Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 26

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Víktor Pávlovich llevaba la cuenta de quién le había dado la espalda, quién le saludaba con un movimiento de cabeza, quién le estrechaba la mano.

Cuando llegaba a casa, lo primero que preguntaba a su mujer era:

—¿Ha llamado alguien?

Liudmila Nikoláyevna respondía como siempre:

—Nadie, excepto Maria Ivánovna.

Y sabiendo de antemano qué pregunta venía a continuación después de esas palabras, añadía:

—De Madiárov todavía no hay ninguna noticia.

—Ya lo ves —le decía él—, los que telefoneaban cada día ahora lo hacen de vez en cuando; y los que lo hacían ocasionalmente han dejado de hacerlo del todo.

Le parecía que también en casa le trataban de manera diferente. Una vez Nadia había pasado delante de él, que estaba bebiendo un té, sin saludarlo.

Shtrum le había gritado en tono airado:

—¿Ya no se dice ni buenos días? ¿Qué soy? ¿Un objeto inanimado?

Evidentemente su cara era tan patética, tan dolorosa que Nadia, comprendiendo su estado de ánimo, en vez de responderle con una grosería se apresuró a decir:

—Perdóname, querido papá.

Aquel mismo día él decidió indagar:

—Oye, Nadia, ¿sigues viendo a tu gran estratega?

Nadia se limitó a encogerse de hombros, sin articular palabra.

—Quiero advertirte de una cosa —dijo—. Que no se te pase por la cabeza hablar con él de política. Sólo me falta que me pillen por alguna indiscreción tuya.

Nadia, en lugar de responder con una insolencia, observó:

—Puedes estar tranquilo, papá.

Por la mañana, al acercarse al instituto, Shtrum comenzaba a mirar alrededor y luego aminoraba el paso, y de nuevo lo aceleraba. Una vez se había convencido de que el pasillo estaba vacío, caminaba a toda prisa, con la cabeza gacha, y si en alguna parte se abría una puerta, a Víktor Pávlovich se le encogía el corazón.

Al entrar en el laboratorio, su respiración era pesada, como la de un soldado que acaba de llegar a su trinchera después de atravesar un campo bajo fuego enemigo.

Un día, Savostiánov pasó a ver a Shtrum y le dijo:

—Víktor Pávlovich, por lo que más quiera, se lo rogamos todos: escriba una carta, arrepiéntase, le aseguro que eso le ayudará. Reflexione; lo está echando todo a perder y justo cuando tiene por delante un trabajo importante, más que importante, grandioso; las fuerzas vivas de nuestra ciencia le miran con esperanza. Escriba una carta, reconozca sus errores.

—Pero ¿de qué debo arrepentirme? ¿De qué errores? —preguntó Shtrum.

—Qué más da, lo hace todo el mundo: escritores, científicos, dirigentes del Partido; incluso nuestro querido músico Shostakóvich reconoce sus errores, escribe cartas de arrepentimiento y, después, continúa trabajando como si nada.

—Pero ¿de qué debería arrepentirme? ¿Ante quién?

—Escriba a la dirección, escriba al Comité Central. No importa, a cualquier parte. Lo principal es que se arrepienta. Algo así como: «Reconozco mi culpa, he tergiversado ciertas cosas, soy plenamente consciente y prometo enmendarme». Más o menos en estos términos; pero usted ya sabe de qué le hablo, es ya un cliché. Lo importante es que esos escritos ayudan, siempre ayudan.

Los ojos de Savostiánov, por lo general alegres y risueños, estaban serios. Parecía que incluso hubieran cambiado de color.

—Gracias, gracias, querido mío —dijo Shtrum—, su amistad me conmueve.

Una hora después Sokolov le dijo:

—Víktor Pávlovich, la próxima semana el Consejo Científico celebrará una sesión plenaria; creo que usted debería intervenir.

—¿En calidad de qué? —preguntó Shtrum.

—Me parece que debería dar explicaciones; en pocas palabras, creo que debería admitir su error.

Shtrum se puso a andar por la habitación, después se paró de golpe al lado de la ventana y, mirando fijamente al patio, dijo:

—Piotr Pávlovich, ¿no sería mejor escribir una carta? Mire, es más fácil que escupirse encima en público.

—No, creo que debe hacer una intervención. Ayer hablé con Svechín y me dio a entender que allí —hizo un gesto vago en dirección a la cornisa superior de la puerta— prefieren que intervenga a que escriba una carta.

Shtrum se volvió enseguida hacia él.

—No intervendré ni escribiré ninguna carta.

Sokolov, con la entonación paciente de un psiquiatra que discute con un enfermo, observó:

—Víktor Pávlovich, en su posición guardar silencio significa suicidarse con plena conciencia; pesan sobre usted imputaciones de carácter político.

—¿Sabe lo que me resulta más penoso? —le preguntó Shtrum—. No comprendo por qué ha de pasarme algo así en unos días de alegría general, en los días de la victoria. ¡Y pensar que cualquier hijo de perra puede decir que ataqué abiertamente los principios del leninismo porque estaba convencido de que asistíamos al fin del poder soviético! Como si me gustara atacar a los débiles.

—Sí, lo he oído decir —dijo Sokolov.

—No, no, ¡al diablo con ellos! —dijo Shtrum—. No entonaré un mea culpa.

Pero por la noche se encerró en su habitación y comenzó a escribir la carta. Lleno de vergüenza, la hizo pedazos y se puso a redactar el texto para su intervención en el Consejo Científico. Al releerlo dio un golpe contra la mesa con la palma de la mano y rompió el papel en mil pedazos.

—Basta, ¡se acabó! —dijo en voz alta—. Que pase lo que haya de pasar. Que me encarcelen.

Permaneció inmóvil durante un rato, reflexionando sobre su última decisión. Después le vino a la cabeza la idea de escribir el texto aproximado de la carta que habría escrito si hubiera decidido arrepentirse; en eso no había nada de humillante. Nadie vería la carta; nadie.

Estaba solo, la puerta cerrada con llave, en la casa todos dormían; al otro lado de la ventana reinaba el silencio, no se oían ni bocinas ni ruido de coches.

Pero una fuerza invisible le oprimía. Sentía su poder hipnótico, que le obligaba a pensar como ella quería y a escribir bajo su dictado. Se encontraba dentro de él, y le helaba el corazón, disolvía su voluntad, se entrometía en las relaciones con su familia y su hija, en su pasado, en los pensamientos de su juventud. Había acabado sintiendo que era un ser privado de talento, aburrido, pesado, que agotaba a todo el mundo con su monótona locuacidad. Incluso su trabajo le parecía apagado, como si estuviera cubierto de cenizas y polvo; había dejado de llenarle de luz y alegría.

Sólo la gente que nunca ha sentido una fuerza semejante puede asombrarse de que alguien se someta a ella. Los que la han experimentado, por el contrario, se sorprenderán de que un hombre pueda rebelarse contra tal fuerza, aunque sólo sea un momento, con alguna expresión airada o un tímido gesto de protesta.

Shtrum escribía la carta de arrepentimiento sólo para él, luego la escondería y no se la enseñaría a nadie; pero al mismo tiempo, en su fuero interno, sentía que más adelante podía serle útil, si bien por el momento seguiría guardada.

Al día siguiente, mientras bebía el té, miró el reloj: era hora de ir al laboratorio. Una gélida sensación de soledad se apoderó de él. Tenía la impresión de que, hasta el fin de sus días, nadie iría a verle. Ya no le telefoneaban, pero no sólo por miedo: no le llamaban porque era aburrido, no despertaba interés y era mediocre.

—Nadie llamó ayer, ¿verdad? —preguntó a Liudmila Nikoláyevna y declamó con énfasis—: «Estoy solo en la ventana; no aguardo a un huésped ni a un amigo»[117].

—Olvidé decirte que ha vuelto Chepizhin. Ha llamado, quiere verte.

—¿Cómo has podido olvidarte?

Y comenzó a tamborilear sobre la mesa una música solemne.

Liudmila Nikoláyevna se acercó a la ventana. Shtrum caminó sin apresurarse, alto, encorvado, golpeando de vez en cuando con su cartera contra las piernas, y ella sabía que ahora estaba pensando en su encuentro con Chepizhin, en cómo le saludaría y hablaría con el amigo.

En los últimos días se compadecía de su marido, se inquietaba por él, pero al mismo tiempo pensaba en sus defectos, sobre todo en el principal: su egoísmo.

Había declamado: «Estoy solo en la ventana, no aguardo a ningún amigo», y se había ido al laboratorio, donde estaba rodeado de gente, donde tenía un trabajo; luego, por la tarde, pasaría a ver a Chepizhin y probablemente no regresaría antes de la medianoche; ni siquiera se le pasaría por la cabeza que ella estaría todo el día sola en casa; ella sí que estaría sola en la ventana del piso vacío, sin nadie a su lado, sin aguardar a ningún huésped, a ningún amigo.

Liudmila Nikoláyevna fue a la cocina a fregar los platos. Aquella mañana sentía un peso en el corazón. Hoy no llamaría María Ivánovna porque iba a casa de su hermana mayor, en Shabolovka.

¡Cuánto le preocupaba Nadia! No contaba nada, pero seguro que a pesar de las prohibiciones continuaba con sus paseos nocturnos. Y Víktor, enfrascado por completo en sus asuntos, no tenía tiempo para pensar en su hija.

Sonó el timbre; debía de ser el carpintero: el día antes le había llamado para que viniera a reparar la puerta de la habitación de Tolia. Liudmila Nikoláyevna se alegró: ¡un ser humano! Abrió la puerta; en la penumbra del pasillo había una mujer con un gorro gris de astracán y una maleta en la mano.

—¡Zhenia! —gritó Liudmila, tan fuerte y lastimosamente que se sorprendió de su propia voz y, besando a su hermana, acariciándole la espalda, susurró:

—Está muerto. Tolia está muerto, muerto.

23

Un fino chorro de agua caliente caía en la bañera. Bastaba con aumentar un poco la presión para que al instante el agua se volviera fría. La bañera se llenaba despacio, pero a las dos hermanas les parecía que desde su encuentro sólo habían intercambiado un par de palabras.

Después, mientras Zhenia tomaba el baño, Liudmila Nikoláyevna no hacía más que acercarse a la puerta y preguntarle:

—¿Qué, cómo estás? ¿Quieres que te frote la espalda? Cuidado con el gas, que no se te apague…

Unos minutos más tarde, Liudmila golpeó con el puño en la puerta y preguntó, enfadada:

—Pero ¿qué haces? ¿Te has dormido?

Zhenia salió del baño envuelta en el albornoz afelpado de su hermana.

—Ah, eres una bruja —dijo Liudmila Nikoláyevna.

Y Yevguenia Nikoláyevna recordó que Sofía Ósipovna también la había llamado bruja cuando Nóvikov había llegado una noche a Stalingrado.

La mesa estaba puesta.

—Qué sensación tan extraña —dijo Yevguenia Nikoláyevna—. Después de dos días de viaje en un vagón sin asientos reservados me he lavado en una bañera; debería sentirme colmada de felicidad, pero en el corazón…

—¿Qué te trae por Moscú? ¿Alguna mala noticia? —preguntó Liudmila Nikoláyevna.

—Luego, luego.

E hizo un gesto con la mano para que no insistiera.

Liudmila le contó los asuntos de Víktor Pávlovich, el amor inesperado y ridículo de Nadia; le habló de los amigos que habían dejado de telefonear y de los que aparentaban no reconocer a Shtrum cuando se lo encontraban.

Yevguenia Nikoláyevna le habló de Spiridónov; ahora estaba en Kúibishev y no le ofrecerían un nuevo trabajo hasta que una comisión no aclarara su asunto. En cierto modo parecía noble y patético a la vez. Vera y el niño estaban en Leninsk. Stepán Fiódorovich rompía a llorar cuando hablaba del nieto. Luego le contó a Liudmila la deportación de Jenny Guenríjovna, lo amable que era el viejo Sharogorodski y cómo la había ayudado Limónov con el permiso de residencia.

En la cabeza de Zhenia había una niebla hecha de humo, del rumor de las ruedas, de las conversaciones en el vagón, y le causaba un extraño efecto ver la cara de su hermana, sentir el roce del suave albornoz sobre la piel recién lavada, estar sentada en una habitación con un piano y una alfombra.

Y en todo lo que se contaban las dos hermanas, acontecimientos tristes y alegres, divertidos y conmovedores de los últimos días, ambas sentían la presencia de los parientes y amigos que las habían abandonado para siempre, pero que continuaban ligados a ellas. Dijeran lo que dijeran de Víktor Pávlovich, la sombra de Anna Semiónovna estaba allí; detrás de Seriozha emergían su padre y su madre, prisioneros en un campo, y al lado de Liudmila Nikoláyevna resonaban día y noche los pasos de un joven tímido, ancho de espaldas y de labios prominentes. Pero no hablaban de ellos.

—No hay ninguna noticia de Sofía Ósipovna. Como si se la hubiera tragado la tierra —dijo Zhenia.

—¿De la Levinton?

—Sí, sí, ella.

—No me caía demasiado bien —observó Liudmila Nikoláyevna—. ¿Aún pintas cuadros? —le preguntó después.

—En Kúibishev, no. Pero en Stalingrado sí.

—Cuando nos evacuaron, Víktor se llevó dos cuadros tuyos. Puedes estar orgullosa.

Zhenia sonrió.

—Sí, lo estoy.

Liudmila Nikoláyevna siguió:

—Entonces, generala, ¿no me cuentas lo más importante? ¿Eres feliz? ¿Le amas?

Zhenia se apretó el albornoz contra el pecho y murmuró:

—Sí, sí, soy feliz, le amo, soy amada… —Y lanzando una ojeada rápida a su hermana, añadió—: ¿Sabes por qué he venido a Moscú? Nikolái Grigórievich ha sido arrestado, está en la Lubianka.

—Dios mío, pero ¿por qué? ¡Es un hombre cien por cien de fiar!

—¿Y nuestro Mitia, entonces? ¿Y tu Abarchuk? Él sí que lo era, al doscientos por ciento.

Liudmila Nikoláyevna se quedó un instante pensativa y luego dijo:

—Pero ¡hay que ver lo cruel que era tu Nikolái! No tuvo compasión de los campesinos durante la época de la colectivización. Me acuerdo de haberle preguntado: «¿Por qué hacen eso?». Y él me respondió: «¡Que se vayan al diablo esos kulaks!». Tenía una gran influencia sobre Víktor.

Zhenia dijo en tono de reproche:

—Ay, Liuda, siempre te acuerdas de los aspectos negativos de la gente y los dices en voz alta en el momento más inoportuno.

—Qué quieres que haga —replicó Liudmila Nikoláyevna—. Yo no tengo pelos en la lengua.

—Está bien, pero no hace falta que estés tan orgullosa de esa virtud tuya. —Luego le confió en un susurro—: Liuda, me han citado.

Cogió el pañuelo de su hermana, que estaba sobre el diván, cubrió con él el teléfono y dijo:

—Por lo visto pueden escuchar a través del teléfono. He tenido que firmar una declaración.

—Pero tú nunca fuiste la mujer legítima de Nikolái.

—No, pero me han interrogado como si fuera su esposa. Te lo contaré. Recibí el aviso de que debía comparecer con mi pasaporte. Pasé revista a todos: Mitia, Ida, incluso tu Abarchuk; se me pasaron por la mente todos nuestros amigos y conocidos que han estado en la cárcel, pero ni por un momento pensé en Nikolái. Estaba citada a las cinco. Un despacho de lo más ordinario. En la pared, los retratos enormes de Stalin y Beria. Un individuo joven, con una cara corriente, me escruta con una mirada penetrante y omnipotente. No se anduvo con rodeos: «¿Conoce las actividades contrarrevolucionarias de Nikolái Grigórievich Krímov?». Más de una vez tuve la sensación de que nunca saldría de allí. Imagínate, incluso insinuó que Nóvikov…, en pocas palabras, una porquería espantosa: que yo me había convertido en la amante de Nóvikov para sacarle toda la información posible y comunicársela a Nikolái Grigórievich… Sentí que se me paralizaba todo por dentro. Le dije: «Sabe, Krímov es un comunista tan fanático que quien está con él tiene la impresión de asistir a un raikom». Y él me dice: «¿Quiere decir que Nóvikov no le parece un verdadero soviético?». Le respondo: «Su trabajo es muy extraño: la gente combate en el frente contra los fascistas, y usted, joven, se queda en la retaguardia para cubrir a estos hombres de lodo». Pensaba que después de haberle dicho eso iba a atizarme en los morros, pero se sintió avergonzado, se ruborizó. En definitiva, han arrestado a Nikolái. Y las acusaciones son absurdas; trotskismo, relaciones con la Gestapo.

—Qué horror —dijo Liudmila Nikoláyevna, y pensó que también habrían podido estrechar el cerco sobre Tolia y haberle declarado sospechoso de cosas similares—. Me imagino cómo va a tomarse Viria la noticia —añadió—. En estos momentos está terriblemente nervioso, todo el rato tiene la impresión de que le van a meter en la cárcel. Recuerda siempre dónde, de qué y con quién ha hablado. Sobre todo en el maldito Kazán.

Durante un rato Yevguenia Nikoláyevna miró fijamente a su hermana y al final murmuró:

—¿Quieres que te diga qué es lo más terrible? El juez instructor me preguntó: «¿Cómo es que no está al corriente del trotskísmo de su marido cuando él mismo le refirió palabras entusiastas acerca de Trotski, en relación con un artículo suyo que calificó como “puro mármol”?». Sólo después, mientras volvía a casa, recordé que Nikolái me había dicho: «Eres la única persona que lo sabe»; y por la noche, de repente, tuve un shock: se lo había contado a Nóvikov cuando estuvo en Kúibishev. Creí que iba a perder la razón, me invadió una angustia…

—Ay, infeliz —respondió Liudmila Nikoláyevna—. Era de esperar que esto ocurriera.

—Pero ¿por qué a mí? —preguntó Yevguenia Nikoláyevna—. A ti también habría, podido pasarte.

—Nada de eso. Del primero te has separado y con el segundo te has juntado. A uno le cuentas confidencias del otro.

—Pero tú también te separaste del padre de Tolia. Seguro que le has contado muchas cosas a Víktor Pávlovich.

—No, te equivocas —dijo con convicción Liudmila Nikoláyevna—, no tiene ni punto de comparación.

—Pero ¿por qué? —preguntó Zhenia, sintiéndose enojada de repente al mirar a su hermana mayor—. Reconoce que lo que acabas de decir es una tontería.

Liudmila Nikoláyevna respondió sin inmutarse:

—No lo sé, tal vez sea una estupidez.

—¿No tienes reloj? —preguntó Yevguenia Nikoláyevna—. Tengo que llegar a tiempo al número 24 de Kuznetski Most. —Y sin poder contener más su irritación, declaró—: Tienes un carácter difícil, Liuda. Ya entiendo por qué mamá prefiere vivir en Kazán sin un techo propio, a pesar de que tú tienes un piso de cuatro habitaciones.

Después de haber dicho estas crueles palabras, Zhenia se arrepintió y acto seguido, para dar a entender a Liudmila que su relación fraternal era más fuerte que cualquier desavenencia, añadió:

—Quiero creer en Nóvikov. Pero la verdad es que… ¿cómo han llegado esas palabras a los órganos de seguridad? Es terrible, me siento como si me hubiera perdido en una espesa niebla.

Le hubiera gustado tanto que su madre estuviera a su lado. Zhenia habría apoyado la cabeza en su hombro y habría dicho: «Querida mamá, estoy tan cansada…».

Liudmila Nikoláyevna observó:

—¿Sabes lo que puede haber pasado? Tu general quizá le haya contado esa conversación a alguien, y éste ha presentado la denuncia.

—Sí, sí —dijo Zhenia—. Qué extraño, una idea tan sencilla y ni se me había ocurrido.

En el silencio y la tranquilidad de la casa de Liudmila, Zhenia, percibía con mayor intensidad la inquietud interior que la dominaba…

Todo lo que no había sentido o pensado al abandonar a Krímov, todo lo que secretamente la torturaba y agitaba cuando se marchó: su ternura hacia él que no desaparecía, su inquietud por él, la costumbre de verle, se había acentuado en las últimas semanas.

Zhenia le imaginaba en el trabajo, en el tranvía, mientras hacía cola delante de las tiendas. Casi todas las noches soñaba con él, gemía, gritaba, se despertaba. Los sueños eran terribles, llenos de incendios, guerra, y era imposible alejar el peligro que amenazaba a Nikolái Grigórievich.

Por la mañana, mientras se vestía y se lavaba deprisa, temerosa de llegar tarde al trabajo, seguía pensando en él.

Le parecía que no le amaba. Pero ¿acaso se puede pensar ininterrumpidamente en un hombre al que no se ama y sufrir tanto por su destino infeliz? ¿Por qué cada vez que Limónov y Sharogorodski bromeaban sobre la falta de talento de los poetas y pintores que él prefería le entraban ganas de ver a Nikolái, de acariciarle el cabello, de mimarle, compadecerle?

Ahora se había olvidado de su fanatismo, de su indiferencia hacia las víctimas de la represión, del odio con que hablaba de los kulaks durante la colectivización general.

Ahora sólo se acordaba de las cosas bonitas, románticas, conmovedoras y tristes. El poder que ahora ejercía sobre ella residía en su debilidad. Sus ojos tenían una expresión infantil, la sonrisa era confusa, los movimientos, torpes.

Le imaginaba con las hombreras arrancadas, con la barba canosa; le veía, por la noche, echado sobre el catre; le veía de espaldas mientras paseaba por el patio de la prisión… Probablemente él imaginaba que ella había intuido su destino y que por eso había roto con él.

Yacía sobre el catre de la celda y pensaba en ella… La generala…

¿Cómo comprender si era piedad, amor, conciencia o deber?

Nóvikov le había enviado un salvoconducto y, utilizando la línea telefónica militar, se había puesto de acuerdo con un amigo suyo de las fuerzas aéreas, quien le había prometido que haría llegar a Zhenia en un Douglas al Estado Mayor del frente. Los jefes de Zhenia le habían, dado un permiso de tres semanas.

Yevguenia Nikoláyevna trataba de tranquilizarse, repitiéndose: «Él lo comprenderá; comprenderá que no podía actuar de otra manera».

Sabía que se había comportado muy mal con Nóvikov: allí estaba, esperándola.

Le había escrito contándoselo todo con una sinceridad despiadada. Después de haber enviado la carta, Zhenia pensó que la censura militar leería su contenido. Todo aquello podía causar un gran perjuicio a Nóvikov.

«No, no, él lo comprenderá», se repetía.

Pero el problema era que Nóvikov lo comprendería, y después la abandonaría para siempre.

¿Le amaba o amaba el amor que él sentía por ella?

Un sentimiento de miedo, de tristeza, de horror frente a la soledad se apoderó de ella cuando pensó en que su separación era, a fin de cuentas, inevitable.

La idea, además, de haber sido ella misma la que había estrangulado con sus propias manos su felicidad le era particularmente insoportable.

Pero cuando pensaba que ahora no podía cambiar nada, al contrario, que no dependía de ella, sino de Nóvikov, que la ruptura era completa y definitiva, esa idea le parecía especialmente dura.

Cuando se le hacía demasiado doloroso, demasiado insoportable recordar a Nóvikov, trataba de imaginar a Nikolái Grigórievich. Tal vez la llamaran para un careo con él… Buenos días, mi pobrecito querido.

Nóvikov, en cambio, era alto, fuerte, ancho de espaldas, y estaba investido de poder. No tenía necesidad de apoyo, se las arreglaría solo.

Le había apodado «el coracero». Nunca olvidaría su maravilloso y atrayente rostro; siempre sentiría nostalgia de él, de la felicidad que ella misma había arruinado. No sentía piedad hacia ella misma. No le daba miedo sufrir. Pero sabía que Nóvikov no era tan fuerte como aparentaba. En su cara, a veces, asomaba una expresión de impotencia, de temor…

Además ella tampoco era tan despiadada consigo misma ni tan indiferente a sus propios sufrimientos.

Liudmila, como si adivinara los pensamientos de su hermana, le preguntó:

—¿Qué será de ti y de tu general?

—Sólo pensarlo me da miedo.

—Una azotaina es lo que te mereces.

—¡No podía actuar de otro modo! —se defendió Yevguenia Nikoláyevna.

—No me gusta que siempre tengas dudas. Si dejas a alguien, le dejas de verdad, sin dar marcha atrás. No tiene sentido llorar por la leche derramada.

—Ah, sí, claro —dijo Zhenia—. Aléjate del mal y haz el bien. No soy capaz de vivir según esta regla.

—Me refería a otra cosa. No me gusta Krímov, pero le respeto, y a tu general no le he visto nunca. Pero una vez has decidido convertirte en su mujer, tienes una responsabilidad hacia él. En cambio te estás comportando como una irresponsable. Un hombre que tiene un puesto importante, ¡un militar! Y su mujer, entretanto, le lleva paquetes a un detenido. ¿Te das cuenta de las consecuencias que puede tener para él?

—Lo sé.

—Pero ¿le amas?

—¡Déjame en paz, por el amor de Dios! —dijo Zhenia con voz llorosa y pensó: «¿A quién amo?».

—No, responde.

—No podía actuar de otra manera; la gente no va a la Lubianka por placer.

—No hay que pensar sólo en uno mismo.

—De hecho no estoy pensando sólo en mí.

—Víktor también piensa como tú. Pero en el fondo no es más que egoísmo.

—Tu lógica es increíble. De niña ya me chocaba. ¿A qué llamas egoísmo?

—Piénsalo bien, ¿cómo vas a ayudarle? No puedes revocar una sentencia.

—Ya verías, Dios no lo quiera, si fueras a dar con tus huesos a la cárcel; entonces comprenderías qué significa la ayuda de tus allegados.

Liudmila Nikoláyevna, para cambiar de tema, le preguntó:

—Dime, novia alocada, ¿tienes fotos de Marusia?

—Sólo una. ¿Te acuerdas? La tomamos en Sokólniki.

Apoyó la cabeza sobre el hombro de Liudmila y se quejó:

—Estoy tan agotada…

—Descansa, duerme un poco. Hoy no vayas a ningún lado; te he preparado la cama.

Zhenia, con los ojos entornados, negó con la cabeza.

—No, no, no vale la pena. Estoy cansada de vivir.

Liudmila Nikoláyevna trajo un sobre grande y esparció sobre el regazo de su hermana un pliego de fotografías.

Zhenia, al examinar las fotos, exclamaba: «… Dios mío, Dios mío…, me acuerdo de ésta, la hicimos en la dacha… Qué divertida está Nadia… Ésta la sacó papá después de la deportación… Mira, aquí sale Mitia de colegial, clavadito a Seriozha, sobre todo en la parte superior de la cara… Aquí está mamá con Marusia en brazos, yo no había nacido todavía…».

Se dio cuenta de que no había fotografías de Tolia, pero no le preguntó a su hermana dónde estaban.

—Bien, madame —dijo Liudmila—, hay que prepararte algo de comer.

—Tengo buen apetito —confirmó Zhenia—, igual que de niña. Ni siquiera las preocupaciones me lo quitan.

—Bueno, gracias a Dios —dijo Liudmila Nikoláyevna, y besó a su hermana.

24

Zhenia bajó del trolebús cerca del teatro Bolshói, ahora cubierto de telas de camuflaje, y subió por Kuznetski Most pasando por delante de los locales de exposición de la Unión de Pintores. Antes de la guerra exponían allí artistas que conocía y, una vez, también habían exhibido sus cuadros. Pero no pensó en ello.

Una extraña inquietud se había apoderado de ella. Su vida era como una baraja de cartas mezclada por una gitana. Ahora había salido la carta «Moscú».

A lo lejos distinguió la pared de granito gris oscuro del imponente edificio de la Lubianka.

«Buenos días, Kolia», pensó. Quizá Nikolái Grigórievich, sintiendo que se acercaba, se había emocionado sin comprender el motivo.

Su viejo destino se había convertido en su nuevo destino. Todo lo que parecía haber desaparecido para siempre en el pasado se había convertido en su futuro.

La nueva y espaciosa sala de recepción, cuyas ventanas relucientes como espejos daban a la calle, estaba cerrada. Los visitantes debían dirigirse al viejo local.

Entró en un patio sucio, pasó por delante de una pared desconchada y se dirigió hacia la puerta entreabierta. En el recibidor todo tenía un aspecto sorprendentemente normal: mesas manchadas de tinta, bancos de madera apoyados contra las paredes, ventanillas con antepechos de madera donde daban información.

Daba la sensación de que la mole de piedra y los numerosos pisos cuyos muros daban a la plaza de la Lubianka, la Sretenka y la calle Furkasovski no tenían ninguna relación con aquella oficina.

La gente se agolpaba en la sala; los visitantes, la mayoría mujeres, hacían cola ante las ventanillas; algunos estaban sentados en los bancos; un viejo con unas gafas de cristales gruesos rellenaba, detrás de una mesa, un formulario. Zhenia, al mirar las caras viejas y jóvenes, tanto de hombres como de mujeres, pensó que todos tenían en común la expresión de los ojos, el pliegue de la boca, y que si se los hubiera encontrado en el tranvía, en la calle, habría adivinado que frecuentaban el número 24 de Kuznetski Most.

Zhenia se dirigió a un joven ordenanza que, aunque vestido con el uniforme del Ejército Rojo, no parecía un soldado, y éste le preguntó:

—¿Es su primera vez? —y le indicó una ventanilla en la pared.

Zhenia se puso a la cola, sosteniendo el pasaporte en la mano; tenía los dedos y las palmas de la mano húmedos de la emoción. Una mujer tocada con un gorro que estaba delante de ella le dijo a media voz:

—Si no se encuentra en esta prisión, hay que ir a Matrósskaya Tishiná, y luego a la Butirka; pero sólo reciben algunos días, por orden alfabético. Después debe ir a la cárcel militar de Lefortovo, y finalmente volver aquí. Yo estuve buscando a mi hijo durante mes y medio. ¿Ya ha estado en la fiscalía militar?

La cola avanzaba deprisa y Zhenia pensó que no era buena señal: seguro que daban respuestas formales, lacónicas. Pero cuando a la ventanilla se acercó una anciana vestida con elegancia, se produjo una interrupción; la noticia corrió en un susurro, de boca en boca: el empleado había ido a informarse personalmente de las circunstancias de aquel asunto después de que la conversación telefónica resultara insuficiente, La mujer estaba vuelta de medio perfil hacia la cola, y la expresión de sus ojos entornados parecía indicar que no se sentía en el mismo plano que la mísera muchedumbre de los parientes de los detenidos.

Poco después la cola volvió a moverse, y una mujer joven, alejándose de la ventanilla, dijo en voz baja:

—Siempre la misma respuesta: no está permitido enviar paquetes.

La vecina le explicó a Yevguenia Nikoláyevna:

—Quiere decir que la instrucción no ha terminado.

—¿Y las visitas? —preguntó Zhenia.

—¿De qué visitas habla? —respondió la mujer, y sonrió ante la ingenuidad de Zhenia.

Yevguenia Nikoláyevna nunca habría imaginado que la espalda de un ser humano pudiera transmitir tan claramente su estado de ánimo. Las personas que se acercaban a la ventanilla tenían una manera particular de estirar el cuello, con los hombros levantados, los omóplatos tensos que parecían gritar, llorar, sollozar.

Cuando siete personas separaban a Zhenia de la ventanilla, ésta se cerró con un ruido sordo, y alguien anunció una pausa de veinte minutos. Los que estaban en la cola tomaron asiento en sillas y bancos.

Había mujeres, madres; había también un anciano, un ingeniero cuya mujer, intérprete en la Sociedad de la Unión Soviética para las Relaciones Culturales con el Extranjero (VOKS), había sido arrestada; había una alumna de décimo curso cuya madre estaba en la cárcel y a cuyo padre le habían caído «diez años sin derecho a correspondencia»; había una viejecita ciega a la que acompañaba una vecina para pedir noticias sobre su hijo; había una extranjera, esposa de un comunista alemán, que hablaba mal el ruso, vestía a la occidental con un abrigo a cuadros y llevaba una bolsa de tela abigarrada en la mano: sus ojos eran iguales a los de las viejas rusas.

Había rusas, armenias, ucranianas, judías; había una koljosiana de las afueras de Moscú. Supo que el viejo que estaba rellenando el formulario detrás de la mesa era profesor en la academia Timiriázev; habían arrestado a su nieto, un escolar, por hablar más de la cuenta en una fiesta.

En aquellos veinte minutos, Zhenia se enteró de muchas cosas.

Ese día el empleado de turno era bueno… En la Butirka no aceptaban conservas; era necesario pasar ajo y cebolla, iban bien para el escorbuto… El miércoles pasado un hombre había ido a buscar sus papeles; le habían retenido durante tres años en la Butirka sin interrogarle ni una sola vez y luego lo dejaron en libertad… En general transcurría un año entre el arresto y el traslado al campo… No se deben entregar cosas de valor: en la cárcel de tránsito de Krásnaya Presnia mezclan a los «políticos» con los delincuentes comunes, y éstos se lo roban todo… Poco tiempo atrás había venido una mujer cuyo marido, un eminente ingeniero de edad avanzada, había sido arrestado: por lo visto, durante su juventud había tenido una breve relación con una mujer a la que mensualmente entregaba dinero para alimentar a un hijo al que nunca había visto; pero este niño se había hecho adulto y, en el frente, se había pasado al bando alemán; de modo que al ingeniero le habían condenado a diez años por ser el padre de un traidor a la patria… La mayoría eran acusados en virtud del artículo 58, párrafo 10: propaganda contrarrevolucionaria. Personas que hablaban demasiado, que no sabían morderse la lengua… Al ingeniero lo habían arrestado antes del Primero de Mayo; siempre se producen más arrestos antes de las fiestas… Allí había también una mujer: el juez instructor la había telefoneado a casa y, de repente, había oído la voz de su marido…

Curiosamente, en la sala de recepción del NKVD Zhenia se sentía más tranquila y aliviada que después del baño en casa de Liudmila.

Qué suerte tan maravillosa tenían las mujeres cuyos paquetes eran aceptados.

Alguien, con un cuchicheo apenas perceptible, dijo a su lado:

—Por lo que respecta a la gente arrestada en 1937, contestan lo primero que se les pasa por la cabeza. A una mujer le dijeron: «Está vivo y trabaja»; pero cuando vino por segunda vez el mismo empleado le dio un certificado: «Muerto en 1939».

El hombre de la ventanilla levantó los ojos, hacia Zhenia; tenía la cara vulgar de un burócrata que tal vez el día antes trabajaba en el cuerpo de bomberos, y que al siguiente, si se lo ordenaran los superiores, se ocuparía de rellenar documentos en la sección de condecoraciones.

—Quiero tener noticias del detenido Krímov, Nikolái Grigórievich —dijo Zhenia, y le pareció que aunque no la conocía había notado que hablaba con la voz alterada.

—¿Cuándo le arrestaron? —preguntó el empleado.

—En noviembre —respondió.

Le dio un cuestionario.

—Rellénelo y entréguemelo directamente sin hacer cola; vuelva mañana por la respuesta.

Al tenderle la hoja, la miró de nuevo, y esta rápida ojeada ya no era la de un empleado corriente, sino la mirada inteligente de un chequista que lo registra todo en la memoria.

Rellenó el formulario; sus dedos temblaban como los del viejo de la academia Timiriázev que poco antes estaba sentado en ese mismo lugar.

A la pregunta sobre el grado de parentesco con el detenido, escribió: «Esposa», y subrayó la palabra con una gruesa línea.

Una vez entregado el cuestionario se sentó sobre el diván y guardó el pasaporte en el bolso. Lo cambió varias veces de compartimiento, y comprendió que no le apetecía separarse de las personas que hacían cola.

En aquel momento sólo quería una cosa: hacer saber a Krímov que ella estaba allí, que lo había abandonado todo por él y había corrido en su busca.

¡Si pudiera saber que ella estaba allí, tan cerca!

Caminó por la calle mientras atardecía. Yevguenia había pasado en esa ciudad gran parte de su vida, pero aquella vida, con sus exposiciones, sus teatros, las comidas en los restaurantes, los viajes a la dacha, los conciertos sinfónicos, quedaba tan lejos que ya no parecía suya. Lejos también estaban Stalingrado, Kúibishev y el bello rostro de Nóvikov, que a veces le parecía divinamente maravilloso.

Sólo quedaba la sala de recepción del número 24 de Kuznetski Most, y ahora tenía la sensación de estar caminando por las calles de una ciudad desconocida.

25

Mientras se quitaba los chanclos en la antesala y saludaba a la vieja empleada doméstica, Shtrum echó una ojeada a través de la puerta entreabierta del despacho de Chepizhin. La vieja Natalia Ivánovna ayudó a Shtrum a quitarse el abrigo y le dijo:

—Anda, vaya, le está esperando.

—¿Nadiezhda Fiódorovna está en casa? —pregunto Shtrum.

—No, se fue ayer a la dacha con sus sobrinas, Víktor Pávlovich, ¿sabe si acabará pronto la guerra?

Shtrum respondió:

—Cuentan que unos conocidos convencieron al chófer de Zhúkov para que le preguntara cuándo terminaría la guerra. Zhúkov se subió a su coche y preguntó a su chófer: «¿Sabrías decirme cuándo acabará la guerra?».

Chepizhin salió al encuentro de Shtrum.

—Vieja, ¿por qué entretienes a mis invitados? ¡Invita a los tuyos!

Cuando llegaba a casa de Chepizhin, Shtrum solía sentir que le subía la moral. Ahora, pese a su congoja, volvió a sentir esa ligereza particular que no experimentaba desde hacía tiempo.

Al entrar en el despacho de Chepizhin, después de mirar las estanterías de libros, tenía la costumbre de citar en broma las palabras de Guerra y paz: «Sí, las gentes han escrito mucho, no estaban ociosas».

Y también esta vez dijo: «Sí, las gentes han escrito…».

El desorden en las estanterías de la biblioteca se parecía al caos que reinaba en los talleres de las fábricas de Cheliabinsk.

—¿Tiene noticias de sus hijos? —preguntó Shtrum.

—Recibí una carta del mayor, el más joven está en Extremo Oriente.

Chepizhin tomó la mano de Shtrum y con un apretón silencioso le expresó aquello que no podía decir con palabras. Y la vieja Natalia Ivánovna se acercó a Víktor Pávlovich y le besó en el hombro.

—¿Qué hay de nuevo, Víktor Pávlovich? —preguntó Chepizhin.

—Lo mismo que todo el mundo: Stalingrado. Ahora no cabe ninguna duda: Hitler está kaputt. En cuanto a mí, no tengo demasiadas buenas noticias; al contrario, todo va mal.

Y se puso a contarle sus desgracias:

—Mis amigos y mi mujer me aconsejan que me arrepienta. ¡Debo arrepentirme de tener razón!

Habló mucho rato de sí mismo, con avidez, casi como un enfermo grave que piensa día y noche en su dolencia.

Shtrum torció el gesto, se encogió de hombros.

—Siempre me viene a la cabeza nuestra conversación a propósito del magma y toda la porquería que aflora a la superficie… Nunca había estado rodeado de tanta basura. Y por alguna razón ha coincidido con los días de la victoria, lo cual resulta particularmente ofensivo, ultrajante hasta un punto inadmisible.

Miró la cara de Chepizhin y preguntó:

—Según usted, ¿se trata una mera casualidad?

La cara de Chepizhin era sorprendente: sencilla, incluso grosera, con pómulos prominentes, nariz chata, de campesino, y al mismo tiempo, tan intelectual y fina que un londinense o un lord Kelvin habrían podido envidiarle.

Chepizhin respondió con aire sombrío:

—Primero dejemos que acabe la guerra y luego hablaremos de lo que es casual y lo que no.

—Es probable que para entonces los cerdos me hayan comido. Mañana decidirán mi suerte en el Consejo Científico. Es decir, mi suerte ya ha sido decidida por la dirección, en el comité del Partido. En el Consejo Científico sólo cumplirán con las formalidades: la voz del pueblo, la reivindicación pública…

A Víktor Pávlovich le asaltaba una extraña sensación mientras charlaba con Chepizhin: sentía alivio hablando de los acontecimientos angustiosos de su vida.

—Yo pensaba que ahora le llevarían en bandeja de plata, tal vez incluso en una de oro —dijo Chepizhin.

—¿Y por qué? He arrastrado la ciencia al pantano de la abstracción talmúdica, y la he alejado de la práctica.

—¡Si, sí, es increíble! —admitió Chepizhin; Un hombre ama a una mujer. Ella es el sentido de su vida, su felicidad, su pasión, su alegría. Pero él, por alguna razón, debe disimularlo; ese sentimiento, quién sabe por qué, es indecente. Debe decir que se mete en la cama con esa buena mujer porque le preparará la comida, le zurcirá los calcetines y le lavará la ropa.

Levantó ante su cara las manos, con los dedos separados. Y sus manos eran increíbles: manos de obrero, sólidas pinzas, aunque aristocráticas.

De repente tuvo un acceso de cólera:

—Pues bien, yo no me avergüenzo, no necesito el amor para que me preparen la comida, El valor de la ciencia reside en la felicidad que aporta a las personas. Pero nuestros gallardos académicos asienten al unísono; la ciencia es sirvienta de la práctica. Funciona según el principio de Schedrúv. «Sus deseos son órdenes para mí». Es la única razón por la que la ciencia es tolerada. ¡No! Los descubrimientos científicos tienen en sí mismos un valor superior. Contribuyen al perfeccionamiento del hombre mucho más que las locomotoras de vapor, las turbinas, la aviación y toda la metalurgia desde Noé hasta nuestros días. ¡Perfeccionan el alma, el alma!

—Pienso como usted, Dmitri Petróvich, pero mire por dónde el camarada Stalin no está de acuerdo.

—Es una pena, una pena. Porque hay que ver otro aspecto del asunto. La idea abstracta de Maxwell puede convertirse mañana en una señal de radio militar. La teoría de Einstein sobre los campos magnéticos, la mecánica cuántica de Schrödinger y las concepciones de Bohr pueden transformarse mañana en la práctica más potente. Eso es lo que se debe comprender. ¡Es tan sencillo que hasta una oca lo comprendería!

—Pero usted ha experimentado en su propia piel las pocas ganas que tienen los dirigentes políticos de reconocer que la teoría de hoy será la práctica de mañana —replicó Shtrum—. Le ha costado su puesto.

—No, justo al contrario —objetó con calma Chepizhin—. Yo no quería dirigir el instituto precisamente porque sabía que la teoría de hoy se transformará mañana en práctica. Pero es extraño, muy extraño: estaba convencido de que la designación de Shishakov supondría el comienzo del estudio de los procesos nucleares. Y en esa materia no tienen nada que hacer sin usted… De hecho, estoy convencido de ello.

—No comprendo el motivo que le empujó a dejar el trabajo en el instituto —repuso Shtrum—. Sus palabras me resultan confusas. Nuestros superiores han impuesto al instituto las tareas que a usted le alarmaban, eso está claro. Pero a menudo ocurre que las autoridades se equivocan en lo más evidente. Mire si no la manera en que el jefe estrechaba lazos de amistad con los alemanes; sólo unos días antes del inicio de la guerra estaba enviando a Hitler trenes repletos de caucho y de otras materias primas estratégicas. Pero en este caso… bueno, incluso a un gran político se le puede disculpar por no entender por dónde van los tiros.

»En mi vida todo sucede a la inversa. Mis trabajos de antes de la guerra eran eminentemente prácticos: iba a la fábrica de Cheliabinsk para ayudar a instalar dispositivos electrónicos. Pero en tiempo de guerra…

Hizo un gesto de desesperación con la mano.

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