Vida y destino
SEGUNDA PARTE » 64
Página 37 de 55
A lo largo de la carretera avanzaba a ritmo lento una caravana de camellos enganchados a unos crujientes carros místicos, cargados de cajas de obuses y heno. Era una escena insólita: los tractores, el camión con la tipografía del periódico del ejército, la torre delgada del radiotransmisor, los largos cuellos de los camellos y su paso ondulante y ligero que creaba la ilusión de un cuerpo sin huesos, hecho de goma.
Los camellos pasaron y dejaron tras de sí en el aire gélido el olor a heno típico del campo. La misma luna enorme, más negra que roja, se encaramaba por el cielo de las llanuras desiertas donde habían combatido las huestes del príncipe Ígor. La misma luna brillaba cuando las hordas persas marchaban hacia Grecia, cuando las legiones romanas irrumpieron en los bosques germánicos, cuando los batallones del primer cónsul vieron caer la noche a los pies de las pirámides.
La mente del hombre, cuando vuelve la vista atrás, filtra siempre con el tamiz de la memoria los grandes acontecimientos del pasado, y elimina los sufrimientos de los soldados, sus angustias, la tristeza. Sólo perdura el recuerdo vacío de cómo estaban organizadas las tropas que se alzaron con la victoria y cómo estaban dispuestas aquellas que sufrieron la derrota, el número de catapultas, balistas, elefantes, cañones, blindados o bombarderos que participaron en la batalla. En la memoria se conserva el recuerdo de cómo el sabio y afortunado caudillo inmovilizó el centro y golpeó el flanco, y de cómo las tropas de reserva emergiendo de detrás de las colinas, decidieron el curso de la contienda. Eso es todo, si nos dejamos en el tintero cómo el afortunado caudillo, de regreso a la patria, fue declarado sospechoso de querer derrocar a su soberano, y pagó la salvación de su patria con la cabeza o, si tuvo suerte, con el exilio.
Pero he aquí el cuadro del antiguo campo de batalla que pinta el artista: una luna enorme y pálida suspendida a poca altura sobre el campo de la gloria; los héroes, con los brazos cubiertos sobre el pecho, yacen sobre el terreno; las cuadrigas destrozadas o los tanques incendiados están esparcidos por el campo de batalla. Y ahí están los vencedores, con ropa de camuflaje y metralleta en bandolera, casco romano rematado con un águila de bronce o con un gorro de piel de granadero.
Darenski, con la cabeza hundida entre los hombros, estaba sentado sobre una caja de obuses y escuchaba el diálogo de dos soldados, acostados bajo sus capotes al lado de sus armas. El comandante de la batería y el instructor político habían ido al cuartel general de la división, y el coronel, representante del Estado Mayor del frente (los soldados se habían informado sobre Darenski), parecía profundamente dormido. Los soldados fumaban con fruición los cigarrillos que habían liado a mano y dejaban escapar volutas de humo.
Saltaba a la vista que eran amigos; les unía aquel sentimiento que siempre distingue a la verdadera amistad, seguros de que cada acontecimiento de la vida de uno, por nimio que fuera, siempre era importante e interesante para el otro.
—¿Y entonces? —preguntó uno fingiendo mofa e indiferencia.
Y el segundo, simulando apatía, respondió:
—¿Es que acaso no lo sabes? Me duelen los pies, no se puede andar con unas botas así.
—Bueno, ¿y entonces?
—Pues aquí me tienes con las mismas botas viejas. No voy a andar con los pies descalzos, ¿no?
—Total, que no te ha dado las botas —replicó el otro, y en su voz ya no había ni rastro de ironía o indiferencia, sino un vivo interés.
Luego la conversación giró en torno a sus hogares.
—¿Qué me escribe mi mujer? ¿Qué quieres que me diga? Falta esto, falta lo otro, si no está enfermo el niño, lo está la niña. Ya sabes cómo son las mujeres.
—La mía, por si fuera poco, me escribe esto: vosotros, en el frente, tenéis vuestra ración, mientras que aquí se puede decir que nos morimos por las restricciones de la guerra.
—¡La inteligencia femenina! —soltó el primer artillero—. Están en la retaguardia y no logran comprender qué ocurre en primera línea. Sólo ven tus raciones.
—Así es —confirmó el segundo—. No ha conseguido queroseno y piensa que no puede suceder nada más trágico en el mundo.
—Claro, es más duro esperar en la cola para comprar queroseno que rechazar los tanques alemanes en el desierto con botellas vacías.
Hablaban de tanques, aunque los dos sabían muy bien que no se habían producido ataques de carros blindados por allí cerca.
Interrumpiendo la eterna discusión de quién se lleva la peor parte en la vida, si el hombre o la mujer, uno de ellos dijo con voz vacilante:
—La mía está enferma, tiene una lesión en la columna vertebral y si levanta algo pesado tiene que pasar una semana en cama.
Una vez más la conversación parecía tomar un rumbo totalmente diferente y se pusieron a hablar del desierto, de aquel lugar maldito sin agua.
El que estaba más cerca de Darenski dijo:
—No hay malicia en lo que escribe, es que no lo entiende.
Y el otro, para retirar las duras palabras que había dicho contra las mujeres de los soldados, pero al mismo tiempo para confirmarlo:
—Claro. Sólo lo ha hecho por estupidez.
Después de fumar un rato en silencio, se pusieron a valorar los pros y los contras de las maquinillas de afeitar y los machetes, hablaron de la nueva chaqueta del comandante de batería y de que, por dura que fuera la vida, uno siempre tiene ganas de vivir.
—Sabes, cuando iba a la escuela vi un cuadro que se parecía a esta noche: una luna sobre la llanura y cuerpos de guerreros muertos en batalla.
—¿Dónde ves el parecido? —se rió el otro—. Aquéllos eran héroes mientras que nosotros no somos más que gorriones.
60
A la derecha de Darenski retumbó una explosión que rompió el silencio. «Ciento tres milímetros», valoró el ojo experto. El cerebro generó automáticamente los pensamientos asociados con aquella situación: «¿Un tiro casual? ¿Un tiro esporádico? ¿Un tiro de ajustamiento? Espero que no nos hayan cercado. ¿Y si se trata de un ataque a gran escala? ¿Están preparando el terreno para un ataque de blindados?».
Todos los soldados acostumbrados a la guerra se hacían las mismas preguntas que Darenski.
Un soldado experimentado sabe distinguir al instante entre cientos de ruidos el que anuncia un peligro genuino. Sea lo que sea lo que esté haciendo —comer, limpiar el rifle, escribir una carta, rascarse la nariz, leer el periódico, o incluso si está inmerso en aquella ausencia de pensamiento total que a veces te asalta en los momentos de libertad—, de pronto levanta la cabeza y aguza el oído, atento y perspicaz.
La respuesta no se hizo esperar. Retumbaron algunas detonaciones a la derecha, luego a la izquierda, mientras todo en derredor crepitaba, humeaba, temblaba. Se trataba de un ataque en toda regla.
A través de las nubes de humo, polvo y arena se entreveía el fuego de las explosiones. Por todas partes los hombres buscaban un sitio donde guarecerse, caían al suelo.
Un aullido lacerante desgarró el desierto. Granadas de mortero explotaron cerca de los camellos mientras los animales, derribando los carros, corrían encabritados arrastrando pedazos de arneses.
Darenski, sin prestar atención a las explosiones de los obuses, se irguió y contempló aquel espectáculo dantesco.
Un pensamiento de una lucidez absoluta le atravesó la mente: estaba asistiendo a los últimos días de su patria. Se apoderó de él un sentimiento de fatalidad. Los gritos terribles de los camellos enloquecidos, aquellas voces de rusos llenas de espanto, los hombres corriendo hacia los refugios… ¡Rusia estaba perdida! Perecía allí, atrapada entre las dunas heladas de las inmediaciones de Asia, moribunda bajo una luna hosca e indiferente, y la lengua rusa que amaba con tanta ternura se mezclaba con los gritos aterradores y de desesperación de los camellos mutilados por las bombas.
En aquel instante amargo no sentía ni cólera ni odio, sino un sentimiento de fraternidad hacia todo lo que en este mundo era pobre y débil. Por alguna razón, emergió de su memoria la cara del viejo calmuco que se había encontrado en la estepa hacía poco y le pareció próximo, familiar.
«Muy bien, estamos en manos del destino», pensó, y comprendió que prefería morir antes que ver a Rusia derrotada.
Miró a los soldados apostados en las trincheras, asumió una actitud solemne, dispuesto a tomar el mando de aquella batería desconsolada, y grito:
—Eh, telefonista. ¡Rápido! Venga aquí ahora mismo.
De repente el estruendo de las explosiones se interrumpió.
Aquella misma noche, siguiendo órdenes de Stalin, los comandantes de los tres frentes, Vatutin, Rokossovski y Yeremenko, lanzaron la ofensiva que, en las cien horas sucesivas, decidiría el desenlace de la batalla por Stalingrado, la suerte de los trescientos mil hombres del ejército de Paulus; la ofensiva que iba a constituir un hito decisivo en el curso de la guerra.
Un telegrama esperaba a Darenski en el Estado Mayor: debía incorporarse al cuerpo de blindados del coronel Nóvikov y mantener informado al Estado Mayor General de las operaciones llevadas a cabo por dicho cuerpo.
61
Poco después del aniversario de la Revolución de Octubre, la aviación alemana efectuó una masiva incursión sobre la central eléctrica. Dieciocho bombarderos alemanes lanzaron su carga sobre la central.
Las nubes de humo cubrían las ruinas y la fuerza destructora de la aviación alemana logró suspender por completo la actividad de la central.
Después de aquel ataque las manos de Spiridónov comenzaron a temblar de un modo convulsivo, hasta tal punto que cuando se llevaba la taza a la boca derramaba el té por todas partes y a veces se veía obligado a posarla sobre la mesa porque no era capaz de sostenerla. Los dedos sólo dejaban de temblarle cuando bebía vodka.
La dirección comenzó a evacuar a los obreros, que cruzaban el Volga y se adentraban en la estepa, hacia Ájtuba y Leninsk.
Los dirigentes de la central pidieron permiso a Moscú para abandonar la central, dado que su permanencia en la línea de frente, entre las ruinas de la fábrica, no tenía sentido. Moscú demoraba su respuesta y Spiridónov tenía los nervios de punta. Nikoláyev, el responsable del Partido, había sido llamado por el Comité Central poco después de la incursión y había marchado a Moscú en un Douglas.
Spiridónov y Kamishov vagaban entre las ruinas y se convencían mutuamente de que no tenían nada que hacer allí, que debían marcharse cuanto antes. Pero Moscú continuaba sin dar señales.
Spiridónov estaba especialmente preocupado porque no tenía noticias de su hija. Después de ser transferida a la orilla izquierda del Volga, Vera se había encontrado indispuesta y no había podido proseguir su viaje hacia Leninsk. Era imposible que, estando en la última etapa de embarazo, hubiera recorrido casi cien kilómetros a lo largo de una carretera desfondada, en la parte trasera de un camión que se tambaleaba y retumbaba entre montañas de barro helado duras como piedras.
Algunos obreros que conocía la habían acompañado a una barcaza inmovilizada por el hielo cerca de la orilla, que había sido transformada en refugio.
Poco después del segundo bombardeo, Vera hizo llegar a su padre, mediante un mecánico de lanchas, una nota donde le informaba de que no se preocupara, que le habían encontrado un rincón confortable en una bodega, detrás de un tabique. Entre los refugiados de la gabarra había una enfermera de la clínica de Beketovka y una vieja comadrona; en caso de que surgiera alguna complicación podrían llamar a un médico del hospital de campaña instalado a cuatro kilómetros de allí. Tenían agua caliente, una estufa y el obkom les suministraba comida que compartían entre todos.
Aunque Vera pedía a su padre que estuviera tranquilo, cada una de sus palabras le llenó de inquietud. Lo único que le confortaba era que Vera decía que durante los combates la barcaza no había sido bombardeada ni una vez. Si hubiera podido cruzar a la orilla izquierda, habría conseguido un coche o una ambulancia para llevar a su hija a Ájtuba.
Pero Moscú no se pronunciaba; seguía sin autorizar la partida del director e ingeniero jefe, aunque la central en ruinas no necesitaba más que una pequeña guardia armada. Los obreros y el personal técnico no tenían ganas de deambular por la central con los brazos cruzados, y tan pronto como Spiridónov les daba autorización, cruzaban a la orilla oriental del Volga.
Sólo el viejo Andréyev se negó a aceptar el permiso oficial con el sello redondo del director. Cuando Stepán Fiódorovich propuso a Andréyev partir para Leninsk, donde se hallaban su nuera y su nieto, el viejo le respondió:
—No, yo me quedo aquí.
Le parecía que permaneciendo en la orilla de Stalingrado mantenía un lazo con su vida pasada. Quizá dentro de poco podría alcanzar la fábrica de tractores; se abriría paso entre las casas quemadas o destruidas y llegaría al jardín plantado por su mujer, lo arreglaría de nuevo y enderezaría los árboles jóvenes, comprobaría si las cosas enterradas continuaban en su lugar y luego se sentaría en la piedra al lado de la empalizada derribada.
—Mira, Várvara. La máquina de coser está en su lugar, ni siquiera se ha oxidado; pero el manzano de al lado de la empalizada es irrecuperable, un fragmento de obús lo segó por la mitad. En el sótano, las berzas agrias del tonel tienen una pequeña capa de moho. Eso es todo.
Stepán Fiódorovich deseaba confiarse a Krímov, pero desde el aniversario de la Revolución no se le había vuelto a ver por la central.
Spiridónov y Kamishov decidieron esperar hasta el 17 de noviembre y luego marcharse. En la central no había nada que hacer, pero los alemanes continuaban bombardeándola sin tregua, y Kamishov, especialmente nervioso después de las incursiones masivas, dijo a Spiridónov:
—Stepán Fiódorovich, si siguen bombardeándonos es que tienen un servicio de inteligencia poco eficaz. La aviación puede volver a atacar de un momento a otro. Ya sabe, los alemanes, como los toros, se afanan en golpear contra el vado.
El 18 de noviembre, sin haber obtenido la autorización de Moscú, Stepán Fiódorovich se despidió de los guardias, abrazó a Andréyev, contempló por última vez las ruinas de la central y partió.
Durante la batalla de Stalingrado había trabajado duro, con honestidad, sin escatimar esfuerzos. Y su trabajo había sido más duro y era más digno de respeto por el hecho de que Spiridónov tenía miedo a la guerra, no estaba acostumbrado a vivir en condiciones similares y le aterrorizaba constantemente la amenaza de las incursiones aéreas; durante los bombardeos se le helaba la sangre, pero continuaba trabajando.
Ahora se iba con una maleta en la mano y un hatillo a la espalda y se volvía a mirar, saludaba con la mano a Andréyev de pie delante del pórtico destruido, se volvía hacia el edificio con los cristales rotos, los muros siniestros de la sala de turbinas, observaba el humo que se levantaba de los aislantes de aceite. Abandonaba la central de Stalingrado cuando ya no era útil, se iba veinticuatro horas antes del principio de la ofensiva de las tropas soviéticas.
Pero aquellas veinticuatro horas que no había esperado borraron, a los ojos de muchas personas, todo su trabajo duro y honesto. Dispuestos a declararle un héroe, después le tildaron de cobarde y desertor.
Conservaría durante mucho tiempo el recuerdo atormentador del momento de su partida, volviéndose, agitando la mano, mientras un viejo solitario de pie ante el pórtico de la central le miraba.
62
Vera dio a luz a un niño.
Estaba acostada sobre un catre de tablones ásperos en la bodega de la barcaza. Para que estuviera caliente las mujeres la habían enterrado bajo trapos, y a su lado yacía el bebé envuelto en una pequeña sábana. Cuando alguien entraba y apartaba la cortina, Vera veía a la gente, hombres y mujeres, entre los trapos que colgaban de las literas de arriba, oía los gritos de los niños, el alboroto continuo, el zumbido incesante de voces.
La niebla llenaba su cabeza; la niebla había invadido el aire lleno de humo.
En la bodega faltaba el aire y al mismo tiempo hacía mucho frío, tanto que en los tabiques de madera se formaba escarcha. De noche la gente dormía sin quitarse las botas de fieltro ni los chaquetones. Las mujeres se pasaban todo el día arropándose con pañuelos y trozos de mantas y se soplaban los dedos helados.
La luz apenas se filtraba a través de una diminuta ventada recortada casi al nivel del hielo, por lo que durante el día la bodega también estaba sumergida en la penumbra. Por la noche se encendían lámparas de petróleo sin cristal de protección y a la gente se le tiznaba la cara de hollín. Cuando desde la escalera se abría la escotilla, en la bodega irrumpían nubes de vapor parecidas al humo de las explosiones.
Las viejas desgreñadas se peinaban sus cabelleras grises y plateadas; los viejos se sentaban en el suelo sosteniendo en las manos jarras de agua caliente, entre cojines de todos los colores, bultos, maletas de madera sobre las que se subían, para jugar, los niños envueltos con pañuelos.
Desde el momento en que había sentido el peso del bebé sobre su pecho, Vera tenía la impresión de que sus pensamientos habían cambiado, que su relación con la gente había cambiado que su cuerpo había cambiado. Pensaba en su amiga Zina Melnikova, en la vieja Serguéyevna que la había cuidado en la primavera, en su madre, en el agujero de su camisa, en el edredón, en Seriozha y en Tolia, en el jabón, en los aviones alemanes, en el refugio de la central eléctrica, en su pelo sin lavar, y todo lo que se le pasaba por la cabeza estaba impregnado del sentimiento hacia su hijo recién nacido, todo tenía sentido o dejaba de tenerlo sólo en relación con él.
Se miraba las manos, las piernas, el pecho, los dedos. Ya no eran las manos que jugaban al voleibol, escribían redacciones y hojeaban los libros. Aquéllas ya no eran las piernas que subían corriendo los escalones del instituto, que daban patadas al agua tibia del río, picadas por las ortigas, las piernas que los viandantes se volvían a mirar por la calle.
Y, pensando en el bebé, pensaba al mismo tiempo en Víktorov.
Los aeródromos estaban situados en la orilla izquierda del Volga; Víktorov debía de estar muy cerca, el Volga ya no les separaba.
Ahora entraría un teniente en la bodega y ella le preguntaría: «¿Conoce usted al teniente Víktorov?». Y el piloto respondería: «Sí». «Dígale que aquí está su hijo, y también su mujer.»
Las mujeres venían a verla y se quedaban detrás de la cortina, movían la cabeza, sonreían, suspiraban; algunas se ponían a llorar y se inclinaban sobre el pequeño. Lloraban por su propia suerte y sonreían al recién nacido, y para entenderlas no eran necesarias las palabras. Las preguntas que le hacían a Vera siempre tenían que ver con el niño: si tenía leche, si tenía los senos inflamados, si le molestaba la humedad.
Tres días después del parto llegó su padre. Ya no se parecía a aquel hombre que había sido el director de la central eléctrica: iba con una pequeña maleta y un hatillo, sin afeitar, el cuello del abrigo subido, la corbata ajustada, las mejillas y la nariz quemadas por el viento gélido.
Y cuando Stepán Fiódorovich se acercó a la cama, Vera vio que su cara temblorosa no se volvía hacia ella en primer lugar, sino hacia el pequeño ser que estaba a su lado.
El padre le dio la espalda y, por el movimiento de sus hombros, Vera comprendió que estaba llorando, porque su mujer nunca vería a su nieto, no se inclinaría sobre él como había hecho su abuelo.
Después, irritado por sus lágrimas, avergonzado —le habían visto decenas de personas—, dijo con la voz ronca por el frío:
—Bueno, así que por tu culpa me he convertido en abuelo.
Se inclinó sobre Vera, la besó en la frente, le acarició el hombro con una mano fría y sucia.
Luego dijo:
—El día del aniversario de la Revolución Krímov vino a la central. No sabía que tu madre había muerto. Me preguntó por Yevguenia.
Un viejo sin afeitar, ataviado con una chaqueta rota que perdía trozos de guata, dijo jadeando:
—Camarada Spiridónov, aquí se entrega la Orden de Kutúzov, de Lenin, la Estrella Roja por matar el mayor número de gente posible. ¡Y cuántos han muerto ya en los dos bandos! Habría que darle una medalla de al menos dos kilos a su hija por haber traído al mundo una nueva vida en este presidio.
Era la primera persona que había hablado de Vera desde el nacimiento del niño.
Stepán Fiódorovich decidió quedarse en la barcaza hasta que Vera recobrara las fuerzas y marcharse con ella a Leninsk. Pasaría por Kúibishev, donde recibiría un nuevo destino. Tras comprobar la pésima situación alimenticia en la bodega y la necesidad imperiosa de sustentar de un modo más decente a su hija y su nieto, Stepán Fiódorovich decidió, después de haber entrado en calor, ir en busca del puesto de mando del obkom del Partido, que se encontraba en alguna parte del bosque, a escasa distancia de allí. Contaba con poder obtener grasa y azúcar a través de sus conocidos.
63
Aquél fue un día duro en la bodega. Las nubes se cernían sobre el Volga. Los niños no salían a jugar, las mujeres no lavaban la ropa en algún agujero del hielo, el viento frío de Astraján soplaba bajo y penetraba a través de las rendijas de las paredes de la bodega, llenándola de crujidos y aullidos.
La gente, entumecida, estaba sentada sin moverse, arropándose con pañuelos, mantas, chaquetas forradas. Incluso las mujeres más charlatanas se habían callado, aguzando el oído al aullido del viento y el crujido de las tablas.
Había comenzado a anochecer y parecía que las tinieblas nacieran de la angustia de las personas, del frío que atormentaba a todos, del hambre, del barro y de los interminables suplicios de la guerra.
Vera, cubierta con la manta hasta la barbilla, sentía en las mejillas las corrientes de aire frío que se filtraban en la bodega con cada ráfaga.
En aquellos momentos le parecía que todo acabaría saliendo mal: su padre no lograría sacarla de allí y la guerra no acabaría nunca; en primavera los alemanes habrían alcanzado los Urales, Siberia; sus aviones continuarían gimiendo en el cielo, sus bombas seguirían cayendo sobre la tierra.
Por primera vez dudaba de que Víktorov estuviera realmente cerca. Había aeródromos en cada sector del frente. Y tal vez ya ni siquiera estuviera en el frente ni en la retaguardia.
Apartó la sábana y miró la carita del bebé. ¿Por qué lloraba? Seguramente debía de haberle transmitido su tristeza, del mismo modo que le pasaba su calor y su leche.
Todos se sentían oprimidos por la crueldad del frío, por la violencia implacable del viento helado, por la inmensidad de la guerra que se extendía por los vastos ríos y llanuras rusos.
¿Cuánto tiempo puede soportar un ser humano una vida llena de hambre y de frío?
La vieja Serguéyevna, que la había ayudado a dar a luz, se le acercó.
—No me gusta el aspecto que tienes hoy. Estabas mejor el primer día.
—No importa —replicó Vera—, papá volverá mañana y traerá comida.
Y aunque Serguéyevna estaba contenta de que la joven madre recibiera azúcar y grasas, soltó con tono rudo:
—Vosotros los de la clase dirigente siempre encontráis la manera de atiborraros. Siempre hay algo para vosotros; pero nosotros lo único que tenemos son patatas heladas.
—¡Silencio! —gritó alguien—. ¡Silencio!
Del otro extremo de la bodega llegó una voz confusa.
De repente, la voz tronó alta y clara, sofocando cualquier otro sonido.
Alguien estaba leyendo a la luz de una lámpara:
«En el curso de las últimas horas… Una ofensiva triunfal de nuestras tropas en la zona de Stalingrado… Hace algunos días, nuestras tropas, desplegadas en las vías de acceso a Stalingrado, atacaron a las fuerzas germano-fascistas… La ofensiva se ha iniciado en dos direcciones: al nordeste y al sur de Stalingrado…»
La gente estaba de pie y lloraba. Un vínculo invisible y milagroso los unía a aquellos muchachos que, protegiéndose el rostro del viento, marchaban en ese mismo momento entre la nieve, y a aquellos que yacían en el blanco manto, cubiertos de sangre, con la mirada oscurecida, despidiéndose de la vida.
Todos lloraban: los ancianos, las mujeres, los obreros y los niños, que con expresión adulta escuchaban atentos la lectura del comunicado.
«Nuestras tropas han recuperado la ciudad de Kalach en la orilla este del Don, la estación Krivomuzguinskaya, la estación y la ciudad de Abgasarovo…», informaba el lector.
Vera lloraba con los demás. Sentía también el lazo existente entre los hombres que avanzaban en la tiniebla nocturna e invernal, se caían, se levantaban y volvían a caer, de nuevo caían para no levantarse más, y las personas desfallecidas de aquella bodega que escuchaban conmovidas el comunicado de la ofensiva.
Aquellos hombres, allá en el frente, iban a morir por ella, por su hijo, por las mujeres de manos agrietadas a causa del agua helada, por los ancianos, por los niños envueltos en los pañuelos desgarrados de sus madres.
Y mientras lloraba imaginó que su marido entraría en la bodega, y las mujeres y los viejos obreros le rodearían y le dirían: «Ha sido niño».
El hombre que leía el comunicado llegó al final: «La ofensiva lanzada por nuestras tropas prosigue».
64
El oficial de guardia del Estado Mayor presentó un informe al comandante del 8.° Ejército del aire sobre las salidas que habían efectuado los escuadrones de caza durante el día.
El general examinó los papeles que tenía delante de él y dijo al oficial:
—Zakabluka no está en racha: ayer le abatieron al comisario, hoy a dos pilotos.
—He llamado al Estado Mayor del regimiento, camarada comandante —dijo el oficial—. Mañana enterrarán al camarada comisario Berman. El representante del Consejo Militar ha prometido coger un avión y venir a pronunciar un discurso.
—A nuestro miembro del Consejo Militar le gustan mucho los discursos —dijo el general con una sonrisa.
—En cuanto a los pilotos, camarada comandante, el teniente Korol fue abatido sobre las líneas defendidas por la 38.ª División. Y el comandante de la patrulla, el teniente Víktorov, fue alcanzado por un Messer que sobrevolaba un aeródromo alemán; no pudo volver a la línea del frente y cayó en una colina en zona neutral. La infantería lo vio y trató de acercarse, pero los alemanes se lo impidieron.
—Bueno, son cosas que pasan —sentenció el general, rascándose la nariz con el lápiz—. Esto es lo que hay que hacer: telefonee al Estado Mayor General y recuérdeles que Zajárov nos prometió un jeep nuevo; de lo contrario dentro de poco no podremos desplazarnos.
El cuerpo del piloto muerto permaneció en la colina cubierta de nieve durante toda la noche; el frío era intenso y las estrellas brillaban luminosas. Al alba la colina se volvió completamente rosada y el piloto yació sobre una colina rosa. Luego arreció el viento y poco a poco, la nieve cubrió su cuerpo.