Vida y destino
PRIMERA PARTE » 74
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—Hasta los desconocidos que se la cruzan por la calle le dicen que ya es hora de que se traslade a la orilla izquierda. Ayer vino un miembro del Consejo Militar, nos hizo una visita aquí, en el refugio; miró a Vera sin decir nada, pero cuando se subió a su coche me puso como un trapo: «¿En qué está pensando? ¿Es usted padre, sí o no? Si quiere la pasaremos a la otra orilla en lancha blindada». ¿Qué puedo hacer yo? Ella no quiere, y punto.
Stepán Fiódorovich hablaba con la fluidez de alguien que se pasa día y noche discutiendo la misma cuestión. Andréyev no decía nada; miraba un zurcido familiar en la manga de su chaqueta ahora descosido.
—Pero ¿qué carta va a recibir aquí de Víktorov? —prosiguió Stepán Fiódorovich—. Si no hay servicio de correo. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? Y ni una sola noticia de la abuela, ni de Yevguenia, ni de Liudmila… No tenemos la menor idea de lo que ha pasado con Tolia y Seriozha.
Vera intervino:
—Pável Andréyevich sí que ha recibido una carta.
—Sí, una notificación de fallecimiento. —Stepán Fiódorovich se asustó de sus propias palabras y se puso a hablar irritado, señalando con la mano las paredes estrechas del refugio, la cortina que separaba la cama de Vera—: ¡Cómo puede vivir aquí una chica, una mujer! Todo el tiempo es un ir y venir de hombres, día y noche, obreros, guardias que se agolpan ahí, gritando, fumando.
—Tened piedad del bebé al menos —dijo Andréyev—, aquí morirá enseguida.
—¿Qué pasará si irrumpen los alemanes? ¿Entonces, qué? —dijo Stepán Fiódorovich.
Vera no respondía. Estaba convencida de que un día Víktorov entraría por el pórtico en ruinas de la central. Le vería a lo lejos, en su mono de piloto, con sus botas de piel, el portaplanos en bandolera.
A veces salía a la calle para ver si había llegado. Los soldados que pasaban le gritaban desde los camiones:
—Eh, preciosa, ¿a quién esperas? ¡Ven con nosotros!
Por un momento se alegraba y respondía:
—Vuestro camión no puede llevarme a donde yo voy.
Cuando los aviones soviéticos reconocían la zona, observaba las formaciones de los cazas que sobrevolaban bajo, por encima de la central, sintiendo que de un momento a otro reconocería a Víktorov.
Una vez el piloto de un caza hizo batir sus alas a modo de saludo. Vera lanzó un grito como un pajarillo desesperado; corrió, tropezó y cayó. Después, tuvo dolor de espalda durante varios días.
A finales de octubre vio un combate aéreo sobre la central eléctrica. No fue más que una refriega: los aviones soviéticos desaparecieron en una nube y los alemanes dieron media vuelta hacia el oeste. Pero Vera, inmóvil, miraba fijamente el cielo vacío. Sus ojos estaban llenos de una tensión tan desbordante que un mecánico que pasaba por el patio dijo:
—¿Qué le pasa, camarada Spiridónova? ¿No estará herida?
Estaba convencida de que se encontraría con Víktorov justamente allí, en la central, pero el encuentro estaba condicionado por una especie de superstición: no podía decir nada a su padre, de lo contrario el destino se le volvería en contra. A veces la convicción de que en cualquier momento llegaría era tan absoluta que se ponía a cocinar pastelillos de patata y centeno, barría el suelo, cambiaba los muebles de sitio, sacaba brillo a los zapatos… A veces, sentada a la mesa con su padre, aguzaba el oído y exclamaba:
—Espera, vuelvo enseguida…
Y, echándose el abrigo sobre los hombros, salía a mirar a la calle, no fuera a ser que hubiera un piloto en el patio preguntando dónde vivía la familia Spiridónov.
Nunca, ni siquiera un instante, se le había pasado por la cabeza que él hubiera podido olvidarla. Estaba segura de que Víktorov pensaba en ella noche y día con la misma intensidad y perseverancia.
La central era atacada por la artillería alemana casi a diario. Los alemanes le habían tomado la medida y no erraban el blanco: los obuses caían sobre los talleres, el estruendo de las explosiones hacía temblar el suelo a cada momento. A menudo bombarderos solitarios sobrevolaban la central y lanzaban bombas. Los Messerschmitts volaban casi a ras de suelo y cuando estaban encima de la central disparaban ráfagas de ametralladora. A veces, a lo lejos, se perfilaban sobre las colinas tanques alemanes, se oía claramente el rápido traqueteo de sus armas.
Stepán Fiódorovich se había acostumbrado a los disparos y a las bombas, igual que el resto de los trabajadores de la central, pero todos lo vivían con sus últimas reservas de fuerza. A veces Spiridónov sentía que le vencía el agotamiento, sólo deseaba acostarse, enrollarse la cabeza con el abrigo y permanecer así, inmóvil, con los ojos cerrados. A veces se emborrachaba. A veces tenía ganas de correr hasta la orilla del Volga, ir a Tumak y adentrarse en la estepa de la orilla izquierda, sin volverse ni una vez a mirar la central, dispuesto a aceptar la deshonra de la deserción con tal de no oír el terrorífico aullido de los bombarderos alemanes. Cuando Stepán Fiódorovich telefoneaba a Moscú, a través del Estado Mayor destacado muy cerca del 64.° Ejército, el responsable militar y adjunto del comisario del pueblo le decía: «Camarada Spiridónov, transmita nuestros saludos al heroico colectivo que está bajo su mando». Y Stepán Fiódorovich se sentía avergonzado: ¿dónde estaba aquel heroísmo? Además corría la voz de que los alemanes se disponían a efectuar un ataque aéreo en masa contra la central, que tenían el propósito de arrasar con bombas gigantescas y monstruosas. Estos rumores les helaban la sangre. Durante el día no dejaban de mirar de reojo el cielo gris, al acecho de las eventuales patrullas enemigas. Por la noche se sobresaltaba, le parecía oír constantemente aproximarse el sordo zumbido de las hordas aéreas. Del miedo, la espalda y el pecho se le empapaban de sudor.
Evidentemente no era el único que tenía los nervios de punta. Kamishov, el ingeniero jefe, una vez le había confesado a Spiridónov: «Siento que me fallan las fuerzas, me parece ver el infierno, miro la carretera y pienso: ¡ojalá pudiera largarme!».
El secretario de organización del Comité Central, Nikoláyev, una tarde que pasó a verle le pidió:
—Sírvame un vasito de vodka, Stepán Fiódorovich. Se me ha acabado el mío y últimamente no puedo dormirme sin ese antídoto contra las bombas.
Mientras le servía el vodka, Stepán Fiódorovich le dijo:
—A la cama no te irás sin saber una cosa más. Debería haber escogido un oficio cuyo material pudiera evacuarse fácilmente; en cambio, como ves, las turbinas no se pueden mover y no tenemos otro remedio que quedarnos con ellas. Los de las otras fábricas ya hace tiempo que se pasean por Sverdlovsk.
Mientras trataba de convencer una vez más a Vera de que partiera, le dijo:
—Francamente, me dejas pasmado. Cada día viene a verme gente pidiéndome que les deje marcharse de aquí con cualquier pretexto; a ti, en cambio, te lo pido encarecidamente, y ni caso. Si yo tuviera elección, no me quedaría ni un minuto más aquí.
—Me quedo aquí por ti —respondió bruscamente Vera—. Sin mí te darías definitivamente a la bebida.
Era obvio que Stepán Fiódorovich no se limitaba únicamente a temblar bajo el fuego enemigo. En la central existía también el coraje, el trabajo constante, la risa y las bromas, la percepción omnipresente de un destino despiadado.
Vera no dejaba de atormentarse por su futuro bebé. Tenía miedo de que naciera enfermo, que fuera nocivo para él que su madre viviera en aquel sótano asfixiante y lleno de humo cuyo suelo temblaba a diario bajo los bombardeos. En los últimos tiempos a menudo sentía náuseas, la cabeza le daba vueltas. Qué triste y asustadizo sería el bebé que daría a luz si los ojos de su madre no hacían más que ver ruinas, fuego y tierra torturada, el cielo gris lleno de aviones con cruces negras. Tal vez el niño incluso oía el rugido de las explosiones; tal vez su cuerpecito acurrucado se quedaba petrificado ante el aullido de las bombas y hundía su pequeña cabeza entre los hombros. Pasaban por su lado hombres con abrigos sucios de grasa, ceñidos a la cintura con cinturones militares de lona impermeabilizada, la saludaban con la mano a su paso, le sonreían y gritaban:
—¿Qué tal, Vera? Vera, ¿piensas en mí?
Sí, podía sentir la ternura con que se dirigían a ella, una futura madre. Quizá su pequeño también sentía aquella ternura, y su corazón sería puro y bueno.
A veces se asomaba por el taller donde reparaban los carros de combate. Allí trabajaba Víktorov antes de la guerra, y Vera trataba de adivinar cuál era su máquina. Se esforzaba por imaginárselo en su mono de trabajo o en su uniforme de aviador; sin embargo se le aparecía obsesivamente la visión de él en bata de hospital.
En el taller no sólo la conocían los trabajadores de la central, sino también los tanquistas de la base. Prácticamente era imposible distinguirlos: los trabajadores civiles de la fábrica y los militares se parecían mucho con sus chaquetas acolchadas grasientas, sus gorros arrugados y sus manos negras.
Vera se hallaba absorta en sus pensamientos sobre Víktorov y el hijo de ambos, que sentía vivir en su interior día y noche; la zozobra por su abuela, la tía Zhenia, Seriozha y Tolia había abandonado su corazón, sólo experimentaba pena cuando pensaba en ellos.
Por la noche echaba de menos a su madre, la llamaba, se lamentaba, le pedía ayuda, murmuraba: «Querida mamá, ayúdame».
En esos momentos se sentía débil, impotente, nada que ver con aquella que decía tranquilamente a su padre:
—No insistas, de aquí no me voy.
63
Durante el desayuno Nadia dijo pensativa:
—A Tolia le gustaban más las patatas cocidas que fritas.
Liudmila Nikoláyevna señaló:
—Mañana habría cumplido exactamente diecinueve años y siete meses.
Por la noche dijo:
—Cómo habría sufrido Marusia al enterarse de las atrocidades cometidas por los fascistas en Yásnaia Poliana.
Poco después Aleksandra Vladímirovna llegó de una reunión en la fábrica y dijo a Shtrum, que la estaba ayudando a quitarse el abrigo:
—Hace un tiempo excelente, Vitia, el aire es seco y frío. Tu madre decía: «Como el vino».
Shtrum le respondió:
—Y cuando comía un buen chucrut lo llamaba «uva».
La vida se movía como un iceberg en el mar, la parte inferior, sumergida en las tinieblas gélidas, confería estabilidad a la parte superior, aquella que reflejaba las olas, respiraba, escuchaba el rumor y el chapoteo del agua…
Cuando los hijos de cualquier familia de amigos ingresaban en los cursos de doctorado, defendían una tesis, se enamoraban o se casaban, en las conversaciones familiares se mezclaba, junto a las felicitaciones, la tristeza.
Cuando Shtrum se enteraba de que algún conocido había muerto en el frente era como si alguna partícula de vida muriera dentro de él, como si algún color palideciera. Pero la voz del muerto seguía sonando en el ruido de la vida.
La época a la que estaban ligados el pensamiento y el alma de Shtrum era terrible, una época que se había levantado contra las mujeres y los niños. Sólo en su familia habían sido asesinados un chico, casi un niño, y dos mujeres.
A menudo le venían a la mente los versos de Mandelshtam que en una ocasión había oído citar a un pariente de Sokolov, el historiador Madiárov:
Me salta a las espaldas el siglo perro-lobo
pero yo no tengo sangre de lobo…
Pero aquella época era la suya, vivía con ella, y a ella permanecería ligado también después de la muerte.
Shtrum seguía sin progresar en el trabajo. Los experimentos que había comenzado mucho antes de la guerra no daban los resultados previstos en la teoría. Había algo absurdo y descorazonador en el caos de datos experimentales y la terca obstinación con que contradecían la teoría.
En un primer momento Shtrum estaba convencido de que la causa de su fracaso se debía a sus condiciones de trabajo insatisfactorias y a la falta de nuevos aparatos. Después se había enfadado con los colegas del laboratorio porque tenía la sensación de que no se aplicaban lo suficiente en el trabajo y se distraían con trivialidades.
No obstante, sus problemas no consistían en el hecho de que el alegre y encantador Savostiánov, lleno de talento, no cejara de hacer gestiones para conseguir cupones de vodka y que el sabelotodo de Márkov impartiera conferencias en horas de trabajo o que explicara a los colaboradores qué raciones alimenticias recibía uno u otro científico, y que tal científico dividía su ración entre sus dos ex mujeres y la actual. Anna Naumovna explicaba con una cantidad de detalles insoportable su relación con la casera.
El pensamiento de Savostiánov era vivo, claro. Márkov, como de costumbre, dejaba maravillado a Shtrum por la amplitud de sus conocimientos, por su capacidad artística para realizar los experimentos más sofisticados, por su lógica serena. Anna Naumovna, aunque vivía en una fría y decadente habitación de paso, trabajaba con una tenacidad y una escrupulosidad sobrehumanas. Y, como siempre, Shtrum estaba orgulloso de contar con Sokolov como uno de sus colaboradores.
Ni el rigor en la observancia de las condiciones experimentales, ni la determinación doble, ni las repeticiones de calibración de los instrumentos de medición aportaban claridad a su trabajo. El caos había irrumpido en el estudio de las sales orgánicas de los metales sometidos a una violenta radiación. Alguna vez Shtrum se imaginaba aquella partícula de sal como una especie de enano que hubiera perdido la decencia y la razón, un enano con un gorro cónico de través, de cara roja, que gesticulaba y realizaba movimientos obscenos, un enano que con sus minúsculos miembros hacía un corte de mangas al rostro severo de la teoría.
En la elaboración de la teoría habían participado físicos de fama mundial, los razonamientos matemáticos eran impecables, los datos experimentales acumulados durante décadas en reputados laboratorios alemanes e ingleses se ajustaban perfectamente en su estructura. Poco antes de la guerra se había realizado un experimento en Cambridge que debía confirmar el comportamiento de las partículas en ciertas condiciones. El éxito de dicho experimento había sido el máximo triunfo de la teoría. A Shtrum le había parecido tan poético y noble como el experimento de la relatividad que había confirmado la desviación de la luz procedente de una estrella cuando entraba en el campo gravitacional del Sol, preanunciada ya por la teoría de la relatividad. Atentar contra la teoría parecía impensable, como para un soldado arrancar las charreteras doradas de los hombros de un mariscal.
Entretanto el enano seguía haciendo muecas y obscenidades, y era imposible hacerlo entrar en razón. Poco antes de que Liudmila Nikoláyevna llegara a Sarátov, Shtrum había pensado que era posible ampliar el marco de la teoría, para lo cual había tenido que admitir dos hipótesis arbitrarias y recargar el aparato matemático.
Las nuevas ecuaciones concernían a la rama de las matemáticas en la que Sokolov estaba más fuerte y Shtrum le pidió ayuda aduciendo que en aquel campo no se sentía demasiado seguro. Sokolov, en efecto, logró en poco tiempo deducir nuevas ecuaciones para la teoría ampliada.
El problema parecía resuelto: los datos experimentales no contradecían la teoría. Shtrum estaba contento por el éxito y felicitó a Sokolov. Éste a su vez felicitó a Shtrum, pero la inquietud y la insatisfacción persistían.
Pronto el abatimiento hizo mella en Shtrum, que confió a Sokolov:
—He notado, Piotr Lavréntievich, que el humor se me agria todas las tardes que veo a mi mujer remendar las medias. Me hace pensar en nosotros, que hemos remendado una teoría: un trabajo burdo, con hilos de otros colores, una verdadera chapuza.
Las dudas de Shtrum eran cada vez más acuciantes. Por suerte, no sabía mentirse a sí mismo e instintivamente intuía que el autoconsuelo le conduciría a la derrota.
En aquella ampliación de la teoría no había nada bueno. Una vez remendada había perdido su armonía interna, las hipótesis introducidas le habían restado fuerza y autonomía, y las ecuaciones se habían vuelto demasiado engorrosas para operar con ellas. Tenía algo rígido, anémico, talmúdico. Estaba como privada de una musculatura viva.
Y la nueva serie de experimentos realizados por el brillante Márkov entraban de nuevo en contradicción con las ecuaciones deducidas inicialmente. Para explicar esta nueva contradicción habría sido necesario elaborar una novedosa suposición teórica, también ésta infundada, apuntalar una vez más la teoría con cerillas y astillas de madera.
«Es absurdo», se dijo a sí mismo. Comprendía que había seguido un camino equivocado.
Recibió una carta de los Urales, del ingeniero Krímov, donde éste le notificaba que no tenía más remedio que posponer el trabajo de fundición y torneado de los aparatos que le había encargado, la fábrica estaba saturada de encargos militares; la preparación de los aparatos se retrasaría entre seis u ocho semanas del plazo estipulado.
La carta no entristeció a Shtrum, que no esperaba el nuevo material con la impaciencia de antes y no tenía confianza en que pudiera introducir modificaciones significativas en el resultado de los experimentos. A veces se apoderaba de él la rabia y entonces le entraban ganas de recibir lo antes posible los nuevos aparatos para convencerse de una vez por todas que los abundantes datos experimentales que habían recopilado contradecían de manera irrevocable y sin esperanza la teoría.
El fracaso en el trabajo se unía, en su mente, con sus desgracias personales y todo acababa por fundirse en una oscuridad grisácea.
Esta depresión se prolongó durante semanas. Víktor Pávlovich se había vuelto irascible, manifestaba un interés repentino por la rutina doméstica, se inmiscuía en las tareas de la cocina y no dejaba de sorprenderse de que Liudmila despilfarrara tanto dinero.
Incluso comenzó a interesarse por las discusiones entre Liudmila y los propietarios de la casa, que le exigían el pago de un suplemento en el alquiler por utilizar la leñera.
—Bueno, ¿cómo van las negociaciones con Nina Matvéyevna? —le preguntaba y, después de escuchar el relato de Liudmila, exclamaba—: Ay, demonios, qué maldita bruja…
Ahora ya no reflexionaba sobre los vínculos existentes entre la ciencia y la vida de los hombres, si ésta constituía un motivo de felicidad o de sufrimiento. Para ese tipo de pensamientos tendría que haberse sentido dueño, triunfador. Pero esos días se consideraba un aprendiz desafortunado, tenía la impresión de que nunca más podría trabajar como en el pasado, que la amargura sufrida lo había privado de su estímulo de investigador.
Repasaba en la memoria los nombres de físicos, matemáticos, escritores cuyas obras más importantes habían sido llevadas a cabo en los años de juventud; después de los treinta y cinco o cuarenta años ya no habían producido nada significativo. Ellos tenían de qué sentirse orgullosos, mientras que él debería pasar el resto de su vida sin haber hecho nada en su juventud de lo que pudiera sentirse satisfecho. Galois, cien años antes, había abierto muchas vías para el desarrollo de las matemáticas, y había muerto a los veintiún años; Einstein, con veintiséis años, publicó su obra Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento; Herz había muerto antes de cumplir los cuarenta. ¡Qué abismo se abría entre aquellos hombres y Shtrum!
Shtrum anunció a Sokolov su intención de interrumpir temporalmente el trabajo de laboratorio. Pero Piotr Lavréntievich consideraba que había que seguir la investigación, esperaba mucho de los nuevos aparatos. Sin embargo, Shtrum se había olvidado de hablarle de la carta que había recibido de la fábrica.
Víktor Pávlovich se daba cuenta de que su mujer estaba al corriente de sus fracasos, pero ella evitaba hacerle preguntas sobre el trabajo. Era evidente que no se interesaba por aquello que era lo más importante de su vida; en cambio encontraba tiempo para los quehaceres domésticos, para conversar con Maria Ivánovna, para discutir con los propietarios de la casa, para coser los vestidos de Nadia, para encontrarse con la mujer de Postóyev. Víktor se enfurecía con Liudmila, sin entender cuál era su verdadero estado de ánimo.
Víktor pensaba que su mujer había vuelto a su vida habitual; de hecho ella era capaz de realizar esas tareas precisamente porque eran habituales y no requerían ningún esfuerzo por su parte.
Preparaba sopa de fideos y hablaba de los zapatos de Nadia porque durante años se había ocupado de hacerlo, y ahora repetía de manera mecánica los gestos de siempre. Y él no se daba cuenta de que su mujer, aunque había reanudado su vida anterior, le resultaba del todo extraña. Era como un viandante que, absorto en sus pensamientos, camina por una calle conocida evitando los hoyos, subiendo peldaños, sin darse cuenta siquiera de ellos.
Para hablar con el marido sobre su trabajo habría necesitado una fuerza nueva, un estímulo espiritual nuevo. Fuerza de la que Liudmila no disponía. En cambio Shtrum tenía la impresión de que su mujer continuaba interesándose por todo menos por su trabajo.
Estaba resentido porque Liudmila recordaba a menudo las ocasiones en que él no había sido demasiado amable con Tolia. Era como si hiciera el balance de las relaciones de Tolia con el padrastro y el resultado no fuera para él en absoluto favorable.
Liudmila decía a su madre:
—¡Pobre, cómo le atormentaba tener la cara llena de granos! Había llegado a pedirme que le comprara una crema en una tienda de cosmética. Y Víktor todo el rato tomándole el pelo.
Y así era.
A Shtrum le gustaba meterse con Tolia, y cuando al llegar a casa el chico saludaba al padrastro, Víktor Pávlovich se lo quedaba mirando fijamente y sacudiendo la cabeza decía pensativo:
—Vaya, hermano, ¡tu cara parece un firmamento!
En los últimos tiempos Shtrum prefería no pasar las tardes en casa. Solía ir a casa de Postóyev a jugar una partida de ajedrez o a escuchar música, dado que la mujer de su anfitrión no era mala pianista. Otras, iba a ver a un nuevo conocido de Kazán, Karímov. Pero casi siempre terminaba en casa de los Sokolov.
Le gustaba la pequeña salita de la pareja, la dulce sonrisa de la hospitalaria Maria Ivánovna, y, por encima de todo, las conversaciones que tenían lugar en la mesa.
Cuando, después de la visita, avanzada la noche, caminaba de regreso a casa, la angustia, que por un momento se había apaciguado, volvía a apoderarse de él.
64
En lugar de ir a casa después del instituto, Shtrum se dirigió a buscar a su nuevo amigo, Karímov, para ir a ver juntos a los Sokolov.
Karímov era un hombre feo, con la cara picada de viruelas. Su tez morena le resaltaba los cabellos canos, y los cabellos canos hacían que su piel pareciera aún más oscura.
Karímov hablaba un ruso correcto, y sólo si se le escuchaba atentamente se notaba un leve acento en su pronunciación y matices diversos en la construcción de las frases.
Shtrum no había oído antes su apellido, pero luego supo que era conocido incluso fuera de Kazán. Karímov había traducido al tártaro la Divina Comedia y Los viajes de Gulliver, y ahora estaba traduciendo la Ilíada.
Cuando todavía no se conocían, a menudo se encontraban, al salir de la sala de lectura de la universidad, en la habitación reservada a los fumadores. La bibliotecaria, una vieja charlatana con los labios pintados vestida con negligencia, reveló a Shtrum muchos detalles sobre Karímov: había estudiado en la Sorbona, poseía una dacha en Crimea y antes de la guerra pasaba la mayor parte del año a orillas del mar.
En Crimea habían quedado bloqueadas por la guerra su mujer y su hija, de las que no había vuelto a tener noticias. La vieja insinuó a Shtrum que la vida de aquel hombre había estado cuajada de penosos sufrimientos durante ocho años, pero Shtrum acogió la noticia con la mirada perpleja. Estaba claro que aquella vieja mujer también le había hablado a Karímov de él. Teniendo conocimiento el uno del otro se sentían incómodos por no haberse conocido personalmente, y cuando se encontraban, en lugar de sonreír fruncían el ceño. Finalmente un día tropezaron en el vestíbulo de la biblioteca, los dos rieron y se pusieron a hablar.
Shtrum no sabía si lo que decía suscitaba el interés de Karímov, pero a Shtrum le gustaba hablar cuando Karímov le escuchaba. Tenía presente, por triste experiencia personal, que muy a menudo se encontraban interlocutores inteligentes e ingeniosos, pero que al mismo tiempo eran insoportablemente aburridos.
Había personas en cuya presencia a Shtrum le resultaba incluso difícil pronunciar alguna palabra, la lengua se le volvía de madera, el diálogo adquiría tintes absurdos e incoloros, como entre sordomudos.
Había otras personas en cuya presencia cualquier palabra sincera sonaba falsa.
Y había personas, viejos conocidos, en cuya presencia Shtrum percibía su soledad de particular modo.
¿Cuál era el motivo? Quizás el mismo por el cual, a veces, se encuentra casualmente a alguien —el compañero de un breve viaje, el vecino de camastro, un interlocutor fortuito— en cuya presencia el mundo interior rompe su silencio y soledad.
Caminaban el uno al lado del otro, charlaban, y Shtrum se dio cuenta de que había momentos ahora en que, durante horas, no pensaba en su trabajo, especialmente durante las conversaciones vespertinas en casa de los Sokolov. Nunca antes le había pasado una cosa parecida, él siempre pensaba en su trabajo: en el tranvía, durante la comida, escuchando música, secándose la cara tras el aseo matutino.
Debía de ser que el callejón sin salida al que había desembocado era tan opresivo que inconscientemente alejaba cualquier pensamiento referente al trabajo.
—¿Cómo le ha ido hoy el trabajo, Ajmet Usmánovich? —preguntó.
—Tengo la cabeza vacía, no consigo concentrarme —respondió Karímov—. No hago otra cosa que pensar en mi mujer y mi hija, y a veces me digo que todo acabará bien, que las volveré a ver. Hay momentos, en cambio, en que tengo el presentimiento de que están muertas.
—Le entiendo —dijo Shtrum.
—Lo sé —respondió Karímov.
Shtrum pensó que era extraño que se sintiera dispuesto a hablar de lo que ni siquiera hablaba con su mujer e hija con una persona a la que conocía desde hacía pocas semanas.
65
En la pequeña sala de los Sokolov se congregaban casi cada noche alrededor de la mesa personas que, de estar en Moscú, es poco probable que se hubieran encontrado.
Sokolov, un hombre de un talento extraordinario, expresaba sus ideas con verbo grácil. Por los cultismos y la corrección de su discurso costaba creer que su padre fuera un marinero del Volga. Era un hombre bueno y noble, pero la expresión de su cara era astuta y cruel.
Piotr Lavréntievich tampoco parecía un marinero del Volga: no probaba una gota de alcohol, temía las corrientes de aire y las enfermedades infecciosas, tenía la manía de lavarse las manos constantemente y cortaba la corteza del pan por la parte donde la había tocado con los dedos.
Shtrum, cuando leía sus trabajos, no dejaba de sorprenderse: ¿cómo era posible que un hombre que sabía pensar de un modo tan refinado y audaz y que exponía y demostraba sucintamente las ideas más complejas y sutiles se convirtiera en un absoluto pelmazo durante sus conversaciones nocturnas?
A Shtrum, como a muchas otras personas educadas en un círculo intelectual y literario, le gustaba introducir en su discurso palabras como «chorradas», «bulla», y a veces, en presencia de un venerable académico, tildar a una científica docta y huraña de «infame» y «pelandusca».
Antes de la guerra Sokolov no soportaba las conversaciones sobre política. En cuanto Shtrum sacaba a colación el argumento, Sokolov se callaba, se encerraba en sí mismo o bien cambiaba deliberadamente de terna.
En él se había revelado una extraña sumisión, una mansedumbre ante los crueles acontecimientos de la época de la colectivización y del año 1937. Parecía aceptar la ira del Estado como se acepta la ira de la naturaleza o de Dios. Shtrum tenía la impresión de que Sokolov creía en Dios y de que esa fe se manifestaba en su trabajo, en su obediencia humilde ante los poderosos de este mundo y en sus relaciones personales.
Un día Shtrum le preguntó directamente:
—¿Cree en Dios, Piotr Lavréntievich?
Pero Sokolov se limitó a fruncir el ceño, sin responder nada.
Era sorprendente que ahora en casa de Sokolov se reuniera gente por las tardes y se mantuvieran conversaciones sobre política; Sokolov no sólo las soportaba sino que a veces también participaba.
Maria Ivánovna, pequeña, menuda, con gestos torpes de adolescente, escuchaba a su marido con una particular atención: una mezcla del tímido respeto de una estudiante, la admiración de una mujer enamorada y el cuidado condescendiente de una madre.
Por supuesto, las conversaciones comenzaban con los boletines militares, pero enseguida se alejaban de la guerra. No obstante, fuera cual fuese el tema de la conversación, todo estaba ligado al hecho de que los alemanes habían llegado hasta el Cáucaso y la cuenca baja del río Volga.
Paralelamente a los pensamientos tristes engendrados por los reveses militares, era palpable un sentimiento de desesperación, de temeridad: ¡lo que tenga que ser será…!
Por las noches, en aquella pequeña sala, abordaban una infinidad de temas; parecía que los muros cayeran en aquel espacio confinado y reducido, y que la gente dejara de hablar como de costumbre.
El marido de la difunta hermana de Sokolov, el historiador Madiárov, de cabeza grande y labios gruesos, con una piel morena ligeramente azulada, evocaba a veces episodios de la guerra civil que no recogían las páginas de la historia: el húngaro Gavro, comandante del regimiento internacional, el comandante del cuerpo de ejército Krivoruchko, Bozhenko, el joven oficial Schors, que había dado la orden de azotar, en su vagón, a los miembros de una comisión enviada por el Consejo Revolucionario de Guerra para controlar su Estado Mayor. Narraba el extraño y terrible destino de la madre de Gavro, una vieja campesina húngara que no sabía ni una sola palabra de ruso. Había llegado a la Unión Soviética junto con su hijo y, una vez que éste fue arrestado, todos la marginaron, la temían y ella, como una loca, vagaba por Moscú sin conocer el idioma.
Madiárov hablaba de los sargentos de caballería y los oficiales, enfundados en pantalones de montar bermejos con retazos de piel y las cabezas afeitadas azuladas, que se convertían en comandantes de división y de cuerpos del ejército. Contaba cómo esos hombres castigaban o perdonaban, y, bajándose de sus caballerías, se lanzaban sobre una mujer de la que se habían encariñado… Recordaba a los comisarios de los regimientos y las divisiones, tocados con sus budiónovki[64] que leían Así habló Zaratustra y ponían en guardia a los combatientes contra la herejía bakuniana… Hablaba de los oficiales del ejército zarista convertidos en mariscales y comandantes del ejército de primera clase.
Una vez, bajando la voz, dijo:
—Fue en la época en que Trotski todavía era Ley Davídovich…
Y en sus tristes ojos, en esos ojos que suelen tener los hombres corpulentos, inteligentes y enfermos, apareció una expresión particular.
Después sonrió y dijo:
—Montamos una orquesta en nuestro regimiento. Siempre tocaba el mismo tema: «Por la calle se paseaba un gran cocodrilo, un gran cocodrilo verde…». En todos los casos, ya fuera yendo al ataque o enterrando a los héroes, se tocaba la canción del cocodrilo verde. En un momento de siniestro repliegue Trotski vino a levantar el ánimo a las tropas. Movilizó a todo el regimiento. Estábamos en un villorrio polvoriento, triste, con perros vagabundos. Se montó una tribuna en medio de la plaza. Veo ahora mismo la escena: un calor sofocante, hombres adormilados, y ahí estaba Trotski con un gran lazo rojo, los ojos brillantes, proclamando: «Camaradas soldados del Ejército Rojo», con una voz tan atronadora que parecía que nos iba a caer una tormenta encima… Luego la orquesta empezó a tocar el Cocodrilo… Era una pieza extraña, pero este Cocodrilo con balalaica es más que una orquesta formada por varias bandas tocando la Internacional. Ella me llevará a coger con las manos vacías Varsovia, Berlín…
Madiárov hablaba tranquilo, sin apresurarse, no justificaba a los comandantes del Ejército Rojo que habían sido fusilados como enemigos del pueblo y traidores a la patria, no justificaba a Trotski, pero en su admiración hacia Krivoruchko y Dúbov, en el modo respetuoso y sencillo con el que pronunciaba los nombres de los jefes militares y de los comisarios del ejército fusilados en 1937, era evidente que no creía que los mariscales Tujachevski, Bliújer y Yegórov, que Murálov, responsable del distrito militar de Moscú, Levandovski, Gamárnik, Dibenko y Búbnov, o Unshlijt, o el primer sustituto de Trotski, Slianski, fueran enemigos del pueblo y traidores a la patria.
La tranquilidad en el tono de voz de Madiárov no parecía de este mundo. El poder del Estado había construido un nuevo pasado; hacía intervenir de nuevo a la caballería a su manera, exhumaba nuevos héroes para acontecimientos ya sepultados y destituía a los verdaderos. El Estado tenía poder para recrear lo que una vez había sido, para transformar figuras de granito y bronce, para manipular discursos pronunciados hacía tiempo, para cambiar la disposición de los personajes en una fotografía.
Se forjaba realmente una nueva historia. Incluso los hombres que habían sobrevivido a aquellos tiempos volvían a vivir la existencia pasada, de valientes se transformaban en cobardes, de revolucionarios en agentes extranjeros.
Pero escuchando a Madiárov parecía evidente que todo aquello acabaría dando lugar a una lógica más poderosa: la lógica de la verdad. Nunca se había hablado de estas cosas antes de la guerra.
Una vez Madiárov había dicho:
—Todos esos hombres habrían luchado hoy contra el fascismo. Habrían sacrificado sus propias vidas. Los mataron sin motivo…
El ingeniero químico Vladimir Románovich Artelev, originario de Kazán, era propietario del apartamento que los Sokolov tenían alquilado. La mujer de Artelev volvía del trabajo por la noche. Sus dos hijos estaban en el frente. Artelev era jefe del taller de una fábrica química, iba mal vestido, sin abrigo y gorro de invierno y, para resguardarse del frío, se ponía un chaleco forrado bajo el impermeable. En la cabeza llevaba una gorra mugrienta y arrugada que, cuando iba al trabajo, se calaba hasta las orejas.
Al entrar en casa de los Sokolov, soplándose los dedos rojos y congelados, dirigía tímidas sonrisas a los invitados sentados a la mesa, y Shtrum se sorprendía de que fuera el dueño de la casa, el jefe de un taller importante de una gran fábrica; más bien daba la impresión de ser un vecino pobre que viniera a pedir limosna.
Y también aquella tarde, con las mejillas hundidas e hirsutas, casi temiendo hacer ruido al pisar las tarimas, se quedó de pie al lado de la puerta para escuchar lo que decía Madiárov.
Maria Ivánovna, que se dirigía a la cocina, se le acercó y le susurró algo al oído. Éste sacudió la cabeza con aire asustado: evidentemente declinaba su oferta de tomar un refrigerio.
—Ayer —decía Madiárov— un coronel que está aquí sometiéndose a una cura me contó que debe presentarse ante una comisión de investigación del Partido por haber golpeado a un teniente. Durante la guerra civil no sucedían estas cosas.
—Sin embargo usted mismo contó —objetó Shtrum— que Schors ordenó azotar a los miembros de una comisión enviada por el Consejo Revolucionario de Guerra.
—En aquel caso se trataba de un subordinado que daba latigazos a sus superiores —respondió Madiárov—. Es diferente.
—Lo mismo pasa en la fábrica —intervino Artelev—. Nuestro director tutea a todo el mundo y si le llamas camarada Shuriev se ofende. Hay que llamarle Leonti Kuzmich. Hace unos días, en el taller, se enfadó con un viejo químico. Shuriev gritó a voz en cuello: «Haz lo que yo diga o te daré tal patada en el culo que te sacaré volando de la fábrica», y el viejo va para los setenta y dos años.
—¿El sindicato no interviene? —preguntó Sokolov.
—¿Qué va a hacer el sindicato? —dijo Madiárov—. Su trabajo es exhortarnos a hacer sacrificios: antes de la guerra te preparan para la guerra, durante la guerra «todo es para el frente», y después de la guerra nos incitarán a remediar las consecuencias de la guerra. No tienen tiempo para ocuparse de un viejo.
Maria Ivánovna preguntó a media voz a su marido:
—¿Qué te parece? ¿Es hora de servir el té?
—Sí, claro —respondió Sokolov—. Sírvenos té.
«Qué manera tan extraordinariamente silenciosa de moverse», pensó Shtrum mirando distraídamente la espalda delgada de Maria Ivánovna, que se deslizaba por la puerta entreabierta de la cocina.
—Ah, queridos amigos —exclamó de repente Madiárov—, ¿os imagináis lo que es la libertad de prensa? Una hermosa mañana después de la guerra abrís el periódico y en lugar de encontrar un editorial exultante, o la habitual carta de los trabajadores al gran Stalin, o un artículo acerca de la brigada de fundidores de obreros que ha trabajado un día extra en honor a las elecciones del Sóviet Supremo, o las historias sobre los trabajadores de Estados Unidos que han acogido el nuevo año en una situación de desesperación por el paro creciente y la miseria, imaginad que encontráis… ¡Información! ¿Os imagináis un periódico así? ¡Un periódico que ofrece información!
»Empezáis a leer un artículo sobre la mala cosecha en la región de Kursk, un artículo sobre una inspección para determinar las condiciones en la prisión de Butirka, una discusión sobre si la construcción del canal entre el mar Blanco y el Báltico es necesaria, la noticia de que un obrero llamado Golopuzov se ha manifestado en contra de la imposición de un nuevo empréstito.
»En pocas palabras, os enteráis de todo lo que pasa en el país: buenas y malas cosechas; arrebatos de entusiasmo cívico y robos a mano armada; la apertura de una nueva mina y un accidente en otra mina; las discrepancias entre Mólotov y Malenkov; leéis un reportaje sobre la marcha de una huelga porque el director de una fábrica ha ofendido a un viejo químico de setenta y dos años, leéis los discursos de Churchill, Blum, y no que «han declarado que…»; leéis un artículo sobre los debates en la Cámara de los Comunes; os enteráis de cuántas personas se suicidaron ayer en Moscú y cuántas resultaron heridas en accidentes de tráfico y están hospitalizadas. Os enteráis de por qué no hay trigo sarraceno y no sólo de que han ido las primeras fresas por avión de Tashkent a Moscú. Averiguáis por los periódicos, y no por la señora de la limpieza cuya sobrina ha venido a Moscú a comprar pan, cuántos gramos de grano conceden a los trabajadores del koljós por un día de trabajo.
»Sí, y al mismo tiempo continuáis siendo verdaderos ciudadanos soviéticos.
»Entráis en una librería, compráis un libro y seguís siendo ciudadanos soviéticos, leéis a filósofos americanos, ingleses, franceses, a historiadores, economistas, comentadores políticos. Distinguís por vosotros mismos en qué tienen razón y en qué se equivocan; podéis pasear por el parque solos, sin niñera.
Justo cuando Madiárov finalizaba su discurso, Maria Ivánovna entró en la habitación con una montaña de tazas y platillos.
De repente Sokolov golpeó con un puño contra la mesa y dijo:
—¡Basta! —exclamó—. Pido encarecidamente que se ponga fin a este tipo de conversaciones.
Maria Ivánovna miraba fijamente a su marido con la boca abierta. Un temblor repentino hizo tintinear la vajilla que llevaba en sus manos.
—¡He aquí cómo Piotr Lavréntievich ha liquidado la libertad de prensa! —observó Shtrum—. No ha durado mucho tiempo que digamos. Menos mal que Maria Ivánovna no ha escuchado este discurso subversivo.
—Nuestro sistema —sentenció irritado Sokolov— ha demostrado su fuerza. Las democracias burguesas se han hundido.
—Sí, efectivamente, lo ha demostrado —confirmó Shtrum—, pero la democracia burguesa y degenerada de Finlandia desafió, en los años cuarenta, nuestro centralismo, y las cosas no acabaron demasiado bien para nosotros. No soy admirador de la democracia burguesa, pero los hechos son los hechos. Y además, ¿qué tiene que ver el viejo químico con todo esto?
Dicho esto se volvió y se encontró con los ojos atentos y penetrantes de Maria Ivánovna, que le escuchaba.
—No fue Finlandia, sino el invierno finlandés —puntualizó Sokolov.
—Déjalo, Petia —cortó Madiárov.
—Digámoslo así, entonces —propuso Shtrum—. Durante la guerra el Estado soviético demostró sus puntos fuertes y los débiles.
—¿Qué puntos débiles? —quiso saber Sokolov.
—Bueno —respondió Madiárov—, para empezar que muchos de los que ahora podrían estar combatiendo se encuentran en la cárcel. ¿Por qué pensáis que estamos luchando a orillas del Volga?
—¿Y qué tiene que ver el sistema con eso? —preguntó Sokolov.
—¿Qué tiene que ver? —replicó Shtrum—. Según Piotr Lavréntievich, ¿la viuda del suboficial se disparó a sí misma en 1937?[65]
Y de nuevo sintió la mirada penetrante de Maria Ivanovna. Se dijo para sus adentros que se estaba comportando de una manera extraña en esa discusión: cuando Madiárov se había lanzado a criticar al Estado soviético Shtrum le había contradicho, y cuando Sokolov la había tomado con Madiárov, se había puesto a criticar a Piotr Lavréntievich.
A Sokolov le gustaba burlarse a veces de un artículo especialmente estúpido o de un discurso incorrecto, pero de inmediato se ponía rígido en cuanto la discusión tocaba la línea del Partido. En cambio Madiárov no ocultaba sus propias opiniones.
—Usted intenta buscar en las carencias del sistema soviético una explicación a nuestros reveses —señaló Sokolov—, pero el golpe que los alemanes han infligido a nuestro país ha sido de tal calibre que el Estado, al resistirlo, ha demostrado con creces su fuerza, y no su debilidad. Usted ve la sombra proyectada por un gigante y dice: «Mira qué sombra», pero se olvida del gigante de carne y hueso. En el fondo, nuestro centralismo es un motor social de una potencia incomparable, permite realizar milagros. Y ahora los ha cumplido, y los cumplirá también en el futuro.
—Si no fuera necesario al Estado —dijo Karímov—, se desharía de usted; le tiraría junto con sus planes, creaciones e ideas, pero si su idea concuerda con los intereses del Estado, pondrá a su servicio una alfombra voladora.
—Eso, eso —dijo Artelev—. Yo fui destinado durante un mes a una fábrica de especial relevancia militar. El propio Stalin seguía la puesta en marcha de los talleres, telefoneaba al director. ¡Qué equipamiento! Materia prima, piezas de recambio, todo aparecía como por arte de magia. No hablemos ya de las condiciones de vida. ¡Teníamos bañera y cada mañana te llevaban la crema de leche a casa! Nunca antes había vivido así. ¡Qué abastecimiento tan extraordinario de los instrumentos de trabajo! Y lo principal: nada de burocracia.
—Probablemente el burocratismo estatal, como el gigante del cuento, estaba al servicio de los hombres —afirmó Karímov.
—Si se ha podido alcanzar semejante perfección en las fábricas de relevancia militar —dijo Sokolov—, es obvio que finalmente se aplicará el mismo sistema en todas las fábricas.
—No —dijo Madiárov—. Son dos principios totalmente diferentes. Stalin no construye lo que la gente necesita: construye lo que necesita el Estado. Es el Estado, y no la gente, el que necesita la industria pesada. El canal que une el mar Blanco con el Báltico es inútil para la gente; en un plato de la balanza están las necesidades del Estado; en el otro, las necesidades del individuo. ¡Estos platos no lograrán equilibrarse!
—Eso es —aprobó Artelev—. Y fuera de esas fábricas especiales reina el caos total. Según el plan, debo enviar la producción necesaria para nuestros vecinos de Kazán a Chitá, y de Chitá la vuelven a enviar a Kazán. Necesito operarios y todavía no he agotado el crédito para las guarderías infantiles. ¿Qué hago? Traigo a los operarios haciéndoles pasar por puericultoras. ¡La centralización nos asfixia! Un inventor encontró un medio de producir mil quinientas piezas en lugar de doscientas y el director lo echó a patadas: el plan está calculado de acuerdo con el peso total de lo que producimos. Es mejor dejar las cosas como están. Y si la fábrica se paraliza por la falta de un material que se puede adquirir en el mercado por treinta rublos, prefiere asumir un descalabro económico de dos millones. No se arriesgará a pagar treinta rublos en el mercado negro.
Artelev echó una fugaz ojeada al auditorio y retomó la palabra sin dilación, como si temiera que no le dejaran acabar: