Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 74

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Sentía incluso asomar las lágrimas a sus ojos, no es que tuviera deseos de llorar, sino de lloriquear, quejarse a alguien… No era una elección propia, era la voluntad del destino… Luego se durmió. Cuando se despertó, decidió al instante: «Si no me matan, a mi regreso tengo que ver sin falta a Állochka».

70

Tras volver del trabajo, el comandante Yershov se detuvo ante la litera de Mostovskói y le dijo:

—Un americano ha oído por la radio que nuestra resistencia en Stalingrado ha desbaratado la estrategia de los alemanes.

Después, arrugando la frente, añadió:

—Además hay una información de Moscú… algo sobre la liquidación del Komintern.

—¿Está de broma? ¿Se ha vuelto loco? —preguntó Mostovskói escrutando los ojos inteligentes de Yershov, fríos como el agua turbia de primavera.

—Quizás el americano se haya confundido —respondió Yershov rascándose el pecho con las uñas—. Quizá sea al contrario, que estén ampliando el Komintern.

Durante su vida Mostovskói había conocido varias personas parecidas, personas que se habían convertido en la membrana sensible, los portavoces de ideales, pasiones y pensamientos de toda la sociedad. Parecía que ningún acontecimiento serio en Rusia pudiera pasarles inadvertido. En la comunidad del campo de concentración ese portavoz de pensamientos y aspiraciones era Yershov. Pero el rumor sobre la liquidación del Komintern no presentaba el menor interés para este «director de conciencias» del campo.

El comisario de brigada Ósipov, que había sido responsable de la educación política de una gran unidad militar, se mostró asimismo indiferente a esta noticia.

—¿Sabe lo que me ha dicho el general Gudz? —dijo Ósipov dirigiéndose a Mostovskói—. Me ha dicho: «Es culpa de su educación internacionalista, camarada comisario, que hayamos conocido la desbandada. Deberíamos educar al pueblo en el espíritu del patriotismo, el espíritu de Rusia».

—¿Se refiere a Dios, el zar y la patria? —se rió maliciosamente Mostovskói.

—Todo eso son estupideces —dijo Ósipov bostezando nerviosamente—. Aquí la ortodoxia no cuenta, el problema es que los alemanes nos están despellejando vivos, querido camarada Mostovskói.

Un soldado español al que los rusos llamaban Andriushka, que dormía en la tercera fila de literas, había escrito «Stalingrado» en una tablilla de madera: por la noche miraba esa inscripción y por la mañana le daba la vuelta para que el kapo no la viera durante la inspección.

El mayor Kiríllov dijo a Mostovskói:

—Cuando no me enviaban a trabajar solía pasarme días enteros tumbado en la litera.

Ahora me lavo la camisa y mastico astillas de pino contra el escorbuto.

Los oficiales de las SS, apodados «los alegres muchachos» porque siempre iban a trabajar cantando, increpaban a los rusos con más crueldad que de costumbre.

Lazos invisibles unían a los habitantes de los barracones del campo de concentración con la ciudad del Volga. Pero nadie estaba interesado en el Komintern.

Fue entonces cuando por primera vez Mostovskói fue abordado por el emigrado Chernetsov.

Cubriéndose con la palma de la mano la cuenca vacía de su ojo, aludió a la radioemisión que había escuchado el americano.

Era tanta su necesidad de hablar del tema que Mostovskói se alegró de que se le presentara aquella ocasión.

—Las fuentes no son fiables —señaló Mostovskói—. Probablemente sólo se trate de un rumor.

Con un tic neurasténico Chernetsov enarcó las cejas en señal de perplejidad, lo cual resaltaba desagradablemente su cuenca vacía.

—¿Por qué? —preguntó el menchevique tuerto—. ¿Por qué es poco fiable? Los señores bolcheviques han fundado la Tercera Internacional, los señores bolcheviques han fundado la teoría del así llamado socialismo en un solo país. La unión de esos dos términos es la quintaesencia de lo absurdo. Como hielo frito… Gueorgui Valentínovich Plejánov escribió en uno de sus últimos artículos: «El socialismo o existe como sistema mundial, internacional, o no existe en absoluto».

—¿El así llamado socialismo? —preguntó Mostovskói.

—Sí, sí, el «así llamado». El socialismo soviético.

Chernetsov sonrió y vio que Mostovskói también sonreía. Sonreían porque reconocían su pasado en aquellas palabras rencorosas, en aquellas entonaciones burlonas y odiosas.

La cuchilla afilada de su enemistad juvenil refulgió de nuevo a través de las décadas, y aquel encuentro en un campo de concentración nazi les recordó no sólo su antiguo odio, sino los tiempos de su juventud.

El prisionero extraño y enemigo conocía y amaba lo que Mostovskói durante su juventud había conocido y amado. Era Chernetsov, y no Ósipov o Yershov, quien recordaba el Primer Congreso del Partido, los nombres de personas que sólo a ellos les interesaban. Hablaban emocionados sobre las relaciones entre Marx y Bakunin, de qué habían dicho Lenin y Plejánov sobre los moderados y los radicales del periódico Iskra. Con qué afecto Engels, viejo y ciego, daba la bienvenida a los jóvenes socialdemócratas rusos que acudían a visitarle. ¡Qué insoportable había sido Liúbochka Akselrod en Zúrich!

Compartiendo evidentemente los mismos sentimientos que Mostovskói, el tuerto menchevique sonrió mientras decía:

—Los escritores han descrito de manera conmovedora el encuentro entre amigos de juventud. Pero ¿qué hay del encuentro entre enemigos de juventud, de perros viejos, de pelo gris y extenuados como usted y yo?

Mostovskói vio una lágrima corriendo por la mejilla de Chernetsov. Los dos comprendían que la muerte en el campo pronto anularía, cubriría de tierra, todos los acontecimientos de una larga vida: su enemistad, sus convicciones y sus errores.

—Sí —confirmó Mostovskói—, los que luchan contigo en el curso de toda una vida, se convierten a la fuerza en parte de tu propia vida.

—Es extraño —admitió Chernetsov— encontrarse en este pozo de lodo. —Después añadió inesperadamente—: Trigo, cereales, lluvia con sol… ¡Qué maravillosas palabras!

—Este campo es un sitio horrible —dijo Mostovskói; luego rió—. Todo parece bueno en comparación con él, incluso el encuentro con un menchevique.

Chernetsov movió tristemente la cabeza:

—Sí, no debe de ser fácil para usted.

—El hitlerismo… —dijo Mostovskói—. ¡El hitlerismo! Nunca imaginé que pudiera existir semejante infierno.

—No sé de qué se asombra —declaró Chernetsov—. El terror no debería sorprenderle.

Era como si el viento hubiera barrido todo lo bueno y melancólico que había nacido entre los dos, y enseguida se enzarzaron en una discusión violenta y despiadada.

Las difamaciones de Chernetsov eran horribles porque no sólo se alimentaban de mentiras. Las atrocidades que se habían cometido durante la construcción del socialismo, los pequeños y aislados errores, Chernetsov los elevaba a reglas generales. Así el menchevique recriminó a Mostovskói:

Por supuesto le conviene pensar que los hechos de 1937 no fueron más que «excesos» y que los crímenes cometidos durante la colectivización se debieron al «vértigo del éxito», que vuestro gran y querido líder sólo peca de una leve crueldad y ambición. Pero en realidad es todo lo contrario: la monstruosa inhumanidad de Stalin ha hecho de él el continuador de Lenin. De hecho a ustedes les gusta escribir: Stalin es el Lenin de nuestros tiempos. Ustedes creen que la miseria de los pueblos y el hecho de que los obreros estén privados de derechos no son más que elementos transitorios, dificultades del crecimiento. Ustedes son los verdaderos kulaks, los verdaderos monopolistas: el trigo que compráis a un campesino a cinco kopeks el kilo y luego volvéis a venderle a un rublo el kilo es la base de todo el edificio soviético.

—¡Incluso usted, un emigrado y un menchevique, admite que Stalin es el Lenin de nuestros tiempos! —exclamó Mostovskói—. Somos los herederos de todas las generaciones de revolucionarios rusos desde Pugachev a Razin. Los herederos de Pugachev, Razin, Dobroliúbov y Herzen no sois vosotros, renegados mencheviques que habéis huido al extranjero, sino Stalin.

—¡Sí, los herederos! —dijo Chernetsov—. ¿Se da cuenta del significado de las elecciones para la Asamblea Constituyente? ¡Después de mil años de esclavitud! Durante todo un milenio Rusia ha sido libre poco más de seis meses. Su Lenin no heredó la libertad rusa: la mató. Cuando pienso en los procesos de 1937 me viene a la mente otro legado completamente diferente: ¿se acuerda usted del coronel Sudeikin, el jefe de la Tercera Sección, que junto con Degáyev quería atemorizar al zar montando falsos complots y, por este medio, usurpar el poder? ¿Y usted piensa que Stalin es el heredero de Herzen?

—¿Es que estoy hablando con un idiota? —preguntó Mostovskói—. ¿Dice en serio lo de Sudeikin? ¿Y la revolución social más grande de todos los tiempos, la expropiación a los expropiadores, las fábricas sustraídas a los capitalistas y las tierras arrebatadas a los terratenientes? ¿Es que no se ha dado cuenta? ¿Es que es eso herencia de Sudeikin? ¿Y la alfabetización general? ¿Y la industria pesada? ¿Y la irrupción del cuarto estado, obreros y campesinos, en todos los campos de la actividad humana? ¿Dónde está aquí la herencia de Sudeikin? Qué lástima me da.

—Lo sé, lo sé —dijo Chernetsov—, no se pueden discutir los hechos. Se explican. Sus mariscales y escritores, sus doctores en ciencias, artistas y comisarios del pueblo no están al servicio del proletariado. Están al servicio del Estado. Por lo que respecta a los que trabajan en los campos o las fábricas, espero que no se atrevan ustedes a decir que son los amos. ¡Vaya amos están hechos!

Se inclinó de repente hacia Mostovskói y dijo:

—Permítame que le diga que al único que respeto de todos ustedes es a Stalin. Él es un albañil y ustedes, unos señoritos. Stalin entiende cuál es la verdadera base del socialismo en un solo país: el terror, los campos penitenciarios, los procesos de brujas medievales.

Mijaíl Sídorovich replicó a Chernetsov:

—Querido, todas esas calumnias no son nuevas. Pero debo decirle que usted lo dice de una manera especialmente repulsiva. Sólo un hombre que haya vivido en su casa desde niño y que luego lo hayan echado a la calle puede ser tan despreciable. ¿Se da cuenta de qué tipo de hombre es ése? ¡Un lacayo!

Miró fijamente a Chernetsov y dijo:

—No le ocultaré que más bien tenía ganas de recordar lo que nos unía en 1898 y no lo que nos separó en 1903[68].

—¿Conversar sobre la época en que todavía no se había echado al lacayo de su casa?

Llegados a ese punto, Mijaíl Sídorovich montó en cólera:

—Sí, sí, ¡así es! ¡Un lacayo al que se ha expulsado, que ha huido! ¡Con guantes de hilo! Nosotros no llevamos guantes, no tenemos nada que ocultar. ¡Nuestras manos están sucias de sangre, de barro! ¿Y entonces? Hemos llegado al movimiento obrero sin los guantes de Plejánov… ¿Qué os han dado vuestros guantes de lacayo? ¿Las monedas de plata de Judas que recibís por vuestros miserables artículos en Sotsialistícheski Véstnik? Aquí, en el campo de concentración, los ingleses, los franceses, los polacos, los noruegos, los holandeses creen en nosotros. ¡La salvación del mundo está en nuestras manos! en la fuerza del Ejército Rojo. ¡Es el ejército de la libertad!

—¿Y es así como ha sido siempre? —le interrumpió Chernetsov—. ¿Y qué me dice del pacto con Hitler y la invasión de Polonia en 1939? ¿Y de cómo vuestros carros aplastaron a Lituania, Estonia, Letonia? ¿Y la invasión de Finlandia? Vuestro ejército y Stalin han robado a los pueblos pequeños lo que la Revolución les había dado. ¿Y la represión de las sublevaciones campesinas en Asia Central? ¿Y la represión de Kronstadt? ¿Todo eso en nombre de la libertad y la democracia?

Mostovskói levantó las manos a la altura de la cara de Chernetsov:

—Aquí están: ¡sin guantes de lacayo!

—¿Recuerda a Strelnikov, el jefe de la policía política? También él trabajaba sin guantes. Escribía falsas confesiones en nombre de los revolucionarios a los que mandaba golpear casi hasta la muerte. ¿De qué os ha servido 1937? ¿Os habéis estado preparando para luchar contra Hitler, tal vez? ¿Quién os lo ha enseñado, Marx o Strelnikov?

—No me sorprenden en absoluto sus palabras nauseabundas —dijo Mostovskói—. No esperaba menos de usted. Pero ¿sabe lo que me sorprende? ¿Por qué los nazis le han hecho prisionero en un campo? ¿Por qué? A nosotros nos odian a muerte. Eso está claro. Pero ¿por qué Hitler le ha metido a usted y a sus amigos en el campo?

Chernetsov sonrió, y su cara adoptó la expresión que tenía al principio de la conversación.

—Ya, como usted ve, aquí me tienen —respondió—. No me sueltan. Intervenga a mi favor, tal vez me liberen. Pero Mostovskói no estaba para bromas.

—Con el odio que usted nos tiene no debería estar preso en un campo de concentración nazi. Y no hablo sólo de usted, sino también de ese tipo —dijo señalando a Ikónnikov-Morzh, que se aproximaba.

La cara y las manos de Ikónnikov estaban manchadas de barro. Éste alargó a Mijaíl Sídorovich algunas hojas de papel sucias escritas a mano y dijo:

—Léalas. Quizá mañana estemos muertos.

Mostovskói, escondiendo las hojas bajo el jergón, exclamó furioso:

—Las leeré, pero ¿qué es eso de que mañana estaremos muertos?

—¿Sabe lo que he oído? Que las fosas que hemos cavado están destinadas a cámaras de gas. Hoy han comenzado a verter hormigón en los cimientos.

—Sí —dijo Chernetsov—. Ese rumor ya corría cuando estábamos instalando la vía férrea.

Miró a su alrededor, y Mostovskói pensó que Chernetsov estaba interesado en comprobar si los compañeros que llegaban del trabajo advertían que estaba hablando en tono desenfadado con un viejo bolchevique. Con toda probabilidad se sentía orgulloso de que le vieran así los italianos, los noruegos, los españoles, los ingleses, pero sobre todo, los prisioneros rusos.

—¿Y tenemos que continuar trabajando? —preguntó Ikónnikov-Morzh—. ¿Participar en la preparación del horror?

Chernetsov se encogió de hombros.

—¿Qué cree, que estamos en Inglaterra? Aunque ocho mil personas se negaran a trabajar, no cambiaría nada. Las matarían en menos de una hora.

—No, no puedo —dijo Ikónnikov-Morzh—. No iré, no iré.

—Si no quiere trabajar, acabarán con usted —afirmó Mostovskói.

—Así es —dijo Chernetsov—. Puede creer estas palabras, el camarada aquí presente sabe qué significa incitar a la huelga en un país donde no existe democracia.

La conversación con Mostovskói lo había apesadumbrado. Ahí, en el campo nazi, las palabras que había pronunciado infinidad de veces en su apartamento de París le sonaban falsas, absurdas. Escuchando las conversaciones entre los reclusos a menudo descubría la palabra «Stalingrado». A eso, tanto si le gustaba como si no, estaba ligado el destino del mundo.

Un joven inglés le hizo el signo de la victoria y añadió:

—Rezaré por vosotros. Stalingrado ha detenido la avalancha.

Chernetsov, al oír esas palabras, sintió una feliz emoción y, dirigiéndose a Mostovskói, dijo:

—¿Sabe? Heine decía que sólo los idiotas demuestran su propia debilidad ante el enemigo. Bueno, seré un idiota, tiene razón: veo claramente el gran significado de la lucha que mantiene el Ejército Rojo. Para un socialista ruso es duro comprenderlo, y al comprenderlo, estar orgulloso y sufrir, y al mismo tiempo, odiaros.

Miró a Mostovskói. Por un momento pareció como si el ojo sano de Chernetsov también estuviera inyectado en sangre.

—Pero ¿no entiende, incluso aquí, que un hombre no puede vivir sin democracia ni libertad? —preguntó Chernetsov.

—Basta, basta ya de crisis nerviosas.

Miró alrededor, y Chernetsov pensó que Mostovskói se preocupaba de que los que llegaban del trabajo lo vieran charlando amistosamente con un emigrado menchevique. Con toda probabilidad se avergonzaba incluso ante los extranjeros. Pero sobre todo ante los prisioneros rusos.

La órbita vacía y sangrienta miraba fijamente a Mostovskói.

Ikónnikov sacudió el pie descalzo del sacerdote que se sentaba en la litera de la segunda fila.

Que dois-je faire, mio padre? Nous travaillons dans une Vernichtungslager.

Los ojos de antracita de Guardi escrutaron las caras de los allí presentes.

Tout le monde travaille lábas. Et moi je travaille lábas. Nous sommes des esclaves —dijo lentamente—. Dieu nous pardonnera.

C’est son métier —añadió Mostovskói.

Mais ce n’est pas votre métier —contestó Guardi en tono de reproche.

Ikónnikov-Morzh dijo a toda prisa:

—Sí, eso es lo que dice Mijaíl Sídorovich, pero yo no quiero la absolución de mis pecados. No diga que son culpables los que te obligan, que tú eres un esclavo, y que no eres culpable porque no eres libre. ¡Yo soy libre! Soy yo el que está construyendo un Vernichtungslager, yo el que responde ante la gente que morirá en las cámaras de gas. Yo puedo decir: «¡No!». ¿Qué poder puede prohibírmelo si encuentro dentro de mí la fuerza para no tener miedo a la muerte? ¡Yo diré «no»! Je dirai non, mio padre, je dirai non.

Guardi puso su mano sobre la cabeza gris de Ikónnikov.

Dones-moi votre main —dijo.

—Bien. Ahora el pastor amonestará a su oveja extraviada por su orgullo —dijo Chernetsov.

Mostovskói asintió.

Pero Guardi no amonestó a Ikónnikov: se llevó a los labios la mano sucia de Ikónnikov y la besó.

71

Al día siguiente Chernetsov estaba hablando con uno de sus pocos conocidos soviéticos, el soldado del Ejército Rojo Pavliukov que trabajaba como enfermero en el Revier.

Pavliukov se estaba quejando de que pronto tendría que dejar su puesto actual para ir a cavar fosas.

—Es por culpa de los miembros del Partido —aseguró—, no soportan que tenga un buen puesto porque he sabido sobornar a la gente acertada. Pero ellos saben guardarse las espaldas: siempre acaban trabajando en la cocina, en el Waschraum, como barrenderos. ¿Recuerda lo que pasaba antes de la guerra? el comité de distrito es mío. El sindicato es mío. ¿No es cierto? Aquí es lo mismo. Ponen a sus hombres en la cocina para tener raciones de comida más abundantes. Mantienen a un viejo bolchevique como si estuviera en una casa de reposo, mientras que vosotros ya os podéis estar muriendo como perros que no os mirarán siquiera. ¿Es justo? Después de todo nosotros también hemos trabajado duro por el poder soviético.

Chernetsov, confuso, admitió que hacía veinte años que no vivía en Rusia. Había notado que palabras como «emigrado» y «extranjero», alejaban al instante a los detenidos soviéticos. Pero la respuesta de Chernetsov no puso en alerta a Pavliukov.

Se sentaron sobre un montón de tablas. Pavliukov, que tenía el aspecto de un verdadero hijo del pueblo, con su nariz y frente ancha —como observó Chernetsov—, miró al centinela que se estaba dirigiendo a la torre de hormigón, y dijo:

—No tengo otra elección. Me uniré al ejército de voluntarios. De lo contrario será mi fin.

—¿Para salvar el pellejo? —preguntó Chernetsov.

—Yo no soy un kulak —dijo Pavliukov—, y nunca he sido enviado a las talas forestales para cortar árboles, pero tengo mis reservas contra los comunistas. No te dejan vivir a tu manera. No, eso no lo siembres; con ésa no te cases; éste no es tu trabajo. El hombre acaba pareciéndose a un loro. Desde niño he querido abrir una tienda propia, una donde se pudiera comprar todo lo que uno quisiera. Y al lado de la tienda, un pequeño restaurante donde, después de las compras, poder tomar una copita, meterte algo caliente en el cuerpo, o si te apetece, una cerveza. ¿Sabe? Lo habría hecho a buen precio. Habría servido platos sencillos. ¡Patatas al horno! ¡Tocino con ajo! ¡Col en salmuera! ¿Sabe lo que le serviría a la gente con el vodka? ¡Huesos de tuétano! Los tendría todo el rato cociéndose en la olla. Así, tú pagas por el vodka, y yo te ofrezco un trozo de pan negro, un hueso, y sal, por supuesto. Y por todas partes, sillones de piel para evitar piojos. Te sientas ahí, tranquilamente, y nosotros te servirnos. Pero si le hubiera contado a alguien esa idea, me habrían enviado a Siberia. No veo dónde está el daño para el pueblo. Los precios serían la mitad que los del Estado.

Pavliukov miró de reojo a su interlocutor.

—En nuestro barracón se han inscrito cuarenta tipos como voluntarios.

—¿Por qué motivo?

—Por un plato de sopa, por un abrigo, para no trabajar hasta que te reviente el cráneo.

—¿Y qué más?

—Algunos empujados por razones ideológicas.

—¿Cuáles?

—Bueno, diferentes… La gente asesinada en los campos. La pobreza en los pueblos. Ya no soportan el comunismo.

—¡Eso es despreciable! —exclamó Chernetsov.

El soviético lanzó una mirada de curiosidad al emigrado, y éste advirtió en su curiosidad una sorpresa burlona.

—Es vergonzoso, bajo, inmoral —dijo Chernetsov—. No es momento de ajustar cuentas; así no es como se arreglan las cosas. Es algo inmoral para uno mismo y para su país.

Se levantó y se sacudió el trasero.

—Nadie puede acusarme de sentir simpatía hacia los bolcheviques —dijo—. Pero, créame, no es momento para ajustar cuentas. No se una a Vlásov —comenzó a tartamudear en su excitación, y añadió—: Escuche, camarada. No vaya.

Después de pronunciar la palabra «camarada», como en los tiempos de su juventud, no pudo ocultar su emoción:

—Dios mío —balbuceó—, si hubiera podido…

… El tren se alejó del andén. El aire, cargado de polvo, estaba impregnado de olores dispares: lilas, humo de la locomotora y de la cocina del restaurante de la estación, el hedor del basurero de la ciudad.

El farol continuaba alejándose, cada vez más distante, hasta que pareció inmovilizarse entre otras luces verdes y rojas.

El estudiante permaneció un instante en el andén antes de salir por la puerta lateral de la estación. Mientras ella se despedía de él, le había rodeado el cuello con sus brazos y le había besado en la frente, los cabellos, se sentía confusa, al igual que él, por la violencia repentina de sus sentimientos… Salía de la estación y la felicidad que había nacido en su interior le hacía girar la cabeza; parecía que aquél era el inicio de algo que llenaría toda su vida…

Había recordado aquel instante la tarde que finalmente abandonó Rusia, de camino a Slavuta. Se acordó más tarde, en un hospital de París, después de la operación en que le extrajeron el ojo afectado de glaucoma, y lo recordaba también cuando penetraba en el porche, siempre en penumbra, del banco donde trabajaba.

El poeta Jodásevich, que también había abandonado Rusia para instalarse en París, había escrito:

Va un peregrino, apoyado en un báculo:

quién sabe por qué me acuerdo de ti.

Va una carroza con las ruedas rojas:

quién sabe por qué me acuerdo de ti.

Se enciende una luz en el pasillo de noche:

quién sabe por qué me acuerdo de ti.

Siempre, en todas partes, por tierra y por mar,

o incluso en el cielo, me acordaré de ti…

Sentía de nuevo deseos de acercarse a Mostovskói y preguntarle:

—¿No conocerá por casualidad a una tal Natasha Zadónskaya? ¿Sabe si está viva? ¿De veras ha caminado usted por la misma tierra que ella durante todas estas décadas?

72

El Stubenälteste Keize, un ladrón de Hamburgo que llevaba polainas amarillas y una chaqueta a cuadros color crema con los bolsillos de parche, estaba de buen humor durante el pase de lista nocturno. Deformando las palabras rusas, canturreaba: Kali zavtra voina, esli zavtra pochod…[69]

Su cara arrugada, color azafrán, los ojos marrones como de plástico, aquella noche expresaban bondad. Su mano regordeta, blanca como la nieve, sin un solo pelo, cuyos dedos eran capaces de estrangular a un caballo, daba golpecitos en la espalda y los hombros de los detenidos. Para él matar era tan sencillo como poner una zancadilla a modo de broma. Siempre mantenía un punto de excitación después de un asesinato, como un gato que ha estado jugando con un abejorro.

Casi siempre mataba por orden del Sturmführer Drottenhahr, el responsable de la sección sanitaria en el bloque oriental. Lo más difícil era acarrear los cuerpos hasta los crematorios, pero de eso no se ocupaba Keize: nadie se había atrevido a pedirle una tarea semejante. Drottenhahr era demasiado experto y no permitía que los hombres se debilitaran hasta el punto de que tuvieran que ser llevados al lugar de la ejecución en camilla.

Keize no apremiaba a los que estaban destinados a la «operación», no les hacía observaciones maliciosas, nunca los empujaba o golpeaba. Aunque había subido más de cuatrocientas veces los dos escalones de hormigón que conducían a las cámaras especiales siempre sentía un vivo interés por el hombre que iba a ser sometido a la operación: por la mirada de terror e impaciencia, de sumisión, sufrimiento, timidez y apasionada curiosidad con que el condenado iba al encuentro del hombre que iba a matarle.

Keize no lograba entender por qué le gustaba tanto lo prosaico de su trabajo. La cámara especial tenía una apariencia anodina: un taburete, un suelo de piedra gris, un desagüe, un grifo, una manguera, un despacho con un libro de registro.

La operación se efectuaba con absoluta naturalidad, siempre se hablaba de ella en tono de broma. Si se llevaba a cabo con ayuda de una pistola, Keize decía «disparar en la cabeza un grano de café»; si se hacía mediante una inyección de fenol, Keize lo llamaba «pequeña dosis de elixir».

Le parecía asombroso y sencillo el modo en que se revelaba el secreto de la vida en un grano de café y una dosis de elixir.

Sus ojos marrones de plástico tundido parecían no pertenecer a un ser vivo. Era una resina amarilla pardusca que se había petrificado… Y cuando en los ojos de hormigón de Keize aparecía una expresión de alegría, inspiraban terror, probablemente el mismo terror que siente un pececito que se aproxima a un tronco aparentemente cubierto de arena para descubrir de repente que la oscura masa viscosa tiene ojos, dientes, tentáculos.

Allí, en el campo de concentración, Keize experimentaba un sentimiento de superioridad respecto a los pintores, revolucionarios, científicos, generales, religiosos que poblaban los barracones. Ya no se trataba del grano de café o la dosis de elixir. Era un sentimiento de superioridad natural, y ese sentimiento le colmaba de alegría.

No gozaba de su enorme fuerza física, ni de su capacidad para apartar los obstáculos a su paso, de llevarse a la gente por delante o para forzar cajas fuertes. Se sentía orgulloso de los complejos enigmas que encerraba su alma. Había algo particular en su ira que se desataba sin lógica aparente. Una vez, en primavera, cuando los prisioneros de guerra rusos seleccionados por la Gestapo fueron descargados del convoy en el barracón especial, Keize les pidió que cantaran sus canciones preferidas.

Cuatro rusos con mirada de ultratumba y las manos hinchadas entonaron: «¿Dónde estás, oh, Suliko mía?». Keize escuchaba melancólico y miraba a un hombre de pómulos prominentes que estaba en un rincón. Por respeto a los artistas no interrumpió la canción, pero cuando los cantantes se callaron, dijo al hombre de pómulos salientes que no había participado en el coro que cantara como solista. Echando una ojeada al cuello sucio de la guerrera del soldado, donde quedaban las marcas de los galones descosidos, Keize preguntó:

Verstehen Sie, Herr Major, ¿has comprendido, cerdo?

El hombre asintió. Había comprendido.

Keize le cogió por el cuello y lo zarandeó como se sacude un despertador estropeado. El prisionero de guerra le asestó un puñetazo en el pómulo y le insultó.

Parecía que le había llegado su hora. Pero el Gauleiter del barracón especial no mató al mayor Yershov, le asignó catre del rincón, en el fondo, junto a la ventana. El lugar estaba vacío a la espera de alguien que resultara del agrado de Keize. Ese mismo día Keize llevó a Yershov un huevo de oca cocido y riéndose se lo dio.

Ihre Stimme wird sebón![70]

Desde entonces Keize se comportó bien con Yershov. También en el barracón todo el mundo respetaba a aquel prisionero cuya firmeza inflexible se asociaba a un carácter dulce y alegre.

Después del incidente con Keize, sólo uno de los intérpretes de Suliko estaba resentido con Yershov: el comisario de brigada Ósipov.

—Es un tipo difícil —decía.

Poco después de este suceso Mostovskói bautizó a Yershov como director de conciencias.

Además de Ósipov, otro hombre que sentía antipatía por Yershov era Kótikov, un prisionero de guerra taciturno que parecía saberlo todo de todo el mundo. Kótikov era incoloro; todo lo que tenía que ver con él —sus ojos, los labios, incluso la voz— carecía de color. La ausencia de color era tan pronunciada que se convertía en un color inolvidable.

Aquella noche la alegría de Keize durante el pase de lista hizo aumentar la tensión y el miedo entre los detenidos. Los habitantes de los barracones siempre vivían en estado de alerta, a la espera de que algo malo sucediera, y el miedo, los presentimientos, la angustia que experimentaban día y noche, ora se hacían más intensos, ora amainaban, pero nunca les abandonaban.

Hacia el final del pase de lista, ocho kapos fueron a los barracones especiales. Vestían una ridícula gorra de visera propia de un payaso y un brazalete de un amarillo vivo. A juzgar por sus caras, se adivinaba que no llenaban su escudilla de la olla del resto de los reclusos.

El hombre al mando, Kónig, era alto, rubio y apuesto. Vestía un abrigo de color acerado al que le habían descosido todos los distintivos. Por debajo del abrigo asomaban un par de botas que relucían como diamantes. Era un antiguo oficial de las SS que había sido degradado y relegado al campo por varios delitos criminales. Ahora era el jefe de la policía del campo.

Mütze ab![71] —gritó Keize.

Así dio inicio el registro. Los kapos, con los gestos entrenados y aprendidos de los obreros de una fábrica, palpaban las mesas en busca de cavidades, sacudían los harapos, comprobaban con sus dedos ágiles e inteligentes las costuras de las ropas de los detenidos, y miraban dentro de las escudillas. A veces, a modo de broma, propinaban un rodillazo en el trasero a un detenido y decían: «A tu salud».

De vez en cuando los kapos se volvían hacia Kónig y le tendían algún objeto encontrado: unos apuntes, un cuaderno, una cuchilla de afeitar. Kónig, con un movimiento brusco de guantes, les hacía saber si le parecía digno de interés o no.

Durante el registro los detenidos permanecían de pie, alineados en fila.

Mostovskói y Yershov estaban uno al lado del otro, mirando a Kónig y Keize. Las figuras de los dos alemanes parecían fundidas en bronce.

Mostovskói se tambaleaba, la cabeza le daba vueltas. Apuntando con el dedo en dirección a Keize, dijo a Yershov:

—¡Ay qué individuo!

—Un magnífico ejemplar ario —respondió Yershov. Y para que Chernetsov no le oyera murmuró al oído de Mostovskói—: Pero algunos de nuestros muchachos no se quedan cortos.

Chernetsov se entrometió en la conversación que no había oído y dijo:

—Cada pueblo tiene el derecho sagrado de poseer sus héroes, sus santos y sus villanos.

Mostovskói se volvió hacia Yershov, pero lo que dijo también iba para Chernetsov.

—Por supuesto, nosotros también tenemos a nuestros canallas, pero en el asesino alemán hay algo irrepetible.

El registro concluyó. Dieron la orden de echarse a dormir. Los prisioneros se encaramaron a sus literas.

Mostovskói se acostó y estiró las piernas. Luego recordó que no había comprobado si todas sus cosas seguían en orden. Se levantó con un gemido y empezó a examinar sus pertenencias. Parecía que no había desaparecido la bufanda, ni tampoco los trozos de tela que utilizaba como calcetines, pero la sensación de ansiedad no remitió.

Yershov se le aproximó y le dijo en voz baja:

—El kapo Nedzelski va diciendo por ahí que nuestro bloque se disolverá. Algunos de los hombres serán retenidos para ser sometidos a más interrogatorios y la mayor parte irá a parar a campos comunes.

—Qué más da —respondió Mostovskói.

Yershov se sentó en el catre y dijo, con una voz baja y sin embargo clara:

—¡Mijaíl Sídorovich!

Mostovskói se incorporó sobre el codo y le miró.

—Mijaíl Sídorovich, he estado pensando en algo importante y necesito hablar con usted. Si vamos a morir quiero que sea haciendo ruido.

Hablaba en un susurro y Mostovskói, escuchando a Yershov, comenzó a sentirse embargado por la emoción. Era como si una brisa mágica soplara sobre él.

—El tiempo es oro —dijo Yershov—. Si los alemanes consiguen tomar ese diabólico Stalingrado, todo el mundo se instalará en la apatía. Sólo tiene que echar un vistazo a tipos como Kiríllov para convencerse.

El plan de Yershov consistía en formar una alianza militar entre los prisioneros de guerra. Repasó el plan punto por punto de memoria, como si estuviera leyendo un documento.

—… instauración de la disciplina y de la solidaridad entre todos los ciudadanos soviéticos presentes en el campo; expulsión de los traidores del propio círculo; sabotaje al enemigo; creación de comités de lucha entre prisioneros polacos, franceses, yugoslavos y checos…

Mirando sobre las literas la confusa penumbra del barracón, dijo:

—Algunos de los hombres de la fábrica militar confían en mí: reuniremos armas. Haremos las cosas a lo grande. Disponemos de enlaces con decenas de otros campos. Terror contra los traidores. Nuestro objetivo final: una sublevación general, una Europa libre y unida.

—¡Una Europa libre y unida! Ay, Yershov, Yershov…

—No estoy hablando por hablar. Nuestra conversación es sólo el inicio de la lucha.

—Me alisto en su ejército —dijo Mostovskói y, moviendo la cabeza, repitió—: Una Europa libre… Aquí, en nuestro campo, habrá una sección de la Internacional Comunista, compuesta sólo por dos personas, una de las cuales ni siquiera está afiliada al Partido.

—Usted tiene conocimientos de alemán, inglés y francés, conseguiremos miles de contactos —afirmó Yershov—. ¿Qué Komintern necesita? Prisioneros de todos los países, ¡uníos!

Mostovskói, mirando a Yershov, pronunció unas palabras que creía haber olvidado hacía mucho tiempo:

—¡La voluntad del pueblo! —Y se sorprendió de haber recordado justamente esas palabras.

—Tenemos que hablar con Ósipov y el coronel Zlatokrilets —prosiguió Yershov—. Ósipov tiene una gran energía. Pero no le gusto, es mejor que hable usted con él. Y yo hablaré con el coronel hoy mismo. Con ellos seremos cuatro.

73

El cerebro del mayor Yershov trabajaba sin tregua, día y noche, elaborando un plan para articular un movimiento clandestino que abarcara todos los campos alemanes. Pensaba en los medios de enlace entre ellos, reteniendo los nombres de los campos de trabajo, los campos de concentración y las estaciones ferroviarias. Pensaba en la creación de un código secreto, en la posibilidad de incluir en las listas de transporte, con ayuda de los detenidos que trabajaban en la administración, a los miembros de la organización secreta que tendrían que desplazarse de campo en campo.

¡Su alma acariciaba un sueño! La obra de miles de agitadores clandestinos y heroicos saboteadores culminaría con una insurrección armada en los campos. Quienes se involucraran en el alzamiento deberían hacerse con la artillería antiaérea, utilizada para la defensa del campo, para transformarla en medios antitanque y antiinfantería. Era preciso identificar a los artilleros reclusos y afrontar los cálculos relativos a las piezas incautadas por los grupos de asalto.

El mayor Yershov conocía bien la vida del campo; sabía valorar la potencia de la corrupción, del miedo, de la necesidad de llenar el estómago. Había visto a muchos hombres cambiar sus honestas guerreras por los capotes azul claro con hombreras de los voluntarios de Vlásov.

Presenciaba el abatimiento, el servilismo, la deslealtad y la sumisión. Constataba el horror ante el horror. Veía a hombres petrificados de miedo ante los aterradores oficiales de las SS.

Al mismo tiempo, en los pensamientos del harapiento mayor hecho prisionero no había fantasías.

Durante los tiempos oscuros del implacable avance alemán hacia el frente oriental, él sostenía a sus compañeros con palabras alegres y valientes, convencía a aquellos que estaban hinchados por el hambre a luchar por su salud. En él habitaba un desprecio inextinguible, provocador e indestructible por la violencia.

Los hombres captaban el fuego vivo que Yershov emanaba; un fuego sencillo y necesario a todos, igual al de la estufa rusa donde arde la leña de abedul.

Debía de ser aquella calidez, unida a la fuerza de su mente y coraje, la que había erigido a Yershov como líder indiscutible de los oficiales soviéticos en el campo. Yershov había comprendido hacía tiempo que Mijaíl Sídorovich sería el primer hombre al que confiaría sus pensamientos.

Tendido en el catre miraba fijamente las tablas rugosas del techo como si observara la tapa de su ataúd con el corazón aún latiéndole.

Aquí, en el campo, como nunca antes en sus treinta y tres años de vida, era consciente de su propia fortaleza. Su vida no había sido fácil antes de la guerra. Su padre, un campesino de Vorónezh, había sido deskulakizado en 1930. En aquella época, Yershov servía en el ejército. No rompió la relación con su padre. No fue admitido en la Academia Militar, aunque había pasado el examen de ingreso con calificación de sobresaliente. Después de conseguir con no pocas dificultades graduarse en la Escuela Militar fue destinado a una oficina de reclutamiento de distrito. Su padre y el resto de la familia fueron confinados al norte de los Urales. Yershov pidió un permiso y fue a visitarle. Desde Sverdlovsk recorrió doscientos kilómetros por una vía estrecha. A lo largo de ambos lados de la vía se extendían vastas extensiones de bosques y pantanos, pilas de leña, el alambre espinoso del campo, las barracas y los refugios cavados en la tierra. Las altas torres de vigilancia se erguían como hongos venenosos con piernas gigantes. El convoy fue detenido dos veces: un pelotón de guardias buscaba a un prisionero fugado. Por la noche el tren se detuvo en un apartadero y esperó el paso de otro convoy en dirección opuesta. Yershov no lograba conciliar el sueño, oía los ladridos de los perros de la OGPU[72], los silbidos de los centinelas de un enorme campo penitenciario que se encontraba en las inmediaciones.

Llegó al final de la línea tres días después y, aunque llevaba en el cuello el distintivo de teniente, le pedían a menudo el pase ferroviario y los documentos reglamentarios y en cada control esperaba que le dijeran «venga, coge tus cosas» y le condujeran a un campo… Evidentemente también el aire de aquel lugar tenía algo de concentracionario.

Prosiguió su viaje por una carretera entre pantanos, recorriendo setenta kilómetros en la parte trasera de un camión. El vehículo pertenecía al sovjós OGPU donde trabajaba su padre. Iba atestado de trabajadores deportados a los que enviaban a talar árboles. Yershov les hizo algunas preguntas pero sólo recibió monosílabos como respuesta, evidentemente tenían miedo de su uniforme militar.

Al atardecer llegaron a una diminuta aldea encajonada entre la linde de un bosque y el borde de un pantano. Más tarde recordaría la dulce tranquilidad de la puesta de sol en las inmensas extensiones del norte. Bajo la luz del crepúsculo las isbas parecían completamente negras, como si las hubieran hecho hervir en alquitrán.

Cuando entró en la chabola, con él penetró la última luz del día. La humedad, el bochorno, el olor a comida de pobre, la ropa miserable y las camas, el calor del humo le salieron al encuentro.

De aquella oscuridad emergió su padre, la cara demacrada, ojos espléndidos que golpearon a Yershov por su indescriptible expresión.

Los brazos viejos, delgados, rudos envolvieron al hijo en un abrazo, y en ese movimiento convulso de los viejos brazos extenuados que colgaban del cuello del joven oficial se expresaba un tímido lamento y tanto dolor, una petición de defensa tan confiada, que Yershov sólo encontró un modo de responder: se echó a llorar.

Después visitaron tres tumbas: la madre había muerto en el primer invierno, la hermana mayor, Aniuta, en el segundo y Marusia, en el tercero.

Allí, en el mundo de los campos, los cementerios y los pueblos se fundían en uno. El mismo musgo cubría las paredes de madera de las isbas y las pendientes de los refugios, los túmulos y los terrones de los pantanos. La madre y las hermanas de Yershov descansarían por siempre bajo ese cielo: en invierno, cuando el hielo congela la humedad, y en otoño, cuando la tierra del cementerio se hincha con el agua sucia de los pantanos desbordados.

Padre e hijo permanecieron allí de pie, en silencio. Después el padre levantó la mirada hacia su hijo y abrió los brazos: «Perdonadme, vivos y muertos, porque no supe salvar a los que amaba».

Aquella noche el padre se confió al hijo. Habló con calma, tranquilo. Lo que le contó sólo podía ser dicho con tranquilidad, nunca expresado con lágrimas o gritos.

En una pequeña caja cubierta con un periódico Yershov le había llevado algunos obsequios y medio litro de vodka. El anciano habló, y el hijo se sentó a su lado y escuchó.

Le habló sobre el hambre, sobre la gente del pueblo que había muerto, sobre los niños cuyos cuerpos llegaron a pesar menos que una gallina o una balalaica.

Narró los cincuenta días de travesía, en invierno, en un vagón de ganado con goteras; día tras día los muertos viajaron al lado de los vivos. Prosiguieron el viaje a pie, las mujeres llevaban a los niños en brazos. La madre de Yershov deliraba de fiebre. Fueron conducidos al interior del bosque, donde no había ni una sola choza o refugio; comenzaron una nueva vida en pleno invierno, encendiendo hogueras, construyendo camas con ramas de abeto, derritiendo nieve en cacerolas, enterrando a los muertos…

«Es la voluntad de Stalin», afirmó el padre sin un ápice de ira o resentimiento. Así hablaba la gente sobre la fuerza del destino, una fuerza que no conoce la indecisión.

A su regreso del permiso, Yershov escribió a Kalinin, rogándole misericordia hacia un anciano inocente; pidió que permitieran al viejo vivir con su hijo. Pero su carta aún no había llegado a Moscú cuando Yershov fue citado ante las autoridades, que habían recibido la comunicación, o mejor dicho, la denuncia, de su viaje a los Urales.

Se le expulsó del ejército. Encontró trabajo en una obra. Su plan era ahorrar dinero y reunirse con su padre. Muy pronto, sin embargo, recibió una carta desde los Urales informándole de que su padre había muerto.

El día después del estallido de la guerra, el teniente de reserva Yershov fue movilizado.

En una batalla cerca de Roslavl, su comandante de batallón cayó muerto y Yershov tomó el mando. Reagrupó a sus hombres, lanzó un contraataque, recuperó el control del paso del río y aseguró la retirada de la artillería pesada de las reservas del Estado Mayor.

Cuanto más grande era la carga, más fuertes eran sus hombros. No era consciente de su fuerza. La sumisión no era inherente a su naturaleza. Cuanto más fuerte era el ataque, más furiosas eran sus ganas de luchar.

A veces se preguntaba de dónde procedía su odio contra los vlasovistas. Los llamamientos de Vlásov proclamaban lo mismo que su padre le había contado. Sí, sabía que aquélla era la verdad. Pero sabía también que aquella verdad puesta en boca de los alemanes y los vlasovistas se transformaba en mentira.

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