Vida y destino
SEGUNDA PARTE » 64
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El silencio se hizo en Gorki. Los azulejos de la estufa holandesa brillaban; al lado de la cama cubierta con una sábana de verano blanca había un armario lleno de botellitas con etiquetas y olor a medicinas.
En la habitación vacía entró una anciana, con bata de enfermera. Por costumbre andaba de puntillas. La mujer pasó por delante de la cama y cogió de la silla un cordel en cuyo extremo había un trozo de periódico atado. El gatito que dormía sobre la silla, al oír el frufrú familiar de su juguete, levantó bruscamente la cabeza en dirección a la cama vacía y, bostezando, volvió a acurrucarse.
Mientras seguían el féretro, los parientes de Lenin y sus camaradas más allegados recordaban al difunto. Las hermanas se acordaban del niño rubio cuyo carácter difícil a veces le llevaba a ser mordaz y exigente hasta rayar la crueldad. Pero era bueno, amaba a su madre, a sus hermanas y hermanos.
Su esposa recordaba aquella ocasión en Zúrich en la que habló en cuclillas con la nieta de la casera, Tilli. La casera había dicho con aquel acento suizo que tanto divertía a Volodia[100]: «Deberían tener hijos». Y él había lanzado con malicia una rápida mirada desde abajo a Nadiezhda Konstantínovna.
Los obreros de la fábrica Dínamo recordaban que habían ido a Gorki, y Vladimir, que había ido a su encuentro, se aturdió. Quería hablar con ellos, pero todo cuanto pudo hacer fue emitir un gemido lastimoso y hacer un gesto con la mano, y los obreros que le rodeaban lloraron también al verle llorar. Y luego, aquella mirada que tenía antes del fin, asustada, implorante, como la de un niño frente a su madre.
A lo lejos comenzaban a perfilarse los edificios de la estación. La locomotora negra con la chimenea negra destacaba aún más entre la nieve blanca.
Los amigos políticos del gran Lenin —Ríkov, Kámenev, Bujarin—, que seguían el trineo a pie con las barbas escarchadas por el frío, miraban de vez en cuando con aire ausente a aquel hombre de tez morena y picado de viruelas que llevaba un largo capote y botas de cuero blando. Siempre miraban con desdén burlón su estilo de vestir caucásico. En realidad, si Stalin hubiera tenido delicadeza no debería haberse desplazado a Gorki, donde se habían reunido los parientes y amigos más íntimos del gran Lenin. Y ellos no comprendían que los apartaría con violencia a todos, hasta a los más cercanos, incluso a su mujer.
No eran Bujarin, Ríkov, Zinóviev los poseedores de la verdad leninista. Tampoco Trotski. Se habían equivocado. Ninguno de ellos se convertiría en el sucesor de Lenin. Ni siquiera Vladimir Uliánov intuyó en sus últimos días o alcanzó a entender que su obra se convertiría en la obra de Stalin.
Habían transcurrido casi dos décadas desde el día en que el cuerpo del hombre que había marcado el destino de Rusia, de Europa, de Asia y de la humanidad entera había sido transportado sobre un trineo que crujía sobre la nieve.
Los pensamientos de Krímov se obstinaban en volver a aquella época. Recordaba con nitidez los días gélidos de enero de 1924, el crepitar de las hogueras nocturnas, los muros escarchados del Kremlin, un gentío compuesto por cientos de personas llorando, el aullido lacerante de las sirenas de las fábricas, la voz estentórea de Yevdokímov invocando, desde una tarima de madera, a todos los obreros del mundo, el reducido grupo de hombres que cargaba el féretro sobre sus espaldas hasta el mausoleo de madera construido a toda prisa.
Krímov subió la escalera alfombrada de la Casa de los Sindicatos, pasando por delante de los espejos adornados con cintas rojas y negras; en el aire tibio que olía a pino flotaba una música triste. Al entrar en la sala vio las cabezas inclinadas de los hombres que solía ver en la tribuna de Smolni o Stáraya Plóschad.
Después, allí mismo, en la Casa de los Sindicatos, volvería a ver las mismas cabezas inclinadas en 1937. Probablemente los acusados, al escuchar la voz inhumana y estridente de Vishinski[101], se acordarían de cuando marchaban detrás del trineo y montaban guardia junto al féretro de Lenin; tal vez resonaría en sus oídos el eco de la música fúnebre.
¿Por qué de repente en la central, en el aniversario de la Revolución, sus pensamientos volvían a aquellos días de enero?
Decenas de personas que habían fundado junto a Lenin el partido bolchevique fueron declarados provocateurs, agentes a sueldo de los servicios de inteligencia extranjeros, mientras un único hombre que no había ocupado una posición central en el Partido, desconocido como teórico, había sido el salvador de la causa del Partido, el portador de la verdad. ¿Por qué confesaron todos?
Preguntas como ésas era mejor olvidarlas. Pero esa noche Krímov no podía apartarlas de su mente. «¿Por qué confesaron? ¿Y por qué sigo callando? ¿Por qué nunca tuve el valor suficiente para decir: “Dudo que Bujarin sea un saboteador, un asesino, un provocateur”? En el momento de la votación, levanté la mano. Y después firmé. Hice un discurso y escribí un artículo. Y todavía creo que mi fervor era genuino. Pero ¿dónde estaban mis dudas entonces, toda mi confusión? ¿Qué es lo que trato de decir? ¿Que soy un hombre con dos conciencias, o que viven en mí dos hombres diferentes y cada uno tiene su propia conciencia? ¿Cómo entenderlo? ¿Acaso no ha sido siempre así para todos y no sólo para mí?»
Grékov había expresado lo que muchos pensaban en su fuero interno, aquello que en el fondo de su alma guardaba solapadamente, inquietaba, interesaba y, a veces, atraía a Krímov. Pero en cuanto ese secreto había salido a la luz, Krímov había sentido odio y rabia, deseo de doblegar y destrozar a Grékov. Si hubiera tenido ocasión, Krímov, sin temblarle el pulso, le hubiera fusilado.
Priajin, por su parte, había hablado con el frío lenguaje del burócrata, había revisado, en nombre del Estado, las cuotas del abastecimiento de grano, las obligaciones de los obreros y los porcentajes del plan. Aquel tipo de discursos fríos, de burócrata desalmado, siempre disgustaban a Krímov. Pero esos burócratas despiadados eran sus viejos camaradas, los hombres con los que había marchado hombro con hombro y que ahora eran sus jefes y camaradas. La obra de Lenin había engendrado a Stalin, se había encarnado en aquellos hombres, en aquel Estado. Y Krímov, sin vacilar, estaba dispuesto a dar la vida por su gloria y su fuerza.
¡Y ese viejo bolchevique, Mostovskói! Nunca había salido en defensa de individuos de cuya honestidad revolucionaria estaba convencido. ¿Por qué?
¿Y el estudiante de los cursos superiores de periodismo donde Krímov había dado clases durante un tiempo, aquel chico amable y honesto que se llamaba Koloskov? El joven, que procedía del campo, le habló sobre la colectivización, sobre los canallas que incluían en las listas de kulaks los nombres de personas cuyas casas y jardines codiciaban, así como a sus enemigos personales. Le contó las terribles hambrunas que sufrían en el campo y la crueldad despiadada con que les habían confiscado hasta el último grano de trigo. Lloró al recordar a un maravilloso anciano que dio su vida para salvar a su esposa y su nieta… Resulta que poco después Krímov leyó en un periódico mural un artículo de Koloskov que trataba sobre los kulaks, donde los acusaba de enterrar el trigo y del que destilaba un odio feroz hacia todo lo nuevo.
¿Por qué había escrito eso Koloskov, el mismo que lloraba por el sufrimiento que le atenazaba el corazón? ¿Por qué callaba Mostovskói? ¿Era simple cobardía? ¿Cuántas veces había manifestado Krímov ciertas ideas que en realidad no compartía? Pero cuando las decía o las escribía, le parecía expresar su verdadera opinión, estaba convencido de afirmar lo que pensaba. De vez en cuando se consolaba diciéndose: «No se puede hacer nada, así lo quiere la Revolución».
Habían pasado cosas, cosas de todo tipo. Krímov había defendido mal a los amigos de cuya inocencia estaba seguro. A veces callaba, otras murmuraba. Otras veces hacía algo peor: ni callaba ni murmuraba. A veces era llamado al comité del Partido, al comité regional, al comité de la ciudad, al comité provincial, o bien por los órganos de seguridad para preguntarle acerca de alguno de sus conocidos, de otros miembros del Partido. Nunca había hablado mal de sus amigos, nunca había difamado, nunca había escrito denuncias o declaraciones…
¿Y Grékov? Bueno, Grékov era un enemigo. En cuanto a enemigos se refería, Krímov nunca se había andado con chiquitas; con ellos no conocía la piedad.
Pero ¿por qué evitó toda relación con las familias de los compañeros que habían sido víctimas de la represión? Había dejado de ir a verlos, de llamarlos por teléfono. Sí, pero también era cierto que cuando se encontraba por la calle con los familiares de amigos represaliados no cambiaba de acera, sino que iba a saludarlos.
Había ciertas personas, normalmente viejecitas, amas de casa, pequeñoburguesas apolíticas, a través de las cuales se podía hacer llegar paquetes a los campos. Recibían en sus direcciones cartas de los campos. Curiosamente, ellas no tenían miedo. A veces eran esas mismas ancianas, amas de casa, niñeras analfabetas, llenas de prejuicios religiosos, las que recogían a los niños cuyos padres habían sido arrestados, salvándoles del orfanato y los centros de acogida. En cambio, los miembros del Partido evitaban a esos niños como si de la peste se tratara. ¿Acaso esas mujeres eran más valientes o más honradas que los viejos bolcheviques como Mostovskói y Krímov?
Las personas saben cómo vencer el miedo; los niños caminan en la oscuridad, los soldados entran en combate, un joven da un paso adelante para saltar al vacío en paracaídas.
Pero aquel otro miedo, particular, atroz, insuperable para millones de personas, estaba escrito en letras siniestras de un rojo deslumbrante en el cielo plomizo de Moscú: el miedo al Estado…
¡No, no! El miedo no es capaz de realizar por sí solo semejante tarea. El fin superior de la revolución libera de la moral en nombre de la moral, justifica en nombre del futuro a los actuales fariseos, los delatores, los hipócritas; explica por qué un hombre, en aras de la felicidad del pueblo, debe empujar a los inocentes a la fosa. En nombre de la Revolución esa fuerza permite ignorar a los niños cuyos padres acaban en un campo penitenciario. Explica por qué la Revolución ha establecido que la esposa que se ha negado a denunciar al marido inocente debe ser apartada de sus hijos y enviada diez años a un campo de trabajo.
La fuerza de la revolución se había aliado con el miedo a la muerte, el terror a la tortura, con la angustia que atenaza a aquel que siente sobre sí el aliento de los campos lejanos.
Antes, cuando los hombres hacían la revolución sabían que se arriesgaban a la cárcel, a trabajos forzados, a años de exilio y de vida sin refugio, al patíbulo… Pero ahora lo más inquietante, confuso, desagradable era que la Revolución pagaba a sus fieles, a aquellos que servían a su gran causa, con raciones suplementarias, comidas en el Kremlin, paquetes de víveres, coches particulares, viajes y estancias en Barvija, billetes en coche cama.
—¿Todavía estás despierto, Nikolái Grigórievich? —le preguntó Spiridónov en la oscuridad.
—Casi. Me estoy quedando dormido —respondió Krímov.
—Ah, perdona, no quiero molestarte.
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Había pasado más de una semana desde la noche en que Mostovskói fue llamado por el Obersturmbannführer Liss. La espera febril y la tensión habían dado paso a un hondo abatimiento. Por momentos Mostovskói tenía la impresión de que tanto sus amigos como sus enemigos se habían olvidado de él, que unos y otros le consideraban impotente, un viejo que había perdido la cabeza, un inútil moribundo.
Una mañana luminosa y sin viento lo condujeron al baño. Esta vez el SS que le escoltaba no entró en el bloque; se sentó en las escaleras, colocando el fusil a su lado, y se | encendió un cigarrillo. Era un día sereno, el sol calentaba y el soldado, por lo visto, no deseaba entrar en el ambiente húmedo del baño.
El prisionero político que trabajaba en el baño se acercó a Mijaíl Sídorovich.
—Buenos días, querido camarada Mostovskói.
Mostovskói lanzó un grito de asombro: enfrente de él, con una chaqueta de uniforme y el brazalete del Revier en la manga, estaba el comisario de brigada Ósipov.
Se abrazaron, y Ósipov le dijo apresuradamente:
—He logrado que me destinen al baño; estoy sustituyendo al mozo de la limpieza. Quería verle. Kótikov y el general Zlatokrilets le mandan saludos. En primer lugar dígame cómo le va, cómo se encuentra, qué quieren de usted. Explíquemelo todo mientras se va quitando la ropa.
Mostovskói le habló del interrogatorio nocturno. Ósipov, mirándole fijamente con sus negros ojos saltones, le dijo:
—Esos imbéciles quieren trastornarle.
—Pero ¿para qué? ¿Con qué objetivo?
—Es posible que quieran sonsacarle alguna información de tipo histórico, sobre las características de los fundadores y los dirigentes del Partido. Tal vez tenga que ver con declaraciones, proclamas, cartas.
—Están perdiendo el tiempo —dijo Mostovskói.
—Le torturarán, camarada Mostovskói.
—Están perdiendo el tiempo, es estúpido —repitió Mostovskói, y preguntó—: Y a ustedes, ¿cómo les va?
Ósipov explicó en un susurro:
—Mejor de lo que esperábamos. Lo más importante es que hemos logrado ponernos en contacto con los que trabajan en la fábrica y hemos comenzado a recibir armas: granadas y metralletas. Los hombres traen las piezas una por una y nosotros las montamos de noche en los bloques. La verdad es que tenemos pocas hasta el momento.
—Esto es obra de Yershov. ¡Bravo por él! —exclamó Mostovskói.
Luego sacudió la cabeza compungido al quitarse la camisa y observarse el pecho y los brazos desnudos. Se sintió de nuevo furioso consigo mismo por ser tan viejo.
—Tengo el deber de informarle, como superior del Partido, que Yershov ya no está en nuestro campo.
—¿Cómo que no está?
—Ha sido trasladado a Buchenwald.
—¿Qué dice? —gritó Mostovskói—. ¡Era un tipo magnífico!
—Seguirá siendo magnífico en Buchenwald.
—Pero ¿por qué? ¿Qué ha pasado?
—Hubo una división en el liderazgo —replicó Ósipov con aire sombrío—. Un nutrido grupo sentía una inclinación espontánea hacia Yershov y a éste se le había subido a la cabeza. No se hubiera sometido a la dirección por nada del mundo. Es un individuo poco claro, no es uno de los nuestros. La situación se complicaba a cada paso. El primer mandamiento en la clandestinidad es la disciplina de hierro. Y nos habíamos encontrado con dos centros diferentes: los que son del Partido y los que no. Después de discutir la situación tomamos una decisión. Un camarada checo que trabaja en la administración del campo archivó la tarjeta de Yershov junto a las del grupo de trasladados a Buchenwald y automáticamente fue incluido en la lista.
—Nada más fácil —dijo Mostovskói.
—Fue la decisión unánime de todos los comunistas —concretó Ósipov.
Estaba de pie frente a Mostovskói con su ropa miserable un trapo en la mano, severo, inquebrantable, seguro de su derecho férreo, de su terrible derecho, superior al de Dios, para convertir la causa a la que servía en el árbitro supremo del destino del hombre.
El viejo desnudo, delgado, uno de los fundadores del gran Partido, estaba sentado en silencio con la espalda encorvada y la cabeza inclinada.
Se le presentó con nitidez la noche pasada en el despacho de Liss. Y de nuevo se apoderó de él el miedo: ¿y si Liss no mentía? ¿Y si no perseguía un objetivo policial secreto y sólo quería mantener una conversación de hombre a hombre?
Se enderezó y ahora, como siempre, como diez años antes, durante la colectivización, durante los procesos políticos que condujeron al patíbulo a sus camaradas de juventud, declaró:
—Me someto a esta decisión. La acepto como miembro del Partido.
Cogió la chaqueta que reposaba sobre el banco y sacó del forro varios trozos de papel: eran los textos que había redactado para las octavillas.
De repente le vino a la cabeza la cara de Ikónnikov, sus ojos de vaca, y sintió el deseo de oír la voz del apóstol de la bondad sin sentido.
—Quería preguntarle: sobre Ikónnikov —dijo Mijaíl Sídorovich—. ¿El checo también cambió su tarjeta?
—Ah, el viejo yuródivi, el trapo mojado, como le llamaba usted. Fue ejecutado. Se negó a trabajar en la construcción del campo de exterminio. Keize recibió la orden de matarle.
Aquella misma noche, se pegaron en las paredes de los barracones los folletos escritos por Mostovskói sobre la batalla de Stalingrado.
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Poco después de la guerra se encontró en los archivos de la Gestapo de Munich un expediente relacionado con la investigación de una organización clandestina en un campo de concentración de la Alemania occidental. El documento que cerraba el expediente informaba que la sentencia contra los miembros de dicha organización había sido ejecutada. Los cuerpos de los prisioneros habían sido quemados en un homo crematorio. El primer nombre de la lista era el de Mostovskói.
El estudio de los documentos no permitió establecer el nombre del provocateur que traicionó a sus camaradas. Probablemente fue ejecutado por la Gestapo junto a aquellos a los que había denunciado.
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Los barracones del Sonderkommando, el escuadrón especial de trabajo destinado a operar en las cámaras de gas, el almacén de sustancias tóxicas y los crematorios, eran cálidos y tranquilos.
Los prisioneros que trabajaban de manera permanente en la obra n.° 1 gozaban de unas buenas condiciones de vida. Cada cama tenía una mesilla de noche con su correspondiente garrafa de agua hervida y había una alfombra en el pasillo central.
Los obreros que trabajaban en la cámara de gas estaban libres de escolta y comían en un local aparte. Los alemanes del Sonderkommando podían escoger su propio menú, igual que en un restaurante. Recibían un salario casi tres veces mayor que el de los soldados, homólogos en rango, que estaban en activo. Sus familias disfrutaban de reducciones de alquiler, de raciones de víveres superiores a las estipuladas y del derecho a evacuación prioritaria de las zonas sometidas a bombardeos.
El trabajo del soldado Roze consistía en observar a través de la mirilla de inspección, y cuando el proceso había concluido daba la orden de proceder a la descarga de la cámara de gas. Además debía controlar que los dentistas trabajaran con escrúpulo y esmero. Más de una vez había escrito informes al director del complejo, el Sturmbannführer Kaltluft, sobre la dificultad de realizar simultáneamente esa doble tarea; mientras Roze estaba arriba, supervisando el gaseamiento, abajo, donde trabajaban los dentistas y los trabajadores cargaban los cuerpos en las cintas transportadoras, se quedaban sin vigilancia, con la posibilidad de trampear y cometer hurtos.
Roze se había acostumbrado a su trabajo y ya no le inquietaba, como los primeros días, el espectáculo que se desarrollaba detrás del cristal. Su predecesor había sido sorprendido un día entretenido en un pasatiempo más propio de un chico de doce años que de un soldado de las SS al que se le ha confiado una acción especial. Al principio Roze no acertaba a comprender algunas alusiones a ciertas incorrecciones, y sólo más tarde comprendió a qué se referían.
A Roze no le gustaba su nuevo trabajo, pero ahora ya se había acostumbrado. Le inquietaba el insólito respeto del que estaba rodeado. Las camareras de la cantina le preguntaban por qué estaba pálido. Siempre, desde que tenía uso de razón, recordaba haber visto a su madre llorando. A su padre, por alguna razón, siempre le despedían de los trabajos; daba la impresión de que le habían despedido de más trabajos de los que en realidad había tenido. Roze había aprendido de sus padres a andar de una manera suave y furtiva que no debía molestar a nadie; regalaba la misma sonrisa inquieta y afable a los vecinos, a su casero, al gato del casero, al director de la escuela y al policía en la esquina de la calle. En apariencia la afabilidad y la cortesía eran los rasgos fundamentales de su carácter y él mismo se asombraba de cuánto odio anidaba en su cuerpo y de cuánto tiempo había permanecido oculto en su interior. Luego había ido a parar al Sonderkommando; el superior, buen conocedor del alma humana, había intuido enseguida su carácter gentil y afeminado.
No había nada agradable en observar cómo se contorsionaban los judíos en la cámara de gas. Roze sentía antipatía por los soldados que disfrutaban trabajando allí. El prisionero de guerra Zhuchenko, que trabajaba en el turno de la mañana cerrando las puertas de la cámara de gas, le desagradaba en particular. Tenía una sonrisa infantil perennemente estampada en su cara, y por eso era especialmente desagradable. A Roze no le gustaba su trabajo, pero conocía todas sus ventajas, las evidentes y las ocultas.
Cada día, al finalizar el trabajo, un dentista entregaba a Roze un pequeño paquete con varias coronas de oro. Aunque aquello representaba una parte insignificante del metal precioso que la dirección del campo recibía todos los días, Roze ya había enviado dos veces casi un kilo de oro a su mujer. Era la garantía de un futuro luminoso, la materialización de su sueño de una vejez tranquila. De joven, Roze había sido débil y tímido, incapaz de tomar parte activa en la lucha por la vida. Nunca había dudado de que el Partido tenía como único fin el bien de los hombres pequeños y débiles. Ahora experimentaba los beneficios de la política de Hitler, porque él era uno de esos hombres pequeños y débiles, y en esos momentos, su vida y la de su familia se había vuelto incomparablemente más fácil, mejor.
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A veces Antón Jmélkov se sentía horrorizado por su trabajo, y por la noche, cuando se acostaba en el catre y oía las risas de Trofim Zhuchenko, un miedo frío y angustioso atenazaba su corazón.
Las manos de Zhuchenko, esas manos de dedos largos y gruesos que cerraban las compuertas herméticas de la cámara de gas, siempre le causaban la impresión de estar sucias, y por esa razón le daba asco coger el pan de la misma cesta que su compañero.
Zhuchenko parecía feliz y excitado cuando salía por la mañana para cumplir su turno de trabajo y esperaba la columna de personas procedentes de la vía férrea. Pero el movimiento de la columna le parecía insoportablemente lento. Emitía con la garganta un débil sonido lastimoso y tensaba la mandíbula como un gato acechando a los gorriones detrás del cristal.
Para Jmélkov aquel hombre se había convertido en una fuente de inquietud. Por supuesto, Jmélkov también podía beber más de la cuenta y pasar un buen rato con alguna mujer de la fila cuando estaba borracho. Había un pasillo a través del cual los miembros del Sonderkommando penetraban en el vestidor para escoger una mujer. Un hombre es un hombre, después de todo. Jmélkov escogía a una chica o una mujer, la conducía a un rincón vacío del barracón y al cabo de media horita la devolvía a los guardias. Ni él ni la mujer decían nada. Pero él no estaba allí por las mujeres y el vino, ni por los pantalones de montar de gabardina y las botas de piel de comandante.
Le habían hecho prisionero un día de julio de 1941. Le habían asestado golpes de culata en la cabeza y el cuello, había enfermado de disentería, le habían obligado a caminar por la nieve con las botas destrozadas, le habían dado de beber un agua amarillenta con manchas de gasoil, había arrancado con los dedos trozos de una fétida carne negra del cadáver de un caballo, había comido nabos podridos y mondas de patata.
Sólo había elegido una cosa: vivir. No deseaba nada más. Había repelido decenas de muertes: por hambre, por frío, de disentería… No quería ser abatido con nueve gramos de plomo en la cabeza, no quería hincharse hasta que su corazón se ahogara con el líquido que le subía de las piernas. No era un criminal; había sido peluquero en la ciudad de Kerch, nunca nadie había pensado mal de él ni sus familiares, ni los vecinos de patio, ni los colegas del trabajo, ni los conocidos con los que bebía vino, comía salmonete ahumado y jugaba al dominó. Pensaba que no tenía nada en común con Zhuchenko. Pero a veces también le daba la sensación de que la diferencia entre él y Zhuchenko consistía en una bagatela insignificante. ¿Qué importancia tenía para Dios y para los hombres el sentimiento con el que se dirigían al trabajo? ¿Qué importa que uno se sintiera feliz y el otro desgraciado cuando el trabajo que realizaban era el mismo?
No comprendía que Zhuchenko le inquietaba no porque fuera más culpable que él, sino porque su terrible monstruosidad innata le disculpaba, mientras que él, Jmélkov, no era un monstruo, sino un hombre.
Comprendía vagamente que, bajo el fascismo, al hombre que desea seguir siendo un hombre se le presenta una opción más fácil que la de conservar la vida: la muerte.
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El jefe del Sonderkommando, el Sturmbannführer Kaltluft, había conseguido que el puesto de control le proporcionara cada noche un gráfico con la llegada de los convoyes del día siguiente. Así, Kaltluft podía dar instrucciones a sus subordinados por anticipado sobre el trabajo que debían realizar, en función del número de vagones y la cantidad de personas que se esperaba recibir. Según el país de procedencia del tren, se asignaba el Kommando auxiliar de prisioneros mas conveniente; se necesitaban peluqueros, escoltas, cargadores.
A Kaltluft no le gustaba la vida desordenada: no bebía y se enfadaba cuando sorprendía a sus subordinados en estado de embriaguez. Sólo una vez le habían visto alegre y animado. Estaba a punto de partir para reunirse con su familia para las fiestas de Pascua y ya estaba montado en el coche cuando llamó al Sturmführer Hahn y se puso a enseñarle fotografías de su hija, una niña de cara alargada y ojos grandes como los de su padre.
A Kaltluft le gustaba trabajar y odiaba perder el tiempo. Después de cenar nunca se daba una vuelta por el club, no jugaba a las cartas, no asistía a las proyecciones de películas. En Navidad adornaron un abeto para el Sonderkommando, actuó un coro de aficionados y en la cena distribuyeron gratuitamente una botella de coñac francés para cada dos personas. En aquélla ocasión Kaltluft se dejó caer media hora por el club y todos se dieron cuenta de que tenía en los dedos una mancha de tinta fresca, señal de que también había estado trabajando la noche de Navidad.
Hubo un tiempo en que vivía en la casa de campo de sus padres y creía que toda su vida transcurriría allí. Amaba la tranquilidad del campo y el trabajo no le daba miedo. Su sueño era ampliar la hacienda del padre y estaba convencido de que por grandes que fueran los ingresos que obtuviera con la cría de cerdos y la venta de nabos y trigo, nunca abandonaría la cómoda y tranquila casa de su infancia. Pero la vida había tomado otra dirección. Hacia el final de la Primera Guerra Mundial se había encontrado en el frente y había recorrido el camino que el destino le había reservado. Y, por lo visto, lo que el destino le había reservado era convertirse de campesino en soldado, pasar de las trincheras a guardia del Estado Mayor, de empleado en las oficinas a ayudante de campo, y después del puesto en la administración central de la RSHA había acabado como jefe de un Sonderkommando en un campo de exterminio.
Si Kaltluft hubiera tenido que responder ante un tribunal divino, habría justificado su alma contando de manera sincera que sólo el destino le había empujado a ser un verdugo, el asesino de quinientas noventa mil personas. ¿Qué podía hacer él frente a fuerzas tan potentes como la guerra mundial en curso, un movimiento nacional inmenso, la inflexibilidad del Partido, la coerción del Estado? ¿Quién habría estado en condiciones de nadar a contracorriente? Él era un ser humano, sólo deseaba vivir en la casa de su padre. No había intervenido por voluntad propia, le habían empujado; él no quería, se lo habían ordenado, el destino le había conducido de la mano como a un niño. Y del mismo modo, o casi del mismo modo, se habrían justificado ante Dios aquellos a los que Kaltluft había enviado a trabajar y aquellos que habían enviado a trabajar a Kaltluft.
Pero Kaltluft no había tenido que justificar su alma ante un tribunal divino. Por eso Dios no había tenido que confirmar a Kaltluft que en el mundo no hay culpables.
El juicio divino existe, y existe también el tribunal del Estado, de la sociedad; pero existe un juicio supremo y es el juicio de un pecador sobre otro pecador. El hombre que ha pecado conoce la potencia del Estado totalitario, que es infinitamente grande; sirviéndose de la propaganda, el hambre, la soledad, el campo, la amenaza de muerte, el ostracismo y la infamia, esa fuerza paraliza la voluntad del hombre. Pero en cada paso dado bajo la amenaza de la miseria, el hambre, el campo y la muerte, se manifiesta siempre, al mismo tiempo que lo condicionado, la libre voluntad del hombre. En la trayectoria vital recorrida por el jefe del Sonderkommando, del campo a las trincheras, de la condición de hombre sin partido a la de miembro consciente del partido nacionalsocialista, siempre y por doquier estaba impresa su voluntad. El destino conduce al hombre, pero el hombre lo sigue porque quiere y es libre de no querer seguirlo. El destino guía al hombre, que se convierte en un instrumento de las fuerzas de destrucción pero cuando eso sucede no pierde nada; al contrario, gana. Éste lo sabe y va allí donde le esperan las ganancias; el terrible destino y el hombre tienen objetivos diversos, pero el camino es uno solo.
Quien pronuncie el veredicto no será un juez divino, puro y misericordioso, ni un sabio tribunal supremo que mire por el bien del Estado y la sociedad, ni un hombre santo, y justo, sino un ser miserable destruido por el poder del Estado totalitario. Quien pronuncie el veredicto será un hombre que a su vez ha caído, se ha inclinado, ha tenido miedo y se ha sometido.
Ese hombre dirá:
—¡En este mundo terrible existen los culpables! ¡Tú eres culpable!
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Y así había llegado el último día del viaje. Los vagones crujieron, los frenos rechinaron y después se hizo el silencio; de pronto descorrieron los cerrojos y retumbó la orden:
—Alle heraus![102]
La gente empezó a descender al andén todavía mojado por la lluvia reciente.
¡Qué aspecto tan extraño tenían aquellos rostros familiares después de la oscuridad del vagón! Los abrigos y los pañuelos habían cambiado menos que las personas; las chaquetas y los vestidos les recordaban las casas donde se los habían puesto, los espejos ante los cuales se los habían probado.
La gente que salía de los vagones se apiñaba en grupos, y en aquella muchedumbre gregaria había algo conocido, tranquilizador: calor familiar, olor familiar, rostros cansados y ojos extenuados, una masa compacta de personas que han bajado de cuarenta y dos vagones de transporte de ganado.
Dos SS de patrulla vestidos con largos capotes caminaban lentamente haciendo resonar sobre el asfalto las botas claveteadas. Marchaban arrogantes y absortos en sus pensamientos sin mirar siquiera a los jóvenes judíos que sacaban en brazos el cadáver de una anciana cuyos cabellos blancos caían sobre un rostro blanquecino, ni al barbudo de pelo rizado que lamía a gatas el agua de un charco ni a la jorobada que se subía la falda para ajustarse el elástico de las medias.
De vez en cuando los SS intercambiaban miradas y algunas palabras. Se movían sobre el asfalto como el sol en el firmamento. El sol no se preocupa del viento, de las nubes, de las tormentas en el mar, del rumor de las hojas; pero en su movimiento uniforme, sabe que todo en la tierra existe gracias a él.
Hombres con monos azules, brazaletes blancos en las mangas y quepis de largas viseras gritaban y apuraban a los recién llegados en una extraña lengua, una mezcolanza de palabras rusas, alemanas, yiddish, polacas y ucranianas.
Los hombres del mono azul organizaban al gentío del andén con rapidez y práctica: seleccionaban a los que no se tenían en pie, obligaban a los más fuertes a cargar a los moribundos en los furgones, creaban dentro de ese caos de movimientos desordenados una columna y le marcaban una dirección y un sentido. La columna se divide en filas de seis, y por las filas corre la noticia: «¡A las duchas, primero nos llevan a las duchas!».
Parecía que Dios misericordioso no habría podido inventar nada mejor.
—¡Muy bien, judíos, andando! —gritó un hombre con quepis, el jefe del escuadrón encargado de la descarga de los convoyes y de la vigilancia de los deportados.
Hombres y mujeres cogieron sus bolsas, los niños se agarraron a las faldas de sus madres y a los pantalones de sus padres.
«Las duchas…, las duchas…»; esas palabras tenían un efecto hipnotizante en las conciencias.
En aquel hombre alto con el quepis había algo sencillo, atrayente, parecía más cercano al mundo de los infelices que al de los cascos y los capotes grises. Una vieja acaricia con delicadeza religiosa la manga de su traje con la punta de los dedos y pregunta:
—Ir sind a yid, a litvek, metn kind[103]
—Da, da, mamenka, ij bin a id, prentko, prentko, panove![104]
De repente, con una voz ronca pero fuerte, funde en una frase las lenguas de los dos ejércitos enemigos:
—Die Kolonne marsch! Shagom march![105]
El andén se queda vacío. Los hombres del mono azul retiran del asfalto trapos, trozos de venda, un zueco roto, un cubo que un niño ha abandonado, y cierran con estruendo las puertas de los vagones de mercancías. Un ruido metálico atraviesa los vagones mientras el tren se pone en marcha hacia la zona de desinfección.
Después de acabar el trabajo, el Kommando vuelve al campo a través de la puerta de servicio. Los trenes procedentes del Este son los peores: están infestados de piojos y llenos de muertos y enfermos que exhalan un hedor insoportable. En estos vagones no se encuentra, como en los procedentes de Hungría, Holanda o Bélgica, un frasco de perfume, un paquete de cacao o una lata de leche condensada.
46
Ante los deportados se abrió una gran ciudad. Sus límites, al oeste, se perdían en la niebla. El humo oscuro de las lejanas chimeneas de las fábricas se confundía con la bruma formando una neblina baja que cubría la cuadrícula de barracones, y la fusión de la niebla con la rectitud geométrica de las calles de barracones producía una impresión sorprendente.
Al noreste se levantaba un resplandor rojo oscuro y el cielo húmedo del otoño, al calentarse, parecía estar ruborizándose. A veces del húmedo resplandor se escapaba una llama lenta, sucia, serpenteante.
Los viajeros salieron a una plaza espaciosa. En el centro, sobre un podio de madera como los que normalmente se colocan en las fiestas populares, había una decena de personas. Era una orquesta. Los músicos se diferenciaban claramente entre sí, al igual que sus instrumentos. Algunos se volvieron hacia la columna que llegaba, pero en ese momento un hombre canoso vestido con una capa colorida dijo algo y todos abrazaron sus instrumentos. De repente pareció que un pájaro hubiera lanzado un trino tímido e insolente, y el aire, un aire desgarrado por el alambre de espinas y el aullido de las sirenas, que apestaba a basura y vapores aceitosos, se llenó de música. Como si una cálida cascada de una lluvia de verano encendida por el sol se hubiera precipitado contra el suelo.
La gente de los campos, la gente de la cárcel, la gente que se ha escapado de la prisión, la gente que marcha hacia su muerte conoce el extraordinario poder de la música. Nadie siente la música como los que han conocido la prisión y el campo, como los que marchan hacia la muerte.
La música que roza al moribundo no resucita en su alma la esperanza ni la razón, sino el milagro agudo y sobrecogedor de la vida. De la columna brotó un sollozo. Parecía que todo se hubiera transformado, que todo se hubiera fundido en una unidad. Todo lo que se había fragmentado: la casa, el mundo, la infancia, el camino, el rumor de las ruedas, la sed, el miedo y esta ciudad que emergía de la niebla, esta aurora roja y pálida, todo se fundió de repente, pero no en la memoria o en un cuadro, sino en la percepción instintiva, ardiente, dolorosa de la vida pasada. Allí, en el resplandor de los hornos, en la plaza del campo, la gente percibía que la vida era algo más que la felicidad, que también era maldad. La libertad es difícil, a veces dolorosa: es la vida.
La música supo expresar la última agitación de sus almas, que unían en su ciega profundidad las alegrías y penas experimentadas a lo largo de la vida con aquella mañana brumosa, con el resplandor sobre sus cabezas. O tal vez no era así. Tal vez la música sólo era la llave que permitía acceder a los sentimientos de los hombres, no lo que les llenaba en aquel horrible instante, sino lo que les abría las entrañas.
Suele pasar que una canción infantil haga llorar a un anciano. Pero no es por la canción por lo que llora el anciano; ésa sólo es la llave que abre su alma.
Mientras la columna dibujaba lentamente un semicírculo alrededor de la plaza, por las puertas del campo entró un coche color crema. De él bajó un oficial de las SS con gafas y un capote de cuello de piel que hizo un gesto de impaciencia, y el director de la orquesta bajó en el acto las manos en un movimiento desesperado, haciendo cesar bruscamente la música.
Resonó repetidas veces un «Halt!».
El oficial se paseó entre las filas. Señalaba con el dedo y el jefe del grupo hacía salir de la fila a los indicados. El oficial observaba a las personas seleccionadas con una mirada indiferente, y el jefe de la columna les preguntaba en voz baja, para no turbar las reflexiones del SS:
—¿Cuántos años tienes? ¿Cuál es tu profesión?
Cerca de treinta personas fueron escogidas.
Una petición recorrió las filas:
—¡Médicos, cirujanos!
Nadie respondió.
—¡Médicos y cirujanos, un paso al frente!
De nuevo, silencio.
El oficial se acercó a su coche, perdido todo interés en los miles de personas que había congregadas en la plaza.
Los seleccionados fueron alineados en filas de cinco, de cara al cartel que había sobre las puertas del campo: Arbeit macht frei.[106]
En las filas resonó el grito de un niño seguido del grito salvaje y penetrante de las mujeres. Los que habían sido seleccionados continuaban callados con la cabeza gacha.
¿Cómo se puede transmitir la sensación de un hombre que aprieta la mano de su mujer por última vez? ¿Cómo describir la última y rápida mirada al rostro amado? ¿Cómo se puede vivir cuando la memoria despiadada te recuerda que en el instante de aquella despedida silenciosa tus ojos parpadearon para esconder la grosera sensación de alegría que experimentaste por haber salvado la vida? ¿Cómo puede ese hombre enterrar el recuerdo de su esposa, que le depositó en la mano un paquete con el anillo de boda, algunos terrones de azúcar y unas galletas? ¿Cómo puede seguir viviendo al ver el resplandor rojo inflamarse en el cielo con fuerza renovada? Ahora las manos que él ha besado deben de estar ardiendo, los ojos que se iluminaban con su llegada, sus cabellos cuyo olor podía reconocer en la oscuridad; ahora arden sus hijos, su mujer, su madre. ¿Cómo es posible que pida un lugar más cercano a la estufa en el barracón, que sostenga la escudilla bajo el cucharón que sirve un litro de líquido grisáceo; que repare la suela rota de su bota? ¿Es posible que golpee con la pala, que respire, que beba agua? Y en los oídos resuenan los gritos de los hijos, el gemido de la madre.
Los destinados a sobrevivir son enviados en dirección a las puertas del campo. Hasta ellos llegan los gritos de la gente y ellos mismos también gritan, desgarrándose la camisa sobre el pecho, pero una nueva vida les sale al encuentro: alambradas eléctricas, torres de observación con ametralladoras, barracones, mujeres y niñas con semblante desvaído que les miran a través de las alambradas, columnas de hombres que marchan hacia el trabajo con retales rojos, amarillos y azules cosidos en el pecho.
La orquesta comienza de nuevo a tocar. Los hombres seleccionados para trabajar en el campo entran en la ciudad construida sobre un pantano. El agua oscura se abre camino entre las resbaladizas losas de hormigón y los pesados bloques de piedra. Es un agua negra rojiza que apesta a podredumbre y está compuesta de partículas de espuma verde, de jirones de trapos mugrientos, de harapos ensangrentados procedentes de las salas de operaciones del campo. El agua penetrará bajo el suelo del campo, luego emergerá a la superficie y de nuevo desaparecerá bajo la tierra. En aquella lúgubre agua del campo viven las olas del mar y el rocío de la mañana.
Entretanto los condenados iban al encuentro de la muerte.
47
Sofia Ósipovna avanzaba con paso pesado, cadencioso, y el niño se aferraba a su mano. Con la otra mano, el pequeño palpaba en el interior de su bolsillo la caja de cerillas donde guardaba entre algodones sucios una crisálida marrón oscura que hacía poco, en el vagón, había salido del capullo. A su lado caminaba balbuceando el mecánico Lazar Yankélevich y su mujer, Deborah Samuílovna, llevando a un bebé en brazos. A su espalda Rebekka Bujman susurraba: «¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!». La quinta de la fila era la bibliotecaria Musia Borísovna. Tenía los cabellos bien peinados y su cuello de encaje parecía blanco. Durante el viaje había intercambiado varias veces su ración de pan por media taza de agua caliente. La tal Musia Borísovna siempre estaba dispuesta a darlo todo; en su vagón la tenían por una santa, y las viejas, que de hombres y santos entienden, iban a besarle el vestido. La fila de delante estaba compuesta por cuatro personas. Durante la selección el oficial había apartado de repente a dos miembros de la familia Slepoi, padre e hijo, que, al ser preguntados por su profesión, habían gritado: Zahnarzt[107], Y el oficial asintió con la cabeza. Los Slepoi habían acertado, se habían ganado la vida. De los cuatro que habían quedado en la fila, tres caminaban balanceando los brazos, aquellos brazos que habían sido considerados inútiles; el cuarto andaba con paso seguro, el cuello de la chaqueta levantado, las manos en los bolsillos y la cabeza alta echada hacia atrás. Cuatro o cinco filas delante de ellos sobresalía la cabeza de un anciano tocado con una gorra de invierno del Ejército Rojo.
Justo detrás de Sofia Ósipovna marchaba Musia Vinokur, que había cumplido catorce años en el vagón de mercancías.
¡La muerte! Se había vuelto familiar y sociable, visitaba a la gente sin formalidades, en los patios, en los talleres; iba al encuentro de un ama de casa en el mercado y se la llevaba junto a su saco de patatas; se entrometía en los juegos de los niños más pequeños; echaba una ojeada en un local donde los modistos, canturreando, se afanaban en terminar de coser el abrigo de la esposa del comisario; hacía cola para comprar el pan; se sentaba junto a una viejita que zurcía unas medias…
La muerte hacía su trabajo y la gente, el suyo. A veces permitía acabar el cigarrillo, engullir la comida; otras veces sorprendía al hombre de manera grosera, entraba como ama y señora, dando palmadas en la espalda y con una risa estúpida.
Parecía que la gente, al fin, había comprendido la muerte, como si se les hubiera revelado lo prosaica, lo infantil y lo sencilla que era. Era tan fácil como cruzar un minúsculo arroyo sobre el cual se hubiera colocado una tabla de madera que comunicara una orilla, la del humo de las isbas, con la otra, de prados vacíos. Cinco, seis pasos, ¡eso era todo! ¿De qué tener miedo? Y he aquí que por el puente pasó un ternero, golpeando con los cascos, y pasaron corriendo unos niños, golpeando con los talones desnudos.
Sofia Ósipovna escuchó la música. Había oído aquella pieza por primera vez cuando era niña, luego en su época de estudiante, después ya como joven doctora. Al oírla siempre la asaltaba el vivo presentimiento del futuro. Sin embargo la música la había engañado. Sofia Ósipovna no tenía futuro, sólo una vida pasada.
Y el sentimiento de su vida pasada, particular, intransferible, por un instante ofuscó el presente inminente: su vida estaba al borde del abismo.
Era el más terrible de los sentimientos. Algo inefable, que no se puede compartir siquiera con la persona más cercana, la mujer, la madre, el hermano, el hijo, el amigo o el padre; es un secreto del alma, y el alma, aunque lo desee fervientemente, no puede desvelar su secreto. El hombre lleva consigo el sentido de su vida y no puede compartirlo con nadie. El milagro del individuo particular, en cuya conciencia e inconciencia acumula todo lo que ha habido de bueno, malo, divertido, agradable, vergonzoso, triste, tímido, tierno, sorprendente, desde la infancia hasta la vejez, está fusionado en ese sentimiento único, mudo, secreto de su vida única.