Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 58

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Por la noche, Krímov, después de una conferencia rutinaria, se presentó en el refugio del teniente coronel Batiuk, el comandante de la división desplegada sobre las laderas del Mamáyev Kurgán y junto al Banni Ovrag. Batiuk, un hombre de pequeña estatura cuya cara expresaba todo el cansancio de la guerra, se alegró de su llegada.

Sobre la mesa del teniente coronel habían dispuesto para la cena una buena gelatina y un pastel caliente casero. Mientras servía vodka a Krímov, Batiuk entrecerró los ojos y dijo:

—Oí que venía a darnos unas conferencias y me pregunté a quién visitaría primero, si a Rodímtsev o a mí. Al final se decidió por Rodímtsev.

Después se echó a reír, jadeando:

—Aquí se vive como en un pueblo. Por la tarde, cuando hay un poco de calma, nos dedicamos a telefonear a nuestros vecinos: ¿qué has comido? ¿Quién ha venido a verte? ¿Adónde vas? ¿Te han dicho los superiores quién tiene la mejor casa de baños? ¿De quién han escrito en el periódico? No escriben nunca de nosotros, siempre de Rodímtsev; a juzgar por los periódicos es el único que combate en Stalingrado.

Batiuk sirvió al invitado mientras que él mismo se conformó con un poco de té y pan, indiferente a los placeres de la buena mesa.

Krímov se dio cuenta de que la tranquilidad de movimientos y la lenta manera de hablar ucraniana de la que hacía gala Batiuk no se correspondían con los problemas que le rondaban por la cabeza.

A Nikolái Grigórievich le apenó que Batiuk no le formulara ni una sola pregunta relacionada con la conferencia. Como si ésta no hubiera tocado ninguna de las preocupaciones reales de Batiuk.

Krímov estaba impresionado por el relato de Batiuk sobre las primeras horas de la guerra. Durante la retirada general de la frontera, Batiuk había guiado a su regimiento hacia el oeste para impedir el paso de los alemanes. Los oficiales superiores, que se estaban replegando en la misma carretera, pensaron que iba a entregarse a los alemanes. Allí mismo, en la carretera, tras un interrogatorio a base de insultos y gritos histéricos, dieron la orden de fusilarlo. En el último instante, cuando ya estaba al pie del árbol, los soldados liberaron a su comandante.

—Sí, camarada teniente coronel —dijo Krímov—. Un asunto serio.

—No sufrí un ataque al corazón —respondió Batiuk—, pero mi corazón no ha vuelto a ser el mismo.

—¿Oye los disparos en el mercado? —preguntó Krímov con cierto tono teatral—. ¿Qué anda haciendo Gorójov ahora?

Batiuk le miró de reojo.

—Yo sé qué está haciendo Gorójov. Jugar a las cartas.

Krímov dijo que le habían avisado de que iba a celebrarse una reunión de francotiradores en el refugio de Batiuk y que le interesaría asistir a ella.

—Claro, es interesante, por qué no —respondió el teniente coronel.

Hablaron de la situación en el frente. A Batiuk le preocupaba la concentración nocturna de las fuerzas alemanas en el sector norte.

Cuando los tiradores certeros se reunieron en el refugio del comandante de la división, Krímov comprendió para quién había sido cocinado el pastel.

Sobre los bancos dispuestos a lo largo de las paredes y en torno a la mesa se acomodaron varios hombres con chaquetas; parecían tímidos e incómodos, pero al mismo tiempo conscientes de su dignidad. Los que se iban incorporando se esforzaban en no hacer ruido y, como los obreros que colocan en su lugar palas y hachas, apostaban en un rincón sus fusiles y ametralladoras.

La cara del famoso francotirador Záitsev parecía bondadosamente familiar, como la de un campesino amable y sosegado. Pero cuando Vasili Záitsev volvió la cabeza y frunció el ceño se acentuó la dureza de sus rasgos.

Krímov recordó una impresión que tuvo antes de la guerra: un día, en el transcurso de una reunión, observaba a un viejo conocido y, de improviso, aquel rostro que siempre le parecía severo se le reveló bajo una luz completamente diferente: movía los párpados, tenía la nariz baja, la boca entreabierta, un mentón pequeño. Todos aquellos detalles juntos le daban un aire débil e indeciso.

Al lado de Záitsev se sentaba el operador de mortero Bezdidko, un hombre de espalda estrecha y ojos castaños siempre risueños, y el joven uzbeco Suleimán Jalímov, que sacaba los labios hacia delante como un niño. El francotirador-artillero Matsegur, que se secaba el sudor de la frente con un pañuelo, parecía un afable padre de familia y no había en él ningún indicio que revelara el carácter amenazador de su oficio.

Los otros presentes en el refugio —el teniente de artillería Shuklín, Tókarev, Manzhulia, Solodki— también parecían tipos tímidos y apocados.

Batiuk les hacía preguntas con la cabeza gacha: semejaba más un alumno ávido de saber que uno de los comandantes más sabios y experimentados de Stalingrado.

Los ojos de todos los presentes se iluminaron con la expectación alegre de un chiste cuando se dirigió a Bezdidko en ucraniano:

—Bueno, Bezdidko, ¿cómo ha ido?

—Ayer se las hice pasar canutas a los boches, camarada teniente coronel. Pero esta mañana sólo he matado a cinco desperdiciando cuatro bombas de mano.

—Sí, no es un trabajo como el de Shuklín; él destruyó catorce tanques con un cañón.

—Pero Shuklín usó sólo un cañón porque en su batería no tenían más.

—Ha hecho saltar el burdel de los alemanes —declaró el atractivo Bulátov, sonrojándose.

—Y yo lo había tomado por un refugio cualquiera.

—A propósito de refugios —intervino Batiuk—. Hoy una bomba de mano me ha arrancado la puerta —y dirigiéndose a Bezdidko añadió en ucraniano en tono de reproche—: Pensé que era culpa de ese hijo de perra de Bezdidko, que se hace tanto el tímido. Y pensar que fui yo quien le enseñó a disparar.

El apuntador de artillería Manzhulia constató particularmente intimidado después de coger un trozo de pastel:

—Es buena la masa, camarada teniente coronel.

Batiuk hizo tintinear un cartucho de fusil contra el vaso.

—Bien, camaradas, un poco de seriedad.

Se trataba de una reunión de trabajo similar a las que se celebran en las fábricas o en los campamentos. Pero no eran tejedores ni panaderos ni sastres, y no hablaban de pan ni de trilladura.

Bulátov contó que había visto a un alemán que andaba por la carretera abrazado a una mujer; los había obligado a echarse al suelo y, antes de matarlos, les había dado la oportunidad de alzarse tres veces y de nuevo obligado a echarse al suelo, levantando con las balas nubes de polvo a dos o tres centímetros de sus piernas.

—Lo maté cuando se inclinó sobre ella; quedaron tendidos en medio de la carretera, en forma de cruz.

La indolencia con la que Bulátov narraba la historia acentuaba su horror, un horror que nunca está presente en los relatos de los soldados.

—No nos cuentes bolas, Bulátov —le interrumpió Záitsev.

—No son bolas —replicó Bulátov, sin comprender—. A día de hoy mi cuenta asciende a setenta y ocho. El camarada comisario no me permitiría mentir; aquí está su firma.

Krímov tenía ganas de participar en la conversación, de decir que probablemente entre los alemanes asesinados por Bulátov había obreros, revolucionarios, internacionalistas… Era importante tener aquello presente, de lo contrario corrían el riesgo de convertirse en ultranacionalistas. Pero Nikolái Grigórievich no dijo nada. Aquellos pensamientos no eran necesarios para la guerra; en lugar de armar, desarmaban.

Ceceando, el blancuzco Solodki contó cómo había matado a ocho alemanes el día antes. Luego añadió:

—Soy un koljosiano de Umansk. Lo que los fascistas hicieron en mi pueblo fue increíble. Yo también perdí un poco de sangre: me hirieron tres veces. Eso es lo que me hizo dejar de ser koljosiano y convertirme en francotirador.

Lúgubre, Tókarev explicó la mejor manera de escoger un apostadero en una carretera transitada por los alemanes para ir a la cocina o a buscar agua, y añadió:

—Mi mujer me escribe contándome lo que han pasado los que han sido hechos prisioneros cerca de Mozhaev; han matado a mi hijo porque le llamé Vladimir Ilich.

Jalímov, excitado, explicó:

—Nunca me apresuro. Disparo cuando el corazón me lo dice. Cuando llegué al frente me hice amigo del sargento Gúrov; yo le enseñé uzbeco y él a mí ruso. Lo mató un alemán, y yo abatí a doce de ellos. Cogí los prismáticos del oficial y me los colgué al cuello: he seguido sus indicaciones, camarada instructor político.

Había algo terrible en los informes de aquellos franco-tiradores. Durante toda su vida Krímov se había burlado de las medrosas almas intelectuales, se había burlado de Yevguenia Nikoláyevna y Shtrum que lamentaban los sufrimientos que habían soportado los deskulakizados durante el periodo de la colectivización. A propósito de los acontecimientos de 1937, le había dicho a Yevguenia: «No es terrible que liquidemos a nuestros enemigos, al diablo con ellos; lo terrible es cuando dispararnos contra los nuestros».

Ahora deseaba decir que nunca había vacilado, que siempre había estado dispuesto a eliminar a aquellos canallas de los guardias blancos, a los rastreros de los mencheviques y los eseristas, a los popes, a los kulaks, que nunca había sentido la menor piedad hacia los enemigos de la Revolución, pero que, sin embargo, no podía alegrarse de que, junto a los fascistas, se aniquilara a los obreros alemanes. Había algo terrible en los relatos de los francotiradores, aunque supieran bien en nombre de qué actuaban así.

Záitsev se puso a contar su combate con un francotirador alemán a los pies del Mamáyev Kurgán. Se había prolongado durante varios días. El alemán sabía que Záitsev le vigilaba y él, a su vez, vigilaba a Záitsev. Resultó que su pericia era muy similar y que ninguno lograba imponerse al otro.

—Aquel día derribó a tres de los nuestros, mientras yo permanecía a cubierto, sin realizar un solo disparo. Luego tira una última vez, no yerra el blanco, y el soldado cae de lado, los brazos en cruz. Desde su bando avanza un soldado con un papel en la mano, yo continúo agazapado, observo… Y él, lo sé, piensa que si hubiera un tirador apostado habría matado al soldado del papel, pero en cambio ha pasado. Sé que no puede ver al soldado que ha abatido y que desearía contemplar a su víctima. Silencio. Un segundo alemán pasa corriendo con un cubo; ni un ruido desde mi puesto. Pasan todavía unos quince minutos y empieza a ponerse de pie. Se levanta. Entonces me levanto yo de cuerpo entero…

Al revivir la escena, Záitsev se alzó desde detrás de la mesa. La particular expresión de severidad que antes le había asomado en el rostro ahora se había convertido en su expresión más genuina y dominante; no era ya un chico de aire bondadoso y nariz ancha: había algo leonino, algo poderoso y siniestro en sus aletas de nariz hinchadas, en su frente alta, en sus ojos llenos de una terrible luz de triunfo.

—Comprendió quién era yo. Y le disparé.

Durante un instante se hizo el silencio. Probablemente el mismo silencio que siguió al disparo de Záitsev, casi se podía oír el cuerpo inerte del muerto cayendo al suelo.

Batiuk se volvió de improviso hacia Krímov y preguntó:

—Bueno, ¿le parece interesante?

—Sí, magnífico —respondió Krímov, y eso es todo lo que dijo.

Krímov pasó la noche en el refugio de Batiuk.

Batiuk, moviendo los labios, contaba las gotas para el corazón que iba vertiendo en el vaso y seguidamente añadió agua.

Entre bostezos contó a Krímov los asuntos relacionados con la división; no hablaba de los combates, sino de todo tipo de hechos cotidianos.

A Krímov le daba la impresión de que todo lo que le explicaba estaba en relación con el episodio que le había ocurrido durante las primeras horas de la guerra, y que todos sus pensamientos emanaban de ahí.

Desde que había llegado a Stalingrado, Krímov no lograba desembarazarse de una sensación extraña. A veces le parecía que se encontraba en un reino donde el Partido no existía; otras, por el contrario, creía respirar el aire de los primeros días de la Revolución.

De repente Krímov preguntó:

—¿Hace mucho que está en el Partido, camarada teniente coronel?

Batiuk respondió:

—¿Por qué, camarada coronel? ¿Le parece que me desvío de la línea adecuada?

Durante un rato Krímov no contestó. Después dijo:

—Mire, siempre he sido considerado bastante buen orador dentro del Partido. He intervenido en grandes mítines de obreros. Pero aquí tengo la sensación de que me guían en lugar de guiar yo. Es muy extraño. ¿Quién es el que muestra el camino? ¿Quién arrastra a quién? Me apetecía tornar parte en la conversación de sus francotiradores, hacer una enmienda, pero después he pensado que ya sabían todo lo que necesitaban saber. A decir verdad, ésa no es la única razón por la que no dije nada. La dirección política nos indica que debemos imbuir en la conciencia de los soldados que el Ejército Rojo es un ejército de vengadores. No es momento para que me ponga a hablar del internacionalismo y la concepción de clase. ¡Lo principal es movilizar la furia de las masas contra los enemigos! No quiero ser como el tonto del cuento que llega a una boda y comienza a rezar por el eterno reposo del difunto…

Pensó un momento y dijo:

—Y luego, hay la costumbre… El Partido moviliza el odio de las masas, la furia, para destruir al enemigo. El humanitarismo cristiano no conviene a nuestra causa. Nuestro humanitarismo soviético es severo. No nos andamos con ceremonias…

De nuevo hizo una pausa.

—Desde luego no me refiero a casos como el suyo, cuando le iban a fusilar en vano… También en el 1937 a veces batíamos a los nuestros: ahí radica nuestra desgracia. Pero los alemanes han penetrado en la patria de los obreros y los campesinos. ¡Y la guerra es la guerra! ¡Lo tienen bien merecido!

Krímov esperaba una respuesta de Batiuk, pero éste callaba, no porque le desconcertaran las palabras de Krímov, sino porque sencillamente se había quedado dormido.

56

En la acería Octubre Rojo, inmersa en la penumbra, hombres enfundados en chaquetones acolchados iban y venían, retumbaban los disparos, se encendían llamaradas, y no se sabía si era polvo o niebla lo que flotaba en el aire.

El general Guriev, comandante de la división, había instalado los puestos de mando de los regimientos en el interior de los hornos. Krímov tenía la sensación de que la gente que había en esos hornos —hornos que hasta hace poco habían fundido acero— eran especiales; ellos mismos tenían el corazón de acero.

Desde ahí podían oírse no sólo los pasos de las botas alemanas y los gritos de mando, sino también los sigilosos chasquidos de los alemanes al recargar sus fusiles.

Cuando Krímov se deslizó, arqueando la espalda, por la boca del horno, donde se encontraba el mando del regimiento de fusileros y percibió en las palmas de la mano el calor que todavía persistía en los ladrillos refractarios, una especie de timidez se apoderó de él; era como si se le fuera a revelar de inmediato el secreto de la gran resistencia.

En la semioscuridad distinguió a un hombre en cuclillas, vio su cara amplia, escuchó una voz acogedora:

—¡Un invitado ha llegado a nuestro palacio! Por favor, cien gramos de vodka y un huevo cocido para nuestro visitante.

En la polvorienta y sofocante penumbra, a Nikolái Grigórievich se le pasó por la cabeza que nunca le explicaría a Yevguenia Nikoláyevna que la había recordado mientras se deslizaba por un horno de fundición de Stalingrado. En el pasado había intentado olvidarla, librarse de ella. Pero ahora se había resignado a que ella le siguiera insistentemente a todas partes. Incluso había penetrado en el horno, la hechicera, no había manera de escapar de ella…

Por supuesto estaba más claro que el agua. ¿Quién necesitaba a los hijastros de su tiempo? Lo mejor era enviarlos con los lisiados y los jubilados. Mejor aún, hacer jabón con ellos. Que ella se hubiera ido no hacía más que confirmar y alumbrar por completo la desesperación de su vida; ni siquiera allí, en Stalingrado, tenía un verdadero cometido militar…

Por la noche en aquel mismo lugar, después de su conferencia, Krímov conversó con el general Guriev. Éste se había quitado la chaqueta y se pasaba constantemente el pañuelo por la cara roja, y con voz alta y ronca ofrecía vodka a Krímov; con el mismo tono gritaba órdenes por teléfono a varios comandantes de los regimientos; con la misma voz alta y ronca con la que reprendía al cocinero por no saber asar como es debido las brochetas de carne, telefoneaba a su vecino Batiuk para preguntarle si habían jugado al dominó en el Mamáyev Kurgán.

—Tenemos buenos hombres aquí, alegres —dijo Guriev—. Batiuk es un tipo inteligente, el general Zhóludev que está en la fábrica de tractores es un viejo amigo mío. En el complejo fabril Barricada está el coronel Gúrtiev, también es buen tipo, pero lleva una vida monacal, no prueba el vodka. Naturalmente, eso es un error.

Luego pasó a explicar a Krímov que a nadie le quedaban tan pocas bayonetas activas como a él, tenía entre seis y ocho hombres por compañía; nadie estaba tan incomunicado como él; a veces, cuando venía una lancha, la tercera parte de los ocupantes llegaban heridos. Nadie, salvo Gorójov en el mercado, se hallaba en un lugar de tan difícil acceso.

—Ayer Chuikov llamó a Shuba, mi jefe de Estado Mayor. Estaban en desacuerdo respecto a la situación exacta de la línea de frente. El coronel Shuba volvió completamente enfermo.

Lanzó una mirada a Krímov y dijo:

—¿Piensa que le echó un rapapolvo? —y se puso a reír—. No, yo le echo un rapapolvo cada día. Él le hizo saltar los dientes, toda la primera fila.

—Sí… —dijo Krímov despacio.

Aquel «sí» admitía que la dignidad del individuo no siempre triunfaba en las pendientes de Stalingrado.

Luego Guriev comenzó a argumentar por qué los periodistas escribían tan mal sobre la guerra.

—Se esconden, los hijos de puta, no ven nada con sus propios ojos, se quedan al otro lado del Volga, en la retaguardia más tranquila, y escriben sus artículos. Si alguien es hospitalario con ellos, entonces hablan de él. Por ejemplo, Tolstói escribió Guerra y paz. Hace cien años que la gente lo lee y lo leerán todavía durante cien años más. ¿Y por qué? Porque participó en la guerra, él mismo combatió. Sabía de quién se tenía que hablar.

—Disculpe, camarada general —dijo Krímov—. Tolstói no participó en la guerra de 1812.

—¿No participó en ella? ¿Qué quiere decir? —replicó el general.

—Sencillamente que no participó —repitió Krímov—. Tolstói no había nacido en la época de la guerra contra Napoleón.

—¿Que no había nacido? —volvió a preguntar Guriev—. ¿Cómo que no había nacido? ¿Qué quiere decir?

Entre ellos se desencadenó una discusión violenta, la primera que seguía a una conferencia de Krímov. Para su sorpresa, el general se negó a creerle.

57

Al día siguiente Krímov fue a la fábrica Barricada donde estaba acantonada la división de fusileros siberianos del coronel Gúrtiev. Cada día sentía acrecentar sus dudas acerca de la utilidad de sus conferencias. A veces tenía la impresión de que le escuchaban por gentileza, como hacen los no creyentes ante los sermones de un viejo sacerdote. A decir verdad, se alegraban de su llegada. Pero comprendía que se alegraban desde el punto de vista humano y no por sus discursos. Se había convertido en uno de esos instructores políticos que se ocupan de tareas burocráticas, parlotean y estorban a quienes combaten. Los únicos funcionarios políticos que continuaban en su sitio eran los que no hacían preguntas, los que no se enfrascaban en largos informes y partes, los que no se dedicaban a la propaganda, sino que combatían.

Recordaba las clases de marxismo-leninismo que daba en la universidad, cuando él y su auditorio se sentían mortalmente aburridos al estudiar, como un catequismo, el breviario de la historia del Partido.

Sólo en tiempo de paz aquel tedio era legítimo, inevitable; mientras que allí, en Stalingrado, se volvía absurdo, un sinsentido. ¿Para qué servía todo aquello?

Krímov se encontró con Gúrtiev en la entrada del refugio del Estado Mayor pero no reconoció en aquel hombre delgaducho, calzado con botas de caña de lona y vestido con un capote militar raquítico, al comandante de la división.

La conferencia de Krímov se celebró en un amplio refugio de techo bajo. Nunca antes, durante su estancia en Stalingrado, Krímov había oído un fuego de artillería parecido. No tenía más remedio que alzar la voz todo el rato.

El comisario de la división Svirin, un hombre con un discurso altisonante y coherente, rico en expresiones agudas y divertidas, dijo antes del inicio de la conferencia:

—¿Por qué el público se limita a los oficiales de alto rango? Que vengan los topógrafos, los soldados de la compañía de defensa que estén libres, los soldados de transmisiones y enlaces que no tengan turno, que vengan a la conferencia sobre la situación internacional. Después de la ponencia se proyectará una película. Baile hasta el amanecer.

Guiñó un ojo a Krímov como diciéndole: «Ya verás, va a ser sensacional. Será bueno para su informe, para usted y para nosotros».

Por la sonrisa de Gúrtiev al mirar al escandaloso Svirin y por el modo en que éste ajustó a Gúrtiev el capote sobre la espalda, Krímov comprendió el espíritu de amistad que reinaba en aquel refugio. Pero por la manera en que Svirin, entornando sus ojos ya de por sí estrechos, miró al jefe de Estado Mayor Savrásov, y por el descontento y evidente mala gana con que éste devolvió la mirada a Svirin, Krímov comprendió que no sólo el espíritu de amistad y camaradería reinaba en aquel refugio.

Inmediatamente después de la conferencia, el comandante y el comisario de la división salieron a atender la llamada urgente del comandante del ejército. Krímov se puso a hablar con Savrásov. Era, a todas luces, un hombre de un carácter rudo y pesado, ambicioso y susceptible. Muchas características suyas —su ambición, su brutalidad, el cinismo jocoso con que hablaba de la gente— eran desagradables.

Savrásov, sin quitarle los ojos de encima a Krímov, pronunciaba un monólogo:

—Llegas a Stalingrado a un regimiento cualquiera y lo sabes: ¡el más fuerte y decidido es el comandante del regimiento! Esto es cierto. Aquí no importa cuántas vacas tiene un campesino. Aquí sólo se mira una cosa: si el tipo tiene mollera. ¿Tiene? Entonces bien. Aquí no hay nada falso. Y en tiempo de paz ¿qué ocurría? —Se reía con sus ojos amarillos en la cara de Krímov—. Mire, yo no soporto la política. Todos esos tipos de derecha, de izquierda, esos oportunistas, esos teóricos… No soporto a los aduladores. Y, aunque no me mezclo en política, han intentado echarme fuera una decena de veces. Es una suerte que no sea del Partido, si no ora me tildarían de borracho, ora de mujeriego. ¿Tendría que fingir, no es así? No me veo capaz.

Krímov tenía ganas de decir a Savrásov que en su Stalingrado, en el Stalingrado de Krímov, su destino no se arreglaría, que él no hacía otra cosa que vagar, sin nada serio que hacer. ¿Por qué Vavílov y no él era comisario de la división de Rodímtsev? ¿Por qué el Partido tenía más confianza en Svirin que en él? Después de todo, él era más inteligente, tenía una visión más amplia de las cosas, más experiencia en el Partido, y no le faltaba coraje. Además, si era preciso, él sabría mostrar la dureza necesaria, no le temblaría la mano… Comparados con él, los otros no eran más que militantes de la alfabetización. «Vuestro tiempo ha expirado, camarada Krímov, se esfumó.»

Aquel coronel de ojos amarillos le había calentado, encendido, deprimido.

Pero ¿por qué tenía todavía dudas, Señor? Su vida privada se había derrumbado, había rodado pendiente abajo… El problema no era que Zhenia se hubiera dado cuenta de que era incapaz de resolver las cuestiones materiales. Eso a ella le daba igual, era un ser puro. ¡Lo había dejado de amar! ¿Cómo se puede amar a los acabados, a los vencidos? Un hombre sin aureola. Sí, sí, le habían expulsado de la nomenklatura… Aunque bien mirado, era honesta, pero eso no impedía que las cosas materiales también le importaran. Así era todo el mundo. También Yevguenia Nikoláyevna. Nunca se casaría con un pintor indigente, aunque hubiera pintarrajeado ese garabato que ella había declarado genial…

Krímov habría podido confiar muchos de esos pensamientos al coronel de ojos amarillos, sin embargo se limitó a responderle en los puntos que coincidían.

—Pero ¿qué dice, camarada coronel? Usted simplifica demasiado las cosas. Antes de la guerra tampoco se preocupaban únicamente de contar cuántas vacas tenía un campesino. No es posible escoger los cuadros basándose exclusivamente en el criterio de la eficacia.

La guerra impedía mantener una conversación sobre lo que existía antes de que estallara el conflicto. Retumbó una enorme explosión, y entre la niebla y el polvo emergió un capitán preocupado, un telefonista dio voces: llamaban de un regimiento. Un tanque alemán había abierto fuego contra el Estado Mayor del regimiento en cuestión, y los ametralladores, que habían saltado detrás del tanque, se habían refugiado en una casa de piedra donde se encontraban los jefes de una división de artillería. Estos últimos, que estaban instalados en el primer piso, habían iniciado el combate contra los alemanes. El tanque había incendiado una casa de madera cercana, y el fuerte viento del Volga empujaba las llamas hacia el puesto de mando del comandante del regimiento Chámov, que comenzó a ahogarse, junto con todo su Estado Mayor, por lo que decidieron trasladar el cuartel general. Pero cambiar el puesto de mando a la luz del día, bajo el fuego de la artillería y el cruce de proyectiles de gran calibre, no era fácil.

Todos aquellos acontecimientos se desarrollaban simultáneamente en el perímetro de defensa de la división. Unos pedían consejo, otros refuerzos de artillería, los terceros autorización para replegarse, los cuartos se limitaban a informar, los quintos querían información. Cada uno tenía una misión particular y todos tenían en común que era una cuestión de vida o muerte.

Cuando las cosas se calmaron un poco, Savrásov preguntó a Krímov:

—¿Y si comemos algo, camarada comisario del batallón, mientras los superiores regresan al Estado Mayor del ejército?

Savrásov no se sometía a la regla introducida por el comandante y el comisario de la división que prohibía el consumo de vodka. Por eso prefería comer por separado.

—Gúrtiev es un buen militar —declaró Savrásov un poco achispado—. Es un hombre instruido, honesto. Por desgracia, también es un asceta terrible. Con él uno diría que está en un monasterio. En cambio yo, por las chicas, tengo un interés de lobo, adoro esos asuntos, como los vampiros. Que no se le escape un chiste en presencia de Gúrtiev. De todos modos combatimos juntos y, en general, todo está en orden. Pero el comisario no me quiere demasiado, a pesar de que por naturaleza sea tan monje como yo. ¿Piensa que Stalingrado me está haciendo envejecer? Al contrario, yo aquí, con estos amigos, me encuentro muy bien.

—Yo también tengo el temperamento del comisario —dijo Krímov.

Savrásov movió la cabeza.

—Sí y no. La cuestión no consiste en el vodka, si no en esta otra. —Y con un dedo golpeó la botella y después la frente.

Ya habían acabado de comer cuando el comandante y el comisario regresaron al puesto de mando de Chuikov.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Gúrtiev con tono apresurado y estricto, examinando la mesa.

—El jefe de transmisiones ha resultado herido, los alemanes han intentado hundir el punto de enlace de Zhóludev, y han incendiado la casita en el punto de enlace de Chámov y Mijalev. Chámov ha tosido un poco por la inhalación de humo, por lo demás nada especial —respondió Savrásov.

Svirin observó la cara colorada de Savrásov y, alargando afectuosamente las palabras, dijo:

—No hacemos otra cosa que beber vodka, ¿no es cierto, camarada coronel?

58

El comandante de la división pidió al comandante del regimiento, el mayor Beriozkin, que hiciera un informe sobre la situación de la casa 6/1: ¿acaso no sería mejor retirar las tropas?

Beriozkin aconsejó al comandante de la división que no lo hiciera aunque la casa estuviera bajo amenaza de cerco. La casa albergaba puestos de observación de gran importancia para la artillería en la orilla izquierda del Volga, ya que transmitía datos relevantes sobre el enemigo. También estaba acantonada una subdivisión de zapadores que estaba en condiciones de paralizar el avance de los blindados enemigos. Era poco probable que los alemanes iniciaran una ofensiva general sin haber liquidado antes aquel foco de resistencia; sus tácticas eran bien conocidas. Con la ayuda de refuerzos, la casa 6/1 podía ofrecer una larga resistencia y desbaratar la estrategia de los alemanes. Dado que los enlaces sólo podían alcanzar la casa asediada raramente durante las horas nocturnas y que las comunicaciones telefónicas se interrumpían constantemente, era conveniente enviar a un radiotelegrafista con un transmisor.

El comandante de la división estuvo conforme con Beriozkin. Durante la noche el instructor político Soshkin y un grupo de soldados lograron alcanzar la casa 6/1 y entregar a sus defensores cajas de municiones y granadas de mano. También llevaron un aparato de radio y a una joven radiotelegrafista del centro de comunicaciones.

El instructor político, de regreso al despuntar el alba, explicó que el comandante de la unidad se había negado a redactar un informe y había añadido: «No tengo tiempo para papeleo, debemos rendir cuentas sólo ante los fritzes».

—No le encuentro ni pies ni cabeza a lo que está pasando allí —dijo Soshkin—. Todos temen a ese Grékov, pero él los trata de igual a igual; duermen hacinados, y él en medio de ellos, le tutean y le llaman Vania. Discúlpeme por lo que voy a decirle, camarada comandante, pero aquello parece más la Comuna de París que una unidad militar.

Moviendo la cabeza, Beriozkin preguntó de nuevo:

—¿Así que se ha negado a redactar el informe? ¡Vaya tipo!

Después Pivovárov, el comisario del regimiento, pronunció un discurso sobre los comandantes que se comportaban como partisanos.

Beriozkin, en tono conciliador, dijo:

—¿Qué quiere decir «como partisanos»? Sólo son muestras de iniciativa, de independencia. A veces también desearía estar cercado para liberarme de todos esos tejemanejes burocráticos.

—A propósito de informes —intervino Pivovárov—, redacte uno detallado para el comisario de la división.

En la división se tomarían en serio el informe de Soshkin.

El comisario de la división ordenó a Pivovárov que obtuviera información pormenorizada sobre la situación de la casa 6/1 e instara a que Grékov sentara la cabeza. Al mismo tiempo el comisario de la división escribió a un miembro del Consejo Militar y al jefe de la sección política del ejército informándoles del alarmante estado de las cosas, tanto moral como políticamente, entre los combatientes.

En el ejército el informe del instructor político Soshkin fue leído con más atención. El comisario de la división recibió instrucciones de no postergar más el asunto y ocuparse de la casa sitiada. El jefe de la sección política del ejército, que ostentaba el rango de general de brigada, redactó un informe urgente al superior de la dirección política del frente.

Katia Véngrova, la radiotelegrafista, llegó de noche a la casa 6/1. Por la mañana se presentó a Grékov, el responsable de la misma, y éste, mientras escuchaba el informe, miraba atentamente los ojos confusos, asustados y al mismo tiempo juguetones de la chica, que estaba ligeramente encorvada.

Tenía una boca grande y labios exangües. Grékov esperó algunos segundos antes de responder a su pregunta «¿Puedo retirarme?».

Durante esos segundos en su cabeza autoritaria se agolparon pensamientos ajenos por completo a la guerra: «Ay, Dios mío, qué belleza…, piernas bonitas…, parece asustada… debe de ser la niñita de su mamá. ¿Cuántos años tendrá…? Como máximo, dieciocho. Ojalá que mis chicos no le salten encima…».

Todas estas consideraciones que pasaron por la cabeza de Grékov inesperadamente concluyeron con este pensamiento: «¿Quién es el jefe aquí? ¿Quién está haciendo ir de cabeza a los alemanes, eh?».

Después respondió a su pregunta:

—¿Adónde quiere retirarse, señorita? Quédese cerca de su aparato de radio. Ya encontraremos algo para que envíe.

Tamborileó con el dedo sobre el radiotransmisor y miró de reojo al cielo donde gemían los bombarderos alemanes.

—¿Es usted de Moscú? —le preguntó él.

—Sí —fue su escueta respuesta.

—Siéntese, aquí nada de ceremonias, con confianza.

La chica dio un paso a un lado y los cascajos de ladrillo crujieron bajo sus botas; el sol brillaba en los cañones de las ametralladoras y sobre el cuerpo negro de la pistola alemana que Grékov tenía como trofeo. Katia se sentó y miró los abrigos amontonados bajo la pared derruida. Por un momento se sorprendió de que ese cuadro ya no le pareciera asombroso. Sabía que las ametralladoras dispuestas en los boquetes de las paredes a modo de aspilleras eran Degtiarev, sabía que en el cargador de la Walter capturada había ocho halas, que esa arma disparaba con potencia pero no permitía apuntar con precisión, sabía que los abrigos apilados en un rincón pertenecían a soldados muertos que estaban sepultados allí cerca: el olor a chamusquina se mezclaba con aquel otro, ya familiar para ella. Y el radiotransmisor que le habían dado aquella noche se parecía al que utilizaba en Kotlubán: el mismo cuadrante, el mismo conmutador. Le venía a la mente cuando se encontraba en las estepas y, mirándose en el cristal polvoriento del amperímetro, se arreglaba los cabellos que le salían por debajo del gorro.

Nadie le dirigía la palabra, y tenía la sensación de que la vida terrible y violenta de aquella casa la evitaba.

Pero cuando un soldado de pelo canoso, cuya manera de hablar le indicó que se trataba de un operador de mortero, comenzó a proferir palabras soeces y malsonantes, Grékov le dijo:

—Padre, ¿qué modales son ésos? No es manera de hablar delante de una chica.

Katia se estremeció, pero no por los exabruptos del viejo, sino por la mirada de Grékov.

Aunque nadie le hablara, sentía que en la casa todos estaban alarmados por su presencia. Le parecía sentir en la piel la tensión que se había desatado a su alrededor, una tensión que ni siquiera se diluía cuando los aviones descendían en picado y comenzaban a aullar, las bombas explotaban cerca y llovían los cascajos de ladrillo.

Ahora Katia ya se había acostumbrado a los bombardeos e incluso lograba controlarse ante el silbido de las granadas de metralla. Pero las miradas pesadas y atentas de los hombres sobre ella le producían el mismo estremecimiento.

La noche antes las otras chicas de transmisiones la habían compadecido diciéndole:

—¡Será horrible para ti estar allí!

Por la noche un soldado la condujo al puesto de mando del regimiento. Allí se sentía particularmente la proximidad del enemigo, la fragilidad de la vida. La vida humana parecía tan precaria: ahora estás aquí y al cabo de un minuto ya no.

El comandante del regimiento, moviendo la cabeza con aire afligido, le dijo:

—¿Cómo pueden enviar a niños como tú a la guerra?

Luego añadió:

—No tengas miedo, querida. Si algo no marcha bien, infórmame enseguida por radio.

Y lo dijo con una voz tan buena y paternal que Katia a duras penas logró reprimir las lágrimas.

Luego otro soldado la condujo al puesto de mando del batallón. Allí sonaba un gramófono y el comandante pelirrojo del batallón invitó a Katia a beber y bailar con él al son de la Serenata china.

En el batallón el miedo era aún más latente, y Katia tuvo la impresión de que el comandante del batallón no había bebido para divertirse sino para aplacar un pavor insoportable, para olvidar que su vida era tan frágil como el cristal.

Y ahora permanecía sentada sobre un montón de ladrillos en la casa 6/1. Por alguna razón no experimentaba temor; pensaba en su fabulosa, bellísima vida antes de la guerra.

Los hombres de la casa cercada parecían extraordinariamente fuertes y seguros de sí mismos. Su aplomo la tranquilizaba. Era esa misma seguridad propia de los grandes médicos, los obreros cualificados de un taller de laminado, los sastres cortando un paño preciado, los bomberos y los viejos maestros explicando la lección junto a la pizarra.

Antes de la guerra Katia se imaginaba condenada a tener una vida desdichada. Antes de la guerra pensaba que sus amigos y conocidos que viajaban en autobús eran derrochadores. Las personas que veía salir de restaurantes mediocres le parecían seres fabulosos; a veces había seguido a un pequeño grupo que salía del Darial o del Terek y había intentado escuchar su conversación. Al volver a casa de la escuela decía solemnemente a su madre:

—¿Sabes lo que ha pasado hoy? Una chica me ha invitado a un vaso de gaseosa con jarabe: jarabe auténtico que olía a grosella.

No era fácil que salieran las cuentas con el dinero restante de los cuatrocientos rublos que su madre recibía tras deducir el impuesto sobre la renta, el impuesto cultural y el empréstito del Estado. No podían permitirse ropa nueva, así que remendaban las prendas viejas; no participaban en el pago de la portera Marusia, que hacía la limpieza en las zonas comunes del apartamento, y cuando les tocaba el turno de la limpieza, Katia fregaba el suelo y vaciaba las basuras; no compraban la leche en la lechería, sino en las tiendas estatales donde las colas eran enormes, pues de ese modo ahorraban seis rublos al mes; y cuando no había leche en las tiendas estatales, la madre de Katia iba por la tarde al mercado, donde los lecheros que tenían prisa por coger el tren vendían la leche más barata que por la mañana, y costaba casi lo mismo que en las tiendas estatales. Nunca utilizaban el autobús, era demasiado caro, y sólo tomaban el tranvía los días que debían recorrer largas distancias. Katia no iba a la peluquería; el cabello se lo cortaba su madre. Naturalmente hacían ellas solas la colada, y en su habitación tenían una lámpara que daba una luz tenue, apenas un poco más luminosa que la que había en las zonas de uso común de la casa.

Preparaban comida para tres días: una sopa y a veces gachas con un poco de carne magra; un día Katia, después de comerse tres platos de sopa seguidos, dijo:

—Hoy hemos tenido una comida de tres platos.

La madre nunca mencionaba cómo eran las cosas cuando su padre todavía vivía con ellas y Katia no se acordaba siquiera. Sólo a veces Vera Dmítrievna, una amiga de la madre, decía mientras miraba a madre e hija preparar la comida: «Sí, nosotras también tuvimos nuestra hora de gloria».

Pero la madre se enfurecía y Vera Dmítrievna no se extendía más sobre cómo era la vida cuando Katia y su madre conocieron su hora de gloria.

Un día Katia encontró en el armario una foto de su padre. Era la primera vez que veía su cara en una fotografía, pero inmediatamente, como si alguien se lo hubiera soplado, comprendió que era su padre. En el reverso de la fotografía estaba escrito: «A Lidia: pertenezco a la tribu de los asra, que mueren cuando aman»[61].

Katia no dijo nada a su madre, pero al volver de la escuela, sacaba la fotografía y durante largo rato contemplaba aquellos ojos oscuros, que le parecían tristes.

Un día preguntó:

—¿Dónde está papá ahora?

Su madre respondió:

—No lo sé.

Sólo cuando Katia estaba a punto de partir para el ejército, su madre le habló por primera vez de él, y así Katia se enteró de que había sido arrestado en 1937, y conoció la historia de su segundo matrimonio.

No durmieron en toda la noche, siguieron hablando hasta el amanecer. Todo se había vuelto del revés: la madre, por lo general reservada, contaba a su hija cómo el marido la había abandonado, le habló de sus propios celos, de su humillación, ofensa, amor, piedad. Y Katia se asombraba de que el mundo del alma humana fuera tan grande, hasta el punto de que ante él retrocedía incluso el rugido de la guerra. Por la mañana se despidieron. La madre atrajo la cabeza de Katia hacia sí, pero el saco a su espalda le tiraba hacia atrás los hombros. Katia dijo:

—Mamá, pertenezco a la tribu de los asra, que mueren cuando aman…

Luego su madre le tocó suavemente el hombro.

—Es hora, Katia. Anda, ve.

Y Katia se fue, como se iban en aquella época millones de jóvenes y viejos; se fue de la casa materna tal vez para no volver nunca más, o tal vez para volver cambiada, separada para siempre de su difícil y querida infancia.

Y ahora estaba ahí sentada, al lado del responsable de la casa 6/1 de Stalingrado, Grékov, y miraba su gruesa cabeza, el ceño fruncido, los labios prominentes.

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