Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 43

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Pasaba mucha gente por la calle.

—¿Tiene prisa? —preguntó Shtrum—. ¿Quiere que vayamos otra vez al Jardín Neskuchni?

—No, la gente sale ahora del trabajo, y yo debo llegar a tiempo para recibir a Piotr Lavréntievich.

Shtrum pensó que ella le invitaría a pasar por su casa para que Sokolov le contara qué había sucedido en el Consejo Científico. Pero ella no decía nada y sospechó que Sokolov temía encontrarse con él.

Le dolía que tuviera tanta prisa por regresar a casa, aunque era algo completamente natural.

Pasaron por delante del jardín público, a poca distancia de la calle que conducía al monasterio Donskói.

De repente ella se detuvo y dijo:

—Sentémonos un momento, luego cogeré el trolebús.

Estaban sentados en silencio, pero él sentía su inquietud. Con la cabeza ligeramente inclinada, miraba a Shtrum a los ojos.

Continuaron callados. Ella tenía los labios fruncidos, pero a él le parecía oír su voz. Todo estaba claro, tan claro como si ya se lo hubieran dicho todo. En realidad, ¿qué podían añadir las palabras?

Comprendía que estaba a punto de suceder algo muy serio, que su vida iba a tomar una nueva impronta, que le aguardaban tiempos revueltos. No quería causar sufrimiento a los demás; era mejor que nadie conociera su amor, tal vez ellos tampoco se lo confesaran. Pero tal vez… Lo que ahora estaba sucediendo, la tristeza y la felicidad, era algo que no podían ocultarse, y eso conllevaba, inevitablemente, cambios que trastornaban sus vidas. Lo cierto es que todo lo que sucedía dependía de ellos, pero al mismo tiempo les parecía que era un destino al que no podían sustraerse. Entre ellos había nacido algo verdadero, natural, no determinado por su voluntad, al igual que no depende del hombre la luz del día; al mismo tiempo aquella verdad generaba una irremediable mentira, una falsedad, una crueldad para con las personas más cercanas. Sólo de ellos dependía evitar esa mentira y esa crueldad; bastaba con rechazar la luz clara y natural.

Un hecho le resultaba evidente: en aquellos momentos había perdido para siempre la serenidad de espíritu. Fuera lo que fuese lo que les reservara el destino, no encontrarían paz en su alma. Tanto si ocultaba sus sentimientos a la mujer que tenía al lado como si los dejaba aflorar y se convertían en su nuevo destino, él ya no conocería la paz.

No tendría paz ni en los momentos en que la añorara sin cesar ni cuando estuviera cerca de ella, atenazado por los tormentos de la conciencia.

Maria continuaba mirándole con una insoportable expresión de felicidad y desesperación en su rostro.

Pero él no se ha doblegado, no ha cedido a esa fuerza enorme y despiadada, y ahora aquí, sobre este banco, qué débil se siente, qué impotente.

—Víktor Pávlovich —dijo—, tengo que marcharme. Piotr Lavréntievich me espera.

Le tomó la mano y le dijo:

—No volveremos a vernos. He dado mi palabra a Piotr Lavréntievich de que no volvería a encontrarme con usted.

Sintió aquel pánico que experimentan las personas que mueren de un ataque al corazón: su corazón, cuyos latidos no dependen de la voluntad del hombre, se detuvo, y el universo comenzó a oscilar, se tambaleó, la tierra y el aire desaparecieron.

—¿Por qué, Maria Ivánovna? —preguntó.

—Piotr Lavréntievich me ha hecho prometerle que dejaría de verle. Le he dado mi palabra. La verdad, es terrible, pero se encuentra en tal situación… Está enfermo y temo por su vida.

—Masha.

En su voz, en la cara de ella, había una fuerza inquebrantable, como aquella con la que él había tenido que enfrentarse en los últimos tiempos.

—Masha —repitió.

—Dios mío, pero ¿no lo entiende? Mire, yo no lo escondo, ¿para qué hablar de ello? No puedo, no puedo. Piotr Lavréntievich ya ha soportado demasiado. Usted también lo sabe. Y recuerde los sufrimientos que ha padecido Liudmila Nikoláyevna. Es imposible.

—Sí, sí, no tenemos derecho —repetía él.

—Querido mío, mi pobre amigo, luz mía —dijo ella.

Se le había caído el sombrero al suelo; probablemente la gente los mirara.

—Sí, sí, no tenemos derecho —repitió él.

Shtrum le besó las manos y, mientras sostenía sus dedos pequeños y fríos, sintió que su firme decisión de no volverle a ver mis estaba ligada a su debilidad, su sumisión, su impotencia…

Ella se levantó del banco y se marchó sin mirar atrás mientras él permanecía sentado y pensaba que por primera vez había visto ante sí la felicidad, la luz de su vida, y que todo le había abandonado. Le parecía que aquella mujer, a la que acababa de besar los dedos, habría podido sustituir todo lo que él deseaba en la vida, lo que soñaba: la ciencia, la gloria y la alegría del reconocimiento público.

28

El día después de la reunión del Consejo Científico, Shtrum recibió una llamada telefónica de Savostiánov, que se interesó por cómo estaba y por la salud de Liudmila Nikoláyevna.

Shtrum le preguntó sobre la reunión, y Savostiánov respondió:

—Víktor Pávlovich, no quiero preocuparle, pero ha resultado ser más grave de lo que pensaba.

«¿Habrá intervenido Sokolov?», pensó Shtrum y preguntó:

—Pero ¿qué resolución han adoptado?

—Una despiadada. Se considera que ciertas cosas son inadmisibles; han pedido a la dirección que examine la cuestión del futuro próximo, de…

—Entiendo —dijo Shtrum.

Y aunque estaba convencido de que iban a adoptar una resolución de ese tipo, se sintió turbado.

«No soy culpable de nada —pensó—, pero me mandarán a la cárcel; van a arrestarme. Ellos saben que Krímov es inocente y le han encarcelado.»

—¿Alguien votó en contra? —preguntó Shtrum, y del otro lado del teléfono le llegó el embarazoso silencio de Savostiánov.

—No, Víktor Pávlovich; digamos que hubo unanimidad —dijo al fin Savostiánov—. Se ha causado usted un perjuicio enorme al no venir hoy.

La voz de Savostiánov se oía mal, evidentemente llamaba desde un teléfono público.

Aquel mismo día telefoneó Anna Stepánovna. Como había sido destituida de su puesto, ya no iba al instituto y no sabía nada de la reunión del Consejo Científico. Le dijo que se marchaba dos meses a casa de su hermana en Múrom y le conmovió su cordialidad: le invitaba a visitarla.

—Gracias, gracias —dijo Shtrum—, pero si fuera a Múrom no sería para estar ocioso, sino para enseñar física en algún instituto técnico.

—Dios mío, Víktor Pávlovich —dijo Anna Stepánovna—. ¿Por qué dice eso? Estoy desesperada, todo es culpa mía. ¿Acaso valía la pena que hiciera eso por mí?

Probablemente había interpretado como un reproche las palabras sobre el instituto técnico. Tampoco su voz se oía bien; por lo visto no llamaba desde su casa, sino desde una cabina telefónica.

«¿Habrá intervenido Sokolov?», se preguntaba Shtrum.

Entrada la noche llamó Chepizhin. Aquel día Víktor, como un enfermo grave, sólo se animaba cuando comenzaban a hablar de su enfermedad. Chepizhin lo notó.

—¿Habrá intervenido Sokolov? ¿Es posible que lo haya hecho? —preguntaba Shtrum a Liudmila Nikoláyevna; naturalmente, ella no podía saber si Sokolov había tomado la palabra.

Una especie de telaraña se había tejido entre él y su círculo íntimo.

Era obvio que Savostiánov tenía miedo de decir aquello que más interesaba a Víktor Pávlovich; no quería ser su informador. Lo más probable es que hubiera pensado: «Shtrum se encontrará con personas del instituto y dirá: “Ya lo sé, Savostiánov me lo ha contado con detalle”».

Anna Stepánovna había sido muy cordial, pero en una situación así podría haber ido a casa de Shtrum en lugar de contentarse con hacer una llamada telefónica.

Y Chepizhin, reflexionaba Víktor Pávlovich, debería haberle propuesto colaborar con el Instituto de Astrofísica, o al menos contemplar la posibilidad.

«Están ofendidos conmigo y yo con ellos; lo mejor sería que no volvieran a llamar.»

Pero con quien más irritado estaba era con los que no se habían dignado llamar. Durante todo el día estuvo esperando las llamadas de Gurévich, Márkov, Pímenov. Después se enfadó con los técnicos y los electricistas que trabajaban en la instalación de los nuevos aparatos.

«Hijos de perra —pensaba—. ¡Los obreros, esos sí que no tienen nada que temer!»

Le resultaba insoportable pensar en Sokolov. Piotr Lavréntievich había ordenado a Maria Ivánovna que no le llamara. Podía perdonar a todos, también a sus viejos conocidos e incluso a parientes y colegas. ¡Pero a un amigo! Pensar en Sokolov le suscitaba tanta rabia, una ofensa tan aguda, que incluso le costaba respirar. Y al mismo tiempo que pensaba en la traición del amigo, Shtrum, sin darse cuenta, trataba de justificarlo.

Nervioso, escribió a Shishakov una carta absolutamente inútil donde le pedía que le comunicaran la decisión que había tomado la dirección del instituto, puesto que estaba enfermo y en los días sucesivos no iría a trabajar al laboratorio.

Al día siguiente no recibió ni una sola llamada.

«Bueno, es señal de que me arrestarán», pensaba Shtrum.

Y este pensamiento ya no le atormentaba; por el contrario, se alegraba. Del mismo modo se consuelan las personas enfermas: «Bien, enfermos o no, todos moriremos».

Víktor Pávlovich dijo a Liudmila:

—La única persona que nos trae noticias es Zhenia. A decir verdad, las suyas son noticias de la sala de recepción del NKVD…

—Ahora estoy convencida —dijo Liudmila Nikoláyevna— de que Sokolov intervino en el Consejo Científico. Si no, no se explica el silencio de Maria Ivánovna. Le da vergüenza llamar después de eso. Aunque podría llamarla yo durante el día, mientras él está en el trabajo.

—¡Bajo ningún concepto! —gritó Shtrum—. ¿Me oyes, Liuda?

—Pero ¿qué tengo que ver yo con tus relaciones con Sokolov? —objetó Liudmila Nikoláyevna—. Masha es mi amiga.

Evidentemente, no podía explicar a Liudmila por qué no podía llamar a Maria Ivánovna. Le avergonzaba la idea de que Liudmila, de modo involuntario, pudiera convertirse en enlace entre Maria Ivánovna y él.

—Liuda, ahora nuestra relación con la gente sólo puede ser unilateral. Si a un hombre le meten en la cárcel, su mujer sólo puede visitar a las personas que la llamen. No tiene derecho a decir por sí misma: tengo ganas de ir a veros. Sería una humillación para ella y para el marido. Hemos entrado en un nuevo periodo. Ahora no podemos escribir cartas a nadie, sólo responderlas. No podemos llamar a nadie por teléfono, sólo descolgar el auricular cuando nos llaman. No debemos ser los primeros en saludar a nuestros conocidos, porque tal vez ellos no deseen saludarnos. Y aunque me saluden, no tengo ya el derecho a hablar primero. Puede suceder que esa persona quiera saludarme con un movimiento de cabeza, pero no desee hablar conmigo. Si me dirige la palabra, entonces le responderé. Hemos entrado a formar parte de la gran casta de los intocables.

Hizo una pausa.

—Pero por suerte para los intocables hay excepciones a esta ley. Hay una o dos personas (no hablo de nuestros familiares, de tu madre, de Zhenia) que merecen la confianza enorme y sincera de los parias. A ellos se les puede telefonear y escribir sin esperar ninguna señal de autorización. Por ejemplo, Chepizhin…

—Tienes razón, Vitia, todo eso es cierto —dijo Liudmila Nikoláyevna, y sus palabras le sorprendieron. Hacía mucho tiempo que su mujer no le daba la razón en algo—. Pero yo también tengo una amiga: ¡Maria Ivánovna!

—¡Liuda! —gritó—. ¡Liuda! ¿Sabes que Maria Ivánovna ha prometido a Sokolov que no volverá a vernos? Intenta llamarla. ¡Venga, llama, llama!

Descolgó el auricular y se lo tendió a Liudmila Nikoláyevna.

En aquel instante, en un rincón de su conciencia, esperaba que Liudmila llamara…, al menos ella oiría la voz de Maria Ivánovna.

—¡Ah! ¿Así están las cosas? —observó Liudmila Nikoláyevna, y colgó el auricular.

—Pero ¿por qué no vuelve Zhenia? —preguntó Shtrum—. Estamos unidos por la desgracia. Nunca he sentido tanta ternura hacia ella como ahora.

Cuando llegó Nadia, Shtrum le dijo:

—Nadia, he hablado con tu madre, ella te lo explicará todo con detalle. Ahora que me he convertido en un espantajo no puedes ir a ver a los Postóyev, los Gurévich y los demás. Para toda esta gente, tú antes que nada eres mi hija: ¡Mi hija! ¿Comprendes quién eres? ¡Un miembro de mi familia! Te lo pido encarecidamente…

Sabía de antemano lo que ella diría, cómo protestaría y se indignaría. Nadia levantó la mano para interrumpirle.

—Bah, eso ya lo comprendí cuando vi que no ibas al consejo de los impíos.

Fuera de sus casillas, miró a su hija. Después le dijo en tono irónico:

—Espero que esto no influya en tu teniente.

—Por supuesto que no influirá.

—¿Cómo?

Ella se encogió de hombros.

—Nada. Ya veo que comprendes…

Shtrum miró a su mujer y a su hija, les tendió los brazos y se fue a su habitación.

En su gesto había tanta confusión, tanta culpa, debilidad agradecimiento, amor, que las dos permanecieron mucho rato una al lado de la otra sin articular palabra, sin atreverse a mirarse.

29

Por primera vez desde el inicio de la guerra, Darenski seguía la vía de la ofensiva: iba tras las unidades de tanques que huían hacia el oeste.

En la nieve, en el campo, a lo largo de las carreteras había varios tanques alemanes y camiones italianos de hocico romo inmovilizados; los cuerpos de los alemanes y de los rumanos yacían inertes.

La muerte y el frío habían conservado, para la posterior contemplación del cuadro, la derrota de las tropas enemigas. Caos, confusión, sufrimiento: todo había dejado su impronta, se había congelado en la nieve que preservaba, en una inmovilidad helada, la desesperación última, las convulsiones de las máquinas y los hombres que vagaban por las carreteras.

Incluso el fuego y el humo de los obuses, la llama negra de las hogueras imprimía en la nieve manchas rojizas oscuras, capas de hielo de un marrón amarillento.

Las tropas soviéticas marchaban hacia el oeste y columnas de prisioneros se dirigían hacia el este.

Los rumanos llevaban capotes verdes y gorros altos de piel de cordero. Parecía que sufrieran menos que los alemanes a causa del frío. Mirándoles, Darenski no tenía la impresión de que fueran los soldados de un ejército vencido: veía ante él a miles y miles de campesinos hambrientos y cansados, tocados con gorros teatrales. Se burlaban de los rumanos, pero no les miraban con odio, sino con un desprecio compasivo. Después Darenski notó que miraban con menos malicia todavía a los italianos.

Otro sentimiento les suscitaban los húngaros, los finlandeses y, en especial, los alemanes.

Era horrible ver pasar a los prisioneros alemanes.

Marchaban con la cabeza y las espaldas envueltas en trozos de mantas. En los pies llevaban pedazos de tela de saco y trapos atados por debajo de las botas con alambres y cuerdas.

Muchos tenían las orejas, la nariz, las mejillas cubiertas de manchas negras de gangrena helada. El tintineo de las escudillas atadas a sus cinturones recordaba las cadenas de los presos.

Darenski contemplaba los cadáveres que exhibían con una falta de pudor involuntaria sus vientres hundidos y sus órganos sexuales, miraba las caras de los escoltas, enrojecidas por el viento gélido de la estepa.

Mientras observaba los tanques y los camiones alemanes retorcidos en medio de la estepa cubierta de nieve, los cadáveres congelados, los prisioneros que se arrastraban, bajo escolta, hacia el este, Darenski experimentó una extraña amalgama de sentimientos.

Era la represalia.

Recordó los relatos acerca de los alemanes que se burlaban de la miseria de las isbas rusas, que miraban con un asombro lleno de repugnancia las rudimentarias cunas de los niños, las estufas, las ollas, las imágenes en las paredes, las tinas, los gallos de barro pintado: el mundo querido y maravilloso donde habían nacido y crecido los niños que huían de los tanques alemanes.

El conductor del coche dijo con curiosidad:

—¡Mire, camarada coronel!

Cuatro alemanes llevaban a un compañero en un capote. Por sus caras y sus cuellos tensos era evidente que iban a desplomarse de un momento a otro. Se balanceaban de lado a lado. Los trapos con los que se habían envuelto se les embrollaban en los pies, la nieve seca azotaba sus ojos dementes, los dedos helados se aferraban a los extremos del capote.

—Ellos se lo han buscado, los fritzes —dijo el conductor.

—No fuimos nosotros quienes los llamamos —respondió con aire sombrío Darenski.

Luego, de improviso, le invadió una sensación de felicidad; en la neblina nevosa, sobre la tierra virgen de la estepa, se dirigían hacia el oeste los tanques soviéticos: los T-34, terribles, veloces, musculosos…

Asomados por las escotillas hasta la altura del pecho, se veía a los tanquistas con cascos y pellizas negros. Se desplazaban por el gran océano de la estepa, por la niebla de nieve, dejando atrás una opaca espuma de nieve, y un sentimiento de orgullo y de felicidad les cortaba la respiración.

Una Rusia de acero, terrible y sombría, marchaba hacia occidente.

A la entrada del pueblo se había formado un atasco. Darenski bajó del coche, pasó por delante de los camiones que estaban en doble fila y de los Katiuska cubiertos con lonas…

Un grupo de prisioneros era conducido a través de la carretera. De un coche bajó un coronel con un gorro alto de piel de astracán plateada, de esos que sólo se pueden obtener o comandando un ejército o en calidad de amigo de un intendente del frente, y se puso a observar a los prisioneros. Los soldados de escolta les gritaban, levantando las metralletas:

—Venga, venga, más rápido.

Un muro invisible separaba a la muchedumbre de prisioneros de los conductores de los camiones y los soldados, un frío todavía más acerado que el intenso frío de la estepa impedía que sus ojos se cruzaran.

—Mira, mira, aquél tiene cola —exclamó una voz con escarnio.

A lo largo de la carretera un soldado alemán se movía a cuatro patas, arrastrando tras de sí un trozo de colcha que perdía guata. El soldado avanzaba sobre las rodillas deprisa, moviéndose como un perro, desplazando los brazos y las piernas sin levantar la cabeza, como atareado en olfatear un rastro. Reptaba derecho hacia el coronel, y el conductor, que estaba a su lado, dijo:

—Camarada coronel, cuidado, le va a morder.

El coronel dio un paso hacia un lado y cuando el alemán llegó a su altura le dio un puntapié con la bota. Aquel golpe ligero bastó para quebrar la fuerza de gorrión del prisionero. Cayó a tierra con los brazos y las piernas en cruz. Miró desde abajo al hombre que le había golpeado: en los ojos del alemán, como en los ojos de una oveja moribunda, no se advertía ningún reproche, ni siquiera sufrimiento; únicamente resignación.

—Arrástrate, conquistador de mierda —dijo el coronel, frotando contra la nieve la suela de la bota.

Una risita recorrió a los espectadores.

Darenski sintió que se le nublaba la cabeza; que ya no era él, sino otro hombre, al que conocía sin conocerlo, un hombre que ignoraba la duda guiaba sus actos.

—Los rusos no golpean a un hombre en el suelo, camarada coronel.

—¿Y qué soy yo, según usted? ¿No soy ruso, quizá?

—Usted es un miserable —dijo Darenski, y al ver que el coronel había dado un paso en su dirección, se adelantó al estallido de cólera y amenazas, y gritó—: Mi nombre es Darenski. Teniente coronel Darenski, inspector de la sección de operaciones del Estado Mayor del frente de Stalingrado. Estoy dispuesto a repetir lo que acabo de decir ante el comandante del frente y el tribunal militar.

El coronel, con una voz llena de odio, dijo:

—Bien, teniente coronel Darenski, esto no quedará así —dijo, y se alejó.

Algunos prisioneros arrastraron a un lado al caído y, cosa extraña, dondequiera que Darenski girara su mirada tropezaba con los ojos de la muchedumbre de prisioneros agolpados.

Regresó despacio a su coche y oyó una voz burlona:

—Los fritzes ya han encontrado a su defensor.

Poco después viajaba de nuevo por la carretera, y de nuevo les vino al encuentro, entorpeciendo la circulación, un gentío gris de alemanes y uno verde de rumanos.

El conductor, mirando con el rabillo del ojo las manos temblorosas de Darenski mientras fumaba un cigarro, dijo:

—Yo no siento piedad por ellos. Podría matar a cualquiera.

—De acuerdo, de acuerdo —respondió Darenski—, tenías que haber disparado contra ellos en 1941, cuando huías, al igual que yo, sin mirar atrás.

Después permaneció callado el resto del camino.

Pero el incidente con el prisionero no le había abierto el corazón a la bondad, más bien había agotado sus reservas de bondad.

Qué abismo se abría entre aquella estepa calmuca por la que iba hacia Yashkul y la carretera que ahora recorría.

¿Era él quien se había encontrado en medio de una tormenta de arena, bajo una luna enorme, mirando la huida de los soldados del Ejército Rojo, los cuellos serpenteantes de los camellos, y había unido en su alma con una especie de ternura a todas las personas débiles, pobres y queridas en aquel extremo de la tierra rusa?

30

El Estado Mayor del cuerpo de tanques se había instalado en los márgenes del pueblo. Darenski se acercó a la isba que alojaba el cuartel general. Anochecía. Evidentemente, el Estado Mayor había llegado hacía poco: los soldados descargaban del camión maletas y colchones; los radiotelegrafistas estaban tendiendo los cables.

Un ametrallador que montaba guardia entró a regañadientes en el vestíbulo y llamó al ayudante de campo. Éste salió de mala gana al zaguán, y como todos los ayudantes de campo, miró atentamente no a la cara, sino a las hombreras del recién llegado, y dijo:

—Camarada teniente coronel, el comandante del cuerpo acaba de llegar de una inspección a una brigada; está descansando. Pase a ver al oficial de servicio.

—Informe al comandante del cuerpo de que ha llegado el teniente coronel Darenski. ¿Entendido? —ordenó con arrogancia.

El ayudante de campo lanzó un suspiro y entró en la isba, de la que salió un instante después para decirle en voz alta:

—Adelante, camarada teniente coronel.

Darenski entró en el zaguán y Nóvikov salió a su encuentro. Por un instante se examinaron el uno al otro riendo de alegría.

—Así que al final volvemos a vernos —exclamó Nóvikov.

Fue un buen encuentro.

Dos cabezas inteligentes se inclinaron, como de costumbre, sobre el mapa.

—Avanzo con la misma velocidad que cuando poníamos pies en polvorosa —dijo Nóvikov—, pero en este sector he superado la velocidad de fuga.

—Ahora estamos en invierno —dijo Darenski—. ¿Qué pasará en verano?

—No tengo dudas al respecto.

—Yo tampoco.

Mostrar el mapa a Darenski era un verdadero placer para Nóvikov. La comprensión, el interés por los detalles que creía ser el único en observar, las cuestiones que le inquietaban…

Bajó la voz, como si le estuviera confiando algo personal, íntimo, y dijo:

—Es todo seguro, definitivo: la exploración de la zona de acción de los tanques, el empleo coordinado de todos los medios, el esquema de los puntos de referencia. Todo está en orden. Pero la intervención de todos los ejércitos depende de un solo dios: el T-34, ¡nuestro rey!

Darenski conocía el mapa de las operaciones militares que se habían iniciado en otros flancos aparte del ala sur del frente de Stalingrado. Nóvikov supo por él detalles que desconocía sobre la operación del Cáucaso, el contenido de las conversaciones interceptadas entre Hitler y Paulus, y pormenores sobre el movimiento del grupo del general de artillería Fretter-Piko.

—Se ve ya Ucrania por la ventana —observó Nóvikov.

Indicó en el mapa:

—Parece que yo estoy más cerca que los otros. Sólo el cuerpo de Rodin me pisa los talones.

Luego dejó a un lado el mapa y declaró:

—Bien, basta por ahora; ya hemos hablado bastante de estrategia y táctica.

—Y en el terreno personal, ¿nada nuevo? —preguntó Darenski.

—Todo nuevo.

—¿Vas a casarte?

—Lo espero de un día a otro; será pronto.

—Ay, cosaco, es tu fin —dijo Darenski—. Te felicito de todo corazón. Yo, en cambio, siempre estoy en estado desmerecer.

—¿Y Bíkov? —preguntó de repente Nóvikov.

—¿Bíkov? Ahora está con Vatutin.

—Es fuerte, el perro.

—Una roca.

—Que se vaya al diablo —dijo Nóvikov, y gritó en dirección a la habitación vecina—: Eh, Vershkov, por lo visto te has propuesto matarnos de hambre. Llama también al comisario, cenaremos todos juntos.

Sin embargo, no fue necesario llamar a Guétmanov; éste llegó por sí solo y con voz afligida, de pie junto a la puerta, dijo:

—¿Qué pasa, Piotr Pávlovich? Parece que Rodin se ha puesto en cabeza. Ya verás, llegará a Ucrania antes que nosotros —y, dirigiéndose a Darenski, añadió—: Ha llegado la hora, teniente coronel. Ahora tenemos más miedo al vecino que al enemigo. A propósito, ¿no será usted un vecino? No, no, está claro, usted es un viejo amigo del frente.

—Pareces obsesionado con la cuestión ucraniana —dijo Nóvikov.

Guétmanov cogió una lata de conservas y en tono de amenaza burlona observó:

—Está bien, pero ten en cuenta, Piotr Pávlovich, que cuando llegue tu Yevguenia Nikoláyevna sólo te casaré en tierra ucraniana. Escojo al teniente coronel como testigo.

Levantó el vaso, y apuntando con él en dirección a Nóvikov, dijo:

—Vamos, camarada teniente coronel, propongo que bebamos a la salud de su corazón ruso.

Darenski, conmovido, elogió:

—Ha encontrado unas bonitas palabras.

Nóvikov, recordando la hostilidad de Darenski hacia los comisarios, dijo:

—Bien, camarada teniente coronel, hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

Guétmanov miró la mesa y dijo:

—No hay nada que ofrecer a nuestro invitado, sólo conservas. Al cocinero no le da tiempo a encender la estufa porque siempre estamos cambiando de puesto de mando. Día y noche estamos en movimiento. Tendría que haber venido a vemos antes del ataque. Ahora, en un día entero de marcha, paramos sólo una hora. Nos adelantamos a nosotros mismos.

—Danos al menos un tenedor más —pidió Nóvikov al ayudante de campo.

—Dio orden de que no descargáramos la vajilla del camión —respondió el ayudante.

Guétmanov comenzó a explicar su viaje por el territorio liberado.

—Los rusos y los calmucos —decía— son como el día y la noche. Los calmucos cantaban al son del silbato alemán. Les habían dado sus uniformes verdes. Corrían por las estepas para cazar rusos. ¡Y será que no les ha dado cosas el poder soviético! Era el país de los nómadas harapientos, el imperio de la sífilis, del analfabetismo generalizado. Pero por mucho que se le alimente, el lobo continuará mirando hacia la estepa. También durante la guerra civil estaban casi todos con los blancos… Y cuánto dinero hemos despilfarrado durante décadas en nombre de la amistad entre los pueblos. Habría sido mejor construir con esos medios una fábrica de tanques en Siberia. Una mujer, una joven cosaca del Don, me contó lo que había tenido que soportar. No, no, los calmucos han traicionado la confianza rusa y soviética. Así lo expondré en mi informe al Consejo Militar.

Luego, dirigiéndose a Nóvikov, preguntó:

—¿Te acuerdas de cuando te puse en guardia contra Basángov? Me guió mi instinto de comunista. No te ofendas, Piotr Pávlovich, no es un reproche. ¿Crees que me he equivocado pocas veces en la vida? La nacionalidad de una persona es algo importante. En el futuro tendrá un papel determinante; se ha demostrado en la práctica de la guerra. ¿Sabéis cuál ha sido la enseñanza decisiva para los bolcheviques? La práctica.

—A propósito de los calmucos, estoy de acuerdo con usted —dijo Darenski—. Estuve hace poco en las estepas calmucas, he pasado por todos esos Shebener y Kitchener.

¿Por qué había dicho eso? Había viajado mucho por territorio calmuco y nunca había anidado en su corazón, un sentimiento malévolo hacia los calmucos, sino sólo un interés vivo por su vida y sus costumbres.

Parecía que el comisario del cuerpo poseyera una especie de fuerza magnética. Darenski deseaba manifestarle continuamente que estaba de acuerdo con él.

Y Nóvikov le miraba con una sonrisita en los labios, porque conocía bien aquel magnetismo del comisario que inducía a decirle siempre que sí.

—Sé que ha sufrido injusticias en su momento —dijo de improviso y con sencillez Guétmanov a Darenski—. Pero no guarde rencor contra el partido de los bolcheviques, porque quiere el bien del pueblo.

Y Darenski, que siempre había considerado que los de la sección política y los comisarios sólo servían para traer confusión al ejército, respondió:

—Claco, como si no lo comprendiera.

—Por supuesto —dijo Guétmanov—, las hemos hecho buenas, pero el pueblo nos perdonará. ¡Nos perdonará! Porque en el fondo somos buenas personas. ¿No es verdad?

Nóvikov miró con ternura a los presentes y dijo:

—¿No es buen tipo el comisario de nuestro cuerpo?

—Sí, muy buen tipo —corroboró Darenski.

—Exacto —dijo Guétmanov, y los tres se echaron a reír.

Como si hubiera adivinado el deseo de Nóvikov y Darenski, Guétmanov miró el reloj.

—Voy a descansar; estoy siempre en movimiento, día y noche, hoy al menos dormiré hasta la mañana. Hace diez días que no me quito las botas, como un gitano. ¿Dónde está el jefe del Estado Mayor? ¿Está durmiendo ya?

—¿Dormido? —preguntó Nóvikov—. ¡Qué va! Ha ido a inspeccionar una nueva posición dado que nos trasladaremos mañana.

Cuando se quedaron solos, Darenski dijo:

—Piotr Pávlovich, hay algo que no he acabado de comprender… Hace poco tiempo estaba en las arenas de la región del Caspio. Me sentía muy deprimido. Parecía que había llegado el fin. Y mira lo que ha pasado ahora: hemos podido organizar esta fuerza fantástica, una fuerza ante la cual todo parecía inútil.

—¡Y yo comprendo cada vez mejor y más claramente qué significa ser ruso! —dijo Nóvikov—. Somos fuertes y temerarios como lobos.

—¡Una fuerza fantástica! —repitió Darenski—. Pero he aquí lo fundamental: los rusos conducidos por los bolcheviques encabezarán la humanidad y el resto es un detalle insignificante.

—Escucha una cosa —propuso Nóvikov—: ¿quieres que vuelva a formular la petición de tu traslado? Entrarías como subjefe de Estado Mayor. Combatiríamos juntos, ¿qué te parece?

—¿Qué puedo decir? Gracias. ¿Y de quién sería el adjunto?

—Del general Neudóbnov. Según el reglamento, un teniente coronel desempeña las funciones de general.

—¿Neudóbnov? ¿El que estuvo en el extranjero antes de la guerra? ¿En Italia?

—Exacto. El mismo. No es un Suvórov, pero por lo general se puede trabajar con él.

Darenski guardó silencio. Nóvikov le miró.

—Entonces, ¿cerramos el trato? —insistió.

Darenski se levantó el labio con un dedo y tiró un poco atrás la mejilla.

—¿Ves las coronas? —preguntó—. En 1937 Neudóbnov me hizo saltar dos dientes durante un interrogatorio.

Se intercambiaron una mirada, guardaron silencio un rato, luego se miraron de nuevo.

Darenski dijo:

—Desde luego, es un hombre competente.

—Es verdad; no es un calmuco, es un ruso —dijo riendo Nóvikov, y de pronto gritó—: Bebamos, pero esta vez en serio, ¡a la rusa!

Darenski, por primera vez en su vida, bebió mucho, pero de no ser por las dos botellas de vodka vacías sobre la mesa, nadie habría notado que los dos hombres habían empinado el codo. Fue así como comenzaron a tutearse.

Nóvikov llenó los vasos por enésima vez y dijo:

—Bebe, no pares.

Esta vez el abstemio Darenski no se abstuvo de beber.

Hablaron de los primeros días de la guerra, del repliegue, de Bliújer y Tujachevski, de Zhúkov. Darenski habló sobre su interrogatorio y le explicó lo que quería saber el juez instructor.

Nóvikov, a su vez, le contó cómo había retrasado durante algunos minutos, en el inicio de la ofensiva, el avance de los tanques. Pero evitó mencionar que se había equivocado al juzgar la conducta de los comandantes de brigada. Hablaron de los alemanes; Nóvikov dijo que pensaba que el verano de 1941 le había endurecido para toda la vida, pero cuando le enviaron los primeros prisioneros, había ordenado que les alimentaran algo más decentemente y que transportaran a los heridos y aquellos con síntomas de congelación en camión hasta la retaguardia.

Darenski observó:

—Tu comisario y yo hemos puesto como un trapo a los calmucos. ¡Hemos hecho bien! Es una lástima que no esté aquí tu Neudóbnov. Me hubiera gustado decirle unas cuantas palabras, ya lo creo.

—¿Acaso no había gente de Kursk o de Oriol que se entendía con los alemanes? —preguntó Nóvikov—. Mira el general Vlásov; que yo sepa no es calmuco. Mi Basángov es un buen soldado. Pero Neudóbnov es un chequista, el comisario me ha hablado largo y tendido de él. No es un soldado. Nosotros los rusos venceremos, llegaremos a Berlín. Lo sé; los alemanes no nos pararán.

—Estoy al corriente de Neudóbnov, Yezhov y todo eso —dijo Darenski—, pero ahora hay una sola Rusia: la Rusia soviética. Y sé que aunque me rompieran todos los dientes, mi amor por Rusia no cambiaría. La amaré hasta el último aliento. Sin embargo, no haré de adjunto de una puta como ésa. No, camarada, ¿estamos de broma?

Nóvikov llenó los vasos de vodka y le animó:

—Venga, de un trago.

Luego añadió:

—¿Quién sabe lo que pasará? Algún día estaré entre los malos.

Cambiando de tema dijo de improviso:

—El otro día pasó algo horrible: le desgajaron la cabeza a un tanquista, pero él, muerto, continuaba apretando el acelerador y el tanque avanzaba. ¡Adelante, siempre adelante!

Darenski repitió:

—Tu comisario y yo hemos maldecido a los calmucos, y ahora no se me va de la cabeza un viejo calmuco. ¿Cuántos años tiene Neudóbnov? ¿Y si fuéramos a hacerle una visita a donde está acantonado?

Nóvikov, con la lengua pastosa, dijo arrastrando las palabras:

—Tengo una gran alegría. La más grande de las alegrías.

Sacó una fotografía de su bolsillo y se la tendió a Darenski. Este la observó durante un buen rato en silencio, y dijo:

—Una belleza, nada que objetar.

—¿Una belleza? La belleza por sí sola no es nada, ¿comprendes? No se ama como yo la amo sólo por la belleza.

En la puerta apareció Veishkov, se quedó allí mirando fijamente con expresión interrogativa al comandante del cuerpo.

—Lárgate de aquí —ordenó despacio Nóvikov.

—Eh, ¿por qué le tratas así? Él sólo quería saber si necesitabas algo —dijo Darenski.

—Bueno, bueno, seré malo, seré un grosero, pero no hace falta que nadie me dé lecciones. Y además, teniente coronel, ¿por qué me tuteas? ¿Acaso es eso lo que dice el reglamento?

—¡Así que ésas tenemos! —exclamó Darenski.

—Déjalo, no entiendes los chistes —dijo Nóvikov, y pensó que era una suerte que Zhenia no le viera borracho.

—No comprendo las bromas estúpidas —respondió Darenski.

Discutieron durante un largo rato y se reconciliaron sólo cuando Nóvikov le propuso acercarse hasta donde estaba Neudóbnov y molerle a palos. Al final no fueron a ninguna parte, pero continuaron bebiendo.

31

Aleksandra Vladímirovna recibió el mismo día tres cartas: dos de sus hijas y una tercera de su nieta Vera.

Todavía no había abierto los sobres, pero por la caligrafía ya había reconocido de quién eran. Sabía que las cartas no eran portadoras de buenas noticias. La experiencia le había enseñado que los hijos no escriben a las madres para compartir alegrías.

Las tres le pedían que fuera a verlas: Liudmila a Moscú, Zhenia a Kúibishev y Vera a Leninsk. Y aquellas invitaciones confirmaron a Aleksandra Vladímirovna que la vida no era fácil para sus hijas y su nieta.

Vera escribía que los disgustos en el Partido y en el trabajo habían extenuado a su padre. Unos días antes había regresado a Leninsk desde Kúibishev, adonde había acudido por una convocatoria del Comisariado del Pueblo. Vera decía que ese viaje había agotado a su padre más que el trabajo que había desempeñado en la central eléctrica de Stalingrado durante la guerra. El caso de Stepán Fiódorovich no se había solucionado en Kúibishev; le habían ordenado que volviera a trabajar en la reconstrucción de la central eléctrica, pero le habían advertido que no sabían si le mantendrían el empleo en el Comisariado.

Vera había decidido trasladarse con su padre de Leninsk a Stalingrado; ahora los alemanes ya no disparaban, pero el centro de la ciudad todavía no había sido liberado. Las personas que habían visitado la ciudad decían que de la casa donde había vivido Aleksandra Vladímirovna sólo quedaba en pie un esqueleto de hormigón con el techo hundido. En cambio, el apartamento que Spiridónov ocupaba en la central eléctrica por su condición de director permanecía intacto; sólo se había desprendido el estucado y habían salido volando los cristales de las ventanas. En él se alojaban Stepán Fiódorovich, y Vera con su hijo.

Vera escribía acerca de su hijo, y a Aleksandra Vladímirovna le causaba un efecto extraño ver que su nieta Vera, casi una adolescente todavía, le contaba como una adulta, como toda una mujer, los cólicos de su niño, así como sus erupciones, su sueño inquieto, las alteraciones de su metabolismo. Todo lo que Vera debería haber escrito a su marido, a su madre, se lo escribía a su abuela. No tenía marido, no tenía madre.

Vera escribía acerca de Andréyev, de su nuera Natasha, de la tía Zhenia, con la que Stepán Fiódorovich se había encontrado en Kúibishev. No hablaba de ella misma, como si su vida no le interesara a Aleksandra Vladímirovna.

En el margen de la última hoja decía: «Abuela, nuestro apartamento en la central eléctrica es grande, hay sitio para todo el mundo. Te lo ruego, ven». Y en aquel inesperado lamento se expresaba todo lo que Vera no había escrito abiertamente en su carta.

La carta de Liudmila Nikoláyevna era breve. Escribía: «No le encuentro sentido a la vida. Tolia no está, y Vitia y Nadia no me necesitan, podrían vivir perfectamente sin mí».

Liudmila Nikoláyevna nunca antes le había escrito una carta así a su madre. Aleksandra Vladímirovna comprendió que las cosas no iban bien entre Liudmila y su marido. Después de invitar a la madre a Moscú, añadía: «Vitia siempre tiene problemas, y él te cuenta a ti sus sufrimientos de mejor gana que a mí».

Más adelante había una frase parecida: «Nadia se ha encerrado en sí misma, no me confía nada de su vida. Así es ahora el estilo de vida en nuestra familia…».

La carta de Zhenia era incomprensible. Estaba plagada de alusiones a ciertas dificultades y desgracias. Pedía a su madre que fuera a verla a Kúibishev, pero al mismo tiempo la informaba de que debía ir urgentemente a Moscú. Le hablaba de Limónov, que profería panegíricos en honor suyo. Le escribía que le hubiera gustado que fuera a hacerle una visita; era un hombre inteligente, interesante; pero en la misma carta le comunicaba que Limónov había partido para Samarcanda. Era del todo incomprensible cómo se las iba a arreglar entonces Aleksandra Vladímirovna para verle en Kúibishev.

Sólo una cosa estaba clara, y mientras la madre leía la carta, pensaba: «Mi pobre hija».

Las cartas turbaron mucho su ánimo. En las tres se interesaban por su salud, y preguntaban si su habitación estaba bien caldeada.

Esa preocupación enterneció a Aleksandra Vladímirovna, aunque comprendía que las jóvenes no pensaban en si Aleksandra Vladímirovna tenía necesidad de ellas.

Eran ellas quienes la necesitaban.

Aunque también podría haber sucedido de modo diferente. ¿Por qué no había pedido ayuda a las hijas y por qué las hijas se la pedían ahora a ella?

¿Acaso no era ella la que vivía completamente sola, la que era vieja, no tenía hogar, había perdido a un hijo, a una hija, y no sabía nada de Seriozha?

Cada vez le costaba más trabajar, sufría del corazón continuamente, le daba vueltas la cabeza. Incluso había pedido al director técnico de la fábrica que la trasladara de los talleres al laboratorio; era muy penoso pasar de máquina en máquina, efectuar muestras de control.

Después del trabajo hacía cola en las tiendas; una vez llegaba a casa debía encender la estufa y preparar la comida.

¡La vida era tan dura, tan pobre! Hacer cola no era tan horrible, lo peor era cuando no había colas ante las estanterías vacías. Lo peor era cuando, de vuelta en casa, no podía preparar la comida, no encendía la estufa y yacía hambrienta en una cama húmeda y fría.

Todos, a su alrededor, llevaban una vida mísera.

Una doctora evacuada de Leningrado le contó cómo había pasado el invierno anterior con sus dos hijos en un pueblo a cien kilómetros de Ufá. Vivía en una isba deshabitada confiscada a un kulak, con los cristales rotos y el techo reventado. Para ir a trabajar tenía que atravesar, seis kilómetros de bosque, y a veces, al amanecer, refulgían entre los árboles los ojos verdes de los lobos. En el pueblo reinaba la miseria; los koljosianos trabajaban a desgana pues decían que, por mucho que trabajaran, de todos modos les negarían el pan: el koljós iba retrasado con las cuotas de entrega de cereales y les arrebataban todo el grano. El marido de su vecina había partido a la guerra y ella vivía con seis niños hambrientos; sólo tenía un par de botas de fieltro rotas para los seis pequeños. La doctora le había contado que había comprado una cabra; y por la noche, a través de nieves altas, iba a robar alforfón a un campo lejano y desenterraba de debajo de la nieve los almiares no recogidos que comenzaban a pudrirse. Explicaba que sus hijos, escuchando las conversaciones groseras y maliciosas de los campesinos habían aprendido a soltar tacos y que la maestra de la escuela, en Kazán, le había dicho: «Es la primera vez que oigo a alumnos de primer grado, y además de Leningrado, blasfemar como borrachos».

Ahora Aleksandra Vladímirovna vivía en la pequeña habitación que antes ocupaba Víktor Pávlovich. Los inquilinos oficiales, que se habían trasladado a un anexo mientras los Shtrum estaban allí, ocupaban ahora la habitación principal. Eran gente irritable, nerviosa, que a menudo discutía sobre tonterías domésticas.

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