Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 64

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El general Yeremenko, comandante en jefe del frente de Stalingrado, había emplazado a Nóvikov, Guétmanov y Neudóbnov.

El día antes Yeremenko había inspeccionado las brigadas, pero no había pasado por el Estado Mayor.

Los tres comandantes convocados estaban sentados y miraban con el rabillo del ojo a Yeremenko mientras se hacían cabalas sobre cuál era el motivo de aquella reunión.

Yeremenko captó la mirada de Guétmanov hacia el catre con la almohada arrugada.

—Me duele mucho la pierna —dijo, y soltó una imprecación, contra el objeto de su dolor.

Todos le miraron fijamente sin decir nada.

—En general, vuestro cuerpo parece bien preparado. Por lo visto habéis aprovechado bien el tiempo.

Mientras pronunciaba estas palabras miró de reojo a Nóvikov, que contrariamente a sus expectativas no irradiaba alegría al oír la aprobación del general.

Yeremenko manifestó cierta sorpresa de que el comandante del cuerpo blindado mostrara una actitud indiferente ante los elogios de un comandante que tenía fama de ser parco en alabanzas.

—Camarada general —dijo Nóvikov—, le he hecho ya un informe sobre las unidades de nuestra aviación de asalto que han bombardeado durante dos días la 137ª Brigada de Tanques concentrada en el sector de los profundos cauces fluviales secos de la estepa, y que formaba parte de la reserva del cuerpo.

Yeremenko, entrecerrando los ojos, se preguntó si Nóvikov quería cubrirse las espaldas, o desacreditar al jefe de la aviación.

Nóvikov frunció el ceño y añadió:

—Por suerte no han alcanzado sus objetivos. Todavía no han aprendido a bombardear.

—No importa —dijo Yeremenko—. Los necesitará más adelante; sabrán reparar su falta.

Guétmanov intervino en el diálogo:

—Por supuesto, camarada general. No tenemos intención, de disputar con la aviación de Stalin.

—Claro, claro, camarada Guétmanov —asintió Yeremenko, y le preguntó—: Bueno, ¿ha visto a Jruschov?

—Nikita Serguéyevich me ha ordenado que le visite mañana.

—¿Lo conoció en Kiev?

—Sí. Trabajé con él casi dos años.

—Dime, camarada general —preguntó de repente Yeremenko volviéndose a Neudóbnov—, ¿no te vi una vez en casa de Titsián Petróvich?

—Así es —dijo Neudóbnov—. Titsián Petróvich le había invitado a usted junto al mariscal Vóronov.

—Sí, lo recuerdo.

—Yo, camarada general, estuve destinado por un tiempo en el Comisariado del Pueblo a petición de Titsián Petróvich. Por eso estaba en su casa.

—Ya decía que tu cara me resultaba familiar —dijo Yeremenko, y deseando dar muestras de su simpatía a Neudóbnov, añadió—: ¿No te aburres en la estepa, camarada general? Espero que estés bien instalado.

Sin esperar respuesta. Yeremenko inclinó la cabeza en señal de satisfacción.

Cuando los tres hombres abandonaban la habitación Yeremenko llamó a Nóvikov.

—Coronel, venga aquí un momento.

Nóvikov que estaba ya en la puerta, volvió al interior y Yeremenko, poniéndose en pie, levantó de detrás de la mesa su cuerpo robusto de campesino y dijo con voz áspera:

—Ahí los tienes. Uno ha trabajado con Jruschov, el otro con Titsián Petróvich, y tú, hijo de perra, no olvides que serás tú el que guiará el cuerpo de tanques hacia la brecha abierta.

37

Una fría y oscura mañana Krímov fue dado de alta del hospital. Sin pasar por su alojamiento, se dirigió a ver al jefe del servicio político del frente, el general Toschéyev, para informarle de su viaje a Stalingrado.

Krímov tuvo suerte. Toschéyev se encontraba desde la mañana en su despacho, una casa revestida de tablas grises, y recibió a Nikolái Grigórievich sin dilación.

El jefe del servicio político, cuyo aspecto exterior se correspondía con su apellido[97], no dejaba de mirar de reojo su uniforme nuevo, que se había enfundado tras su reciente promoción a general, y de estirar hacia arriba la nariz, incómodo por el olor a fenol que desprendía su visitante.

—En cuanto a la casa 6/1, no pude concluir la misión a causa de la herida —dijo Krímov—. Ahora puedo volver allí.

Toschéyev miró a Krímov con aire irritado y descontento.

—No hace falta, hágame un informe detallado.

No formuló ni una pregunta y no criticó ni aprobó el informe de Krímov.

Como siempre el uniforme de general y las condecoraciones desentonaban con el telón de fondo de aquella humilde isba campesina. Pero aquello no era lo único que desentonaba. Nikolái Grigórievich no lograba comprender por qué su superior parecía tan abatido e insatisfecho.

Se acercó a la sección administrativa del servicio político para recoger los talones de comida, registrar su cartilla de raciones y despachar diversas formalidades relacionadas con su regreso a la misión y los días pasados en el hospital.

Mientras esperaba a que prepararan los documentos, sentado sobre un taburete, observaba las caras de los empleados y las empleadas de la oficina. Nadie parecía interesarse por él. Su visita a Stalingrado, su herida, todo lo que había visto y soportado no tenía sentido, no significaba nada. El personal de la sección estaba atareado con sus asuntos. Las máquinas de escribir crepitaban, los papeles susurraban, los ojos de los colaboradores se deslizaban hacia Krímov para sumergirse de nuevo en los expedientes abiertos y las hojas esparcidas por las mesas.

Cuántas frentes arrugadas, qué esfuerzo de concentración en aquellas miradas, en aquellos cejos fruncidos, qué absortos parecían todos en su trabajo, con qué rapidez y diligencia ordenaban sus manos los papeles. Sólo un bostezo irrefrenable, una ojeada furtiva al reloj para comprobar si pronto sería la hora de comer, la neblina gris y soñolienta que afloraba en estos o aquellos ojos revelaban el aburrimiento mortal que soportaba aquella gente confinada en una oficina mal ventilada.

Un conocido de Krímov, instructor en la séptima sección de la dirección política del frente, asomó por la puerta. Krímov saltó al pasillo para fumar un cigarrillo con él.

—Así que ya has vuelto —dijo el instructor.

—Sí, ya lo ve.

Y como el instructor no le preguntó nada sobre Stalingrado, fue Krímov quien inquirió:

—¿Qué hay de nuevo en la dirección?

La principal novedad era que el comisario de brigada Toschéyev, con el nuevo sistema de revalidación, había obtenido finalmente el rango de general.

El instructor le contó entre risas que Toschéyev, mientras esperaba que el ascenso se hiciera efectivo, cayó enfermo de la agitación. Se había mandado hacer un uniforme de general por el mejor sastre del frente, y Moscú no se decidía a anunciar el nombramiento. No era un asunto que pudiera tomarse a broma. Corrían rumores alarmantes que decían que, con el nuevo sistema de revalidación algunos comisarios de regimiento y batallón iban a ser nombrados capitanes y tenientes mayores.

—Imagíneselo —dijo el instructor—. Después de servir ocho años en los órganos políticos del ejército puedo encontrarme de un día para otro convertido en teniente en activo.

Había más noticias. El subjefe de la sección de información del frente, requerido en Moscú por la Dirección Política General, había sido ascendido y nombrado subjefe de la dirección política para el grupo de ejércitos de Kalinin.

Los jefes instructores de la sección política, que antes comían en la cantina de los jefes de sección; habían sido equiparados por orden de un miembro del Consejo Militar a los instructores rasos, y ahora comían en la cantina común. Los instructores enviados en misión habían tenido que devolver sus talones de comida sin ser compensados con raciones de compaña.

Los poetas de la redacción del frente, Katz y Talalayevski, habían sido propuestos para la orden de la Estalla Roja, pero según las nuevas directrices del camarada Scherbakov, las propuestas de condecoraciones para los colaboradores de la prensa debían pasar por la Dirección Política General, razón por la cual los expedientes de los dos poetas habían sido enviados a Moscú; pero entretanto, Yeremenko había firmado la lista de los candidatos del frente y todos los que aparecían en la lista ya lo estaban celebrando.

—¿Ha comido? —preguntó el instructor—. Vayamos juntos.

Krímov respondió que estaba esperando a que le dieran sus documentos.

—Entonces iré yo —dijo el instructor—. No hay tiempo que perder —añadió con ironía—. A este paso pronto nos veremos obligados a comer en la cantina para los asalariados y las mecanógrafas.

Poco después, cuando Krímov obtuvo sus documentos, salió a la calle y aspiró una bocanada de aire otoñal.

¿Por qué el jefe del departamento político le había recibido con tanta frialdad? ¿Por qué parecía tan descontento? ¿Porque Krímov no había concluido su misión? ¿Acaso Toschéyev desconfiaba de su herida y lo encontraba sospechoso de cobardía? ¿O se había molestado porque Krímov se hubiera dirigido directamente a él sin pasar a ver a su superior inmediato, y a una hora a la que por norma no recibía visitas? ¿Tal vez le había irritado que Krímov le hubiera llamado dos veces «camarada comisario de brigada» en lugar de «camarada general»? O quizá no tenía nada que ver con Krímov. Tal vez Toschéyev no hubiera sido propuesto para la orden de Kutúzov. O quizás hubiera recibido una carta comunicándole que su mujer estaba enferma. ¿Quién sabía por qué el jefe del departamento político del frente estaba de tan mal humor aquella mañana?

Durante las semanas que había pasado en Stalingrado, Krímov se había olvidado de cómo era Ájtuba. Había olvidado la mirada indiferente de los jefes del departamento político, de sus colegas instructores o de las camareras de la cantina. ¡En Stalingrado todo era diferente!

Por la noche se retiró a la habitación. El perro de la propietaria, que parecía hecho de dos mitades diferentes, un trasero cubierto de pelaje rojo y un largo hocico blanco y negro, se alegró mucho al verle. Sus dos mitades eran felices, y el animal meneaba la cola pelirroja que parecía de fieltro y metía el hocico blanco y negro entre las manos de Krímov, mirándole tiernamente con sus dulces ojos marrones. En la penumbra vespertina Krímov tenía la impresión de que el perro que se le arrimaba eran en realidad dos. El perro acompañó a Krímov hasta el zaguán. La propietaria, que andaba atareada por allí, le gritó en tono arisco: «¡Vete de aquí, maldito!», y luego adoptó el mismo aire sombrío que el jefe de la dirección política al saludar a Krímov.

Su habitación inmersa en el silencio, con la cama, la almohada forrada de tela blanca, las cortinas de encaje de las ventanas, le pareció poco confortable, solitaria después de sus queridas trincheras de Stalingrado, las guaridas cubiertas de lona impermeable, los refugios llenos de humo, húmedos.

Krímov se sentó a la mesa y se puso a redactar el informe. Escribía rápido, consultando fugazmente las notas tomadas en Stalingrado. La parte más difícil fue la de la casa 6/1. Se levantó, caminó por la habitación de un lado para otro, se volvió a sentar, se alzó de nuevo, salió al zaguán, tosió y aguzó el oído. ¿Era posible que aquella vieja endemoniada no le ofreciera té? Luego sacó agua del barril con un cazo; aquella agua era buena, mejor que la de Stalingrado. Volvió a la habitación, se sentó a la mesa, se quedó pensativo con la pluma en la mano. Después se echó en la cama y cerró los ojos.

¿Cómo había pasado? ¡Era Grékov quien le había disparado!

En Stalingrado se había fortalecido progresivamente la sensación de unión, de proximidad con los hombres. En Stalingrado respiraba mejor. Allí no había ojos apagados, indiferentes. En la casa 6/1 había esperado sentir el espíritu de Lenin con mayor intensidad. Pero nada más llegar había encontrado la mofa y la hostilidad, y le habían sacado de sus casillas. Entonces se puso a dar sermones, a amenazarles. ¿Por qué les había hablado de Suvórov? ¡Y luego Grékov le había disparado! Hoy advertía con particular angustia el pozo de la soledad, la soberbia y la presunción de individuos que a él le parecían semianalfabetos, majaderos, novatos del Partido. ¡Qué fastidio tener que inclinarse ante Toschéyev! ¿Qué derecho tenía Toschéyev a posar su mirada a veces irritada, otras irónica o despectiva, sobre él? En realidad, Toschéyev, con todos sus grados y sus condecoraciones, no le llegaba a la suela del zapato a Krímov desde el punto de vista del trabajo realizado en el Partido. Eran tipos advenedizos instalados en el seno del Partido, sin vínculos con la tradición leninista. Muchos de ellos habían entrado en escena en 1937, escribiendo denuncias y desenmascarando a los enemigos del pueblo. Y recordó aquel maravilloso sentimiento de fe, ligereza y fuerza que había sentido mientras avanzaba por el pasadizo subterráneo hacia la mancha de la luz del día.

Era Grékov quien le había desterrado de aquella vida que tanto anhelaba, y al pensarlo sintió que la rabia le estrangulaba. De camino a la casa había sentido crecer en su interior la felicidad por el nuevo destino que le aguardaba. Tenía la sensación de que el espíritu de Lenin estaba vivo allí. ¡Y luego Grékov había disparado contra un bolchevique leninista! Había enviado a Krímov de vuelta alas oficinas de Ájtuba, a una vida de naftalina. ¡El muy canalla!

Krímov volvió a sentarse a la mesa. En lo que llevaba escrito no había una sola palabra que no fuese verdad. Releyó su informe. Sin duda Toschéyev lo transmitiría a la sección especial. Grékov era un corruptor, había disgregado políticamente la unidad militar, había cometido un acto terrorista: había disparado contra un representante del Partido, un comisario militar. Krímov sería llamado a declarar. Seguramente le enfrentarían a un careo con Grékov una vez lo hubieran detenido.

Se imaginó a Grékov sentado frente al escritorio del juez instructor, sin afeitar, el rostro pálido y amarillento, sin cinturón.

¿Qué había dicho Grékov? «Usted sufre, pero no es algo de lo que se pueda dar parte en un informe.»

El secretario general del partido marxista-leninista había sido declarado infalible, casi divino. En 1937 Stalin no había perdonado a la vieja guardia leninista. Había destruido el espíritu leninista que conciliaba la democracia y la disciplina férrea. ¿Cómo podía Stalin haber castigado con tanta crueldad a los miembros del partido leninista? Grékov sería fusilado en su propio regimiento. Era terrible matar a hombres de un mismo bando, pero Grékov no estaba en su bando; Grékov era un enemigo.

Krímov no había dudado nunca del derecho del Partido a blandir la espada de la dictadura, del derecho sagrado de la Revolución a aniquilar a sus enemigos. Nunca había considerado que Bujarin, Zinóviev y Kámenev siguieran la vía leninista. Y Trotski, a pesar de su brillantez y ardor revolucionario, no había sabido eliminar su pasado menchevique, nunca había alcanzado la altura de Lenin. ¡Stalin sí que era un derroche de fuerza! Por algo le llamaban Amo. Nunca le había temblado el pulso. En él no había la flacidez intelectual de un Bujarin. El Partido fundado por Lenin, aplastando a sus enemigos había seguido a Stalin. Los méritos militares de Grékov no significaban nada. No se discute con los enemigos. No se debía prestar oídos a sus argumentos.

Pero por mucho que se esforzara Nikolái Grigórievich en sentir odio hacia Grékov, ya no lo sentía.

De nuevo le vinieron a la cabeza las palabras de Grékov: «Usted sufre».

«Pero ¿qué es esto? —pensó—. ¿Habré escrito una denuncia? Aunque no sea mentira, no deja de ser una denuncia… No hay nada que hacer, camarada, eres un miembro del Partido, debes cumplir con tu deber.» Por la mañana, Krímov entregó su informe en el departamento político del frente de Stalingrado.

Al cabo de dos días fue llamado por el director de la sección de agitación y propaganda del frente, el comisario de regimiento Oguibálov, que sustituía al jefe del departamento político. Toschéyev no podía recibir a Krímov porque estaba ocupado con un comisario de un cuerpo de tanques que venía del frente.

El comisario Oguibálov, un hombre metódico y reflexivo cuya gran nariz resaltaba sobre su rostro macilento, dijo a Krímov:

—En pocos días le mandaremos de vuelta a la orilla derecha, camarada Krímov, pero esta vez se le destinará al 64.° Ejército de Shumílov. A propósito, un coche nuestro le llevará al puesto de mando del obkom del Partido. Desde allí se dirigirá hasta el lugar donde se encuentra Shumílov. Los secretarios del obkom irán a Beketovka para la celebración de la Revolución de Octubre.

Sin apresurarse dictó a Krímov las instrucciones. Las tareas que le habían asignado eran insignificantes, hasta tal punto carentes de interés que resultaban humillantes. Consistían en recoger documentos administrativos en modo alguno trascendentes desde el punto de vista de la acción.

—¿Qué hay de mi conferencia? —preguntó Krímov—. He preparado, tal como ordenó, la conferencia para la celebración de Octubre, y deseaba leerla en varias unidades.

—Prescindiremos de ella por el momento —respondió Oguibálov, y se puso a explicarle el motivo.

Cuando Krímov se disponía a marcharse, el comisado le dijo:

—Con relación a su informe, el jefe de la sección política me ha puesto al corriente.

A Krímov le dio un vuelco el corazón: probablemente el caso de Grékov ya había sido abierto. El comisario del regimiento le dijo:

—Su guerrero Grékov ha estado de suerte: ayer el jefe de la sección política del 62.° Ejército nos comunicó que había muerto en la ofensiva alemana contra la fábrica de tractores, junto con todo su destacamento.

Y para consolar a Krímov, añadió:

—El comandante del ejército le había propuesto para ser nombrado a título póstumo héroe de la Unión Soviética. Está claro que dicha propuesta no prosperará.

Krímov se encogió de hombros, como diciendo: «Bueno, ha tenido un golpe de suerte. Que no se hable más».

Bajando la voz, Oguibálov le confesó:

—El jefe de la sección especial cree que podría estar vivo. Que se ha podido pasar al bando enemigo.

En casa, Krímov encontró una nota: le pedían que pasara por la sección especial. Por lo visto, el asunto Grékov no estaba concluido.

Krímov decidió posponer aquella desagradable conversación para cuando volviera. Después de todo, un caso póstumo no presentaba una urgencia apremiante.

38

El obkom del Partido había decidido celebrar el 25.° aniversario de la Revolución con una sesión solemne en la fábrica Sudoverf, en la aldea de Beketovka, situada al sur de Stalingrado.

El 6 de noviembre por la mañana, temprano, los responsables regionales del Partido se reunieron en el puesto de mando subterráneo del obkom de Stalingrado, que se hallaba en un robledo de la orilla occidental del Volga.

El primer secretario del obkom, los secretarios de sección y los miembros de la oficina del buró del obkom tomaron un exquisito desayuno caliente y salieron del robledo en diversos coches en dirección a la carretera que conducía al Volga.

Era la misma carretera que utilizaban por la noche las unidades de tanques y artillería que se dirigían al cruce de Tumansk. La estepa, roturada por la guerra, salpicada de terrones congelados que desprendían un barro sucio de color parduzco y cuya superficie cubierta de charcos helados parecía soldada con estaño, presentaba un aspecto desolador, triste.

A una decena de kilómetros de la orilla se oía el crujido del hielo que flotaba en el Volga. Un fuerte viento soplaba río abajo; la travesía del Volga a bordo de una barcaza de hierro descubierta se podía calificar de todo menos de divertida.

Los soldados que esperaban a ser trasladados a la otra orilla, protegidos con unos capotes zarandeados por el viento glacial del Volga, se apiñaban y trataban de evitar el contacto con el hierro helado. Los hombres producían un triste taconeo, doblaban las piernas; pero cuando sintieron el empuje de las gélidas ráfagas de Astraján no tuvieron ya fuerzas para soplarse las puntas de los dedos, ni para darse palmadas en los costados, ni siquiera para limpiarse la nariz: estaban entumecidos por el frío. Por encima de las aguas del Volga se expandían los jirones de humo que emanaba la chimenea del barco. Sobre el fondo del hielo el humo parecía particularmente negro, y el hielo también parecía más blanco bajo la sutil cortina de humo. Daba la impresión de que el hielo traía la guerra de las orillas de Stalingrado.

Un cuervo con la cabeza grande se había posado sobre un bloque de hielo y estaba absorto en sus reflexiones. Por supuesto, tenía material de sobra para reflexionar. Sobre el bloque de al lado yacía un trozo de capote quemado; sobre otro se levantaba una bota de fieltro dura como una piedra y sobresalía una carabina cuyo cañón torcido estaba encastrado en el hielo. Los coches del obkom subieron a la barcaza. Los secretarios y los miembros del buró salieron de los coches y observaron, junto a la borda, los bancos de hielo que se deslizaban lentamente, crujiendo.

Un viejo de labios azulados tocado con un gorro del Ejército Rojo y ataviado con una corta pelliza negra, a todas luces el encargado de la barcaza, se acercó al secretario de transporte del obkom, Laktiónov, y con una voz increíblemente ronca a causa de la humedad del río y el consumo empedernido de vodka y de tabaco le dijo:

—En el primer viaje que hicimos esta mañana, camarada secretario, encontramos a un marinero sobre un bloque de hielo. Los chicos lo sacaron del agua, pero por poco no acaban en el fondo con él. Ha sido necesario trabajar con palas. Mire, allí está, en la orilla, bajo una lona impermeable.

El viejo señaló con una manopla sucia en dirección a la orilla. Laktiónov miró, pero sin alcanzar a ver el cadáver arrancado al hielo y, para ocultar su malestar, le preguntó a boca jarro, en tono grosero, apuntando hacía el cielo:

—¿Están golpeando fuerte estos días? ¿A qué horas sobretodo?

El viejo hizo un gesto de negación con la mano.

—Ahora los bombardeamos nosotros.

El viejo imprecó al enemigo, ahora debilitado, y mientras pronunciaba aquellas frases injuriosas, su voz perdió la ronquera; sonaba estentórea y alegre.

Entretanto, el remolcador arrastraba despacio la barcaza hacia Beketovka; la orilla de Stalingrado no parecía azotada por la guerra, sino igual que siempre, con su concentración de almacenes, garitas, barracas…

Los secretarios y miembros del buró, cansados de las embestidas del viento, volvieron a entrar en sus coches. Los soldados, a través de los cristales, los miraban cómo peces que nadaran calientes en su acuario.

Los dirigentes del Partido, sentados en sus coches, fumaban, se rascaban, hablaban entre sí…

La sesión solemne se celebró por la noche.

Las invitaciones, impresas con una tipografía militar sólo se diferenciaban de las que circulaban en tiempo de paz en el papel gris y poroso, que era de pésima calidad, y en que no se precisaba el lugar del encuentro.

Los dirigentes del Partido en Stalingrado, los invitados del 64.° Ejército, los ingenieros y obreros de las fábricas vecinas se dirigían a la reunión guiados por aquellos que conocían bien el camino: «Aquí hay una curva, allí otra; cuidado, justo ahí hay un cráter de bomba, y ahora unos raíles; atención, nos acercamos a un foso de cal…».

En la oscuridad resonaban las voces y el paso firme de botas.

Krímov, que durante la tarde después de la travesía había tenido tiempo de visitar la sección política, llegó al lugar de la celebración con los representantes del 64.° Ejército.

Había algo en la manera en que aquella muchedumbre penetraba en el laberinto de la fábrica, en pequeños grupos y arropada por la oscuridad de la noche, que recordaba las celebraciones revolucionarias de la vieja Rusia.

Krímov casi jadeaba de emoción. Entendía que ahora, sin haberlo preparado previamente, sería capaz de pronunciar un discurso, y con el sentido adquirido durante varios años de experiencia como orador de masas, sabía que los hombres habrían experimentado la misma emoción y felicidad al comprender que la hazaña de Stalingrado estaba emparentada con la lucha revolucionaria de los obreros rusos.

Sí, sí, sí. La guerra que había movilizado las colosales fuerzas nacionales era una guerra por la Revolución. No había traicionado la causa de la Revolución recordando a Suvórov en la casa 6/1. Stalingrado, Sebastopol, el destino de Radíschev, la potencia del Manifiesto de Marx, los llamamientos de Lenin desde su automóvil blindado en la estación de Finlandia constituían una unidad.

Vio a Priajin, que caminaba con el mismo paso tranquilo y flemático de siempre. Era increíble que Krímov nunca consiguiera hablar con él.

Había ido a visitarle tan pronto como había llegado al puesto de mando subterráneo del obkom. Tenía muchas cosas que contarle. Pero no había sido posible; el teléfono había sonado casi sin cesar, y si no era el teléfono siempre había alguien que tenía necesidad de hablar con el primer secretario. De improviso Priajin preguntó a Krímov:

—¿Conoces a un tal Guétmanov?

—Sí —respondió Krímov—. Lo conocí en Ucrania, en el Comité Central del Partido. Era miembro del buró del Comité Central. ¿Por qué lo pregunta?

Priajin no contestó. Después comenzó el revuelo de la partida. Krímov se ofendió cuando Priajin no le ofreció asiento en su coche. Dos veces se habían encontrado frente a frente pero Priajin se comportaba como si no lo reconociese y sus ojos mostraban una expresión de fría indiferencia.

Los soldados andaban por el pasillo iluminado. Estaba el flácido comandante Shumílov, con su robusto pecho y su grueso vientre, y el general Abrámov, miembro del Consejo Militar, un pequeño siberiano con ojos saltones de color marrón. En aquella camaradería sencilla, en aquella, aglomeración de hombres que fumaban enfundados en guerreras, chaquetones guateados y pellizas, avanzaban los generales, y Krímov tenía la impresión de revivir el espíritu de los primeros años de la Revolución, el espíritu leninista. Lo había experimentado nada más pisar la orilla derecha de Stalingrado.

Los miembros del presídium ocuparon sus puestos y el presidente del soviet de Stalingrado, Piksin, apoyó las manos sobre la mesa como hacen todos los presidentes, tosió ligeramente hacia el lado donde había más alboroto y declaró abierta la sesión solemne del soviet de Stalingrado de las organizaciones del Partido, de los representantes de las unidades militares y de las fábricas de la ciudad, dedicada a conmemorar el 25.° aniversario de la Gran Revolución de Octubre.

Por el bullicio de la salva de aplausos se podía deducir que los que palmoteaban eran un público exclusivamente masculino compuesto por soldados y obreros.

Después, el primer secretario Priajin, pesado, lento, de frente alta, comenzó a pronunciar su conferencia. Cualquier conexión entre el momento presente y lo que había sucedido en el pasado se desvaneció de golpe. Era como si Priajin hubiera entrado en una polémica con Krímov, como si hubiera adoptado deliberadamente aquel tono pausado para refutar su emoción.

Las fábricas de la región estaban cumpliendo con el plan quinquenal. Las zonas rurales de la orilla izquierda, aunque con ligeros retrasos, habían abastecido de manera satisfactoria al Estado con sus correspondientes cuotas de grano.

Las fábricas ubicadas en la ciudad y un poco más al norte estaban situadas dentro de la zona de operaciones militares y, por ese motivo, era comprensible que no hubieran podido cumplir sus obligaciones para con el Estado.

Una vez, durante un mitin celebrado en el frente, aquel mismo hombre se había sacado el gorro de la cabeza en presencia de Krímov y había gritado: «¡Camaradas soldados, hermanos, abajo la guerra sanguinaria! ¡Viva la libertad!».

Ahora, mirando a la sala, explicaba que el descenso de la cantidad de cereal entregado al Estado se debía a que los distritos de Zimovniki y de Kotelnikovo no habían podido respetar sus compromisos ya que eran escenario de operaciones militares, y a que Kalach y Verjne-Kurmoyarsk habían sido tomadas total o parcialmente por el enemigo.

Luego, el conferenciante declaró que la población de la provincia, además de seguir trabajando para cumplir con sus obligaciones respecto al Estado, había participado activamente en las operaciones militares contra los invasores fascistas. Ofreció las cifras de participación de los obreros de la ciudad que se habían enrolado en unidades improvisadas de milicianos y, precisando que los datos no eran completos, leyó la lista de los habitantes de Stalingrado que habían sido condecorados por haber llevado a cabo de manera ejemplar misiones confiadas por el alto mando, y por el heroísmo que habían demostrado.

Al escuchar la voz serena del primer secretario, Krímov comprendió que la disparidad manifiesta entre sus pensamientos y sentimientos y las palabras de aquel que declamaba sobre agricultura e industria en las regiones que habían cumplido con sus obligaciones respecto al Estado no expresaba la absurdidad de la vida, sino el sentido de la vida.

El discurso de Priajin, frío como el mármol, constataba el indiscutible triunfo del Estado, que los hombres habían defendido con su sufrimiento y su pasión por la libertad.

Los soldados y los obreros tenían el semblante serio.

Qué extraño y penoso era recordar a los hombres que había conocido en Stalingrado, a Tarásov, a Batiuk, las conversaciones con la gente de la casa 6/1. ¡Qué desagradable y difícil era pensar en Grékov muerto en las ruinas de la casa cercada!

Pero ¿quién era para él aquel Grékov que le había hecho un comentario tan inquietante? Grékov había disparado contra él… ¿Y por qué las palabras de Priajin, su viejo camarada, primer secretario del obkom de Stalingrado, le sonaban frías, extrañas? ¡Qué sensación tan confusa, tan complicada!

Priajin se acercaba ya al final de su exposición:

—Nos sentimos felices de poder comunicar al gran Stalin que los obreros de la región han cumplido con sus obligaciones respecto al Estado soviético…

Concluida la conferencia, Krímov, abriéndose paso entre la multitud hacia la salida, buscó con la mirada a Priajin, No era así como debería haber presentado su conferencia, en los días que se libraba la batalla de Stalingrado.

De repente Krímov la vio: Priajin había bajado del estrado y estaba de pie junto al comandante del 64.º Ejército. Priajin miró fijamente a Krímov, con los ojos pesados, y al darse cuenta de que Krímov también le estaba observando, desvió lentamente la mirada.

«¿Qué significa esto?», se preguntó Krímov.

39

De noche, después de la solemne sesión, Krímov paró un coche que se dirigía a la central eléctrica.

Aquella noche la central tenía un aspecto particularmente siniestro. El día antes había sido bombardeada por aviones alemanes. Las explosiones habían abierto cráteres y levantado masas de tierra compacta. Ciegos, sin cristales, los talleres habían cedido parte de su estructura a causa de las detonaciones; el edificio de tres plantas de la administración estaba en ruinas.

Los transformadores de aceite, humeantes, se consumían lentamente en pequeñas llamas dentelladas.

El guardia, un joven georgiano, condujo a Krímov a través del patio iluminado por las llamas. Krímov notó que los dedos de su acompañante, que se había encendido un cigarrillo, temblaban: no sólo los edificios de piedra habían sido devastados y quemados por las bombas, también el hombre ardía, partícipe del caos.

Desde el momento en que había recibido la orden de dirigirse a Beketovka, Krímov no había dejado de pensar en encontrarse con Spiridónov[98]. ¿Y si Zhenia estuviera allí, en la central? ¿Y si Spiridónov tuviera noticias de ella? Tal vez hubiera recibido una carta de ella con una posdata: «¿Tiene noticias de Nikolái Grigórievich?».

Se sentía agitado y feliz. Quizá Spiridónov le dijera: «Yevguenia Nikoláyevna estaba siempre triste». O le confesaría: «Sabe, lloraba».

Desde la mañana sentía un deseo irresistible de dirigirse a la central. Deseaba intensamente acercarse hasta donde Spiridónov, aunque sólo fuera por unos minutos. Pero se había contenido y había ido al puesto de mando del 64.º Ejército, a pesar de que un instructor de la sección política le había murmurado al oído:

—No vale la pena que se dé prisa para ir a ver al miembro del Consejo Militar. Lleva borracho desde la mañana…

En efecto, había sido un error que Krímov se apresurara a visitar al general en lugar de ir a ver a Spiridónov. Mientras esperaba a ser recibido en el puesto de mando subterráneo, escuchó del otro lado del tabique de madera contrachapada la voz del general que dictaba a la mecanógrafa una carta de felicitación para su colega Chuikov.

—Vasili Ivánovich, ¡soldado y amigo! —exclamó solemnemente.

Después de pronunciar aquellas palabras, el general derramó algunas lágrimas y repitió varias veces entre sollozos: «Soldado y amigo, soldado y amigo».

Luego preguntó con tono severo:

—¿Qué ha escrito?

—«Vasili Ivánovich, soldado y amigo» —leyó la mecanógrafa.

Sin duda la entonación tediosa de la joven le pareció inapropiada ya que, en un tono más exaltado, la corrigió:

—Vasili Ivánovich, ¡soldado y amigo!

De nuevo, profundamente conmovido, balbuceó:

—Soldado y amigo, soldado y amigo.

Luego, el general, conteniendo las lágrimas, preguntó inflexible:

—¿Qué ha escrito?

—«Vasili Ivánovich, soldado y amigo» —repitió la mecanógrafa.

Krímov comprendió que habría podido ahorrarse las prisas.

La luz tenue de las llamas, que confundía el camino en lugar de iluminarlo, parecía surgir de las entrañas de la tierra; o tal vez era la misma tierra la que ardía, tan pesadas y húmedas eran aquellas débiles llamas.

Llegaron al puesto de mando subterráneo del director de la central. Las bombas que habían caído a poca distancia habían levantado grandes montañas de tierra, y la entrada al refugio a duras penas era visible puesto que el sendero que conducía hasta él todavía no había sido transitado.

Un guardia le dijo:

—Ha llegado justo a tiempo para la fiesta.

Krímov pensó que en presencia de extraños no podría decir lo que quería a Spiridónov, ni hacerle preguntas. Le pidió al guardia que hiciera salir al director, que le anunciara que había llegado el comisario del Estado Mayor del frente. Al quedarse solo le asaltó una angustia indefinible.

«¿Qué me pasa? —pensó—. Creía que estaba curado. ¿Es posible que la guerra no me haya ayudado a conjurar mis temores? ¿Qué puedo hacer?»

—¡Escapa, escapa de ella! Vete de aquí o será tu fin —se dijo en un susurro.

Pero no tenía fuerzas para irse, no tenía fuerzas para escapar.

Spiridónov salió del refugio.

—Y bien, camarada, ¿en qué puedo ayudarle? —le preguntó, nervioso.

—¿No me reconoce, Stepán Fiódorovich?

—¿Quién es? —preguntó alarmado Spiridónov; y al mirar la cara de Krímov, de repente gritó—: ¡Nikolái! ¡Nikolái Grigórievich!

Sus brazos rodearon el cuello de Krímov con una fuerza convulsa.

—¡Mi querido Nikolái! —le dijo entre sollozos.

Krímov, emocionado por aquel encuentro entre las ruinas, se dio cuenta de que por sus mejillas caían lágrimas. Estaba solo, completamente solo… La confianza, la alegría de Spiridónov le habían hecho sentir la proximidad con la familia de Yevguenia Nikoláyevna, y aquella proximidad le había devuelto la medida del dolor de su alma. ¿Por qué, por qué le había abandonado? ¿Por qué le había causado tanto sufrimiento? ¿Cómo había sido capaz de hacerlo?

—¿Sabes lo que ha hecho esta guerra? —le dijo Spiridónov—. Ha arruinado mi vida. Ha matado a mi Marusia.

Le habló de Vera, le dijo que unos días antes se había decidido al fin a abandonar la central y había pasado a la orilla izquierda del Volga.

—Es tonta.

—¿Y dónde está su marido? —le preguntó Krímov.

—Probablemente hace mucho tiempo que dejó este mundo. Es piloto de caza.

Krímov, incapaz de reprimirse por más tiempo, le preguntó:

—¿Cómo está Yevguenia Nikoláyevna? ¿Sigue viva? ¿Dónde está?

—Está viva, no sé si en Kúibishev o en Kazán.

Y, mirando a Krímov, añadió:

—Está viva, ¡eso es lo que importa!

—Sí, sí, por supuesto, eso es lo que importa —coincidió Krímov.

Pero en realidad ya no sabía qué era lo importante. Sólo sabía que el dolor, allí, en el alma, no desaparecía. Sabía que todo lo relacionado con Yevguenia Nikoláyevna le causaba dolor. Tanto si se enteraba de que estaba bien y tranquila, como de que sufría y tenía problemas, él se sentía igual de mal.

Stepán Fiódorovich hablaba de Aleksandra Vladímirovna, de Seriozha, de Liudmila, y Krímov asentía con la cabeza y mascullaba:

—Sí, sí, sí… Sí, sí, sí…

—¡Adelante, Nikolái! —dijo Stepán Fiódorovich—. Entremos al refugio. Ahora ya no tengo más casa que ésta.

Las pequeñas y oscilantes llamas de las lámparas de aceite no lograban iluminar el subterráneo, atestado de jergones, armarios, aparatos diversos, botellas y sacos de harina.

Sobre los camastros, los bancos o las cajas situadas a lo largo de las paredes estaban sentadas varías personas. En el aire sofocante vibraba el murmullo de las conversaciones.

Spiridónov sirvió alcohol en vasos, tazas y tapas de escudillas. Cesó el ruido y todos los presentes le siguieron con una mirada particular. Era una mirada profunda y seria, carente de angustia, y expresaba únicamente la fe en la justicia.

Al mirar los rostros de los soldados, Krímov pensó: «Es una lástima que Grékov no esté aquí; se merecería un trago». Pero Grékov ya había bebido todo lo que se suponía que tenía que beber, al menos en este mundo.

Spiridónov se levantó con el vaso en alto y Krímov se dijo: «Lo va a estropear todo, seguro que nos lanza un discurso parecido a los de Priajin».

Pero Stepán Fiódorovich trazó un ocho en el aire con el vaso y declaró:

—Bueno, muchachos, bebamos. Salud.

Se oyó el tintineo de los vasos y las tazas de hojalata. Los que ya habían bebido carraspeaban y meneaban la cabeza.

La gente allí reunida era de lo más variopinta; había sido el Estado el que antes de la guerra los había dividido, el que había hecho que no se sentaran a la misma mesa, que no intercambiaran palmaditas en la espalda, que no se dijeran: «Escucha lo que voy a decirte».

Pero allí, en un subterráneo sobre el cual había una central eléctrica destruida pasto de las llamas, había nacido una fraternidad sin pretensiones, tan genuina que cualquiera de ellos estaría dispuesto a dar la vida por ella.

Un anciano con el pelo cano, el vigilante nocturno, entonó la vieja canción que tanto gustaba cantar a los chicos de la fabrica francesa de Tsaritsin[99] antes de la Revolución, y como ya no estaba acostumbrado a aquel sonido, él mismo se escuchaba con el asombro divertido de un hombre que escucha a un borracho desconocido.

Otro hombre viejo, con el cabello oscuro, frunció el ceño mientras escuchaba con semblante serio esa canción que hablaba del amor y sus sufrimientos.

Y era verdaderamente hermoso oír aquel canto, era bello aquel momento extraordinario y terrible que vinculaba al director y al ordenanza de la panadería, al vigilante nocturno y al centinela, que mezclaba al calmuco, al ruso y al georgiano.

En cuanto el vigilante acabó de cantar, el viejo con el cabello oscuro frunció aún más su ceño ya de por sí fruncido, y despacio, desafinando, sin voz, cantó: «Despidamos al viejo mundo, sacudamos su polvo de nuestros pies».

El delegado del Comité Central soltó una carcajada y sacudió la cabeza; Spiridónov hizo lo mismo.

También Krímov rió y dijo a Stepán;

—Seguro que en otro tiempo el viejo fue menchevique.

Spiridónov lo sabía todo sobre Andréyev y, por supuesto, le habría contado su historia a Krímov, pero ante el temor de que Nikoláyev le oyera, aquella sensación de fraternidad se desvaneció en un instante.

—¡Pável Andréyevich, esta canción aquí no pega ni con cola! —le interrumpió Spiridónov.

Andréyev se calló enseguida, le miró y dijo:

—Nunca lo hubiera pensado. Debía de estar soñando.

El centinela georgiano mostró a Krímov el punto de la mano donde se le había saltado la piel.

—Me lo hice desenterrando a mi amigo; Seriozha Vorobiov se llamaba.

Sus ojos negros brillaron y dijo con un jadeo que más bien era un grito agudo:

—Seriozha era más que un hermano para mí.

El vigilante nocturno de pelo cano, un poco achispado, empapado en sudor, no daba tregua a Nikoláyev, el miembro del Comité Central:

—No, mejor escúcheme a mí. Makuladze dice que quería a Seriozha Vorobiov más que a su propio hermano, ¿lo ha oído? Sabe, una vez estuve trabajando en una mina de antracita donde el jefe me tenía muchísimo cariño, me respetaba. Bebíamos juntos y luego yo le cantaba canciones. Me decía a la cara: «Para mí eres como un hermano aunque sólo seas un minero». Charlábamos, comíamos juntos.

—¿Qué era, georgiano? —le preguntó Nikoláyev.

—¿A qué viene eso de si era georgiano? Era el señor Voskresenski, el dueño de todas las minas. No te puedes imaginar lo que me respetaba. Un hombre con un capital de millones. ¿Comprendes de qué tipo de hombre te hablo?

Nikolayev intercambió una mirada con Krímov, y se guiñaron el ojo en plan de broma, moviendo ligeramente la cabeza.

—Bien, bien —dijo Nikoláyev—. En efecto, nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Pues ya sabes, aprende —respondió el viejo sin darse cuenta de que era él el objeto de sus burlas.

Fue una velada extraña. Entrada la noche, cuando la gente empezó a marcharse, Spiridónov le dijo a Krímov:

—No te molestes en buscar tu abrigo, Nikolái. Esta noche la pasarás aquí.

Le preparó la cama sin prisas, preocupándose por todos los detalles: la colcha, el cubrepiés enguatado, la lona impermeable para el suelo. Krímov salió del refugió, permaneció un momento en la oscuridad mirando la ondulación del fuego y regresó al subterráneo, donde Spiridónov todavía estaba haciéndole la cama.

Cuando se sacó las botas y se acostó, Spiridónov le preguntó:

—¿Estás cómodo?

Acarició la cabeza de Krímov a la vez que esbozaba una sonrisa amable, de borracho.

El fuego que se propagaba arriba por alguna razón recordó a Krímov las hogueras que ardían en Ojotni Riad aquella noche de enero de 1924 en que se celebró el entierro de Lenin. Todos los hombres que se habían quedado a pasar la noche en el subterráneo parecían estar ya dormidos. Las tinieblas eran impenetrables.

Krímov estaba tendido en la cama con los ojos abiertos sin apercibirse de la oscuridad; pensaba, recordaba…

El frío intenso había sido la tónica de aquellos días. El sombrío cielo invernal se cernía sobre las cúpulas del monasterio Strastnói, sobre cientos de personas que llevaban calados gorros con orejeras y sombreros puntiagudos, vestidas con capotes y cazadoras de cuero. De repente la plaza del monasterio se inundó de miles de folletos blancos con el comunicado oficial.

Los restos mortales de Lenin fueron transportados desde Gorki hasta la estación en un trineo de campesino. Los patines crujían, los caballos resoplaban. El féretro era seguido por su viuda, Krúpskaya, que llevaba en la cabeza un pequeño sombrero redondo de piel sujeto con un pañuelito gris; por las dos hermanas de Lenin, Anna y Maria; por sus amigos, por campesinos del pueblo de Gorki. Así es como se acompaña al reposo eterno a un agrónomo, a un respetable médico rural o a un profesor.

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