Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 74

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—Un obrero cobra poco, pero cobra en función del trabajo realizado. Un vendedor de agua con sirope cobra cinco veces más que un ingeniero. Los dirigentes, los directores, los comisarios del pueblo sólo saben decir una cosa: ¡cumplid con el plan! ¡No importa si te mueres de hambre, debes cumplir el plan! Por ejemplo, teníamos un director, un tal Shmatkov, que durante las reuniones gritaba: «¡La fábrica es más importante que vuestra propia madre! Hay que dejarse el pellejo si es preciso, pero el plan debe cumplirse. Y a los que no lo hagan, yo mismo los despellejaré». Y un buen día nos enteramos de que Shmatkov ha sido destinado a Voskresenk. «Afanasi Lukich, ¿cómo puede dejar la fábrica con el trabajo a la mitad?» Me respondió sencillamente, sin demagogia: «Mire, nuestros hijos estudian en un instituto de Moscú, y Voskresenk queda más cerca. Además, nos han ofrecido un buen piso, con jardín. Mi mujer siempre está enferma y necesita aire puro». Me sorprende que el Estado confíe en gente así, mientras que los obreros, y los científicos famosos, si no son miembros del Partido, siempre están a dos velas.

—Es muy sencillo —dijo Madiárov—. A estos personajes se les confía mucho más que a los institutos y las fábricas, se les confía el corazón del sistema, el sanctasanctórum: la vivificante fuerza del burocratismo soviético.

—Es lo que yo digo —continuó Artelev sin hacer caso a la broma de Madiárov—. Me gusta mi taller. No escatimo esfuerzos. Pero me falta lo esencial: no puedo despellejar viva a la gente, a mis operarios. Yo puedo dejarme el pellejo, pero no el de los otros obreros.

Shtrum, adoptando una actitud que ni siquiera él mismo comprendía, sintió la necesidad de contradecir a Madiárov, aunque compartía punto por punto sus observaciones.

—Hay algo en su razonamiento que no encaja —dijo—. ¿Cómo puede afirmar que los intereses del hombre no coinciden, no confluyen plenamente con los intereses del Estado que ha creado una industria bélica para la defensa? Creo que los cañones, los tanques, los aviones con los que se envía a combatir a nuestros hijos, nuestros hermanos, son necesarios para todos y cada uno de nosotros.

—Rigurosamente exacto —dijo Sokolov.

66

Maria Ivánovna sirvió el té. Ahora hablaban de literatura.

—Dostoyevski ha caído en el olvido —observó Madiárov—. Las editoriales no lo reeditan y las bibliotecas no lo dejan en préstamo así como así.

—Porque es un reaccionario —sentenció Shtrum.

—Es cierto. No debería haber escrito Los demonios —aprobó Sokolov.

—¿Está seguro, Piotr Lavréntievich, de que no debería haber escrito Los demonios? —preguntó Shtrum—. ¿Tal vez es el Diario de un escritor lo que no debería haber escrito?

—No se puede castrar a los genios —dijo Madiárov—. Dostoyevski sencillamente no encaja con nuestra ideología. No es como Mayakovski, al que Stalin definió como el mejor y más dotado de nuestros poetas… Mayakovski es el Estado personificado, hecho emoción, mientras que Dostoyevski, incluso en su culto al Estado, es la misma humanidad.

—Si así lo cree —intervino Sokolov—, nada de la literatura del siglo XIX tiene cabida en nuestra ideología.

—¡Ni mucho menos! —discrepó Madiárov—. ¿Qué hay de Tolstói? Él poetizó la idea de guerra del pueblo, y el Estado ahora se ha puesto al frente de la justa guerra del pueblo. Como ha dicho Ajmet Usmánovich, cuando las ideas coinciden aparece la alfombra voladora: se habla de Tolstói por la radio, en las veladas de lectura, sus obras se editan; incluso nuestros jefes lo citan.

—Con Chéjov no ha habido ningún obstáculo. Fue reconocido tanto en su época como en la nuestra.

—¡Qué despropósito! —exclamó Madiárov golpeando las palmas de las manos contra la mesa—. Chéjov ha sido reconocido por un malentendido. De la misma manera que ha sido reconocido por un malentendido su continuador, Zóschenko.

—No lo entiendo —objetó Sokolov—. Chéjov es un realista. Son los decadentistas a los que criticamos.

—¿No lo entiendes? —replicó Madiárov—. Espera, te lo explicaré.

—No se atreva a decir nada contra Chéjov —dijo Maria Ivánovna—. Lo amo por encima de todos los escritores.

—Haces muy bien, Mashenka —dijo Madiárov—. Pero tú, Piotr Lavréntievich, ¿acaso buscas una expresión de humanismo entre los decadentes?

Sokolov hizo un gesto de negación con la mano, con aire enfadado.

Pero Madiárov tampoco hacía caso a Sokolov, necesitaba expresar sus propias convicciones y para ello necesitaba un Sokolov que buscara humanidad entre los decadentes.

—¡El individualismo no es humanidad! Usted se confunde; todos se confunden. ¿Le parece que ahora critican a los decadentes? ¡Tonterías! No son dañinos para el Estado, simplemente son irrelevantes, inútiles. Estoy convencido de que no hay un abismo entre el realismo socialista y el decadentismo. Mucho se ha discutido sobre la definición del realismo socialista. Es un espejo al que el Partido o el gobierno pregunta: «Espejito, espejito, di: ¿quién es el más bello de todos los reinos?», y el realismo socialista responde: «¡Tú, tú, Partido, gobierno, Estado, el más bello de todos los reinos!».

»Los decadentistas a la misma pregunta responden: “Yo, yo, yo, decadente, soy el más bello de todos”. Pero no existe una gran diferencia. El realismo socialista es la afirmación de la superioridad del Estado y el decadentismo es la afirmación de la superioridad del individuo. Los métodos son diferentes, pero la esencia es la misma: el éxtasis ante la propia superioridad. El Estado genial, sin defectos, menosprecia a todos los que no se le parecen. Y la personalidad del decadente, preciosa como el encaje, es profundamente indiferente al resto de las personalidades, a todas excepto dos: con una mantiene una disputa refinada, con la otra se da besitos y carantoñas. En apariencia parece que el individualismo, el decadentismo luchan por el hombre. ¡Mentira! Los decadentes son indiferentes respecto al hombre, y el Estado también lo es. No hay ningún abismo entre ellos.

Sokolov, frunciendo el ceño, escuchaba a Madiárov e intuyendo que se iba a poner a hablar de temas totalmente prohibidos, lo interrumpió:

—Permíteme un instante, ¿qué tiene eso que ver con Chéjov?

—Claro que tiene que ver, no faltaría más. Entre él y los contemporáneos hay un abismo infranqueable. En el fondo Chéjov se cargó a las espaldas la inexistente democracia rusa. El camino de Chéjov es el camino de la libertad de Rusia. Nosotros tomarnos otro camino. Intentad abarcar todos sus personajes. Tal vez sólo Balzac introdujo en la conciencia colectiva una masa de gente tan enorme. No, ni siquiera Balzac. Pensad: médicos, ingenieros, abogados, maestros, profesores, terratenientes, tenderos, industriales, institutrices, lacayos, estudiantes, funcionarios de toda clase, comerciantes de ganado, conductores, casamenteras, sacristanes, obispos, campesinos, obreros, zapateros, modelos, horticultores, zoólogos, actores, posaderos, prostitutas, pescadores, tenientes, suboficiales, artistas, cocineros, escritores, porteros, monjas, soldados, comadronas, prisioneros de Sajalín…

—¡Basta, basta! —gritó Sokolov.

—¿Ya basta? —rebatió Madiárov con un aire de amenaza cómico—. No, ¡no basta! Chéjov introdujo en nuestra conciencia toda la enorme Rusia, todas las clases, estamentos, edades… ¡Pero eso no es todo! Introdujo a esos millones de personas como demócrata, ¿lo entiende? Habló como nadie antes, ni siquiera Tolstói, había hablado: todos nosotros, antes que nada, somos hombres, ¿comprende? Hombres, hombres, hombres. Habló en Rusia como nadie lo había hecho antes. Dijo que lo principal era que los hombres son hombres, sólo después son obispos, rusos, tenderos, tártaros, obreros. ¿Lo comprende? Los hombres no son buenos o malos según si son obreros u obispos, tártaros o ucranianos; los hombres son iguales en tanto que hombres. Cincuenta años antes la gente, obcecada por la estrechez de miras del Partido, consideraba que Chéjov era portavoz de un fin de siècle. Pero Chéjov es el portador de la más grande bandera que haya sido enarbolada en Rusia durante toda su historia: la verdadera, buena democracia rusa. Nuestro humanismo ruso siempre ha sido cruel, intolerante, sectario. Desde Avvakum a Lenin nuestra concepción de la humanidad y la libertad ha sido siempre partidista y fanática. Siempre ha sacrificado sin piedad al individuo en aras de una idea abstracta de humanidad. Incluso Tolstói nos resulta intolerable con su idea de no oponerse al mal mediante la violencia, su punto de partida no es el hombre, sino Dios. Le interesa que triunfe la idea que afirma la bondad, de hecho los «portadores de Dios» siempre se han esforzado, por medio de la violencia, en introducir a Dios en el hombre, y en Rusia, para conseguir este objetivo, no retrocederán ante nada ni nadie; torturarán y matarán, si es preciso.

»Chéjov dijo: dejemos a un lado a Dios y las así llamadas grandes ideas progresistas; comencemos por el hombre, seamos buenos y atentos para con el hombre sea éste lo que sea: obispo, campesino, magnate industrial, prisionero de Sajalín, camarero de un restaurante; comencemos por amar, respetar y compadecer al hombre; sin eso no funcionará nada. A eso se le llama democracia, la democracia que todavía no ha visto la luz en el pueblo ruso.

»El hombre ruso ha visto todo durante los últimos mil años, la grandeza y la supergrandeza, sólo hay una cosa que no ha visto: la democracia. He aquí la diferencia entre el decadentismo y Chéjov. El Estado puede asestar un golpe en la nuca al decadente por rabia, puede darle un puntapié en el trasero. Pero el Estado no comprende la esencia de Chéjov, por eso lo tolera. En nuestro régimen la democracia verdadera, humana, no se admite.

Era evidente que la audacia de las palabras de Madiárov disgustaba profundamente a Sokolov.

Y Shtrum, que se había apercibido de ello, con una satisfacción particular, incomprensible incluso para él mismo, afirmó:

—Muy bien dicho. Es cierto y muy inteligente. Sólo pido un poco de indulgencia para con Skriabin que, por lo que parece, entra dentro de los decadentistas, pero me gusta.

Hizo un gesto de rechazo hacia la mujer de Sokolov, que le había ofrecido un platito con mermelada, y dijo:

—No, gracias, no me apetece.

—Es de grosella negra —explicó ella.

Él miró sus ojos castaños salpicados de puntos dorados y preguntó:

—¿Es que le he confesado mi debilidad por las grosellas?

Ella sonrió y asintió con la cabeza. Tenía los dientes torcidos, los labios finos, sin brillo. Y al sonreír su cara ligeramente gris se tornó agradable, atractiva.

«Es una mujer agradable, buena —pensó Shtrum—. Es una lástima que siempre tenga la nariz roja.»

Karímov se volvió a Madiárov:

—Leonid Serguéyevich, ¿cómo conciliar su apasionado discurso sobre el humanismo de Chéjov con su himno a Dostoyevski? Para Dostoyevski, no todos los hombres en Rusia son iguales. Hitler ha llamado a Tolstói degenerado, pero se dice que tiene colgado en su despacho un retrato de Dostoyevski. Yo pertenezco a una minoría nacional, soy tártaro, pero nací en Rusia y no perdono a un escritor ruso su odio por los polacos y los judíos. No, no puedo, aunque se trate de un genio. Nos ha bastado con el derramamiento de sangre en la Rusia zarista, los escupitajos en los ojos, los pogromos. En Rusia un gran escritor no tiene derecho a perseguir a los extranjeros, despreciar a los polacos y los tártaros, a los armenios y los chuvachos.

El viejo tártaro de ojos oscuros esbozó una sonrisa maliciosa y altanera típicamente mongol, y continuó:

—¿Ha leído la obra de Tolstói Hadjí Murat? ¿Tal vez haya leído Los cosacos? ¿O su relato, El prisionero del Cáucaso? Todo eso lo ha escrito un conde ruso, más ruso que el lituano Dostoyevski. Mientras los tártaros vivan, rezarán a Alá por Tolstói.

Shtrum miró a Karímov, pensando: «Bien, así es como tu piensas. Te has descubierto».

—Ajmet Usmánovich —intervino Sokolov—, respeto profundamente el amor que siente por su pueblo, pero permítame estar a mí también orgulloso del mío. Permítame que me sienta orgulloso de ser ruso, que me guste Tolstói no sólo porque escribiera bien de los tártaros. A nosotros los rusos, quién sabe por qué, no se nos permite estar orgullosos de nuestro pueblo, si no enseguida te toman por miembro de las Centurias Negras.

Karímov se levantó con la cara perlada de sudor y dijo:

—Os diré la verdad —comenzó—. En efecto, ¿por qué iba a mentir si existe una verdad? Si se recuerda cómo ya en los años veinte se exterminaba a todos aquellos de los que el pueblo tártaro se sentía orgulloso, todas las grandes personalidades de nuestra cultura, entonces se explica por qué se debe prohibir también el Diario de un escritor.

—No sólo a los vuestros, también a los nuestros —corrigió Artelev.

Karímov insistió:

—No sólo aniquilaron a nuestros hombres, sino también la cultura nacional. Los actuales intelectuales tártaros son salvajes en comparación con los que desaparecieron.

—Ya, ya —dijo Madiárov con aire de burla—. Los otros habrían podido crear no sólo una cultura, sino también una política interna y externa. Eso no convenía.

—Ahora tenéis vuestro propio Estado —afirmó Sokolov—. Tenéis institutos, escuelas, óperas, libros, periódicos en vuestra lengua, y es la Revolución la que os ha dado todo eso.

—Es cierto, tenemos una ópera del Estado y un Estado de opereta. Pero nuestra cosecha la recoge Moscú, y es Moscú la que nos mete en la cárcel.

—¿Sería mejor que les metiera en la cárcel un tártaro en lugar de un ruso? —preguntó Madiárov.

—¿Y si nadie encarcelara a nadie? —preguntó Maria Ivánovna.

—Mashenka —dijo Madiárov—. ¿Y qué más quieres? —Luego miró su reloj y dijo—: Vaya, es tarde.

—Quédese a dormir aquí —le propuso rápidamente Maria Ivánovna—. Le prepararemos la cama plegable.

En una ocasión se había lamentado a Maria Ivánovna de que se sentía especialmente solo cuando volvía por la noche a casa y no encontraba a nadie esperándole en la habitación vacía y oscura.

—No diré que no —respondió Madiárov—. ¿Está usted de acuerdo, Piotr Lavréntievich?

—Claro que sí, por supuesto —respondió Sokolov.

Y Madiárov añadió, en broma:

—… dijo el dueño de la casa sin el menor entusiasmo.

Todos se levantaron de la mesa y comenzaron a despedirse.

Sokolov salió para acompañar a sus invitados y Maria Ivánovna, bajando la voz, dijo a Madiárov:

—Qué contenta estoy de que Piotr Lavréntievich no evite este tipo de conversaciones. En Moscú bastaba con que se hiciera la menor alusión en su presencia para que se callara, se encerrara en sí mismo.

Había pronunciado con una entonación particularmente cariñosa y respetuosa el nombre y el patronímico de su marido. Por la noche transcribía los manuscritos de sus trabajos, conservaba las copias sucias y pegaba sobre cartones sus notas fortuitas. Lo consideraba un gran hombre y al mismo tiempo le parecía un niño indefenso.

—Me gusta este Shtrum —dijo Madiárov—. No comprendo por qué se le considera un hombre desagradable. —Después añadió en tono de burla—: Me he dado cuenta de que ha pronunciado todos los discursos en su presencia, Mashenka. Cuando usted estaba ocupada en la cocina, se ahorraba su elocuencia.

Ella estaba de cara a la puerta, en silencio, como si no hubiera oído a Madiárov. Después dijo:

—¿Qué quiere decir, Lenia? No me presta más atención que a un insecto. Petia considera que es un hombre descortés, burlón, arrogante; por eso los físicos no le quieren y algunos le temen. Pero yo no estoy de acuerdo, a mí, en cambio, me parece que es muy bueno.

—En mi opinión es cualquier cosa menos bueno —replicó Madiárov—. Dice sarcasmos a todo el inundo, no está de acuerdo con nadie. Pero tiene una mente abierta y no está adoctrinado.

—No, es bueno. Y vulnerable.

—Pero hay que reconocer —siguió Madiárov— que tampoco hoy Pétenka ha dicho ni una sola palabra de más.

Entretanto, Sokolov entró en la habitación, a tiempo de oír las últimas palabras de Madiárov.

—Le pido dos cosas, Leonid Serguéyevich. En primer lugar que no me dé lecciones y, segundo, que no vuelva a mantener este tipo de conversaciones en mi presencia.

Madiárov replicó:

—Sabe, Piotr Lavréntievich, yo tampoco necesito lecciones suyas. Y respondo por mis palabras, igual que usted responde por las suyas.

Sokolov, evidentemente, habría querido responder con brusquedad, pero se contuvo y volvió a salir de la habitación.

—Bueno, tal vez es mejor que me vaya a casa —dijo Madiárov.

—Me daría usted un disgusto —dijo Maria Ivánovna—. Usted sabe que es bueno. Se atormentará durante toda la noche.

Y se puso a explicarle que Piotr Lavréntievich tenía un alma herida, que había sufrido mucho en 1937 cuando fue sometido a crueles interrogatorios, y, como consecuencia, pasó cuatro meses en una clínica para enfermedades nerviosas.

Madiárov escuchaba, asintiendo con la cabeza.

—De acuerdo, de acuerdo, Masha, me ha convencido. —Pero de repente, enfurecido, añadió—: Todo esto es cierto, pero su Petrusha no es el único que ha soportado interrogatorios. ¿Se acuerda de cuando me encerraron once meses en la Lubianka? Durante todo ese tiempo Piotr sólo llamó a Klava una vez. ¿Acaso no era su propia hermana? Y si recuerda bien también le prohibió a usted, Mashenka, que la telefoneara. Klava sufrió mucho… Tal vez sea un gran físico, pero con alma de lacayo.

Maria Ivánovna se cubrió la cara con las manos y permaneció sentada, en silencio.

—Nadie, nadie comprenderá el daño que me hace todo esto —dijo en voz baja.

De hecho, solamente ella sabía cuánto repugnaban a su marido las atrocidades cometidas durante la colectivización y el año 1937, qué pura era su alma. Y sólo ella sabía qué grande era su sumisión, su obediencia servil al poder.

Por eso, en casa, Piotr era tan tiránico, caprichoso, consentido, acostumbrado a que Mashenka le limpiara los zapatos, le diera aire con un pañuelo para que estuviera fresco, y durante los paseos alrededor de la dacha, le ahuyentara los mosquitos con ayuda de una ramita.

67

Un vez, durante su último año de universidad, Shtrum había lanzado al suelo un ejemplar del Pravda y dicho a un compañero de curso:

—¡Es un aburrimiento mortal! ¿Cómo puede leerlo alguien?

Apenas hubo pronunciado estas palabras, el miedo se apoderó de él. Recogió el periódico, lo sacudió y esbozó una sonrisa extraordinariamente abyecta, tanto que muchos años más tarde se le subía la sangre a la cabeza cada vez que recordaba aquella sonrisa perruna.

Unos días después le extendió a aquel mismo compañero un número del Pravda y le dijo en tono jovial:

—Grisha, léete el editorial, está muy bien escrito.

Su compañero, cogiendo el periódico, le dijo con voz compasiva:

—Estaba lleno de miedo el pobre Vitia… ¿Piensas que voy a denunciarte?

Entonces, todavía estudiante, Shtrum se hizo el juramento de callarse, de no expresar en voz alta pensamientos peligrosos o, si lo hacía, no acobardarse. Pero no mantuvo su palabra. A menudo perdía la prudencia, se encendía, metía la pata, y, metiendo la pata, perdía el coraje e intentaba apagar el fuego que él mismo había encendido.

En 1938, después del proceso de Bujarin, le comentó a Krímov:

—Diga usted lo que quiera, pero yo a Bujarin lo conozco personalmente, hablé con él dos veces. Un tipo con cerebro, una sonrisa inteligente y agradable; en conjunto, un hombre honestísimo, extremadamente fascinante.

Y al instante, turbado por la mirada sombría de Krímov, farfulló:

—Por lo demás, el diablo sabrá… Espía, agente de la Ojrana[66], ¿dónde está aquí la honestidad y la fascinación? ¡Qué infamia!

Y de nuevo, el desconcierto. Krímov, con la misma expresión lúgubre con que le había escuchado, le dijo:

—Ya que somos parientes permíteme que te diga una cosa: no puedo, y nunca podré, asociar el nombre de Bujarin con el de la Ojrana.

Y Shtrum, presa de una rabia repentina contra sí mismo, contra la fuerza que impedía a los hombres ser hombres, gritó:

—Dios mío, no doy crédito a todo este horror. Esos procesos son una pesadilla. Pero ¿por qué confiesan todos? ¿Con qué fin?

Pero Krímov no dijo nada más. Evidentemente ya había dicho demasiado…

¡Oh, maravillosa y clara fuerza del diálogo sincero, fuerza de la verdad! ¡Qué precio tan terrible han tenido que pagar a veces los hombres por decir algunas palabras valientes, sin guardarse las espaldas!

¡Cuántas veces por la noche Shtrum, acostado en la cama, prestaba atención al rumor de los automóviles que circulaban por la calle! De repente Liudmila Nikoláyevna, con los pies descalzos, se acercaba a la ventana, corría la cortina. Y miraba, esperaba; después, sin hacer ruido, creyendo que Víktor Pávlovich dormía, se iba a la cama y se acostaba. Por la mañana ella le preguntaba:

—¿Qué tal has dormido?

—Bien, gracias. ¿Y tú?

—Hacía un poco de calor, estuve un rato junto a la ventana.

—Ah.

¿Cómo transmitir ese sentimiento nocturno de inocencia y perdición al mismo tiempo?

—Recuerda, Vitia, cada palabra llega hasta ellos. Te buscarás tu perdición, la mía y la de tus hijos.

Y otro día:

—No puedo explicártelo todo, pero por el amor de Dios, escucha: ni una palabra a nadie. Víktor, vivimos una época terrible, no puedes imaginarte hasta qué punto. Recuerda, Víktor, ni una palabra a nadie…

A veces Víktor Pávlovich veía los ojos opacos, llenos de sufrimiento, de alguien que conocía desde la infancia. Y no le asustaba lo que su viejo amigo le decía, sino lo que no le decía. Por supuesto, Víktor Pávlovich no se atrevía a preguntarle directamente: «¿Eres un agente? ¿Te han interrogado?».

Recordaba la cara de su ayudante cuando, sin reflexionar, se le había escapado la broma de que Stalin había enunciado las leyes de la gravitación antes que Newton.

—No ha dicho usted nada, no he oído nada —exclamó alegremente el joven físico.

¿Cuál era el sentido de todas aquellas bromas? Bromear, en cualquier caso, era una idiotez, como divertirse dando un manotazo a un frasco de nitroglicerina.

¡Qué poder y claridad hay en la palabra, la palabra libre y desinhibida! La palabra que se pronuncia a pesar de todos los temores.

¿Era consciente Víktor de la tragedia oculta en aquellas conversaciones? Todos los que participaban en ellas odiaban el fascismo alemán y estaban aterrorizados por él… ¿Por qué sólo habían comenzado a hablar con franqueza en los días en que la guerra había llegado hasta las orillas del Volga, cuando todos sufrían por las derrotas militares y presagiaban la odiada esclavitud bajo Alemania?

Shtrum caminaba en silencio al lado de Karímov.

—Es sorprendente —dijo de pronto— lo que se lee en las novelas extranjeras sobre los intelectuales. Por ejemplo, he estado leyendo a Hemingway, y en sus libros los intelectuales, durante sus conversaciones, no hacen más que beber. Cócteles, whisky, ron, coñac, después de nuevo cócteles y whisky de todo tipo. En cambio los intelectuales rusos siempre han mantenido sus conversaciones más importantes ante un vaso de té. Los miembros de Naródnaya Volia, los populistas, los socialdemócratas, todos ellos se reunían en torno a un vaso de té. Lenin y sus amigos planearon la Revolución delante de un vaso de té. A decir verdad, parece que Stalin prefiere el coñac.

—Sí, sí —aprobó Karímov—, tiene razón. Y la conversación que hoy hemos mantenido también ha sido ante un vaso de té.

—Es lo que digo… ¡Qué inteligente es Madiárov! ¡Y valiente! Me entusiasman sus insólitas afirmaciones.

Karímov cogió a Shtrum por el brazo.

—Víktor Pávlovich, ¿ha observado que incluso la observación más inocente de Madiárov suena como una conclusión general? Eso me inquieta.

Fue arrestado en 1937 durante algunos meses y luego liberado. En aquella época no soltaban a nadie. Tiene que haber un motivo. ¿Me sigue?

—Le sigo —dijo Shtrum despacio—, ¿cómo no voy a seguirle? Usted piensa que es un provocateur.

Se separaron en la esquina y Shtrum se dirigió a casa.

«Al diablo, basta, hasta —pensaba—, al menos hemos hablado civilizadamente, sin tener miedo de todo, llamando a las cosas por su nombre, sin convencionalismos. París bien vale una misa.»

Menos mal que todavía existen hombres como Madiárov, hombres que no han perdido su independencia. Las palabras de advertencia que había dicho Karímov no helaron, como de costumbre, el corazón de Víktor.

Pensó que otra vez se había olvidado de hablarle a Sokolov de la carta que había recibido de los Urales.

Víktor Pávlovich caminaba en la oscuridad, por la calle desierta. De repente le vino a la cabeza un pensamiento inesperado. Y enseguida, sin dudarlo, supo que ese pensamiento era cierto. Tenía una nueva explicación para el fenómeno atómico que hasta ahora parecía no tener explicación y los abismos se habían transformado en puentes. ¡Qué sencillez, qué luz!

Aquella idea era sorprendentemente bella. Parecía que ni siquiera la hubiera engendrado él, como un nenúfar blanco que emergiera de la oscuridad serena de un lago. Exclamó, admirando su belleza…

Qué extraña coincidencia, pensó de repente, que aquella idea se le hubiera ocurrido cuando su mente estaba tan alejada de las reflexiones científicas, cuando las discusiones sobre el sentido de la vida le tenían absorbido; discusiones de un hombre libre, cuando sus palabras y las de sus interlocutores habían sido determinadas por la libertad, la amarga libertad.

68

La estepa calmuca parece triste y melancólica cuando se ve por primera vez, cuando vas en el automóvil lleno de preocupación e inquietud y tus ojos siguen distraídamente las colinas emergiendo despacio en el horizonte para luego ser poco a poco engullidas… Darenski tenía la impresión de que era siempre la misma colina azotada por el viento la que aparecía frente a él, que era la misma curva la que se abría, giraba y huía por encima de la capota de tela elástica del automóvil. Y los jinetes de la estepa también parecían idénticos, a pesar de que los había jóvenes e imberbes, otros de cabellos canos, algunos montados sobre bayos, otros sobre caballos moros voladores…

El coche atravesaba aldeas y grupos de casuchas con ventanas diminutas detrás de las cuales, como en un acuario, se arracimaban los geranios: parecía como si se hubiera roto el cristal de la ventana y aquel aire vivo se hubiera derramado en el desierto circundante y que el verde de los geranios se hubiese marchitado y muerto; el coche circulaba junto a las yurtas[67] de forma cilíndrica y recubiertas de arcilla, avanzaba entre plantas de flores en panoja llenas de filamentos largos y blancos, la vegetación de la estepa, entre hierba de camello, entre las manchas de las tierras salinas, entre las polvorientas y pequeñas patas de las ovejas, entre las hogueras sin humo que danzaban al viento…

Ante la mirada del viajero acostumbrado a desplazarse sobre los neumáticos hinchados con el aire contaminado de la ciudad, todo se fundía aquí en un gris uniforme, todo era monótono y repetitivo…

Salsolas, cardos, plantas gramináceas, ajenjo…

Las colinas se extendían por la llanura, aplanadas por el rodillo de épocas infinitas. La estepa calmuca del sureste posee una extraordinaria particularidad que traspasa gradualmente al desierto arenoso, que se extiende de Elista a Yashul hasta alcanzar la desembocadura del Volga y la orilla del mar Caspio…

En esta estepa la tierra y el cielo se han mirado recíprocamente tanto tiempo que se parecen como marido y mujer, dos seres que han pasado toda la vida juntos. Y es imposible saber si son los filamentos largos y blancos de las plantas gramináceas los que se abren camino en el monótono y tímido azul del cielo de la estepa, o si es la estepa la que se ha impregnado de cielo; cielo y tierra se han fundido en un polvo atemporal. De la misma manera, el agua gruesa y pesada de los lagos Tsatsa y Barmantsak parece una sábana de sal, mientras que las salinas no parecen tierra, sino agua de un lago.

Cuando no está nevado, en los días de noviembre y diciembre, el camino que atraviesa la estepa calmuca es extraordinario: la misma vegetación verde grisácea, el mismo polvo que se arremolina en la carretera no permite comprender si la estepa está seca y recalentada a causa del sol o del frío.

Tal vez por eso es una tierra de espejismos: la frontera entre tierra y cielo, entre agua y salinas, se ha borrado. La mente de un viajero sediento puede transformar ese mundo con facilidad: el aire bochornoso se convierte en piedras elegantes y estilizadas, y de la tierra árida brota un río de agua, los oasis de palmeras se extienden hasta el horizonte y los rayos del terrible y devastador sol se transforman en cúpulas doradas de templos y palacios… En un momento de extenuación es el hombre quien, a partir de la tierra y el cielo, crea el mundo de sus deseos.

El automóvil prosigue el viaje a lo largo del camino abierto en la estepa uniforme.

Y de repente esa región desértica se muestra al hombre bajo una luz completamente diferente.

¡La estepa calmuca! Antigua, noble creación de la naturaleza donde no existe ni un color estridente, ni un solo trazo duro, abrupto, incisivo en su relieve, donde la sobria melancolía de los matices que van del gris al azul pueden competir con el titánico torrente de colores del bosque ruso otoñal, la estepa donde las mórbidas y apenas onduladas líneas de las colinas ejercen una fascinación mayor que las cordilleras del Cáucaso, donde los lagos avaros atesoran en su seno aguas antiguas, oscuras, tranquilas que parecen expresar la esencia del agua mejor que todos los mares y los océanos…

Todo pasa, pero ese enorme y pesado sol de hierro fundido, en la niebla vespertina, ese viento amargo, impregnado de ajenjo, no puede ser olvidado… Y la estepa se yergue, pero no en su pobreza, sino en su riqueza.

En primavera la estepa joven, cubierta de tulipanes, es un océano donde no rugen las olas sino los colores. Los arbustos espinosos de la hierba de los camellos teñida de verde, y las jóvenes espinas con las puntas todavía tiernas y suaves, todavía no endurecidas…

Y en las noches de verano en la estepa puedes ver alzarse en toda su altura el rascacielos galáctico, desde los bloques de estrellas azules y blancas del fundamento hasta las nebulosidades humeantes y las ligeras cúpulas de las aglomeraciones esféricas que se hunden bajo el lecho del universo… La estepa tiene una particularidad maravillosa. Esa particularidad vive en ella, invariablemente, ya sea al alba, en invierno, en verano, en sombrías noches de lluvia o bajo el claro de luna. Siempre y por encima de todas las cosas la estepa habla al hombre de la libertad… La estepa se la recuerda a aquellos que la han perdido.

Darenski salió del coche y miró a un hombre montado a caballo que se dirigía a la colina. Con la vestimenta ceñida mediante una cuerda, estaba sentado sobre su cabalgadura de pelo largo y desde la colina contemplaba la estepa. Era viejo y su cara parecía de piedra.

Darenski llamó al viejo y, tras ir a su encuentro, le ofreció su pitillera. Éste, girando de golpe todo su cuerpo sobre la silla, con la vivacidad de la juventud y la reflexiva lentitud de la edad madura, se volvió a mirar la mano que le tendía la pitillera; luego la cara de Darenski, luego la pistola colgada al cinto, los tres distintivos de teniente coronel y sus elegantes botas. Entretanto, con los finos dedos oscuros, tan pequeños y delgados que se podría haber dicho tranquilamente que pertenecían a un niño, tomó un cigarrillo y le dio vueltas en el aire.

El rostro de pómulos prominentes, duro como la piedra, del viejo calmuco se transformó por completo y, entre las arrugas, dos ojos buenos e inteligentes escrutaron a Darenski. Y la mirada de esos viejos ojos marrones, al mismo tiempo escudriñadores y confiados, ocultaba algo espléndido. Darenski, sin razón aparente, se sintió alegre y cómodo. El caballo del viejo que había tensado hostilmente las orejas mientras Darenski se aproximaba se calmó de improviso, apuntó hacia él una oreja curiosa, luego la otra, después sonrió con su morro de dientes grandes y con unos ojos maravillosos.

—Gracias —dijo el viejo con un hilo de voz.

Pasó la palma de la mano sobre el hombro de Darenski y añadió:

—Tenía dos hijos en la división de caballería. El mayor —levantó la mano ligeramente por encima de la cabeza del caballo— está muerto, y el pequeño —bajó la mano ligeramente por debajo de la cabeza del caballo— es ametrallador: tiene tres medallas —luego le preguntó—: ¿Tienes padre?

Mi madre todavía vive, pero mi padre está muerto.

—Ay, eso es malo —movió la cabeza el viejo, y Darenski comprendió que el viejo no se había entristecido por cortesía, sino de corazón, al enterarse de que el coronel ruso que le había ofrecido un cigarrillo había perdido a su padre.

De improviso el calmuco lanzó un grito, agitó la mano en el aire y galopó colina abajo con una gracia y una velocidad extraordinarias. ¿Qué estaría pensando mientras galopaba a través de la estepa? ¿En sus hijos? ¿En que el coronel ruso que se había quedado junto a su coche averiado había perdido a su padre?

Darenski siguió el impetuoso galope del viejo y en las sienes no era la sangre lo que le latía, sino una única palabra: libertad, libertad, libertad.

Una envidia irrefrenable hacia el viejo calmuco se apoderó de él.

69

Darenski había sido enviado por el Estado Mayor del frente a una larga misión en las fuerzas militares desplegadas en el flanco izquierdo del frente. Esas misiones estaban particularmente mal vistas entre los oficiales debido a la escasez de agua, las pésimas condiciones de alojamiento, la precariedad de las provisiones, las grandes distancias y el mal estado de las carreteras.

El mando no tenía informaciones precisas respecto a la situación de las tropas esparcidas por las dunas a lo largo del mar Caspio y la estepa calmuca, y los superiores que habían enviado a Darenski a esta zona le habían confiado infinidad de tareas.

Después de recorrer cientos de kilómetros por la estepa, Darenski se sintió vencido por el aburrimiento. Allí nadie pensaba en la ofensiva; la situación de las tropas empujadas por los alemanes al extremo del mundo parecía desesperada…

¿Acaso era una ilusión el esfuerzo que soportaba el Estado Mayor día y noche, los informes sobre la inminencia de una ofensiva enemiga, la movilización de las reservas, los telegramas, los mensajes cifrados, el trabajo incesante del centro de transmisiones del frente, el ruido sordo de las columnas de blindados y camiones procedentes del norte…?

Mientras escuchaba las conversaciones poco optimistas entre los comandantes, reunía y comprobaba los datos sobre las condiciones del material, inspeccionaba las divisiones y las baterías, observaba las caras sombrías de los soldados y los jefes, y miraba cómo avanzaban, despacio, con indolencia, los hombres en el polvo de la estepa, Darenski poco a poco sucumbió a la angustia monótona de aquel lugar. «Es como si Rusia hubiera llegado hasta las estepas de los camellos, hasta las dunas de arena, y allí estuviera, extendida sobre la tierra dura, impotente, incapaz de alzarse de nuevo», pensaba.

Darenski llegó al Estado Mayor del ejército y se dirigió al oficial al mando.

En una habitación semioscura y amplia, un joven con el rostro abotargado, que se estaba quedando calvo y vestía una chaqueta sin insignias de rango, jugaba a las cartas con dos mujeres uniformadas, las dos tenientes. En lugar de interrumpir el juego cuando el teniente coronel entró en la habitación, le miraron con aire distraído y continuaron hablando animadamente:

—¿No quieres triunfos? ¿Y una jota?

Darenski esperó a que terminara el reparto y preguntó:

—¿Está alojado aquí el comandante del ejército?

Una de las dos jóvenes mujeres le respondió:

—Ha ido al flanco derecho, volverá hacia la noche.

Miró a Darenski con ojo experto, de militar, y afirmó más que preguntar:

—Camarada teniente coronel, viene del Estado Mayor del frente, ¿no es así?

—Exacto —respondió Darenski. Y, guiñando imperceptiblemente un ojo, le preguntó—: Disculpe, ¿puedo ver al miembro del Consejo Militar?

—Está con el comandante del ejército, no regresará hasta la noche —respondió la segunda joven, que después añadió—: ¿Es usted del Estado Mayor de la artillería?

—Exacto —repitió Darenski.

La primera, que había respondido a la pregunta sobre el comandante, le pareció a Darenski particularmente atractiva, aunque era más entrada en años que la última en responder. Pertenecía a ese tipo de mujeres que parecían bellas, pero que un movimiento casual de la cabeza bastaba para que de repente revelaran un aspecto ajado, poco interesante, demasiado viejo. Tenía una bonita nariz recta y unos ojos azules fríos que parecían traslucir que conocía el valor exacto de sí misma y los demás.

Su cara parecía decididamente joven, no se le habrían puesto más de veinticinco años, pero apenas fruncía la frente o adoptaba una expresión pensativa, se hacían visibles las arrugas en las comisuras de los labios y la piel que le colgaba del cuello; por lo menos debía de tener unos cuarenta y cinco. Sin embargo sus piernas, vestidas con unas botas elegantes, hechas a medida, eran magníficas.

Todos esos detalles, que se tarda tanto en describir, fueron captados en un instante por el ojo experto de Darenski.

La segunda mujer era joven, pero rellenita, robusta. Tomados por separado, sus rasgos no tenían nada de extraordinario: su pelo carecía de volumen, tenía los pómulos prominentes y los ojos de un color incierto, pero era joven y femenina, hasta tal punto que incluso un ciego sentado a su lado lo habría notado.

Y Darenski también percibió esos detalles al instante. Más aún, en un abrir y cerrar de ojos había comparado inmediatamente las cualidades de la primera, que le había respondido sobre el comandante, y de la segunda, que le había respondido a propósito del miembro del Consejo Militar; y había hecho una elección, una elección casi sin consecuencias prácticas, la misma que hacen casi todos los hombres al mirar a las mujeres. A pesar de que una infinidad de pensamientos le ocupaban la cabeza —¿dónde encontraría al comandante? ¿Lograría obtener la información que necesitaba de él? ¿Dónde podría comer y dormir? ¿Habría un camino largo y difícil desde la división hasta el extremo flanco derecho?—, decidió íntimamente: «¡La elijo a ella!».

Y así fue que en lugar de ir a ver al jefe del Estado Mayor se quedó jugando a las cartas.

Durante la partida, en la que jugó como compañero de la mujer de ojos azules, Darenski se enteró de muchas cosas: su compañera de juego se llamaba Alla Serguéyevna; la segunda, la más joven, trabajaba en la enfermería; el chico de la cara llena, Volodia, era cocinero en la cantina del Consejo Militar y probablemente estaba emparentado con alguien del mando.

Darenski notó enseguida el poder que ejercía Alla Serguéyevna; era obvio por la manera en que la gente se dirigía a ella cuando entraban a la habitación. Lo más probable es que el comandante fuera su marido, no sólo su amante, como pensó de entrada.

Al principio no comprendía por qué Volodia se comportaba de una manera tan familiar con ella. Luego se le ocurrió de repente que Volodia debía de ser el hermano de la primera mujer del comandante. Lo que no estaba claro era si la primera mujer del comandante estaba todavía viva; y si así era, si habían formalizado el divorcio.

Era evidente que la joven, Klavdia, no estaba casada con el miembro del Consejo Militar. Había ciertos matices de arrogancia y condescendencia en la manera en que Alla Serguéyevna le hablaba: «Sí, estoy jugando a las cartas contigo, nos tuteamos, pero son sólo exigencias de la guerra en la que tú y yo participamos».

Por su parte, Klavdia, también tenía un cierto sentido de superioridad respecto a Alla Serguéyevna. Darenski lo entendía así: «Muy bien, tal vez no estoy legalmente casada, pero al menos soy una compañera de guerra, soy fiel al miembro del Consejo; de ti, en cambio, aunque seas esposa legítima, sé dos o tres cosas… Atrévete a llamarme “amante del guerrero”…».

Volodia no se esforzaba en disimular lo mucho que le gustaba Klavdia. Parecía decir: «El mío es un amor desesperado; ¿cómo puedo, yo, un cocinero, competir con un miembro del Consejo Militar…? Pero aunque sólo sea un cocinero, te amo con un amor puro, tú misma lo debes de notar. Me basta con poder mirar tus ojos negros por los que te ama el miembro del Consejo Militar, nada más».

Darenski jugaba mal a las cartas y Alla Serguéyevna le tomó bajo su protección. A la mujer le gustaba el enjuto teniente coronel que decía «se lo agradezco»; balbuceaba «le ruego que me excuse», cuando al repartir las cartas sus manos se tocaban; miraba desolado a Volodia que se hurgaba la nariz con los dedos y luego se secaba con un pañuelo; sonreía amablemente ante las bromas de los compañeros de juego y él mismo era muy ingenioso.

Después de hacer una de sus bromas, ella le dijo:

—Muy agudo, al principio no caía. Esta vida en la estepa me ha vuelto estúpida.

Pronunció estas palabras en voz baja, como para darle a entender, o mejor hacer que intuyera, que entre los dos se podía entablar una conversación íntima, de carácter privado, capaz de provocar escalofríos en la espalda, el único tipo de conversación que tiene importancia entre un hombre y una mujer.

Darenski continuó cometiendo errores y ella continuó corrigiéndole, pero entre ellos, mientras tanto, se había iniciado otro juego, un juego en el que Darenski no cometía errores, un juego que conocía perfectamente… Y aunque no hubieran hablado excepto para decirse «deshágase de las picas», «tire, tire, no tenga miedo, no se ahorre los triunfos», ella ya había visto y apreciado todos los atractivos que había en él: la suavidad y la fuerza, la reserva y la audacia, la timidez…

Alla Serguéyevna notaba todas esas cualidades por su propia perspicacia y porque Darenski sabía cómo mostrarlas. Y ella sabía demostrarle que entendía las miradas que él dirigía a su sonrisa, al movimiento de sus manos, a la manera como contraía la espalda, a su pecho bajo la elegante gabardina, a sus piernas, a sus cuidadas uñas. Darenski percibía que la voz de Alla era más cantarina y forzada, y su sonrisa era más amplia que de costumbre para permitirle apreciar la belleza de su voz, la blancura de sus dientes, la seducción de sus hoyuelos…

Darenski estaba emocionado y agitado por aquella atracción que se había despertado en él. Nunca se acostumbraba a una sensación así, y cada vez le parecía la primera. Su gran experiencia en las relaciones con las mujeres nunca se había transformado en costumbre. Su experiencia era una cosa, el placer y la excitación otra bien diferente. Precisamente eso le convertía en un verdadero amante de las mujeres.

Al final acabó pasando la noche en el cuartel general del ejército.

Por la mañana fue a ver al jefe del Estado Mayor, un coronel taciturno que no le hizo ni una pregunta sobre Stalingrado, sobre las novedades en el frente, sobre la situación al noroeste. Después de la conversación Darenski comprendió que aquel coronel podía ofrecer poca satisfacción a su curiosidad de inspector, le pidió que estampara un sello en sus documentos y salió a inspeccionar las tropas.

Se sentó en el coche con una extraña sensación de vacío y debilidad en las piernas y en las manos, sin un solo pensamiento, sin deseo, reuniendo en sí la saciedad y el vacío total… Le parecía que a su alrededor todo se había vuelto insípido y vacío: el cielo, la vegetación de las estepas, las dunas que el día antes le habían gustado tanto. No tenía ganas de hablar ni de bromear con el conductor, el pensamiento de los suyos, incluso de su madre, que Darenski quería y admiraba, le aburría y le dejaba indiferente…

Las reflexiones sobre la batalla en el desierto, en los confines de la tierra rusa, no le preocupaban, pero se sucedían con indolencia.

De vez en cuando Darenski escupía, movía la cabeza, y con una especie de inexpresivo asombro susurraba: «Pero qué mujer…».

En aquellos momentos se agolpaban en su cabeza pensamientos de arrepentimiento y la constatación de que aquel tipo de caprichos pasajeros no traían nada bueno, y se acordaba de haber leído alguna vez en un escrito de Kuprín, o en alguna novela extranjera, que el amor se parece al carbón: cuando está candente, quema; cuando está frío, ensucia.

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