Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 26

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—Durante cinco días estuvimos los dos solos en esta celda. Estaba más callado que un pez congelado. Una vez le dije: «Tiene gracia, ¿no? Dos judíos de cierta edad pasan juntos las veladas en el caserío de la Lubianka[114] y no intercambian ni una palabra». ¿Y qué hizo él? ¡Siguió callado! ¿A qué viene ese desprecio? ¿Por qué no quiere hablar conmigo? ¿Es una manera de vengarse? ¿Está haciendo teatro? ¿Con qué finalidad? Ya está crecidito para andarse con chiquilladas.

—¡Es un enemigo! —sentenció Krímov.

Estaba claro que el interés del chequista hacia Dreling no era superficial.

—¡Es increíble! —dijo—. No le han metido aquí por nada. A sus espaldas tiene el campo penitenciario y por delante la tumba, pero se muestra duro como una roca. ¡Le envidio! Le llaman para interrogarle: ¿quién tiene un nombre que empieza por D? Y se queda callado como un tarugo, no responde. Ha conseguido que le llamen por su nombre. Los superiores entran en la celda, pero aunque le dispararan, él no se levantaría.

Cuando Dreling volvió del baño, Krímov dijo a Katsenelenbogen:

—Ante el tribunal de la historia todo es insignificante. Incluso aquí, usted y yo continuamos odiando a los enemigos del comunismo.

Dreling lanzó a Krímov una mirada de curiosidad burlona.

—¿Qué tribunal es ése? —preguntó sin dirigirse a nadie—. ¡Ésta es la justicia sumaria de la historia!

Katsenelenbogen se equivocaba al envidiar la fuerza del viejo huesudo, porque aquella fuerza no tenía nada de humano. Lo que calentaba su corazón desolado y vacío era el calor químico de un fanatismo ciego, animal.

Daba la impresión de que no le afectara la guerra que se estaba librando en Rusia, los acontecimientos ligados a ella: nunca pedía noticias del frente, de Stalingrado; no sabía que existían ciudades nuevas y una potente industria. Ya no vivía la vida de un hombre, sino que jugaba una perpetua y abstracta partida de damas que sólo le concernía a él.

Krímov estaba intrigado por Katsenelenbogen: entendía, sentía que era inteligente. Bromeaba, charlataneaba, hacía el tonto; pero sus ojos eran inteligentes, perezosos, estaban cansados. Tenía la mirada de alguien que está de vuelta de todo, que está cansado de vivir y no teme a la muerte.

Una vez, refiriéndose a la construcción de la vía férrea a lo largo del litoral del océano Ártico, dijo a Krímov:

—Un proyecto increíblemente hermoso —y añadió—: Lo cierto es que llevarlo a cabo le ha costado la vida a decenas de miles de personas.

—¡Qué horror! —respondió Krímov.

Katsenelenbogen se encogió de hombros.

—¡Si hubiera visto cómo marchaban las columnas de prisioneros al trabajo! En un silencio sepulcral. El azul y el verde de la aurora boreal sobre sus cabezas, hielo y nieve alrededor, y el bramido del océano negro. ¡Es ahí donde se entiende qué es la potencia!

A veces daba consejos a Krímov:

—Hay que echar una mano al juez instructor. Es nuevo en el oficio y tiene dificultades para salir del paso… Si le ayudas, si le haces alguna sugerencia, te estarás ayudando a ti mismo: te salvarás de cientos de horas de interrogatorios en cadena. De todos modos el resultado será el mismo: la OSO te dará lo establecido.

Krímov intentó replicar, pero Katsenelenbogen contestó:

—La inocencia personal es un vestigio de la Edad Media, es alquimia. Tolstói decía que en el mundo no existen hombres culpables, pero nosotros, los chequistas, hemos elaborado una tesis superior: en el mundo no existen hombres inocentes, no existen individuos que no estén sujetos a jurisdicción. Culpable es todo aquel contra el cual hay una orden de arresto, y ésta se puede emitir contra cualquiera, incluso contra los que se han pasado la vida firmando órdenes contra otros. El Moro ha cumplido su obra, el Moro puede partir.

Katsenelenbogen conocía a muchos amigos de Krímov, algunos de ellos en calidad de procesados en los casos de 1937. Tenía una extraña manera de hablar de personas cuya instrucción había llevado, sin rabia ni emoción: «Un tipo interesante», «un excéntrico», «una persona simpática».

A menudo mencionaba a Anatole France y la Duma sobre Opanás[115] de Bagritski, le gustaba citar al Benia Krik de Babel, llamaba por sus nombres y patronímicos a los cantantes y bailarinas del Bolshói. Era un coleccionista de libros raros y, según le contó a Krímov, había adquirido un precioso volumen de Radíschev poco antes del arresto.

—Me gustaría que mi colección fuera donada a la Biblioteca Lenin —dijo una vez—. De lo contrario los libros acabarán desperdigados por culpa de tipos idiotas que no tienen ni la menor idea de su valor.

Estaba casado con una bailarina. Pero parecía que el destino del libro de Radíschev le inquietaba más que la suerte de su mujer, y cuando Krímov se lo hizo notar, el chequista respondió:

—Mi Angelina es una mujer inteligente. Sabe cómo arreglárselas.

Daba la impresión de que lo comprendía todo, pero que no sentía nada. Conceptos sencillos como separación, sufrimiento, libertad, amor, fidelidad conyugal, amargura eran un misterio para él.

En su voz aparecía un rastro de emoción cuando hablaba de sus primeros años de trabajo en la Cheká. «¡Qué tiempos, qué gente!», decía. Todo lo que había constituido la vida de Krímov, en cambio, no le parecía más que charlatanería propagandística.

De Stalin, afirmaba:

—Le admiro más que a Lenin. Es el único ser al que realmente amo.

Pero ¿por qué este hombre, que había participado en la instrucción de los procesos a los líderes de la oposición, que en tiempos de Beria había dirigido una gigantesca obra en un Gulag subantártico, mantenía una actitud tan tranquila y resignada ante el hecho de tener que asistir, en su propia casa, a los interrogatorios nocturnos, sujetándose bajo el abdomen los pantalones sin botones? ¿Por qué tenía una actitud ansiosa, morbosa, en relación con el menchevique Dreling, que lo castigaba con su silencio?

A veces a Krímov le asaltaban las dudas. ¿Por qué se indignaba, se inflamaba, mientras escribía sus cartas a Stalin, para cubrirse después de un sudor helado? El Moro había hecho su obra. Pero todo aquello ya le habla pasado en 1937 a decenas de miles de miembros del Partido parecidos a él, incluso mejores. El Moro había hecho su obra. ¿Por qué encontraba tan repugnante la palabra «denuncia»? ¿Solo porque le habían arrestado por la denuncia de alguien? Sin embargo, él solía recibir las denuncias políticas de los informadores de diversas unidades. Un procedimiento normal, las denuncias de siempre. El soldado Riaboshtan lleva una cruz, llama ateos a los comunistas. ¿Cuánto tiempo sobrevivió el soldado Riaboshtan cuando le enviaron a un batallón disciplinario?

El soldado Gordéyev ha declarado que no cree en la fuerza del armamento soviético, que la victoria de Hitler es inevitable. ¿Cuánto tiempo sobrevivió el soldado Gordéyev en el batallón disciplinario? El soldado Markóvich ha declarado: «Todos los comunistas son ladrones, pero llegará el día en que los liquidaremos a golpe de bayoneta y el pueblo, finalmente, será libre». El tribunal condenó a Markóvich a la pena capital.

Después de todo, él también había sido un delator: había denunciado a Grékov ante la dirección política del frente y si éste no hubiera muerto a causa de una bomba alemana, le habrían enviado ante un pelotón de fusilamiento. ¿Qué sentían, qué pensaban estos hombres cuando eran enviados a los batallones disciplinarios, cuando eran juzgados por tribunales y les interrogaban en las secciones especiales?

Y ¿cuántas veces antes de la guerra se había visto involucrado en asuntos de ese tipo, cuántas veces había escuchado tranquilamente mientras un amigo le decía: «He informado de mi conversación con Piotr al comité del Partido»; «Ha revelado honestamente en la reunión del Partido el contenido de la carta de Iván»; «Lo han convocado y él, como verdadero comunista, ha tenido que contarlo todo, desde los ánimos de los camaradas hasta la carta de Volodia»?

Sí, sí, todo eso había ocurrido.

Y al fin y al cabo, con qué finalidad… Todas esas explicaciones que él había dado de viva voz y por escrito no habían ayudado a nadie a salir de la cárcel. Sólo tenían un verdadero sentido: impedir su propia caída en terreno pantanoso, salvarle.

Había defendido mal, muy mal a sus amigos porque esas historias no le gustaban, las temía y las evitaba por todos los medios. ¿Por qué a veces sentía calor y otras frío? ¿Qué quería? ¿Que el guardia de turno en la Lubianka conociera su soledad, que los jueces instructores se deshicieran en suspiros porque la mujer que amaba le había abandonado, que tuvieran en cuenta que por las noches llamaba a Zhenia, que se mordía la mano y que su madre seguía llamándole Nikolenka?

Una noche Krímov se despertó, abrió los ojos y vio a Dreling junto al catre de Katsenelenbogen. La rabiosa luz de la lámpara iluminaba la espalda del viejo prisionero de los campos. También Bogoleyev se despertó y se sentó sobre el catre con la manta sobre las piernas.

Dreling se precipitó hacia la puerta y la golpeó con su puño huesudo, gritando con una voz también huesuda:

—¡En, guardia! ¡Que venga un médico, rápido! Un detenido ha sufrido un ataque al corazón.

—¡Silencio! ¡Cállese! —gritó el guardia, que había corrido a mirar por la mirilla.

—¿Cómo que silencio? ¡Un hombre se está muriendo! —chilló Krímov y, tras saltar de su cama, corrió hacia la puerta y comenzó a golpearla con el puño junto a Dreling.

Se dio cuenta de que Bogoleyev se había vuelto a acostar y se había cubierto con una manta, como si temiera mezclarse en aquel episodio nocturno.

Enseguida se abrió la puerta y en la celda irrumpieron varios hombres.

Katsenelenbogen yacía sin conocimiento. A los guardias les llevó un largo rato instalar su enorme cuerpo en la camilla.

Al día siguiente por la mañana Dreling preguntó de improviso a Krímov:

—Dígame, ¿se ha encontrado usted a menudo, en su calidad de comisario político, con manifestaciones de descontento en el frente?

—¿De qué descontento habla? —le replicó Krímov—. ¿Por qué?

—Me refiero al descontento respecto a la política bolchevique de los koljoses, a la dirección general de la guerra; en definitiva, a cualquier manifestación de descontento político.

—Ni una sola vez. Nunca me he encontrado con el menor indicio de una actitud semejante —afirmó Krímov.

—Ah, ya entiendo, me lo imaginaba —concluyó Dreling, y asintió satisfecho.

7

La idea de cercar a los alemanes en Stalingrado se consideraba un golpe de genialidad.

La concentración secreta de tropas en los flancos de los ejércitos de Paulus repetía un principio nacido en los tiempos en que los primeros hombres, con los pies desnudos, la frente baja, la mandíbula prominente, se deslizaban a través de los arbustos y rodeaban las cuevas que habían usurpado los forasteros venidos de los bosques. ¿Qué era lo sorprendente? ¿La diferencia entre el garrote y la artillería de largo alcance? ¿O la inmutabilidad de ese principio a lo largo de los siglos?

Pero ni la desesperación ni el asombro han logrado hacer comprender que el movimiento en espiral de la humanidad, aunque alargue sus giros, mantiene un eje invariable.

En cualquier caso, si bien el principio del cerco, que constituía la esencia del plan de Stalingrado, no era nuevo, es indiscutible el mérito de aquellos que idearon el ataque seleccionando con inteligencia las zonas donde se aplicaría el viejo método. Escogieron bien el momento de entrar en acción, instruyeron y dispusieron hábilmente los ejércitos. Otro de los méritos de los organizadores de la ofensiva fue la magistral interacción entre tres frentes: el del suroeste, el del Don y el de Stalingrado. Una de las tareas más arduas fue la concentración secreta de las tropas en la estepa desprovista de camuflajes naturales; Entretanto, fuerzas del norte y el sur se preparaban, deslizándose a lo largo de los flancos derecho e izquierdo de los alemanes, para coincidir en las inmediaciones de Kalach, cercar al enemigo, romper los huesos y oprimir el corazón y los pulmones del ejército de Paulus. Se invirtieron esfuerzos abrumadores en la elaboración de los detalles de la operación, en obtener información sobre el armamento, las tropas, las retaguardias y las líneas de comunicación del enemigo.

Sin embargo, en la base de este trabajo en el que participaban el comandante supremo, el mariscal Iósif Stalin; los generales Zhúkov, Vasilievski, Vóronov, Yeremenko, Rokossovski y muchos oficiales de talento del Estado Mayor General, estaba el principio del cerco del enemigo, introducido en la práctica militar por los velludos hombres primitivos.

Se puede reservar la denominación de «genio» para aquellos que introducen en la vida ideas nuevas, ideas que se refieren a la sustancia y no al envoltorio, al eje y no a las espirales en torno al eje. Pero desde los tiempos de Alejandro Magno las innovaciones estratégicas y tácticas no tienen nada que ver con ese tipo de proezas divinas. Abrumada por el carácter monumental de las operaciones militares, la conciencia humana tiende a identificar las grandiosas batallas con las conquistas mentales de sus jefes militares.

La historia de las batallas muestra que los jefes militares no han introducido variantes significativas en las operaciones relacionadas con la ruptura de la defensa, el acoso, el cerco, la liquidación del enemigo: adoptan y ponen en práctica los principios que ya conocían los hombres de Neanderthal, aplicados, al fin y al cabo, por los lobos que cercan a las tropas y por las tropas que intentan defenderse de los lobos.

Un enérgico director de fábrica que conozca su oficio garantizará el aprovisionamiento necesario de materias primas y combustible, la intercomunicación entre los talleres, y respetará decenas de otras condiciones, pequeñas y grandes, indispensables para hacer que la fábrica sea productiva.

Pero cuando los historiadores declaran que la actividad del director ha establecido los principios de la metalurgia, de la electrotécnica, del análisis radiológico del metal, la mente de aquel que estudia la historia de la fábrica empieza a disentir: los rayos X no fueron descubiertos por nuestro director, sino por Röntgen… y los altos hornos existían antes de nuestro director.

Los verdaderos descubrimientos científicos hacen a los hombres más sabios que la naturaleza. La naturaleza aprende a conocerse en estos descubrimientos, a través de ellos. La gloria del hombre reside en las innovaciones de Galileo, Newton, Einstein, en el conocimiento del espacio, el tiempo, la materia y la energía. Con estos descubrimientos el hombre ha creado una profundidad y una altura superiores a las existentes en la naturaleza y de este modo ha contribuido a un mejor conocimiento de la naturaleza misma, a su enriquecimiento.

Se pueden considerar menos importantes, de segunda categoría, aquellos descubrimientos donde los principios existentes, tangibles, visibles, formulados por la naturaleza, son reproducidos por el hombre.

El vuelo de los pájaros, el movimiento de los peces, la oscilación del cardo corredor y el giro de los cantos rodados, la fuerza del viento que hace balancear los árboles y mece sus ramas, la retropropulsión de las holoturias: todo esto es expresión de una ley tangible y clara. El hombre extrae el principio de un fenómeno, lo extrapola a su esfera y lo desarrolla conforme a sus posibilidades y exigencias.

Esas actividades son de una importancia capital para la existencia de aviones, turbinas, motores de reacción, misiles. No obstante, la humanidad debe su creación a su talento, no a su genio.

Los descubrimientos que utilizan principios descubiertos, cristalizados por los hombres, y no por la naturaleza —el principio de los campos electromagnéticos, por ejemplo—, que encuentran su aplicación y su desarrollo en la radio, la televisión, los radares, forman parte de los descubrimientos de segunda categoría. Lo mismo sucede con la liberación de la energía atómica. Fermi, el descubridor de la pila atómica de uranio, no puede aspirar al título de genio, aunque su descubrimiento haya inaugurado una nueva era en la historia mundial.

En los descubrimientos aún menores, de tercera categoría, el hombre aplica aquello que ya existe en su esfera de actividad; por ejemplo, instala un nuevo motor en una aeronave, sustituye el motor de vapor de un barco por uno eléctrico, o el eléctrico por uno atómico.

Es ahí, en esta tercera categoría, donde hay que situar la actividad humana en la esfera del arte militar, donde nuevas condiciones técnicas interactúan con viejos principios. Sería absurdo negar la importancia de un general cuando se libra una batalla. Sin embargo, no sería justo atribuirle la calificación de genio, un apelativo que resultaría estúpido en relación con un ingeniero de fábrica, pero que aplicado a un general se convierte además en dañino y peligroso.

8

Dos martillos, uno al norte y otro al sur, cada uno compuesto por millones de toneladas de metal y de sangre humana, aguardaban la señal.

Las primeras en lanzar la ofensiva fueron las fuerzas dispuestas al noroeste de Stalingrado. El 19 de noviembre de 1941 a las 7.30 de la mañana, comenzó un bombardeo masivo de artillería a lo largo de los frentes del suroeste y del Don que duró alrededor de ochenta minutos. Un diluvio de fuego llovió sobre las posiciones ocupadas por las unidades del 3.er Ejército rumano.

A las 8.50 entraron en combate la infantería y los tanques. La moral de los soldados soviéticos era insólitamente alta. La 76.ª División de Infantería marchó al ataque al son de una marcha.

Al mediodía habían roto la primera línea de defensa enemiga. El combate se desplegó sobre un territorio inmenso. El 4.º Cuerpo del ejército rumano fue derrotado. La 1.ª División de Caballería rumana había sido separada y aislada de las demás unidades del 3.er Ejército en la zona de Kráinaya.

El 5.º Ejército de Tanques soviético inició la ofensiva desde las colinas, a treinta kilómetros al suroeste de Serafímovich, rompió las posiciones del 2.° Cuerpo del ejército rumano y, tras un veloz repliegue hacia el sur, ya a mediodía, tomó las posiciones elevadas al norte de Perelazovski. Los cuerpos de tanques y caballería soviéticos conquistaron al atardecer Gusinki y Kalmikov, penetrando sesenta kilómetros en la retaguardia del ejército rumano.

Veinticuatro horas más tarde del inicio de la ofensiva, al alba del 20 de noviembre, les llegó el turno de atacar a las fuerzas concentradas en las estepas calmucas, al sur de Stalingrado.

9

Nóvikov se despertó mucho antes del amanecer, pero estaba tan angustiado que no se dio ni cuenta.

—¿Quiere té, camarada comandante del regimiento? —preguntó Vershkov con una voz solemne y discreta a la vez.

—Sí, dígale al cocinero que me prepare unos huevos.

—¿Cómo los quiere, camarada coronel?

Nóvikov guardó silencio, se quedó pensativo y Vershkov creyó que el coronel estaba absorto en sus pensamientos y no había oído su pregunta.

—Al plato —respondió al fin Nóvikov, y miró el reloj—. Vaya a ver si Guétmanov se ha levantado; en media hora partimos.

Parecía no ser consciente de que dentro de una hora y media comenzaría el bombardeo, que cientos de motores de aviones de asalto y bombarderos invadirían el cielo con sus zumbidos, que los zapadores se deslizarían para cortar los alambres y barrer los campos de minas, y la infantería, arrastrando las ametralladoras, correría por las colinas sumergidas en la niebla, tantas veces observadas a lo lejos con los binóculos. Parecía que, en aquella hora, no se sintiera unido a Belov, Makárov y Kárpov. Parecía haber olvidado que el día antes, los tanques soviéticos habían penetrado en la brecha abierta por la artillería y la infantería en el frente alemán y habían avanzado decididamente en dirección a Kalach, y que dentro de unas horas sus tanques se moverían desde el sur al encuentro de los que procedían del norte para cercar el ejército de Paulus.

No pensaba en el comandante del frente ni en la posibilidad de que Stalin mencionara su nombre en la orden del día siguiente. No pensaba en Yevguenia Nikoláyevna, no recordaba el amanecer en Brest-Litovsk, cuando corría hacia el aeropuerto y en el cielo brillaban los primeros fuegos de la guerra. No pensaba en ello, pero todo aquello estaba en él.

Dudaba si calzarse las botas nuevas o las gastadas, no quería olvidarse la pitillera, pensaba que aquel hijo de perra le había traído otra vez el té frío. Comía los huevos y con un trozo de pan rebañaba con esmero la mantequilla derretida en la sartén.

—He cumplido sus órdenes —informó Vershkov, y luego, en tono confidencial, añadió—: Le pregunté al soldado si el comisario estaba allí y me contestó: «¿Y dónde iba a estar? Duerme con su hembra».

El soldado había utilizado una palabra más fuerte que «hembra», pero Vershkov no consideró oportuno repetírsela al comandante del cuerpo.

Nóvikov guardaba silencio y con la yema del dedo recogía las migas de pan sobre la mesa.

Poco después entró Guétmanov.

—¿Una taza de té? —le propuso Nóvikov.

Con la voz entrecortada Guétmanov dijo:

—Es hora de partir, Piotr Pávlovich. Ya hemos tenido suficiente té y azúcar; hay que combatir a los alemanes.

«Vaya, un tipo duro», pensó Vershkov.

Nóvikov entró en la parte de la casa que albergaba el Estado Mayor, habló con Neudóbnov sobre las comunicaciones y la transmisión de las órdenes, y examinó el mapa.

La engañosa quietud de la noche le recordó a Nóvikov su infancia transcurrida en el Donbass. Pocos minutos antes de que el aire se llenara del sonido de sirenas y bocinas y que la gente se encaminara a la entrada de las minas y las fábricas, todo parecía sumido en el sueño. Pero el pequeño Peria Nóvikov, que se despertaba antes de que sonara la sirena, sabía que cientos de manos buscaban a tientas las botas en la oscuridad, mientras las mujeres con los pies descalzos se deslizaban por el suelo y hacían tintinear la vajilla sobre los hornos de hierro fundido.

—Vershkov —llamó—, haz que lleven mi tanque al puesto de observación; hoy lo necesitaré.

—A sus órdenes —respondió Vershkov—, lo cargaré con sus cosas y las del comisario.

—No olvide el cacao —le advirtió Guétmanov.

Neudóbnov salió al zaguán con el capote echado sobre los hombros.

—Acaba de telefonear el teniente general Tolbujin. Quería saber sí el comandante del cuerpo había salido para ir al puesto de observación.

Nóvikov asintió y dio una palmada en la espalda al conductor.

—En marcha, Jaritónov.

Una vez en la carretera salieron del pueblo y dejaron atrás la última casa, giraron abruptamente a la derecha, luego a la izquierda, y después avanzaron en dirección oeste, adentrándose entre las blancas manchas de nieve y la maleza de la estepa.

Pasaron a lo largo de las cañadas donde estaban concentrados los tanques de la primera brigada.

De repente Nóvikov ordenó a Jaritónov: «Detente». Saltó del jeep y se acercó a los tanques que se perfilaban confusamente en la oscuridad.

Caminó sin dirigir la palabra a nadie, mirando fijamente las caras de los soldados. Tenía clavada en la mente la imagen de los jóvenes reclutas, todavía con los cabellos largos, que había visto hacía poco en la plaza del pueblo. No eran más que niños y en el mundo todo se confabulaba para enviarlos bajo el fuego: las instrucciones del Estado Mayor General, la orden del comandante del frente, la orden que él impartiría dentro de una hora a los comandantes de las brigadas, los discursos que habían escuchado de los instructores políticos, lo que habían leído en los poemas y en los artículos del periódico. ¡Al ataque, al ataque! Y en el oeste los hombres aguardaban para golpearles, despedazarlos, aplastarlos bajo las orugas de sus tanques.

«Va a celebrarse una boda», pensó. Si, pero una boda sin vino dulce, sin armónicas. «Amargo»[116], gritaría Nóvikov, y los novios de diecinueve años besarían sin esconderse y con respeto a las novias.

Nóvikov tenia la impresión de que caminaba entre sus hermanos, sus sobrinos, los hijos de los vecinos, y que miles de mujeres, jóvenes y viejas invisibles, estaban mirándoles.

Las madres rechazan el derecho de un hombre a enviar a la muerte a otro hombre durante la guerra. Pero también en la guerra se encuentran hombres que pertenecen a esta resistencia clandestina de las madres. Hombres que dicen: «Quédate aquí un momento. ¿Dónde quieres ir? ¿No oyes el fuego ahí fuera? Mi informe puede esperar. Pon el hervidor en el fuego». Hombres que dicen a sus superiores por teléfono: «A sus órdenes, haremos avanzar a una ametralladora», y después de colgar el auricular, dicen: «¿Para qué vamos a hacer que avance un ametrallador al tuntún? Me matarán a un buen hombre».

Nóvikov volvió al coche. Tenía una expresión severa y sombría, como si hubiera absorbido en él la oscuridad húmeda de aquel amanecer de noviembre. Cuando el jeep se puso en marcha, Guétmanov le lanzó una mirada comprensiva y le dijo:

—Sabes, Piotr Pávlovich, quiero decirte esto justamente hoy: te quiero, tengo confianza en ti.

10

Reinaba un silencio denso, indivisible, y en el mundo parecía que no existiera la estepa, ni la niebla, ni el Volga; sólo un perfecto silencio. Entre las nubes oscuras brilló veloz un relámpago, luego la niebla gris se volvió purpúrea y de repente los truenos invadieron cielo y tierra…

Los cañones cercanos y los lejanos unieron sus voces; el eco reforzaba su vínculo, amplificaba el polifónico entrelazamiento de voces que llenaba el gigantesco contenedor del espacio en el que se desplegaba la batalla.

Las casitas de adobe temblaban, trozos de arcilla se desprendían de las paredes y caían al suelo sin hacer ruido. En los pueblos de las estepas las puertas de las isbas comenzaron a abrirse y cerrarse por sí solas, mientras el ahora frágil hielo del lago se agrietaba.

Un zorro corría, meneando su pesada cola de abundante pelo sedoso, y la liebre en lugar de huir de él le seguía; en el aire se levantaban en vuelo, agitando las alas pesadas, aves rapaces nocturnas y diurnas, tal vez reunidas por primera vez… Los lirones soñolientos que salían de sus madrigueras parecían abuelos desgreñados escapando de una isba incendiada.

Probablemente en los puestos de combate la temperatura del húmedo aire matutino subió un grado a causa de las miles de ardientes piezas de artillería.

Desde el punto de observación de primera línea se distinguían con nitidez las explosiones de los obuses soviéticos, las espirales de oleoso humo amarillo y negro retorciéndose en el aire, las fuentes de tierra y nieve sucia, la blancura lechosa del fuego de acero.

La artillería enmudeció. Una nube de humo mezclaba con lentitud sus jirones deshidratados y ardientes con el húmedo frío de la estepa.

Enseguida el cielo se llenó de un nuevo sonido, estruendoso, amplio, tenso: los aviones soviéticos se dirigían hacia el oeste. Su zumbido, sus rugidos y bramidos hacían físicamente tangible la grandiosa profundidad del ciego cielo nebuloso. Los aviones de asalto blindados y los cazas volaban casi a ras de suelo, presionados contra la superficie por la capa baja de nubes, mientras en las nubes y por encima de ellas mugían con voz de bajo los invisibles bombarderos.

Los alemanes en el cielo sobre Brest-Litovsk, los rusos sobre la estepa del Volga…

Nóvikov no pensaba, no recordaba, no comparaba. Lo que sentía era más importante que los recuerdos, las comparaciones, los pensamientos.

Se hizo el silencio. Los hombres que aguardaban para dar la señal de ataque y los hombres dispuestos a abalanzarse sobre las posiciones rumanas al oír la señal fueron engullidos por el silencio.

En aquella calma parecida a un remoto mar sordo y mudo, en aquellos segundos se determinaba el rumbo de la historia. Qué belleza, qué felicidad poder participar en la batalla decisiva para el destino de tu patria. Qué sensación penosa y tremenda era levantarse de cuerpo entero ante la muerte, no esconderse ya de ella sino correr a su encuentro. Qué espantoso es morir joven. ¡Vivir, ganas de vivir! No existe en el mundo deseo más intenso que el de salvar una vida joven, una vida apenas vivida todavía. Ese deseo no vive en los pensamientos, es más fuerte que el pensamiento; existe en la respiración, en las aletas de la nariz, en los ojos, en los músculos, en la hemoglobina de la sangre que devora ávida el oxígeno. Es un deseo de tal magnitud que no se puede comparar con nada, cualquier medida es inadecuada. El miedo. El miedo antes del ataque…

Guétmanov emitió un suspiro hondo y jadeante; miró a Nóvikov, el teléfono de campaña, el radiotransmisor.

La cara del coronel le sorprendió: no era la cara del hombre que había conocido durante los últimos meses. Y sin embargo, lo había visto enfadado, preocupado, altivo, alegre, sombrío.

Las baterías rumanas que todavía no habían sido abatidas volvían a la vida una tras otra, disparando ráfagas de fuego desde la retaguardia hacia la línea del frente. Potentes cañones antiaéreos abrieron fuego contra objetivos terrestres.

—Piotr Pávlovich —pronunció Guétmanov profundamente emocionado—. ¡Es la hora! La suerte está echada.

A él, la necesidad de sacrificar a hombres por la causa siempre le había parecido natural, indiscutible, y no sólo en tiempo de guerra.

Pero Nóvikov ganaba tiempo: mandó que le pusieran en contacto con Lopatin, el comandante del regimiento de artillería pesada que había estado despejando el camino para sus tanques.

—Ten cuidado, Piotr Pávlovich —dijo Guétmanov, señalando su reloj—. Tolbujin te va a comer vivo.

Nóvikov se resistía a admitir ante sí mismo, y menos aún ante Guétmanov, aquel sentimiento vergonzoso y ridículo.

—Me preocupan los tanques —se justificó—. Perderemos un gran número. No tardaré más que unos minutos; los T-34 son máquinas tan espléndidas… Aplastaremos las baterías antiaéreas y antitanque, las tenemos ya en la palma de la mano.

La estepa humeaba ante ellos y los hombres, a su lado, en la trinchera, le miraban fijamente, sin apartar la vista; los comandantes de las brigadas esperaban sus órdenes por radio. Se había apoderado de Nóvikov su pasión profesional de coronel avezado en la guerra, su burda ambición le hacía estremecerse de impaciencia; Guétmanov le instigaba y él temía a los superiores.

Sabía muy bien que las palabras que había dirigido a Lopatin no serían estudiadas en el Estado Mayor General ni entrarían en los manuales de historia, no suscitarían las alabanzas de Stalin y Zhúkov, y tampoco le acercarían a la anhelada Orden de Suvórov.

Existe un derecho superior al de mandar a los hombres a la muerte sin pensar: el derecho a pensárselo dos veces antes de enviar a los hombres a la muerte.

Nóvikov había ejercido esa responsabilidad.

11

En el Kremlin Stalin esperaba los informes del general Yeremenko, comandante en jefe del frente de Stalingrado.

Miró el reloj: la preparación de la artillería acababa de terminar, la infantería había avanzado y las unidades móviles estaban preparadas para penetrar en la brecha abierta por la artillería. Los aviones bombardeaban la retaguardia, las carreteras y los aeródromos.

Diez minutos antes había hablado con Vatutin: el avance de las unidades de blindados y de la caballería al norte de Stalingrado había superado cualquier previsión.

Tomó en la mano un lápiz y miró el teléfono, que continuaba mudo. Deseaba trazar sobre el mapa el movimiento apenas iniciado en el flanco sur, pero una sensación de superstición le obligó a apartar el lápiz. Sentía con claridad que Hitler, en esos instantes, estaba pensando en él y que, a su vez, sabía que él, Stalin, estaba pensando en Hitler.

Churchill y Roosevelt confiaban en él, pero Stalin sabía que su confianza no era incondicional. Le sacaba de quicio que, aunque le consultaran de buena gana, siempre se pusieran de acuerdo previamente entre ellos. Sabía que las guerras van y vienen, pero la política permanece. Admiraban su capacidad lógica, sus conocimientos, la lucidez de sus reflexiones, pero veían en él a un político asiático y no a un líder europeo, y eso le disgustaba.

De improviso recordó los ojos penetrantes de Trotski, su despiadada inteligencia, la arrogancia de sus párpados semicerrados, y por primera vez lamentó que no estuviera ya en el reino de los vivos: habría oído hablar de este día.

Stalin se sentía feliz, rebosante de fuerza física, no tenía ya en la boca ese repugnante sabor a plomo, tampoco tenía el corazón oprimido. Para él la sensación de vivir se confundía con el bienestar. Tras el estallido de la guerra Stalin había experimentado una sensación de angustia física que no le abandonaba nunca, ni siquiera cuando veía a sus mariscales paralizados por el terror ante el estallido de su ira, o cuando miles de personas en pie le aclamaban en el teatro Bolshói. Tenía la continua sensación de que las personas de su entorno recordaban aún su desconcierto durante el verano de 1941 y se mofaban de el a sus espaldas.

Un día, en presencia de Mólotov, se había cogido la cabeza entre las manos, balbuceando: «Qué hacer…, qué hacer…». Durante una reunión del Consejo del Estado para la Defensa se le quebró la voz y todos bajaron la mirada. Cuántas veces había dado órdenes sin sentido y había advertido que su absurdidad era evidente para todos. El 3 de julio había sorbido nerviosamente agua mineral mientras pronunciaba un discurso por la radio y las ondas habían transmitido su nerviosismo. A finales de julio Zhúkov le había llevado la contraria ásperamente y él, por un instante, se apocó y se limitó a decir: «Haga lo que crea mejor». A veces le entraban ganas de delegar en aquellos que había exterminado en 1937, en Ríkov, Kámenev, Bujarin: que dirijan ellos el ejército, el país.

A veces también le asaltaba un sentimiento extraño y espantoso: tenía la impresión de que los enemigos que debía derrotar en el campo de batalla no eran sólo los enemigos actuales. Detrás de los tanques de Hitler, entre el polvo y el humo, emergían todos aquellos que creía haber castigado, domado y aplacado para siempre. Salían de la tundra, despedazaban el hielo eterno que se había cerrado sobre ellos, cortaban las alambradas. Convoyes cargados de gente resucitada venían de Kolymá, de la región de Komi. Mujeres y niños campesinos se levantaban de la tierra con caras espantadas, tristes, demacradas, y andaban, andaban, buscándolo con ojos mansos y doloridos. Stalin sabía mejor que nadie que no sólo la historia juzga a los vencidos.

En ciertos momentos Beria le resultaba insoportable porque le parecía que comprendía sus pensamientos.

Todas aquellas impresiones desagradables, aquellas debilidades, no duraban demasiado, como máximo algunos días, afloraban sólo a ratos. Pero la sensación de abatimiento no le abandonaba, el ardor de estómago le angustiaba, le dolía la nuca y a veces padecía vértigos preocupantes.

Miró de nuevo el teléfono: era hora de que Yeremenko le anunciara la ofensiva de los tanques.

La hora de su poder había llegado. En aquellos minutos se decidía el destino del Estado fundado por Lenin; a la fuerza centralizada del Partido se le ofrecía la posibilidad de realizarse con la construcción de enormes fábricas, de centrales atómicas y estaciones termonucleares, de aviones a reacción y de turbohélice, de cohetes cósmicos e intercontinentales, de rascacielos, palacios de la ciencia, nuevos canales y mares, de carreteras y ciudades más allá del Círculo Polar. Estaba en juego el destino de países como Francia y Bélgica, ocupados por Hitler, de Italia, de los Estados escandinavos y de los Balcanes; se decidía la sentencia de muerte de Auschwitz y Buchenwald, así como la apertura de los novecientos campos de concentración y de trabajo creados por los nazis.

Se decidía la suerte de los prisioneros de guerra alemanes que serían deportados a Siberia. Se decidía la suerte de los prisioneros de guerra soviéticos en los campos de concentración alemanes, quienes gracias a la voluntad de Stalin compartirían, después de su liberación, el destino de los prisioneros alemanes.

Se decidía la suerte de los calmucos y de los tártaros de Crimea, de los chechenos y los balkares deportados por orden de Stalin a Siberia y Kazajstán, que habían perdido el derecho a recordar su historia, a enseñar a sus hijos en su lengua materna. Se decidía la suerte de Mijoels y su amigo, el actor Zuskin, de los escritores Berguelsón, Márkish, Féfer, Kvitko, Nusinov, cuyas ejecuciones debían preceder al funesto proceso de los médicos judíos con el profesor Vovsi a la cabeza. Se decidía la suerte de los judíos salvados por el Ejército Rojo, contra los cuales, en el décimo aniversario de la victoria popular de Stalingrado, Stalin descargaría la espada del aniquilamiento que había arrancado de las manos de Hitler. Se decidía el destino de Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Rumanía. Se decidía el destino de los campesinos y obreros rusos, la libertad del pensamiento ruso, de la literatura y la ciencia rusas.

Stalin estaba emocionado. En aquella hora la futura potencia del Estado se fundía con su voluntad.

Su grandeza, su genialidad no existían por sí solas, independientemente de la grandeza del Estado y de las fuerzas armadas. Los libros que había escrito, sus trabajos científicos, su filosofía tendrían sentido, se convertirían en objeto de estudio y admiración por parte de millones de personas sólo si el Estado vencía.

Le pusieron en contacto con Yeremenko.

—Bueno, ¿cómo va por ahí? —preguntó Stalin sin saludarle siquiera—. ¿Han salido los tanques?

Yeremenko, al oír la voz rabiosa de Stalin, apagó precipitadamente el cigarrillo.

—No, camarada Stalin. Tolbujin está ultimando la preparación de la artillería. La infantería ha limpiado la primera línea. Los tanques todavía no han penetrado en la brecha.

Stalin lanzó una serie de improperios y colgó el teléfono.

Yeremenko volvió a encender el cigarrillo y llamó al comandante del 51.° Ejército.

—¿Por qué no han salido aún los tanques? —pregunto.

Tolbujin sujetaba con una mano el auricular y se secaba con un enorme pañuelo, que tenía en la otra, el sudor que le corría por el pecho. Llevaba la guerrera desabotonada, y del cuello abierto de la camisa de un blanco inmaculado, le sobresalían los pesados pliegues de grasa en la base del cuello. Se sobrepuso al jadeo y respondió con la lentitud propia de un hombre obeso que comprende no solo con la mente, sino también con todo el cuerpo, que toda agitación le resulta nefasta:

—El comandante del cuerpo de tanques me acaba de informar de que hay baterías enemigas en su camino que todavía están operativas. Ha pedido algunos minutos para abatirlas con el fuego de la artillería pesada.

—¡Dé la contraorden! —respondió bruscamente Yeremenko—. ¡Que ataquen los tanques de inmediato! Infórmeme dentro de tres minutos.

—A sus órdenes —respondió Tolbujin.

Yeremenko quiso insultar a Tolbujin, pero en lugar de eso le preguntó de pronto:

—¿Por qué jadea? ¿Está enfermo?

—No, no, me encuentro bien, Andréi Ivánovich; acabo de desayunar.

—Adelante, entonces —dijo Yeremenko y, tras colgar el auricular, observó—: Dice que ha desayunado y no puede respirar…

Luego blasfemó durante un largo rato, lanzando expresivos insultos.

Cuando sonó el teléfono en el puesto de mando, apenas audible a causa de la artillería que había reanudado el ataque, Nóvikov comprendió que se trataba del comandante del ejército y que iba a exigirle que los tanques penetraran en la brecha.

Escuchó a Tolbujin y pensó: «¡Me lo imaginaba!», y dijo: «¡Sí, camarada general, a sus órdenes!».

Sonrió en dirección a Guétmanov.

—Es igual, todavía necesitamos cuatro minutos.

Tres minutos después Tolbujin telefoneó de nuevo y, esta vez sin jadear, clamó:

—¿Está de broma, camarada coronel? ¿Por qué oigo fuego de artillería? ¡Cumpla las órdenes!

Nóvikov ordenó a la radiotelefonista que le pusiera en contacto con el comandante del regimiento de artillería Lopatin. Oía la voz de Lopatin, pero guardaba silencio y seguía el movimiento del segundero en su reloj en espera del plazo fijado.

—¡Qué hombre! —exclamó Guétmanov con sincera admiración.

Un minuto más tarde, cuando hubo cesado el fuego de la artillería pesada, Nóvikov se puso los auriculares y llamó al comandante de la brigada de tanques que debía ser la primera en avanzar por la brecha.

—¡Belov! —exclamó.

—Le escucho, camarada coronel.

Nóvikov, abriendo la boca con un grito iracundo y ebrio, aulló:

—¡Belov, al ataque!

La niebla se volvió más espesa por el fuego azulado, el aire zumbó por el rumor de los motores y el cuerpo de tanques se precipitó hacía la brecha del frente enemigo.

12

Los objetivos de la ofensiva rusa se hicieron evidentes para el comando alemán del Grupo de Ejércitos B cuando, al amanecer del 20 de noviembre, la artillería retumbó en la estepa calmuca y las unidades de choque del frente de Stalingrado, dispuestas más al sur de la ciudad, pasaron al ataque contra el 4.º Ejército rumano desplegado en el flanco derecho de Paulus.

El cuerpo de tanques, activo en el flanco izquierdo de las tropas de asalto soviéticas, penetró en la brecha abierta entre los lagos Tsatsa y Barmantsak, y acto seguido se lanzó al noroeste en dirección a Kalach, al encuentro de los cuerpos de tanques y de caballería que combatían en los frentes del Don y del suroeste.

En la tarde del 20 de noviembre las unidades soviéticas que avanzaban desde Serafímovich habían llegado más al norte de Surovíkino, y constituían una amenaza para las líneas de comunicación de Paulus.

Sin embargo el 6° Ejército de Paulus todavía no era consciente del peligro del cerco. A las seis de la tarde del día 19 el Estado Mayor de Paulus comunicaba al comandante del Grupo de Ejércitos B, el barón Von Weichs, que el 20 de noviembre tenía la intención de continuar las actividades de reconocimiento que ciertas subdivisiones habían emprendido en Stalingrado.

Aquella misma noche, Paulus recibió la orden de Von Weichs de interrumpir las operaciones ofensivas en Stalingrado y concentrar las unidades blindadas y de infantería, así como las armas antitanque, escalonándolas detrás de su flanco izquierdo para lanzar un ataque en dirección noroeste.

Esta orden, que Paulus recibió a las diez de la noche, marcaba el final de la ofensiva alemana en Stalingrado.

La vertiginosa sucesión de acontecimientos hizo que la orden perdiera sentido.

El 21 de noviembre los grupos de ataque soviéticos procedentes de Serafímovich y Klétskaya se unieron y efectuaron un giro de noventa grados respecto a su posición inicial, moviéndose hacia el Don, en la región de Kalach, y más al norte, directamente hacia la retaguardia del ejército de Paulus.

Aquel día, cuarenta tanques soviéticos aparecieron en la elevada orilla occidental del Don, a pocos kilómetros de Golubinskaya, donde estaba emplazado el cuartel general de Paulus. Otro grupo de tanques tomó rápidamente el puente que cruzaba el Don: la defensa alemana confundió a la unidad de tanques soviética con un destacamento de entrenamiento, equipado con medios confiscados al enemigo, que a menudo utilizaba aquel puente. Los tanques soviéticos entraron en Kalach. Se trazaba así el cerco a dos ejércitos alemanes: el 6.° de Paulus y el 4.º blindado de Hoth. Una de las mejores unidades de combate de Paulus, la 384ª División de Infantería, adoptó una posición de defensa orientando el frente del propio dispositivo hacia el noroeste.

En aquel mismo momento el ejército de Yeremenko, que había partido desde el sur, aplastaba a la 29.ª División Motorizada alemana, abatía el 6.° Cuerpo del ejército rumano y avanzaba entre los ríos Chervlennaya y Donskaya Tsaritsa hacia la vía férrea que unía Kalach y Stalingrado.

Poco antes del anochecer los tanques de Nóvikov se acercaron a un núcleo de resistencia rumana fuertemente fortificado.

Esta vez Nóvikov no titubeó, no se aprovechó de la oscuridad nocturna para concentrar a escondidas, furtivamente, los tanques antes de lanzarlos al ataque. A una orden suya, los tanques, los cañones autopropulsados, los carros blindados y los camiones de la infantería motorizada encendieron simultáneamente los faros.

Cientos de luces deslumbrantes, cegadoras, quebraron la noche. Una enorme masa de máquinas salió de la oscuridad de la estepa, ensordeciendo con su rugido, con las descargas de sus cañones y las ráfagas de las ametralladoras, cegando con su luz lacerante, paralizando a la defensa rumana, sembrando el pánico.

Después de una breve batalla, los tanques continuaron su avance.

En la mañana del 22 de noviembre, los tanques soviéticos procedentes de las estepas calmucas irrumpieron en Buzinovka. Aquella misma noche, las secciones acorazadas soviéticas que se habían movido desde el sur y el norte unieron sus fuerzas al este de Kalach, en la retaguardia de los ejércitos alemanes de Paulus y Hoth. El 23 de noviembre, varias formaciones de fusileros habían tomado posiciones en los ríos Chir y Aksái, y cubrían eficazmente los flancos de los grupos de asalto.

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