Vampiros
Vampirismo - E. T. A. HOFFMANN
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E. T. A. Hoffmann
VAMPIRISMO(1821)
EN 1816, en una taberna berlinesa, suele reunirse casi todas las noches una tertulia de lo más sui generis; hablan de literatura y teatro, cuentan experiencias oníricas y comentan sus no menos extrañas creaciones artísticas, que dan lugar a largas y acaloradas discusiones. A estas veladas acuden E. T. A. Hoffmann (por entonces consejero de la Cámara Judicial de Berlín) y una buena parte de los mejores escritores románticos alemanes: Tieck, Von Arnim, Brentano, Chamisso, Contessa y La Motte-Fouqué. El interés común por los temas psiquiátricos y paranormales atrae también a algunos médicos muy poco ortodoxos como el doctor Koreff, magnetizador y ocultista, apreciado más tarde en París por Heine y Balzac, o Schulze, el gran especialista en casos de aparecidos. Según Hidzig, amigo y biógrafo de Hoffmann, los que llevaban la voz cantante en estas veladas (y los más alcohólicos) eran el doctor Koreff y el propio Hoffmann, éste último por su imaginación siempre exaltada y su elocuencia chispeante a la que solía unir una mímica por lo visto inimitable.
Aquellas reuniones que, en principio, bautizaron sus asistentes como veladas serafinas, quedarían recreadas literariamente en uno de los libros más raros de su autor: Los hermanos de San Serapión. Los veintinueve cuentos, muy variados, que componen esta obra van surgiendo del diálogo de varios estrambóticos personajes que, a medida que conversan y narran las historias, van estableciendo las reglas del principio serafino, cuya primera premisa es que «toda narración debe ser fantástica» y ha de despertar en el lector el sensual escalofrío que produce lo desconocido o lo inesperado.
Vampirismus, la única incursión de Hoffmann en el tema propiamente vampírico, apareció por primera vez en el cuarto volumen de Die Erzählungen der Serapionsbrüder, en 1821. Hoffmann lo escribió durante uno de sus períodos más creativos, dos años antes de su muerte, cuando su obsesión por retratar la parte oscura de la psique humana era mayor que nunca. En su diario se refleja su estado melancólico, sufre frecuentes accesos de fiebre nerviosa y el abuso de bebidas alcohólicas va minando su salud. En 1818 la cofradía se disuelve después de haber inspirado algunos de sus mejores cuentos. Las conversaciones que mantuvieron se reflejan en la obra y los contertulios no son personajes inventados sino los amigos del autor, que se esconden con nombres ficticios: Contessa se oculta bajo el pseudónimo de Sylvester, Fouqué con el de Lothar, y Ottmar en realidad es Hidzig. Hoffmann, que se encubre bajo el nombre de Theodor, permanece invisible hasta el final. Quien narra la historia no es otro que el autor del inolvidable Peter Schlemihl.
VAMPIRISMO[4]
—ES muy notable —dijo Sylvester, tomando la palabra— que por la misma época de Walter Scott, si no me equivoco, apareciera un poeta inglés que, siguiendo una tendencia bien distinta, produjo algo grande, sublime. Me refiero a lord Byron, quien me parece más poderoso y genuino que Thomas Moore. Su Sitio de Corinto es una obra maestra llena de las más vivas imágenes, de los pensamientos más geniales. Predomina su inclinación a lo sombrío, sí, incluso al horror, a lo espantoso; no he podido leer su Vampiro, ya que la mera idea de un vampiro, si es que la entiendo bien, me produce un inmenso escalofrío. Por lo que sé, un vampiro no es sino un muerto viviente que bebe la sangre de los vivos.
—Ja, ja —exclamó riendo Lothar—, un poeta como tú, mi querido amigo Sylvester, ha de estar versado en toda suerte de historias de magos, brujas y otras diabluras, incluso conocer por sí mismo algo sobre magias y brujas, necesarias para ciertos poemas y tramas. Pero por lo que al vampirismo respecta, y para que compruebes mi extraordinaria erudición en tales asuntos, te citaré una amena obrita en la que podrás instruirte acerca de esta oscura materia. El título completo de esta obra reza: M. Michael Diaconi de Nebra. Tratado de la masticación y trituración de muertos en tumbas, en el que se muestra la verdadera condición de los vampiros y succionadores de sangre húngaros, y en el que se recensionan también todos los escritos publicados sobre tal materia. El mismo título te convencerá de la minuciosidad de la obra citada, y de ella deducirás que un vampiro no es sino un sujeto maldito que se hace enterrar, como si hubiera muerto, y a poco se levanta de la tumba y succiona la sangre de los durmientes, quienes se transforman así también en vampiros. Por las noticias que el autor proporciona, en Hungría hay aldeas enteras cuyos habitantes se han convertido en vampiros. Para volver inofensivo uno de estos seres hay que desenterrarlo, atravesarle el corazón con una estaca y convertir su cuerpo en cenizas. Estas espantosas criaturas no siempre aparecen con su propia figura, sino en masque. Así reza, aproximadamente, como recuerdo con gran viveza, una carta que un oficial de Belgrado escribió a un doctor en Leipzig para informarse sobre la propia naturaleza del vampirismo: «En la aldea llamada Kinklina se ha dado el caso de que dos hermanos han sido atormentados por un vampiro. Por ello, uno velaba el sueño del otro cuando un perro abrió las puertas, aunque, ante los gritos, salió corriendo, hasta que, finalmente, los dos quedaron dormidos, tras lo cual uno de los dos hermanos, en sólo un momento, mostraba una pequeña mancha roja bajo la oreja derecha, de lo cual murió a los tres días». Para finalizar decía el oficial: «Como de este caso se hace un misterio nada común, me permito insistirle muy obedientemente en la cuestión de si tales espíritus son simpatéticos, diabólicos o astrales, en lo que con toda consideración persevero, etc.». Toma ejemplo de este oficial con afán de aprender. Acabo de recordar su nombre. Era el portaestandarte del Regimiento del príncipe Alejandro, Sigismund Alexander Friedrich von Kottwitz. Por entonces, la milicia sólo raramente se ocupaba del vampirismo. Precisamente en la obra del maestro Ranft se halla un protocolo, redactado en términos forenses por dos médicos en presencia de dos oficiales de ese mismo Regimiento del príncipe Alejandro, sobre el hallazgo y aniquilamiento de un vampiro. Entre otras cosas, en ese protocolo se dice: «Como se ha demostrado que es un verdadero vampiro, ellos mismos le han atravesado con una estaca el corazón, momento en el que soltó un alarido y la sangre fluyó de su cuerpo». ¿No es muy notable, además de instructivo?
—Es posible —respondió Sylvester— considerar todo lo del maestro Ranft como novelesco, o más bien extravagante, ya que, en cuanto al asunto en sí, y sin atender el informe, el vampirismo parece una de las ideas más espantosamente atroces. Sí, el espanto de tal idea degenera en horror, en lo atrozmente adverso.
—Y sin tener eso en cuenta —interrumpió Cyprian a su amigo—, de esa idea surge un material que, tratado por un autor de rica fantasía al que no falte pulso poético, despertará ese profundo horror lleno de misterio que habita en nuestro pecho y que, tocado por las descargas eléctricas de un oscuro mundo espiritual, estremece el ánimo sin perturbarlo. Precisamente el correcto pulso poético del escritor evitará que lo que produce espanto no degenere en lo adverso, lo aborrecible. Pero el que con frecuencia todo ello sea suficientemente extravagante llega a malograr cualquier efecto sobre nuestro ánimo. ¿Por qué no será posible que el poeta mueva la palanca del temor, del espanto, del horror? ¿Quizá porque, aquí o allá, un ánimo débil no puede soportarlo? No hay que servir alimentos especiados, ya que a la mesa se sientan naturalezas débiles o que poseen un estómago estragado.
—No es necesaria tu apología del horror —dijo Theodor, tomando la palabra—, mi querido y fantástico Cyprianus. Todos sabemos de qué maravilloso modo los más grandes poetas han sabido mover con esa palanca el interior más profundo del alma humana. ¡Sólo hay que pensar en Shakespeare! ¡Y quién sino nuestro magnífico Tieck lo ha logrado mejor en algunos de sus relatos! Quiero mencionar tan sólo el Hechizo de amor. La idea de este cuento ha de despertar en todos los corazones una gélida angustia mortal, y su final el más profundo horror. Y, sin embargo, los colores están mezclados con tanta fortuna que, a pesar del espanto, nos sobrecoge el misterioso embrujo de lo trágico, al que nos entregamos de buena gana. Qué cierto es lo que Tieck pone en boca de su Manfred para rebatir lo que las mujeres dicen del terror en la poesía. Es justo el horror del mundo cotidiano lo que atormenta y desgarra el corazón con suplicios incurables. Es justo la crueldad de los hombres lo que genera la miseria que los grandes y pequeños tiranos, despiadadamente, crean con la más diabólica mofa del Averno, y lo que genera las verdaderas historias de fantasmas. Y que bien lo dice el poeta: «Pero en tales ficciones fabulosas esa miseria del mundo sólo puede representarse graduada por alegres colores. En tal caso, diría incluso que una mirada débil podría soportarlo».
—Con frecuencia —dijo Lothar— rememoramos al genial y profundo poeta al que la posteridad reconoce en toda su excelencia, mientras que otros, que arden prestamente en fuegos fatuos y, por un momento, pueden cegar la visión con falsos brillos, se extinguen con la misma rapidez. Por lo demás, considero que la fantasía puede despertarse con medios muy simples, y que el espanto nace más en el pensamiento que en la propia aparición. Para mí, la Mendiga de Locarno, de Kleist, contiene en sí todo el horror que se pueda dar y, sin embargo, ¡qué simple es la idea! Una pordiosera a la que se manda tras la estufa con rudeza, como a un perro, y que, tras haber fallecido, se arrastra a tientas tras la estufa y se tiende en la paja, sin que nadie vea nada. Y, sin embargo, es el fantástico tono general lo que produce ese efecto tan intenso. Kleist no sólo supo mojar su pincel en cada uno de los tarros de pigmentos, sino también crear, como ninguno, un cuadro vivo, aplicando los colores con la fuerza y genialidad del maestro más perfecto. No necesitaba hacer surgir de la tumba a un vampiro, le bastaba con una pordiosera.
—Hablando de vampirismo —dijo Cyprian, tomando la palabra— me viene a la mente una historia terrible que hace tiempo escuché, o quizá leí. Probablemente fue lo primero, ya que, según recuerdo, el narrador añadió que la historia era verdadera y citó el nombre de la familia condal y la casa solariega en la que había ocurrido. Si la historia ya ha sido publicada y os es conocida interrumpidme, ya que no hay nada más tedioso que oír contar algo sobradamente conocido.
—Creo notar —dijo Ottmar— que tienes de nuevo la intención de ofrecer en este nuestro mercado algo increíble y terrorífico. Piensa al menos en san Serapión y sé tan breve como puedas, para dejar que nuestro Vinzenz tome la palabra, ya que, por lo que puedo observar, espera con impaciencia para relatarnos ese cuento hace tiempo prometido.
—¡Calma, calma! —exclamó Vinzenz—. Nada mejor puedo desear que el que Cyprian extienda un negro telón de fondo contra el que se recorte la representación de mis abigarradas y, según creo, suficientemente saltarinas figuras, que tendrá así un aspecto magnífico. Por tanto, comienza, mi querido Cyprianus, y sé sombrío, horripilante, incluso aterrador, a pesar del vampírico lord Byron, al que no he leído.
—El conde Hyppolit —comenzó Cyprian— había regresado de sus largos viajes para tomar posesión de la rica herencia de su padre, muerto no hacía mucho. El palacio solariego se hallaba en una amena y hermosa comarca y con las rentas de la propiedad se podían costear las obras para su embellecimiento. Todo lo que, a lo largo de sus viajes, y en especial en Inglaterra, le había parecido al conde más atractivo, elegante y suntuoso había de levantarse de nuevo ante sus ojos. A su llamada se reunieron tantos artesanos y artistas como necesitaba, y de inmediato comenzó la rehabilitación del palacio y el trazado de unos amplios jardines del más elegante estilo, que incluían, como parte de un bosquete, tanto la iglesia como el cementerio y la casa del párroco. El conde dirigía todos los trabajos, ya que poseía los conocimientos necesarios; durante un año se dedicó a ello en cuerpo y alma, sin que se le ocurriera siquiera, como le había aconsejado su anciano tío, presentarse en la corte y conocer allí a jóvenes doncellas, para poder así elegir a la más bella, la mejor, la más noble.
»Cierta mañana en que se hallaba sentado ante su mesa de dibujo para realizar la traza de un nuevo edificio, una anciana baronesa, lejana pariente de su padre, se hizo anunciar. Hyppolit, al oír el nombre de la baronesa, recordó inmediatamente que su padre hablaba de ella con la más profunda indignación, con aversión incluso, y que en ocasiones advertía a quienes pretendían acercarse a ella de la necesidad de mantenerse alejados, sin explicar nunca en dónde radicaba el peligro. Si se le preguntaba al conde por algún detalle, acostumbraba a responder que había ciertas cosas de las que era mejor callar que hablar. Todo lo que se sabía era que en la corte corrían turbios rumores sobre un singular e insólito proceso criminal en el que la baronesa se había encontrado implicada y que la había obligado a separarse de su esposo y a abandonar su lejano lugar de residencia y cuyo sobreseimiento debía sólo al favor del conde. Hyppolit sintió cierta desazón al acercarse una persona que su padre repudiaba, aunque las razones de tal aversión fueran desconocidas. Las leyes de la hospitalidad, que eran primordiales en el campo, le exigían, sin embargo, admitir la desagradable visita. Nunca persona alguna, sin ser odiosa en lo más mínimo, le había producido al conde una impresión tan adversa, en lo que a su aspecto exterior se refería, como la baronesa. Al entrar atravesó al conde con una mirada ardiente, luego bajó los ojos y se disculpó por la visita con actitud casi sumisa. Se lamentó de que el padre del conde, dominado por los prejuicios más extraños, a los que algunos malintencionados le habían inducido, la odiara hasta la muerte, y de que ella, aunque casi se hallara en la más profunda indigencia y hubiera de avergonzarse de su estado, nunca disfrutara de ayuda alguna. Finalmente, al tomar posesión, inopinadamente, de una pequeña suma de dinero pudo abandonar la corte y trasladarse a una lejana ciudad de provincias. Durante ese viaje no había podido resistir el impulso de ver al hijo de un hombre al que respetaba en alto grado, a pesar de su odio injusto e implacable.
»La baronesa se expresaba con el conmovedor tono de la verdad, y el conde se sintió emocionado, tanto más cuanto, apartando la mirada del semblante hostil de la anciana, tuvo ante sí la visión de la agradable, amable y encantadora criatura que la acompañaba. La baronesa calló; el conde pareció no darse cuenta y permaneció en silencio. Entonces la baronesa, achacándolo a la turbación que le producía encontrarse en ese lugar, pidió disculpas por no haber presentado a su hija Aurelia. Sólo entonces pudo el conde articular palabra, asegurando, cubierto de rubor ante la turbación de la encantadora joven, que le hiciera el favor de concederle el poder reparar en algo aquello de lo que a su padre sólo por un malentendido podía culparse y, por de pronto, admitirlas en palacio. Expresando sus mejores deseos tomó la mano de la baronesa, pero perdió el habla, el aliento; un frío horror le estremeció en lo más hondo. Sintió su mano aferrada por dedos rígidos como la muerte, y la descarnada figura de la baronesa, que le miraba con ojos sin fuerza, le pareció, en sus odiosamente abigarrados ropajes, un acicalado cadáver.
»—¡Oh, Dios mío, qué infortunio en estos momentos! —gritó Aurelia, quejándose con voz conmovedora de que su madre se viera dominada de pronto por un ataque de crispación, aunque tal situación solía remitir en poco tiempo sin necesidad de utilizar remedio alguno. El conde se separó con esfuerzo de la baronesa y, al tomar la mano de Aurelia, que besó con ardor, volvieron a él las dulces delicias del amor y el ardiente fuego de la vida. Cerca ya de su madurez como hombre, el conde experimentó por primera vez todo el poder de la pasión y no pudo ocultar sus sentimientos; el modo en que Aurelia lo aceptó, con tan infantil gentileza, encendió en él las más bellas esperanzas. Pocos minutos después la baronesa salió de su desmayo e, ignorante de lo que había sucedido, aseguró al conde cuánto le honraba el ofrecimiento de permanecer un tiempo en el palacio y hasta qué punto olvidaba cualquier injusticia que su padre hubiera cometido con ella. Así, repentinamente, la situación en casa del conde se modificó por completo, lo que le hizo pensar que un especial favor del destino le había enviado a la única persona en el mundo entero que podía concederle, como esposa venerada e idolatrada, toda la ventura de la existencia en esta tierra. El comportamiento de la baronesa seguía siendo el mismo; permanecía callada, seria, ensimismada, y mostraba, cuando la ocasión lo requería, un ánimo sosegado y un corazón abierto a cualquier alegría inocente. El conde se habituó a aquel rostro pálido y espantable, a la figura espectral de la anciana, atribuyendo todo ello a su salud enfermiza, así como a su tendencia a una exaltación sombría, ya que, como le dijeron sus criados, con frecuencia paseaba de noche por el parque hasta el cementerio. Se avergonzaba de que los prejuicios de su padre pudieran haberla afectado tanto, y las insistentes advertencias de su viejo tío para que venciera el sentimiento que le había arrebatado y abandonara un comportamiento que, pronto o tarde, había de abocarle inevitablemente a la perdición, perdieron su influencia. Convencido hasta lo más hondo del amor de Aurelia, pidió su mano, y puede imaginarse con qué regocijo recibió este deseo la baronesa, quien se veía así arrebatada de la más absoluta indigencia e instalada en el regazo de la fortuna. Aquella palidez y aquellos rasgos singulares que denotaban la más honda aflicción habían desaparecido del rostro de Aurelia, y la felicidad del amor brillaba en sus ojos y coloreaba sus mejillas. La mañana del día de la boda un acontecimiento estremecedor frustró los deseos del conde. Hallaron a la baronesa inerte en el parque, no lejos del cementerio, tendida boca abajo en la tierra; la transportaron al palacio justo cuando el conde acababa de levantarse y salía a la ventana gozando su inminente felicidad. Pensó que la baronesa había sufrido uno de sus habituales achaques, pero todos los intentos por devolverla a la vida fueron vanos; estaba muerta. Aurelia no se dejó arrastrar en demasía por tan inmenso dolor, sino que más bien parecía herida en lo más íntimo de su ser, permaneciendo en silencio y sin derramar lágrimas. El conde temía por su amada, y sólo con sumo cuidado y calma se atrevió a recordarle su conducta de niña desamparada, lo cual exigía que abandonara lo correcto para hacer lo más conveniente, es decir, adelantar en lo posible el día de la boda, diferido por la muerte de su madre. Entonces Aurelia cayó en brazos del conde y exclamó, mientras un río de lágrimas caía de sus ojos, con una voz penetrante y que desgarraba el corazón:
»—¡Sí, sí, por todos los santos, por mi salvación, sí!
»El conde atribuyó este arrebato al amargo pensamiento de que se encontraba perdida, sin hogar y sin saber adónde ir, y el decoro prohibía su permanencia en el palacio. El conde se ocupó de que una anciana y honorable matrona fuera su dama de compañía hasta que, pocas semanas después, llegó de nuevo el día de la boda, que esta vez no trajo consigo suceso desgraciado alguno, sino que coronó la felicidad de Hyppolit y Aurelia. Ésta, hasta entonces, se había hallado permanentemente en un estado de tensión. No era el dolor por la pérdida de su madre, no; parecía perseguirla un dolor interior, inefable, letal. En medio de las más dulces conversaciones amorosas empalidecía mortalmente, como sobrecogida por un repentino terror y caía en brazos del conde mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas, como si quisiera encontrar algo a lo que sujetarse para que un invisible y adverso poder no la arrastrara a la perdición, y exclamaba:
»—¡No, nunca, nunca!
»Sólo ahora, casada ya con el conde, parecía haber desaparecido esa tensión y esa terrible angustia interior. Como era de esperar, el conde suponía la existencia de algún penoso secreto que perturbaba a Aurelia en lo más íntimo, pero, con razón, consideraba descortés indagar por él mientras esa tensión siguiera presente y Aurelia callara al respecto. Sólo ahora se atrevió a preguntar con gran cautela cuál podría ser la causa de su singular estado de ánimo. Aurelia afirmó entonces que sería para ella un alivio abrir por completo su corazón a su amado esposo. El conde se sorprendió no poco al saber que sólo la impía conducta de su madre había traído ese perturbador pesar a Aurelia.
»—¿Hay algo más espantoso —exclamó Aurelia— que tener que odiar, que aborrecer a la propia madre?
»Por consiguiente, ni su padre ni su tío se habían visto dominados por falsos prejuicios, y la baronesa había engañado al conde con premeditada hipocresía. El conde consideraba un golpe de fortuna el que la baronesa falleciera el día de su boda, y no lo ocultaba. Pero Aurelia explicó que, justo al morir su madre, se vio dominada por sombrías, por horribles premoniciones, sin poder evitar la terrible angustia de pensar que la fallecida se levantaría de la tumba y la apartaría de los brazos del amado para arrojarla al abismo. Según contó, Aurelia recordaba muy vagamente una mañana, en su más tierna infancia, en que nada más despertar se produjo un terrible tumulto en la casa. Las puertas se abrían y cerraban con violencia y voces extrañas gritaban entremezcladas. Finalmente, cuando se hizo un poco la calma, la niñera de Aurelia la tomó del brazo y la condujo a una amplia estancia en la que se hallaban reunidas muchas personas. A lo largo de una mesa, en el centro, yacía el hombre que con frecuencia jugaba con Aurelia, que le daba dulces y golosinas y al que llamaba papá. Tendió las manos hacia él y quiso besarlo. Los labios, antes tibios, estaban fríos como el hielo y Aurelia, sin saber ella misma por qué, rompió a llorar. La niñera la llevó a una casa desconocida donde estuvo largo rato, hasta que apareció una mujer y se la llevó en un carruaje. Se trataba de su madre, que poco después se trasladó con Aurelia a la corte.
»Aurelia tendría unos dieciséis años cuando un hombre se presentó ante la baronesa, quien le recibió con alegría y familiaridad, como a un viejo y querido amigo. Comenzó a acudir cada vez con mayor frecuencia y, muy pronto, la situación de la baronesa cambió de un modo notable. En vez de vivir en una pequeña buhardilla, como hasta entonces, y vestirse con pobres ropas y alimentarse malamente, se trasladó a un bello barrio en la más hermosa zona de la ciudad, usaba costosos trajes, comía y bebía magníficamente con su amigo, de quien era huésped diariamente, y participaba en todas las fiestas que se ofrecían en la corte. Pero esta mejora de la situación de su madre, evidentemente debida a aquel extraño, no tuvo efecto alguno en Aurelia. Permanecía encerrada en su habitación cuando la baronesa corría a disfrutar de todos los placeres junto con el extraño, y vivía tan pobremente como antes. El extraño, a pesar de que estaba cerca de cumplir los cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, era de alta estatura y su rostro, por así decir, tenía una belleza varonil. Sin embargo, a Aurelia le resultaba desagradable porque su conducta, aunque hacía esfuerzos por mantener una actitud elegante, era retorcida, vulgar, grosera. La mirada con que observaba a Aurelia la llenaba de un inquietante horror, de un espanto cuya causa no sabía explicar. Hasta entonces, la baronesa no se había molestado en hablar a Aurelia de aquel extraño. Ahora mencionó su nombre, añadiendo que el barón era inmensamente rico, además de un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos y terminó preguntando a Aurelia si a ella le agradaba. Aurelia no ocultó el horror que el extraño le producía. La baronesa, entonces, le dirigió una mirada que le produjo un profundo espanto y la reprendió por actuar como una tonta y una ingenua. Poco después la baronesa comenzó a tratar a Aurelia más amablemente que nunca. Tuvo hermosos vestidos y ricos adornos a la moda, y la dejaron participar en las fiestas. Aunque quería agradar a Aurelia, el extraño se comportaba de un modo que le hacía aparecer ante ella cada vez más antipático. Y su joven delicadeza se vio afectada cuando, por un malhadado azar, fue testigo secreto de una indignante atrocidad del extraño y de la corrompida baronesa. Cuando, unos días después, el extraño, medio beodo, la rodeó con los brazos de una manera que no dejaba duda sobre sus infames intenciones, su desesperación le dio las fuerzas de un hombre, consiguió apartar al extraño, tirándole de espaldas al suelo, salió huyendo y se encerró en su habitación.
La baronesa aclaró a Aurelia, con absoluta frialdad y determinación, que, como el extraño mantenía la casa y no quería volver a sus antiguas penurias, no había lugar para esos necios remilgos. Aurelia debía plegarse a los deseos del extraño, ya que amenazaba, en caso contrario, con abandonarla. En lugar de atender las tristes súplicas de Aurelia, sus amargas lágrimas, la anciana comenzó a burlarse con desvergüenza de unas relaciones que le abrirían las puertas de los placeres de la vida, hablando de un modo cuya lujuria se mofaba de cualquier sentimiento decente, hasta el punto de espantar a Aurelia. Se sintió perdida, y el único remedio parecía ser el emprender una huida sigilosa. Aurelia pudo hacerse con la llave de la casa, empaquetó unas pocas pertenencias para cubrir las necesidades más perentorias y se deslizó, pasada la medianoche, cuando suponía que su madre ya dormía, por el pobremente iluminado vestíbulo. Iba ya a salir en silencio, en completo silencio, cuando rechinó la puerta de la casa al abrirse y se oyeron unos pasos que subían los escalones. La baronesa apareció en el vestíbulo, dirigiéndose hacia Aurelia, vestida con una sucia blusa, el pecho y los brazos desnudos, la encanecida melena suelta y salvajemente agitada. La seguía muy de cerca el extraño, quien, mientras gritaba “espera, maldito diablo, bruja del infierno, te haré tragar tu banquete de bodas”, la arrastró de los pelos hasta el centro de la estancia y comenzó a golpearla del modo más espantoso con el grueso bastón que llevaba consigo. La baronesa soltó un horrible grito de angustia; Aurelia, al borde del desmayo, llamó por la abierta ventana pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que pasaba por allí una patrulla armada de la policía, que entró inmediatamente en la casa.
»—¡Deténganle! —exclamó la baronesa, retorciéndose de dolor y dirigiéndose a los soldados—, ¡deténganle, aprésenlo! Miren simplemente sus espaldas… es…
»En cuanto la baronesa pronunció el hombre, el sargento que dirigía la patrulla gritó con júbilo:
»—¡Ja, ja! ¡Por fin te tenemos, Urian!
»De inmediato detuvieron al extraño y lo arrastraron fuera, aunque se resistiera. A pesar de todo lo que había sucedido, la baronesa no dejó de percatarse de las intenciones de Aurelia. Por lo pronto, se contentó con tomar a Aurelia del brazo, llevarla a su habitación y luego cerrar ésta con llave sin decir una sola palabra. A la mañana siguiente la baronesa había salido y no volvió hasta muy tarde, mientras Aurelia, encerrada en su habitación como en una celda, no vio ni habló con nadie, de forma que tuvo que pasar el día sin comer ni beber. Así transcurrieron varios días. Con frecuencia la baronesa la miraba con ojos encendidos de ira, y parecía no saber si tomar alguna determinación, hasta que cierta noche recibió una carta cuyo contenido le causó una gran alegría.
»—Extravagante criatura, eres la culpable de todo, pero está bien, incluso yo misma deseo que no te alcance la terrible maldición que el malvado espíritu te ha echado —dijo la baronesa a Aurelia.
»De nuevo fue amable con ella, y Aurelia, que no pensaba más en la huida, ya que aquel hombre repugnante se había apartado de ella, tuvo algo más de libertad.
»Pasado algún tiempo, una mañana en que Aurelia se encontraba sola en su cuarto, se oyó un gran estruendo en la calle. La camarera entró de un brinco y le comunicó que trasladaban al hijo del verdugo, que había sido marcado al hierro por robo con homicidio y llevado al presidio, aunque durante el transporte había escapado de sus guardianes. Aurelia, casi sin fuerzas y sobrecogida por un aprensivo presentimiento, se dirigió hasta la ventana. No se había confundido. El extraño, rodeado por gran cantidad de guardias y fuertemente aherrojado, era conducido en una carreta. Le llevaban de nuevo preso para que expiara su pena. Cuando, casi sin sentido, Aurelia se dejaba caer en el sillón, la terrible y salvaje mirada de aquel tipo se cruzó con la suya, al tiempo que alzaba amenazante el puño cerrado hacia la ventana.
»De nuevo la baronesa salía con frecuencia de casa, aunque dejaba a Aurelia en ella; ésta llevaba, según ciertos comentarios sobre su destino, sobre aquello que, inopinadamente, podría amenazarla, una vida triste y apagada. Por la camarera, que entró en la casa después de aquel suceso nocturno y a quien habían revelado la íntima relación que ese canalla había mantenido con la baronesa, supo que en la corte se lamentaba mucho que hubiera sido engañada hasta ese punto por aquel infame criminal. Bien conocía Aurelia que el asunto había sido muy distinto, y parecía imposible que al menos los agentes de policía que detuvieron entonces a ese sujeto en casa de la baronesa no se convencieran de la íntima relación entre la baronesa y el hijo del verdugo al dar ella su nombre y mostrar la marca al hierro en la espalda, signo cierto del criminal. Por eso la camarera, de vez en cuando, se manifestaba de un modo ambiguo sobre lo que se decía aquí o allá, sobre lo que el tribunal había investigado y por qué había amenazado a la estimada señora baronesa con arrestarla, ya que el maldito hijo del verdugo había confesado hechos muy singulares.
»De nuevo, al permanecer un tiempo en la corte tras ese terrible suceso, la pobre Aurelia tuvo que reconocer el depravado carácter de su madre. Finalmente, ésta se vio obligada a abandonar el lugar en que se veía perseguida por una sospecha ignominiosa, aunque bien fundada, y huir a una región apartada. Durante ese viaje llegó al palacio del conde y ocurrió lo que ya se ha relatado. Aurelia, libre de toda amarga preocupación, se sintió muy feliz. Pero, ¡qué espanto cuando, al hablarle a su madre del feliz augurio del cielo, ésta, llameando la mirada, chilló!:
»—¡Tú eres mi desgracia, funesta criatura! Pero cuando estés en esa plena felicidad con la que sueñas te alcanzará mi venganza si muero repentinamente. En el crispamiento que me costó tu parto, la astucia de Satán… —Aurelia no pudo seguir, se echó en brazos del conde y le rogó que no le hiciera repetir todo lo que la baronesa, llevada por la locura, había dicho. Se sentía destrozada interiormente al pensar en la terrible amenaza de su madre, poseída por malvados poderes. El conde hizo lo posible por consolar a su esposa, a pesar de que él mismo se sentía invadido por un escalofrío mortal. Tuvo que reconocer, ya más calmado, que la inmensa atrocidad de la baronesa, aunque hubiera ya fallecido, proyectaba una negra sombra sobre su vida, que había imaginado soleada y brillante.
»Poco tiempo después Aurelia comenzó a cambiar a ojos vistas. Mientras que la palidez del rostro y el brillo apagado de sus ojos parecían indicar alguna enfermedad, el humor inconstante, confuso, incluso esquivo de Aurelia hacía pensar que algún nuevo secreto la perturbaba. Huía incluso de su esposo, se encerraba en su alcoba, buscaba inmediatamente el lugar más apartado del parque y, cuando se dejaba ver, los ojos llorosos, los desfigurados rasgos de su rostro mostraban que sufría algún terrible tormento. El conde intentó en vano averiguar la causa del estado de su esposa y sólo pudo salvarle del completo desconsuelo en que había caído la conjetura de un afamado médico, según la cual en la gran excitabilidad de la condesa, en los amenazadores aspectos de aquella nueva situación sólo podía haber una alegre esperanza para la feliz pareja. El mismo médico, en una ocasión en que se encontraba a la mesa con el conde y su esposa, se permitió todo tipo de alusiones a ese supuesto estado de buena esperanza. La condesa, indiferente, parecía no escuchar, pero, de pronto, cuando el médico comenzó a hablar de los extraños antojos que sentían las mujeres en tal estado, y a decir que no debían además resistirse a ellos sin quebranto de su salud, incluso sin provocar graves daños al niño, prestó toda su atención. La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no tuvo reparo alguno en relatar los casos más cómicos y jocosos que había conocido:
»—Naturalmente —dijo—, existen también casos de antojos del todo anormales, por los que algunas mujeres llegaron a cometer el acto más horrible. Así, la mujer de un herrero tenía un tan irresistible antojo por la carne de su marido que no descansó hasta que, cierta vez en que llegó bebido a casa, le atacó inesperadamente con un gran cuchillo y se lo clavó con tanta saña que a las pocas horas entregaba su alma.
»Apenas acabó de decir el médico estas palabras la condesa cayó desmayada en el sofá. Sólo con dificultad pudo ser rescatada de los sucesivos ataques nerviosos que sufrió. El médico pudo ver que había sido muy imprudente mencionar aquel terrible suceso en presencia de la condesa, mujer con gran debilidad nerviosa.
»La crisis pareció ejercer un efecto bienhechor en el estado de la condesa, que pareció tranquilizarse, aunque muy pronto una actitud singularmente rígida, un melancólico fuego en los ojos y un color cada vez más pálido empujó al conde a una nueva y atormentadora duda sobre la situación de su esposa. Lo más inexplicable del estado de la condesa radicaba, sin embargo, en que no tomaba alimento alguno, sino que sufría la más insuperable aversión a todo, en especial a la carne, hasta el punto de que, mostrando toda su repugnancia, tenía que levantarse de la mesa. Los consejos del médico fracasaron; ni siquiera los ruegos más encarecidos, más cariñosos del conde, nada en el mundo podía conseguir que la condesa tomara alguna medicina. Como pasaran semanas y meses sin que la condesa tomara el más mínimo bocado, como había un insondable misterio en cómo era capaz de sustentarse, el médico consideraba que había algo que escapaba al campo de la ciencia humana. Abandonó el palacio aduciendo algún pretexto, pero el conde pudo notar que el médico vislumbraba algo demasiado enigmático, demasiado inquietante incluso, en el estado de la condesa como para aguardar más tiempo y ser testigo de una inescrutable enfermedad sin poder ofrecer su ayuda. Puede imaginarse en qué disposición de ánimo dejó todo ello al conde; pero no acabó todo aquí.
»Por esa misma época, un fiel servidor aprovechó una ocasión en que encontró al conde a solas para descubrirle que la condesa abandonaba todas las noches el palacio y no regresaba hasta el alba. El conde se quedó helado. Sólo entonces pensó que, desde hacía un tiempo, a medianoche le vencía siempre un sueño en absoluto natural, que ahora atribuía a algún narcótico que la condesa le proporcionaba. Así podía abandonar sin ser notada el dormitorio que, contra las conveniencias, compartía con su esposo. Los más negros presentimientos acudieron a su mente. Pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu renacía quizá en la hija, en alguna relación adúltera y abominable, incluso en el perverso hijo del verdugo.
»La siguiente noche iba a aclarar el misterio del motivo del inexplicable estado de su esposa. La condesa solía, cada tarde, preparar ella misma el té que tomaba su esposo, y luego se retiraba. Ese día el conde no bebió una sola gota y cuando, como tenía por costumbre, leía ya en la cama, no sintió en modo alguno, hacia medianoche, el sureño que otras veces le dominaba. No obstante, se dejó caer en los almohádones, aparentando dormir profundamente. Con gran cautela, la condesa abandonó su lecho, se acercó a la cama del conde, le iluminó el rostro y se deslizó fuera de la alcoba. Con el corazón tembloroso, el conde se levantó, se echó un manto sobre los hombros y la siguió. Era una noche de luna clara, de forma que, aunque le llevaba una considerable ventaja, el conde podía percibir con claridad a Aurelia, cuya figura estaba vestida además con un camisón blanco. La condesa tomó el camino que, atravesando el parque, llevaba al cementerio, pero desapareció a través del muro. El conde corrió tras ella, cruzando el portón del muro de la iglesia, que encontró abierto. Al claro de luna pudo observar entonces un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas y con los cabellos al viento se acuclillaban en el suelo, y en el centro del círculo yacía el cadáver de una persona, del que se alimentaban con voracidad de lobas. ¡Aurelia estaba entre ellas!
»El conde huyó de allí lleno de horror, perdido el sentido, acosado por un terror mortal, por todos los espantos del infierno, corriendo a través de los senderos del parque hasta que, bañado en sudor, se encontró de nuevo, ya de día, ante las puertas del palacio. Instintivamente, sin una idea precisa, saltó escaleras arriba, atravesando las habitaciones hasta alcanzar el dormitorio. Allí estaba la condesa, entregada a un dulce y suave sueño. El conde, consciente de su paseo nocturno, del que era prueba el manto, húmedo por el rocío, trató de convencerse de que sólo una horrible pesadilla, o quizá más bien una perturbadora ilusión de los sentidos le había producido aquella mortal angustia. Sin esperar a que la condesa despertara abandonó la alcoba, se vistió y montó a caballo. El paseo en la hermosa mañana a través de los fragantes arbustos, desde los que le saludaba el canto de los pájaros recién despertados, apartó las terribles imágenes de aquella noche. Consolado y animado, volvió a palacio. Pero cuando el conde y la condesa se sentaron, solos, a la mesa, y ésta, al traer la carne recién cocinada, quiso abandonar la estancia dando muestras de la más profunda aversión, se presentó de nuevo ante el conde, en toda su crudeza, la verdad sobre aquello que había ocurrido durante la noche. Lleno de ira se levantó de un salto y gritó con voz terrible:
»—¡Maldito engendro del Infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas arrancando tu comida de las tumbas, mujer diabólica!
»Pero en cuanto el conde soltó estas palabras, la condesa cayó, gimiendo con fuerza, contra él, mordiéndole con la furia de la Hidra en el pecho. El conde arrojó al suelo a la furiosa mujer, quien entregó su espíritu entre horribles convulsiones. El conde perdió la razón.
—¡Ay! —dijo Lothar, tras unos momentos de silencio de los amigos—, ¡ay! mi excelente Cyprianus, has dicho palabras magníficas. Frente a tu historia, el vampirismo es un juego de niños, una hilarante broma de carnaval. No, todo es tan terriblemente interesante y condimentado con tanta asa fétida, que un paladar sobreexcitado que ya no aprecie un alimento natural disfrutará muy mucho con ello.
—Y sin embargo —dijo Theodor, tomando la palabra—, nuestro amigo ha velado ciertas cosas y ha pasado a hurtadillas por encima de otras, despertando un fugaz, temeroso y sombrío anhelo que debemos agradecer. Recuerdo ciertamente haber leído la terrible y fantasmal historia en un viejo libro. Pero todos los detalles estaban narrados con cierta prolijidad y los horrores de los antiguos eran discutidos con amore, de forma que el conjunto dejaba una impresión muy desagradable que no pude olvidar durante mucho tiempo. Me alegraba haberlo olvidado todo, y Cyprian no debería habérmelo recordado, aunque he de reconocer que ha pensado en nuestro patrón, san Serapión, y ha despertado en nosotros un intenso horror, al menos en el final. Todos hemos palidecido un poco, en especial el propio narrador.