Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 58

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La noche y sus terribles ruidos, el canto de los pájaros, sangre inocente…, todo se mezclaba en un potaje en ebullición abrasador. Décadas más tarde, David hubiera podido comprenderlo, pero incluso en ese momento era consciente, noche y día, de su horror y su conmovedor encanto.

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Antes del sacrificio del ganado infectado deben adoptarse varias medidas preventivas: el transporte, la concentración en puntos adecuados, la instrucción de personal cualificado, la excavación de fosas y zanjas.

La población que colabora con las autoridades para llevar el ganado infectado a los mataderos o para capturar los animales dispersos no lo hace por un odio cerval hacia los terneros y las vacas, sino por instinto de conservación.

Asimismo, en los casos de exterminios masivos de personas la población local no profesa un odio sanguinario contra las mujeres, los ancianos y los niños que van a ser aniquilados. Por ese motivo, la campaña para el exterminio masivo de personas exige una preparación especial. En este caso no basta tan sólo con el instinto de conservación: es necesario incitar en la población el odio y la repugnancia.

Fue precisamente en una atmósfera de odio y repulsión como se preparó y llevó a cabo la aniquilación de los judíos ucranianos y bielorrusos. En su momento, en aquella misma tierra, después de haber movilizado y atizado la ira de las masas, Stalin abanderó la campaña para la aniquilación de los kulaks como clase, la campaña para la destrucción de los degenerados y saboteadores trotskistas-bujarinistas.

La experiencia había mostrado que la mayor parte de la población, tras ser expuesta a empresas similares, está dispuesta a obedecer hipnóticamente todas las indicaciones de las autoridades. Luego hay una minoría particular que ayuda activamente a crear la atmósfera de la campaña: fanáticos ideológicos, sanguinarios que disfrutan y se alegran ante las desgracias ajenas, gente que actúa en beneficio propio en la rapiña de objetos, apartamentos y la ocupación de eventuales puestos vacantes. A la mayoría, sin embargo, la horrorizan las ejecuciones masivas, y esconden su propio estado de ánimo no sólo a sus más allegados, sino a sí mismos. Estas personas llenan salas donde se celebran reuniones dedicadas a las campañas de exterminio pero, por frecuentes que sean las reuniones y grandes las dimensiones de las salas, no existe casi ningún caso en que alguien haya infringido la tácita unanimidad del voto. Y, naturalmente, todavía es más extraordinario que un hombre, ante un perro que acaso tenga la rabia, no aparte la mirada de sus ojos suplicantes, sino que lo acoja en la casa donde vive junto a su mujer e hijos. Sin embargo también hubo casos así.

La primera mitad del siglo XX será recordada como una época de grandes descubrimientos científicos, revoluciones, grandiosas transformaciones sociales y dos guerras mundiales.

Pero la primera mitad del siglo XX entrará en la historia de la humanidad como la época del exterminio total de enormes extractos de población judía, un exterminio basado en teorías sociales o raciales. Hoy en día se guarda silencio sobre ello con una discreción comprensible.

En ese tiempo, una de las particularidades más sorprendentes de la naturaleza humana que se reveló fue la sumisión. Hubo episodios en que se formaron enormes colas en las inmediaciones del lugar de la ejecución y eran las propias víctimas las que regulaban el movimiento de las colas. Se dieron casos en que algunas madres previsoras, sabiendo que habría que hacer cola desde la mañana hasta bien entrada la noche en espera de la ejecución, que tendrían un día largo y caluroso por delante, se llevaban botellas de agua y pan para sus hijos. Millones de inocentes, presintiendo un arresto inminente, preparaban con antelación fardos con ropa blanca, toallas, y se despedían de sus más allegados. Millones de seres humanos vivieron en campos gigantescos, no sólo construidos sino también custodiados por ellos mismos.

Y no ya decenas de miles, ni siquiera decenas de millones, sino masas ingentes de hombres fueron testigos sumisos de la masacre de inocentes. Pero no sólo fueron testigos sumisos: cuando era preciso votaban a favor de la aniquilación en medio de un barullo de voces aprobador. Había algo insólito en aquella extrema sumisión.

Por supuesto, hubo resistencia, hubo valentía y tenacidad por parte de los condenados, alzamientos, incluso sacrificios llegado el caso cuando, para salvar a un hombre desconocido y lejano, otros hombres arriesgaban su propia vida y la de su familia. Pero la sumisión de las masas es un hecho irrebatible.

¿Qué hemos aprendido? ¿Se trata de un nuevo rasgo que brotó de repente en la naturaleza humana? No, esta sumisión nos habla de una nueva fuerza terrible que triunfó sobre los hombres. La extrema violencia de los sistemas totalitarios demostró ser capaz de paralizar el espíritu humano en continentes enteros.

Una vez puesta al servicio del fascismo, el alma del hombre declara que la esclavitud, ese mal absoluto portador de muerte, es el único bien verdadero. Sin renegar de los sentimientos humanos, el alma traidora proclama que los crímenes cometidos por el fascismo son la más alta forma de humanitarismo y está conforme en dividir a los hombres en puros y dignos e impuros e indignos. La voluntad de sobrevivir a cualquier precio se expresa en el oportunismo del instinto y la conciencia.

En ayuda del instinto acude la fuerza hipnótica de las grandes ideas. Apelan a que se produzca cualquier víctima, a que se acepte cualquier medio en aras del logro de objetivos supremos: la futura grandeza de la patria, la felicidad de la humanidad, la nación o una clase, el progreso mundial.

Y al lado del instinto de supervivencia, al lado de la fuerza hipnótica de las grandes ideas, trabaja también una tercera fuerza: el terror ante la violencia ilimitada de un Estado poderoso que utiliza el asesinato como medio cotidiano para gobernar.

La violencia del Estado totalitario es tan grande que deja de ser un medio para convertirse en un objeto de culto místico, de exaltación religiosa.

¿Cómo si no cabe explicar las posiciones de algunos pensadores e intelectuales judíos que juzgaron necesario el asesinato de los judíos para la felicidad de la humanidad, que afirmaron que, a sabiendas de eso, los judíos estaban dispuestos a conducir a sus propios hijos al matadero para la felicidad de la patria, dispuestos a realizar el sacrificio que en un tiempo había realizado Abraham?

¿Cómo si no cabe explicar que un poeta, campesino de nacimiento, dotado de razón y talento, escribiera con sentimiento genuino un poema que exalta los años terribles de sufrimientos padecidos por los campesinos, años que han engullido a su propio padre, un trabajador honrado y sencillo?

Uno de los medios de los que se sirve el fascismo para actuar sobre el hombre es la total, o casi total, ceguera. El hombre no cree que vaya al encuentro de su propia aniquilación. Es sorprendente que aquellos que se encontraban al borde de la tumba fueran tan optimistas. Sobre la base de la esperanza —una esperanza absurda, a veces deshonesta, a veces infame— surgió la sumisión, que a menudo era igual de miserable y ruin.

La insurrección de Varsovia, la insurrección de Treblinka, la insurrección de Sobibor, las pequeñas revueltas y levantamientos de los Brenner nacieron de la desesperación más absoluta. Pero, naturalmente, la desesperación total y lúcida no generó sólo levantamientos y resistencia: engendró también el deseo —extraño en un hombre normal— de ser ejecutado lo más pronto posible.

La gente discutía por el puesto en la cola hacia la fosa sangrienta mientras en el aire resonaba una voz excitada, demente, casi exultante:

—Judíos, no tengáis miedo. No es nada terrible. Cinco minutos y todo habrá terminado.

Todo, todo engendraba sumisión, tanto la esperanza como la desesperación. Sin embargo, los hombres, aunque sometidos a la misma suerte, no tienen el mismo carácter.

Es necesario reflexionar sobre qué debió de soportar y experimentar un hombre para llegar a considerar la muerte inminente como una alegría. Son muchas las personas que deberían reflexionar, y sobre todo las que tienen tendencia a aleccionar sobre cómo debería de haberse luchado en unas condiciones de las que, por suerte, esos frívolos profesores no tienen ni la menor idea.

Una vez establecida la disposición del hombre a someterse ante una violencia ilimitada, cabe extraer la última conclusión, de gran relevancia para entender la humanidad y su futuro.

¿Sufre la naturaleza del hombre una mutación dentro del caldero de la violencia totalitaria? ¿Pierde el hombre su deseo inherente a ser libre? en esta respuesta se encierra el destino de la humanidad y el destino del Estado totalitario. La transformación de la naturaleza misma del hombre presagia el triunfo universal y eterno de la dictadura del Estado; la inmutabilidad de la tendencia del hombre a la libertad es la condena del Estado totalitario.

He aquí que las grandes insurrecciones en el gueto de Varsovia, en Treblinka y Sobibor, el gran movimiento partisano que inflamó decenas de países subyugados por Hitler, las insurrecciones postestalinianas en Berlín en 1953 o en Hungría en 1956, los levantamientos que estallaron en los campos de Siberia y Extremo Oriente tras la muerte de Stalin, los disturbios en Polonia, los movimientos estudiantiles de protesta contra la represión del derecho de opinión que se extendió por muchas ciudades, las huelgas en numerosas fábricas, todo ello demostró que el instinto de libertad en el hombre es invencible. Había sido reprimido, pero existía. El hombre condenado a la esclavitud se convierte en esclavo por destino, pero no por naturaleza.

La aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada. El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. La eterna, ininterrumpida violencia, directa o enmascarada, es la base del totalitarismo. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro.

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Una máquina eléctrica puede efectuar cálculos matemáticos, memorizar acontecimientos históricos, jugar al ajedrez, traducir libros de una lengua a otra. Supera al hombre en su capacidad de solucionar con mayor rapidez problemas matemáticos; su memoria es impecable.

¿Existe un límite al progreso que crea máquinas a imagen y semejanza del hombre? Evidentemente la respuesta es no.

Se puede imaginar la máquina de los siglos y milenios futuros. Escuchará música, sabrá apreciar la pintura, ella misma pintará cuadros, compondrá melodías, escribirá versos.

¿Hay un límite a su perfeccionamiento? ¿Podrá ser comparada a un hombre? ¿Lo sobrepasará?

La reproducción del hombre por parte de la máquina necesitará cada vez más electrónica, volumen y superficie.

El recuerdo de la infancia, las lágrimas de felicidad, la amargura de la separación, el amor a la libertad, la compasión hacia un perrito enfermo, la aprensión, la ternura maternal, la reflexión sobre la muerte, la tristeza, la amistad, la esperanza repentina, la suposición feliz, la melancolía, la alegría inmotivada, la turbación inesperada…

¡Todo, la máquina lo reproducirá todo! Sin embargo, sobre la Tierra no habrá lugar suficiente para colocar la máquina, esa máquina cuyas dimensiones siempre continuarán creciendo en medida y peso como si intentara recrear las particularidades de la mente y el alma del hombre medio, del hombre insignificante.

El fascismo aniquiló a decenas de millones de hombres.

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En una casa espaciosa, luminosa y limpia de un pueblo situado en un bosque de los Urales, Nóvikov, el comandante del cuerpo de tanques, y el comisario Guétmanov acababan de examinar los informes de los comandantes de las brigadas que habían recibido la orden de salir de la reserva y entrar en servicio activo.

El trabajo insomne de los últimos días había dado paso a una calma momentánea.

Como suele suceder en esos casos, a Nóvikov y a sus subordinados les daba la impresión de que les había faltado tiempo para completar la instrucción de los reclutas. Pero ahora el periodo de instrucción había llegado a su fin, había acabado la asimilación de la óptica, los equipos de radio, los principios de balística y el funcionamiento de los motores y las piezas móviles; había terminado el periodo de prácticas de la dirección del tiro, de evaluación, elección y repartición de los objetivos, de determinación del momento propicio para abrir fuego, de la observación de los impactos, de la introducción de modificaciones, del cambio de objetivos.

El nuevo maestro, la guerra, enseña rápido, hace trabajar a los rezagados, llena las lagunas.

Guétmanov alargó la mano hacia el armarito que se encontraba entre las dos ventanas, tamborileó con un dedo y dijo:

—Eh, amigo, ven a primera línea.

Nóvikov abrió la puerta del armario, sacó una botella de coñac y lo sirvió en dos grandes vasos azulados.

—¿Por quién vamos a brindar? —dijo el comisario, pensativo.

Nóvikov sabía a la salud de quién había que beber, precisamente por eso Guétmanov lo había preguntado.

Después de un momento de vacilación, Nóvikov dijo:

—Camarada comisario del cuerpo, beberemos a la salud de los que usted y yo estamos a punto de conducir a la batalla. Que no derramen mucha sangre.

—Correcto, antes de nada preocupémonos de los cuadros que nos han confiado —asintió Guétmanov—. ¡Bebamos por nuestros muchachos!

Brindaron y luego vaciaron sus vasos.

Nóvikov, con precipitación indisimulada, volvió a llenar los vasos y dijo:

—¡Por el camarada Stalin! ¡Que seamos dignos de su confianza!

Se percató de que en los ojos atentos y afectuosos de Guétmanov había asomado una sonrisa burlona e, irritado consigo mismo, pensó: «¡Maldita sea! He corrido demasiado».

—Claro que sí —dijo Guétmanov bondadosamente—, brindemos por nuestro viejecito, por nuestro papaíto. Bajo su mando hemos navegado hasta las aguas del Volga.

Nóvikov miró al comisario, pero ¿qué se puede leer en una cara gorda, sonriente, de pómulos salientes, en los ojos entornados, alegres y desprovistos de bondad de un hombre inteligente de cuarenta años? De repente Guétmanov se puso a hablar del jefe del Estado Mayor, el general Neudóbnov:

—Es un buen tipo. Un bolchevique. Un auténtico estalinista. Un hombre con experiencia de mando. Y resistencia. Lo conocí en 1937. Yezhov lo mandó a limpiar el distrito militar. Bueno, en esos tiempos yo tampoco me ocupaba de un jardín de infancia… Hizo un trabajo concienzudo. No era un blandengue, era un hacha: ¡había liquidado listas de hombres enteras! Sí, se ganó la confianza de Yezhov, tanto como Vasili Vasílievich Úlrij. Hay que invitarlo enseguida, si no se ofenderá.

Por su tono se habría podido creer que condenara la lucha librada contra los enemigos del pueblo, lucha en la que, Nóvikov lo sabía, Guétmanov había tomado parte. Y Nóvikov miró de nuevo a Guétmanov y no lograba comprenderlo.

—Sí —dijo Nóvikov despacio y a regañadientes—, en aquella época algunos las hicieron buenas.

Guétmanov hizo un ademán y cambió de tema.

—Hoy ha llegado un informe del Estado Mayor General: horrible. Los alemanes avanzan hacia el monte Elbrus, y en Stalingrado empujan a los nuestros al agua. Lo digo sin rodeos: es culpa nuestra, hemos disparado contra los nuestros, hemos destruido nuestros cuadros.

Nóvikov sintió un repentino arrebato de confianza hacia Guétmanov:

—Sí, camarada comisario, han destruido a muchos hombres buenos. Han hecho verdadero daño al ejército. Por ejemplo, el general Krivoruchko: perdió un ojo durante un interrogatorio, si bien él le rompió la cabeza al juez instructor con un tintero.

Guétmanov asintió con simpatía y dijo:

—Lavrenti Pávlovich aprecia mucho a nuestro Neudóbnov. Y Lavrenti Pávlovich es un hombre inteligente: nunca se equivoca juzgando a las personas.

«Sí, sí», pensó Nóvikov para sus adentros, resignadamente.

Se callaron y escucharon las voces bajas y silbantes que llegaban de la habitación de al lado.

—Mientes, esos calcetines son nuestros.

—¿Cómo que vuestros, camarada teniente? ¿Qué le pasa, está chiflado o qué? —Y la misma voz añadió, esta vez tuteando—: Pero dónde los pones, no los toques, ésos son los cuellos de nuestros uniformes.

—Y qué más, camarada instructor, ¿cómo que vuestros? ¡Mire!

Eran el ayudante de campo de Nóvikov y el ordenanza de Guétmanov que estaban separando la ropa de sus jefes después de la colada.

—Tengo a estos diablos bajo control —dijo Guétmanov—. Antes, cuando caminábamos usted y yo, ellos iban detrás de nosotros hacia los ejercicios de tiro del batallón de Fátov. Yo crucé el arroyo a través de las piedras, mientras que usted pasó saltando y sacudió la pierna para quitarse el barro. Pues bien, miré atrás y vi a mi ordenanza cruzar el arroyo a través de las piedras y a su teniente saltar y sacudirse la pierna.

—Eh, pendencieros, discutid en voz baja —dijo Nóvikov, y las voces allí al lado cesaron de inmediato.

En la habitación entró el general Neudóbnov, un hombre pálido, de frente alta y tupidos cabellos canos. Lanzó una mirada a los vasos y a la botella, colocó sobre la mesa un fajo de papeles y le preguntó a Nóvikov:

—Camarada coronel, ¿qué vamos a hacer con el jefe de Estado Mayor de la segunda brigada? Mijáilov volverá dentro de un mes y medio, he recibido un certificado médico del hospital del distrito.

—Pero ¿qué clase de jefe de Estado Mayor va a ser un hombre sin intestino y sin un trozo de estómago? —dijo Guétmanov mientras servía en un vaso coñac para Neudóbnov—. Beba, camarada general, beba ahora que los intestinos están en su sitio.

Neudóbnov enarcó las cejas y miró interrogativamente con sus ojos gris claro en dirección a Nóvikov.

—Por favor, camarada general, se lo ruego —le invitó Nóvikov.

Le irritaban los modales de Guétmanov, su actitud de amo y señor allí adonde iba, convencido de su derecho a emitir su opinión largo y tendido en las reuniones que se celebraban para resolver problemas técnicos de los que no entendía nada. Y con esa misma seguridad, convencido de su derecho, Guétmanov era capaz de ofrecer el coñac ajeno, invitar a los huéspedes a descansar en la cama de otro, leer de la mesa papeles que no le pertenecían.

—Tal vez podríamos nombrar temporalmente para el cargo al mayor Basángov —dijo Nóvikov—. Es un oficial sensato y ya ha participado en combates de tanques en Novograd-Volinski. ¿Tiene alguna objeción el comisario de brigada?

—Ninguna, naturalmente —respondió Guétmanov—. ¿Qué objeción podría hacer…? Pero sí una consideración. El subjefe de la segunda brigada es un teniente coronel armenio, su superior del Estado Mayor será un calmuco, a lo que hay que añadir que, en la tercera brigada, el superior del Estado Mayor es el teniente coronel Lifshits. Tal vez podríamos prescindir del calmuco.

Miró a Nóvikov y luego a Neudóbnov.

—Para ser francos, eso es lo que nos dice el sentido común, pero el marxismo nos ha dado otro enfoque sobre esa cuestión.

—Lo principal es cómo el camarada en cuestión combatirá al alemán, ése es mi marxismo —declaró Nóvikov—. Y dónde rece su abuelo a Dios, si en una iglesia, en una mezquita… —meditó un instante y añadió—: o en una sinagoga, a mí me da lo mismo… Yo pienso así: lo principal en la guerra es disparar.

—Eso, eso —asintió con alegría Guétmanov—. No tenemos sinagogas ni lugares de oración en nuestro cuerpo de tanques. Después de todo estamos defendiendo Rusia. —Acto seguido frunció el ceño y dijo con rabia—: Os lo digo de verdad: basta ya. ¡Me dan ganas de vomitar! Siempre sacrificamos a los rusos en nombre de la amistad de los pueblos. Un natsmen[58] apenas necesita saber el alfabeto para que le nombren comisario del pueblo, mientras que a nuestro Iván, no importa que sea un pozo de ciencia, lo mandamos al cuerno, «¡cede el paso al natsmen!». Han transformado al gran pueblo ruso en una minoría nacional. Yo estoy a favor de la amistad entre los pueblos, pero no en estos términos. ¡Basta!

Nóvikov se quedó pensativo, miró los papeles que estaban sobre la mesa, tamborileó en el vaso con la uña y dijo:

—¿Soy yo quien oprime a los rusos por una simpatía particular hacia los calmucos?

Se volvió hacia Neudóbnov y añadió:

—Bien, el mayor Sazónov es nombrado temporalmente jefe del Estado Mayor de la segunda brigada.

—El oficial Sazónov es excepcional —comentó Guétmanov en voz baja.

Y Nóvikov, que había aprendido a ser rudo, autoritario, duro, sintió de nuevo inseguridad ante el comisario… «Bien, bien… —pensó consolándose—, no entiendo de política. Sólo soy un proletario que sabe de guerra. Nuestro trabajo es sencillo: aplastar a los alemanes.»

Pero, aunque se reía para sus adentros de la incompetencia en materia militar de Guétmanov, le resultaba desagradable sentirse tímido frente a él.

Aquel hombre de cabeza grande, cabellos desgreñados, estatura mediana, pero ancho de espaldas y con un vientre prominente, aquel tipo divertido, de voz estentórea, siempre en movimiento, tenía una energía inagotable.

Aunque nunca había estado en el frente, en las brigadas se decía de él: «¡Oh, es combativo nuestro secretario!».

Le gustaba organizar los mítines del Ejército Rojo; sus discursos cautivaban a la audiencia, bromeaba mucho y hablaba con sencillez, a menudo groseramente.

Caminaba bamboleándose y normalmente se apoyaba en un bastón; si un tanquista estaba en las musarañas y no lo saludaba, Guétmanov se detenía delante y, apoyándose en el famoso bastón, se quitaba la gorra y hacía una profunda reverencia como un viejo campesino.

Era irascible y odiaba las objeciones. Cuando alguien discutía con él, se ponía a resoplar y fruncir el ceño; una vez se encolerizó, levantó la mano y acabó descargando un puñetazo contra el capitán Gubenkov, el jefe del Estado Mayor del regimiento de artillería pesada. Como decían de él sus camaradas, se mostraba «terriblemente sujeto a sus principios».

El ordenanza de Guétmanov condenó severamente al terco capitán:

—Ese cerdo ha sacado de quicio a nuestro comisario.

Guétmanov no trataba con consideración a quienes habían sido testigos de los primeros días duros de la guerra. En una ocasión había dicho del favorito de Nóvikov, el comandante de la primera brigada Makárov:

—Le haré escupir toda la filosofía de 1941.

Nóvikov optó por callar, si bien le gustaba hablar con Makárov sobre aquellos primeros días de la guerra, días terribles pero en cierto sentido fascinantes.

En la audacia, en la agudeza de sus juicios, Guétmanov parecía todo lo contrario que Neudóbnov.

Pero los dos hombres, a pesar de sus diferencias, estaban unidos por un vínculo sólido.

La mirada inexpresiva pero atenta de Neudóbnov, sus frases bien perfiladas, sus palabras siempre sosegadas, deprimían a Nóvikov.

En cambio, Guétmanov, riéndose a carcajadas, decía:

—Tenemos suerte. En sólo doce meses los alemanes se han vuelto más odiosos para nuestros campesinos que los comunistas en veinticinco años.

O bien, sonriendo de improviso:

—Qué quieres, a nuestro papaíto le gusta que le digan que es genial.

Ese atrevimiento no contagiaba al interlocutor, bien al contrario, le inspiraba inquietud.

Antes de la guerra Guétmanov había estado al frente de una región. Pronunciaba discursos sobre la producción de ladrillos y la organización del trabajo de investigación científica en una filial del Instituto de Carbón, hablaba de la calidad de la cocción del pan en la fábrica de pan de la ciudad, de los defectos de la novela Llamas azules publicada en el almanaque local, de la reparación del parque de tractores, del inadecuado almacenamiento de las mercancías en las naves locales, sobre la epidemia de peste aviaria en los corrales de los koljoses.

Ahora hablaba con la misma seguridad de la calidad del combustible, de las normas del consumo de los motores y de la táctica de los combates con tanques, de la acción conjunta de infantería, tanques y artillería en caso de que rompieran la defensa del adversario, de la marcha de los tanques, del servicio médico en batalla, de los códigos de radio, de la psicología militar del tanquista, de la peculiar relación que se establece entre los miembros de cada dotación y de las diversas dotaciones entre sí, de las reparaciones rutinarias y las prioritarias, sobre la evacuación de la maquinaria averiada en el campo de batalla.

En una ocasión Guétmanov y Nóvikov, que estaban en el batallón del capitán Fátov, se detuvieron frente al tanque que había resultado vencedor en las pruebas de tiro.

Mientras el oficial al mando del blindado respondía a las preguntas de los superiores acariciaba suavemente con la palma de la mano la pared del tanque.

Guétmanov preguntó al tanquista si le había resultado difícil hacerse con el primer puesto. Y éste, animado de improviso, había respondido:

—No, ¿por qué iba a ser difícil? Yo amo a mi tanque. Apenas llegué de mi pueblo al centro de instrucción y lo vi, enseguida lo amé aunque parezca increíble.

—Un flechazo —señaló Guétmanov y se echó a reír.

Y en aquella risa condescendiente había cierta condena al amor ridículo del joven hacia su tanque.

Nóvikov sintió en aquel instante que él era igual de ridículo, que también él podía amar estúpidamente. Pero no quería hablar con Guétmanov de su capacidad de amar de modo estúpido y cuando éste se puso serio dijo al tanquista con tono ejemplar:

—¡Bravo! el amor al tanque es una gran fuerza. Has obtenido éxito porque amas a tu carro —Nóvikov añadió con tono de burla—: Pero ¿por qué razón concreta amarlo? Es un blanco enorme y fácil, hace un ruido infernal que lo desenmascara inmediatamente y quienes van en él se aturden con el estruendo. Cuando está en movimiento traquetea y desde él es imposible observar ni apuntar correctamente.

Guétmanov había mirado a Nóvikov y sonreído con ironía. Y ahora, mientras llenaba de nuevo los vasos, sonrió del mismo modo, miró a Nóvikov y dijo:

—Nuestro itinerario pasa por Kúibishev. Nuestro comandante podrá hacerle una visita a alguien que yo me sé. Brindemos por el encuentro.

«Sólo me faltaba eso», pensó Nóvikov sintiendo que se ruborizaba como un colegial.

La guerra había sorprendido al general Neudóbnov en el extranjero. No fue hasta inicios de 1942, a su regreso al Comisariado Popular de Defensa en Moscú, cuando vio las barricadas más allá del río Moscova, las barricadas antitanque, y escuchó las señales de alarma aérea.

Neudóbnov, como Guétmanov, no hacía nunca preguntas a Nóvikov sobre la guerra, tal vez porque se avergonzaba de no haber estado nunca en el frente.

Sin embargo Nóvikov quería comprender por qué cualidades Neudóbnov había llegado a ser general, y por ello reflexionaba sobre la biografía del jefe de Estado Mayor, que se reflejaba en las hojas de su expediente como un abedul joven en un estanque.

Neudóbnov era mayor que Nóvikov y Guétmanov y en 1916 había estado recluido en una cárcel zarista por su participación en un grupo bolchevique.

Después de la guerra civil fue enviado por el Partido a trabajar en el GPU[59], prestó servicio en las tropas fronterizas, fue enviado a estudiar a la Academia, periodo durante el que fue secretario de la organización del Partido de su promoción. Después trabajó en el departamento militar del Comité Central, en la oficina central del Comisariado Popular de Defensa.

Antes de la guerra había estado dos veces en el extranjero. Formaba parte de la nomenklatura. Al principio Nóvikov no comprendía del todo qué significaba eso de la nomenklatura, cuáles eran los privilegios y derechos especiales de los que gozaban esos dirigentes.

Neudóbnov avanzaba con extraordinaria rapidez a través del habitualmente largo periodo que separa la candidatura a un cargo del nombramiento al mismo; parecía que el Comisariado Popular de Defensa sólo esperara la candidatura de Neudóbnov para aprobarla. Había algo extraño, sin embargo, en la información que constaba en su expediente: en un primer momento parecía explicar todos los misterios de la vida de un hombre, los motivos de sus éxitos y fracasos, pero un momento después sólo parecía oscurecer la esencia, no explicar nada.

A su modo de ver la guerra reexaminaba los historiales, las biografías, los informes confidenciales, los diplomas… Y de repente el dirigente Neudóbnov, que formaba parte de la nomenklatura, se había encontrado bajo las órdenes del coronel Nóvikov. Pero sabía perfectamente que una vez acabada la guerra cesaría también aquella situación anormal.

Neudóbnov había llevado consigo a los Urales un fusil de caza y había dejado pasmados a todos los aficionados del cuerpo; Nóvikov dijo que seguramente, en su tiempo, el zar Nicolás II también salía de caza con un fusil de ese tipo. A Neudóbnov se lo habían dado en 1938 junto con una dacha y varios objetos confiscados: muebles, alfombras y una vajilla de porcelana.

Hablaran de lo que hablaran, ya fuera de la guerra, de la situación de los koljoses, del libro del general Dragomírov, de la nación china, de las cualidades del general Rokossovski, del clima de Siberia, de la calidad de la tela para capote rusa, o de la belleza superior de las rubias sobre las morenas, las opiniones de Neudóbnov nunca se pasaban de la raya.

Resultaba difícil comprender si aquello obedecía a la discreción o bien era la expresión de su verdadera naturaleza.

A veces, después de la cena, se volvía locuaz y contaba historias sobre saboteadores que habían sido desenmascarados y que actuaban en los campos más inesperados: en la fabricación de instrumental médico, en talleres de fabricación de botas para el ejército, en pastelerías, en palacios de pioneros, en los establos del hipódromo de Moscú, la Galería Tretiakov.

Poseía una memoria excelente y al parecer leía mucho: estudiaba las obras de Lenin y Stalin. Durante las discusiones solía decir:

—El camarada Stalin ya en el XVII Congreso decía… —y citaba.

Una vez Guétmanov le dijo:

—Hay citas y citas. Se han dicho cosas de todo tipo… Por ejemplo: «La tierra ajena no queremos, pero de la nuestra ni un centímetro cederemos». Y ¿dónde están los alemanes ahora?

Neudóbnov se encogió de hombros como si la presencia de los alemanes en el Volga no significara nada en comparación con las palabras sobre que no se cedería un solo centímetro de tierra.

De repente todo se desvaneció: los tanques, el reglamento militar, los ejercicios de tiro, el bosque, Guétmanov, Neudóbnov… ¡Zhenia! ¿De veras volvería a verla?

53

Nóvikov se sorprendió de que Guétmanov, después de leer una carta que había recibido de casa, le dijera:

—Mi esposa nos compadece, le he descrito las condiciones en que vivimos.

Lo que al comisario le parecía una vida ardua, para Nóvikov era un lujo excesivo.

Por primera vez había podido escoger su alojamiento. Una vez, yendo a visitar a una brigada, había dicho que el sofá no le gustaba y, cuando regresó al lugar del sofá, éste había sido reemplazado por una silla con un respaldo de madera; y Vershkov, su ayudante de campo, estaba esperándolo ansioso para ver si el cambio era del agrado del oficial.

El cocinero le preguntaba:

—¿Cómo está el borsch, camarada coronel?

Nóvikov amaba a los animales desde que era niño. Y ahora bajo su cama vivía un erizo que, como amo y señor, se pasaba la noche correteando por la habitación. También tenía una joven ardilla que comía avellanas y vivía en una jaula especial, decorada con el emblema de un tanque que le habían construido los mecánicos. La ardilla se había acostumbrado rápidamente a Nóvikov y a veces se le sentaba en las rodillas, lo miraba fijamente, confiada y curiosa, con ojos de pilluela. Todos se mostraban atentos y amables con los animales: el ayudante de campo Vershkov, el cocinero Orlénev, el conductor Jaritónov.

Y aquello para Nóvikov no era un asunto baladí. Una vez, antes de la guerra, llevó a la residencia de oficiales un cachorro que mordisqueó un zapato al coronel e hizo, en el transcurso de media hora, tres charcos de pipí en la cocina comunal; fue tal el revuelo que se armó que Nóvikov se vio obligado a separarse de su perro.

Llegó el día de la partida y entre el comandante del cuerpo de tanques y su jefe de Estado Mayor quedó pendiente una riña intrincada sin resolver.

Llegó el día de la partida, y con él las preocupaciones por el combustible, por las provisiones del viaje, por la organización de los carros y los convoyes.

Comenzó a pensar cómo serían sus futuros colegas, los hombres cuyos batallones de artillería saldrían hoy de la reserva y se dirigirían a la vía férrea; comenzó a preguntarse acerca del hombre ante el cual tendría que cuadrarse y decir: «Camarada general, permítale que le informe…».

Llegó el día de la partida y Nóvikov no había conseguido ver a su hermano, a su sobrina. Cuando partió hacia los Urales pensó que estaría cerca de su hermano; sin embargo, no había tenido tiempo de verlo.

Ya había sido informado del movimiento de las brigadas, de que las plataformas para la maquinaria pesada estaban preparadas, y de que el erizo y la ardilla habían sido liberados en el bosque.

Era difícil gobernar, responder por cada nadería, revisar cada detalle. Los tanques ya estaban dispuestos sobre las plataformas. Pero ¿no se habrían olvidado de poner el freno a las máquinas, poner la primera, fijar las torretas del cañón hacia delante, bloquear las escotillas? ¿Habrían preparado los cepos de madera para inmovilizar los tanques y prevenir oscilaciones peligrosas?

—¿Y si jugáramos una última partida de cartas? —preguntó Guétmanov.

—Por mí, de acuerdo —respondió Neudóbnov.

Pero Nóvikov tenía ganas de salir al aire libre, estar un rato a solas.

En aquella hora silenciosa que precede al anochecer, el aire tenía una transparencia sorprendente, y los objetos más insignificantes y minúsculos destacaban con nitidez. De las chimeneas el humo se desprendía sin arremolinarse, descendía en columnas perfectamente verticales. La leña de las cocinas de campaña crepitaba. En medio de la calle había un tanquista con las cejas muy negras, una chica lo abrazaba, apoyaba la cabeza contra su pecho, lloraba. De los edificios del Estado Mayor sacaban cajas y maletas, máquinas de escribir en sus estuches negros. Los soldados de transmisiones estaban enrollando dentro de la bobina los cables gruesos y negros que se extendían entre las brigadas y el Estado Mayor de la división. Detrás de los cobertizos un carro disparaba, jadeaba, echaba bocanadas de humo mientras se preparaba para partir. Los conductores vertían combustible en los nuevos Ford de carga, retiraban las fundas acolchadas de las capotas. Entretanto, el mundo a su alrededor permanecía inmóvil.

Nóvikov estaba de pie en el porche y miraba pasar los tanques; por un momento sentía que aminoraba el peso de sus preocupaciones y angustias.

Antes de caer la noche, montado en un jeep, desembocó en la carretera que conducía a la estación.

Los tanques salían del bosque.

La tierra, endurecida por las primeras heladas, sonaba bajo su peso. El sol poniente iluminaba las copas del lejano abetal de donde salía la brigada del teniente coronel Kárpov. Los regimientos de Makárov marchaban entre jóvenes abedules. Los soldados habían decorado sus blindados con ramas de árboles y daba la impresión de que las agujas de pino y las hojas de los abedules hubieran nacido, como las corazas de los carros de combate, del rugido de los motores, del crujido argénteo de las orugas de los tanques.

Los militares que parten desde las reservas hacia el frente suelen decir:

—¡Se montará una gran fiesta!

Nóvikov, que se había desviado a un lado del camino, observaba el paso de las máquinas.

¡Cuántos dramas, cuántas historias cómicas y extrañas habían pasado en este lugar! ¡Qué sucesos tan extraordinarios le habían explicado…! Durante el almuerzo en el Estado Mayor del batallón habían descubierto una rana en la sopa… El suboficial Rozhdéstvenski, con estudios superiores, había herido a un camarada en el vientre mientras limpiaba su arma, y acto seguido se había suicidado. Un soldado del regimiento de infantería motorizada se había negado a prestar juramento diciendo: «Juraré sólo en la iglesia».

Un humo azul y gris se aferraba a los arbustos situados al borde del camino.

Una infinidad de pensamientos diversos se amalgamaban en aquellas cabezas cubiertas por cascos de cuero; pensamientos al mismo tiempo personales y comunes a todo el pueblo: las desventuras de la guerra, el amor por la propia tierra; pero también aquella maravillosa diferencia que hermana a todas las personas, que las uniforma en la diversidad.

¡Ay, Dios mío! Dios mío… Cuántos eran, todos ataviados con monos negros, ceñidos con cinturones anchos… Los superiores escogían a los jóvenes anchos de espalda y de baja estatura, aptos para deslizarse fácilmente por la escotilla y moverse dentro del tanque. ¡Cuántas respuestas idénticas plasmadas en sus formularios acerca de sus padres, sus madres, el año de nacimiento, la fecha del diploma de estudios, de los cursos para conducir tractores!

Los verdes y achatados T-34, todos con las escotillas abiertas y las lonas impermeabilizadas atadas a los blindajes verdes, parecían fundirse en uno.

Un tanquista entonaba una canción; otro, con los ojos entornados, estaba lleno de temor y malos presentimientos; el tercero pensaba en su casa; el cuarto masticaba pan y salchichón, y sólo pensaba en eso; el quinto, boquiabierto, se esforzaba en reconocer un pájaro sobre un árbol (¿no sería una abubilla?); el sexto se preguntaba inquieto si no habría ofendido el día antes a su compañero con una palabra grosera; el séptimo, un tipo ladino que no se dejaba llevar por la ira, soñaba con romperle la cara a su adversario, el comandante de un T-34 que iba delante; el octavo componía mentalmente un poema; el noveno pensaba en los senos de una chica; el décimo compadecía a un perro que, entendiendo que lo habían abandonado entre los refugios vacíos, se lanzaba contra el blindaje del tanque e intentaba enternecer al tanquista moviendo tristemente la cola; el undécimo pensaba qué bello sería huir al bosque, vivir solo en una pequeña isba, alimentarse de hayas, beber agua de un manantial y caminar descalzo; el duodécimo se preguntaba si debía fingirse enfermo y pasar una larga temporada en un hospital; el decimotercero se repetía una historia que le habían contado de pequeño; el decimocuarto recordaba una conversación con una chica y no le afligía la separación definitiva, sino al contrario, se alegraba; el decimoquinto pensaba en el futuro: después de la guerra le gustaría ser director de una cantina.

«Ay, chicos», piensa Nóvikov.

Ellos le miran. Piensan que probablemente esté comprobando si sus uniformes están en buen estado, que está escuchando los motores y por su sonido adivina la experiencia o falta de la misma de los conductores y los mecánicos; que está observando si se ha mantenido la distancia correcta entre los tanques o si hay temerarios que intentan tomar la delantera respecto a los demás.

Pero él los mira de la misma manera que ellos a él, y los pensamientos que ellos abrigan son sus propios pensamientos: piensa en su botella de coñac que Guétmanov se había tomado la licencia de abrir; piensa que Neudóbnov tiene un carácter difícil, que no volverá a cazar en los Urales, y, por otra parte, que la última vez fue un fracaso, con aquel estruendo de metralleta, tanto vodka y bromas estúpidas…; piensa en la mujer a la que ama desde hace tantos años y que en breve volverá a ver… Cuando hace seis años se enteró de que se había casado, escribió una breve nota: «Me tomo un permiso indefinido, devuelvo mi revólver: número 10322». Eso fue cuando estaba de servicio en Nikolsk-Ussuríiski. Pero al final no había apretado el gatillo…

Tímidos, taciturnos, risueños y fríos, meditabundos, mujeriegos, egoístas inofensivos, vagabundos, avaros, contemplativos, buenazos… Helos ahí, dirigiéndose al combate por una causa común y justa. Esa verdad era hasta tal punto sencilla que hablar de ella parecía difícil. Pero justamente de esa sencillísima verdad se olvidan aquellos que deberían tomarla como punto de partida. Allí, en alguna parte, debía de hallarse la respuesta a aquella vieja disputa: ¿vive el hombre para el sábado?[60]

¡Qué triviales eran los pensamientos sobre las botas, sobre el perro abandonado, sobre la isba en un pequeño pueblo remoto, sobre el odio hacia un compañero que te ha arrebatado a una chica…! Sin embargo, en aquello estaba la esencia.

Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera.

Para conquistar ese derecho, defenderlo o ampliarlo, la gente se une. Y de ahí nace un prejuicio horrible pero poderoso: en aquella unión en nombre de la raza, de Dios, del Partido, del Estado se ve el sentido de la vida y no un medio. ¡No, no y no! Es en el hombre, en su modesta singularidad, en su derecho a esa particularidad donde reside el único, verdadero y eterno significado de la lucha por la vida.

Nóvikov sentía que aquellos hombres lograrían su objetivo: serían más fuertes, más astutos, más inteligentes que sus enemigos. Aquella mole de cerebros, laboriosidad, osadía y cálculo, eficacia operativa, furia; aquella riqueza espiritual de chicos del pueblo, estudiantes, alumnos de décimo curso, torneros, tractoristas, maestros, electricistas, conductores de autobús, malos, buenos, duros, amantes de la risa, solistas de coro, acordeonistas, precavidos, lentos, atrevidos, todos ellos se mancomunarían, se fundirían en una sola cosa, y así unidos, deberían llevarse la victoria, demasiada riqueza para no vencer.

Si no es uno, será otro, si no es en el centro, será en un flanco, si no es durante la primera hora de batalla, será en la segunda, pero lo conseguirán, serán más astutos, y con su potencia destrozarán, aplastarán al enemigo… El éxito en el combate depende sólo de ellos, lo conseguirán en el polvo, en el humo, en el instante en que sabrán sopesar, desplegarse, lanzarse, disparar una fracción de segundo antes, una fracción de centímetro más acertados, con mayor convicción y entusiasmo que el enemigo.

Sí, ellos tienen la solución. En aquellos chicos que van en las máquinas con cañones y ametralladoras radica la fuerza principal de la guerra.

Pero ¿lograrían unirse? La riqueza interior de todos ellos ¿se comportaría como una única fuerza?

Nóvikov los miraba, los contemplaba, y tuvo un pálpito, feliz y certero, que embargó todo su ser: «Esa mujer será mía, será mía».

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Fueron días extraordinarios.

Krímov tenía la impresión de que la historia había dejado de ser un libro, desembocaba en la vida, se confundía con ella.

Sentía vivamente el color del cielo y las nubes de Stalingrado, el brillo del sol en el agua. Aquellas sensaciones le recordaban la época de la infancia, cuando la visión de las primeras nieves, el repiqueteo de la lluvia estival o un arco iris le colmaban de felicidad. Ese sentimiento maravilloso se atempera con los años y abandona casi por completo a todos los seres vivos que se habitúan al milagro de la vida sobre la tierra.

Todo lo que a Krímov le había parecido equivocado en los últimos tiempos, todo lo que le había parecido un engaño, en Stalingrado se desvanecía. «Es como en tiempos de Lenin», pensaba.

Le parecía que la gente allí le trataba de manera diferente, mejor que antes de la guerra. Era lo mismo ahora que cuando los alemanes los habían cercado: ya no se sentía hijastro de su tiempo. Poco tiempo antes, en la orilla izquierda del Volga, preparaba con entusiasmo sus ponencias y consideraba natural que la dirección política lo hubiera transferido al trabajo de conferenciante.

Pero ahora se sentía profundamente ofendido por ese cambio. ¿Por qué lo habían apartado de su puesto de comisario militar? Creía que no se las arreglaba peor que otros, sea como fuere lo hacía mejor que muchos…

En Stalingrado tenía buenas relaciones con la gente. La igualdad y la dignidad habitaban aquella ladera de arcilla donde tanta sangre se había derramado.

Había un interés casi generalizado sobre ternas como la organización de los koljoses después de la guerra, las relaciones futuras entre los grandes pueblos y los gobiernos. El trabajo cotidiano de los soldados, su trabajo con las palas, con los cuchillos de cocina que empleaban para limpiar patatas y las chairas que utilizaban para reparar las botas, todo aquello parecía tener una relación directa con la vida del pueblo en la posguerra, así como con la vida de otros pueblos y estados.

Casi todos creían que el bien triunfaría en la guerra y los hombres honrados, que no habían dudado en sacrificar sus vidas, podrían construir una vida justa y buena. Aquella convicción resultaba conmovedora en unos hombres que sabían que tenían pocas posibilidades de sobrevivir hasta el final de la guerra y que, en cada despertar, se sorprendían por estar vivos un día más.

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