Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 26

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El objetivo que el alto mando del ejército había marcado a las tropas se había cumplido: las fuerzas alemanas habían sido cercadas en el transcurso de cien horas.

—¿Cuál fue el curso posterior de los acontecimientos? ¿Qué lo determinó? ¿Qué voluntad humana se convirtió en instrumento de la fatalidad histórica?

A las seis de la tarde del 22 de noviembre, Paulus envió un radiomensaje al Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B:

El ejército está cercado. Todo el valle del río Tsaritsa, la vía férrea de Soviétskaya a Kalach, el puente sobre el Don y las colinas sobre el margen occidental del Don están, a pesar de nuestra heroica resistencia, en manos de los rusos… La situación, por lo que respecta a las municiones, es crítica.

Tenemos provisiones para seis días. Solicito libertad de acción en el caso de que no sea posible establecer una defensa perimétrica. En tal situación podríamos vernos obligados a abandonar Stalingrado y el frente norte.

La noche del 22 de noviembre Paulus recibió la orden de Hitler de llamar a la zona que ocupaba su ejército «Fortaleza Stalingrado».

La orden precedente había sido: «El comandante del ejército debe dirigirse a Stalingrado y trasladar allí su Estado Mayor. El 6.° Ejército establecerá una defensa perimétrica en espera de indicaciones ulteriores».

Al término de la reunión celebrada entre Paulus y los comandantes de los cuerpos de ejército, el barón Von Weichs telegrafió al alto mando:

A pesar de la terrible responsabilidad que siento sobre mí al tomar esta decisión, debo informar que considero necesario apoyar la petición del general Paulus respecto a la retirada del 6.° Ejército…

El jefe del Estado Mayor de las fuerzas terrestres, el general Zeitler, con el que Von Weichs estaba en contacto Permanente, compartía sin reservas la opinión de Paulus y Weichs acerca de la necesidad de abandonar la zona de Stalingrado, pues, a su entender, resultaba del todo imposible abastecer por vía aérea los enormes contingentes militares que se encontraban sitiados.

A las dos de la madrugada del 24 de noviembre Zeitler informó a Weichs de que finalmente había logrado convencer a Hitler de que debían abandonar Stalingrado. El Führer, concluía, daría la orden de la retirada del 6.° Ejército el 24 de noviembre por la mañana.

Poco después de las diez de la mañana, la única línea de comunicación telefónica existente entre el Grupo de Ejércitos B y el 6.° Ejército fue cortada.

La orden de Hitler se esperaba de un momento a otro. Puesto que era de vital importancia actuar con rapidez, el barón Von Weichs asumió la responsabilidad de dar la orden de romper el cerco.

En el momento en que los soldados de transmisiones se disponían a enviar por radio el mensaje de Weichs, el jefe del centro de transmisiones oyó el mensaje que el Führer enviaba desde su cuartel general al comandante Paulus:

El 6.° Ejército ha sido cercado temporalmente por los rusos. He decidido concentrar el ejército en la zona: norte de Stalingrado, Kotlubán, cotas 137 y 139, Marinovka, Tsibenko, Sur de la ciudad. El ejército puede tener la certeza de que haré todo cuanto pueda para mantener el abastecimiento y romper el cerco. Conozco al valeroso 6.° Ejército y a su comandante, y estoy seguro de que cumplirán con su deber.

ADOLF HITLER

La voluntad de Hitler, expresión del funesto destino del Tercer Reich, se convirtió en el destino del ejército de Paulus. Hitler escribió una nueva página de la historia militar alemana con la pluma de Paulus, Weichs, Zeitler; con la pluma de los comandantes de los cuerpos y regimientos del ejército; con la pluma de los soldados, de todos aquellos que no querían cumplir su voluntad, pero que la cumplieron hasta el final.

13

Tras cien horas de combate, las fuerzas de los tres frentes —el de Stalingrado, el del Don y el del suroeste— se habían unido.

Bajo el pálido cielo invernal, en la nieve removida de la periferia de Kalach, las divisiones soviéticas acorazadas de primera línea entraron en contacto. El nevado espacio de la estepa había sido roturado por cientos de orugas, quemado por las explosiones de los obuses. Las pesadas máquinas levantaban enormes nubes de nieve y el blanco manto notaba en el aire. Allí donde los tanques hacían bruscos virajes, además de la nieve alzaban polvo de arcilla helada.

Los cazas y bombarderos de apoyo soviéticos volaban a baja altura sobre la estepa. Al noroeste retumbaban las piezas de artillería de gran calibre y relámpagos confusos iluminaban un cielo humeante y sombrío.

Dos T-34 se detuvieron uno frente al otro junto a una casita de madera. Los tanquistas, sucios, excitados por el éxito de la batalla y la proximidad de la muerte, aspiraban con placer y ruidosamente el aire gélido, que les parecía aún más agradable después del calor sofocante y oleoso del interior del tanque. Los tanquistas liberaron sus cabezas de los cascos de piel negra y entraron en la casa. Allí, el comandante del tanque procedente del lago Tsatsa sacó del bolsillo de su uniforme una petaca con medio litro de vodka… Una mujer enfundada en un chaquetón guateado y que calzaba unas enormes botas de fieltro dejó sobre la mesa los vasos que tintineaban en sus temblorosas manos, y dijo entre sollozos:

—Creíamos que no saldríamos vivos cuando los nuestros comenzaron a disparar; disparaban y disparaban sin cesar, he pasado dos días en el sótano.

—Entretanto habían entrado en la habitación otros dos tanquistas de baja estatura y anchos de hombros, como dos armarios.

—Ves, Valeri ¡qué hospitalidad! Pero da la casualidad de que nosotros hemos traído algo para hincar el diente —observó el comandante del tanque que procedía del frente del Don.

Valeri hundió la mano en un bolsillo profundo del uniforme, sacó un pedazo de salchichón ahumado envuelto en una mugrienta proclama de guerra y se puso a romperlo en trozos, reponiendo cuidadosamente con los dedos el tocino blanco que escapaba de las rodajas.

Después de beber, a los tanquistas les embargó una sensación de bienestar. Uno de ellos, sonriendo con la boca llena, dijo:

—Mirad lo que significa habernos encontrado: vuestro vodka y nuestro salchichón se han unido.

La broma fue del agrado de todos, y los tanquistas, sin parar de reír, la repitieron mientras masticaban el salchichón, rebosantes del calor de la camaradería.

14

El comandante del tanque procedente del sur comunicó por radio al jefe de su compañía que se había producido la reunión de tropas en la zona de Kalach. Añadió algunas palabras sobre el hecho de que los soldados venidos del frente suroeste parecían ser gente cabal y que habían vaciado una botella juntos.

El informe siguió los cauces establecidos hasta llegar al alto mando, y al cabo de unos minutos el comandante de brigada Kárpov anunciaba al comandante del cuerpo que el encuentro se había efectuado.

Nóvikov percibía la atmósfera de exaltación que había surgido en torno a él en el Estado Mayor. El cuerpo avanzaba casi sin sufrir pérdidas y había cumplido, dentro de los plazos previstos, los objetivos que le habían fijado.

Después de haber enviado su informe al comandante del frente, Neudóbnov estrechó durante largo rato la mano de Nóvikov. Los ojos del jefe del Estado Mayor, por lo general amarillos e irritados, se habían vuelto más límpidos y dulces.

—Ya ve los milagros que pueden realizar nuestros hombres una vez eliminados los enemigos internos y los saboteadores —dijo.

Guétmanov abrazó a Nóvikov, miró a los oficiales que estaban a su lado, a los chóferes, los ordenanzas, los radiotelegrafistas, y se sorbió los mocos sonoramente, para que todos le oyeran.

—¡Te doy las gracias, Piotr Pávlovich! —dijo—. Recibe un agradecimiento ruso, un agradecimiento soviético. Te da las gracias el comunista Guétmanov. Me quito el sombrero ante ti; gracias.

Y de nuevo besó y abrazó al conmovido Nóvikov.

—Lo has preparado todo, has instruido a los hombres a la perfección, lo has previsto todo y ahora has recogido los frutos de tu trabajo —le elogió Guétmanov.

—Qué va, no estaba previsto —dijo Nóvikov, a quien escuchar las palabras de Guétmanov le procuraba un placer casi insoportable a la vez que cierta incomodidad. Y agitando un fajo de informes de guerra añadió—: Estas son mis previsiones. Confiaba sobre todo en Makárov, pero éste se quedó rezagado, se desvió de la ruta asignada y desperdició una hora y media en una escaramuza innecesaria en su flanco. En cuanto a Belov, estaba convencido de que avanzaría sin prestar atención a sus flancos, pero el segundo día, en lugar de rebasar un centro de resistencia enemiga y avanzar sin demora hacia el noroeste, se enzarzó en una refriega contra unidades de artillería e infantería, e incluso pasó a la defensiva, despilfarrando once horas con esas tonterías. Fue Kárpov el primero en llegar a Kalach; avanzó a toda velocidad, como una flecha, sin mirar atrás ni una sola vez y sin preocuparse de lo que sucedía en sus flancos, y logró ser el primero en cortar las principales líneas de comunicación de los alemanes. He aquí mi conocimiento de los hombres. He aquí mis previsiones. Y yo que pensé que Kárpov estaría tan ocupado vigilando sus flancos que tendría que hacerle avanzar a garrotazos…

Guétmanov sonrió.

—Está bien, está bien. Todos conocemos el valor de la modestia; es algo que nos enseña nuestro gran Stalin…

Nóvikov era feliz. Pensó que probablemente amaba de veras a Yevguenia Nikoláyevna, si se había pasado el día pensando tanto en ella; continuaba mirando alrededor y le parecía que de un momento a otro la vería llegar.

Bajando la voz hasta reducirla a un susurro, Guétmanov dijo:

—Lo que nunca olvidaré, Piotr Pávlovich, es la manera en que retrasaste el ataque durante ocho minutos. El comandante apremia. El comandante del frente exige que lance inmediatamente los tanques a la brecha. Stalin, según me han contado, llamó a Yeremenko para preguntarle por qué no había comenzado el ataque. Hiciste esperar a Stalin, y así fue como penetramos en la brecha sin perder un solo tanque ni un solo hombre. Es algo que no olvidaré en toda mi vida.

Por la noche, cuando Nóvikov había salido con su tanque hacia Kalach, Guétmanov fue a ver al jefe del Estado Mayor y le dijo:

—Camarada general, he escrito una carta donde informo de la actitud del comandante del cuerpo, que retrasó por propia voluntad ocho minutos el inicio de una operación decisiva, de grandísima importancia; una operación capaz de decidir el destino de la guerra. Se lo ruego, tenga en cuenta este documento.

15

En el momento en que Vasilevksi informó a Stalin por radio de que los ejércitos alemanes habían sido cercados, Stalin tenía a su lado a su secretario, Poskrebishev. Stalin, sin mirar a Poskrebishev, permaneció algunos segundos sentado con los ojos cerrados, como si estuviera dormido. El secretario contuvo la respiración, esforzándose por no hacer el menor movimiento.

Era la hora de su triunfo. No sólo había vencido al enemigo presente, también se había impuesto sobre el pasado. La hierba crecería más espesa sobre las tumbas campesinas de los años treinta. El hielo, las colinas nevadas más allá del Círculo Polar conservarían su plácido mutismo.

Sabía mejor que nadie en el mundo que a los vencedores no se les juzga.

Stalin deseó tener a su lado a sus hijos, a su nieta, la pequeña hija del pobre Yákov. Tranquilo, con el ánimo sosegado, acariciaría la cabeza de su nieta sin dignarse mirar el mundo que se extendía más allá del umbral de su cabaña. La hija afectuosa, la nieta dulce y enfermiza, los recuerdos de la infancia, el frescor del jardín, el lejano rumor del río… ¿Qué importancia tenía todo lo demás? Su fuerza no dependía de los regimientos militares ni de la potencia del Estado.

Despacio, sin abrir los ojos, con entonación especialmente suave, se puso a cantar:

Ay, has caído en la red, mi querido pajarito.

Tú y yo no nos separaremos nunca por nada del mundo.

Poskrebishev, mirando la cabeza entrecana y la incipiente calvicie de Stalin, su cara picada de viruelas, los ojos cerrados, sintió de repente que se le estaban helando los dedos.

16

La ofensiva coronada por el éxito en la zona de Stalingrado había tapado los agujeros en la línea de la defensa soviética. No sólo entre los enormes frentes de Stalingrado y del Don, no sólo entre los ejércitos de Chuikov y las divisiones soviéticas en el norte, no sólo entre los batallones y las compañías separadas de sus retaguardias, no sólo entre los grupos de asalto atrincherados en las casas de Stalingrado. La sensación de aislamiento, de estar cercados o medio cercados, había desaparecido, y había sido sustituida al mismo tiempo en la conciencia de las gentes por un sentimiento de integridad, unión y pluralidad. Esa conciencia de unión entre el individuo y la masa del ejército es lo que se suele llamar la moral del vencedor.

La mente y el ánimo de los soldados alemanes caídos en el cerco de Stalingrado sufrieron la misma transformación, aunque por supuesto en sentido inverso. Un enorme pedazo de carne, formado por cientos de miles de células dotadas de razón y sentimiento, había sido separado del cuerpo de las fuerzas armadas alemanas.

La idea, expresada en su momento por Tolstói, según la cual es imposible cercar totalmente a un ejército, se basaba en la experiencia militar de su época.

La guerra de 1941-1945 demostró, no obstante, que se puede sitiar un ejército, encadenarlo al suelo y envolverlo con un anillo de hierro. El cerco, durante la guerra de 1941-1945, fue una realidad implacable para muchos ejércitos soviéticos y alemanes.

La observación de Tolstói era indudablemente cierta en sus tiempos, pero como la mayoría de las reflexiones sobre política y guerra expresadas por grandes hombres, no poseía vida eterna.

El cerco de Stalingrado fue posible gracias a la extraordinaria movilidad de las tropas y a la excesiva lentitud de las enormes retaguardias sobre las que se apoyaba su propia movilidad. Las unidades que cercan tienen todas las ventajas de la movilidad. Las unidades que son cercadas, por su parte, pierden toda movilidad, ya que en esas condiciones no pueden organizar una retaguardia compleja, sólida, estructurada a la manera de una fábrica. Las unidades cercadas están paralizadas; las unidades que efectúan el cerco tienen motores y alas.

Un ejército cercado, privado de movilidad, pierde algo más que su supremacía técnico-militar. Los soldados y los oficiales de los ejércitos cercados quedan, en cierto modo, excluidos del mundo contemporáneo y son empujados al mundo del pasado. Tienden a valorar de nuevo no sólo las fuerzas de los ejércitos en el campo de batalla, las perspectivas de la guerra, sino también la política estatal, la fascinación de los jefes de los partidos, los códigos, la Constitución, el carácter nacional, el pasado y el futuro de su pueblo.

Los asediantes también se entretienen con reevaluaciones parecidas, pero de carácter contrario, como el águila que siente con placer la fuerza de sus propias alas y planea sobre la presa paralizada e impotente.

El cerco que sufrió el ejército de Paulus en Stalingrado determinó el curso de la guerra. El triunfo en Stalingrado estableció el resultado de la guerra, pero la tácita disputa entre el pueblo y el Estado, ambos vencedores, todavía no había acabado. El destino del hombre, su libertad, dependían de ella.

17

En la frontera de Prusia oriental y Lituania lloviznaba sobre el bosque otoñal de Görlitz, y un hombre de estatura mediana, con impermeable gris, caminaba por un sendero que discurría entre altos árboles. Los centinelas, al ver a Hitler, contenían la respiración, se quedaban inmóviles y las gotas de lluvia corrían lentamente por sus caras.

El Führer tenía ganas de respirar aire fresco, de estar solo. El aire húmedo le resultaba agradable. Las gotas eran ligeras y refrescantes. Los árboles, cálidos y taciturnos. Qué placentero era pisar la suave alfombra de hojas muertas.

Los hombres del cuartel general del campo le habían irritado ese día de modo intolerable… Stalin nunca le había suscitado respeto. Todos sus actos antes de la guerra le habían parecido estúpidos y groseros. Su astucia, su perfidia, correspondían a la simplicidad de un campesino. Su gobierno también era ridículo. Algún día Churchill comprendería el trágico papel desempeñado por la nueva Alemania que, con su propio cuerpo, había servido de escudo a Europa, protegiéndola contra el bolchevismo asiático de Stalin. Pensaba en los hombres que habían insistido en la retirada del 6.° Ejército de Stalingrado. Ahora serían particularmente reservados y respetuosos. Le irritaban también los que tenían una confianza absoluta en él: pronto comenzarían a demostrarle su fidelidad con verbosos discursos. Se esforzaba todo el tiempo en pensar con desprecio en Stalin, humillarlo, y comprendía que esa exigencia era debida a la pérdida del sentimiento de superioridad… ¡Cruel y vengativo tendero caucásico! El éxito de aquel día no cambiaba nada… ¿Acaso no brillaba una secreta burla en los ojos de Zeitzler, ese viejo castrado? Le irritaba la idea de que Goebbels se apresuraría a informarle de las bromas del primer ministro inglés sobre su talento como jefe militar. Goebbels, entre risas, le diría: «Reconoce que es ingenioso», y en el fondo de sus ojos bellos e inteligentes, por un segundo se revelaría el resplandor del triunfo del envidioso, que creía sofocado para siempre.

Los problemas que le había creado el 6.° Ejército le inquietaban y le impedían ser él mismo. La principal desgracia no consistía en la pérdida de Stalingrado ni en las divisiones cercadas, sino en el hecho de que Stalin le había vencido.

Bueno, pronto lo arreglaría.

Hitler siempre había tenido pensamientos ordinarios y debilidades encantadoras, pero como era grande y omnipotente, todo eso conmovía y suscitaba admiración en el pueblo. Él encarnaba el ímpetu nacional alemán. Pero tan pronto como la potencia de la nueva Alemania y de sus fuerzas armadas había comenzado a vacilar, también su sabiduría se había ofuscado y había perdido su genialidad.

No envidiaba a Napoleón. No soportaba a los hombres cuya grandeza no desaparecía en la soledad, en la impotencia, en la miseria; a los hombres que en un sótano oscuro, en un desván, conservaban la fuerza.

No había podido, durante aquel paseo solitario por el bosque, sacudirse de encima el peso de la cotidianidad y encontrar en el fondo de su alma una solución sincera y superior, inaccesible para las ratas de oficina del Estado Mayor General y de la dirección del Partido.

La sensación de haberse vuelto un hombre corriente venía acompañada de una insoportable sensación de opresión. No era un hombre como los demás lo que hacía falta para fundar la nueva Alemania, para avivar la guerra y los hornos de Auschwitz, para crear la Gestapo. El fundador y Führer de la nueva Alemania debía sobresalir entre la humanidad. Sus sentimientos, sus pensamientos, su vida cotidiana sólo podían existir por encima del resto de los seres humanos.

Los tanques rusos le habían devuelto al punto de partida. Sus pensamientos, sus decisiones, su odio no estaban hoy dirigidos contra Dios y el destino del mundo. Los carros rusos le habían vuelto a situar entre los hombres.

La soledad en el bosque, que inicialmente le había calmado, ahora le parecía espantosa. Solo, sin guardaespaldas, sin los habituales ayudantes de campo, se sentía como el niño del cuento que se pierde en la oscuridad del bosque encantado. Del mismo modo vagaba Pulgarcito; así se había perdido la cabritilla en el bosque, sin saber que en la oscuridad acechaba el lobo.

De las oscuras tinieblas de las décadas transcurridas emergieron sus miedos infantiles, el recuerdo de la ilustración de un libro de cuentos: una cabritilla en un claro iluminado por el sol, y entre la espesura húmeda y oscura del bosque, los ojos rojos y los dientes blancos del lobo.

De repente Hitler sintió deseos de, gritar como cuando era niño; deseaba llamar a su madre, cerrar los ojos, correr.

Pero en el bosque, entre los árboles, se ocultaba el regimiento de su guardia personal, miles de hombres fuertes, entrenados, despiertos, con reflejos inmediatos. La misión de su vida consistía en evitar que el mínimo soplo de aire llegara a mover un pelo de su cabeza, que no lo tocara siquiera. El zumbido discreto del teléfono transmitía a todos los sectores y zonas los movimientos del Führer, que había decidido pasear solo por el bosque.

Dio media vuelta y, reprimiendo el deseo de salir corriendo, se dirigió hacia los edificios verde oscuro de su cuartel general.

Los guardias vieron que el Führer apretaba el paso, sin duda para tratar asuntos urgentes que requerían su presencia en el Estado Mayor. ¿Cómo podían imaginar que pocos minutos antes del crepúsculo el caudillo de Alemania había escapado del lobo del cuento?

Detrás de los árboles brillaban las luces de los edificios del Estado Mayor. Por primera vez, al pensar en el fuego de los hornos crematorios sintió un horror humano.

18

Una extraña inquietud se apoderó de los hombres que se encontraban en los refugios y en el puesto de mando del 62.° Ejército: tenían ganas de tocarse la cara, palpar sus uniformes, mover los dedos de los pies encerrados en las botas. Los alemanes no disparaban. Se había hecho el silencio.

Aquel silencio daba vértigo. Los hombres tenían la impresión de haberse vaciado, de que se les había entumecido el corazón; que los brazos, las piernas se movían como miembros extraños. Causaba una impresión inverosímil, inconcebible, comer las gachas en silencio, y en silencio escribir una carta, despertarse por la noche en medio de la calma. El silencio tenía voz propia, había hecho nacer una infinidad de sonidos que parecían nuevos y extraños: el tintineo del cuchillo, el susurro de la página de un libro, el crujido de la tarima, las pisadas de los pies desnudos, el chirrido de la pluma, el tictac del reloj de pesas en la pared del refugio.

El jefe del Estado Mayor del ejército Krilov entró en el refugio del comandante. Chuikov estaba sentado en el catre y frente a él, detrás de una pequeña mesa, se hallaba Gúrov. Krilov quería anunciar rápidamente las últimas novedades: el frente de Stalingrado había pasado al ataque, el cerco sobre las tropas de Paulus se decidiría en las próximas horas. Miró a Chuikov y Gúrov y tomó asiento, en silencio, en el catre. Krilov debió de ver algo muy importante en los rostros de sus camaradas para no hacerles partícipes de esa información, que tenía una importancia capital.

Los tres hombres permanecían callados. El silencio daba vida a nuevos ruidos hasta ese instante borrados en Stalingrado. El silencio estaba a punto de generar nuevos pensamientos, pasiones, inquietudes que habían sido acallados durante los días de combate.

Pero en esos instantes no tenían todavía nuevos pensamientos: sus emociones, ambiciones, ofensas, odio no se habían liberado del peso aplastante de Stalingrado. No pensaban que de ahora en adelante sus nombres estarían ligados a una página gloriosa de la historia militar de Rusia.

Aquellos instantes de silencio fueron los mejores de su vida, instantes regidos exclusivamente por sentimientos humanos, y ninguno de los allí presentes pudo explicarse el motivo de tanta felicidad y de tanta tristeza, del amor y la paz que les había invadido.

¿Es necesario continuar hablando de los generales de Stalingrado después del éxito del ataque defensivo? ¿Es necesario contar las pasiones mezquinas que se adueñaron de algunos jefes de la defensa en Stalingrado? ¿De cómo bebían y discutían sin interrupción a propósito de una gloria indivisible? ¿De cómo Chuikov, borracho, se lanzó contra Rodímtsev con la intención de estrangularlo sólo porque, en el mitin celebrado para conmemorar la victoria de Stalingrado, Nikita Jruschov abrazó y besó a Rodímtsev sin dignarse mirar siquiera a Chuikov?

¿Es necesario explicar que Chuikov y su Estado Mayor fueron los primeros en abandonar la santa tierra de Stalingrado para asistir a las celebraciones del vigésimo aniversario de la Cheká-OGPU? ¿Y que al día siguiente él y sus camaradas, borrachos como una cuba, estuvieron a punto de ahogarse en el Volga y fueron sacados del agua por los soldados? ¿Es necesario hablar de los insultos, los reproches, las sospechas, la envidia?

La verdad es sólo una.

No hay dos verdades. Sin verdad, o bien con fragmentos, con una pequeña parte de la verdad, con una verdad cortada y podada, es difícil vivir. Una verdad parcial no es una verdad. Dejemos que en esta maravillosa y silenciosa noche reine en el alma la verdad, sin máscaras. Restituyamos a los hombres, por esta noche, la bondad, la grandeza de sus duras jornadas de trabajo…

Chuikov salió del refugio y subió despacio a la cima de la pendiente del Volga. Los escalones de madera crujían bajo sus pies. Estaba oscuro. El este y el oeste callaban. Las siluetas de los bloques de las fábricas, las ruinas de los edificios de la ciudad, las trincheras, los refugios se habían fundido en la tranquila y silenciosa tiniebla de la tierra, del cielo, del Volga.

Así se manifestaba la victoria del pueblo. No con la marcha ceremonial del ejército bajo el estruendo de la orquesta, ni tampoco en los fuegos artificiales o en las salvas de la artillería, sino en la húmeda quietud nocturna que envolvía a la tierra, la ciudad, el Volga…

Chuikov se había conmovido; su corazón endurecido por la guerra le martilleaba en el pecho. Aguzó el oído: el silencio se había roto. Desde Banni Ovrag y la fábrica Octubre Rojo llegaba una canción. Abajo, en la orilla del Volga, se oían voces apagadas y los acordes de una guitarra.

Chuikov regresó al refugio. Gúrov, que le había esperado para cenar, le dijo:

—Esta calma es increíble, Vasili Ivánovich.

Chuikov resopló y no dijo nada.

Luego, una vez sentados a la mesa, Gúrov observó:

—Eh, camarada, has tenido que pasarlas canutas si lloras por una canción alegre.

Chuikov le fulminó con una mirada viva y desconcertada.

19

En el refugio excavado en la ladera del barranco de Stalingrado, algunos soldados del Ejército Rojo estaban sentados alrededor de una mesa improvisada, a la luz de una lámpara de fabricación casera.

Un sargento servía vodka en los vasos de sus compañeros y los hombres observaban cómo el líquido precioso alcanzaba el nivel indicado por su uña torcida.

Después de beber, todos alargaron las manos hacia el pan.

Uno acabó de masticar y dijo:

—Sí, las hemos pasado moradas, pero al final hemos vencido.

—Los fritzes se han calmado, no se oye ni un ruido.

—Sí, ya han tenido suficiente.

—La epopeya de Stalingrado ha terminado.

—Pero antes les ha dado tiempo de provocar muchas desgracias. Han quemado la mitad de Rusia.

Masticaban el pan muy despacio, sin apresurarse, reencontrando en la calma la sensación feliz y tranquila de aquellos que por fin pueden reposar, beber y comer después de un largo y difícil trabajo.

Las mentes comenzaban a nublarse, pero esta niebla tenía algo especial, no les aturdía. Y todo se percibía con extrema lucidez: el sabor del pan, el crujido de la cebolla, las armas amontonadas bajo la pared de arcilla de la trinchera, el recuerdo del hogar, el Volga y la victoria sobre el potente enemigo, obtenida con esas mismas manos que acariciaban los cabellos de los niños, que abrazaban a las mujeres, que despedazaban el pan y liaban cigarrillos con papel de periódico.

20

Los moscovitas que se preparaban para volver a casa después de la evacuación quizá se alegraban más de dejar atrás su vida como evacuados que de encontrarse de nuevo en Moscú. Las calles de Sverdlovsk, Omsk, Tashkent o Krasnoyarsk, las casas, las estrellas en el cielo otoñal, el sabor de la comida: todo se había vuelto odioso.

Si las noticias que transmitía la Oficina de Información Soviética eran buenas, decían:

—Bueno, pronto nos marcharemos de aquí.

Si el boletín, en cambio, era alarmante, se lamentaban:

—Oh, seguro que interrumpirán la reevacuación de las familias.

Corrían infinidad de historias sobre personas que habían logrado regresar a Moscú sin salvoconducto; cambiaban varias veces de tren, pasando de trenes de largo recorrido a ferrocarriles regionales, luego cogían trenes eléctricos donde no efectuaban controles.

La gente había olvidado que en octubre de 1941 cada día pasado en Moscú era una tortura. Con qué envidia miraban a los moscovitas que habían cambiado el siniestro cielo natal por la tranquilidad de Tartaria, Uzbekistán…

La gente había olvidado que algunos no consiguieron subir a los convoyes en los fatídicos días de octubre de 1941, que abandonaron maletas y hatillos y se fueron a pie hasta Zagorsk, porque deseaban huir de Moscú. Ahora la gente estaba dispuesta a abandonar sus pertenencias, el trabajo, una vida cómoda, y marchar a pie hasta Moscú, con el único fin de dejar a sus espaldas los lugares de la evacuación.

La principal razón de estas dos posiciones opuestas —la impetuosa fuerza que empujaba fuera de Moscú y hacia Moscú— consistía en el hecho de que el año de guerra transcurrido había transformado la conciencia de los hombres, y el miedo místico hacia los alemanes se había convertido en la certeza de la superioridad de las fuerzas soviéticas.

La terrible aviación alemana ya no parecía tan terrible.

En la segunda mitad de noviembre la Oficina de Información Soviética comunicó el inicio de la ofensiva contra el grupo de ejércitos nazis en la provincia de Vladikavkaz (Ordzhonikidze) y el sucesivo avance victorioso en la provincia de Stalingrado. Durante dos semanas el locutor anunció nueve veces: «Última hora… La ofensiva de nuestras tropas continúa… Un nuevo golpe asestado contra el enemigo… Nuestros ejércitos han vencido la resistencia del enemigo en las inmediaciones de Stalingrado y han roto su nueva línea de defensa en la orilla oriental del Don… Nuestros ejércitos prosiguen el ataque, han recorrido de diez a veinte kilómetros… Las tropas desplegadas en el curso medió del Don han pasado a la ofensiva contra los ejércitos alemanes… Ofensiva de nuestras tropas en el Cáucaso septentrional… Nuevo ataque de nuestros ejércitos al suroeste de Stalingrado…».

En vísperas del nuevo año, 1943, la Oficina de Información Soviética emitió un comunicado titulado «Balance de la ofensiva desplegada en las últimas seis semanas en los accesos de Stalingrado», en el que describía cómo habían sido cercados los ejércitos alemanes en Stalingrado.

En la conciencia de la gente estaba a punto de operarse un cambio. Los primeros movimientos tuvieron lugar en el subconsciente, con un secretismo no inferior a aquel con el que se había preparado la ofensiva de Stalingrado. Esta transformación, acaecida en el inconsciente, se hizo evidente, se expresó por primera vez después de la ofensiva de Stalingrado.

Lo que había ocurrido en la conciencia colectiva se distinguía de lo que había sucedido en los días del desenlace victorioso de la batalla de Moscú, si bien, en apariencia, los dos fenómenos eran idénticos.

La diferencia consistía en el hecho de que la victoria de Moscú había servido, fundamentalmente, para cambiar la Actitud hacia los alemanes. El temor místico hacia el ejército alemán se desvaneció en diciembre de 1941.

Stalingrado, la ofensiva de Stalingrado, contribuyó a crear una nueva conciencia en el ejército y en la población. Los soviéticos, los rusos, comenzaron a verse de otra manera y a comportarse de modo diferente respecto a la gente de otras nacionalidades. La historia de Rusia comenzó a ser percibida como la historia de la gloria rusa, y no como la historia de los sufrimientos y las humillaciones de los campesinos y obreros rusos.

El factor nacional, antes un aspecto relativo a la forma, se transformó en contenido, se convirtió en un nuevo fundamento para la comprensión del mundo.

En los días de la victoria de Moscú la gente pensaba según las viejas categorías de pensamiento, las nociones dominantes antes de la guerra.

La reinterpretación de los acontecimientos bélicos, la toma de conciencia de la fuerza de las armas rusas y del Estado formaban parte de un proceso más amplio, largo y complejo.

Dicho proceso había comenzado mucho antes de la guerra; sin embargo, no había tenido lugar tanto en la conciencia del pueblo como a un nivel subconsciente.

Tres grandiosos acontecimientos fueron las piedras angulares de esta reinterpretación de la vida y las relaciones humanas: la colectivización del campo, la industrialización y el año 1937.

Estos acontecimientos, como la Revolución de Octubre de 1917, causaron desplazamientos y movimientos de enormes masas de población; tales movimientos estuvieron acompañados por la eliminación física de personas en un número superior, que no inferior, al exterminio que había tenido lugar en la época de la liquidación de la nobleza rusa y de la burguesía industrial y comercial.

Estos acontecimientos, capitaneados por Stalin, señalaron el triunfo económico y político de los constructores del nuevo Estado soviético, del socialismo en un solo país. Estos acontecimientos constituían el resultado lógico de la Revolución de Octubre.

Sin embargo, el nuevo régimen que había triunfado en los tiempos de la colectivización, de la industrialización y de la sustitución casi total de los cuadros dirigentes no quería renunciar a las viejas ideas y las fórmulas ideológicas, si bien éstas habían perdido su contenido real. El nuevo régimen se servía de la vieja fraseología y de las viejas ideas, que habían surgido años antes de la Revolución, cuando se constituyó el ala bolchevique del partido socialdemócrata. La base del nuevo régimen era su carácter estatal-nacional.

La guerra aceleraba el proceso de reinterpretación de la realidad que de manera subterránea se llevaba a cabo en el periodo prebélico, y apresuró la manifestación de la conciencia nacional; la palabra «ruso» recuperó su sentido.

Al inicio, en la época de la retirada, esta palabra se asociaba en mayor medida con atributos negativos: el retraso ruso, la desorganización, la falta de caminos transitables propia de los rusos, el fatalismo ruso… Pero una nueva conciencia nacional había nacido; sólo esperaba una victoria militar.

Paralelamente, el Estado tomaba conciencia de sí mismo en el marco de nuevas categorías.

La conciencia nacional es una fuerza potente y maravillosa en tiempos de adversidad. Es maravillosa no porque sea nacional, sino porque es humana; es la manifestación de la dignidad del hombre, de su amor por la libertad, de su fe en el bien.

Pero despertada en tiempos de desgracia, la conciencia nacional puede desarrollarse de formas diversas.

Es indudable que el sentimiento nacional se manifiesta de modo diferente en el jefe del departamento de personal, que protege la empresa de la contaminación de los cosmopolitas y nacionalistas burgueses, que en el soldado del Ejército Rojo que defiende Stalingrado.

La vida de la Unión Soviética vinculó el despertar de la conciencia nacional con los objetivos que el Estado se había fijado después de la guerra: la lucha por la idea de la soberanía nacional, la afirmación del soviético, del ruso, en cualquier terreno de la vida.

Todos estos propósitos no surgieron de improviso durante la guerra y la posguerra; aparecieron antes, cuando tuvieron lugar los acontecimientos que se desarrollaron en el campo, la creación de una industria pesada nacional y la llegada de nuevos mandos dirigentes; hechos que, en su conjunto, marcaron el triunfo de un régimen que Stalin definió como «socialismo en un solo país».

Los defectos congénitos de la socialdemócrata rusa fueron borrados, suprimidos.

Y precisamente en el punto de inflexión de Stalingrado en el momento en que las llamas de Stalingrado eran la única señal de libertad en un reino tenebroso, dio inicio este proceso de reinterpretación.

La lógica de los acontecimientos hizo que la guerra del pueblo, que alcanzó su punto culminante durante la defensa de Stalingrado, permitiera a Stalin proclamar abiertamente la ideología del nacionalismo estatal.

21

En el periódico mural colgado en el vestíbulo del Instituto de Física apareció un artículo titulado «Siempre con el pueblo».

En el articulo se hablaba de la enorme importancia que la Unión Soviética, guiada a través de la tempestad de la guerra por el gran Stalin, concedía a la ciencia; de las consideraciones y los honores con que el Partido y el gobierno colmaban a los hombres de ciencias, sin parangón con otras partes del mundo, y de cómo, incluso en aquel terrible periodo, el Estado soviético fomentaba las condiciones necesarias para que los científicos desarrollaran un trabajo normal y fructífero.

Más adelante se referían los grandes objetivos que el instituto tenía por delante: las nuevas construcciones, ampliación de los viejos laboratorios, la relación entre teoría y práctica, así como el papel que desempeñaba las investigaciones científicas en la industria bélica.

Asimismo se aludía al entusiasmo patriótico que había exaltado al colectivo de los obreros científicos, quienes se esforzaban por mostrarse dignos de la confianza y los desvelos del Partido, e incluso del propio camarada Stalin, y por no decepcionar la esperanza que el pueblo había depositado en el glorioso grupo de vanguardia de la intelectualidad soviética: los hombres de ciencia.

En la última parte del artículo se constataba que, por desgracia, dentro de ese colectivo sano y fraternal había individuos que no eran conscientes de su responsabilidad para con el pueblo y el Partido, hombres extraños a la gran familia soviética. Estas personas se oponían a la colectividad, anteponían sus intereses personales por encima de los deberes que el Partido imponía a los científicos, eran propensos a exagerar sus méritos científicos, reales o ilusorios. Algunos de ellos, voluntariamente o no, se convertían en portavoces de opiniones y puntos de vista extraños, no soviéticos; predicaban ideas políticamente hostiles. Estas personas, por lo general, exigían una actitud neutra hacia las teorías idealistas, reaccionarias y oscurantistas de los científicos idealistas extranjeros; se jactaban de los vínculos que mantenían con ellos, rebajando así el sentimiento de orgullo nacional de los científicos rusos y disminuyendo los méritos de la ciencia soviética. A veces se erigían en defensores de una justicia por así decirlo pisoteada, con el fin de granjearse popularidad entre personas poco perspicaces, confiadas e ingenuas. En realidad, sembraban la semilla de la discordia, la desconfianza en la fuerza de la ciencia rusa, la irreverencia hacia su glorioso pasado y sus grandes exponentes.

El artículo exhortaba a eliminar cualquier forma de corrupción, todo lo que fuera adverso y hostil, todo lo que supusiera un estorbo para el cumplimiento, durante la Gran Guerra Patria, de los objetivos fijados por el Partido y el pueblo a los científicos. El artículo concluía con las palabras: «¡Adelante, hacia las nuevas cumbres de la ciencia! Sigamos la vía gloriosa, iluminada por el faro de la filosofía marxista, esa vía por la que nos guía el gran partido de Lenin y Stalin».

Aunque el artículo no mencionaba nombres, en el laboratorio todos comprendieron que las alusiones acusatorias se referían a Shtrum.

Savostiánov le habló a Shtrum del artículo, pero éste se negó a leerlo. En ese momento se encontraba con sus colaboradores, que estaban acabando de montar los nuevos aparatos.

Shtrum pasó un brazo alrededor de los hombros de Nozdrín y exclamó:

—Pase lo que pase, esta máquina hará su trabajo.

Nozdrín, de pronto, empezó a despotricar a diestro y siniestro, y Víktor Pávlovich no comprendió, en aquel instante, a quien iban dirigidas aquellas imprecaciones.

Al final de la jornada laboral, Sokolov fue a verle.

—Le admiro, Víktor Pávlovich. Ha trabajado todo el día como si nada. Su fuerza socrática es extraordinaria.

—Si un hombre es rubio por naturaleza, no se vuelve moreno porque se hable de él en un periódico mural —respondió Shtrum.

Se había familiarizado con la sensación de estar resentido con Sokolov, y la costumbre había difuminado aquel sentimiento hasta el punto de que era como si perteneciera al pasado. Ya no reprochaba a Sokolov su carácter reservado y su acritud timorata. A veces incluso se decía: «Tiene muchas virtudes, y a fin de cuentas, todos tenemos defectos».

—Sí —dijo Sokolov—. Pero hay artículos y artículos. Anna Stepánovna se encontró mal después de leerlo. Primero fue a la enfermería y luego la enviaron a casa.

«Pero ¿qué es eso tan terrible que han escrito?», pensó Shtrum. Sin embargo no pidió detalles a Sokolov y nadie le mencionó el contenido del artículo.

De la misma manera, probablemente, se le oculta a un enfermo terminal el avance inexorable de la enfermedad que le corroe.

Aquella noche Shtrum fue el último en abandonar el laboratorio. Alekséi Mijaílovich, el viejo guardián que ahora trabajaba en el guardarropa, le dijo mientras le tendía el abrigo:

—Es así, Víktor Pávlovich; en este mundo no hay paz para la buena gente.

Una vez se hubo puesto el abrigo, Víktor Pávlovich subió de nuevo las escaleras y se detuvo ante el tablero del periódico mural. Leyó el artículo y, azorado, miró a su alrededor; le pareció que le iban a arrestar al instante, pero el vestíbulo estaba desierto y tranquilo.

La relación de desequilibrio entre la fragilidad del cuerpo humano y la potencia colosal del Estado se le apareció en su concreta e imponente realidad; tuvo la sensación de que el Estado le escrutaba el rostro con unos ojos enormes, claros. De un momento a otro se abalanzaría sobre su cuerpo, y él, castañeteando los dientes, emitiría un gemido, un grito, y desaparecería para siempre.

La calle estaba atestada, pero a Shtrum le parecía que una franja de tierra de nadie le separaba de los transeúntes.

En el trolebús un hombre tocado con un gorro militar de invierno le decía a su compañero de viaje, con voz excitada:

—¿Has oído el boletín «Última hora»?

Desde los asientos de delante, alguien gritó:

—¡Stalingrado! Los alemanes han sido aplastados.

Una mujer entrada en años miró a Shtrum como si le reprochara su silencio.

Shtrum estaba pensando en Sokolov con ternura: «Los hombres están llenos de defectos; él los tiene y yo también».

Pero tras considerar que equipararse a los demás en sus debilidades y defectos nunca es del todo sincero, enseguida rectificó: «Sus opiniones dependen del amor que profesa al Estado, del éxito de su vida. Se arrima al sol que más calienta; ahora que la victoria está cercana no pronunciará ni una sola palabra de crítica. Yo soy diferente, tanto si le va bien al Estado como si le va mal, tanto si me golpea como si me acaricia, mi actitud hacia él no cambia».

Cuando llegara a casa le contaría a Liudmila Nikoláyevna lo del artículo. Esta vez sí que le habían tomado en seno. Le diría: «Ahí tienes mi premio Stalin, Liúdochka. Sólo se escriben artículos de ese tipo cuando se quiere encarcelar a alguien».

«Nuestros destinos están unidos —pensó—. Si me invitaran a la Sorbona para impartir un ciclo de conferencias, ella vendría conmigo; y si me mandaran a un campo de Kolymá, también me seguiría.

«Bien, no puedes decir que no te lo has ganado, y a pulso además», le diría Liudmila Nikoláyevna.

Y él le replicaría con acritud: «No necesito críticas sino comprensión. Críticas tengo más que suficientes en el instituto».

Fue Nadia la que le abrió la puerta. En la penumbra del pasillo, ella le abrazó, apretándose contra su pecho.

—Tengo frío, estoy empapado; deja que me quite el abrigo. ¿Qué ha pasado? —preguntó.

—¿Es que no te has enterado? ¡Stalingrado! Una inmensa victoria. Los alemanes están acorralados. ¡Venga, entra enseguida!

Le ayudó a quitarse el abrigo y le arrastró hacia la habitación tirándole del brazo.

—Por aquí, por aquí. Mamá está en la habitación de Tolia.

Abrió la puerta. Liudmila Nikoláyevna estaba sentada en el escritorio de Tolia. Volvió lentamente la cabeza hacia él y le sonrió con aire triste y solemne.

Aquella noche Shtrum no le contó a Liudmila lo que había ocurrido en el instituto.

Estaban sentados ante el escritorio de Tolia. Liudmila Nikoláyevna dibujaba en un folio la posición de los alemanes cercados en Stalingrado mientras le explicaba a Nadia su propio plan de operaciones militares.

Durante la noche, en su cuarto, Shtrum no dejó de pensar: «¡Dios mío! ¿Y si escribiera una carta de arrepentimiento? Todo el mundo lo hace en esta clase de situaciones».

22

Transcurrieron varios días desde la aparición del artículo en el periódico mural. El trabajo en el laboratorio seguía su curso habitual.

Shtrum tenía momentos bajos, luego recuperaba la energía se mostraba activo, iba de aquí para allá en el laboratorio tamborileando los dedos ágiles, bien en el alféizar de la ventana, bien en las cajas metálicas, sus melodías preferidas.

Decía en tono de broma que, evidentemente, en el instituto se había propagado una epidemia de miopía, porque los conocidos que se encontraban cara a cara con él pasaban de largo, abstraídos, sin saludarle siquiera. Gurévich, pese a que le había visto desde lejos, había adoptado un aire pensativo, había cruzado la calle y se había detenido a contemplar un cartel. Shtrum, siguiendo su recorrido, se había vuelto para mirarle; en el mismo instante también Gurévich había levantado la mirada y sus ojos se habían encontrado. Gurévich hizo un gesto de sorpresa y alegría, y comenzó a enviarle señas de saludo. Pero no había nada de divertido en todo aquello.

Svechín, al encontrarse con Shtrum, le había saludado y había ralentizado el paso con buenas formas, pero por la expresión de su cara se diría que se había topado con el embajador de una potencia enemiga.

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