Vida y destino
SEGUNDA PARTE » 35
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En la estepa, con mayor frecuencia que en los Urales, se irritaba con Neudóbnov y Guétmanov. «Han llegado aquí para los postres», pensaba.
Ya no era el mismo hombre que en 1941. Ahora bebía más, soltaba tacos, se irritaba. Una vez le había levantado la mano al oficial encargado del suministro de carburante. Había notado que le tenían miedo.
—Sólo el demonio sabe si estoy hecho para la guerra —repitió Nóvikov—. Lo mejor sería vivir con la mujer que uno ama en alguna isba perdida en lo más profundo del bosque. Saldría a cazar y regresaría por la noche. Ella haría la sopa y nos iríamos a la cama. No es la guerra lo que alimenta a un hombre.
Guétmanov, con la cabeza baja, lo miró atentamente.
El comandante de la primera brigada, el coronel Kárpov, era un hombre de carrillos abultados, cabellos rojos y ojos de aquel azul penetrante y claro típico de los pelirrojos. Recibió a Nóvikov y Guétmanov al lado del radiotransmisor.
Había combatido durante algún tiempo en el frente noroeste, donde más de una vez tuvo que enterrar sus tanques para transformarlos en posiciones de tiro estático.
Acompañó a Nóvikov y a Guétmanov durante su inspección de la primera brigada y, viendo sus gestos distendidos, se habría podido pensar que él era el superior.
A juzgar por su constitución, parecía un hombre bonachón aficionado a la cerveza y a las comidas copiosas. Pero su naturaleza era totalmente diferente: taciturna, fría, suspicaz, mezquina. No era hospitalario y tenía fama de avaro.
Guétmanov elogió el esmero con el que habían sido cavados los búnkeres y los refugios para los tanques y las armas.
Al comandante de la brigada no se le había escapado ningún detalle: la eventual dirección de un ataque enemigo, la posibilidad de un asalto por los flancos; lo único que no había tenido en cuenta era que la inminente batalla le obligaría a pasar a la ofensiva, romper el frente enemigo e iniciar la persecución.
A Nóvikov le irritaban sobremanera las inclinaciones de cabeza y las palabritas de aprobación de Guétmanov.
Y Kárpov, como si quisiera añadir más leña al fuego, dijo:
—Permítame, camarada coronel, que le cuente lo que pasó una vez en Odessa. Bueno, nosotros estábamos perfectamente atrincherados. Al anochecer pasamos al contraataque y les dimos un buen golpe a los rumanos. Por la noche, siguiendo órdenes del comandante, toda nuestra defensa, como si de un solo hombre se tratara, se dirigió al lugar convenido para embarcar. Los rumanos comenzaron a atacar las trincheras abandonadas a las diez de la mañana, pero nosotros ya estábamos en el mar Negro.
—Bien, sólo espero que no le suceda eso aquí, que no tenga que quedarse plantado delante de las trincheras rumanas vacías —dijo Nóvikov.
¿Sería capaz Kárpov, llegado el momento del ataque, de forzar el avance, día y noche, y dejar a sus espaldas las bolsas de resistencia del enemigo? ¿Sería capaz de arremeter dejando al descubierto la cabeza, la nuca, los flancos? ¿Se apoderaría de él la furia de la persecución? No, no era su carácter.
A su alrededor todo dejaba ver los rastros del reciente incendio y era extraño que el aire fuera tan gélido. Los tanquistas estaban absortos en las preocupaciones cotidianas de todo soldado: uno se afeitaba sentado sobre el carro después de haber acomodado un espejito sobre la torreta, otro limpiaba el fusil, otro escribía una carta y al lado, sobre una tela extendida en el suelo, otros jugaban a las cartas, mientras un nutrido grupo, suspirando de vez en cuando, formaba un circulo alrededor de la enfermera.
Y aquella escena trivial, bajo el cielo infinito, sobre la tierra infinita, se llenaba de una melancolía crepuscular.
De repente, un comandante de batallón se puso en pie, se ajustó la chaqueta y gritó:
—¡Batallón, firmes!
Nóvikov, como para contradecirle, replicó:
—Descansen, descansen.
Por allí donde pasaba el comisario soltando sus frasecitas, se oían estallidos de risas y los tanquistas intercambiaban miradas, mientras sus caras se volvían más alegres.
El comisario les preguntaba qué tal había ido la separación de las muchachas de los Urales, si habían gastado mucho papel escribiéndoles cartas, si recibían puntualmente en la estepa la Estrella Roja.
Luego, la tomó con el intendente:
—¿Qué han comido hoy los soldados? ¿Y ayer? ¿Y anteayer? ¿Tú también has comido sopa de cebada y tomates verdes tres días seguidos? ¡Mandad llamar al cocinero! —ordenó entre las risas de los tanquistas—. Que venga y diga qué ha preparado hoy de desayuno para el intendente.
Sus preguntas sobre las condiciones de vida de los tanquistas sonaban como un reproche a los comandantes de las unidades. Era como si les estuviera diciendo: «¿Por qué pensáis siempre en el material y nunca en los hombres?».
El intendente, un hombre delgado con unas viejas botas de lona polvorientas y las manos rojas como una lavandera que enjuaga la ropa en agua fría, estaba erguido frente a Guétmanov y tosía.
A Nóvikov le dio pena y dijo:
—Camarada comisario, ¿vamos a ver a Belov?
Desde antes de la guerra Guétmanov siempre había sido considerado, y con razón, un hombre de masas, un líder nato. Sólo tenía que abrir la boca para que la gente comenzara a reír: su manera de hablar, directa y viva, su lenguaje a veces vulgar, borraban de un plumazo la distancia que hay entre el secretario de un obkom y un hombre sucio en traje de faena.
Su interés siempre se dirigía a las cuestiones de la vida cotidiana: si se había pagado el salario con retraso, si la tienda del pueblo o de la fábrica estaba bien surtida, si la residencia de los trabajadores estaba bien caldeada, si la cocina del campamento estaba organizada como era debido.
Tenía un don particular para hablar con las ancianas obreras de las fábricas y las koljosianas. A todos les gustaba que el secretario fuera un servidor del pueblo, que supiera defenderlos a capa y espada de los proveedores, los gerentes de las residencias y, si era preciso, de los directores de las fabricas o los MTS[95], cuando éstos desatendían los intereses del obrero. Era hijo de campesinos, él mismo había trabajado de mecánico en una fábrica y los obreros lo notaban. Pero, en su despacho de secretario de obkom sólo se preocupaba de su responsabilidad frente al Estado; las preocupaciones de Moscú eran su principal inquietud; los directores de las grandes fábricas y los secretarios de raikom rurales lo sabían muy bien.
—¿Te das cuenta de que estás incumpliendo el plan del Estado? ¿Quieres renunciar a tu carné del Partido? ¿Sabes por qué el Partido ha depositado su confianza en ti? ¿Hace falta que te lo explique?
En su despacho no se reía ni se bromeaba, no se hablaba del agua caliente de las residencias o de las zonas verdes de los talleres. En su despacho se determinaban severos planes de producción, se discutía sobre el aumento del ritmo de producción. Se decía que para la construcción de viviendas era preciso esperar todavía un poco, apretarse el cinturón, bajar el coste de producción, aumentar el precio de los artículos al por menor.
Durante las reuniones que se celebraban en su oficina era cuando la fuerza de Guétmanov se podía apreciar en su justa medida. Los demás asistentes parecían acudir a esas reuniones no para exponer sus ideas o sus quejas, sino para ayudar a Guétmanov, como si el curso de las reuniones estuviera ya decidido de antemano por su voluntad e inteligencia.
Hablaba en voz baja, sin apresurarse, convencido de la obediencia de aquellos a los que se dirigía.
—Háblanos un poco de tu distrito. En primer lugar, camaradas, cederemos la palabra al agrónomo. Y nos gustaría escuchar tu punto de vista, Piotr Mijaílovich. Creo que Lazko tiene algo que decirnos; él se está encontrando con varios problemas en esa área. Sí, Rodiónov, sé que tienes algo en la punta de la lengua. Para mí, camaradas, la cuestión está clara. Es hora de ir concluyendo, creo que no habrá objeciones a este respecto. Aquí, camaradas, está preparado el proyecto de resolución. Tal vez el camarada Rodiónov pueda leerlo en voz alta.
Y Rodiónov, que quería expresar algunas de sus dudas e incluso discutir, se ponía a leer con diligencia la resolución, mirando de vez en cuando al presidente para comprobar si estaba leyendo con suficiente claridad. «Bien, camaradas, parece que nadie tiene objeciones.»
Pero lo más sorprendente era que Guétmanov siempre parecía absolutamente sincero; seguía siendo él mismo cuando exigía la ejecución del plan a los secretarios de raikom, cuando retiraba a los trabajadores de un koljós los últimos granos de trigo, bajaba el salario a los obreros exigía un abaratamiento del precio de coste, cuando subía los precios al por menor, pero también cuando hablaba, conmovido, con las mujeres del soviet de la ciudad y las compadecía por su difícil vida y se afligía por las estrecheces con que vivían los obreros en las residencias.
Era algo difícil de comprender, pero ¿acaso en la vida todo es fácil de comprender?
Cuando Nóvikov y Guétmanov se acercaron al coche, este último dijo en tono de broma a Kárpov, que les había acompañado:
—Tendremos que comer con Belov; no esperábamos una invitación para comer por parte suya y de su intendente.
—Camarada comisario —replicó Kárpov—, hasta ahora nuestro intendente no ha recibido nada de los almacenes del frente. Y él mismo, entre otras cosas, casi no prueba bocado porque padece del estómago.
—¡Padece del estómago! Ay, ay, qué desgracia —dijo Guétmanov; luego bostezó y ordenó con la mano—. Venga, nos vamos.
La brigada de Belov estaba destacada algo más al oeste que la de Kárpov.
Belov, un hombre delgado, narigudo, con las piernas arqueadas de un jinete, de mente ágil y aguda, rápido como una ametralladora a la hora de hablar, era del agrado de Nóvikov, que lo consideraba el hombre ideal para efectuar un ataque repentino y penetrar en el frente enemigo.
Se tenía un alto concepto de él, a pesar de las pocas acciones militares que contaba en su haber. El pasado mes de diciembre, cerca de Moscú, había dirigido un ataque contra la retaguardia alemana.
Pero ahora Nóvikov, preocupado, sólo veía los defectos del comandante de la brigada: bebía como una esponja, era olvidadizo y frívolo, mujeriego y no gozaba de la simpatía de sus subordinados. No había organizado la defensa. Los problemas de logística no suscitaban su interés: se ocupaba sólo del abastecimiento de carburante y municiones, y no prestaba suficiente atención a la evacuación de los tanques averiados del campo de batalla para su posterior reparación.
—Pero ¿qué hace, camarada Belov? No estamos en los Urales, sino en la estepa —dijo Nóvikov.
—Sí, esto parece un campamento zíngaro —añadió Guétmanov.
—He tomado medidas contra los ataques aéreos —respondió enseguida Belov—. Pero a la distancia que estamos de la primera línea, un ataque por tierra parece poco probable.
Tomó una bocanada de aire y continuó:
—De todas formas, camarada coronel, estoy impaciente por pasar al ataque; estar a la defensiva no es lo mío.
—Bravo, bravo, Belov. Usted es el Suvórov soviético, un verdadero jefe militar —aplaudió Guétmanov, y pasando a tutearle, continuó en tono confidencial—: El jefe de la sección política me ha dicho que tienes una aventura con una enfermera. ¿Es verdad?
Belov, confundido por el tono campechano de Guétmanov, no entendió del todo la pregunta.
—Lo siento, ¿qué ha dicho?
Pero antes incluso de que Guétmanov le repitiera la frase captó el sentido de la pregunta y se sintió a disgusto.
—Soy un hombre, camarada comisario, cuando se está en campaña…
—Pero tienes mujer y un hijo.
—Tres —le corrigió Belov, con aire triste.
—Tres hijos, entonces. En la segunda brigada el mando ha destituido a Bulánovich, un buen oficial. Recurrieron a las medidas más radicales: cuando tuvieron que salir de la reserva, prefirieron sustituirlo por el comandante de batallón Kobilni, y todo por una aventura como la tuya. ¿Qué ejemplo les das a tus subordinados? Un comandante ruso padre de tres hijos.
Belov, fuera de sí, protestó en voz alta:
—Eso a nadie le incumbe, puesto que no la he violado. Y por lo que se refiere a dar ejemplo, eso lo han hecho otros antes que yo, antes que usted y antes que su padre.
Sin alzar el tono, Guétmanov volvió a dirigirse a él de usted.
—Camarada Belov, no olvide su carné del Partido. Compórtese como es debido cuando hable con un superior.
Belov se cuadró, adoptando una posición impecable, y dijo:
—Disculpe, camarada comisario, comprendo mi error.
—Estoy seguro de tu éxito —replicó Guétmanov—, el comisario del cuerpo tiene confianza en ti, pero que tu conducta no te deshonre. —Consultó su reloj y se volvió hacia Nóvikov—: Piotr Pávlovich, tengo que ir al Estado Mayor; no iré contigo a ver a Makárov. Cogeré el coche de Belov.
Cuando salieron del refugio, Nóvikov no pudo contenerse y le preguntó:
—¿No puedes esperar a ver a tu doctora?
Dos ojos de hielo le miraron perplejos y una voz irritada dijo:
—He sido convocado por un miembro del Consejo Militar del frente.
Nóvikov decidió pasar a ver a Makárov, el comandante de la primera brigada, su favorito.
Pasearon juntos hacia un lago en cuya orilla estaba desplegado un batallón. Makárov, pálido y con unos ojos tristes que no se correspondían con la imagen de un comandante de una brigada de tanques pesados, dijo:
—¿Se acuerda de aquel pantano bielorruso, camarada coronel, cuando los alemanes nos perseguían?
Nóvikov se acordaba, por supuesto.
Pensó un instante en Kárpov y en Belov. Obviamente no se trataba sólo de una cuestión de experiencia, sino de naturaleza. No se puede trasladar a un piloto de caza a una unidad de zapadores. No todos podían ser como Makárov, igual de competente en la defensa que en el ataque.
Guétmanov afirmaba que estaba hecho para trabajar en el Partido. Makárov, en cambio, era un verdadero soldado. ¡Un soldado de primera!
Nóvikov no necesitaba oír informes ni balances de Makárov. Deseaba sólo pedirle consejo, confiarle sus preocupaciones.
¿Cómo conseguir durante el ataque la plena armonía entre la infantería ligera y la infantería motorizada, entre los zapadores y la artillería autopropulsada? ¿Estaban de acuerdo respecto a las posibles acciones del enemigo después del inicio del ataque? ¿Tenían la misma opinión acerca de la fuerza de sus defensas antitanque? ¿Se habían definido correctamente las líneas del despliegue?
Llegaron a un barranco poco profundo donde estaba instalado el puesto de mando del batallón. Al ver a Nóvikov y Makárov, Fátov, el comandante del batallón, se sintió confuso: el refugio del Estado Mayor, a su modo de ver, era inadecuado para aquellos invitados tan distinguidos. Para colmo, un soldado había encendido fuego con pólvora y la estufa respondía con unos ruidos inconvenientes.
—Quiero que recuerden algo, camaradas —dijo Nóvikov—. A este cuerpo se le asignará un papel crucial en las misiones sucesivas; confiaré la parte más difícil a Makárov, y tengo la impresión de que Makárov le asignará la parte más difícil de su misión a Fátov. Les tocará a ustedes resolver sus propios problemas. No seré yo quien les brinde la solución durante el combate.
Preguntó a Fátov sobre la organización de las conexiones entre el Estado Mayor del regimiento y los comandantes de los escuadrones, sobre el funcionamiento de la radio, sobre las reservas de las municiones, sobre la calidad del carburante.
Antes de despedirse, Nóvikov preguntó:
—Makárov, ¿está preparado?
—No, no del todo, camarada coronel.
—¿Le basta con tres días?
—Sí, camarada coronel.
Mientras se subía al coche, Nóvikov dijo al chófer:
—Bueno, Jaritónov, parece que Makárov lo tiene todo controlado, ¿verdad?
Jaritónov miró a Nóvikov de reojo y respondió:
—Sí, todo controlado, camarada coronel. El responsable de aprovisionamiento se ha puesto como una cuba; han venido de un batallón para recoger sus raciones y él se había ido a dormir, cerrándolo todo con llave. Así que han tenido que darse media vuelta de vacío. Un sargento me ha contado que un comandante de su escuadrón celebró su onomástica pimplándose la ración entera de vodka de sus soldados. Yo quería reparar la cámara de aire y ni siquiera tenían parches.
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Neudóbnov se alegró cuando, al asomarse por la ventana de la isba, vio llegar el jeep de Nóvikov en medio de una polvareda.
En su ausencia había experimentado la misma sensación que de niño, cuando sus padres salían y él se quedaba como dueño y señor de la casa. Se sentía feliz, pero en cuanto la puerta se cerraba empezaba a ver ladrones por todas partes, se imaginaba un incendio e iba corriendo de la puerta a la ventana, aguzando el oído, petrificado, y alzando la nariz en busca de olor a humo.
Se sentía impotente sin Nóvikov, ya que los métodos que aplicaba normalmente a las cuestiones importantes se habían probado ineficaces allí.
Los alemanes podían aparecer en cualquier momento. Después de todo sólo había sesenta kilómetros hasta la línea del frente. ¿Qué haría entonces? Aquí de nada servia amenazar con destituciones o acusar de conspiración con enemigos del pueblo. Los tanques se abalanzaban, y ya está; ¿qué podían hacer para detenerlos? Una idea sacudió a Neudóbnov con una evidencia abrumadora: la terrible furia del Estado que hacía doblegarse y estremecerse a millones de hombres, allí, en el frente, mientras el enemigo acechaba, no surtía ningún efecto. No se podía obligar a los alemanes a rellenar cuestionarios, a contar su vida delante de una asamblea, a sentir miedo por tener que confesar cuál era la posición social de sus padres antes de 1917.
Todo lo que Neudóbnov amaba y sin lo cual no podía vivir, su destino, el destino de sus hijos, ya no se encontraba bajo la protección del gran y amenazador Estado donde había nacido. Y por primera vez pensó en Nóvikov con una mezcla de temor y admiración.
Nóvikov, que acababa de entrar en la isba del Estado Mayor, exclamo:
—Para mí, camarada general, está claro: ¡Makárov es nuestro hombre! Es capaz de tomar decisiones rápidas en cualquier circunstancia. Belov se precipita hacía delante sin entender nada ni mirar a los lados. A Kárpov hay que espolearlo: es un caballo de tiro pesado, lento.
—Sí, los cuadros de dirigentes son los que lo deciden todo; el camarada Stalin nos ha enseñado a estudiar los cuadros incansablemente —confirmó Neudóbnov, y añadió con vivacidad—: No dejo de pensar que tiene que haber un agente alemán en el pueblo. El cerdo debe de haber dado la posición de nuestro Estado Mayor a los bombarderos alemanes.
Neudóbnov contó a Nóvikov lo que había ocurrido en su ausencia.
—Nuestros vecinos y los comandantes de las unidades de refuerzo van a venir a saludarle, sólo para presentarse, en visita de cortesía.
—Qué lástima que Guétmanov no esté aquí, ¿qué habrá ido a hacer al Estado Mayor del frente? —preguntó Nóvikov.
Acordaron comer juntos y Nóvikov, entretanto, se marchó a su alojamiento para lavarse y cambiarse la chaqueta llena de polvo.
La calle principal del pueblo estaba desierta; solo junto al cráter producido por la bomba estaba plantado el viejo en cuya casa se había instalado Guétmanov. El viejo, como si el cráter hubiera sido cavado para algún propósito en particular, lo estaba midiendo con los brazos abiertos. Al llegar a su altura, Nóvikov le preguntó:
—¿Qué estás haciendo, padre?
El viejo le hizo el saludo militar y respondió:
—Camarada comandante, fui hecho prisionero por los alemanes en 1915 y allí trabajé para una alemana. —Señalando el foso y luego el cielo, guiñó un ojo—. Me pregunto si no habrá sido mi hijo, ese pequeño bastardo, quien ha venido en avión a hacerme una visita.
Nóvikov se echó a reír.
—¡Viejo diablo!
Miró los postigos cerrados de la ventana de Guétmanov, hizo una señal al centinela que estaba apostado en el porche y de repente pensó angustiado: «¿Qué demonios habrá ido a hacer Guétmanov al Estado Mayor del frente? ¿Qué asuntos le habrán llevado allí?». Por un instante fue presa del pánico: «Es un hipócrita: le echa una bronca a Belov por su conducta inmoral y luego se queda helado cuando le menciono a su doctora». Pero de repente aquellas suposiciones le parecieron infundadas. No era suspicaz por naturaleza.
Dobló la esquina y vio unas decenas de jóvenes sentados en un claro. Seguramente eran nuevos reclutas que estaban descansando al lado del pozo en su camino hacía el comisariado militar del distrito.
El soldado encargado de acompañar a los muchachos, extenuado, se había calado la gorra en la cara y dormía. A su lado se amontonaban desordenadamente bolsas y petates. Debían de haber caminado una larga distancia a lo largo de la estepa; tenían los músculos de las piernas doloridos y algunos se habían quitado el calzado. Aún no les habían cortado el pelo y de lejos parecían alumnos de una escuela de pueblo descansando durante el recreo. Las caras delgadas, los cuellos finos, los largos cabellos rubios, las ropas remendadas con retazos de pantalones y chaquetas de sus padres… Todo aquello les daba un aspecto decididamente infantil. Algunos se divertían con un juego de niños al que, en su época, también había jugado él: se trataba de lanzar una moneda de cinco kopeks dentro de un agujero; entornaban los ojos y hacían puntería. Los demás miraban, y sus ojos eran lo único que no parecía infantil: eran tristes e inquietos.
Vieron a Nóvikov y se volvieron hacia el soldado que dormía. Daban la impresión de querer preguntarle sí podían continuar lanzando monedas y permanecer sentados en presencia de un oficial.
—Seguid, guerreros, adelante —dijo con voz suave y siguió su camino, haciéndoles un gesto con la mano.
Se sintió penetrado por un intenso sentimiento de piedad, tan hondo que le dejó estupefacto.
Aquellos ojos grandes que resaltaban en sus caritas delgadas e infantiles, aquel pobre modo de vestir, de campesinos, le revelaban con una claridad extraordinaria que los hombres que estaban a su mando también eran niños… Una vez en el ejército su condición de adolescentes desaparecía, bajo el casco, la disciplina, el crujido de las botas, las palabras y movimientos pulidos y automáticos… Aquí el cambio era evidente.
Nóvikov entró en su alojamiento. Era extraño, entre la amalgama compleja e inquietante de impresiones y pensamientos que habían aflorado aquel día, lo que más le turbaba era el encuentro con aquellos jovencísimos reclutas.
—Hombres… —repitió para sí mismo Nóvikov—. Hombres, hombres.
Durante toda su vida como soldado había sentido miedo de tener que dar cuenta de la pérdida de medios técnicos, municiones, tiempo; miedo de tener que justificarse por haber abandonado una cima o una encrucijada sin antes recibir una orden…
Nunca había visto que un superior se enfureciera porqué una operación hubiera resultado cara en términos de vidas humanas. A veces sucedía que un comandante mandaba a sus hombres bajo fuego enemigo para evitar la cólera de sus superiores; luego, para justificarse abría los brazas y decía: «No he podido hacer nada, he perdido a la mitad de mis hombres, pero no he podido alcanzar el objetivo…».
Hombres, hombres…
También había visto cómo se mandaba a los hombres bajo el fuego letal no por una cautela excesiva o el cumplimiento formal de una orden, sino por temeridad, por tozudez. El misterio de los misterios de la guerra, su carácter trágico, consistía en el derecho que tenía un hombre de enviar a la muerte a otro hombre. Este derecho se basaba en la suposición de que los hombres iban a enfrentarse al fuego enemigo en nombre de una causa común.
Un oficial que Nóvikov conocía, un hombre lúcido y juicioso que estaba destacado en un puesto de observación de primera línea, no había querido renunciar a su costumbre de beber leche fresca por la mañana. Así que cada mañana, un soldado de segundo grado se adentraba bajo fuego enemigo y le traía un termo con leche. A veces, los alemanes mataban al soldado y entonces este conocido de Nóvikov, un buen hombre, se veía obligado a prescindir de la leche hasta el día siguiente, cuando un nuevo correo sustituía al anterior. Y quien así se comportaba era un buen hombre, justo, preocupado por sus subordinados, un hombre al que los soldados llamaban «padre». Intenta encontrar un sentido a esta contradicción.
Neudóbnov no tardó en llegar y Nóvikov, que se estaba peinando a toda prisa delante del espejo, dijo:
—La guerra es algo terrible, camarada general. ¿Ha visto a los nuevos reclutas?
—Sí, material humano de segunda categoría, mocosos. Despabilé al soldado que los acompañaba y le prometí que lo enviaría a un batallón disciplinario. Qué dejadez tan increíble, más que una unidad militar parecía una panda de borrachos.
Las novelas de Turguéniev a menudo describen escenas de vecinos que visitan a un terrateniente recién afincado en su hacienda…
En la oscuridad dos jeeps se acercaron al Estado Mayor, y los dueños de la casa salieron para recibir a sus invitados: el comandante de la división de artillería pesada, el comandante del regimiento de obuses y el comandante de la brigada de lanzacohetes.
«… Toma mi mano, amable lector, y dirijámonos juntos a la hacienda de Tatiana Borísovna, mi vecina…»
Nóvikov conocía a Morózov, el comandante de la división de artillería, por los relatos que circulaban sobre él en el frente y por los boletines del Estado Mayor. Incluso se lo había imaginado perfectamente: rostro encendido y cabeza redonda. En realidad era un hombre viejo y encorvado.
Daba la impresión de que sus ojos risueños se habían añadido, como sin venir a cuento, a una cara enfurruñada. A veces reían con un aire tan inteligente que parecía que constituyeran su verdadera esencia, mientras que las arrugas y la espalda encorvada no serían más que meros atributos accidentales.
El comandante del regimiento de obuses, Lopatin, habría podido pasar no sólo por el hijo, sino por el nieto de Morózov.
Maguid, el comandante de la brigada lanzacohetes, un hombre de tez oscura, con bigote negro sobre un labio superior pronunciado y la frente alta con una calvicie prematura, se reveló como un invitado ocurrente y locuaz.
Nóvikov hizo pasar a los recién llegados a la habitación donde la mesa ya estaba puesta.
—Saludos desde los Urales —dijo, señalando los champiñones marinados y salados servidos en los platos.
El cocinero, que estaba al lado de la mesa en una postura teatral, se ruborizó violentamente, lanzó un suspiro y abandonó la habitación: no soportaba los nervios.
Vershkov se inclinó hacia el oído de Nóvikov y le susurró algo mientras señalaba la mesa.
—Por supuesto, sírvalo —dijo Nóvikov—. ¿Para qué vamos a tener el vodka bajo llave?
El comandante de la división de artillería Morózov indicó con la uña algo más de un cuarto de vaso, y dijo:
—No puedo beber más, por mi hígado.
—¿Y usted, teniente coronel?
—Sin miedo, el mío está perfecto; llénelo hasta arriba.
—Nuestro Maguid es un cosaco.
—¿Y su hígado, coronel, cómo está?
Lopatin, el comandante del regimiento de obuses, cubrió su vaso con la palma de la mano:
—No, gracias, no bebo.
Luego retiró la mano y añadió:
—Bueno, una gota simbólica. Para brindar.
—Lopatin va a la escuela de párvulos; sólo le pierden los caramelos —dijo Maguid.
Levantaron los vasos por el éxito de su empresa conjunta. Luego, como suele ocurrir en estos casos, descubrieron amigos comunes, compañeros de las escuelas militares o la academia. Hablaron de sus jefes y de lo mal que se estaba en otoño en la estepa.
—Entonces, ¿habrá boda pronto? —preguntó Lopatin.
—Sí, no tardará —dijo Nóvikov.
—Sí, sí; si hay Katiuska[96] cerca seguro que hay boda —indicó Maguid.
Maguid tenía una elevada opinión del decisivo papel que desempeñaban sus lanzacohetes. Después del primer vaso se mostró condescendiente y benévolo, aunque también irónico, escéptico, distraído; y eso no le gustó ni un ápice a Nóvikov.
Últimamente, cada vez que se relacionaba con gente, Nóvikov trataba de imaginar qué actitud habría adoptado Yevguenia Nikoláyevna con ellos. También trataba de imaginar cómo se comportarían sus conocidos en presencia de Zhenia.
Maguid pensó Nóvikov, se habría puesto a cortejarla, dándose aires y contando historias.
De repente se sintió angustiado, consumido por los celos como si en realidad Yevguenia estuviera escuchando las argucias que Maguid se afanaba en presentar con suma cortesía.
Y deseando demostrar a Zhenia que él también podía brillar, se puso a hablar de lo importante que era conocer a los hombres junto a los que uno combate y saber por anticipado cómo se comportarán en la batalla.
Dijo que a Kárpov había que espolearlo y a Belov, refrenarlo, mientras que Makárov sabía orientarse con extrema rapidez y desenvoltura, ya fuera en el ataque o en la defensa.
De aquellas observaciones bastante vacías nació una discusión que, aunque transcurría animada, era igual de vacía, como suele pasar cuando se reúne un grupo de oficiales que comandan divisiones distintas.
—Sí —dijo Morózov—, a veces se debe corregir un poco a los hombres, darles cierta orientación, pero nunca hay que forzar su voluntad.
—A los hombres hay que dirigirlos con pulso firme —rebatió Neudóbnov—. No hay que tener miedo de la responsabilidad, es necesario asumirla.
Lopatin cambió de tercio:
—Quien no ha estado en Stalingrado, no sabe qué es la guerra.
—Disculpe —exclamó Maguid—, pero ¿por qué Stalingrado? Nadie puede negar la perseverancia y el heroísmo de sus defensores; sería absurdo. Pero yo, que no he estado en Stalingrado, tengo la presunción de saber qué es la guerra. Soy un oficial de asalto. He participado en tres ofensivas y he roto la línea enemiga, he penetrado en la brecha. La artillería ha demostrado de lo que era capaz. Adelantamos a la infantería, incluso a los tanques y, por si les interesa saberlo, también a la aviación.
—Pero qué dice, coronel —exclamó Nóvikov, furioso—. ¡Todo el mundo sabe que el tanque es el rey de la guerra de maniobras! Eso no se discute siquiera.
—Hay otra posibilidad —dijo Lopatin—. En caso de éxito, uno se lo apropia. Pero si se fracasa, se echa la culpa al vecino.
—Ay, el vecino, el vecino —dijo Morózov—. Una vez el comandante de una unidad de infantería, un general, me pidió que le cubriese abriendo fuego. «Dale, amigo un poco de fuego a aquella altura», me dijo. «¿Qué calibre?» le pregunto yo. Él me pone como un trapo y me repite: «Abre fuego, te he dicho, ¡déjate de historias!». Más tarde descubrí que no tenía ni idea de los calibres de las armas, ni del alcance, y que a duras penas sabía orientarse con un mapa. «Dispara, dispara, hijo de puta…», decía. Y a sus subordinados les gritaba: «Adelante, si no os hago saltar los dientes, ¡os mando fusilar!». Y, por supuesto, estaba convencido de que era un gran estratega. Ése sí que era un buen vecino; os ruego que lo apreciéis y lo compadezcáis. A menudo acabas bajo las órdenes de un hombre así. Después de todo, es un general.
—Me sorprende oírle hablar de ese modo —dijo Neudóbnov—. No hay en las fuerzas armadas soviéticas comandantes así, menos aún generales.
—¿Cómo que no? —insistió Morózov—. ¡En un año de guerra he conocido a un montón de esa calaña! Maldicen, amenazan con una pistola, mandan irreflexivamente a los hombres bajo fuego enemigo. Por ejemplo, hace poco el comandante de un batallón se me puso prácticamente a llorar: «¿Cómo puedo mandar a mis hombres directamente contra las ametralladoras?». Yo le apoyé: «Es verdad, neutralicemos primero los puntos de resistencia con la artillería». Pero ¿qué creen que hizo el comandante de la división, el general? Le amenazó con un puño y le gritó: «¡O te lanzas al ataque o te mando fusilar como un perro!». Así que llevó a sus hombres al matadero, como ganado.
—Sí, sí, a eso se le llama: «Haré lo que me dé la gana y no se atreva a contradecirme» —confirmó Maguid—. Y, por cierto, esos generales no se reproducen por gemación; ponen sus sucias manos sobre las telefonistas.
—Y no saben escribir dos palabras sin hacer cinco faltas —observó Lopatin.
—Bien dicho —corroboró Morózov, que no había oído el último comentario—. Intenta tener piedad con individuos como éstos a tu alrededor. A ellos no les importan sus hombres y en eso reside toda su fuerza.
Nóvikov estaba plenamente de acuerdo con lo que decía Morózov. Durante su vida militar había visto muchos incidentes de ese tipo.
Sin embargo, de repente dijo:
—¡Tener piedad de los hombres! ¿Cómo cree que puede tener piedad de sus hombres? Si eso es lo que quiere, es mejor que no haga la guerra.
Los jóvenes reclutas que había visto aquel día le habían contrariado profundamente y deseaba hablar de ellos. Pero en lugar de expresar lo que había de bueno en su corazón, Nóvikov repitió con una rabia y una grosería repentinas, que a él mismo le resultaron incomprensibles:
—¿Cómo va a tener piedad de sus hombres? En la guerra uno no se preocupa de si mismo ni de los demás. Lo que a mí me perturba es que nos envían a novatos que apenas han salido del cascarón, y hay que depositar en sus manos un material precioso. Habría que preguntarse si es de los hombres por los que hay que velar.
Neudóbnov deslizaba la mirada de un interlocutor a otro. Había mandado a la muerte a no pocos hombres de valor, similares a los que estaban sentados a la mesa. A Nóvikov se le pasó por la cabeza que tal vez la desgracia que aguardaba a aquel hombre en el frente no era menor de la que esperaba en primera línea a Morózov, a él mismo, a Nóvikov, a Maguid, a Lopatin y a aquellos chicos procedentes del campo que había visto descansando en la calle.
Neudóbnov dijo en tono edificante:
—Eso no es lo que dice el camarada Stalin. El camarada Stalin dice que no hay nada más valioso que los hombres, nuestras tropas. Nuestro capital más valioso son los hombres y hay que cuidarlos como los ojos de la cara.
Nóvikov se dio cuenta de que el resto de los invitados acogía con simpatía las palabras de Neudóbnov y pensó: «¡Qué extraño! Ahora todos me considerarán un bruto y a Neudóbnov un hombre que cuida a sus hombres. Es una lástima que Guétmanov no esté aquí: él es todavía más santo».
Interrumpió a Neudóbnov en un tono extremadamente colérico y violento:
—No nos faltan hombres, tenemos más que suficientes. Lo que no tenemos es material. Cualquier idiota puede traer al mundo a un hombre. Otra cosa es fabricar un tanque o un avión. Si te apiadas de los hombres, no asumas la responsabilidad de mando.