Vida y destino
SEGUNDA PARTE » 19
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La amistad es, pues, aquello que, fundado sobre lo semejante, se manifiesta en las diferencias, las contradicciones, las desemejanzas. En la amistad el hombre aspira a recibir de forma egoísta aquello que él no posee. En la amistad el hombre aspira a dar aquello que posee.
El deseo de amistad es inherente a la naturaleza humana, y aquel que no sabe establecer vínculos de amistad con personas, los tendrá con animales: perros, caballos, gatos, ratones, arañas.
Un ser dotado de una fuerza absoluta no necesita amigos; evidentemente, ese ser sólo puede ser Dios.
La verdadera amistad no depende de que el amigo se siente en un trono o que, derrocado de dicho trono, vaya a parar a prisión. La verdadera amistad se corresponde con las cualidades del alma y es indiferente a la gloria, a la fuerza exterior.
Múltiples son las formas de la amistad y múltiple es su contenido, pero hay un fundamento sólido en ella: la fe en el carácter inquebrantable del amigo, en su fidelidad. Por ello es particularmente bella la amistad allí donde el hombre celebra el sabbat. Allí donde el amigo y la amistad son sacrificados en nombre de los más altos intereses, el hombre, declarado enemigo del ideal supremo, pierde a todos sus amigos, pero conserva su fe en su único amigo.
9
Cuando llegó a casa, Shtrum vio en el colgador un abrigo que conocía bien: era el de Karímov, que había pasado a verle y estaba esperándole.
Karímov puso a un lado el periódico y Shtrum pensó que, a juzgar por las apariencias, Liudmila Nikoláyevna no había querido conversar con el invitado.
—Vengo directamente de un koljós, he dado una conferencia —dijo Karímov—. Pero, se lo ruego, no se moleste, en el koljós me han ofrecido comida en abundancia. Nuestro pueblo es sumamente hospitalario.
Y Shtrum pensó que Liudmila no había ofrecido a Karímov ni siquiera una taza de té.
Sólo después de examinar con detenimiento la cara aplastada y de nariz ancha de Karímov, Shtrum advertía en sus rasgos diferencias apenas perceptibles respecto al modelo clásico del eslavo ruso. Pero en ciertos instantes, bastaba con un repentino movimiento de cabeza de Karímov para que todos esos ínfimos detalles se fusionaran y su cara adquiriese una fisonomía típicamente mongola.
De la misma manera, a veces, cuando caminaba por la calle, Shtrum podía reconocer a judíos entre individuos rubios, de ojos claros y nariz respingona. Los detalles que revelaban la procedencia judía de un hombre eran prácticamente invisibles: una sonrisa, la manera en que fruncía la frente para expresar sorpresa o el modo en que se encogía de hombros.
Karímov le estaba explicando que había conocido a un teniente que, tras resultar herido, había vuelto al campo a casa de sus padres. Por lo visto, había visitado a Shtrum sólo para contarle ese encuentro.
—Un chico estupendo —dijo Karímov—, me ha hablado de todo con absoluta franqueza.
—¿En tártaro? —preguntó Shtrum.
—Por supuesto.
Shtrum pensó que si se hubiera encontrado con un teniente judío herido no habría podido hablarle en yiddish, puesto que apenas conocía una decena de palabras en ese idioma, como bekitser o haloimes, empleadas en tono de broma.
El teniente había sido hecho prisionero cerca de Kerch en otoño de 1941. Los alemanes le habían ordenado que recogiera el grano abandonado en la nieve para dárselo de forraje a los caballos. El teniente supo aprovechar el momento propicio y, oculto en el crepúsculo invernal, logró escapar. La población local, rusos y tártaros, le había dado cobijo.
—Tengo grandes esperanzas de volver a ver a mi mujer y a mi hija —dijo Karímov—. Parece que los alemanes, al igual que nosotros, tienen diferentes cartillas de racionamiento. El teniente me contó que muchos tártaros de Crimea han huido a las montañas, aunque los alemanes les dejan en paz.
—Cuando era estudiante escalé las montañas de Crimea —dijo Shtrum, y de pronto recordó que su madre le había enviado dinero para aquel viaje—. ¿Y ha visto judíos su teniente?
Liudmila Nikoláyevna asomó la cabeza por la puerta.
—Mamá no ha vuelto todavía —dijo—. Estoy preocupada.
—¿Ah, sí?, quién sabe dónde andará —respondió Shtrum, distraído; y cuando Liudmila Nikoláyevna cerró la puerta, preguntó por segunda vez—: ¿Qué dice su teniente sobre los judíos?
—Vio cómo se llevaban a una familia judía, una vieja y dos chicas, para ser fusiladas.
—¡Dios mío! —exclamó Shtrum.
—Sí, además oyó hablar de unos campos en Polonia adonde transportan a los judíos; los matan y luego descuartizan sus cuerpos como en un matadero. Pero estoy seguro de que no son más que fantasías. Me he informado en especial sobre los judíos porque sabía que le interesaría.
«¿Por qué sólo a mí? —pensó Shtrum—. ¿Acaso no interesa también a los demás?»
Karímov se quedó absorto un instante y luego dijo:
—Ah, sí, lo olvidaba; me ha contado que los alemanes ordenan llevar a la Kommandantur a los bebés judíos, a los que untan los labios con un compuesto incoloro que les hace morir al instante.
—¿Bebés? —repitió Shtrum.
—Creo que es una invención, como la historia de los campos donde descuartizan cadáveres.
Shtrum comenzó a dar vueltas por la habitación y dijo:
—Cuando uno piensa que en nuestros días se mata a los recién nacidos, todos los esfuerzos de la cultura parecen inútiles. ¿Qué nos han enseñado Goethe, Bach? ¡Están matando a recién nacidos!
—Sí, es terrible —dijo Karímov.
Shtrum sentía el pesar y la compasión en Karímov, pero también se daba cuenta de su alegría: el relato del teniente había fortalecido sus esperanzas de encontrar a su mujer, mientras que Shtrum sabía de sobra que, después de la victoria, nunca más vería a su madre.
Karímov se disponía a volver a casa. Víktor no tenía ganas de despedirse, así que decidió acompañarle parte del camino.
—¿Sabe una cosa? —dijo de repente Shtrum—. Nosotros, los científicos soviéticos, somos muy afortunados. ¿Qué deben de sentir los físicos y químicos alemanes honrados sabiendo que sus descubrimientos van en provecho de Hitler? Imagínese a un físico judío cuya familia es asesinada como si fueran perros rabiosos. Es feliz porque ha hecho un descubrimiento, pero éste, contra su voluntad, confiere potencia militar al fascismo. Él lo ve todo, lo comprende todo, y sin embargo, no puede evitar alegrarse por su descubrimiento… ¡Es horrible!
—Sí, sí —ratificó Karímov—, un hombre que siempre ha pensado no puede obligarse a dejar de pensar.
Salieron a la calle.
—Me da reparo que quiera acompañarme con este tiempo de perros —dijo Karímov—. Hacía poco que estaba en casa y ahora ha tenido que salir otra vez.
—No importa —respondió Shtrum—. Sólo le acompañaré hasta la esquina.
Miró a la cara de su compañero y añadió:
—Me complace pasear con usted por la calle, a pesar de este tiempo desapacible.
Karímov caminaba en silencio y Shtrum tuvo la impresión de que estaba absorto en sus pensamientos y no le escuchaba. Al llegar a la esquina, Shtrum se detuvo.
—Bueno —dijo—, despidámonos aquí.
Karímov le apretó la mano con fuerza y, alargando las palabras, dijo:
—Pronto regresará a Moscú y tendremos que separarnos. Nuestros encuentros han significado mucho para mí.
—Créame, a mí también me da pena —dijo Shtrum.
Cuando Shtrum caminaba de regreso a casa alguien lo llamó, pero él no se dio cuenta. Luego vio los ojos oscuros de Madiárov, mirándole fijamente. Llevaba levantado el cuello del abrigo.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó—. ¿Se han acabado nuestras reuniones? Piotr Lavréntievich está enfadado conmigo.
—Sí, claro, es una lástima —respondió Shtrum—. Pero en el calor de la discusión hemos dicho una sarta de tonterías.
—¿Quién da importancia a las palabras dichas en caliente? —replicó Madiárov.
Madiárov acercó la cara a Shtrum, y sus ojos grandes, amplios, llenos de tristeza, se tornaron aún más tristes.
—En cierta manera no está mal que se hayan interrumpido nuestros encuentros.
—¿Por qué? —quiso saber Shtrum.
—Tengo que decírselo —dijo Madiárov, casi jadeando—. Creo que el viejo Karímov colabora. ¿Me entiende? Y usted, me parece, lo ha visto a menudo.
—¡Tonterías! No me creo ni una sola palabra —dijo Shtrum.
—¿No se ha dado cuenta? Todos sus amigos y los amigos de sus amigos han sido reducidos a polvo, todo su entorno ha desaparecido sin dejar huella. Sólo él ha sobrevivido, y bien que ha prosperado: lo han hecho académico.
—¿Y qué? Yo también soy académico, y usted.
—Reflexione un poco sobre esa suerte extraordinaria. Ya no es usted un niño, señor mío.
10
—Vitia, mamá acaba de llegar —dijo Liudmila.
Aleksandra Vladímirovna estaba sentada a la mesa con un chal sobre los hombros. Se llevó una taza de té a los labios y tras dejarla a un lado dijo:
—Bueno, he hablado con una persona que vio a Mitia[77] justo antes de que estallara la guerra.
Con una calma deliberada y midiendo el tono de su voz a causa de la excitación, les explicó que los vecinos de una compañera suya del trabajo, ayudante de laboratorio, habían recibido la visita de un paisano. Su compañera había pronunciado por casualidad, en presencia del invitado, el apellido de Aleksandra Vladímirovna, a lo que éste preguntó si aquella Sháposhnikova no tendría algún pariente llamado Dmitri. Después del trabajo, Aleksandra Vladímirovna se había dirigido a casa de la ayudante de laboratorio. Allí se enteró de que el visitante, corrector de profesión, acababa de ser liberado de un campo penitenciario, donde había pasado siete años por haber dejado escapar una errata en el editorial del periódico: en el apellido del camarada Stalin los tipógrafos se habían equivocado en una letra. Antes de la guerra lo habían trasladado de un campo en la República Autónoma de Komi a otro más severo en el Extremo Oriente por infringir la disciplina, y allí, entre sus compañeros de barracón figuraba Sháposhnikov.
—Desde la primera palabra comprendí que se trataba de Mitia. Aquel hombre me dijo: «Se tumbaba en las literas y silbaba: Chízhyk-Pízhik, gdie ti bil»[78]. Poco antes de que le arrestaran, Mitia vino a verme y respondió a todas mis preguntas sonriendo y silbando Chízhyk-Pízhik… Esta noche el hombre se marcha en un camión a Laishevo, donde vive toda su familia. Según dice, Mitia está enfermo de escorbuto y del corazón. No cree que salga en libertad. Le había hablado de mí y de Seriozha. Dice que trabaja en la cocina, que tiene un buen puesto.
—Sí —dijo Shtrum—, para eso se sacó dos títulos.
—No podemos fiarnos de ese hombre; ¿y si fuese un provocateur mandado intencionadamente? —preguntó Liudmila.
—¿Por qué iba a perder el tiempo un provocateur con una vieja como yo?
—Pues bien que se interesa cierta organización por Víktor.
—Pero qué tonterías dices, Liudmila —replicó Víktor, irritado.
—¿Y por qué está él en libertad? ¿Te lo ha explicado? —preguntó Nadia.
—Lo que me ha contado es increíble. Parece un mundo diferente, o más bien una pesadilla. Se diría que viene de otro país, con sus propias costumbres, su historia medieval y su historia moderna, sus proverbios… Le pregunté por qué le habían puesto en libertad. Él pareció bastante sorprendido: «¿No lo sabe? Me han dado la baja por invalidez». Por lo que he entendido, a veces liberan a los dojodiaga, es decir a los moribundos. Dentro del campo tienen una jerga especial para las diversas categorías de prisioneros: los trabajadores[79], los enchufados, los perros… Le pregunté acerca de esa extraña condena de diez años sin derecho a correspondencia que habían dictado contra miles de personas en 1917. Me contestó que no había conocido a ningún prisionero que estuviera cumpliendo aquella pena, y eso que había estado en decenas de campos. «Entonces ¿qué le ha pasado a esa gente?», pregunté. «No lo sé», respondió él. «Desde luego en los campos no están.»
»La tala forestal, los deportados a zonas de población especial, los prisioneros a los que se les multiplica la condena… De pronto me sentí acongojada. Y pensar que Mitia ha estado viviendo en un sitio así hablando en esa jerga: los moribundos, los enchufados los perros… Ese hombre me habló también de cómo se suicidan algunos prisioneros: no comen durante varios días, sólo beben agua de los pantanos de Kolymá y así mueren de edema, de hidropesía. Entre ellos dicen “ha bebido agua”, o “ha comenzado a beber”. Por supuesto, eso sólo ocurre cuando tienen el corazón enfermo.
Aleksandra Vladímirovna veía la cara tensa y angustiada de Shtrum, la frente surcada de arrugas de su hija. Perturbada, sintiendo la boca seca y que la cabeza le ardía, continuó con su relato:
—Dice que el viaje de traslado en los convoyes es aún más duro que el campo. Ahí los delincuentes comunes son todopoderosos: te desnudan, te quitan la comida, se juegan a las cartas la vida de los prisioneros políticos; el que pierde tiene que matar a un hombre con un cuchillo, y la víctima no sabe hasta el último minuto que han apostado su vida en una partida de cartas… Todavía más terrible es que en los campos todos los puestos de mando están en manos de delincuentes comunes: son los síndicos[80] de los dormitorios, los jefes de brigada en los trabajos del bosque. Los prisioneros políticos no tienen derechos, les tutean. Fascista[81], así es como llamaban los delincuentes comunes a Mitia.
Aleksandra Vladímirovna añadió con voz estentórea, como si se dirigiera a un auditorio:
—Ese hombre fue trasladado del campo donde se encontraba Mitia a otro situado en Siktivkar. Y dice que durante el primer año de guerra enviaron al grupo de campos donde se había quedado Mitia a un tipo llamado Kashketin, que organizó la ejecución de diez mil detenidos.
—Dios mío —exclamó Liudmila Nikoláyevna—. Pero ¿es que Stalin está al corriente de estas atrocidades?
—Dios mío —dijo Nadia irritada, imitando a su madre—; ¿no lo entiendes? Fue Stalin el que dio la orden de matarlos.
—¡Nadia! —explotó Shtrum—. ¡Basta ya!
Como suele pasar con las personas que se dan cuenta de que alguien ha descubierto sus puntos débiles, Víktor se enfureció y le gritó a Nadia:
—No te olvides de que Stalin es el comandante supremo de un ejército que combate contra el fascismo. Tu abuela confió en Stalin hasta el último día de su vida, nosotros vivimos y respiramos gracias a Stalin y el Ejército Rojo… Primero aprende a sonarte la nariz sola, y luego ya podrás atacar a Stalin, el hombre que ha cerrado el paso al fascismo en Stalingrado.
—Stalin está en Moscú —replicó Nadia—. Sabes muy bien quién ha detenido a los fascistas en Stalingrado. No acabo de entenderte: cuando venías de casa de los Sokolov decías las mismas cosas que yo…
Shtrum sintió un nuevo acceso de rabia contra Nadia, tan exacerbado que pensó que le duraría el resto de su vida.
—Nunca he dicho nada parecido después de visitar a los Sokolov. Te lo ruego, no inventes historias.
—¿Qué sentido tiene recordar todos estos horrores —intervino Liudmila Nikoláyevna— cuando tantos jóvenes soviéticos están sacrificando su vida por la patria?
Llegados a este punto, Nadia demostró explícitamente que estaba al tanto de las debilidades que encerraba el alma de su padre.
—Sí, claro, ¡no has dicho nada! Ahora que te va bien el trabajo y que han frenado el avance del ejército alemán.
—Pero ¿cómo…? —respondió Víktor Pávlovich—, ¿cómo te atreves a sospechar de la honestidad de tu padre? Liudmila, ¿oyes lo que está diciendo?
Esperaba que su mujer lo apoyara, pero Liudmila no lo hizo.
—¿De qué te sorprendes? —dijo ella en cambio—. Está cansada de escucharte; son las mismas cosas de las que hablabas con tu Karímov y con ese repugnante de Madiárov. Maria Ivánovna me ha puesto al corriente de vuestras conversaciones. En cualquier caso, ya has hablado más que suficiente. Ay, ojalá salgamos pronto hacia Moscú.
—Basta —dijo Shtrum—. Ya me conozco las lindezas que quieres decirme.
Nadia se calló; su rostro marchito y feo parecía el de una anciana. Le había dado la espalda, pero cuando al fin Víktor logró captar la mirada de su hija, el odio que percibió en ella le dejó estupefacto.
El ambiente estaba tan cargado, tan enrarecido que apenas se podía respirar. Todo lo que durante años vive en la sombra en el seno de casi todas las familias, y que aflora sólo de vez en cuando para ser aplacado al instante por el amor y la confianza sincera, acababa de salir a la superficie, se había desatado, desbordado para llenar sus vidas. Como si no existiera nada más entre padre, madre e hija que incomprensión, sospecha, odio, reproches.
¿Acaso su destino común sólo había engendrado discordia y alienación?
—¡Abuela! —dijo Nadia.
Shtrum y Liudmila miraron al mismo tiempo a Aleksandra Vladímirovna, que apretaba sus manos contra la frente, como aquejada por un dolor de cabeza insoportable.
Había algo indescriptiblemente penoso en su impotencia. Ni ella ni su aflicción parecían ser necesarios a nadie, sólo servían para molestar, irritar, alimentar la discordia familiar. Fuerte y severa durante toda su vida, ahora estaba allí sola, indefensa.
De pronto Nadia se arrodilló y apretó la frente contra las piernas de Aleksandra Vladímirovna.
—Abuela —susurró—. Abuela querida, buena…
Víktor Pávlovich se aproximó a la pared y encendió la radio; el altavoz de cartón comenzó a ronquear, aullar, silbar. Parecía que la radio transmitiera el desapacible tiempo de la noche otoñal que arreciaba sobre la primera línea del frente, sobre los pueblos incendiados, sobre las tumbas de los soldados, sobre Kolymá y Vorkutá, sobre los campos de aviación, sobre los húmedos techos de lona alquitranada que cubrían los hospitales de campaña.
Shtrum miró el rostro sombrío de su mujer, se acercó a Aleksandra Vladímirovna, tomó sus manos entre las suyas y las besó. Luego se inclinó y acarició la cabeza de Nadia.
Daba la impresión de que nada hubiera ocurrido en aquellos minutos; en la habitación estaban las mismas personas oprimidas por el mismo dolor y guiadas por un mismo destino. Sólo ellos sabían qué extraordinaria calidez colmaba en esos momentos sus corazones endurecidos…
De pronto resonó en la habitación una voz atronadora:
—En el transcurso del día nuestras tropas han luchado contra el enemigo en las regiones de Stalingrado, el nordeste de Tuapsé y Nálchik. No se ha producido ningún cambio en el resto de los frentes.
11
El teniente Peter Bach había ido a parar al hospital a causa de una herida de bala en el hombro. La herida no era grave, y los camaradas que lo habían acompañado en el furgón sanitario le felicitaron por su buena suerte.
Con una sensación de felicidad suprema y al mismo tiempo gimiendo de dolor, Bach se levantó, sostenido por un enfermero, para ir a tomar un baño.
El placer que sintió al entrar en el agua fue enorme.
—¿Mejor que en las trincheras? —preguntó el enfermero, y deseando decir algo agradable al herido, añadió—: Cuando le den el alta, seguro que todo estará en orden por allí.
Y apuntó con la mano en dirección al lugar de donde llegaba un estampido regular, continuo.
—¿Hace poco que está aquí? —preguntó Bach.
El enfermero frotó la espalda del teniente con una esponja y luego respondió:
—¿Qué es lo que le hace pensar eso?
—Allí nadie piensa que la guerra vaya a terminar pronto. Al contrario, creen que va para largo.
El enfermero miró al oficial desnudo en la bañera. Bach recordó que el personal de los hospitales tenía instrucciones de informar sobre las opiniones de los heridos, y las palabras que él acababa de pronunciar ponían de manifiesto su escepticismo respecto al poder de las fuerzas armadas.
Sin embargo repitió con total claridad:
—Sí, enfermero, de momento nadie sabe cómo acabará todo esto.
¿Por qué había repetido aquellas palabras tan peligrosas? Sólo un hombre que vive en un imperio totalitario puede entenderlo. Las había repetido porque le enfurecía el miedo que había sentido al pronunciarlas la primera vez. Las había repetido como mecanismo de autodefensa, para engañar con su despreocupación a su presunto delator.
Luego, para borrar la mala impresión que pudiera haberle causado, declaró:
—Probablemente nunca, ni siquiera en el comienzo de la guerra, ha habido semejante concentración de fuerzas. Créame, enfermero.
Asqueado por la esterilidad de aquel juego inútil y complejo, se entregó a un divertimento infantil, tratando de encerrar en su puño el agua tibia y jabonosa que salía disparada bien contra el borde de la bañera, bien contra su propio rostro.
—El principio del lanzallamas —explicó al enfermero.
¡Qué delgado estaba! Examinaba sus brazos desnudos, el pecho, y pensaba en la joven rusa que dos días antes le había besado. ¿Acaso podía haber imaginado que en Stalingrado viviría una historia de amor con una mujer rusa? La verdad es que llamar a aquello historia de amor resultaba un tanto difícil. Se trataba más bien de una aventura fortuita en tiempo de guerra. Con un telón de fondo insólito, extraordinario: se habían encontrado en un sótano; él se había abierto paso entre las ruinas iluminadas por los destellos de las explosiones. Uno de esos encuentros que quedan tan bien descritos en los libros. Ayer tenía que haber ido a verla. Probablemente la chica creería que lo habían matado. Cuando estuviera restablecido, volvería a verla. ¿Quién habría ocupado ahora su lugar? La naturaleza aborrece el vacío…
Inmediatamente después del baño lo llevaron a la sala de radiología, donde el doctor lo colocó ante la pantalla.
—Allí la cosa está que arde, ¿no es así, teniente?
—Más para los rusos que para nosotros —respondió Bach, deseando agradar al radiólogo y recibir un buen diagnóstico que hiciera la operación rápida e indolora.
Entró el cirujano. Los dos médicos observaron las radiografías; sin duda debían de ver la venenosa disidencia que en los últimos años se había ido acumulando en su caja torácica.
El cirujano cogió el brazo de Bach y se puso a manipularlo, ora acercándolo a la pantalla, ora alejándolo. Sólo le interesaba la herida; el hecho de que ésta estuviera unida a un hombre con estudios superiores era una circunstancia del todo casual.
Los dos médicos comenzaron a hablar mezclando latinismos con burlones tacos en alemán, y Bach comprendió que su herida no era tan grave: no perdería el brazo.
—Prepare al teniente para la intervención —dijo el cirujano—. Entretanto iré a examinar esa herida de cráneo. Es un caso difícil.
El enfermero despojó a Bach de la bata y la ayudante del cirujano le mandó sentarse en un taburete.
—Maldita sea —exclamó Bach con una sonrisa lastimosa, avergonzado por su desnudez—. Deberían haber calentado la silla, Fräulein, antes de hacer posar el trasero desnudo a un combatiente de la batalla de Stalingrado.
La mujer le respondió sin esbozar siquiera una sonrisa.
—Eso no forma parte de nuestras obligaciones.
Luego comenzó a sacar de un pequeño armario de cristal instrumentos que causaron pavor al teniente Bach.
Sin embargo, la extracción del casco de metralla resultó rápida y fácil.
Bach incluso se sintió ofendido con el cirujano, cuyo desprecio hacia aquella operación insignificante parecía hacerse extensible al herido.
La enfermera le preguntó a Bach si necesitaba que le acompañara a su habitación.
—No, iré yo solo —respondió.
—No tendrá que permanecer mucho tiempo en el hospital —añadió ella con voz reconfortante.
—Bien, ya comenzaba a aburrirme.
La mujer sonrió.
Evidentemente, la enfermera se había formado su propia opinión de los heridos a partir de los artículos que había leído en la prensa, donde escritores y periodistas relataban historias de soldados convalecientes que huían a hurtadillas de los hospitales para reincorporarse a sus queridos batallones y regimientos, movidos por un deseo imperioso de disparar contra el enemigo; de lo contrario, su vida no tenía sentido.
Es posible que los periodistas se encontraran con gente así en los hospitales, pero Bach, por su parte, sintió una vergonzosa felicidad cuando pudo tumbarse en una cama cubierta de sábanas limpias, comer un plato de arroz y, dando una calada a su cigarrillo (pese a que en las habitaciones del hospital estaba estrictamente prohibido fumar), entablar conversación con sus vecinos.
En la sala había cuatro heridos: tres eran oficiales que servían en el frente y el cuarto, un funcionario con el pecho hundido y el vientre hinchado que, enviado en comisión de servicio desde la retaguardia, había sufrido un accidente automovilístico en la región de Gumrak. Cuando se tumbaba boca arriba, con las manos apoyadas sobre el estómago, parecía que al viejo esmirriado le hubieran metido debajo de la colcha, a guisa de broma, una pelota de fútbol.
Sin duda éste era el motivo por el que le habían colgado el apodo de portero.
El Portero era el único que se quejaba de que la herida lo hubiera puesto fuera de combate. Hablaba en tono exaltado del deber, el ejército, la patria, y del orgullo que constituía para él haber sido herido en Stalingrado.
Los oficiales del frente, que habían vertido su sangre por el pueblo, se mostraban sarcásticos respecto a su patriotismo. Uno de ellos, echado boca abajo a consecuencia de una herida en las nalgas, era el comandante Krapp, que estaba al mando de un destacamento de exploradores. Tenía la tez pálida y los labios tan prominentes como sus ojos marrones.
—Por lo visto usted es de ese tipo de porteros que no hacen ascos a meter un gol —dijo Krapp—. No se contenta con detener la pelota.
Krapp estaba obsesionado con el sexo. Era su principal tema de conversación.
El Portero, ansioso de pagar con la misma moneda a su ofensor, le preguntó:
—¿Por qué está tan pálido? Supongo que trabaja en algún despacho.
Pero Krapp no trabajaba en las oficinas.
—Yo —dijo— soy un ave nocturna. Me lanzo a la caza por la noche. Con las mujeres, a diferencia de usted, me acuesto durante el día.
En la sala juzgaban con acritud a los burócratas que todas las noches cogían los automóviles y se escapaban de Berlín a sus casas de campo; insultaban también a los intendentes más veteranos que eran condecorados antes que los soldados del frente; hablaban de las penurias que soportaban sus familias, cuyas casas habían sido destruidas por las bombas; maldecían a los donjuanes de la retaguardia que aprovechaban su situación para conquistar a las mujeres de los soldados; vituperaban las tiendas del frente donde sólo se vendía agua de colonia y cuchillas de afeitar.
Al lado de Bach estaba el teniente Gerne. Al principio aquél creyó que se trataba de un aristócrata, pero luego supo que era uno de esos campesinos promovidos por el nacionalsocialismo. Era subjefe del Estado Mayor del regimiento y había resultado herido por un casco de bomba durante un ataque aéreo nocturno.
Cuando el Portero fue conducido a la sala de operaciones, el teniente Fresser, un hombre más bien vulgar cuya cama estaba situada en la esquina, dijo:
—Llevan disparándome desde el 39, y nunca he proclamado mi patriotismo. Me dan de comer y de beber, me visten, y yo combato. Sin filosofías.
—No es del todo cierto —replicó Bach—. Cuando los oficiales del frente hablan de la hipocresía de hombres como el portero, eso ya es una filosofía.
—Exacto —dijo Gerne—. ¿Nos puede decir de qué clase de filosofía se trata?
Por la expresión hostil en la mirada de Gerne, Bach intuyó que era uno de esos hombres que odiaban a la clase intelectual anterior a Hitler. Bach había leído y escuchado multitud de discursos en los que se atacaba a la vieja clase intelectual por su afinidad con la plutocracia americana, sus simpatías ocultas por el talmudismo y las teorías hebraicas, por el estilo judaizante en la pintura y la literatura. La rabia se apoderó de él. Ahora que estaba dispuesto a inclinarse ante la fuerza bruta de los hombres nuevos, ¿por qué lo miraban con gesto lúgubre, felino? ¿Acaso no le habían comido también a él los piojos? ¿Es que no le había devorado el frío igual que a ellos? ¡A él, un oficial de primera línea, no le consideraban alemán! Bach cerró los ojos y se volvió hacia la pared…
—¿A qué viene ese veneno en su pregunta? —farfulló, resentido.
Gerne replicó con una sonrisa de despreciativa superioridad:
—¿De verdad no lo entiende?
—Acabo de decírselo, no lo entiendo —respondió Bach en tono airado, y añadió—: Pero me lo imagino.
Gerne, por supuesto, se echó a reír.
—¿Me acusa de duplicidad? —gritó Bach.
—Eso es. De duplicidad —dijo Gerne.
—¿Impotencia moral?
En ese instante Fresser se echó a reír, y Krapp, levantándose sobre los codos, miró a Bach con insolencia.
—Degenerados —dijo Bach con voz atronadora—. Estos dos se encuentran fuera de los límites del pensamiento humano, pero usted, Gerne, se halla a medio camino entre el simio y el hombre… Hay que ser serio.
Entumecido por el odio, apretó con fuerza los ojos cerrados.
«Basta con que haya escrito un miserable opúsculo sobre la cuestión más trivial para pensar que eso le da derecho a odiar a los que sentaron las bases y levantaron los muros de la ciencia alemana. Sólo tiene que publicar una novela anodina para poder escupir sobre la gloria de la literatura alemana. Usted cree que la ciencia y el arte son una especie de ministerios: lugares donde los empleados de la vieja generación no le dan la oportunidad de hacer carrera. A usted y a su librito les falta espacio, y Koch, Nernst, Planck y Kellerman le estorban… La ciencia y el arte no son cosa de burócratas; el monte Parnaso está bajo el cielo infinito, donde siempre, a lo largo de la historia de la humanidad, ha habido espacio para todos los talentos. Si no hay sitio para usted y sus estériles frutos, no es por falta de espacio; simplemente no es ése su lugar. Os esforzáis por abriros hueco, pero vuestros globos escuálidos y medio inflados no se elevarán de la tierra ni un metro. Expulsaréis a Einstein, pero no ocuparéis su lugar. Sí, Einstein será judío pero, disculpe por lo que voy a decir, es un genio. No hay poder en el mundo que pueda ayudarles a ocupar su lugar. Reflexione. ¿Vale la pena gastar tantas fuerzas en eliminar a aquellos cuyos sitios quedarán vacíos por siempre? Si su insuficiencia les impide recorrer el camino abierto por Hitler, la culpa es sólo suya, y no la tome con gente válida. ¡Con el método del odio policial en el campo de la cultura no se puede obtener nada! ¿No ve qué bien comprenden Hitler y Goebbels este punto? Debería aprender de ellos. Mire con qué amor, con qué tacto y tolerancia cuidan la ciencia, la pintura, la literatura alemanas. Siga su ejemplo. Tome el camino de la consolidación, no siembre la discordia en nuestra causa común.»
Después de pronunciar aquel discurso imaginario, Bach volvió a abrir los ojos. Sus vecinos estaban acostados bajo las mantas.
—Mirad, camaradas —les llamó Fresser, y con el gesto de un prestidigitador sacó de debajo de la almohada una botella de coñac italiano Tres Valets.
Una suerte de sonido gutural salió de la boca de Gerne; sólo un auténtico borracho, y además campesino, puede contemplar una botella con semejante mirada.
«No es mal tipo, salta a la vista que no lo es», pensó Bach, sintiéndose avergonzado por su histérico discurso.
Fresser saltó sobre una sola pierna y empezó a servir el coñac en los vasos que había sobre las mesitas de noche.
—¡Es usted una fiera! —sonrió Krapp.
—He aquí un verdadero soldado —dijo Gerne.
Fresser se puso a explicar:
—Uno de los medicuchos vio mi botella y me preguntó: «¿Qué lleva ahí envuelto en el periódico?». Y yo le repliqué: «Las cartas de mi madre; nunca me separo de ellas». —Y levantó el vaso.
—Pues con saludos del frente, ¡a su salud, teniente Fresser!
Todos bebieron.
Gerne, que al instante sintió deseos de vaciar otro vaso, dijo:
—Maldita sea, hay que dejar algo para el Portero.
—Al diablo con el Portero, ¿verdad, teniente? —preguntó Krapp.
—Deja que cumpla su deber con la patria; a nosotros nos basta con beber —dijo Fresser—. Después de todo, nos merecemos un poco de diversión.
—Mi trasero está volviendo a la vida —dijo Krapp—. Ahora sólo me falta una dama entradita en carnes.
Reinaba un ambiente alegre y distendido.
—Bueno, allá vamos —dijo Gerne alzando su vaso.
De nuevo bebieron todos.
—¡Qué bien que hayamos ido a parar a la misma habitación!
—Nada más veros lo comprendí. «Éstos son hombres de pelo en pecho, curtidos en el frente», me dije.
—Yo, para ser sincero, tuve mis dudas respecto a Bach —dijo Gerne—. Pensé: «Bah, éste debe de ser del Partido».
—No, nunca me afilié.
Estaban acostados, con las colchas apartadas a un lado porque habían empezado a tener calor. Se pusieron a hablar del frente.
Fresser había combatido en el flanco izquierdo, cerca de Okatovka.
—El demonio sabrá por qué —dijo—, pero estos rusos no saben avanzar. Aunque estamos ya a comienzos de noviembre y nosotros tampoco nos hemos movido. ¿Se acuerda de la cantidad de vodka que nos bebimos en agosto? Brindábamos todo el rato por lo mismo: «Que no se pierda nuestra amistad después de la guerra; hay que crear una asociación de veteranos de Stalingrado».
—Puede que no sepan cómo lanzar un ataque —dijo Krapp, que había combatido en el distrito fabril—. Sin duda no saben defender las posiciones conquistadas. Te expulsan de un edificio y al rato se echan a dormir o comen hasta hartarse, mientras los comandantes se emborrachan.
—No son más que salvajes —sentenció Fresser, guiñando un ojo—. Hemos gastado más hierro con estos salvajes de Stalingrado que en todo el resto de Europa.
—No sólo hierro —objetó Bach—. En nuestro regimiento hay algunos que lloran sin razón y cantan como gallos.
—Si la cosa no se decide antes del invierno —advirtió Gerne—, esto será una guerra china. Sí, un barullo sin sentido.
—¿Sabéis que se está preparando una ofensiva en el distrito fabril y que se ha concentrado allí una cantidad de fuerzas nunca vista antes? —dijo Krapp a media voz—. Estallará cualquier día de éstos. El veinte de noviembre dormiremos con las chicas de Sarátov.
Detrás de las ventanas cubiertas con cortinas se oía el majestuoso y grave fragor de la artillería, el zumbido de los bombarderos nocturnos.
—Ahí van los cucús[82] rusos —dijo Bach—. A esta hora es cuando bombardean. Algunos los llaman los «sierra nervios»
—Nosotros, en el Estado Mayor, los llamamos los suboficiales de servicio.
—¡Silencio! —dijo Krapp, levantando un dedo—. ¡Escuchad! ¡Es la artillería pesada!
—Y nosotros poniéndonos finos en la sala de heridos leves.
Por tercera vez en aquel día se sintieron alegres.
Hablaron de las mujeres rusas; todos tenían alguna historia que contar. A Bach no le gustaba ese tipo de conversaciones, pero de repente, aquella noche se encontró hablándoles de Zina, la chica que vivía en el sótano de una casa semiderruida. Y habló con tanto atrevimiento que hizo reír a todos.
Entró el enfermero. Después de haber escudriñado aquellas caras alegres, empezó a recoger las sábanas de la cama del Portero.
—¿Es que le habéis dado el alta al defensor de la patria por fingirse enfermo? —preguntó Fresser.
—¿Por qué no responde, enfermero? —insistió Gerne—. Aquí todos somos hombres. Si ha ocurrido algo, puede decírnoslo.
—Ha muerto —dijo el enfermero—. Un paro cardíaco.
—Mirad adónde conducen los discursos patrióticos —dijo Gerne.
—No se debe hablar en esos términos de un muerto —replicó Bach—. No nos mintió, no tenía motivos para hacerlo. Por tanto, fue sincero. No, camaradas, no está bien.
—Ay —suspiró Gerne—, ya me parecía a mí que el teniente nos vendría con los discursos del Partido. Enseguida comprendí que pertenecía a la nueva raza ideológica.
12
Aquella noche Bach no pudo conciliar el sueño, estaba demasiado cómodo. Le resultaba extraño recordar el búnker, a los camaradas, la llegada de Lenard; con él contemplaba la puesta de sol a través de la puerta abierta del refugio, bebían café del termo, fumaban.
El día antes, mientras se acomodaba en el furgón sanitario, había pasado su brazo sano alrededor del hombro de Lenard, y al mirarse a los ojos, ambos se habían echado a reír.
¿Cómo podría haber imaginado que algún día bebería en compañía de un SS en un búnker de Stalingrado, que caminaría hacia su amante rusa entre las ruinas iluminadas por el resplandor de los incendios?
Había experimentado un cambio sorprendente. Durante largos años había odiado a Hitler. Cuando escuchaba las palabras impúdicas de canosos profesores que declaraban que Faraday, Darwin y Edison no eran más que un hatajo de ladrones que habían usurpado las ideas de los científicos alemanes, que Hitler era el sabio más grande de todos los tiempos y todos los pueblos, pensaba con alegría maliciosa: «Tarde o temprano este disparate acabará saltando por los aires». La misma sensación suscitaban en él las novelas donde, con sorprendente desfachatez, se describía a gente sin ningún defecto, la felicidad de obreros y campesinos ideales, o el sabio trabajo educativo llevado a cabo por el Partido. ¡Ay, qué poemas tan deplorables se publicaban en las revistas! Eso era quizá lo que más le mortificaba: cuando iba al colegio, él también había escrito versos.
Y ahora allí, en Stalingrado, estaba deseando ingresar en el Partido. De niño, cuando discutía con su padre, se tapaba los oídos por miedo a cambiar de opinión, y gritaba: «No quiero escucharte, no quiero, no quiero». Bueno, ahora sí que había escuchado. El mundo estaba del revés.
Al igual que antes, las obras teatrales y las películas mediocres le hastiaban. Quién sabe, tal vez el pueblo debería pasar sin poesía durante varios años, una década incluso. Sin embargo, hoy mismo era posible escribir la verdad. ¡Qué gran verdad puede albergar el alma alemana, esa alma que da sentido al mundo! Los maestros del Renacimiento habían sabido expresar en sus obras, creadas por encargo de príncipes y obispos, el valor supremo del alma…
El explorador Krapp combatía incluso cuando estaba dormido; vociferaba tan fuerte que sus gritos, probablemente, llegaban hasta la calle: «¡Lánzale una granada, sí, una granada!». Quiso avanzar a rastras, se giró torpemente, lanzó un grito de dolor y luego se volvió a dormir entre ronquidos.
A pesar del estremecimiento que le producía la aniquilación de los judíos, ahora se le presentaba bajo una nueva luz. Cierto, si en aquel momento hubiera detentado el poder habría interrumpido de inmediato la masacre. «Pero digámoslo con franqueza», pensó para sus adentros; aunque tenía amigos judíos, no podía dejar de reconocer que existía un carácter alemán, un alma alemana y, por tanto, un carácter y un alma judíos.
El marxismo había fracasado. Eso era algo difícil de admitir para un hombre cuyos padres habían sido socialdemócratas.
Marx no era más que un físico que había basado su teoría de la estructura de la materia sobre fuerzas centrífugas sin tener en cuenta la atracción gravitacional. Había formulado la definición de las fuerzas centrífugas entre las diferentes clases sociales y había demostrado mejor que nadie cómo habían funcionado a lo largo de la historia de la humanidad. Pero, como a menudo ocurre con los artífices de grandes descubrimientos, Marx se había endiosado hasta el punto de creer que las fuerzas definidas por él como lucha de clases determinarían por sí solas el desarrollo de la sociedad y el curso de la historia. No vio las potentes fuerzas que mantienen unida una nación al margen de las clases, y su física social construida sobre el desprecio a la ley universal de la atracción nacional era un disparate.
El Estado no es una consecuencia, ¡es la causa!
La ley que determina el nacimiento de un Estado-nación es maravillosa, un misterio. El Estado es una unidad viva, la única que puede expresar lo que millones de hombres consideran más precioso, inmortal: el carácter alemán, el hogar alemán, la voluntad alemana, el espíritu de sacrificio alemán.
Bach permaneció tumbado durante algún tiempo con los ojos cerrados. Para adormecerse se puso a contar ovejas: una blanca, una negra, de nuevo una blanca, una negra, y luego otra blanca, otra negra…
A la mañana siguiente, después de tomar el desayuno, empezó a escribir una carta a su madre. Arrugaba la frente, suspiraba: no le gustaría lo que estaba escribiendo. Pero precisamente a ella debía confesarle lo que ahora sentía. No le había contado nada durante su último permiso, pero ella se había dado cuenta de su irritabilidad, de su falta de interés en los interminables recuerdos sobre el padre: siempre la misma cantinela.
Ella lo consideró un apóstata de la fe del padre. Pero no era así. Él rechazaba ser un renegado.
Los enfermos, cansados por las curas matinales, yacían en silencio. Durante la noche habían asignado a un herido grave la cama vacía del Portero. Todavía estaba inconsciente y no sabían a qué unidad pertenecía.
¿Cómo podría explicar a su madre que los hombres de la nueva Alemania le eran más cercanos que los amigos de la infancia?
El enfermero entró y dijo en tono interrogativo:
—¿El teniente Bach?
—Soy yo —respondió él, tapando con una mano la carta que había comenzado.
—Señor teniente, le busca una rusa.
—¿A mí? —dijo asombrado Bach, y al instante entendió que se trataba de Zina, su amiga de Stalingrado.
¿Cómo había averiguado dónde se encontraba? Enseguida intuyó que se lo había dicho el conductor del furgón sanitario. Se alegró, conmovido en lo más íntimo: debía de haber salido en plena noche, se habría subido a cualquier coche de paso y luego caminado siete u ocho kilómetros. Se imaginó su cara pálida de ojos grandes, su estilizado cuello y el pañuelo gris cubriéndole la cabeza.
En la sala se armó un alboroto.
—¡Caramba, teniente Bach! —exclamó Gerne—. ¡Esto sí que es trabajar con la población local!
Fresser agitó los brazos en el aire, como si se estuviera sacudiendo gotas de agua de los dedos, y dijo:
—Enfermero, hágala pasar. La cama del teniente es bastante ancha. Vamos a casarlos ahora mismo.
—Las mujeres son como los perros —dijo Krapp—. Siempre van detrás del hombre.
De repente Bach se indignó. ¿Qué tenía en la cabeza? ¿Cómo se había atrevido a presentarse en el hospital? A los oficiales alemanes les estaba prohibido mantener relaciones con mujeres rusas. ¿Y si en el hospital hubiera estado trabajando algún miembro de su familia o cualquier conocido de la familia Forster? Después de una relación tan insignificante, ni siquiera una alemana se habría atrevido a ir a visitarlo.
Hasta el herido grave que yacía inconsciente parecía reírse con repugnancia.