Vampiros

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El vampiro - JOHN WILLIAM POLIDORI

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Aubrey, cuando el médico y los tutores se hubieron marchado, intentó sobornar a los criados, aunque fue en vano. Pidió pluma y papel; se los dieron; escribió a su hermana, conjurándola, si en algo tenía su propia felicidad, y su honor, y el de los que ahora descansaban en la tumba y en otro tiempo la tuvieron en brazos como su esperanza y la de la casa, a que aplazase aunque fuese unas horas ese matrimonio, sobre el cual auguraba las más tremendas maldiciones. Los criados prometieron entregárselo; pero lo cogió el médico, y pensó que era mejor no atormentar más el espíritu de la señorita Aubrey con lo que juzgó que eran desvarios de un maníaco. Transcurrió la noche sin descanso para los atareados moradores de la casa; y Aubrey oyó, con un horror más fácil de imaginar que de describir, el ajetreo de los afanosos preparativos. Ya por la mañana, llegó hasta él el ruido de carruajes. Aubrey estaba casi frenético. La curiosidad hizo que los criados descuidaran su vigilancia, y se fueron yendo sigilosamente, dejándolo bajo la custodia de una anciana. Aubrey aprovechó el momento: saltó de la habitación, y en un instante se encontró en la sala donde se hallaban reunidos casi todos. Lord Ruthven fue el primero en descubrirle: se acercó inmediatamente y, cogiéndolo del brazo con fuerza, lo sacó a toda prisa de la estancia, mudo de rabia. Cuando estuvieron en la escalera, lord Ruthven le susurró al oído: «Recordad vuestro juramento, y sabed, por si no es mi esposa hoy, que vuestra hermana está deshonrada. ¡Las mujeres son frágiles!». Dicho esto, lo empujó hacia los sirvientes que, alertados por la vieja criada, habían acudido en su busca. Aubrey no pudo resistir más: no encontrando desahogo su furia, se le reventó una vena, y fue trasladado a la cama. No se mencionó esto a su hermana —que no estaba presente cuando él había entrado—, ya que el médico temía que esto la alterase. Se celebró la boda, y los recién casados abandonaron Londres.

La debilidad de Aubrey fue en aumento; la efusión de sangre anunció la proximidad de su muerte. Pidió ver a los tutores de su hermana y, cuando sonaron las doce de la noche, relató con serenidad lo que el lector acaba de leer: inmediatamente después expiró.

Los tutores corrieron a proteger a la señorita Aubrey; pero cuando llegaron, era demasiado tarde. Lord Ruthven había desaparecido, ¡y la hermana de Aubrey había saciado la sed de UN VAMPIRO!

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