Vampiros

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El almohadón de pluma - HORACIO QUIROGA

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Horacio Quiroga

EL ALMOHADÓN DE PLUMA(1907)

Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

Decálogo del perfecto Artista, H. Q.

AL igual que Poe, su primera deidad, Horacio Quiroga es un poeta que explora la máxima tensión de los nervios y repite a su manera, en otra geografía y cerca de un siglo después, sus mismas alucinaciones; sin insinuar con ello ningún menosprecio hacia Quiroga, es interesante llamar la atención sobre esta semejanza, mucho más íntima de lo que parece, sobre todo si comparamos y comprobamos el fatum inaudito que dominó la vida de estos dos escritores.

Quiroga nace el 31 de diciembre de 1876 en la ciudad uruguaya de El Salto. Su nacimiento ya anuncia una tragedia: su padre muere en una cacería al disparársele accidentalmente la escopeta. Como si se tratara de una maldición, la misma pesadilla volverá a visitarle dieciocho años más tarde: su padrastro, tumbado y afásico por un derrame cerebral, arrastrándose penosamente, logra apoderarse de un arma con la que se vuela la cabeza; Quiroga está entre quienes lo encuentran.

En 1900, viaja a París con motivo de visitar la Exposición universal. Embarca como un dandy hacia la meca de la juventud intelectual americana, pero vuelve a Montevideo, unos meses después, sin maletas, sin cuello de camisa, lleno de decepción y turbios recuerdos. Lo único que trae consigo es una barba (que nunca más se afeitará) que le da un aire de petit arabe, como solían apodarle en París.

En 1901, gana un premio literario y publica su primer libro, Los arrecifes de coral. Es una época ociosa y despreocupada en la que funda un cenáculo llamado el Consistorio del Gay Saber y escandaliza en los ambientes burgueses de Montevideo. El destino no se hace esperar: el 5 de marzo de 1902, mientras revisa la pistola de un amigo que iba a batirse, el arma se dispara en sus manos. Con la boca ensangrentada los últimos gestos agónicos de su amigo tratan vanamente de exculparle. Quiroga tendrá aún que soportar un juicio, y aunque queda libre de cargos, no puede librarse de un horrible sentimiento de culpa. Por fin, decide alejarse de Montevideo para no volver nunca más.

Empieza una nueva vida en Buenos Aires junto a su hermana y ejerce de profesor de español en el Colegio Británico. Al cabo de unos meses se hace amigo de Lugones, y éste le invita a participar como fotógrafo en la expedición que dirige a unas ruinas jesuitas en Misiones. El descubrimiento de la selva será un hecho decisivo que marcará su vida y su obra. Más tarde, le veremos intentando llevar adelante una plantación de algodón en Chaco y volver arruinado a Buenos Aires. Allí se casa con una de sus alumnas, Ana María Cirés, para partir de nuevo a la selva de Misiones, donde ha comprado 185 hectáreas de tierra. En su precaria casa de madera, entre bananos y mandiocas, le gusta encontrarse con la intensidad salvaje y amenazadora de la naturaleza. Es entonces cuando comienza a escribir sus relatos más famosos. En diciembre de 1915, increíblemente, vuelve a suceder lo que en su existencia parece ser lo inevitable: su esposa no aguanta más, y con una dosis de biocloruro de mercurio acaba con su vida, sin poder evitar una larga agonía de ocho días.

En 1917 vuelve a Buenos Aires y con gran éxito publica lo mejor de su obra literaria: Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), El salvaje (1920) y Anaconda (1921). Diez años después, embelesado por la belleza de María Elena Bravo, una amiga de su hija, se casa con ella. El matrimonio, como puede suponerse, no será muy feliz y su mujer acabará abandonándole. En 1935 aparece su último libro, Más allá, con cuentos de diversas épocas. Su tensión creativa lleva años apagándose, y eso le mortifica. Poco a poco un cáncer va consumiéndole y finalmente en 1937 ingresa en un hospital. Está solo, es de noche, y posee una dosis de cianuro, que no duda en tomar para alejarse definitivamente de este mundo que tan mal le había tratado.

El almohadón de pluma se publicó por primera vez en la revista Caras y caretas en julio de 1907. Los cuentos de vampiros escritos en nuestra lengua son tan escasos como pobres de invención; el relato de Quiroga es, por el contrario, verdaderamente original y digno de contarse en cualquier antología.

EL ALMOHADÓN DE PLUMA

SU luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, aunque a veces con un ligero estremecimiento cuando, volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril—, vivieron una dicha especial. Sin duda, hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor; más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Había concluido, no obstante, por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente, todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más leve caricia de Jordán. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.

Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle—. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras de suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos fijos. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, volvió en sí. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor.

—Pst… —se encogió de hombros desalentado el médico de cabecera—. Es un caso inexplicable… Poco hay que hacer…

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó; pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había el monstruo vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

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