Vida y destino
SEGUNDA PARTE » 35
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En contraste con su aparente simplicidad y sus reducidas dimensiones, la turbina hidráulica tradicional es el punto de concentración de enormes masas, fuerzas y velocidades. En sus espiras, el poder geológico del agua se transforma en trabajo.
La obra nº 1 estaba construida según el principio de la turbina. Era capaz de transformar la vida y todas las formas de energía relacionadas con ella en materia inorgánica. La nueva turbina tenía que vencer la fuerza física, nerviosa, respiratoria, cardíaca, muscular y circulatoria. Aquel edificio reunía los principios de la turbina, del matadero y de la incineración. Lo más difícil había sido encontrar la manera de integrar todos aquellos factores en una sencilla solución arquitectónica.
—Como usted bien sabe —dijo Stahlgang—, nuestro amado Hitler nunca se olvida del aspecto arquitectónico cuando inspecciona los complejos industriales más banales.
Bajó la voz para que sólo Liss pudiera oírle.
—Seguramente estará al corriente de que los excesos místicos en la estructura arquitectónica de los campos cercanos a Varsovia han acarreado no pocos disgustos al Reichsführer. Todo eso debe ser tenido en cuenta.
En el interior, el aspecto de la cámara de hormigón se correspondía totalmente con la época de la industria de masas y de la velocidad.
Una vez que la vida, como si fuera agua, fluía por los canales aductores, ya no podía detenerse ni refluir; la velocidad de su flujo a lo largo del pasillo de hormigón estaba determinada por formulas análogas a la de Stokes referente al movimiento de un líquido en un tubo, que depende de su densidad, peso específico, viscosidad, fricción y temperatura.
Las lámparas eléctricas, protegidas por cristales gruesos y casi opacos, estaban encajadas en el techo.
Cuanto más se adentraba uno en el interior de la construcción, más brillante se volvía la luz, y a la entrada de la cámara, cerrada por una puerta de acero pulida, la luz era fría y cegadora.
En torno a la puerta flotaba aquella excitación particular que siempre se apodera de los constructores y montadores antes de la puesta en marcha de una nueva maquinaria. Algunos peones limpiaban el suelo con mangueras. Un anciano químico enfundado en una bata blanca efectuaba las mediciones de presión delante de la puerta. Von Reineke le ordenó que abriera la puerta de la cámara. Cuando entraron en la espaciosa sala con el techo bajo de hormigón, varios ingenieros se quitaron el sombrero. El suelo de la cámara estaba compuesto por pesadas losas corredizas sujetas firmemente entre sí por bastidores metálicos. Al accionar el mecanismo desde la sala de control las losas que formaban el suelo se ponían en posición vertical y el contenido de la cámara desaparecía en los locales subterráneos. Allí la materia orgánica era manipulada por equipos de odontólogos que extraían los metales preciosos de las prótesis. A continuación, se ponía en marcha la cinta transportadora que conducía la materia orgánica, privada ya de pensamiento y sensibilidad, a los hornos crematorios, donde sufría el último proceso de destrucción bajo la acción de la energía térmica para transformarse en abono fosfórico, en cal y cenizas, en amoníaco, en gas carbónico y sulfuroso.
Un oficial de enlace se acercó a Liss y le alargó un telegrama. Todos vieron que, al leerlo, la cara del Obersturmbannführer se ensombrecía. El telegrama le comunicaba que el Obersturmbannführer Eichmann viajaba en coche por la autopista de Munich para entrevistarse con él aquella misma noche en la obra.
El viaje de Liss a Berlín se había ido al traste. ¡Y él que contaba con pasar la noche siguiente en su casa de campo, donde vivía su mujer enferma que tanto le echaba de menos! Antes de irse a dormir se habría sentado una o dos horas en su sillón, en el calor y la comodidad del hogar, con sus suaves zapatillas en los pies, olvidándose de aquella época funesta ¡Qué agradable era escuchar de noche, en la cama de su casa de campo, el rumor lejano de los cañones antiaéreos de Berlín!
Ya se veía la noche siguiente en Berlín, después de haber presentado su informe en la Prinz Albertstrasse y antes de partir de nuevo para el campo, en la hora de tregua, cuando no suele haber ni alarmas ni ataques aéreos… Habría visitado a la joven investigadora del Instituto de Filosofía; sólo ella sabía qué dura era su vida, qué inquietud turbaba su alma. En el fondo de su cartera, preparadas para ese encuentro, llevaba una botella de coñac y una caja de bombones. Ahora sus planes se habían ido al traste.
Los ingenieros, los químicos y los arquitectos le miraban preguntándose cuáles eran las preocupaciones que hacían fruncir el ceño al inspector de la Dirección General de Seguridad. ¿Quién podía saberlo?
En algunos momentos tenían la impresión de que la cámara no se subordinaba a sus creadores, que había cobrado vida propia, una vida de hormigón, que sentía apetito y estaba a punto de segregar toxinas, masticar con su mandíbula de acero e iniciar el proceso de digestión.
Stahlgang guiñó un ojo a Von Reineke y le susurró:
—Por lo visto Liss acaba de enterarse de que el Obersturmbannführer escuchará aquí su informe. Yo lo sé desde esta mañana. Se han frustrado sus perspectivas de descanso en familia y, seguramente, la cita con una amable señorita.
30
Liss se encontró con Eichmann aquella noche.
Eichmann tenía unos treinta y cinco años. Sus guantes, su gorra y sus botas, encarnaciones materiales de la poesía, de la arrogancia y la superioridad del ejército alemán, se parecían a los que llevaba el Reichsführer Himmler.
Liss conocía a la familia de Eichmann desde antes de la guerra; ambos eran de la misma ciudad. Cuando Liss estudiaba en la Universidad de Berlín, al tiempo que trabajaba primero en un periódico y luego en una revista de filosofía, realizaba visitas esporádicas a su ciudad natal, donde se enteraba de la suerte que habían corrido sus compañeros de instituto. Algunos habían sido empujados por la ola del éxito hacia la cumbre de la sociedad; luego la ola retrocedía y la fortuna y la fama sonreían a otros. Pero el joven Eichmann seguía llevando la misma vida, monótona y uniforme.
Las piezas de artillería en las inmediaciones de Verdún, la aparente victoria inminente, la derrota final y la inflación resultante, las contiendas políticas en el Reichstag, el torbellino de los movimientos izquierdistas y ultraizquierdistas en la pintura, el teatro, la música, las nuevas modas y el desmoronamiento de las nuevas modas… Nada de eso había cambiado la uniforme existencia de Eichmann.
Trabajó como agente en una empresa de provincias. Con la familia, y en las relaciones sociales se comportaba con moderada brutalidad y cautela. En todas las calles de la vida se cruzaba con una muchedumbre ruidosa, gesticulante, hostil. Adondequiera que fuera se veía rechazado por personas enérgicas y perspicaces, de ojos brillantes y oscuros, hábiles y experimentadas, que le dirigían miradas condescendientes…
En Berlín, después de terminar sus estudios en el instituto, no logró encontrar trabajo. Los directores de oficina y los propietarios de las empresas de la capital le decían que, por desgracia, no había puestos vacantes, pero Eichmann no tardaba en enterarse por otras vías de que el puesto al que aspiraba se lo habían dado a cualquier depravado de nacionalidad indefinida, polaca o italiana. Intentó matricularse en la universidad, pero la injusticia allí reinante se lo impidió. Se percató de que los examinadores perdían el interés en el momento en que posaban la mirada en su cara redonda de ojos claros, sus rubios cabellos de erizo, su nariz corta y recta. Le parecía, en cambio, que sentían predilección por aquellos de cara alargada, ojos oscuros, espalda curvada y estrecha; en definitiva, por los degenerados. No era el único, sin embargo, al que habían enviado de vuelta a la provincia. Era el destino de muchos. La raza de hombres que reinaba en Berlín procedía de todos los extractos sociales, pero sobre todo proliferaba en la clase intelectual, cosmopolita, despojada de rasgos nacionales e incapaz de distinguir entre un alemán y un italiano, un alemán o un polaco.
Se trataba de una raza particular, extraña, que aplastaba con indiferencia burlona a todos aquellos que intentaban rivalizar con ella en el plano cultural e intelectual. Era tremenda la sensación de potencia intelectual viva, superior, no agresiva que ésta irradiaba; aquella potencia se manifestaba en sus gustos exóticos de esa gente, en su modo de vida donde la observancia de la moda se mezclaba con la negligencia e indiferencia hacia ella, en su amor hacia los animales asociado a un estilo de vida completamente urbano, en el talento para la especulación abstracta unido a la pasión por todo lo burdo en la vida y el arte… Estas mismas personas eran las responsables de los avances que se producían en Alemania en el ámbito de la química de los colorantes, la síntesis del nitrógeno, la investigación de los rayos gamma, la producción de acero de alta calidad. Sólo para verlos a ellos llegaban a Alemania desde el extranjero científicos, pintores, filósofos e ingenieros. Pero precisamente aquella gente era la que menos se parecía a los alemanes; habían viajado por todo el mundo, sus amistades no eran alemanas, sus orígenes alemanes eran inciertos.
¿Qué oportunidad se le presentaba en tales condiciones al empleado de una empresa de provincias que intentaba labrarse una vida mejor? Se podía considerar afortunado por no pasar hambre.
Y helo aquí ahora, saliendo de su despacho después de haber guardado en la caja fuerte los documentos cuyo contenido sólo conocen tres personas en el mundo: Hitler, Himmler y Kaltenbrunner. Un gran coche negro le aguarda en la puerta. Los centinelas le saludan, el ayudante le abre con brío la portezuela: el Obersturmbannführer Eichmann parte. El chófer pisa el acelerador y la potente limusina de la Gestapo, saludada con respeto por la policía que se apresura a poner el disco del semáforo en verde, atraviesa las calles de Berlín y toma la autopista. Lluvia, niebla, señales de tráfico, curvas suaves en la autopista…
Smolevichi está lleno de casas apacibles con jardín, y la hierba crece en las aceras. En las calles de los modestos barrios de Berdíchev corretean entre el polvo gallinas sucias con sus patas color azufre marcadas con tinta roja y lila. En Kiev, en el barrio de Podol y la avenida Vasilkovskaya, hay edificios altos con las ventanas sucias y escaleras cuyos peldaños han sido desgastados por millones de botas de niños y chancletas de ancianos.
En los patios de Odessa se alzan plátanos con los troncos desconchados; se secan camisas y calzoncillos, sábanas de colores; peroles de mermelada de frutos del bosque humean en los braseros; recién nacidos de piel oscura que todavía no han visto el sol lloran en sus cunas.
En Varsovia, en un edificio de seis pisos delgado y de espaldas estrechas, viven costureras, encuadernadores, preceptores, cantantes de cabaré, estudiantes, relojeros.
En Stalindorf, por la noche se enciende el fuego en las isbas, el viento que sopla de Perekop huele a sal y a polvo caliente, las vacas sacuden sus pesadas cabezas y mugen…
En Budapest, en Fástov, en Viena, en Melitópol, en Amsterdam, en palacetes de relucientes ventanas acristaladas, en casuchas envueltas en el humo de las fábricas vivían personas que pertenecían a la nación judía.
Las alambradas del campo, los muros de las cámaras de gas, la arcilla de un foso antitanque unían ahora a millones de personas de edades, profesiones y lenguas diferentes, con intereses materiales y espirituales dispares, creyentes fanáticos y fanáticos ateos, trabajadores, parásitos, médicos y comerciantes, sabios e idiotas, ladrones, idealistas, contempladores, buenos, santos y crápulas. Todos estaban destinados al exterminio.
La limusina de la Gestapo engullía kilómetros y giraba por las autopistas otoñales.
31
Eichmann entró en la oficina para su encuentro nocturno con Liss y comenzó a bombardearle a preguntas antes incluso de sentarse en el sillón.
—Tengo poco tiempo. Mañana como muy tarde debo estar en Varsovia.
Ya había visto al comandante del campo y había hablado con el jefe de obra.
—¿Qué tal funcionan las fábricas? ¿Qué impresión le ha causado Foss? ¿Cree que los químicos están a la altura? —le preguntó a toda prisa.
Sus grandes dedos blancos con sus correspondientes grandes uñas rosadas removían los papeles sobre la mesa y de vez en cuando el Obersturmbannführer tomaba notas con una estilográfica. Liss tenía la sensación de que para Eichmann aquella empresa no tenía nada de especial, aunque ésta despertaba un secreto sobresalto de espanto hasta en los corazones más duros.
Liss había bebido mucho durante los últimos días. Le costaba respirar y por las noches sentía latir su corazón. Así y todo le parecía que el alcohol tenía un efecto menos nocivo en su salud que la tensión nerviosa a la que estaba sometido constantemente.
Soñaba con volver a su investigación sobre los líderes que se habían mostrado hostiles al nacionalsocialismo y encontrar la solución de problemas crueles y complejos, pero que podían ser resueltos sin derramamiento de sangre. Entonces dejaría de beber y fumaría sólo dos o tres cigarrillos al día. Hacía poco tiempo que había mandado llamar a su despacho a un viejo bolchevique ruso con quien había jugado una partida de ajedrez político. Al volver a su casa había dormido sin tomar somníferos y no se había despertado hasta las nueve de la mañana.
La inspección nocturna del Obersturmbannführer y Liss a la cámara de gas les tenía reservada una pequeña sorpresa. Los ingenieros habían colocado en medio de la cámara una mesita con vino y entremeses, y Reineke invitó a los dos dirigentes a tomar una copa.
Aquella encantadora idea hizo reír a Eichmann, que afirmó:
—Con mucho gusto tomaré un tentempié.
Entregó la gorra al guardia y se sentó a la mesa. De repente su enorme cara adquirió una expresión de bondadosa concentración, la misma que adoptan millones de hombres amantes de la buena comida cuando se sientan a una mesa servida.
Reineke, de pie, sirvió el vino, y todos alzaron su copa con la mano, esperando a que Eichmann propusiera un brindis.
En aquel silencio de hormigón, en aquellas copas llenas, había tanta tensión que Liss pensó que su corazón no iba a poder resistirlo. Deseaba que un brindis grandilocuente por el triunfo del ideal alemán ayudara a descargar la atmósfera. Pero la tensión, en lugar de mitigarse, seguía creciendo mientras el Obersturmbannführer masticaba un bocadillo.
—¿A que esperan, señores? —preguntó Eichmann—. El jamón es excelente.
—Estamos esperando a que el maestro de ceremonias proponga un brindis —dijo Liss.
El Obersturmbannführer levantó la copa.
—Por nuestro trabajo, que siga cosechando éxitos. Sí, me parece que verdaderamente esto merece un brindis.
Eichmann era el único que comía con avidez y apenas bebía.
Por la mañana Eichmann hacía gimnasia en calzoncillos delante de la ventana abierta. En la niebla se distinguían las filas rectas de los barracones del Lager y llegaba el sonido de los pitidos de la locomotora.
Liss no envidiaba a Eichmann. También él gozaba de una posición elevada sin excesivas responsabilidades. Se le consideraba uno de los hombres más inteligentes de la Gestapo. A Himmler le gustaba conversar con él.
Los altos dignatarios, por lo general, evitaban hacer ostentación de su superioridad jerárquica en su presencia. Estaba acostumbrado a que le trataran con respeto, y no sólo en los servicios de seguridad. La Gestapo se respiraba y vivía en todas partes: en la universidad, en la firma del director de un sanatorio infantil, en las audiciones de los jóvenes cantantes de ópera, en las decisiones del jurado encargado de escoger los cuadros para la exposición de primavera, en la lista de candidatos para las elecciones del Reichstag.
Era el eje en torno al cual se articulaba la vida. Era gracias a la Gestapo que la justicia del Partido siempre era infalible, que su lógica —o su falta de lógica— triunfaba sobre cualquier otra lógica, su filosofía sobre cualquier otra filosofía. ¡Era la varita mágica! Bastaba con dejarla caer para que toda la magia desapareciera: un gran orador se convertiría en un simple charlatán, un célebre científico en un popularizador de ideas ajenas. Era preciso que aquella varita mágica nunca se cayera de la mano.
Aquella mañana, al mirar a Eichmann, Liss sintió por primera vez en su vida que le carcomía una envidia irrefrenable.
Unos minutos antes de partir Eichmann dijo pensativo:
—Usted y yo somos paisanos, ¿verdad?
Comenzaron a recitar de memoria los nombres de las calles que les gustaban de su ciudad, los restaurantes, los cines.
—Hay lugares, por supuesto, donde nunca he puesto un pie —dijo Eichmann, y pronunció el nombre de un club donde no admitían a los hijos de los artesanos.
Liss, cambiando de tema, preguntó:
—Dígame, ¿es posible tener una idea aproximada del número de judíos del que estamos hablando?
Era consciente de que le había formulado una pregunta trascendental, una pregunta a la que tal vez sólo tres personas en el mundo, además de Himmler y el Führer, podían responder.
Pero después de rememorar los años duros de la juventud en la época de la democracia y el cosmopolitismo era el momento idóneo para que Liss confesara su ignorancia y pidiera información. Eichmann respondió.
—¿Millones? —inquirió Liss, aturdido.
Eichmann se encogió de hombros.
Durante unos instantes guardaron silencio.
—Lamento mucho que no nos hayamos conocido en nuestra época de estudiantes —dijo Liss—; en nuestros años de aprendizaje, como dijo Goethe.
—Yo estudié en provincias, no en Berlín. No lamente nada —replico Eichmann, y añadió—: Es la primera vez que digo esta cifra en voz alta. Contando Berchtesgaden, la cancillería del Reich y la oficina de nuestro Führer, quizás haya sido pronunciada siete u ocho veces en total.
—Lo entiendo; no es algo que mañana vayamos a leer en los periódicos.
—Eso es precisamente a lo que me refería —corroboró Eichmann.
Lanzó una mirada irónica a Liss, y éste tuvo la inquietante sensación de que su interlocutor era más inteligente que él.
Eichmann prosiguió:
—Aparte del vínculo con nuestra tranquila ciudad cubierta de verdor, hay otra razón por la que le he dicho esa cifra. Desearía que nos uniera en nuestro futuro trabajo en común.
—Gracias —dijo Liss—. Lo pensare; se trata de un asunto muy serio.
—Por supuesto. La propuesta no es solo mía. —Eichmann apuntó con el dedo hacia arriba—. Si usted se une conmigo en esta tarea y Hitler pierde, a usted y a mí nos colgarán juntos.
—Una perspectiva encantadora. Vale la pena meditarlo —dijo Liss.
—¿Se imagina? Dentro de dos años estaremos de nuevo sentados en esta misma cámara ante una confortable mesa y diremos: «¡En veinte meses hemos resuelto un problema que la humanidad no había resuelto en veinte siglos!».
Se despidieron, Liss siguió la limusina con la mirada.
Tenía sus propias ideas sobre las relaciones personales en el seno de un Estado. La vida en el Estado nacionalsocialista no podía desarrollarse libremente, había que calcular cada paso.
Y para controlar y organizar fábricas y ejércitos, círculos literarios, las vacaciones estivales de las personas, sus sentimientos maternales, cómo respiraban y cantaban, hacían falta líderes. La vida había perdido el derecho a crecer como la hierba, a agitarse como el mar. Liss consideraba que había cuatro tipos de líderes.
El primer tipo estaba formado por hombres de una pieza, a menudo desprovistos de una particular inteligencia o de capacidad de análisis. Estas personas adoptaban eslóganes y fórmulas de los periódicos y las revistas, citas de los discursos de Hitler y artículos de Goebbels, de los libros de Franck y Rosenberg. Sin tierra firme bajo sus pies, estaban perdidos. No reflexionaban sobre las relaciones entre diferentes fenómenos y, con cualquier pretexto, se mostraban crueles e intolerantes. Se lo tomaban todo en serio: la filosofía, la ciencia nacionalsocialista y sus oscuras revelaciones, los logros del nuevo teatro y la nueva música, o la campaña electoral del Reichstag. Como escolares, se reunían para empollar el Mein Kampf, hacían resúmenes de conferencias y folletos. Por lo general, llevaban una vida modesta, a veces pasaban necesidades, y estaban más dispuestos que el resto de las categorías a ofrecerse voluntarios para cubrir puestos que los separaran de sus familias. En un primer momento Liss había tenido la impresión de que Eichmann pertenecía a esta categoría.
El segundo tipo estaba constituido por los cínicos inteligentes, los hombres que estaban al corriente de la existencia de la varita mágica. En compañía de amigos de confianza, se reían de muchas cosas: de la ignorancia de los nuevos doctores y profesores, de los errores y la moral de los Leiter y los Gauleiter. El Führer y los ideales supremos eran la única cosa de la que no se reían. Estos hombres vivían normalmente a cuerpo de rey, bebían mucho, y su presencia era cada vez mayor en los peldaños superiores de la escala jerárquica del Partido que en la base, donde predominaban los jefes del primer tipo.
En la cúspide regía una tercera categoría: allí sólo había lugar para ocho o nueve personas, que admitían a unas quince o veinte más en el seno de sus reuniones. Se trataba de un mundo sin dogmas donde se podía discutir de todo con plena libertad. Allí, nada de ideales; sólo pura matemática y la alegría de los grandes maestros que no conocían la piedad.
A veces Liss tenía la sensación de que en Alemania todo giraba en torno a ellos, a su bienestar.
Liss también había constatado que la aparición en la cúspide de personas con facultades limitadas siempre presagiaba acontecimientos siniestros. Los controladores del mecanismo social elevaban a los dogmáticos sólo para confiarles las tareas más cruentas. Y éstos, necios, disfrutaban por un tiempo de la ebriedad del poder, pero luego, una vez cumplido el trabajo, eran borrados del mapa; a menudo corrían la misma suerte que sus víctimas. En la cima quedaban, como antes, los imperturbables maestros.
Los simplones, los que correspondían al primer tipo, estaban dotados de una cualidad excepcionalmente valiosa: eran del pueblo. No se limitaban a citar a los clásicos del nacionalsocialismo, también hablaban la lengua del pueblo. Su rudeza parecía sencilla, popular. Sus bromas provocaban la risa en las reuniones obreras.
El cuarto tipo era el de los ejecutores, hombres que eran completamente indiferentes al dogma, a las ideas, a la filosofía; también estaban privados de capacidad analítica. El nacionalismo les pagaba y ellos le servían. Su única gran pasión eran las vajillas, los trajes, las casas de campo, los objetos de valor, los muebles, los automóviles, los frigoríficos. No les gustaba demasiado el dinero porque no creían en su estabilidad.
Liss aspiraba a mezclarse con los altos dirigentes, soñaba con su compañía y su intimidad; allí, en el reino de la inteligencia y la ironía, de la lógica elegante, se sentía a gusto, bien, cómodo.
Pero a una altura aterradora, por encima de aquellos líderes, por encima de la estratosfera, había un mundo oscuro, incomprensible, confuso, cuya falta de lógica era inquietante, y en aquel mundo superior imperaba el Führer.
Lo que mas aterrorizaba a Liss de Hitler era la inconcebible yuxtaposición que se daba en él de elementos contradictorios: era el maestro absoluto, el gran mecánico, dotado del cinismo y la crueldad matemática más refinada, superior a la de todos sus colaboradores más estrechos juntos. Pero, al mismo tiempo, poseía un frenesí dogmático, una fe fanática y ciega, una falta de lógica bovina que Liss sólo había encontrado en los niveles más bajos, casi subterráneos, de la dirección del Partido. Creador de la varita mágica y sumo sacerdote, era al mismo tiempo un feligrés oscuro y frenético.
Y ahora, mientras seguía con la mirada el coche que se alejaba, Liss sintió que Eichmann había suscitado en él aquel confuso sentimiento que al mismo tiempo aterrorizaba y atraía y que hasta el momento sólo le había provocado una sola persona en el mundo: el Führer del pueblo alemán, Adolf Hitler.
32
El antisemitismo se manifiesta de modos diversos, desde el desprecio burlesco hasta los sangrientos pogromos.
Puede asumir diferentes aspectos: ideológico, interior, oculto, histórico, cotidiano, fisiológico, y son varias sus formas: individual, social, estatal.
El antisemitismo se encuentra en el mercado y en las sesiones del presídium de la Academia de las Ciencias, en el alma de un hombre viejo y en los juegos infantiles. Sin perder un ápice de su fuerza, el antisemitismo ha pasado de la época de las lámparas de aceite, los barcos de vela y las ruecas a la época de los motores de reacción, las pilas atómicas y las máquinas electrónicas.
El antisemitismo nunca es un fin, siempre es un medio; es un criterio para medir contradicciones que no tienen salida.
El antisemitismo es un espejo donde se reflejan los defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales. Dime de qué acusas a un judío y te diré de qué eres culpable.
El odio hacia el régimen de servidumbre de la patria incluso en la mente del campesino Oleinichuk, combatiente por la libertad encarcelado en Schlisselburg, se transforma en odio hacia los polacos y los judíos. E incluso un genio como Dostoyevski vio un judío usurero allí donde debería haber visto los ojos despiadados del contratista, el fabricante y el esclavista rusos.
Y el nacionalsocialismo, al acusar al pueblo judío que él mismo había inventado de racismo, de ansia de dominar el mundo y de una indiferencia cosmopolita hacia la nación alemana, proyectaba sobre los judíos sus propios rasgos. Pero éste es sólo uno de los aspectos del antisemitismo.
El antisemitismo es la expresión de la falta de talento, de la incapacidad de vencer en una contienda disputada con las mismas armas; y eso es aplicable a todos los campos, tanto la ciencia como el comercio, la artesanía, la pintura. El antisemitismo es la medida de la mediocridad humana. Los Estados buscan la explicación de sus fracasos en las artimañas del judaísmo internacional. Pero éste es sólo uno de los aspectos del antisemitismo.
El antisemitismo es la expresión de la falta de cultura en las masas populares, incapaces de analizar las verdaderas causas de su pobreza y sufrimiento. Las gentes incultas ven en los judíos la causa de sus desgracias en lugar de verla en la estructura social y el Estado. Pero también el antisemitismo de las masas no es más que uno de sus aspectos.
El antisemitismo es la medida de los prejuicios religiosos que está latente en las capas más bajas de la sociedad. Pero éste, también, es sólo uno de los aspectos del antisemitismo.
La repugnancia hacia el aspecto físico de los judíos, hacia su manera de hablar y comer, no es ni mucho menos la causa real del antisemitismo fisiológico. De hecho, el mismo hombre que habla con desagrado de los cabellos rizados de los judíos, de su modo de gesticular, entra en éxtasis ante los niños de pelo oscuro y crespo de los cuadros de Murillo, y se muestra indiferente a la pronunciación gutural, al modo de gesticular de los armenios y mira sin aversión los gruesos labios de un negro.
El antisemitismo ocupa un lugar particular en la historia de la persecución a las minorías nacionales. Es un fenómeno único porque el destino histórico de los judíos es único.
Al igual que la sombra de un hombre da una idea de su figura, también el antisemitismo nos da una idea de la historia y el destino de los judíos. La historia del pueblo judío se encuentra ligada y mezclada con abundantes cuestiones políticas y religiosas a nivel mundial. Y ése es el primer rasgo que distingue a los judíos de otras minorías nacionales. Los judíos viven en casi todos los países del mundo. La insólita dispersión de una minoría nacional en los dos hemisferios constituye el segundo rasgo distintivo de los judíos.
Durante el apogeo del capital mercantil, aparecieron los comerciantes y los usureros judíos. Con el florecimiento de la industria muchos judíos emergieron como técnicos y emprendedores. En la era atómica, no pocos judíos dotados de talento se dedicaron a la física nuclear.
Durante las luchas revolucionarias un buen número de judíos se revelaron como destacados revolucionarios. Constituyen una minoría nacional que no se margina en la periferia social y geográfica, sino que se esfuerza en desempeñar un papel central en el desarrollo de las fuerzas ideológicas y productivas. En eso consiste la tercera particularidad de la minoría nacional judía.
Una parte de la minoría judía se asimila, se confunde en la población autóctona del país, mientras una amplia base popular conserva su religión, su lengua y sus costumbres. El antisemitismo toma como regla acusar sistemáticamente a los judíos asimilados de perseguir oscuras aspiraciones nacionalistas y religiosas, mientras que los judíos no asimilados, artesanos y trabajadores manuales en su mayoría, son acusados de las actividades de aquellos que han tomado parte en la revolución, que dirigen la industria, que crean reactores atómicos, empresas y bancos.
Cada uno de estos rasgos tomado por separado puede hacer referencia a cualquier otra minoría nacional, pero sólo los judíos han aglutinado en sí todos ellos.
El antisemitismo también refleja estas particularidades. También ha estado ligado a las principales cuestiones de la política mundial, de la vida económica, ideológica y religiosa. En eso consiste su siniestra peculiaridad. La llama de sus hogueras ha iluminado los períodos más terribles de la historia.
Cuando el Renacimiento irrumpió en el desierto del medievo católico, el mundo de las tinieblas fue iluminado por las hogueras de la Inquisición. Aquellas llamas no sólo alumbraron el poder del mal, también iluminaron el espectáculo de la destrucción.
En el siglo XX, un aciago régimen nacionalista encendió las hogueras de Auschwitz, de los hornos crematorios de Lublin y Treblinka. Estas llamas no sólo iluminaron el breve triunfo del fascismo, sino que también indicaron a la humanidad que el fascismo estaba condenado. Épocas históricas enteras, así como gobiernos reaccionarios fallidos e individuos con la esperanza de mejorar su suerte recurren al antisemitismo en un intento de escapar a un destino inexorable.
¿Ha habido casos en estos dos milenios en que la libertad y el humanitarismo se hayan servido del antisemitismo para alcanzar sus fines? Es probable pero no los conozco.
El antisemitismo del día a día es un antisemitismo que no hace correr la sangre. Sólo atestigua que en el mundo existen idiotas, envidiosos y fracasados.
En los países democráticos puede nacer un antisemitismo de tipo social. Se manifiesta en la prensa que representa a estos o aquellos grupos reaccionarios; en las acciones de grupos del mismo tipo, por ejemplo mediante el boicot de la mano de obra o de los productos judíos; en la religión y en la ideología de los reaccionarios.
En los países totalitarios, donde no existe la sociedad civil, el antisemitismo sólo puede ser estatal.
El antisemitismo estatal es el indicador de que el Estado intenta sacar provecho de los idiotas, los reaccionarios, los fracasados, de la ignorancia de los supersticiosos y la rabia de los hambrientos. La primera etapa es la discriminación: el Estado limita las áreas en las que los judíos pueden vivir, la elección de profesión, su acceso a posiciones importantes y el derecho a matricularse en las universidades y obtener títulos académicos, grados, etcétera.
La siguiente etapa es el exterminio.
Cuando las fuerzas de la reacción entablan una guerra mortal contra las fuerzas de la libertad, el antisemitismo se convierte en una ideología de Partido y del Estado; eso es lo que ocurrió en el siglo XX con el fascismo.
33
Las unidades recién constituidas avanzaban hacia el frente de Stalingrado en secreto, durante la noche.
En el curso medio del Don, en la zona noroeste de Stalingrado, se estaban concentrando las fuerzas del nuevo frente. Los convoyes descargaban en plena estepa, en las vías férreas recién construidas.
A la primera luz del alba, los ríos de hierro que habían llenado la noche de ruido de repente se aquietaban, y en la estepa quedaba suspendida una ligera bruma polvorienta.
De día, los tubos de los cañones se cubrían con maleza seca y montones de paja, tanto que parecía que no hubiera en el mundo objetos más pacíficos que aquellas piezas de artillería fundidas en la estepa otoñal. Loa aviones, con las alas extendidas, como insectos muertos y secos, yacían en los aeródromos, cubiertos bajo redes de camuflaje.
Cada día los triángulos, los rombos, los círculos se hacían más y más densos, y más densa se volvía la red de cifras sobre aquel mapa que sólo conocían unos pocos hombres. Los ejércitos del recién formado frente suroeste, ahora frente de ataque, tomaban posiciones en la línea de partida y se disponían a avanzar.
Entretanto, en la orilla izquierda del Volga, bordeando el humo y el estruendo de Stalingrado, los cuerpos de tanques y las divisiones de artillería avanzaban a través de las estepas desiertas hacia las apacibles ensenadas. Las tropas que habían cruzado el Volga tomaban posiciones en la estepa calmuca, en el terreno salino situado entre los lagos. Aquellas fuerzas se estaban concentrando en el flanco derecho de los alemanes. El alto mando soviético estaba preparando el cerco de las divisiones de Paulus.
Durante las noches oscuras, bajo las nubes y estrellas otoñales, buques de vapor, transbordadores y barcazas trasladaban a la orilla derecha, la calmuca, más al sur de Stalingrado, los tanques de Nóvikov.
Miles de hombres vieron los nombres de famosos generales rusos —Kutúzov, Suvórov, Aleksandr Nevskir— escritos con pintura blanca en las torres de los carros.
Millones de hombres vieron la artillería pesada, los morteros y las columnas de camiones Ford y Dodge, enviados por los aliados occidentales, avanzando en dirección a Stalingrado.
Y sin embargo, aunque este movimiento fuera evidente para millones de hombres, la concentración de enormes contingentes militares preparados para lanzar la ofensiva al noroeste y al sur de Stalingrado se hacía con el máximo secretismo.
¿Cómo era posible? Los alemanes también estaban al corriente de aquellas grandes maniobras. De hecho era imposible esconderlo, como es imposible que un hombre eluda el viento al atravesar la estepa.
Los alemanes sabían lo que estaba pasando, pero desconocían que el ataque era inminente. Cualquier teniente alemán, con solamente echar un vistazo al mapa donde estaban marcadas las posiciones aproximadas de las principales concentraciones de las fuerzas rusas, podría haber descifrado el secreto militar mejor guardado de la Unión Soviética, un secreto que sólo Stalin, Zhúkov y Vasilievski conocían.
No obstante, el cerco de las tropas alemanas en Stalingrado constituyó una sorpresa para los tenientes y los mariscales de campo alemanes.
¿Cómo era posible que aquello hubiera sucedido?
Stalingrado continuaba resistiendo. A pesar de los grandes contingentes desplegados, los ataques alemanes no conducían a la victoria decisiva. Algunos regimientos rusos sólo contaban con unas docenas de soldados. Fueron aquellos pocos hombres quienes, soportando todo el peso de la terrible batalla, indujeron los cálculos erróneos de los alemanes.
Los alemanes se negaban a creer que todos sus ataques serían rechazados por un puñado de hombres. Estaban convencidos de que las reservas soviéticas estaban destinadas a sostener y alimentar la defensa de Stalingrado. Los verdaderos estrategas de la ofensiva de Stalingrado fueron los soldados que repelieron los ataques de la división de Paulus a orillas del Volga.
Sin embargo, la implacable astucia de la historia se escondía todavía más profundamente; y en aquella profundidad, la libertad que hacía nacer la victoria, aun siendo el objetivo mismo de la guerra, se convertía con el roce de los dedos astutos de la historia en un medio de conducir la guerra.
34
Una vieja, cuya cara enfurruñada delataba su preocupación, se dirigió hacia su casa con una brazada de hierbas secas. Pasó por delante de un jeep cubierto de polvo y de un tanque del Estado Mayor protegido por una lona. Caminaba, huesuda y taciturna; se habría podido creer que no había nada más banal que aquella viejita que pasaba por delante de un tanque arrimado a su casa. Y sin embargo, no había nada más significativo en los acontecimientos del mundo que el vínculo que existía entre aquella vieja, su hija poco agraciada que había llevado a la vaca a cubierto para ordeñarla, su nieto de cabellos rubios que, metiéndose un dedo en la nariz, vigilaba los chorros que brotaban de las ubres de la vaca, y las tropas acantonadas en la estepa.
Todos aquellos hombres, los oficiales de los Estados Mayores de varios cuerpos y ejércitos, los generales que fumaban bajo los rústicos y ennegrecidos iconos religiosos de una isba, los cocineros de los generales que asaban la carne de carnero en los hornos, las telefonistas que se enrollaban los mechones de pelo con cartuchos o clavos, el chófer que se afeitaba una mejilla en el patio sobre una palangana de hojalata, mirándose en el espejo con el rabillo del ojo mientras con el otro controlaba el cielo (no fuera a ser que llegaran los alemanes): todo aquel mundo de acero, electricidad y gasolina, todo ese mundo de guerra, era parte integrante de la larga serie de pueblos, aldeas y granjas diseminadas por la estepa.
Existía un hilo invisible que unía a la vieja, los jóvenes de hoy en sus tanques y aquellos que en verano habían llegado a pie, extenuados, pidiéndole que les dejara pasar la noche en su casa y que luego, llenos de miedo, no habían logrado conciliar el sueño y salían constantemente para comprobar que todo estuviera tranquilo.
Existía un hilo invisible que unía a aquella vieja en su pueblo de la estepa calmuca con aquella que, en los Urales, había posado un ruidoso samovar de cobre en el Estado Mayor del cuerpo blindado de la reserva; con aquella otra que en junio, cerca de Vorónezh, había instalado a un coronel sobre la paja del suelo y se había santiguado al mirar a través de la pequeña ventana el resplandor rojo de los incendios; pero aquel vínculo era tan familiar que no lo habían notado ni la vieja que acarreaba su carga para encender la estufa, ni el coronel acostado en el suelo.
En la estepa flotaba un silencio maravilloso, pero en cierto modo abrumador. ¿Sabían los hombres que iban y venían aquella mañana por la avenida Unter den Linden que Rusia había vuelto su rostro hacia Occidente y se disponía a atacar, a avanzar?
Nóvikov, desde el zaguán, llamó al chófer Jaritónov.
—Coge los capotes, el mío y el del comisario; volveremos tarde.
Guétmanov y Neudóbnov también salieron al zaguán.
—Mijaíl Petróvich —dijo Nóvikov—. Si pasa cualquier cosa llame a Kárpov y después de las tres a Belov o Makárov.
—¿Qué cree que puede pasar aquí? —preguntó Neudóbnov.
—Nunca se sabe. Tal vez la visita inesperada de un superior —dijo Nóvikov.
Dos puntitos se alejaron del sol y descendieron volando hacia el pueblo. El quejido de los motores se hizo cada vez más fuerte, su irrupción, más virulenta, sacando a la estepa de su letargo.
Jaritónov bajó de un salto del jeep y corrió a refugiarse tras la pared de un granero.
—¿Pero qué te pasa, idiota? ¿Tienes miedo de los nuestros? —gritó Guétmanov.
En ese mismo momento uno de los aviones descargo una ráfaga de ametralladora y el segundo lanzó una bomba.
El aire aulló, sonó un ruido de cristales rotos, una mujer lanzó un grito penetrante, un niño rompió a llorar, los terrones levantados por la explosión aporrearon el suelo.
Nóvikov se agazapó al oír caer la bomba, En un segundo todo quedó sumergido en el polvo y el humo. Lo único que veía era a Guétmanov, que estaba a su lado. La silueta de Neudóbnov emergió de la nube de polvo: erguido, sacando pecho, La cabeza alta; era el único que no había encogido el cuerpo para pegarse al suelo; permanecía inmóvil, como esculpido en madera.
Guétmanov, un poco pálido pero alegre y lleno de excitación, se sacudió el polvo de los pantalones y dijo con una jactancia cautivadora:
—No pasa nada. Los pantalones, por lo visto, siguen secos y nuestro general no se ha movido siquiera.
Después, acompañado de Neudóbnov, fue a mirar a qué distancia del cráter habían saltado los terrones y se asombraron de que los cristales de las casas más lejanas se hubieran roto mientras que los de la más cercana estaban intactos.
Nóvikov sentía curiosidad por las reacciones de aquellos hombres que asistían por primera vez a la explosión de una bomba. Estaban visiblemente impresionados ante la idea de que aquella bomba se había fabricado, levantado en el aire y lanzado a la tierra con un único objetivo: matar al padre de los pequeños Guétmanov y al padre de los pequeños Neudóbnov. Eso era de lo que se ocupaban los hombres en la guerra.
Cuando se pusieron en camino, Guétmanov no dejó de hablar de la incursión aérea, pero de pronto se interrumpió:
—Debe de hacerte gracia escucharme, Piotr Pávlovich; sobre tu cabeza han caído miles de bombas, pero para mí ésta es la primera. —Volvió a interrumpirse, y dijo—: Dime, Piotr Pávlovich, ¿por casualidad Krímov ha sido hecho prisionero alguna vez?
—¿Krímov? ¿Por que lo preguntas?
—Oí una conversación interesante al respecto en el Estado Mayor del frente.
—Creo que sufrió un cerco, pero no fue hecho prisionero. En cualquier caso, ¿de qué trataba la conversación?
Como si no le hubiera oído, Guétmanov golpeó ligeramente en el hombro a Jaritónov y dijo:
—El camino es por allí; lleva directamente al Estado Mayor de la primera brigada, evitando el barranco. He aprendido a orientarme, ¿eh?
Nóvikov ya estaba acostumbrado a que Guétmanov nunca siguiera el hilo de una conversación: ahora contaba una historia, ahora formulaba una pregunta repentina, después retomaba un relato interrumpido para intercalarlo con una nueva pregunta. Sus pensamientos parecían moverse en zigzag, sin orden ni concierto. Pero sólo en apariencia. En realidad no era así; se trataba sólo de una impresión.
Guétmanov hablaba a menudo de su mujer y de sus hijos. Siempre llevaba encima un grueso fajo de fotografías familiares y había enviado dos veces a un hombre a Ufá con paquetes de comida.
Sin embargo eso no le había impedido iniciar una relación con la doctora morena del puesto de socorro, Tamara Pávlovna, y no se trataba de un mero capricho. Una mañana Vershkov informó a Nóvikov con voz trágica:
—Camarada coronel, la doctora ha pasado la noche con el comisario y no se ha ido hasta el amanecer.
—No es asunto suyo, Vershkov —contestó Nóvikov—. Sería mejor que no viniera a traerme los dulces a escondidas.
Guétmanov no se esforzaba en esconder su relación con Támara Pávlovna y ahora, mientras viajaban por la estepa, se inclinó hacia Nóvikov y le confesó en un susurro:
—Piotr Pávlovich, sé de un muchacho que se ha enamorado de la doctora —y miró a Nóvikov con ojos dulces y lastimeros.
—Un comisario, tengo entendido —dijo Nóvikov lanzando una mirada al conductor.
—Bueno, los bolcheviques no son monjes —le explicó Guétmanov bisbiseando—. La amo, ¿entiendes? Soy un viejo estúpido.
Guardaron silencio algunos minutos y Guétmanov, como si no acabara de hacerle una confidencia, le dijo en tono diferente:
—En cuanto a ti, Piotr Pávlovich, no adelgazas ni un gramo. Parece que estás como en casa en el frente. Yo, por ejemplo, estoy hecho para trabajar en el Partido. Llegué a mi obkom en el momento más difícil. A otro le hubiera dado un ataque al corazón. El plan para la entrega del trigo no se había cumplido y el camarada Stalin me telefoneó dos veces, pero yo como si nada, engordé igual que si estuviera de vacaciones. Tú también eres así.
—Sólo el demonio sabe para qué estoy hecho yo —replicó Nóvikov—. Tal vez esté hecho para la guerra, después de todo —y se echó a reír—. Me he dado cuenta de una cosa: cada vez que pasa algo interesante, lo primero que pienso es que debo recordarlo para contárselo a Yevguenia Nikoláyevna. Los alemanes os han tirado por primera vez una bomba a ti y a Neudóbnov e inmediatamente he pensado: «Tengo que contárselo».
—De modo que escribes informes, ¿eh? —preguntó Guétmanov.
—Así es.
—Lo entiendo, es tu mujer —dijo Guétmanov—. No hay nadie que esté tan cerca de uno como su mujer.
Llegaron a la primera brigada y se apearon del coche.
En la cabeza de Nóvikov pululaban apellidos, nombres de poblaciones, problemas pequeños y grandes, cosas claras u oscuras, órdenes que dar o referir.
De noche se despertaba sobresaltado, angustiado por las dudas: ¿valía la pena abrir fuego a una distancia superior a la escala del alza? ¿Tenía sentido disparar durante el avance? ¿Serian capaces los comandantes de las unidades de valorar con rapidez y precisión los cambios de situación durante el combate, de tomar decisiones autónomamente, de dar órdenes en el acto?
Luego imaginaba como, convoy tras convoy, sus tanques rompían la defensa germano-rumana, logrando abrir una brecha, perseguir al enemigo en combinación con el ataque aéreo, la artillería autopropulsada, la infantería motorizada, los zapadores; empujarían al enemigo cada vez más al oeste, apoderándose de los pasos de los ríos y los puentes, evitando los campos de minas, eliminando las bolsas de resistencia. Presa de una excitación alegre, sacaba los pies descalzos de la cama y, sentado en la oscuridad, con la respiración entrecortada, presentía la felicidad inminente.
Nunca había sentido deseos de hacer partícipe a Guétmanov de estos pensamientos nocturnos.