Vampiros
El beso de Judas - X. L.
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X. L.
EL BESO DE JUDAS(1894)
¿QUIÉN se esconde bajo las extrañas siglas de X. L.? Curiosamente, otro nombre enigmático: Julian Osgood Field (1852-1952). Se trata de un escritor norteamericano, cosmopolita, nacido en París, que ejerció el periodismo y la crítica literaria. Al parecer le gustaba disfrazarse con los pseudónimos más pintorescos; así, para firmar sus trabajos sobre Guy de Maupassant y Sarah Bernhardt, eligió un nombre tan raro como «Sigma», más propio para una operación de espionaje que para rubricar un ensayo literario. Osgood Field era lo que suele llamarse un hombre de mundo. Poco antes de su muerte publicó tres volúmenes de memorias y cotilleos sobre los más importantes políticos y diplomáticos que había conocido a lo largo de su dilatada vida; a pesar de que cada volumen tenía un título de lo más indiscreto (Uncensored Recollections, Things I shouldn’t Tell y More Uncensored Recollections), no lograron ninguno de ellos despertar las espectativas que auguraban. En cualquier caso, parece como si se divirtiera especialmente en crear ciertos malentendidos en el público y jugar con ellos, quizá para atraer su interés; cuando se reimprimió El beso de Judas quiso propagar que los personajes del cuento estaban tomados de la realidad, y que sus nombres no sólo eran muy conocidos en la sociedad sino que algunos de ellos eran amigos suyos. De su obra ya nadie se acuerda. Publicó varias novelas, de las cuales la primera, Hand and Muckle Gold (1889), trata el extraño tema de la enfermedad de la rabia.
The Kiss of Judas fue publicado por primera vez en 1894 en el Pall Mall Magazine con una ilustración de Aubrey Beardsley (véase ilustración) en la que se ve a una mujer de lánguida compostura, que es Janey Morris, reclinada sobre un árbol; por lo visto, el pequeño y grotesco hombrecillo, calvo y corpulento que toma la mano de Janey es una irónica representación del propio X. L., que era un hombre bajito y de cabeza grande. Su cuento no deja de ser una de las variantes más imaginativas del recurrente tema del vampiro, esta vez tratado con cierto humor, y un erotismo seguramente muy apreciado por los estetas del decadentismo de fin de siglo.
EL BESO DE JUDAS[20]
Mujer de las tinieblas exteriores, demonio de la muerte,
¿En qué caverna inhumana, en qué abismo terrible,
Has oído, invisible, tal hechizo?
¿Qué mano poderosa ha resucitado tu cadáver,
Qué canto ha disuelto tu sudario, quién te ha abierto
Esos ojos apagados, llenándolos de estrellas?
Gebir, LANDOR
EL VIAJE
HACIA finales de septiembre, hará unos ocho años, el vapor Albrecht, mandado por el popular capitán Pellegrini, tuvo el honor de contar entre sus pasajeros, en su viaje por el Danubio hasta Ruschuk, con un caballero al que no sin razón podía habérsele hecho el algo osado comentario que Charles Buller hizo a un conocido par, hoy desaparecido: «A menudo pienso en lo perplejo que estará su Hacedor al observar su conducta». Realmente, sería difícil encontrar un revoltijo más curioso de cualidades encantadoras y detestables que el que maquillaba al personaje etiquetado a efectos oficiales como teniente coronel Richard Ulick Verner Rowan, familiarmente conocido en la sociedad como «Hippy» Rowan. Egoísta casi hasta la crueldad y, no obstante, capaz de actos de generoso sacrificio a los que quizá no habría llegado el mejor de los hombres; conocido por su severidad innecesaria en las numerosas guerras en las que se había distinguido y, no obstante, famoso con todo merecimiento por ser el hombre más afable de Londres, «Hippy» Rowan, gracias a su sano y sereno espíritu filosófico, jamás había permitido, en el curso de sus cincuenta y pico años de experiencias mundanas, que una pizca de cinismo le enfriara el corazón. No es tan fácil o natural, como quizá imagina mucha gente, sentirse satisfecho con mucho; pero en los días dorados en que poseyó mucho —en el meridiano de su grata vida, cuando ni siquiera las sombras de la tarde eran anunciadoras de los inminentes terrores de la noche—, Dick Rowan gozó del mismo sereno espíritu de contento que le distinguía en los últimos y más atribulados tiempos en que no podía por menos de parecer gotoso y endeudado, con una renta que apenas doblaba lo que en otro tiempo pagaba él por su cordon bleu.
Poco antes del comienzo de nuestra historia, había sido invitado por un millonario turco, su viejo amigo Djavil Pachá, a pasar unos días con él en su palacio junto al Bosforo: llamada en atención a la cual navegaba ahora Dick Rowan Danubio abajo…
Había escogido este medio particularmente monótono e incómodo de reunirse con su amigo por razones que no vienen al caso; pero el pensar en el insoportable viaje en ferrocarril de Ruschuk a Varna que le aguardaba, para luego enfrentarse al mar Negro, no contribuía a aliviarle los accesos de gota y de irritabilidad que le acometían a rachas mientras, durante los dos aburridos días, contemplaba el lento deslizarse de las orillas a uno y otro lado, y viendo cómo a la derecha Hungría dejaba paso a Serbia, y luego Serbia a Turquía, en tanto a la izquierda la perpetua Valaquia, desolada y triste, se ensanchaba sin cesar; paseando arriba y abajo por la cubierta, con el brazo apoyado en su fiel criado —o más bien antiguo lugarteniente— de nombre Adams, persona casi tan conocida y capacitada como su señor, cockney que, sin control alguno sobre las aspiradas de su inglés nativo, hablaba con precisión y fluidez ocho lenguas distintas, incluida la árabe, y cuyo conocimiento de los países orientales databa efectivamente de la época en que había sido paje del gran Eltchi de Constantinopla. Iban muy pocos pasajeros a bordo —un número anormalmente escaso, a decir verdad—; y a esta circunstancia se debió sin duda el que Rowan, que por lo general prestaba escasa atención a sus compañeros de viaje, reparara en un individuo de aspecto misterioso —un hombre que no parecía viejo—, el cual se mantenía apartado de los demás, solo, embozado hasta los ojos en una enorme bufanda de seda blanca bastante sucia, y que se le notaba que estaba enfermo por la manera desfallecida de estar sentado, la extrema palidez de la única parte de su rostro que era visible y, sobre todo, por la luz febril que brotaba de entre los párpados cargados y sin pestañas. Vestía enteramente de negro; y aunque sus ropas estaban algo raídas, revelaban más descuido que pobreza; y Adams había observado y comentado a su amo que en un dedo de la mano que aquel hombre flaco, sucio y amarillento levantaba de cuando en cuando para subirse la bufanda, centelleaba un diamante que el omnisciente ayuda de cámara reconoció como piedra de gran valor.
—¡Qué pinta más desagradable, Adams! —murmuró de mal humor el coronel en inglés cuando, en su deambular por la cubierta, pasaron su criado y él por vigésima vez, la primera mañana del viaje, ante el misterioso personaje sentado—. ¡Y cómo nos mira! Tiene ojos de lunático; y evidentemente, le pasa algo horrible en la cara. Puede que sea un leproso. Pregúntale al capitán qué sabe de él.
Pero el siempre amable capitán Pellegrini no pudo facilitar mucha información, salvo que el hombre no era un loco ni un leproso, ni desde luego estaba enfermo, que él supiese. Era un moldavo llamado Isaac Lebedenko, estudiante de medicina, o doctor, creía el capitán. Pero en todo caso, se trataba de un hombre de posición acomodada, ya que siempre gastaba el dinero con liberalidad.
—Hace dos años que viaja con nosotros periódicamente, —dijo el capitán—. Aunque confieso a su excelencia que jamás he visto propiamente su cara, porque va siempre embozado de esa manera. Toma sus comidas a solas, para lo cual paga el correspondiente recargo, y de hecho se mantiene siempre aparte y nunca habla con nadie. Pero el camarero que le atiende le ha visto la cara, y dice que no tiene nada raro, salvo que es el hombre más feo que ha visto.
—Puede que esté tísico —sugirió el coronel. Pero el omnisciente Adams negó con la cabeza. Era de todo punto imposible. Había visto andar a aquel hombre y había observado sus piernas. La tisis no podía engañarle: reconocía su presencia con una simple mirada. Este hombre tenía las piernas fuertes como una pantera. De tisis nada.
—Bueno —dijo el coronel con impaciencia—; pero es evidente que algo le pasa, sea lo que sea, y me alegro de no verme condenado a permanecer mucho tiempo en su proximidad; porque la verdad es que sus ojos tienen la forma de mirar más desagradable que he visto en mi vida, desde que dejamos a los leprosos —y seguidamente cambió de conversación.
Esa noche, tarde ya, se hallaba el coronel sentado en cubierta fumando un cigarrillo: pensaba en su inminente visita a Djavil, y se preguntaba a qué otras personas habría invitado su viejo amigo, al tiempo que se le agolpaban mil recuerdos en el cerebro mientras contemplaba soñadoramente la luna que sonreía por encima de la menguante Serbia. De repente, una voz cercana a su oído, un susurro lento, silbante, atiplado, quebró el silencio, y dijo en balbuceante francés:
—Perdone la pregunta, monsieur: pero ¿con qué derecho se atreve a interrogar a la gente sobre mí?
Y al volverse vio de pie, junto a su hombro, al horrible hombre de negro, cuyos ojos brillaban con asombrosa ferocidad entre los párpados enrojecidos, mientras su mano ganchuda, adornada con un diamante, agarraba convulsa la sucia bufanda blanca, probablemente para evitar que se le cayera con la vehemencia de su interpelación.
Hippy se levantó inmediatamente; y al hacerlo, su rostro pasó cerca del semblante medio oculto del hombre que le hablaba, y un olor nauseabundo y familiar a almizcle, cargado de repulsiva significación para el experimentado viajero, asaltó sus fosas nasales.
—¿A qué se refiere? —exclamó, y retrocedió: el asco anuló momentáneamente en él todos sus otros sentimientos—. ¡Atrás! ¡No se me acerque!
El hombre no dijo nada; se quedó inmóvil. Pero, a la luz de la luna, Rowan vio claramente que sus ojos, ribeteados de un color rojizo, centelleaban con renovada ferocidad, y que la mano ganchuda y amarillenta del diamante, agarrada a la sucia bufanda, se contraía como por un espasmo convulsivo. Y oyó, bajo la envoltura de seda, una ronca aspiración como de sollozo. Rowan se recobró en seguida.
—Perdone, monsieur —dijo fríamente—. Me ha asustado. ¿Tendría la bondad de repetirme la pregunta?
El hombre no dijo nada. Era evidente que había notado la repugnancia que inspiraba, que le dominaban la ira y la indignación, y que no se fiaba de su propia voz.
—Me ha preguntado, creo —prosiguió el coronel en tono más amable, porque le remordía la conciencia pensar que quizá había herido involuntariamente a alguien que, pese a su aspecto desagradable y a su actitud arrogante, por no decir hostil, era sin duda un enfermo y un paciente tan sólo—, me ha preguntado, creo, monsieur, con qué derecho he hecho averiguaciones acerca de usted. Le ruego que me disculpe por ello. A decir verdad, no me considero en la obligación de dar ninguna excusa; pero lo siento si le he ofendido. Tan sólo he preguntado al capitán…
Pero el hombre le interrumpió: su voz, trémula de pasión, brotó como un siseo ronco y jadeante que hizo aún más acusado y grotesco el fuerte acento con que pronunciaba el francés.
—Le ha preguntado… se ha atrevido a preguntarle, si era yo un leproso. El capitán se lo ha dicho a Hoffmann, el camarero, y él me lo ha dicho a mí. ¡No puede negarlo! ¡Perro inglés!
Aquí, aspirando como si le faltara el aire, y dominado por la cólera al parecer, el hombre dio un paso hacia Rowan. Esta explosión de reproche produjo un gran alivio al coronel. Como la mayoría de las personas de sentimientos refinados, resistía cualquier herida física mejor que las infligidas por el remordimiento; y la sospecha de que quizá por irreflexiva descortesía había causado dolor a alguien que sólo merecía compasión le había resultado amarga. La violenta hostilidad del hombre, y la dureza de sus palabras, cambió e iluminó enteramente el aspecto de la situación.
—Siento —dijo Hippy con irónica cortesía— que mi nacionalidad no merezca el honor de su aprobación. ¡Por desgracia, no todos cuentan con el orgulloso privilegio de ser naturales de Moldavia! Pour le reste, lo único que puedo hacer es repetir mis disculpas por… —pero el hombre volvió a interrumpirle.
—¡Disculpas! —repitió, si es que puede aplicarse efectivamente algún término que denote resonancia al áspero y ceceante susurro en que hablaba—. ¡Disculpas! ¡Claro! Ustedes los ingleses son todos unos cobardes y sólo piensan en disculpas. No se atreve a pelear, canaille. ¡Pero tendrá que hacerlo! ¡Yo le obligaré! —y dio otro paso adelante; pero esta vez de forma tan amenazadora que el coronel, entre divertido y aprensivo, consideró prudente retroceder.
—¡Cuidado! —dijo, medio levantando el bastón como para rechazar al hombre como si fuese un animal sucio—; guarde las distancias —y seguidamente, hablando con rapidez, porque temía un ataque del enfurecido moldavo y deseaba evitar tan ridicula complicación, prosiguió—. Si consigue probarme que debo enfrentarme con usted, estaré encantado de hacerlo. Tiene razón, por supuesto, en pensar que los duelos no están ya de moda en Inglaterra. Pero yo soy una excepción a esa regla. Ya he tenido dos, y me encantará aumentar el número enfrentándome con usted, si nos ponemos de acuerdo. Pero ésa es una cuestión que no nos corresponde a usted y a mí discutir, ¿no le parece? El capitán Pellegrini me conoce. Le dejaré a él mi dirección. Tengo amigos en Turquía, y me alojaré en las cercanías de Constantinopla durante un par de semanas; así que puede enviarme sus padrinos. Ya designaré yo a los caballeros que se encargarán de recibirlos. ¡Con permiso, buenas noches! —y Rowan se levantó el sombrero con formularia cortesía, y dio un paso como para marcharse.
Pero el hombre saltó como un gato y le cortó el paso.
—¡Cobarde! —exclamó, extendiendo los brazos como para impedir a Rowan que se fuera—. ¡Es usted un canalla! ¡Como todos los de su país! ¿Se cree que va a huir de mí? ¡Pues no! Se va a arrodillar y me va a pedir perdón, maldito inglés… maldito canalla… mal…
Pero en el instante en que el enfurecido moldavo llegaba a este punto sucedió algo horrible. Con la vehemencia, al retirar su mano amarillenta y ganchuda de la sucia bufanda que sujetaba, al hombre se le empezó a deshacer poco a poco el embozo, y a bajársele cada vez más, revelando a Rowan una visión tan extraña, tan espantosa, que, impulsado por una morbosa curiosidad, adelantó impensadamente la cabeza mientras sus asombrados ojos seguían ansiosos el infernal avance de tal revelación. Y observando de este modo cómo la seda se deslizaba hacia abajo, vio primero unas mejillas hundidas y sin pelo, contraídas por la emoción, pero de una palidez espantosa, con ese horrible color que inevitablemente se relaciona con la idea de los cambios post-mortem; y en el centro de esta lívida delgadez, iluminado sólo por unos ojos febriles de párpados enrojecidos, el inicio —la ancha base emergía de los pómulos por así decir— de una repulsiva prominencia que parecía estrecharse hasta una terminación que de momento ocultaba la bufanda, pero que el horrorizado coronel estaba más seguro a cada instante de que no podía asemejarse al órgano nasal de una persona, sino más bien al… ¡Ah! Cayó la seda, y a la luz de la luna vio al fin Rowan lo que ya había adivinado: el hocico puntiagudo de un enorme hurón. Y abajo, muy abajo, moviéndose nerviosamente, el horror viscoso y húmedo de una boca pequeña y casi redonda, pero sin labios, de la que brotaba el ronco y atropellado siseo, las palabras ceceantes de odio y amenaza.
Aunque esperada en parte, esta espantosa revelación fue tan indeciblemente horrible cuando aconteció que la expresión de asco del rostro de Rowan se intensificó súbitamente, al extremo de que atrajo la atención del monstruo que la inspiraba, el cual, pese a lo furioso que estaba, contuvo el tumulto siseante de su violencia. Y al callar, se dio cuenta de pronto de que se le había bajado la bufanda. Entonces, interpretando justamente el horror que veía en el semblante del coronel, e incitado a un nuevo acceso de furia, demasiado desesperado y violento incluso para exteriorizarlo con palabras, o siquiera con un gemido o un gañido inarticulado, se abalanzó ciegamente con los brazos extendidos, dispuesto a arremeter contra su enemigo. Pero el coronel, que había previsto esta embestida, saltó a un lado; al mismo tiempo, dominado por la repugnancia, no pudo contenerse y lanzó al monstruo una violenta estocada con el bastón… estocada a la que imprimió mucha más fuerza de lo que pretendía, porque hizo que el hombre se tambalease y cayese de bruces, en el instante en que dos o tres marineros que habían presenciado desde cierta distancia los últimos incidentes de la disputa corrían a separar a los contendientes.
—Ese hombre —exclamó el coronel en alemán, señalando con el bastón al moldavo caído de rodillas que se reajustaba la bufanda alrededor de su horrible cara— ha intentado agredirme, y me he defendido. Atiéndanle, pero tengan cuidado. ¡Es una fiera salvaje, no un hombre!
Los marineros miraron al coronel, por el que sabían que el capitán del barco tenía gran deferencia, luego al montón de gastadas y negras ropas caído en la cubierta, y finalmente se miraron los unos a los otros asombrados y boquiabiertos, sin saber qué decir, pensar o hacer.
—Hablaré de esto al capitán mañana por la mañana —prosiguió Rowan—. Entre tanto, repito, atiendan a este… a este… hombre. ¡Pero tengan cuidado! —y diciendo esto, dio media vuelta y se alejó en dirección a su camarote.
Justo antes de llegar a la escalera, se volvió y miró hacia atrás. Allí, a la luz de la luna, estaba el hombre de negro, de pie, mirándole, con su horrible rostro envuelto otra vez en su sucia bufanda, ahora manchada en el borde con la sangre que le manaba de una herida que tenía en la frente. Al ver que se volvía el coronel, el hombre levantó el puño y lo agitó lenta, solemne, deliberadamente, en un gesto de advertencia y de maldición; y los marineros, temiendo una nueva violencia, lo rodearon. Luego el coronel dio media vuelta y prosiguió su camino a la cama. Por la mañana, naturalmente, Rowan puso al corriente a su fiel Adams (quien, dicho sea de paso, jamás se asombraba de nada, dado que durante su larga permanencia en Oriente había adquirido la imperturbabilidad de esos pueblos) del extraño suceso de la noche anterior, aunque le pidió que no dijera nada a nadie.
—He pensado detenidamente la cuestión —dijo el coronel—, y he decidido decirle sólo al capitán que he tenido unas palabras con ese hombre, y que en un momento de acaloramiento le he golpeado. Más tarde le daré la dirección de su Excelencia, donde vamos a pasar estas dos semanas, de manera que si ese hombre quiere comunicarse conmigo para lo que le plazca, lo pueda hacer. Por supuesto, sería ridículo tener un duelo con semejante bruto; pero espero que no vuelva a intentar agredirme hoy.
—Me ocuparé de que eso no ocurra, señor —dijo Adams.
Pero no fue necesaria tal precaución. No se volvió a ver al moldavo, a quien sin duda retuvo en su camarote la herida; y a la mañana siguiente, de madrugada, el coronel y su criado dejaron el vapor en Ruschuk y tomaron el tren para Varna y el mar Negro, en route hacia los esplendores del Bosforo.
EL SEGUNDO ENCUENTRO
[HIPPY Rowan ha llegado al palacio de Djavil Pachá, en el Bosforo. Entre los invitados del millonario turco se encuentran lord Melrose («conocido jugador, quebrantador y desvalijador de bancos»), Emile Bertonneaux («divertido periodista francés del Œil de Bœuf, de París») y Toby Jeratczesco («bon viveur internacional amante de las cartas y las carreras, y con dinero suficiente para justificar su interés en estas dos caras modalidades de especulación»). Jeratczesco ha invitado a los presentes a su «castillo misterioso» (en los «Cárpatos moldavos»). Todos han aceptado, y Djavil decide una espectacular comida campestre antes de la marcha. Entre los invitados a esta celebración se encuentran Leopold Maryx («afamado especialista en enfermedades nerviosas, que había sido llamado de Viena para atender al sultán»); «lord y —sobre todo— lady Brentford, campeona de la política»; Leonard P. Beacon, millonario de Nueva York («vulgar a extremos imposibles de purificar, siquiera con dinamita»), y lord Mailing («nuestro delicioso pero insoportable embajador»). La conversación gira en torno a los «malos espíritus».]
—Me hablaba Maryx de los Hijos de Judas —comentó Hippy Rowan.
—¿Los Hijos de Judas? —repitió Émile Bertonneaux, el periodista parisiense olfateando un posible article a sentation… porque no hace falta recordar a nuestros lectores que, en reunión tan cosmopolita, la charla se desarrollaba en francés—; ¿quiénes son ésos? No tenía idea de que Judas fuese père de famille.
—Es una leyenda moldava —replicó el gran especialista—. Se dice que los Hijos de Judas, descendientes directos del gran traidor, andan por el mundo intentando hacer daño, y matan con un beso.
—Pero ¿cómo consiguen acercarse a uno para besarle? —preguntó asombrado el señor Leonard P. Beacon, a quien su avidez de información le hizo ignorar que tenía la boca llena de loup sauce bomard.
—La leyenda dice —dijo Maryx— que, en primer lugar, están aquí bajo toda clase de forma y condición: de hombre o de mujer, de joven o de viejo; aunque generalmente son de excepcional e insoportable fealdad. Y que están aquí sólo para saciar sus corazones de envidia, odio y veneno, y para marcar a sus presas. A fin de hacer efectivamente daño, tienen que sacrificarse a su odio, regresar a las regiones infernales de donde salieron (por la puerta del suicidio), informar al Superior de los Tres Príncipes del Mal, recibir de él su encargo diabólico, regresar después a este mundo, y llevar a cabo su acción. Pueden volver bajo la forma que consideren más conveniente para conseguir su propósito, o más bien para satisfacer su odio: a veces vienen como perros rabiosos y contagian la hidrofobia mordiendo: ése es un tipo de beso de Judas. Otras, como propagadores de una pestilencia, cólera o lo que sea, que es otra forma de beso de Judas. Otras, como una figura atractiva, y entonces el beso es en verdad como un beso de amor, aunque su efecto es tan fatal como la mordedura de un perro rabioso o el contagio de la peste. Cuando adopta la forma amorosa, sin embargo, deja siempre una señal en el cuerpo envenenado de la víctima: la herida del beso. El verano pasado, estando yo en Sinaia al servicio de la reina, vi el cuerpo de una campesina cuyo amante le había dado el beso de Judas; y desde luego, tenía en el cuello una señal así —Maryx cogió el tenedor y trazó en el mantel tres equis—: XXX. ¿Adivinan ustedes qué se dice que significa? —preguntó el eminente doctor.
—Treinta —exclamó lady Brentford.
—Efectivamente —contestó Maryx—; «treinta»: las treinta monedas de plata. El precio de la sangre.
—Vous êtes impayable, mon cher! —exclamó Djavil, con una sonrisa—. Cuando vea que ya no es productivo matar pacientes, siempre puede hacer dinero en las foires. Ponga a Hippy Rowan a tocar el tambor en la puerta, siéntese usted en el interior del carromato a contar sus Magues maravillosas, y amasará una fortuna en nada de tiempo.
El gran profesor hizo caso omiso de estos frívolos comentarios; a decir verdad, pese a su maravillosa inteligencia, extraordinarios conocimientos, experiencia y habilidad, en el fondo era un gran charlatán y embaucador, y le entusiasmaba dejar boquiabierta a la multitud; y el interés que vio reflejado en los rostros de sus oyentes le encantó.
—¿Ha dicho usted que, en primer lugar, esos Hijos de Judas son feísimos? —inquirió el coronel Rowan, volviéndole a la memoria el rostro espantoso de aquel Isaac Lebedenko que le había atacado en el barco. Casi se le había olvidado el incidente, hasta este momento; aunque lo había consignado cuidadosamente en su meticuloso diario. Y a propósito: hacía tiempo que se había convencido a sí mismo de que debió de equivocarse respecto a lo que desveló aquella horrible bufanda; que tales cosas no podían ser, y que sin duda le había engañado algún efecto de sombra, o alguna broma que debió de gastarle su gota, a caballo de su imaginación.
—Sí —replicó Maryx—, eso dice la leyenda. Esa fealdad física delata, naturalmente, el espíritu maligno que hay dentro. En ese estadio, pueden ser reconocidos y evitados; o mejor aún, se los puede matar. Porque sólo se vuelven verdaderamente peligrosos cuando su odio alcanza tal grado que se sienten impulsados a buscar una muerte y una reencarnación voluntarias, a fin de satisfacer su malevolencia; porque sólo por la puerta del suicidio pueden llegar a la presencia del gran demonio para recibir pleno poder y disposición para regresar a la tierra con su encargo de destrucción. Así, si se les mata en su primera fase sin permitir que se suiciden, quedan destruidos. Cuando vuelven completamente armados con los poderes del Infierno, es demasiado tarde. No pueden ser reconocidos, y son nefastos; porque tienen a su disposición las armas y la artillería de Satanás, desde la sonrisa de la mujer bonita a la propagación de una pestilencia. Este sacrificio voluntario al odio con objeto de satisfacerlo por regeneración, este suicidio, que obedece al principio de reculer pour mieux sauter, no es naturalmente sino una parodia del divino Sacrificio del Amor sobre el que se funda la religión cristiana…
Cuando por fin terminó la comida, cada cual salió a pasear por el bosque; Hippy encendió un cigarro, y decidió dar una vuelta con su viejo amigo lord Mailing. Pero aún no se habían alejado mucho, cuando su anfitrión envió un criado tras ellos para rogar a su Excelencia que volviese, ya que quería consultarle algo. Así que regresó el embajador, y Hippy prosiguió el paseo solo, adentrándose poco a poco por una parte algo solitaria y retirada del bosque, a la vez que las voces y las risas de los otros invitados se iban haciendo más débiles, a medida que se alejaba.
De repente, surgió un hombre de detrás de un árbol y se abalanzó sobre él. Centelleó al sol un cuchillo, y bajó veloz a su corazón. Hippy, como un relámpago, lo esquivó, a la vez que descargaba su pesado bastón sobre el brazo del presunto asesino con tal fuerza que le saltó el cuchillo de la mano y voló por los aires; luego, volviéndose, asestó al villano tal golpe en un lado de la cabeza que cayó al suelo como muerto. Era el moldavo Isaac Lebedenko. Hippy había reconocido sus ojos llameantes por encima de la bufanda sucia en el momento de saltar el hombre sobre él. Y ahora, mientras yacía en el suelo sin sentido, no tuvo la menor duda sobre su identidad, aunque había caído de tal modo que el embozo no se le había movido de la cara. Ya hemos dicho que, aunque gozaba de la merecida fama de ser el hombre más afable de Londres, Dick Rowan se había ganado también el reproche de mostrar excesiva severidad en las numerosas guerras en que había participado. Y esta dureza —por no llamarla crueldad—, quizá siempre latente en su naturaleza, aunque sólo parecía aflorar a la superficie en situaciones especiales relacionadas con el peligro y la excitación que éste genera, se puso ahora de manifiesto. El moldavo había caído de costado, y el golpe de su caída había sido tan violento que le había quedado una mano medio abierta, y con la palma hacia arriba, sobre el tronco de un gran árbol caído, mientras que la otra, con la palma hacia abajo, la tenía superpuesta sobre su compañera. Era una postura rara, consecuencia del impacto de la caída, que hizo que le quedasen las manos así. Esto, naturalmente, indicaba que el golpe había sido tan fuerte que el hombre no había podido hacer intento alguno de evitar la caída, y que se había desplomado como un muñeco. Al menos, ésa fue la explicación que Rowan se dio a sí mismo mientras, de pie junto a su enemigo tumbado, pensaba cómo sujetar a este homicida hasta encontrar ayuda y llevarlo a las autoridades para que le impusiesen el castigo que se merecía. Y mientras observaba la posición de sus manos, sus ojos captaron el destello del cuchillo, que había caído en la yerba a pocos pasos. Fue Hippy a donde estaba y lo recogió. Era, en verdad, un arma de aspecto asesino: la hoja ancha, de doble filo, y muy cortante, aunque bastante gruesa y no demasiado larga, y con un gran puño de plomo, destinado evidentemente a proporcionar un impulso terrible a cualquier golpe dado con él. Lo miró Rowan, y luego miró las manos del moldavo, tendido en tan tentadora postura, y justo entonces, un temblor de piernas del hombre indicó que estaba volviendo en sí. Si había que hacerlo, estaba claro que no debía perder un segundo; así que cogió Rowan el afilado instrumento y lo puso de punta sobre las manos de su atacante, que ya empezaban a tener sacudidas, a medida que recobraba la conciencia. Y utilizando su bastón a modo de martillo, dio un golpe tremendo al pesado puño del cuchillo, ensartó las dos manos del moldavo, y lo clavó en el tronco hasta las cachas. Un leve y casi inaudible gemido brotó de detrás del embozo. Eso fue todo. Pero Rowan pudo ver que el súbito dolor había devuelto al hombre completamente la conciencia; porque sus ojos terribles, visibles por encima de la bufanda, estaban ahora abiertos y fijos en él.
—¡Miserable canalla! —exclamó Rowan en alemán, con la voz ronca de ira—. Considera una suerte que no te haya matado como a un perro cuando estabas tendido, a mi merced. Pero descuida, yo haré que te castiguen. No te vas a mover de ahí, hasta que te envíe a prisión.
El hombre no dijo nada: se limitó a mirar a Rowan con ojos terribles.
—Como ves —prosiguió el coronel, sacando un cigarro con parsimonia y encendiéndolo—, he tenido que clavarte al árbol para evitar que escapes. A las sabandijas se las trata así a menudo. Pero no te causaré molestias por mucho tiempo. Dentro de unos minutos mandaré que vengan a desclavarte convenientemente, y a llevarte a la cárcel. No es ésta la última vez que nos vamos a ver, amigo mío…, créeme, no es ésta la última.
Entonces habló el hombre. Fue casi un susurro, pero las palabras brotaron con el ceceo líquido y horrible que Rowan recordaba con repugnancia.
—No —murmuró—; no será ésta la última.
—No hay peligro, supongo, de que no te encuentren aquí cuando mande a buscarte —prosiguió Rowan tras una breve pausa, durante la cual él y el moldavo se habían estado mirando fijamente—. Así que no hay por qué perder más tiempo, sobre todo teniendo en cuenta lo incómodo que debes de estar. De modo que à bientôt —luego, en el momento de dar media vuelta, se detuvo—. Por si prefieres mutilar tus manos a sufrir los latigazos que sin duda te darán —dijo muy despacio—, y consigues liberarte antes de que alguien llegue a por ti, te conviene saber que, cuando estoy de viaje, llevo siempre encima un revólver. Hoy he salido sin él (por suerte para ti) por pura casualidad. ¡Pero no es probable que se me vuelva a olvidar! Así que ten cuidado.
Y a continuación dio media vuelta y echó a andar tranquilamente hacia donde había dejado a sus amigos. No había dicho sus últimas palabras por decir, sino que había querido dar a entender al miserable que dejaba clavado al tronco que no era del todo imposible escapar, si estaba dispuesto a pagar el terrible precio de la automutilación; y en segundo lugar, había querido resaltarle lo humillante y severo del castigo que le esperaba, para que pensase si no sería preferible escapar, costara lo que costase, a semejante tortura y degradación. Porque, en realidad, Hippy Rowan, en cuanto se le pasó la furia y el consiguiente acceso de crueldad, había decidido en su interior no seguir con ello, y no tomar sobre sí el ennui y el engorro de hacer que se castigase al miserable malvado más rigurosamente de lo que ya había sido. De haber llevado consigo el revólver, desde luego habría matado a este hombre; en cambio así, lo había clavado como una alimaña a un tronco de este bosque solitario de Asia, y lo había abandonado a su destino. Podía morir de hambre, allí, o escapar infligiéndose una terrible mutilación; o, quizá, arrancarse el cuchillo con los dientes. O tal vez pasara alguien por allí y lo liberara… aunque esto último era poco probable. En todo caso, él, Hippy Rowan, después de advertir al malvado de lo que podía esperar en caso de que volviera a molestarle, no quiso saber nada más del asunto; hasta el punto de que ni mencionó siquiera el incidente a sus amigos; al menos de momento.
Cuando Rowan llegó a donde habían comido, se encontró con que acababan de concluir los preparativos para la marcha; y unos minutos después, todos los invitados de Djavil se hallaban otra vez confortablemente instalados en los carruajes, y emprendieron el regreso al Bosforo.
Todos los invitados de Djavil estaban cansados; así que después de la cena, un poco de música y conversación, y algún que otro pasatiempo, se retiraron a dormir más temprano de lo habitual. Y Rowan se alegró cuando, a solas consigo mismo, pudo entregarse por entero a sus reflexiones, que esa noche fueron de carácter especialmente melancólico. Sus habitaciones estaban en la planta baja, y las ventanas daban al jardín que descendía hasta la terraza de mármol que bordeaba el Bosforo; y dado que Rowan buscaba el retiro más para meditar que para descansar, mandó a la cama a su fiel Adams, encendió un cigarro y bajó a la orilla a disfrutar del paisaje. Pero apenas hubo llegado a la terraza, surgió de la sombra del otro extremo, arrastrándose a la luz de la luna por el blanco pavimento de mármol, una figura espantosa que él conocía demasiado bien: la del moldavo Isaac Lebedenko, el hombre al que unas horas antes había dejado clavado a un tronco. En el instante en que Rowan le vio, el hombre le vio a él; y mientras el coronel retrocedía, se buscaba el revólver en el bolsillo, y recordaba que lo había dejado en su mesita de noche, el moldavo se incorporó. Rowan se abalanzó sobre él y con una mano le arrancó la bufanda de la cara, descubriendo con espantosa claridad, a la luz de la luna, el indescriptible horror de un semblante de monstruo no nacido de mujer, mientras con la otra se seguía registrando el bolsillo.
—¡Es el único medio! —jadeó con ceceante alemán—. ¡El único! Pero estoy dispuesto… y contento; ¡porque ahora llegaré a ti, y no podrás escapar! ¡Mira!
Dicho esto, y antes de que Rowan pudiera comprender lo que ocurría, el hombre se clavó el cuchillo en el corazón; y con un gemido profundo, cayó de espaldas en las aguas del Bosforo, que se cerraron sobre él.
UN BESO DE JUDAS
—¡Y dice usted que no se asustó! —exclamó Bertonneux del Œil de Bœuf.
Hippy Rowan meneó la cabeza, y sonrió.
—No, claro que no —dijo. Luego añadió, bajando la voz para que no le oyesen los otros—: ¿Sabe?, es extraño, mon cher, pero en mi vida he sabido lo que es el miedo. No es una baladronada: es la pura verdad. Puede preguntar a quienquiera que haya estado conmigo en peligro. Son muchos los que han estado, porque empecé en Inkerman y terminé en Qandahar, por no citar las innumerables aventuras personales, más o menos desagradables, que me han pasado entremedias; como la que le acabo de contar, por ejemplo. Usted me conoce lo bastante bien como para darse cuenta de que no soy ni un estúpido ni un fatuo. Lo cierto es que no se trata exactamente de valor, imagino, sino más bien de una absoluta incapacidad para experimentar un sentimiento como el del miedo. De la misma manera que hay personas que nacen ciegas o sordas o mudas.
Estaban en una inmensa y altísima estancia, lujosamente amueblada, mitad salón mitad fumador, de la casa de Tony Jeratczesco, en Moldavia, y la época era como un mes después de que tuvieran lugar los hechos relatados en el capítulo anterior.
Rowan le había contado ya al periodista francés la historia de su horrible aventura con Isaak Lebedenko y el suicidio de éste —sucesos que, junto con los detalles que Maryx había referido sobre los Hijos de Judas, se encontraron puntualmente consignados en el diario del coronel, a su muerte, de donde está tomada la presente relación, así como del testimonio de Adams—. Pero dado que el señor Leonard P. Beacon no había oído dicha historia, Hippy había insistido en repetirla.
Hippy había hablado en voz baja para evitar atraer la atención; pero no había tenido en cuenta el temperamento escandaloso de su oyente americano, quien ahora exclamó a voz en cuello:
—¡Cómo! ¿Me está diciendo en serio, Rowan, que no ha conocido el miedo jamás? ¿Que nada es capaz de asustarle?
Aunque resultaba molesto, dadas las circunstancias, que le hiciera semejante pregunta de forma tan estridente, Hippy comprendió que el americano insistiría en obtener una respuesta, y que debía dársela sin tardanza.
—Así es —dijo simplemente; y a continuación añadió, medio en susurro—. Me gustaría, Beacon, que no levantase tanto la voz.
Pero era demasiado tarde. Un caballero de la localidad, un tal príncipe Valerio Eldourdza, quien por haber sido educado en un liceo de París era considerado el Admirable Crichton de esa parte de Moldavia, acosó a Rowan, haciéndole las más personales e impertinentes preguntas sobre su creencia en la vida del más allá, el castigo futuro, el demonio y cosas así, llegando por último a proclamar solemnemente que no sólo no creía en la incapacidad del coronel Rowan para sentir terror, sino que él mismo se comprometía a asustarle, y a pagar 4.000 libras si no lo conseguía. Esta ofensiva fanfarronada le brotó a Eldourdza de los labios, al principio, en un momento de acaloramiento, quizá sin que él mismo diera demasiado significado o importancia a sus palabras; pero al ser acogida dicha declaración con clamorosa aprobación por el resto de los boyardos que se hallaban presentes, su alteza se vio obligado a repetir la apuesta. Y la segunda vez le dio una forma más concreta:
—Cien mil francos —repitió, descargando con violencia su puño sucio, pequeño, sobre la mesa— a que le asusto, coronel, antes de que se vaya de aquí… O sea, siempre que no se vaya ahora mismo, como es natural.
—Mi amigo estará en mi casa otro mes —intervino Jeratczesco, algo irritado—. Pero no consiento que se hagan apuestas aquí, Eldourdza. Detesto las bromas; ya hemos tenido bastantes idioteces así en Inglaterra.
—Déjame eso a mí, Tony —dijo Rowan a su anfitrión, hablando deprisa y en inglés; luego, volviéndose a Eldourdza—: Vamos a ver si nos ponemos de acuerdo, príncipe. ¿Qué entiende por asustar? Naturalmente, puede darme un susto saltando sobre mí en una esquina; o con alguna treta por el estilo, claro. Pero le apuesto los cien mil francos, si quiere, o ciento cincuenta mil, a que no me hace sentir lo que todo el mundo, y de manera general, entiende por la palabra miedo: un sentimiento de terror, o incluso algo que se parezca, siquiera remotamente, al terror. ¿Cómo podríamos definirlo para que no haya duda sobre ese punto?
—Como ponérsele a uno los pelos de punta, o castañetearle los dientes —sugirió el señor Leonard P. Beacon, que estaba disfrutando lo indecible con el giro que había tomado la cuestión, y previendo alguna clase de aventura o nueva experiencia.
—Exacto —replicó Eldourdza, que había estado consultando en voz baja con sus amigos y sorbiendo otra copa de champán fuertemente cargada de coñac—. Utilicemos esas mismas palabras: ciento cincuenta mil francos, doscientos mil, si quiere —Hippy asintió con la cabeza—, a que antes de que se marche de esta ciudad, en espacio de cuatro semanas a partir de hoy, se va a asustar de tal modo que se le van a poner los pelos de punta, le van a rechinar los dientes y, lo que es más, va a pedir socorro.
—Muy bien —convino Rowan, riendo—. C’est entendu; pero no hace falta que llegue a tanto, mi querido príncipe. Estoy dispuesto a pagar, con tal que haga algo más que darme un susto de la manera que le acabo de describir, o sea, con un ruido repentino, o saltando sobre mí, o con alguna tontería por el estilo. Cualquier cosa que se aproxime al miedo, no digo ya al terror, por supuesto, y le pagaré a tocateja. Y por suerte para usted —añadió de buen humor (porque era aficionado a ganar apuestas, y la certeza de conseguir estas 8.000 libras le era muy grata)—, Eldourdza, da la causalidad de que tengo dinero para pagar, si pierdo. Gané todas las apuestas el último día que estuve en Baden; no fallé ni una; y lo mandé todo a Gunzburg, donde permanece intacto porque no quería caer en la tentación de jugar hasta que llegara a San Petersburgo.
Y así quedó concertada esta extraña apuesta, y debidamente anotada con la aprobación de todos, retirando incluso Jeratczesco su oposición, al ver lo satisfecho que el coronel contemplaba lo que le parecía que era el único resultado posible de esta absurda porfía.
Pero si Hippy hubiera podido adivinar de qué manera imprevista iba a concretarse día tras día, noche tras noche y hora tras hora, esta espera de la sorpresa —evidentemente desagradable— que Eldourdza y sus amigos le estarían preparando; si hubiera podido adivinar, decimos, de qué modo inaudito y extraño iba a afectar gradual y casi imperceptiblemente este absurdo suspenso a sus nervios en el transcurso del mes siguiente, sin duda habría hecho caso omiso de la absurda apuesta del príncipe. Y lo que le hacía a Hippy más insoportablemente irritante este perpetuo desasosiego, esta constante cautela, esta vigilancia incesante, era que estas nuevas sensaciones sólo podía atribuirlas a una causa odiosa y desagradable, a saber: el progreso de la vejez. Su experiencia de la vida le decía que la constitución de un hombre que ha vivido como había vivido él estaba expuesta a sufrir un súbito desmoronamiento, por robusto que fuese su aspecto, al haber ido perdiendo poco a poco, de manera muy gradual aunque inexorable, los puntales y cimientos que sostenían la estructura en su sitio y aparentemente firme y derecha a lo largo de años, cuyas noches había apurado, cansado de placer, hasta la madrugada, y cuyos días habían sido de desdeñoso descanso. Había visto cómo muchos amigos suyos de aspecto fuerte y vigoroso como él se habían derrumbado de ese modo, como castillos de naipes por así decir, y cómo habían sido barridos a las tinieblas exteriores. ¿Se debería a la proximidad de algún tipo de final súbito y desastroso de sus aventuras mundanas, el que descubriera día tras día, en el transcurso de las cuatro semanas siguientes, que sus nervios, hasta ahora de acero, se alteraban cada vez más con este suspense, cuya causa era en realidad totalmente pueril y despreciable? No era ésta, desde luego, su primera experiencia de suspenso: muchas veces había estado en peligro de muerte, y había habido ocasiones en que este peligro había sido inminente durante bastante tiempo; sin embargo no recordaba haber sentido antes este desasosiego espiritual, este perpetuo interrogar a su corazón que ahora experimentaba mientras esperaba a que estos toscos salvajes le gastaran alguna broma más o menos horrible, incluso peligrosa. Debían de ser los años; no podía ser otra cosa. Los años, y el principio, quizá, de un agotamiento general de su organismo: los primeros indicios, por así decir, del segundo y último pago que se le exigía por todos los despilfarras a los que acabamos de aludir: esas numerosas salidas, de la medianoche al alba, del brazo de Baco y del bacará… Esos acompañantes del Carro de la Muerte, se decía Rowan, eran sin duda los que le inducían —y mucho, para su sorpresa— a malgastar tanto tiempo en dar vueltas y vueltas a toda suerte de especulaciones posibles e imposibles sobre cómo intentarían asustarle estos desdichados moldavos. Lo cual le hacía inspeccionar meticulosamente sus habitaciones cada noche antes de retirarse a dormir, y tener el revólver preparado y a mano debajo de la almohada. Naturalmente, este anormal estado de ánimo, —que no se parecía ni de lejos al terror, y que se debía sólo a la constante vigilancia— iba aumentando muy despacio; y a lo largo de todo su desarrollo, hasta poco antes del final, Hippy fue lo bastante dueño de sí como para ocultar sus sentimientos, no sólo a sus amigos, sino incluso a su criado, el omnisciente Adams; y el cambio visible del semblante y la actitud del coronel, que poco más tarde se hizo llamativo, fue atribuido por todos —en gran medida con toda justicia— al fuerte resfriado que cogió poco después de la noche de la apuesta, y que le tuvo confinado en la casa, incluso en su habitación, durante muchos días. Ni el príncipe Eldourdza ni nadie hicieron alusión alguna a la apuesta, en presencia de Rowan, desde la noche en que se efectuó y se estipuló formalmente; y este hecho mismo, este silencio calculado, se convirtió con el tiempo, a medida que aumentaba la irritabilidad de Rowan, en fuente de malhumor para él, y acabó por decidirle de repente, una mañana en que estaban desayunando todos juntos, a abordar claramente la cuestión, que se estaba convirtiendo, cada vez más, en la preocupación predominante de su espíritu.
—Perdóneme, príncipe —dijo con bien disimulada indiferencia—, si hago alusión al asunto de nuestra apuesta, que usted parece haber olvidado, ya que sólo quedan diez días, y…
—¡Hay tiempo de sobra! —interrumpió Eldourdza con brusquedad—. ¿Olvidarla? No; de ningún modo —prosiguió, volviéndose hacia sus amigos—. ¡Ya se enterará de si la he olvidado o no!
Una serie de significativas y siniestras sonrisas y movimientos negativos de cabeza respondieron a esta apelación: pantomima que despertó no poco la curiosidad del coronel.
—Bien —dijo—. Me alegra oírlo; porque no me gustaría quedarme con su dinero sin que usted haya hecho algo por evitarlo. Sólo quería decírselo; y estoy seguro de que está de acuerdo conmigo. Naturalmente, no tengo idea de qué clase de broma va a gastarme, cómo va a tratar de asustarme; pero sin duda va a ser la más horrible y espantosa que pueda maquinar. Porque supongo que no tiene intención de regalarme doscientos mil francos.
—¡Desde luego que no! —rió el príncipe Valerian—; si los gana, lo va a tener que pagar caro, créame.
—Muy bien —replicó Hippy—; todo lo que quiera. De eso quería hablarle. Naturalmente, estoy a su disposición para que intente asustarme con cualquier medio que pueda y quiera idear; pero, como puede comprender, ha de haber un límite a lo que me toque soportar; de lo contrario, me haría usted pasar por un tonto. Lo que quiero decir es que tiene usted entera libertad, digamos, para mandarme un fantasma o un vampiro, o una bestia, un demonio o lo que se le ocurra, a mi habitación para tratar de asustarme, para lo cual estoy dispuesto a prestarle la ayuda que esté en mi mano; así, ahora dejo todas las noches sin pasar el cerrojo de mi puerta, como seguramente sabe ya. Pero tiene que haber un límite en esto: quiero decir, que su esfuerzo por asustarme ha de tener un plazo, no seguir indefinidamente. Supongamos que decide actuar en determinado momento, y que manda a su fantasma o demonio a cometer sus maldades durante una hora: al final de ese tiempo, si no ha conseguido asustarme, su trasgo se puede convertir en un incordio, por lo que creo que estaría justificado hacerlo desaparecer, ¿no le parece?