comuna y desde su despacho de Kuzbass hacía informes a Stalin… y ahora míralo ahí, emocionado por la esperanza de que lo llamaran, mientras pasaba al lado de la mesita cubierta con una sucia toalla bordada.
Abarchuk se acercó al catre de Monidze que estaba remendando un calcetín y dijo:
—¿Sabes qué pienso? No envidio a los que están en libertad. Tengo envidia de los que se encuentran en los campos de concentración alemanes. ¡Eso sí que está bien! ¡Ser prisionero y saber que los que te pegan son fascistas! Entre nosotros es lo más espantoso, lo más duro: son los nuestros, los nuestros, los nuestros, ¡estamos entre los nuestros!
Monidze levantó sus grandes ojos tristes y dijo:
—A mí hoy Perekrest me ha amenazado: «Tenlo presente, amigo, te daré un puñetazo en el cráneo, te denunciaré en el puesto de guardia, e incluso me estarán agradecidos, tú eres el último de los traidores».
—¡Y eso no es lo peor! —dijo Abrashka Rubin, sentado en el catre de al lado.
—Sí, sí —insistió Abarchuk—, ¿has visto qué contento estaba el comandante de la brigada cuando lo han llamado?
—Te duele que no te hayan llamado a ti, ¿verdad? —preguntó Rubin.
Abarchuk, con aquel odio particular que suscita un reproche o una sospecha justa, replicó:
—Ocúpate de tu alma, y no metas las narices en la mía.
Rubin cerró los ojos como hacen las gallinas.
—¿Yo? Si ni siquiera me atrevo a ofenderme. Estoy en la casta de los inferiores, soy un intocable. ¿Has oído mi conversación con Kolka hace un momento?
—No es eso, no es eso —esgrimió gesticulando Abarchuk.
Luego se levantó y se puso a caminar en dirección a la entrada, a lo largo del pasillo que separaba los catres, y de nuevo le llegaron las palabras de una conversación larga, interminable.
—… cada día borsch con carne de cerdo, incluso los festivos.
—¡Qué pechos! Increíble.
—Me gustan las cosas sencillas, cordero con gachas. ¿Quién necesita todas esas salsas vuestras…?
Regresó al catre de Monidze y durante un rato se sentó a escuchar.
Rubin decía:
—Al principio no comprendí por qué me dijo: «Te convertirás en un compositor». Se refería a un soplón. ¿Lo entiendes? el compositor escribe óperas; el soplón, al óper[49].
—Que se vaya al diablo —dijo Monidze, sin dejar de remendar—. Ser un chivato, eso es lo último.
—¿Cómo, ser un chivato? —se maravilló Abarchuk—, pero si eres comunista.
—Uno como tú —le replicó Monidze—, un ex.
—Yo no soy un ex —dijo Abarchuk—, y tú tampoco lo eres.
De nuevo Rubin le había hecho enfadarse expresando una sospecha justa, siempre más ofensiva y pesada que una injusta. Y le dijo:
—El comunismo no tiene nada que ver. Estoy harto de ese enjuague de maíz tres veces al día. No lo soporto más. Ése es un buen motivo para convertirse en un chivato. Y éste el inconveniente: no quiero que me ataquen durante la noche y me encuentren en la letrina a la mañana siguiente como a Orlov, con la cabeza dentro del agujero. ¿Has oído mi conversación con Ugárov?
—La cabeza hacia abajo, los pies hacia arriba —indicó Monidze, y se puso a reír, tal vez porque no había nada de lo que reírse.
—¿Qué crees? ¿Que me dejo guiar por el puro instinto de conservación? —preguntó Abarchuk y sintió un deseo histérico de dar un puñetazo a Rubin.
Se puso de pie y caminó por el barracón.
Desde luego estaba harto del brebaje de maíz. Hacía días que trataba de adivinar lo que les servirían de comer para el aniversario de la Revolución de Octubre: guisado de hortalizas, macarrones a la marinera, gratén…
Desde luego, muchas cosas dependían del óper y los caminos que llevaban a las cimas de la vida —por ejemplo, ser responsable del baño o de las raciones de pan— eran misteriosos y confusos. De hecho, él podría haber trabajado en el laboratorio, con bata blanca, a las órdenes de una directora asalariada que no tuviera nada que ver con los delincuentes; podía trabajar en la sección de planificación, dirigir una mina… Pero Rubin se equivocaba, Rubin quería humillar, Rubin te minaba las fuerzas, buscaba en el hombre lo que le aflora en el subconsciente. Rubin era un saboteador.
Durante toda su vida Abarchuk había sido implacable con los oportunistas, siempre había odiado a las personas con dos caras, a los elementos ajenos desde el punto de vista social.
Su fuerza espiritual, su fe, consistía en el derecho a juzgar. Había perdido la confianza en su mujer y la había abandonado. Creía que no sería capaz de hacer de su hijo un combatiente inquebrantable y se había negado a darle su nombre. Abarchuk estigmatizaba a los que dudaban, despreciaba a los llorones y a los escépticos que manifestaban debilidad. Condenaba a los técnicos que en el Kuzbass se dejaban llevar por la nostalgia de sus familias moscovitas. Había hecho que sentenciaran a cuarenta obreros socialmente ambiguos que habían abandonado la obra para volver a sus pueblos. Había repudiado a su padre burgués.
Era dulce ser inquebrantable. Juzgando a los otros afirmaba su propia fuerza interior, su ideal, su pureza. En aquello residía su consuelo y su fe. Nunca había eludido las movilizaciones del Partido. Había renunciado voluntariamente al salario máximo de los funcionarios del Partido. Para él la afirmación de sí mismo consistía en su propio sacrificio. Siempre llevaba la misma guerrera y las mismas botas cuando iba al trabajo, a las reuniones del Comisariado del Pueblo, al teatro, y también cuando el Partido lo había mandado a Yalta a curarse y paseaba por la orilla. Quería parecerse a Stalin.
Perdiendo el derecho a juzgar se perdía a sí mismo. Rubin se había dado cuenta. Casi cada día hacía alusiones a la debilidad, a la cobardía, a los deseos miserables que se infiltran en la mente concentracionaria.
Anteayer había dicho:
—Bárjatov abastece a la chusma de metal robado en el almacén, y nuestro Robespierre calla. Como reza la canción, también los polluelos quieren vivir…
Cuando Abarchuk estaba a punto de condenar a alguien y se sentía asimismo culpable, empezaba a vacilar, era presa de la desesperación, se hundía en la confusión.
Abarchuk se paró junto al catre donde el viejo príncipe Dolgoruki hablaba con Stepánov, un joven profesor del Instituto de Economía. En el campo Stepánov se comportaba con altivez, se negaba a levantarse cuando las autoridades entraban en el barracón, expresaba abiertamente sus opiniones antisoviéticas. Estaba orgulloso de que, a diferencia de la masa de detenidos políticos, él había sido condenado por una causa concreta: había escrito un artículo titulado «El Estado de Lenin y Stalin», y lo había dado a leer a los estudiantes. El tercero o el cuarto de sus lectores le denunció.
Dolgoruki había regresado a la Unión Soviética desde Suecia. Antes había vivido durante mucho tiempo en París, pero en un momento dado había sentido nostalgia por la patria. Una semana después de regresar lo arrestaron. En el campo rezaba, había trabado amistad con los miembros de las sectas religiosas y escribía poesía de carácter místico.
Ahora estaba leyendo sus versos a Stepánov.
Abarchuk escuchó con la espalda apoyada contra el poste que aguantaba las dos literas de catres. Dolgoruki, los ojos medio cerrados, leía con labios trémulos y agrietados. Y su voz baja era a su vez trémula, rota:
¿Acaso no fui yo el que eligió la hora, el lugar,
el año, la nación, el pueblo de mi nacimiento,
a fin de atravesar todos los bautismos y sufrimientos,
del agua, el fuego, la conciencia?
Caído en la boca de la bestia apocalíptica,
en lo podrido de su vientre inmundo,
continúo creyendo en el artífice
que en el principio puso cada cosa en el mundo.
Creo en la justicia de la fuerza suprema
que desencadenó los elementos primeros,
y desde las entrañas de la Rusia quemada
clamo: ¡Oh, Señor mío, tu juicio es justo!
Templas en el fuego al ser,
hasta que duro y puro es como un diamante.
Y si hay poca leña en el horno de fundir,
Dios mío, ¡ten aquí esta carne mía!
Cuando hubo terminado su lectura, permaneció sentado con los ojos entornados, moviendo los labios sin decir una palabra.
—Tonterías —sentenció Stepánov—, puro decadentismo.
Dolgoruki hizo un ademán a su alrededor con su mano, pálida y exangüe.
—¿Ve adónde han llevado a los rusos los Chernishevski y los Herzen? ¿Recuerda lo que escribió Chaadáyev en su tercera carta filosófica?
Stepánov profirió en tono didáctico:
—Usted y su oscurantismo místico me repugnan tanto como los organizadores de este campo. Usted, como ellos, olvida que existe una tercera vía para Rusia, la más natural: la vía de la democracia y la libertad.
Más de una vez Abarchuk había discutido con Stepánov, pero ahora se le habían pasado las ganas de intervenir en la conversación, de denunciar en su interlocutor al enemigo, al emigrado interior. Pasó por el rincón donde rezaban los baptistas, escuchó su bisbiseo.
En aquel instante retumbó la voz estentórea de Zarókov, el jefe de dormitorio:
—¡En pie!
Todos saltaron de su sitio; los guardias irrumpieron en el barracón. Abarchuk miraba la cara pálida y larga de Dolgoruki con el rabillo del ojo. Realmente estaba en las últimas. Se mantenía en posición de firmes mientras sus labios murmuraban. Probablemente repetía sus versos. Cerca de él se sentaba Stepánov que, fiel a su propio instinto anárquico, se negaba a someterse a las reglas del ordenamiento interno.
—Un cacheo, un cacheo —susurraban los prisioneros.
Pero no hubo cacheo. Dos jóvenes soldados escolta con gorras rojas y azules pasaban entre los catres examinando a los reclusos.
Cuando llegaron a la altura de Stepánov, uno de ellos le dijo:
—¿Todavía sentado, profesor? ¿Tienes miedo de enfriarte el culo?
Y Stepánov, volviendo hacia ellos su cara larga de nariz chata, repitió en voz alta como un papagayo: «Soy un detenido político».
Aquella noche Rubin fue asesinado en el barracón.
El asesino había apoyado un clavo grueso contra su oreja y entonces, con un golpe enérgico, se lo hundió hasta el cerebro. Cinco personas, entre ellas Abarchuk, fueron llamadas al despacho del delegado operativo. Por lo visto, el óper trataba de averiguar la procedencia del clavo. Unos clavos parecidos acababan de llegar al almacén de herramientas, pero aún no se habían distribuido.
Durante el aseo Bárjatov estaba cerca de Abarchuk en el barreño. Volvió hacia él su cara mojada y, lamiéndose de los labios las gotas de agua, dijo en voz baja:
—Acuérdate de esto, carroña: si te chivas al óper, a mí no me pasará nada, pero yo acabaré contigo, y de una manera que a todos los del campo se les pondrá la piel de gallina.
Mientras se secaba con la toalla, hundió sus ojos tranquilos y húmedos en los de Abarchuk y, leyendo en ellos lo que quería leer, le apretó la mano.
En la cantina Abarchuk dio a Neumolímov su escudilla de sopa de maíz.
—Animales. ¡Hacer eso a nuestro Abraham! ¡Menudo hombre era! —dijo Neumolímov y se acercó la escudilla de sopa.
Sin hablar, Abarchuk se levantó de la mesa.
La muchedumbre agolpada en la entrada de la cantina se abrió para dejar paso a Perekrest. Tuvo que agacharse para franquear el umbral, puesto que los techos del campo no estaban diseñados para hombres de su estatura.
—Hoy es mi cumpleaños —informó a Abarchuk—. Ven, únete a nosotros. Beberemos vodka.
¡Qué horror! Decenas de personas habían oído el asesinato de aquella noche, habían visto al hombre que se había deslizado hasta el catre de Rubin.
¿Qué les habría costado saltar abajo desde la litera, dar la voz de alarma por todo el barracón? Juntos habrían podido dominar al asesino en dos minutos, salvar a su compañero. Pero nadie levantó la cabeza, nadie gritó. Habían matado a un hombre como se degüella a una oveja. Los demás permanecieron acostados, simulando que dormían, aguantándose la tos: se habían tapado la cabeza con la chaqueta para no oír cómo se agitaba el moribundo.
¡Qué vileza! ¡Qué sumisión!
Pero él tampoco dormía, se había quedado callado, se había tapado la cabeza con la chaqueta… Sabía con absoluta lucidez que la sumisión no era porque sí, era fruto de la experiencia, del conocimiento de las leyes del campo.
Podrían haberse levantado, detener al asesino, pero un hombre con un cuchillo en la mano siempre es más fuerte que un hombre desarmado. La fuerza de un grupo de prisioneros apenas dura un instante, mientras que un cuchillo siempre es un cuchillo.
Abarchuk pensaba en el interrogatorio que le esperaba; era fácil para el óper exigir declaraciones: él no dormía por la noche en el barracón, no se lavaba en los lavabos comunes con la espalda a merced de una puñalada, no andaba por las galerías de la mina, ni iba a las letrinas del campo, donde varios hombres podían asaltarle y meterle la cabeza en un saco.
Sí, había visto aquella noche cómo el hombre se había acercado a Rubin. Había oído sus estertores, cómo Rubin, en su agonía, golpeaba los pies y las manos contra el catre.
El capitán Mishanin, el delegado operativo, hizo llamar a Abarchuk a su despacho, cerró la puerta y dijo:
—Siéntese, detenido.
Comenzó con las primeras preguntas de rigor, aquellas a las que los detenidos políticos respondían siempre con precisión y rapidez.
Luego levantó los ojos cansados hacia Abarchuk y lo miró unos instantes en silencio. Comprendía perfectamente que el recluso, hombre de experiencia, temiendo la inevitable venganza nunca le revelaría cómo el asesino se había hecho con el clavo.
Abarchuk, a su vez, le miraba. Observaba la cara joven del capitán, los cabellos, las cejas, las pecas de su nariz, y pensaba que debía de ser dos o tres años mayor que su hijo.
El óper le formuló la pregunta que tres presos se habían negado a responder.
Abarchuk permaneció callado un rato.
—Y bien, ¿es usted sordo?
Abarchuk continuó en silencio.
Cómo deseaba que el óper, tal vez no de manera abierta, sino limitándose a seguir las frases establecidas del interrogatorio, le dijera: «Escuche, camarada Abarchuk, en el fondo usted es un comunista. Hoy estás en el campo, pero mañana tú y yo pagaremos nuestra cuota de miembros a la misma organización. Ayúdame de camarada a camarada, como miembro del Partido».
Pero el capitán Mishanin dijo:
—¿Es que se ha dormido? Yo le despertaré.
Pero no hizo falta despertar a Abarchuk. Con voz ronca respondió:
—Los clavos del almacén los robó Bárjatov. Además sustrajo tres limas. En mi opinión el asesinato lo cometió Nikolái Ugárov. Sé que Bárjatov le dio el clavo y más de una vez había amenazado a Rubin con matarle. Ayer volvió a amenazarlo. Rubin se negó a firmarle un certificado de enfermedad.
Luego cogió el cigarrillo que le extendía y dijo:
—Considero mi deber como miembro del Partido darle esta información, camarada delegado operativo. El camarada Rubin era un viejo miembro del Partido.
Mishanin le dio fuego y comenzó a escribir deprisa, sin hablar. Después le replicó amistosamente:
—Debe saber, prisionero, que no tiene derecho a hablar de pertenencia al Partido. Tampoco tiene derecho a llamarme camarada. Yo, para usted, soy ciudadano comandante.
—Le pido que me disculpe, ciudadano comandante —rectificó Abarchuk.
—Me llevará varios días acabar la investigación —dijo Mishanin—. Entretanto no tendrá ningún problema. Luego, ya sabe…, podemos trasladarle a otro campo.
—No, no tengo miedo, ciudadano comandante —respondió Abarchuk.
Se fue al almacén sabiendo que Bárjatov no le preguntaría nada. Bárjatov le miraría insistentemente, trataría de sonsacarle la verdad siguiendo sus movimientos, sus miradas, sus carraspeos…
Abarchuk era feliz, había obtenido una victoria sobre sí mismo.
Había reconquistado el derecho a juzgar. Y al recordar a Rubin, Abarchuk lamentó no poder decirle las cosas malas que había pensado de él el día antes.
Tres días más tarde Magar seguía sin aparecer. Abarchuk preguntó por él en la dirección de la mina, pero los empleados que conocía no encontraron en ninguna lista el nombre de Magar. Aquella tarde, cuando Abarchuk ya había comprendido que el destino los separaba, el enfermero Triufelev se acercó hasta el barracón. Cubierto de nieve y quitándose el hielo de las pestañas, le dijo a Abarchuk:
—Oye, en la enfermería hay un zek que ha preguntado por ti. Será mejor que te lleve enseguida. Primero obtén la autorización del jefe. De lo contrario… ya sabes cómo son nuestros zeks. Puede estirar la pata en cualquier momento, y no querrás hablar con él cuando lo metan en la camisa de madera, ¿verdad?
41
El enfermero condujo a Abarchuk al pasillo de la enfermería donde flotaba un olor característico, distinto al de los barracones, un mal olor. Pasaron en la penumbra al lado de montones de camillas de madera y fardos de chaquetones que, por lo visto, esperaban a ser desinfectados.
Magar estaba en un cuarto aislado, un cuchitril con paredes de vigas donde casi pegadas la una a la otra había dos camas de hierro. Generalmente ponían en aislamiento a los enfermos infecciosos o a los moribundos. Las finas patas de las camas parecían de alambre, pero no se habían curvado; en camas así nunca instalaban a personas corpulentas.
—Por ahí no, por ahí no, a la derecha —dijo una voz en tono tan familiar que a Abarchuk le pareció que ya no existían las canas ni la prisión, sino aquello por lo que había vivido y por lo que estaría feliz de dar la vida.
Mirando la cara de Magar patéticamente, dijo despacio:
—Buenos días, buenos días, buenos días…
Magar, por temor a no lograr dominar la emoción, habló con un tono de voz intencionadamente cotidiano.
—Siéntate, siéntate enfrente de mí, en la otra cama.
Y al percatarse de la mirada que Abarchuk lanzaba a la cama vecina, añadió:
—No le molestarás, ahora ya nada le molestará.
Abarchuk se inclinó para ver mejor la cara de su compañero, después se volvió a mirar al difunto cubierto.
—¿Hace mucho que ha ocurrido?
—Murió hace un par de horas y por ahora los enfermeros no lo tocan, esperan al médico. Mejor así; si no, nos meten a otro y con uno vivo no podremos hablar.
—Es cierto —reconoció Abarchuk, y no preguntó nada de lo que más le interesaba: «Así pues, ¿te han cogido por Búbnov o por el caso Sokólnikov? ¿Cuántos años te han caído? ¿Has estado en Vladimir o en el campo para políticos de Súzdal? ¿Te sentenció una comisión especial o un tribunal militar? ¿Has firmado contra ti?».
Se giró a mirar el cuerpo cubierto y dijo:
—¿Quién es? ¿De qué ha muerto?
—Era un deskulakizado. Ha muerto a causa del campo. Llamaba a una tal Nastia, quería irse…
Paulatinamente Abarchuk comenzó a distinguir en la penumbra la cara de Magar. Había cambiado tanto que no lo habría reconocido: ¡un viejo al final de su vida!
Mientras notaba contra la espalda el contacto de la mano rígida del muerto, sintió la mirada de Magar sobre él y pensó: «Probablemente debe de estar pensando lo mismo: nunca lo habría reconocido».
Pero Magar dijo:
—Acabo de caer en la cuenta: no hacía más que gruñir algo así como «be… be… be…» y lo que quería decir era: «Beber, beber». Justo al lado tenía un vaso. Si al menos hubiera podido satisfacer su última voluntad…