Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 74

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Aquel primer día la comunicación telefónica funcionaba.

La larga inactividad y el aislamiento de la vida de la casa 6/1 pesaban en la joven radiotelegrafista con una tristeza insoportable. Sin embargo, aquel primer día la preparó para entender cuál era la vida que le esperaba.

Supo que los puestos de observación que transmitían los datos a la artillería de la orilla izquierda del Volga estaban situados en las ruinas del primer piso, y que el superior del primer piso era un teniente que llevaba una guerrera sucia y unas gafas que le resbalaban continuamente por su nariz respingona.

Comprendía que aquel viejo enfadado que soltaba tacos había sido trasladado desde la milicia; estaba orgulloso de ser jefe de pieza. Entre un muro alto y una montaña de cascotes estaban dispuestos los zapadores a las órdenes de un hombre que caminaba gruñendo y torciendo el gesto, como si le dolieran los juanetes de los pies.

El jefe del único cañón era un hombre calvo con una camiseta de marinero a rayas. Se llamaba Koloméitsev. Katia había oído a Grékov gritar:

—¡Koloméitsev! ¡Despierta! ¡Has vuelto a perder una oportunidad!

La infantería y las ametralladoras estaban al cargo de un suboficial de barba clara. Su cara enmarcada por una barba acentuaba su juventud pero el suboficial debía de hacerse ilusiones de que la barba le daba el aspecto de un hombre maduro, al menos en la treintena.

Por la tarde le dieron de comer pan y salchichón de cordero. Después se acordó de que en el bolsillo de su chaqueta tenía un caramelo y se lo introdujo furtivamente en la boca. Luego le entraron ganas de dormir, a pesar de que los disparos resonaban cerca. Se quedó dormida todavía chupando el caramelo, pero el sufrimiento y la angustia no la abandonaron. De repente llegó a sus oídos una voz lánguida. Sin abrir los ojos, escuchó:

Pero como un vino, la pena de los días idos

acrecienta su fuerza a medida que envejece…[62]

Junto al pozo de piedra iluminado por una luz ámbar vespertina se hallaba un chico sucio, con los cabellos desgreñados, que tenía ante sí un libro. Sobre los ladrillos rojos estaban sentados cinco o seis hombres. Grékov estaba tumbado sobre su abrigo con la barbilla apoyada sobre los puños. Un joven de aspecto georgiano escuchaba con incredulidad, como si dijera: «Déjalo, a mí no me comprarás con estas tonterías».

Una explosión cercana levantó una nube de polvo de cascotes, como si se hubiera arremolinado una niebla de fábula; los hombres sentados sobre aquellos montones sangrientos de ladrillo y sus armas en medio de aquella neblina rojiza parecían venir del día terrible del que habla el Cantar de las huestes de Ígor[63]. Inesperadamente, el corazón de la chica se estremeció ante la absurda certeza de una felicidad futura.

Al día siguiente tuvo lugar un acontecimiento que aterrorizó a todos los habitantes de la casa, aunque ya estaban curados de espanto.

El «inquilino» de mayor rango del primer piso, el teniente Batrakov, tenía bajo su mando a un observador y un calculador. Katia los veía varias veces al día: el triste Lampásov, el ingenioso y cándido Bunchuk y el extraño suboficial gafudo que sonreía continuamente ante sus propios pensamientos.

En los momentos de silencio, sus voces se oían a través de un boquete en el techo.

Lampásov había criado pollos antes de la guerra y le describía a Bunchuk la inteligencia y las pérfidas costumbres de sus gallinas. Bunchuk, pegado al visor, hablaba como cantando y arrastrando las palabras: «Sí, hay una columna de vehículos de fritzes que viene desde Kalach… Un tanque en el medio… Algunos fritzes más a pie, todo un batallón… Y tres cocinas de campaña, como ayer, echan humo y los fritzes van con cacerolas…». Algunas de sus observaciones no tenían importancia estratégica, sólo presentaban un interés costumbrista. Canturreaba: «El comandante de los fritzes pasea un perro, el perro husmea un poste, probablemente quiere orinar… Lo está haciendo… y el oficial espera». Y luego: «Ahora veo a dos chicas hablando con varios fritzes… les ofrecen cigarrillos a las chicas… Una chica coge uno, lo enciende, la otra sacude la cabeza, parece que diga: “yo no fumo…”».

De repente Bunchuk, con el mismo tono cantarín, anunció: «La plaza está llena de soldados… Hay una orquesta… Hay una tarima en el medio… no, una pila de madera…». Luego guardó silencio un buen rato y, cuando volvió a hablar, su voz cantarina estaba llena de desesperación: «Ay, camarada teniente, veo que conducen a una mujer de unos cuarenta años que grita algo… La orquesta suena… Atan a la mujer a un poste… a su lado hay un niño, también lo atan. Camarada teniente, no puedo soportar ver esto… Dos fritzes están vaciando bidones de gasolina…».

Batrakov transmitió por teléfono lo que estaba sucediendo al otro lado del Volga.

Se acercó al visor y con sus maneras de lugareño de Kaluga, imitando la voz de Bunchuk, vociferó: «Ay, todo está cubierto de humo y la orquesta toca…».

—¡Fuego! —gritó después con una voz terrible, y se giró en dirección a la orilla izquierda del Volga.

Ni el menor ruido al otro lado del Volga…

Unos minutos más tarde el lugar de la ejecución cayó bajo el fuego concentrado de la artillería pesada del regimiento. La plaza quedó envuelta en polvo y humo.

Unas horas más tarde supieron por el explorador Klímov que los alemanes se disponían a quemar a una mujer y un niño gitanos sospechosos de espionaje. El día antes Klímov había dejado algo de ropa sucia a una vieja que vivía en una cueva con su nieta y una cabra; le prometió que volvería más tarde para recoger la ropa limpia. Ahora tenía la intención de preguntarle qué había pasado con los dos gitanos, si habían sido quemados por los alemanes o abatidos por los obuses soviéticos. Klímov se arrastró entre las ruinas por senderos que sólo él conocía, pero en el lugar donde se encontraba la cueva, de noche, un bombardeo soviético había destruido todo: no había ni rastro de la abuela, la nieta, la cabra, ni de sus camisas y calzoncillos. Sólo descubrió, entre los troncos partidos y los trozos de estucado, un gatito sucio. El pequeño felino se hallaba en un estado deplorable, pero no pedía nada, no se quejaba, tal vez pensaba que la vida sobre la tierra consistía en eso: estruendo, hambre, fuego.

Klímov no se explicaba por qué, de repente, se metió el gatito en el bolsillo.

A Katia le sorprendían las relaciones que había entre los hombres de la casa 6/1. En lugar de dar su informe en posición de firmes, como exige el reglamento, Klímov se había sentado al lado de Grékov y hablaban como dos viejos amigos. Klímov encendió su cigarrillo con el de Grékov.

Cuando acabó su relato, Klímov se acercó a Katia y dijo:

—Así es, señorita. En este mundo pasan cosas terribles. Al sentir su mirada dura y penetrante, Katia suspiró y se ruborizó.

Sacó del bolsillo el gatito y lo puso sobre un ladrillo al lado de Katia.

Aquel día una decena de hombres se le acercaron para hablarle de temas felinos, sin embargo nadie hablaba del caso de la gitana, a pesar de que todos estaban impresionados. Los que deseaban mantener con ella una conversación sensible, con el corazón en la mano, adoptaban en cambio un tono burlón, grosero. Los que sencillamente querían pasar la noche con ella se le dirigían ceremoniosamente, con delicadeza almibarada.

El gatito no dejaba de temblar, con todo el cuerpo: evidentemente, estaba conmocionado por la explosión.

El viejo operador de mortero dijo frunciendo el ceño:

—Mátalo y asunto resuelto. De él sólo sacarás pulgas.

El segundo operador de mortero, el voluntario Chentsov, apuesto y con la tez morena, aconsejó a Katia:

—Tire esa porquería, señorita. Si al menos fuera siberiano…

El lúgubre Liájov, un zapador de labios finos y cara de perro, era el único que se interesaba realmente por el gato, indiferente a los encantos de la radiotelegrafista.

—Una vez, cuando estábamos en las estepas —dijo a Katia—, algo me golpeó de repente. Pensé que era una bala perdida, pero era una liebre. Se quedó conmigo hasta la noche y, cuando todo se hubo calmado, se fue.

A continuación añadió:

—Usted es una señorita, pero al menos comprende: aquello es un 108 milímetros, ése es el sonido de un Vaniusha, aquello es un avión de reconocimiento sobrevolando el Volga. Mientras que la liebre, la estúpida, no entendía nada. No podía distinguir un mortero de un obús. Si los alemanes lanzan una bengala, la liebre se sobresalta. Pero ¿cómo haces para explicárselo? Eso es lo que me da pena de esos animales.

Katia, dándose cuenta de que su interlocutor hablaba en serio, le respondió con la misma seriedad:

—No estoy de acuerdo del todo. Los perros, por ejemplo, entienden de aviación. Cuando estábamos acantonados en un pueblo, había un perro bastardo que se llamaba Kerzon, y si nuestros IL estaban volando, él se quedaba tumbado, sin levantar la cabeza siquiera. Pero en cuanto oía el ruido de los Junkers, Kerzon buscaba refugio. Nunca se equivocaba.

El aire se estremeció atravesado por un penetrante aullido: un Vaniusha alemán. Se oyó un estruendo metálico, y un humo negro se mezcló con el polvo sangriento de ladrillos y una lluvia estruendosa de cascotes. Un minuto después, cuando el polvo se posó en el suelo, la radiotelegrafista y Liájov retomaron la conversación como si fueran otras personas y no ellos los que acababan de caer al suelo. A Katia se le había contagiado la seguridad que irradiaban los hombres de la casa cercada. Parecía que estuvieran convencidos de que en aquella casa todo era frágil, quebradizo, también el hierro y la piedra; todo menos ellos.

Por encima de sus cabezas se oyó una ráfaga de ametralladora, y justo después una segunda.

Liájov dijo:

—Esta primavera estábamos en los alrededores de Sviatogorsk y de pronto empezamos a oír silbidos por encima de nuestras cabezas, pero no las detonaciones. No comprendíamos nada. Después resultó que eran estorninos que habían aprendido a hacer el silbido de las balas… También nuestro comandante, que era teniente mayor, cayó en el error.

—En casa me imaginaba que la guerra eran gatos corriendo, gritos de niños, todo alrededor en llamas… Al llegar a Stalingrado vi que realmente era así.

El siguiente hombre en acercarse a la radiotelegrafista fue el barbudo Zúbarev.

—Y bien —preguntó con interés—, ¿cómo está nuestro jovencito con bigotes? —Levantó un extremo del trapo que cubría al gatito—. ¡Oh, pobre animal! ¡Qué débil está! —dijo mientras los ojos le brillaban con insolencia.

Por la noche, después de un breve combate, los alemanes lograron avanzar una corta distancia hacia un ala de la casa 6/1; ahora las ametralladoras cubrían el camino que unía la casa con la defensa soviética. La conexión telefónica con el puesto de mando del regimiento de fusileros quedó interrumpida. Grékov ordenó que se abriera un paso que conectara el sótano con un túnel subterráneo de la fábrica cercano a la casa.

—Tenemos explosivos —comunicó a Grékov el sargento Antsíferov, un hombre corpulento que sostenía en la mano una taza de té y en la otra un terrón de azúcar.

Los habitantes de la casa, sentados en un foso junto a la pared maestra, conversaban. La ejecución de la gitana los había conmovido, pero nadie hablaba de ello. Parecían indiferentes al cerco.

A Katia le parecía extraña esa tranquilidad, pero se sometía a ella, e incluso la espantosa palabra cerco ya no le infundía miedo entre los valientes soldados de la casa 6/1. Ni siquiera tuvo miedo cuando oyó, allí mismo, a su lado, el tableteo de una ametralladora y Grékov gritó:

—¡Disparad, disparad! Están ahí.

Y tampoco sintió miedo cuando Grékov dijo:

—Cada uno con lo que más guste: granadas, cuchillos, palas… Ya conocéis vuestro trabajo. Dadles, no importa cómo.

En los minutos de tregua los habitantes de la casa se enzarzaban en una conversación animada sobre el aspecto físico de la radiotelegrafista. Batrakov, que parecía estar en otro mundo y además era miope, reveló inesperadamente sus conocimientos sobre los atributos de Katia.

—La chica tiene lo que se dice un buen busto —dijo él.

Koloméitsev, el artillero, no era de la misma opinión. En expresión de Zúbarev, a él le gustaba llamar al pan, pan y al vino, vino.

—¿Os habéis aprovechado del gato para hablar con ella? —preguntó Zúbarev.

—¿Cómo no? —respondió Batrakov—. A través del corazón del niño se conquista a la madre. Incluso nuestro papaíto le habló del gato.

El viejo operador de mortero escupió y se pasó la palma de la mano por el pecho.

—¿Dónde tiene lo que debe tener una mujer digna de merecer ese nombre? Vamos, ¡responded!

Pero lo que más enfureció a Zúbarev fueron las alusiones al hecho de que Grékov había echado el ojo a la radiotelegrafista.

—Claro que en nuestras condiciones incluso una Katia cualquiera nos resolvería la papeleta. En el país de los ciegos… Tiene las piernas largas como una cigüeña, el trasero plano y los ojos grandes como una vaca. ¿A eso le llamas mujer?

Chentsov le objetó:

—A ti te basta con que sea tetuda. Ese punto de vista está pasado de moda, es de antes de la Revolución.

Koloméitsev, un hombre obsceno y chabacano que acumulaba en su cabezota calva una infinidad de particularidades sorprendentes, reía entornando sus ojos de un gris turbio.

—La chica no está mal —dijo—. Pero tengo un enfoque particular de la cuestión. Me gustan pequeñas, preferiblemente armenias y judías, con el pelo corto y los ojos grandes y vivarachos.

Zúbarev miró pensativo el cielo oscuro iluminado por los haces de rayos de los reflectores y preguntó en voz baja:

—Me preguntó cómo acabará todo esto.

—¿Te refieres a con quién acabará ella? Con Grékov, por supuesto.

—Ni mucho menos. No está tan claro —dijo Zúbarev, y tras coger del suelo un trozo de ladrillo lo estrelló con fuerza contra el muro.

Los compañeros le miraron a él y su barba, y se rieron.

—¿Cómo vas a seducirla? ¿Con tu barba? —se interesó Batrakov.

—¡Con el canto! —corrigió Koloméitsev—. Sala de transmisión: el soldado de infantería al micrófono. Él cantará, ella transmitirá la emisión. Formarán uno de esos dúos; lo digo yo. ¡Harán una buena pareja!

Zúbarev se giró hacia el compañero que el día antes recitaba poesía.

—¿Y tú qué piensas?

El viejo operador de mortero dijo con acritud:

—No dice nada, por tanto no tiene ganas de hablar. —Y con el tono de un padre que amonesta a su hijo porque escucha la conversación de los adultos, añadió—: Sería mejor que fueras a dormir al sótano mientras la situación lo permita.

—Allí está ahora Antsíferov enfrascado en abrir un paso con trilita —dijo Batrakov.

En aquel momento Grékov estaba dictando un informe a Katia. Comunicaba al Estado Mayor del ejército que, a juzgar por los indicios, los alemanes estaban preparando un ataque y que con toda probabilidad lo lanzarían contra la fábrica de tractores. Pero pasó por alto un detalle: que la casa donde él se encontraba con sus hombres parecía ser el mismo eje de la ofensiva. Mientras observaba el cuello de la chica, sus labios y sus pestañas medio bajadas imaginaba, y lo imaginaba muy vivamente, aquel frágil cuello roto, con una vértebra asomándole de la piel nacarada desgarrada, y aquellas pestañas sobre unos ojos de pescado vidriosos, y sus labios muertos como hechos de caucho gris y polvoriento.

Y tenía ganas de abrazarla, de sentir su calor, su vida, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que los dos desaparecieran, mientras aquella belleza habitara su cuerpo femenino, pletórico de juventud.

Le parecía que deseaba abrazarla sólo por compasión, pero ¿acaso la compasión hace zumbar los oídos y pulsar la sangre en las sienes?

El Estado Mayor no respondió de inmediato.

Grékov se estiró hasta sentir crujir dulcemente los huesos, emitió un jadeante respiro mientras pensaba: «Está bien, está bien, queda toda la noche por delante», y preguntó con dulzura:

—¿Cómo está el gatito que trajo Klímov? ¿Está mejor? ¿Ha recobrado fuerzas?

—¿Y cómo iba a coger fuerzas? —respondió la radiotelegrafista.

Cuando Katia se acordaba de la mujer y el niño gitanos en la hoguera, le empezaban a temblar los dedos y miraba a Grékov con el rabillo del ojo para ver si se había dado cuenta.

Ayer mismo le había parecido que nadie le hablaría en la casa 6/1, pero hoy, mientras comía las gachas, había pasado por su lado el chico barbudo con un subfusil en la mano y le había gritado como a una vieja amiga:

—Katia, ¡un poco más de energía! —Y, con un golpe preciso, le mostró cómo debía hundir la cuchara en la escudilla.

Volvió a ver al chico que el día antes leía poesía mientras él mismo trasladaba unos obuses con una lona impermeable. Más tarde se giró y lo vio de pie frente a un perol lleno de agua; había sentido cómo posaba su mirada sobre ella y justo por eso se había girado, pero él había desviado la mirada a tiempo.

Ahora Vera ya imaginaba quién le enseñaría mañana sus cartas y fotografías, quién daría suspiros y la miraría en silencio, quién le traería regalitos —una cantimplora medio llena de agua, algunos mendrugos de pan blanco—, quién le confesaría que ya no creía en el amor de las mujeres y que no se volvería a enamorar. Por lo que respecta al soldado de infantería barbudo, seguro que intentaba ponerle las manos encima.

Al fin el Estado Mayor respondió, y Katia comenzó a transmitir la respuesta a Grékov: «Le ordeno que dé un informe detallado cada día a las doce horas en punto…».

De pronto Grékov le dio un golpe en la mano haciéndole retirar la palma del conmutador. Ella gritó asustada.

Grékov sonrió y dijo:

—Un fragmento de obús ha dejado fuera de servicio el radiotransmisor, restableceremos el contacto cuando convenga a Grékov.

La chica lo miró, confusa.

—Perdóname, Katiusha —dijo Grékov y le cogió la mano.

60

Al despuntar el alba, el regimiento de Beriozkin comunicó al puesto de mando de la división que los hombres de la casa 6/1 habían abierto un paso subterráneo que la conectaba con un túnel de hormigón de la fábrica de tractores, y de hecho algunos soldados ya se encontraban en el taller de la fábrica. El oficial de guardia de la división transmitió la información al Estado Mayor del ejército, que a su vez informó al general Krilov, y Krilov ordenó que le trajeran a uno de esos hombres de la fábrica para interrogarlo. El oficial de enlace condujo al cuartel general del ejército al joven que había escogido el oficial de servicio del puesto de mando. Avanzaron por un desfiladero que llevaba a la orilla, y durante el trayecto el chico le daba vueltas a la cabeza, hacía preguntas, se mostraba inquieto.

—Tengo que volver a la casa. Tenía instrucciones de efectuar un reconocimiento del túnel para ver cómo podemos evacuar a los heridos.

—No te preocupes por eso —respondió el oficial—. Vas a ver a un comandante superior al tuyo; harás lo que él te ordene.

De camino, el chico contó al oficial que llevaban más de dos semanas en la casa 6/1 y que durante ese tiempo se habían alimentado de las patatas que habían encontrado en el sótano y bebido el agua del circuito de calefacción central, y hasta tal punto se las habían hecho pasar moradas a los alemanes, que éstos les habían enviado a un negociador ofreciéndoles dejarles salir del cerco hasta la fábrica, pero que obviamente el comandante —el chico lo llamaba el «gerente de la casa»— había respondido con la orden de abrir fuego. Cuando alcanzaron el Volga, el chico se tumbó y empezó a beber agua y, una vez que se hubo saciado, sacudió cuidadosamente con la palma de la mano las gotas de agua que se le habían quedado adheridas a la chaqueta y las lamió como hace un hambriento con unas migajas de pan. Le contó que el agua del circuito de la calefacción central estaba podrida y que durante los primeros días todos habían padecido trastornos intestinales, pero que luego el gerente había ordenado que se hirviera el agua y los síntomas desaparecieron. Luego caminaron en silencio. El chico prestaba atención a los bombarderos nocturnos, miraba el cielo coloreado por las bengalas rojas y verdes, surcado por las trayectorias de las balas trazadoras y los proyectiles. Vio las llamas moribundas de los incendios de la ciudad que todavía no se habían extinguido, los blancos fogonazos de los cañones, las explosiones azules de las bombas contra el Volga y continuó aminorando el paso hasta que el oficial le gritó:

—¡Vamos, un poco más de brío!

Caminaban entre las rocas de la orilla; los proyectiles silbaban por encima de sus cabezas, los centinelas los llamaban. Luego subieron por un sendero a lo largo de la ladera, entre los refugios encajados en la montaña de arcilla, ahora subían los escalones de tierra, ahora golpeaban con los tacones contra las tablas de madera. Por fin llegaron a un pasaje cubierto de alambre de espino: el cuartel general del 62.° Ejército. El oficial de enlace se ajustó el cinturón y entró por una trinchera de comunicación que conducía a los refugios del Consejo Militar, que se distinguían por el grosor de sus troncos.

El centinela fue a buscar al ayudante de campo y por un instante brilló suavemente, a través de la puerta entreabierta, la luz de la lámpara eléctrica de mesa cubierta por una pantalla.

El ayudante de campo los iluminó con una linterna, preguntó el nombre del chico y les ordenó que aguardaran.

—Pero ¿cómo regresaré a la casa? —preguntó el muchacho.

—No te preocupes, todos los caminos conducen a Kiev —respondió el ayudante de campo.

Luego añadió con severidad:

—Entra. Si te mata un disparo de mortero seré yo quien tenga que responder ante el general.

El chico se sentó en la tierra cálida y oscura de la entrada, se inclinó contra la pared y se quedó dormido.

Una mano lo sacudió violentamente y en la confusión del sueño, donde se mezclaban los gritos atroces de los últimos días de combate y el susurro apacible de su propia casa —una casa que ya no existía—, irrumpió una voz enojada:

—Sháposhnikov, el general le espera. Dese prisa…

61

Seriozha Sháposhnikov pasó dos días enteros en el búnker de la sección de defensa del Estado Mayor. La vida en aquel cuartel general le atormentaba. Parecía que aquella gente se entretuviera, de la mañana a la noche, en no hacer nada.

Le vino a la cabeza un día en que, en compañía de su abuela, había esperado durante ocho horas un tren que partía de Rostov en dirección a Sochi, y pensó que la espera de ahora se parecía a la de entonces, cuando aguardaba en una estación antes de la guerra. Luego sonrió ante lo absurdo de comparar la casa 6/1 con un balneario de Sochi. Pidió al comandante del Estado Mayor que le dejara marcharse, pero éste prorrogó su estancia, puesto que no había recibido instrucciones explícitas por parte del general. Éste, después de haber llamado a Sháposhnikov, le había hecho un par de preguntas; luego el interrogatorio se había interrumpido por una llamada telefónica. El comandante del Estado Mayor había decidido no liberar al chico por el momento: tal vez el general se acordara de él.

Al entrar en el búnker, el comandante interceptaba la mirada de Sháposhnikov y le decía:

—No te preocupes. No me he olvidado.

A veces los ojos suplicantes del soldado le irritaban y entonces decía:

—¿Qué es lo que no te gusta de aquí, eh? Te damos de comer de primera y además estás caliente. Tendrás tiempo más que suficiente para que te maten.

Cuando el día está lleno de estruendo y el soldado vive inmerso hasta las orejas en el caldero de la guerra no está en condiciones de comprender ni de ver su propia vida; debe distanciarse aunque sea sólo unos pasos. Y entonces, como si se encontrara en la orilla, capta con la mirada el río en toda su inmensidad. ¿Era realmente él quien, sólo un momento antes, nadaba en medio de aquellas aguas embravecidas?

A Seriozha le parecía apacible la vida en su regimiento de milicianos acantonado en la estepa: las guardias nocturnas, el resplandor lejano en el cielo, las conversaciones de los soldados…

Sólo tres de esos milicianos voluntarios se habían encontrado en el sector de la fábrica de tractores. Poliakov, a quien no le gustaba Chentsov, decía: «De todo el ejército de voluntarios sólo han quedado un viejo, un joven y un estúpido».

La vida en la casa 6/1 había ofuscado todo lo que había existido antes. Aunque esta vida era inverosímil, era la única real y todo lo que había ocurrido con anterioridad se había vuelto irreal.

Sólo a veces, por la noche, emergía en su memoria la cabeza gris de Aleksandra Vladímirovna, los ojos juguetones de tía Zhenia, y el corazón le oprimía, inundado por el amor.

Durante los primeros días que había pasado en la casa 6/1 pensaba que la irrupción de Grékov, Koloméitsev, Antsíferov en su vida familiar habría resultado extraña, horrible… Pero ahora a veces se imaginaba que su tía, su prima, el tío Víktor Pávlovich estarían completamente fuera de lugar en su vida actual.

Ay, si su abuela hubiera escuchado cómo blasfemaba ahora Seriozha…

¡Grékov!

No tenía del todo claro si en la casa 6/1 se habían reunido personas sorprendentes, especiales, o bien si la gente corriente al caer allí, se volvía extraordinaria…

El voluntario Kriakin aquí no habría mandado ni un día. Y Chentsov, aunque no fuese querido, seguía allí… Pero ya no era el mismo que en los tiempos de voluntario: le había salido la vena administrativa.

¡Grékov! Qué extraordinaria conjunción de fuerza, audacia, autoridad y sentido práctico para la vida cotidiana. Recordaba cuál era el precio de los zapatos de niño antes de la guerra y el salario de un mecánico o una mujer de la limpieza, la cantidad de trigo y la suma de dinero por una jornada de trabajo en el koljós donde trabajaba su tío.

O bien se ponía a hablar de qué había ocurrido en el ejército antes de la guerra, de las purgas, de los exámenes constantes, de los favoritismos en la distribución de los apartamentos; hablaba de algunas personas que durante 1937 habían ascendido a generales porque habían escrito decenas de denuncias y declaraciones que desenmascaraban a falsos enemigos del pueblo.

A veces parecía que su fuerza residía en una valentía animal, en la alegre desesperación con la que, dando un salto a través del boquete en la pared, gritaba:

—¡No pasaréis, hijos de puta! —y lanzaba granadas de mano contra los alemanes, que ponían pies en polvorosa.

Otras veces parecía que su fuerza consistía en las relaciones amistosas que mantenía con los otros integrantes de la casa.

Su vida, antes de la guerra, no era nada del otro mundo: había sido capataz de mina, después se convirtió en técnico de construcción, luego en capataz de infantería de una unidad militar acantonada en los alrededores de Minsk; daba clases en el cuartel y en el campo de maniobras; seguía cursos de reciclaje en Minsk; por la noche leía, bebía vodka, iba al cine, jugaba a las cartas con los amigos, discutía con su mujer que con sobrada razón estaba celosa de infinidad de damas y señoritas de la región. Todo esto lo había contado él mismo. Y de pronto, en la imaginación de Seriozha, y no sólo de Seriozha, se había forjado la imagen de un héroe épico, de un defensor de la justicia.

Nuevas personas habían entrado en la vida de Seriozha, que habían suplantado en su corazón el lugar que antes ocupaban los suyos.

El artillero Koloméitsev era de oficio marinero y había navegado en buques de guerra; tres veces se había ido a pique en el mar Báltico.

A Seriozha le gustaba de Koloméitsev que a menudo hablaba con desprecio de la gente de la que no se solía hablar mal y que manifestara un insólito respeto hacia los científicos y los escritores. Todos los superiores, fuera cual fuese la dignidad o el rango que ostentaran, a su parecer no eran nada en comparación con el calvo Lobachevski o el viejo Romain Rolland.

De vez en cuando Koloméitsev hablaba de literatura. Sus palabras no se parecían en nada a los discursos de Chentsov sobre literatura edificante o patriótica. Le gustaba en especial un escritor inglés o americano. Aunque Seriozha nunca había leído a ese autor, y el propio Koloméitsev había olvidado su apellido, Seriozha estaba convencido de que escribía bien, tal era el placer, la alegría y las palabras obscenas con que lo elogiaba Koloméitsev.

—Lo que me gusta de él —decía— es que no me alecciona. Un hombre se abalanza sobre una mujer, punto y aparte; un soldado se emborracha, punto y aparte; a un viejecito se le muere su viejita, punto y aparte: es pura descripción. Es excitante, ríes, lloras, pero sigues sin saber por qué la gente vive.

Vasia Klímov, el explorador, había trabado amistad con Koloméitsev.

Un día Klímov y Sháposhnikov se infiltraron en las posiciones enemigas franqueando el terraplén de la vía férrea. Se arrastraron hasta el cráter que había producido una bomba alemana y que daba cobijo a una escuadra de ametralladores y a un oficial de artillería enemigos. Arrimados al borde del cráter, observaron la vida de campaña de los alemanes. Un joven ametrallador con la chaqueta desabotonada se había puesto un pañuelo rojo a cuadros por debajo del cuello de la camisa y se estaba afeitando. Seriozha oía cómo la barba dura y polvorienta crujía bajo la navaja. Otro alemán estaba comiendo algo de una pequeña lata de conservas; por un instante, Seriozha miró la expresión de intenso placer en su cara ancha. El oficial estaba dando cuerda a su reloj de pulsera, y Seriozha sintió el impulso de preguntarle en un susurro, para no asustarle: «Perdone, ¿qué hora es?».

Klímov arrancó la anilla de una granada y la lanzó al interior del cráter. Aún no se había asentado el polvo cuando Klímov lanzó una segunda granada para poco después saltar dentro del cráter. Los alemanes yacían muertos; parecía mentira que unos segundos antes estuvieran llenos de vida. Klímov, entre estornudos provocados por el gas de la explosión y el polvo, cogió todo aquello que pudiera servirle: el obturador de una ametralladora pesada, un binóculo, el reloj, que quitó con sumo cuidado de la mano todavía caliente del oficial para no mancharse de sangre; y luego sacó las cartillas militares de los uniformes despedazados de los ametralladores.

De regreso de la misión, Klímov entregó los trofeos requisados y, mientras explicaba lo que había sucedido, pidió a Seriozha que le echara un poco de agua en las manos, se sentó al lado de Koloméitsev y dijo:

—Vamos a fumarnos un cigarrillo.

En ese instante llegó corriendo Perfíliev, que se definía como «un apacible habitante de Riazán amante de la pesca».

—Eh, Klímov, ¿qué haces ahí sentado? —gritó Perfíliev—. El gerente de la casa te busca, debes volver otra vez a las posiciones alemanas.

—Ahora, ahora voy —respondió Klímov en un tono ligeramente culpable, y comenzó a recoger sus bártulos: un subfusil y una bolsa de lona impermeable con granadas.

Tocaba los objetos con delicadeza, como si temiera hacerles daño. A muchos colegas los trataba de usted, nunca soltaba tacos.

—No serás baptista, ¿no? —preguntó un día el viejo Poliakov a Klímov, que había matado a ciento diez personas.

Klímov no era un tipo callado, le gustaba hablar, en particular de su infancia. Su padre era obrero en la fábrica Putílov. Klímov, a su vez, era un tornero cualificado: antes de la guerra daba clases en una escuela de artes y oficios. Seriozha se divertía escuchándole contar la vez en que uno de sus alumnos se había atragantado con un tornillo y tuvo que sacárselo de la garganta con ayuda de unas pinzas antes de que llegara el servicio de emergencias, porque se había puesto todo azul y estaba a punto de ahogarse.

Pero un día Seriozha vio cómo Klímov se emborrachaba con el Schnapps que había cogido como botín de guerra a los alemanes, y daba tanto miedo que incluso Grékov se sintió intimidado.

El más desaliñado de la casa era el teniente Batrakov, que nunca limpiaba sus botas y golpeaba tanto una suela contra el suelo al andar que los otros soldados lo reconocían sin necesidad de levantar la cabeza. En cambio, decenas de veces al día, el teniente limpiaba sus gafas con un trozo de gamuza; las gafas no correspondían a su graduación y a Batrakov le parecía que el polvo y el humo de las explosiones le empañaban los cristales. Klímov le había llevado más de una vez las gafas que sustraía a los alemanes muertos. Pero Batrakov no tenía suerte: las monturas eran buenas, pero los cristales nunca eran los apropiados.

Antes de la guerra Batrakov enseñaba matemáticas en un instituto técnico; se distinguía por la gran seguridad que tenía en sí mismo: hablaba de la mediocridad de los estudiantes en un tono de voz arrogante.

En una ocasión improvisó un examen de matemáticas para Seriozha del que éste salió muy mal parado. Los habitantes de la casa se echaron a reír y amenazaron al joven Sháposhnikov con hacerle repetir curso.

Un día que hubo una incursión aérea alemana, mientras los herreros martilleaban enloquecidos contra las piedras, la tierra, el hierro, Grékov vio que Batrakov estaba sentado en lo que quedaba de la escalera leyendo un libro.

Grékov dijo:

—No tienen nada que hacer. No se saldrán con la suya. ¿Qué queréis que hagan con un cretino semejante?

Toda iniciativa de los alemanes suscitaba en los soldados que defendían la casa, no tanto un sentimiento de miedo como una burla condescendiente: «Vaya, parece que los fritzes se están esforzando hoy…». «Mira, mira lo que se han inventado los granujas…» «Qué idiota, fíjate dónde va a soltar las bombas…»

Batrakov se había hecho amigo del comandante del pelotón de zapadores, Antsíferov, un hombre de unos cuarenta años al que le gustaba mucho hablar de sus enfermedades crónicas. En el frente sucedía algo insólito: bajo el fuego las úlceras y las ciáticas se curaban por sí solas.

Pero Antsíferov continuaba sufriendo en el infierno de Stalingrado la infinidad de enfermedades que anidaban en su voluminoso cuerpo. La medicina alemana no surtía efecto.

Cuando bebía el té con sus soldados reposando plácidamente, iluminado por la reverberación lúgubre de los incendios, aquel hombre de cara llena, con la cabeza redonda calva y los ojos como platos, parecía un ser irreal. A menudo se sentaba descalzo dado que le dolían los callos de los pies, y sin chaqueta porque siempre tenía calor. Y allí se quedaba sentado, bebiendo a sorbos un té caliente de una taza decorada con diminutas flores azules, enjugándose el sudor de la calvicie con un amplio pañuelo; suspiraba, sonreía y de nuevo soplaba sobre la taza, mientras el lúgubre soldado Liájov, con la cabeza enrollada en una venda, le servía a cada momento, de una enorme tetera humeante, un chorro hirviente. A veces Antsíferov, sin calzarse las botas, se subía a un montón de ladrillos gruñendo descontento y mirando qué sucedía fuera. Estaba de pie, descalzo, sin chaqueta ni gorro, como un campesino que se asoma al umbral de su isba en medio de una violenta tempestad para controlar su huerto.

Antes de la guerra trabajaba como jefe de obra. Su experiencia en la construcción ahora demostraba ser útil para otros propósitos. Su cabeza no paraba de elucubrar sistemas para destruir paredes, sótanos, casas enteras.

La mayor parte de las conversaciones entre Batrakov y Antsíferov giraban en torno a cuestiones filosóficas. Antsíferov, que había pasado de la edificación a la destrucción, sentía la necesidad imperiosa de comprender aquella insólita transición.

A veces, sin embargo, abandonaban las alturas de la filosofía —¿cuál es el fin de la vida? ¿Existe el poder soviético en otras galaxias? ¿En qué radica la superioridad de la estructura mental de los hombres respecto a la mujer?— para tocar otros temas más mundanos.

Entre las ruinas de Stalingrado todo asumía un significado diferente y la sabiduría de la que sentían necesidad los hombres a menudo estaba del lado de aquel pelmazo de Batrakov.

—Créeme, Vania —decía Antsíferov a Batrakov—, sólo gracias a ti he comenzado a entender algo. Antes pensaba que entendía la mecánica de la vida: a quién era necesario obsequiar con una botella de vodka, a quién procurarle neumáticos nuevos, a quién simplemente untarle la mano con cien rublos.

Batrakov estaba seriamente convencido de que habían sido sus nebulosos razonamientos y no Stalingrado los que habían cambiado la actitud de Antsíferov respecto a las personas, y le decía con indulgencia:

—Sí, amigo mío. Es una pena que no nos hayamos conocido antes de la guerra.

En el sótano se alojaba la infantería; aquellos que repelían los ataques enemigos eran los mismos que iban al contraataque arengados por la voz estridente de Grékov.

Al frente de la infantería estaba el teniente Zúbarev, que antes de la guerra había estudiado canto en el conservatorio. A veces, por la noche, se acercaba con sigilo hasta las líneas alemanas y entonaba «Oh, efluvios de la primavera, no me despertéis» o el aria de Lenski de Eugenio Oneguin.

Cuando le preguntaban qué le empujaba a subirse a un montón de cascotes para cantar, aun a riesgo de poner en peligro su propia vida, Zúbarev eludía dar una respuesta. Quizás allí, donde el hedor de los cadáveres flotaba en el aire día y noche, quería demostrar, no sólo a sí mismo y a sus camaradas sino también a los enemigos, que las fuerzas destructoras, por poderosas que fueran, nunca podrían borrar la belleza de la vida.

¿De veras había sido posible vivir sin conocer a Grékov, Koloméitsev, Poliakov, Klímov, Batrakov, el barbudo Zúbarev?

Seriozha, que había crecido en un ambiente de intelectuales, ahora había comprobado que su abuela llevaba razón cuando afirmaba repetidamente que los trabajadores sencillos eran gente estupenda.

Pero Seriozha, que también era un chico inteligente, se había dado cuenta del error de la abuela: ella siempre había pensado que la gente sencilla era simple.

En la casa 6/1 los hombres no eran tan simples. Una aseveración de Grékov había impresionado particularmente a Seriozha:

—No se puede guiar a los hombres como a un rebaño de ovejas, y esto Lenin, a pesar de ser una persona inteligente, no lo comprendió. El objetivo de la revolución es liberar a los hombres. Pero Lenin decía: «Antes os dirigían de modo estúpido, yo lo haré de modo inteligente».

Seriozha nunca había oído unas condenas tan audaces contra los jefes del NKVD que en 1937 habían aniquilado a decenas de miles de inocentes. No había oído hablar antes con un dolor tan auténtico sobre las desgracias y sufrimientos que el campesinado había padecido durante la colectivización. El orador más ducho en esos ternas era el mismo Grékov, pero a menudo también Koloméitsev y Batrakov tocaban esos temas.

Ahora que Sháposhnikov se encontraba en el búnker del Estado Mayor; cada minuto que pasaba fuera de la casa 6/1 le parecía una eternidad. Le resultaba increíble que se pudiera hablar tanto sobre las horas de guardia y sobre quién había sido llamado para ver a qué comandante.

Intentaba imaginar qué estarían haciendo ahora Poliakov, Koloméitsev, Grékov.

Era una hora avanzada, todo se habría calmado y debían de estar hablando de la radiotelegrafista.

Cuando Grékov se proponía algo, nada ni nadie podía detenerle, ni siquiera Chuikov o Buda en persona.

Aquella casa alojaba a un puñado de hombres extraordinarios, fuertes, temerarios. Probablemente Zúbarev también esa noche entonaría sus arias… Y ella estaría sentada allí, indefensa, aguardando su destino.

—Los mataré —pensó Seriozha sin saber a qué se refería exactamente.

¿Qué esperanzas podía albergar? No había besado nunca a una chica y en cambio aquellos diablos eran hombres experimentados; sabrían cómo engatusarla, hacerle perder la cabeza.

Había oído un sinfín de historias sobre enfermeras, telefonistas, telemetristas, chicas acabadas de salir de la escuela que se convertían de mala gana en amantes de los comandantes de regimiento o de división. Unas historias que a él le traían sin cuidado.

Miró la puerta. ¿Cómo no se le había pasado antes por la cabeza que sencillamente podía levantarse e irse, sin pedir permiso a nadie?

Se levantó, abrió la puerta y se fue.

En ese preciso instante el oficial de servicio del Estado Mayor fue avisado por teléfono de que el jefe de la sección política Vasíliev había ordenado que le enviaran de inmediato al soldado de la casa cercada.

La historia de Datnis y Cloe continúa conmoviendo los corazones de los hombres, pero no porque su amor naciera entre viñas bajo el cielo azul.

La historia de Dafnis y Cloe se repite siempre y por doquier, ya sea en un sótano sofocante impregnado de olor a bacalao frito, en el búnker de un campo de concentración, entre los chasquidos de los ábacos en una oficina de contabilidad o en el almacén polvoriento de una hilandería.

Y esta historia había brotado por enésima vez entre ruinas, bajo el aullido de los bombarderos alemanes, en un lugar donde los hombres no alimentan sus cuerpos cubiertos de mugre y sudor con miel, sino con patatas podridas y agua de una vieja caldera, allí donde no existe aquella paz que te permite reflexionar, sólo piedras rotas, estruendo y pestilencia.

62

Pável Andréyevich Andréyev, un hombre viejo que trabajaba como vigilante en la central eléctrica de Stalingrado, recibió una nota de su nuera desde Leninsk donde le comunicaba que su mujer, Várvara Aleksándrovna, había fallecido a causa de una pulmonía.

Tras la noticia de la muerte de su mujer, Andréyev se volvió más taciturno; raramente iba a casa de los Spiridónov, por las tardes se sentaba en la entrada de la residencia para obreros y miraba los fogonazos de la artillería y los haces de luces de los proyectores en el cielo encapotado. En la residencia, a veces, intentaban entablar conversación con él, pero Andréyev se quedaba callado. Entonces, acaso creyendo que el viejo oía mal, su interlocutor subía el tono de voz para repetirle la pregunta. A lo que Andréyev contestaba con aire sombrío:

—Le oigo, le oigo, no estoy sordo. —Y de nuevo se encerraba en su mutismo.

La muerte de su mujer le había trastornado. Su vida entera se había reflejado en la de ella; todo lo bueno o lo malo que le había pasado, sus sentimientos de felicidad o tristeza existían en la medida que se reflejaban en el alma de Várvara Aleksándrovna.

Durante un bombardeo demoledor, entre las explosiones de bombas de varias toneladas, Pável Andréyevich miraba las columnas de tierra y humo que se levantaban entre los talleres de la central y pensaba: «Si mi viejita pudiera ver esto… Ay, Várvara, qué desgracia…».

Pero ella, en ese momento, ya no estaba entre los vivos.

Era como si las ruinas de los edificios destruidos por las bombas y los obuses, aquel patio arado por la guerra, los montículos de tierra, los hierros retorcidos, el humo acre y húmedo, la llama amarilla, reptil, trepadora de los aisladores de aceite ardiendo representaran su vida, y lo que ésta de ahora en adelante le reservaba.

¿De veras era el mismo hombre que tiempo atrás se sentaba en una habitación iluminada y tomaba el desayuno antes del trabajo junto a su mujer que le miraba, atenta, dispuesta a servirle una porción más?

Sí, sólo le quedaba morir solo.

Y de repente la recordó de joven, con los ojos vivarachos y los brazos bronceados.

Bueno, pronto llegaría la hora, no tardaría demasiado…

Una tarde bajó lentamente, haciendo crujir los peldaños, al refugio de los Spiridónov. Stepán Fiódorovich miró la cara del viejo y dijo:

—¿Se encuentra mal, Pável Andréyevich?

—Usted es joven todavía, Stepán Fiódorovich —respondió—, pero no es tan fuerte como yo. Puede encontrar un modo de consolarse. Yo, en cambio, soy fuerte: llegaré solo hasta el final.

Vera, que fregaba los platos, se volvió para mirarlo sin comprender enseguida el significado de sus palabras.

Andréyev, que no necesitaba la compasión ajena, cambió de conversación:

—Es hora de que se vaya, Vera. Aquí no hay hospitales, sólo tanques y aviones.

Ella rió y se encogió de hombros.

Stepán profirió, con visible enojo:

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