Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 26

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—Estoy perdido en un laberinto; a veces me atenaza el miedo, me siento incómodo. ¡Dios mío…! Trato de establecer la física de las interacciones nucleares, y me encuentro con el concepto de gravitación, de masa, de tiempo; el espacio se desdobla, no existe más como materia, tiene sólo un significado magnético. Conmigo, en el laboratorio, trabaja un joven lleno de talento, Savostiánov, y una vez, no sé cómo salió el tema, comenzamos a hablar de mi trabajo. Me hizo un montón de preguntas. Le expliqué que no tenemos todavía una teoría, sino sólo un programa y algunas ideas. El espacio paralelo es sólo un parámetro de una ecuación y no una realidad. La simetría sólo existe en las ecuaciones matemáticas, y de momento ignoro si le corresponde una simetría de las partículas. Las soluciones matemáticas han tomado la delantera a la física y no sé si la física de las partículas entrará en mis ecuaciones.

»Savostiánov me escuchó durante un largo rato y luego dijo: “Todo esto me recuerda a un compañero de estudios. Se había embrollado con la solución de una ecuación y al rato dijo: ‘Sabes, esto no es ciencia, sino dos ciegos copulando en un matorral de ortigas…’”.

Chepizhin se echó a reír.

—Es curioso que no consiga dar a sus matemáticas un valor físico. Es como el gato de Alicia en el país de las maravillas: primero ves la sonrisa, luego el gato.

—¡Dios mío! —dijo Shtrum—. Estoy profundamente convencido de que ése es el eje central de la vida humana. No cambiaré mis puntos de vista. No voy a renegar de mis creencias.

—Entiendo lo que significa para usted abandonar el laboratorio en el momento en que el nexo entre las matemáticas y la física está a punto de aflorar —observó Chepizhin—. Debe de ser duro para usted, pero me siento feliz: la honestidad no se puede borrar de un plumazo.

—Esperemos que no me borren a mí de un plumazo —profirió Shtrum.

Natalia Ivánovna trajo el té y se puso a mover los libros para hacer sitio en la mesa.

—¡Oh, limón! —exclamó Shtrum.

—Usted es un invitado de honor —dijo Natalia Ivánovna.

—Un cero multiplicado por cero —replicó Shtrum.

—¡Qué dice! —intervino Chepizhin—. ¿Por qué habla así?

—No digo más que la verdad, Dmitri Petróvich.

Mañana decidirán mi destino. Estoy seguro. ¿Qué será de mí pasado mañana?

Se acercó el vaso de té y, tocando con la cucharilla la marcha de su desesperación en el borde del platito, repitió con aire abstraído:

—¡Oh, limón!

Shtrum se sintió confuso. Había pronunciado dos veces la misma frase con la misma entonación.

Durante algunos minutos guardaron silencio, un silencio que rompió Chepizhin:

—Quisiera intercambiar con usted algunos puntos de vista.

—Por supuesto —respondió Shtrum, distraído.

—Oh, no es nada especial, sólo banalidades… Como usted bien sabe, la infinitud del universo es ya una verdad de Perogrullo. Una metagalaxia se convertirá algún día en un terrón de azúcar que cualquier liliputiense parsimonioso tomará con el té. Mientras que un electrón o un neutrón serán un mundo poblado de Gullivers. Esto lo saben hasta los niños que van a la escuela.

Shtrum asentía y pensaba: «Efectivamente, son banalidades. Hoy el viejo no está en forma». Entretanto imaginaba a Shishakov en la reunión del día siguiente. «No, no iré. Ir significaría arrepentirse; o bien habrá que discutir sobre cuestiones políticas, lo que equivale al suicidio…»

Bostezó discretamente y pensó: «insuficiencia cardíaca; es el corazón el que me hace bostezar».

Chepizhin continuaba:

—Podríamos creer que sólo Dios es capaz de limitar el infinito… Porque detrás de la barrera cósmica tenemos que admitir ineludiblemente un poder divino. ¿No es así?

—Sí, sí, por supuesto —admitió Shtrum.

«Dmitri Petróvich, no estoy de humor para filosofías. Me pueden arrestar en cualquier momento. Eso está cantado. Además, en Kazán también hablé más de la cuenta con ese tal Madiárov. O es un chivato, o bien lo meterán en la cárcel y le harán hablar. Todo va mal a mi alrededor».

Shtrum miró a Chepizhin, y éste, al observar su mirada falsamente atenta, continuó hablando:

—Me parece que existe una barrera que limita el infinito del universo, la vida. Ese límite no está presente en la curvatura de Einstein, sino en la oposición «vida-materia inerte». Creo que la vida puede definirse como libertad. La vida es libertad. El principio fundamental de la vida es la libertad. Ahí está la barrera, en el Límite entre libertad y esclavitud, entre materia inerte y vida.

»También he pensado que la libertad, una vez aparecida, comenzó a evolucionar. Esa libertad siguió dos caminos. El hombre goza de mayor libertad que los protozoos. Toda la evolución del mundo viviente va desde el grado más pequeño hasta el grado mayor de libertad. Ésta es la sustancia de la evolución de las formas vivas. La forma superior es la más rica en libertad. He aquí la primera rama de la evolución.

Shtrum, absorto en sus pensamientos, miró a Chepizhin. Éste hizo una señal con la cabeza, como aprobando la atención de su oyente.

—Pero, pensándolo bien, existe además una segunda rama, por así decirlo cuantitativa, de la evolución. Si calculamos que el peso medio de un ser humano es cincuenta kilos, la humanidad pesa cien millones de toneladas. Es mucho más de lo que pesaba, pongamos, hace mil años. La masa de la materia viva siempre aumentará más a expensas de lo inerte. El globo terráqueo, poco a poco, cobrará vida. El hombre, después de haber poblado los desiertos y el Ártico, se instalará bajo tierra, sin dejar de ampliar el horizonte de sus ciudades y los territorios subterráneos.

»La masa viva de la Tierra acabará por ganar la partida. Después, los diversos planetas cobrarán vida. Si se imagina la evolución de la vida hasta el infinito, entonces la transformación de la materia inanimada en materia viva continuará a escala galáctica. La materia se transmutará de inerte en viva, libre. El universo se animará, en el mundo todo se volverá vivo, y por tanto libre. La libertad y la vida vencerán a la esclavitud.

—Sí, sí —dijo Shtrum, y sonrió—. Se puede usar una integral.

—Ahí está —confirmó Chepizhin—. Me he ocupado de la evolución de las estrellas y he comprendido que no se puede bromear con el mínimo movimiento de la mínima manchita gris de mucosidad vital. Piense en la primera rama de la evolución: del grado más bajo al más alto. Llegaremos a un hombre dotado de todos los atributos de Dios: omnipresente, omnipotente, omnisciente. En el próximo siglo se resolverá la cuestión de la transformación de la materia en energía y de la creación de la materia viva. De modo paralelo se avanzará también, en la conquista del espacio y el logro de la velocidad máxima. En los milenios por venir el progreso se orientará hacia la conquista de las formas superiores de la energía psíquica.

De repente todo lo que Chepizhin decía le dejó de parecer a Shtrum pura charlatanería. Se dio cuenta de que no estaba de acuerdo con su amigo.

—El hombre sabrá materializar, a través de sus instrumentos, el contenido, el ritmo de la actividad psíquica de los seres dotados de razón en toda la meta galaxia. El movimiento de la energía psíquica en el espacio, a través del cual la luz viaja durante millones de años, se efectuará en un instante. La peculiaridad de Dios, su omnipresencia, será una conquista de la razón. Pero después de haber alcanzado la paridad con Dios, el hombre no se detendrá. Comenzará a resolver aquellos problemas que a Dios le han venido anchos. Establecerá comunicación con los seres inteligentes de los niveles superiores del universo, de otro espacio y otro tiempo, para los que la entera historia de la humanidad es sólo una confusa y efímera llamarada. Establecerá un contacto consciente con la vida en el microcosmos, cuya evolución es para el hombre sólo un breve instante. Será la época del total aniquilamiento del abismo espacio-tiempo. El hombre mirará a Dios de arriba abajo.

Shtrum movió la cabeza y observó:

—Dmitri Petróvich, al principio le escuchaba pensando que no estaba yo para filosofías; me pueden meter en la cárcel de un momento a otro, qué más me da a mí ahora la filosofía. Y de golpe me he olvidado de Kovchenko, y de Shishakov, y del camarada Beria, que mañana me cogerán del pescuezo y me pondrán de patitas en la calle, y que pasado mañana pueden arrestarme. Sin embargo, escuchándole, no siento felicidad, sino desesperación. Nosotros somos hombres sabios, y Hércules nos parece un raquítico. Entretanto los alemanes matan a viejos y niños judíos como si se tratara de perros rabiosos; nosotros hemos tenido el año 1937 y la colectivización forzosa con la deportación de millones de pobres campesinos, el hambre, el canibalismo… ¿Sabe? Antes todo me parecía sencillo y claro. Pero después de aquellas terribles perdidas y desgracias, todo se ha vuelto complejo y confuso. El hombre mirará de arriba abajo a Dios, pero ¿acaso no mirará de arriba abajo también al diablo, no lo superará también a él? Usted dice que la vida es libertad. ¿Comparten la misma opinión los detenidos de los campos? ¿No está la vida desperdiciando su propia potencia, no se derrama en el universo como sustrato de una esclavitud más espantosa que la esclavitud de la materia inerte de la que usted hablaba? Dígame, este hombre del futuro ¿superará en su bondad a Cristo? ¡Eso es lo más importante! Dígame, ¿qué ofrecerá al mundo el poder de un ser omnipresente y omnisciente si este ser conserva nuestra fatuidad y egoísmo zoológicos: egoísmo de clase, de raza, de Estado o simplemente individual? ¿No transformará este hombre el mundo entero en un campo de concentración galáctico? Dígame, ¿cree en la evolución de la bondad, de la moral, de la generosidad y en que el hombre es capaz de esa evolución?

Como si se sintiera culpable, torció el gesto y añadió:

—Disculpe si insisto en esta cuestión, que parece aún más abstracta que las ecuaciones de las que hablábamos.

—No es tan abstracta —respondió Chepizhin—, y no sé por qué se ha reflejado también en mi vida. He decidido no tomar parte en los trabajos relacionados con la fisión del átomo. El bien y la bondad de hoy no sirven al hombre para llevar una vida sensata, usted mismo lo ha dicho. ¿Qué pasará entonces si cae en sus garras la fuerza de la energía interna del átomo? Hoy la energía espiritual se encuentra en un plano deplorable. ¡Pero creo en el futuro! Creo que aumentará no sólo la potencia del hombre, sino también su capacidad de amar, su alma.

Estupefacto ante la expresión de Shtrum, se calló de golpe.

—Yo también lo creía, sí, lo creía —dijo Shtrum—, y una vez fui presa del pánico. Nos atormenta la imperfección del hombre. Pero ¿quién, por ejemplo, en mi trabajo piensa en todo esto? ¿Sokolov? Tiene un enorme talento, pero es apocado, se inclina ante la fuerza del Estado, considera que no hay poder más grande, ni siquiera Dios. ¿Márkov? Es del todo indiferente a cuestiones como el bien, el mal, el amor, la moral. Un talento práctico. Resuelve problemas científicos como un jugador de ajedrez. ¿Savostiánov, aquel del que le he hablado? Es amable, agudo, un físico maravilloso, pero es lo que se dice un joven irreflexivo y vacío. Llevó a Kazán un montón de fotografías de chicas en traje de baño; le gusta hacer ostentación de elegancia, beber, bailar. Para él la ciencia es un deporte; resolver una cuestión, comprender un fenómeno es lo mismo que establecer plusmarcas deportivas. ¡Lo principal es que nadie le ponga la zancadilla! Pero ¿acaso yo he reflexionado seriamente sobre todo esto? En nuestros tiempos sólo las personas con una gran alma deberían ocuparse de la ciencia; profetas, santos. En cambio, se dedican a la ciencia talentos prácticos, jugadores de ajedrez y deportistas. No saben lo que tienen entre manos. ¿Usted? ¡Pero usted es usted! ¡El Chepizhin que está trabajando en este momento en Berlín no se negará a trabajar con neutrones! ¿Y entonces? ¿Y yo? ¿Qué será de mí? Todo me parecía sencillo, claro, y ahora… Mire, Tolstói consideraba un juego fútil sus geniales creaciones. Nosotros, físicos, creamos sin genialidad, pero nos damos ínfulas, nos pavoneamos.

Las pestañas de Shtrum empezaron a parpadear con más rapidez.

—¿Dónde puedo encontrar la fe, la fuerza, la tenacidad? —dijo precipitadamente, y en su voz se dejó oír la entonación judía—. Bien, ¿qué le puedo decir? Usted ya sabe la desgracia que me ha ocurrido, y hoy me torturan sólo porque…

No terminó la frase, se levantó de golpe, la cuchara se le cayó al suelo. Temblaba, sus manos temblaban.

—Víktor Pávlovich, cálmese, se lo suplico —dijo Chepizhin—. Hablemos de otra cosa.

—No, no, perdone. Me voy, no tengo bien la cabeza. Discúlpeme.

Comenzó a despedirse.

—Gracias, gracias —decía Shtrum sin mirar la cara de Chepizhin, sintiendo que no podía dominar su emoción.

Shtrum bajó por la escalera; las lágrimas le corrían por las mejillas.

26

Cuando Shtrum regresó a casa todos dormían. Tenía la sensación de que estaría sentado a la mesa hasta que se hiciera de día, copiando y releyendo su declaración de arrepentimiento, dudando por centésima vez de si debía ir al instituto.

Durante el largo trayecto de vuelta a casa no había pensado en nada, ni en las lágrimas en la escalera, ni en la conversación mantenida con Chepizhin e interrumpida por su repentino ataque de nervios, ni en la terrible mañana que le aguardaba al día siguiente, ni en la carta de su madre, que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. El silencio de las calles nocturnas le había subyugado, su cabeza estaba tan vacía como las avenidas de la noche moscovita. No sentía emoción, no se avergonzaba de sus recientes lágrimas, no le daba miedo su destino, no deseaba que todo acabara bien.

Por la mañana Shtrum fue al baño, pero encontró la puerta cerrada.

—Liudmila, ¿eres tú? —preguntó.

Dio un grito de sorpresa al oír la voz de Zhenia.

—Dios mío, Zhénechka, pero bueno, ¿qué es lo que te trae por aquí? —Estaba tan confuso que preguntó estúpidamente—: ¿Sabe Liuda que has llegado?

Ella salió del baño y se besaron.

—Tienes mal aspecto —dijo Shtrum, y añadió—: Es lo que se llama un piropo a la judía.

Allí mismo, en el pasillo, ella le contó el arresto de Krímov y el motivo de su visita. Se quedó estupefacto, Pero después de esta noticia la llegada de Zhenia le pareció mucho más preciosa. Si Zhenia hubiera llegado radiante de felicidad y llena de proyectos de una nueva vida, le habría parecido menos cercana y próxima.

Habló con ella, le hizo preguntas sin dejar de mirar el reloj…

—¡Qué absurdo e insensato es todo esto! —dijo Shtrum—; recuerda mis conversaciones con Nikolái, siempre quería hacerme cambiar de idea. ¡Y ahora…! Yo soy la herejía personificada y paseo en libertad; él, un comunista ortodoxo está arrestado.

Liudmila Nikoláyevna le advirtió:

—Vitia, ten en cuenta que el reloj del comedor va diez minutos atrasado.

Farfulló algo y se dirigió a su habitación; mientras pasaba por el pasillo tuvo tiempo de mirar dos veces la hora que marcaba el reloj.

La sesión del Consejo Científico estaba fijada para las once de la mañana. Rodeado de objetos y libros que le resultaban familiares, podía sentir con una nitidez insólita, rayana en la alucinación, la tensión y la agitación que debían de reinar en el instituto. Las diez y media. Sokolov comienza a quitarse la bata. Savostiánov dice a media voz a Márkov: «Vaya, parece que el loco ha decidido no venir». Gurévich, rascándose su gordo trasero, mira a través de la ventana: una limusina especial se detiene al lado del instituto, sale Shishakov con un sombrero y una capa larga de pastor. A continuación llega un segundo coche: el joven Badin. Kovchenko camina por el pasillo. En la sala de la reunión ya esperan quince personas; hojean el periódico. Han llegado con antelación para encontrar buenos puestos porque saben que después se agolpará un gran número de personas. Svechín y el secretario del comité del Partido en el instituto, Ramskov, «con el sello del secreto en la frente», están junto a la puerta del comité. El viejo académico Prásolov, con sus rizos canos y la mirada fija en el aire, parece flotar por el pasillo; dice que asambleas de ese tipo constituyen por sí mismas una bajeza increíble. Con un gran estruendo llegan en tropel los colaboradores científicos adjuntos.

Shtrum miró el reloj, cogió del escritorio su declaración, se la metió en el bolsillo y volvió a mirar el reloj.

Podía asistir al Consejo Científico y no arrepentirse, presenciar en silencio… No… Si iba no podría quedarse callado, y sí hablaba no tendría más remedio que arrepentirse. No ir equivalía a cerrarse todas las puertas…

Dirán: «No encontró el valor…, se opuso ostentosamente a la colectividad…, una provocación política…, en consecuencia ahora habrá que hablar con él en otra lengua». Sacó la declaración del bolsillo y acto seguido, sin leerla, volvió a guardarla en el bolsillo. Había releído aquellas líneas decenas de veces; «Reconozco que, al expresar desconfianza hacia la dirección del Partido, cometí un acto incompatible con las normas de conducta del hombre soviético, y por eso… En mi trabajo, sin ser consciente, me he alejado de la vía magna de la ciencia soviética e involuntariamente me he opuesto…».

Sentía el irrefrenable impulso de volver a leer la declaración, pero en cuanto la cogía entre las manos, cada sílaba le resultaba insoportablemente familiar…

El comunista Krímov había sido arrestado y encerrado en la Lubianka. Y a Shtrum, con sus dudas y horror ante la crueldad de Stalin, sus discusiones sobre la libertad, el burocratismo, con su actual historia marcada por aspectos políticos, hacía mucho tiempo que deberían haberle enviado a Kolymá…

Durante los últimos días era presa del miedo cada vez con mayor frecuencia; estaba convencido de que no tardarían en arrestarle.

Por lo general no se limitaban a expulsarte del trabajo: primero te criticaban agriamente, después te despedían del trabajo, y por último te metían en prisión.

Miró de nuevo el reloj. La sala debía de estar abarrotada. Los que habían tomado asiento mirarían a la puerta y cuchichearían entre sí: «Shtrum no ha aparecido…». Alguien diría: «Ya es casi mediodía y Víktor sigue sin presentarse». Shishakov habría ocupado el sillón de la presidencia y dejado la cartera sobre la mesa. Al lado de Kovchenko se erguiría una secretaria que le habría llevado unos documentos urgentes para que los firmara de inmediato.

La idea de la espera impaciente y excitada de decenas de personas congregadas en la sala de reuniones angustiaba de un modo insoportable, a Shtrum. Probablemente también en la Lubianka, en el despacho del hombre que seguía con atención su caso, estaban esperando. «¿Es posible que no venga?» Sentía y veía a un hombre ceñudo del Comité Central: «¿Así que no se ha dignado aparecer?». Veía a conocidos que decían a sus mujeres: «Es un chiflado». Liudmila, en su fuero interno, desaprobaba su actitud: Tolia había dado la vida por un Estado con el que Víktor había entablado una disputa en tiempo de guerra.

Cuando recordaba cuántos parientes suyos y de Liudmila habían sido represaliados, deportados, se tranquilizaba pensando: «Si alguien me interroga diré que no sólo hay gente así a mi alrededor; también está Krímov, un amigo íntimo, un comunista conocido, un viejo miembro del Partido, un militante desde los tiempos de la clandestinidad…».

¡Pero mira lo que le había pasado a Krímov! Comenzarían a interrogarle y él recordaría cada uno de los discursos heréticos de Shtrum. Aunque, bien pensado, Krímov tampoco era un amigo tan íntimo. ¿Acaso no se había separado Zhenia de él? Y además tampoco había mantenido tantas conversaciones peligrosas con él; antes de la guerra a Shtrum no le acuciaban demasiado las dudas. Pero ¡ay si interrogaban a Madiárov…!

Decenas, cientos de esfuerzos, presiones, empujones, golpes parecían romperle las costillas, hendirle los huesos del cráneo.

Qué insensatas las palabras del doctor Stockmann: «¡Es fuerte quien está solo…!». ¡Pero qué fuerte ni qué ocho cuartos! Miró alrededor de manera furtiva y con muecas deplorables y provincianas, comenzó a hacerse el nudo de la corbata, metió sus papeles en el bolsillo de la chaqueta de gala y se calzó los zapatos amarillos recién comprados.

Liudmila Nikoláyevna entró en el momento en que él se encontraba de pie, vestido, cerca de la mesa. Se le acercó sin decir nada, le besó y salió de la habitación.

¡No, no leería aquella declaración burocrática de arrepentimiento! Diría la verdad, lo que le saliera del corazón: «Camaradas, amigos míos, os he escuchado con dolor, y con dolor pensaba cómo es posible que me encuentre solo en los días del gran acontecimiento de Stalingrado, conquistada gracias a miles de sufrimientos; escucho los reproches llenos de desdén de mis compañeros, hermanos, amigos… Os lo juro: todo mi cerebro, mi sangre, todas mis fuerzas…». Sí, sí, sí, ahora sabía lo que diría… Más rápido, más rápido. «Todavía estoy a tiempo… Camaradas… Camarada Stalin, he vivido de manera equivocada, he tenido que llegar hasta el borde del abismo para vislumbrar mis errores en toda su dimensión…» ¡Lo que dijera saldría de lo más profundo de su corazón! «Camaradas, mi hijo murió en Stalingrado…»

Se dirigió hacia la puerta.

Precisamente en aquel instante acababa de decidirlo todo, sólo le quedaba caminar a toda prisa hacia el instituto, dejar el abrigo en el guardarropa, entrar en la sala, escuchar el susurro excitado de decenas de personas, mirar las caras conocidas, y decir: «Pido la palabra. Camaradas, quiero transmitiros lo que he pensado y sentido estos días…».

En cambio fue justo en ese momento cuando empezó a quitarse lentamente la chaqueta, la colgó en el respaldo de la silla, se deshizo el nudo de la corbata, la enrolló y la colocó en el borde de la mesa, se sentó y comenzó a desatarse los cordones de los zapatos.

Le invadió una sensación de ligereza y claridad. Estaba sentado y meditaba tranquilamente. No creía en Dios pero, no sabía por qué, le parecía que en aquel momento Dios le miraba. Nunca en su vida había experimentado un sentimiento de tanta felicidad ni de tanta humildad. Ahora ya no era capaz de demostrar que estaba equivocado.

Pensó en su madre. Tal vez ella estaba junto a él cuando, sin darse cuenta, había cambiado de idea. De hecho, hasta un minuto antes, de un modo absolutamente sincero, había querido expresar un arrepentimiento histérico. No pensaba en Dios, no pensaba en su madre cuando había tomado, de manera irrevocable, su última decisión. Pero aunque él no pensara en ellos, estaban a su lado.

«Estoy bien, me siento feliz», pensó.

Se imaginó de nuevo la reunión, las caras de la gente, las voces de los que intervenían.

«Qué bien estoy, qué luminoso es todo», pensó de nuevo.

Nunca, le parecía, habían sido tan serías sus reflexiones sobre la vida, sus allegados, su comprensión de sí mismo y del propio destino.

Liudmila y Zhenia entraron en la habitación. Al verle sin chaqueta, en calcetines y con el cuello de la camisa abierto, Liudmila exclamó con la entonación de una vieja:

—¡Dios mío, no has ido! ¿Qué pasará ahora?

—No lo sé —respondió él.

—Quizá no sea demasiado tarde. —Luego le miró y añadió—: No sé, no sé, ya eres un hombre adulto. Pero cuando decides ciertas cuestiones no deberías pensar sólo en tus principios.

Él estaba callado, después suspiró.

—¡Liudmila! —intervino Zhenia.

—Bueno, no pasa nada, no pasa nada —dijo Liudmila—. Que pase lo que tenga que pasar.

—Sí, Liúdochka —añadió Shtrum—. Sea como sea, saldremos adelante.

Se cubrió el cuello con la mano y sonrió.

—Perdóname, Zhenevieva, estoy sin corbata.

Miró a Liudmila y Zhenia, y sólo ahora le pareció comprender de verdad lo serio y difícil que era vivir en la Tierra; y lo importantes que eran las relaciones con sus allegados.

Comprendía que la vida continuaría como de costumbre y que comenzaría a irritarse de nuevo, a inquietarse por naderías, a enfadarse con su mujer y su hija.

—¿Sabéis qué? Basta de hablar de mí —dijo—. Venga, Zhenia, juguemos una partida de ajedrez. ¿Recuerdas cuando me hiciste mate dos veces seguidas?

Dispusieron las piezas, y Shtrum, que jugaba con las blancas, movió el peón del rey.

Zhenia observó:

—Nikolái, cuando tenía las blancas, siempre hacía el primer movimiento avanzando con el peón del rey. ¿Me dirán algo hoy en Kuznetski Most?

Liudmila Nikoláyevna se inclinó y acercó a Shtrum unas zapatillas de andar por casa.

Él, sin mirar, trató de acertar con los pies en ellas; entonces su mujer, refunfuñando, se agachó para calzarle. Shtrum la besó en la cabeza y pronunció con gesto distraído:

—Gracias, Liúdochka, gracias.

Zhenia, que todavía no había movido pieza, sacudió la cabeza.

—No, no lo entiendo. El trotskismo es una vieja historia. Debe de haber pasado algo. Pero ¿qué?, ¿qué?

Mientras rectificaba la disposición de las piezas blancas, Liudmila Nikoláyevna explicó:

—Casi no he dormido en toda la noche. ¡Un comunista tan fiel, tan seguro de sus convicciones!

—Has dormido estupendamente —respondió Zhenia—. Me he despertado varias veces y todas las veces roncabas.

Liudmila Nikoláyevna se enfadó.

—No es verdad, no he podido pegar ojo.

Y respondiendo en voz alta al pensamiento que la preocupaba, dijo a su marido:

—No pasa nada, no pasa nada, esperemos sólo que no te arresten. Y si te lo quitan todo, tampoco me da miedo: venderemos algunas cosas, nos iremos a la dacha y venderé fresas en el mercado. O enseñaré química en la escuela.

—Os confiscarán la dacha —dijo Zhenia.

—Pero ¿es posible que no comprendas que Nikolái no es culpable de nada? —preguntó Shtrum—. Él es de otra generación. Piensa con un sistema de coordenadas diferente.

Estaban sentados en torno al tablero de ajedrez, mirando las figuras, contemplando la única pieza desplazada, y conversaban:

—Zhenia, querida —decía Víktor Pávlovich—, has obrado con conciencia. Créeme, es lo mejor que tiene el hombre. No sé qué te depara la vida, pero de una cosa estoy seguro: ahora has actuado según tu conciencia. Nuestra principal desgracia es que no vivimos como nos dicta la conciencia. No decimos lo que pensamos. Sentimos una cosa y hacemos otra. Recuerda lo que dijo Tolstói a propósito de las penas capitales: «¡No puedo callarme!». Pero nosotros callamos cuando en 1937 ejecutaron a millones de inocentes. ¡Y los mejores se callaban! Y hubo algunos que dieron ruidosamente su aprobación. Nos callamos durante los horrores de la colectivización general. Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste sólo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa. Estoy contento por ti: has actuado según te ha dictado la conciencia.

—Vitia, deja de predicar como si fueras Buda y de confundir la cabeza de esta pequeña boba —dijo Liudmila Nikoláyevna—. ¿Qué tiene que ver aquí la conciencia? Arruina su vida, atormenta a un buen hombre, ¿qué gana con esto Krímov? No creo que pueda ser feliz si lo sueltan. Cuando se separaron, todo estaba en perfecto orden; y ella tenía la conciencia limpia.

Yevguenia Nikoláyevna tomó en la mano la pieza del rey, la hizo girar en el aire, echó una ojeada al trozo de fieltro pegado en la base y la volvió a dejar en su lugar.

—Liuda —dijo ella—, ¿de qué felicidad hablas? Yo no pienso en la felicidad.

Shtrum miró el reloj. De la esfera emanaba una sensación de paz; las agujas parecían apacibles, soñolientas.

—Ahora deben de estar enfrascados en la discusión, estarán imprecando contra mí. Pero yo no siento odio ni humillación.

—Yo, por el contrario, les rompería la cara a esos desvergonzados —dijo Liudmila—. Primero te dicen que eres la esperanza de la ciencia y luego te escupen en la cara. Y tú, Zhenia, ¿cuándo tienes que ir a Kuznetski Most?

—Hacia las cuatro.

—Te preparo la comida y luego te vas.

—¿Qué hay de comer hoy? —se interesó Shtrum, y sonriendo, añadió—: ¿Saben lo que les pido, pequeñas damas?

—Lo sé, lo sé. Quieres trabajar un poco —respondió Liudmila Nikoláyevna, al tiempo que se levantaba.

—Otro se daría con la cabeza contra la pared, en un día como hoy —observó Zhenia.

—Es mi punto débil, no el fuerte —respondió Shtrum—. Mira, ayer Dmitri Petróvich me soltó un discurso sobre ciencia. Pero yo tengo otra opinión, otro punto de vista. Un poco como Tolstói: él dudaba, le atormentaba la cuestión de si la literatura sirve a la gente, si los libros que escribía eran o no necesarios.

—¿Sabes qué? —arguyó Liudmila—, primero escribe el Guerra y paz de la física.

Shtrum se sintió terriblemente avergonzado.

—Sí, sí, Liúdochka, tienes razón, me estaba yendo por las ramas —farfulló, y sin querer miró con reproche a su mujer, añadiendo—: ¡Señor! Incluso en estos momentos tienes que recalcar las palabras que pronuncio de manera equivocada.

De nuevo se quedó solo. Releyó las anotaciones que había escrito el día antes y al mismo tiempo pensó en el día de hoy. ¿Por qué se había sentido mejor cuando Liudmila y Zhenia habían salido de la habitación? En su presencia había advertido una sombra de falsedad. En la propuesta de la partida de ajedrez, en su deseo de trabajar, había hipocresía. Seguramente Liudmila lo había percibido cuando le había llamado Buda. Y cuando había pronunciado su elogio a la conciencia, había notado que su voz sonaba artificial y como de madera. Ante el temor de que intuyeran cierta autocomplacencia por su parte se había esforzado en charlar acerca de temas prosaicos, pero como en sus sermones, había algo que sonaba falso.

Una vaga sensación de inquietud le angustiaba, y no lograba comprenderlo: le faltaba algo.

Varias veces se levantó, se acercó a la puerta; prestó atención a las voces de su mujer y Yevguenia Nikoláyevna.

No quería saber qué habían dicho en la reunión, quién había intervenido con especial intolerancia y animosidad, qué resoluciones habían acordado. Escribiría una breve carta a Shishakov comunicándole que se había puesto enfermo y durante algunos días no iría al instituto. Después las cosas se solucionarían por sí solas, él siempre estaba dispuesto a ser útil en la medida de lo posible. Es decir, en todo.

¿Por qué, en los últimos tiempos, temía tanto el arresto? Después de todo, no había hecho nada tan horrible. Había hablado más de la cuenta, aunque en realidad tampoco tanto. Y lo sabían.

Pero la sensación de intranquilidad seguía latente, y echaba ojeadas impacientes a la puerta. ¿Acaso era hambre lo que sentía? Con toda probabilidad, tendría que despedirse de la tienda restringida al personal del instituto. Y también de la famosa cantina.

En la entrada sonó un ligero timbrazo y Shtrum corrió presto al pasillo, gritando en dirección a la cocina:

—Abro yo, Liudmila.

Abrió de par en par la puerta, y en la penumbra del pasillo le miraron fijamente los ojos preocupados de Maria Ivánovna:

—Vaya, aquí está —dijo en voz baja—. Sabía que no iría.

Mientras la ayudaba a quitarse el abrigo, percibiendo en las manos el calor de su nuca transmitido al cuello del abrigo, Shtrum de repente comprendió que la estaba esperando; presintiendo su llegada aguzaba el oído, miraba la puerta. Se dio cuenta por la sensación de ligereza, de alegría natural que de pronto había experimentado al verla. Así pues, era con ella con quien deseaba encontrarse todas las noches mientras volvía a casa desde el instituto, con la congoja atenazándole el corazón, mirando con ansiedad a los transeúntes, escrutando las caras de las mujeres detrás de los cristales de los tranvías y los trolebuses. Y cuando, una vez en casa, preguntaba a Liudmila Nikoláyevna: «¿Ha venido alguien?», quería saber si era ella quien había venido. Sí, así era desde hacía tiempo. Ella llegaba, charlaban y bromeaban, se iba, y él creía olvidarla. Afloraba en su memoria cuando hablaba con Sokolov o cuando Liudmila Nikoláyevna le transmitía saludos de su parte. Parecía que no existiera más allá de aquellos momentos en que la veía o hablaba de lo encantadora que era. A veces, para hacer rabiar a Liudmila, le decía que su amiga no había leído ni a Pushkin ni a Turguéniev.

Paseaba con ella por el Jardín Neskuchni y le gustaba mirarla, le gustaba que ella, sin equivocarse nunca, le comprendiera fácilmente, le conmovía la expresión infantil y atenta con que le escuchaba. Una vez que se despedían, él dejaba de pensar en ella. Después la recordaba caminando por la calle, y de nuevo la olvidaba.

Y ahora, ahora había sentido que ella nunca dejaba de estar a su lado, sólo había tenido la impresión de que no estaba. Siempre estaba con él, incluso cuando no pensaba en ella: no la veía, no la recordaba, pero ella continuaba estando ahí. Cuando no pensaba en ella tenía la sensación de que ella estaba en otra parte y no se daba cuenta de que sufría constantemente por su ausencia. Pero hoy, justo en este día que se comprendía profundamente a sí mismo y a las personas cuya vida transcurría a su lado, al observar con atención su cara, se le habían revelado sus sentimientos hacia Maria Ivánovna. Al verla se sintió feliz, porque la constante y abrumadora sensación de su ausencia había desaparecido de golpe. Se sentía aliviado porque estaba con él y había dejado de sufrir inconscientemente por no tenerla a su lado. En los últimos tiempos se sentía siempre solo. Sentía su soledad cuando hablaba con su hija, con los amigos, con Chepizhin, con su mujer. Pero le había bastado con ver a Maria Ivánovna para que su soledad se diluyera.

Este descubrimiento no le sorprendió: era natural, indiscutible. ¿Cómo era posible que un mes, dos meses antes, cuando todavía vivían en Kazán, no hubiera comprendido una cosa tan sencilla e incontestable?

Y, naturalmente, el día que había sentido su ausencia con especial intensidad, los sentimientos disimulados en lo más profundo de su alma habían salido a flote y se habían vuelto conscientes. Y como era imposible ocultar lo que le pasaba, enseguida, en la entrada, frunciendo el ceño y mirándola, dijo:

—Tenía todo el rato la impresión de tener un hambre canina y no dejaba de mirar la puerta, como si esperara que me llamaran para la comida; pero, por lo visto, esperaba la llegada inminente de Maria Ivánovna.

Ella no dijo nada, como si no le hubiera oído, y entró en la sala.

Se sentó en el diván al lado de Zhenia, a la que acababa de conocer, y Víktor Pávlovich deslizó la mirada ora sobre la cara de Zhenia, ora sobre la cara de María Ivánovna y luego sobre la de Liudmila.

¡Qué bellas eran las hermanas! Aquel día la cara de Liudmila Nikoláyevna parecía más hermosa que de costumbre. La severidad que a menudo la afeaba se había desvanecido y sus grandes ojos claros miraban con dulzura, tristes.

Zhenia se atusó el cabello; sentía sobre sí la mirada de María Ivánovna, que le dijo:

—Perdone, Yevguenia Nikoláyevna, pero no imaginaba que una mujer pudiera ser tan bella. Nunca he visto una cara como la suya.

Después de decir estas palabras, se ruborizó.

—Mashenka, mira sus manos, sus dedos —dijo Liudmila Nikoláyevna—, y el cuello, el cabello.

—Y las ventanas de la nariz —dijo Shtrum.

—¿Me tomáis por un caballo, o qué? —protesto Zhenia—. ¡Como si me importara mucho!

—El forraje no va al caballo —sentenció Shtrum, y aunque no estaba del todo claro qué significaban esas palabras, suscitaron la risa general.

—Vitia, ¿tienes hambre? —dijo Liudmila Nikoláyevna.

—Sí, sí; no, no —dijo, y vio que Maria Ivánovna se ruborizaba. Entonces comprendió que había oído las palabras que le había dicho en la entrada.

Estaba sentada como un gorrión, toda gris, delgada, con el cabello peinado como una maestra de escuela y la frente abombada, con una chaqueta de punto remendada en los codos, y cada palabra que salía de su boca le parecía a Shtrum el colmo de la inteligencia, de la delicadeza, de la bondad; cada movimiento expresaba gracia, dulzura.

No habló de la reunión del Consejo Científico; se interesó por Nadia, pidió a Liudmila Nikoláyevna que le prestara La montaña mágica de Mann, preguntó a Zhenia sobre Vera y su hijito, y qué contaba en sus cartas Aleksandra Vladímirovna desde Kazán.

A Shtrum le llevó un rato comprender que Maria Ivánovna le había dado a la conversación el giro necesario. Era como si subrayara que no había ninguna fuerza capaz de impedir a los hombres seguir siendo hombres, que el poderoso Estado es incapaz de invadir la esfera de los padres, los hijos, las hermanas, y que en ese día fatídico, su admiración por las personas con las que ahora estaba sentada se manifestaba también en el hecho de que su victoria les daba el derecho a hablar no de lo que era impuesto desde el exterior sino de lo que existía en el interior, dentro de cada ser humano.

Lo había intuido con acierto, y mientras las mujeres hablaban de Nadia y el bebe de Vera, él guardaba silencio, sintiendo que la luz que se había encendido en su interior ardía tímidamente, cálida, sin vacilar, sin palidecer.

Le parecía que el encanto de Maria Ivánovna cautivaba a Zhenia. Liudmila Nikoláyevna fue a la cocina y Maria Ivánovna se levantó para ir a ayudarla.

—Qué mujer tan encantadora —dijo Shtrum con aire soñador.

Zhenia le llamo burlonamente, trayéndole de vuelta a la realidad:

—¿Vitka? ¡Eh, Vitka!

Se quedó desconcertado ante aquel apelativo inesperado (hacía mas de veinte años que nadie le llamaba Vitka).

—¡La joven dama está enamorada de ti como una gata! —dijo Zhenia.

—¡Vaya tontería! —replicó él—. ¿Y por qué «joven dama»? No tiene nada de dama. Liudmila nunca ha tenido amigas, pero con Maria Ivánovna ha hecho buenas migas.

—¿Y contigo? —preguntó Zhenia en tono de broma.

—Estoy hablando en serio —dijo Shtrum.

Al ver que se enfadaba, ella le miró riéndose.

—¿Sabes qué, Zhénechka? ¡Vete al diablo! —exclamó Shtrum. Entretanto había llegado Nadia. Todavía en la entrada preguntó al instante:

—¿Papá ha ido a arrepentirse?

Entró en la sala. Shtrum la abrazó y la besó.

Yevguenia Nikoláyevna miró a su sobrina con los ojos húmedos.

—No tiene ni gota de nuestra sangre eslava —dijo—. Es una auténtica chica judía.

—Son los genes de papá —respondió Nadia.

—Tú eres mi ojito derecho, Nadia —dijo Yevguenia Nikoláyevna—. Como Seriozha lo es para su abuela.

—No te preocupes, papá, nosotros te mantendremos —dijo Nadia.

—¿Quién es nosotros? —preguntó Shtrum—. ¿Tu teniente y tú? Lávate las manos cuando vuelves de la escuela.

—¿Con quién está hablando mamá?

—Con María Ivánovna.

—¿Te gusta Maria Ivánovna? —preguntó Yevguenia Nikoláyevna.

—Para mí es la mejor persona en el mundo —dijo Nadia—. Me casaría con ella, si pudiera.

—Es buena, un ángel —apostilló con burla Yevguenia.

—¿Y a ti, tía Zhenia? ¿No te gusta?

—No me gustan los santos, su santidad esconde la histeria —respondió Yevguenia Nikoláyevna—. Prefiero a los infames declarados.

—¿Histeria? —preguntó Shtrum.

—Te lo aseguro, Víktor; estoy hablando en general, no de ella.

Nadia se fue a la cocina y Yevguenia Nikoláyevna dijo a Shtrum:

—Cuando vivía en Stalingrado Vera tenía un teniente. Y ahora Nadia tiene el suyo. ¡Apareció y desaparecerá! ¡Mueren con tanta facilidad! Vitia, qué triste.

—Zhénechka, Zhenevieva, ¿de veras no te gusta María Ivánovna? —preguntó Shtrum.

—No sé, no sé —respondió atropelladamente Zhenia—. Hay un tipo de mujeres que tienen un carácter apacible, abnegado. Una mujer así no dice: «Hago el amor con ese hombre porque me apetece», sino: «Es mi deber, siento compasión por él, me sacrifico». Estas mujeres hacen el amor con los hombres, se juntan y se separan de ellos porque les apetece, pero dicen: «Era necesario, así lo quiere la moral, la conciencia, he renunciado, me he sacrificado». En realidad no sacrifican nada, han hecho lo que querían, y lo más abyecto es que estas damas creen sinceramente en su sacrificio. ¡No puedo soportar a esas mujeres! ¿Sabes por qué? A menudo tengo la impresión de que yo también pertenezco a esa clase de mujeres.

Durante la comida, Maria Ivánovna dijo a Zhenia:

—Yevguenia Nikoláyevna, si me lo permite la acompañaré. Tengo una triste experiencia en estos asuntos. Además, siendo dos es más fácil.

Zhenia se sintió confusa y respondió:

—No, no, muchas gracias, son cosas que una tiene que hacer sola. No se puede compartir esa carga.

Liudmila Nikoláyevna miró de reojo a su hermana, y, como para darle a entender que mantenía una relación sincera con Maria Ivánovna, dijo:

—A Mashenka se le ha metido en la cabeza que no le has gustado.

Yevguenia Nikoláyevna no respondió.

—Si, sí —confirmó Maria Ivánovna—. Lo presiento. Pero perdone que haya hablado del tema. Es una estupidez. ¿Qué le importo yo? Liudmila Nikoláyevna ha hecho mal en decírselo. Ahora parece que esté insistiendo para obligarla a cambiar de opinión. He hablado por hablar. Por lo demás…

Sin esperárselo, Yevguenia Nikoláyevna dijo de un modo sincero:

—Pero ¿qué dice, querida? No, no… Tengo sentimientos tan confusos; perdóneme. Usted es buena.

Luego, levantándose con un movimiento rápido, dijo:

—Bueno, hijos míos, como dice mamá; «¡Ha llegado la hora!».

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