Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 74

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Sentía, le resultaba totalmente claro, que al luchar contra los alemanes, luchaba por una vida libre en Rusia, la victoria sobre Hitler se convertiría en la victoria sobre los campos de la muerte donde su padre, su madre y sus hermanos habían perecido.

Yershov experimentaba al mismo tiempo un sentimiento de dolor y felicidad: allí, en el campo, donde los datos biográficos de nada servían, él se había convertido en una fuerza, le seguían. Allí no eran relevantes las condecoraciones, ni las más altas insignias, ni las medallas, ni la sección especial, ni el servicio de personal, ni las comisiones de clasificación, ni las llamadas telefónicas del comité de distrito, ni la opinión del adjunto de la sección política.

Mostovskói le dijo un día:

—Como decía Heinrich Heine, «todos estamos desnudos bajo nuestras ropas»; pero mientras uno deja a la vista un cuerpo anémico, miserable cuando se quita el uniforme, otros parecen desfigurados por la ropa ceñida, se la quitan y se ve dónde está la verdadera fuerza.

El sueño de Yershov se había transformado en realidad, se había convertido en una tarea concreta: a quién hacer participar, a quién reclutar; y seleccionaba mentalmente, sopesando lo que había de bueno y malo en diversos hombres.

¿Quién entraría a formar parte del Estado Mayor clandestino? Cinco nombres le venían a la cabeza. Las debilidades humanas de cada día adquirieron de repente una dimensión nueva, lo insignificante cobraba sentido.

El general Gudz tenía la autoridad propia del rango, pero era indeciso, cobarde y, a todas luces, tenía poca instrucción; era válido cuando a su lado había un segundo inteligente, un Estado Mayor; siempre esperaba que el resto de los oficiales le prestaran sus servicios y le ofrecieran comida, y aceptaba dichos servicios como si se los debieran, sin reconocimiento. Parecía acordarse más de su cocinera que de su mujer e hijas. Hablaba mucho de caza: patos, gansos. Se acordaba de haber prestado servicio en el Cáucaso por los jabalíes y las cabras. Era evidente que le gustaba beber. No era más que un fanfarrón. A menudo hablaba de las batallas de 1941. Todos los que tenía alrededor se habían equivocado: ya fuera el colega de la derecha, ya el de la izquierda; el único que siempre tenía razón era el general Gudz. Pero nunca echaría la culpa de los fracasos al comando militar superior. En cuestiones cotidianas era experto y sabía cómo llevarse bien con las personas influyentes, sutil como un notario. En cualquier caso, si hubiera estado en sus manos, no habría confiado nunca a Gudz el comando de un regimiento y todavía menos un cuerpo del ejército.

El comisario de brigada Ósipov era un hombre brillante. Podía soltar una broma sarcástica sobre los que creen posible que se pueda librar una batalla en territorio enemigo sin apenas derramamiento de sangre, mirándote fijamente con sus ojos marrones. Pero una hora más tarde, duro como una piedra, reprendía a aquel que le había mostrado un atisbo de duda. Y el día después, aleteando las narices, decía entre dientes:

—Sí, camaradas, volamos más alto que nadie, más lejos, más rápido, y mirad dónde hemos llegado.

Sobre las derrotas militares de los primeros meses hacía un análisis lúcido, sin remordimiento, como un despiadado jugador de ajedrez.

Con la gente se expresaba libremente, con una desenvoltura afectada, poco sincera.

Lo que más le interesaba eran las conversaciones con Kótikov.

¿Qué tenía este Kótikov que pudiera interesar tanto al comisario de brigada?

Ósipov atesoraba una larga experiencia. Conocía a los hombres y eso era de capital importancia para un Estado Mayor clandestino; sin un Ósipov no se las apañarían. Pero la experiencia no sólo era una ayuda, también podía ser un obstáculo.

A Ósipov le gustaba contar anécdotas sobre celebridades militares y los llamaba familiarmente por sus nombres: Semión Budionni, Andriushka Yeremenko…

Una vez le dijo a Yershov: «Tujachevski, Yegórov y Bliújer no son más culpables que usted o yo».

Kiríllov, sin embargo, contó a Yershov que en 1937, cuando Ósipov era subjefe de la Academia Militar, denunció sin piedad a docenas de hombres acusándoles de ser enemigos del pueblo.

Tenía un miedo cerval a las enfermedades: se palpaba constantemente, sacaba la lengua y bizqueaba para comprobar si la tenía sucia. Pero no temía a la muerte.

El coronel Zlatokrilets, lúgubre, franco, sencillo, era comandante del regimiento. Juzgaba que el Alto Mando era culpable de lo que pasó en 1941. Todos percibían su fuerza combativa de comandante y soldado. Era físicamente fuerte. También su voz era poderosa. Sólo una voz así puede detener al que se escapa e incitarlo al ataque. Soltaba tacos sin parar.

Él a los hombres no les daba explicaciones: les daba órdenes. Un camarada. Dispuesto a dar sopa a un soldado de su propio plato de campaña. Pero era muy grosero.

Los hombres comprendían siempre lo que quería. En el trabajo era el jefe: gritaba y nadie desobedecía.

No cedía un ápice, no se la pegaban. Con él se podía trabajar codo con codo. Pero vaya si era grosero.

Kiríllov era inteligente, pero en él había cierto relajamiento. No se le escapaba el menor detalle, pero miraba con ojos cansados… Indiferente, no le gustaban las personas, pero les perdonaba sus debilidades y cobardías. No temía a la muerte, a veces parecía que la buscara.

Durante la retirada había hablado de manera más inteligente que el resto de los comandantes. Él, sin ser miembro del Partido, una vez dijo:

—No creo que los comunistas puedan hacer mejores a los hombres. Nunca ha pasado un caso así en el curso de la historia.

Parecía indiferente a todo, pero una noche lloró en las literas; a la pregunta de Yershov se calló durante largo rato, después susurró: «Rusia me da pena». En cierta manera, era tierno. En otra ocasión dijo: «Añoro la música». Ayer con una sonrisa de loco había dicho: «Yershov, escucha, voy a recitarte un poema». A él no le habían gustado los versos, pero los recordaba y se le habían quedado molestamente grabados en la memoria:

Camarada mío, en la larga agonía,

no llames a nadie pidiendo ayuda.

Deja que me caliente las manos,

con tu sangre humeante.

Y no llores de miedo como un niño,

no estás herido, sólo estás muerto.

Trae para aquí, es mejor que coja tus botas,

a mí todavía me tocará ir a la lucha.

¿De veras los había escrito él?

No, Kiríllov no era una buena opción. ¿Cómo podía liderar a los demás si apenas podía consigo mismo?

¡Mostovskói era de otra casta! Tenía una educación exquisita y una voluntad de hierro. Se rumoreaba que en los interrogatorios no había dado su brazo a torcer. Pero en fin, no había nadie a quien Yershov no le encontrara una pega. El otro día le había dicho a Mostovskói:

—¿Por qué desperdicia el tiempo chismorreando con esa gentuza, Mijaíl Sídorovich? ¿Por qué molestarse con Ikónnikov-Morzh y ese emigrado tuerto, el sinvergüenza?

—¿Cree que mis convicciones se tambalearán? —le preguntó Mostovskói de manera burlona—. ¿Que puedo convertirme en un evangelista o en un menchevique?

—El diablo lo sabe —respondió Yershov—. Si no quieres oler a mierda, no la toques… Ese Ikónnikov estuvo recluso en nuestros campos. Ahora los alemanes lo arrastran de interrogatorio en interrogatorio. Se venderá, le venderá a usted y a todos los que le rodean…

La conclusión era sólo una: no existen hombres ideales para una empresa secreta, hay que sopesar las fuerzas y las debilidades de cada uno, lo cual no era demasiado difícil; sólo la esencia de un hombre puede decidir si es idóneo o no. Pero la esencia no puede ser medida. Se puede adivinar, presentir. Y fue así que decidió comenzar por Mostovskói.

74

Respirando con dificultad, el general Gudz se acercó hasta Mostovskói. Arrastraba los pies, resollaba y sacaba el labio inferior hacia delante, los pliegues de piel flácida en las mejillas y el cuello le temblaban; todos esos movimientos, gestos, sonidos, que conservaba como vestigio de su vigorosa corpulencia, producían un efecto extraño teniendo en cuenta su actual delgadez.

—Querido padre —le dijo a Mostovskói—, si me permitiera hacerle alguna observación sería absurdo. No tengo más derecho a criticarle que un general tiene a criticar a un coronel general. Pero se lo diré sin rodeos: es un error confraternizar con Yershov. Es un tipo ambiguo. Sin conocimientos militares. Por su cabeza es un teniente, pero le gusta dar consejos a los coroneles. Debería andarse con cuidado.

—Está diciendo tonterías, excelencia —señaló Mostovskói.

—Tal vez lo sean —dijo Gudz, casi sin aliento—. Son tonterías, claro. Me han informado de que en el barracón común ayer se inscribieron doce hombres al Ejército de Liberación Ruso. ¿Sabe cuántos de ellos eran kulaks? No expreso sólo mi opinión personal, represento a alguien de probada experiencia política.

—¿No será Ósipov?

—Tal vez lo sea. Usted es un teórico, no comprende todo el estiércol que hay aquí.

—Ha iniciado una conversación muy curiosa —dijo Mostovskói—. Comienzo a sospechar que no queda nada de los hombres, salvo la vigilancia. ¿Quién podría habérselo imaginado?

Gudz oyó la bronquitis en su pecho crujir y hacer gluglú y respondió con una angustia terrible:

—No viviré para ver la libertad, no la veré.

Mostovskói, siguiéndolo con la mirada, de repente se dio un puñetazo con fuerza en la rodilla: acababa de comprender por qué se sentía tan inquieto y angustiado. Durante el registro habían desaparecido los papeles que le había entregado Ikónnikov.

—A saber lo que había escrito ese granuja. Tal vez Yershov tenga razón y ese miserable de Ikónnikov es un provocateur. Tal vez me los endosó a propósito para incriminarme.

Se dirigió a la litera de Ikónnikov. No se encontraba allí y sus vecinos no sabían su paradero. Maldita sea… todo aquello, el catre vacío de Ikónnikov, la desaparición de los papeles, le hizo ver que no se había comportado adecuadamente, no debería haber hablado con aquel yuródivi, aquel buscador de Dios.

En sus discusiones con Chernetsov, Ikónnikov a menudo se oponía al menchevique, pero esto no quería decir nada. Sin embargo, el yuródivi había entregado los papeles a Mostovskói mientras Chernetsov estaba presente… así que ahí estaban, el delator y el testigo.

Su vida ahora era necesaria para la causa, para la lucha, y él podía perderla inútilmente.

«Viejo idiota… codeándote con la basura y echando tu vida a perder cuando eres necesario para luchar por la Revolución», pensaba, mientras una angustia dolorosa continuaba creciendo en su interior.

En las letrinas se encontró con Ósipov: el comisario de brigada lavaba algunas prendas en los canalones de hojalata, a la tenue luz de una lámpara anémica.

—Me alegra encontrarle aquí —dijo Mostovskói—. Tengo que hablar con usted.

Ósipov asintió, miró a su alrededor y se secó las manos en los costados.

Los dos hombres se sentaron en la repisa de cemento que sobresalía de la pared.

—Es lo que me temía. Ese canalla no pierde el tiempo —le comentó Ósipov cuando Mostovskói empezó a hablarle de los planes de Yershov.

Acarició la mano de Mostovskói con su palma húmeda.

—Camarada Mostovskói —le dijo—, me maravilla su firmeza. Es un bolchevique de la cohorte de Lenin. Por usted no pasan los años. Es un ejemplo para todos nosotros.

Bajó la voz.

—Camarada Mostovskói, nuestra organización militar ya ha sido fundada; habíamos decidido no contárselo de momento, no queríamos poner su vida en peligro. Aun así debo decirle una cosa: no se puede confiar en Yershov. Pero, por lo visto, el tiempo no hace mella en los compañeros de lucha de Lenin. Se lo digo claramente: no podemos confiar en Yershov. Como se dice, tiene una biografía mediocre: un pequeño kulak, rencoroso por las represiones. Pero somos realistas. De momento no podemos prescindir de él. Se ha granjeado el reconocimiento gracias a su populachería. Usted sabe mejor que yo cómo el Partido ha sabido servirse de personas como él para sus propios fines. Pero debe estar al corriente de la opinión que nos merece: confiamos en él, pero prudentemente y sólo por algún tiempo.

—Camarada Ósipov, llegará hasta el fondo, no dudo de él.

Las gotas repiqueteaban contra el suelo de cemento.

—Escuche, camarada Mostovskói —dijo Ósipov despacio—. No tenernos secretos con usted. Aquí hay un camarada enviado desde Moscú. Éste no es sólo mi punto de vista, es también el suyo. Sus directivas son para nosotros, los comunistas, incuestionables: órdenes que nos da el Partido, órdenes de Stalin en circunstancias excepcionales. Colaboraremos con su ahijado, el «director de conciencias»; lo hemos decidido y así lo haremos. Sólo es importante una cosa: ser realista, pensar dialécticamente. Pero no es tarea mía enseñárselo.

Mostovskói guardó silencio. Ósipov le abrazó y le besó tres veces en los labios. En sus ojos brillaron las lágrimas.

—Le beso como besaría a mi padre —le dijo—, y siento la necesidad de santiguarle, como mi madre solía bendecirme.

Y Mijaíl Sídorovich sintió que la sensación insoportable, dolorosa, de la complejidad de la vida se desvanecía.

Una vez más, como en su juventud, el mundo parecía sencillo y diáfano, claramente dividido entre los «nuestros» y «ellos».

Aquella noche, los SS entraron en el barracón especial y se llevaron a seis hombres, Mijaíl Sídorovich Mostovskói entre ellos.

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