Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 35

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Dirkin y el telefonista estaban cubiertos de cascajos y todavía no sabían si tenían algún hueso roto; no podían palparse. Una viga de hierro se combaba sobre sus cabezas y les impedía erguirse, pero era evidente que esa viga les había salvado la vida. Dirkin encendió una linterna. Envueltos en polvo, vieron algo espantoso. Sobre sus cabezas se agolpaban piedras, hierros retorcidos, cemento dilatado cubierto de aceite lubricante, cables rotos. Una sacudida de bomba más y de aquel estrecho refugio no quedaría nada en pie: el hierro y las piedras cederían sobre ellos.

Durante un rato permanecieron en silencio, acurrucados, mientras una fuerza frenética aporreaba contra los talleres.

«Estos talleres —pensó Beriozkin—, incluso muertos trabajan para la defensa: no resulta fácil quebrar cemento y hierro, destrozar un armazón.»

Después auscultaron las paredes, las palparon y comprendieron que no podrían salir por sus propias fuerzas. El teléfono estaba intacto, pero mudo: el cable había sido cortado.

Apenas podían hablar porque el estruendo de las explosiones cubría sus voces y, a causa del polvo, les asaltaban continuos accesos de tos.

Beriozkin, que el día antes yacía en cama con fiebre alta, ahora no sentía debilidad. En la batalla su fuerza doblegaba a comandantes y oficiales. Pero no se trataba de una fuerza militar y guerrera: era la fuerza sencilla y razonable de un hombre. Pocos eran los que la conservaban y manifestaban en el infierno del combate, y precisamente los hombres que poseían esa fuerza humana, civil, familiar y razonable eran los verdaderos maestros de la guerra.

El bombardeo cesó y los tres hombres atrapados bajo las ruinas oyeron un zumbido metálico. Beriozkin se sonó la nariz, tosió y dijo:

—Aúlla una manada de lobos, los tanques se dirigen a la fábrica de tractores —y añadió—: Nosotros estamos en su camino.

Tal vez porque las cosas no podían ir peor, el comandante de batallón Dirkin entonó entre accesos de tos, con voz alta y alérgica, la canción de una película:

Qué alegría, hermanitos, qué bella es la vida.

Con nuestro jefe no se puede sufrir…

El telefonista pensó que el comandante de batallón había perdido la cabeza; pero, de todos modos, tosiendo y escupiendo, se unió a su canto:

Mi mujer me llorará, pero se volverá a casar.

Se volverá a casar; pronto me olvidará…

Mientras tanto, en la superficie, entre el estruendo del taller, rodeado de humo, polvo y el rugido de los tanques, Glushkov se despellejaba las manos y con los dedos ensangrentados retiraba piedras, trozos de hormigón, doblaba las barras del armazón. Glushkov trabajaba febrilmente, como un loco; sólo la locura podía ayudarle a mover pesadísimas vigas de hierro, a realizar un trabajo para el cual se necesitaría la fuerza de diez hombres.

Beriozkin volvió a ver la luz polvorienta y sucia, mezclada con el fragor de las explosiones, con el rugido de los tanques alemanes, los disparos de los cañones y las ametralladoras. Y sin embargo era la luz del día, suave y clara; y al verla, el primer pensamiento de Beriozkin fue: «Ves, Tamara, no tienes de qué preocuparte, ya te dije que no es nada terrible».

Los brazos firmes y vigorosos de Glushkov le rodearon.

Con la voz entrecortada por los sollozos, Dirkin gritó:

—Camarada comandante del regimiento, soy el comandante de un batallón muerto.

Hizo un círculo con la mano alrededor.

—Vania está muerto. Nuestro Vania está muerto.

Señaló el cadáver del comisario del batallón que yacía de costado en un aterciopelado charco de sangre negra y aceite.

En comparación, el puesto de mando del regimiento había sufrido pocos daños; sólo la mesa y la cama habían quedado sepultadas bajo la tierra.

Al ver a Beriozkin, Pivovárov maldijo alegremente y se precipitó hacia él.

—¿Estamos en contacto con los batallones? —le preguntó Beriozkin—. ¿Qué hay de la casa 6/1? ¿Cómo está Podchufárov? Dirkin y yo quedamos atrapados en una ratonera, sin comunicación, sin luz. No sé quién está vivo y quién muerto, dónde estamos, dónde están los alemanes… No sé nada. ¡Deme un informe! Mientras vosotros combatíais, nosotros cantábamos.

Pivovárov le comunicó las pérdidas. Todos los ocupantes de la casa 6/1 habían muerto, incluido aquel escandaloso Grékov; sólo se habían salvado dos: un explorador y un viejo miliciano. Pero el regimiento había resistido el asalto alemán, y los hombres que todavía estaban vivos, vivían.

El teléfono sonó, y los oficiales, que se habían girado a mirar al soldado de transmisiones, comprendieron por su cara que al otro lado de la línea estaba el comandante supremo de Stalingrado.

El soldado pasó el auricular a Beriozkin; la recepción era nítida y los soldados, que entretanto permanecían callados, oyeron con claridad la voz grave y fuerte de Chuikov.

—¿Beriozkin? El comandante de la división está herido, el segundo jefe y el jefe del Estado Mayor han muerto. Le ordeno que asuma el mando de la división.

Después de una pausa, añadió con voz autoritaria y comedida:

—Has comandado el regimiento en condiciones imposibles, infernales, pero has aguantado el golpe. Te doy las gracias. Te abrazo, querido. Buena suerte.

Había comenzado la guerra en los talleres de la fábrica de tractores. Los vivos seguían vivos.

En la casa 6/1 se había hecho el silencio. De las ruinas no salía ni un disparo. Era evidente que la fuerza principal del ataque aéreo había recaído sobre la casa. Las paredes que aún quedaban en pie se habían derrumbado y el montículo de piedras se había nivelado. Los tanques alemanes abrían fuego contra el batallón de Podchufárov, mimetizándose con los restos de la casa muerta.

Las ruinas de la casa, que hasta hace poco constituían un terrible peligro para los alemanes, se habían transformado en un refugio seguro.

A lo lejos, los montones de ladrillos parecían enormes trozos de carne mojada y humeante, y los soldados alemanes de uniforme gris verdoso pululaban, como insectos zumbantes y excitados, entre los bloques de ladrillos de aquella casa desolada.

—Ahora mismo asumirás el mando del regimiento —dijo Beriozkin a Pivovárov, y añadió—: Durante toda la guerra mis superiores jamás se han sentido satisfechos conmigo. Y ahora que me he quedado sentado sin hacer nada, bajo tierra, cantando canciones, voy y recibo el agradecimiento de Chuikov, que me confía el mando de una división entera. Pero cuidado, no te dejaré pasar una.

25

Shtrum, Liudmila y Nadia llegaron a Moscú en unos días fríos en que la ciudad estaba cuajada de nieve. Aleksandra Vladímirovna no había querido interrumpir su trabajo en la fábrica y se había quedado en Kazán, a pesar de que Shtrum le había prometido que le conseguiría un trabajo en el Instituto Kárpov.

Eran días extraños, días en que la felicidad y la inquietud coexistían en los corazones. Parecía que los alemanes continuaban siendo fuertes y amenazadores, como si estuvieran preparando una nueva ofensiva.

No había ningún signo evidente de que la guerra hubiera experimentado un giro decisivo. No obstante, todo el mundo quería regresar a Moscú. Era lógico y natural, así como legítima era la decisión del gobierno de trasladar a la capital algunas instituciones que habían sido evacuadas.

La gente presagiaba ya el signo secreto de aquella primavera de guerra. Y con todo, la capital parecía triste y lúgubre en aquel segundo invierno de guerra.

Montones de nieve sucia cubrían las aceras. A las afueras de la ciudad había, como en el campo, pequeños senderos que comunicaban cada una de las casas con las paradas del tranvía y las tiendas de comestibles. A menudo se veían los tubos de hierro de estufas improvisadas echando humo a través de las ventanas, y las paredes de los edificios estaban cubiertas por una capa de hollín amarillo y congelado.

Los moscovitas, ataviados con pellizas cortas y pañuelos, tenían un aire provinciano, casi campesino.

En el trayecto desde la estación, Víktor Pávlovich miraba el rostro sombrío de Nadia. Estaban sentados sobre el equipaje en la parte trasera de un camión.

—¿Y bien, mademoiselle? —preguntó Shtrum—. ¿Te imaginabas así Moscú en tus sueños de Kazán?

Nadia, molesta porque su padre había adivinado su estado de ánimo, no contestó.

Víktor Pávlovich se puso a disertar:

—El hombre no entiende que las ciudades construidas por él no son parte integrante de la naturaleza. Si quiere defender su cultura de los lobos, de las tormentas de nieve o de las malas hierbas no puede permitirse soltar el fusil, la pala o la escoba. Basta con que se quede mirando las musarañas, que se distraiga uno o dos años, para que todo se vaya a pique: los lobos salen del bosque, los cardos florecen y todo queda sepultado bajo la nieve y el polvo. ¡Cuántas grandes capitales han sucumbido bajo el polvo, la nieve y la maleza!

Shtrum deseaba que también Liudmila, sentada en la cabina al lado del conductor, escuchase sus divagaciones. Se inclinó sobre un lado del camión y preguntó a través de la ventana medio bajada:

—¿Estás cómoda, Liuda?

—Es bien sencillo —replicó Nadia—, los barrenderos no han quitado la nieve. ¿A qué viene esa historia de la muerte de las culturas?

—No seas tonta —respondió Shtrum—. Mira esos bancos de hielo.

El camión dio una sacudida repentina y todos los bultos y las maletas saltaron en el aire, junto con Nadia y Shtrum. Se miraron y se echaron a reír.

¡Qué extraño era todo! ¿Cómo podría haber imaginado que lograría realizar su obra más importante en Kazán, durante un año de guerra, con todos los sufrimientos y vagabundeos que eso comportaba?

Esperaba sentir sólo una emoción solemne mientras se acercaba a Moscú. Esperaba que su pesar por su madre Anna Semiónovna, Tolia, Marusia, el pensamiento de las victimas que había en el seno de casi todas las familias, se mezclaría con la felicidad del regreso y llenaría su alma. Pero nada había sucedido según las expectativas.

Durante el viaje Shtrum se había enfadado por toda clase de tonterías. Le había irritado que Liudmila Nikoláyevna se pasara todo el trayecto durmiendo y no mirara por la ventana aquella tierra que su hijo había defendido. Mientras dormía, Liudmila roncaba con fuerza, y un herido de guerra que pasó por delante del vagón exclamó al oírla:

—¡Vaya, aquí sí que tenemos a un auténtico soldado de la guardia!

Nadia también le sacaba de sus casillas: con un egoísmo atroz elegía de la bolsa los bizcochos más dorados mientras que su madre recogía con escrúpulo los restos de la comida que dejaba. Y además, en el tren, Nadia había adoptado un tono estúpido y burlón en relación con su padre. Shtrum había oído por casualidad cómo decía en el compartimiento vecino: «Mi papá es un gran entendido en música e incluso sabe tocar el piano».

Las personas con las que viajaban en el compartimiento hablaban del alcantarillado de Moscú y la calefacción central, de la gente descuidada que no pagaba el alquiler y acababa perdiendo su alojamiento, y también acerca de los productos alimenticios que más convenía llevar a Moscú. A Shtrum le irritaban las conversaciones sobre temas domésticos, pero también él hablaba del administrador de la casa, de las cañerías del agua, y por la noche, cuando no podía conciliar el sueño, se preguntaba si no habrían cortado el teléfono y pensaba que tenía que conseguir cartillas de racionamiento.

Una vieja huraña encargada de hacer la limpieza en los vagones había encontrado, cuando barría el compartimiento, un hueso de gallina lanzado por Shtrum debajo de un asiento.

—Hay que ver —dijo—, menudos cerdos; y luego se hacen pasar por gente culta.

En Múrom, mientras caminaban por el andén, Shtrum y Nadia pasaron por delante de unos muchachos vestidos con chaquetas de cuello de astracán. Uno de los más jóvenes dijo:

—Mira, ahí tenemos un Abraham que vuelve de la evacuación.

—Sí —especificó otro—, Abraham se da prisa por recibir la medalla de la defensa de Moscú.

En la estación de Kanash, el tren se detuvo frente a un convoy de prisioneros. Los centinelas patrullaban a lo largo de los vagones de ganado, y contra las minúsculas ventanas enrejadas se apretaban las caras pálidas de los prisioneros, que gritaban: «Tabaco», «dadnos de fumar». Los centinelas los insultaban y les obligaban a apartarse de las ventanillas.

Por la noche Shtrum se acercó al vagón vecino, donde viajaban los Sokolov. Maria Ivánovna, con la cabeza cubierta por un pañuelo de colores, estaba preparando las camas; Piotr Lavréntievich dormiría en la litera inferior, ella, en la superior. Absorbida por la preocupación de si su marido estaría cómodo, respondía a las preguntas de Shtrum con aire distraído, olvidándose incluso de preguntar por Liudmila Nikoláyevna.

Sokolov bostezaba, se quejaba de que el calor del vagón le tenía agotado. Por alguna razón a Víktor le ofendió que Sokolov se mostrara ausente, por no hablar de la tibia bienvenida que le había dispensado.

—Es la primera vez en mi vida —dijo Shtrum— que veo a un marido obligar a su mujer a dormir en la litera de arriba, mientras que él se queda la de abajo.

Pronunció aquellas palabras en un tono irritado, y se asombró de que esa circunstancia le crispara hasta tal punto.

—Es lo que hacemos siempre —dijo Maria Ivánovna—. Piotr Lavréntievich se ahoga si duerme arriba, pero a mí me da igual.

Y le dio un beso en la sien a Sokolov.

—Bueno, me voy —dijo Shtrum. Y volvió a sentirse ofendido de que los Sokolov no intentaran retenerle.

Por la noche, hacía un calor sofocante en el vagón. Le venían a la mente toda clase de recuerdos: Kazán, Karímov, Aleksandra Vladímirovna, las conversaciones con Madiárov, su estrecho despacho en la universidad… Qué ojos tan encantadores y angustiados tenía Maria Ivánovna cuando Shtrum visitaba la casa de los Sokolov y pasaban la velada discutiendo de política. No había en ellos ese aire distraído y extraño que tenían hoy en el vagón.

«¡No hay derecho! —pensó—. Él duerme abajo, donde se está más cómodo y hace menos calor. Eso sí que es aplicar el Domostrói[90].»

Y enfadado con Maria Ivánovna, a la que consideraba la mejor de las mujeres, buena y dulce, pensó: «Es una coneja con la nariz roja. Piotr Lavréntievich es un hombre difícil donde los haya. Parece amable y comedido, pero en realidad es arrogante, reservado y vengativo. Sí, menuda cruz aguanta la pobre».

Sin lograr conciliar el sueño, se esforzaba en pensar en los amigos que pronto vería de nuevo, en Chepizhin y muchos otros que ya conocían su trabajo. ¿Cómo le acogerían? ¿Qué dirían Gurévich y Chepizhin? A fin de cuentas, volvía como vencedor.

Recordó que Márkov, que se había ocupado de todos los pormenores de la nueva planta experimental, no llegaría a Moscú hasta dentro de una semana y que sin él no podría comenzar el trabajo. «Es una lástima que Sokolov y yo sólo seamos unos desmañados, unos teóricos con las manos torpes, inútiles…»

Sí, vencedor, vencedor.

Pero estos pensamientos discurrían perezosos, se interrumpían.

Todavía veía en su cabeza las imágenes de aquellos hombres que gritaban «tabaco», «cigarrillos», y los jóvenes que le habían llamado Abraham. Un día, Postóyev había formulado en su presencia un extraño comentario a Sokolov; le estaba hablando del trabajo de un joven físico, Landesman, y Postóyev dijo: «¿Y qué más nos aporta Landesman ahora que Víktor Pávlovich ha sorprendido al mundo con un descubrimiento de primer orden?». Luego abrazó a Sokolov y añadió: «En cualquier caso, lo más importante es que usted y yo somos rusos».

¿Habrían cortado el teléfono? ¿Funcionaría el gas? ¿Acaso la gente, más de cien años antes, cuando regresaba a Moscú tras la derrota de Napoleón, pensaría en estas tonterías?

El camión paró muy cerca de su casa, y los Shtrum volvieron a ver las cuatro ventanas de su apartamento con las cruces de papel azul que habían pegado en los cristales durante el pasado verano, la puerta principal, los tilos en los márgenes de las aceras, el letrero con la inscripción «leche» y la placa del administrador de la casa en la puerta.

—Bueno, no creo que el ascensor funcione —dijo Liudmila Nikoláyevna, y volviéndose al conductor, le preguntó—: Camarada, ¿no podría ayudarnos a subir las cosas al segundo piso?

—Claro que sí —respondió el conductor—. Pero tendrán que pagarme con pan.

Descargaron el coche y dejaron a Nadia al cuidado del equipaje, mientras Shtrum y su mujer subían al apartamento. Ascendieron las escaleras despacio, sorprendiéndose de que nada hubiera cambiado: la puerta del primer piso revestida aún de hule negro, los familiares buzones… Qué extraño que las calles, las casas, las cosas que uno olvidaba no desaparecieran; qué extraño reencontrarlas, y volverse a ver entre ellas.

Una vez Tolia, cansado de esperar el ascensor, había subido corriendo al segundo piso y desde lo alto había gritado a Shtrum: «¡Eh, ya estoy en casa!».

—Descansemos en el rellano, te estás ahogando —dijo Víktor Pávlovich.

—Dios mío —exclamó Liudmila Nikoláyevna—. Mira en qué estado se encuentra la escalera. Mañana iré a ver al administrador. Obligaré a Vasili Ivánovich a organizar los turnos de limpieza.

Ahí estaban de nuevo, frente a la puerta de su casa, el marido y su mujer.

—¿Quieres abrir tú la puerta?

—No, no, ¿por qué? Abre tú; eres el dueño de la casa.

Entraron en el piso e inspeccionaron todas las habitaciones sin quitarse los abrigos.

Liudmila tocó con la mano el radiador, levantó el auricular del teléfono, sopló y dijo:

—Bueno, ¡parece que el teléfono funciona!

Después entró en la cocina y dijo:

—Hay agua; podemos utilizar los lavabos.

Se acercó al hornillo e intentó encender el gas, pero lo habían cortado.

Señor, Señor, al fin había acabado todo. El enemigo había sido detenido. Habían vuelto a casa. Parecía que fuera ayer aquel sábado 21 de junio de 1941… ¡Todo estaba igual, y todo había cambiado! Eran personas diferentes las que habían franqueado el umbral de la casa, tenían otros corazones, otro destino, vivían en otra época. ¿Por qué todo era tan cotidiano y al mismo tiempo generaba tanta ansiedad? ¿Por qué la vida de antes de la guerra, la vida que habían perdido, les parecía ahora tan bella y feliz? ¿Por qué les atormentaba tanto el pensamiento del mañana? Cartillas de racionamiento, permisos de residencia, el cupo de electricidad, el ascensor que funciona, el ascensor averiado, la suscripción a los periódicos… De nuevo, por la noche, oír desde la cama el viejo reloj dando las horas.

Mientras seguía a su mujer, Shtrum se acordó de repente de aquel día de verano en que había viajado a Moscú, cuando la hermosa Nina había bebido vino con él; la botella vacía todavía estaba en la cocina, cerca del fregadero.

Recordó la noche en que leyó la carta de su madre que le había traído el coronel Nóvikov, y su partida repentina a Cheliabinsk. Era allí donde había besado a Nina, donde una horquilla se le desprendió de los cabellos y no lograron encontrarla. De pronto le sobrecogió el miedo. ¿Y si aparecía la horquilla en el suelo? ¿Y si Nina se había olvidado la barra de labios o la polvera?

En aquel instante el conductor, respirando pesadamente, soltó la maleta y tras mirar la habitación preguntó:

—¿Todo este espacio es vuestro?

—Sí —respondió Shtrum con aire culpable.

—Nosotros tenemos ocho metros cuadrados para seis personas —dijo el conductor—. Mi vieja mujer duerme durante el día, cuando todo el mundo está en el trabajo, y se pasa la noche sentada en una silla.

Shtrum se aproximó a la ventana. Nadia estaba haciendo guardia junto al equipaje que habían descargado del camión, dando saltos y soplándose los dedos.

«Querida Nadia, querida hija indefensa, ésta es la casa donde naciste.»

El conductor subió una bolsa de comida y un portamantas lleno de ropa de cama; se sentó en una silla y comenzó a liarse un cigarrillo.

Parecía tan preocupado por la cuestión de la vivienda que incluso obsequió a Shtrum con comentarios acerca de las recomendaciones oficiales en materia de higiene y sobre los empleados de la Dirección Regional de la Vivienda que aceptaban sobornos.

De la cocina llegaba ruido de cacerolas.

—Una auténtica ama de casa —dijo el conductor, y le guiñó el ojo a Shtrum.

Shtrum miró otra vez por la ventana.

—Todo en orden —dijo el conductor—. Les daremos una tunda a los alemanes en Stalingrado, la gente volverá en masa de la evacuación y el tema de la vivienda empeorará aún más. Hace poco volvió a la fábrica un obrero que había resultado herido dos veces. Su casa, naturalmente, había sido bombardeada, así que a él y a su familia los instalaron en un sótano insalubre; y su mujer, por supuesto, estaba encinta, y sus dos hijos eran tuberculosos. El sótano se les inundó y el agua les llegaba a la altura de las rodillas. Pusieron tablas sobre los taburetes y así se desplazaban de la cama a la mesa, de la mesa al hornillo. Luego el hombre comenzó a presentar solicitudes. Escribió al comité del Partido, al raikom; escribió incluso a Stalin; pero no obtuvo más que promesas. Una noche cogió a su mujer, sus hijos y sus trastos y se instaló en el cuarto piso que estaba reservado para el soviet del distrito. Una habitación de ocho metros y cuarenta y tres centímetros. ¡Vaya escándalo se armó! Fue llamado por el fiscal, que le dijo que debía desalojar la habitación en veinticuatro horas o le caerían cinco años en un campo y sus hijos serían internados en un orfanato. ¿Qué hizo él? Había recibido condecoraciones en la guerra, de modo que se las clavó en el pecho, en carne viva, y se colgó allí mismo, en el taller, durante la pausa del almuerzo. Los muchachos se dieron cuenta, cortaron la cuerda y la ambulancia se lo llevó a toda prisa al hospital. En un abrir y cerrar de ojos le dieron lo que pedía, antes incluso de que saliera del hospital. Ha tenido suerte: el espacio es pequeño, pero con todas las comodidades. Le salió bien la jugada.

Cuando el conductor terminó de contar la historia, hizo su entrada Nadia.

—Y si roban el equipaje, ¿quién se hace responsable? —preguntó el conductor.

Nadia se encogió de hombros y dio una vuelta por las habitaciones, soplándose los dedos congelados.

En cuanto Nadia entró en la casa, Shtrum se sintió de nuevo irritado.

—Al menos desabróchate el cuello —le dijo, pero Nadia le dio la espalda y gritó en dirección a la cocina:

—¡Mamá, me muero de hambre!

Liudmila Nikoláyevna desplegó una energía tan extraordinaria aquel día que Shtrum pensó que, si hubieran dispuesto de semejante fuerza en el frente, los alemanes habrían retrocedido cien kilómetros más desde Moscú.

El fontanero encendió la calefacción; las tuberías se hallaban en buen estado, aunque, a decir verdad, apenas calentaban. Llamar al hombre del gas no fue tarea fácil. Liudmila Nikoláyevna logró hablar por teléfono con el director de la red de gas, que envió a un empleado del servicio de reparaciones. Liudmila Nikoláyevna encendió todos los quemadores, colocó encima las planchas y, aunque la llama era débil, pudieron quitarse los abrigos. Después de los servicios del conductor, el fontanero y el hombre del gas, la bolsa del pan se había aligerado considerablemente.

Hasta bien entrada la noche, Liudmila Nikoláyevna se ocupó de las tareas domésticas. Envolvió la escoba con un trapo y quitó el polvo del techo y las paredes. Limpió la araña, sacó las flores secas a la escalera de servicio, reunió un montón de cachivaches, papeles viejos y trapos; Nadia, refunfuñando, tuvo que bajar tres veces el cubo de la basura.

Liudmila Nikoláyevna lavó toda la vajilla de la cocina y el comedor, y Víktor Pávlovich, bajo sus órdenes, secó los platos, los tenedores y los cuchillos, pero su mujer no le confió el servicio de té. Se puso a hacer la colada en el lavabo, desheló la mantequilla sobre el fuego y seleccionó las patatas que habían traído de Kazán.

Shtrum llamó por teléfono a Sokolov y respondió Maria Ivánovna.

—He mandado a Piotr Lavréntievich a la cama; estaba cansado del viaje, pero si se trata de un asunto urgente, lo despierto.

—No, no, sólo quería charlar con él —explicó Shtrum.

—Estoy tan contenta —dijo Maria Ivánovna—. Sólo tengo ganas de llorar.

—Venga a vernos —le propuso Shtrum—. ¿Quiere visitarnos esta noche?

—Ni hablar; hoy, imposible —dijo riendo Maria Ivánovna—. ¡Con todo el trabajo que tenemos Liudmila y yo!

Maria le preguntó sobre el racionamiento de la electricidad, las cañerías del agua, y Víktor, inesperadamente brusco, la interrumpió:

—Ahora llamo a Liudmila; ella continuará con usted esta conversación sobre tuberías.

Y enseguida añadió en tono jocoso:

—¡Qué pena tan grande que no pueda venir! Habríamos leído el poema de Flaubert Max y Maurice.

Pero ella no respondió a la broma.

—La llamaré más tarde —replicó—. Con todo el trabajo que me está dando una sola habitación, me imagino lo que será para Liudmila.

Shtrum comprendió que la había ofendido con su tono grosero. Y de repente deseó estar en Kazán. ¡Qué extraño es el ser humano!

Después Shtrum intentó llamar a los Postóyev, pero su teléfono parecía estar cortado.

Telefoneó a su colega, el doctor en ciencias Gurévich, pero los vecinos le dijeron que se había ido con su hermana a Sokólniki.

Llamó a Chepizhin, pero nadie contestó.

De repente sonó el teléfono y una voz de chico preguntó por Nadia, que en ese momento estaba haciendo su enésimo viaje con el cubo de basura.

—¿De parte de quién? —preguntó Shtrum, severo.

—No tiene importancia, un conocido.

—Vitia, ya has hablado demasiado por teléfono, ayúdame a mover el armario —le llamó Liudmila Nikoláyevna.

—¿Con quién quieres que hable? Nadie me necesita en Moscú —dijo Shtrum—. Si al menos me dieras algo que llevarme al estómago… Sokolov se ha llenado la panza y se ha ido a dormir ya.

Daba la impresión de que Liudmila sólo había aportado más desorden a la casa: había pilas de ropa por doquier, platos fuera de las estanterías amontonados en el suelo; cacerolas, tinas y sacos impedían el paso por las habitaciones y el pasillo.

Shtrum pensaba que Liudmila tardaría un tiempo en entrar en la habitación de Tolia, pero estaba equivocado.

Con los ojos inquietos y las mejillas sonrosadas, Liudmila le dijo:

—Vitia, Víktor, deja el jarrón chino en la habitación de Tolia, sobre la estantería. Lo he lavado.

El teléfono volvió a sonar. Oyó a Nadia responder:

—¡Hola! No, no había salido. Mi madre me mandó bajar la basura.

Pero Liudmila Nikoláyevna le apremiaba:

—Échame una mano, Vitia, no te duermas, hay mucho que hacer.

¡Qué poderoso instinto anida en el alma femenina! ¡Qué instinto más fuerte y sencillo!

Por la noche el caos había sido vencido, las habitaciones estaban caldeadas y habían comenzado a mostrar el aspecto que tenían antes de la guerra.

Cenaron en la cocina. Liudmila Nikoláyevna horneó algunas tortas secas y cocinó albóndigas de mijo con las gachas preparadas por la tarde.

—¿Quién te ha llamado? —preguntó Shtrum a su hija.

—Bueno, un chico —respondió Nadia, y se echó a reír—. Hace cuatro días que me estaba llamando y hoy por fin me ha encontrado.

—¿Le escribías o qué? ¿Le has avisado de que llegábamos? —preguntó Liudmila Nikoláyevna.

Nadia, irritada, arrugó la frente y se encogió de hombros.

—Yo estaría contento incluso si me telefoneara un perro —dijo Shtrum.

Durante la noche Víktor Pávlovich se despertó. Liudmila, en camisón, estaba ante la puerta abierta de la habitación de Tolia y decía:

—Ya ves, Tólenka, he tenido tiempo de arreglar también tu habitación, y al verla, nadie pensaría que ha habido una guerra, mi querido niño…

26

A su regreso de la evacuación, los científicos se reunieron en una de las salas de la Academia de las Ciencias. Todos aquellos hombres, viejos y jóvenes, pálidos, calvos, de ojos grandes o pequeños y penetrantes, de frente alta o baja, al reunirse, percibían una de las formas más elevadas de poesía que existe, la poesía de la prosa.

Sábanas húmedas y páginas enmohecidas de libros abandonados durante demasiado tiempo en habitaciones sin caldear, clases impartidas con el abrigo puesto y el cuello subido, fórmulas escritas con los dedos rojos y congelados, ensalada moscovita hecha a base de patatas viscosas y algunas hojas de col rotas, los empujones por los cupones de comida, el pensamiento tedioso de las listas en las que había que inscribirse para obtener pescado salado, una ración suplementaria de aceite… Todo aquello de repente perdió importancia. Los conocidos, al encontrarse se profesaban ruidosas muestras de afecto.

Shtrum vio a Chepizhin en compañía del académico Shishakov.

—¡Dmitri Petróvich! ¡Dmitri Petróvich! —repitió Shtrum, mirando aquella cara que le era tan querida.

Chepizhin lo abrazó.

—¿Le escriben sus chicos desde el frente? —preguntó Shtrum.

—Sí, sí, están bien.

Y por la manera en que Chepizhin frunció el ceño, sin sonreír, Shtrum entendió que estaba al corriente de la muerte de Tolia.

—Víktor Pávlovich —dijo—. Transmita a su mujer mis más profundos respetos. Los míos y los de Nadiezhda Fiódorovna.

Y enseguida añadió:

—He leído su trabajo, es muy interesante, es un trabajo importante, mucho más de lo que pueda parecer a primera vista. ¿Comprende?, más interesante de lo que actualmente podamos imaginarnos.

Y besó a Shtrum en la frente.

—Pero qué dice; tonterías, tonterías —rebatió Shtrum, sintiéndose confuso y feliz al mismo tiempo.

Mientras se dirigía a la reunión, le asaltaban los pensamientos más variados: ¿quién habría leído su trabajo? ¿Qué habrían dicho de él? ¿Y si nadie lo había leído?

Añora, tras las palabras de Chepizhin, le invadió la certeza de que sólo se hablaría de él y de su descubrimiento.

Shishakov estaba allí al lado, y Shtrum tenía ganas de contarle a su amigo infinidad de cosas que no pueden decirse en presencia de un extraño, especialmente en presencia de Shishakov.

Cuando Shtrum miraba a Shishakov, a menudo le venía a la cabeza la graciosa definición de Gleb Uspenski: «Un búfalo piramidal».

La cara cuadrada y carnosa de Shishakov, su boca arrogante e igualmente carnosa, sus dedos rechonchos con las uñas pulidas, sus cabellos de erizo color gris plata, sus trajes siempre bien cortados: todo aquello apabullaba a Shtrum. Cada vez que se encontraba con él se descubría pensando: «¿Me reconocerá?». «¿Me saludará?». Y furioso consigo mismo, se alegraba cuando Shishakov pronunciaba despacio, con sus labios carnosos, palabras que tenían algo bovino, pulposo.

—¡Un toro altivo! —había dicho Shtrum a Sokolov una vez, refiriéndose a Shishakov—. Me hace sentir tan intimidado como un judío de shtetl en presencia de un coronel de caballería.

—Y pensar —proseguía Sokolov— que es conocido en todas partes por no haber reconocido un positrón en una fotografía. ¡Todos los estudiantes de doctorado están al corriente del error del académico Shishakov!

Sokolov muy raramente hablaba mal de la gente, en parte por prudencia, en parte por un sentido religioso que le prohibía juzgar al prójimo. Pero Shishakov le causaba a Sokolov una irritación irrefrenable, y Piotr Lavréntievich a menudo lo criticaba, se mofaba de él. No podía contenerse.

Se pusieron a hablar de la guerra.

—El avance alemán ha sido frenado en el Volga —dijo Chepizhin—. Ahí está la fuerza del Volga. ¡Agua viva, una fuerza viva!

—Stalingrado, Stalingrado —dijo Shishakov—. El triunfo de nuestra estrategia y la determinación de nuestro pueblo.

—Alekséi Alekséyevich, ¿está enterado de la última obra de Víktor Pávlovich? —le preguntó Chepizhin de repente.

—He oído hablar de ella, por supuesto, pero todavía no la he leído.

La cara de Shishakov no dejaba entrever qué era lo que había oído decir exactamente de la obra de Shtrum.

Shtrum miró largo rato a los ojos de Chepizhin. Quería que su viejo amigo y maestro comprendiera todo por lo que había pasado, que adivinara sus privaciones y sus dudas. Pero los ojos de Shtrum también descubrieron tristeza, los pensamientos lúgubres y el cansancio senil de Chepizhin.

Sokolov se les acercó y mientras Chepizhin le estrechaba la mano, el académico Shishakov deslizó su mirada despectiva sobre la vieja chaqueta de Piotr Lavréntievich. En cambio, cuando Postóyev se unió a ellos, Shishakov sonrió satisfecho con toda la carne de su gruesa cara y exclamó:

—¡Buenos días, buenos días, amigo! He aquí alguien a quien me alegro de ver.

Intercambiaron información sobre sus respectivas mujeres, hijos, dachas, estado de salud, como grandes, grandísimos señores.

Shtrum susurró a Sokolov:

—¿Qué tal se han instalado? ¿Su casa está caldeada?

—De momento no estamos mejor que en Kazán. Masha ha insistido en que le saludara de su parte. Lo más probable es que mañana pase a visitarles.

—Estupendo —dijo Shtrum—. Comenzábamos a echarla de menos, acostumbrados como estábamos en Kazán a verla cada día.

—Ya, cada día —repitió Sokolov—. Para mí que Masha iba a verles al menos tres veces al día. Llegué a proponerle que se fuera a vivir con ustedes.

Shtrum se echó a reír y pensó que su risa no sonaba del todo espontánea. El académico Leóntiev, un matemático narigudo, con un imponente cráneo calvo y unas gafas enormes de montura amarilla, entró en la sala. Una vez, cuando Shtrum y él vivían en Gaspra, habían ido juntos a Yalta. Habían bebido mucho vino en una tienda; luego habían entrado tambaleándose en la cantina de Gaspra y entonado una canción indecente, que alarmó al personal y provocó las risas de los veraneantes. Al ver a Shtrum, Leóntiev sonrió. Víktor bajó ligeramente la mirada, esperando a que Leóntiev le dijera algo acerca de su trabajo.

Pero al académico, en cambio, le vinieron a la cabeza sus aventuras en Gaspra; hizo un gesto con la mano y gritó:

—Bueno, Víktor Pávlovich, ¿qué tal si cantáramos un poco?

Entró un joven con el pelo oscuro que llevaba puesto un traje negro, y Shtrum se dio cuenta de que el académico Shishakov se precipitaba a saludarlo.

Al joven también se le acercó Suslakov, encargado de asuntos importantes a la par que misteriosos en el presídium de la Academia: se sabía que su ayuda era más útil que la del presidente para poder trasladar a un doctor en ciencias de Alma-Ata a Kazán o para obtener un apartamento. Era un hombre de rostro cansado, de esos que trabajan por la noche, con las mejillas ajadas de color ceniza; pero todo el mundo necesitaba de su apoyo.

Todos se habían acostumbrado a que Suslakov fumara Palmira durante las asambleas, mientras que los académicos fumaban tabaco ordinario, y que al salir de la Academia no fueran las celebridades las que se ofrecieran a llevarle en su automóvil sino que fuera él quien, encaminándose a su ZIS, invitara a las celebridades con un «Venga, que le doy un paseo».

Ahora Shtrum, observando la conversación entre Suslakov y el joven de pelo oscuro, se daba cuenta de que este último no le estaba pidiendo ningún favor: por elegante que sea la manera de pedir siempre se puede adivinar quién está pidiendo a quién; aun al contrario, el joven parecía estar deseando que la conversación acabara lo antes posible. El joven saludó a Chepizhin con un respeto reverencial, pero ese respeto estaba teñido de un desprecio imperceptible, y sin embargo, al mismo tiempo, perfectamente palpable.

—A propósito, ¿quién es ese joven con aires de gran señor? —preguntó Shtrum.

Postóyev le respondió a media voz:

—Trabaja desde hace poco en la sección científica del Comité Central.

—¿Sabe? —dijo Shtrum—, tengo una sensación asombrosa. Me parece que nuestra tenacidad en Stalingrado es la misma tenacidad que la de Newton y Einstein, que la victoria en el Volga significa el triunfo de las ideas de Einstein. Bueno, ya entiende lo que quiero decir.

Shishakov soltó una risa de perplejidad y negó ligeramente con la cabeza.

—¿Es posible que no me entienda, Alekséi Alekséyevich? —dijo Shtrum.

—Oscuras aguas nebulosas —dijo sonriendo el joven de la sección científica, que apareció de improviso al lado de Shtrum—. Supongo que la supuesta teoría de la relatividad nos permite establecer un vínculo entre el Volga ruso y Albert Einstein.

—¿Por qué supuesta? —preguntó Shtrum asombrado, y arrugó el entrecejo ante la hostilidad maliciosa de la que estaba siendo objeto.

Miró al piramidal Shishakov en busca de apoyo, pero evidentemente el plácido desprecio de Shishakov se extendía hasta Einstein.

Shtrum fue presa de una irritación incontenible un sentimiento dañino se apoderó de él. Aquello le pasaba a veces: algo le infligía una ofensa lacerante y debía hacer un gran esfuerzo para contenerse. Por la noche, de regreso a casa, se permitía desahogarse verbalmente contra aquellos que le habían ultrajado, con el corazón en un puño. A veces incluso se olvidaba de sí mismo y se ponía a gritar, a gesticular, mientras defendía con esos discursos imaginarios su amor propio, ridiculizando a sus enemigos. Liudmila Nikoláyevna le decía entonces a Nadia: «Papá está soltando otra vez un discursito».

En aquel momento se sentía injuriado no sólo por Einstein. A su modo de ver, todos sus conocidos deberían estar hablando de su trabajo, él mismo tendría que ser el centro de atención. Se sentía humillado, mortificado. Comprendía que era ridículo ponerse así por semejante cosa, pero igualmente se sentía ofendido. Nadie excepto Chepizhin le había hablado de su trabajo.

Con voz tímida, comenzó a explicar:

—Los fascistas han expulsado al genial Einstein, y su física se ha convertido en una física de simios. Pero gracias a Dios hemos detenido el avance del fascismo. Y todo esto va a la par: el Volga, Stalingrado, el primer genio de nuestra época, Albert Einstein, el pueblo más remoto, una vieja campesina analfabeta, y la libertad que todos necesitamos… Todo está conectado. Puede que lo exprese de una manera un tanto confusa, pero es probable que no haya nada más claro que este enredo…

—Me parece, Víktor Pávlovich, que su panegírico sobre Einstein es una burda exageración —replicó Shishakov.

—Totalmente de acuerdo —intervino alegremente Postóyev—. Una exageración evidente.

El joven de la sección científica miró a Víktor con tristeza.

—Mire, camarada Shtrum —comenzó, y Shtrum percibió de nuevo malevolencia en su voz—. En estos días tan importantes para nuestro pueblo a usted le parece natural unir en su corazón a Einstein y al Volga. Lo que ocurre es que los corazones de sus opositores albergan, en estos días, sentimientos completamente diferentes. Sobre el corazón no se manda, por tanto no hay nada que discutir. Pero, en cambio, sí se puede discutir en cuanto a su valoración sobre Einstein, porque no me parece adecuado presentar una teoría idealista como la cumbre de los logros científicos.

—Ya basta —le interrumpió Shtrum, y continuó con un tono de voz arrogante y didáctico—: Alekséi Alekséyevich, la física contemporánea sin Einstein sería una física de simios. No tenemos derecho a bromear con los nombres de Einstein, Galileo o Newton.

Amonestó con el dedo a Alekséi Alekséyevich y vio que Shishakov pestañeaba.

Poco después, Shtrum, delante de la ventana, unas veces murmurando, otras alzando la voz, contaba a Sokolov aquel inesperado encontronazo.

—Y usted, que estaba tan cerca, ni siquiera se ha enterado —dijo Shtrum.

Y Chepizhin, ni hecho adrede, se había alejado y tampoco había oído nada.

Frunció el ceño y se calló. ¡De qué manera tan ingenua e infantil había imaginado su día de triunfo! Al final no había sido él quien había suscitado el alboroto general sino la llegada de un joven burócrata cualquiera.

—¿Conoce el apellido de ese jovenzuelo? —le preguntó de repente Sokolov como si le estuviera leyendo el pensamiento—. ¿Sabe de quién es pariente?

—No tengo ni idea —respondió Shtrum.

Sokolov se inclinó hacia él y le susurró al oído.

—¡Qué me dice! —exclamó Shtrum.

Y recordando la actitud, a su modo de ver inexplicable, del académico piramidal y de Suslakov con respecto a un joven en edad universitaria, añadió alargando las palabras:

—¡A-a-ah, bueno! Así que era eso. Ya me extrañaba a mí.

Sokolov se rió.

—Desde el primer día tiene usted aseguradas las relaciones amistosas tanto en la sección científica como en la dirección académica. Es usted como aquel personaje de Mark Twain que se jacta de sus ingresos ante el inspector de hacienda.

Pero aquella broma no le hizo ninguna gracia a Shtrum, que preguntó:

—¿De veras no ha oído nuestra discusión, usted que se encontraba a mi lado? ¿O acaso no deseaba intervenir en mi conversación con el inspector de hacienda?

Los pequeños ojos de Sokolov sonrieron a Shtrum, y se volvieron buenos y hermosos.

—No se disguste, Víktor Pávlovich. No esperaría que Shishakov apreciara su trabajo, ¿verdad? Ay, Dios mío, Dios mío. Pura vanidad cotidiana, mientras que su trabajo es auténtico.

En sus ojos, en su voz, había aquella gravedad, aquella calidez que Shtrum había esperado encontrar cuando lo visitó una noche de otoño, en Kazán. Entonces Víktor se había ido con las manos vacías.

La reunión comenzó. Los ponentes hablaron de las tareas de la ciencia en los penosos tiempos de la guerra, de la disposición a consagrar las propias fuerzas a la causa del pueblo, a ayudar al ejército en su lucha contra el fascismo alemán. Hablaron del trabajo de varios institutos de la Academia, sobre la ayuda que el Comité Central del Partido brindaría a los científicos, y del camarada Stalin, que mientras dirigía el ejército y el pueblo, todavía encontraba tiempo para interesarse por las cuestiones científicas, y de los científicos, que debían mostrarse dignos de la confianza del Partido y del propio camarada Stalin.

Se debatieron también algunos cambios en la organización requeridos por la nueva situación. Para gran asombro de los físicos, éstos descubrieron que no estaban satisfechos con los planes de su instituto; se prestaba demasiada atención a las cuestiones puramente teóricas. En la sala se repetía en un murmullo la sentencia de Suslakov: «El instituto está distanciado de la vida».

27

En el Comité Central se había discutido la situación de la investigación científica en el país. Se anunció que el Partido, desde ese momento en adelante, concentraría su atención en el desarrollo de la física, las matemáticas y la química.

El Comité Central consideraba que la ciencia debía orientarse hacia la producción, acercarse a la vida, unirse estrechamente a ella.

El mismísimo Stalin había asistido a la reunión, y por lo visto se había paseado por la sala como de costumbre, pipa en mano, interrumpiendo de vez en cuando su paseo con aire pensativo para escuchar a algún orador o bien absorto en sus propios pensamientos.

Los participantes de la reunión se habían pronunciado en contra del idealismo y de la infravaloración de la ciencia y la filosofía rusas.

Stalin sólo había hablado dos veces. Cuando Scherbakov abogó por una reducción en el presupuesto de la Academia, Stalin negó con la cabeza y dijo:

—Hacer ciencia no es como fabricar pastillas de jabón. No vamos a ahorrar con la Academia.

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