Vida y destino
SEGUNDA PARTE » 35
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Un día después de que Grékov despachara a Sháposhnikov y Véngrova, Krímov, acompañado por un soldado, se puso en camino hacia la famosa casa sitiada por los alemanes.
Cuando salieron del Estado Mayor del regimiento la tarde era fría y luminosa. Apenas puso un pie en el patio asfaltado de la fábrica de tractores, Krímov sintió el peligro de muerte con mayor nitidez e intensidad que nunca antes en su vida. Al mismo tiempo, se sentía preso de entusiasmo y felicidad. El mensaje cifrado llegado de improviso del Estado Mayor del frente parecía confirmarle que en Stalingrado todo era diferente; allí existían otras relaciones, otros valores, otras exigencias respecto a las personas. Krímov volvía a ser Krímov, ya no era un mutilado en un batallón de inválidos sino un comisario de guerra bolchevique. Aquella misión, difícil y peligrosa, no le daba miedo. Era tan dulce y agradable leer de nuevo en los ojos del comisario de la división, en los ojos de Pivovárov, la expresión que siempre había visto en los colegas del Partido…
Un soldado yacía muerto en el suelo entre los restos de un mortero y el asfalto levantado por una explosión.
Quién sabe por qué, ahora que Krímov se sentía rebosante de esperanza, exultante, la visión de este cadáver le impresionó. Había visto muchos cadáveres antes, tantos que se había vuelto indiferente, pero en ese momento se estremeció: aquel cuerpo, tan lleno de muerte eterna, yacía como un pájaro, indefenso, con las piernas dobladas, como si tuviera frío.
Un instructor político vestido con un impermeable gris pasó corriendo, sosteniendo en lo alto un macuto bien lleno, mientras los soldados arrastraban con una lona impermeable minas antitanque entremezcladas con hogazas de pan.
El muerto, sin embargo, ya no necesitaba ni pan ni armas, no esperaba las cartas de su fiel esposa. Su muerte no le había hecho fuerte, sino más débil, un gorrión muerto al que no temen las moscas ni las mariposas.
Algunos artilleros estaban instalando un cañón en la abertura de un muro y discutían con los operadores de una ametralladora pesada. Por sus gestos Krímov pudo hacerse una idea aproximada de lo que estaban discutiendo.
—¿Sabes cuánto tiempo lleva aquí nuestra ametralladora? Vosotros todavía estabais holgazaneando en la orilla izquierda cuando nosotros ya habíamos comenzado a disparar.
—¡Un puñado de sinvergüenzas, eso es lo que sois!
Se oyó un aullido en el aire y un obús impactó en un rincón del taller. Los cascos golpearon contra las paredes. El soldado que abría paso a Krímov se volvió a mirar para asegurarse de que el comisario seguía vivo. En espera de que le alcanzara, dijo:
—No se preocupe, camarada comisario; nosotros consideramos esto la segunda línea, la profunda retaguardia.
Poco después Krímov comprendió que el patio junto al muro del taller era un lugar tranquilo.
Tuvieron que correr, tirarse boca abajo, luego volver a correr y de nuevo echarse cuerpo a tierra. Dos veces se vieron obligados a saltar a las trincheras ocupadas por la infantería, corrieron a través de los edificios en llamas donde en lugar de haber gente sólo silbaba el hierro…
—Al menos no hay bombarderos lanzándose en picado —dijo el soldado para reconfortar a Krímov. Y añadió—: Vamos, camarada comisario, metámonos en aquel cráter.
Krímov se dejó caer en el fondo de aquella fosa producida por una bomba, y miró hacia arriba: el cielo azul seguía estando sobre su cabeza y su cabeza estaba todavía sobre sus hombros. Causaba una extraña impresión sentir la presencia humana sólo a través de la muerte que los hombres enviaban desde todas partes, que aullaba y cantaba sobre su cabeza.
Y no resultaba menos extraño sentirse tan protegido en un cráter que había sido excavado precisamente por la pala de la muerte.
El soldado, sin darle tiempo a recobrar el aliento, le ordenó:
—¡Sígame!
—Y se arrastró a través de un pasadizo oscuro que apareció en el fondo de la fosa. Krímov se metió con dificultad detrás de él. Enseguida el estrecho pasadizo se ensanchó, el techo se hizo más alto y penetraron en un túnel. Bajo tierra aún se oía el rumor sordo de la tormenta que se desencadenaba en la superficie, el techo tembló y se oyeron repetidos estruendos en el túnel. Allí, donde se apiñaban tubos de hierro fundido y se ramificaban cables oscuros del grosor de un brazo humano, alguien había escrito con letras rojas sobre la pared: «Majov es un burro»». El soldado encendió la linterna un momento y dijo:
—Los alemanes están justo encima de nosotros.
Enseguida se desviaron por un pasadizo estrecho y se abrieron paso hacia una mancha gris pálido apenas perceptible. La mancha se hizo cada vez más clara y luminosa al fondo del pasadizo al mismo tiempo que las ráfagas de las metralletas y el rugido de las explosiones se volvía más fiero.
Por un instante a Krímov le pareció que estaba a punto de subir al patíbulo. Pero de pronto salieron a la superficie y lo primero que vio fue el rostro de varios hombres que estaban divinamente tranquilos.
Experimentó un sentimiento indescriptible, una mezcla de felicidad y alivio. Y ya no percibió aquella guerra furiosa como una frontera fatal entre la vida y la muerte, sino como un aguacero que caía lleno de fuerza y de vida sobre la cabeza de un joven viajero.
Tuvo la certeza lúcida y penetrante de que su destino estaba dando un nuevo y feliz viraje. Era como si viese su futuro a la clara luz del día: volvería a vivir con toda la fuerza de la mente, de la voluntad y de su ardor bolchevique.
La sensación de juventud y seguridad se mezclaba con la tristeza que le causaba el abandono de su mujer, la infinitamente dulce Yevguenia. Pero ahora no le parecía que la hubiera perdido para siempre. Volvería, al igual que habían vuelto su fuerza y su vida anterior. ¡La seguiría!
Un viejo con un gorro calado hasta las orejas estaba sentado frente a un fuego encendido en el suelo y con una bayoneta daba vueltas a los buñuelos de patatas que freía en una lámina de chapa; los que ya estaban cocinados los iba metiendo en un casco de metal. Cuando vio al agente de enlace que acompañaba a Krímov, el viejo soldado preguntó:
—¿Está Seriozha con vosotros?
—Acompaño a un superior —dijo el agente de enlace en tono arrogante.
—¿Cuántos años tiene, padre? —preguntó Krímov.
—Sesenta —respondió el viejo, y explicó—: Soy de la milicia obrera.
De nuevo miró al soldado.
—¿Está Seriozha con vosotros?
—En el regimiento no está, han debido de enviarle con el vecino.
—Lástima —dijo el viejo, enojado—. ¿Quién sabe qué será de él?
Krímov saludó a los soldados, se volvió a mirar y examinó las estancias del subterráneo con sus particiones de madera medio desmanteladas. En un rincón había un cañón de campaña apuntando a través de una tronera practicada en la pared.
—Como en un acorazado —dijo Krímov.
—Sí, sólo que aquí no hay mucha agua —replicó un soldado.
Un poco más a lo lejos, los morteros estaban dispuestos en las aberturas y agujeros de los muros. En el suelo había algunos obuses. En el mismo lugar, todavía más lejos, un acordeón estaba colocado cuidadosamente sobre una tela alquitranada.
—Aquí está la casa 6/1, que resiste y no se rinde a los fascistas —pronunció Krímov en voz alta—. Todo el mundo, millones de hombres, tiene los ojos puestos en vosotros y se alegra.
Nadie respondió.
El viejo Poliakov le tendió el casco metálico lleno de buñuelos.
—¿Y nadie escribe sobre cómo prepara Poliakov los buñuelos?
—Está de broma —dijo Poliakov—. Entretanto han echado de aquí a nuestro Seriozha.
—¿No han abierto todavía el segundo frente? —preguntó un operador de mortero—. ¿Se sabe algo?
—De momento no —respondió Krímov.
—Un día en que la artillería pesada abrió fuego desde el otro lado del Volga —explicó un hombre en camiseta con la chaqueta desabotonada—, Koloméitsev cayó derribado por la onda expansiva. Luego se levantó y dijo: «Bien, muchachos, se ha abierto el segundo frente».
—No digas tonterías —dijo un joven de cabellos oscuros—. Si no hubiera artillería no estaríamos aquí. Los alemanes nos habrían engullido hace tiempo.
—¿Dónde está vuestro comandante? —preguntó Krímov.
—Ahí lo tiene, se ha puesto en primera línea.
Grékov yacía sobre una montaña alta de ladrillos y miraba a través de los prismáticos. Cuando Krímov le llamó, volvió la cara con desgana y maliciosamente hizo una señal de advertencia llevándose un dedo a los labios; después volvió a concentrarse en sus prismáticos. Unos instantes después le comenzaron a temblar los hombros: se estaba riendo. Se deslizó y dijo sonriendo:
—Peor que en el ajedrez —y, después de observar los distintivos verdes y la estrella de comisario en la guerrera de Krímov, añadió—: Bienvenido a nuestra casa, camarada comisario de batallón. —Luego se presentó—: Grékov, el gerente de la casa. ¿Ha venido por nuestro pasadizo?
Todo en él —su mirada, sus movimientos rápidos y las ventanas anchas de su nariz chata— tenía algo insolente; el gerente de la casa era la insolencia en persona.
«No importa, ya te bajaré los humos», pensó Krímov.
Krímov comenzó a interrogarle. Grékov respondía perezoso, con gesto ausente, bostezando y mirando alrededor, como si las preguntas de Krímov le impidieran recordar algo verdaderamente serio e importante.
—¿Le gustaría ser relevado? —preguntó Krímov.
—No se moleste —respondió Grékov—. Mándenos sólo tabaco. Bueno, por supuesto, necesitamos bombas de mortero, granadas de mano y, si no es mucho pedir, un poco de vodka y manduca para un kukurúznik…[86]
Mientras enumeraba, contaba con los dedos de la mano.
—¿Así que no tiene intención de marcharse? —preguntó Krímov irritado pero admirando, muy a su pesar, la fea cara de Grékov.
Guardaron silencio y en aquel breve instante en que permanecieron callados, Krímov se sobrepuso al sentimiento de ser moralmente inferior a los hombres de la casa sitiada.
—¿Lleva un diario de las operaciones? —preguntó.
—No tengo papel —respondió Grékov—. No tengo donde escribir, no hay tiempo, y de todas maneras no sirve para nada.
—Ahora se encuentra bajo el mando del comandante del 176.º Regimiento de Fusileros —dijo Krímov.
—A sus órdenes, camarada comisario del batallón —respondió Grékov y añadió con aire burlón—: Cuando los alemanes cortaron este sector, yo reuní en este edificio hombres y armas, rechacé treinta ataques e incendié ocho carros, y por encima de mí no había ningún comandante.
—A fecha de hoy, ¿conoce el número exacto de soldados que están bajo su mando? ¿Lo tiene controlado?
—¿Para qué? No presento informes, no recibo raciones de la intendencia. Vivimos de patatas y agua podridas.
—¿Hay mujeres en la casa?
—Dígame, camarada comisario, ¿me está sometiendo a un interrogatorio?
—¿Alguno de sus hombres ha sido hecho prisionero?
—No.
—Bueno, ¿dónde está la radiotelegrafista?
Grékov se mordió el labio, enarcó las cejas.
—Aquella chica resultó ser una espía alemana. Intentó reclutarme. Luego la violé y la maté.
Estiró el cuello y le preguntó con sarcasmo:
—¿Es el tipo de respuesta que espera de mí? Veo que el asunto empieza a oler a batallón disciplinario. No es así ¿camarada comisario?
Krímov le miró unos instantes sin decir nada.
—Grékov, está llevando las cosas demasiado lejos. Yo también he estado sitiado. Y a mí también me han interrogado.
Tras una pausa prosiguió:
—He recibido la orden de que, en caso de necesidad debo destituirlo y asumir yo el mando. ¿Por qué me pone en este brete y me obliga a escoger ese camino?
Grékov estaba callado, pensaba, escuchaba, y al final observó:
—Llega la calma, los alemanes se han apaciguado.
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—Bien —dijo Krímov—. Vamos a sentarnos nosotros dos y a decidir la próxima acción.
—¿Por qué tenemos que sentarnos los dos? —replicó Grékov—. Aquí combatimos todos juntos y las acciones sucesivas las precisaremos todos juntos.
A Krímov le gustaba la insolencia de Grékov, pero al mismo tiempo le irritaba. Le entraban ganas de contarle el cerco al que había estado sometido en Ucrania, de hablarle de su vida antes de la guerra, para que Grékov no lo tomara por un burócrata. Pero intuía que si le dijera todo eso, pondría al descubierto su debilidad. Y él había ido a esa casa a mostrar su fuerza, no su debilidad. Él no era un funcionario de la sección política, sino un comisario militar.
«No pasa nada —se dijo a sí mismo—. El comisario sabe lo que tiene que hacer.»
Ahora que había un momento de calma, los hombres estaban sentados o medio acostados sobre los montones de ladrillos. Grékov se volvió a Krímov.
—Los alemanes ya no avanzarán más hoy. ¿Qué tal si comemos, camarada comisario?
Krímov se sentó al lado de Grékov, entre los hombres que descansaban.
—Mientras os miro a todos vosotros —dijo Krímov—, no dejo de pensar en ese viejo dicho: «Los rusos siempre han ganado a los prusianos».
Una voz indolente confirmó en un leve susurro:
—Ya lo creo.
Y ese «ya lo creo» expresaba tal ironía condescendiente hacia las frases hechas que provocó la risa generalizada de todos los presentes. Aquellos hombres conocían la fuerza que encerraban los rusos igual de bien que el hombre que en primer lugar había recordado que los rusos siempre han ganado a los prusianos. Por otra parte, ellos eran la expresión más directa de esa fuerza. Pero sabían y comprendían que los prusianos habían llegado hasta el Volga y Stalingrado porque los rusos no siempre habían ganado.
Krímov se sentía confuso. Por regla general no le gustaba que los instructores políticos alabaran a los jefes militares de tiempos pasados; las alusiones a Dragomírov en la Estrella Roja[87] herían su alma de revolucionario; encontraba inútil la introducción de las órdenes de Suvórov, Kutúzov, Bogdán, Jmelnitski. La revolución era la revolución, y su ejército no necesitaba más que una sola bandera: la roja.
En otro tiempo, cuando trabajaba en el seno del Comité Revolucionario de Odessa, había participado en la manifestación de estibadores y de los jóvenes comunistas venidos para bajar del pedestal la estatua de bronce del gran jefe del ejército que había encabezado la marcha de las tropas siervas rusas hasta Italia[88].
Y fue precisamente allí, en la casa 6/1, donde Krímov, tras pronunciar las palabras de Suvórov por primera vez en su vida, percibió la gloria, idéntica a lo largo de los siglos, del pueblo ruso en la batalla. Le daba la impresión de que sentía de una manera totalmente nueva no sólo el tema de sus conferencias sino también su vida entera. Pero ¿por qué precisamente hoy, cuando había recobrado el espíritu de la Revolución y de Lenin, tenían que apoderarse de él semejantes reflexiones y sentimientos?
Aquel indolente y burlón «ya lo creo» lanzado por uno de los soldados le había herido.
—Bueno, camaradas, no hace falta enseñaros a combatir —profirió Krímov—. Sois vosotros los que podéis dar clases a cualquiera. Pero ¿por qué el mando ha estimado necesario enviarme entre vosotros? En definitiva, ¿por qué estoy aquí?
—¿Por la sopa? —preguntó una voz tímida, sin malicia.
Pero la risa con que la compañía acogió esta proposición timorata fue cualquier cosa menos contenida. Krímov miró al gerente de la casa.
Grékov se reía como el que más.
—Camaradas —gritó Krímov, rojo de ira—. Pongámonos serios un momento; he sido enviado por el Partido.
¿Qué era todo aquello? ¿Un humor pasajero o una sedición? Las pocas ganas que aquellos hombres tenían de oír al comisario, ¿estaban generadas por la percepción de sus propias fuerzas, de su experiencia…? Tal vez la alegría de los soldados no contenía en sí nada subversivo, sino que nacía simplemente de la sensación de igualdad, tan fuerte en Stalingrado.
Pero ¿por que esa sensación de igualdad, que antes encantaba a Krímov, ahora sólo le suscitaba un sentimiento de rabia, el deseo de sofocarla y reprimirla?
Si la relación de Krímov con los soldados no cuajaba no era debido a que éstos estuvieran abatidos, preocupados o atemorizados. Allí los hombres conocían su propia fuerza, y ¿cómo era posible que ese sentimiento de fuerza que había surgido en ellos hubiera acabado por debilitar la relación con el comisario Krímov, que provocara extrañamiento y hostilidad de una y otra parte?
El viejo que había cocinado los buñuelos dijo:
—Hay algo que hace tiempo que quiero preguntar a algún miembro del Partido. Se dice, camarada comisario, que con el comunismo todo el mundo recibirá según sus necesidades, pero si la necesidad de todos es emborracharse desde la mañana, ¿cómo lo haremos? Todo el mundo estará borracho, ¿no?
Al girarse hacia el viejo, Krímov vio una preocupación no fingida en su rostro. Grékov, en cambio, se reía; reían sus ojos y las anchas ventanas de la nariz se le ensancharon todavía más.
Un zapador con la cabeza envuelta en una venda sucia y ensangrentada le preguntó:
—A propósito de los koljoses, camarada comisario. Estaría bien que los suprimieran después de la guerra.
—No estaría mal que nos diera una pequeña charla sobre el tema —dijo Grékov.
—No me han enviado para dar conferencias —dijo Krímov—. Soy un comisario militar y he venido a acabar con ciertas actitudes de partisano inaceptables que han arraigado en este edificio.
—Acabe con ellas —dijo Grékov—. Pero ¿quién acabará con los alemanes?
—No se preocupe, encontraremos la manera. No he venido aquí por la sopa, como alguno de vosotros ha dicho sino para daros a probar la cocina bolchevique.
—Adelante, acabe con las maniobras y prepare su cocina bolchevique.
Krímov, medio en broma pero al mismo tiempo serio, le interrumpió:
—Y si es necesario, camarada Grékov, le comeremos también a usted.
Ahora Nikolái Grigórievich se sentía tranquilo y seguro de sí mismo. Las dudas sobre cuál era la decisión más oportuna que tomar se habían disipado. Había que destituir al comandante Grékov.
Era evidente que Grékov constituía un elemento ajeno y hostil al poder soviético. Todo el heroísmo que se percibía en la casa sitiada no podía disminuir el hecho ni sofocarlo. Krímov sabía que acabaría con él.
Al caer la noche Krímov se acercó de nuevo a él y le dijo:
—Grékov, quiero hablar seriamente con usted, sin rodeos. ¿Qué quiere?
Éste, que permanecía sentado, lanzó una rápida ojeada de abajo arriba a Krímov, que estaba de pie frente a él, y le dijo en tono despreocupado:
—Quiero la libertad, eso es por lo que lucho.
—Todos queremos la libertad.
—¡Basta! —cortó Grékov—. A usted tanto le da la libertad. Lo único que le importa es dominar a los alemanes.
—No es momento para bromas, camarada Grékov —dijo Krímov—. ¿Por qué tolera las declaraciones políticamente incorrectas de algunos soldados, eh? Con la autoridad de la que goza podría ponerles fin igual de bien que un comisario. Pero la impresión que tengo es que los hombres sueltan sus fanfarronadas y le miran, esperando su aprobación. Por ejemplo, el hombre que se pronunció sobre los koljoses. ¿Por qué lo ha apoyado usted? Déjeme que le sea sincero. Si usted quiere, podemos arreglar todo esto juntos. Pero si no está dispuesto, debo advertirle que no estoy para bromas.
—En cuanto a los koljoses, ¿qué tiene de extraordinario lo que ha dicho ese hombre? A la gente no le gustan. Usted lo sabe igual que yo.
—¿Qué le pasa, Grékov? ¿Es que quiere cambiar el curso de la historia?
—¿Y usted quiere que todo vuelva a ser igual que antes?
—¿A qué se refiere con «todo»?
—Justamente a eso: todo. Volver a los trabajos forzados.
Grékov hablaba con voz indolente, dejando caer las palabras a regañadientes y con una buena dosis de sarcasmo.
De repente se levantó y dijo:
—Ya basta, camarada comisario. No estoy maquinando nada. Sólo le estaba tomando un poco el pelo. Soy tan soviético como usted. Su desconfianza me ofende.
—Muy bien, Grékov. Entonces, hablemos en serio. Debemos eliminar el mal espíritu anárquico y antisoviético que reina en la casa. Usted lo ha generado; ayúdeme a eliminarlo. Tendrá más oportunidades de combatir con gloria.
—Ahora tengo ganas de dormir. Y usted también tendría que descansar. Ya verá lo que sucede aquí mañana por la mañana.
—De acuerdo, Grékov. Continuaremos mañana. No tengo ninguna prisa, no voy a irme a ninguna parte.
Grékov se echó a reír.
—Encontraremos la manera de ponernos de acuerdo ya verá.
«Está claro —pensó Krímov—. No es momento para curas de homeopatía. Trabajaré con el bisturí. A los jorobados políticos no se les endereza con la persuasión.»
—En sus ojos hay bondad —soltó de repente Grékov—. Sin embargo usted sufre.
Krímov se quedó de una pieza, pero no dijo nada. Considerando que su reacción confirmaba sus palabras, Grékov confesó:
—Sabe, yo también sufro. Pero no es nada, un asunto personal. No es algo de lo que se pueda dar parte en un informe.
Por la noche, mientras dormía, Krímov fue herido en la cabeza por una bala perdida.
La bala le desgarró la piel y le arañó el cráneo. La herida no era grave, pero la cabeza le daba vueltas y no podía ponerse en pie. Todo el rato sentía náuseas.
Grékov ordenó que improvisaran una camilla y el herido fue evacuado de la casa sitiada.
Krímov, tumbado en la camilla, sentía que la cabeza le zumbaba y le daba vueltas y tenía punzadas constantes en las sienes.
Grékov acompañó al herido hasta la entrada del subterráneo.
—Mala suerte, camarada comisario —dijo.
De repente una sospecha asaltó a Krímov: ¿y si hubiera sido Grékov el que había disparado contra él aquella noche?
Al anochecer comenzó a vomitar y el dolor de cabeza se le intensificó. Pasó dos días en un batallón de sanidad de la división; luego fue trasladado a la orilla izquierda del Volga y alojado en un hospital de campaña.
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El comisario Pivovárov se abrió paso por las estrechas cuevas donde estaba instalado el batallón de sanidad y vio los heridos que yacían hacinados. No encontró allí a Krímov, que había sido evacuado la noche antes a la orilla izquierda.
«¡Qué extraño que le hayan herido tan rápido! —pensó Pivovárov—. No tiene suerte, o tal vez tenga mucha.»
Pivovárov también había ido al batallón de sanidad para valorar si valía la pena trasladar allí al comandante del regimiento Beriozkin.
Mientras recorría el camino inverso hacia el refugio del Estado Mayor, Pivovárov, que por poco no había muerto durante la marcha a causa del casco de una granada alemana, explicó al artillero Glushkov, el ayudante de campo de Beriozkin, que en el batallón de sanidad no había las condiciones necesarias para la cura del enfermo. Allí se amontonaban por doquier gasas ensangrentadas, vendas, algodones; sólo verlo daba miedo.
—Por supuesto, camarada comisario —dijo Glushkov—. Está mejor en su refugio.
—Sí —asintió el comisario—. Además, allí ni siquiera hacen distinciones entre un comandante de regimiento y un soldado raso: todos están en el suelo.
Y Glushkov, al que por rango le correspondía ser atendido en el suelo, dijo:
—Desde luego, eso no es conveniente.
—¿Ha hablado? —preguntó Pivovárov refiriéndose al enfermo.
—No —dijo Glushkov, haciendo un gesto con la mano—. Pero ¿cómo quiere que hable, camarada comisario? Le han traído una carta de su mujer y ni siquiera la ha mirado.
—¿Qué dices? —exclamó Pivovárov—. Debe de estar muy enfermo. Mal asunto, si no la lee.
Cogió la carta, la sopesó en la mano, la puso frente a la cara de Beriozkin y dijo con tono severo:
—Iván Leóntievich, ha recibido carta de su esposa. —Hizo una pausa y añadió en un tono totalmente diferente—: Vania, mira, una carta de tu esposa, ¿es que no lo entiendes? ¡Eh, Vania!
Pero Beriozkin no comprendía. Tenía la cara morada; sus ojos brillantes, penetrantes y dementes miraban fijamente a Pivovárov.
Durante todo el día la guerra golpeó obstinadamente el refugio donde yacía enfermo el comandante del regimiento. Casi todas las comunicaciones telefónicas habían quedado interrumpidas durante la noche. Sin embargo, el teléfono de Beriozkin seguía funcionando y no dejaban de llamar de la división, de la sección de operaciones del Estado Mayor; llamó Guriev, el comandante del regimiento de la división vecina, y telefonearon los jefes de batallón de Beriozkin: Podchufárov y Dirkin.
Los hombres trajinaban por el refugio, la puerta chirriaba y el toldo que Glushkov había colgado en la puerta golpeaba con furia.
Los soldados estaban atenazados por una sensación de inquietud y expectación desde la mañana. Aquel día, a pesar de estar caracterizado por los esporádicos disparos de artillería y los infrecuentes e inexactos ataques aéreos hizo nacer en muchos la angustiosa certeza de que los alemanes iban a lanzar la ofensiva. Esa certeza atormentaba por igual a Chuikov, al comisario del regimiento Pivovárov, a los soldados de la casa 6/1 y al comandante del pelotón de fusileros desplegado en la fábrica de tractores que llevaba bebiendo vodka desde la mañana para celebrar su cumpleaños en Stalingrado.
Cada vez que alguien en el refugio decía algo interesante o divertido, todos se giraban a mirar a Beriozkin: ¿es que no les oía?
El comandante de la compañía, Jrénov, explicaba a Pivovárov, con una voz ronca por el frío de la noche, que había salido antes del amanecer del subterráneo donde se encontraba su puesto de mando, se había sentado sobre una piedra y había aguzado el oído para saber si los alemanes estaban haciendo de las suyas. De repente una voz furiosa, perversa había resonado en el cielo:
—Eh, Jren[89], ¿por qué no has encendido los faroles?
Por un instante Jrénov se quedó asombrado, luego sintió pánico: ¿quién podía saber su apellido en el cielo? Después se dio cuenta de que era el piloto de un kukurúznik, que había encendido el motor y volaba por encima de él; por lo visto, quería lanzar víveres sobre la casa 6/1 y estaba enfadado porque no había ninguna indicación.
Todos los presentes en el refugio se giraron hacia Beriozkin: ¿Había sonreído, tal vez? Pero sólo a Glushkov le pareció que en los brillantes ojos vítreos del enfermo había aparecido una chispa de vitalidad. A la hora de comer el refugio se vació. Beriozkin continuaba acostado en silencio y Glushkov suspiraba: Beriozkin yacía y la tan esperada carta estaba a su lado, sin ser leída. Pivovárov y el mayor, el sustituto de Koshenkov, recientemente muerto, habían ido a atiborrarse de un borsch fabuloso y a pimplarse su ración de vodka. Glushkov sabe que ese borsch es excelente porque el cocinero ya se lo ha hecho probar. Y entretanto el comandante del regimiento, el jefe, no prueba bocado; apenas ha bebido un sorbo de agua de la jarra…
Glushkov abrió el sobre y, arrimándose al catre, leyó en voz baja, lenta y clara: «Hola, mi querido Vania, hola, amor mío, mi adorado…». Frunció el ceño y continuó descifrando en voz alta lo escrito. Leía al comandante, que yacía inconsciente, la carta de su mujer. Una carta que ya había sido leída por la censura militar, una carta tierna, triste y buena, una carta que sólo debería haber sido leída por un hombre en el mundo: Beriozkin.
Glushkov no se sorprendió demasiado cuando Beriozkin volvió la cabeza, alargó la mano y dijo:
—Deme eso.
Las líneas y las hojas de la carta temblaron en sus grandes y temblorosos dedos:
… Vania, aquí todo es muy bello. Vania, cuánto te echo de menos. Liuba no deja de preguntarme por qué papá no está con nosotras. Vivimos a orillas de un lago, la casa es cálida, la dueña tiene una vaca, leche, tenemos el dinero que nos enviaste, y yo por las mañanas salgo, y sobre el agua fría flotan las hojas amarillas y rojas de los arces, y todo alrededor está cubierto de nieve, por eso el agua es de un azul intenso, y las hojas son increíblemente amarillas increíblemente rojas. Y Liuba me pregunta: ¿por qué lloras? Vania, Vania, querido mío, gracias por todo, por todo, por tu bondad. ¿Por qué lloro? Es difícil explicarlo. Lloro porque vivo, lloro de pena porque Slava no está, y yo vivo; lloro de felicidad porque tú estás vivo, lloro cuando pienso en mamá, en mis hermanas, lloro por la luz de la mañana, porque todo alrededor es tan bello y hay tanta tristeza en todas partes, en mí, en todos. Vania, Vania, querido mío, mi bien amado…
Y ahora la cabeza le daba vueltas, todo alrededor se confundía, le temblaban los dedos y la carta temblaba en el aire candente.
—Glushkov —dijo Beriozkin—, hoy debo ponerme en condiciones. (A Támara le disgustaba esa expresión.) Dime, ¿funciona la caldera?
—La caldera está intacta. Pero ¿cómo piensa que va a ponerse mejor en un solo día? Tiene cuarenta grados, como el vodka; ¿cree que desaparecerán de golpe?
Con gran estruendo los soldados metieron rodando en el refugio un tonel de gasolina vacío. Llenaron el tonel metálico hasta la mitad con el agua turbia del río que, tras ser calentada, despedía un vapor caliente.
Glushkov ayudó a Beriozkin a desvestirse y lo acompañó hasta el tonel.
—Está ardiendo, camarada teniente coronel —dijo, tocando con la mano la pared del recipiente y retirando la mano—. Se va a asar ahí dentro. He llamado al camarada comisario, pero estaba en una reunión con el comandante de la división. Sería mejor esperarlo.
—¿Para qué?
—Si le pasara cualquier cosa, me pegaría un tiro. Y si no tuviera agallas, el camarada Pivovárov lo haría por mí.
—Venga, ayúdeme.
—Permítame al menos que llame al jefe del Estado Mayor.
—Ahora —dijo Beriozkin y, a pesar de que ese ronco y breve «ahora» había sido pronunciado por un hombre desnudo que apenas se tenía en pie, Glushkov dejó al instante de discutir.
Mientras se metía en el agua, Beriozkin gimió, lanzó un quejido, y Glushkov, sin perderle de vista, comenzó a gemir también y dio un paso hacia el recipiente.
«Como en una maternidad», se le ocurrió, quién sabe por qué.
Beriozkin perdió el conocimiento por un instante; su preocupación por la guerra, el calor de la fiebre, todo se confundió en una espesa niebla. De improviso se le paró el corazón y el agua insoportablemente caliente dejó de dolerle. Después volvió en sí y dijo a Glushkov:
—Hay que secar el suelo.
Pero Glushkov no perdió el tiempo con el agua que se desbordaba del recipiente. La cara amoratada del comandante del regimiento de pronto se volvió pálida, abrió la boca y sobre su cráneo afeitado asomaron gruesas gotas de sudor que a Glushkov le parecieron azuladas. Beriozkin estaba a punto de perder el conocimiento, pero cuando Glushkov intentó sacarlo del agua, dijo con voz firme:
—No, todavía no estoy listo.
Tuvo un acceso de tos, tras el cual Beriozkin ordenó sin tomar aliento:
—Añada un poco más de agua caliente.
Finalmente salió y Glushkov, al mirarlo, se sintió aún más desanimado.
Lo ayudó a secarse y a tumbarse en el catre, lo tapó con la colcha y varios capotes, y después lo arropó con todo lo que encontró en el refugio: lonas impermeables, chaquetones y pantalones guateados.
Cuando Pivovárov regresó al refugio, todo estaba en orden. Sólo flotaba el aire húmedo del vapor como en una casa de baños. Beriozkin yacía en silencio, adormecido. Pivovárov se inclinó sobre él.
«Tiene cara de hombre bueno —pensó Pivovárov—. Estoy seguro de que nunca ha firmado una delación.»
Durante todo el día a Pivovárov le había atormentado el recuerdo de su camarada de promoción, Shmelev al que cinco años antes había ayudado a desenmascarar como enemigo del pueblo. Durante esa siniestra y abrumadora calma le venía a la cabeza toda clase de tonterías entre ellas Shmelev, que durante la reunión pública le miraba de reojo con lástima y tristeza mientras escuchaba la lectura de la denuncia de su buen amigo Pivovárov.
A las doce en punto, Chuikov, pasando por encima del comandante de la división, telefoneó personalmente al regimiento acuartelado en la fábrica de tractores. Ese regimiento le daba muchas preocupaciones: el servicio de información le había comunicado que en ese distrito se estaban concentrando tanques y tropas de infantería alemanas.
—Y bien, ¿cómo están las cosas? —preguntó irritado—. ¿Quién dirige el regimiento? Batiuk me ha dicho que el comandante del regimiento tiene neumonía o algo así, y que quiere evacuarlo a la orilla izquierda.
Una voz afónica le respondió:
—Soy yo, el teniente coronel Beriozkin, el que está al mando del regimiento. He tenido un resfriado, pero ahora estoy bien.
—Perfecto —dijo Chuikov como si se alegrara de la desgracia ajena—. Estás muy ronco, ya se encargarán los alemanes de darte leche caliente. Lo tienen todo preparado, no tardarán en atacar.
—Comprendido, camarada —dijo Beriozkin.
—Ah, ¿has comprendido? —preguntó amenazante Chuikov—. Conviene que sepas que si se te pasa por la cabeza retroceder mí ponche de huevo no tendrá nada que envidiar a la leche de los alemanes.
23
Poliakov había acordado con Klímov dirigirse al regimiento durante la noche: el viejo deseaba tener noticias de Sháposhnikov.
Poliakov expresó sus intenciones a Grékov, que dijo en tono alegre:
—Vete, vete, padre, así descansarás un poco en la retaguardia y después nos explicarás cómo van las cosas por allí.
—¿Con Katia? —preguntó Poliakov, imaginando por qué Grékov había dado tan rápido su consentimiento.
—Ya no están en el regimiento —dijo Klímov—. He oído que el comandante los envió al otro lado del Volga. Probablemente ya hayan visitado el registro civil en Ájtuba.
—¿Es preciso que aplacemos el viaje? —preguntó Poliakov a Grékov con mordacidad—. ¿O quiere mandar una carta?
Grékov le lanzó una mirada rápida, pero respondió con voz calma:
—Ya lo habíamos acordado. Puede irse.
«Muy bien», pensó Poliakov. A las cinco de la madrugada salieron a través del estrecho pasadizo. A cada paso Poliakov se golpeaba con la cabeza contra los soportes y maldecía a Seriozha Sháposhnikov. Se sentía irritado y desconcertado por la intensidad del afecto que profesaba al muchacho.
El pasadizo se ensanchó y se sentaron a descansar un rato. Klímov le dijo, tomándole el pelo:
—¿Qué llevas en la bolsa, un regalito?
—Que se vaya al infierno ese mocoso —dijo Poliakov—. Debería haber cogido un ladrillo para estampárselo en la cabeza.
—Sí, claro —dijo Klímov—. Por eso has querido venir conmigo y estás dispuesto a cruzar el Volga a nado. ¿O es a Katia a la que quieres ver? ¿Te estás muriendo de celos?
—Vamos —dijo Poliakov.
Pronto salieron a la superficie y tuvieron que caminar por tierra de nadie. Todo estaba completamente silencioso.
«¿Es posible que haya terminado la guerra?», pensó Poliakov, y le vino a la cabeza con una vivacidad extraordinaria su habitación: un plato de borsch sobre la mesa mientras su mujer limpiaba el pez que él había pescado. Le embistió una ola de calor.
Aquella noche el general Paulus dio la orden de atacar el sector de la fábrica de tractores de Stalingrado. Dos divisiones de infantería debían avanzar a través de la brecha abierta por los bombarderos, la artillería y los tanques. Desde medianoche los cigarrillos habían resplandecido en las manos ahuecadas de los soldados.
Noventa minutos antes del amanecer los motores de los Junkers empezaron a zumbar sobre los talleres de las fábricas. Una vez hubo comenzado el bombardeo no se produjeron suspensiones ni treguas, y si había una brevísima pausa en medio de aquel fragor incesante enseguida se llenaba con los silbidos de las bombas que impactaban contra el suelo con su carga de hierro. Daba la impresión de que el estruendo continuo y denso, como el hierro fundido, podía partir el cerebro a un hombre, partirle la columna vertebral.
Comenzaba a clarear, pero en el sector fabril la noche persistía. Parecía que fuera la tierra misma la que lanzara relámpagos, estruendo, humo y polvo negro.
El golpe más violento cayó sobre el regimiento de Beriozkin y la casa 6/1. En todos los lugares donde el regimiento estaba desplegado, los hombres ensordecidos se levantaban sobresaltados, comprendiendo que esta vez los alemanes habían desatado su vandalismo con una potencia inusitada, sembradora de muerte.
Klímov y el viejo, sorprendidos en el bombardeo, se precipitaron hacia tierra de nadie, donde había cráteres producidos por bombas de una tonelada que habían explotado a finales de septiembre. Algunos soldados del batallón de Podchufárov habían tenido tiempo de escapar de las trincheras cubiertas de tierra y corrían en la misma dirección.
La distancia entre las trincheras rusas y alemanas era tan ínfima que el bombardeo cayó en parte sobre la primera línea alemana, donde tropas de asalto aguardaban el ataque.
Poliakov tuvo la impresión de que a lo largo del Volga encrespado se había desencadenado, con toda su fuerza, el viento bajo de Astraján. Poliakov cayó de bruces varias veces y, al caer, olvidaba en qué mundo se encontraba, si era joven o viejo, qué había arriba y qué abajo. Pero Klímov continuaba arrastrándolo y dándole ánimos. Al final se refugiaron en un cráter enorme y se deslizaron hasta el fondo, húmedo y pegajoso. Allí la oscuridad era triple: se mezclaban la negrura de la noche, del humo y del polvo. Era la oscuridad de una cueva.
Yacían el uno al lado del otro; en la cabeza del viejo y del joven vivía una dulce luz, la sed de vivir. Y aquella luz, aquella conmovedora esperanza, era la que ardía en todas las cabezas, en todos los corazones, pero no sólo en los de los hombres: también en los corazones sencillos de las fieras y los pájaros.
Poliakov renegaba en voz baja, echando toda la culpa a Seriozha Sháposhnikov, y musitó: «Aquí es donde me ha traído ese Seriozha». Pero en su corazón era como si rezara.
Aquella explosión de violencia parecía demasiado extrema para poder prolongarse. Pero el tiempo pasaba y el rugido de las explosiones no cesaba; la niebla de humo negro en lugar de despejarse se espesaba, uniendo cada vez más estrechamente cielo y tierra.
Klímov encontró a tientas la áspera mano de trabajador del viejo soldado y la apretó, y el movimiento afectuoso que obtuvo como respuesta le consoló por un instante en aquella tumba descubierta. Una explosión cercana hizo que cayera sobre sus cabezas una lluvia de terrones y piedras. Varios fragmentos de ladrillo golpearon al viejo en la espalda. Cuando grandes capas de tierra se desprendieron de las paredes del agujero, les entraron náuseas. Allí estaban, en el agujero donde habían ido a esconderse para no volver a ver la luz; pronto los alemanes vendrían del cielo a cubrirlo de tierra, nivelando los bordes.
Por lo general, cuando iba en misión de reconocimiento, a Klímov no le gustaba llevarse compañía y se alejaba hacia la oscuridad lo más rápido posible, como un experimentado nadador parte de la orilla arenosa y se lanza a la lúgubre profundidad del mar abierto. Pero allí, en la fosa, estaba contento de tener a Poliakov a su lado.
El tiempo había perdido su flujo uniforme, se había vuelto loco, se lanzaba hacia delante, como una onda expansiva; de repente se congelaba, daba vueltas sobre si mismo como los cuernos de un carnero.
Sin embargo, al final los hombres levantaron la cabeza: el viento había arrastrado el humo y el polvo y flotaba una penumbra confusa. La tierra se apaciguó y aquel rugido continuo y compacto fue espaciándose en explosiones separadas. Un desagradable cansancio se apoderó de sus almas; parecía que hubieran exprimido de su interior todas sus fuerzas vivas para no dejar más que la angustia.
Cuando Klímov se puso en pie, vio a un soldado alemán que yacía a su lado. Allí estaba, cubierto de polvo y maltratado por la guerra, un alemán de pies a cabeza. Klímov no temía a los alemanes, estaba seguro de su propia fuerza, de su asombrosa capacidad para apretar el gatillo, lanzar granadas, asestar un golpe de culata o acuchillar un segundo antes que su adversario.
Pero ahora estaba desconcertado, asombrado ante el pensamiento de que, ensordecido y cegado, se había sentido consolado por la presencia de aquel alemán, cuya mano había confundido con la de Poliakov. Se miraron. Ambos habían sido abatidos por la misma fuerza, y ninguno de los dos se sentía capaz de luchar contra ella; parecía que esa fuerza no protegía a ninguno de los dos, sino que constituía una terrible amenaza para ambos.
Se examinaban en silencio, los dos habitantes de la guerra. El automatismo perfecto e infalible, el instinto de matar que tanto el uno como el otro poseían, no había funcionado.
Poliakov, sentado algo más lejos, miraba también la cara barbuda del alemán. Y aunque no le gustara quedarse callado durante mucho rato, esta vez guardaba silencio.
La vida era terrible. Era como si pudieran comprender, como si cada uno pudiera leer en los ojos del otro que la fuerza que los había empujado a aquel foso y les había hundido la cara en el barro continuaría oprimiéndoles después de la guerra, tanto a los vencedores como a los vencidos.
Como obedeciendo un acuerdo tácito se apresuraron a trepar al exterior del cráter exponiendo la espalda y la nuca a un tiro fácil, pero absolutamente seguros de que aquello no iba a ocurrir.
Poliakov resbaló, pero el alemán que se arrastraba a su lado no le ayudó y el viejo rodó hasta el fondo, renegando y maldiciendo la luz clara, hacia la cual se encaramó con renovada obstinación. Cuando Klímov y el alemán alcanzaron la superficie, los dos se pusieron a mirar —uno hacia el este, el otro hacia el oeste—, no fuera a ser que sus jefes hubieran visto que los dos habían salido del mismo agujero sin haberse disparado. Luego, sin volverse, sin ni siquiera un adiós, ambos se dirigieron a sus respectivas trincheras a través de las colinas y los valles recién labrados, todavía humeantes.
—Nuestra casa ya no está, la han arrasado —dijo asustado Klímov a Poliakov, que se afanaba en llegar a su lado—. ¿Es posible que os hayan matado a todos, hermanos míos?
En aquel instante los cañones y las metralletas abrieron fuego y la infantería alemana comenzó a avanzar. Las tropas alemanas habían dado inicio a la gran ofensiva. Aquél fue el día más duro de Stalingrado.
—Toda la culpa es de ese maldito de Seriozha —farfulló Poliakov.
Aún no comprendía lo que había pasado, que todos habían muerto en la casa 6/1, los sollozos y las exclamaciones de Klímov le irritaban.
24
Durante el ataque aéreo una bomba golpeó el local subterráneo donde estaba instalado el puesto de mando del batallón y enterró al comandante de regimiento Beriozkin, al comandante de batallón Dirkin y al telefonista, que se encontraban allí en ese momento. Sumidos en una oscuridad espesa, ensordecidos, ahogados por el polvo de ladrillo, Beriozkin en un primer momento pensó que estaba muerto, pero Dirkin, tras un breve momento de silencio, estornudó y preguntó:
—¿Está vivo, camarada mayor?
—Sí —respondió Beriozkin.
Al oír la voz de su comandante, Dirkin recuperó su buen humor de siempre.
—Entonces, todo está en orden —dijo ahogándose por el humo, tosiendo y escupiendo, aunque a su alrededor no hubiera ningún orden.