Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 19

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—Dígale a esa mujer que no puedo salir a verla —dijo con aire sombrío, y para evitar participar en el jolgorio de la conversación volvió a coger el lápiz y releyó lo que llevaba escrito.

«… Lo más sorprendente es que durante muchos años creí que el Estado me oprimía. Pero ahora he comprendido que es él precisamente el que expresa mi alma… No quiero un destino fácil. Si es necesario, romperé con mis viejos amigos. Me doy cuenta de que aquellos a los que volveré no me considerarán uno de los suyos. Pero estoy preparado para sufrir en aras de la creencia más importante que hay en mí…»

El bullicio en la sala no se había apaciguado.

—Silencio, no le molestéis. Está escribiendo una carta a su novia —dijo Gerne.

Bach se echó a reír. Durante algunos segundos, la risa contenida pareció un sollozo; se dio cuenta de que de la misma manera que se estaba riendo, habría podido llorar.

13

Los generales y oficiales que no veían con asiduidad a Friedrich Paulus, el comandante del 6.° Ejército, juzgaban que no se había producido ningún cambio en las ideas o el estado de ánimo del general. Su forma de comportarse, el estilo de sus órdenes, la sonrisa con la que escuchaba tanto las conversaciones personales como los informes importantes testimoniaban que, como de costumbre, el general sometía a su propia autoridad los avatares (le la guerra.

Sólo dos hombres estrechamente ligados al comandante, su ayudante de campo, el coronel Adam, y el general Schmidt, jefe del Estado Mayor del ejército, comprendían hasta qué punto Paulus había cambiado en el curso de los combates de Stalingrado.

Como antes, podía mostrarse arrogante, condescendiente, encantadoramente ingenioso, o amistoso y partícipe en los acontecimientos de la vida de los oficiales. Como antes, tenía el poder de guiar en combate a regimientos y divisiones, podía ascender o degradar a sus hombres, otorgar condecoraciones. Como antes, seguía fumando los mismos cigarrillos de siempre… Pero lo más importante, el fondo secreto de su alma, cambiaba día tras día, y se preparaba para mutar definitivamente.

El general Paulus estaba perdiendo la sensación de estar al mando de las circunstancias y del tiempo. Aún en fecha reciente su mirada tranquila recorría los informes del servicio de inteligencia del Estado Mayor del ejército: ¿a él qué más le daba lo que pensaran los rusos o los movimientos de sus reservas?

Ahora Adam había observado que entre los diferentes informes y documentos guardados en la carpeta que cada mañana le dejaba sobre la mesa al comandante, Paulus examinaba en primer lugar los datos referentes a los movimientos que las tropas rusas habían efectuado por la noche.

Un día Adam invirtió el orden según el cual estaban dispuestos los documentos y antepuso los informes del servicio de inteligencia. Paulus abrió la carpeta y estudió el primer folio. Enarcó sus largas cejas y la cerró bruscamente.

Sorprendido por la mirada fulminante y más bien patética del general, el coronel Adam comprendió que había actuado con poco tacto.

Unos días más tarde, después de revisar los informes y los documentos, esta vez dispuestos según el orden habitual, Paulus sonrió y dijo a su ayudante de campo:

—Señor innovador, parece que es usted un hombre dotado de espíritu de observación.

Aquella apacible tarde de otoño, el general Schmidt se dirigió a presentar un informe a Paulus en un estado de ánimo bastante festivo.

Schmidt anduvo por una calle amplia que atravesaba el pueblo, directo a casa del comandante; aspiraba con placer el aire frío que le aclaraba la garganta impregnada del tabaco fumado por la noche, y miraba el cielo de la estepa, coloreado por las tonalidades oscuras del ocaso. Su corazón estaba sereno; pensaba en la pintura, y el ardor de estómago había cesado de importunarle.

Caminaba por la calle vacía y silenciosa, y en su cabeza, bajo su gorra en forma de pico, se desarrollaban los planes de lo que ocurriría en la ofensiva más cruel lanzada en Stalingrado. Lo dijo precisamente así, cuando el comandante le invitó a tomar asiento y se dispuso a escucharle.

—Sin duda la historia militar alemana ha conocido ofensivas en las que se han movilizado cantidades mucho más elevadas de hombres y equipamientos. Pero por lo que a mí respecta nunca he recibido instrucciones de organizar una concentración tan densa, tanto por tierra como por aire, en un sector del frente tan reducido.

Mientras escuchaba al jefe del Estado Mayor, Paulus permanecía sentado, con la espalda curvada, en una pose que no era digna de un verdadero general, y movía la cabeza deprisa y con gesto sumiso, siguiendo los dedos de Schmidt que señalaban diferentes columnas de los gráficos y sectores del mapa. Era Paulus quien había concebido aquella ofensiva. Era Paulus quien había definido las directrices básicas. Pero ahora, mientras escuchaba a Schmidt, el jefe de Estado Mayor más brillante con el que había tenido ocasión de trabajar, no reconocía sus propias ideas en la detallada elaboración de la operación inminente.

Paulus tenía la impresión de que Schmidt, en lugar de exponer las concepciones que él había enunciado en el programa táctico, le estaba imponiendo su voluntad, preparando la infantería, los tanques y los batallones de ingenieros para la ofensiva contra su propia voluntad.

—Sí, sí —dijo Paulus—, esa densidad llama aún más la atención cuando se compara con el vacío de nuestro flanco izquierdo.

—No hay nada que hacer —replicó Schmidt—. En dirección este hay demasiada tierra y muy pocos soldados.

—No soy el único al que le preocupa. Von Weichs me ha dicho: «No hemos dado con el puño, sólo hemos asestado una bofetada con los dedos abiertos por el infinito espacio oriental». Otros aparte de Weichs también se preocupan. El único que no se preocupa es…

No terminó la frase.

Todo iba como debía ir, y en cierta forma nada iba como debería.

En las imprecisiones debidas al azar y en los funestos detalles de las últimas semanas de combate parecía que estaba a punto de desentrañarse la verdadera esencia de la guerra, una esencia tétrica y desesperada.

El servicio de inteligencia continuaba informando con insistencia sobre la concentración de tropas soviéticas al noroeste. Los bombardeos aéreos parecían incapaces de impedirlo. Weichs no tenía reservas alemanas para cubrir los flancos del ejército de Paulus, y trataba de confundir a los rusos instalando estaciones de radio alemanas en las unidades rumanas.

La campaña en África, que al principio parecía victoriosa, y la brillante represión contra los ingleses en Dunkerque, en Noruega y en Grecia no habían sido coronadas con el éxito en las islas Británicas. Habían cosechado victorias rotundas en el este, habían marchado miles de kilómetros en dirección al Volga, pero no habían conseguido aplastar al ejército soviético. Siempre parecía que habían logrado lo más importante, que si la acción no se había llevado hasta el fin era debido a un contratiempo fortuito, una demora sin importancia.

¿Qué importancia tenían aquellos pocos cientos de metros que le separaban del Volga, con fábricas semidestruidas, casas reducidas a armazones, devoradas por las llamas, en comparación con los vastos espacios conquistados durante la ofensiva del verano? Pero también a Rommel le separaban del oasis egipcio unos pocos kilómetros de desierto. Y en Dunkerque, sólo por pocas horas y pocos kilómetros no habían triunfado sobre Francia… Siempre eran esos mismos pocos kilómetros los que los separaban de la derrota completa del enemigo; siempre faltaban reservas y un vacío abismal se abría en la retaguardia y en los flancos de las tropas victoriosas.

¡Aquel verano de 1942! Probablemente cualquier hombre sólo tiene una oportunidad en la vida para experimentar lo que él había vivido aquellos días. Había sentido contra su rostro la respiración de la India. En aquel periodo había sentido lo mismo que sentiría una avalancha si tuviera sentimientos al barrer bosques y desbordar ríos.

De pronto se le ocurrió que el oído alemán se había familiarizado con el nombre de Friedrich; una idea ridícula, es cierto, petulante, pero le había venido a la mente. Sin embargo era en aquellos días cuando rugosos y ásperos granos de arena rechinaban, bien bajo sus pies, bien contra sus dientes. En el cuartel general reinaba la exultación del triunfo. De los comandantes de las unidades recibía informes escritos, orales, radiofónicos o telefónicos. Daba la impresión de que el trabajo militar ya no era algo duro, sino la expresión simbólica del triunfo alemán…

Pero un día sonó el teléfono. Paulus descolgó el auricular.

«Herr comandante…» Reconoció la voz que le hablaba: era la entonación de la vida prosaica de la guerra, que desarmonizaba con los repiqueteos de triunfo que llenaban el aire. Weller, comandante de una división, le comunicaba que en su sector los rusos habían pasado al ataque. Un destacamento de infantería, equivalente en tamaño a un batallón reforzado, había logrado abrirse paso por el oeste y hacerse con la estación de Stalingrado.

A aquel acontecimiento en apariencia insignificante estaba ligada la primera punzada de angustia que había sentido Paulus.

Schmidt leyó el plan de operaciones en voz alta, enderezó ligeramente la espalda y levantó la barbilla, señal de que se daba cuenta del carácter oficial del momento, si bien el comandante y él mantenían unas relaciones excelentes.

E inesperadamente, en voz baja y en un tono que poco tenía que ver con el de un militar y menos aún con el de un general, Paulus pronunció unas palabras extrañas que dejaron a Schmidt contrariado:

—Confío en el éxito. Pero ¿sabe una cosa? Nuestra lucha en esta ciudad es absurda e innecesaria.

—Es una afirmación un tanto inesperada viniendo del comandante de las tropas de Stalingrado —dijo Schmidt.

—¿La considera inesperada? Stalingrado ha dejado de ser el centro de las comunicaciones o de la industria pesada. ¿Qué hacemos aquí ahora? Podemos cubrir el flanco nordeste del ejército del Cáucaso a lo largo de la línea Astraján-Kalach. Para eso, Stalingrado no nos hace ninguna falta. Estoy seguro de la victoria, Schmidt, tomaremos la fábrica de tractores. Pero eso no nos ayudará a cubrir nuestro flanco. Von Weichs no tiene duda de que los rusos van a atacar. Una jugada de farol no les va a detener.

—El curso de los acontecimientos puede cambiar de sentido —repuso Schmidt—, pero el Führer nunca se ha batido en retirada sin lograr su objetivo.

Paulus creía que era una lástima que las victorias más brillantes no hubieran dado los frutos esperados por no haber sido llevadas con decisión y obstinación hasta el final. Pero al mismo tiempo creía que la verdadera fuerza de un comandante se demostraba en la capacidad de abandonar un objetivo cuando éste había perdido su sentido.

Miró los ojos insistentes y perspicaces del general Schmidt, y dijo:

—No se espera de nosotros que impongamos nuestra voluntad en una gran estrategia.

Cogió de la mesa la orden de ataque y la firmó.

—Haga sólo cuatro copias; es estrictamente confidencial —dijo Schmidt.

14

Después de la visita al Estado Mayor del ejército de la estepa, Darenski se dirigió a una unidad desplegada en el flanco sureste del frente de Stalingrado, entre las áridas arenas del mar Caspio. Las estepas, con sus pequeños ríos y sus lagos, eran una especie de tierra prometida: por allí crecía la hierba, algún árbol ocasional, relinchaban los caballos.

Miles de hombres acostumbrados al aire húmedo, al rocío matutino y al susurro del heno estaban instalados en la desierta llanura de arena. Una arena que les azotaba la piel, se les metía por las orejas, rechinaba cuando masticaban el pan y el mijo; había arena en la sal, en los obturadores de los fusiles, en los mecanismos de los relojes, en los sueños de los soldados… Para un cuerpo humano, para la garganta, la nariz, las pantorrillas, la vida es dura aquí. En estas latitudes, el cuerpo vive como un carro que se desviara de una carretera y fuera obligado a rodar por un camino intransitable.

Darenski pasó el día recorriendo las posiciones de la artillería. Habló con los hombres, tomó notas, hizo esquemas, revisó las armas de la dotación y los depósitos de municiones. Al anochecer estaba agotado; la cabeza le zumbaba y le dolían las piernas, poco acostumbradas a andar por aquellas áridas arenas movedizas.

Hacía tiempo que se había dado cuenta de que, cuando el ejército se bate en retirada, los generales se muestran particularmente atentos con las necesidades de sus subordinados, mientras que los comandantes y los miembros del Consejo Militar dan amplias muestras de autocrítica, escepticismo y modestia.

Nunca un ejército parece disponer de tantos hombres inteligentes y comprensivos como durante una retirada desesperada, cuando el enemigo avanza y el cuartel general busca a los culpables del fracaso para desatar su ira contra ellos.

Pero allí, en el desierto, los hombres se hallaban bajo el influjo de una soñolienta apatía. Los comandantes del Estado Mayor y los soldados de la unidad se comportaban como si estuvieran convencidos de que en aquel mundo no hubiera nada que mereciera su interés, que todo daba igual porque mañana, pasado mañana y al cabo de un año sería exactamente igual; sólo habría arena.

A Darenski le invitó a pasar la noche en su casa el jefe del Estado Mayor del regimiento de artillería, el teniente coronel Bova. Pese a su épico nombre[83], Bova era un hombre encorvado, calvo y sordo de un oído. En cierta ocasión lo llamaron del Estado Mayor de la artillería y dejó sorprendidos a todos por su prodigiosa memoria. Daba la impresión de que su cabeza calva, asentada sobre unos hombros estrechos y encorvados, no pudiera contener otra cosa que cifras, números de baterías y divisiones, nombres de poblaciones, apellidos de comandantes, indicaciones de niveles.

Bova vivía en un cuchitril hecho de tablas con las paredes revestidas de arcilla y estiércol, y el suelo cubierto de papeles alquitranados rotos. Su casucha no se diferenciaba en nada de las otras chabolas de los oficiales diseminadas por la planicie de arena.

—¡Hola! —dijo Bova, estrechando enérgicamente la mano a Darenski—. Bonito, ¿verdad? —y señaló las paredes—. Aquí invernaremos, en esta perrera embadurnada de mierda.

—¡Sí, las viviendas dejan bastante que desear! —dijo Darenski, sorprendido por la transformación que había sufrido el apacible Bova.

El anfitrión le ofreció asiento en una caja vacía de conservas americanas, le sirvió vodka en un vaso tallado cuyo borde estaba manchado de polvos dentífricos secos y le ofreció un tomate verde macerado sobre un trozo de periódico húmedo.

—Siéntase como en casa, camarada teniente coronel. Aquí tiene, ¡vino y fruta! —exclamó.

Darenski se mojó los labios con cautela, como hacen todos los que no están habituados a beber, posó el vaso bastante lejos de él y comenzó a interrogar a Bova sobre la situación del ejército. Pero Bova no tenía ganas de hablar de trabajo.

—Camarada teniente coronel —dijo—, trabajo he tenido más que suficiente; no me he tomado un respiro ni cuando estábamos en Ucrania, con todas esas mujeres espléndidas, y no digamos en Kubán, Dios mío… Y se entregaban de buena gana, créame, bastaba con que les guiñaras un ojo. Pero yo, tonto de mí, todo el rato con el culo pegado a la silla en la sección de operaciones; me di cuenta demasiado tarde, cuando ya estaba en el desierto.

Darenski, en un principio molesto porque Bova no deseaba discutir sobre el promedio de densidad de tropas por kilómetro de frente, o sobre la superioridad de los morteros respecto a la artillería en zonas desérticas, acabó interesándose por el nuevo giro que había tomado la conversación.

—¡Ya lo creo! —dijo—. En Ucrania hay mujeres magníficas. En 1941, cuando nuestro Estado Mayor se instaló en Kiev, solía visitar a una auténtica belleza, la mujer de un funcionario de la fiscalía. En cuanto a Kubán, no pienso rebatírselo. Por lo que a estas cuestiones se refiere, puede situarse entre los primeros puestos, con un porcentaje de bellezas tan elevado que es digno de mención.

Las palabras de Darenski causaron una gran impresión en Bova, que blasfemó y gritó con voz lastimera:

—¡Y ahora las calmucas!

—No diga eso —le interrumpió Darenski y pronunció un discurso armonioso sobre el atractivo de aquellas mujeres de tez morena y pómulos salientes que olían a ajenjo y al humo de la estepa. Se acordó de Alla Serguéyevna, del Estado Mayor del ejército de la estepa, y concluyó su perorata—: Usted está equivocado. En todas partes hay mujeres. Puede que no haya agua en el desierto, pero mujeres siempre hay.

Bova no le respondió. En aquel momento Darenski se dio cuenta de que se había quedado dormido. Sólo entonces comprendió que su anfitrión estaba borracho como una cuba. Roncaba tanto que sus resoplidos parecían los gemidos de un moribundo, y la cabeza le colgaba de la cama.

Darenski, con esa paciencia y suma bondad que siente un ruso ante un borracho, colocó bajo la cabeza de Bova una almohada, le puso un periódico bajo los pies y le limpió la saliva que le asomaba por la boca.

Luego extendió en el suelo el capote de su anfitrión, cubriéndolo seguidamente con el suyo, y en el lugar de la cabeza colocó su mochila a modo de almohada. Cuando estaba en misión, la mochila le servía tanto de oficina como de almacén de víveres y de neceser.

Salió al exterior, aspiró el aire frío de la noche y jadeó mientras contemplaba las llamas sobrenaturales en el negro cielo asiático; hizo una pequeña necesidad sin dejar de mirar las estrellas, pensando: «Sí, el cosmos», y se fue a dormir.

Se tumbó sobre el capote de su anfitrión y se tapó con el suyo. En lugar de cerrar los ojos, fijó la vista en la oscuridad, golpeado por un pensamiento triste.

¡Qué pobreza tan lúgubre! Acostado en el suelo miraba las sobras de los tomates macerados y una maleta de cartón donde probablemente había una toalla raquítica con una marca impresa grande y negra, cuellos sucios, una funda vacía, una jabonera desportillada.

La isba de Verjne-Pogromnoe donde había dormido durante aquel otoño le parecía, en comparación, todo un palacio. Y tal vez dentro de un año aquel tugurio le parecería lujoso, se acordaría de él con nostalgia desde algún agujero donde ya no tendría navaja de afeitar ni mochila ni polainas harapientas.

Darenski había cambiado en el curso de los meses que había servido en el Estado Mayor de artillería. Había satisfecho su necesidad de trabajar, que se había manifestado con una exigencia tan fuerte como la necesidad de comer. Ahora ya no se sentía feliz cuando trabajaba, al igual que no se siente feliz un hombre que siempre está saciado.

Darenski trabajaba bien y era muy apreciado por sus superiores. Al principio esa estima le había causado una gran alegría; no estaba acostumbrado a que le consideraran irreemplazable, pues durante largos años se había habituado justo a lo contrario.

No se preguntaba por qué el sentido de superioridad respecto a sus colegas no había provocado también una especie de condescendencia hacia sus camaradas, rasgo habitual en las personas verdaderamente fuertes. Pero, por lo visto, él no era fuerte.

A menudo se irritaba, gritaba e insultaba; después miraba con aire afligido a quienes había ofendido, pero nunca pedía perdón. Aunque se enfadaban con él, no le consideraban un mal hombre. En el Estado Mayor del frente de Stalingrado tenían muy buen concepto de él, mejor incluso que el que, en su tiempo, tuvieron de Nóvikov en el Estado Mayor del sureste. Corría el rumor de que páginas enteras de sus informes eran transcritas literalmente en los informes que gente importante dirigía a gente todavía más importante en Moscú. En una época crítica, su trabajo e inteligencia resultaban útiles y de vital importancia. Pero cinco años antes de la guerra, su mujer le había abandonado porque le consideraba un enemigo del pueblo que había sido capaz de esconder mediante engaño la flacidez e hipocresía que anidaban en su alma. Con frecuencia sus orígenes familiares, tanto por línea materna como paterna, habían sido un obstáculo a la hora de encontrar trabajo. Al principio se ofendía al enterarse de que el puesto que a él le habían negado había sido asignado a un hombre que se distinguía por su estupidez o su ignorancia. Al final acabó creyendo que en realidad no merecía que se le confiaran puestos de responsabilidad. Tras la temporada que había pasado en el campo se había convencido por completo de su ineptitud.

Pero el estallido de esta terrible guerra había demostrado que no era así.

Estiró el capote hacia sus hombros, exponiendo sus pies al aire frío que se filtraba a través de la puerta. Darenski se dijo que ahora que sus conocimientos y aptitudes por fin habían sido reconocidos, se encontraba acostado en el suelo de un gallinero escuchando los gritos penetrantes y aborrecibles de los camellos, sin soñar en dachas o balnearios, sino en un par ele calzoncillos limpios y en la posibilidad de lavarse con un pedazo de jabón decente.

Se sentía orgulloso de que su ascenso no comportara beneficios materiales, pero al mismo tiempo le irritaba. Su seguridad y arrogancia estaban asociadas a una acusada timidez en la vida cotidiana. En lo más íntimo creía que no era merecedor de los placeres materiales. La inseguridad constante, la falta de dinero, la sensación de llevar ropa usada y vieja le resultaban familiares desde la infancia. Tampoco ahora, cuando disfrutaba del éxito, le abandonaban aquellas sensaciones.

Le aterrorizaba la idea de presentarse un día en la cantina del Consejo Militar y que la chica de detrás del mostrador le dijera: «Camarada teniente coronel, usted debe comer en la cantina común». Y también que algún general bromista le dijera en una reunión, guiñándole el ojo: «Díganos, teniente coronel, ¿está espeso el borsch que dan en la cantina del Consejo Militar?». Siempre se sorprendía ante la seguridad autoritaria que exhibían los generales, pero también los fotógrafos de los periódicos, cuando comían, bebían, exigían gasolina, ropa y cigarrillos en lugares donde se suponía que no había ninguna de esas cosas.

Así era la vida. Durante años su padre no había logrado colocarse en ningún puesto, y la que sacaba la casa adelante era su madre, que trabajaba como taquígrafa.

A medianoche Bova dejó de roncar y Darenski, aguzando el oído ante el silencio que procedía de su catre, comenzó a inquietarse.

—¿No duerme, camarada teniente coronel? —preguntó de improviso Bova.

—No, estoy desvelado.

—Perdone que ayer no le acomodara mejor; bebí más de la cuenta —le explicó hoya—. Pero ahora tengo la cabeza despejada, como si no hubiera probado ni gota. Y estoy aquí preguntándome: ¿cómo hemos venido a parar a este rincón de mala muerte? ¿Quién tiene la culpa de que hayamos acabado en este agujero olvidado por Dios?

—¿Quién? Los alemanes, por supuesto.

—Échese en el catre, yo me tumbaré en el suelo —dijo Bova.

—Qué dice, estoy bien aquí.

—No, no está bien. La hospitalidad del Cáucaso no admite que el anfitrión ocupe la cama y el invitado duerma en el suelo.

—No importa, no somos caucásicos.

—Ya casi lo somos. Estamos cerca de las estribaciones del Cáucaso. Los alemanes, dice usted, son los responsables de que estemos aquí, pero no sólo ellos: nosotros también hemos puesto nuestro granito de arena.

Se oyó chirriar el catre: Bova, probablemente, se había levantado.

—Sí —dijo Bova, alargando la palabra con aire pensativo.

—Sí, sí, sí —dijo desde el suelo Darenski.

Bova había dado un rumbo insólito a la conversación. Los dos guardaron silencio, reflexionando si debían dar rienda suelta a semejante discurso con un desconocido. Al parecer llegaron a la misma conclusión: no valía la pena.

Bova se encendió un cigarrillo. A la luz de la cerilla, Darenski vio el rostro de Bova, arrugado, sombrío, extraño.

Darenski también prendió un cigarrillo. A la luz de la cerilla, Bova vio la cara de Darenski, apoyada sobre el codo; le pareció fría, altiva, extraña.

Y justo después de aquel reconocimiento mutuo dio inicio la conversación que no debería haber tenido lugar.

—Sí —dijo Bova, pero esta vez ya no alargó la palabra, sino que la pronunció de forma tajante y concisa—. La burocracia y los burócratas, eso es lo que nos ha traído hasta aquí.

—Sí —corroboró Darenski—, la burocracia es terrible. Mi conductor me ha contado que, antes de la guerra, en el campo no se podía obtener ningún documento si previamente no se regalaba medio litro de vodka.

—No es cosa de broma, no se ría —le interrumpió Bova—. La burocracia no es un chiste, ¿sabe? en tiempo de paz el diablo ha conducido a los hombres sabe adónde, pero en el frente…, en el frente la burocracia es aún más perniciosa. Mire, esto es lo que ocurrió en una unidad aérea: un piloto saltó de su avión en llamas, un Messer le había derribado; él salió intacto, pero se le quemaron los pantalones. ¿Y sabe qué sucedió? No querían proporcionarle otro par. El oficial de intendencia, dándoselas de amo y señor, le dijo que el plazo de uso de los anteriores no había vencido, ¡y asunto zanjado! el piloto estuvo tres días sin pantalones, hasta que el caso llegó a oídos del comandante de la escuadrilla.

—Eso, si me lo permite, es una estupidez —dijo Darenski—. No hemos retrocedido desde Brest hasta el desierto del Caspio sólo porque un idiota se haya negado a dar un par de pantalones nuevos. No vale la pena ni comentarlo. Son los tejemanejes burocráticos habituales.

Bova gimió con acritud y dijo:

—Yo no he dicho que fuera por culpa de los pantalones.

Deje que le ponga otro ejemplo: una unidad de infantería que había sido rodeada no tenía nada que comer. Entonces se ordenó a una escuadrilla que les lanzara víveres con paracaídas; pero la intendencia se negó a suministrar los comestibles. Es imprescindible, decían, que alguien firme el comprobante de entrega, y ¿cómo iban a firmar ellos si las provisiones eran lanzadas desde los aviones? el intendente se empecinó y se mantuvo en sus trece. Al final recibió una orden del alto mando.

Darenski sonrió.

—Es un caso cómico, pero de nuevo una minucia. Una pedantería. En primera línea la burocracia puede tener efectos mucho más monstruosos. ¿Conoce usted la orden «ni un paso atrás»? en cierto lugar los alemanes estaban machacando a cientos de los nuestros. Bastaba con replegarse a la otra pendiente de la colina para que los hombres estuvieran a resguardo. Desde el punto de vista táctico no se salía perdiendo, y habrían conservado intacto el equipamiento. Pero la orden era «ni un paso atrás», así que los dejaron bajo el fuego: los hombres perecieron y el material fue destruido.

—Sí, tiene razón —dijo Bova—. En 1941 enviaron a nuestro ejército a dos coroneles de Moscú para verificar esa misma orden. Pero no tenían coche, y en los últimos tres días habíamos retrocedido unos doscientos kilómetros desde Gomel. Recogí a los coroneles con el camión para que los alemanes no los capturasen, y ellos, estremeciéndose en la parte trasera, me preguntaron: «¿Qué medidas ha tomado para aplicar la orden “ni un paso atrás”?». Dichosos informes, qué se le va a hacer.

Darenski inspiró una gran bocanada de aire, como si se dispusiera a zambullirse más hondo y, evidentemente, se zambulló:

—Yo le diré cuándo es terrible la burocracia: cuando un solo ametrallador del Ejército Rojo defiende una posición contra setenta alemanes y logra retrasar la ofensiva enemiga; el soldado muere y todo el ejército se inclina ante él, pero a su mujer, enferma de tisis, la echan de casa mientras un oficial del sóviet del distrito le grita: «¡Fuera de aquí, pelandusca!». Burocracia es que un hombre tenga que rellenar veinticuatro formularios y que al final termine autoinculpándose en una reunión: «Camaradas, no soy uno de los vuestros». Es cuando un hombre reconoce que nuestro Estado está formado por obreros y campesinos, mientras que sus padres son nobles, parásitos, degenerados. «Adelante, arrojadme a la calle», dice. Entonces todo está en orden.

—Yo no interpreto eso como burocracia —dijo Bova—. En efecto, el Estado pertenece a los obreros y los campesinos, y es gobernado por ellos. ¿Qué hay de malo? Así es como debe ser. El Estado burgués no merece confianza.

Darenski se quedó estupefacto; su interlocutor, evidentemente, no compartía su punto de vista.

Bova encendió una cerilla pero en lugar de prender su cigarrillo iluminó en dirección a Darenski. Éste entornó los ojos con la sensación de quien cae en el campo de batalla bajo la luz del proyector enemigo.

—Yo soy de pura cepa proletaria —dijo Bova—; mi padre era obrero; mi abuelo, también. Mi historial está limpio como los chorros del oro. Pero por lo que parece, yo no servía para nada antes de la guerra.

—¿Por qué no? —se asombró Darenski.

—No interpreto como burocracia el hecho de que un Estado obrero y campesino mire con recelo a los nobles. Pero ¿por qué a mí, que soy proletario, me agarraron del cuello antes de la guerra? Pensé que iba acabar recogiendo patatas o barriendo las calles. Y, sin embargo, sólo había expresado un punto de vista de clase: había criticado a los jefes por vivir con lujos. Y la emprendieron a golpes conmigo. Ahí está, en mi opinión, la raíz de la burocracia: un obrero sufriendo en su propio Estado.

Darenski sintió al instante que con estas palabras su interlocutor había planteado algo muy importante, y puesto que no estaba acostumbrado a hablar de lo que le conmovía, ni tampoco a oír a otros hacerlo, experimentó una emoción indescriptible: la felicidad de quien habla sin tener que mirar a su espalda, sin temor a emitir su propia opinión, la felicidad de poder discutir sobre aquello que inquieta y agita sobremanera a la mente, y que precisamente porque inquieta y agita no se comenta con nadie.

Pero allí, echado sobre el suelo de la miserable casucha, mientras discutía con un simple soldado que acababa de despejarse de la borrachera, sintiendo a su alrededor la presencia de las tropas que desde la Ucrania occidental habían llegado a aquella tierra árida, Darenski sintió que todo era diferente. Se había producido un acontecimiento sencillo, natural, deseado y necesario; un acontecimiento inaccesible, inconcebible: una conversación sincera entre dos hombres.

—¿Sabe en qué se equivoca? —dijo Darenski—. Yo se lo diré. La burguesía no permite a los desarrapados acceder al Senado, es cierto; pero si un paria se convierte en millonario, lo dejan entrar. Los Ford comenzaron como simples trabajadores. Nosotros, en cambio, no confiamos en miembros de la burguesía ni de la aristocracia para los puestos de responsabilidad; es justo. Pero estigmatizar con el sello de Caín a un trabajador sólo porque su padre o su abuelo eran kulaks o sacerdotes es otra historia. Aquí el punto de vista de clase nada tiene que ver. ¿Cree que durante mis años en el campo no me encontré con obreros de la fábrica de Putílov o mineros del Donets? ¡A puñados! Nuestra burocracia da miedo cuando se comprende que no es un tumor en el cuerpo sano del Estado (un tumor siempre puede ser extirpado), sino el cuerpo mismo del Estado. En tiempo de guerra nadie quiere sacrificar su vida por la clase dirigente. Timbrar una solicitud con un «rechazado» o expulsar de un despacho a la viuda de un soldado puede hacerlo cualquier lacayo, pero para expulsar a los alemanes es preciso ser fuerte, hace falta ser un verdadero hombre.

—Sí, es cierto —asintió Bova.

—No crea que estoy resentido —dijo Darenski—. No, hago una reverencia y me quito el sombrero. ¡Gracias! Soy feliz. Lo malo es que para que yo pueda ser feliz y ofrecer a Rusia mis fuerzas tengamos que sufrir esta época tan terrible. Es una constatación amarga. Si ése es el precio, que se vaya a paseo mi felicidad, que sea maldita.

Darenski sentía que no había logrado llegar a lo más importante, a lo que constituía la esencia de la conversación, aquello que habría iluminado su vida con una luz clara y sencilla. Pero cuando menos, había tenido la posibilidad de pensar y hablar de cosas sobre las que a menudo ni se pensaba ni se hablaba, y aquello le procuraba una inmensa felicidad.

—¿Sabe?, pase lo que pase, nunca en mi vida lamentaré la conversación que hemos mantenido esta noche.

15

Mijaíl Sídorovich pasó más de tres semanas en una celda de aislamiento cerca del Revier. Estaba bien alimentado y dos veces al día le visitaba un médico de las SS que le había prescrito inyecciones de glucosa.

Durante las primeras horas de reclusión, cuando esperaba que lo llamaran para ser interrogado, Mijaíl Sídorovich no hacía otra cosa que enfurecerse consigo mismo: ¿por qué había hablado con Ikónnikov? Era evidente que el yuródivi le había traicionado endosándole aquellos papeles comprometedores antes del registro.

Pero los días transcurrían y Mostovskói seguía sin ser llamado. Entretanto repasaba mentalmente las conversaciones políticas mantenidas con otros prisioneros, preguntándose cuál de ellos podía ser reclutado para la organización secreta. Por la noche, cuando no lograba conciliar el sueño, redactaba el texto de las octavillas y empezó a compilar una guía de conversación del Lager para facilitar la comunicación entre detenidos de distintas nacionalidades.

Trataba de recordar las viejas leyes de la conspiración que habrían de evitar la debacle total en caso de denuncia por parte de un provocateur.

Mijaíl Sídorovich sentía el deseo de interrogar a Yershov y Ósipov sobre los primeros pasos de la organización. Estaba seguro de que conseguiría que Ósipov superara los prejuicios respecto a Yershov.

Chernetsov, que odiaba el bolchevismo y al mismo tiempo anhelaba la victoria del Ejército Rojo, le parecía una figura patética. Ahora, mientras esperaba el inminente interrogatorio, estaba casi tranquilo.

Una noche Mostovskói sufrió un ataque al corazón. Yacía con la cabeza contra la pared, sintiendo la horrenda angustia que atenaza a aquel que está a punto de morir encarcelado. Por un momento perdió el conocimiento a causa del dolor. Después volvió en sí; el dolor había remitido; tenía el pecho, la cara, las manos cubiertas de sudor. Sus pensamientos, aparentemente, recobraron la lucidez.

La conversación sobre el mal que había mantenido con el cura italiano se asociaba en su mente con la felicidad que había experimentado de niño, cuando de improviso empezó a llover a cántaros y se refugió en la habitación donde su madre estaba cosiendo; con el recuerdo de la mujer que había ido a visitarle durante su deportación a Yeniséi y con sus ojos anegados de lágrimas, pero lágrimas de felicidad; con el pálido Dzerzhinski, a quien, en un congreso del Partido, había preguntado sobre la suerte que había corrido un joven eserista muy amable. «Fusilado», dijo Dzerzhinski. Los ojos tristes del mayor Kiríllov… Cubierto con una sábana arrastraban sobre un trineo el cadáver de un amigo que había rechazado su ayuda durante el sitio de Leningrado.

La cabeza desgreñada del niño, llena de sueños, era la misma que aquel gran cráneo calvo, apoyado contra las tablas ásperas del Lager.

Al cabo de un rato los recuerdos comenzaron a desvanecerse, a perder su color, sus formas. Tenía la sensación de que se sumergía despacio en agua gélida. Se adormeció para escuchar de nuevo, en la oscuridad que precede al alba, el aullido de las sirenas.

Por la tarde Mijaíl Sídorovich fue conducido al baño del Revier. Suspirando con gesto descontento, examinó sus brazos delgados, el pecho hundido.

«Sí, contra la vejez no hay nada que hacer», pensó.

Cuando el soldado que le escoltaba desapareció tras la puerta dándole vueltas a un cigarrillo entre sus dedos, un prisionero estrecho de espaldas y picado de viruelas que estaba limpiando el suelo de cemento con un cepillo le dijo a Mostovskói:

—Yershov me ha ordenado que le transmita las noticias. En Stalingrado los nuestros están rechazando todos los ataques de los fritzes; todo está en orden. El mayor le pide que escriba una octavilla y que la entregue en el próximo baño.

Mostovskói quiso decirle que no tenía lápiz ni papel, pero en ese momento entró el guardia.

Mientras se vestía, Mostovskói sintió en el bolsillo un paquete. Contenía diez terrones de azúcar, un trozo de tocino envuelto en un trapito, un pedazo de papel blanco y el cabo de un lápiz.

La felicidad se apoderó de él. ¿Acaso podía desear algo más? Tenía la fortuna de vivir sus últimos días sin preocuparse por la esclerosis, el estómago, los espasmos cardíacos.

Estrechó contra el pecho los terrones de azúcar, el trozo de lápiz.

Aquella noche un suboficial de las SS le hizo salir del Revier y lo condujo a la calle del campo. Frías ráfagas de viento le azotaron en la cara. Mijaíl Sídorovich se volvió a mirar los barracones durmientes y pensó: «No os preocupéis muchachos, los nervios del camarada Mostovskói no cederán; dormid tranquilos».

Cruzaron las puertas de la dirección del campo. Allí, en lugar del tufo a amoníaco, flotaba en el aire un fresco olor a tabaco. Mostovskói vio en el suelo una colilla larga y sintió deseos de cogerla.

Dejaron atrás el segundo piso y subieron al tercero. El guardia ordenó a Mostovskói que se limpiara los pies en la alfombrilla y él mismo frotó sus suelas repetidas veces. Mostovskói, jadeando después de aquella subida, se esforzaba por recobrar el aliento.

Penetraron en un pasillo estrecho cubierto por una alfombra. Las lámparas semitransparentes en forma de tulipán difundían una luz tenue, suave. Pasaron por delante de una puerta pulida con una pequeña tablilla donde se leía «Comandante» y se detuvieron frente a otra puerta con la inscripción «Obersturmbannführer Liss».

Mostovskói había oído pronunciar a menudo aquel nombre: se trataba del representante de Himmler en la dirección del campo. A Mostovskói le había divertido que el general Gudz se enfadara porque Ósipov había sido interrogado por el propio Liss, mientras que a él le habían enviado con uno de sus subalternos. Gudz lo había interpretado como una falta de consideración. Ósipov contaba que Liss le había interrogado sin intérprete: Liss era un alemán de Riga con un buen dominio del ruso. Un joven oficial salió al pasillo, le dijo unas pocas palabras al guardia e hizo entrar a Mijaíl Sídorovich en el despacho, dejando la puerta abierta.

El despacho estaba vacío. Tenía el suelo cubierto por una alfombra, flores en un jarrón y un cuadro colgado de la pared, en el que podía verse la linde de un bosque y los tejados rojos de las casas campesinas. Mostovskói pensó que era como estar en el despacho del director de un matadero: alrededor, el estertor de las bestias moribundas, las vísceras humeantes, los hombres manchados de sangre, mientras que en el despacho del director todo estaba tranquilo y sólo los teléfonos negros sobre la mesa evocaban la comunicación existente entre el matadero y el despacho.

¡Enemigo! Qué palabra tan clara y sencilla. Volvió a pensar en Chernetsov, en su miserable destino durante esa época de Sturm und Drang. Pero con guantes de hilo… Mostovskói se miró las manos, los dedos.

Una puerta se abrió al fondo del despacho y a continuación la puerta que daba al pasillo se cerró con un chirrido; el guardia debía de haberla cerrado cuando vio entrar a Liss.

Mostovskói aguardaba de pie, con el ceño fruncido.

—Buenos días —dijo en voz baja un hombre no demasiado alto con el emblema de las SS en la manga de su uniforme gris.

En el rostro de Liss no había nada repulsivo, y por esa razón a Mijaíl le daba miedo mirarlo: su nariz aguileña, sus ojos vigilantes de un gris oscuro, la frente alta, las mejillas pálidas y demacradas… todo confería a su rostro una expresión ascética.

Liss esperó a que Mostovskói acabara de toser y luego dijo:

—Deseo hablar con usted.

—Yo, en cambio, no lo deseo —le respondió Mostovskói mientras miraba de reojo al rincón del despacho donde esperaba ver aparecer a los ayudantes de Liss: los torturadores que le molerían a golpes.

—Le comprendo perfectamente —dijo Liss—. Siéntese.

Ofreció asiento a Mostovskói en un sillón y se sentó a su lado.

Liss hablaba un ruso descarnado, esa lengua con regusto a cenizas frías de la que se nutren los folletos de divulgación científica.

—¿Se encuentra mal?

Mostovskói se encogió de hombros, sin decir nada.

—Sí, sí, lo sé. He enviado a un médico que me ha informado. Le he molestado en mitad de la noche. Pero tenía muchas ganas de hablar con usted.

«Sí, sí, claro», pensó Mostovskói, y dijo:

—Me han traído aquí para interrogarme. Usted y yo no tenemos nada de que hablar.

—¿Por qué? —preguntó Liss—. Todo lo que ve es mi uniforme; pero no nací dentro de él. El Führer, el Partido disponen, y nosotros, los soldados del Partido, obedecemos. Yo siempre he sido un teórico, me interesan las cuestiones filosóficas, la historia, pero soy un miembro del Partido. ¿Es que acaso a todos los agentes del NKVD les gusta su trabajo?

Mostovskói observó el rostro de Liss con detenimiento y pensó que aquella cara pálida de frente alta debería estar dibujada en la raíz del árbol de la evolución, que la evolución partía de él y daba origen al hombre peludo de Neanderthal.

—Si el Comité Central le hubiera ordenado que apoyara el trabajo de la Cheká, ¿habría podido negarse? No, habría apartado a Hegel a un lado y se habría puesto a trabajar. Es lo que yo he hecho.

Mijaíl Sídorovich volvió la mirada hacia su interlocutor: el nombre de Hegel, pronunciado por aquellos labios inmundos, sonaba extraño, sacrílego…

Si en un tranvía abarrotado se le hubiera acercado un ladrón peligroso, experto, y hubiera entablado conversación con él, no le habría escuchado; se habría limitado a seguir con la mirada sus manos, esperando ver de un momento a otro centellear la navaja de afeitar y dispuesto a golpearle en los ojos.

Liss levantó las palmas de sus manos, las miró y dijo:

—Nuestras manos son como las vuestras: aman el trabajo duro, no tienen miedo de ensuciarse.

En el rostro de Mijaíl Sídorovich apareció una mueca; le resultaba insoportable reconocer en aquel hombre sus propios gestos, sus palabras.

Liss comenzó a hablar deprisa, animadamente, como si ya hubiera charlado antes con Mostovskói y ahora se alegrara de tener la oportunidad de concluir la conversación interrumpida.

—Bastan veinte horas de vuelo para que pueda sentarse en el sillón de su despacho en la ciudad soviética de Magadán. Para nosotros usted está en su casa, pero no ha tenido suerte. Me apena cuando su propaganda hace coro a la propaganda de la plutocracia y habla de justicia partidista.

Liss meneó la cabeza. Y las palabras que siguieron fueron todavía más turbadoras, inesperadas, espantosas y disparatadas:

Cuando nos miramos el uno al otro, no sólo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. Ésa es la tragedia de nuestra época. ¿Acaso no se reconocen a ustedes mismos, su voluntad, en nosotros? ¿Acaso para ustedes el mundo no es su voluntad? ¿Hay algo que pueda hacerles titubear o detenerse?

Liss aproximó su rostro al de Mostovskói:

—¿Me comprende? No domino el ruso a la perfección, pero deseo tanto que me comprenda… Ustedes creen que nos odian, pero es sólo una apariencia: se odian a ustedes mismos en nosotros. Terrible, ¿no es cierto? ¿Me comprende?

Mijaíl Sídorovich decidió guardar silencio; no dejaría que Liss le arrastrara a aquella conversación.

Pero por un instante le dio la impresión de que el hombre que le miraba a los ojos no trataba de engañarle, que se esforzaba de verdad y escogía con tino las palabras. Parecía lamentarse, pidiéndole ayuda para encontrar el sentido a algo que le atormentaba.

Mostovskói se sentía mal. Tenía la sensación de que una aguja le estaba atravesando el corazón.

—¿Me comprende? —repitió enseguida Liss, demasiado excitado ya para ver a Mostovskói—. Cuando damos un golpe a su ejército lo infligimos contra nosotros mismos. Nuestros tanques no sólo han roto sus defensas, han quebrado también las nuestras; las orugas de nuestros tanques aplastan al nacionalsocialismo. Es horrible, es una especie de suicidio cometido en un sueño. Para nosotros puede acabar de manera trágica. ¿Lo comprende? Si ganamos, nosotros, los vencedores, nos quedaremos sin ustedes, solos contra un mundo que nos es extraño, que nos odia.

Habría sido fácil refutar las palabras de aquel hombre. Pero sus ojos se acercaron aún más a Mostovskói. Sin embargo había algo todavía más repugnante y peligroso que las palabras de aquel astuto provocateur de las SS, y es que, a veces, ya fuera con timidez o con malicia, Liss rasguñaba el corazón y el cerebro de Mostovskói. Eran dudas abominables y sucias que Mostovskói no encontraba en las palabras del otro, sino en su propia alma.

Como un hombre que tiene miedo a la enfermedad, que teme sufrir un tumor maligno, pero en lugar de ir al médico, finge no sentir malestar y trata de evitar las conversaciones sobre enfermedades con sus allegados. Y de repente, un día alguien le dice: «Oiga, usted siente estos dolores, ¿verdad? Especialmente por las mañanas, después de… sí, sí…».

—¿Me comprende, maestro? —preguntó Liss—. Un pensador alemán, seguro que usted conoce sus brillantes estudios, dijo que la tragedia de Napoleón consistía en que expresaba el alma de Inglaterra, y precisamente en Inglaterra tenía a su enemigo mortal.

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