Vida y destino

Vida y destino


TERCERA PARTE » 43

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Qué luz gris, de piedra, brilla fuera de la ventana, esa luz que se filtra en el patio interior de la prisión. No parecía luz, sino agua sucia. Bajo aquella luz de una mañana de invierno los objetos tenían un aspecto todavía más burocrático, sombrío, hostil que bajo la luz eléctrica.

No, no eran las botas las que se le habían quedado pequeñas, sino los pies los que se le habían hinchado.

¿De qué manera se habían relacionado el aquí y ahora, su vida pasada y su trabajo en el cerco de 1941? ¿A quién pertenecían los dedos que habían unido lo incompatible? ¿Y con qué finalidad? ¿A quién le hacía falta? ¿Por qué?

Los pensamientos eran tan ardientes que por momentos olvidaba el dolor de espalda y de riñones, no sentía las piernas hinchadas haciendo presión contra las cañas de sus botas.

Fritz Hacken… «¿Cómo he podido olvidarme de que yo, en 1938, estuve sentado en una habitación como ésta? Así, pero no exactamente así: en el bolsillo tenía un salvoconducto.»

Ahora le venían a la cabeza los detalles más sórdidos: el deseo de gastar a todos, al empleado de la oficina de pases, a los porteros, al ascensorista con uniforme militar. El juez instructor había dicho: «Camarada Krímov, por favor, ayúdenos». ¡Lo más detestable era el deseo de sinceridad! ¡Oh, ahora se acordaba! ¡Sólo contaba la sinceridad! Y él había sido sincero, había hecho memoria de los errores de Hacken a la hora de valorar el movimiento espartaquista, su hostilidad hacia Thalmann, su deseo de recibir honorarios por su libro, su separación de Elsa justo cuando estaba encinta… La verdad es que también había recordado lo bueno… El juez instructor había anotado una de sus frases; «Sobre la base de un conocimiento cimentado durante años considero poco probable su participación en acciones directas de sabotaje, aunque no puedo excluir del todo la posibilidad de una duplicidad de conducta…».

Sí, había hecho una denuncia… Todo lo que contenía aquella carpeta, que le acompañaría hasta la eternidad, eran afirmaciones de camaradas que también habían querido ser sinceros. ¿Por qué él había querido ser sincero? ¿Por su sentido de deber hacia el Partido? ¡Mentira, mentira! Si de verdad hubiera querido ser sincero sólo tendría que haber hecho una cosa: golpear con el puño contra la mesa y gritar: «Hacken es un hermano, un amigo, ¡es inocente!». Pero no, él había hurgado en la memoria en busca de nimiedades, hilando muy fino para ayudar a aquel hombre sin cuya firma su pase no tendría validez para abandonar la casa grande. Y se acordaba también de esto: la sensación ávida de felicidad que le embargó cuando el juez instructor le dijo: «Un minuto, que le firmo el salvoconducto, camarada Krímov». Había ayudado a meter a Hacken entre rejas. ¿Adónde se dirigió el amante de la verdad con su salvoconducto firmado? ¿Acaso no había ido a casa de Muska Grinberg, la mujer de su amigo? Pero en realidad todo lo que había dicho de Hacken era cierto.

Y del mismo modo todo lo que habían dicho de él era verdad. Efectivamente, había contado a Fedia Yevséyev que Stalin padecía complejo de inferioridad a causa de su falta de instrucción filosófica. Era atroz la lista de personas con las que se había encontrado: Nikolái Ivánovich, Grigori Yevséyevich, Lómov, Shatski, Piatnitski, Lominadze, Riutin, el pelirrojo Shliápnikov; había ido a ver a Liev Borísovich a la «Academia», a Lashevich, Yan Gamárnik, Luppol; había visitado al viejo Riazánov en el instituto; en Siberia se había quedado un par de veces en casa de Eije, un viejo conocido; y luego se había encontrado en dos ocasiones con Skrípnik en Kiev, y Stanislav Kosior en Járkov, y Ruth Fischer; y sí… gracias a Dios el juez instructor había olvidado lo más importante, y es que en una época Liev Davídovich[122] le había tenido estima…

En pocas palabras, era una manzana podrida. Pero ¿por qué? ¿Acaso no eran los otros más culpables que él? «Sin embargo, yo todavía no he firmado nada. Ten paciencia, Nikolái, ya veras como tú también acabarás firmando. Probablemente lo peor está por llegar. Te tendrán aquí, sin dejarte dormir durante tres días, y después comenzarán a pegarte. Nada de esto se parece mucho al socialismo, ¿no? ¿Por qué mi Partido quiere aniquilarme? Somos nosotros los que hemos hecho la Revolución, y no Malenkov, Zhdánov o Scherbakov. Todos somos despiadados con los enemigos de la Revolución. ¿Por qué la Revolución, es despiadada con nosotros? Tal vez lo sea por eso mismo… O tal vez no tenga nada que ver con la Revolución. ¿Qué va a hacer este capitán con la Revolución? Es sólo un bandido, un miembro de las Centurias Negras.»

Ahí estaba, dando palos al agua, y entretanto el tiempo pasaba.

Le dolían la espalda y las piernas, el agotamiento le consumía. Sólo pensaba en estirarse en la cama y, descalzo, mover los dedos de los pies, levantar las piernas, rascarse las pantorrillas.

—¡Nada de dormirse! —gritó el capitán, como si diera una orden en el fragor de la batalla.

Daba la impresión de que el frente se quebraría y el Estado soviético se vendría abajo si Krímov cerraba los ojos un instante…

En toda su vida Krímov no había oído tal cantidad de improperios.

Sus amigos, sus colaboradores más queridos, sus secretarias, aquellos que habían participado en sus conversaciones más íntimas habían recogido cada una de sus palabras y de sus actos. A medida que los recuerdos afluían se sentía aterrado: «Eso se lo dije a Iván, sólo a Iván». «Aquello fue en una conversación con Grisha, a Grisha lo conozco desde los años veinte.» «Eso fue cuando hablé con Mashka Meltser. Ay, Mashka, Mashka.»

De pronto le vinieron a la memoria las palabras del juez instructor: que no contaba con recibir un paquete de Yevguenia Nikoláyevna… Era un comentario de una reciente conversación que había mantenido en la celda con Bogoleyev. Hasta el último día la gente no había dejado de llenar el herbolario de Krímov.

Por la tarde le llevaron una escudilla de sopa, pero la mano le temblaba tanto que tuvo que inclinar la cabeza y sorber la sopa por el borde de la escudilla, mientras la cuchara repiqueteaba.

—Comes como un cerdo —observó con tono triste el capitán.

Luego tuvo lugar otro acontecimiento: Krímov pidió ir de nuevo al baño. Ahora, mientras recorría el pasillo, ya no lograba concentrarse en nada; sólo de pie ante la taza pensó: «Menos mal que me descosieron los botones; me tiemblan tanto los dedos que no habría sido capaz de abrir y cerrar la bragueta».

Entretanto el tiempo pasaba y hacía su trabajo. El Estado con las hombreras del capitán había obtenido la victoria. En la cabeza de Krímov flotaba una niebla espesa, gris; probablemente la misma niebla que llena el cerebro de los simios. No había existido nunca ni pasado ni futuro, no había existido nunca una carpeta con lazos enredados. En el mundo sólo había una cosa: quitarse las botas, rascarse, dormir.

Regresó el juez instructor.

—¿Ha dormido? —le preguntó el capitán.

—Los jefes no duermen, los jefes reposan —dijo en tono aleccionador el juez instructor, repitiendo un viejo chiste de soldado.

—Por supuesto —confirmó el capitán—. Entretanto sus subordinados pegan alguna que otra cabezada.

Del mismo modo que un obrero que al comenzar su turno echa una ojeada a la máquina e intercambia unas palabras apresuradas con el compañero al que sustituye, así actuó el juez instructor, que miró a Krímov, el escritorio, y luego dijo:

—Muy bien, camarada capitán.

Echó una ojeada al reloj, sacó la carpeta del cajón, desató los lazos, hojeó algunos papeles y, rebosante de ardor y energía, declaró:

—Venga, Krímov, continuemos.

Y se pusieron manos a la obra.

El juez instructor se interesaba hoy por la guerra. Y una vez más demostró estar al corriente de infinidad de cosas: conocía los destinos de Krímov, sabía el numero de los regimientos y los ejércitos, el nombre de las personas que habían combatido junto a él, le recordaba las palabras pronunciadas en la sección política, su observación a propósito de la nota llena de faltas de un general.

Todo el trabajo realizado en el frente, sus discursos pronunciados bajo el fuego alemán, la fe que había compartido con los soldados en los duros días de la retirada las privaciones, el frío…, todo, de repente, había dejado de existir.

No era más que un charlatán deplorable, un hombre de dos caras que había desmoralizado a sus camaradas, les había contagiado su incredulidad y su desesperación. ¿Cómo no iban a suponer que los servicios de inteligencia le habían ayudado a cruzar la línea del frente para que pudiera seguir con sus actividades de espía y saboteador?

En los primeros minutos del nuevo interrogatorio, a Krímov se le contagiaron las fuerzas renovadas del descansado juez instructor.

—Como quiera —declaró—, pero nunca confesaré que soy un espía.

El juez instructor miró por la ventana: estaba oscureciendo y apenas distinguía los papeles sobre la mesa.

Encendió la lámpara de sobremesa y bajó la cortina azul.

Del otro lado de la puerta llegó un aullido bestial y lúgubre, pero de pronto se interrumpió y de nuevo se hizo el silencio.

—Continuemos, Krímov —dijo el juez instructor mientras se sentaba de nuevo a la mesa.

Preguntó a Krímov si sabía por qué nunca le habían ascendido, y recibió una respuesta confusa.

—El hecho es, Krímov, que usted ha servido en el frente como comisario de batallón cuando debería haber sido miembro del Consejo Militar del ejército o incluso del frente.

Por un instante miró fijamente a Krímov sin decir nada, y tal vez escrutándolo por primera vez como un verdadero juez instructor, luego pronunció con voz solemne:

—El propio Trotski afirmó de sus artículos: «Es puro mármol». Si ese reptil hubiera usurpado el poder, le habría Sentado a usted en lo más alto. No es para tomarlo a broma: «puro mármol».

«Bueno, hasta ahora sólo eran cartas menores —pensó Krímov—. Ahora sacará el as.»

Está bien, está bien, se lo diría todo: cuándo, dónde, en qué ocasión… Pero también al camarada Stalin se le podrían plantear las mismas preguntas. Krímov nunca había tenido ninguna relación con el trotskismo, siempre había votado contra las resoluciones trotskistas, ni una sola vez a favor.

Pero lo más importante era poder quitarse los zapatos, tumbarse, poner los pies descalzos en alto, dormir y rascarse durante el sueño.

El juez instructor arremetió de nuevo, con voz baja y afectuosa:

—¿Por qué no quiere usted ayudarnos? ¿Cree que todo consiste en que haya cometido o no crímenes antes de la guerra, o en que reanudara sus contactos o fijara encuentros durante el cerco? El problema es más serio, más profundo. Tiene que ver con la nueva orientación del Partido. Ayude al Partido en esta nueva etapa de lucha. Para hacerlo es necesario que se deshaga de las valoraciones del pasado. Este es un deber que sólo los bolcheviques son capaces de afrontar. Por este motivo hablo con usted.

—De acuerdo, muy bien —dijo despacio, soñoliento, Krímov—, puedo admitir que me haya convertido en portavoz involuntario de las opiniones hostiles al Partido. Tal vez mi internacionalismo entrara en contradicción con la noción del Estado socialista soberano. Puede que, a causa de mi carácter, después de 1937 haya sido ajeno a la nueva orientación del Partido, a los nuevos hombres. Estoy dispuesto a admitirlo. Pero por lo que respecta al espionaje, al sabotaje…

—¿A qué viene ese «pero»? Ve, iba por buen camino, estaba a punto de reconocer su hostilidad hacía la causa del Partido. ¿Es posible que la forma tenga tanta importancia? ¿Por qué ese «pero» si usted ya ha admitido lo más importante?

—No, nunca admitiré que soy un espía.

—Por lo tanto se niega a ayudar al Partido. Habla, y cuando estamos a punto de llegar al fondo de la cuestión, ¿quiere enterrar la cabeza como un avestruz? ¡Usted es una mierda, una mierda de perro!

Krímov pegó un salto, cogió al juez instructor por la corbata, luego dio un puñetazo contra la mesa y dentro del teléfono algo resonó. Gritó con voz penetrante, casi aullando:

—Tú, hijo de puta, canalla, ¿dónde estabas cuando yo guiaba a los hombres al combate en Ucrania y en los bosques de Briansk? ¿Dónde estabas tú cuando yo me batía en pleno invierno en Vorónezh? Tú, miserable, ¿has estado en Stalingrado? ¿Y soy yo el que no ha hecho nada por el Partido? ¿Acaso eres tú, hocico de policía, el que ha defendido la patria soviética estando aquí en la Lubianka? ¿No he sido yo el que ha luchado por nuestra causa en Stalingrado? ¿Fuiste tú el que estuvo a punto de ser ejecutado en Shanghai? ¿Fue a ti, basura, o a mí a quien uno de los soldados de Kolchak le disparó en el hombro izquierdo?

Después le pegaron, pero no de modo primitivo, golpeándole en la cara, como hacían en la sección especial del frente, sino con refinamiento y método científico, teniendo en cuenta nociones de fisiología, y anatomía.

Le golpeaban dos jóvenes vestidos con uniformes visiblemente nuevos, y él gritaba:

—Vosotros, sinvergüenzas, mereceríais ir al batallón disciplinario… Habría que mandaros a primera línea… desertores…

Ellos hacían su trabajo, sin rabia, sin perder los estribos. Parecía que no le pegaban muy fuerte, pero los golpes eran tremendos, como un insulto repugnante dejado caer con frialdad.

Comenzó a manar sangre de la boca de Krímov, a pesar de que no había recibido ni un solo golpe en los dientes, y aquella sangre no procedía de la nariz, ni de la mandíbula, ni de un mordisco en la lengua, como en Ájtuba… Aquélla era sangre profunda, que salía de los pulmones. Ya no recordaba dónde estaba, no recordaba con quién estaba… Encima de él apareció de nuevo la cara del juez instructor. Señaló con el dedo el retrato de Gorki que colgaba en la pared sobre el escritorio y preguntó:

—¿Qué dijo el gran escritor proletario Maksim Gorki?

Y en tono pedagógico y persuasivo se respondió a sí mismo:

—Si el enemigo no se rinde, hay que aniquilarlo.

Después vio la lámpara en el techo y a un hombre con charreteras estrechas.

—Muy bien, puesto que la medicina lo permite —dijo el juez instructor—, se acabó el descanso.

Krímov se encontró enseguida sentado de nuevo ante la mesa escuchando argumentos persuasivos:

—Podemos seguir así una semana, un mes, un año… Simplifiquemos las cosas: aunque usted no sea culpable de nada, firmará lo que yo le diga. Después no volverán a pegarle. ¿Está claro? Tal vez la OSO le condene, pero no le golpearán más. ¡Que no es poco! ¿Cree que me gusta que le peguen? Le dejaremos dormir. ¿Queda claro?

Pasaban las horas y la conversación continuaba. Parecía que ya nada podía desconcertar a Krímov, sacarle de su sopor.

Sin embargo, al escuchar el nuevo discurso del juez instructor, entreabrió sorprendido la boca y levantó la cabeza.

—Todo esto pertenece al pasado, podemos olvidarlo —dijo el juez instructor, señalando la carpeta de Krímov—; pero lo que no podemos olvidar es que usted ha traicionado a la patria durante la batalla de Stalingrado. Tenemos testigos, documentos que le imputan. Usted ha trabajado con el fin de socavar la conciencia política de la casa 6/1. Usted incitó a la traición a Grékov, un patriota, intentando convencerle de que se pasara al bando enemigo. Usted ha traicionado la confianza de sus superiores, la confianza del Partido que le envió en misión a aquella casa en calidad de comisario militar. Pero ¿cómo se comportó una vez allí? ¡Como un agente enemigo!

Al alba Nikolái Grigórievich fue golpeado de nuevo y tuvo la impresión de sumergirse en una tibia leche negra. De nuevo, el hombre con las charreteras estrechas asintió mientras secaba la aguja de la jeringuilla, y el juez instructor repitió:

—Bien, puesto que la medicina lo permite…

Estaban sentados el uno frente al otro. Krímov miró la cara extenuada de su interlocutor, y se asombró de su propia ausencia de rencor: ¿es posible que hubiera querido coger a aquel hombre de la corbata y estrangularlo? Ahora en Nikolái Grigórievich había surgido un sentimiento de intimidad con el juez instructor. La mesa ya no los separaba, sino que estaban sentados como dos camaradas dos hombres afligidos.

De repente a Krímov le vino a la cabeza aquel hombre al que habían fusilado mal y que, en una noche de otoño había regresado de la estepa a la sección especial del frente con la ropa interior ensangrentada.

«Ése es mi destino —pensó—. Yo tampoco sé adonde ir. Ya es demasiado tarde.»

Luego pidió ir al lavabo. A su regreso había aparecido el capitán del día antes. Levantó la cortina de camuflaje apagó la lámpara y se encendió un cigarrillo.

Y Nikolái Grigórievich volvió a ver la luz del día, desapacible, como si no la proyectara el sol o el cielo, sino el ladrillo gris de la prisión interior.

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