Vampiros
El beso de Judas - X. L.
Página 24 de 30
—Por supuesto —replicó Eldourdza—. Nos basta con menos de una hora: no necesitaremos una hora; con media será suficiente. Pasada media hora, será usted libre de hacer lo que quiera… siempre y cuando —añadió lúgubremente— no se encuentre entonces medio muerto de pavor.
—Por supuesto —replicó Hippy—; eso se sobreentiende. Entonces, transcurrida media hora desde el comienzo de su intento, sea el que sea, estaré en mi derecho de utilizar los medios que considere oportunos para detener la prueba; naturalmente, siempre y cuando no haya sentido algo que se parezca siquiera remotamente a la alarma.
Porque en caso de que su intento sea algo verdaderamente desagradable y ofensivo para mí, probablemente haré uso del revólver. Considero razonable dejar este punto claramente entendido, a fin de que lo que en realidad no es más que una broma pesada no termine, por un malentendido, en tragedia.
El príncipe hizo un gesto afirmativo.
—Tiene toda la razón —dijo—. Pasada media hora, puede hacer lo que le plazca. Pero se equivoca al considerar esto una broma, coronel Rowan: no va a haber broma ninguna, y puede que acabe, aun en contra de su voluntad, en tragedia.
Como es fácil imaginar, estas misteriosas palabras de amenaza del apostante, de hacer que en espacio de diez días experimentase la nueva pero sin duda desagradable sensación de terror, no contribuyó a devolverle el sosiego al coronel; y sus interminables especulaciones, tras esta conversación, sobre qué estratagema estarían tramando estos salvajes para asustarle comenzó a atormentarle el cerebro con renovada persistencia. Naturalmente, Eldourdza haría cuanto pudiera por ganar la apuesta… no por el dinero, quizá, puesto que no representaba nada para él, sino polla satisfacción y el placer del triunfo; y naturalmente, también —al menos así se lo decía Hippy a sí mismo—, el príncipe y sus amigos sólo intentarían llevar a cabo el deseado susto mediante algún agente pseudo-sobrenatural; porque no concebían que un vulgar peligro de la vida —digamos, el ataque de un nutrido número de adversarios, fuesen hombres o brutos, el peligro del agua, del fuego o de lo que fuera; en suma, cualquiera de los mil y un males excepcionales que amenazan la vida humana— pudiera asustar a un soldado y viajero tan curtido y experimentado como él, a un hombre cuyo récord de aventuras peligrosas era bien conocido. Los terrores sobrenaturales, por tanto, aquellos cuyo horror se debe al hecho de ser inexplicables, a lo insondable de su poder, a los espantosos enemigos que pueden estar acechando tras el último aliento de vida, prestos a saltar sobre nosotros en cuanto el corazón deje de latir; ésos, o más bien la apariencia de ésos, serían sin duda los únicos con que los bárbaros moldavos tratarían de hacerle perder los nervios. Y cuando esta probabilidad se hizo presente a su imaginación, el coronel Rowan empezó a recordar todas las historias espantosas que había oído sobre espectros, duendes y demás, en tanto su desasosiego y su nerviosa vigilancia (que sólo relajaba cuando se encontraba en su habitación, como es natural) aumentaban de tal modo, a medida que transcurrían los últimos diez días, que al final Adams, que dormía en la habitación contigua, al notar el estado de su señor, montó —sin que nadie se enterase, por supuesto— una vigilancia y custodia del coronel durante esas pocas noches, valiéndose de un agujero en lo alto de la pared, a través del cual podía tener una vista completa del aposento de su amo, y captar cuanto había en él.
Y ocurrió que la penúltima noche Hippy no se acostó hasta el alba, habiendo decidido tras madura reflexión que, fuera cual fuese la broma grotesca que sus amigos fueran a gastarle, haría menos el ridículo en el gabinete que en la cama, y que quizá convenía estar preparado para seguir a los enmascarados cuando salieran de su aposento para castigarlos en otro lugar, y ante toda la casa, en caso de que su conducta resultase demasiado ofensiva. Y tras inspeccionar cada rincón y rendija de su alcoba (como el oculto Adams le vio hacer desde su puesto de observación), encender numerosas velas por la inmensa y anticuada cámara, y echar bastantes leños en el fuego, el coronel encendió un cigarro y se puso a pasear por la habitación, dándole vueltas en la cabeza a la sempiterna interrogante: «¿Qué van a hacer esos torpes locos?». Pregunta que siempre era seguida de la misma conclusión: «Que hagan lo que quieran, con tal que, con su estupidez, no me hagan pasar por un idiota». Probablemente habría arrastrar de cadenas y huesos, y alguna aparición ingeniosamente preparada; incluso algún peligro real, quizá, porque esos hombres eran completos salvajes que no se detenían ante nada con tal de lograr sus fines; y no se sorprendería si llegaba a descubrir una caja de dinamita escondida debajo de su cama.
«Por suerte, ésta es la penúltima noche —se dijo—; y después de todo, esta apuesta me ha enseñado una cosa de la que nunca me había dado cuenta, y que en cierto modo me hace perder la apuesta: porque hay algo que me asusta, a lo que tengo miedo, y a la que voy teniéndole más cada minuto que pasa, y es a que me pongan en ridículo». A continuación detuvo sus paseos y se miró en el espejo. Sí; no había duda, estaba envejeciendo. Le tenía sin cuidado su cabello gris: le era absolutamente indiferente; y lo mismo las patas de gallo y las arrugas… No le contrariaban en absoluto. Pero los ojos, ¡ah!, los ojos estaban perdiendo su luz; aquella luz que se había recreado en tantas cosas hermosas. Pero también era cierto que hasta un rostro joven habría parecido triste, reflejado en este espejo misterioso: porque era muy antiguo, veneciano evidentemente. Sin duda llevaba años aquí, en esta habitación de este castillo perdido en un rincón de Moldavia; y quizá había visto cosas extrañas… y estaba destinado a reflejar (¡quién sabe!), antes de que pasaran tres noches, terrores aún más fantásticos que los que lo habían oscurecido hasta ahora. ¡Lástima que este viejo espejo no pudiera evocar algunas de las imágenes más gratas que reflejó en otro tiempo para que le acompañaran esta noche! Si lo miraba mucho rato, quizá acabara vislumbrando a lo lejos, en el rincón más alejado y oscuro de la habitación, el rostro hermoso y triste de alguna dama moldava que habría llorado y besado y amado y muerto en los viejos tiempos de los hospodars.
Luego arrastró una confortable butaca, la colocó ante los leños encendidos, se sentó en ella y, cogiendo Le Rouge et le Noir, que descubrió en la mesa que tenía al lado, se durmió antes de haber leído gran cosa del maravilloso relato sobre las vicisitudes de Julien Sorel, sólo para despertar cuando el
rubicundo sol,
matando las estrellas y rocíos y sueños y desolaciones de la noche,
se hizo claramente visible a través de las cortinas, y los ruidos de la casa le advirtieron que había comenzado un nuevo día. Entonces se levantó y se fue a acostar, creyendo ingenuamente que con esta pequeña comedia engañaba al omnisciente Adams, el cual, encaramado a una escala en el aposento contiguo, había tenido bajo constante vigilancia a su señor. Este día, el último de Rowan en este mundo, transcurrió sin ningún incidente digno de mención. Jeratczesco anunció en el desayuno que había contratado un grupo de laoutari —cíngaros músicos— para alegrar a sus amigos. Pero como calculaba que llegarían entrada la noche, sus invitados no tendrían ocasión de disfrutar de su música deliciosa y frenética hasta por la mañana.
—Los alojaré en el ala donde duerme usted; allí estarán tranquilos —explicó Tony al coronel Rowan más tarde, cuando estuvieron solos—. Ya sabe lo hermosas que son algunas de esas tsigane, y cuán celosamente las guardan sus hombres. No quiero riñas aquí, y no sé de qué locuras son capaces Eldourdza y sus amigos cuando se emborrachan.
Y la misma noche en que llegaron los gitanos quedó ampliamente demostrado que el prudente Tony había acertado en tomar todas las medidas para asegurar la tranquilidad y la paz mientras estuvieran bajo su techo; porque los magnates moldavos, con Eldourdza a la cabeza, parecieron emborracharse a propósito antes de la hora habitual, y su anfitrión tuvo las mayores dificultades para impedir que saliesen precipitadamente al patio a abrazar a las mujeres del grupo a la luz de la luna, al verlas y oírlas pasar charlando y cantando hacia los aposentos que se les había asignado. La llegada de estos cíngaros, y la perspectiva del cambio que sus actuaciones iban a introducir en la monotonía de la vida diaria del castillo (la cual, dicho sea de paso, habrían encontrado todos, salvo los más entusiastas deportistas, insoportablemente tediosa), levantaron enormemente el ánimo a Hippy Rowan. Y al retirarse por la noche —la penúltima de esta absurda espera de sorpresas, como se recordó a sí mismo con una sonrisa—, abrió su ventana y se puso a observar, desde el otro lado del patio, las luces de las habitaciones ocupadas por los músicos errantes, preguntándose si llevaría este grupo alguna de aquellas mujeres hermosas que él recordaba haber visto entre los músicos gitanos de Strelna, de Moscú: mujeres que eran distintas de cuantas podían encontrarse en cualquier estrato social o país del mundo, y cuyo encanto particular era tan indiscutible como imposible de describir, ya que poseían un don que participaba de lo sobrenatural, emanado, por así decir, de una fuente de infernal fascinación. ¡Qué noche más espléndida! Y era casi Navidad, también: la época de los disfraces espectrales, y… ¡Pero atención!, está cantando una voz de mujer.
Hippy se asomó a escuchar. La voz era baja y muy dulce, aunque la que cantaba estaba evidentemente ocupada en alguna otra tarea que absorbía su atención, porque hacía despreocupadas pausas en su cantar, cuyas palabras, en un dialecto rumano, decían:
Amor disparó su flecha por encima del Mar;
Todas las aguas saltaron gozosas,
Alzando sus brazos de espuma,
Para pedir al sol que detuviese al niño;
Pero el sol les dijo:
«Mis rayos derramo,
Para alegrar con flores a los muertos solitarios».
Aquí cesó la canción un momento; pero poco después la continuó una voz de hombre, que cantó de la misma manera descuidada, deteniéndose de cuando en cuando.
La muerte extendió sus alas sobre el Mar;
Todas las olas, con aliento estremecido,
Suplicaron sollozando a la Luna
Que rasgara las alas plumosas de la Muerte.
Pero la Luna exclamó:
«Mis raudales de plata,
Sólo…».
Pero aquí, una alegre risotada interrumpió al cantante; y aunque poco después Rowan pudo oír las voces de los cíngaros riendo y hablando, no fue capaz de distinguir qué decían, y no hubo más canciones.
«¡Qué gente más extraña! —murmuró Rowan para sí, mientras cerraba la ventana—; ¡y qué vecinos más oportunos en una noche como ésta, cuando en cualquier momento puedo ver entrar al galope una cabalgata de espectros en mi alcoba!»
A continuación, el atento Adams vio a su señor efectuar una meticulosa inspección del cuarto, sentarse junto al fuego, tomar nuevamente el libro de Stendhal y enfrascarse en su lectura, hasta que se quedó dormido.
De repente, Rowan abrió los ojos, despertado por un ruido que le llegaba muy suavemente, pero que, en cuanto sus embotadas facultades lo identificaron, hizo que se pusieran al instante en actividad: era un llanto. Se levantó de un salto y miró por la habitación. No había nadie; el aposento estaba sobradamente iluminado gracias a dos grandes lámparas y varios candelabros, y se veía el fondo sin dificultad: no había criatura animada de ningún género. Prestó atención, pero nada turbaba la quietud de la noche. Debió de ser un sueño. Pero no… ¡atención!, ahí estaba otra vez: era el llanto de alguien presa de una profunda congoja: provenía del corredor, de un punto no alejado de la puerta de su aposento. ¿Debía salir a ver quién era? ¿Formaría esto parte de la mascarada del moldavo? ¡Por supuesto que no! No se les iba a ocurrir iniciar su intento de asustarle con esas conmovedoras expresiones de congoja que sólo podían inspirar piedad y compasión. ¡Otra vez! ¡Oh, qué efusiones de dolor!
Y era mujer: los suspiros largos, jadeantes, interrumpidos por las lágrimas, brotaban en una especial clave de pathos que sólo el corazón femenino, ese tesoro de divina ternura, es capaz de encontrar para solicitar compasión. Otra vez… Sí, efectivamente: era una mujer. ¿Sería acaso una de las laoutari? El corredor conducía a la parte de la casa donde dormía ese grupo y, que él supiera, eran las únicas mujeres que había en la casa, salvo las criadas. Sin duda Eldourdza no tenía nada que ver con esto. Y si lo tuviera, ¿qué? ¿No le acaparaba ya bastante el pensamiento este moldavo patán y borracho, y le hacía cavilar mil especulaciones sobre lo que podía o no podía hacer? ¡Que hiciera lo que quisiera y le viniese en gana, y que se fuera al diablo!
Había una mujer terriblemente afligida al otro lado de la puerta, y él, Hippy, debía acudir sin tardanza: eso estaba clarísimo. Así que, con el revólver en la mano para en caso de necesidad, abrió la puerta y se asomó al corredor a oscuras. Adams, asustado, no quitaba ojo a su amo; pero no oía nada, y no comprendía muy bien el comportamiento del coronel. Al abrir la puerta, Rowan comprobó que había acertado, y que era una mujer la que exhalaba tan lastimeras y desgarradoras expresiones de dolor. Estaba tendida en el suelo, no lejos de su puerta, llorando amargamente, con el rostro oculto entre las manos… como si hubiese estado de rodillas pidiendo compasión y, vencida por la congoja, hubiera caído de bruces. Rowan se dio cuenta en el acto de que sus manos blancas y armoniosas debían de pertenecer a una mujer joven: así que adoptó un tono de especial ternura y compasión, al decirle en el dialecto rumano que había oído cantar a los gitanos:
—¿Qué le ocurre, señora? ¿Puedo ayudarla?
Al oír la voz de Hippy, la acongojada dama, que al parecer no había notado que se había abierto la puerta, dejó de sollozar; y tras una pausa momentánea, alzó la cabeza despacio, retirando a la vez las manos de su rostro, y revelando a los asombrados ojos de Rowan el rostro más adorable que había contemplado en mujer alguna de este mundo: un rostro diferente de cuanto Hippy había visto en su vida. ¿Era la luna, que entraba a través de las ventanas sin cortinas, lo que le confería esa etérea luminosidad? ¿Quién podía ser? Era evidentísimo que no se trataba de una gitana, puesto que su piel era de la más fina y delicada blancura, y su cabello, que le caía en acariciadores rizos sobre la frente, de un suave y exquisito color castaño. Además, su vestido era distinto por completo del de una tsigane, tanto en el color como en la forma, ya que era negro y, a lo que podía ver Rowan, se parecía al hábito de alguna orden religiosa; y un manto no muy diferente a una capucha enmarcaba el hermoso rostro, por así decir. Rowan recordaba haber oído decir que había cierta comunidad en los alrededores. Quizá esta bella afligida pertenecía a esa comunidad. En todo caso, era una mujer muy bella, y le correspondía a él, como hombre de corazón y de gusto, consolar su dolor. Pero para ello, naturalmente, el primero y más necesario paso era hacerse entender; cosa que, por lo que veía, no había conseguido hasta ahora. En efecto, los brillantes ojos violeta le miraban con sorpresa sobresaltada y timidez de gacela, aunque nada temible había en el gesto amable del rostro de Hippy, que se había escondido instintivamente el revólver en el bolsillo, en cuanto vio la patética figura postrada en el corredor. Pero aparte de esta expresión semiasustada, el bello rostro no revelaba otra cosa que dolor: Rowan no percibía en él el más ligero indicio de que sus palabras hubieran transmitido al espíritu de la mujer idea alguna de simpatía y compasión. Habló otra vez, sin recurrir ahora a dialecto alguno, sino con el más puro rumano, y en un tono aún más suave y compasivo que antes; pero la mirada de tímido asombro de la dulce dama siguió inalterable. Comprendiendo entonces que la situación se estaba volviendo ridicula, dijo, esta vez en alemán, y señalando hacia la puerta abierta de su aposento:
—¡Señora, le ruego que me cuente qué le angustia! Pase a mi cuarto, a descansar y calentarse. Créame: no hay nada que yo no haría gustosamente por servirla. Sólo tiene que pedírmelo; soy inglés, caballero y soldado; de modo que puede confiar en mí. Permita que la ayude; vamos, se lo suplico —luego, tras una pausa, aunque la compungida dama no hablaba ni se movía, Hippy se inclinó; y haciéndole indicación de que le siguiera, se dirigió despacio a su habitación, volviéndose a cada momento y repitiendo su gesto de invitación; ella, entre tanto, continuaba de rodillas, mirándole, desde luego, pero sin hacer intento alguno de levantarse y seguirle.
Aunque Adams no había perdido de vista en ningún momento a su amo —cuya espalda, mientras parecía hablar con alguien situado en el corredor, había estado siempre dentro del campo de visión del fiel criado—, sin embargo experimentó una sensación de alivio al ver regresar ahora al coronel a la habitación sano y salvo; aunque intrigó al criado la expresión de ternura y compasión de su cara, así como su manera de volverse cuando llegó a la chimenea, y mirar con inquietud hacia la puerta que acababa de dejar abierta tras él, como si esperase y hasta desease la llegada de algún visitante. Por último, tras espacio de unos minutos —momento que, aunque breve, según pudo apreciar Adams claramente, puso a su amo impaciente—, la deseada visita surgió lentamente de la oscuridad del corredor, y se detuvo en el umbral de la puerta, en una de cuyas jambas posó una mano blanca como para apoyarse. Así fue como Adams vio aparecer la delgada figura vestida de negro de una joven dulce y llorosa; y, por primera vez en su vida, se quedó asombrado, o más bien estupefacto, ante el maravilloso parecido en intensidad de dulzura, en pureza de encanto teñido de aflicción, entre esta visitante nocturna de su señor y una madonna, digamos, de un lienzo de Rafael, ante él en carne y hueso.
Quizá se le ocurrió a Rowan, también, la fantástica idea de que se trataba de la encarnación de una de las vírgenes de Rafael, mientras hacía una profunda reverencia e iba al encuentro de su bella visitante, porque esta vez se dirigió a ella en italiano, agradeciéndole el gran honor que le hacía, expresando toda suerte de corteses y muy italianas protestas de simpatía y respeto, y concluyendo con una preciosa súplica de que no se quedase allí, sino que entrase y se sentase junto al fuego, añadiendo que si de algún modo no le era grata su presencia, se retiraría al punto para que tomase absoluta posesión de su cuarto. Pero este intento de inspirar confianza, vestido con el más selecto toscano, no se vio recompensado con más éxito que el obtenido con el rumano y el alemán. La compungida dama siguió en el umbral con la misma actitud de timidez, mirando al coronel, sin que se atenuase en nada la tierna melancolía de su rostro, sin comprender, por lo visto, una sola de sus palabras, e ignorando incluso el gesto de invitación a que entrase a sentarse.
¿Qué hacer? Naturalmente, no podía coger a esta hermosa y joven madonna en sus brazos y entrarla a la fuerza en su habitación. Sin embargo, parecía insoportablemente ridículo, y hasta inaceptable, dejarla allí en la puerta. ¿Por qué había llegado hasta el umbral, si no tenía intención de entrar aunque no viera nada alarmante? Por supuesto, y sin la menor duda, si lograba hacerla comprender su simpatía y respeto, y que no tenía por qué temer nada de él, entraría y quizá le contaría la causa de su aflicción y le permitiría ayudarla. Y por otro lado, conociendo tantas lenguas como conocía, y hasta dialectos y jergas, parecía casi imposible que no fuera capaz de dar finalmente con algún tipo de lenguaje con que poder transmitir a esta encarnación de la belleza y la pureza espiritual la expresión de su rendido homenaje.
Así que empezó una frenética carrera políglota, haciendo protestas de respeto y simpatía y ofrecimientos de ayuda y amistad en toda clase de lenguas y dialectos que podía recordar, desde su inglés natal a la jerga que hablaban los judíos en la Rusia blanca. Pero todo fue inútil. Finalmente, se vio obligado a hacer una pausa, y a darse por vencido.
—Es usted muy hermosa —dijo por último, con un suspiro, hablando en su inglés natal, y aprovechando la exigua y poco grata ventaja que representaba el que su hermosa oyente no le entendiera para expresarle su admiración con apasionamiento, con tal que su cara no delatase el significado y el ardor de sus palabras—; la mujer más hermosa que creo haber conocido; pero es usted un enigma, y yo no consigo descifrarlo. Me pregunto qué lengua hablará. ¡Sólo la del amor, quizá! Si yo me arrodillara ante usted, o la cogiera en mis brazos y la besara, ¿en qué lengua me rechazaría, o…?
Aquí se detuvo sorprendido. ¿Le engañaban sus ojos, o se estaba insinuando, al fin, un cambio en el rostro de la Madonna, y su timidez y su tristeza dejaban paso lentamente a la expresión de un sentimiento más luminoso? Estaba seguro de que no comprendía la lengua en la que le hablaba porque ya lo había intentado, y sus palabras no habían logrado transmitir mensaje alguno a su espíritu. Pero sin duda había habido un cambio ahora; y algo que él había dicho, algún gesto que había hecho, o alguna expresión de su rostro, le había sido grato; porque se le estaba disipando lentamente la sombra de melancolía. Pero, en cuanto a la lengua, ¿qué diferencia había entre el inglés que había utilizado antes y el de ahora? Ninguna, por supuesto, salvo la del sentido: antes habían sido palabras de respeto y simpatía; ahora, de amor y de ternura. ¿Podía ser que, por alguna maravillosa intuición, su instinto femenino hubiera adivinado al punto las palabras más tiernas? ¿O no sería posible, e incluso probable, que al pronunciarlas hubiera dejado que sus ojos reflejasen su significado, y ella las hubiera leído allí?
Pero era evidente que esa ternura y ese afecto no le habían desagradado; y esta máscara de la madonna, este canon de pureza femenina, podía ser luminado por el gozo del amor.
Tal pensamiento hizo que le corriese fuego por las venas y le latiese el corazón como si tuviera veinte años. Debía comprobarlo, y ahora mismo: le hablaría con palabras de afecto y dejaría que sus ojos tradujesen parcialmente, y a pocos, lo que le decía; con cuidado, por supuesto, y siempre guiado por la respuesta que los de ella dieran a los suyos, a fin de no ofenderla. Y así, empezó a decirle a esta mujer adorable en tono muy grave y bajo, pero con palabras de gran ternura, cuán hermosa le parecía. Y mientras hablaba, sus ojos expresaban cada vez con más claridad el sentido de sus términos; y fue descubriendo, con mayor placer cada vez, que el rostro de la madonna se iba iluminando gradualmente y que el gozo lo transfiguraba a medida que las palabra de creciente pasión, repetidas por las tiernas miradas de sus ojos, brotaban de sus labios.
Pero Rowan no se acercó a ella mientras hablaba, sino que juntaba las manos y permanecía inmóvil, mirándola en el umbral, en tanto ella, cada vez más visiblemente afectada por la creciente emoción, retiraba primero la mano de la jamba donde la había apoyado, y apartaba un poco la capucha de su rostro, revelando aún más, al hacerlo, la ondulada profusión de rizos de color castaño, y luego, mientras se iluminaban poco a poco sus ojos violeta, y sus dulces labios se derretían en una sonrisa de inefable arrobamiento, juntaba ambas manos bajo su mejilla en un gesto de gozo infantil e inocente.
Así estuvo, hasta que el calor de las palabras y la voz y los ojos de Rowan se elevaron a un delirio de pasión; entonces, inclinando la cabeza hacia delante, no para ocultar el suave rubor que asomaba a sus mejillas, sino como una criatura ansiosa de correr a un abrazo de amor, y respondiendo su mirada al ardor que leía en los ojos que la miraban, medio abrió los brazos, como si sólo una virginal timidez contuviera su anhelo de fundirse con él en una caricia. Rowan vio el gesto, dio un paso adelante, abrió los brazos, y la juvenil madonna corrió a sus brazos, cobijando su rostro en el cuello de él, al tiempo que, en un transporte de afecto, Rowan la estrechaba contra su pecho.
En ese mismo instante, un grito terrible recorrió la habitación y la casa, despertó a los tsiganes, que saltaron aterrados de sus lechos, y sobresaltó a los estúpidos moldavos que, habiendo renunciado a asustar de veras a Rowan, habían decidido ponerle en ridículo, y subían ahora sigilosamente por la escalera vestidos con atuendos absurdos y armados con jeringas monstruosas y toda suerte de instrumentos grotescos… Era el grito de un hombre robusto en una agonía de terror. El horrorizado Adams vio a su señor apartar a la mujer con violencia, sacar el revólver del bolsillo, descargar tres de sus cámaras en rápida sucesión sobre ella, tambalearse a continuación y caer de bruces, mientras ella, levantándose del suelo sin daño al parecer, abandonaba sigilosa el aposento por la puerta todavía abierta.
Cuando Adams llegó junto a su amo lo encontró muerto, y descubrió en su cuerpo dos sorprendentes particularidades: la primera era un fuerte olor a almizcle; la segunda, tres pequeñas heridas en el cuello en forma de tres equis juntas. El médico —un alemán— al que llamaron en seguida atribuyó la muerte del coronel Rowan a un aneurisma del corazón, y se negó a dar la más mínima importancia a las tres heridas o mordiscos del cuello. La autopsia confirmó que, referente a la causa de la muerte, el médico había tenido razón en su diagnóstico.
En cuanto a la extraña dama de rostro de madonna, Adams conocía demasiado lo que era el mundo para ir contando a todos los extraordinarios detalles. Se lo confió a Tony Jeratczesco, quien mandó hacer averiguaciones. Pero nadie había visto a tal persona ni sabía nada de ella; de modo que se dejó el asunto. Sólo en los últimos meses, el señor Adams, hoy retirado de su delicada y difícil profesión de ayuda de cámara, y establecido en la vecindad de Newmarket, se dejó persuadir para que hiciese una relación detallada de los extraños sucesos relacionados con la muerte de su señor, mostrase el diario de Hippy Rowan, y completase su historia aportando una fotografía que él mismo había tomado del cuello del muerto, en la que se aprecia claramente la marca del beso de Judas.