Vida y destino
PRIMERA PARTE » 58
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—Ya lo ves, también un muerto nos impide hablar con tranquilidad.
—Es comprensible —respondió Magar, y Abarchuk reconoció aquella entonación familiar que siempre le conmovía: por lo general era así como Magar comenzaba a hablar de cosas serias—.
Hablamos de él, pero en realidad se trata de nosotros.
—¡No, no! —gritó Abarchuk y, agarrando la palma caliente de Magar, la apretó, lo abrazó por los hombros, sacudiéndose por unos sollozos silenciosos.
—Gracias —balbució Magar—. Gracias, camarada, amigo.
Los dos se callaron, respiraban con dificultad, sus alientos se confundían. A Abarchuk le pareció que no eran sólo sus respiraciones lo que se fundía.
Magar habló primero.
—Escucha —dijo—. Escucha, amigo mío, te llamo así por última vez.
—Pero ¿qué tienes? ¡Tú vivirás! —dijo Abarchuk.
Magar se sentó en la cama.
—No quiero torturarte, pero debo decírtelo. Y tú escucha —se dirigió al muerto—: te concierne, a ti y a tu Nastia. Éste es mi último deber como revolucionario y lo cumpliré. Tú, camarada Abarchuk, eres de una naturaleza especial. Nos conocimos en un tiempo, en un momento especial; nuestro mejor momento, me parece. Bien, tengo que decirlo… Nos equivocamos. Mira adónde nos ha llevado nuestro error… Nosotros dos debemos pedirle a ese hombre que nos perdone. Dame de fumar. Pero ¿por qué arrepentirse ahora? Ningún arrepentimiento puede expiar lo que hemos hecho. Eso es lo que te quería decir. Punto primero. Ahora el segundo: no comprendimos la libertad. La aplastamos. Ni siquiera Marx la valoró: la libertad es el fundamento, el sentido, la base de la base. Sin libertad no hay revolución proletaria. Ése era el segundo punto y ahora escucha el tercero. Atravesamos el campo, la taiga, pero nuestra fe es más fuerte que todo. Sin embargo, eso no es fortaleza, sino debilidad, instinto de conservación. Al otro lado de la alambrada, el instinto de conservación lleva a la gente a transformarse, a menos que prefieran morir, ser enviados a un campo de prisioneros. Y así los comunistas han creado un ídolo, se han puesto uniformes y hombreras, profesan el nacionalismo, han levantado la mano contra la clase obrera, si es necesario revivirán las Centurias Negras…[50] Pero aquí, en el campo, el mismo instinto ordena a la gente no cambiar: si no quieres enfundarte el abrigo de madera no debes cambiar durante las décadas que pases en el campo. En eso reside la salvación… Son dos caras de la misma moneda…
—¡Para! —gritó Abarchuk y alzó su puño cerrado sobre la cara de Magar—. ¡Te han quebrado! ¡No lo has resistido! Todo lo que has dicho es mentira, delirio.
—No lo es. A mí también me gustaría creerlo, pero no es así, no deliro en absoluto. Te estoy pidiendo que me sigas. Como hace veinte años. Si no podemos vivir como revolucionarios, entonces lo mejor es morir.
—¡Basta! ¡Es suficiente!
—Perdóname, me doy cuenta. Parezco una vieja prostituta que llora por la virginidad perdida. Pero te lo digo: ¡recuérdalo! Querido amigo, perdóname…
—¡Perdonarte! Mejor sería que yo… Mejor sería que uno de los dos estuviera ahí tumbado, en lugar de este cadáver, que tú estuvieras muerto antes de este encuentro…
Ya en la puerta, Abarchuk añadió:
—Vendré a verte de nuevo… Te ordenaré las ideas; de ahora en adelante yo seré tu maestro.
A la mañana siguiente, Abarchuk se encontró al enfermero Triufelev en la plaza del campo. Arrastraba un trineo con un bidón de leche amarrado con cuerdas. Era extraño ver a alguien en el Polo Ártico con la cara bañada en sudor.
—Tu amigo no beberá más leche —dijo—. Se ha colgado durante la noche.
Siempre es agradable sorprender al interlocutor con una noticia inesperada, y el enfermero miró a Abarchuk con aire triunfante.
—¿Ha dejado alguna nota? —preguntó Abarchuk aspirando una bocanada de aire gélido.
Estaba seguro de que Magar habría dejado una nota y que la escena de ayer era totalmente fortuita.
—¿Una nota para qué? ¿Para que acabe en manos del óper?
Aquélla fue la peor noche de su vida. Estaba tumbado inmóvil, apretando los dientes, los ojos completamente abiertos y fijos contra la pared de enfrente, cubierta de las manchas oscuras de las chinches aplastadas.
Se dirigía a su hijo, a aquel que un día le había negado su apellido, le invocaba: «Tú eres lo único que me queda, eres mi única esperanza. ¿Lo entiendes? Mi amigo, mi maestro quería matar en mí la voluntad y la razón, y él mismo se ha matado. Tolia, Tolia, eres lo único que me queda en el mundo, ¿puedes verme? ¿Puedes oírme? ¿Sabrás algún día que tu padre no se doblegó, que no sucumbió a la duda?».
Entretanto, a su alrededor, el campo dormía en un sueño profundo, ruidoso, desagradable. El aire, que se había vuelto pesado y sofocante, estaba atravesado por ronquidos, gemidos, gritos y el sonido de dientes rechinando.
De repente, Abarchuk se levantó sobre el catre: le pareció ver que se movía una sombra, rápida y silenciosa.
42
A finales del verano de 1942 el Ejército del Grupo del Cáucaso comandado por Kleist se había apoderado de la explotación petrolera soviética cerca de Maikop. Los ejércitos alemanes habían llegado a Cabo Norte y Creta, al norte de Finlandia y a las costas del Canal de la Mancha. El Zorro del desierto, el mariscal Erwin Rommel, se encontraba a ochenta kilómetros de Alejandría. Los cazadores habían alzado la bandera con la esvástica sobre la cima del Elbrus. Manstein había recibido la orden de mover sus gigantescos cañones y los lanzacohetes de la nueva artillería hacia la ciudadela del bolchevismo, Leningrado. Mussolini elaboraba el plan de ataque contra el Cairo y se entrenaba en montar un semental árabe. Dietl, el soldado de las nieves, había llegado a latitudes septentrionales nunca antes alcanzadas por ningún conquistador europeo. París, Viena, Praga, Bruselas se convirtieron en ciudades de provincia alemanas.
Había llegado el momento para el nacionalsocialismo de realizar sus más crueles designios contra la vida humana y la libertad. Los líderes del fascismo mienten cuando afirman que la tensión de la lucha les obliga a ser tan crueles. Al contrario, el peligro los reconduce a la cordura; la falta de confianza en sus fuerzas les obliga a moderarse.
El día en que el fascismo esté convencido de su triunfo definitivo, el mundo se atragantará en sangre. Cuando el fascismo no encuentre más resistencia armada, nada contendrá ya a los verdugos de los niños, las mujeres y los viejos. Porque el ser humano es el gran enemigo del fascismo.
En otoño de 1942 el gobierno del Reich adoptó una serie de leyes particularmente crueles e inhumanas.
En particular, el 12 de septiembre de 1942, cuando el nacionalsocialismo estaba en el apogeo de sus éxitos militares, los judíos de Europa fueron sustraídos a la jurisdicción de los tribunales ordinarios y transferidos a la Gestapo.
Adolf Hitler y los dirigentes del Partido tomaron la decisión de aniquilar a la nación judía.
43
A veces Sofia Ósipovna Levinton pensaba en su vida anterior: cinco años de estudios en la Universidad de Zúrich, las vacaciones de verano que había pasado en París e Italia, los conciertos en el conservatorio, las expediciones a las regiones montañosas del Asia Central, sus treinta y dos años de trabajo como doctora, sus platos preferidos, sus amistades cuyas vidas, hechas de días duros y días felices, se habían trenzado con la suya, las habituales conversaciones telefónicas, las palabras ucranianas de siempre: «Hola…, qué tal…», las partidas de cartas, los objetos que se habían quedado en su habitación de Moscú.
Recordaba los meses pasados en Stalingrado: Aleksandra Vladímirovna, Zhenia, Seriozha, Vera, Marusia. Cuanto más cerca de ella estaban las personas, más lejos parecían irse.
Una tarde, Sofia Ósipovna, encerrada en un vagón de mercancías varado en una vía muerta de un nudo ferroviario que estaba a escasa distancia de Kiev, buscaba piojos en el cuello de su chaqueta mientras a su lado dos ancianas hablaban en yiddish, rápido y en voz baja. De improviso comprendió con una claridad insólita que todo aquello le estaba pasando a ella: a la pequeña Sóniechka de la infancia, a la Sonka de los años de juventud, a Sofia, a la mayor Sofia Ósipovna Levinton, médico militar.
El cambio principal que se producía en las personas consistía en el debilitamiento de su sentido de la individualidad mientras que, cada vez con mayor intensidad, advertían el sentido de la fatalidad.
«¿Quién soy en realidad? ¿Quién es la auténtica Sofia? —se preguntaba—. ¿Es la enclenque mocosa que tenía miedo de papá y la abuela, o la corpulenta, la irascible Sonia con los galones en el cuello, o la de hoy, la sucia y piojosa Sofia?»
El deseo de la felicidad se había evaporado, pero en su lugar habían aparecido infinidad de aspiraciones y proyectos: desembarazarse de los piojos… levantarse hasta la rendija y respirar un poco de aire puro… poder orinar… lavarse al menos un pie… y además el deseo, el deseo vivo en todo el cuerpo, de beber.
La habían arrojado en aquel vagón y, mientras miraba en la penumbra, que en un primer momento le había parecido oscuridad total, había oído una risa en voz baja.
—¿Es que hay locos que ríen aquí dentro? —preguntó.
—No —respondió una voz de hombre—, estamos contándonos chistes.
Alguien musitó melancólicamente:
—Una judía más en nuestro desventurado convoy.
De pie al lado de la puerta, Sofia Ósipovna entornaba los ojos para acostumbrarse a la oscuridad y respondía a las preguntas que le hacían.
Además de los llantos, los gemidos, el hedor, la envolvió una atmósfera de palabras y entonaciones olvidadas desde la infancia…
Sofia Ósipovna quiso adentrarse más en el vagón, pero no pudo avanzar. Notó una pierna delgadita con pantalones cortos y se disculpó:
—Perdóname, pequeño, ¿te he hecho daño?
Pero el muchacho no respondió. Entonces dijo dirigiéndose a la oscuridad:
—¿La mamá de este niño mudo podría decirle que se moviera? No puedo quedarme todo el rato de pie.
Desde un rincón se oyó una voz de hombre teatral, histérica:
—Tendría que haber enviado un telegrama de antemano, entonces le habríamos reservado una habitación con baño.
—Imbécil —profirió Sofia Ósipovna.
Una mujer cuya cara ya podía distinguir en la penumbra dijo:
—Siéntese a mi lado, aquí hay sitio de sobra.
Sofia Ósipovna sintió que se apoderaba de sus dedos un temblor rápido, ligero.
Era el mundo de su infancia, el mundo de los shtetl, y pudo constatar cómo había cambiado todo.
En el vagón había trabajadores de cooperativas, radio-técnicos, estudiantes de una escuela de magisterio, profesores de un instituto profesional, un ingeniero de una fábrica de conservas, un zootécnico, una chica veterinaria. Antes en los shtetl no se conocían aquellas profesiones. Pero Sofia Ósipovna no había cambiado, seguía siendo la misma niña que tenía miedo de papá y la abuela. ¿Era posible que aquel mundo, en el fondo, tampoco hubiera cambiado? Por otra parte, ¿qué importancia tenía? Viejo o nuevo, el mundo del shtetl rodaba hacia el abismo.
Oyó la voz de una mujer joven que decía:
—Los alemanes de hoy en día son unos salvajes; ni siquiera han oído hablar de quién es Heinrich Heine.
Desde otro rincón replicó una voz de hombre en tono burlón:
—Ya, pero a fin de cuentas estos salvajes nos transportan como ganado. ¿De qué nos sirve saber quién es ese Heine?
A Sofia Ósipovna le hicieron preguntas sobre la situación en el frente, y dado que no contó nada bueno, le dijeron que estaba mal informada; comprendió que aquel vagón de ganado tenía su estrategia, cimentada en un ardiente deseo de vivir.
—Pero ¿es que no sabe que a Hitler le han enviado un ultimátum para que libere inmediatamente a todos los judíos?
Sí, sí, por supuesto. Cuando el sentimiento de melancolía bovina, de irremediable fatalismo se transforma en un lacerante sentido del horror, el absurdo opio del optimismo acude en ayuda de los hombres.
Muy pronto desapareció el interés por Sofia Ósipovna, y pasó a convertirse en otra viajera como los demás, que no sabe para qué y adónde se la llevan. Nadie le preguntó su nombre ni su patronímico; nadie recordó su apellido. Sofia Ósipovna constataba con estupor que, aunque el proceso de evolución había llevado millones de años, habían bastado pocos días para hacer el camino inverso, el camino que va del ser humano a la bestia sucia y miserable, desprovista de nombre y de libertad.
Le sorprendía que en aquella enorme desgracia que se había abatido contra ellos aquellos hombres continuaran preocupándose de nimiedades cotidianas, que se irritaran entre sí por tonterías.
Una mujer anciana le dijo en un susurro:
—Doctora, mire a aquella grande dame que no se mueve de la rendija, como si su hijo fuera el único que necesitara aire fresco. Madame se va al balneario.
Durante la noche el tren se detuvo dos veces, y todo el vagón oyó el crujido de los pasos de los centinelas y captaba sus incomprensibles palabras en ruso y alemán.
La lengua de Goethe sonaba horrible en medio de la noche en las estaciones rusas, pero el ruso que hablaban los colaboradores de la policía alemana era todavía más siniestro.
Por la mañana Sofia Ósipovna sufría el hambre como todos y soñaba con un trago de agua. Incluso había algo patético y esmirriado en su sueño. Veía una lata de conservas abollada, en cuyo fondo quedaba un poco de líquido tibio. Y se rascaba con pequeños movimientos rápidos y bruscos, como hacen los perros cuando se buscan las pulgas.
Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte cercana le colmaba el corazón de terror.
Comenzó a llover; algunas gotas entraron por la ventanilla enrejada. Sofia Ósipovna rompió un ribete de tela del dobladillo de su camisa, se arrimó a la pared del vagón y deslizó la tira por una hendidura. Luego esperó a que el trozo de tela se empapara de agua de lluvia, lo sacó y se puso a masticar la tela fresca y húmeda. También sus vecinos comenzaron a arrancar trozos de tela, y Sofia Ósipovna se sintió orgullosa de haber encontrado un medio de capturar la lluvia.
El niño al que Sofia Ósipovna había empujado al entrar en el vagón estaba sentado a pocos pasos de ella y observaba a la gente deslizar trozos de tela por la rendija que quedaba entre la puerta y el suelo. En la luz incierta distinguió su cara delgada de nariz afilada. Debía de tener seis años. Sofia Ósipovna pensó que desde que ella había entrado en el vagón nadie le había dirigido la palabra al niño y él había permanecido inmóvil y mudo.
—Cógelo, hijo.
No se movió.
—Tómalo, es para ti —insistió ella, y el niño alargó la mano, indeciso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Éste respondió en voz baja:
—David.
La vecina de Sofia, Musia Borísovna, le explicó que David era de Moscú. Había ido a pasar las vacaciones a casa de su abuela y la guerra lo había separado de la madre. La abuela había muerto en el gueto y otra pariente suya, Rebekka Bujman, que viajaba con su marido enfermo, no permitía al niño siquiera que se sentara a su lado.
Al final del día Sofia Ósipovna estaba saturada de escuchar conversaciones, relatos, discusiones; también ella se había puesto a hablar y a discutir.
Cuando se dirigía a sus interlocutores, decía:
—Brider yidn[51], escuchad lo que os digo…
Muchos aguardaban con esperanza el final del viaje creyendo que los conducirían a campos donde cada uno trabajaría según su especialidad y los enfermos serían instalados en barracones para impedidos. Hablaban del tema incesantemente. Pero un alarido mudo se había alojado misteriosamente en sus corazones y no les abandonaba.
Por los relatos de sus compañeros de viaje Sofia Ósipovna supo cuánta inhumanidad hay en el ser humano. Le contaron que una mujer había puesto a su hermana paralítica en una palangana y la había sacado fuera de casa en pleno invierno para que muriera de frío. Le contaron que había madres que habían matado a sus propios hijos y que una de ellas viajaba en el vagón. Le contaron de personas que habían vivido escondidas durante meses en las alcantarillas, como las ratas, alimentándose de inmundicias, dispuestas a cualquier sufrimiento para salvar la vida.
La vida de los judíos bajo el fascismo era horrible, y los judíos no eran ni santos ni malhechores, eran seres humanos.
La piedad que Sofia Ósipovna sentía por aquella gente se volvía particularmente intensa cuando miraba al pequeño David. La mayor parte del tiempo permanecía inmóvil y callado. De vez en cuando sacaba del bolsillo una vieja caja de cerillas, miraba de reojo en el interior y luego volvía a esconderla en el bolsillo.
Sofia Ósipovna llevaba varios días sin dormir, el sueño la había abandonado. Aquella noche se quedó sentada en vela, en la oscuridad hedionda. «¿Dónde estará Zhenia Sháposhnikova en este momento?», pensó de repente. Escuchaba los susurros y los gritos de la gente y se daba cuenta de que sus cabezas estaban llenas de imágenes dolorosamente vívidas que las palabras no podían expresar. ¿Cómo conservar, cómo retener en la memoria aquellas imágenes en caso de que quedaran hombres sobre la Tierra y que quisieran saber lo que había ocurrido?
—¡Zlata! ¡Zlata! —gritó una voz de hombre entrecortada por los sollozos.
44
… El cerebro de Naum Rozemberg, un contable de cuarenta años, realizaba sus cálculos habituales. Caminaba por la carretera y contaba: en el de anteayer, 110; en el de ayer, 71; los cinco días antes, 612; eso suma un total de 783… Qué lástima no haber llevado una cuenta separada de los hombres, los niños, las mujeres… Las mujeres arden más fácilmente. Un Brenner experimentado dispone los cuerpos de manera que los viejos huesudos, ricos en ceniza, ardan al lado de los cuerpos de las mujeres. Ahora darán la orden —«desvíense de la carretera»—, así mandaron un año antes a los que ahora vamos a desenterrar y a extraer de la fosa con ganchos sujetados a cuerdas. Un Brenner experimentado puede determinar a partir de un montículo cuántos cuerpos yacen dentro de una fosa: cincuenta, cien, doscientos, seiscientos, mil… El Scharführer Elf exige que a los cuerpos se les llame Figuren, cien figuras, doscientas figuras, pero Rozemberg los llama: personas, hombre asesinado, niño ejecutado, viejo ejecutado… Los llama así en voz baja, de lo contrario el Scharführer descargaría nueve gramos de metal contra él, pero sigue musitando obstinadamente: «Ahora sales de la fosa, hombre ejecutado… Niño, no te agarres a tu mamá con las manos, os quedaréis juntos, no te irás lejos de ella…».
—¿Qué estás susurrando por ahí?
—Nada, se lo ha parecido.
Y susurra: «Lucha, en eso consiste su pequeña lucha…». Anteayer abrieron una fosa donde había ocho muertos. El Scharführer gritaba: «Esto es una mofa, un equipo de veinte Brenner para quemar ocho figuras». Tenía razón, pero ¿qué podían hacer ellos si en la pequeña aldea sólo había dos familias de judíos? Una orden es una orden: desenterrar todas las tumbas y quemar todos los cuerpos… Ahora se han desviado de la carretera y caminan por la hierba y por ciento quincuagésima vez, en medio del verde claro, he aquí un montículo gris: una tumba. Ocho cavan, cuatro abaten troncos de robles y los sierran en leños de la longitud de un cuerpo humano, dos los cortan con hachas y cuñas, dos acercan de la carretera tableros viejos y secos, encendajas, recipientes con gasolina, cuatro preparan el lugar para la hoguera, excavan la zanja para las cenizas: hay que averiguar de dónde sopla el viento.
Enseguida desaparece el olor a podredumbre del bosque y los guardias ríen, blasfeman, se tapan la nariz; el Scharführer escupe y se aleja hasta el lindero del bosque. Los Brenner lanzan sus palas, cogen los ganchos, se tapan la nariz y la boca con trapos… «Buenos días, abuelo, te toca ver el sol de nuevo, pero cómo pesas…» Una madre asesinada junto a sus tres hijos: dos niños —uno de ellos todavía escolar— y una niña que debió de nacer en 1939, enferma de raquitismo, pero no importa, ahora ya está curada… No te aferres así a tu mamá, no se irá a ninguna parte… «¿Cuántas figuras?», grita el Scharführer desde el lindero. «Diecinueve», y en voz muy baja, casi para sus adentros, «personas muertas». Todos maldicen: ya ha pasado media jornada. La semana pasada, en cambio, abrieron una tumba de doscientas mujeres, todas jóvenes. Al retirar la capa superior de la tierra, se levantó un vapor gris sobre la tumba y los guardias se pusieron a reír. «¡Qué mujeres más calientes!» Sobre las zanjas por donde circula el aire colocan la leña seca, después los leños de roble —éstos arden bien—, luego los cadáveres de las mujeres; se añade leña, luego los cadáveres de los hombres, más leña, después otros restos de cuerpos, luego un tanque de gasolina, a continuación, en el centro, una bomba incendiaria; luego el Scharführer da una orden y los guardias sonríen por anticipado. Los Brenner cantan a coro: «¡La hoguera arde!». Después echan las cenizas en la fosa. De nuevo se hace el silencio; se mantiene, se vuelve más profundo. Después los condujeron a un bosque, esta vez no vieron un montículo en medio del claro verde; el Scharführer ordenó cavar un agujero de cuatro metros por dos; todos lo comprendieron, el trabajo había concluido: 89 pueblos, más 18 shtetl, más cuatro aldeas, más dos ciudades de distrito, más tres sovjoses[52], dos cerealistas y uno de leche; en total, 116 núcleos de población, los Brenner han desenterrado 116 túmulos… Mientras cava la fosa para él y sus compañeros, el contable Naum Rozemberg sigue calculando: la semana pasada 783, y el mes antes 4.826; un total de 5.609 cuerpos quemados. Calcula, calcula y el tiempo pasa sin que se dé cuenta, calcula la media de figuras —no, de cadáveres— en cada fosa: 5.609 entre el número de tumbas, 116; eso da una media de 48,35 cadáveres por fosa: redondeando, 48 cadáveres por tumba.
Si tenemos en cuenta que veinte Brenner han trabajado durante treinta y siete días, por cada Brenner eso da… «¡En fila!», grita el jefe de los guardias, y el Scharführer ordena: «In die Grube marsch!»[53]. Pero él no quiere ser enterrado. Corre, se cae, se levanta, corre perezoso, el contable no sabe correr, pero no han logrado matarle, reposa sobre la hierba del bosque, en silencio, y no piensa en el cielo que se alza sobre su cabeza, ni en Zlata, Zlátochka, a la que asesinaron cuando estaba en el sexto mes de gestación, está tendido en la hierba y calcula lo que no tuvo tiempo de calcular junto a la fosa: veinte Brenner, treinta y siete días, el total de días por Brenner… eso en primer lugar; ahora, en segundo, tiene que calcular la cantidad de leña por persona; tercero, hay que calcular el tiempo medio de combustión por una figura, cuánto…
Una semana más tarde unos policías lo encontraron y lo condujeron al gueto.
Y ahora aquí, en el vagón, susurra todo el rato, cuenta, multiplica, divide. ¡El balance anual! Tiene que presentárselo a Bujman, el jefe de contabilidad del Gosbank. De pronto, durante la noche, en sueños, lágrimas ardientes brotan y le arrancan la costra que le cubre el cerebro y el corazón.
—¡Zlata!, ¡Zlata! —grita.
45
La ventana de la habitación de Musia Borísovna daba a las alambradas del gueto. Una noche la bibliotecaria se despertó, levantó el extremo de la cortina y vio a dos soldados arrastrando una ametralladora; los rayos azules de la luz de la luna hacían centellear el acero pulido y las gafas del oficial que caminaba delante. Oyó el ruido sordo de los motores. Los vehículos se acercaban al gueto con los faros apagados, y el pesado polvo nocturno se tornaba plateado y se arremolinaba alrededor de sus ruedas, como divinidades flotando entre nubes.
En aquellos tranquilos minutos de claro de luna, mientras las patrullas de las SS y SD, destacamentos de policías ucranianos, unidades auxiliares y una columna motorizada de la Gestapo se aproximaban a las puertas del gueto dormido, la mujer midió el destino del siglo XX.
La luz de la luna, el movimiento rítmico y majestuoso de las tropas armadas, los potentes camiones negros, el tictac despavorido del reloj de pesas en la pared, la blusa, el sujetador y las medias sobre la silla, el cálido olor del hogar: todo aquel batiburrillo de cosas opuestas e incompatibles se habían conciliado.
46
De vez en cuando, en el vagón, Natasha, la hija del viejo doctor Karasik, detenido y ejecutado en 1937, se ponía a cantar. A veces incluso cantaba por la noche, lo que no causaba enfado en la gente del vagón.
Era tímida, hablaba siempre con una voz apenas audible, mantenía la mirada baja, sólo visitaba a sus parientes más cercanos y se sorprendía de la audacia de las jóvenes que bailaban en las fiestas.
En el proceso de selección de personas sujetas a aniquilación no fue incluida en el grupo de artesanos y médicos cuya útil vida se conservaría: a nadie le interesaba la vida de una señorita marchita de pelo ya canoso.
Un guardia la empujó hacia la colina polvorienta donde estaba el mercado. Se encontró ante tres hombres borrachos; a uno de ellos, ahora jefe de policía, lo conocía de antes de la guerra, cuando trabajaba como administrador en el almacén del ferrocarril. Ni siquiera comprendió que aquellos tres hombres eran árbitros de la vida y la muerte de los hombres. Un policía la empujó hacia una muchedumbre clamorosa de niños, mujeres y hombres, los considerados inútiles.
Luego caminaron hacia el aeródromo, bajo aquella canícula que sería la última para ellos. Dejaban atrás manzanos polvorientos al borde del camino; lanzaban por última vez gritos penetrantes, rasgándose la ropa; rezaban. Natasha caminaba en silencio.
Nunca había pensado que la sangre pudiera ser de un rojo tan vivo bajo el sol. Cuando los gritos, los disparos, los ronquidos cesaron por un instante, se oyó el susurro de la sangre en la fosa: ella corría sobre los cuerpos blancos como sobre piedras blancas.
Después vino un momento menos terrible: el crepitar de la ametralladora y la cara del verdugo fatigada por el trabajo, sencilla y bonachona, aguardando paciente a que ella se acercara y se colocara en el borde de la fosa susurrante.
Cuando llegó la noche, escurrió la camisa mojada y volvió a la ciudad. Los muertos no salían de la tumba, por tanto ella estaba viva. Y mientras, a través de los patios, Natasha se dirigía al gueto, vio que en la plaza había un baile popular. Una orquesta compuesta por instrumentos de viento y cuerda tocaba la melodía triste y melancólica de un vals que siempre le había gustado, y a la luz opaca de la luna y los faroles, las parejas —chicas y soldados— giraban por la plaza polvorienta, y su pisoteo se mezclaba con la música. En ese instante aquella señorita marchita se sintió feliz y a salvo; y, desde entonces, cantaba con el presentimiento de una felicidad futura y, a veces, si nadie la veía, incluso trataba de bailar el vals.
47
David no recordaba con certeza todo lo que había sucedido después del inicio de la guerra. Pero una noche, en el vagón, aquel pasado reciente le volvió a la mente con claridad diáfana.
Está oscuro y su abuela lo lleva a casa de los Bujman. El cielo está cuajado de diminutas estrellas y el horizonte es claro, de color verde limón. Las hojas de bardana le tocan las mejillas como manos frías y húmedas.
En la buhardilla, detrás de una pared falsa de ladrillos, se esconde gente. De día las chapas negras del techo se calientan al rojo. A veces, un olor a quemado inunda la buhardilla, el gueto está en llamas. Durante el día todos permanecen inmóviles en el refugio. La pequeña Svetlana, la hija de los Bujman, llora monótonamente. Bujman está enfermo del corazón, de día todos lo creen muerto. Pero por la noche come y se pelea con su mujer.
De repente ladridos de perros. Voces no rusas: «Asta! Asta! Wo sind die joden?»[54], y, sobre las cabezas, crece el estruendo. Los alemanes han trepado al techo a través del tragaluz.
El sonido retumbante de suelas de hierro sobre el cielo de chapa negro se interrumpe. Se oyen golpecitos ligeros, astutos: alguien está examinando las paredes.
En el refugio se hace el silencio, un silencio implacable, con los músculos tensos de las espaldas y los cuellos, ojos desencajados de la angustia, bocas torcidas en una mueca.
La pequeña Svetlana responde con un lamento sin palabras al sonido del engatusador golpeteo. De improviso deja de llorar, David se vuelve hacia ella y se encuentra con los ojos furiosos de la madre de Svetlana, Rebekka Bujman.
Más tarde aquellos ojos y la cabeza de la niña colgando de un lado, como una muñeca de trapo, le volvieron a la mente, pero fugazmente.
En cambio recordaba, a menudo y con todo detalle, su vida de antes de la guerra. En el vagón, como un viejo, David revivía su pasado, lo acariciaba, lo amaba.
48
Para su cumpleaños, el 12 de diciembre, mamá le había comprado un libro de cuentos. En el claro de un bosque había una cabritilla gris; la oscuridad del bosque parecía especialmente amenazadora. Entre troncos marrón oscuro, matamoscas y otros hongos venenosos, se vislumbraban las rojas fauces abiertas y los ojos verdes de un lobo.
Sólo David conocía el inminente asesinato. Golpeaba el puño sobre la mesa, escondiendo el claro del bosque con la palma de la mano, pero comprendía que no podía proteger a la cabritilla.
Y por la noche gritaba:
—¡Mamá, mamá, mamá!
Su madre se despertaba y se acercaba a su cama, como una nube en la noche tenebrosa, y él bostezaba feliz porque sentía que la fuerza más grande del mundo le defendía de la oscuridad del bosque nocturno.
Cuando se hizo mayor eran los perros rojos de El libro de la selva lo que le daba miedo. Una noche su habitación se llenó de fieras rojas, y David, con los pies descalzos, avanzó a tientas guiándose por el cajón abierto de la cómoda junto a la cama de su madre.
Cuando tenía la fiebre alta, siempre le asaltaba la misma pesadilla: estaba acostado en una playa arenosa, y minúsculas olas, no más grandes que su dedo meñique, le hacían cosquillas en el cuerpo. De repente una montaña de agua azul se alzaba silenciosamente y se acercaba a una velocidad vertiginosa. David estaba tumbado sobre la arena caliente, la montaña azul oscuro se abatía sobre él. Era todavía más horrible que el lobo y los perros rojos.
Por la mañana mamá se iba al trabajo y él salía a la escalera de servicio y vertía su taza de leche en una vieja lata de conservas de cangrejo cuyo destinatario era un delgado gato vagabundo de cola larga y fina, hocico blanco y ojos lacrimosos. Un día la vecina les comunicó que al amanecer habían venido unos hombres y, gracias a Dios, habían metido aquel repugnante gato vagabundo en una caja; por fin se lo habían llevado al instituto.
—Pero ¿adónde quieres que vaya? ¿Cómo voy a saber yo dónde está ese instituto? Es del todo imposible. ¡Olvídate de ese gato desgraciado! —le decía la madre mirando sus ojos implorantes—. ¿Cómo vas a sobrevivir en este mundo? ¡No se puede ser tan sensible!
La madre quiso enviarlo a un campamento infantil de verano, pero él lloró, suplicó con las manos juntas, gritando:
—Te prometo que iré a casa de la abuela, pero ¡no me envíes al campamento!
Cuando la madre lo acompañó en tren a casa de la abuela, en Ucrania, David apenas probó bocado durante el trayecto: le daba vergüenza masticar un huevo duro o desenvolver una croqueta de un papel grasiento.
La madre se quedó en casa de la abuela junto a David cinco días, luego tuvo que volver al trabajo. En el momento de la despedida el niño no lloró, pero le apretó con tanta fuerza el cuello que su madre le dijo:
—Me ahogas, bobo. Aquí te hartarás de fresas y además son baratas. Vendré a buscarte dentro de dos meses.
Al lado de la casa de la abuela Roza había una parada del autobús que hacía el recorrido entre la ciudad y la tenería. En ucraniano la parada de autobús se llamaba zupinka.
El difunto abuelo había sido miembro del Bund, un hombre de renombre, había vivido un tiempo en París. Por aquel motivo la abuela se había ganado el respeto de todos y no pocos despidos laborales.
A través de las ventanas abiertas se oía la radio: «Uvaga, uvaga[55], aquí Kiev».
Durante el día la calle estaba desierta, y se animaba cuando salían los alumnos del instituto profesional de la tenería, que se gritaban de una acera a otra: «Bella, ¿has aprobado el examen? Jashka, ¿preparamos juntos el marxismo?».
Por la noche regresaban a casa los trabajadores de la tenería, los vendedores, los electricistas del centro radiofónico local. La abuela trabajaba en el comité local de la policlínica.
David no se aburría cuando la abuela no estaba en la casa.
Cerca, en un viejo huerto abandonado, entre decrépitos y estériles manzanos, pastaba una vieja cabra, vagaban gallinas marcadas con pintura y hormigas silenciosas trepaban por la hierba. En el huerto los gorriones y cuervos del lugar se mostraban seguros de sí mismos y hacían ruido, mientras que los pájaros del campo, pájaros cuyo nombre David desconocía, se comportaban como campesinas intimidadas.
David escuchó muchas palabras nuevas: glechik, dikt, kaliuzha, riazhenka, riaska, puzhalo, liadache, koshenia…[56] en estas palabras reconoció ecos y reflejos de su lengua materna, el ruso. Oyó hablar en yiddish y se quedó sorprendido de que mamá y la abuela conversaran delante de él en aquella lengua. Nunca había oído a su madre hablar una lengua que él no comprendiera.
La abuela lo llevó de visita a casa de una sobrina, la gorda Rebekka Bujman. Entraron en una habitación que impresionó a David por la abundancia de cortinas de encaje blanco; Eduard Isaákovich Bujman, el jefe de contabilidad del Gosbank, hizo su aparición vestido con chaqueta militar y botas.
—Jaim —dijo Rebekka—, tenemos visita de Moscú: es el hijo de Raya. —Y enseguida añadió—: Bueno, saluda a tío Eduard.
—Tío Eduard, ¿por qué la tía Rebekka le llama Jaim? —preguntó David.
—Ésa es una pregunta difícil —dijo Eduard Isaákovich—. ¿No sabes que en Inglaterra a todos los Jaim se les llama Eduard?
Después el gato se puso a arañar la puerta, y cuando consiguió abrirla todos vieron en el centro de la habitación a una niña con mirada inquieta sentada en un orinal.
Un domingo David fue al mercado con su abuela. Por el camino encontraron viejas con pañuelos negros, encargadas de vagones de ferrocarril soñolientas y taciturnas, altivas mujeres de dirigentes locales, mujeres campesinas calzadas con botas de agua.
Los mendigos judíos gritaban con voces rudas y enojadas: la gente parecía darles limosna más por temor que por compasión. Por la carretera de cantos rodados pasaban los camiones de los koljoses cargados de sacos de patatas y salvado, jaulas de mimbre llenas de gallinas que gritaban en cada bache, como viejas judías enfermas.
Lo que más le fascinaba y le aterrorizaba, hasta el punto de llevarle a la desesperación, eran los puestos de las carnicerías. David había visto sacar de un carro a un ternero muerto: tenía la boca pálida entreabierta y el pelaje rizado y blanco del cuello manchado de sangre.
La abuela compró una gallina joven variopinta y se la llevó por las patas atadas con un trozo de tela blanca, y David caminaba a su lado intentando ayudar a la gallina a levantar su débil cabeza, preguntándose asombrado cómo su abuela podía ser tan inhumanamente cruel.
Recordó unas palabras incomprensibles de su madre. Decía que la familia por parte del abuelo eran personas cultas e instruidas, pero que por parte de la madre todos eran pequeñoburgueses y comerciantes. Seguramente ése era el motivo por el que su abuela no tenía piedad de la gallina.
Entraron en un patio, salió a su encuentro un viejecito con una kipá en la cabeza y la abuela comenzó a hablar con él en yiddish. El viejecito cogió la gallina entre los brazos, farfulló algunas palabras y la gallina cacareó confiada. El viejo hizo entonces un gesto muy rápido, un movimiento apenas perceptible pero obviamente terrible, y se echó la gallina por encima del hombro. Ésta comenzó a correr batiendo las alas y el niño vio que no tenía cabeza, lo que corría era sólo un cuerpo decapitado: el viejecito había matado la gallina.
Después de una carrera de pocos pasos, el cuerpo cayó arañando el suelo con sus patas fuertes y jóvenes, y dejó de vivir.
Aquella noche David tuvo la sensación de que el olor húmedo de las vacas y sus crías degolladas llegaba incluso hasta su habitación.
La muerte, que antes vivía en la ilustración de un bosque donde un lobo dibujado se acercaba furtivamente a una cabritilla dibujada, dejó de estar confinada en las páginas del libro de cuentos. Por primera vez David comprendió con claridad meridiana que también él era mortal, no sólo como en los cuentos, sino de verdad.
Comprendió que un día su mamá moriría. La muerte les llegaría a ambos, pero no saldría de un bosque de cuento donde los abetos se yerguen en la penumbra, sino de este aire, de la vida, de estas paredes familiares, y sería imposible escaparse de ella.
David sintió la muerte con una claridad y una profundidad que sólo son capaces de alcanzar los niños y los grandes filósofos, cuyo vigor especulativo se aproxima a la sencillez y la fuerza del sentimiento infantil.
De los asientos hundidos sobre los que habían colocado unas tablas de madera contrachapada y del armario ropero emanaba un olor bueno y tranquilizador, el mismo olor de los cabellos y los vestidos de la abuela. Una noche cálida y engañosamente calma los rodeaba.
49
Aquel verano la vida dejó de estar confinada en los cubitos con dibujos pintados en los silabarios. Vio qué destellos azules irradian las oscuras alas de un pato y cuánta broma burlona encierra su graznido. Se encaramó al tronco rugoso de un cerezo y logró coger las blancas cerezas que brillaban entre el follaje. Fue a ver de cerca a un ternero amarrado al poste de un páramo y le extendió un terrón de azúcar; mudo de felicidad miró los ojos tiernos de la enorme criatura.
Pinchik el pelirrojo se acercó a David y le propuso, arrastrando las erres:
—¿Quier-r-r-r-es camor-r-r-a?
En el vecindario de la abuela, los judíos y los ucranianos se parecían. La vieja Partinskaya, de visita en casa de la abuela, decía con su voz arrulladora:
—¿Ha oído la noticia, Roza Nusinovna? Sonia se va a Kiev, ha hecho las paces con el marido.
La abuela, juntando las manos y riendo, respondía:
—¡Vaya! ¡Menuda comedia!
Aquel mundo a David le parecía mejor y más agradable que la calle Kírov, donde una vieja mujer llamada Drako-Drakon con la cara toda pintada paseaba su caniche por la calle asfaltada, donde cada mañana estacionaba delante del portal una limusina ZIS-101, donde una vecina, con quevedos y un cigarrillo entre sus labios rojos de carmín, susurraba con furia ante la cocina comunal de gas: «Tú, trotskista, has vuelto a tirarme el café del hornillo».
Era de noche cuando David y su madre volvieron de la estación. Caminaron por una calle pavimentada, iluminada por la luna, y pasaron por delante de una iglesia católica blanca que albergaba en un nicho a un Cristo delgado, del tamaño de un niño de doce años, inclinado, y en la cabeza, una corona de espinas. Dejaron atrás la escuela de magisterio donde una vez había estudiado su madre.
Y algunos días después, un viernes por la noche, David vio a los viejos que se dirigían a la sinagoga entre el polvo dorado que levantaban los pies desnudos de unos chicos jugando al fútbol en un solar.
Había un encanto conmovedor en aquella yuxtaposición de casas blancas ucranianas, el chirrido de las grúas del pozo y los antiguos bordados negros y blancos de los mantos de oración que suscitaban la admiración desde tiempos bíblicos, remotos e insondables. Y coexistía todo junto: el Kohzar[57], Pushkin y Tolstói, los manuales de física, La enfermedad infantil del izquierdismo en el movimiento comunista, los hijos de sastres y zapateros que habían combatido en la guerra civil, los instructores del raikom, los tribunos y cizañeros del sóviet de sindicatos regional, conductores de camiones, inspectores de policía, conferenciantes marxistas.
Cuando llegó a casa de la abuela, David se enteró de que su madre era desdichada. La primera en anunciárselo fue la gorda tía Rajil, que tenía las mejillas tan coloradas que daba la impresión de que siempre se avergonzaba de algo.
—¡Cómo es posible, abandonar a una mujer tan maravillosa como tu madre! ¡Ya se arrepentirá, ya!
Un día después David ya sabía que su padre se había ido con una mujer rusa ocho años mayor que él; que él ganaba dos mil quinientos rublos al mes en la Filarmónica, pero que mamá no había aceptado pensión alimenticia y vivía sólo de su sueldo: trescientos diez rublos al mes.
Una vez David enseñó a su abuela el capullo que guardaba en una caja de cerillas.
—Pero bueno, ¿para qué quieres esa porquería? ¡Tíralo ahora mismo!
David fue a la estación de mercancías dos veces y vio cómo cargaban en los vagones a toros, carneros y cerdos. Un toro mugía potente como si sufriera o implorara piedad. Al niño le atenazó un miedo pavoroso, pero los ferroviarios que pasaban junto a los vagones con chaquetas sucias y desgarradas ni siquiera volvían sus caras demacradas y extenuadas hacia la bestia doliente.
Una semana después de su llegada, una vecina de la abuela llamada Deborah cuyo marido, Lázar Yankélevich, trabajaba como mecánico en la fábrica de máquinas agrícolas, trajo al mundo a su primer hijo. El año antes Deborah había ido a casa de su hermana, en Kolymá, y durante una tormenta le cayó un rayo. Intentaron reanimarla practicándole la respiración artificial, pero al final desistieron y la cubrieron de tierra. Así yació durante dos horas, como muerta… Y, mira por dónde, ahora daba a luz a un bebé, ella que durante quince años había sido estéril. La abuela contó esa historia y luego añadió:
—Eso es lo que dice la gente, pero el año pasado tuvo que someterse a una operación.
David y su abuela fueron a visitar a los vecinos.
—¡Bueno, Luzia! ¡Bueno, Deba! —dijo la abuela después de echar un vistazo a aquella criaturita de dos piernas acostada en el cesto de la ropa.
Pronunció aquellas palabras en tono amenazador, como advirtiendo al padre y a la madre que no se tomaran a la ligera aquel milagro acontecido.
En una pequeña casa al lado de la vía férrea vivía la vieja Sorkina con sus dos hijos sordomudos, peluqueros de oficio. Todo el vecindario les temía, y la vieja Partinskaya decía a David en ucraniano:
—Si no beben están tranquilos. Pero cuando han bebido se tiran el uno encima del otro, se pelean como caballos, lanzándose cuchillos.
Un día la abuela mandó a David que llevara un tarro de nata a Musia Borísovna… La habitación de la bibliotecaria era minúscula. Sobre la mesa había una pequeña taza, en la pared había fijada una estantería donde reposaban algunos libros pequeños y sobre la cama colgaba una pequeña fotografía. En la imagen aparecían David de bebé y su madre. Cuando David miró la fotografía, Musia Borísovna se ruborizó y dijo:
—Tu mamá y yo nos sentábamos en el mismo pupitre en la escuela.
David le recitó la fábula de la cigarra y la hormiga y Musia Borísovna declamó el inicio de la poesía «Sasha lloraba mientras talaban el bosque…».
Por la mañana todo el patio estaba murmurando: durante la noche a Solomón Slepoi le habían robado la pelliza que había guardado en naftalina para preservarla del verano.
Cuando la abuela se enteró de la desaparición de la pelliza, exclamó:
—Gracias, Dios mío. Es lo mínimo que se merecía.
David se enteró de que Slepoi era un delator y que había denunciado a mucha gente en los tiempos de confiscación de divisas extranjeras y de oro. Dos de sus víctimas fueron fusiladas y otra murió en la enfermería de la prisión.