Vampiros
La habitación de la torre - EDWARD FREDERICK BENSON
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Edward Frederick Benson
LA HABITACIÓN DE LA TORRE(1912)
EDWARD Frederick Benson nació en el Wellington College en 1867. Su padre, director del centro, llegó a ser arzobispo de Canterbury; su hermano mayor, el melancólico Arthur Christopher, fue ensayista y biógrafo, y tuvo entre sus admiradores a la reina Victoria gracias a uno de los poemas que escribió para la famosa marcha de Edgar Pomp and Circumstance; su hermano menor, Robert Flugh, también escritor, y chambelán del papa Pío X, ha sido recordado en más de una ocasión por acompañar al Barón Corvo en sus correrías romanas.
Estudió Clásicas en el Kings College de Cambridge, y se distinguió como atleta y como apasionado por la arqueología, que más tarde pudo practicar durante unas excavaciones en Grecia. Su primera novela, Dodo (1893), será el comienzo de una larga carrera literaria de casi un centenar de libros: novelas ligeras de sociedad, comedias universitarias, melodramas y biografías. En su época gozó de un éxito notable que hoy tiene un valor muy circunstancial. Entre sus obras de mayor interés pueden contarse sus dos volúmenes de memorias, As We Were (1930) y Final Edition (1940). Lo mejor de su producción, sin lugar a dudas, son los relatos fantásticos, cuyo género domina como un auténtico maestro, como sucede en «The Room in the Tower» (1912), «Visible and Invisible» (1920), «Spook Stories» (1928) y «More Spook Stories» (1934).
Durante muchos años vivió en la localidad de Rye (donde curiosamente fue alcalde cuatro años) dedicado activamente a escribir. Su casa, Lamb House, tenía la gran particularidad de haber pertenecido nada menos que a Henry James. En 1940, murió sin descendencia, como sus hermanos.
Benson ha dejado varios cuentos clásicos de vampiros como «The Thing in the Hall» o «And no Bird Sings». En 1920, en la primera edición de Visible and Invisible, apareció su famoso relato «Mrs. Amworth», un ejemplo clásico con todos los tópicos del género; pero ocho años antes había publicado una historia mucho más imaginativa sobre un horrible sueño recurrente que finalmente se hace realidad con el misterioso encuentro de la habitación de la torre donde acecha el más puro terror; el efecto turbador del sueño que va transformándose en pesadilla es un ejemplo que roza la perfección. Con Benson el cuento clásico de vampiros se consuma y toda consumación cierra un ciclo. El mito literario del vampiro del XIX ha llegado a su consecuencia final: a fuerza de depurarse va perdiendo sus contornos y desaparece dando paso al vampirismo cada vez más psicológico y poliforme del siglo XX.
LA HABITACIÓN DE LA TORRE[23]
ES frecuente que todos aquellos que suelen soñar asiduamente mientras duermen vean materializado más tarde, al menos en una ocasión, el acontecimiento o la serie de circunstancias que han soñado. Pero, en mi opinión, esto no tiene nada de extraño; lo sorprendente sería que no sucediera de vez en cuando, ya que nuestros sueños, por regla general, están relacionados con gente a la que conocemos y con lugares que nos son familiares, tal y como suelen presentarse a la luz del día en el mundo vigil. Es cierto que en esos sueños se introduce a menudo algún incidente absurdo y de índole fantástica, que descarta la posibilidad de que posteriormente puedan verse realizados. Pero, por simple cálculo de probabilidades, no parece en absoluto improbable que un sueño imaginado por alguien que sueñe constantemente pueda verse realizado de vez en cuando. No hace mucho, por ejemplo, pude ver realizado uno de esos sueños al que no había concedido la menor importancia y que carecía de cualquier tipo de significado para mí. Ocurrió de la manera siguiente:
Cierto amigo mío, que vive en el extranjero, tiene la amabilidad de escribirme una vez cada quince días. Así que, cuando han transcurrido catorce días más o menos desde que he tenido noticias suyas por última vez, mi mente, consciente o inconscientemente, suele esperar una carta de él. Una noche de la semana pasada soñé que, cuando subía a mi habitación a vestirme para la cena, oí, como suele ocurrirme a menudo, llamar al cartero a la puerta de mi casa, lo que me hizo volver a bajar las escaleras. Entre toda la correspondencia, había una carta de mi amigo. Entonces hizo su aparición el elemento fantástico. Al abrirla, descubrí en su interior un as de diamantes en el que mi amigo había garabateado, con su propia letra, que yo tan bien conocía, lo siguiente: «Te envío esto para que lo pongas a buen recaudo, pues como sabes en Italia resulta bastante arriesgado quedarse con ases».
Al atardecer del día siguiente, cuando me disponía a subir a mi habitación a vestirme para la cena, oí la llamada del cartero e hizo exactamente lo mismo que había hecho en mi sueño. Entre otras cartas, había una de mi amigo. Sólo que no contenía ningún as de diamantes. De haberlo contenido, le habría concedido mayor importancia al asunto, que, ni que decir tiene, me parecía una coincidencia completamente normal. Sin duda, consciente o inconscientemente, yo esperaba una carta de él y eso me sugirió el sueño. Del mismo modo, el hecho de que mi amigo no me hubiera escrito en dos semanas, le sugirió a él que debía hacerlo. Pero a veces no resulta tan fácil encontrar una explicación semejante. Al menos yo no logro encontrar ninguna para la historia que voy a contarles. Estuvo envuelta en tinieblas desde el comienzo y así permanece todavía.
Toda mi vida he sido un soñador inveterado: es decir, son pocas las veces en que al despertar por la mañana no compruebo que he tenido algún tipo de experiencia mental. Y en ocasiones, a lo largo de toda la noche, aparentemente me acontecen las más deslumbrantes aventuras. Casi sin excepción dichas aventuras son agradables, y a menudo simplemente insignificantes. La que voy a relatar es una de esas excepciones.
Contaría yo con unos dieciséis años cuando tuve por vez primera cierto sueño. He aquí su desarrollo: al comienzo del sueño me encontraba yo ante la puerta de una gran mansión de ladrillo rojo, en la cual sabía que iba a alojarme. El criado que me abrió la puerta me anunció que el té estaba servido en el jardín, y me condujo a través de una oscura sala de techo bajo, revestida de paneles de madera oscura, con una enorme chimenea encendida, hasta un césped sumamente verde rodeado de macizos de flores. Allí se hallaban reunidos, en torno a la mesita de té, un pequeño grupo de personas, pero todas ellas excepto una me eran desconocidas. Se trataba de un compañero de colegio llamado Jack Stone, visiblemente el hijo de la casa, el cual me presentó a sus padres y a sus dos hermanas. Recuerdo que, de alguna manera, me asombró el encontrarme allí, pues apenas conocía al muchacho en cuestión, y no me gustaba nada lo poco que sabía de él. Además, hacía casi un año que había abandonado el colegio.
La tarde era muy calurosa, y en el ambiente reinaba una insoportable opresión. En el extremo más apartado del jardín se alzaba una tapia de ladrillo rojo, con una verja de hierro en el centro, al otro lado de la cual había un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de grandes ventanales a través de los cuales podía ver una mesa con el mantel puesto, en la que centelleaba el cristal y la plata. La fachada que daba al jardín era muy larga, y estaba flanqueada en uno de sus extremos por una torre de tres plantas, que me pareció mucho más antigua que el resto del edificio.
Poco después, la señora Stone, que había permanecido en silencio, como el resto del grupo, me dijo: «Jack le mostrará su habitación; le he asignado la habitación de la torre».
Inexplicablemente, al escuchar sus palabras se me cayó el alma a los pies. Tuve la impresión de que ya sabía que me darían la habitación de la torre, y que en su interior había algo espantoso y significativo. Jack se levantó inmediatamente, y comprendí que debía seguirle. Atravesamos en silencio la sala, y ascendimos por una gran escalera de roble con muchos recovecos, hasta llegar a un pequeño descansillo con dos puertas. Mi amigo abrió una de esas puertas, empujándola para que yo entrara, y sin acompañarme al interior, la cerró detrás de mí. En aquel mismo momento supe que mi conjetura había sido correcta: en aquella habitación había algo espantoso, y rápidamente una terrorífica pesadilla comenzó a tomar cuerpo y a apoderarse de mí, provocando que me despertara con un sobresalto de pavor.
Durante quince años ese sueño, con más o menos variantes, me ha visitado de manera intermitente. La mayoría de las veces, empezaba exactamente de la misma forma: la llegada a la casa, el té servido en el jardín, el silencio mortal de los concurrentes seguido de aquella frase fatídica de la señora Stone, la ascensión por la escalera en compañía de Jack Stone hasta la habitación de la torre donde moraba el horror… Y siempre terminaba con una pesadilla terrorífica provocada por algo que había en la habitación, aunque nunca supe exactamente lo que era.
Otras veces, el sueño presentaba ligeras variantes. De vez en cuando, por ejemplo, estábamos sentados cenando en la mesa del comedor, el mismo que yo había visto a través de los ventanales la primera noche que me visitó el sueño. Mas dondequiera que estuviésemos, siempre había el mismo silencio, la misma sensación de opresión y de malos presagios. Y ese silencio, lo presentía, siempre lo rompía la señora Stone diciéndome: «Jack le mostrará su habitación; le he asignado la habitación de la torre». Después de lo cual (eso era invariable) tenía que seguirle por la escalera de roble con muchos recovecos, y entrar en el lugar que yo cada vez más temía cuando lo visitaba en sueños.
O bien, me encontraba de nuevo jugando a las cartas, siempre en silencio, en un salón iluminado por enormes candelabros, que proporcionaban una luz cegadora. No tengo ni idea de cuál pudiera ser el juego. Lo único que recuerdo, con una sensación de deplorable expectación, es que en seguida se levantaba la señora Stone y me decía: «Jack le mostrará su habitación; le he asignado la habitación de la torre».
El salón en donde jugábamos a las cartas se encontraba al lado del comedor y, como ya he dicho, siempre estaba brillantemente iluminado, mientras que el resto de la casa se hallaba sumido en la penumbra y habitado por sombras. Y sin embargo, a pesar de toda aquella luz, a menudo me era casi imposible distinguir, por alguna razón, las cartas que me repartían. Sólo veía que tenían unos dibujos extraños: no había ningún palo de color rojo, sino que todos eran negros, y en algunas ese color negro cubría toda la superficie del naipe. Estas últimas las detestaba y temía.
Como el sueño continuaba repitiéndose, llegué a conocer la mayor parte de la casa. Pasado el salón, al final de un pasillo con una puerta de bayeta verde, había un saloncito para fumadores. Siempre estaba a oscuras, y cada vez que me aproximaba a él me cruzaba en el umbral con alguien, a quien no podía ver, que salía de su interior. Igualmente, los personajes que aparecían en mi sueño sufrían curiosas transformaciones, como si fueran personas vivas. El cabello de la señora Stone, por ejemplo, que era negro la primera vez que la vi, se había vuelto gris. Y en lugar de incorporarse con agilidad, como solía hacer cuando me decía: «Jack le mostrará su habitación; le he asignado la habitación de la torre», se levantaba trabajosamente, como si sus miembros hubieran perdido toda su fuerza. Jack también creció, y se convirtió en un joven de aspecto algo enfermizo, con bigote de color castaño; mientras que una de sus hermanas dejó de aparecer en el sueño, por lo que comprendí que se había casado.
Transcurrieron seis meses o más sin que el sueño me visitara de nuevo, y empecé a pensar, tal era el inexplicable temor que me poseía, que me había abandonado definitivamente. Pero, pasado ese tiempo, una noche me encontré de nuevo en el jardín delante de la mesita de té. En esta ocasión la señora Stone no se hallaba presente, y los demás iban vestidos de negro. Inmediatamente adiviné la causa, y el corazón me dio un vuelco al pensar que entonces tal vez no me vería obligado a dormir en la habitación de la torre. Aunque habitualmente permanecíamos todos sentados y en silencio, esta vez la sensación de alivio que me embargaba me impulsó a hablar y a reír como jamás lo había hecho antes. Mas incluso entonces la situación no fue del todo agradable, pues nadie me respondió, sino que cruzaron entre sí miradas encubiertas de oscuro significado. Pronto se agotó el necio torrente de palabras de mi charla, y mientras la luz se desvanecía lentamente, poco a poco se fue apoderando de mí un temor mucho más intenso que el que con anterioridad había sentido.
De pronto, rompió el silencio una voz que yo conocía bien, la voz de la señora Stone, diciendo: «Jack le mostrará su habitación; le he asignado la habitación de la torre».
Parecía venir del otro lado de la verja que había en la tapia de ladrillo rojo que lindaba con el jardín, y al alzar la vista vi que el césped estaba salpicado de tumbas. Del tupido sembrado de lápidas emanaba una curiosa luz grisácea, y pude leer la inscripción grabada en la que se encontraba más cerca de mí: «En funesta memoria de la señora Stone». Y, como de costumbre, Jack se levantó y de nuevo le seguí a través de la sala y subí con él la escalera con muchos recovecos. En esta ocasión la oscuridad era mayor que de costumbre, y cuando entré en la habitación de la torre sólo pude ver los muebles, cuya posición me era ya familiar. También había en la habitación un horrible olor a putrefacción, y me desperté gritando.
El sueño, con los cambios y variaciones que ya he mencionado, siguió visitándome, a intervalos, durante quince años. A veces lo soñaba dos o tres noches seguidas. En una ocasión, como ya he dicho, se produjo una interrupción de seis meses. Pero, calculando un promedio razonable, yo diría que lo soñé con una frecuencia aproximada de una vez al mes. Tenía manifiestamente algo de pesadilla, pues terminaba siempre con la misma sensación de terror espantoso, que en lugar de ir a menos, me parecía que aumentaba con el paso de los años. Presentaba, además, una extraña y horrible consistencia. Los personajes que aparecían en el sueño, como ya he mencionado, envejecían con regularidad. La muerte y el matrimonio visitaban a aquella familia silenciosa, y, después de que hubiera muerto, jamás volví a ver a la señora Stone. Mas siempre era su voz la que me decía que la habitación de la torre estaba preparada para mí. Y, lo mismo si tomábamos el té fuera en el jardín, que si la escena se situaba en una de las habitaciones que daban a él, siempre podía ver su tumba al otro lado de la verja de hierro.
Lo mismo ocurría con la hija casada: normalmente no estaba presente, mas una o dos veces apareció allí de nuevo, acompañada por un hombre, a quien tomé por su marido. Como el resto, él también permanecía siempre en silencio. Mas, debido a la constante repetición del sueño, cuando estaba despierto había terminado por no atribuir significado alguno a esa circunstancia. Jamás volví a ver a Jack Stone en todos aquellos años, ni tampoco ninguna casa que se pareciera a la oscura mansión de mi sueño. Cuando de pronto sucedió algo…
Ese año me había quedado en Londres hasta finales de julio, y durante la primera semana de agosto fui a Ashdown Forest, en el condado de Sussex, donde pensaba alojarme en una casa que un amigo mío había alquilado para pasar el verano. Salí de Londres temprano, pues John Clinton iba a esperarme a la estación de Forest Row. Pensábamos pasar el día jugando al golf y al atardecer iríamos a su casa. Mi amigo se había presentado con su automóvil, y hacia las cinco de la tarde, después de pasar un día delicioso, nos pusimos en camino, ya que el trayecto hasta la casa era de unas diez millas. Como era todavía muy temprano para tomar el té en el club, esperamos a llegar a casa de Clinton.
Durante el recorrido, el tiempo, que hasta entonces había sido agradablemente fresco a pesar del sol, pareció estropearse. La atmósfera se volvió estancada y opresiva, y sentí esa indefinible y ominosa sensación de ahogo que me suele invadir cuando se aproxima una tormenta. Sin embargo, John no compartía mis opiniones y atribuyó mi recelo al hecho de haber perdido los dos partidos. Los acontecimientos probaron, sin embargo, que yo no estaba equivocado, aunque no creo que la tormenta que descargó aquella noche fuera la única causa de mi depresión.
Nuestro trayecto discurría por angostos caminos bordeados de altos setos, y al poco de partir me quedé dormido, no despertándome hasta que el automóvil se detuvo. Con un escalofrío súbito, debido en parte al miedo pero sobre todo a la curiosidad, me encontré frente al portal de la casa de mi sueño. Mientras me preguntaba si no estaría todavía soñando, atravesamos una sala de techo bajo revestida con paneles de roble y salimos al jardín, en donde estaba servido el té a la sombra de la casa. El jardín estaba rodeado de macizos de flores, y cerrado en uno de sus extremos por una tapia de ladrillo rojo, con una verja, que daba a un terreno de hierba alta y descuidada en medio del cual crecía un nogal. La fachada de la casa era muy larga y en uno de sus extremos se elevaba una torre de tres plantas, visiblemente más antigua que el resto del edificio.
Aquí terminaba, de momento, cualquier otro parecido con el sueño tantas veces repetido. No me encontraba en presencia de una familia silenciosa y algo terrible como la del sueño, sino ante un grupo numeroso de personas sumamente alegres, todas las cuales me eran conocidas. Y a pesar del horror que siempre me había producido aquel sueño, ahora que veía reproducida la escena ante mis ojos no experimentaba nada. Sentía únicamente una enorme curiosidad por lo que fuera a suceder.
El té prosiguió con gran animación, y al poco rato se levantó la señora Clinton. En aquel momento creí saber lo que iba a decir. Se dirigió a mí, y esto fue lo que dijo:
—Jack le mostrará su habitación; le he asignado la habitación de la torre.
Por espacio de medio segundo, el horror del sueño volvió a apoderarse de mí. Mas desapareció rápidamente, y de nuevo sentí únicamente una acuciante curiosidad. No tuvo que transcurrir mucho tiempo sin que quedara ampliamente saciada.
John se volvió hacia mí.
—Se encuentra en lo más alto de la casa —dijo—, pero creo que estarás cómodo en ella. Lo tenemos todo completamente lleno. ¿Quieres que vayamos a verla ahora? ¡Vaya por Dios!, creo que estabas en lo cierto: vamos a tener una tormenta. ¡Cómo ha oscurecido!
Me levanté y le seguí. Atravesamos la sala y ascendimos por la escalera que me era tan familiar. Luego, mi amigo abrió la puerta y entré en la habitación. En aquel mismo instante volvió a dominarme un terror absoluto e irracional. No sabía a ciencia cierta de qué tenía miedo: simplemente lo tenía. Entonces tuve una repentina revelación, como cuando uno recuerda un nombre que hace mucho tiempo se le ha ido de la memoria. Sabía de qué tenía miedo. Tenía miedo de la señora Stone, cuya tumba con la siniestra inscripción «En funesta memoria…» había visto tan a menudo en mi sueño, al otro lado del jardín al que daba la ventana de mi habitación. Y en seguida, una vez más, el miedo se desvaneció por completo, de manera que pensé que allí no había nada que temer. Y noté que había recuperado la sensatez, la cordura y el sosiego en aquella habitación de la torre, cuyo nombre tan a menudo había oído mencionar en mis sueños y cuyo aspecto me era tan familiar.
Miré a mi alrededor con un cierto sentimiento de posesión y descubrí que nada había cambiado en aquella habitación que tan bien conocía en mis sueños. A la izquierda de la puerta, arrimada a la pared, estaba la cama, cuya cabecera ocupaba una esquina de la habitación. A continuación de ella estaba la chimenea y una pequeña librería; enfrente de la puerta, en el muro exterior, se abrían dos ventanas con celosía, en medio de las cuales se hallaba el tocador, mientras que bordeando la cuarta pared había un lavabo y un armario grande.
Mi equipaje ya había sido deshecho, pues mis útiles de aseo aparecían ordenados sobre el lavabo y el tocador, mientras que mi ropa de vestir estaba extendida sobre la colcha que cubría la cama. Entonces noté, con una repentina e inexplicable sensación de desaliento, que en la habitación había dos objetos bastante llamativos que no había visto antes en mis sueños: un retrato al óleo, de tamaño natural, de la señora Stone y un dibujo a plumilla de Jack Stone, tal y como se me había aparecido apenas hacía una semana en mi sueño más reciente, o sea, como un hombre de unos treinta años, más bien reservado y de aspecto siniestro. Este retrato suyo estaba colgado entre las dos ventanas, casi enfrente del otro cuadro, que colgaba al lado de la cama. Al mirar con detenimiento este último cuadro, sentí una vez más que se apoderaba de mí un horror de pesadilla.
Representaba a la señora Stone, tal como yo la había visto por última vez en mis sueños: anciana, marchita y con el pelo blanco. Mas, a pesar de la evidente debilidad de su cuerpo, aquella envoltura de carne dejaba traslucir una horrible exuberancia, completamente maligna, y una espantosa vitalidad de la que rezumaba el más inimaginable de los males. Sus impúdicos ojos entornados irradiaban el mal, el cual asomaba, así mismo, en la sonrisa de su diabólica boca. Una misteriosa y horrible hilaridad se extendía por todo su rostro. Las manos, cruzadas sobre las rodillas, parecían estremecerse con un júbilo contenido e indecible. Entonces observé también que el cuadro estaba firmado en el ángulo inferior izquierdo. Y preguntándome quién podría ser el artista que lo pintó, me acerqué más y pude leer la siguiente inscripción: «Julia Stone, por Julia Stone».
En aquel preciso momento llamaron a la puerta, y poco después entró John Clinton.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —me preguntó.
—Más de lo que preciso —dije yo, señalando el cuadro.
Mi amigo se echó a reír.
—Una anciana de facciones bastante duras —dijo—. Además, es un autorretrato, si mal no recuerdo. De cualquier manera, no habría podido sacarse mucho más favorecida.
—Pero, ¿es que no te das cuenta? —le dije—. Ese rostro es apenas humano. Es más bien diabólico, como el de una bruja.
Mi amigo miró el cuadro con más atención.
—Sí, no es demasiado agradable —convino—. Sobre todo para tenerlo al lado de la cama. Sí, me imagino que tendría espantosas pesadillas si tuviera que dormir con ese retrato junto a mi cama. Si quieres, haré que lo quiten de ahí.
—Verdaderamente, nada me gustaría más —dije yo.
Mi amigo hizo sonar la campanilla y, con la ayuda de un criado, descolgamos el cuadro y lo sacamos al rellano, donde lo colocamos de cara a la pared.
—¡Demonios, cómo pesa esta anciana dama! —dijo John, enjugándose la frente—. A saber si no está preocupada por algo.
El extraordinario peso del cuadro también me había sorprendido. Estaba a punto de responderle, cuando advertí que la palma de mi mano estaba cubierta de sangre.
—He debido cortarme de algún modo —dije yo.
John dejó escapar una ligera exclamación de sorpresa.
—¡Vaya, yo también! —dijo.
Al mismo tiempo el criado sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la mano con él. Vi que también había sangre en su pañuelo.
John y yo regresamos a la habitación de la torre y nos lavamos las manos. Mas ni en su mano ni en la mía había el más ligero rastro de corte o rasguño. Hecha la constatación, me pareció como si ambos, por una especie de acuerdo tácito, evitáramos cualquier alusión a aquella anomalía.
Algo raro debió de ocurrirme para que no quisiera volver a pensar en ello. No era más que una conjetura, pero supuse que lo mismo le había ocurrido a él.
Como la tormenta que habíamos esperado seguía todavía sin descargar, el calor y la opresión de la atmósfera aumentaron considerablemente después de la cena, y durante algún tiempo la mayor parte de los allí reunidos, incluyendo a John Clinton y a mí mismo, nos sentamos fuera junto al sendero que bordea el jardín, en el mismo sitio en donde habíamos tomado el té. La noche estaba completamente oscura; ningún rayo de luna o parpadeo de estrella podía atravesar el manto de nubes que cubría el cielo. Poco a poco fue disolviéndose la reunión: las mujeres subieron a acostarse, y los hombres se dispersaron para ir a fumar o a jugar al billar. A las once en punto los únicos que quedamos éramos mi anfitrión y yo. Durante toda la velada me había parecido que a mi amigo le preocupaba algo, y tan pronto como nos quedamos a solas se dirigió a mí.
—El hombre que nos ayudó a trasladar el cuadro también tenía las manos manchadas de sangre, ¿te diste cuenta? —dijo—. Hace un momento le he preguntado si se había cortado, y me ha respondido que suponía que sí, aunque no había encontrado ninguna señal. ¿De dónde procederá, entonces, esa sangre?
A fuerza de repetirme a mí mismo que no iba a pensar más en ello, había logrado no hacerlo. Y no deseaba que me lo recordaran, sobre todo a la hora de irme a la cama.
—Lo ignoro —dije—. Y en realidad no me importa, con tal que el cuadro de la señora Stone no esté junto a mi cama.
Mi amigo se levantó.
—No obstante, es muy extraño —dijo—. ¡Caramba!, ahora verás otra cosa no menos sorprendente.
Uno de sus perros, de raza terrier irlandés, había salido de la casa mientras conversábamos. Detrás de nosotros, la puerta que comunicaba con la sala estaba abierta, y un rectángulo brillante de luz se extendía sobre el césped, hasta la verja de hierro que conducía al terreno inculto en donde se alzaba el nogal. A través de ella pude ver que el perro, congestionado de rabia y de pavor, tenía el pelo completamente erizado. Su hocico estaba entreabierto, mostrando los colmillos, como si se dispusiera a saltar sobre alguien, y gruñía amenazadoramente. Sin prestar la menor atención a su amo o a mí, tenso y agarrotado, atravesó el césped en dirección a la verja de hierro. Se detuvo ante ella un momento y miró a través de los barrotes sin dejar de gruñir. De pronto, su valor pareció abandonarle: profirió un prolongado aullido y regresó a la casa atemorizado, con el rabo entre las piernas.
—Hace eso mismo media docena de veces al día —dijo John—. Como si viera algo que le inspirase a la vez odio y temor.
Me acerqué a la verja y eché un vistazo. Algo se movía afuera entre la hierba. Y de pronto llegó a mis oídos un sonido que no pude identificar inmediatamente. Luego comprendí de qué se trataba: era el ronroneo de un gato. Encendí una cerilla y vi al animal que ronroneaba, un enorme gato persa azul que daba vueltas en torno a un pequeño círculo situado fuera de la verja, en actitud altanera y extasiada, con el rabo en alto como si fuera una bandera. Sus despiertos ojos relucían, y de vez en cuando bajaba la cabeza y husmeaba la hierba.
Me eché a reír.
—Se acabó el misterio, me temo —dije—. Ahí fuera hay un gato enorme celebrando la noche de Walpurgis completamente solo.
—Sí, es Darius —dijo John—. Pasa ahí la mayor parte del día y toda la noche. Pero eso no explica el misterio del perro, pues Toby y él son los mejores amigos del mundo, sino que plantea un nuevo misterio: el del gato. ¿Qué hace ahí el gato? ¿Por qué está contento Darius, mientras Toby está aterrorizado?
En aquel momento recordé los pormenores bastante horribles de mis sueños, cuando veía a través de la verja la lápida blanca con la siniestra inscripción, justo donde el gato estaba ahora. Mas antes de que pudiera responder a las preguntas de mi amigo empezó a llover, tan repentinamente y con tanta intensidad como si hubieran abierto un grifo, y simultáneamente el enorme gato se abrió paso por entre los barrotes de la verja y atravesó el césped dando brincos para resguardarse en la casa. Luego el animal se sentó en el umbral, escrutando la oscuridad con impaciencia. Y cuando John lo metió a empujones, para cerrar la puerta, le soltó un bufido y le dio un zarpazo.
Por alguna razón, ahora que el retrato de Julia Stone estaba fuera en el corredor, la habitación de la torre ya no me asustaba lo más mínimo, de modo que cuando me fui a acostar, cayéndome de sueño y agotado, apenas presté atención al curioso incidente de las manchas de sangre en nuestras manos, ni a la extraña conducta del perro y el gato. Lo último que vi antes de apagar la luz fue el rectángulo vacío en la pared, junto a mi cama, que antes había ocupado el retrato. Allí, el empapelado conservaba íntegramente su tono original rojo oscuro, mientras que en el resto de las paredes se había descolorido. Luego apagué la vela e inmediatamente me dormí.
Mi despertar fue también instantáneo. Me incorporé en la cama con la impresión de que alguna luz brillante había cruzado por delante de mi rostro, aunque la habitación estaba completamente a oscuras. Sabía con exactitud dónde me encontraba: en la habitación en la que tanto miedo había pasado en mis sueños. Mas ninguno de los horrores que había experimentado estando dormido se aproximaba al miedo que ahora me invadía, que paralizaba mi cerebro. Inmediatamente después, retumbó un trueno encima mismo de la casa; mas la posibilidad de que fuera únicamente un relámpago el causante de mi despertar no tranquilizó mi agitado corazón. Sabía que había alguien conmigo en la habitación, e instintivamente alargué la mano derecha, que era la que se encontraba más próxima a la pared, para alejarlo de mí. Y mis dedos rozaron el marco de un cuadro colgado junto a mí.
Salté de la cama, derribando la mesilla de noche, y oí caer al suelo con gran estrépito mi reloj, la vela y las cerillas. Mas de momento no necesité ninguna luz, pues un deslumbrante relámpago rasgó las nubes, y pude ver que el cuadro de la señora Stone volvía a estar colgado de nuevo junto a mi cama. Inmediatamente, la habitación quedó otra vez a oscuras. Mas tuve tiempo de ver otra cosa también: una figura inclinada a los pies de mi cama, que me observaba. Llevaba una especie de vestido blanco muy ceñido, manchado de barro, y su rostro era idéntico al del retrato.
El trueno estalló y retumbó por encima de mi cabeza. Y cuando cesó y siguió un silencio de muerte, oí como un susurro que se aproximaba a mí; y, lo que es más horrible todavía, percibí un olor a putrefacción. Luego una mano se posó en mi cuello y sentí muy cerca de mis oídos una respiración agitada y anhelante. Sin embargo, yo sabía que aquel ser, aunque podía ser percibido mediante el tacto, el olfato, la vista y el oído, no pertenecía ya a este mundo, sino que era algo que había franqueado los límites de la vida material, y que tenía poder para manifestarse. Entonces sonó una voz que ya me resultaba familiar.
—Sabría que vendrías a la habitación de la torre —dijo—. Te he estado esperando durante mucho tiempo. Al fin has venido. Esta noche será mi festín; dentro de poco compartiremos el mismo festín.
Y la jadeante respiración se acercó más a mí; podía sentirla en mi cuello.
El terror, que por un momento me había paralizado según creo, dejó paso entonces al salvaje instinto de conservación. Golpeé salvajemente con ambos brazos a la figura que me rozaba, al tiempo que le daba puntapiés. Y escuché una especie de chillido de animal, a la vez que algo blando caía al suelo con un ruido sordo. Di un par de pasos adelante, tropezando casi con lo que había tendido en el suelo, y por pura suerte hallé el tirador de la puerta. Un segundo después abandonaba el rellano y cerraba la puerta de golpe detrás de mí. Casi en el mismo instante oí abrirse una puerta en alguna parte de la planta baja, y John Clinton, vela en mano, subió las escaleras corriendo.
—¿Qué pasa? —dijo—. Dormía justo debajo de ti y oí un ruido como si… ¡Dios mío!, tienes sangre en el hombro.
Me quedé inmóvil, según mi amigo me contó más tarde, tambaleándome de un lado a otro, blanco como el papel. Sobre mi hombro había una marca, como si alguien hubiera apoyado en él una mano cubierta de sangre.
—Está ahí —dije, señalando la puerta de mi habitación—. Sí, ella… ya sabes a quién me refiero. El retrato también está ahí, colgado en el mismo sitio de donde lo retiramos.
Mi amigo se echó a reír.
—Mi querido camarada, debe tratarse de una pesadilla —dijo.
Me apartó a un lado y abrió la puerta, mientras yo permanecía inerte por el terror, incapaz de detenerlo, incapaz de moverme.
—¡Uf, qué olor más espantoso! —dijo.
A continuación se produjo un gran silencio. Clinton había desaparecido de mi vista después de cruzar el umbral de la puerta, que permanecía abierta. Unos segundos más tarde salió de nuevo, tan blanco como yo, e inmediatamente cerró la puerta.
—Es verdad, el retrato está ahí —dijo—. Y en el suelo hay algo… una cosa manchada de tierra, como esas cajas en donde entierran a los muertos. ¡Vámonos de aquí, deprisa, vámonos!
Ignoro cómo logré bajar las escaleras. Una náusea y un escalofrío espantosos, más del espíritu que de la carne, se habían apoderado de mí. En más de una ocasión Clinton tuvo que guiar mis pasos durante el descenso, mientras de vez en cuando lanzaba inquietas miradas de pánico hacia lo alto de la escalera. Al fin llegamos a su vestidor, en el piso de abajo, y allí le conté lo que acabo de describir en estas páginas.
El resto puede contarse brevemente. En efecto, algunos de mis lectores tal vez hayan adivinado ya de qué se trata, si recuerdan aquel inexplicable asunto ocurrido en el cementerio de West Fawley, hará unos ocho años, cuando por tres veces se intentó enterrar el cadáver de cierta mujer que se había suicidado. En cada tentativa, el ataúd aparecía al cabo de unos cuantos días emergiendo del suelo. Después del tercer intento, con el objeto de que no se continuara hablando del asunto, el cadáver fue enterrado en otra parte, en tierra no consagrada. El lugar en donde se enterró estaba justo al otro lado de la verja de hierro del jardín de la casa donde había vivido aquella mujer. Se había suicidado en una habitación que había en lo alto de la torre de esa misma casa. Su nombre era Julia Stone.
Posteriormente, el cadáver fue desenterrado de nuevo en secreto, y se encontró que el ataúd estaba lleno de sangre.