Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 64

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Cuando la música sonó de nuevo, David sintió el deseo de sacar la caja de cerillas del bolsillo, abrirla un instante, para que la crisálida no cogiera frío, y enseñársela a los músicos. Pero después de dar unos pasos no volvió a pensar en las personas que estaban sobre la tarima. Sólo habían quedado la música y el resplandor en el cielo. Aquella melodía triste y potente llenaba su corazón hasta el borde, como si fuera una tacita, del deseo de volver a ver a su madre, a esa madre que no era ni fuerte ni tranquila, que se avergonzaba de haber sido abandonada por el marido. Había cosido una camisita para David, y los vecinos del pasillo se reían de que el niño llevara una camisa de percal con florecitas y las mangas mal cosidas. Su madre era su único baluarte, su esperanza. Confiaba en ella sin reservas, ciegamente. Pero, tal vez, la música había obrado de tal manera que había dejado de tener confianza en su madre. La amaba, pero ella era débil e indefensa como los que ahora caminaban a su lado. La música, aletargada, suave, parecía compuesta de minúsculas olas; las había visto entre delirios, cuando le subía la fiebre y él se deslizaba desde la almohada caliente hasta la arena templada y húmeda.

La orquesta ululó; una garganta reseca se abrió, enorme, en un lamento.

La pared oscura que se levantaba del agua cuando enfermaba de anginas ahora se cernía sobre él e invadía todo el cielo.

Todo, todo lo que había aterrorizado a su corazoncito, se unió, se fusionó en uno. El miedo que se apoderaba de él cuando contemplaba la ilustración de la cabritilla que no veía la sombra del lobo entre los troncos de abetos; las cabezas de ojos azules de los terneros muertos en el mercado; la abuela muerta; aquella niña estrangulada por su madre, Rebekka Bujman; su primer miedo inconsciente que le hizo gritar y llamar desesperadamente a su madre durante la noche. La muerte se cernía sobre él, tan inmensa como el cielo, y el pequeño David caminaba hacia ella con sus pequeñas piernecitas. A su alrededor sólo quedaba la música, detrás de la cual no podía esconderse, a la que no podía aferrarse, contra la que no podía golpearse la cabeza.

La crisálida no tiene alas ni patas ni antenas, ni ojos siquiera; está en la cajita, estúpida, confiada, y espera.

¡Basta con ser judío, y ya está!

Tenía hipo, jadeaba. Si hubiera podido se habría estrangulado con sus propias manos. La música cesó. Sus pequeñas piernas y decenas de otras piernas se apresuraban, corrían. No le quedaban pensamientos, no podía gritar ni llorar. Sus dedos, bañados en sudor, apretaban en el bolsillo la cajita de cerillas, pero ya no se acordaba de la crisálida. Sólo era consciente de sus pequeñas piernas andando, andando, apresurándose, corriendo. Si el terror que le atenazaba se hubiera prolongado algunos minutos más, habría caído al suelo con el corazón roto.

Cuando cesó la música, Sofia Ósipovna se secó las lágrimas y dijo:

—Muy bien. Eso es todo.

Luego miró la cara del niño; incluso ahora, tan asustada, se distinguía por su expresión particular.

—¿Qué tienes? ¿Qué te sucede? —gritó Sofia Ósipovna, tirándole bruscamente de la mano—. ¿Qué te pasa? Vamos al baño, eso es todo.

Cuando antes les habían preguntado si había algún médico entre ellos, Sofia Ósipovna no contestó, oponiéndose a una fuerza que le resultó repugnante.

A su lado caminaba la mujer del mecánico con su hijo en brazos, y aquel desafortunado bebé de cabeza grande miraba alrededor con ojos mansos y pensativos. Había sido esa mujer, Deborah, quien una noche había robado a otra un puñado de azúcar para su bebé. La víctima estaba demasiado débil para oponer resistencia, pero el viejo Lapidus, a cuyo lado nadie quería sentarse porque siempre se orinaba encima, salió en su defensa.

Y ahora Deborah, la mujer del mecánico, caminaba pensativa llevando en brazos a su hijo, y aquel bebé que lloraba día y noche ahora estaba callado. Los ojos tristes y oscuros de la mujer hacían olvidar la fealdad de su rostro sucio, de sus labios pálidos y flácidos.

«La Virgen y el Niño», pensó Sofia Ósipovna.

Un vez, dos años antes de la guerra, vio salir el sol por detrás de los pinos de Tian Shan, iluminando las ardillas y el lago sumergido en el crepúsculo, como esculpido en un azul tan condensado que alcanzaba la consistencia de la piedra. En aquel instante pensó que no había persona en el mundo que no la hubiera envidiado. Y al mismo tiempo, con una fuerza que abrasó su corazón quincuagenario, sintió que estaba dispuesta a darlo todo por que en cualquier parte del mundo, en una habitación oscura, miserable, de techo bajo, unos brazos de niño la estrecharan.

El pequeño David despertaba en ella una ternura particular que nunca había sentido respecto a otros niños, aunque siempre le habían gustado. En el vagón, cuando le daba un trozo de su pan, David volvía su cara hacia ella en la penumbra y ella sentía deseos de llorar, de estrecharlo contra sí, de cubrirle de besos rápidos y abundantes, como suelen hacer las madres con sus hijos pequeños; en un susurro, para que él no la oyera, repetía: «Come, hijo mío, come».

Le hablaba poco; un extraño pudor la empujaba a esconder el sentimiento maternal que suscitaba en ella. Pero se daba cuenta de que el niño la seguía con mirada inquieta si se cambiaba de sitio en el vagón y que se tranquilizaba cuando ella estaba a su lado.

Sofia Ósipovna no quería reconocer cuál era el motivo por el que no había respondido a la llamada de los médicos, por qué había permanecido en aquella columna, ni el sentimiento de exaltación que la había invadido en aquellos instantes.

La columna bordeó las alambradas, las fosas, las torres de hormigón con las ametralladoras, y a aquellas personas, que habían olvidado qué era la libertad, les parecía que las alambradas y las ametralladoras estaban allí no para impedir que los prisioneros huyeran, sino para que los condenados a muerte no pudieran encontrar refugio en el campo de trabajos forzados.

Luego el camino se alejaba de las alambradas y conducía a unas construcciones bajas de techo liso; desde lejos aquellos rectángulos de paredes grises y sin ventanas le recordaban a David sus enormes cubos de madera, esos cubos a los que se les habían despegado las imágenes.

La columna torció, y por el hueco que se había abierto entre las filas David vio las construcciones, que tenían las puercas abiertas de par en par. Sin saber por qué, sacó del bolsillo la cajita con la crisálida y, sin despedirse, la tiró a un lado. ¡Que viva!

—Gente estupenda, estos alemanes —dijo un hombre que caminaba delante, como si esperara que los guardias oyeran y apreciaran su lisonja.

El hombre que llevaba el cuello levantado se encogió de hombros de una manera particular, miró a un lado, luego a otro, pareció que se hacía más alto y más fuerte, y de repente dio un salto rápido, como si batiera las alas, asestó un puñetazo en la cara a un SS y lo tiró al suelo. Sofia Ósipovna lanzó un grito de odio y se precipitó hacia él, pero tropezó y cayó. Enseguida unos brazos la recogieron y la ayudaron a ponerse en pie. Las filas que iban detrás seguían avanzando y David, aunque temía perder el paso, giró la cabeza y vio fugazmente cómo los guardias se llevaban al hombre a rastras.

Sofia Ósipovna se había olvidado del niño durante el breve instante en que había tratado de lanzarse contra el guardia. Ahora lo tenía de nuevo cogido de la mano. David había visto qué luminosos, qué feroces y maravillosos pueden ser los ojos de un ser humano que por una fracción de segundo ha reconquistado la libertad.

En ese momento las primeras filas llegaron a una plaza asfaltada situada delante de la entrada a los baños, y los pasos de las personas que cruzaban las puertas abiertas resonaron de una manera distinta.

48

En el cálido vestuario del baño reinaba una penumbra silenciosa y húmeda; la luz tan sólo entraba a través de algunas pequeñas ventanas rectangulares.

Unos bancos hechos de tablas gruesas y toscas con unos números escritos en pintura blanca se perdían en la oscuridad. Desde el centro de la sala hasta el muro opuesto a la entrada se extendía un tabique no demasiado alto que dividía el recinto; los hombres tenían que desnudarse a un lado; las mujeres y los niños, al otro.

Aquella separación no despertó la inquietud de la gente, puesto que continuaban viéndose y llamándose los unos a los otros: «Mania, Mania, ¿estás ahí?». «Sí, sí, te veo». Otro gritó: «¡Matilda, ven con la esponja a frotarme la espalda!». La mayoría de la gente se sentía aliviada.

Varios hombres vestidos con batas y con el semblante serio recorrían las filas velando por el orden y aconsejaban cosas razonables: debían meter los calcetines y las medias dentro de los zapatos, y recordar siempre el número de la fila y del colgador.

Las voces sonaban sordas y amortiguadas.

Cuando un hombre se desnuda por completo, se acerca a sí mismo. Dios mío, qué tupido e hirsuto se ha vuelto el vello de mi pecho, y cuántos pelos blancos. ¡Qué feas las uñas de los pies! Un hombre desnudo que mira su cuerpo no saca más conclusiones que una: «Soy yo»». Se reconoce, identifica el propio «yo», que siempre es el mismo. El niño que cruza los brazos delgados sobre el pecho huesudo mira su cuerpo de rana y piensa: «Soy yo». Y cincuenta años después, cuando examina las venas hinchadas de sus piernas, el pecho gordo y caído, se reconoce: «Soy yo».

Pero a Sofia Ósipovna la invadió una extraña sensación. En la desnudez de los cuerpos jóvenes y viejos; en el chico demacrado de nariz prominente del que una vieja, sacudiendo la cabeza, había dicho: «Ay, pobre hassid»; en la niña de catorce años que incluso allí es observada con admiración por cientos de ojos; en la fealdad y debilidad de viejos y viejas que suscitaban un respeto religioso; en la fuerza de las espaldas velludas de los hombres; en las piernas varicosas y los grandes senos de las mujeres, el cuerpo de un pueblo había salido a la luz. A Sofia Ósipovna le pareció intuir que cuando se había dicho «soy yo», no se refería sólo a mi cuerpo, sino a todo su pueblo. Era el cuerpo desnudo de un pueblo, al mismo tiempo joven y viejo, vivo, en crecimiento, fuerte y marchito, hermoso y feo, con el pelo rizado y el cabello cano. Sofia miró sus hombros fuertes y blancos; nadie los había besado, sólo su madre hacía mucho tiempo, cuando era una niña. Luego, con un sentimiento de ternura, desvió la mirada hacia el niño. ¿Es posible que durante algunos minutos se hubiera olvidado de él para abalanzarse ebria de rabia contra el SS…? «Un estúpido joven judío y su viejo discípulo ruso predicaban la no violencia —pensó—. Pero eso fue antes del fascismo.» Y sin avergonzarse ya de aquel sentimiento maternal que había nacido en ella, Sofia Ósipovna, una mujer soltera, cogió entre sus grandes manos de trabajadora la cara delgada de David. Era como si hubiera tomado entre sus manos sus ojos cálidos, y los besó.

—Sí, mi niño —dijo—. Hemos llegado a los baños.

En la penumbra del vestuario de hormigón le pareció que habían brillado los ojos de Aleksandra Vladímirovna Sháposhnikova. ¿Estaría aún viva? Se habían despedido, y Sofia Ósipovna había seguido su camino, y ahora había llegado al final, igual que Ania Shtrum…

La mujer del obrero quería mostrar el cuerpecito del niño desnudo a su marido, pero él estaba al otro lado del tabique; extendió a Sofia Ósipovna el bebé medio cubierto por un pañal y le dijo orgullosa:

—Ha sido desnudarle y dejar de llorar.

Y del otro lado del tabique, un hombre al que le había crecido una barba negra, que llevaba unos pantalones de pijama desgarrados en lugar de calzoncillos y al que le refulgían los ojos y los dientes falsos de oro, gritó:

—Mánechka, aquí venden trajes de baño. ¿Te compro uno?

Musia Borísovna se cubrió con la mano el pecho que despuntaba del amplio escote de su camisa y rió el chiste.

Sofia Ósipovna sabía ahora que aquellas bromas de los condenados no manifestaban el vigor de su ánimo; los tímidos y los débiles tienen menos miedo cuando se ríen de sus temores.

Rebekka Bujman, con su bellísima cara extenuada y demacrada, desviando de la gente sus ojos ardientes e inmensos, se deshacía sus voluminosas trenzas para esconder dentro anillos y pendientes.

La poseía un deseo de vivir ciego y cruel. El fascismo la había rebajado a su nivel; aunque era desgraciada e impotente nada podía detenerla ya en sus esfuerzos por salvar la vida. Y ahora, mientras escondía los anillos, no recordaba que con aquellas mismas manos había apretado el cuello de su bebé ante el temor de que su llanto descubriera su escondite en la buhardilla.

Pero cuando Rebekka Bujman suspiró aliviada, como un animal que ha logrado refugiarse al amparo de la espesura, vio a una mujer con una bata que cortaba a tijeretazos las trenzas de Musia Borísovna. A su lado estaban rapando la cabeza a una niña, y los mechones negros de seda brillaban silenciosos sobre el suelo de hormigón. Los cabellos cubrían el suelo y daba la impresión de que las mujeres se lavaban los pies en un agua oscura y clara.

La mujer de la bata apartó con calma la mano con la que Rebekka se estaba protegiendo la cabeza, le cogió los cabellos a la altura de la nuca y las tijeras chocaron contra un anillo escondido en los cabellos; la mujer, sin dejar de trabajar y desenredando hábilmente con los dedos los anillos atrapados en los rizos, se inclinó hacia el oído de Rebekka y le dijo: «Todo le será devuelto»; y luego le susurró en voz más baja todavía: «Ganz ruhig. Los alemanes están ahí». Rebekka no logró retener la cara de la mujer de la bata: no tenía ojos ni labios, sólo era una mano amarillenta con venitas azules.

Al otro lado del tabique apareció un hombre de cabellos blancos con las gafas torcidas apoyadas sobre una nariz torcida; parecía un diablo enfermo y triste. Recorrió con la mirada los bancos. Articulando cada sílaba como alguien que está acostumbrado a hablar a un sordo, preguntó:

—Mamá, mamá, ¿cómo estás?

Una viejecita arrugada, que de repente había oído la voz de su hijo entre la confusión de cientos de voces, le sonrió con ternura, y adivinando la pregunta habitual, le respondió:

—El pulso es bueno, no hay irregularidades, no te preocupes.

Al lado de Sofia Ósipovna alguien dijo:

—Es Herman. Un médico famoso.

Una joven desnuda que cogía de la mano a una niña con bragas blancas gritó:

—¡Nos van a matar, nos van a matar!

—Silencio, haced callar a esa loca —decían las mujeres.

Miraron a su alrededor: ni rastro de guardias. Los ojos y los oídos reposaban en la oscuridad y el silencio. Qué enorme felicidad, olvidada desde hacía meses, poder quitarse la ropa endurecida por el sudor y la mugre, los calcetines y las medias casi descompuestos. Las mujeres que habían acabado de cortar el pelo salieron y la gente respiró aún más libremente. Unos comenzaron a adormecerse, otros a examinar las costuras de su ropa, y otros a hablar en voz baja. Alguien dijo:

—Qué pena que no tengamos una baraja de cartas. Podríamos echar una partidita.

Pero en ese momento el jefe del Sonderkommando, con un cigarrillo entre los labios, descolgó el auricular del teléfono; el almacenero cargó en un carro de motor los botes de Zyklon B con etiquetas rojas como las de los tarros de mermelada, mientras el guardia de turno del departamento especial, sentado en el puesto de servicio miraba fijamente la pared: de un momento a otro debía encenderse la lámpara roja.

Desde varios rincones del vestidor resonó la orden: «¡En pie!».

Allí donde se acababan los bancos había alemanes de uniforme negro. La gente penetró en un largo pasillo iluminado débilmente por lámparas encajadas en el techo, protegidas por un cristal grueso de forma ovalada. La fuerza musculosa del hormigón aspiraba en una curva progresiva al torrente humano.

En el silencio sólo se oía el rumor de pasos de los pies descalzos.

Una vez, antes de la guerra, Sofia Ósipovna le había dicho a Yevguenia Nikoláyevna Sháposhnikova: «Si una persona está predestinada a ser asesinada por otra, resulta interesante seguir esos caminos que se van acercando poco a poco. Al principio, tal vez estén terriblemente lejos. Por ejemplo, yo estoy en Pamir recogiendo rosas alpinas y saco fotografías con mi cámara, mientras ese otro hombre, mi muerte, se encuentra a ocho mil verstas de mí y, al salir de la escuela, pesca gobios en el río. Yo me preparo para ir a un concierto, y él compra un billete en la estación, va a casa de su suegra; pero de todos modos, nos encontraremos, y pasará lo que tiene que pasar». Y ahora esa extraña conversación había vuelto a la cabeza de Sofia Ósipovna mientras miraba al techo: con aquel espesor de cemento sobre la cabeza ya no podría oír las tormentas ni ver el cucharón invertido de la Osa Mayor… Iba descalza al encuentro de una nueva curva del pasillo, y el pasillo, sin ruido, se abría de manera insinuante; la procesión seguía su camino sin necesidad de ser empujada, por sí sola, en una especie de deslizamiento soñoliento, como si todo en torno a ella estuviera impregnado de glicerina y se deslizara en estado de hipnosis.

La entrada a la cámara de gas se abrió gradualmente pero de modo brusco. El flujo de gente se deslizó con lentitud. El viejo y la vieja que habían vivido juntos cincuenta años, separados durante la sesión de desnudamiento, caminaban de nuevo uno al lado del otro; la mujer del obrero llevaba a su hijo despierto en los brazos; madre e hijo miraban por encima de las cabezas de aquellos que caminaban, miraban el tiempo y no el espacio. Apareció la cara del médico; a su lado estaban los ojos llenos de bondad de Musia Borísovna, la mirada aterrorizada de Rebekka Bujman. Ahí está Liusia Shterental. No se puede atenuar, sofocar, la belleza de aquellos ojos jóvenes, de su nariz que respira levemente, del cuello, de los labios entrecerrados; a su lado camina el viejo Lapidus con la boca arrugada de labios azulados. Sofia Ósipovna apretó de nuevo contra sí la espalda del niño. Nunca había sentido en su corazón tanta ternura por la gente como ahora.

Rebekka, que caminaba a su lado, lanzó un grito aterrador, el grito de un ser humano que se transforma en cenizas.

En la entrada de la cámara de gas les esperaba un hombre con un tubo de plomo en la mano. Llevaba puesta una camisa marrón con las mangas cortas y cremallera. Había sido su sonrisa ambigua, infantil, demente, extasiada lo que había hecho gritar de manera tan espantosa a Rebekka Bujman.

Los ojos del hombre se deslizaron sobre la cara de Sofia Ósipovna: ahí estaba, ¡al final se habían encontrado!

Sintió que sus dedos debían apretar aquel cuello que sobresalía de la camisa abierta. Pero el hombre, que esbozaba una sonrisa, alzó con un gesto breve la porra, y a través del repique de campanas y el crujido de cristales que resonaban en su cabeza, oyó: «No me toques, cochina judía».

Consiguió tenerse en pie y con paso lento y pesado cruzó con David el umbral de acero de la puerta.

49

David pasó la palma de la mano por el marco de acero de la puerta y sintió su frío liso. Vio en el espejo de acero una mancha gris clara, confusa: el reflejo de su cara. Las plantas de sus pies determinaron que el suelo de la habitación era más frío que el del pasillo. Hacía poco que lo habían regado y lavado.

Caminaba con pasitos lentos por la caja de hormigón de techo bajo. No veía las lámparas, pero en la cámara brillaba una luz gris, difusa, como si el sol, filtrado a través de un cielo de cemento, proyectase una luz de piedra que no parecía hecha para los seres vivos.

Las personas que antes habían permanecido siempre juntas se dispersaron, se perdieron de vista entre sí. David entrevió el rostro de Liusia Shterental. Cuando David la miraba en el vagón de mercancías sentía la dulce tristeza de estar enamorado. Un instante después, en el lugar de Liusia apareció una mujer de baja estatura, sin cuello. Y enseguida, en el mismo lugar, un viejo de ojos azules con una pelusa blanca en la cabeza, que de repente fue sustituido por la mirada fija, los ojos desorbitados de un hombre joven.

Aquél no era un movimiento humano. Ni siquiera era la forma en que se movían las especies inferiores del reino animal. Era un movimiento sin sentido ni objetivo; en él no se manifestaba la voluntad de los vivos. La corriente de gente fluía hacia la cámara y los que estaban entrando empujaban a los que se encontraban ya dentro, que a su vez empujaban a sus vecinos; y de todos esos pequeños e incontables empujones con el codo, la espalda, el vientre, brotaba un movimiento que no se distinguía en nada del movimiento molecular descubierto por el botánico Robert Brown.

David tenia la impresión de que le guiaban, que le hacían avanzar. Llegó hasta la pared y tocó su fría superficie primero con la rodilla, luego con el pecho: ya no había más camino. Sofia Ósipovna también estaba allí, apoyada contra la pared.

Durante algunos instantes observaron el hormigueo de gente que seguía entrando por la puerta. Ésta quedaba lejos y sólo era posible percibir dónde estaba por la blancura particularmente densa de cuerpos humanos apretados, agolpados en la entrada, y que después se esparcían por el espacio de la cámara de gas.

David veía las caras de las personas. Desde que les habían hecho bajar del tren sólo había visto sus espaldas, y ahora todo el convoy parecía avanzar de frente hacia él. Sofia Ósipovna, de repente, se había vuelto extraña: su voz sonaba diferente en el espacio plano de hormigón; toda ella, al entrar en la cámara, había cambiado. Cuando le dijo: «Sujétate fuerte a mí, pequeño», David percibió que tenía miedo de soltarle y quedarse sola. Pero no pudieron permanecer al lado de la pared. Les apartaron de allí y les obligaron a moverse a pequeños pasos. David notó que él se movía más rápido que Sofia Ósipovna. La mano de la mujer se aferraba a la del niño, lo apretaba contra ella. Pero una especie de fuerza dulce e insensible estiraba gradualmente a David y los dedos de la mujer comenzaron a abrirse…

El gentío se volvía cada vez más denso, sus movimientos se ralentizaban y los pasitos eran más cortos. Nadie dirigía el movimiento en la caja de hormigón. A los alemanes tanto les daba si la gente estaba inmóvil en la cámara de gas o bien giraba en zigzag y semicírculos como locos. Y el niño desnudo daba pasitos minúsculos y absurdos. La curva de movimiento que efectuaba su cuerpecito ligero había dejado de coincidir con la curva de movimiento del cuerpo grande y pesado de Sofia Ósipovna, y de pronto se separaron. No tenía que sujetarlo de la mano, sino como hacían aquellas dos mujeres, madre e hija, que febrilmente, con la sombría obstinación del amor, se apretaban mejilla contra mejilla, pecho contra pecho, fundidas en un solo cuerpo indivisible.

El número de personas seguía creciendo, y a medida que aumentaba su densidad, el movimiento de los cuerpos dejaba de obedecer las leyes de Avogadro. Cuando perdió la mano de Sofia Ósipovna, el niño gritó. Pero de repente pasó a formar parte del pasado; ahora sólo existía el presente. Los labios de la gente respiraban cerca, los cuerpos se rozaban, los pensamientos y los sentimientos se unían, se entrelazaban.

David cayó en un remolino que, impulsado desde la pared, retrocedía hacia la puerta. David vio a tres personas unidas, dos hombres y una anciana. La mujer defendía a sus hijos que, a su vez, la sostenían. Y de repente se produjo un nuevo movimiento al lado de David. El ruido también era nuevo, no se confundía con el susurro y el murmullo general.

—¡Dejad libre el camino!

A través de la masa compacta se abría paso un hombre que, con los brazos robustos y tensos hacia delante, el cuello grueso y la cabeza inclinada, quería escapar de aquel ritmo hipnótico del cemento; su cuerpo se rebelaba ciega e irreflexivamente, como un pez en la mesa de una cocina. Enseguida se apaciguó, perdió el aliento y empezó a dar pasitos como hacía todo el mundo.

El desequilibrio que el cuerpo del hombre había causado cambió el rumbo del flujo rotatorio y David se encontró de nuevo junto a Sofia Ósipovna. La mujer se apretó contra el niño con una fuerza que sólo los obreros del Sonderkommando habrían podido valorar: cuando vaciaban la cámara de gas nunca intentaban separar los cuerpos de los seres queridos estrechamente abrazados.

Sonaban gritos cerca de la puerta; al ver la densa masa humana, la gente se negaba a pasar al interior.

David vio cómo se cerraba la puerta: el acero, suave y ligero, como atraído por un imán, encajó herméticamente con el acero del marco, hasta formar un solo cuerpo.

En lo alto, detrás de una reja metálica y cuadrada que había en la pared, David vio algo que se movía. Le pareció que era una rata gris, pero enseguida comprendió que era un ventilador que se ponía en marcha. Sintió un tenue olor dulzón.

El rumor de pasos se calmó; a veces se oían palabras confusas, gemidos, lamentos. Hablar ya no servía para nada, moverse no tenía sentido: ésas son acciones que se proyectan hacia el futuro, y en la cámara de gas ya no hay futuro. Los movimientos que David hizo con la cabeza y el cuello no despertaron en Sofia Ósipovna el deseo de volverse y mirar qué estaba observando otro ser humano.

Sus ojos, que habían leído a Homero, el Izvestia, Las aventuras de Huckleberry Finn, a Mayne Reid, la Lógica de Hegel, que habían visto gente buena y mala, que habían visto gansos en los vastos prados de Kursk, estrellas en el observatorio de Púlkovo, el brillo del acero quirúrgico, La Gioconda en el Louvre, tomates y nabos en los puestos del mercado, las aguas azules del lago Issik-Kul, ahora ya no eran necesarios. Si alguien la hubiera cegado en ese instante, no habría notado la pérdida de la visión.

Respiraba, pero respirar se había convertido en un trabajo fatigoso, y ese acto tan sencillo la agotaba. Deseaba concentrarse en su último pensamiento a pesar del estruendo de campanas que resonaba en su cabeza. Pero no lograba concebir ningún pensamiento. Estaba de pie, muda, sin cerrar los ojos que ya no veían nada.

El movimiento del niño la colmó de piedad. Su sentimiento hacia el niño era tan sencillo que ya no hacían falta palabras ni miradas. El niño agonizante respiraba, pero el aire que inspiraba no le traía la vida, se la llevaba. Su cabeza se volvía: continuaba queriendo ver. Miraba a los que se habían desplomado en el suelo, las bocas desdentadas abiertas, bocas con dientes blancos y de oro, los hilos de sangre que manaban de la nariz.

Vio los ojos curiosos que observaban la cámara de gas a través del cristal; los ojos contemplativos de Roze se cruzaron por un momento con los de David. Él todavía necesitaba su voz, le hubiera preguntado a tía Sonia qué eran esos ojos de lobo. Y necesitaba también el pensamiento. Sólo había dado unos pocos pasos en el mundo, había visto las huellas de los talones desnudos de los niños sobre la tierra caliente y polvorienta; en Moscú vivía su madre, la luna miraba desde arriba y desde abajo la miraban los ojos, en la cocina de gas hervía la tetera… Ese mundo, donde corría una gallina decapitada, el mundo donde vivían las ranas que hacía bailar sujetándolas por las patas delanteras y donde bebía la leche por la mañana; ese mundo continuaba interesándole.

Durante todo ese tiempo unos brazos fuertes y cálidos habían estrechado a David. El niño no entendía que en los ojos se le habían hundido las tinieblas, en el corazón, un desierto, y el cerebro se le empañó, invadido del sopor.

Sofia Ósipovna Levinton sintió el cuerpo del niño derrumbarse en sus brazos. Luego volvió a separarse de él. En las minas, cuando el aire se intoxica, son siempre las pequeñas criaturas, los pájaros y los ratones, las que mueren primero, y el niño con su cuerpecito de pájaro se había ido antes que ella.

«Soy madre», pensó.

Ése fue su último pensamiento.

Pero en su corazón todavía había vida: se comprimía, sufría, se compadecía de vosotros, tanto de los vivos como de los muertos. Sofia Ósipovna sintió náuseas. Presionó a David contra sí, ahora un muñeco, y murió, también muñeca.

50

Cuando un hombre muere, transita del reino de la libertad al reino de la esclavitud. La vida es la libertad, por eso la muerte es la negación gradual de la libertad, Primero la mente se debilita, luego se ofusca. Los procesos biológicos en un organismo cuya mente se ha apagado continúan funcionando durante cierto tiempo: la circulación de la sangre, la respiración, el metabolismo. Pero se produce una retirada inevitable hacia la esclavitud: la conciencia se ha extinguido, la llama de la libertad se ha extinguido.

Las estrellas del firmamento nocturno se apagan, la Vía Láctea desaparece, el Sol se ha apagado, Venus, Marte y Júpiter se esfuman, el océano se petrífica, millones de hojas mueren, el viento deja de soplar, las flores pierden su color y aroma, el pan desaparece, el agua desaparece, el frío y el calor del aire desaparecen. El universo que existía en un individuo ha dejado de existir. Ese universo es asombrosamente parecido al universo que existe fuera de las personas. Es asombrosamente parecido al universo que todavía se refleja en las cabezas de millones de seres vivos. Pero aún más sorprendente es el hecho de que ese universo tiene algo en él que distingue el rumor de sus océanos, el perfume de sus flores, el susurro de sus hojas, los matices de su granito, la tristeza de sus campos otoñales, y el hecho de que existe en el seno de las personas y, a la vez, existe eternamente fuera de ellas. La libertad consiste en el carácter irrepetible, único del alma de cada vida particular. El reflejo del universo en la mente del individuo es el fundamento del poder del ser humano, pero la vida se transforma en felicidad, libertad, se convierte en valor supremo sólo en la medida en que el individuo existe como mundo que nunca se repetirá en toda la eternidad. Sólo se puede experimentar la alegría de la libertad cuando encontramos en los demás lo que hemos encontrado en nosotros mismos.

51

El conductor Semiónov, que había caído prisionero junto con Mosrovskói y Sofia Ósipovna Levinton, había pasado diez semanas de hambre en un campo de la zona cercana al frente, antes de ser enviado junto a un numeroso contingente de prisioneros del Ejército Rojo hacia la frontera occidental.

En el campo cercano al frente nunca lo habían golpeado con el puño, con la culata de un fusil, con una bota.

En el campo azotaba el hambre.

El agua murmura en la acequia, chapotea, gime, se agita contra la orilla; el agua retumba, ruge, arrastra bloques de piedra, derriba troncos como si fueran briznas de paja; y el corazón se hiela cuando mira el río comprimido entre sus estrechas orillas que se retuerce, se estremece, y parece que no sea agua, sino una pesada masa de plomo transparente que, de repente, ha cobrado vida, se ha enfurecido, encabritado.

El hambre, como el agua, está ligada de una manera continua y natural a la vida. Como el agua, tiene el poder de destruir el cuerpo, arruinar y mutilar el alma, aniquilar millones de vidas.

La carestía de forraje, las heladas y nevadas, la sequía en estepas y bosques, las inundaciones y las epidemias diezman los rebaños de ovejas y las manadas de caballos; matan a lobos, zorros, pájaros cantarines, abejas salvajes, camellos, truchas, víboras. En los períodos de calamidad, los hombres, debido a sus sufrimientos, se vuelven parecidos a las bestias.

El Estado puede decidir, motu proprio, encerrar la vida con diques, y entonces, como el agua entre las orillas demasiado cercanas, la terrible fuerza del hambre mutila, ahoga, extermina a los seres humanos, a una tribu o a un pueblo.

El hambre extrae, molécula a molécula, la proteína y la grasa de las células del cuerpo, ablanda los huesos, curva las piernas raquíticas de los niños, agua la sangre, hace dar vueltas a la cabeza, consume los músculos, devora el tejido nervioso. El hambre aplasta el alma; ahuyenta la alegría, la fe; sofoca la fuerza del pensamiento; hace nacer la sumisión, la bajeza, la crueldad, la desesperación y la indiferencia.

Todo lo que hay de humano en el hombre a veces muere. El ser hambriento se transforma en un animal salvaje que mata y comete actos de canibalismo.

El Estado puede construir una muralla que separe el trigo y el centeno de aquellos que lo sembraron, y con ello provocar una terrible hambruna similar a la que mató a millones de leningradenses durante el sitio alemán, a la que segó la vida de millones de prisioneros de guerra en los campos de concentración hitlerianos.

¡Comida! ¡Pitanza! ¡Manduca! ¡Víveres! ¡Abastecimiento y provisiones! ¡Condumio y viandas! ¡Pan! ¡Frituras! ¡Algo que llevarse a la boca! Una dieta abundante, de carne, de enfermo, frugal. Una mesa rica y copiosa, refinada, sencilla, campesina. Manjares. Una comilona. Comida…

Mondas de patata, perros, ranas, caracoles, hojas de col podridas, remolacha enmohecida, carne de caballo, carne de gato, carne de cuervos y cornejas, grano quemado y húmedo, piel de cinturones, cordones de botas, pegamento, tierra impregnada de grasa con los restos de la cocina de los oficiales: todo eso era comida. Aquello que se filtraba a través de la muralla.

Esta comida la conseguían, la compartían, la cambiaban, se la robaban los unos a los otros.

El undécimo día de viaje, cuando el convoy estaba detenido en la estación Jutor Mijáilovski, los guardias sacaron del vagón a Semiónov, que había perdido el conocimiento, y lo entregaron a las autoridades de la estación.

El comandante, un alemán entrado en años, observó al soldado agonizante, que estaba sentado contra la pared.

—Dejémosle que se arrastre hasta el pueblo. Mañana estará muerto. No hay necesidad de dispararle.

Semiónov caminó a rastras hasta el pueblo vecino.

En la primera jata[108] le negaron la entrada.

—No tenemos nada para ti. ¡Vete! —le respondió detrás de la puerta una voz de anciana.

En la segunda llamó durante mucho rato sin obtener respuesta. Debía de estar vacía o cerrada por dentro.

En la tercera, la puerta estaba entreabierta; entró en el zaguán. Nadie lo detuvo y Semiónov penetró en la jata. Le embistió una ola de calor, la cabeza le dio vueltas, y se sentó en un banco al lado de la puerta.

Con respiración, jadeante, rápida, miraba las paredes blancas, los iconos, la mesa y la estufa. Era algo perturbador, después de la reclusión en el campo.

En la ventana apareció una sombra y una mujer irrumpió en la habitación. Al ver a Semiónov gritó:

—¿Quién eres?

No respondió. Estaba claro quién era.

Aquel día no fueron las fuerzas despiadadas de los potentes Estados, sino un ser humano, la vieja Jristia Chuniak, quien decidió la vida y el destino de Semiónov.

El sol, entre las nubes grises, miraba de reojo la tierra horadada por la guerra, y el viento, el mismo que pasaba sobre las trincheras y los fortines, sobre las alambradas del campo, sobre los tribunales y los departamentos especiales, aullaba a través de la pequeña ventana de la jata.

La mujer le dio una taza de leche a Semiónov, que se puso a ingerirla con avidez, pero al mismo tiempo con dificultad. Cuando acabó de beber, le invadieron las náuseas. Se retorcía entre conatos de vómito, le lloraban los ojos; luego aspiró cada bocanada de aire como si fuera la última, y vomitó más y más.

Semiónov se esforzó por controlar los vómitos, preso de un temor: que la mujer le echara de casa, sucio e inmundo. Con los ojos inflamados vio que la vieja había cogido un trapo y se había puesto a limpiar el suelo. Quería decirle que él mismo lo limpiaría, que lo lavaría, con tal de que no le echara. Pero sólo podía farfullar, señalar con los dedos temblorosos. Entretanto el tiempo pasaba. La anciana entraba y salía de la jata. Por lo visto, no tenía, intención de echar a Semiónov. ¿Acaso le había pedido a una vecina que fuera a buscar a una patrulla alemana o a la policía ucraniana?

La propietaria de la jata puso a calentar agua en un caldero. Comenzó a hacer calor porque del agua se elevaban nubes de vapor. La cara de la anciana parecía enfurruñada, mala.

«Me echará y luego desinfectará la habitación», pensó.

La mujer sacó de un baúl ropa interior y unos pantalones. Le ayudó a desnudarse e hizo un fardo con la ropa sucia. Le llegó el hedor de su cuerpo sucio, la pestilencia de sus pantalones manchados de orina y excrementos ensangrentados.

Ayudó a Semiónov a sentarse en una tina y su cuerpo devorado por los piojos percibió el contacto de las manos rugosas y enérgicas de la mujer, y sobre el pecho, el chorro de agua caliente y jabonosa. De repente se atragantó con el agua, empezó a temblar, y con la mente extraviada, tragándose los mocos, chilló:

—Mamá, mamanka, mamanka

Con una toalla de lienzo gris le secó los ojos llorosos, los cabellos y la espalda. Cogió a Semiónov por las axilas, lo sentó en el banco e, inclinándose, le secó las piernas delgadas como palos, le puso una camisa y unos calzoncillos y le abrochó los botones blancos.

Vertió en un cubo el agua sucia de la tina y la sacó fuera. Extendió sobre la estufa una piel de cordero y la cubrió con una tela burda a rayas, tomó de la cama un cojín grande y lo puso en la parte de la cabecera. Luego levantó a Semiónov sin esfuerzo, como a un pollito, y le ayudó a encaramarse sobre la estufa[109].

Semiónov yacía en un estado de desvarío. Su cuerpo experimentaba un cambio inconcebible: la voluntad de un mundo despiadado que intenta aniquilar a una bestia moribunda dejó de actuar.

Pero ni en el campo ni en el convoy había vivido un sufrimiento parecido: las piernas extenuadas, los dedos doloridos al igual que los huesos, unas náuseas continuas; la cabeza tan pronto se le llenaba de un potaje crudo y negro como parecía, de repente, vacía y ligera, y empezaba a darle vueltas; tenía picazón en los ojos, hipo, los párpados le escocían. De vez en cuando le oprimía el corazón, parecía que dejaba de latir y las entrañas se le llenaban de humo, como si estuviera a punto de morir.

Pasaron cuatro días. Semiónov bajó de la estufa y empezó a caminar por la habitación. Le asombraba ver que el mundo estaba lleno de comida. En el campo no había otra cosa que remolacha podrida; parecía que en el mundo sólo hubiera un brebaje turbio: la sopa del campo, esa sopa que apestaba a podrido.

Ahora veía mijo, patatas, col, tocino, y oía el canto del gallo. Y como un niño tenía la impresión de que en el mundo había dos magos, el bueno y el malo, y todo el rato tenía miedo de que el mago malo se impusiera sobre el bueno, y que el mundo bueno, cálido, repleto de comida desapareciera y él se viera obligado a arrancar con los dientes un trozo de piel del cinturón.

Se puso a reparar el molino de trigo que trituraba el grano de forma pésima; antes de conseguir moler un puñado de harina húmeda y gris la frente se le cubría de sudor. Semiónov limpió la transmisión con una lima y un trozo de papel de lija; luego apretó el perno que unía el mecanismo y las muelas hechas con piedras planas. Hizo todo esto con perfecta eficacia, como corresponde a un mecánico cualificado procedente de Moscú; había mejorado el trabajo rudimentario del artesano rural, pero el molino funcionaba aún peor que antes.

Semiónov, echado en la estufa, pensaba en qué podría hacer para moler mejor el trigo. A la mañana siguiente desmontó el molino e insertó ruedas y engranajes de un viejo reloj de pared.

—Mire, tía Jristia —exclamó con orgullo, y mostró cómo funcionaba el doble sistema de engranaje que acababa de instalar.

Apenas se dirigían la palabra. Ella no le habló de su marido muerto en 1930, de los hijos desaparecidos sin dejar rastro, de la hija que se había marchado a Priluki y había olvidado a su madre. No le preguntó por qué le habían hecho prisionero o si había nacido en el campo o en la ciudad.

Semiónov tenía miedo de salir a la calle, se pasaba largo rato mirando por la ventana antes de salir al patio y siempre se afanaba en volver enseguida a la jata. Se asustaba por un simple portazo o si se caía una taza al suelo. Creía que lo bueno se acabaría y la fuerza de la vieja Jristia Chuniak se desvanecería.

Cuando venía alguna vecina a la jata de tía Jristia, Semiónov subía a la estufa, se acostaba y se esforzaba por no respirar demasiado fuerte ni estornudar. Pero los vecinos rara vez aparecían por la cabaña.

Los alemanes no vivían en el pueblo, estaban acantonados en una población cercana a la estación.

Semiónov no tenia remordimientos por vivir a resguardo, bien calentito y en paz, mientras la guerra causaba estragos a su alrededor; su único temor era ser arrastrado nuevamente al mundo del Lager y del hambre.

Por la mañana, al despertarse, no se atrevía a abrir los ojos: temía que la magia se hubiera desvanecido durante la noche y volver a ver ante él la alambrada del campo, los guardias, oír de nuevo el ruido metálico de las escudillas vacías.

Permanecía un rato con los ojos cerrados y aguzaba el oído tratando de averiguar si Jristia todavía, estaba allí.

Pensaba poco en el pasado reciente; no recordaba al comisario Krímov, ni Stalingrado, el campo alemán, el convoy. Pero todas las noches lloraba y gritaba en sueños. Una noche bajó de la estufa, gateó por el suelo, se acurrucó debajo de un banco y allí durmió hasta la mañana. Al despertarse no pudo recordar qué había soñado.

Más de una vez había visto pasar por la calle del pueblo camiones cargados de patatas y sacos de grano, y un día vio un automóvil Opel Kapitan. El motor tiraba bien y las ruedas no patinaban sobre el barro.

Se le encogía el corazón cuando imaginaba voces guturales gritando en el zaguán, y después la patrulla alemana que irrumpía en la jata.

Semiónov preguntó a tía Jristia sobre los alemanes.

—Algunos no son malos —respondió ella—. Cuando el frente pasó por aquí, se quedaron en mi casa dos alemanes: uno era estudiante; el otro, pintor. Jugaban con los niños. Después llegó un conductor, que tenía un gato. Cuando volvía, el gato iba a su encuentro. Debía de haberle acompañado durante todo el viaje desde la frontera. Cuando se sentaba a la mesa, lo cogía en brazos. Fue muy bueno conmigo. Me traía leña y una vez también harina. Pero hay alemanes que matan a los niños; aquí mataron a un anciano. No nos consideran seres humanos. Hacen sus necesidades dentro de la jata, se pasean desnudos delante de las mujeres… Y algunos de los nuestros, los politsai, también hacen de las suyas.

—No hay salvajes como los alemanes entre los nuestros —afirmó Semiónov, y preguntó—: Tía Jristia, ¿no le da miedo tenerme aquí?

Ella negó con la cabeza y le dijo que en el pueblo había muchos prisioneros liberados. La mayoría, por supuesto, eran ucranianos, gente del pueblo que había vuelto con los suyos. En cualquier caso, ella siempre podía decir que Semiónov era su sobrino, el hijo de la hermana emigrada a Rusia con su marido.

Semiónov ya conocía de vista a todos los vecinos y conocía también a la viejecita que le había negado la entrada en su casa el primer día. Sabía que por la noche las chicas iban al cine en la estación, que todos los sábados, también en la estación, tocaba una orquesta y había baile. Le interesaba mucho saber qué tipo de películas proyectaban los alemanes, pero a la tía Jristia sólo pasaba a verla gente mayor que nunca iba al cine. Y no tenía a nadie a quien preguntarle.

Una vecina llegó con una carta de su hija, que había sido reclutada para trabajar en Alemania. Semiónov no lograba comprender algunos pasajes de la carta y tuvieron que explicárselos. La muchacha escribía: «Han venido Grisha y Vania; han hecho añicos los cristales». Grisha y Vania prestaban servicio en la aviación. Significaba que en la ciudad alemana se había producido una incursión soviética.

En otro pasaje, escribía: «Llovió a cántaros, como en Bájmach». Y esto también significaba que había habido una incursión, porque al inicio de la guerra la estación de Bájmach había sido bombardeada.

Aquella misma noche se acercó a ver a Jristia un viejo alto y delgado. Miró fijamente a Semiónov y le preguntó en un ruso perfecto sin acento ucraniano:

—¿De dónde eres, héroe?

—Soy un prisionero —respondió Semiónov.

—Todos somos prisioneros.

En tiempos del zar Nicolás II había prestado servicio en el ejército como artillero y recordaba con una precisión pasmosa las diversas órdenes de mando. Se puso a enumerarlas para Semiónov. Para dar las órdenes ponía una voz ronca, de ruso, y para anunciar su ejecución, una voz joven, vibrante, con acento ucraniano. Obviamente había memorizado la entonación de su superior y la que él tenía hacía muchos años.

Después despotricó contra los alemanes.

Explicó a Semiónov que al principio la gente esperaba que los alemanes eliminaran los koljoses, pero éstos comprendieron que el sistema tenía sus ventajas. Habían formado grupos de cinco y diez personas que no se diferenciaban demasiado de las escuadras y las brigadas.

La tía Jristia, con voz triste y lánguida, repitió:

—¡Ay, los koljoses, los koljoses!

—¿Qué hay de malo? —preguntó Semiónov—. Nosotros tenemos koljoses en todas partes.

—Tú calla —instó la vieja mujer—. ¿Recuerdas en qué condiciones saliste del convoy? En 1930 toda Ucrania era un convoy. Cuando se acabaron las ortigas, comimos tierra. Se llevaron el pan, hasta el último grano de maíz. Mi marido murió. ¡Qué sufrimiento! Yo me hinché; perdí la voz y no podía caminar.

Semiónov se quedó estupefacto al saber que la vieja Jristia había pasado hambre como él. Había creído que el hambre y la muerte nada podían hacer contra la dueña de la jara.

—¿Erais kulaks? —le preguntó.

—Qué íbamos a ser kulaks. Todo el pueblo se moría, peor que en la guerra.

—¿Eres del campo? —preguntó el viejo.

—No, moscovita —respondió Semiónov—. Como mi padre.

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