Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 64

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—Eso es —dijo el viejo en tono jactancioso—. Si hubieras estado aquí durante la colectivización habrías estirado la pata. ¿Sabes por qué estoy vivo? Porque conozco la naturaleza. ¿Piensas que hablo de bellotas, hojas de tilo y ortigas? No, eso se acabó enseguida. Conozco cincuenta y seis plantas comestibles. Así es como sobreviví. La primavera acababa de comenzar, no había ni una hoja en los árboles y yo ya estaba desenterrando raíces. Yo, hermano, lo sé todo sobre las raíces, las cortezas y las flores, y conozco todas las hierbas. Las vacas, las ovejas o los caballos se morirán de hambre, pero yo no, yo soy más herbívoro que ellos.

—¿De Moscú? —volvió a preguntar Jristia muy despacio—. No sabía que eras de Moscú.

El vecino se fue, Semiónov se echó a dormir, y entretanto Jristia, sentada con la cara entre las manos, miraba el cielo negro de la noche.

Aquel año de hacía tanto tiempo la cosecha había sido buena. El trigo se alzaba como una pared compacta, alta; las espigas llegaban al hombro de su Vasili, mientras que ella podría haberse escondido por completo entre ellas.

Sobre el pueblo flotaba un gemido suave y lánguido; los niños, verdaderos esqueletos vivientes, se arrastraban por la tierra y emitían un quejido apenas perceptible; los hombres, con los pies hinchados, vagaban por los patios, exhaustos por el hambre, sin apenas fuerzas para respirar. Las mujeres buscaban algo para comer, pero todo se había acabado: ortigas, bellotas, hojas de tilo, pieles de oveja sin curtir, huesos viejos, pezuñas, cuernos… Y los individuos llegados de la ciudad iban de casa en casa, sorteando a muertos y moribundos, buscando en los sótanos; cavaban agujeros en los graneros; aguijoneaban el suelo con varillas de hierro buscando el grano que habían ocultado los kulaks.

Un día bochornoso de verano, Vasili Chuniak se apagó, dejó de respirar. En ese momento volvieron a entrar en la jata los jóvenes que venían de la ciudad, y uno de ojos azules y un acento parecido al de Semiónov se acercó al cuerpo sin vida y dijo:

—Son testarudos estos kulaks. Prefieren morir antes que rendirse.

Jristia suspiró, se persignó y comenzó a prepararse la cama.

52

Víktor estaba convencido de que su trabajo sólo sería apreciado por un reducido círculo de físicos teóricos, pero los hechos desmintieron sus previsiones. En los últimos tiempos había recibido llamadas telefónicas no sólo de sus colegas físicos, sino también de matemáticos y químicos. Algunos incluso le habían pedido que aclarara algún paso de sus complejas deducciones matemáticas.

En el instituto se habían presentado algunos delegados de la universidad con la petición de que diera una conferencia a los estudiantes de matemáticas y física de los cursos superiores. La Academia ya había requerido su presencia en dos ocasiones. Márkov y Savostiánov le habían contado que su trabajo se discutía en muchos laboratorios del instituto.

En la tienda especial, Liudmila Nikoláyevna había oído a la mujer de un colega preguntar a otra: «¿Detrás de quién va en la cola?». Y cuando ésta respondió: «Detrás de la mujer de Shtrum», la otra comentó curiosa: «¿El famoso Shtrum?».

Víktor Pávlovich trataba de disimular hasta qué punto le satisfacía aquella fama repentina, pero no era indiferente a la gloria. El Consejo Científico del instituto lo nominó para el premio Stalin. Shtrum no asistió a la sesión pero aquella noche no apartó los ojos del teléfono en espera de la llamada de Sokolov. Sin embargo, el primero en telefonearle después de la reunión fue Savostiánov.

Por lo general irónico, incluso cínico, Savostiánov le habló en un tono totalmente diferente:

—¡Es un triunfo, un verdadero triunfo! —repetía.

Le resumió la intervención del académico Prásolov. El viejo había afirmado que, desde los tiempos de su difunto amigo Lébedev, que había estudiado la presión de la luz, las paredes del instituto no habían sido testigos de un trabajo tan relevante.

El profesor Svechín había expuesto el sistema matemático desarrollado por Shtrum, demostrando que el mismo método ofrecía elementos innovadores. Además había proclamado que sólo el pueblo soviético era capaz, en tiempo de guerra, de consagrar con tanta abnegación las propias fuerzas al servicio del pueblo.

Muchos otros tomaron la palabra, entre ellos Márkov, pero el discurso más brillante y eficaz lo había pronunciado Gurévich.

—Ha estado soberbio —dijo Savostiánov—. Ha sabido encontrar las palabras necesarias, se ha expresado sin reservas. Ha dicho que tu trabajo es una obra clásica; la ha situado al mismo nivel que los estudios de los fundadores de la física atómica, Planck, Bohr y Fermi.

«Caramba», pensó Shtrum.

Poco después le llamó Sokolov.

—Hoy es imposible comunicar con usted. Llevo veinte minutos llamándole y siempre está ocupado —dijo.

Piotr Lavréntievich también estaba excitado y contento.

—He olvidado preguntar a Savostiánov sobre la votación —dijo Víktor.

Sokolov contestó que el profesor Gavronov, un especialista en historia de la física, había votado contra él. Según éste, la obra de Shtrum carecía de verdaderos fundamentos científicos, dejaba entrever influencias de la concepción idealista de los físicos occidentales y, desde el punto de vista práctico, no ofrecía ninguna perspectiva.

—Es incluso mejor que Gavronov se haya opuesto —comentó Víktor.

—Sí, tal vez —coincidió Sokolov.

Gavronov era un hombre extraño. Se le apodaba en broma «La hermandad eslava» porque se empecinaba en demostrar con obstinación fanática que todos los grandes logros en el campo de la física estaban relacionados con descubrimientos de científicos rusos, anteponiendo nombres prácticamente desconocidos como Petrov, Úmov y Yákovlev a los de Faraday, Maxwell y Einstein.

—¿Ve, Víktor Pávlovich? —bromeó Sokolov—. Moscú ha reconocido la importancia de su trabajo. Pronto lo celebraremos en su casa.

Maria Ivánovna cogió el auricular y dijo:

—Felicidades; salude a Liudmila Nikoláyevna de mi parte, me siento tan feliz por los dos…

—No es nada —dijo Víktor—. Vanidad de vanidades.

Pero aquella vanidad de vanidades le alegraba y le emocionaba.

Por la noche, cuando Liudmila Nikoláyevna ya se estaba quedando dormida, llamó Márkov. Este, que siempre estaba al corriente de los pormenores del mundo oficial, le dio una versión diferente a la de Savostiánov y Sokolov sobre la sesión del Consejo Científico. Después de la intervención de Gurévich, Kovchenko había afirmado entre las risas generales: «En el Instituto de Matemáticas tocan las campanas para celebrar el trabajo de Víktor Pávlovich. Todavía no ha empezado la procesión, pero ya se han alzado los gonfalones».

El suspicaz Márkov había detectado cierta hostilidad en la broma de Kovchenko. Las últimas observaciones concernían a Shishakov. Alekséi Alekséyevich no había expresado su opinión sobre la obra de Shtrum. Mientras escuchaba a los oradores se limitaba a asentir, pero no estaba claro si era en señal de aprobación o como para decir: «Vaya, así que ahora es tu turno, ¿en?».

Ciertamente, Shishakov parecía más partidario de que el premio recayera en el joven profesor Molokanov, que había consagrado su investigación al análisis radiográfico del acero. Su estudio tenía una aplicación práctica inmediata en las pocas fábricas que producían metal de alta calidad.

Después Márkov le contó que, al término de la reunión, Shishakov se había acercado a Gavronov y había hablado con él.

—Viacheslav Ivánovich —dijo Shtrum—, usted debería trabajar en el cuerpo diplomático.

Márkov, que no tenía sentido del humor, le respondió:

—No, yo soy físico experimental.

Shtrum entró en la habitación de Liudmila y anunció:

—Me han propuesto para el premio Stalin. Se dicen muchas cosas agradables de mí.

Le explicó las intervenciones de los participantes en la sesión.

—Por supuesto todos estos reconocimientos oficiales son una memez. Pero ya sabes, mi eterno complejo de inferioridad me da náuseas. Entro en la sala de conferencias y, aunque queden asientos libres en la primera fila, no me decido a sentarme allí. En lugar de eso me escondo en alguna esquina apartada. En cambio Shishakov y Postóyev se dirigen a la mesa de la presidencia sin titubear. ¿Comprendes?, me importa un bledo ese sillón, pero me gustaría poder sentir que me lo merezco.

—Qué contento estaría Tolia —observó Liudmila Nikoláyevna.

—Y yo nunca podré contárselo a mi madre —dijo Víktor.

—Vitia, ya es medianoche y Nadia todavía no ha vuelto a casa. Ayer llegó a las once —dijo la mujer.

—¿Cómo?

—Ella dice que va a casa de una amiga, pero no estoy tranquila. Dice que el padre de Maika tiene un salvoconducto para circular en coche por la noche y que la acompaña hasta la esquina de casa.

—Entonces, ¿de qué te preocupas? —preguntó Víktor Pávlovich, y pensó: «Dios mío, estamos hablando de un verdadero éxito, el premio Stalin, ¿a qué viene interrumpir la conversación con problemas domésticos?».

Guardó silencio y emitió un leve suspiro.

Dos días después de la reunión del Consejo Científico, Shtrum telefoneó a casa de Shishakov. Quería preguntarle si podían contratar al joven físico Landesman. La dirección y el departamento de personal le seguían dando largas Además quería pedirle que se agilizara el regreso de Anna Naumovna Weisspapier desde Kazán. Ahora que el instituto estaba contratando a gente nueva, era ridículo dejar a personal cualificado en Kazán.

Hacia mucho tiempo que quería hablar de este tema con Shishakov, pero creía que Alekséi Alekséyevich no tenía buena predisposición hacia él y que le respondería: «Diríjase a mi adjunto». Por eso había estado aplazando la conversación.

Pero ahora se encontraba en la cresta de la ola del éxito. Diez días antes no se habría atrevido a solicitar una entrevista a Shishakov en las horas de visita, pero hoy le parecía natural y sencillo llamarle a su casa.

Una voz de mujer preguntó:

—¿De parte de quién?

Shtrum respondió. Le satisfizo oír su propia voz, el tono tranquilo y distendido con el que se había presentado.

La mujer se demoró unos segundos en responder y luego dijo amablemente:

—Un momento.

Y unos instantes después respondió con la misma amabilidad:

—Por favor, tenga la bondad de llamar mañana a las diez al instituto.

—Gracias, perdone las molestias.

Sintió que por todo su cuerpo, por toda su piel, se extendía una vergüenza espantosa.

Humillado, aventuraba tristemente que aquel sentimiento no le abandonaría ni siquiera en sueños y que al despertar se preguntaría: «¿Por qué siento esta náusea?», y acto seguido se acordaría: «¡Ah, sí!, aquella maldita llamada telefónica».

Volvió a la habitación de Liudmila y le contó su intento fallido de hablar con Shishakov.

—Sí, sí, has apostado por el caballo perdedor, como decía tu madre de mí.

Víktor empezó a maldecir a la mujer que se había puesto al aparato.

—¡Al diablo con esa pelandusca! No soporto eso de preguntar quién llama para responder luego que el señor está ocupado.

Por lo general Liudmila Nikoláyevna compartía la indignación que él sentía en tales casos; por eso habla ido a explicárselo.

—¿Te acuerdas? —dijo Shtrum—, yo creía que Shishakov se mostraba tan distante porque no podía sacar ningún provecho de mi trabajo. Ahora se ha dado cuenta de que hay una manera: desacreditándome. Sabe que Sadko no me ama[110].

—¡Señor, que suspicaz eres! —exclamo Liudmila Nikoláyevna—. ¿Qué hora es?

—Las nueve y cuarto.

—Ya ves, y Nadia aun no ha llegado.

—Señor —replico Shtrum—. ¡Qué suspicaz eres!

—A propósito —repuso Liudmila Nikoláyevna—, hoy en la tienda especial he oído decir que habían propuesto a Svechín para el premio.

—¡Esta sí que es buena! ¡Y él no me ha dicho nada! ¿Y por qué méritos?

—Por su teoría de la difusión, creo.

—No lo entiendo. Esa teoría fue publicada antes de la guerra.

—¿Y qué? El pasado también cuenta. Le darán el premio a él y no a ti. Ya lo verás. Haces todo lo posible por que sea así.

—Eres estúpida, Liudmila. Es Sadko quien no me ve con buenos ojos.

—Te falta tu madre. Ella siempre te bailaba el agua en todo.

—No me explico tu rabia. Si al menos en aquellos días hubieras mostrado por mi madre una pizca del afecto que yo siempre he mostrado por Aleksandra Vladímirovna…

—Anna Semiónovna nunca quiso a Tolia —sentenció Liudmila Nikoláyevna.

—Mentira, mentira —la defendió Shtrum.

Y su mujer le pareció extraña. Le asustaba su injusta tozudez.

53

Por la mañana, en el instituto, Shtrum supo por Sokolov que la noche antes Shishakov había invitado a su casa a varios investigadores del instituto. Kovchenko había pasado a recoger a Sokolov en coche.

Entre los invitados estaba el delegado de la sección científica del Comité Central, el joven Badin.

Shtrum se sintió aún más mortificado. Estaba claro que había telefoneado a Shishakov en el momento en que estaba recibiendo a los invitados.

Con una sonrisa forzada, dijo a Sokolov:

—Así que el conde de Saint-Germain figuraba en la lista de invitados… ¿Y de qué hablaron los señores?

De repente se acordó de que al llamar a Shishakov había pronunciado su propio nombre con voz aterciopelada, convencido de que Alekséi Alekséyevich se precipitaría hacia el teléfono en cuanto oyera el apellido Shtrum. Ese recuerdo casi le arrancó un gemido y pensó que sólo los perros gemían de un modo tan lamentable, cuando tratan inútilmente de sacarse una pulga.

—Debo decir —dijo Sokolov— que parecía que no estuviésemos en guerra. Café, vino georgiano. Había poca gente en la reunión, unas diez personas.

—Es extraño —dijo Shtrum.

Sokolov comprendió a qué se refería con ese «extraño» pronunciado con aire pensativo, e igual de pensativo respondió él:

—Sí, no lo entiendo muy bien. Mejor dicho, no lo entiendo en absoluto.

—¿Estaba Natán Samsónovich? —preguntó Shtrum.

—¿Gurévich? No; parece ser que le telefonearon, pero estaba dando clase a unos estudiantes del tercer ciclo.

—Ya, ya —dijo Shtrum, tamborileando en la mesa. Luego, para su sorpresa, se oyó a sí mismo preguntar—: Piotr Lavréntievich, ¿se dijo algo sobre mi trabajo?

Sokolov titubeó.

—Tengo la impresión, Víktor Pávlovich, de que sus admiradores, sus fervientes partidarios, le están haciendo un flaco favor: los superiores comienzan a estar irritados.

—¿Por qué se calla? ¡Continúe!

Sokolov le contó una observación formulada por Gavronov. Éste sostenía que los trabajos de Shtrum contradecían las teorías de Lenin sobre la naturaleza de la materia.

—Bueno —dijo Shtrum—. ¿Y qué?

—Lo de Gavronov no tiene importancia. Usted lo sabe. Lo desagradable es que Badin le apoyó. Dijo algo así como que su trabajo, a pesar de derrochar talento, contradice las directrices definidas en la famosa reunión.

Sokolov se volvió a mirar la puerta, después al teléfono, y dijo a media voz:

—Verá, temo que los peces gordos del instituto le utilicen como chivo expiatorio en la campaña lanzada para reforzar el espíritu del Partido en la ciencia. Ya sabe a qué clase de campañas me refiero. Escogen a una víctima y todos se ensañan con ella. Eso sería horrible. ¡Su trabajo es tan extraordinario, tan fuera de lo común!

—¿Nadie salió en mi defensa?

—Creo que no.

—¿Y usted, Piotr Lavréntievich?

—Consideré absurdo entrar en polémicas. Refutar la demagogia no tiene sentido.

La turbación de su amigo contagió también a Shtrum, que dijo:

—Sí, sí, por supuesto. Tiene razón.

Callaron, pero su silencio era incómodo. Un escalofrío de miedo recorrió a Shtrum, ese miedo que siempre albergaba secretamente en su corazón, el miedo a la ira del Estado, el miedo a ser víctima de aquella ira que convierte al hombre en polvo.

—Ya, ya —dijo, pensativo—. La gloria no sirve de gran cosa cuando uno está criando malvas.

—Cómo deseo que lo comprenda —dijo Sokolov a media voz.

—Piotr Lavréntievich —repuso Shtrum también a media voz—. ¿Cómo está Madiárov? ¿Todo bien? ¿Le ha escrito? A veces me preocupo sin saber yo mismo el motivo.

Aquella improvisada conversación en voz baja era una manera de expresar que había relaciones que eran privadas, particulares, humanas, y que no tenían nada que ver con el Estado.

Sokolov respondió en un tono deliberadamente tranquilo, separando las palabras:

—No, no tengo noticias de Kazán.

Había respondido con voz serena y fuerte, como si quisiera decir que él no tenía relaciones que fueran privadas, particulares, humanas, independientes del Estado.

En el despacho entraron Márkov y Savostiánov y la conversación tomó otros derroteros. Márkov ponía ejemplos de mujeres que arruinaban la vida a sus maridos.

—Cada uno tiene la mujer que se merece —sentenció Sokolov; luego miró el reloj y salió.

Savostiánov, riendo, dijo mientras se iba:

—Si en el trolebús sólo hay una plaza libre, Maria Ivánovna se queda de pie y Piotr Lavréntievich se sienta. Si de noche alguien llama por teléfono no es él quien se levanta de la cama sino Mashenka la que corre en bata a preguntar quién es. Está claro: la mujer es la mejor amiga del hombre.

—Yo no tengo tanta suerte —dijo Márkov—. A mí mi mujer me dice: «¿Estás sordo o qué? ¡Ve a abrir la puerta!».

Shtrum, de repente enfadado, intervino:

—¿Qué está diciendo? Piotr Lavréntievich es un marido ejemplar.

—Usted no tiene motivos para quejarse, Víacheslav Ivánovich —dijo Savostiánov—. Se pasa día y noche en el laboratorio; está fuera de alcance.

—¿Cree que no lo pago caro? —preguntó Márkov.

—Ya entiendo —dijo Savostiánov mientras se relamía los labios, saboreando por anticipado una nueva broma—: ¡Quédate en casa! Como se suele decir, mi casa es mi fortaleza, sí… la fortaleza de Pedro y Pablo[111].

Márkov y Shtrum se rieron y luego, ante el temor de que aquella conversación informal se alargara, Márkov se levantó y se dijo a sí mismo:

—Viacheslav Ivánovich, es hora de ponerse a trabajar.

Cuando salió, Shtrum observó:

—Él que era tan afectado, que medía cada gesto, ahora va por ahí como si estuviera borracho. Es cierto, pasa día y noche en el laboratorio.

—Sí, así es —confirmó Savostiánov—. Como un pájaro construyéndose el nido. Completamente absorto en el trabajo.

—Ya no se entretiene con los cuchicheos, ya no va por ahí divulgando rumores. Sí, sí, me gusta, como un pájaro construyéndose el nido.

Savostiánov se volvió bruscamente hacia Shtrum. Su rostro joven de cejas claras ahora estaba serio.

—A propósito de rumores —dijo—, debo decirle, Víktor Pávlovich, que la velada de ayer en casa de Shishakov, a la que usted no estaba invitado, fue indignante. Me sorprendió mucho…

Shtrum frunció el ceño; aquella manifestación de compasión le parecía humillante.

—Muy bien, déjelo estar —respondió con aire desabrido.

—Víktor Pávlovich —dijo Savostiánov—. Sé que le trae sin cuidado que Shishakov no le haya invitado, pero tal vez Piotr Lavréntievich no le haya contado la vileza que ha tenido el valor de soltar Gavronov. Hay que ser descarado para declarar que sus trabajos huelen a judaísmo y que Gurévich lo definió como clásico sólo porque usted es judío. Y las autoridades lo único que hicieron fue sonreír en señal de aprobación. Ahí tiene a los «hermanos eslavos».

A la hora de la comida, en lugar de dirigirse a la cantina. Shtrum se quedó deambulando por su despacho. ¿Quién se imaginaba que la gente pudiera caer tan bajo? ¡Un buen tipo, Savostiánov! Y pensar que parecía un chaval superficial con sus eternas bromas y las fotografías de chicas en traje de baño. La charlatanería de Gavronov era insignificante, propia de un psicópata, de un tipo envidioso. Nadie le había rebatido porque lo que insinuaba era demasiado absurdo, demasiado ridículo.

Sin embargo aquellas naderías sin importancia le causaban una terrible angustia, le torturaban. ¿Cómo era posible que Shishakov no le hubiera invitado? Se había comportado de un modo grosero y estúpido. Y lo más humillante es que a Shtrum le importaba un comino ese mediocre de Shishakov y sus veladas, pero así y todo le dolía como si hubiera sufrido una desgracia irreparable. Entendía que era estúpido, pero no podía hacer nada. Sí, sí, y además quería que le dieran un huevo más que a Sokolov. ¡Eso era todo!

Pero había algo que le dolía en lo más íntimo, y tenía ganas de decir a Sokolov: «¿Cómo no le da vergüenza, amigo mío? ¿Cómo ha podido ocultarme que Gavronov me ha cubierto de fango? Piotr Lavréntievich, usted ha guardado silencio dos veces: primero, con ellos, y luego en mi presencia. ¡Qué vergüenza!».

Y la agitación no le impedía continuar repitiéndose: «Pero tú también te callas. Tú tampoco le contaste a tu amigo Sokolov las sospechas de Karímov acerca de su pariente Madiárov. ¡Te callaste! ¿Por incomodidad? ¿Por delicadeza? ¡Mentira! Por miedo, miedo de judío».

A todas luces hoy no era su día.

Anna Stepánovna entró en su despacho y, al ver su cara triste, Shtrum le preguntó:

—Anna Stepánovna, querida, ¿qué le pasa?

«¿Se habrá enterado de mis preocupaciones?», pensó Shtrum.

—Víktor Pávlovich, ¿qué significa? —dijo—. Así, a mis espaldas. ¿Qué he hecho yo para merecerme esto?

A Anna Stepánovna le habían pedido que pasara por el departamento de personal durante la hora de la comida, y allí le habían comunicado que debía firmar su dimisión. La dirección había enviado una circular donde se daba la orden de despedir a todos los auxiliares de laboratorio que no tuvieran estudios superiores.

—Nunca he oído un disparate semejante —dijo Shtrum—. No se preocupe, créame, lo arreglaré todo.

Anna Stepánovna se había ofendido particularmente cuando Dubenkov le había dicho que la administración no tenía nada personal contra ella.

—Víktor Pávlovich, ¿qué pueden tener contra mí? Pero disculpe, por el amor de Dios, he interrumpido su trabajo.

Shtrum se echó el abrigo sobre los hombros y atravesó el patio en dirección al edificio de una sola planta donde estaba el departamento de personal.

«Está bien —pensó Shtrum—. Está bien.» No pensaba en nada más. Pero en ese «está bien, está bien» se sobreentendían muchas cosas.

Dubenkov saludó a Shtrum y le dijo:

—Estaba a punto de llamarle por teléfono.

—¿A propósito de Anna Stepánovna?

—No, ¿por qué? Debido a determinadas circunstancias los miembros más destacados de nuestro instituto deben rellenar este formulario.

Shtrum miró el montón de hojas del formulario y exclamó:

—¡Anda! Si hay para una semana de trabajo.

—Venga, Víktor Pávlovich. Sólo una cosa, por favor: en caso de respuesta negativa, en lugar de poner una rayita, escriba con todas las palabras: «No, no he estado», «No, no tengo», según proceda en cada caso.

—Escucha, amigo —dijo Shtrum—. Hay que revocar la orden de despido de nuestra ayudante de laboratorio más veterana, Anna Stepánovna Loshakova.

—¿Loshakova? —replico Dubenkov—. Víktor Pávlovich, ¿cómo voy a revocar yo una orden de la dirección?

—¡No hay derecho! Salvó el instituto, lo defendió bajo las bombas. Y se la expulsa por razones puramente administrativas.

—Es que si no hay razones administrativas nosotros no despedimos a nadie —le replicó Dubenkov en tono pomposo.

—Anna Stepánovna no es sólo una persona maravillosa, también es una de las mejores trabajadoras de nuestro laboratorio.

—Si de verdad es insustituible diríjase a Kasián Teréntievich —dijo Dubenkov—. Por cierto, hay un par de asuntos pendientes que tienen que ver con su laboratorio.

Alargó a Shtrum dos papeles grapados.

—Es a propósito del nombramiento de un investigador científico por concurso. —Echó una mirada al papel y leyó despacio—: Un tal Emili Pinjusovich Landesman.

—Sí, lo he escrito yo —dijo Shtrum reconociendo el papel que Dubenkov tenía en la mano.

—Aquí está la resolución de Kasián Teréntievich: «No cumple los requisitos».

—¿Cómo dice? —preguntó Shtrum—. ¿Los requisitos? Es a mí a quien corresponde decir si los cumple o no. ¿Cómo va a saber Kovchenko lo que yo necesito?

—Eso deberá discutirlo con Kasián Teréntievich —dijo Dubenkov, y echó un vistazo al segundo documento—: Aquí está la petición de los colaboradores que se quedaron en Kazán y aquí su solicitud.

—¿Y bien?

—Kasián Teréntievich señala que no es oportuna; dado que trabajan de manera productiva en la Universidad de Kazán su caso no será revisado hasta el final del año académico.

Hablaba con voz suave, templada, como si deseara atenuar, con la cordialidad de su tono, las malas noticias que le estaba dando; pero en sus ojos no había amabilidad, sólo curiosidad maligna.

—Se lo agradezco, camarada Dubenkov —dijo Shtrum.

Atravesó de nuevo el patio, repitiéndose: «Está bien, está bien». No necesitaba el apoyo de sus superiores, ni el afecto de sus amigos, ni la comprensión de su mujer. Podía luchar solo. De vuelta en el edificio principal, subió al primer piso.

Kovchenko, con americana negra y una camisa bordada ucraniana, salió del despacho detrás de su secretaria, que le había anunciado la visita de Shtrum, y dijo:

—Bienvenido, Víktor Pávlovich, pase a mi jata.

Shtrum entró en el despacho amueblado con sillones rojos y divanes. Kovchenko le ofreció asiento en un diván y se sentó a su lado.

Mientras escuchaba a Shtrum sonreía, y su amabilidad recordaba en cierto sentido a la de Dubenkov, Sin duda había esbozado una sonrisa similar cuando Gavronov hablaba del descubrimiento de Shtrum.

—¿Qué quiere que haga? —preguntó Kovchenko, afligido, e hizo un gesto de impotencia—. No somos nosotros los que hemos inventado esto. ¿Dice que estuvo bajo las bombas? No podemos considerarlo un mérito especial, Víktor Pávlovich. Todos los ciudadanos soviéticos soportarían los bombardeos si se lo ordenara la patria.

Se quedó pensativo un momento; luego dijo:

—Hay una posibilidad, aunque suscitará criticas. Se le podría asignar a Loshakova un puesto de preparadora. Dejaremos que conserve su tarjeta para las tiendas especiales. Eso se lo puedo prometer.

—No, sería humillante para ella —objetó Shtrum.

—Víktor Pávlovich, ¿qué quiere? ¿Que el Estado soviético se rija por unas leyes y su laboratorio por otras?

—Al contrario, quiero que en mi laboratorio se apliquen las leyes soviéticas. Y según las leyes soviéticas no se debe despedir a Loshakova, Kasián Teréntievich, puesto que hablamos de leyes, ¿por qué ha rechazado la asignación del joven Landesman para cubrir una plaza en mi laboratorio? —insistió Shtrum.

Kovchenko se mordió los labios.

—Víktor Pávlovich, tal vez reúna los requisitos que usted necesita, pero debe entender que hay otros criterios que la dirección del instituto debe valorar.

—Muy bien —dijo Shtrum, y repitió de nuevo—: Muy bien. —Luego preguntó en un susurro—: Se trata del formulario, ¿no? ¿Es que tiene parientes en el extranjero?

Kovchenko hizo un gesto evasivo con los brazos.

—Kasián Teréntievich, para continuar con esta agradable conversación le haré una pregunta: ¿Por qué obstaculiza el regreso de Kazán de mi colaboradora Anna Naumovna Weisspapier? Le hago saber que es candidata a doctora en ciencias. En este caso no veo contradicción alguna entre mi laboratorio y el Estado…

Una expresión martirizada asomó en la cara de Kovchenko.

—Víktor Pávlovich, ¿por qué me somete a un interrogatorio? Yo soy responsable del personal. Intente comprenderlo.

—Muy bien, muy bien —dijo Shtrum, sintiendo que estaba a punto de mostrarse extremadamente grosero—. Con el debido respeto, Kasián Teréntievich, no puedo seguir trabajando en estas condiciones. La ciencia no está a su servicio ni al de Dubenkov. También yo estoy aquí para trabajar y no por los confusos intereses del departamento de personal. Escribiré una solicitud a Alekséi Alekséyevich para que nombre a Dubenkov director del laboratorio nuclear.

—Víktor Pávlovich, se lo ruego, cálmese.

—No voy a trabajar en estas condiciones.

—Víktor Pávlovich, usted no se imagina cómo aprecia la dirección su trabajo, y yo personalmente.

—Me importa un bledo si aprecian mi trabajo o no —dijo Shtrum, y vio que en la cara de Kovchenko no se reflejaba la ofensa, sino una gozosa satisfacción.

—Víktor Pávlovich, no le permitiremos bajo ningún concepto que abandone el instituto. —Frunció el ceño y añadió—: Y no porque usted sea insustituible. No creerá en serio que Víktor Pávlovich Shtrum no puede ser sustituido por nadie, ¿verdad? —Luego, casi con dulzura, dijo—: Usted no puede prescindir de Landesman ni de Weisspapier, ¿y piensa que en Rusia nadie puede sustituirle?

Miró a Shtrum y éste tuvo la sensación de que, en cualquier momento, Kovchenko iba a pronunciar las palabras que todo el tiempo, como una niebla invisible, habían estado suspendidas entre ellos, rozando sus ojos, sus manos, su cerebro.

Shtrum bajó la cabeza, y en ese instante dejó de existir el profesor, el doctor en ciencias, el científico famoso, el autor de un importante descubrimiento, capaz de ser altivo y condescendiente, independiente y brusco. Sólo era un hombre encorvado, estrecho de espaldas, de nariz aguileña, pelo rizado, con los ojos entornados, como si estuviera esperando recibir una bofetada en la mejilla; miró al hombre de la camisa bordada ucraniana, y esperó.

Kovchenko dijo en voz baja:

—¡Vamos, Víktor Pávlovich, no se preocupe, no se preocupe! No hay motivos. ¿Por qué monta tanto alboroto por una nimiedad?

54

Por la noche, cuando su mujer y su hija se fueron a dormir, Shtrum empezó a rellenar el formulario. Las preguntas eran casi las mismas que antes de la guerra, y como eran idénticas, a Víktor Pávlovich le parecieron inútiles y portadoras de nuevas preocupaciones.

Al Estado no le interesaba si las herramientas matemáticas que utilizaba Shtrum para realizar su trabajo eran apropiadas; si el montaje instalado en el laboratorio era idóneo para los complejos experimentos que debían efectuarse; si era buena la protección de los investigadores contra las radiaciones; si era satisfactoria la amistad y la relación profesional entre Shtrum y Sokolov; si los jóvenes colaboradores estaban preparados para llevar a cabo cálculos extenuantes y si comprendían cuántas cosas dependían de la paciencia, el esfuerzo constante y la concentración.

Era un cuestionario magistral, el formulario de los formularios. Querían saberlo todo sobre el padre de Liudmila, sobre su madre, el abuelo y la abuela de Víktor Pávlovich, dónde habían vivido, cuándo habían muerto, dónde estaban enterrados. ¿Por qué motivo el padre de Víktor Pávlovich, Pável Iósifovich, había viajado a Berlín en 1910? La curiosidad del Estado era seria, tétrica. Shtrum miró el formulario y se sorprendió al dudar de si mismo: ¿Era un hombre de fiar?

1. Apellido, nombre, patronímico… ¿Quién era el hombre que rellenaba el formulario a altas horas de la noche?: ¿Shtrum? ¿Víktor Pávlovich? Su madre y su padre nunca se habían casado, sólo habían convivido, y se habían separado cuando Vitia tenía dos años. Se acordaba de que en los documentos de su padre figuraba el nombre de Pinjus y no Pável. «¿Por qué soy Víktor Pávlovich? ¿Quién soy? ¿Me conozco de veras? ¿Y si me llamara Goldman o Sagaidachni? ¿Y si fuera el francés Desforges, alias Dubrovski?»

Y, acechado por las dudas, pasó a responder la segunda pregunta.

2. Fecha de nacimiento… año… mes… día…, según el antiguo y el nuevo calendario. ¿Qué sabía él de aquel oscuro día de diciembre? ¿Podía afirmar con certeza que había nacido precisamente aquel día? ¿No debería añadir, para declinar la responsabilidad, «según dice…»?

3. Sexo… Shtrum escribió sin vacilar: «Hombre». Luego pensó: «Vaya hombre estoy hecho; un verdadero hombre no se habría callado tras la destitución de Chepizhin».

4. Lugar de nacimiento, según las antiguas divisiones administrativas (provincia, distrito, vólost, pueblo) y las nuevas (oblast, distrito, región urbana o rural)… Shtrum anotó: «Járkov». Su madre le había contado que había nacido en Bajmut, pero que la partida de nacimiento la habían expedido en Járkov, donde se había trasladado dos meses después de su nacimiento. ¿Era preciso añadir una explicación?

5. Nacionalidad… Aquí estaba el quinto punto. Tan sencillo e insustancial antes de la guerra; ahora, sin embargo, había cobrado una importancia particular.

Apretando la pluma entre los dedos, escribió con trazo decidido: «Judío». Aún no sabía el precio que pagarían cientos de miles de personas por responder a la quinta pregunta del formulario con las palabras: calmuco, balkar, checheno, tártaro de Crimea, judío…

No sabía qué oscuras pasiones se desatarían año tras año en torno a este quinto punto. No preveía que el miedo, la rabia, la desesperación, la desolación, la sangre se trasladarían del sexto punto, «origen social», al quinto; que al cabo de pocos años muchas personas responderían al quinto punto del formulario con el mismo sentimiento de fatalidad con que diez años antes los hijos de los oficiales cosacos, así como los nobles, industriales, sacerdotes, habían respondido al sexto.

Sin embargo, Víktor intuía ya que las líneas de fuerza se concentraban alrededor de la quinta pregunta del cuestionario. La noche antes había telefoneado a Landesman para decirle que no había tenido éxito respecto a su nombramiento. «Ya me lo imaginaba», dijo Landesman en un tono de voz irritado y de reproche. «¿Algún dato reprobable en su formulario?», le preguntó Shtrum. Landesman suspiró y dijo: «Lo que es reprobable es mi apellido».

A la hora del té, Nadia había contado:

—¿Sabes, papá?, el padre de Maika ha dicho que el año que viene en el Instituto de Relaciones Exteriores no contratarán a ningún judío.

«Bueno —pensó Shtrum—. Si uno es judío, es judío, y hay que ponerlo.»

6. Origen social… Éste era el tronco de un potente árbol cuyas raíces se hundían profundamente en la tierra, cuyas ramas se extendían sobre las amplias hojas del cuestionario: origen social de la madre y el padre, de los padres de la madre y el padre… Origen social de la mujer, de los padres de la mujer… Si usted está divorciado, origen social de su ex mujer… ¿A qué se dedicaban sus padres antes de la Revolución?

La Gran Revolución había sido una revolución social, la revolución de los pobres. A Shtrum siempre le había parecido que en la sexta pregunta se expresaba la justa desconfianza de los pobres, provocada por la tiranía milenaria de los ricos.

Escribió: «Pequeñoburgués». ¡Pequeñoburgués! ¿Qué clase de pequeñoburgués era? De repente, seguramente a causa de la guerra, había empezado a dudar de si existía un abismo entre la legítima pregunta soviética acerca del origen social y la sangrienta manera en que los alemanes trataban el problema de la nacionalidad. Recordó las conversaciones nocturnas de Kazán, el discurso de Madiárov sobre la actitud de Chéjov respecto al ser humano.

Pensó: «A mí me parece moral, justa, la distinción social. Pero a los alemanes les parece indiscutiblemente moral la distinción nacional. Para mí está claro que es horrible matar a los judíos por el simple hecho de que sean judíos. Son hombres como los demás: buenos, malos, ingeniosos, estúpidos, torpes, alegres, sensibles, generosos o tacaños. Hitler dice que nada de eso importa, lo único que importa es que son judíos. ¡Protesto con toda mi alma! Pero nosotros tenemos el mismo principio: lo que importa es sí eres hijo de aristócrata, hijo de un kulak, de un comerciante. Y si una persona es buena, mala, inteligente, sensible, estúpida, alegre, ¿qué más da? Lo peor es que en nuestros formularios no se habla de comerciantes, sacerdotes o aristócratas. Se habla de sus hijos, de sus nietos. No se sabe, tal vez llevan la nobleza en la sangre, como los judíos. ¡Como si uno pudiera ser comerciante o sacerdote por una cuestión de sangre! ¡Qué estupidez! Sofia Peróvskaya era hija de un general, aún más, de un gobernador. ¿Hay que arrojarla al fango por ese motivo? Komissárov, el lacayo policía que capturó a Karakózov, habría respondido a la sexta pregunta: «Pequeñoburgués». Le habrían aceptado en la universidad, puesto que Stalin ha dicho; «El hijo no debe responder por su padre». Pero Stalin también ha dicho: «La manzana no cae lejos del árbol». Bueno, pequeñoburgués sí que lo es.

7. Posición social… ¿Funcionario? Un funcionario es un contable, un registrador… Un funcionario llamado Shtrum había demostrado sobre bases matemáticas el mecanismo de desintegración de los núcleos atómicos. Otro empleado llamado Márkov esperaba confirmar, con la ayuda de los nuevos aparatos, las teorías del funcionario llamado Shtrum.

«Eso es —pensó—. Funcionario.»

Shtrum encogía los hombros, se levantaba, paseaba por la habitación, hacía movimientos con la mano como si quisiera apartar a alguien. Después se sentó a la mesa y siguió respondiendo a las preguntas.

29. ¿Ha sido usted o alguno de sus parientes objeto de una investigación judicial o de un juicio? ¿Ha sido arrestado? ¿Se le ha impuesto una condena penal o administrativa? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? En caso de que haya sido indultado, ¿cuándo…?

Luego, la misma pregunta referida a su esposa. Se estremeció. No tenían piedad. Varios nombres se le pasaron por la mente…

«Estoy seguro de que él es inocente… Simplemente no es de este mundo… ella fue arrestada por no haber denunciado a su marido. Le cayeron ocho años; no estoy seguro, no le escribí; tal vez fue enviada a Tiomniki, me enteré por casualidad, me encontré con su hija en la calle… No lo recuerdo muy bien… Me parece que a él lo arrestaron a principios de 1938; sí, diez años, sin derecho a correspondencia…

»El hermano de mi mujer era miembro del Partido, nos vimos pocas veces; ni yo ni mi mujer hemos mantenido contacto con él; la madre de mi mujer me parece que fue a verle, sí, sí, mucho antes de la guerra; su segunda mujer fue enviada a un campo por no denunciar al marido; murió durante la guerra, su hijo participa en la defensa de Stalingrado como voluntario… Mi mujer está separada de su primer marido; el hijo de su primer matrimonio, mi hijastro, murió en el frente, en la defensa de Stalingrado… El primer marido fue arrestado y desde el momento del divorcio mi mujer no ha tenido noticias suyas… No sé por qué fue condenado, oí vagamente que pertenecía a la oposición trotskista, pero no estoy seguro, el asunto no me interesaba…»

A Shtrum le invadió un sentimiento de culpabilidad, de suciedad. Se acordó de aquel miembro del Partido que había confesado en una reunión: «¡Camaradas, no soy de los vuestros!».

De repente se sublevó; «Yo no pertenezco a la categoría de los sometidos y los sumisos. Sadko no me ama, y que así sea. Estoy solo, mi mujer ha dejado de interesarse por mí. Bueno, ¿y qué? No renegaré de los infelices, de los muertos, de aquellos que eran inocentes.

»¡Deberíais avergonzaros de vosotros mismos, camaradas! ¿Cómo podéis remover estas cosas? Esa gente era inocente; ¿de qué pueden ser culpables sus mujeres y sus hijos? Ante estas personas hay que arrepentirse, hay que pedir perdón. ¿Y vosotros queréis demostrar mi inferioridad, privarme de vuestra confianza porque estoy emparentado con personas inocentes? Si soy culpable es de haberles ayudado demasiado poco en su desgracia».

Al mismo tiempo en su cerebro brotaban otros pensamientos, que discurrían en sentido inverso a los anteriores. «En el fondo no he tenido contacto con ellos. No he intercambiado correspondencia con esos enemigos, no recibo cartas de los campos, no les he sostenido materialmente, raras veces me he encontrado con ellos, sólo por azar…»

30. ¿Tiene familiares en el extranjero? (¿Dónde? ¿Desde cuándo? ¿Motivos de su partida?) ¿Sigue en contacto con ellos?

Esa nueva pregunta hizo crecer su angustia.

«Camaradas, ¿es posible que no comprendáis que en las condiciones en que se encontraba la Rusia zarista la emigración era inevitable? En realidad emigraban los pobres, emigraban las personas amantes de la libertad. Lenin también vivió en Londres, en Zúrich, en París. ¿Por qué os hacéis señas cuando leéis que mis tías y mis tíos, sus hijos y sus hijas, viven en Nueva York, París, Buenos Aires…?»

En efecto, la lista de sus parientes en el extranjero era casi tan larga como la de sus trabajos científicos. Y si a eso se le añadía la lista de las víctimas de la represión…

Así es como se aplastaba a un hombre. ¡Al basurero con él! ¡Es un intruso! ¡Pero es mentira, es mentira! Es de él, y no de Gavronov y Dubenkov, de quien tiene necesidad la ciencia; él daría la vida por su país. ¿Acaso no había personas con formularios impecables capaces de engañar y traicionar? ¿Acaso eran pocas las personas que habían escrito en los cuestionarios: «Padre, kulak»; «padre, ex terrateniente», y que luego habían muerto en combate, se habían unido a los partisanos, habían sido ejecutados?

¿Qué significado tenía todo eso? Él lo sabía muy bien: ¡era el método estadístico! ¡La teoría de la probabilidad! Había más probabilidades de encontrar al enemigo entre las gentes que no pertenecían a la clase de los trabajadores que entre las de origen proletario. Pero también los nazis, apoyándose en el mismo tipo de probabilidad, exterminaban pueblos, naciones. Era un principio inhumano. Inhumano y ciego. Sólo había una manera aceptable de relacionarse con la gente: la humana.

Si tuviera que escoger colaboradores para su laboratorio, Víktor Pávlovich elaboraría un formulario muy diferente a éste: un formulario humano.

Le daría lo mismo que su futuro colega fuera ruso, judío, ucraniano, armenio; que su abuelo hubiera sido obrero, el propietario de una fábrica o un kulak. Su relación con él no dependería de que su hermano fuera arrestado o no por los órganos del NKVD; no le importaría si su hermana vivía en Ginebra o en Kostroma.

Le preguntaría a qué edad comenzó a interesarse por la física teórica, qué opinión le merece la crítica que Einstein había hecho al viejo Planck, si está interesado sólo en la teoría matemática o también disfruta con el trabajo experimental, qué piensa de Heisenberg, y si cree que es posible elaborar una teoría unificada de los campos. Lo importante es el talento, el fuego, la chispa divina.

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