Vida y destino
TERCERA PARTE » 43
Página 46 de 55
—Claro, espero —dijo, y mirando los ojos inquisidores de Liudmila, buscó a tientas un lápiz en la mesilla y escribió algunas letras torcidas sobre un trozo de papel.
Liudmila Nikoláyevna se santiguó despacio, sin darse cuenta de que lo hacía; después bendijo a Víktor Pávlovich. Los dos guardaban silencio.
«… Éste es un boletín de todas las emisoras de radio de la Unión Soviética.»
Una voz extraordinariamente parecida a la que el 3 de julio de 1941, dirigiéndose al pueblo, al ejército, al mundo entero, había proclamado: «Camaradas, hermanos y hermanas, amigos míos…», ahora, se dirigía a un solo hombre, que sostenía en la mano el auricular del teléfono:
—Buenos días, camarada Shtrum.
En aquellos segundos, ideas confusas, fragmentos de pensamientos y sentimientos se fundieron en su interior: una amalgama de triunfo, debilidad, pánico ante lo que parecía la broma de un gamberro y luego las hojas manuscritas de un cuestionario y el oscuro edificio de la plaza de la Lubianka…
Junto a la lúcida percepción de la realización de su destino, en él se mezclaba la melancolía por la pérdida de algo extrañamente querido, conmovedor, bueno.
—Buenos días, Iósif Vissariónovich —dijo Shtrum, asombrado de haber pronunciado por teléfono aquellas palabras increíbles—. Buenos días, Iósif Vissariónovich.
La conversación duró dos o tres minutos.
—Me parece que está usted trabajando en una dirección interesante —dijo Stalin.
Su voz era lenta, gutural, y parecía recalcar ciertos sonidos premeditadamente para que Shtrum recordara los acentos que había oído por la radio. Sonaba igual que cuando Víktor, haciendo el tonto, imitaba a Stalin en casa. Así era como lo describían las personas que habían escuchado a Stalin en los congresos, o que habían sido convocadas por él.
¿Acaso se trataba de una broma?
—Creo en mi trabajo —dijo Shtrum.
Stalin hizo una pausa, como si reflexionara las palabras de Shtrum.
—¿La guerra le ha impedido obtener algún estudio científico del extranjero? ¿Cuenta con todos los aparatos necesarios en el laboratorio? —preguntó Stalin.
Con una sinceridad que a él mismo le dejó sorprendido, Víktor dijo:
—Muchas gracias, Iósif Vissariónovich; mis condiciones de trabajo son perfectamente normales y satisfactorias.
Liudmila Nikoláyevna, de pie, como si Stalin pudiera verla, escuchaba la conversación.
Shtrum le hizo una señal: «Siéntate, que no te dé vergüenza…». Entretanto Stalin hizo una nueva pausa, meditando las palabras de Shtrum. De repente dijo:
—Adiós, camarada Shtrum, le deseo éxito en su trabajo.
—Adiós, camarada Stalin.
Shtrum colgó el teléfono.
Estaban allí sentados, uno enfrente del otro, igual que unos minutos antes, cuando hablaban de los manteles que Liudmila Nikoláyevna había vendido en el mercado Tishinski.
—Le deseo éxito en su trabajo —repitió Shtrum con un marcado acento georgiano.
El hecho de que nada hubiera cambiado, que el armario, el piano, las sillas permanecieran en su sitio, que hubiera dos platos sucios sobre la mesa, exactamente igual que antes, cuando hablaban del administrador de la casa, encerraba algo insensato, capaz de hacerle perder a uno el juicio. Y es que, en el fondo, todo había cambiado: ante ellos se vislumbraba un nuevo destino.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada de particular. Me ha preguntado si la carencia de publicaciones extranjeras perturbaba mi trabajo —dijo Shtrum, esforzándose por parecer, también ante sí mismo, tranquilo e indiferente.
A ratos se sentía incómodo por la sensación de felicidad que le había invadido.
—Liuda, Liuda —dijo—, piénsalo, no me he arrepentido, no he bajado la cabeza, no le he escrito cartas. ¡Ha sido él quien me ha telefoneado!
¡Lo increíble se había hecho realidad! La grandeza de aquel acontecimiento era incalculable. ¿Era el mismo Víktor Pávlovich el que daba vueltas en la cama, el que no pegaba ojo por las noches, el que se entumecía mientras rellenaba formularios, el que se llevaba las manos a la cabeza pensando en lo que se había dicho de él en el Consejo Científico, el que recordaba sus pecados, el que se arrepentía mentalmente y pedía perdón, el que esperaba el arresto y pensaba en la miseria, el que se quedaba petrificado solo con pensar en una conversación con la empleada del Departamento de Pasaportes o la chica de la oficina de racionamiento?
—Dios mío, Dios mío… —balbuceó Liudmila Nikoláyevna—. Tolia nunca lo sabrá.
Se aproximó a la puerta del cuarto de Tolia y la abrió.
Shtrum descolgó el teléfono y lo volvió a colgar al instante.
—¿Y si ha sido una broma? —preguntó, aproximándose a la ventana.
Desde la ventana se veía la calle desierta y una mujer que pasaba con un chaquetón guateado.
Volvió hasta el teléfono y tamborileó encima su dedo curvado.
—¿Cómo sonaba mí voz? —preguntó Shtrum.
—Hablabas muy despacio. Sabes, yo misma, no sé por qué, me he puesto de pie.
—¡Stalin en persona!
—Puede que fuera una broma.
—Nadie se atrevería. Por una broma como ésa te caen diez años.
Sólo una hora antes deambulaba por la habitación y recordaba el romance de Goleníschev-Kutúzov:
… Y él, olvidado, yace solo…
¡Las llamadas telefónicas de Stalin! Una o dos veces al año, corrían, rumores por Moscú: Stalin ha llamado al director de cine Dovzhenko, Stalin ha telefoneado al escritor Ehrenburg.
A él no le hacía falta dar órdenes: otorgadle un premio a ése, dadle un apartamento, ¡construidle un instituto científico! Stalin estaba por encima de esos asuntos; se ocupaban de ello sus subordinados, que adivinaban la voluntad de Stalin por la expresión de sus ojos, por la entonación de su voz. Si Stalin sonreía con benevolencia a un hombre, su destino se transformaba: abandonaba las tinieblas y el anonimato por una lluvia de gloria, honores, fuerza. Decenas de poderosos inclinaban la cabeza, ante el afortunado; Stalin le había sonreído, había bromeado con él hablando por teléfono.
La gente repetía los detalles de sus conversaciones, cada palabra dicha por Stalin les colmaba de estupor. Cuanto más comunes eran las palabras, más se asombraban. Parecía que Stalin no pudiera decir cosas corrientes.
Se decía que había llamado a un famoso escultor y le había dicho en broma: «Hola, viejo borrachín».
A otra celebridad, un hombre honesto, le había preguntado por un amigo suyo arrestado, y cuando éste, desconcertado, balbuceó una respuesta, Stalin le dijo: «Defiende mal a sus amigos».
Se contaba también que había llamado a la redacción de un periódico juvenil y el redactor adjunto había respondido:
—Bubekin al habla.
Stalin respondió:
—¿Y quién es Bubekin?
—Debería saberlo —respondió su interlocutor, y le colgó el teléfono.
Stalin volvió a marcar el número y dijo:
—Camarada Bubekin, aquí Stalin. Explíqueme, por favor, quién es usted.
Se decía que Bubekin, después de lo ocurrido, había pasado dos semanas en el hospital para recuperarse de la conmoción.
Bastaba una palabra suya para aniquilar a miles, decenas de miles de personas. Un mariscal, un comisario del pueblo, un miembro del Comité Central, un secretario de obkom, personas que habían estado al mando de ejércitos y frentes, que habían gobernado territorios, repúblicas, fábricas enormes, podían convertirse de un día para otro, por una palabra airada de Stalin, en un cero, en polvo de un campo penitenciario que hace tintinear la escudilla a la espera de su ración de bodrio en la cocina del campo.
Se contaba que Stalin y Beria habían visitado a un viejo bolchevique, georgiano, recién liberado de la Lubianka, y se habían quedado en su casa hasta la mañana siguiente. Los otros inquilinos no se habían atrevido a utilizar el baño y ni siquiera habían ido a trabajar. A los invitados les había abierto la puerta una comadrona, la inquilina de mayor edad. Había salido en camisón, llevando un perrito en los brazos, furiosa porque los visitantes nocturnos no habían llamado a la puerta el número de veces convenido. Luego había explicado: «Abrí la puerta y vi un retrato. Luego el retrato comenzó a avanzar hacia mí». Decían que Stalin había dado una vuelta por el pasillo y había examinado durante un largo rato la hoja colgada al lado del teléfono donde los inquilinos marcaban con palitos el número de veces que habían llamado para saber cuánto tenían que pagar.
Todos estos relatos asombraban y provocaban la risa, debido a la banalidad de las palabras y las situaciones, que al mismo tiempo parecían increíbles: ¡ver a Stalin caminar por el pasillo de un apartamento comunal!
Y es que bastaba una palabra suya para que se erigieran edificios enormes, para que columnas de leñadores se dirigieran a la taiga, cientos de miles de personas excavaran canales, edificaran ciudades, trazaran carreteras en la noche polar, en medio de la congelación permanente. Representaba a un gran Estado. El sol de la Constitución estalinista…, el Partido de Stalin…, los planes quinquenales de Stalin…, las obras de Stalin…, la estrategia de Stalin…, la aviación de Stalin… Un gran Estado se había encarnado en él, en su carácter, en sus costumbres.
«Le deseo éxito en su trabajo —repetía sin cesar Víktor Pávlovich—. Me parece que está usted trabajando en una dirección interesante…»
Ahora estaba claro: Stalin sabía la importancia que se le atribuía a los físicos nucleares en el extranjero.
Shtrum percibía que alrededor de esta cuestión estaba surgiendo una extraña tensión, palpable en las líneas de los artículos escritos por los físicos ingleses y americanos, en las reticencias que quebraban el desarrollo lógico del pensamiento.
Había notado que ciertos nombres de investigadores que solían publicar sus trabajos habían desaparecido de las páginas de las revistas de física, que los científicos que se ocupaban de la fisión del núcleo pesado parecían haberse volatilizado, nadie mencionaba sus trabajos. Sentía que se acrecentaba la tensión, el silencio, en cuanto se rozaban cuestiones referentes a la desintegración del núcleo de uranio.
Más de una vez Chepizhin, Sokolov y Márkov habían conversado sobre estos temas. Hacía todavía poco tiempo, Chepizhin hablaba de los miopes, incapaces de ver las perspectivas prácticas relacionadas con la acción de los neutrones sobre el núcleo pesado. Pero el mismo Chepizhin había decidido no trabajar en ese campo…
En el aire, saturado del ruido de botas de los soldados, del fuego de la guerra, de humo, del crujido de los tanques, había aparecido una nueva tensión que no hacía ruido, y la mano más fuerte del mundo había levantado el auricular del teléfono, y el físico teórico había oído una voz sosegada que decía: «Le deseo éxito en su trabajo».
Una sombra nueva, imperceptible, muda, ligera se había extendido sobre la tierra quemada por la guerra, sobre las cabezas de niños y viejos. La gente no tenía conciencia de ella, no sabía de su existencia, no presentía, el nacimiento de una fuerza que pertenecía al futuro.
Largo era el camino que separaba los escritorios de algunas decenas de físicos, las hojas de papel cubiertas de alfas, betas, gammas, íes, sigmas, las bibliotecas y los laboratorios, de la fuerza satánica y cósmica, futuro espectro del poder del Estado.
Sin embargo, el camino había comenzado, y la sombra muda continuaba espesándose, se transformaba en una tiniebla capaz de envolver Moscú y Nueva York.
Aquel día Shtrum no se alegró del éxito de su trabajo, que sólo poco antes parecía olvidado por los siglos de los siglos en un cajón de su escritorio. Ahora saldría de su cautiverio y vería la luz en el laboratorio, sería incorporado en conferencias e informes docentes. No pensaba en el triunfo de la verdad científica, en su victoria, en el hecho de que podría ayudar de nuevo al progreso de la ciencia, tener sus alumnos, estar presente en las páginas de las revistas y los manuales, esperar ansiosamente a ver si su teoría se correspondía con la verdad del contador y las fotoemulsiones.
Otra emoción le había engullido: el triunfo orgulloso sobre las personas que le habían perseguido. Hasta hacía poco creía que no albergaba resentimiento contra ellos. Ahora tampoco quería vengarse, hacer daño, pero se sentía feliz en mente y espíritu cuando recordaba todos los actos malos, deshonestos, crueles y cobardes que habían cometido contra él. Cuanto más groseros y ruines se habían mostrado con él, más dulce le resultaba regodearse en el recuerdo.
Cuando Nadia volvió de la escuela, Liudmila Nikoláyevna le gritó:
—¡Nadia, Stalin ha telefoneado a papa!
Y al ver la emoción de su hija, que entró corriendo en la habitación, con el abrigo a medio quitar y arrastrando la bufanda por el suelo, Shtrum sintió aún con mayor nitidez el desconcierto que invadiría a los demás cuando ese mismo día o el siguiente se enteraran de lo que había pasado.
Durante la comida, Shtrum dejó la cuchara a un lado y dijo:
—No tengo ni pizca de hambre.
—Es una humillación total para tus detractores y perseguidores —dijo Liudmila Nikoláyevna—. Me imagino lo que pasará en el instituto, por no hablar de la Academia.
—Sí, sí —asintió él.
—Y en las tiendas especiales las señoras volverán a saludarte, mamá, y a sonreírte —dijo Nadia.
—Sí, sí —dijo Liudmila Nikoláyevna, y se le escapó una risita.
Shtrum siempre había despreciado a los aduladores, pero ahora pensar en la sonrisa obsequiosa de Alekséi Alekséyevich Shishakov le colmó de alegría.
Había algo que le causaba extrañeza, que no comprendía. En aquel sentimiento de triunfo y felicidad que ahora experimentaba se mezclaba una tristeza que emergía de algún lugar recóndito, la nostalgia por algo precioso y arcano que en aquellas horas le parecía que se había alejado de él. Se sentía culpable de algo y ante alguien, pero no sabía de qué ni ante quién.
Estaba comiendo su sopa preferida, a base de alforfón y patatas, y recordaba sus lágrimas de niño, cuando en una noche de primavera había vislumbrado las estrellas entre los castaños en flor. El mundo, entonces, le parecía hermoso, el futuro, inmenso, lleno de bondad y luz radiante. Y hoy que su destino se había decidido, era como si se despidiera de su amor puro, infantil, casi religioso hacia la milagrosa ciencia; que se despidiera de lo que había sentido semanas atrás cuando, tras vencer un miedo enorme, había dejado de mentirse a sí mismo.
Sólo había una persona a la que hubiera podido contárselo, pero no estaba a su lado.
Era extraño. Su alma estaba impaciente y ansiosa por que todo el mundo supiera lo ocurrido. En el instituto, en las aulas de la universidad, en el Comité Central del Partido, en la Academia, en la administración de la casa y de la dacha, en las cátedras y las sociedades científicas. A Shtrum le daba lo mismo que Sokolov se enterara de la noticia. Al mismo tiempo, no con la cabeza, sino en lo más profundo de su corazón, prefería que Maria Ivánovna no lo supiera. Intuía que para su amor era mejor ser perseguido e infeliz. Al menos eso le parecía.
Les explicó a su mujer y su hija una historia que se contaba antes de la guerra: una noche Stalin había aparecido en el metro, ligeramente borracho, se había sentado al lado de una mujer joven y le había preguntado: «¿Qué puedo hacer por usted?».
«Me gustaría mucho visitar el Kremlin», respondió la mujer.
Stalin, antes de responder, había reflexionado un momento y después dijo: «Creo que podré arreglarlo».
Nadia intervino:
—Ves, papá, hoy eres un hombre tan importante que mamá te ha dejado contar tu historia, sin interrumpirte, y eso que la habrá escuchado más de ciento diez veces.
Y de nuevo, por centésima vez, se rieron de la ingenuidad de la mujer del metro.
Liudmila Nikoláyevna propuso:
—Vitia, ¿qué te parece si descorchamos una botella para celebrar la ocasión?
Y trajo también una caja de bombones que tenía guardada para el cumpleaños de Nadia.
—Coged —dijo Liudmila Nikoláyevna—, pero tú, Nadia, no te lances encima como un lobo.
—Oye, papá —dijo Nadia—, ¿por qué nos burlamos de esa mujer del metro? ¿Y tú? ¿Por qué no le has preguntado a Stalin por el tío Mitia y Nikolái Grigórievich?
—¿De qué hablas? ¿Crees que es posible?
—Sí que lo creo. La abuela se lo habría dicho enseguida, estoy segura de que se lo hubiera preguntado.
—Es probable —confirmó Shtrum—, es probable.
—Bueno, basta ya de decir tonterías —cortó Liudmila Nikoláyevna.
—¿A eso le llamas tonterías, al destino de tu hermano? —replicó Nadia.
—Vitia —dijo Liudmila—, hay que telefonear a Shishakov.
—Me parece que subestimas lo que ha pasado. No hay que telefonear a nadie.
—Llama a Shishakov —insistió Liudmila.
—¿Stalin me desea éxito en mi trabajo y yo tengo que llamar a Shishakov?
Aquel día un sentimiento nuevo y extraño anidó en Shtrum. Siempre le había indignado que se divinizara a Stalin. En los periódicos, su nombre aparecía por doquier, desde la primera a la última línea. Retratos, bustos, estatuas, oratorios, poemas, himnos… Le llamaban padre, genio…
A Shtrum le fastidiaba que el nombre de Stalin eclipsara al de Lenin, que su genio militar se contrapusiera al carácter civil de Lenin. En una de sus obras, Alekséi Tolstói representaba a Lenin encendiendo una cerilla servicialmente para que Stalin pudiera encender su pipa. En un cuadro un artista pintaba a Stalin subiendo majestuosamente los escalones de Smolni, mientras Lenin le seguía a toda prisa, excitado como un gallo. Si en un cuadro se representaba a Lenin y Stalin en medio del pueblo, sólo los viejos, las mujeres y los niños miraban con cariño a Lenin, mientras que una procesión de gigantes armados —obreros y marineros con cintas de ametralladoras en bandolera— marchaba hacia Stalin. Los historiadores, cuando describían los momentos cruciales de la vida del país de los soviets, siempre mostraban a Lenin pidiendo consejo a Stalin: durante la rebelión de Kronstadt, la defensa de Tsaritsin o la invasión de Polonia. La huelga de Bakú, en la que Stalin había participado, y el periódico georgiano Brdzola (La lucha), donde se habían publicado sus artículos, parecían más importantes en la historia del Partido que todo el movimiento revolucionario ruso.
—Brdzola, Brdzola —repetía enfadado Víktor Pávlovich—. ¿Qué hay de Zheliábov, Plejánov y Kropotkin? ¿Qué hay de los decembristas? Ahora sólo se oye hablar de Brdzola, Brdzola…
Durante mil años, Rusia había sido el país de la autocracia y el despotismo ilimitado, el país de los zares y sus favoritos. Pero en esos mil años de historia rusa nunca había existido un poder comparable al de Stalin.
Sin embargo ese día Shtrum no estaba ni enfadado ni horrorizado. Cuanto más grandioso era el poder de Stalin y más ensordecedores eran los himnos y los timbales, más inmensa era la nube de incienso que humeaba a los pies del ídolo viviente y más intensa era la alegría de Shtrum.
Caía la noche y no tenía miedo.
¡Stalin había hablado con él! Stalin le había dicho: «Le deseo éxito en su trabajo».
Cuando se hizo completamente de noche, Víktor Pávlovich salió a la calle.
En aquella oscura velada ya no se sentía impotente ni irremediablemente perdido. Estaba tranquilo. Sabía que la gente que dictaba las órdenes estaba ya al corriente de todo. Resultaba extraño pensar en Krímov, Dmitri, Abarchuk, Madiárov, Chetverikov… No compartían el mismo destino. Pensaba en ellos con tristeza y frialdad.
Se alegraba de su victoria: su fuerza de espíritu y su inteligencia habían triunfado. No le preocupaba que su felicidad fuera tan diferente a la que había experimentado el día de la farsa judicial, cuando le parecía que su madre estaba a su lado. Ahora le daba lo mismo si Madiárov había sido arrestado o si Krímov hacía declaraciones sobre él. Por primera vez en su vida no le aterraba recordar sus bromas sediciosas, sus comentarios imprudentes.
Entrada la noche, cuando Liudmila y Nadia ya estaban en la cama, sonó el teléfono.
—Hola —susurró una voz, y Shtrum fue presa de una agitación más virulenta que la que había sentido aquel día.
—Hola —respondió.
—No me resistía a oír su voz. Dígame algo —le pidió ella.
—Masha, Mashenka —balbuceó, y enmudeció.
—Víktor, querido mío —dijo ella—, no podía mentir a Piotr Lavréntievich. Le he confesado que le amo a usted. Y le he prometido que nunca volveré a verle.
Por la mañana Liudmila Nikoláyevna entró en su habitación, le acarició los cabellos y le besó en la frente.
—En mis sueños me ha parecido oírte hablar por teléfono con alguien.
—Te lo ha parecido —respondió mirándola tranquilamente a los ojos.
—Recuerda que tienes que ir a ver al administrador de la casa.
43
La chaqueta del juez instructor causaba una impresión extraña para unos ojos acostumbrados al mundo de las guerreras y los uniformes militares. El rostro, en cambio, le era familiar, una de esas caras pálidas amarillentas que abundan entre los comandantes empleados en las oficinas y los funcionarios políticos.
Responder a las primeras preguntas le resultó fácil, incluso agradable; le incitaba a creer que el resto sería igual de sencillo, tan evidente como su apellido, su nombre y su patronímico.
En las respuestas del detenido se hacía patente una disposición apresurada a ayudar al juez instructor. A fin de cuentas, el investigador no sabía nada de él. El escritorio que había entre los hombres no les separaba. Los dos pagaban las cuotas como miembros del Partido, habían visto la película Chapáyev, frecuentado los cursos del Comité Central y todos los primeros de mayo eran enviados a pronunciar conferencias a las fábricas.
Le formuló infinidad de preguntas preliminares que infundían tranquilidad de ánimo al arrestado. Pronto llegarían al fondo de la cuestión y tendría la oportunidad de explicar cómo había conducido a sus hombres fuera del cerco.
Al final se pondría en claro que la criatura sentada al otro lado de la mesa, sin afeitar, con el cuello abierto de la guerrera y los pantalones sin botones, tenía nombre, apellido y patronímico, que había, nacido un día de otoño, era de nacionalidad rusa, había participado en dos guerras mundiales y en una civil, no había pertenecido a ninguna facción, no había estado involucrado en ninguna causa judicial, era miembro del partido comunista de los bolcheviques desde hacía veinticinco años, había sido elegido delegado del Congreso del Komintern, así como del Congreso de los Sindicatos del Océano Pacífico, y no había recibido condecoraciones ni grados honoríficos.
La preocupación principal de Krímov estaba ligada con el periodo del cerco y con los hombres que le habían seguido a través de los pantanos de Bielorrusia y los campos ucranianos.
¿A quién de ellos habían arrestado? ¿Quién se había doblegado durante los interrogatorios y había perdido el decoro? Y de pronto, una pregunta inesperada que atañía a otros años, a un periodo lejano, sorprendió a Krímov:
—Dígame, ¿desde cuándo conoce a fritz Hacken?
Krímov permaneció callado un largo rato, luego dijo:
—Si no me equivoco lo conocí en el Consejo Central de los Sindicatos de la Unión Soviética, en el despacho de Tomski. Creo recordar que fue en la primavera de 1927.
El juez instructor asintió, como si estuviera al corriente de esa remota circunstancia.
Después suspiró, abrió una carpeta donde figuraba la leyenda «Conservar a perpetuidad», deshizo despacio los lazos blancos y se puso a hojear las páginas escritas. Krímov entrevió tintas de diferentes colores, páginas mecanografiadas a espacio sencillo o doble, con notas esporádicas y de caligrafía desgarbada escritas en color rojo, azul o a lápiz.
El juez instructor pasaba las hojas con calma, como un alumno sobresaliente hojea un libro de texto con la seguridad del que se sabe la asignatura de pe a pa.
De vez en cuando lanzaba una mirada a Krímov. Parecía un artista que cotejara el parecido de su dibujo con el natural: los rasgos físicos, el carácter y los ojos, espejo del alma…
Qué perversa se había vuelto su mirada… Su cara ordinaria (y después de 1937 Krímov se había encontrado a menudo con muchas como ésa en los raíkoms y los obkoms, en las milicias de distrito, en las bibliotecas y las editoriales) de repente perdió su vulgaridad. A Krímov le pareció compuesta de cubos separados, cubos que no formaban un todo, un hombre. En el primer cubo estaban los ojos, en el segundo las manos de gestos lentos, en el tercero la boca que hacía preguntas. Y estos cubos se habían mezclado, habían perdido sus proporciones: la boca era desmesuradamente grande, los ojos estaban encajados debajo de la boca, en la frente fruncida, que a su vez ocupaba el lugar donde debía estar la barbilla.
—Bueno, ésas tenemos —dijo el juez instructor, y su cara recobró la apariencia humana. Cerró la carpeta y los lazos enredados quedaron sin atar.
«Como un zapato con los cordones desatados», pensó la criatura con los pantalones y los calzoncillos sin botones.
—La Internacional Comunista —enunció el juez instructor con voz lenta y majestuosa; luego continuó con su tono habitual—: Nikolái Krímov, funcionario del Komintern. —Y de nuevo con voz pausada y solemne pronunció—: La Tercera Internacional.
Después se quedó un largo rato absorto en sus pensamientos.
—Una mujer de armas tomar esa Muska Grinberg, ¿verdad? —observó de repente el juez instructor con vivacidad y malicia; se lo digo de hombre a hombre, y Krímov se sintió confuso, desconcertado, se ruborizó violentamente.
¡Era cierto! Pero por mucho tiempo que hubiera pasado continuaba avergonzándose. Por lo que recordaba, en aquella época ya estaba enamorado de Zhenia. Al salir del trabajo había pasado a ver a un viejo amigo para saldar una deuda: quería devolverle un dinero que le había pedido prestado, creía recordar, para hacer un viaje. De lo que había ocurrido a continuación se acordaba bien. Su amigo Konstantín no estaba en casa. En realidad, ella nunca le había gustado: tenía una voz ronca porque fumaba sin parar, emitía juicios con arrogancia, era subsecretaría del comité del Partido en el Instituto de Filosofía. A decir verdad, era una mujer bonita; tenía, como se suele decir, muy buena planta. Así que… había manoseado a la mujer de Kostia sobre el diván, y luego se habían visto un par de veces más.
Una hora antes había creído que el juez instructor no sabía nada de él, que era un hombre de provincias al que acababan de promocionar… Pero el tiempo iba pasando, y el funcionario continuaba interrogándole, sobre comunistas extranjeros, amigos de Nikolái Grigórievich; conocía sus nombres de pila, cómo los apodaban en broma, el nombre de sus mujeres y sus amantes. Había algo siniestro en la extensión de sus conocimientos. Incluso suponiendo que Nikolái Grigórievich hubiera sido un gran hombre cada una de cuyas palabras tuviera una dimensión histórica, no habría hecho falta reunir en aquel enorme expediente tantas nimiedades y reliquias.
Sin embargo nada se consideraba una fruslería.
Allí por donde había pasado había dejado huellas; un séquito a sus espaldas había registrado toda su vida.
Una observación maliciosa sobre un camarada, una broma sobre un libro leído, un brindis burlón en un cumpleaños, una conversación telefónica de tres minutos, una nota malintencionada que había dirigido al presídium durante una asamblea: todo estaba recopilado en aquella carpeta con lazos.
Sus palabras y sus intervenciones, desecadas, componían un voluminoso herbolario. Unos dedos pérfidos habían recogido con diligencia maleza, ortigas, cardos, zarzas…
El gran Estado se interesaba por su aventura con Muska Grinberg. Palabritas insignificantes y bagatelas se entrelazaban con su fe; su amor hacia Yevguenia Nikoláyevna no significaba nada, sólo contaban algunas relaciones fortuitas y triviales, y él ya no conseguía distinguir lo esencial de lo banal. Una frase irrespetuosa pronunciada a propósito de las nociones filosóficas de Stalin parecía contar más que diez años de trabajo insomne en el seno del Partido. ¿De veras había dicho en 1932, cuando conversaba en el despacho de Lozovski con un camarada llegado de Alemania, que el movimiento sindical soviético era demasiado estatal y poco proletario? Y ahora resultaba que aquel camarada había dado el chivatazo.
¡Dios mío, qué sarta de mentiras! Una telaraña crujiente, viscosa, le llenaba la boca y las ventanas de la nariz.
—Por favor, comprenda, camarada juez instructor.
—Ciudadano juez instructor.
—Sí, sí, ciudadano. Todo esto no son más que patrañas, una artimaña. Soy miembro del Partido desde hace más de veinticinco años. Fui yo quien levantó a los soldados en 1917. Estuve cuatro años en China. Trabajé noche y día. Me conocen cientos de personas… En esta guerra me presenté como voluntario para ir al frente. Incluso en los peores momentos los hombres han tenido confianza en mí, me han seguido. Yo…
—¿Es que ha venido a recibir un diploma de honor? —preguntó el investigador—. ¿Está rellenando la solicitud de un diploma?
En efecto, no estaba allí para recibir un diploma.
El juez instructor sacudió la cabeza.
—Y encima se queja de que su mujer no le trae paquetes! ¡Menudo marido!
Esas eran las palabras que había confiado a Bogoleyev en la celda. ¡Dios mío! Katsenelenbogen le había dicho en broma: «Un griego sentenció: “Todo fluye”, y nosotros afirmamos: “Todos se chivan”».
Dentro de esa carpeta con lacitos, su vida había perdido su consistencia, su duración, su proporción… Todo se disolvía en una pasta gris, pegajosa, y él mismo ya no sabía qué era más importante: cuatro años de trabajo clandestino incesante en el calor bochornoso de Shanghai, la misión de Stalingrado, la fe revolucionaria o algunas palabras airadas sobre la pobreza de los periódicos soviéticos que le había dicho, en el sanatorio Los Pinos, a un periodista que apenas conocía.
El juez instructor le preguntó afablemente, en tono cordial y suave:
—Y ahora cuénteme cómo el fascista Hacken le arrastró al espionaje y al sabotaje.
—¿No lo estará diciendo en serio?
—Déjese de tonterías, Krímov. Ya ve que conocemos todos los pasos de su vida.
—Pues claro, por eso…
—No insista, Krímov. No logrará engañar a los órganos de seguridad.
—¡Sí, pero todo esto no es más que una farsa!
—El problema, Krímov, es que tenemos las confesiones de Hacken. Cuando se arrepintió de su crimen, nos proporcionó información sobre el vínculo criminal que les unía.
—¡Muéstreme diez declaraciones de Hacken, sí quiere, y yo continuaré repitiendo que es mentira! ¡Puro delirio! Si es cierto que Hacken ha confesado, ¿por qué me han confiado el cargo de comisario militar y la misión de conducir hombres al combate precisamente a mí, un saboteador y un espía? ¿Dónde estaban ustedes? ¿Hacia dónde miraban?
—¿Acaso ha venido a darnos lecciones? ¿Viene a supervisar el trabajo de los órganos de seguridad?
—Pero de qué habla… ¡Dar lecciones, supervisar! Es una cuestión de lógica. Conozco a Hacken. No es posible que haya declarado haberme reclutado. ¡Es imposible!
—¿Por qué es imposible?
—Es un comunista, un combatiente de la Revolución.
—¿Siempre ha estado seguro de eso? —preguntó el juez instructor.
—Sí —respondió Krímov—, siempre.
El juez instructor asintió con la cabeza, hojeó el expediente y repitió casi turbado:
—Bueno, eso es otra cosa, es otra cosa…
Extendió a Krímov una hoja de papel, y cubriendo una parte con la palma de la mano, le dijo:
—Lea.
Krímov leyó lo que había escrito y se encogió de hombros.
—Despreciable —sentenció, dejando a un lado la hoja.
—¿Por qué?
—Porque este individuo no tiene el valor de declarar abiertamente que Hacken es un comunista honrado, pero le falta vileza para acusarle, así que tergiversa.
El juez instructor levantó la mano y enseñó a Krímov su propia firma y la fecha: febrero de 1938.
Los dos hombres callaron. Luego, el juez instructor le preguntó con severidad:
—¿Acaso le golpearon y se vio obligado a escribir esta declaración?
—No, nadie me golpeó.
La cara del juez instructor volvió a dividirse en cubos, y mientras sus ojos furiosos le miraban con repugnancia, la boca decía:
—Muy bien, durante el tiempo que estuvieron cercados, usted abandonó durante dos días su destacamento. Un avión militar le transportó al Estado Mayor del grupo de ejércitos alemán y usted pasó información importante y recibió nuevas instrucciones.
—Eso es un auténtico delirio —musitó la criatura con el cuello de la guerrera desabrochado.
Pero el juez instructor no se detuvo ahí. Ahora Krímov ya no estaba seguro de ser un hombre de principios elevados, fuerte, con las ideas claras, dispuesto a morir por la Revolución. Se sentía un ser débil, indeciso, charlatán, que había repetido rumores absurdos, se había permitido ironizar sobre el sentimiento que el pueblo soviético tenía hacia el camarada Stalin. No había sido selectivo con sus amistades, entre sus amigos había muchos represaliados. En sus puntos de vista teóricos reinaba la confusión. Había dormido con la mujer de un amigo. Había hecho unas declaraciones ambiguas y cobardes sobre Hacken.
¿Acaso era él quien estaba aquí sentado? ¿De veras le estaba pasando todo aquello? Era un sueño, el sueño de una noche de verano…
—Y antes de la guerra usted transmitía al centro trotskista con sede en el extranjero informaciones sobre cómo y qué pensaban los principales dirigentes del movimiento revolucionario internacional.
No había que ser un idiota ni un canalla para sospechar de la traición de una criatura tan sucia y miserable. Si Krímov hubiera estado en la piel del juez instructor no habría confiado en una criatura semejante. Conocía a aquel nuevo tipo de funcionarios del Partido, sustitutos de los miembros liquidados, destituidos o arrinconados en 1937. Era gente con una mentalidad diferente. Leían otros libros y los leían de otra manera; para ser más exactos, los «trabajaban» con esmero. Amaban y apreciaban los bienes materiales de la vida; el sacrificio revolucionario les era ajeno o sencillamente no era un rasgo esencial de su carácter. No conocían lenguas extranjeras, amaban sus raíces rusas, pero hablaban mal la propia lengua y decían: «procentaje», «un chaqueta», «Berlin», y hablaban de «prominentes activistas». Entre ellos había personas inteligentes, pero parecía que el gran motor del trabajo no estuviera en la idea, o en la razón, sino en una actitud de trabajo, en la astucia, en la sensatez pequeñoburguesa.
Krímov comprendía que los nuevos y los viejos cuadros del Partido formaban una gran comunidad de ideas e intereses, que no podía haber diferencias, sino sólo afinidad, unión. Sin embargo aquello no le impedía experimentar cierto sentimiento de superioridad respecto a los nuevos hombres, la superioridad del bolchevique leninista…
No se daba cuenta de que su vínculo con el juez instructor ya no residía en el hecho de estar dispuesto a ponerle a su altura, de reconocerle como a un camarada de Partido. Ahora, el deseo de unión con el juez instructor respondía a una patética esperanza: que éste se acercara a él, que reconociera a Nikolái Krímov, o al menos que admitiera que no todo en él era malo, deshonesto, insignificante.
Krímov no se había percatado del sutil cambio, pero ahora la seguridad del juez instructor era la propia de un verdadero comunista.
—Si usted es capaz de arrepentirse sinceramente, si conserva todavía una brizna de amor por el Partido, entonces ayúdelo reconociendo las imputaciones.
Y de repente, extirpando la debilidad que le estaba devorando la corteza cerebral, Krímov gritó:
—¡No conseguirá nada de mí! ¡No firmaré unas declaraciones falsas! ¿Me oye? No firmaré ni bajo tortura.
—Piénselo —respondió el juez instructor.
Se puso a hojear unos papeles sin mirar a Krímov. Los minutos pasaban. Dejó a un lado el expediente y cogió de la mesa un folio en blanco. Parecía que se hubiera olvidado de Krímov; escribía sin prisa, entornando los ojos mientras se concentraba en sus pensamientos. Después releyó lo que había escrito, volvió a reflexionar, sacó un sobre del cajón y comenzó a escribir en él una dirección. Tal vez aquella carta no tenía nada que ver con el trabajo. Luego comprobó la dirección y subrayó dos veces el apellido. Recargó la estilográfica de tinta y se entretuvo un buen rato limpiando Las gotas. Después sacó punta a unos lápices encima del cenicero. La mina de un lapicero no hacía más que romperse, pero el funcionario, sin enfadarse, perseveraba en su paciente empeño de afilarlo. Luego probó sobre la yema si la punta estaba bien afilada.
Entretanto la criatura pensaba. Tenía en qué pensar.
¿De dónde habían salido tantos chivatos? Debía recordar, descubrir al autor de la denuncia. Muska Grinberg… El juez instructor sacaría a Zhenia a colación… Pero era extraño que no hubiera preguntado ni dicho una palabra sobre ella… «¿Es posible que haya sido Vasia el que ha declarado contra mí…? Pero ¿qué, qué es lo que debo confesar? Estoy ya aquí, y el misterio sigue sin resolver. ¿Para qué necesita esto el Partido? Iósif, Koba, Soso[121]. ¿Por qué pecados se ha aniquilado a tanta gente buena y fuerte? No hay que recelar de los interrogatorios de los jueces instructores, sino del silencio, de aquello que se calla; Katsenelenbogen tenía razón. Sí, pronto comenzaría con Zhenia. Estaba claro que la habían arrestado. ¿De dónde parte todo esto, cómo ha comenzado? Pero ¿es posible que yo esté aquí? ¡Qué angustia, cuántas porquerías en mi vida! ¡Perdóneme, camarada Stalin! ¡Una palabra suya, Iósif Vissariónovich! Soy culpable, me he confundido, he dudado, el Partido lo sabe todo, lo ve todo. Pero ¿por qué, por qué hablé con aquel periodista? ¿No da ya todo lo mismo? Pero ¿qué tiene que ver aquí el cerco? Era absurdo: calumnias, mentiras, provocaciones. ¿Por qué, por qué no dije aquella vez sobre Hacken: “Hermano mío, amigo mío, no dudo de tu honradez”? Hacken había apartado sus ojos infelices…»
De repente el juez instructor preguntó:
—¿Qué? ¿Se le ha refrescado la memoria?
Krímov hizo un gesto de impotencia con los brazos y respondió:
—No tengo nada que recordar.
Sonó el teléfono.
—Diga —dijo el juez instructor lanzando una ojeada rápida a Krímov, y añadió—: Sí, dispóngalo todo, dentro de poco será hora de comenzar.
Krímov tuvo la impresión de que hablaban de él.
Luego el investigador colgó el auricular y volvió a descolgar. Aquella conversación telefónica era extraña, se desarrollaba como si a su lado no hubiera un hombre, sino un animal de cuatro patas. Era evidente que el juez instructor hablaba con su mujer.
Al principio las preguntas atañían a problemas domésticos:
—¿En la tienda especial? ¿Un ganso? Está bien… ¿Por qué no te lo han dado con el primer cupón? La mujer de Serguéi los llamó al departamento y con el mismo cupón le dieron una pierna de carnero; nos han invitado. A propósito, he cogido requesón en la cantina… No, no es agrio, tengo ochocientos gramos… ¿Cómo va hoy el gas? No te olvides del traje.
Luego cambió de tema:
—Bien, cuídate, no me eches demasiado de menos. ¿Has soñado conmigo…? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo estaba, en calzoncillos? Qué pena… Bueno, te enseñaré un par de cosas cuando llegue… ¿La limpieza? De acuerdo, pero ni hablar de coger peso.
En esa cotidianidad pequeñoburguesa había algo increíble: cuanto más corrientes y humanas eran las palabras, menos se parecía a un hombre quien las pronunciaba. En el simio que copia los comportamientos humanos hay algo espantoso… Y el mismo Krímov sentía claramente que ya no era un hombre, porque en presencia de un extraño no se mantienen conversaciones de ese tipo: «Te beso en los labios…, no quieres… bueno, está bien, está bien…».
Aunque si era correcta la teoría de Bogoleyev según la cual Krímov era un gato de Angora, una rana, un jilguero o sencillamente un escarabajo sobre una ramita, en ese caso la conversación no tenía nada de extraordinario.
Hacia el final del diálogo el juez instructor preguntó:
—¿Que huele a quemado? Bueno, pues corre, corre, hasta luego.
Luego cogió un libro y un cuaderno y se sumergió en la lectura, tomando notas de vez en cuando con un lápiz; tal vez se preparaba para un examen o estaba redactando un informe…
De pronto, terriblemente irritado, observó:
—¿Por qué no deja de golpear con los pies? ¿Cree que está en un desfile deportivo?
—Se me han dormido las piernas, ciudadano juez instructor.
Pero el juez instructor se había zambullido de nuevo en la lectura del libro científico.
Unos diez minutos más tarde, preguntó con aire distraído:
—¿Qué? ¿Se le ha refrescado la memoria?
—Ciudadano juez instructor, tengo que ir al baño.
El juez instructor suspiró, fue hasta la puerta y llamó en voz baja. Los propietarios de perros ponen una cara parecida, cuando el animal quiere salir a pasear a una hora intempestiva.
Entró un soldado con el uniforme de combate. Krímov le examinó con ojo experto: todo estaba en orden, el cinturón bien ajustado, el cuello inmaculado, el gorro en la posición reglamentaria. Sólo que aquel joven soldado no ejercía su oficio de combatiente.
Krímov se levantó con las piernas entumecidas después de estar tanto rato sentado en la silla, y dio unos primeros pasos tambaleantes. En el baño trataba de pensar a toda prisa mientras el centinela no le quitaba ojo de encima, y en el viaje de vuelta hizo tres cuartos de lo mismo. Tenía cosas de sobra en que pensar.
Cuando Krímov regresó al despacho el juez instructor ya no estaba; en su lugar había un joven uniformado con hombreras azules adornadas por un cordón rojo de capitán. El capitán dirigió al detenido una mirada hostil, como si le hubiera odiado toda su vida.
—¿Qué haces ahí plantado? —dijo el capitán—. ¡Vamos, siéntate! Ponte recto, carroña: ¿por qué curvas la espalda? Mira que te doy una que te enderezas de golpe.
«Bonita manera de presentarse», pensó Krímov, y le asaltó un miedo nunca experimentado, ni siquiera en la guerra.
«Ahora comenzará todo desde el principio», pensó.
El capitán echó una nube de humo de tabaco a través de la cual se abrió paso su voz.
—Aquí tienes, papel y bolígrafo. ¿Tengo que escribir por ti?
Al capitán le gustaba humillar a Krímov. Pero tal vez sólo formaba parte de su trabajo… En el frente a veces ordenan a los artilleros que disparen para inquietar al enemigo, y disparan noche y día.
—¿Y así te sientas? ¿Has venido aquí a dormir?
Unos minutos más tarde le increpó de nuevo:
—¡Eh! ¿No has oído lo que te he dicho? ¿O es que no te importa?
Se acercó a la ventana, levantó la cortina de camuflaje, apagó la luz, y la mañana miró con hostilidad a los ojos de Krímov. Era la primera vez desde que había llegado a la Lubianka que veía la luz del día.
«Ha pasado la noche», pensó Nikolái Grigórievich.
¿Había conocido una mañana peor que aquélla en su vida? ¿Era él quien, feliz y libre, sólo unas semanas antes había estado echado despreocupadamente en un cráter de bomba mientras el acero silbaba sobre su cabeza?
El tiempo se había vuelto confuso: se encontraba en aquel despacho desde hacía una eternidad, y sin embargo hacía poco que había dejado Stalingrado.