Vampiros

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Pues la sangre es la vida - FRANCIS MARION CRAWFORD

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Francis Marion Crawford

PUES LA SANGRE ES LA VIDA(1911)

FRANCIS Marion Crawford (1854-1909), hijo del escultor norteamericano Thomas Crawford, nació en Bagni de Lucca, Italia, país en el que pasaría bastantes años de su vida y en el que ambientaría gran parte de su obra, que sobrepasa la cuarentena de libros. Se educó en América. Estudió sánscrito y vivió en la India; allí se interesó especialmente por el ocultismo, que se transluce en su primera novela Mr. Isaacs: A Tale of Modern India (1882), basada en un hecho real. En su variada obra trató temas románticos, To Leeward (1884), Pietro Ghislery (1893), The White Sister (1909); asuntos políticos, An American Politician (1884); novelas históricas como Via Crucis (1893) ambientada en el mundo de los cruzados; o temas místico-fantásticos como en With the Immortals (1888), que trata sobre la resurrección de hombres famosos, o en The Witch of Prague (1891), sobre los efectos perniciosos del hipnotismo. En su momento fue un autor de éxito, con un público fiel que apreciaba sobre todo su talento para evocar países y tiempos lejanos, pero su concepto de la literatura como entretenimiento ha reducido su fama posterior.

Aunque escrito en la década de 1890, For the Blood is the Life se publicó por primera vez en 1911, formando parte de un libro de cuentos algo famoso titulado Wandering Ghosts (o Uncanny Tales en la edición inglesa). Con un sugestivo título, tomado del Deuteronomio 12.23 («Guárdate sólo de comer la sangre, porque la sangre es la vida, y no debes comer la vida con la carne»), este cuento romántico tardío, ambientado en Calabria, es, por su sencillez y su fuerza plástica, uno de los relatos de vampiros más bellos que se han escrito.

PUES LA SANGRE ES VIDA[22]

HABÍAMOS cenado al atardecer en la amplia azotea de la vieja torre, porque allá arriba se estaba más fresco durante los grandes calores del verano. Además, la pequeña cocina ocupaba una de las esquinas de la gran plataforma cuadrada, por lo que era más cómodo comer allí, evitando bajar los platos por la empinada escalera de piedra, rota aquí y allá y totalmente desgastada por el paso de los años. La torre era una de las que, a comienzos del siglo XVI, edificó el emperador Carlos V a lo largo de la costa occidental de Calabria para cerrar el paso a los piratas de Berbería, cuando los infieles se aliaron con Francisco I en contra del Emperador y de la Iglesia. Casi todas se han venido abajo; de las pocas que todavía permanecen intactas, la mía es una de las más grandes.

Cómo llegó a mis manos hace diez años, y por qué paso en ella algunos meses al año, son cuestiones que no atañen a este relato. La torre se alza en uno de los parajes más solitarios del sur de Italia, en la cima de un promontorio rocoso, que se curva formando un puerto natural, pequeño pero seguro, en la extremidad meridional del golfo de Policastro, justo al norte del cabo Scalea, donde, según la antigua leyenda local, nació Judas Iscariote. La torre se alza en solitario sobre aquel recodo de la estribación rocosa, y no se ve una sola casa en tres millas a la redonda. Cuando voy allí, me llevo una pareja de marinos, uno de los cuales es un cocinero excelente. Y cuando me marcho, la dejo al cuidado de un diminuto ser parecido a un gnomo, que en otros tiempos fue minero y que lleva mucho tiempo a mi servicio.

Mi amigo, que a veces me visita en mi soledad veraniega, es artista de profesión, escandinavo de nacimiento, y cosmopolita debido a las circunstancias.

Habíamos cenado al atardecer. El resplandor del ocaso había enrojecido hasta desvanecerse, y la púrpura vespertina teñía la vasta cadena de montañas que ciñen el profundo golfo al este y se elevan cada vez más altas hacia el sur. Hacía mucho calor, y nos sentamos en la esquina de la plataforma que se encuentra más cerca de la tierra, esperando que la brisa nocturna descendiera de las colinas más bajas. El aire perdió color, hubo un corto intervalo de crepúsculo gris oscuro, y una lámpara arrojó un rayo de luz amarilla desde la puerta abierta de la cocina, donde los sirvientes estaban cenando.

Luego, la luna se alzó de improviso por encima de la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeña estribación rocosa y cada montículo de hierba que teníamos a nuestros pies, hasta la orilla del agua inmóvil. Mi amigo encendió su pipa y se sentó a contemplar cierto lugar en la ladera de la colina. Yo sabía que la estaba mirando, y desde hacía mucho tiempo me estaba preguntando si no habría visto algo en ella que le hubiera llamado la atención. Yo conocía bien aquel lugar. Estaba claro que algo le interesaba al fin, aunque tardase bastante en hablar. Como muchos pintores, confiaba en su propia vista, al igual que un león confía en su fuerza y un venado en su velocidad. Y siempre le preocupa no poder reconciliar lo que ve con lo que cree que debería ver.

—Es extraño —dijo—. ¿Ves aquel montículo de tierra a este lado de la roca?

—Sí —dije yo, adivinando adónde quería ir a parar.

—Parece una tumba —observó Holger.

—Muy cierto. Parece una tumba.

—Sí —prosiguió mi amigo, con los ojos clavados todavía en aquel lugar—. Pero lo extraño es que veo un cuerpo tendido encima de ella. Naturalmente —continuó Holger, ladeando la cabeza como suelen hacer los artistas—, debe de ser un efecto de luz. En primer lugar, no se trata ni mucho menos de una tumba. Y en segundo lugar, si lo fuese, el cuerpo estaría dentro y no fuera. Por consiguiente, es un efecto producido por el claro de luna. ¿No lo ves?

—Perfectamente. Siempre lo veo en las noches de luna.

—No parece interesarte mucho —comentó Holger.

—Al contrario, sí que me interesa, aunque ya estoy acostumbrado a verlo. Además, no estás tan lejos de la verdad. El montículo es realmente una tumba.

—¡Tonterías! —gritó Holger, con incredulidad—. ¡Supongo que ahora me dirás que eso que veo tendido encima es realmente un cadáver!

—No —respondí—, no lo es. Lo sé, porque me he tomado la molestia de ir hasta allá abajo y comprobarlo.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó Holger.

—No es nada.

—¿Quieres decir que se trata sólo de un efecto de luz?

—Tal vez lo sea. Pero lo que no acierto a comprender es que da igual que la luna salga o se ponga, que esté en fase creciente o menguante. Basta que haya luna, por el este o el oeste o por encima: en tanto ilumine la tumba, se puede ver sobre ella la silueta de un cuerpo.

Holger atizó su pipa con la punta del cuchillo, y luego apretó el tabaco con el dedo. Cuando hubo prendido bien, se levantó de la silla.

—Si no te importa —dijo—, iré allá abajo y echaré una ojeada.

Se marchó, atravesó la azotea, y desapareció por la oscura escalera. No me moví, sino que me quedé allí sentado mirando hacia abajo, hasta verle salir de la torre. Le oí canturrear una vieja canción danesa, mientras atravesaba el descampado bajo la radiante luz de la luna, dirigiéndose en línea recta al misterioso montículo. Al llegar a unos diez pasos de distancia, se detuvo en seco, dio dos pasos hacia adelante, luego tres o cuatro hacia atrás, y finalmente se detuvo de nuevo. Yo sabía bien por qué. Había llegado al lugar en donde la Cosa dejaba de ser visible… en donde, como él habría dicho, el efecto de luz cambiaba.

Después prosiguió hasta llegar al montículo, sobre el que se detuvo. Yo podía ver todavía la Cosa, pero ya no estaba tendida. Ahora estaba de rodillas, rodeando el cuerpo de Holger con sus brazos blancos y mirándole al rostro. En aquel momento, un soplo de brisa gélida agitó mis cabellos, mientras el viento de la noche comenzaba a descender de las colinas. Pero más bien me pareció un aliento procedente de otro mundo.

Parecía que la Cosa estaba intentando ponerse de pie, con la ayuda del cuerpo de Holger, mientras éste se mantenía en posición vertical, sin darse cuenta de nada y aparentemente mirando hacia la torre, muy pintoresca cuando la luz de la luna le cae de ese lado.

—¡Regresa! —le grité—. ¡No te quedes ahí toda la noche!

Al alejarse del montículo, me pareció que lo hacía de mala gana, o bien con ciertas dificultades. Sí, era eso. Los brazos de la Cosa se aferraban todavía a la cintura de Holger, pero sus pies no podían abandonar la tumba. De suerte que, cuando mi amigo avanzó lentamente y tiró de ella, se alargó como si se tratara de una espiral de bruma, tenue y blancuzca, hasta que vi claramente a Holger agitarse, como si se estremeciera. En ese mismo instante la brisa trajo hasta mí un leve gemido de dolor… tal vez el grito de la pequeña lechuza que vive entre las rocas. Y la presencia brumosa se desprendió rápidamente de la figura en progresión de Holger, tendiéndose una vez más cuán larga era sobre el montículo.

De nuevo sentí en mis cabellos la gélida brisa, y esta vez un glacial estremecimiento de terror me corrió por la espina dorsal. Recordé muy bien que en una ocasión había ido allí solo, a la luz de la luna, y que, a pesar de encontrarme cerca, no había visto nada; al igual que Holger había llegado hasta el montículo y me había detenido encima de él. Y cuando regresé, convencido de que allí no había nadie, de repente tuve la convicción de que había algo, después de todo, y que lo habría visto si hubiera mirado detrás de mí. También recordé la intensa tentación que sentí de volverme atrás, tentación a la que me había resistido por considerarla indigna de una persona sensata, hasta que, para librarme de ella, me sacudí, exactamente como hiciera Holger.

Ahora sabía que aquellos brumosos brazos blancos también me habían rodeado a mí. Me di cuenta de ello en una especie de iluminación repentina. Y me estremecí al recordar que entonces también había oído al ave nocturna. Pero seguramente no había sido ella. Fue, sin duda, el grito de la Cosa.

Volví a llenar mi pipa y me serví un vaso de vino fuerte del sur. En menos de un minuto, Holger había vuelto a sentarse a mi lado.

—No hay nada allí, desde luego —dijo—, pero lo mismo se le pone a uno la carne de gallina. ¿Sabes que mientras regresaba estaba tan seguro de que había algo detrás de mí, que sentí deseos de volverme a mirar? Me costó muchos esfuerzos no hacerlo.

Soltó una risita, golpeó la pipa para hacerle caer la ceniza, y se sirvió un poco de vino. Durante un buen rato ninguno de los dos hablamos. La luna se elevó más en el cielo y ambos miramos a la Cosa tendida sobre el montículo.

—Podrías inventarte una historia a partir de eso —dijo Holger al cabo de un rato.

—Existe una —respondí—. Si no tienes sueño, te la contaré.

—Adelante —dijo Holger, a quien le gustaban mucho las historias.

—El viejo Alario se estaba muriendo en la aldea que hay al pie de la colina. Sin duda, le recordarás. Se decía que había hecho fortuna vendiendo joyas falsas en América del Sur, escapándose con sus ganancias antes de que lo descubrieran. Como toda esa gente cuando logra regresar con algo de dinero, inmediatamente se puso a trabajar para agrandar su casa; y como aquí no hay albañiles, mandó buscar dos de ellos a Paola. Eran un par de sinvergüenzas de aspecto brutal: un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano con una vieja cicatriz de media pulgada de profundidad que le atravesaba la mejilla izquierda. Les veía a menudo, pues los domingos solían venir aquí abajo a pescar en los escollos. Cuando Alario contrajo las fiebres que le mataron, los albañiles todavía seguían trabajando. Como habían convenido con Alario en que parte de la paga consistiría en proporcionarles alojamiento y comida, ambos dormían en la casa.

»La mujer del anciano había muerto, y sólo tenían un hijo llamado Angelo, que era mucho mejor persona que él. Angelo iba a casarse con la hija del hombre más rico del pueblo, y, aunque parezca extraño, si bien el matrimonio lo planearon sus padres, se decía que los dos jóvenes estaban realmente enamorados el uno del otro.

»La verdad es que todas las aldeanas estaban enamoradas de Angelo, y entre las restantes una criatura salvaje y bien parecida llamada Cristina, la muchacha más parecida a una gitana que yo jamás haya visto por estos lugares. Tenía los labios muy rojos y los ojos muy negros, era bien proporcionada como un galgo, y poseía una lengua diabólica. Pero a Angelo no le importaba un comino. Era un chico más bien candoroso, completamente distinto a ese viejo bribón de su padre, y en circunstancias que yo calificaría de normales, creo de verdad que nunca habría mirado a una muchacha que no fuera la simpática y regordeta criatura, de rica dote, que su padre quería hacerle desposar. Mas ocurrieron cosas que no fueron normales ni naturales.

»Por otra parte, un pastor joven y muy guapo, que vivía en las colinas que hay encima de Maratea, estaba enamorado de Cristina, aunque ella, al parecer, no quería saber nada de él. Cristina no disponía de recursos económicos normales, pero era una buena chica siempre dispuesta a hacer cualquier trabajo o a desplazarse a cualquier distancia a llevar un recado a cambio de una barra de pan o de un plato de habichuelas, y el permiso para dormir bajo techado. Sobre todo era feliz cuando encontraba algo que hacer en la casa del padre de Angelo.

»Como no hay médico en la aldea, cuando los vecinos advirtieron que el anciano Alario se estaba muriendo, enviaron a Cristina a Stalea a buscar uno. Era tarde avanzada. Habían esperado tanto porque el moribundo, que era avaro, mientras estuvo en condiciones de hablar no quiso permitir semejante extravagancia. Pero mientras Cristina estaba de camino, las cosas empeoraron rápidamente. Llamaron al sacerdote y lo llevaron junto a la cabecera del moribundo, y cuando hubo hecho lo que pudo, comunicó a los presentes que, en su opinión, el anciano había muerto. Y abandonó la casa.

»Ya conoces a esa gente. Sienten un horror físico a la muerte. Hasta que no habló el sacerdote, la habitación había estado llena de gente. Mas antes de que salieran de su boca las últimas palabras ya estaba vacía. Bajaron todos corriendo por la escalera oscura y salieron a la calle. Era ya noche cerrada.

»Angelo, como ya he dicho, estaba ausente y Cristina no había regresado todavía. La sirvienta simplona que había cuidado al enfermo huyó con los demás, y dejó solo el cadáver a la luz vacilante de la lámpara de aceite.

»Cinco minutos después, dos hombres miraron al interior con cautela y avanzaron de puntillas en dirección a la cama. Eran el albañil napolitano tuerto y su compañero siciliano. Sabían muy bien lo que buscaban. En un momento sacaron de debajo de la cama un cofre pequeño y pesado con zunchos de hierro, y mucho antes de que nadie pensara en volver a donde estaba el muerto, habían abandonado la casa y la aldea, protegidos por la oscuridad de la noche. Les resultó bastante fácil, ya que la casa de Alario es la última antes de llegar al desfiladero que conduce hasta aquí abajo, y los ladrones no tuvieron más que salir por la puerta trasera y salvar el muro de piedra. No corrían ningún riesgo, salvo el de encontrar algún campesino retrasado, posibilidad muy remota en efecto, porque muy pocos utilizan ese sendero. Llevaban un pico y una pala, y se abrieron paso sin ningún contratiempo.

»Te estoy contando esta parte de la historia tal como imagino que debe de haber sucedido, pues, por supuesto, no hubo ningún testigo. Los hombres bajaron el cofre al desfiladero, con la intención de enterrarlo hasta que pudieran regresar a llevárselo en un bote. Debieron de ser lo bastante astutos para imaginar que parte del dinero estaría en billetes de banco, pues si no lo habrían enterrado en la arena húmeda de la playa, donde hubiera estado mucho más seguro. Pero el papel se habría podrido en caso de haberse visto obligados a dejarlo allí mucho tiempo, así es que cavaron un agujero allá abajo, cerca de esa roca. Sí, exactamente donde ahora está el montículo.

»Cristina no encontró al doctor en Scalea, porque le habían llamado de una aldea en lo alto del valle, a mitad de camino a San Doménico. Si lo hubiera encontrado, habría venido en su mulo por el camino alto, que es más llano si bien mucho más largo. Pero Cristina tomó el atajo entre las rocas, que pasa a unos cincuenta pies por encima del montículo y rodea aquel rincón. Cuando ella pasó, los hombres estaban cavando y los oyó. Habría sido muy improbable que la joven siguiera su camino sin tratar de descubrir qué significaba aquel ruido, pues jamás en toda su vida tuvo miedo de nada. Además, los pescadores desembarcaban allí de noche a coger piedras para fondear o leña para encender una pequeña fogata.

»La noche estaba oscura y probablemente Cristina se acercó bastante a los dos hombres antes de que pudiera ver lo que estaban haciendo. Les conocía, naturalmente, y ellos la conocían a ella, por lo que de inmediato comprendieron que estaban en sus manos. Sólo podían hacer una cosa para salvarse, y la hicieron. La golpearon en la cabeza, cavaron más hondo el agujero, y la enterraron rápidamente junto con el cofre zunchado de hierro. Debieron comprender que el único modo de evitar las sospechas consistía en estar de vuelta en la aldea antes de que advirtieran su ausencia, pues regresaron de inmediato, y media hora después los encontraron charlando tranquilamente con el hombre encargado de fabricar el ataúd de Alario. Era un amigote suyo, y también él había trabajado en las obras de reparación de la casa del viejo. Por lo que he podido saber, se suponía que las únicas personas que conocían dónde guardaba Alario su tesoro eran Angelo y la sirvienta que ya he mencionado. Angelo estaba ausente, y fue la mujer quien descubrió el robo.

»Se explica fácilmente que ninguna otra persona supiera dónde estaba el dinero. El anciano cerraba la puerta con llave cuando se marchaba, llevándosela en el bolsillo, y no permitía que la mujer entrara a hacer la limpieza a menos que estuviera él presente. Todo el pueblo sabía, no obstante, que el anciano tenía dinero en alguna parte, y seguramente los albañiles habían descubierto el sitio en donde ocultaba el cofre, encaramándose a la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirando hasta perder el conocimiento, sin duda alguna habría sufrido espantosamente pensando en sus riquezas.

»La fiel sirvienta se olvidó de su existencia sólo un rato, cuando huyó con los demás abrumada por el horror de la muerte. No habían pasado diez minutos todavía cuando regresó con dos brujas viejas y espantosas, de esas que siempre se suelen llamar para preparar a los muertos para la sepultura. Aun entonces, la sirvienta no tuvo, al principio, el coraje de acercarse con ellas a la cama, sino que fingió haber dejado caer algo, se arrodilló como si lo buscara, y miró debajo del armazón de aquella. Las paredes de la habitación habían sido encaladas recientemente hasta el suelo, y le bastó una ojeada para darse cuenta de que el cofre había desaparecido. Había estado allí por la tarde, por consiguiente debían haberlo robado en el breve intervalo después de que ella abandonara la habitación.

»En la aldea no hay ningún puesto de carabineros; ni siquiera tienen un guardia municipal, ya que no se trata de un municipio. Creo que jamás ha existido un sitio como éste. Scalea tiene que ocuparse de él, no se sabe bien cómo, y se necesita un par de horas para traer a alguien de allí. Como la vieja había vivido toda su vida en la aldea, ni siquiera se le ocurrió pedir ayuda a alguna autoridad civil. Simplemente lanzó un aullido y atravesó la aldea corriendo, en medio de la oscuridad, clamando que en la casa de su difunto amo se había producido un robo. Se asomó mucha gente a las ventanas, pero al principio nadie parecía dispuesto a ayudarla. Poniéndose en su lugar, la mayor parte de los aldeanos se susurraron el uno al otro que probablemente era ella la ladrona.

»El primero en actuar fue el padre de la chica que Angelo iba a desposar. Reunió a los suyos, todos ellos interesados personalmente en la riqueza que iba a heredar la familia, y declaró que en su opinión el cofre lo habían robado los dos albañiles que se alojaban en la casa. Él mismo se encargó de encabezar su búsqueda, comenzando naturalmente por la casa de Alario para terminar en la carpintería, donde encontraron a los presuntos ladrones compartiendo una medida de vino con el carpintero, sobre el ataúd casi terminado, a la luz de una lámpara de barro llena de aceite y sebo. Los delincuentes fueron inmediatamente acusados del crimen, y amenazados con ser encerrados en el sótano hasta que los carabineros llegaran de Scalea. Los dos hombres se miraron el uno al otro y luego, sin la menor vacilación, apagaron la única luz, cogieron entre ambos el ataúd sin terminar, y sirviéndose de él a modo de ariete, se lanzaron contra los asaltantes amparados en la oscuridad. En pocos minutos estaban muy lejos para ser alcanzados.

»Así concluye la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no habiéndose encontrado ningún rastro de él, la gente naturalmente pensó que los ladrones habían logrado llevárselo. El anciano fue enterrado y cuando Angelo al fin regresó, tuvo que pedir un préstamo para pagar el mísero funeral, y no le fue fácil conseguirlo.

»No hubo necesidad de decirle que al perder la herencia había perdido también la novia. En esta parte del mundo los matrimonios se hacen en base a principios estrictamente comerciales, y si el dinero convenido no llega el día señalado, la novia o el novio cuyos padres no cumplieron lo prometido ya pueden irse con viento fresco, pues ya no habrá boda. El pobre Angelo lo sabía muy bien. Su padre apenas tenía tierras, y una vez desaparecido el dinero que con tantas dificultades había traído de América del Sur, no quedaban más que deudas por los materiales de construcción que iban a ser utilizados para agrandar y mejorar la vieja casa. Angelo estaba arruinado, y la simpática y regordeta criatura que iba a ser suya, conforme a todas las reglas, le despreció.

»En cuanto a Cristina, pasaron varios días antes de que notaran su ausencia, pues nadie recordaba que la habían enviado a Scalea en busca del doctor, el cual nunca llegó. Ella solía desaparecer a menudo del mismo modo durante varios días seguidos, cuando lograba encontrar algún trabajo aquí o allá en las lejanas alquerías que había en las colinas. Pero cuando vieron que no regresaba, la gente empezó a extrañarse, convenciéndose finalmente de que estaba confabulada con los albañiles y había huido con ellos.

Hice una pausa y vacié mi vaso.

—Sólo aquí pueden suceder semejantes cosas —observó Holger, llenando de nuevo su sempiterna pipa—. Es asombroso el atractivo natural que tienen el asesinato y la muerte repentina en un país romántico como éste. Hechos que en cualquier otro lugar serían simplemente brutales y repugnantes, se tornan dramáticos y misteriosos porque estamos en Italia y vivimos en una auténtica torre construida por Carlos V para defenderse de los auténticos piratas berberiscos.

—Sí, algo hay de eso —admití. En el fondo, Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre considera necesario explicar el porqué de sus sentimientos.

—Supongo que encontraron el cadáver de la infeliz chica junto con el cofre —dijo poco después.

—Como parece que te interesa —respondí—, te contaré el resto de la historia.

Para entonces la luna estaba ya muy alta, y podíamos ver con mayor claridad que antes la silueta de la Cosa sobre el montículo.

—La aldea volvió muy pronto a la monotonía de su vida insignificante. Nadie echó de menos al viejo Alario. Había estado tanto tiempo lejos en sus viajes a América del Sur que jamás logró convertirse en un personaje popular en su tierra natal.

Angelo vivía en la casa a medio terminar. Y como ya no tenía dinero para pagarla, la vieja sirvienta no seguía con él, sino que muy de vez en cuando iba a lavarle una camisa porque le conocía desde hacía mucho. Además de la casa, Angelo había heredado una pequeña parcela de terreno algo distante de la aldea. Intentó cultivarla, pero no se tomaba a pecho el trabajo, porque sabía que nunca podría pagar los impuestos sobre el terreno y la casa, y que seguramente el Gobierno los confiscaría, o los subastaría para saldar la deuda por los materiales de construcción, cuya devolución se negaba a aceptar el proveedor.

»Angelo se sentía muy desdichado. Mientras su padre vivió y fue rico, todas las chicas de la aldea habían estado enamoradas de él. Pero ahora todo había cambiado. Había sido muy agradable que le admiraran y cortejaran, y que todos los padres que tenían hijas casaderas le invitaran a beber vino. Ahora era bastante duro que le miraran con frialdad, y que algunas veces se burlaran de él porque le habían robado la herencia. Él mismo cocinaba sus míseras comidas, y pasó de estar triste a convertirse en una persona melancólica y taciturna.

»Al crepúsculo, cuando el trabajo del día estaba concluido, en lugar de haraganear con los jóvenes de su edad en el descampado que había frente a la iglesia, se aficionó a vagar por parajes solitarios en las afueras de la aldea, hasta que oscurecía del todo. Luego entraba en su casa furtivamente y se metía en la cama para ahorrar gastos de luz.

»Mas en aquellas horas solitarias del crepúsculo empezó a tener extraños sueños, pese a estar despierto. No siempre estaba solo. A menudo, cuando se sentaba en el tocón de algún árbol, allí donde el angosto sendero bordea el desfiladero, estaba seguro de ver una mujer saliendo de entre las piedras, silenciosamente, como si llevara los pies descalzos; luego se detenía bajo un grupo de castaños, a tan sólo media docena de yardas de distancia del sendero, y le hacía señas en silencio. Aunque la mujer estaba a la sombra, Angelo sabía que sus labios eran rojos, y que cuando se separaban un poco y le sonreían, mostraban dos pequeños dientes puntiagudos. Al principio más que verlo lo adivinaba. Y también presentía que se trataba de Cristina, y que estaba muerta. Sin embargo no sentía miedo; únicamente se preguntaba si no sería un sueño, porque suponía que de haber estado despierto se habría asustado.

»Además, la mujer muerta tenía los labios rojos, y eso únicamente puede suceder en un sueño. Cada vez que se acercaba al desfiladero después de la puesta del sol, ella estaba allí esperándole, o bien aparecía en seguida. Y Angelo comenzó a abrigar la seguridad de que cada día la joven se le acercaba más. Al principio sólo estaba seguro de su boca roja como la sangre, pero ahora distinguía con mayor claridad cada uno de sus rasgos, y el pálido rostro le miraba con ojos hundidos y famélicos.

»Debía de ser la vista, que se le nublaba. Poco a poco llegó a convencerse de que algún día el sueño no se terminaría cuando volviera el rostro para irse a casa, sino que le llevaría hasta el desfiladero en donde surgía la visión. Cuando en esta ocasión le hizo señas, la joven estaba más cerca. Sus mejillas no estaban lívidas como las de un muerto, sino pálidas por la inanición. Y sus ojos parecían devorarlo con insaciable y frenética avidez, deleitándose con su alma y hechizándole, hasta adueñarse de él finalmente cuando se aproximaron a los suyos. No habría sabido decir si el aliento de ella era cálido como el fuego, o gélido como el hielo; si sus labios rojos abrasaron a los suyos o los dejaron helados; si sus cinco dedos laceraron sus muñecas dejando un rastro de cicatrices o mordieron su carne como hace la escarcha; si él estaba despierto o dormido; si ella estaba viva o muerta… Lo único que sabía es que, entre todas las demás criaturas terrenas o sobrenaturales, ella era la única que le amaba, y que su encanto tenía poder sobre él.

»Aquella noche, cuando la luna se elevó, la sombra de aquella Cosa ya no estaba sola encima del montículo.

»Angelo se despertó al alba, empapado por el rocío y tiritando de frío. Abrió sus ojos a la tenue luz grisácea y vio que las estrellas brillaban todavía por encima de su cabeza. Estaba muy débil, y su corazón latía tan despacio que casi se sentía mareado. Lentamente volvió la cabeza hacia el otro lado del montículo, que hacía las veces de almohada, pero el otro rostro ya no estaba a su lado. Súbitamente se apoderó de él un miedo indecible y desconocido; se levantó de un salto y huyó del desfiladero, sin mirar hacia atrás hasta llegar a la puerta de su casa en las afueras del pueblo. Aquel día acudió con desgana a su trabajo cotidiano, y las horas se arrastraron cansinas en pos del sol, hasta que por fin éste alcanzó el mar y se ocultó, y las colmas empinadas más allá de Maratea se tornaron púrpura contra el cielo oriental de color gris paloma.

»Angelo se echó al hombro el pesado azadón y abandonó el campo. Se sentía menos cansado que por la mañana, cuando se había puesto a trabajar. Pero se prometió a sí mismo que iría a casa sin demorarse en el desfiladero, se comería la mejor cena que pudiera procurarse, y dormiría toda la noche en su cama como un cristiano. Nunca más se dejaría seducir en aquel sendero angosto por ninguna sombra de labios rojos y aliento helado. Nunca más soñaría aquel sueño delicioso y terrorífico. Se aproximaba ya a la aldea; hacía media hora que el sol se había puesto, y las suaves notas disonantes de la campana desafinada de la iglesia resonaban entre las peñas y los barrancos, anunciando a todas las personas de bien que la jornada había terminado.

»Angelo se detuvo un momento en el lugar en donde el sendero se bifurcaba, conduciendo por la izquierda a la aldea, y descendiendo por la derecha hasta el desfiladero, en donde un grupo de castaños extendía sus ramas sobre aquel angosto paso. Se detuvo un minuto todavía, alzando su sombrero estropeado y contemplando el mar que desaparecía progresivamente hacia el oeste. Sus labios se movieron mientras repetía en silencio la acostumbrada plegaria vespertina. Mas las palabras que siguieron a ese movimiento, al llegar a su cerebro perdieron su significado hasta convertirse en otras, y terminó por pronunciar un nombre en voz alta: ¡Cristina! Apenas pronunciar el nombre, se relajó súbitamente la tensión de su voluntad, la realidad se borró, y de nuevo le embargó el sueño, conduciéndole hacia allá bajo, con la rapidez y seguridad de un sonámbulo, por el empinado camino cada vez más oscuro.

»Mientras se deslizaba a su lado, Cristina le susurró al oído dulces y extrañas palabras, que por alguna razón él sabía que de haber estado despierto no las habría comprendido del todo. Mas ahora le parecían las palabras más maravillosas que jamás escuchara en toda su vida. Y ella también le besó, aunque no en la boca. Sintió el beso intenso de la joven en su blanca garganta, y vio que sus labios eran rojos. Así que vivió otra vez aquel sueño delirante durante el crepúsculo, el anochecer y la salida de la luna, y a lo largo de toda aquella espléndida noche de verano. Mas cuando llegó el frío amanecer Angelo yacía sobre el montículo, como medio muerto, recordando y a la vez olvidándose de todo, vacío de sangre, pero con el extraño anhelo de ofrecer todavía más a aquellos labios rojos.

»Entonces hizo su aparición el miedo, el atroz pánico sin nombre, el horror mortal que custodia los confines del mundo que no vemos, ni conocemos como las demás cosas, pero cuya presencia sentimos en cuanto su gélido estremecimiento nos hiela los huesos y el tacto de una mano espectral nos revuelve los cabellos. Una vez más Angelo se levantó de un salto del montículo y huyó del desfiladero al despuntar el día, pero su andar era menos firme y jadeaba al correr. Y cuando llegó al límpido manantial que brota a medio camino subiendo la colma, se dejó caer de rodillas, hundió el rostro en el agua y bebió como nunca bebiera antes, pues su sed era como la de un herido que hubiera yacido toda la noche sobre el campo de batalla desangrándose.

»Lo tenía firmemente atrapado, y ya no podía escaparse de ella; al contrario, volvería a ella todas las tardes a la puesta del sol hasta que se bebiera la última gota de su sangre. En vano trataba él, al acabar el día, de tomar otro camino de vuelta a casa que no pasara cerca del desfiladero. En vano, cada mañana cuando despuntaba el día, prometíase a sí mismo no volver allí, mientras ascendía el solitario sendero que conduce de la costa a la aldea. Todo era inútil, porque cuando el abrasador sol se hundía en el mar, y el frescor de la noche salía a hurtadillas de su escondite para hacer más divertido este mundo fastidioso, sus pies se dirigían al camino conocido, donde ella le esperaba a la sombra de los castaños. Y todo sucedía del mismo modo: ella comenzaba a besarle su garganta blanca, mientras revoloteaba a su alrededor por el camino y le abrazaba.

»Mientras a él empezaba a escasearle la sangre, ella estaba cada día más ansiosa y sedienta. Y cuando se despertaba todas las mañanas al alba, cada vez le era más difícil y fatigoso levantarse y ascender la empinada senda que llevaba a la aldea. Y cuando iba a su trabajo arrastraba los pies penosamente, y apenas tenía fuerza en los brazos para manejar el pesado azadón. Ya casi no hablaba con nadie, pero la gente decía que se estaba “consumiendo” por el amor de la chica que iba a desposar cuando perdió la herencia; y se reían de buena gana al pensar en ello, pues este país no es nada romántico.

»A esas alturas, Antonio, el hombre que cuida la torre, regresó de una visita a sus familiares, que viven cerca de Salerno. Había estado ausente desde antes de la muerte de Alario y nada sabía de lo ocurrido. Me contó que regresó ya avanzada la tarde, y que se encerró en lo alto de la torre para comer y dormir, pues estaba muy fatigado. A medianoche se despertó, y, cuando miró afuera, la luna menguante se elevaba por encima de la cresta de la colina. Luego miró en dirección al montículo y vio algo que ya no le dejó dormir en toda la noche. Cuando salió de nuevo por la mañana era ya pleno día y sobre el montículo no se veía más que un montón de piedras y arena. Sin embargo no se acercó a él; subió derecho a la aldea y fue inmediatamente a la casa del viejo sacerdote.

»—Esta noche he visto algo horrible —dijo—. He visto a un muerto beber la sangre de un vivo. Y la sangre es vida.

»—Cuéntame lo que has visto —replicó el sacerdote.

»Antonio le contó todo lo que había visto.

»—Esta noche debe traer su misal y el agua bendita —añadió—. Estaré aquí antes de la puesta de sol para ir allá abajo con usted, y si a su reverencia le place cenar conmigo mientras esperamos, me encargaré de prepararlo todo.

»—Aquí estaré —contestó el sacerdote—. Yo también he leído en libros antiguos sobre estos seres extraños que no están ni vivos ni muertos, y que yacen en sus tumbas bien conservados siempre, saliendo furtivamente de ellas en la oscuridad para saborear la vida y la sangre.

»Antonio no sabía leer, pero se alegró al ver que el sacerdote era un entendido en la materia. Porque, sin duda, los libros debían haberle enseñado los medios de proporcionar la paz eterna a esa Cosa que estaba viva a medias.

»Así pues, Antonio se marchó a su trabajo, que consiste principalmente en estar sentado a la sombra de la torre, cuando no está encaramado en una roca con un sedal en la mano para no pescar nada. Mas aquel día fue un par de veces a examinar el montículo bajo el sol resplandeciente, y buscó a su alrededor algún agujero por el que aquel ser pudiera entrar y salir. Mas no halló ninguno. Cuando el sol comenzó a ocultarse y el aire era más fresco con las primeras sombras, fue a buscar al anciano sacerdote, llevando consigo un pequeño cesto de mimbre, en el que había puesto una botella de agua bendita, y la palangana, el hisopo y la estola que aquél necesitaría. Juntos bajaron hasta aquí y aguardaron ante la puerta de la torre hasta que oscureciera del todo. Pero mientras todavía quedaba algo de luz, vieron, allí mismo, dos figuras en movimiento: un hombre que avanzaba, y una mujer que iba a su lado, con la cabeza inclinada sobre su hombro, besándole en la garganta.

»El sacerdote me lo confirmó todo, y también que le castañeteaban los dientes, por lo que se aferró al brazo de Antonio. La visión cruzó por delante de ellos y desapareció en la oscuridad. Entonces Antonio cogió el frasco de cuero lleno de aguardiente, que guardaba para las grandes ocasiones, y bebió tal trago que casi creyó haber rejuvenecido de nuevo. Después le entregó al sacerdote su estola para que se la pusiera y el agua bendita para que la llevara consigo, y ambos salieron juntos hacia el lugar en donde iban a hacer su trabajo. Antonio confiesa que a pesar del aguardiente le temblaban las rodillas, y que el sacerdote balbuceaba su latín.

»Cuando todavía estaban a unas pocas yardas del montículo, la vacilante luz del farol cayó sobre el rostro pálido de Angelo, que parecía dormido, y sobre su garganta vuelta hacia arriba, de la que goteaba un finísimo reguero de sangre que le corría por el cuello. La vacilante luz del farol alumbró también otro rostro que alzaba la vista de su festín: dos ojos hundidos y apagados, que veían pese a estar muertos; dos labios entreabiertos, más rojos que la vida misma; dos dientes relucientes en los que brillaba una gota rosada. Entonces el bueno del sacerdote cerró los ojos y roció agua bendita delante de él, alzando su voz cascada hasta casi proferir un grito. Y Antonio, que después de todo no es cobarde, levantó el pico en una mano y el farol en la otra, mientras seguía avanzando, sin saber cómo terminaría todo. Luego jura que oyó el grito de una mujer, y la Cosa desapareció. Y Angelo yacía solo sobre el montículo, inconsciente, con un reguero rojo en la garganta y la helada frente perlada de gotas de sudor mortal. Le levantaron, medio muerto como estaba, y lo recostaron en el suelo muy cerca de ellos. Antonio se puso a trabajar y el sacerdote le ayudó, aunque era viejo y poco podía hacer. Cavaron hondo y al fin Antonio, que permanecía de pie en la tumba, se agachó con el farol en la mano para ver lo mejor posible.

»Sus cabellos eran de color castaño oscuro, con algunos mechones entrecanos en las sienes; en menos de un mes se le habían puesto tan grises como un tejón. De joven había sido minero, y la mayor parte de esta gente ha contemplado de vez en cuando cosas desagradables. Mas jamás había visto nada semejante a lo que vio aquella noche: aquella Cosa que no estaba ni viva ni muerta, aquella Cosa que no podía morar ni en la tumba ni sobre la tierra.

»Antonio se había llevado consigo algo que el sacerdote no había advertido: una estaca puntiaguda que se había fabricado aquella misma tarde con un antiguo trozo de madera dura arrojada por el mar. La llevaba consigo, así como su pesado pico, y con ellos y un farol en la mano había bajado a la tumba. Creo que nada en el mundo podría inducirle a referir lo que entonces sucedió. Y el anciano sacerdote estaba demasiado aterrorizado para mirar. Según dice, oyó a Antonio resoplar como una fiera salvaje, y menearse como si luchara con algo casi tan fuerte como él mismo. Y escuchó también un ruido horrible, una sucesión de golpes, como si algo penetrara violentamente a través de la carne y los huesos. Luego, el ruido más espantoso de todos: un alarido de mujer, el grito sobrenatural de una mujer ni viva ni muerta, que, no obstante, había estado enterrada a bastante profundidad durante muchos días. Y él, pobre y anciano sacerdote, únicamente podía temblar, arrodillado en la arena, gritando en voz alta sus plegarias y exorcismos para tratar de ahogar aquellos espantosos ruidos.

»Luego, de repente, fue lanzado al exterior un pequeño cofre zunchado de hierro, que rodó hasta chocar con la rodilla del anciano. Y un momento después Antonio se encontraba a su lado, con el rostro tan pálido como el sebo a la vacilante luz del farol, echando paletadas de arena y guijarros al interior de la tumba a toda prisa, y mirando por encima del borde hasta que el hoyo estuvo medio lleno. Y el sacerdote refirió que en las manos de Antonio y sobre sus ropas había mucha sangre fresca.

Había llegado al final de mi historia. Holger apuró su vaso de vino y se reclinó en el sillón.

—Así es que Angelo recuperó otra vez lo suyo —dijo—. ¿Se casó con la joven remilgada y regordeta a la que había estado prometido?

—No. Había recibido un susto excesivo. Se marchó a América del Sur y desde entonces nada se supo de él.

—Y supongo que el cuerpo de aquella infeliz todavía sigue allí —dijo Holger—. Me pregunto si estará ya completamente muerta.

También yo me pregunto lo mismo. Pero, muerta o viva, no siento deseo alguno de verla, ni siquiera a pleno día. Antonio tiene ahora el cabello totalmente gris, como un tejón, y nunca ha vuelto a ser el mismo desde aquella noche.

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