Vampiros

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El invitado de Drácula - BRAM STOKER

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Bram Stoker

EL INVITADO DE DRÁCULA(c. 1890)

ABRAHAM Stoker (1847-1912) nació en Dublín. Fue un niño de salud precaria, que llegó a conocer la invalidez; esta circunstancia seguramente motivó su voluntariosa dedicación a la gimnasia y a los deportes, hasta el punto de convertirse más tarde en campeón de atletismo en la Universidad. A los dieciséis años ingresó en el Trinity College de Dublín, donde cursó una brillante carrera; destacó en matemáticas, y llegó a ser Presidente de la Sociedad Filosófica de la Universidad. Fue funcionario público, como su padre, entre 1867 y 1877. Su vida exterior parece perfectamente insípida, aunque compensada por su obra que deja traslucir, como si se tratara de una doble vida, una obsesiva curiosidad por lo oculto; se sabe que fue miembro de la sociedad secreta The Golden Dawn a la que también pertenecieron Yeats, Haggard, Machen, Conan Doyle y Blackwood entre otros; como todos ellos, quedó algo marcado por esa extraña experiencia.

Su otra inclinación era el mundo del teatro; primeramente fue crítico, pero en 1878, su entusiasmo por el conocido actor Sir Henry Irving le lleva a convertirse en su agente y secretario. De alguna forma la historia se repite, y Stoker, como Polidori con Byron, permanecerá toda su vida a la sombra de la arrolladora personalidad del hoy olvidado Sir Henry, su consejero, su amigo, pero sobre todo su tirano. Algunos autores sugieren que Irving era una especie de personalidad vampírica que sirvió al autor para proyectar sus ofuscados sentimientos y así retratar a su personaje más famoso. Sea o no verdad, lo cierto es que al actor le gustaba jugar fuerte con Bram; primero, apostó con él a que no era capaz de escribir Drácula; y luego, al poco de publicarse el libro, nada le impide apresurarse a representar bajo su dirección la obra en escena; por supuesto, su único fin era apropiarse del copyright de la adaptación teatral.

Aunque Stoker escribió relatos y novelas interesantes como The Mystery of the Sea (1902), The Jewel of the Seven Stars (1903) o The Lady of the Shroud (1909), ninguna es tan recordada hoy como Drácula, que ya en su época vendió más de un millón de ejemplares. El conde Drácula es, sin duda, el hito literario del tema del vampiro, insinuado ya en lord Ruthven. Pero, como muchas veces sucede, este éxito inextinguible es comparable al recelo que produce en la crítica contemporánea, que ni siquiera salva la primera parte de la novela que es espléndida.

Drácula’s Guest fue publicado por primera vez en 1914, dos años después de la muerte de Stoker, como parte de una colección de relatos titulado Dracula’s Guest and other Weird Stories. En la introducción, su viuda Florence señala que su marido estaba planeando reeditar un volumen de cuentos y que ella había agregado a la lista original «un hasta ahora inédito episodio de Drácula». Más recientemente se ha sabido que esta idea, muy extendida posteriormente, no era exacta, y que El invitado de Drácula lo había escrito Stoker como un cuento independiente a la vez que trabajaba en las notas de su inmortal novela. Al igual que Drácula, sigue siendo un clásico en su género.

EL INVITADO DE DRÁCULA[19]

EN el momento de emprender nuestro paseo en coche, el sol brillaba luminoso sobre Múnich y el aire estaba lleno de esa alegría propia de principios de verano. Justo cuando íbamos a ponernos en marcha, bajó hasta el coche Herr Delbrück (el maître d’hôtel de Las Cuatro Estaciones, donde me hospedaba) sin gorra, y tras desearme una agradable excursión, dijo al cochero, con la mano todavía en la portezuela:

—Recuerde estar de vuelta antes de que oscurezca. El cielo parece luminoso, pero el viento del norte trae un fresco que dice que puede haber tormenta. Pero estoy seguro de que no se retrasará —aquí sonrió, y añadió—: Ya sabe qué noche es.

Johann contestó con un enfático: «Ja, mein Herr». Y tocándose el sombrero, partimos rápidamente. Cuando hubo quedado atrás la ciudad, le hice seña de que parase, y le pregunté:

—Dígame, Johann, ¿qué noche es ésta?

Johann se santiguó, y contestó lacónicamente: «Walpurgis Nacht». Luego sacó su reloj, una anticuada pieza de alpaca grande como una cebolla, y lo miró con las cejas fruncidas y un leve encogimiento de hombros que denotaba impaciencia. Comprendí que era su manera de protestar respetuosamente por esta demora innecesaria; así que me recosté en el asiento, y le indiqué que siguiese. Arrancó a gran velocidad, como para recuperar el tiempo perdido. De cuando en cuando, los caballos levantaban la cabeza y parecían olfatear el aire con recelo. En esos momentos, yo miraba con alarma a nuestro alrededor. El camino era bastante desolado, ya que atravesábamos una especie de meseta barrida por el viento. Más adelante, vi un camino con aspecto de ser muy poco transitado, y que se adentraba en un valle tortuoso. Me pareció tan tentador que, aun a riesgo de enfadar a Johann, le pedí que parase. Una vez detenidos, le dije que me gustaría bajar por aquel camino. Puso toda clase de objeciones, y se santiguó varias veces mientras hablaba. Esto despertó mi curiosidad; así que le hice varias preguntas. Me contestó con evasivas, y consultó repetidamente su reloj a modo de protesta. Finalmente, dije:

—Bueno, Johann, yo voy a bajar por ese camino. No le obligo a acompañarme, si no es su deseo; pero dígame por qué no quiere venir; es todo lo que le pido.

Por toda repuesta, pareció arrojarse del pescante, tan deprisa llegó al suelo. A continuación tendió las manos hacia mí en un gesto de súplica, implorándome que no fuese. Su inglés estaba demasiado mezclado con alemán para que yo comprendiera el hilo de su discurso. De cuando en cuando parecía estar a punto de decirme algo cuya sola idea le provocaba un estremecimiento; pero lograba contenerse, diciendo al tiempo que se santiguaba: «¡Walpurgis Nacht!».

Traté de razonar con él; pero me era difícil discutir con un hombre cuya lengua desconocía. Él tenía toda la ventaja; porque aunque empezaba hablando en inglés —un inglés tosco y macarrónico—, acababa siempre excitándose, y recurriendo a su lengua natal; y cada vez que lo hacía, consultaba su reloj. Luego comenzaron los caballos a mostrarse inquietos y a olfatear el aire. Al darse cuenta Johann palideció, y mirando asustado alrededor, corrió delante, los cogió por la brida y los hizo avanzar unos metros. Le seguí, y le pregunté por qué había hecho esto. Por toda respuesta, se santiguó, señaló el lugar que acabábamos de dejar, y llevó el coche en la dirección del otro camino, señalando una cruz. Y dijo, primero en alemán y luego en inglés:

—Enterrado, aquí… los que se mataron.

Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en las encrucijadas:

—¡Ah!, comprendo: un suicida. ¡Muy interesante! —pero no llegaba a entender por qué se habían asustado los caballos.

Estábamos hablando así, cuando oímos una especie de ladrido o gañido. Sonó lejos, pero los caballos se pusieron muy inquietos, y a Johann le costó apaciguarlos. Él estaba pálido. Y dijo:

—Parece un lobo… pero no hay lobos por aquí, ahora.

—¿No? —dije, interrogativamente—; ¿hace mucho que no se acercan a la ciudad?

—Mucho, mucho —contestó—. La pimavera y el verano; pero con la nieve, los lobos han estado por aquí, hace poco.

Mientras acariciaba a los caballos y trataba de calmarlos, surgieron oscuros nubarrones en el cielo. Desapareció el sol, y nos azotó un soplo de aire frío. Fue una ráfaga tan sólo, más como una advertencia que como algo real, porque acto seguido salió un sol radiante otra vez. Johann miró el horizonte protegiéndose los ojos con la mano, y dijo:

—Tormenta de nieve; estará aquí pronto —luego volvió a consultar su reloj; y sujetando las riendas con firmeza, porque los caballos seguían piafando y agitando la cabeza—, trepó sin más al pescante como si hubiese llegado el momento de proseguir nuestro viaje.

Yo estaba de talante un poco obstinado, así que no subí en seguida al coche.

—Hábleme —dije— del lugar adonde lleva ese camino —y señalé hacia abajo.

Otra vez se santiguó, y murmuró una plegaria, antes de contestar:

—Es impío.

—¿Qué es impío? —pregunté.

—El pueblo.

—Entonces, ¿hay gente?

—No, no. Nadie vive allí hace cientos de años.

Mi curiosidad era cada vez mayor:

—Pero usted ha dicho que hay un pueblo.

—Había.

—¿Qué ha sido de él?

Aquí prorrumpió en una larga retahila en alemán e inglés tan embarullada que no entendí qué decía exactamente, aunque deduje más o menos que hacía mucho tiempo, cientos de años, había muerto gente allí, ahora enterrada en aquel lugar; que se habían oído ruidos bajo tierra, y que al abrir las tumbas se descubrió que los hombres y mujeres allí sepultados estaban sonrosados como los vivos, y con la boca roja de sangre. De manera que, a toda prisa, para salvar sus vidas (¡y sus almas! —y aquí se santiguó—), los que quedaban huyeron a otros lugares, adonde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no… otra cosa. Evidentemente se asustó al pronunciar estas últimas palabras. A medida que hablaba, se iba poniendo cada vez más nervioso. Parecía como si le fuera dominando su propia imaginación, y acabó en un completo paroxismo de terror, con la cara pálida, sudoroso, temblando y mirando a su alrededor como si temiese que se manifestara alguna presencia espantosa a pleno sol, en medio del llano despejado. Finalmente, en una agonía de desesperación, exclamó:

—¡Walpurgis Nacht! —y señaló el coche para que subiera.

Toda mi sangre inglesa se sublevó al oír esto. Así que retrocedí, y dije:

—Tiene miedo, Johann… tiene miedo. Váyase a casa; ya volveré solo. Me vendrá bien el paseo.

La portezuela del coche estaba abierta. Cogí del asiento mi bastón de roble —que siempre llevo en mis excursiones—, cerré y, señalando hacia Munich, dije:

—Regrese usted, Johann: la noche de Walpurgis no preocupa a los ingleses.

Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca, y Johann trataba de sujetarlos mientras me suplicaba excitado que no cometiese aquella insensatez. Me daba lástima el pobre, lo serio que lo decía; sin embargo, no pude por menos de echarme a reír: había abandonado por completo el inglés. Dominado por su ansiedad, olvidaba que el único medio de que le entendiese era hablándome en mi lengua, y no paraba de farfullar en su alemán natal. Empezaba a resultar una pesadez. Así que tras señalarle su dirección y ordenarle: «¡Regrese!», di media vuelta para bajar desde la encrucijada hacia el valle.

Con un ademán desesperado, Johann volvió los caballos hacia Munich. Apoyado en mi bastón, esperé a verle alejarse. Durante un rato marchó despacio: entonces apareció un hombre alto y delgado al final de la cuesta. Era cuanto podía distinguir de lejos. Al acercarse a los caballos, éstos empezaron a encabritarse y a cocear, y luego a relinchar de terror. Johann no conseguía sujetarlos. Y de repente, se desbocaron, y emprendieron una carrera frenética. Los estuve observando hasta que desaparecieron; luego busqué con la mirada al desconocido, pero había desaparecido también.

Emprendí contento el camino que bajaba hacia el valle, al que tanto se había opuesto Johann. No veía que hubiese el más mínimo motivo para tal oposición; durante unas dos horas, quizá, estuve andando sin pensar en el tiempo o la distancia recorrida, y desde luego, sin ver persona ni casa alguna. En cuanto al paraje, era una pura desolación. Pero de eso no tuve conciencia hasta que, al torcer en una curva, me encontré en una franja de bosque disperso; entonces me di cuenta de que, sin yo saberlo, me había impresionado lo pelado del terreno por el que acababa de pasar.

Me senté a descansar, y a mirar a mi alrededor. Noté con sorpresa que ahora hacía bastante más frío que al principio de mi caminata. Se oía una especie de susurro largo en torno a donde yo estaba, y de cuando en cuando, muy arriba, una especie de retumbar apagado. Alcé los ojos, y vi que unos nubarrones negros cruzaban el cielo de norte a sur a gran velocidad. Había signos de inminente tormenta en las capas altas del aire. Sentí un poco de frío; y pensando que se debía al hecho de permanecer sentado después del ejercicio de la marcha, reanudé el camino.

El terreno por el que iba ahora era mucho más pintoresco. Carecía de detalles sorprendentes que atrajesen la mirada de manera especial, pero había en todo un toque de belleza. No prestaba mucha atención al tiempo. Sólo cuando el crepúsculo se me fue haciendo más presente empecé a pensar en el regreso. El sol se había ido. El aire se había vuelto francamente frío, y el cortejo de las nubes más llamativo: pasaban acompañadas de una especie de fragor lejano, con el que parecía llegar, a intervalos, ese gañido misterioso que el cochero había dicho que era de lobo. Dudé unos momentos. Pero había dicho que visitaría el pueblo deshabitado, así que seguí andando, y poco después desemboqué en una gran extensión de campo abierto, rodeado de colinas a todo su alrededor. Tenían las laderas cubiertas de árboles, que descendían hasta la llanura, salpicando en grupos los lomos más suaves y las depresiones que aparecían aquí y allá. Seguí con la mirada el culebreo del camino, y vi que torcía cerca de un espeso grupo de árboles, y que se perdía detrás.

Estaba mirando, cuando sopló una ráfaga de aire frío, y empezó a nevar. Pensé en las millas de campo desierto que había recorrido, y me apresuré a buscar refugio en la arboleda que tenía delante. El cielo se iba poniendo más oscuro por momentos, y la nieve caía más rápida y espesa cada vez, hasta que la tierra se cubrió de una alfombra blanca y brillante cuyo borde se perdía en una brumosa vaguedad. El camino aquí era tosco, y como discurría por campo llano, no se distinguían sus bordes como cuando pasaba entre los árboles; poco después me di cuenta de que me había salido de él, ya que dejé de pisar suelo firme, y los pies se me hundían cada vez más en la yerba y el musgo. A continuación, el viento fue cobrando fuerza hasta que, empujado por él, me dieron ganas de correr. El aire se volvió gélido; y a pesar de mi ejercicio, empecé a notar fatiga. La nieve caía ahora tan espesa, y los remolinos que formaba a mi alrededor eran tan vertiginosos, que apenas podía tener los ojos abiertos. De cuando en cuando, un vívido rayo rasgaba el cielo y, gracias a los relámpagos, pude ver ante mí una gran espesura de árboles, tejos y cipreses en su mayoría, todos cubiertos con una gruesa capa de nieve.

No tardé en hallarme al amparo de los árboles; y allí, en el relativo silencio, pude oír el rumor del viento en lo alto. Poco después, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la negrura de la noche. Al poco rato había pasado la tormenta: ahora sólo llegaban furiosas ráfagas o andanadas. En esos momentos, el eco parecía multiplicar a mi alrededor el aullido espectral del lobo.

De cuando en cuando, a través de la negra masa de nubes viajeras, surgía algún rayo de luna que iluminaba el entorno y me revelaba que me hallaba en el lindero de una espesa masa de cipreses y tejos. Cuando cesó la nieve, salí de mi refugio y me puse a inspeccionar con más detenimiento. Pensé que entre los numerosos cimientos que había cruzado, aún podía quedar en pie alguna casa en donde guarecerme un rato, por ruinosa que estuviera. Al rodear el bosquecillo, descubrí que lo circundaba una tapia baja; la seguí, y poco después encontré una abertura. Aquí los cipreses formaban un paseo que conducía a la mole cuadrada de una especie de edificio. Justo al descubrirlo, no obstante, las nubes ocultaron la luna, y recorrí el trecho totalmente a oscuras. El viento debió de volverse más frío, porque me di cuenta de que temblaba. Pero esperaba encontrar cobijo, así que continué caminando a ciegas.

Me detuve; porque noté una repentina quietud. Había pasado la tormenta y, quizá en sintonía con el silencio de la Naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero fue sólo un instante; porque de repente, la luna irrumpió a través de las nubes, revelándome que estaba en un cementerio, y que la construcción cuadrada que tenía ante mí era un enorme mausoleo de mármol, blanco como la nieve, que se extendía junto a él. Con la luz de la luna, me llegó el fragor furioso de la tormenta, que parecía seguir su curso, junto con un aullido largo y lejano como de una multitud de perros o lobos. Me asustó, y sentí que el frío se apoderaba de mí, imperceptiblemente, hasta encogerme el corazón. Entonces, mientras la luna bañaba aún la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reavivarse… como si volviese sobre sus pasos. Movido por una especie de fascinación, me acerqué al sepulcro, para ver de quién era, y por qué se alzaba allí solo en semejante lugar. Lo rodeé, y leí sobre su puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGER DE GRAZSTYRIA

BUSCÓ Y ENCONTRÓ LA MUERTE

1801

En lo alto de la tumba, clavada en el sólido mármol —porque el monumento estaba hecho con unos cuantos bloques enormes de piedra—, había una gran pica o estaca de hierro. En la parte de atrás vi, grabado en grandes letras rusas:

LOS MUERTOS VIAJAN DEPRISA

Había algo tan espectral y misterioso en todo esto que el corazón me dio un vuelco, y sentí como un vahído. Por primera vez deseé haber seguido el consejo de Johann. Y entonces, casi de manera misteriosa, me vino un pensamiento que me produjo un sobresalto: ¡Era la noche de Walpurgis!

La noche en que, según la creencia de millones de personas, el demonio viene al mundo… la noche en que se abren las sepulturas y salen los muertos y andan por ahí. La noche en que los seres malvados de la tierra y el aire y el agua celebran sus orgías. El cochero había querido evitar especialmente este lugar, este pueblo abandonado desde hacía siglos, este sitio donde yacían los suicidas. ¡Y era aquí donde me hallaba solo, sin ayuda, temblando de frío, con un sudario de nieve a mi alrededor y una tormenta furiosa que amenazaba descargar de nuevo su ira sobre mí! Apelé a toda mi filosofía, a toda la religión que me habían enseñado, a todo mi valor, para no sumirme en un paroxismo de terror.

Y ahora se desató un verdadero torbellino. El suelo se estremeció como pateado por un millar de caballos. Esta vez la tormenta llegaba con sus heladas alas, no de nieve, sino de grandes piedras de granizo que golpeaba con tal violencia que más parecían proyectiles de honderos baleares; granizos que derribaban hojas y ramas y hacían de los cipreses un cobijo tan seguro como los tallos de avena. Al principio corrí a ponerme bajo el árbol más próximo; pero en seguida decidí dejarlo y buscar el único lugar que parecía ofrecer protección: la profunda entrada dórica de la tumba de mármol. Allí, pegado a la gruesa puerta de bronce, pude resguardarme un poco; porque ahora sólo me llegaba el granizo cuando rebotaba en el suelo y en las paredes de mármol.

Al apoyarme, la puerta cedió ligeramente, abriéndose hacia adentro. Incluso la protección de una tumba era de agradecer en esta tempestad sin misericordia. Iba a entrar en ella, cuando un relámpago zigzagueante iluminó toda la extensión de los cielos. En ese instante, al volver la mirada hacia la oscuridad de la tumba, vi —tan cierto como que estoy vivo— una mujer hermosísima, de mejillas redondas y labios rojos, que parecía dormir sobre un féretro. Estalló un trueno en lo alto, y me sentí como agarrado por la mano de un gigante y arrojado afuera, a la tormenta. Todo sucedió de manera tan repentina que, antes de cobrar conciencia de la conmoción —moral a la vez que física—, sentí sobre mí los golpes del granizo. Al mismo tiempo, tuve la sensación extraña, intensa, de que no estaba solo. Miré hacia la tumba. Otro rayo cegador cayó sobre la estaca de hierro que coronaba la tumba, y la recorrió hasta tierra, derribando y pulverizando el mármol en una explosión de llama. La mujer muerta se incorporó envuelta en llamas, en un instante de agonía, y su alarido se ahogó en el estruendo del trueno. Fue lo último que oí, antes de sentir que me agarraba y me sacaba nuevamente la mano gigantesca, y que era golpeado por el granizo, mientras el aire a mi alrededor parecía llenarse de aullidos de lobo. La última visión que recuerdo fue una multitud de formas blancas, vagas, movientes, como si las sepulturas hubiesen vomitado los fantasmas de sus cadáveres, y viniesen hacia mí en medio de la blanca nebulosidad del granizo.

Poco a poco, me llegó un vago atisbo de conciencia; luego, una espantosa sensación de cansancio. Durante un rato, no recordé nada; después, me fueron volviendo los sentidos. Notaba los pies transidos de dolor, aunque no podía moverlos. Parecía que los tenía entumecidos. Un frío me corría de la nuca hacia abajo por la espina dorsal; y las orejas, como los pies, las tenía doloridas y muertas. En cambio, en el pecho tenía un calor que me resultaba delicioso. Era como una pesadilla… como una pesadilla física, si puede decirse así. Porque notaba un peso enorme sobre mí que me dificultaba la respiración.

Pareció durar bastante, este semiletargo; y al írseme, me dormí; o me desvanecí. Luego noté una especie de malestar, como en los primeros momentos del mareo, y un deseo incontenible de librarme de algo… no sabía el qué. Me rodeaba un inmenso silencio, como si todo el mundo durmiese o estuviese muerto; sólo lo turbaba el jadeo bajo de algún animal, muy cerca de mí. Sentí un roce áspero y cálido en el cuello; luego tuve conciencia de una espantosa realidad que me heló el corazón, y sentí que la sangre se me agolpaba en el cerebro. Tenía un animal echado encima de mí, y me estaba lamiendo la garganta. Tuve miedo de moverme: el instinto de la prudencia me aconsejaba permanecer quieto. Pero el bruto pareció darse cuenta de que se había operado algún cambio en mí, porque alzó la cabeza. A través de las pestañas, vi sobre mí los ojos grandes y llameantes de un lobo gigantesco. Unos dientes blancos y afilados centellearon en su boca abierta, y sentí en la cara su aliento caliente, acre, feroz.

A continuación vino otro lapso del que no recuerdo nada. Después, tuve conciencia de un gruñido bajo, seguido de un gañido que luego se repitió varias veces. Después, muy lejos al parecer, oí un «¡Holaa! ¡Holaa!», como de muchas voces llamando al unísono. Precavidamente, levanté la cabeza y miré en la dirección de donde provenían las voces; pero el cementerio me tapaba la vista. El lobo seguía emitiendo extraños gañidos. Un resplandor rojo pareció desplazarse en el bosquecillo de cipreses. A medida que se acercaban las voces, los gañidos del lobo se iban haciendo más agitados y sonoros. Yo tenía miedo de moverme o hacer ruido. El resplandor rojo se acercaba sobre el blanco palio que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Luego, de repente, de más allá de los árboles, me llegó el trote de un grupo de jinetes portando antorchas. El lobo se levantó de mi pecho y echó a correr hacia el cementerio. Vi a uno de los jinetes (soldados, a juzgar por sus gorros y sus largos capotes militares) levantar su carabina y apuntar. Un compañero le golpeó el brazo, y oí pasar la bala por encima de mi cabeza. Evidentemente, me había tomado por el lobo. Otro avistó al animal cuando se escabullía, y le disparó. Entonces el grupo acudió al galope: unos vinieron hacia mí, y otros siguieron al lobo, que desapareció entre los nevados cipreses.

Al verlos llegar, intenté moverme, pero me fue imposible; aunque podía ver y oír cuanto pasaba cerca de mí. Dos o tres soldados saltaron de sus caballos y se arrodillaron junto a mí. Uno de ellos me levantó la cabeza y me puso una mano en el corazón.

—¡Albricias, compañeros! —gritó—. ¡Todavía le late el corazón!

Seguidamente me vertieron un poco de coñac en la boca; esto me reanimó, y fui capaz de abrir los ojos del todo y mirar a mi alrededor. Entre los árboles se movían luces y sombras, y oí que los hombres se llamaban unos a otros. Se agruparon, profiriendo exclamaciones sobrecogidas, con las luces encendidas, mientras los demás corrían por el cementerio, en confusión, como posesos. Cuando llegaron los que andaban lejos, los que me rodeaban les preguntaron:

—Bueno, ¿lo habéis encontrado?

La respuesta sonó atropellada:

—¡No! ¡No! ¡Vámonos deprisa! ¡Éste no es lugar para entretenerse, y menos una noche como ésta!

—¿Qué era? —sonó la pregunta, hecha en todos los tonos. Se oyeron varias respuestas, aunque imprecisas, como si todos sintieran necesidad de hablar; aunque un miedo compartido les impedía expresar lo que pensaban.

—Pues eso… ¡Por supuesto! —farfulló uno, evidentemente sin saber lo que decía.

—¡Era un lobo… y no era un lobo! —dijo otro con un estremecimiento.

—Es inútil dispararle, si no es con una bala sagrada —comentó un tercero en tono más normal.

—¡Nos está bien empleado, por salir esta noche! ¡Pues sí que nos hemos ganado los mil marcos! —exclamó un cuarto.

—Hay sangre en el mármol roto —dijo otro, tras una pausa—. Desde luego, no es el rayo el que la ha dejado. ¿Y ése… se encuentra bien? ¡Mirad cómo tiene la garganta! O sea, compañeros, que el lobo se le había puesto encima para mantenerle la sangre caliente.

El oficial me miró el cuello, y replicó:

—Está bien; no le ha traspasado la piel. ¿Qué significará todo esto? No le habríamos encontrado, de no ser por los ladridos del lobo.

—¿Qué habrá sido de él? —preguntó el hombre que me sostenía la cabeza, quien parecía el menos asustado del grupo, dado que tenía las manos firmes y no le temblaban. En la manga lucía un galón de suboficial.

—Ha regresado a su cubil —contestó el de la cara larga y pálida, que ahora temblaba de terror y no paraba de mirar asustado en todas direcciones—. Hay sepulturas de sobra donde se puede esconder. Vámonos, compañeros; ¡vámonos ya! Salgamos de este lugar maldito.

El oficial me incorporó, al tiempo que daba una orden; a continuación, varios soldados me subieron a un caballo. Saltó él sobre la silla, detrás de mí, me cogió entre sus brazos, y mandó ponerse en marcha. Y apartando la mirada de los cipreses, cabalgamos deprisa, en orden militar.

Hasta ahora, mi lengua se había negado a articular palabra, así que permanecí callado. Debí de dormirme, porque lo siguiente que recuerdo es que me encontraba de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Era casi de día, y en el norte se reflejaba una franja roja de sol, como un rastro de sangre, por encima de la nieve. El oficial estaba pidiendo a sus hombres que no dijeran nada de lo que habían visto, sino que habían encontrado a un extranjero inglés protegido por un perro grande.

—¿Un perro? ¡No era un perro! —interrumpió el hombre que había dado muestras de miedo—. Creo que sé reconocer un lobo, cuando lo tengo delante.

El joven oficial le replicó con serenidad:

—He dicho un perro.

—¿Un perro? —repitió el otro con ironía. Era evidente que le estaba volviendo el ánimo con la salida del sol; y señalándome, dijo—: Mire su garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente, me llevé la mano a la garganta; y al tocármela, di un grito de dolor. Los hombres se acercaron a mirar; algunos se desvanecieron y cayeron de sus sillas. Y de nuevo sonó la voz sosegada del joven oficial:

—He dicho un perro. Si dijéramos otra cosa, se reirían de nosotros.

Me montaron, ahora, detrás de un soldado, y entramos en las afueras de Múnich. Aquí dimos con un carruaje, me subieron a él, y me llevó a Las Cuatro Estaciones acompañado del joven oficial, y escoltado por un soldado a caballo, en tanto los demás regresaban al cuartel.

Al llegar, Herr Delbrück bajó tan deprisa a recibirme que era evidente que me había estado esperando. Cogiéndome las dos manos, me condujo con cuidado. El oficial hizo un saludo; e iba a dar media vuelta y marcharse, cuando adiviné su intención, y le insistí en que me acompañase a mis habitaciones. Ante una copa de vino, le expresé calurosamente mi agradecimiento a él y a sus valientes soldados por haberme salvado. Se limitó a replicar que se sentía más que satisfecho, y que Herr Delbrück había tomado las primeras medidas para hacer atractiva la búsqueda. Al oír esta ambigua alusión, el maître d’hôtel sonrió, mientras el oficial, alegando deberes que cumplir, se retiró.

—Dígame, Herr Delbrück —pregunté—; ¿cómo y por qué han ido a buscarme los soldados?

Herr Delbrück se encogió de hombros, como si no diese importancia a su propia acción, al tiempo que contestaba:

—He tenido la suerte de que me diera permiso del comandante del regimiento donde serví para pedir voluntarios.

—Pero ¿cómo sabía usted que me había extraviado? —pregunté.

—Vino el cochero con lo que le quedaba del coche, que había volcado al desbocarse los caballos.

—Pero no habrá enviado un pelotón de rescate sólo por mí, ¿verdad?

—¡Ah, no! —contestó—; Antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo que le ha invitado —y se sacó del bolsillo un telegrama. Me lo tendió, y leí:

Bistrize.

Cuide de mi invitado… su seguridad es sumamente preciosa para mí. Si algo le sucediese, o se perdiera, no ahorre esfuerzos en encontrarlo y salvarlo. Es inglés y ama la aventura. La nieve, los lobos y la noche son a menudo un peligro. No pierda un instante si sospecha que se encuentra en apuros. Recompensaré su celo con mi fortuna.

Drácula

Con el telegrama en la mano, sentí que la habitación empezaba a darme vueltas; y si no llega a cogerme el atento maître d’hôtel, creo que me habría desplomado. Había algo extraño en todo esto, algo tan misterioso e imposible de imaginar, que empezaba a tener la impresión de que unas fuerzas opuestas contendían para tomar posesión de mí… impresión que, aunque vaga, me paralizaba en cierto modo. Evidentemente, estaba bajo algún misterioso tipo de protección. En el instante preciso, había llegado de un país lejano un mensaje que me había sacado del peligro de quedarme dormido en la nieve, y de las fauces del lobo.

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