Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 26

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TERCERA PARTE

1

Unos días antes del inicio de la ofensiva de Stalingrado, Krímov llegó al puesto de mando subterráneo del 64º Ejército. El ayudante de campo del miembro del Consejo Militar Abrámov estaba sentado al escritorio y tomaba una sopa de pollo con una empanada.

Cuando el ayudante de campo dejó la cuchara, lanzando un suspiro que indicaba que la sopa estaba buena, Krímov sintió un deseo tan intenso de llevarse a la boca una empanada de col que se le humedecieron los ojos.

Después de que el ayudante de campo anunciara su llegada, se hizo el silencio al otro lado del tabique. Luego se oyó una voz ronca que Krímov reconoció, pero demasiado apagada para descifrar lo que decía.

El ayudante de campo regresó y le comunicó:

—El miembro del consejo Militar no puede recibirle.

Krímov se quedó desconcertado.

—No he sido yo el que ha pedido verle. Fue el camarada Abrámov quien me mandó llamar.

El ayudante de campo, absorto en la contemplación de su sopa, no respondió.

—¿Es que lo ha anulado? No entiendo nada —dijo Krímov.

Volvió a la superficie y anduvo con paso lento y pesado a lo largo del pequeño barranco en dirección a la orilla del Volga donde se encontraba la sede de la redacción del periódico del ejército.

Caminaba furioso por aquella convocatoria absurda y por el deseo repentino que le había suscitado la empanada del ayudante, y entretanto aguzaba el oído y percibía el fuego de los cañones, desordenado y perezoso, que procedía de Kuporosnaya Balka.

Una chica con gorro y capote militar caminaba en dirección a la sección de operaciones. Krímov le echó una ojeada y pensó: «Vaya preciosidad».

El recuerdo de Zhenia le asaltó y de repente una congoja familiar le oprimió el corazón. Como siempre, se reprendió al instante: «¡Olvídala, olvídala!». Recordó la noche pasada con aquella joven cosaca.

Después pensó en Spiridónov: «Es un buen hombre. Si bien no tiene nada de Spinoza».

Todos estos pensamientos, el perezoso cañoneo, su enfado con Abrámov, el cielo otoñal, le vendrían a la cabeza a menudo con una nitidez dolorosa.

Un oficial del Estado Mayor con los distintivos verdes de capitán en el capote y que le había seguido desde el puesto de mando le llamó.

Krímov le miró perplejo.

—Venga por aquí, por favor —dijo el capitán en voz baja, señalando la puerta de una isba.

Krímov pasó por delante del centinela y cruzó el umbral.

Entraron en una habitación donde había un escritorio y el retrato de Stalin colgado con chinchetas en la pared de madera.

Krímov esperaba que el capitán le dijera de un momento a otro: «Disculpe, camarada comisario de batallón, ¿le importaría llevarle un informe al camarada Toschéyev, en la orilla izquierda?».

En su lugar, el capitán dijo:

—Entrégueme su arma y sus documentos personales.

Krímov balbuceó unas palabras que carecían ya de sentido.

—¿Con qué derecho? Muéstreme sus documentos antes de exigirme los míos.

Luego, cuando se convenció de que, aunque incomprensible y absurdo, lo que le estaba sucediendo era real, pronunció las palabras que en circunstancias semejantes miles de personas habían balbuceado antes que él:

—Es un disparate, no entiendo nada, se trata de un malentendido.

Pero éstas ya no eran las palabras de un hombre libre.

2

—¿Se está haciendo usted el tonto o qué? Responda: ¿quién le reclutó durante el periodo del cerco?

El interrogatorio tenía lugar en la sección especial del frente, en la orilla izquierda del Volga.

El suelo pintado, los tiestos de flores en la ventana, el reloj de péndulo en la pared respiraban una calma provinciana. Las vibraciones de los cristales y el estruendo que llegaba de Stalingrado —al parecer, en la orilla derecha los bombarderos estaban soltando su carga— le resultaban agradablemente familiares.

¡Qué poco se parecía aquel teniente coronel, sentado detrás de una mesa de cocina rústica, al juez instructor de labios pálidos de su imaginación!

Pero fue aquel teniente coronel, con la espalda manchada de la grasa de una estufa sucia, el que se acercó al taburete de madera donde estaba sentado el experto en el movimiento obrero de los países del Oriente colonial. Caminó hacia el hombre que llevaba una estrella de comisario en la manga del uniforme, el hombre al que una mujer dulce y cariñosa había traído al mundo, y le propinó un puñetazo en la cara.

Nikolái Grigórievich se pasó la mano por los labios y por la nariz, se miró la palma y la vio manchada de sangre y saliva. Después intentó mover la mandíbula. Tenía los labios entumecidos y sentía la lengua como una piedra. Echó una ojeada al suelo pintado y recién lavado, y tragó sangre.

Durante la noche el odio hacia el funcionario se apoderó de él. Al principio no había sentido odio ni dolor físico. El puñetazo en la cara era el signo exterior de una catástrofe moral; sólo pudo reaccionar con entumecimiento y estupor.

Krímov, avergonzado, se volvió a mirar al centinela. ¡El soldado había visto cómo golpeaban a un comunista! Pegaban al comunista Krímov, le pegaban delante de uno de esos hombres por los que se había hecho la Gran Revolución, esa revolución en la que Krímov había participado.

El teniente coronel miró el reloj. Era la hora de la cena en el comedor de los jefes de sección.

Mientras Krímov era conducido a través de los copos de nieve sucia que cubrían el patio hacia un rústico edificio construido a base de troncos que hacía las veces de cárcel, el sonido de las bombas que caían sobre Stalingrado se hizo especialmente nítido.

Una vez se hubo recuperado de su estupor, el primer pensamiento que le pasó por la cabeza fue que una bomba alemana podía destruir aquella prisión… Y ese pensamiento le pareció sencillo y aborrecible.

En la sofocante celda de madera le invadieron la rabia y la desesperación; estaba completamente fuera de sí. Él era el hombre que gritaba con voz ronca mientras corría hacia el avión al encuentro de su amigo Gueorgui Dimítrov, el hombre que había portado el féretro de Klara Zetkin y el que hacía un momento, con mirada furtiva, había tratado de averiguar si el funcionario volvería a pegarle.

Era él quien había liberado del cerco a unos hombres que le llamaban «camarada comisario». Pero también era él a quien el artillero koljosiano había mirado con desprecio, él, el comunista golpeado durante el interrogatorio por otro comunista…

No lograba todavía reconocer el colosal significado de las palabras «privación de libertad». Se había convertido en otro, todo en él tenía que cambiar: le privaban de la libertad.

Se le nubló la vista. Iría a ver a Scherbakov al Comité Central, y siempre podría dirigirse a Mólotov; no descansaría hasta que aquel miserable teniente coronel fuera fusilado. ¡Sí, coja el teléfono! Llame a Priajin… Stalin ha oído hablar de mí, conoce mi nombre. El camarada Stalin le había preguntado una vez al camarada Zhdánov: «¿Es éste el Krímov que ha trabajado en el Komintern?».

Nikolái Grigórievich sintió bajo los pies un barrizal: ahora le engulliría una ciénaga sin fondo, oscura, pegajosa como la pez. Se había abatido sobre él algo invencible, algo más potente que la fuerza de las divisiones de panzers alemanes. Le habían privado de la libertad.

«¡Zhenia! ¡Zhenia! ¿Me ves? ¡Zhenia! Mírame, me está pasando una desgracia horrorosa. Estoy completamente solo, abandonado, abandonado también por ti.»

Un degenerado le había golpeado. La mente se le enturbió, los dedos le temblaban hasta el espasmo por el deseo de lanzarse contra aquel hombre de la sección especial.

Jamás había sentido un odio similar, ni hacia la policía del zar, ni hacia los mencheviques, ni siquiera hacia el oficial de las SS que un día le había interrogado.

En el hombre que le pisoteaba Krímov no había reconocido a un extraño, sino a sí mismo, a aquel niño que lloraba de felicidad cuando leía las extraordinarias palabras del Manifiesto comunista: «¡Proletarios del mundo, uníos!». Y aquella proximidad era realmente espantosa…

3

Cayó la noche. A veces el rumor de la batalla de Stalingrado invadía el aire estancado y viciado de la prisión. Tal vez los alemanes, en defensa de su justa causa, golpeaban a Batiuk o Rodímtsev.

De vez en cuando se oía trajín en el pasillo. Se abrían las puertas de la celda común donde estaban los desertores, los traidores a la patria, saqueadores y violadores. A veces alguno pedía ir al retrete y el centinela, antes de abrir la puerta, discutía largo y tendido con el prisionero.

Cuando trasladaron a Krímov desde la orilla de Stalingrado, le colocaron provisionalmente en la celda común. Pero nadie prestó atención al comisario con la estrella roja cosida en la manga; sólo le preguntaron si tenía papel para liar un cigarrillo de majorka, A aquella gente sólo le interesaba comer, fumar, satisfacer las propias necesidades.

¿Quién, quién había urdido todo aquel asunto? Qué sentimiento tan desgarrador: tenía la certeza de su inocencia y al mismo tiempo experimentaba una gélida sensación de culpa irreparable.

El túnel de Rodímtsev, las ruinas de la casa 6/1, los pantanos de Bielorrusia, tú verano en Vorónezh, los pasos de los ríos: todo lo que le daba sensación de felicidad y ligereza había muerto para él.

Deseaba salir a la calle, pasear, levantar la cabeza y mirar el cielo. Ir a por un periódico. Afeitarse. Escribir una carta a su hermano. Beber una taza de té. Devolver un libro que había cogido en préstamo la noche anterior. Quiso mirar la hora en su reloj de pulsera, ir al baño, coger de su maleta un pañuelo de bolsillo. Pero no podía hacer nada. Le habían privado de la libertad.

Pronto sacaron a Krímov de la celda común al pasillo. El comandante había gritado al centinela:

—Pero ¿en qué idioma hablo? ¿Por qué demonios le has metido en la celda común? No te quedes ahí como un pasmarote. ¿Quieres que te envíe a primera línea?

Cuando el comandante se hubo ido, el centinela se quejó a Krímov:

—Siempre pasa lo mismo. La individual está ocupada. Fue él quien me ordenó incomunicar a los destinados a ser fusilados. Si le meto a usted ahí, ¿dónde mando al otro?

Poco después Nikolái Grigórievich vio cómo el pelotón de fusilamiento se llevaba de la celda al condenado a muerte. El cabello rubio del condenado se le pegaba a la nuca, estrecha y hundida. Podía tener tanto veinte años como treinta y cinco.

Krímov fue transferido a la celda de aislamiento que acababa de quedar libre. En la penumbra logró distinguir una escudilla sobre la mesa y reconoció al tacto una miga de pan moldeada en forma de liebre. Lo más probable es que el condenado hubiera acabado de hacerla hacía poco porque el pan todavía estaba blando, sólo las orejas se habían secado.

Todo quedó sumido en el silencio. Krímov, con la boca entreabierta, permanecía sentado en el catre. No lograba dormir. Tenía muchas cosas sobre las que reflexionar, pero su cabeza, aturdida, se negaba a concentrarse; las sienes le palpitaban y el cráneo parecía inundado por una marea baja; todo daba vueltas, se balanceaba, chapoteaba, y no había nada a lo que aferrarse, ningún lugar donde amarrar el hilo del pensamiento.

Por la noche volvió a oír ruidos en el pasillo. Los centinelas llamaban al cabo de guardia. Percibió el retumbo de sus botas. El comandante (Krímov lo reconoció por la voz) gritó:

—Que se vaya al diablo el comisario de batallón. Llevadlo al puesto de guardia. —Después añadió—: Es un caso excepcional, se ocupará el jefe.

La puerta se abrió y un soldado gritó:

—¡Fuera!

Krímov salió. En el pasillo había un hombre con los pies descalzos y en ropa interior. Krímov había visto muchas cosas malas en su vida, pero ninguna tan terrible como aquella cara. Pequeña, de un amarillo sucio, todo en ella lloraba lamentablemente: las arrugas, las mejillas temblorosas, los labios, Todo lloraba excepto los ojos, pero habría sido mejor no ver su expresión atroz.

—Venga, venga —apremió el guardia a Krímov.

En el puesto de guardia el centinela le contó el «caso excepcional».

—Me amenazan con mandarme a primera línea, pero este lugar es mil veces peor. Aquí uno tiene siempre los nervios de punta… Trajeron a un hombre que se había automutilado para fusilarlo; se había disparado en la mano izquierda a través de una hogaza de pan. Lo fusilan, lo entierran y, mira por dónde, resucita por la noche y viene a vernos.

El guardia evitaba dirigirse directamente a Krímov, así no tenía que escoger entre tutearle o tratarle de usted.

—Trabajan de una manera tan chapucera que te crispan los nervios. Al ganado lo sacrifican con más esmero. ¡Es una chapuza total! La tierra está helada, desbrozan un poco la maleza, cubren el cuerpo de cualquier manera y se van. Está claro cómo salió de nuevo a la superficie. ¡Si le hubieran enterrado según las instrucciones nunca habría asomado la cabeza!

Y Krímov, que toda la vida había respondido a las preguntas y aclarado las ideas a la gente, ahora preguntó confuso:

—Pero ¿por qué regresó?

El guardia se rió.

—Y ahora el sargento que lo condujo a la estepa dice que hay que mantenerlo con pan y té hasta que no se formalicen sus documentos, pero el superior de la sección administrativa es duro de pelar y arma un escándalo: «¿Cómo vamos a darle té si ya lo hemos liquidado de la lista?». Para mí, lleva razón. El sargento hace un trabajo chapucero ¿y la sección administrativa tiene que responder por ello?

Krímov preguntó de pronto:

—¿En qué trabajaba usted antes de la guerra?

—Era apicultor en una explotación del Estado.

—Ya veo —dijo Krímov.

En ese momento todo a su alrededor y en su interior se había vuelto oscuro y absurdo.

Al amanecer Krímov fue trasladado de nuevo a la celda individual. La liebre de pan estaba todavía al lado de la escudilla. Pero ahora se había vuelto dura, áspera. De la celda común le llegó una voz engatusadora que pedía:

—Guardia, sé buen tipo, llévame a mear.

Entretanto en la estepa salió un sol rojo oscuro; una remolacha sucia y helada subió al cielo salpicada de terrones y barro.

Poco después metieron a Krímov en la parte trasera de un camión y a su lado se sentó un teniente de escolta con aire simpático a quien el sargento entregó la maleta del prisionero. El camión, rechinando y traqueteando sobre el barro helado de Ájtuba, avanzó hacia el aeródromo de Leninsk.

Aspiró una bocanada de frío húmedo y el corazón se le llenó de esperanza y de luz: tal vez aquel terrible sueño había acabado.

4

Nikolái Grigórievich bajó del coche y miró la estrecha entrada gris de la Lubianka. La cabeza le retumbaba por el rugido de los motores durante aquellas largas horas de avión, por la rápida sucesión de campos arados y no arados de riachuelos, de bosques, por la alternancia de sentimientos de desesperación, seguridad y duda.

La puerta se abrió y penetró en un mundo sofocante de rayos X impregnado de oficialidad y bañado por una luz agresiva. Era un mundo que existía al margen de la guerra, fuera de la guerra y por encima de la guerra.

En una habitación vacía y sofocante, a la luz deslumbrante de un proyector, le ordenaron que se desnudara por completo, y mientras un hombre en bata le palpaba el cuerpo a conciencia, Krímov, poniéndose rígido, pensaba que estaba claro que ni el estruendo ni el hierro de la guerra podían impedir el movimiento metódico e impúdico de aquellos dedos…

Un soldado muerto, y en su máscara antigás una nota que ha escrito antes del ataque: «Muero por defender la felicidad soviética. Dejo mujer y seis hijos». Un tanquista quemado, negro como el alquitrán, con mechones de pelo pegados a su joven cabeza. Un ejército popular compuesto por varios millones de hombres que marchan por ciénagas y bosques, disparando cañones y ametralladoras…

Pero los dedos continuaban desempeñando su trabajo con calma y seguridad, mientras bajo el fuego el comisario Krímov gritaba: «Camarada Guenerálov, ¿es que no quiere defender la patria soviética?».

—Dese la vuelta, inclínese, piernas separadas.

Luego, ya vestido, le fotografiaron de frente y de perfil con el cuello de la guerrera desabrochado y una expresión viva e inmóvil en la cara.

Con una aplicación indecente, dejó marcadas las huellas digitales sobre una hoja de papel. El diligente oficial le quitó los botones de los pantalones y el cinturón.

Le hicieron subir en un ascensor iluminado por una luz cegadora y caminó sobre la alfombra de un pasillo largo y vacío, dejando atrás puertas con mirillas redondas. Eran como las salas de una clínica quirúrgica cuya especialidad fuera el cáncer. El aire era cálido, plomizo, todo estaba iluminado por una rabiosa luz eléctrica. Era un instituto de radiología para hacer diagnósticos sociales…

«¿Quién me habrá metido aquí dentro?»

En aquella atmósfera sofocante, ciega, se hacía difícil pensar. Se habían intrincado el sueño, la realidad, el delirio, el pasado, el futuro. Había perdido la percepción de sí mismo… «¿He tenido una madre? Quizá no. Zhenia se había vuelto indiferente. Las estrellas entre las copas de los pinos, el paso del Don, la bengala verde de los alemanes; proletarios de todos los países, uníos; debe de haber personas detrás de cada puerta; seré comunista hasta la muerte; ¿dónde estará ahora Mijaíl Sídorovich Mostovskói?; la cabeza me zumba, ¿fue Grékov el que disparó contra mí? Grigori Yevséyevich Zinóviev, presidente del Komintern, caminó por este mismo pasillo; qué aire pesado, espeso, qué luz maldita emana de los proyectores… Grékov disparó contra mí, el funcionario de la sección especial me soltó un puñetazo en los dientes, los alemanes también me dispararon, qué me depara el destino; os lo juro, no soy culpable de nada, tengo ganas de orinar, aquellos viejos que cantaban en el aniversario de Octubre cuando visité a Spiridónov eran espléndidos. VeCheKá, VeCheKá, VeCheKá; Dzerzhinski era el dueño de esta casa; Guénrij Yagoda, luego Menzhinski, y más tarde el pequeño proletario petersburgués, Nikolái. Ivánovich Yezhov, de ojos verdes, y ahora el amable e inteligente Lavrenti Pávlovich Beria. Ya nos hemos visto, ¡saludos para usted! ¿Qué era lo que cantábamos? “Levántate, proletario, lucha por tu causa”; yo no soy culpable de nada, tengo que orinar, no van a fusilarme, ¿verdad?»

Qué extraño era andar por aquel pasillo rectilíneo como la trayectoria de una flecha mientras la vida está tan enmarañada de senderos, barrancos, pantanos, arroyos, polvo de estepa, campos de trigo abandonados; debes abrirte paso, dar rodeos, pero el destino es lineal, andas recto como una cuerda, pasillos, pasillos, y luego más puertas a lo largo de los pasillos.

Krímov avanzaba con paso cadencioso, ni rápido ni lento, como si el centinela no anduviera detrás de él sino delante.

Algo había cambiado en él desde el momento en que había entrado en la Lubianka.

«La disposición geométrica de los puntos», pensó mientras le tomaban las huellas sin entender el motivo de esa reflexión, aunque expresara exactamente lo que le había pasado.

La nueva sensación estaba generada por el hecho de que ya no tenía conciencia de sí mismo. Si hubiera pedido agua, le habrían dado de beber. Si hubiera sufrido un ataque al corazón, un médico le habría suministrado la inyección apropiada. Pero él ya no era Krímov. Todavía no podía comprenderlo, pero lo sentía. Ya no era el camarada Krímov, aquel que mientras se vestía, comía, compraba una entrada de cine, pensaba, se echaba a dormir tenía siempre conciencia de sí mismo. El camarada Krímov se diferenciaba de todos los hombres por su alma y su mente, su veteranía en el Partido, que se remontaba a antes de la Revolución, sus artículos publicados en la revista La Internacional Comunista; por sus actitudes, sus pequeñas manías, por su peculiar modo de comportarse, por el tono de voz que adoptaba en las conversaciones que mantenía con los miembros del Komsomol, las secretarias de los raikoms de Moscú, los obreros, los viejos miembros del Partido, sus amigos y postulantes. Su cuerpo era todavía como cualquier otro cuerpo humano, sus movimientos y pensamientos eran parecidos a los movimientos y pensamientos humanos, pero la esencia del camarada y hombre Krímov, su dignidad y su libertad, habían desaparecido.

Le llevaron a una celda rectangular con un suelo de parqué limpio donde había cuatro catres cubiertos con unas colchas bien extendidas, sin la menor arruga. Al instante se dio cuenta de que tres seres humanos miraban con interés humano al cuarto individuo.

Eran hombres. No sabía si eran buenos o malos; desconocía si eran hostiles o indiferentes respecto a él, pero el bien, el mal, la indiferencia que emanaba de ellos eran humanos.

Se sentó en el catre que le habían indicado, y los otros tres, sentados también en sus catres con libros abiertos sobre las rodillas, le miraron fijamente en silencio. Y aquella sensación maravillosa, preciosa, que creía haber perdido, volvió a aparecer.

Uno de los hombres era de complexión maciza, con la frente abombada, el rostro arrugado y una masa de cabellos canosos y negros, despeinados a lo Beethoven y con unos rizos que le caían sobre la frente baja y prominente.

El segundo era un viejo con las manos pálidas como el papel, un cráneo huesudo, calvo, y la cara parecida a un bajorrelieve esculpido en metal, como si por sus venas y arterias corriera nieve en lugar de sangre.

El tercero, que ocupaba el catre contiguo al de Krímov, tenía aspecto amable y una mancha roja en el caballete de la nariz por las gafas que acababa de quitarse. Parecía infeliz y bueno. Indicó la puerta con el dedo, sonrió de modo apenas perceptible, sacudió la cabeza y Krímov comprendió que el centinela estaba allí, al otro lado de la mirilla, observándoles.

El primero en romper el silencio fue el hombre de los cabellos enmarañados.

—Bueno —comenzó con tono afable e indolente—, me permito, en nombre de todos los aquí presentes, saludar a las fuerzas armadas. ¿De dónde viene, querido camarada?

Krímov sonrió confuso y dijo:

—De Stalingrado.

—Oh, me alegra conocer a alguien que ha participado en nuestra heroica resistencia. Bienvenido a nuestra cabaña.

—¿Fuma? —preguntó enseguida el viejo de la tez blanca.

—Sí —respondió Krímov.

El viejo asintió y miró fijamente el libro.

—Yo les he jugado una mala pasada a mis camaradas —explicó el amable vecino miope—. Dije que no fumaba y ahora la administración no me pasa mí ración de tabaco. Dígame, ¿hace mucho que dejó Stalingrado?

—Todavía estaba allí esta mañana.

—¡Vaya! —exclamó el gigante—. ¿Le han traído en un Douglas?

—Así es —respondió Krímov.

—Explíquenos, ¿cómo está la situación en Stalingrado? No hemos conseguido ningún periódico.

—Debe de tener hambre, ¿verdad? —preguntó el amable miope—. Nosotros ya hemos comido.

—No, no tengo hambre —contestó Krímov—. Los alemanes no van a tomar Stalingrado. Ahora está del todo claro.

—Siempre ha estado claro —dijo el gigante—. La sinagoga sigue en pie y seguirá estando en pie.

El viejo cerró de golpe el libro y preguntó:

—Usted, por lo que parece, es miembro del partido comunista, ¿no?

—Sí, soy comunista.

—Más bajo, más bajo, hablad en un susurro —advirtió el amable miope.

—Incluso de su pertenencia al Partido —se lamentó el gigante.

A Krímov le resultaba familiar la cara del gigante y de repente recordó por qué: era un famoso presentador moscovita. Una vez había asistido con Zhenia a un concierto en la Sala de Columnas y lo había visto en escena. ¡Y he aquí donde volvían a encontrarse!

En aquel momento se abrió la puerta, el centinela se asomó y preguntó:

—¿Quién tiene un nombre que comienza por K?

—Yo, Katsenelenbogen —respondió el gigante.

Se levantó, se atusó un poco la poblada cabellera y, con parsimonia, avanzó hacia la puerta.

—Va a ser interrogado —murmuró el amable vecino.

—¿Y por qué han preguntado por un nombre con K?

—Es una regla. Anteayer el guardia lo llamó: «¿Hay aquí un tal Katsenelenbogen cuyo nombre comienza por K?». Verdaderamente ridículo. Está medio chiflado.

—Sí, nos reímos un rato —dijo el viejo.

«¿Y tú, con tu aspecto de viejo contable, cómo has venido a parar aquí? —se preguntó Krímov—. Mi nombre también empieza con K.»

Los detenidos se preparaban para echarse a dormir, pero la intensa luz seguía encendida y Nikolái sentía que alguien le observaba a través de la mirilla mientras se quitaba las polainas, se ajustaba los calzoncillos, se rascaba el pecho. Era una luz especial. No continuaba encendida para los hombres que se encontraban en el interior de la celda, sino para que éstos fueran más visibles. Si hubiera sido más práctico observarles en la oscuridad, les habrían tenido a oscuras.

El viejo contable estaba acostado con la cara vuelta hacia la pared. Krímov y su vecino miope hablaban en susurros, sin mirarse y cubriéndose la boca con la mano para que el guardia no viera el movimiento de sus labios.

De vez en cuando miraban el catre vacío. ¿Todavía estaba el presentador contando chistes?

El vecino musitó:

—Todos nosotros, en la celda, nos hemos vuelto cobardes como conejos. Es como en el cuento: el mago toca a las personas y les crecen unas enormes orejas.

Habló a Krímov sobre los compañeros de celda.

El viejo, Dreling, resultó ser un socialista revolucionario, un socialdemócrata o un menchevique. Nikolái Grigórievich había oído ese nombre antes. Dreling había pasado más de veinte años preso, entre cárceles y campos. Le quedaba poco para alcanzar a los prisioneros de Schlisselburg: Morózov, Novorusski, Frolenko y Figner. Le acababan de trasladar a Moscú debido al nuevo cargo que se le imputaba: había tenido la idea de organizar en el campo conferencias sobre la cuestión agraria para los deskulakizados.

El historial del presentador en la Lubianka era tan largo como el de Dreling. Hacía veintitantos años, en la época de Dzerzhinski, había comenzado a trabajar en la Cheká, después, en la OGPU bajo las órdenes de Yagoda, luego en el NKVD con Yezhov, y más tarde en el MGB[112] con Beria. Había estado en el aparato central y en los campos, donde dirigía enormes proyectos de construcción.

Krímov se había equivocado también respecto a su interlocutor. El funcionario soviético Bogoleyev era crítico de arte, experto en fondos de museos, un poeta cuyos versos no se habían publicado porque no estaban en línea con la época.

Bogoleyev susurró de nuevo:

—Pero ahora todo ha terminado, ¿comprende? Me he convertido en un conejo asustado.

¡Qué extraño y terrible era todo! En el mundo no había nada más que los pasos del Bug y el Dniéper, el asedio de Piriatin y los pantanos de Óvruch, el Mamáyev Kurgán, la casa 6/1, las conferencias políticas, la escasez de municiones, los instructores políticos heridos, los asaltos nocturnos, el trabajo político en la marcha y en el combate, los ataques de tanques, los morteros, los Estados Mayores Generales, las ametralladoras pesadas…

Y en ese mismo mundo, al mismo tiempo, no había otra cosa que interrogatorios nocturnos, toques de diana, inspecciones, visitas al lavabo bajo escolta, cigarrillos distribuidos a cuentagotas, registros, careos, testigos, las decisiones de la OSO[113].

Aquellas dos realidades coexistían. Pero ¿por qué le parecía natural, inevitable, que sus vecinos, privados de libertad, estuvieran encarcelados en una celda de la prisión política? ¿Por qué era absurdo, incomprensible, impensable que él, Krímov, hubiera ido a parar a aquella celda, a aquel catre?

Sentía el deseo irresistible de hablar de sí mismo. No se contuvo y dijo:

—Mi mujer me ha abandonado, no tengo a nadie que pueda enviarme paquetes.

La cama del enorme chequista permaneció vacía hasta la mañana.

5

En otros tiempos, antes de la guerra, Krímov pasaba a menudo por la noche delante de la Lubianka y se preguntaba qué sucedía detrás de las ventanas de aquel edificio insomne.

Los arrestados eran encerrados en la prisión durante ocho meses, un año, un año y medio, mientras la instrucción estaba en curso. Luego, sus familiares recibían cartas desde los campos, descubrían nombres nuevos: Komi, Salejard. Norilsk, Kotlas, Magadán, Vorkutá, Kolymá, Kuznetsk, Krasnoyarsk, Karaganda, la bahía de Nagayevo…

Pero miles de personas que acababan recluidas en la prisión interior de la Lubianka desaparecían para siempre.

La fiscalía informaba a los parientes de que habían sido condenados a «diez años sin derecho a correspondencia», pero en los campos no existían condenados con semejantes penas. Diez años sin derecho a correspondencia significaba casi con total seguridad que los habían fusilado.

Cuando un hombre escribía una carta desde un campo decía que se encontraba bien, que no pasaba frío, y pedía, si era posible, que le enviaran ajo y cebolla. Los familiares comprendían que el ajo y la cebolla iban bien para el escorbuto. Nadie hacía mención nunca, en esas cartas, sobre el período de instrucción pasado en la prisión provisional.

Durante las noches de verano de 1937 era particularmente horroroso pasar por delante de la Lubianka y el callejón Komsomolski.

Las calles oscuras y sofocantes estaban desiertas. Los edificios se erguían, negros, con las ventanas abiertas, al mismo tiempo despoblados y llenos de gente. El silencio era todo menos apacible. En las ventanas iluminadas, cubiertas por cortinas blancas, se entreveían sombras; en la entrada las puertas de los coches retumbaban, se encendían los faros. Parecía que la inmensa ciudad estuviera paralizada por la mirada vítrea y brillante de la Lubianka. A Krímov le venían a la memoria personas conocidas. La distancia respecto a ellos no podía medirse en el espacio; existía en otra dimensión. No había fuerza ni en la tierra ni en el cielo capaz de abarcar aquel inmenso abismo, tan profundo como la misma muerte. Pero esas personas no estaban bajo tierra, no reposaban en un ataúd sellado, sino que estaban ahí al lado, vivos, y respiraban, pensaban, lloraban…

Los coches continuaban descargando nuevos arrestados: cientos, miles, decenas de miles de personas desaparecían tras las paredes de la prisión interna de la Lubianka, tras las puertas de Butirka, de Lefortovo.

Nuevas personas eran asignadas para cubrir los puestos de los detenidos, en los raikoms, en los Comisariados del Pueblo, los departamentos militares, la fiscalía, en las clínicas, en las direcciones de las fábricas, en los comités locales y de las fábricas, en las secciones agrícolas, en los laboratorios bacteriológicos, en la dirección de los teatros, en los despachos de constructores aeronáuticos, en los institutos que elaboraban los proyectos de gigantescos centros químicos y metalúrgicos.

Luego, después de un breve periodo de tiempo, ocurría que los mismos que habían cubierto la vacante de los arrestados, enemigos del pueblo, terroristas y saboteadores eran acusados de ser enemigos que hacían doble juego y eran arrestados a su vez.

Un camarada de Leningrado le había confiado en un susurro a Krímov que en su celda se encontraban tres secretarios del mismo raikom de Leningrado; cada uno de ellos había desenmascarado a su predecesor como terrorista y enemigo del pueblo. En la celda estaban uno al lado del otro y convivían sin rencor.

Dmitri Sháposhnikov, el hermano de Yevguenia Nikoláyevna, había entrado una vez en este edificio con un pequeño hatillo blanco preparado por su mujer: una toalla, jabón, dos mudas de ropa interior, un cepillo de dientes, calcetines y tres pañuelos. Había franqueado la puerta conservando en la memoria las cinco cifras de su número del carné del Partido, su escritorio de representante comercial en París, el coche cama donde, en su trayecto hacia Crimea, había aclarado su relación con su mujer, bebido agua mineral y hojeado, entre bostezos, El asno de oro.

Obviamente Mitia era inocente. Sin embargo fue encarcelado, mientras que a Krímov jamás le habían molestado.

Un día Abarchuk, el primer marido de Liudmila Sháposhnikova, había pasado también por este pasillo iluminado que conducía de la libertad a la no libertad. Abarchuk se había precipitado, solícito, al interrogatorio para disipar aquel absurdo malentendido. Transcurrieron cinco meses, siete, ocho…, y Abarchuk declaró por escrito: «La idea de matar al camarada Stalin me la sugirió un agente de los servicios secretos alemanes con el que, en su momento, me había puesto en contacto uno de los líderes de la oposición clandestina… La conversación tuvo lugar después de la manifestación del Primero de Mayo en el bulevar Yauzki. Prometí dar una respuesta definitiva al cabo de cinco días y acordamos encontrarnos de nuevo…».

El trabajo que se llevaba a cabo detrás de esas ventanas era increíble, verdaderamente fantástico.

Abarchuk no apartó siquiera la vista cuando un oficial de Kolchak le disparó. Sin embargo le habían obligado a firmar una declaración falsa. Por supuesto, Abarchuk era un verdadero comunista, un comunista cuya solidez había sido probada en tiempos de Lenin. Por supuesto que no era culpable de nada. Aun así, lo habían arrestado y había confesado.

Pero Krímov, en aquella época, no había sido arrestado ni obligado a firmar retractaciones… Sabía, de oídas, cómo ocurrían estas cosas. Le habían llegado informaciones a través de personas que le decían en un susurro: «Recuerda, si se lo cuentas a alguien, ya sea tu mujer o tu madre, estoy perdido».

Había obtenido información de aquellos que, caldeados por el vino e irritados por la presuntuosa estupidez de su interlocutor, de repente, después de soltar alguna palabra comprometida, se interrumpían, y al día siguiente, como quien no quiere la cosa, preguntaban: «Por cierto, ayer no dije demasiadas tonterías, ¿verdad? ¿No te acuerdas? ¡Bueno, tanto mejor!».

También le habían contado algunas cosas las mujeres de los amigos, que iban a los campos a encontrarse con sus maridos.

Pero no eran más que rumores y habladurías. De hecho, a Krímov no le había pasado nada parecido.

Y ahora ahí estaba, esta vez le habían metido en la cárcel. Era increíble, absurdo, inaudito, pero había sucedido. Cuando encarcelaban a los mencheviques, a los socialistas revolucionarios, a los miembros de la guardia blanca, los popes, los jefes kulaks, nunca, ni siquiera por un momento, se había parado a pensar en lo que podían sentir esos hombres al perder la libertad, mientras esperaban la sentencia. No había pensado tampoco en sus mujeres, ni en sus madres, ni en sus hijos.

Ciertamente, cuando los proyectiles comenzaron a impactar más cerca, a mutilar a los suyos y no a los enemigos, no se había mostrado ya tan indiferente: no acababan en la cárcel los adversarios, sino los verdaderos soviéticos, los miembros del Partido.

Y cuando encarcelaron a personas que le eran muy cercanas, gentes de su generación que él consideraba auténticos bolcheviques leninistas, aquello le dejó trastornado, no durmió en toda la noche, acuciado por las dudas de si Stalin tenía derecho a privar así a la gente de libertad, a torturarles y fusilarles. Pensó en los sufrimientos que debían soportar ellos, sus mujeres, sus madres. Al fin y al cabo ya no se trataba de kulaks, no eran guardias blancos, sino bolcheviques leninistas.

Y sin embargo, se las había apañado para tranquilizarte a sí mismo: después de todo a él no le habían metido en la cárcel, no le habían deportado, no había sido obligado a firmar nada ni a confesarse culpable de falsos cargos.

Pero ahora había llegado su turno. Ahora Krímov, el bolchevique leninista, había sido arrestado. Ahora no cabía ningún consuelo, ninguna interpretación, ninguna justificación. Había sucedido.

Ahora ya lo sabía. Los dientes, las orejas, la nariz, las ingles eran objeto de registro en un hombre desnudo. Después el hombre caminaba por el pasillo, patético y ridículo, sujetándose los pantalones que se le caían y los calzoncillos con los botones arrancados. A los miopes les quitaban las gafas y éstos entornaban inquietos los ojos, se los frotaban. El hombre entraba en la celda y se convertía en un ratón de laboratorio, se desarrollaban en él nuevos reflejos: hablaba en susurros, se levantaba del catre, se tendía en él, satisfacía sus necesidades, dormía y soñaba bajo una constante vigilancia. Todo era espantosamente cruel, absurdo, inhumano. Por primera vez comprendió con claridad las terribles cosas que se hacían en la Lubianka. Estaban torturando a un bolchevique, a un leninista, al camarada Krímov.

6

Pasaban los días y Krímov seguía sin ser interrogado.

Ahora sabía cuándo y qué le darían de comer, las horas de paseo y los días de baño; conocía el olor del tabaco de la prisión, la hora de la inspección, el orden aproximado de los libros de la biblioteca; conocía la cara de los centinelas y se inquietaba mientras esperaba que sus compañeros de celda regresaran del interrogatorio. Katsenelenbogen era al que llamaban más a menudo. A Bogoleyev siempre le llamaban por la tarde.

¡La vida sin libertad! Era una enfermedad. Perder la libertad es como perder la salud. La lámpara estaba encendida, del grifo salía agua, en la escudilla habla sopa. Pero también la luz, el agua y el pan eran especiales: se los daban porque estaba previsto. Cuando el interés de la instrucción lo requería, los detenidos eran privados temporalmente de luz, comida, sueño. En realidad, todo lo que recibían no era por ellos mismos, sino porque el dispositivo funcionaba así.

El anciano huesudo fue llamado una sola vez y cuando volvió del interrogatorio comunicó con arrogancia:

—Después de tres horas de silencio el juez instructor finalmente se ha convencido de que mi apellido es Dreling.

Bogoleyev era siempre amable y hablaba con sus compañeros de celda con respeto; cada mañana les preguntaba por su salud y se interesaba por cómo habían dormido.

Una vez se puso a recitar versos a Krímov, pero después se interrumpió y dijo:

—Lo siento, lo más probable es que no le interese lo más mínimo.

Krímov se rió.

—Para serle honesto, no he comprendido ni una palabra. Hubo un tiempo en que leía a Hegel y lo entendía.

Bogoleyev tenia pavor a los interrogatorios y se ponía hecho un manojo de nervios cada vez que el guardia entraba en la celda y preguntaba: «¿Quién tiene un nombre que comienza por B?». Cuando volvía a la celda parecía más delgado, más pequeño y más viejo.

Resumía sus interrogatorios siempre de manera confusa, fragmentaria, con los ojos entornados. Era imposible comprender de qué se le acusaba, si de haber atentado contra la vida de Stalin o de no apreciar las obras inspiradas por el realismo socialista.

Un día el gigante chequista sugirió a Bogoleyev:

—Ayude al amigo a formular su imputación. Le aconsejo algo del tipo: «Sintiendo un odio feroz hacia todo lo que es nuevo, critiqué sin fundamento las obras de arte galardonadas con el premio Stalin». Le caerán, diez años. Y no denuncie a demasiada gente que conozca, eso no le ayudará a salvar el pellejo. Por el contrario, le acusarán de conspiración y será enviado a un campo penitenciario de régimen estricto.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Bogoleyev—. Ellos lo saben todo. ¿Cómo podría ayudarles?

A menudo, siempre en cuchicheos, filosofaba sobre su tema preferido, es decir, que todos éramos personajes de cuento: amenazadores comandantes de división, paracaidistas, admiradores de Matisse y Písarev, miembros del Partido, geólogos, chequistas, edificadores de planes quinquenales, pilotos, constructores de gigantescos complejos metalúrgicos… Y he aquí que nosotros, arrogantes y seguros de nosotros mismos, hemos franqueado el umbral de una casa encantada y una varita mágica nos ha transformado en gorriones, en cochinillos, en ardillas. Sólo necesitamos mosquitos o huevos de hormiga.

Tenía un pensamiento original, extraño y evidentemente profundo, pero en las cuestiones prácticas era mezquino: siempre estaba alerta, temeroso de que le dieran menos comida y peores raciones que a los demás, de que le acortaran el paseo y de que, durante el mismo, alguien se le comiera el pan seco.

La vida estaba llena de acontecimientos, pero al mismo tiempo seguía siendo vacía, irreal. Vivían en el cauce de un río seco. El juez instructor estudiaba los guijarros, las grietas, los desniveles de la orilla. Pero el agua que una vez había moldeado ese cauce ya no existía.

Dreling casi nunca intervenía en las conversaciones, y si hablaba, la mayor parte de las veces lo hacía con Bogoleyev, probablemente porque no pertenecía al Partido.

Pero, incluso con Bogoleyev, se irritaba a menudo.

—Es usted un tipo extraño —le dijo una vez—. Primero, porque se muestra respetuoso y amable con personas a las que desprecia. Segundo, porque cada día me pregunta cómo me encuentro, aunque le resulte indiferente que yo viva o muera.

Bogoleyev alzó los ojos al techo de la celda, alargó los brazos y respondió:

—Escuche.

Y declamó, como cantando:

«¿De qué materia está hecho tu caparazón?»,

pregunté a la tortuga, y ella contestó:

«De miedos acumulados».

¡En el mundo no hay nada más sólido!

—¿Son suyos los versos? —preguntó Dreling.

Bogoleyev abrió de nuevo los brazos y no respondió.

—El viejo tiene miedo, ha almacenado un montón de miedos —observó Katsenelenbogen.

Después del desayuno Dreling le enseñó la cubierta de un libro a Bogoleyev y le preguntó:

—¿Le gusta?

—A decir verdad, no —respondió Bogoleyev.

Dreling asintió.

—Yo tampoco soy un entusiasta de esta obra. Plejánov, en cierta ocasión, dijo: «El personaje de la madre creado por Gorki es un icono, y la clase obrera no necesita iconos».

—¿Qué tienen que ver aquí los iconos? —replicó Krímov—. Generaciones enteras han leído La madre.

Dreling, en un tono de maestra de guardería infantil, explicó:

—Los iconos son necesarios para aquellos que quieren manipular a la clase obrera. Por ejemplo, en vuestros altares comunistas está el icono de Lenin y el del santo Stalin. Nekrásov no necesitaba iconos.

Parecía que no sólo la frente, el cráneo, las manos, la nariz estuvieran torneados por huesos blancos; también sus palabras sonaban como un repiqueteo de huesos.

«Oh, qué canalla», pensó Krímov.

Bogoleyev montó en cólera —Krímov nunca había visto a aquel hombre tímido y amable, siempre comedido, así de enfadado— y exclamó:

—Usted y sus ideas acerca de la poesía se quedaron estancados en Nekrásov. Pero después hemos tenido a Blok, Mandelshtam, Jlébnikov.

—Nunca he leído a Mandelshtam —confesó Dreling— pero Jlébnikov es la decadencia total, una ruina.

—¡Váyase a paseo! —replicó bruscamente Bogoleyev, y por primera vez elevó el tono de voz—: Me dan náuseas usted y sus máximas de Plejánov. En esta celda hay marxistas de diferentes tendencias, pero por lo que respecta a la poesía sois todos unos obtusos, no comprendéis nada en absoluto.

Era extraño. A Krímov le afligía en particular la idea de que a ojos de los centinelas, ya fueran los del turno de día o de la noche, él, un bolchevique, un comisario político del ejército, no se diferenciaba en nada del viejo Dreling.

En ese momento él, que detestaba el simbolismo, el decadentismo, que toda su vida había amado a Nekrásov, estaba dispuesto a apoyar a Bogoleyev.

Si el viejo saco de huesos hubiera dicho una sola palabra contra Yezhov, habría justificado sin titubear la ejecución de Bujarin, la deportación de las mujeres que se negaban a denunciar a sus maridos, las horribles condenas, los horribles interrogatorios.

Pero Dreling no dijo nada.

En ese instante entró un centinela para acompañar a éste al baño.

Katsenelenbogen dijo a Krímov:

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