Vida y destino

Vida y destino


SEGUNDA PARTE » 64

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Le preguntaría —pero sólo si a su futuro colega le apetece contestar— si le gusta caminar, beber vino, si va a los conciertos de música sinfónica, si le gustan los libros infantiles de Serón Thompson, a quién siente más cercano, a Tolstói o a Dostoyevski, si se dedica a la jardinería, si le gusta la pesca, que piensa de Picasso, cuál es su cuento preferido de Chéjov.

Le interesaría saber si su futuro colega es taciturno o hablador; si es bueno, ingenioso, vengativo, irascible, ambicioso; si se arriesgaría a tener una aventura con la encantadora Vérochka Ponomariova.

Es curioso lo bien que Madiárov había respondido a preguntas parecidas… Tal vez sí que fuera un provocateur… Dios mío…

Pluma en ristre, Shtrum escribió: «Esther Semiónovna Dashevskaya, tía por parte de madre, vive en Buenos Aires desde 1909, profesora de música».

55

Shtrum entró en el despacho de Shishakov con el firme propósito de permanecer tranquilo y no pronunciar ni una palabra fuera de tono.

Comprendía que era estúpido enojarse y ofenderse porque en la cabeza del académico-funcionario, Shtrum y sus trabajos ocuparan uno de los últimos puestos.

Pero en cuanto vio la cara de Shishakov sintió una irritación insuperable.

—Alekséi Alekséyevich —comenzó—, como suele decirse, no se puede ser amable a la fuerza, nadie manda sobre el corazón; pero usted no se ha interesado ni siquiera una vez en el montaje de la instalación.

Shishakov contestó con tono conciliador:

—Pasaré sin falta en cuanto tenga un momento.

El jefe, benevolente, había prometido honrar a Shtrum con una visita.

—Por lo demás, me parece que la dirección se muestra bastante atenta con sus peticiones —añadió Shishakov.

—En especial el departamento de personal.

Shishakov, rezumando espíritu pacífico, le preguntó:

—¿En qué le molesta el departamento de personal? Usted es el primer director de laboratorio que me hace una observación parecida.

—Alekséi Alekséyevich, he intentado en vano que se haga venir a Weisspapier de Kazán. Es una especialista irreemplazable en el campo de la fotografía nuclear. También me opongo categóricamente al despido de Loshakova; es una trabajadora excelente y una bellísima persona. No logro entender cómo pueden despedirla. Es inhumano. Por último, insisto en que se acepte la candidatura de Landesman; es un joven con un talento extraordinario. Creo que subestima usted la importancia de nuestro laboratorio. De lo contrario yo no estaría perdiendo el tiempo en conversaciones de este tipo.

—Yo también estoy perdiendo el tiempo —dijo Shishakov.

Shtrum se alegró de que Shishakov dejara de hablar en aquel tono pacífico que le impedía dar rienda suelta a su irritación.

—Me resulta particularmente desagradable —continuó— que todos estos conflictos se hayan producido en torno a personas con apellidos judíos.

—¡Ah, ya veo! —dijo Alekséi Alekséyevich, pasando a la ofensiva—. Víktor Pávlovich, el instituto debe llevar a cabo tareas de primer orden. No es preciso que le recuerde en qué tiempos tan duros debemos afrontar dichas tareas. Considero que en la actualidad su laboratorio no puede contribuir a la resolución de estas tareas. Además, alrededor de su trabajo, tan discutible como interesante, se ha levantado demasiado ruido.

Y añadió con aire grave:

—No estoy expresando un punto de vista personal. Hay camaradas que consideran que todo este alboroto desorienta a los investigadores científicos. Ayer mismo discutimos a fondo esta cuestión, y se dio la opinión de que usted debería reflexionar sobre sus conclusiones puesto que contradicen las teorías materialistas sobre la naturaleza de la materia; debería usted pronunciar una conferencia al respecto. Algunas personas, por razones que se me escapan, están interesadas en hacer que unas teorías discutibles se conviertan en el principio rector de la ciencia, precisamente cuando tenemos que concentrar todos nuestros esfuerzos en los objetivos qué nos impone la guerra. Es algo muy seno. Ha venido a verme con unas pretensiones ridículas respecto a una tal Loshakova. Disculpe, pero no sabía que «Loshakova» fuera un apellido judío.

Al escuchar a Shishakov, Shtrum se sintió desconcertado. Nadie había manifestado jamás tanta hostilidad hacia su trabajo. Lo oía por primera vez de boca de un académico, del director del instituto donde trabajaba.

Sin temer las consecuencias, dejó salir todo lo que pensaba y que, por esa misma razón, nunca debería haber dicho.

Dijo que no era asunto de la física confirmar una filosofía. Dijo que la lógica de los descubrimientos matemáticos era más fuerte que la lógica de Engels y Lenin, y que Badin, el delegado de la sección científica del Comité Central, podía tranquilamente adaptar las ideas de Lenin a las matemáticas y a la física, pero no la física y las matemáticas a las ideas de Lenin. Dijo que un pragmatismo excesivo era letal para la ciencia, aunque estuviera impulsado por «Dios Todopoderoso en persona», y que sólo una gran teoría puede engendrar grandes logros prácticos. Estaba convencido de que los principales problemas técnicos —y no sólo los problemas técnicos— del siglo XX se resolverían gracias a la teoría de los procesos nucleares. Estaría encantado de hacer un discurso al respecto si los camaradas cuyos nombres Shishakov prefería callar lo consideraban necesario.

—Por lo que respecta a las personas con apellidos judíos, Alekséi Alekséyevich, no es algo que se pueda tomar a broma, no si de verdad se considera usted un miembro de la intelligentsia rusa. Si mis peticiones son rechazadas me veré obligado a abandonar inmediatamente el instituto. Así no puedo trabajar.

Cobró aliento, miró a Shishakov, reflexionó un instante y prosiguió:

—Me resulta difícil trabajar en estas condiciones. No soy sólo un físico, también soy un ser humano. Me siento avergonzado ante esas personas que esperan de mí ayuda y protección ante la injusticia.

Esta vez, Víktor sólo había dicho «me resulta difícil», pero había tenido el coraje suficiente para reiterar su amenaza de una dimisión inminente.

Shtrum leyó en la cara de Shishakov que éste se había dado cuenta de que había suavizado sus palabras.

Y tal vez por ese motivo, Shishakov insistió:

—No tiene sentido continuar una conversación a golpe de ultimátums. Es mi deber, por supuesto, tener en cuenta sus deseos.

Durante el resto del día Shtrum fue presa de una extraña sensación, triste y alegre a la vez. Los instrumentos del laboratorio, la nueva instalación cuyo montaje pronto estaría concluido constituían una parte imprescindible de su vida, de su cerebro, de su cuerpo. ¿Cómo podría vivir separado de ellos?

Le aterrorizaba incluso recordar las palabras heréticas que había pronunciado ante el director. Y sin embargo, Víktor se sentía fuerte. Su impotencia era al mismo tiempo su fuerza. ¿Cómo hubiera podido imaginar que en los días de su triunfo científico, de regreso en Moscú, llegaría a mantener una conversación de este tipo?

Nadie estaba al corriente de su enfrentamiento con Shishakov, pero tuvo la impresión de que sus colegas se dirigían a él de manera especialmente afectuosa.

Anna Stepánovna le cogió la mano y se la apretó.

—Víktor Pávlovich, no quiero que piense que sólo trato de darle las gracias, pero permítame decirle que… sé que usted, ha sido fiel a sí mismo.

Víktor se quedó a su lado en silencio. Se sentía emocionado y casi feliz.

«Mamá, mama —pensó de repente—. ¿Lo ves?»

De camino a casa decidió no contarle nada a su mujer pero no logró vencer la costumbre de hacerla partícipe de todo lo que le ocurría, y ya en la entrada, mientras se quitaba el abrigo, le anunció:

—Bueno, Liudmila, dejo el instituto.

Liudmila Nikoláyevna se quedó muy apenada, pero aun así se las arregló para decirle algunas palabras desagradables.

—Te comportas como si fueras Lomonósov o Mendeléyev. Te marcharás y en tu lugar pondrán a Sokolov o a Márkov. —Levantó la cabeza de su labor de costura—. Deja que tu Landesman se vaya al frente. De lo contrario, la gente recelosa acabará creyendo que los judíos se dedican a enchufar a los suyos.

—Muy bien, muy bien —dijo Víktor—. Basta. ¿Te acuerdas de las palabras de Nekrásov? «El pobre diablo pensaba que estaba en el templo de la gloria, y se alegró de encontrarse en el hospital» Creía merecerme el pan que comía y, en cambio, me piden que me arrepienta de mis pecados, de mis herejías. No, piénsalo un momento: me exigen que haga una intervención pública. ¡Es puro delirio! Y al mismo tiempo me proponen para el premio, los estudiantes vienen a verme… ¡Todo es culpa de Badin! En cualquier caso, llegados a este punto, aquí ya no entra Badin. ¡Sadko no me quiere!

Liudmila Nikoláyevna se le acercó, le compuso la corbata, le arregló el faldón de la chaqueta y le preguntó:

—Estás muy pálido. No has comido, ¿verdad?

—No tengo hambre.

—Come un poco de pan con mantequilla mientras te caliento la comida.

Después vertió en un vaso sus gotas para el corazón y le dijo:

—Tómatelas; no me gusta tu cara, deja que te tome el pulso.

Fueron a la cocina. Mientras masticaba el pan Shtrum se miraba en el espejito que Nadia había colgado al lado del contador del gas.

—Qué cosa tan extraña, qué salvajes —dijo—. ¡En Kazán jamás hubiera pensado que tendría que rellenar montañas de formularios, escuchar lo que hoy he escuchado! ¡Qué poder! El Estado y el individuo… El Estado eleva a un hombre y luego lo deja caer al abismo, como si nada.

—Vitia, quiero hablar contigo de Nadia —dijo Liudmila Nikoláyevna—. Casi todos los días vuelve a casa después del toque de queda.

—Ya me lo contaste el otro día —dijo Shtrum.

—Ya sé que te lo conté. Bueno, ayer por la noche me acerqué por casualidad a la ventana y descorrí la cortina. ¿Y qué crees que vi? Nadia y un soldado caminaban por la calle, se pararon junto a la lechería y empezaron a besarse.

—¡Caramba! —exclamó Víktor Pávlovich, y se quedó tan sorprendido que dejó de masticar.

¡Nadia besando a un militar! Durante unos instantes Shtrum se quedó callado, luego se echó a reír. Sólo una noticia tan asombrosa habría podido distraerle de sus sombrías preocupaciones, mitigar su angustia. Por un momento sus ojos se encontraron y Liudmila Nikoláyevna, para su sorpresa, también se echó a reír. Durante algunos segundos había surgido entre ambos esa complicidad plena, posible en esos raros instantes de la vida en que las palabras y los pensamientos no son necesarios.

Y Liudmila Nikoláyevna no se sorprendió cuando Shtrum, aparentemente fuera de lugar, le dijo:

—Mila, he hecho bien en pararle los pies a Shishakov, ¿verdad?

El curso de los pensamientos de Víktor Pávlovich era muy sencillo, pero no resultaba tan sencillo seguirlo desde fuera. Se mezclaban ideas diversas: recuerdos del pasado; el destino de Tolia y Anna Semiónovna; la guerra; el hecho de que, por muy rico y famoso que un hombre sea, siempre envejecerá, morirá y cederá su lugar a otros más jóvenes; que tal vez lo más importante fuera vivir con honestidad.

Y Shtrum preguntó a su mujer:

—He hecho bien, ¿verdad?

Liudmila Nikoláyevna negó con la cabeza. Décadas de intimidad, de vida en común pueden acabar separando o las personas.

—¿Sabes, Liuda? —dijo en tono humilde—, en la vida las personas que tienen razón suelen ser las que no saben comportarse. Pierden los estribos y sueltan groserías. Actúan sin tacto y se muestran intolerantes. Se les hace responsables de todo lo que va mal en casa y en el trabajo. En cambio, aquellos que están equivocados, que ofenden a los demás, saben comportarse. Actúan de manera lógica, tranquila, con tacto, y parecen tener siempre razón.

Nadia volvió a las once. Al oír el ruido de la llave en la cerradura, Liudmila Nikoláyevna dijo a su marido:

—Habla con ella.

—Para ti es más fácil, prefiero que lo hagas tú.

Pero en cuanto Nadia, despeinada y con la nariz roja, entró en casa, Víktor Pávlovich le preguntó:

—¿Con quién te estabas besando enfrente de casa?

Nadia miró alrededor como si estuviera a punto de salir corriendo, y luego a su padre, con la boca entreabierta. Después, se encogió de hombros y dijo con indiferencia:

—A Andriushka Lómov. Estudia en la escuela militar, es teniente.

—¿Vas a casarte con él, o qué? —preguntó Shtrum, asombrado por el tono confiado de Nadia.

Miró a su mujer: ¿veía a su hija?

Como una adulta, Nadia entornó los ojos y desgranó irritada y con parsimonia sus palabras:

—¿Casarme con él? —repitió, y esas palabras en boca de su hija desconcertaron a Shtrum—. Puede ser, lo estoy pensando… Pero tal vez no. En realidad no lo he decidido todavía.

Liudmila Nikoláyevna, que hasta ese momento había estado callada, preguntó:

—Nadia, ¿por qué nos has mentido acerca del padre de una tal Maika y has inventado esa historia de las lecciones? Yo nunca dije mentiras a mi madre.

Shtrum recordó que, en la época en que cortejaba a Liudmila, ella le confesaba cuando iba a verle; «He dejado a Tolia con mamá. Le he dicho que iba a la biblioteca».

De repente Nadia volvió a convertirse en una chiquilla. Con voz enfadada y lastimosa, gritó:

—¿Y te parece bonito espiarme? ¿A ti también te espiaba tu madre?

Shtrum, hecho una furia, chilló:

—¡Idiota, no seas impertinente con tu madre!

Ella le miraba con cara de aburrimiento y paciencia.

—¿Así que Nadiezhda Víktorovna todavía no ha decidido si se casará o se convertirá en la concubina de un joven coronel?

—No, no lo he decidido. Además, no es coronel —respondió Nadia.

¿Era posible que los labios de su hija pudieran besar a un jovencito vestido con capote militar? ¿Era posible que alguien se pudiera enamorar de aquella niña, Nadia, aquella pequeña idiota, estúpida a la vez que inteligente, y que mirara con pasión aquellos ojos suyos de cachorro?

Pero ésa era la eterna historia…

Liudmila Nikoláyevna guardaba silencio y comprendía que ahora Nadia se pondría furiosa, que no diría una palabra más. Sabía que cuando se quedaran solas, ella acariciaría la cabeza de su hija, Nadia sollozaría sin saber por qué, y a Liudmila Nikoláyevna, también sin saber por qué, le invadiría una inmensa piedad. A fin de cuentas no había nada terrible en que una joven besara a un chico. Y Nadia se lo contaría todo sobre el tal Lómov, y ella seguiría acariciando los cabellos de su hija mientras recordaba su primer beso y pensaba en Tolia, porque en el fondo todo lo que sucedía en la vida lo relacionaba con Tolia. Y Tolia ya no estaba.

¡Qué triste era aquel amor adolescente suspendido en el abismo de la guerra! Tolia, Tolia…

Entretanto Víktor Pávlovich, presa de la angustia paterna, se agitaba, metía ruido.

—¿Y dónde presta servicio ese memo? —preguntó—. Hablaré con su comandante; ya le enseñará él a flirtear con las mocosas.

Nadia no decía nada, y Shtrum, fascinado por su arrogancia, enmudeció sin quererlo y después preguntó:

—¿Por qué me miras así? Pareces un ser de una raza superior mirando a una ameba.

Por un extraño juego de la memoria, la mirada de Nadia le recordó su conversación con Shishakov. Alekséi Alekséyevich, tranquilo, seguro de sí mismo, miraba a Shtrum desde su grandeza de académico reconocido por el Estado. Bajo la mirada de los ojos claros de Shishakov había comprendido instintivamente la inutilidad de sus protestas, de sus ultimátums. El poder del Estado se erguía ante él como un bloque de granito. Y Shishakov, con una indiferencia tranquila, contemplaba las tentativas de Shtrum; contra el granito no hay nada que hacer.

Curiosamente, la joven que estaba frente a él también parecía comprender lo absurdo de su cólera, de su indignación. Se daba cuenta de que Víktor Pávlovich quería alcanzar un imposible: detener el curso de la vida.

Durante la noche, Shtrum pensó que si rompía con el instituto arruinaría su vida. Se apresurarían a conferir a su dimisión un sentido político; dirían que había fomentado peligrosas tendencias de oposición… mientras Rusia estaba en guerra y el instituto gozaba de los favores de Stalin. Y después, aquel horroroso formulario… Y además la conversación insensata con Shishakov. Y aquellas discusiones en Kazán, Madiárov…

Fue tal el pánico que le asaltó que sintió deseos de escribir una carta a Shishakov y pedirle disculpas. Quería borrar de un plumazo los acontecimientos, olvidarlos.

56

Cuando volvió de la tienda por la tarde, Liudmila Nikoláyevna vio en el buzón un sobre blanco. El corazón, que le latía desbocado después de subir la escalera, le palpitó aún con más fuerza. Con la carta en la mano se acercó a la habitación de Tolia y abrió la puerta. La habitación estaba vacía: hoy tampoco había vuelto.

Liudmila Nikoláyevna examinó las hojas cubiertas con aquella caligrafía que conocía desde la infancia, la caligrafía de su madre. Vio los nombres de Zhenia, Vera, Stepán Fiódorovich. En la carta no aparecía el nombre del hijo. Su esperanza se difuminó una vez más, pero no se extinguió del todo.

Aleksandra Vladímirovna no contaba casi nada de su vida, sólo algunas palabras acerca de la casera, Nina Matvéyevna, que tras la partida de Liudmila se había comportado de manera desagradable.

Ninguna noticia de Seriozha, Stepán Fiódorovich y Vera. Aleksandra Vladímirovna estaba preocupada por Zhenia, que parecía estar atravesando por momentos difíciles en su vida. Le había escrito una carta en la que aludía a ciertos problemas y a un posible viaje a Moscú.

Liudmila Nikoláyevna no sabía estar triste. Sólo sabía sufrir. Tolia, Tolia, Tolia.

Stepán Fiódorovich se había quedado viudo, Vera era una huérfana sin hogar. ¿Seguía con vida Seriozha o estaba mutilado, recuperándose en un hospital? Su padre había muerto en un campo o había sido fusilado, su madre había muerto durante la deportación… Habían quemado la casa de Aleksandra Vladímirovna y ella vivía sola, sin noticias del hijo ni del nieto.

Su madre no le contaba nada sobre la vida en Kazán, sobre su salud, si su habitación estaba bien caldeada o si las raciones habían aumentado.

Liudmila Nikoláyevna sabía muy bien por qué su madre no mencionaba ni una sola palabra al respecto. Y sufría aún más.

La casa de Liudmila se volvió fría, vacía, como si hubieran caído unas terribles bombas invisibles, todo se hubiera desmoronado y el calor se hubiera dispersado entre las ruinas.

Aquel día había pensado mucho en su marido. Su relación se había deteriorado. Víktor estaba enfadado con ella; se había vuelto frío y ella constataba con tristeza que le era indiferente. Le conocía demasiado bien. Visto desde fuera todo parecía romántico y exaltado. Aunque, a decir verdad, ella nunca había visto nada poético y exaltado en los demás. En cambio Maria Ivánovna veía a Víktor Pávlovich como a un hombre sabio, abnegado, una criatura noble. Masha amaba la música, incluso palidecía cuando oía el piano, y Víktor Pávlovich lo tocaba siempre que ella se lo pedía. Evidentemente, Masha necesitaba un objeto de veneración. Se había creado una imagen exaltada, un Víktor que no existía. Si Masha observara a Víktor día tras día, no tardaría en desilusionarse. Liudmila Nikoláyevna sabía que sólo el egoísmo movía a Víktor y que él no amaba a nadie. Incluso ahora, cuando pensaba en el enfrentamiento con Shishakov, llena de angustia y de temor por el marido, sentía al mismo tiempo la irritación de siempre: ahí estaba él, dispuesto a sacrificar la ciencia y la tranquilidad de los suyos por el puro placer egoísta de hacerse el gallito, de salir en defensa de los débiles.

Ayer, por ejemplo, preocupado por Nadia, había dejado a un lado su egoísmo. ¿Habría sabido olvidarse de sus graves ocupaciones y preocuparse del mismo modo por Tolia? Ayer ella se había equivocado. Nadia no había sido completamente franca con ella. ¿Cómo podía saber si se trataba de un capricho infantil, pasajero, o de su destino?

Nadia le había confiado en qué círculo de amigos había conocido a Lómov. Le había hablado con detalle de esos jóvenes que leían poesía de otra época, de sus discusiones sobre arte antiguo y arte moderno, de su actitud burlona y despreciativa hacia cosas que, según Liudmila Nikoláyevna, no merecían ni la burla ni el desprecio.

Nadia había respondido de buena gana a las preguntas de Liudmila y parecía estar diciendo la verdad: «No, no bebemos, sólo una vez, cuando un chico partía para el frente»; «De vez en cuando se habla de política. No en el mismo lenguaje que en los periódicos…, pero muy raras veces, una o dos como mucho».

Pero en cuanto Liudmila Nikoláyevna le preguntaba sobre Lómov, Nadia se acaloraba: «No, no escribe poesías»; «¿Cómo quieres que sepa quiénes son sus padres? Claro que no les he visto nunca. ¿Qué hay de extraño? Tampoco él tiene ni idea de qué hace papá; lo más seguro es que se piense que trabaja en una tienda de comestibles».

¿Era el destino de Nadia lo que estaba en juego o acabaría todo dentro de un mes sin dejar huella?

Mientras preparaba la comida y hacía la colada, pensaba en su madre, en Vera, en Zhenia, en Seriozha. Llamó por teléfono a Maria Ivánovna, pero no respondió nadie. Telefoneó a los Postóyev, pero la mujer de la limpieza le dijo que la señora había salido a hacer unas compras. Marcó el número del administrador para que avisara al fontanero —había que reparar un grifo—, pero le respondieron que el fontanero aquel día no había ido a trabajar.

Se sentó a escribir una larga carta a su madre. Quería transmitirle la tristeza que sentía por no haber conseguido que Aleksandra Vladímirovna se sintiera como en casa, cuánto lamentaba que hubiera decidido quedarse sola en Kazán. Los parientes de Liudmila no iban de visita a su casa desde antes de la guerra, y mucho menos se quedaban a dormir. Tampoco ahora sus familiares más cercanos venían a verla a su gran apartamento de Moscú. Liudmila no escribió la carta, sólo emborronó cuatro hojas de papel.

A última hora de la tarde, Víktor Pávlovich llamó para avisar de que se retrasaría; los técnicos de la fábrica militar a los que había convocado llegarían esa tarde.

—¿Alguna noticia? —preguntó Liudmila Nikoláyevna.

—¿En qué sentido? —dijo él—. No, ninguna novedad.

Por la noche Liudmila Nikoláyevna volvió a leer la carta de su madre; se acercó a la ventana.

La luna brillaba y la calle estaba desierta. Vio de nuevo a Nadia cogida del brazo de su militar; caminaban por la calzada, en dirección a casa. Luego Nadia echó a correr y el joven con capote militar se quedó parado en mitad de la calle desierta, mirándola fijamente. Y era como si Liudmila Nikoláyevna uniera en su corazón cosas incompatibles entre sí: su amor por Víktor Pávlovich, su intranquilidad por él, su rabia contra él; Tolia, que había muerto sin besar los labios de una chica; el teniente plantado en medio de la calle; Vera, que subía feliz las escaleras de su Casa de Stalingrado; Aleksandra Vladímirovna que ya no tenía vivienda… La sensación de vida, única felicidad del hombre y también su tremendo dolor, colmó de repente su alma.

57

En la entrada del instituto Shtrum se encontró con Shishakov que bajaba de su coche.

Shishakov se levanto el sombrero para saludarle sin mostrar el menor deseo de pararse a hablar con él.

«Mal asunto», pensó Shtrum.

Durante la comida, el profesor Svechín, que se sentaba a la mesa de al lado, evitó su mirada y no le dirigió la palabra. Mientras salían de la cantina, el gordo Gurévich le habló con una cordialidad particular y le apretó durante un largo rato la mano; pero cuando la puerta de la sala de recepción de la dirección se entreabrió, Gurévich se despidió precipitadamente y se marchó a toda prisa por el pasillo.

En el laboratorio, Márkov, que estaba hablando con Shtrum sobre los aparatos que había que instalar para fotografiar partículas nucleares, levantó de repente la cabeza de sus notas y dijo:

—Víktor Pávlovich, me han contado que fue usted el tema de conversación durante una fuerte discusión en el buró del comité del Partido. Kovchenko le hizo una jugarreta al declarar: «Shtrum no quiere trabajar en nuestro colectivo».

—Bueno —dijo Shtrum—. Así es —y sintió un tic nervioso en un párpado.

Mientras hablaba con Márkov sobre las fotografías nucleares, Shtrum tuvo la sensación de que ya no era el quien dirigía el laboratorio sino Márkov, que había tomado el relevo. Márkov le hablaba con la voz tranquila del que se sabe señor, y Nozdrín se le había acercado dos veces para consultarle acerca del montaje de los aparatos.

Luego, de improviso, Márkov adoptó una expresión lastimera y suplicante, y le susurró:

—Víktor Pávlovich, por favor, no mencione mi nombre en caso de que hable sobre esa reunión del comité del Partido. De lo contrario, tendré problemas por haber revelado un secreto del Partido.

—Faltaría más —respondió Shtrum.

—Todo se arreglará —le consoló.

—No lo creo —dijo Shtrum—; se las arreglarán igual de bien sin mí. ¡Los equívocos alrededor del operador psi son puro delirio!

—Creo que comete un error —dijo Márkov—. Ayer hablaba con Kochkúrov, ya le conoce, es un tipo con los pies en el suelo, y me decía: «En la obra de Shtrum las matemáticas prevalecen sobre la física pero, curiosamente, me ilumina, ni yo mismo entiendo por qué».

Shtrum entendía a qué se refería: el joven Kochkúrov era un entusiasta de las investigaciones sobre la interacción de los neutrones lentos con los núcleos de los átomos pesados y afirmaba que esos estudios abrían perspectivas de tipo práctico.

—La gente como Kochkúrov no decide nada —replicó Shtrum—. Los que tienen poder de decisión son los Badin, y Badin considera que yo debo arrepentirme de arrastrar a los físicos a una abstracción talmúdica.

Era evidente que todo el laboratorio estaba al corriente del conflicto entre Shtrum y la dirección, y de la sesión que se había celebrado el día anterior en el comité del Partido. Anna Stepánovna miraba a Shtrum con expresión de sufrimiento. Víktor Pávlovich tenía ganas de hablar con Sokolov, pero éste se había marchado a la Academia por la mañana, y después telefoneó para decir que se quedaría allí hasta tarde y que probablemente ya no pasaría por el instituto.

Savostiánov estaba de un humor excelente y no dejaba de bromear ni un instante.

—Víktor Pávlovich —dijo—. Tiene ante usted al respetable Gurévich, un científico brillante y notable. —Y mientras decía esto se pasaba la mano por la cabeza y el vientre para indicar su calvicie y su barriga.

Por la noche, cuando volvía a casa por la calle Kaluga, Shtrum se encontró de improviso con Maria Ivánovna.

Fue ella quien le vio primero y lo llamó. Llevaba un abrigo que Víktor Pávlovich nunca antes le había visto y no la reconoció de inmediato.

—Increíble —dijo Víktor—. ¿Qué está haciendo en la calle Kaluga?

Maria se quedó callada unos instantes, mirándole. Después movió la cabeza y le dijo:

—No es casualidad; quería verle, por eso he venido a la calle Kaluga.

Víktor se quedó desconcertado. Por un momento pensó que su corazón había dejado de latir. Pensaba que ella quería decirle algo terrible, prevenirle de algún peligro.

—Víktor Pávlovich —dijo—. Quería hablar con usted. Piotr Lavréntievich me lo ha contado todo.

—Ah, se refiere a mis clamorosos éxitos —dijo Shtrum.

Caminaban el uno al lado del otro como dos extraños.

Shtrum se sintió cohibido por el silencio de Maria Ivánovna. Mirándola de reojo, dijo:

—Liudmila está muy enfadada conmigo. Supongo que usted también.

—No, no estoy enfadada —respondió—. Sé qué le ha impulsado a actuar así.

La miró fugazmente.

—Usted estaba pensando en su madre —le dijo.

Él asintió.

—Piotr Lavréntievich no quería decírselo… Le han explicado que la dirección y la organización del Partido están disgustados con usted y ha oído decir a Badin: «No es sólo un caso de histeria. Es histeria política, histeria antisoviética».

—Ah, así que ése es mi problema —dijo Shtrum—. Ya me parecía a mí que Piotr Lavréntievich no quería contarme lo que sabía.

—Es cierto, no quería. Y me duele.

—¿Tiene miedo?

—Sí. Además considera que en general usted está equivocado. —Luego añadió en voz baja—: Piotr Lavréntievich es un buen hombre, ha sufrido mucho.

—Sí, sí —dijo Shtrum—. También a mí me duele eso: un hombre brillante, un investigador valiente; pero qué alma tan cobarde.

—Ha sufrido mucho —repitió Maria Ivánovna.

—En cualquier caso —replicó Shtrum—, esperaba que fuera su marido y no usted quien me hablara de esto.

La cogió del brazo.

—Escuche, Maria Ivánovna, dígame: ¿cómo está Madiárov? No logro comprender qué ha pasado.

Ahora el recuerdo de las conversaciones de Kazán le mantenía en tensión permanente; a menudo le venían a la cabeza frases sueltas, palabras, el aviso siniestro de Karímov, las sospechas de Madiárov. Tenía la impresión de que las nubes que se cernían sobre su cabeza en Moscú acabarían relacionándose con sus conversaciones en Kazán.

—Yo tampoco me lo explico —dijo Maria Ivánovna—. La carta certificada que enviamos a Leonid Serguéyevich fue devuelta a Moscú. ¿Ha cambiado de dirección? ¿Se ha marchado? ¿Ha ocurrido lo peor?

—Sí, sí, sí —musitó Shtrum, desamparado.

Era obvio que Maria Ivánovna estaba segura de que Sokolov le había explicado a Víktor lo de la carta devuelta. Pero él no sabía nada. Sokolov no había hecho ningún comentario acerca del asunto. Su pregunta se refería a la discusión entre Madiárov y Piotr Lavréntievich.

—Venga, vemos a Neskuchni —dijo.

—Pero ¿no vamos en la dirección equivocada?

—Hay una entrada por la calle Kaluga —le explicó.

Deseaba preguntarle con detalle acerca de Madiárov sobre sus sospechas con respecto a Karímov, y sobre las sospechas de Karímov respecto a Madiárov. Nadie los molestaría en el jardín desierto.

Maria Ivánovna comprendería enseguida la importancia de esta conversación. Víktor sentía que podía hablarle con libertad y confianza de todo lo que le inquietaba, y que ella sería sincera.

El día antes había comenzado el deshielo. En las pendientes de las pequeñas colinas del jardín Neskuchni, bajo la nieve derretida, asomaban las hojas podridas y húmedas, mientras que en los pequeños barrancos la nieve resistía. Un cielo desapacible y nebuloso se extendía sobre sus cabezas.

—Qué tarde tan maravillosa —dijo Shtrum, aspirando una bocanada de aire frío y húmedo.

—Sí, se está bien; no hay ni un alma, como si no estuviéramos en la ciudad.

Caminaban por caminos llenos de barro. Cuando se encontraban con un charco, Shtrum le ofrecía su mano a Maria Ivánovna y la ayudaba a saltar.

Permanecieron en silencio durante un largo rato. Víktor no tenía ganas de hablar de la guerra, ni tampoco de los asuntos del instituto, de Madiárov, de sus recelos, de sus presentimientos y sospechas. Le bastaba con caminar en silencio al lado de aquella mujer pequeña de paso a un tiempo ligero y torpe, continuar sintiendo aquella sensación de irreflexiva ligereza que le había invadido sin motivo.

Ella tampoco decía nada. Andaba con la cabeza baja.

Salieron al muelle. El río estaba cubierto por una capa de hielo oscuro.

—Se está bien aquí —repitió Shtrum.

—Sí, muy bien —respondió ella.

El camino asfaltado que bordeaba el río estaba seco y lo recorrieron a pasos rápidos, como dos viajeros que han emprendido un largo viaje.

Salieron a su encuentro un herido de guerra, un teniente, y una joven de baja estatura, ancha de hombros, enfundada en un traje de esquí. Ambos caminaban abrazados y de vez en cuando se besaban. Al llegar a la altura de Shtrum y Maria Ivánovna se besaron de nuevo, miraron alrededor y se pusieron a reír.

«Tal vez Nadia haya paseado por aquí con su teniente», pensó Shtrum.

Maria Ivánovna miró a la pareja y dijo:

—¡Qué triste! —y añadió, sonriendo—: Liudmila Nikoláyevna me ha contado lo de Nadia.

—Sí, sí —asintió Shtrum—. Es increíblemente extraño.

Luego añadió:

—He decidido llamar al director del Instituto de Electromecánica para ofrecerle mis servicios. Si no me acepta, me iré a cualquier parte, a Novosibirsk o Krasnoyarsk.

—¿Qué otra opción hay, si no? —dijo ella—. Parece que es lo mejor que puede hacer. No pudo actuar de otra manera.

—Qué triste es todo —exclamó él.

Deseaba contarle que sentía con una fuerza particular el amor por su trabajo, por el laboratorio, que experimentaba felicidad y tristeza cuando miraba la instalación donde pronto se efectuarían los primeros análisis; tenía la impresión de que iría por la noche al instituto para mirar por la ventana. Luego pensó que Maria Ivánovna podría interpretar sus palabras como una pose y decidió no decir nada.

Se acercaron a la exposición de trofeos de guerra. Aminoraron el paso y contemplaron los tanques alemanes pintados de gris, los cañones, los morteros, el avión con la esvástica en las alas.

—Incluso así, mudos e inmóviles, da miedo mirarlos —dijo Maria Ivánovna.

—No es nada —dijo Shtrum—. Hay que consolarse pensando que en la próxima guerra todo esto parecerá tan inocente como mosquetes o alabardas.

Cuando se acercaban a las verjas del parque, Víktor Pávlovich dijo:

—Nuestro paseo ha terminado. Qué lástima que el jardín sea tan pequeño. ¿Está cansada?

—No, no —respondió—. Estoy acostumbrada, camino mucho.

Tal vez no había comprendido las palabras de Shtrum, o simulaba que no las había comprendido.

—¿Sabe? —dijo Víktor—, por alguna extraña razón nuestros encuentros siempre dependen de sus citas con Liudmila y de las mías con Piotr Lavréntievich.

—Es cierto —reconoció Maria—, ¿cómo iba a ser de otra manera?

Salieron del parque y fueron engullidos por el ruido de la ciudad, que destruyó el encanto del paseo silencioso.

Llegaron a una plaza situada a escasa distancia del lugar donde se habían encontrado.

Mirándole de abajo arriba, como una niña a un adulto, Maria dijo:

—Probablemente ahora sienta de manera particular el amor por su trabajo, el laboratorio, sus aparatos. Pero no hubiera podido actuar de otro modo. Otro habría podido pero usted no. Le he contado cosas desagradables, pero creo que siempre es mejor conocer la verdad.

—Gracias, Maria Ivánovna —dijo Shtrum, apretándole la mano—. Gracias, y no sólo por eso.

Shtrum tuvo la sensación de que los dedos de la mujer temblaban en su mano.

—Es extraño —exclamó ella—, nos despedimos casi en el mismo lugar donde nos hemos encontrado.

—No sin motivo los antiguos decían que en el fin se encuentra el inicio.

Maria Ivánovna arrugó la frente mientras pensaba en aquellas palabras. Luego rió y dijo:

—No lo entiendo.

Shtrum la siguió con la mirada: era una mujer pequeña, delgada, de esas que los hombres, al encontrárselas por la calle, nunca se giran a mirarlas.

58

Muy pocas veces había estado Darenski tan aburrido y deprimido como durante esas semanas en la estepa calmuca. Había enviado un telegrama al cuartel general del frente para informar de que había concluido su misión y que su presencia en el extremo del flanco izquierdo, donde reinaba la calma total, ya no era necesaria. Pero los superiores, con una obstinación que le resultaba incomprensible, no le llamaban.

Las horas pasaban más rápido cuando trabajaba, pero el tiempo de descanso se hacía durísimo.

Alrededor sólo había arena árida, seca, rugosa. Naturalmente la vida también estaba allí: los lagartos y las tortugas hacían susurrar la arena, dejando con su cola huellas sobre las dunas; por doquier crecían desparramadas plantas espinosas del color de la arena; los halcones giraban en el cielo en busca de carroña y desechos, y las arañas corrían sobre sus largas patas.

La miseria de aquella naturaleza severa, la monotonía fría del desierto en un noviembre sin nieve parecían haber vaciado a las personas, tanto su vida como sus pensamientos, que eran planos, uniformes, angustiosos.

Poco a poco Darenski había sucumbido a aquella monotonía melancólica del desierto. Siempre se había mostrado indiferente a la comida, pero allí no hacía más que pensar en ella. Las eternas comidas compuestas por un primer plato de sopa ácida a base de cebada perlada y de tomate, y un segundo plato de gachas de cebada perlada se habían convertido en la pesadilla de su vida. Sentado en la penumbra del cobertizo, detrás de una mesa de tablas salpicadas de charcos de sopa, sentía una congoja inconmensurable mientras observaba a los hombres que hacían tintinear la cuchara en las escudillas de hojalata; se apoderaba de él un violento deseo de salir del comedor para no escuchar el golpe de las cucharas, para no respirar aquel olor nauseabundo. Pero, en cuanto salía al aire libre, volvía a pensar obsesivamente en el comedor y contaba las horas que faltaban para la próxima comida.

Por la noche hacía frío en las casuchas, y Darenski dormía mal. La espalda, las orejas, los pies, los dedos de la mano se le entumecían, las mejillas se le congelaban. Dormía sin quitarse la ropa, se enrollaba los pies con dos trozos de tela y una toalla alrededor de la cabeza.

Al principio le sorprendió que los hombres con los que trabajaba allí parecieran indiferentes a la guerra y, en cambio, tuvieran la cabeza llena de historias de comida, tabaco y coladas. Pero muy pronto, también él, cuando hablaba con los comandantes de las divisiones y las baterías sobre la preparación de las armas para el invierno, sobre el aceite almacenado y el abastecimiento de municiones, descubría que su cabeza estaba llena de esperanzas y amarguras relacionadas con las cuestiones más prosaicas.

El Estado Mayor del frente parecía inalcanzable, lejano y sus sueños eran más modestos: pasar un solo día en el Estado Mayor del ejército, cerca de Elista. Pero cuando soñaba con aquel viaje no se imaginaba un encuentro con la hermosa Alla Serguéyevna, de ojos azules, sino que pensaba en un baño, ropa interior limpia, sopa de fideos blancos.

Incluso la noche que había pasado junto a Bova le parecía agradable. No se estaba tan mal en el cuchitril de Bova. Y su conversación no se había reducido a la colada y la comida.

Lo que más le atormentaba eran los piojos.

Durante mucho tiempo no logró comprender por qué había comenzado a rascarse con tanta frecuencia y no advertía las sonrisas de complicidad de sus interlocutores cuando, durante una reunión de trabajo, se rascaba con furia la axila o un muslo. Cada día se rascaba con más ardor. La quemazón y el prurito por debajo de las clavículas y en las axilas se había vuelto ya familiar. Creía que le había salido un eccema y lo justificaba pensando que la piel seca se le irritaba por el polvo y la arena. A veces el prurito se volvía tan atroz que le obligaba a pararse mientras caminaba por la calle para rascarse una pierna, el vientre, el cóccix.

El picor era particularmente intenso por la noche. Se despertaba y se rascaba durante largo rato la piel del pecho, con saña. Una vez, acostado boca arriba, levantó las piernas en el aire y entre lamentos se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Había notado que el eccema se acentuaba con el calor. Bajo la manta el cuerpo le picaba con un ardor insoportable. Cuando salía al aire frío de la noche, el picor se calmaba. Había pensado en acercarse al batallón sanitario y pedir una pomada para el eccema.

Una mañana, al arreglarse el cuello de la camisa, descubrió a lo largo de la costura una nutrida fila de robustos piojos con aire soñoliento. Había muchos. Darenski, aterrorizado y avergonzado a un tiempo, miró al capitán que dormía a su lado. Éste ya se había despertado y, sentado en el catre, con expresión rapaz, se entregaba a la caza de los piojos que había descubierto en sus calzoncillos. Los labios del capitán se movían en silencio: evidentemente llevaba la cuenta de las bajas producidas en la batalla.

Darenski se quitó la camisa y se puso manos a la obra.

Era una mañana tranquila, nebulosa. No se oían tiroteos ni ruido de aviones y por eso el chasquido de los piojos que morían bajo la uña del capitán era completamente nítido.

El capitán miró fugazmente a Darenski y farfulló:

—¡Caramba, qué robusta la bestia! Es una hembra reproductora, seguro.

Darenski, sin despegar los ojos del cuello de su camisa, dijo:

—¿Es que no nos dan polvos?

—Sí —dijo el capitán—. Pero para lo que sirven… Habría que bañarse, pero aquí no alcanza el agua ni para beber. En el comedor apenas lavan los platos para ahorrar agua. No hay posibilidad de darse un buen baño.

—¿Y los insecticidas?

—No sirven para nada. Queman los uniformes y el piojo adquiere un color más sano. Bah, cuando estábamos en Penza, en la reserva, ¡aquello sí era vida! Ni siquiera iba al comedor. Me daba de comer la dueña de la casa, una mujer que aún no era vieja, apetitosa. Podía bañarme dos veces por semana y bebía cerveza cada día.

—¿Qué le vamos a hacer? —preguntó Darenski—. Estamos lejos de Penza.

El capitán lo miró con aire serio y le susurró en tono confidencial:

—Hay un buen método, camarada coronel: el rapé. Coges un poco de polvo de ladrillo, lo mezclas con el rapé, y luego espolvoreas tu ropa interior. El piojo comienza a estornudar, se hincha, salta y se rompe la cabeza contra el ladrillo.

Tenía una expresión tan seria que Darenski tardó un momento en comprender que el capitán le estaba gastando una broma.

En pocos días Darenski oyó contar decenas de chistes sobre el mismo tema. El folclore del piojo era rico.

Ahora su cabeza estaba ocupada noche y día por infinidad de problemas: comida, colada, cambio de uniforme, polvos, exterminación de piojos por medio de una botella ardiente, congelamiento de los mismos. Incluso había dejado de pensar en mujeres y le vino a la mente el proverbio que circulaba entre los prisioneros de los campos: «Vivirás y mujer no querrás».

59

Darenski pasó el día en las posiciones de la división de artillería. Durante toda la jornada no había oído ni un disparo, ni un avión se había perfilado en el horizonte.

El comandante de la división, un joven kazajo, le había dicho con una pronunciación nítida, sin el menor rastro de acento:

—El año que viene tengo la intención de cultivar melones; vuelva para probarlos.

El comandante de la división no se encontraba a disgusto por estos lugares: bromeaba dejando al descubierto su dentadura blanca, se desplazaba sobre sus piernas cortas y torcidas adentrándose en la arena y miraba con simpatía a los camellos atados en grupo, cerca de las casuchas cubiertas con trozos de papel alquitranado.

El buen humor del joven kazajo irritaba a Darenski que en su deseo por estar solo, regresó a las posiciones de la primera batería, aunque ya había estado allí ese mismo día.

Salió la luna, increíblemente grande, más negra que roja. A medida que adquiría un tono morado, se alzaba en el negro transparente del cielo y, bajo su luz iracunda, el desierto nocturno, los morteros, los fusiles antitanque y los largos tubos de los cañones cobraban un nuevo aspecto, inquietante y amenazador.

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