Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 35

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Luego intervino una segunda vez, cuando en la reunión se abordaba el problema de ciertas teorías idealistas nocivas y la excesiva admiración por parte de algunos científicos hacia la ciencia occidental. Stalin asintió con la cabeza y dijo:

—Sí, pero debemos proteger a nuestra gente de los epígonos de Arakchéyev[91].

Los científicos presentes en la reunión se lo contaron a sus amigos, bajo el solemne juramento de que no se irían de la lengua. Al cabo de tres días todo el Moscú científico —en decenas de familias y círculos de amigos— discutía a media voz los pormenores de la reunión. Cuchicheaban que a Stalin le habían salido canas, que tenía los dientes negros, estropeados, que los dedos de sus manos eran finos y bellos, y que tenía la cara picada de viruelas. A los jovencitos que escuchaban estas descripciones se les advertía: «Cuidado, mantened la boca cerrada, mira que no os buscáis sólo vuestra ruina, sino la de todos».

Todos esperaban que la situación de los científicos mejorara sensiblemente; las palabras de Stalin sobre Arakchéyev habían arrojado grandes esperanzas.

Unos días más tarde arrestaron a un famoso botánico, el genetista Chetverikov. Sobre el motivo del arresto corrían diversos rumores: algunos sostenían que era un espía; otros, que durante sus viajes al extranjero se había reunido con emigrados rusos; los terceros, que su mujer, alemana, se carteaba antes de la guerra con su hermana que vivía en Berlín; los cuartos afirmaban que el genetista había intentado introducir en el mercado una clase nociva de trigo para provocar plagas y malas cosechas; los quintos relacionaban su arresto con una frase pronunciada por él sobre el «dedo de Dios»; los sextos, con un chiste de contenido político que había contado a un compañero de la infancia.

Desde que había comenzado la guerra se oía hablar relativamente poco de arrestos políticos, y muchos, Shtrum incluido, comenzaron a pensar que aquellas espantosas prácticas eran agua pasada.

Todo el mundo se acordaba de 1937, cuando casi a diario se citaban nombres de personas arrestadas la noche antes. La gente se telefoneaba para contarse las novedades: «Hoy por la noche se ha puesto enfermo el marido de Anna Andréyevna…». Le venía a la mente cómo hablaban por teléfono los vecinos sobre los que habían sido arrestados: «Se fue y no se sabe cuándo regresará». Volvían a aflorar los relatos sobre las circunstancias de los arrestos: «Llegaron a su casa en el momento en que estaba bañando al niño; lo apresaron en el trabajo, en el teatro, en plena noche…». Recordaban «El registro duró cuarenta y ocho horas, lo pusieron todo patas arriba, incluso rompieron el suelo… Apenas han revisado nada; han hojeado los libros sólo para salvar las apariencias…».

Rememoraban a decenas de familias desaparecidas que nunca habían vuelto: el académico Vavílov, Vize, el poeta Ósip Mandelshtam, el escritor Babel, Borís Pilniak, Meyerhold, los bacteriólogos Kórshunov y Zlatogórov, el profesor Pletniov, el doctor Levin…

Pero el hecho de que los arrestados fueran eminentes y conocidos carecía de importancia. La cuestión era que célebres o anónimas, modestas e insignificantes, aquellas personas eran inocentes, y realizaban su trabajo honestamente.

¿Es que todo aquello iba a comenzar de nuevo? ¿Era posible que después de la guerra a uno le tuviera que dar un vuelco el corazón cada vez que oía pasos en la noche, ante cada toque de claxon?

Qué difícil era encontrar un vínculo entre la guerra por la libertad y todo aquello… Sí, sí, en Kazán se habían equivocado hablando tan a la ligera.

Una semana después del arresto de Chetverikov, Chepizhin declaró que se marchaba del Instituto de Física. Shishakov fue asignado para cubrir su puesto.

El presidente de la Academia había visitado a Chepizhin en su casa y se decía que el científico, apremiado no se sabe si por Beria o por Malenkov, se había negado a introducir cambios en el programa de trabajo del instituto.

Considerando los servicios que Chepizhin había brindado a la ciencia, en un principio no quisieron adoptar medidas extremas contra él. Al mismo tiempo había sido relevado de sus funciones administrativas el joven liberal Pímenov, declarado no idóneo para el puesto.

Al académico Shishakov le fueron confiadas la responsabilidad científica y la función de director, cargo que hasta ese momento desempeñaba Chepizhin.

Circulaba el rumor de que Chepizhin, después de estos acontecimientos, había sufrido un ataque al corazón. Shtrum se dispuso a visitarlo enseguida pero antes quiso avisarlo por teléfono; respondió la asistenta doméstica, que le informó de que Dmitri Petróvich se había encontrado muy mal en los últimos días y que, por consejo médico, había salido de la ciudad en compañía de Nadiezhda Fiódorovna; no regresaría hasta dentro de dos o tres semanas.

Shtrum dijo a Liudmila:

—Es como si empujaran a un niño desde un tranvía. Y a eso le llaman defendernos de los Arakchéyev. ¿Qué importancia tiene para la física si Chepizhin es marxista, budista o lamaísta? Chepizhin ha fundado una escuela. Chepizhin es amigo de Rutherford. Cualquier barrendero conoce las ecuaciones de Chepizhin.

—En eso de los barrenderos, papá, creo que exageras un poco —dijo Nadia.

—Vigila bien lo que dices por ahí —le espetó Shtrum—. Mira que no te buscas sólo tu ruina, sino la de todos.

—Lo sé. Estas conversaciones sólo se tienen de puertas para adentro.

—Ay, querida Nadia —dijo Shtrum dócilmente—, ¿qué puedo hacer para que el Comité Central revoque su decisión? ¿Darme con la cabeza contra la pared? En el fondo ha sido el propio Dmitri Petróvich el que ha dicho que quería renunciar. Aunque, como se suele decir, lo ha hecho «contra la voluntad del pueblo».

Liudmila Nikoláyevna reprochó a su marido:

—No debes sulfurarte. Además, tú siempre andabas discutiendo con Dmitri Petróvich.

—Si no se discute, no hay verdadera amistad.

—Ése es el problema —dijo Liudmila Nikoláyevna—. Con esa lengua tuya tan larga acabarán destituyéndote a ti también de la dirección del laboratorio.

—Eso no me preocupa —respondió Shtrum—. Nadia tiene razón, todas mis conversaciones son de uso interno, papel mojado. Tendrías que llamar a la mujer de Chetverikov, ¡ir a visitarla! Después de todo os conocéis.

—Eso sencillamente queda fuera de lugar —replicó Liudmila Nikoláyevna—. En cualquier caso, tampoco la conozco tanto. ¿En que puedo ayudarla? ¿Por qué debería ella tener ganas de verme? ¿Cuándo has llamado tú a alguien en una situación parecida?

—A mi modo de ver, hay que hacerlo —intervino Nadia.

Shtrum frunció el ceño.

—Las llamadas telefónicas, en realidad, son tres cuartos de lo mismo.

Era con Sokolov, no con Liudmila y su hija, con quien tenía ganas de hablar de la marcha de Chepizhin. Pero se obligó a no telefonear a Piotr Lavréntievich. No era una conversación que pudieran mantener por teléfono.

Sin embargo, era extraño. ¿Por qué Shishakov? Estaba claro que la última obra de Shtrum constituía un acontecimiento para la ciencia. Chepizhin había manifestado en el Consejo Científico que se trataba del acontecimiento más significativo de la última década en el campo de la física teórica soviética. Pero habían puesto a Shishakov como jefe del instituto. ¿Era una broma? Un hombre que había observado cientos de fotografías con las trayectorias de los electrones desviándose a la izquierda, y que luego había visto fotografías con las mismas trayectorias desviándose a la derecha… (¡Es como si se le hubiera servido en bandeja de plata la oportunidad de descubrir el positrón! ¡Hasta el joven Savostiánov lo habría comprendido! Pero Shishakov había adelantado los labios como un pez y apartado las fotografías a un lado como defectuosas. «—¡Eh! —exclamó Selifán—. Es a la derecha. No sabes dónde tienes la derecha y dónde la izquierda[92].»

Pero lo más sorprendente es que nadie se asombraba por este tipo de cosas. En cierto modo estas situaciones se habían vuelto naturales. Y todos los amigos de Víktor Pávlovich, también su mujer e incluso él mismo, consideraban legítimo ese estado de cosas. Shtrum no convenía como director; y Shishakov, sí.

¿Cómo había dicho Postóyev? Ah, sí: «Lo principal es que somos rusos».

Pero ser más ruso que Chepizhin parecía muy difícil.

Por la mañana, mientras se dirigía al instituto, Shtrum se imaginaba que todos los colaboradores, desde los doctores hasta los ayudantes de laboratorio, sólo hablarían de Chepizhin.

Frente a la entrada principal había estacionada una limusina ZIS; el chófer, un hombre entrado en años y con gafas, leía el periódico.

El viejo vigilante con el que Shtrum bebía té en verano en el laboratorio le abordó en las escaleras.

—Ha llegado el nuevo director —le anunció, y con aire compungido añadió—; ¿Qué será de nuestro Dmitri Petróvich?

Los ayudantes de laboratorio discutían sobre la instalación del equipamiento que había llegado el día antes de Kazán. Pilas enormes de cajas obstaculizaban el paso en la sala de laboratorio. Al viejo instrumental se había sumado el nuevo fabricado en los Urales. Nozdrín, con un semblante que Shtrum estimó arrogante, estaba de pie al lado de una caja de madera.

Perepelitsin saltaba a la pata coja alrededor de la caja, con una muleta bajo el brazo.

Anna Stepánovna, señalando las cajas, exclamó:

—¿Ha visto esto, Víktor Pávlovich?

—Hasta un ciego lo vería —respondió Perepelitsin.

Pero Anna Stepánovna no se refería a las cajas.

—Ya lo creo que lo veo —dijo Shtrum.

—Dentro de una hora llegarán los obreros —comunicó Nozdrín—. El profesor Márkov y yo lo hemos arreglado todo.

Pronunció aquellas palabras con la voz serena y lenta de un hombre que sabe quién es el jefe. Había llegado su hora de gloria.

Shtrum entró en su despacho. Márkov y Savostiánov estaban sentados en el sofá, Sokolov permanecía de pie al lado de la ventana y Svechín, el responsable del laboratorio de magnetismo vecino, se había acomodado sobre el escritorio y fumaba un pitillo de fabricación casera.

Cuando Shtrum apareció por la puerta, Svechín se levantó y le cedió el sillón:

—Éste es el sitio del jefe.

—No, no, no pasa nada, siéntese —dijo Shtrum—. ¿Cuál es el tema de esta conversación en las altas esferas?

—Hablábamos del racionamiento —respondió Márkov—. Por lo visto los académicos tendrán derecho a mil quinientos rublos al mes, mientras que los simples mortales, como los artistas del pueblo o los grandes poetas del tipo Lébedev-Kumach, deberán conformarse con quinientos.

—Comenzamos a instalar el material —le interrumpió Shtrum—, y Dmitri Petróvich no está ya en el instituto. Como se suele decir, la casa se quema, pero el reloj sigue funcionando.

Pero los allí presentes no mostraron ningún interés el tema de conversación propuesto por Shtrum.

—Ayer vino a verme mi primo. Salía del hospital y volvía a partir para el frente —dijo Savostiánov—. Había que celebrarlo, así que compré medio litro de vodka a la vecina por trescientos cincuenta rublos.

—¡Increíble! —exclamó Svechín.

—Hacer ciencia no es como fabricar pastillas de jabón —dijo Savostiánov alegremente, pero por las caras de sus interlocutores comprendió que su chiste estaba fuera de lugar.

—El nuevo jefe ya ha llegado —dijo Shtrum.

—Un hombre de gran energía —elogió Svechín.

—Con Alekséi Alekséyevich todo irá a pedir de boca —añadió Márkov—. Ha tomado el té en casa del camarada Zhdánov.

Márkov era un tipo sorprendente; parecía que apenas tuviera conocidos, pero siempre estaba al tanto de todo: que en el laboratorio de al lado Gabrichévskaya, la candidata a la Academia de las Ciencias, se había quedado embarazada; que al marido de la mujer de la limpieza, Lida, de nuevo lo habían hospitalizado; y que a Smoródintsev no le habían concedido el título de doctor.

—Está bien —dijo Savostiánov—. Todos conocemos el famoso error de Shishakov. Pero, en general, no es mal tipo. Por cierto, ¿sabe cuál es la diferencia entre un buen tipo y uno malo? Que el buen tipo hace canalladas de mala gana.

—Tanto si hubo error como si no —replicó el director del laboratorio de magnetismo—, no le nombran a uno académico así como así.

Svechín era miembro del buró del Partido del instituto. Se había inscrito en otoño de 1941 y, como muchos otros que prácticamente acababan de integrarse en la vida del Partido, con respecto a las misiones políticas se comportaba con veneración religiosa.

—Víktor Pávlovich —dijo—, tengo un encargo para usted: el buró del Partido le pide que intervenga en la asamblea que se celebrará sobre el nuevo programa.

—¿Se refiere a criticar a la vieja dirección, el trabajo de Chepizhin? —preguntó Shtrum, irritado porque la conversación tomaba unos derroteros diferentes a los que hubiera querido—. No sé si soy un buen o un mal tipo, pero las canalladas las hago de mala gana.

Y volviéndose a los colegas del laboratorio, preguntó:

—Ustedes, por ejemplo, camaradas, ¿están de acuerdo con la partida de Chepizhin?

Estaba convencido de antemano de que contaría con el apoyo de todos ellos y, cuando Savostiánov se encogió de hombros en señal de indiferencia, se quedó contrariado.

—Cuando uno es viejo, ya no es bueno para nada.

Svechín se limitó a añadir:

—Chepizhin declaró que no iba a emprender nuevos proyectos. ¿Qué iban a hacer? Y después fue él quien se negó cuando todo el mundo le pedía que se quedara.

—¿Así que al final han desenmascarado a un Arakchéyev? —preguntó Shtrum.

—Víktor Pávlovich —dijo Márkov, bajando la voz—, tengo entendido que una vez Rutherford juró que nunca trabajaría en investigaciones sobre neutrones ante el temor de que aquello condujera al desarrollo de una enorme fuerza explosiva. Noble argumento, no lo niego, pero de una pulcritud exagerada y absurda. Por lo que cuentan, Dmitri Petróvich había pronunciado discursos del mismo estilo mojigato.

«Dios mío —pensó Shtrum—. ¿Cómo diantres saben todo eso?»

—Piotr Lavréntievich, parece que usted y yo estamos en minoría —dijo Shtrum, buscando apoyo.

Sokolov negó con la cabeza.

—Víktor Pávlovich, me parece que no es momento para individualismos, y la insubordinación es inaceptable. Estamos en guerra. Chepizhin se equivocó al pensar sólo en él y en sus intereses personales, cuando fue citado por sus superiores.

Sokolov se enfurruñó, y todo lo que había de feo en su cara se acentuó aún más.

—Ah, claro, ¿quién eres tú, Brutus? —bromeó Shtrum para camuflar su confusión.

Pero lo más desconcertante es que Shtrum no se sintió sólo confuso, sino también contento en cierto sentido: «Desde luego, ya me lo esperaba». Pero ¿por qué «desdé luego»? A decir verdad, él no se imaginaba que Sokolov pudiera responder de aquella manera. Y aun cuando se lo imaginara, ¿de que se alegraba?

—Debe usted intervenir —dijo Svechín—. No es en absoluto necesario que critique a Chepizhin, pero qué menos que pronunciar algunas palabras sobre las perspectivas de su trabajo en vista de las nuevas resoluciones del Comité Central.

Antes de la guerra Shtrum había coincidido varias veces con Svechín en los conciertos sinfónicos del conservatorio. Se decía que cuando era joven y estudiaba en la Facultad de Física, Svechín escribía versos incomprensibles y llevaba un crisantemo en el ojal. Ahora hablaba de las decisiones del buró del Partido como si formulara verdades absolutas.

A veces Shtrum tenía ganas de guiñarle un ojo, empujarle con un dedo en el costado y decirle: «En, viejo hablemos lisa y llanamente». Pero sabía que Svechín ahora ya no hablaba lisa y llanamente.

Y, aunque asombrado por las palabras de Sokolov, Shtrum sí que habló sin rodeos:

—El arresto de Chetverikov —pregunto—, ¿está también relacionado con los nuevos proyectos? ¿Es ése el motivo de que hayan metido a Vavílov en la cárcel? ¿Y sí me permitiera afirmar que considero a Dmitri Petróvich una autoridad mayor en el campo de la física que el camarada Zhdánov, o incluso…?

Vio los ojos que ponían todos mientras le miraban fijamente esperando a que pronunciara el nombre de Stalin. Hizo un gesto de desdén y se contuvo:

—Bueno, ya basta, vayamos al laboratorio.

Las cajas con el nuevo material procedente de los Urales ya estaban abiertas y la pieza fundamental de la instalación, que pesaba tres cuartos de tonelada, había sido cuidadosamente liberada del serrín, del papel y de las toscas planchas de madera que la protegían. Shtrum pasó la palma de la mano sobre la superficie pulida de metal.

Un torrente de partículas fluiría a chorros de aquel vientre de metal, como el Volga brota de la pequeña cavidad del lago Seliguer.

En aquel instante había algo bueno en los ojos de todos. Sí, era bueno saber que en el mundo existía una máquina tan maravillosa. ¿Qué más se podía pedir?

Cuando hubo acabado la jornada laboral, Shtrum y Sokolov se quedaron solos en el laboratorio.

—Víktor Pávlovich, ¿por qué se pone gallito? Le falta humildad. Le expliqué a Masha su proeza en la Academia, cuando en sólo media hora se las apañó para estropear las relaciones con el nuevo director y el jovenzuelo de la sección científica. Masha se llevó un disgusto enorme, tanto que no ha podido dormir en toda la noche. Sabe en qué tiempos vivimos. Mañana instalaremos la nueva máquina. He visto la cara que ponía mientras la miraba. ¿Qué quiere, sacrificarlo todo por una frase hueca?

—Espere, espere —dijo Shtrum—. Déjeme respirar.

—Ay, Señor —le cortó Sokolov—. Nadie va a interferir en su trabajo. Respire tanto como le plazca.

—Escuche, amigo mío —dijo Shtrum, sonriendo con acritud—. Usted tiene buenas intenciones hacia mí y se lo agradezco de todo corazón. Permítame que le sea igual de sincero. ¿Por qué, por el amor de Dios, habló así de Dmitri Petróvich delante de Svechín? Me duele especialmente después de la libertad de pensamiento de la que disfrutamos en Kazán. Por lo que a mí respecta, me temo que no soy tan temerario como usted me pinta. No soy Danton, como solíamos decir en mis tiempos de estudiante.

—Menos mal que no es usted Danton. Francamente, siempre he considerado que los oradores políticos son personas incapaces de expresarse de forma creativa. En cambio, nosotros sí que podemos.

—¡Anda! ¡Esa sí que es buena! —dijo Shtrum—. ¿Y qué hay de ese francesito llamado Galois? ¿Y qué me dice de Nikolái Kibálchich?

Sokolov apartó la silla y dijo:

—Kibálchich, como usted bien sabe, acabó en el patíbulo. Yo estoy hablando de toda esa palabrería hueca. Como la que soltaba en sus charlas con Madiárov.

—¿Me está llamando charlatán?

Sokolov se encogió de hombros y no contestó.

Se hubiera podido esperar que aquella discusión pronto quedaría olvidada como muchas otras antes. Pero por alguna razón aquel insignificante arrebato no pasó sin dejar huella, no cayó en el olvido. Cuando las vidas de dos hombres están en armonía, éstos pueden discutir, mostrarse injustos el uno con el otro, y sin embargo, las ofensas mutuas se desvanecen sin dejar secuelas. Pero si en su interior anidan desavenencias profundas, aunque todavía no tengan conciencia de ellas, cualquier palabra fortuita, el más leve descuido puede transformarse en un puñal letal para su amistad.

Y a menudo las discrepancias se alojan tan profundamente que nunca salen a la luz, a veces ni siquiera se toma conciencia de ellas. Una riña violenta por una nadería donde se deja caer una mala palabra asesta el golpe fatídico que acaba destruyendo una amistad de largos años.

No, Iván Ivánovich e Iván Nikíforovich no se pelearon por un ganso[93].

28

Del nuevo subdirector del instituto, Kasián Teréntievich Kovchenko, se decía que era «uno de los hombres de Shishakov». Afable, intercalaba en sus discursos muchas palabras ucranianas y se las había ingeniado con una rapidez extraordinaria para obtener un apartamento y un coche.

Márkov, que conocía un arsenal de historias sobre los académicos y lo más florido de la Academia, contaba que Kovchenko había recibido el premio Stalin por una obra que éste sólo había leído de cabo a rabo una vez ya publicada: su participación en el trabajo había consistido en proporcionar materiales de difícil acceso y en agilizar los trámites burocráticos ante diversas instancias.

Shishakov había encomendado a Kovchenko que organizara un concurso para cubrir las plazas que habían quedado vacantes. Se anunció la contratación de jefes de investigación. También estaban vacantes las plazas de jefes de los laboratorios de vacío y de bajas temperaturas.

El Departamento de Guerra proporcionó materiales y obreros, se reformaron los talleres de mecánica, se restauró el edificio del instituto, la central eléctrica abastecía de energía sin restricciones y fábricas especiales reservaron para el instituto materiales que escaseaban. Todo esto también fue dispuesto por Kovchenko.

Cuando un nuevo director asume el cargo, se suele decir de él con respeto: «Llega al trabajo primero que todos y es el último en marcharse». Así se hablaba de Kovchenko. Pero un nuevo director es aún más respetado por sus subordinados cuando se dice de él: «Hace dos semanas que fue nombrado y sólo ha venido un día media horita. No se le ve el pelo». Ésa es la prueba de que el director dicta las nuevas leyes y que frecuenta las altas esferas gubernamentales.

Así se hablaba al principio del académico Shishakov.

En cuanto a Chepizhin, se había ido a trabajar a su dacha o, como él decía, a su granja-laboratorio. El profesor Feinhard, un famoso cardiólogo, le había aconsejado no realizar movimientos bruscos ni levantar peso. Sin embargo, Chepizhin cortaba leña, cavaba zanjas y se sentía en plena forma. Escribió al profesor Feinhard que el estricto régimen de vida le estaba resultando de gran ayuda.

En el Moscú azotado por el hambre y el frío el instituto parecía un oasis de calor y lujo. Cuando los miembros del personal entraban a trabajar sentían un enorme placer al calentarse las manos junto a los caldeados radiadores después de haberse congelado durante la noche en sus húmedos apartamentos.

A los empleados del instituto les gustaba en particular la nueva cantina instalada en el sótano. Disponía de un bufé donde se podía tomar yogur, café dulce y salchichón. Y al servir la comida, la mujer de detrás del mostrador no cortaba los cupones de la carne y la grasa de las cartillas de racionamiento, gesto que era muy apreciado entre el personal del instituto.

La cantina ofrecía seis tipos de menú: para los doctores en ciencias, para los jefes de investigación, para los jóvenes investigadores, para los ayudantes de laboratorio, para el personal técnico y para el de servicio.

Las pasiones más desbordantes se desataban alrededor de las comidas de las dos categorías superiores, que se distinguían por constar de un postre: compota de frutos secos o jalea en polvo.

También suscitaban emoción los paquetes de comida que se entregaban a domicilio a los doctores y los responsables de las secciones. Savostiánov solía bromear diciendo que probablemente la teoría copernicana había generado muchos menos comentarios que aquellos paquetes de comida.

A veces parecía que la elaboración de las normas referentes a la asignación de las raciones no dependiera sólo de la dirección y del comité del Partido, sino que en ella participaran fuerzas más elevadas y misteriosas.

Una noche Liudmila Nikoláyevna dijo:

—Es extraño, ¿sabes? Hoy he recibido tu paquete. A Svechín, esa nulidad en el campo científico, le han dado dos decenas de huevos mientras que a ti, por alguna razón, sólo te han tocado quince. Incluso he comprobado la lista. A Sokolov y a ti os corresponden quince.

Shtrum pronunció un discurso sarcástico:

—¡Dios mío! ¿Qué querrá decir eso? Todo el mundo sabe que a los científicos se les clasifica según diferentes categorías: supremos, grandes, ilustres, eminentes, notables, experimentados, calificados y, por último, viejos. Dado que los supremos y los grandes no se encuentran entre los vivos, no hace falta darles huevos. Todos los demás reciben col, sémola y huevos en función de su peso científico. Pero entre nosotros todo se embrolla con otras cuestiones: se tiene en cuenta si uno es activo socialmente, si se dirige un seminario de marxismo, si se está próximo a la dirección. El resultado es un absoluto disparate. El encargado del garaje de la Academia es colocado al mismo nivel que Zelinski: recibe veinticinco huevos. Ayer en el laboratorio de Svechín una mujer encantadora incluso se echó a llorar de la humillación y se negó a ingerir alimentos, como Gandhi.

Nadia, escuchando a su padre, se desternillaba de risa.

—Sabes, papá, es increíble que no te avergüences de zamparte tus costillas delante de las mujeres de la limpieza. La abuela nunca habría hecho eso.

—A cada uno según su trabajo —dijo Liudmila Nikoláyevna—. ¿Lo entiendes? Ése es el principio del socialismo.

—Pamplinas. En la cantina no huele demasiado a socialismo —exclamó Shtrum, y añadió—: De todos modos, me importa un bledo toda esta historia. ¿Sabéis lo que me ha contado hoy Márkov? El personal de nuestro instituto y también los del Instituto de Matemáticas copian a máquina mi obra y se la pasan de mano en mano.

—¿Como los poemas de Mandelshtam? —preguntó Nadia.

—No te burles —dijo Shtrum—. Los estudiantes de los últimos cursos han solicitado una conferencia especial sobre el tema.

—¡Vaya! —replicó Nadia—. A ver si tenía razón Alka Postóyeva cuando decía: «Tu papá es todo un genio».

—Bueno —rectificó Víktor—. Estoy lejos de ser un genio.

Se marchó a su habitación, pero no tardó en volver y decirle a su mujer:

—No me saco esa tontería de la cabeza. ¡Darle dos decenas de huevos a Svechín! ¡Qué formas más sorprendentes que tienen de humillar a la gente!

Era vergonzoso, pero a Shtrum le dolía que hubieran colocado a Sokolov en la misma categoría que a él. «Tendrían que haber reconocido mi superioridad, aunque sólo hubiera sido con un huevo adicional. Podrían haber dado catorce a Sokolov, hacer una distinción simbólica».

Intentaba reírse de sí mismo, pero su penosa irritación no se templaba: estar equiparado a Sokolov en la distribución de víveres le ofendía más que la supremacía de Svechín. En el caso de Svechín todo estaba claro: él era miembro del buró del Partido, su ventaja obedecía a cuestiones de orden político. Y eso no le daba ni frío ni calor.

Pero con Sokolov entraba en juego la capacidad científica, sus méritos como investigador. Y a eso sí que no era indiferente. Una sensación de exasperación que nacía en lo más profundo de su alma se apoderó de él. ¡Qué forma tan ridícula y deplorable habían encontrado para valorar a las personas! Pero ¿qué podía hacer si el hombre no era siempre noble y tenía sus momentos de ruindad?

Mientras se acostaba, Shtrum recordó su reciente conversación con Sokolov acerca de Chepizhin y dijo en voz alta, fuera de sí por la ira:

—¡Homo laqueus!

—¿De quién hablas? —preguntó Liudmila Nikoláyevna, que estaba leyendo un libro en la cama.

—De Sokolov —dijo Shtrum—. Es un lacayo.

Liudmila puso un dedo en el libro para marcar la página donde se había quedado y sin girar la cabeza hacia su marido dijo:

—Terminarán por echarte del instituto, y todo por tus discursitos ingeniosos. Eres irritante, aleccionas a todo el mundo… Te has enemistado con todos y ya veo que ahora quieres hacer tres cuartos de lo mismo con Sokolov. Pronto nadie pondrá los pies en nuestra casa.

—No, Liuda, querida —se defendió Shtrum—, no te pongas así. ¿Cómo puedo explicártelo? Hay el mismo miedo que antes de la guerra, el miedo ante cada palabra que se pronuncia, la misma impotencia. ¡Chepizhin! Ese sí que es un gran hombre, Liuda. Pensé que el instituto sería pura ebullición, pero la única persona que hizo un comentario compasivo hacia él fue el viejo vigilante. Y luego lo que Postóyev le dijo a Sokolov: «Lo más importante es que usted y yo somos rusos». ¿A qué venía eso?

Deseaba hablar un largo rato con Liudmila, hacerla partícipe de sus pensamientos. Le avergonzaba preocuparse, muy a su pesar, de todas esas historias de la distribución de comida. ¿Por qué? ¿Por qué en Moscú tenía la impresión de haberse vuelto viejo, apagado? ¿Por qué todas esas menudencias del día a día, intereses pequeñoburgueses e historias del servicio se habían vuelto de repente tan importantes? ¿Por qué su vida espiritual en Kazán era más profunda, más pura, más rica? ¿Por qué incluso su trabajo científico, su alegría, se veía empañado por pensamientos ambiciosos y mezquinos?

—Todo es muy difícil; no me encuentro bien. Liuda, ¿por qué no dices nada? Eh, ¿Liuda? ¿Comprendes lo que te digo?

Liudmila Nikoláyevna no contestó. Se había quedado dormida.

Víktor se rió en voz baja. Le parecía cómico que de las dos mujeres que conocían sus problemas una se hubiera dormido y la otra no pegara ojo. Después imaginó el rostro delgado de Maria Ivánovna y le repitió las mismas palabras que hace un momento le había dicho a su mujer:

—¿Me comprendes, Masha?

«Caramba, qué disparates se me pasan por la cabeza», pensó mientras se dormía.

En efecto, por la cabeza se le había pasado un verdadero disparate.

Shtrum era un inepto para cualquier actividad manual. En casa, cuando la plancha eléctrica se quemaba o saltaba la luz por un cortocircuito, era Liudmila Nikoláyevna quien se ocupaba de las reparaciones.

Durante los primeros años de vida en común con Víktor, a Liudmila le enternecía su torpeza. Pero en los últimos tiempos la desesperaba, y un día que puso la tetera vacía en el fuego exclamó:

—¿Qué te pasa? ¿Tienes las manos de mantequilla? Eres más tonto que el asa de un cubo.

Luego, mientras instalaban los nuevos aparatos en el laboratorio, aquellas palabras de Liudmila, que tanto le habían irritado y ofendido, le volvían constantemente a la mente.

En el laboratorio reinaban Márkov y Nozdrín. Savostiánov fue el primero en percatarse y dijo en una reunión de producción:

—¡No hay otro Dios que el profesor Márkov y Nozdrín es su profeta!

La arrogancia y la reticencia de Márkov desaparecieron. Márkov maravillaba a Shtrum por su audacia de pensamiento, por la extrema facilidad con que solucionaba todos los problemas. Shtrum tenía la impresión de que era como un cirujano que, bisturí en mano, operaba entre una red de vasos sanguíneos y centros nerviosos. Parecía que de sus manos naciera un ser inteligente de mente poderosa y penetrante, un nuevo organismo de metal dotado, por primera vez en el mundo, de corazón y sentimientos, capaz de alegrarse y sufrir al mismo nivel que las gentes que lo habían creado.

A Shtrum siempre le había divertido un poco la inquebrantable seguridad de Márkov en su trabajo, convencido de que los instrumentos que creaba con sus manos tenían mayor importancia que las fútiles cuestiones de las que se habían ocupado Buda o Mahoma, o que los libros escritos por Tolstói o Dostoyevski.

¡Tolstói dudaba del valor de su inmenso trabajo como escritor! El genio no estaba convencido de estar creando algo necesario para la gente. Pero los físicos sí lo estaban. Ellos no dudaban. Y Márkov, mucho menos.

Sin embargo, ahora esta seguridad suya no le parecía tan divertida. A Shtrum también le gustaba observar a Nozdrín trabajando con la lima, las pinzas, el destornillador o mientras escogía, con aire pensativo, entre diversas terminaciones de cables para echar una mano a los electricistas que conectaban el circuito eléctrico con los nuevos aparatos.

El suelo estaba cubierto de manojos de cables y hojas de plomo opacas y azuladas. En medio de la sala, sobre una plancha de hierro fundido, se erguía la pieza maestra llegada de los Urales, que se distinguía por sus formas circulares y triangulares perforadas sobre el metal. Qué belleza tan abrumadora e inquietante encerraba aquel bloque de metal que les permitiría estudiar la naturaleza con una perfección fantástica…

A orillas del mar, mil o dos mil años antes, un puñado de hombres construyeron una balsa con troncos gruesos sujetos por cuerdas y ganchos. Sobre la arena habían dispuesto sus tornos y bancos de carpintero y en las hogueras fundían el alquitrán en vasijas… Pronto se harían a la mar.

Por la noche los constructores de la balsa habían vuelto a sus casas, habían respirado el aroma del hogar, sentido el calor en torno al brasero, oído los improperios y las risas de sus mujeres. A veces se entrometían en las riñas domésticas, hacían ruido, levantaban la mano a sus hijos, discutían con los vecinos. Y por la noche, en la cálida oscuridad, el rumor del mar se volvía cada vez más audible, y el corazón se les encogía en el presentimiento del próximo viaje a lo desconocido…

Cuando estaba concentrado en el trabajo, Sokolov por lo general no articulaba palabra. En ocasiones Shtrum se volvía a mirarlo, se cruzaba con su mirada seria y atenta, y tenía la impresión de que todo cuanto había habido de bueno e importante entre ellos seguía muy vivo.

Shtrum deseaba mantener una conversación sincera con Piotr Lavréntievich. En realidad, todo era muy extraño. Todas aquellas pasiones humillantes desencadenadas por la distribución de las raciones, los pensamientos mezquinos sobre el modo de medir la estima y la consideración que te tenían los superiores. Pero todavía continuaban palpitando en el corazón sentimientos que no dependían de las autoridades, de los éxitos o fracasos profesionales, de los premios.

De nuevo las veladas de Kazán parecían jóvenes y maravillosas, tenían algo de las reuniones estudiantiles de antes de la Revolución. Si al menos Madiárov pudiera revelarse como un hombre honesto. Era extraño: Karímov desconfiaba de Madiárov, Madiárov de Karímov… ¡Y los dos eran honrados! De eso estaba seguro. Después de todo, como decía Heine: Die beiden stinken[94].

A veces recordaba una conversación que había tenido con Chepizhin acerca del «magma»; ¿Por qué ahora que había vuelto a Moscú se removían en su alma todas esas cosas mezquinas e insignificantes? ¿Por qué pensaba tan a menudo en personas a las que no respetaba? ¿Por qué las personas más talentosas, fuertes y honestas eran incapaces de ayudarle?

—Es curioso —dijo Shtrum a Sokolov—. Viene gente de todos los laboratorios para ver el montaje de nuestro nuevo aparato. En cambio Shishakov no se ha dignado honrarnos con su presencia.

—Está muy ocupado —respondió Sokolov.

—Claro, claro —se apresuró a confirmar Shtrum.

Desde que habían regresado a Moscú era imposible mantener una conversación sincera y amistosa con Piotr Lavréntievich. Era como si ya no se conocieran.

Shtrum había dejado de discutir con Sokolov ante el mínimo pretexto. Por el contrario, trataba de evitar cualquier polémica. Aunque rehuir las discusiones no siempre era fácil; a veces surgían del modo más inesperado, en el momento que Shtrum menos lo esperaba.

Una vez Shtrum dejó caer:

—Me estaba acordando de nuestras conversaciones en Kazán… A propósito, ¿cómo está Madiárov? ¿Le escribe?

Sokolov negó con la cabeza.

—No lo sé. No sé nada sobre Madiárov. Ya le dije que dejamos de vernos antes de partir. Cada vez me resulta más desagradable recordar las conversaciones que teníamos en aquella época. Estábamos tan deprimidos que intentábamos echar la culpa de los contratiempos militares a presuntos vicios de la vida soviética. Todo lo que se nos antojaba una carencia del Estado soviético ha demostrado ser su fuerza.

—¿Se refiere a 1937, por ejemplo? —preguntó Shtrum.

—Víktor Pávlovich —replicó Sokolov—, en los últimos tiempos transforma usted todas nuestras conversaciones en discusiones.

Shtrum quería decirle que, por el contrario, su predisposición era buena, que era él, Sokolov, quien estaba irritable, y que esa irritación interna le impulsaba a buscar pretextos para discutir.

En cambio, se limitó a decir:

—Es probable, Piotr Lavréntievich, que se deba a mi mal carácter, que empeora día tras día. También Liudmila Nikoláyevna se ha dado cuenta.

Al pronunciar estas palabras, Shtrum pensó: «Qué solo estoy. Ya sea en casa, en el trabajo o con mi amigo, estoy solo».

29

El Reichsführer Himmler había organizado una reunión para hablar sobre las medidas especiales que estaban siendo llevadas a cabo por la RSHA, la Oficina Central de Seguridad del Reich. La reunión era de especial importancia ya que estaba relacionada con el viaje de Himmler al cuartel general del Führer.

El Obersturmbannführer Liss había recibido órdenes desde Berlín de informar sobre el progreso de la construcción de un edificio especial situado cerca de la dirección del campo.

Antes de inspeccionar la marcha de la obra, Liss debía visitar las fábricas de maquinaria de la empresa Foss y la fábrica química encargada de servir los pedidos de la Dirección de Seguridad. Acto seguido, Liss viajaría a Berlín para informar al Obersturmbannführer Eichmann, responsable de la preparación de la reunión.

Liss estaba encantado de que le hubieran encargado aquella misión. Se sentía hastiado de la atmósfera del campo, del continuo trato con hombres rudos y primitivos.

Al subirse al coche, se acordó de Mostovskói. Probablemente el viejo, confinado en su celda de aislamiento, se esforzaba día y noche en adivinar con qué propósito le había mandado llamar Liss y esperaba impaciente a que se produjera el próximo encuentro. Pero Liss sólo buscaba confirmar algunas hipótesis con la intención de escribir un ensayo: La ideología del enemigo y sus líderes.

¡Qué carácter tan interesante! En efecto, cuando penetras en el núcleo del átomo, las fuerzas de atracción comienzan a actuar tan poderosamente sobre ti como las fuerzas centrífugas.

El automóvil traspasó las puertas del campo, y Liss se olvidó de Mostovskói.

Al día siguiente, por la mañana temprano Liss llegó a las fábricas Foss. Después de desayunar, estuvo conversando en el despacho de Foss con el proyectista Praschke; luego habló con los ingenieros encargados de la producción y, en la oficina, el director comercial le informó del presupuesto de la maquinaria. Pasó varias horas en los talleres, deambulando entre el estruendo del metal, y al final del día estaba exhausto.

La fábrica Foss servía gran parte de los pedidos de la Dirección de Seguridad y Liss quedó satisfecho del trabajo que estaban llevando a cabo: los dirigentes de la empresa se tomaban muy en serio su cometido y respetaban escrupulosamente las especificaciones técnicas. Los ingenieros mecánicos habían perfeccionado incluso la construcción de las cintas transportadoras, y los técnicos termales habían desarrollado un sistema más económico para calentar los hornos.

Después de aquel largo día en la fábrica, la velada pasada en casa de los Foss fue particularmente agradable.

La visita a la fábrica química, en cambio, supuso una decepción: la producción apenas había alcanzado el cuarenta por ciento de lo previsto.

A Liss le habían irritado las innumerables quejas que había recibido por parte del personal. La producción de esas sustancias químicas era compleja y problemática. El sistema de ventilación había sufrido daños durante un ataque aéreo y se había producido una intoxicación masiva entre los trabajadores. El kieselgur, tierra caliza porosa con que se impregnaba la producción estabilizada, no llegaba con regularidad; los envases herméticos sufrían retrasos en el transporte ferroviario…

Sin embargo la dirección de la empresa química parecía plenamente consciente de la importancia del pedido de la Dirección de Seguridad. El jefe químico, el doctor Kirchgarten, aseguró a Liss que el encargo se cumpliría dentro del plazo. Incluso habían tomado la decisión de retrasar la ejecución de los pedidos del Ministerio de Municiones, un hecho sin precedentes desde septiembre de 1939.

Liss rechazó una invitación para presenciar los experimentos que se realizaban en el laboratorio, pero revisó las páginas de registros firmadas por los fisiólogos, los químicos y los bioquímicos.

Aquel mismo día también se encontró con los jóvenes investigadores que efectuaban los experimentos: dos mujeres (una fisióloga y una bioquímica), un especialista en patología anatómica, un químico especializado en componentes orgánicos con un bajo punto de ebullición y el toxicólogo responsable del grupo, el profesor Fischer. Todos los presentes en aquella reunión causaron una excelente impresión en Liss.

Y aunque estaban interesados en que el método que habían elaborado contara con su aprobación, no ocultaron a Liss sus puntos débiles e incluso le confiaron todas sus dudas.

Al tercer día Liss tomó un avión, acompañado de los ingenieros de la empresa de montaje Oberstein, para dirigirse a la obra. Se sentía bien; aquel viaje le divertía. Por delante tenía la parte más agradable de su misión: ir a Berlín. Después de haber inspeccionado la obra viajaría allí junto con los responsables técnicos para presentar un informe a la RSHA.

El tiempo era pésimo, caía una fría lluvia de noviembre. El avión realizó un aterrizaje difícil en el aeródromo central del campo. Mientras volaban a poca altura las alas habían comenzado a congelarse, y sobre el suelo se extendía la niebla.

Al amanecer nevaba y por todos lados se veían terrones de arcilla gris, cubiertos de nieve resbaladiza que la lluvia no había logrado derretir. Las alas de los sombreros de fieltro de los ingenieros se doblaban, empapadas de una lluvia pesada como el plomo.

Habían tendido una vía férrea que conducía hasta el lugar de la obra y conectaba directamente con la vía principal. Cerca de la vía férrea se encontraban los almacenes y por allí empezaron la inspección. En el primer cobertizo se realizaba la selección del cargamento: estaba lleno de piezas sueltas de varios mecanismos, canalones, cintas transportadoras aún sin montar, tubos de diferentes diámetros, sopladores y ventiladores, trituradoras de huesos, medidores de gas y electricidad todavía pendientes de ser montados en paneles de control, bobinas de cable, cemento, vagonetas de volqueo automático, montañas de raíles, mobiliario de oficina.

En un local aparte, custodiado por suboficiales de las SS y dotado con una gran cantidad de dispositivos de extracción de aire y ventilación que producían un ruido sordo, estaba situado el almacén donde se iba colocando la mercancía que llegaba de la fábrica química: bombonas con válvulas cojas y latas de quince kilos con etiquetas rojas y azules que a lo lejos parecían tarros de mermelada búlgara.

Al salir de aquel lugar medio enterrado en el suelo, Liss y sus compañeros se encontraron con el profesor Stahlgang, el proyectista principal del complejo, que acababa de llegar en tren desde Berlín, y el ingeniero en jefe de la obra Von Reineke, un hombre enorme vestido con una chaqueta de piel amarilla.

Stahlgang respiraba con dificultad; el aire húmedo le había provocado un ataque de asma. Los ingenieros que le rodeaban comenzaron a reprocharle que no se cuidara lo suficiente: todos sabían que el catálogo de obras de Stahlgang formaba parte de la biblioteca personal de Hitler.

El lugar de la obra no se diferenciaba en nada de cualquier otra construcción gigantesca de mediados del siglo XX.

En torno a las excavaciones se oían los silbidos de los centinelas, el rugido de las perforadoras, el movimiento de las grúas y los graznidos de las locomotoras.

Liss y su séquito se aproximaron a un edificio rectangular, gris y sin ventanas. El complejo de aquellos edificios industriales, los hornos de ladrillo rojo, las chimeneas de boca ancha, las salas de control, las torres de observación con campanas de cristal: todo tendía hacia aquel edificio gris, ciego y sin rostro.

Los peones estaban acabando de asfaltar los caminos y de debajo de las apisonadoras se levantaba un humo gris, ardiente, que se mezclaba con la niebla gris y fría.

Von Reineke informo a Liss de que las pruebas de evaluación de la hermeticidad de la obra nº 1 no habían sido satisfactorias. Stahlgang, con voz ronca y exaltada, olvidándose de su asma, expuso a Liss la idea arquitectónica del nuevo proyecto.

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