Vampiros
La familia del vurdalak - ALEXEI TOLSTOI
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Alexei Tolstoi
LA FAMILIA DEL VURDALAK(c. 1840)
COMO tantas cosas, la obra del conde Alexei Konstantinovich Tolstoi duerme en el olvido; entre otras razones por tener como primo al autor de Ana Karenina, de cuya gigantesca sombra se puede decir que sólo ha logrado escurrirse este sencillo relato onírico, descubierto por la crítica francesa en 1950.
Perteneciente a una antigua familia de la nobleza ucraniana, Alexei Tolstoi nació en San Petersburgo en 1817 y murió casi arruinado, a los cincuenta y ocho años, después de haberse excedido en su dosis habitual de morfina. Al parecer fue un hombre cultivado y cosmopolita, que viajó por Europa desde niño y que se educó en Alemania, donde gozaría del trato y amistad de Goethe. Terminados sus estudios en la universidad de Moscú, acepta un modesto cargo en la embajada rusa de Frankfort que pronto abandona para tomar parte en servicio activo en la guerra de Crimea (1853-1856). Acabada la campaña, vuelve a la vida privada para dedicarse exclusivamente a escribir en el retiro de sus tierras, cerca de San Petersburgo, donde a la vez ejerce como gobernador de Tchernigov.
Como escritor adoptó la doctrina estética de l’art pour l’art, pero lejos de inclinarse por las modas parisinas, siempre se mostraría eslavófilo en sus gustos literarios, admirador de Turgienev y de la poesía épica rusa. Del pasado le gustaba especialmente el siglo XVI ruso, que evocó en su obra más famosa, la trilogía formada por La muerte de Iván el terrible, Fedor Ivanovicb y El zar Boris; asimismo escribió una novela histórica, El príncipe Seretziany, y una curiosa variación del Don Juan de Byron. También cultivó la poesía y, bajo un pseudónimo inventado entre él y sus primos, publica en los periódicos de San Petersburgo una serie de poemas satíricos, con grotescas caricaturas de la vida literaria y las más altas dignidades de la historia rusa, que provocaron el disgusto del zar Alejandro II, a lo que Alexei contestó: «No he nacido para servir sino para cantar» y, hastiado, se alejó de la corte.
La familia del vurdalak se escribió en francés alrededor de 1840, cuando Alexei Tolstoi leía con placer novelas góticas inglesas, aunque no fue publicado hasta 1884, debido al recelo que causaba en los periódicos de San Petersburgo el interés hacia temas tan ajenos y sospechosos para el mundo literario ruso. Su cuento, inspirado en el tratado de Calmet y seguramente influido por las supersticiones populares de su país, es la variante más lejana del vampiro literario del siglo XIX. Nada más lejos de la estilización romántica que este enorme y bestial vurdalak, surgido de las supersticiones ancestrales, del que emana el más puro terror primitivo. Pero, quizá por ello, el vurdalak sea el vampiro más auténtico e intemporal de esta antología.
LA FAMILIA DEL VURDALAK[7]
Fragmento inédito de las Memorias de un desconocido
EL año 1815 había reunido en Viena a lo más distinguido de la erudición europea, los espíritus más brillantes de la sociedad y las grandes eminencias de la diplomacia. Pero el congreso había terminado.
Los emigrados realistas se disponían a regresar definitivamente a sus palacios, los guerreros rusos a reintegrarse a sus hogares abandonados, y algunos polacos descontentos a llevar a Cracovia su amor a la libertad, para protegerla allí bajo la triple y dudosa independencia que les había procurado el príncipe de Metternich, el príncipe de Flardenberg y el conde de Nessrelrode.
Como al final de un baile animado, la reunión, poco antes tan bulliciosa, se había reducido a un pequeño número de personas inclinadas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austríacas, tardaban en levantar el vuelo y retrasaban su partida.
Esta alegre sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el palacio de la viuda princesa de Schwarzenberg, a unas millas de la ciudad, más allá de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los modos refinados de la señora del lugar, realzados por su graciosa amabilidad y la delicadeza de su espíritu, hacían sumamente grata la estancia en su residencia.
Las mañanas las dedicábamos a pasear; comíamos todos juntos, bien en el palacio, ya en los alrededores, y por la noche, sentados ante un buen fuego de chimenea, nos distraíamos hablando y contando historias. Estaba terminantemente prohibido hablar de política. Todo el mundo había acabado harto de ella, y nuestros relatos versaban sobre leyendas de nuestros países respectivos, o sobre nuestros propios recuerdos.
Una noche en que cada cual había contado ya algo y nuestro espíritu se hallaba en ese estado de tensión que la oscuridad y la quietud hacen más intenso por lo general, el marqués de Urfé, anciano emigrado al que todos queríamos por su jovialidad totalmente juvenil, y por la manera chispeante que tenía de referir sus viejas aventuras, aprovechó un momento de silencio para tomar la palabra:
—Sus historias, señores —nos dijo—, son sin duda de lo más asombroso; pero en mi opinión les falta un detalle esencial; me refiero a la autenticidad. Porque no sé de ninguno de ustedes que haya visto con sus propios ojos las cosas maravillosas que acaba de relatar, o cuya veracidad pueda avalar con su palabra de caballero.
Nos vimos obligados a reconocerlo, y el anciano prosiguió, acariciándose la chorrera:
—En cuanto a mí, señores, no sé más que una aventura de ese género; pero es a la vez tan extraña, tan horrible y tan verídica, que ella sola bastaría para sobrecoger la imaginación del más incrédulo. Tuve la desgracia de ser a la vez testigo y actor al mismo tiempo, y aunque normalmente prefiero no acordarme de ella, la relataré por una vez, si estas damas tienen a bien permitírmelo.
El asentimiento fue unánime. A decir verdad, algunos dirigieron sus miradas temerosas hacia los rectángulos luminosos que la luna comenzaba a proyectar en el entarimado; pero en seguida el pequeño círculo se apiñó, y todos callaron para escuchar la historia del marqués. Monsieur d’Urfé tomó un pellizco de rapé, lo aspiró lentamente, y comenzó en estos términos:
—Antes que nada, pido perdón a las damas si, en el curso de mi relato, tengo que aludir a mis aventuras sentimentales más de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero debo referirme a ellas para que se comprenda mi relato. Por otra parte, es perdonable que la vejez tenga sus momentos de olvido, y será culpa de ustedes, mis queridas señoras, si, viéndolas tan hermosas, caigo en la tentación de creerme joven todavía. Diré, pues, sin más preámbulos, que en el año 1759 andaba perdidamente enamorado de la preciosa duquesa de Gramont. Esta pasión, que por entonces consideraba yo profunda y duradera, no me daba tregua ni de día ni de noche; y la duquesa, como hacen a menudo las mujeres bonitas, se complacía por coquetería en aumentar mis tormentos. Tanto que, en un momento de despecho, solicité, y obtuve, una misión diplomática junto al hospodar de Moldavia, entonces en negociaciones con el gabinete de Versalles sobre asuntos que sería tan enojoso como inútil exponer aquí. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Me recibió con un talante menos burlón que lo habitual, y me dijo en un tono que denotaba cierta emoción:
»—D’Urfé, comete usted un gran disparate. Pero le conozco, y sé que no reconsiderará la decisión que ha tomado. Así que sólo le pido una cosa: acepte este pequeño crucifijo en prenda de mi amistad y llévelo encima hasta su regreso. Es una reliquia de familia a la que damos gran valor.
»Con una galantería quizá fuera de lugar en aquel momento, besé, no la reliquia, sino la mano encantadora que me la ofrecía; me colgué del cuello este crucifijo, que no me he quitado desde entonces.
»No las cansaré, mis queridas señoras, con los detalles de mi viaje, o con las observaciones que hice de los húngaros y los serbios, ese pueblo pobre e ignorante pero valiente y honrado que, aunque sojuzgado por los turcos, no ha olvidado su dignidad, ni su antigua independencia. Baste decirles que, como había aprendido algo de polaco durante una estancia en Varsovia, no tardé en familiarizarme con el serbio, puesto que las dos lenguas, al igual que el ruso y el bohemio, no son, como evidentemente saben, sino ramas de una única lengua llamada eslavo.
»Sabía, pues, lo bastante de esa lengua para hacerme entender, cuando llegué un día a un pueblo cuyo nombre no viene al caso. Encontré a los habitantes de la casa donde descabalgué sumidos en una consternación que me pareció tanto más extraña cuanto que era domingo, día en que los serbios suelen entregarse a diversos placeres, como el baile, el tiro con arcabuz, la lucha, etc. Atribuí esta actitud de mis anfitriones a alguna desgracia recién acaecida; e iba a marcharme, cuando un hombre de unos treinta años, alto y de figura imponente, se me acercó y me cogió de la mano.
»—Entre, entre, extranjero —me dijo—; no se deje disuadir por nuestra tristeza; en cuanto sepa la causa la comprenderá.
»Me contó entonces que su anciano padre, que se llamaba Gorcha, hombre de carácter inquieto e intratable, se había levantado un día de la cama, y había descolgado de la pared su largo arcabuz turco.
»—Hijos —había dicho a sus dos hijos, uno llamado Jorge y el otro Pedro—, me voy a las montañas, a unirme a los valientes que están dando caza a ese perro de Alibek (era el nombre de un salteador turco que, desde hacía algún tiempo, asolaba el país). Esperadme diez días; y si al décimo día no he regresado, mandad decir una misa por mí, porque habré muerto. Pero —había añadido el viejo Gorcha, adoptando un tono más serio— si volviese después de cumplidos los diez días, Dios os libre de ello, por vuestra salvación, no me dejéis entrar. Os ordeno que, en ese caso, olvidéis que fui vuestro padre y, diga lo que diga y haga lo que haga, me clavéis una estaca de álamo; porque entonces seré un maldito vurdalak que vuelve para chuparos la sangre.
»Debo decirles, mis queridas señoras, que los vurdalaks, o vampiros de los pueblos eslavos, no son otra cosa, en opinión de ese país, que cadáveres que salen de la tumba para chupar la sange de los vivos. Hasta ahí, sus hábitos son idénticos a los de todos los vampiros; pero tienen otro que los hace más temibles. Los vurdalaks chupan la sangre preferentemente a sus familiares más allegados y a sus amigos más íntimos, los cuales, al morir, se convierten en vampiros a su vez; de manera que se dice que en Bosnia y en Hungría hay pueblos enteros convertidos en vurdalaks. El abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre las apariciones, cita ejemplos sobrecogedores. Los emperadores alemanes nombraron varias veces comisiones para aclarar casos de vampirismo. Se levantaron actas, y se exhumaron cadáveres atiborrados de sangre que fueron quemados en las plazas públicas tras haberles atravesado el corazón. Los magistrados que presenciaron estas ejecuciones afirman haber oído a los cadáveres proferir aullidos en el momento en que el verdugo les hundía la estaca en el pecho. Hicieron deposición formal de tales hechos, corroborándolos con su juramento y su firma.
»Con esta información, señoras, les será fácil comprender el efecto que las palabras del viejo Gorcha habían producido en sus hijos. Los dos se arrojaron a sus pies y le suplicaron que les dejase ir en su lugar; pero por toda respuesta, les había vuelto la espalda y se había ido canturreando el estribillo de una antigua balada. El día de mi llegada al pueblo era precisamente aquel en que expiraba el plazo fijado por Gorcha, así que no me fue difícil comprender la inquietud de sus hijos.
»Era una familia buena y honrada. Jorge, el mayor de los dos hijos, de facciones varoniles muy marcadas, parecía hombre serio y decidido. Estaba casado y era padre de dos niños. Su hermano, Pedro, un guapo muchacho de dieciocho años, delataba en su fisionomía más dulzura que osadía, y parecía el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, que podía pasar muy bien por el tipo de belleza eslava. Además de su beldad, indiscutible en todos sus aspectos, me sorprendió encontrar en ella, al pronto, un vago parecido con la duquesa de Gramont. Sobre todo, tenía un rasgo característico en la frente que no he encontrado en mi vida más que en estas dos personas. Quizá era un rasgo que no resultaba bonito al principio; pero a la larga acababa cautivando.
»Fuese que yo era muy joven entonces, fuese que este parecido, unido a un espíritu original e ingenuo, resultaba de un efecto verdaderamente irresistible, el caso es que no llevaba dos minutos hablando con Sdenka, cuando ya sentía por ella una viva simpatía que amenazaba convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba mi estancia en el pueblo.
»Estábamos todos reunidos delante de la casa, en torno a una mesa provista de queso y cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la cena de los niños, que jugaban en la arena; Pedro, con fingida despreocupación, silbaba mientras limpiaba un yatagán, o largo cuchillo turco. Jorge, acodado en la mesa, con la cabeza entre las manos y la frente fruncida, devoraba el camino con los ojos sin decir palabra.
»En cuanto a mí, vencido por la tristeza general, miraba melancólicamente las nubes del atardecer que enmarcaban el fondo dorado del cielo y la silueta de un convento que un oscuro pinar ocultaba a medias.
»Según supe más tarde, este convento había gozado en otro tiempo de gran celebridad debido a una imagen milagrosa de la Virgen que, de acuerdo con la leyenda, había sido traída por los ángeles y depositada sobre un roble. Pero a principios del siglo pasado, los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y saquearon el convento. No quedaban más que los muros, y una capilla atendida por un ermitaño. Éste mostraba las ruinas a los curiosos y daba hospitalidad a los peregrinos que, yendo a pie de un lugar devoto a otro, decidían detenerse en el convento de la Virgen del Roble. Como he dicho, de todo esto no me enteré hasta más tarde; porque esa noche tenía yo en la cabeza algo muy diferente de la arqueología de Serbia. Como sucede a menudo cuando dejamos volar libremente la imaginación, pensaba en tiempos pasados, en los días de mi niñez, en la hermosa Francia, que había abandonado por un país remoto y salvaje.
»Pensaba en la duquesa de Gramont y, por qué no decirlo, en alguna otra contemporánea de sus abuelas, cuya imagen, sin yo saberlo, se había introducido en mi corazón tras la de la encantadora duquesa.
»Al cabo de un momento, había olvidado a mis anfitriones y su inquietud.
»De repente, Jorge rompió el silencio.
»—Mujer —dijo—, ¿a qué hora se fue el viejo?
»—A las ocho —contestó la mujer—; oí la campana del convento.
»—Entonces bien —prosiguió Jorge—; no pueden ser más de las siete y media —y calló, fijando nuevamente los ojos en el camino que se perdía en el bosque.
»He olvidado decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan que alguien es vampiro evitan pronunciar su nombre o designarlo de manera directa, porque creen que es llamarlo de la tumba. Y que desde hacía algún tiempo, Jorge, al hablar de su padre, sólo le llamaba el viejo.
»Transcurrieron unos instantes en silencio. De repente, uno de los niños dijo a Sdenka, tirándola del delantal:
»—Tía, ¿cuándo volverá el abuelo a casa?
»Jorge le respondió a esta pregunta inoportuna con una bofetada.
»El niño se echó a llorar; y su hermano pequeño dijo en un tono a la vez asombrado y temeroso:
»—Padre, ¿por qué no quiere que hablemos del abuelo?
»Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a berrear, y toda la familia se santiguó.
»En ésas estábamos, cuando oí el reloj del convento, que daba lentamente las ocho. Apenas resonó la primera campanada en nuestros oídos, cuando vimos surgir del bosque una figura humana y venir hacia nosotros.
»—¡Es él! ¡Alabado sea Dios! —exclamaron a la vez Sdenka, Pedro y la cuñada.
»—¡Dios nos tenga en su santa guarda! —dijo solemnemente Jorge—; ¿cómo saber si se han cumplido los diez días o no?
»Todo el mundo le miró con un estremecimiento. Sin embargo, la figura humana seguía avanzando. Era un viejo alto, con bigote plateado, cara pálida y adusta, que caminaba ayudándose con un bastón. A medida que se acercaba, Jorge se volvía más sombrío. Cuando el recién llegado estuvo cerca, se detuvo y paseó la mirada por su familia con ojos que parecían no ver, tan apagados los tenía, y hundidos en sus órbitas.
»—Bueno —dijo con voz cavernosa—, ¿nadie se levanta a recibirme? ¿Qué significa ese silencio? ¿No veis que estoy herido?
»Entonces me di cuenta de que el viejo tenía el costado izquierdo manchado de sangre.
»—Sostenga a su padre —dije a Jorge—; y usted, Sdenka, debería darle algún cordial; ¡está a punto de desmayarse!
»—Padre —dijo Jorge acercándose a Gorcha—, enséñeme esa herida; yo entiendo de heridas, y se la voy a curar…
»Hizo ademán de abrirle la ropa, pero el anciano lo rechazó bruscamente y se cubrió el costado con las dos manos.
»—¡Quieto, torpe! —dijo—; ¡me has hecho daño!
»—¡Pero esa herida la tiene en el corazón! —exclamó Jorge, pálido—. Vamos, vamos; quítese la ropa. ¡Es preciso, es preciso, se lo aseguro!
»El viejo se enderezó, tieso como un huso.
»—Ojo, muchacho —dijo con voz sorda—: ¡como me toques, te maldigo!
»Pedro se interpuso entre Jorge y su padre.
»—Déjalo —dijo—; ¿no ves que le duele?
»—No lo contraríes —añadió su mujer—; ¡sabes que no lo ha consentido jamás!
»En ese momento, vimos un rebaño que volvía de pastar y se dirigía a la casa en medio de una nube de polvo. El perro que lo acompañaba, fuera que no reconoció al viejo amo, fuera por alguna otra razón, se detuvo con el pelo erizado en cuanto vio de lejos a Gorcha, y se puso a aullar como si viese algún ser sobrenatural.
»—¿Qué le pasa a ese perro? —dijo el viejo, cada vez de más malhumor—. ¿Qué significa todo esto? ¿Acaso me he vuelto un extraño en mi propia casa? ¿Es que diez días pasados en las montañas me han cambiado hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?
»—¿Le oyes? —dijo Jorge a su mujer.
»—¿Qué?
»—¡Reconoce que han pasado los diez días!
»—No, puesto que ha vuelto en el plazo fijado.
»—Está bien, está bien; yo sé lo que hay que hacer.
»Y como el perro seguía aullando:
»—¡Quiero que lo matéis! —exclamó Gorcha—. ¡Bueno, me habéis oído!
»Jorge no se movió; pero Pedro se levantó, con lágrimas en los ojos, y cogiendo el arcabuz de su padre, disparó sobre el perro, que cayó rodando en el polvo.
»—Pero era mi perro favorito —dijo muy bajo—. ¡No sé por qué ha querido padre que lo matáramos!
»—Porque se lo merecía —dijo Gorcha—. Vamos, hace frío; ¡quiero entrar!
»Mientras ocurría esto fuera, Sdenka había preparado para el viejo una tisana compuesta de aguardiente cocido con peras, miel y pasas. Pero su padre la rechazó con repugnancia. La misma aversión mostró por el plato de cordero con arroz que le puso Jorge delante, y fue a sentarse en un rincón junto a la chimenea, murmurando entre dientes palabras ininteligibles.
»Un fuego de leña de pino chisporroteaba en el hogar y animaba con su resplandor tembloroso el rostro del viejo, tan pálido y desencajado que, sin esa iluminación, habría podido tomársele por el de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a él.
»—Padre —dijo—; no quiere tomar nada ni descansar; ¿por qué no nos cuenta su aventura en las montañas?
»Al decir esto, la muchacha sabía que tocaba una fibra sensible; porque el viejo se animaba hablando de guerras y batallas. Así que, afloró una especie de sonrisa a sus labios descoloridos, sin que sus ojos participasen de ella, y contestó pasándole la mano por sus hermosos cabellos dorados:
»—Sí, hija mía; sí, Sdenka. Te contaré lo que me ha ocurrido en las montañas; pero será en otro momento, porque hoy estoy cansado. Sin embargo, te diré que Alibek ya no existe, y que es mi mano la que le ha dado muerte. Y por si alguien lo duda —prosiguió el viejo paseando la mirada por toda su familia—, ¡aquí está la prueba!
»Deshizo una especie de bulto que llevaba a la espalda, y sacó de él una cabeza lívida y sangrante… ¡a la que, tocante a palidez, no le iba en zaga la suya! Apartamos la mirada con horror. Pero Gorcha, dándosela a Pedro:
»—Ten —le dijo—; cuelga eso encima de la puerta, para que todos los que pasen se enteren de que Alibek ha muerto, y de que los caminos están limpios de salteadores… ¡quitando a los jenízaros del sultán!
»Pedro obedeció con repugnancia.
»—Ahora lo comprendo todo —dijo—; ¡ese pobre perro que acabo de matar aullaba porque olfateaba carne muerta!
»—Sí, olfateaba carne muerta —replicó en tono lúgubre Jorge, que había salido sin que nadie se diese cuenta, y entraba en este momento trayendo en la mano una cosa que dejó en un rincón, y que me pareció una estaca.
»—Jorge —dijo su mujer a media voz—, supongo que no irás a…
»—Hermano —añadió su hermana—, ¿qué vas a hacer? Pero no; no harás nada, ¿verdad?
»—Dejadme —contestó Jorge—; yo sé lo que tengo que hacer, y no haré sino lo que sea necesario.
»A todo esto había caído la noche, y la familia fue a acostarse a una parte de la casa que estaba separada de mi habitación por un tabique bastante delgado. Confieso que lo que había visto durante la tarde había impresionado mi imaginación. Yo tenía la luz apagada, y la luna entraba de lleno por un ventanuco bajo, muy cerca de mi cama, proyectando en el suelo y las paredes una claridad macilenta, más o menos como entra aquí, señoras, en este salón donde estamos. Quería dormir pero no podía. Atribuyendo mi insomnio a la claridad de la luna, busqué algo que me sirviera de cortina, pero no encontré nada. Entonces, oí voces confusas al otro lado del tabique, y me puse a escuchar.
»—Acuéstate, mujer —decía Jorge—; y tú, Pedro; y tú, Sdenka. No os preocupéis por nada; yo velaré por vosotros.
»—Pero, Jorge —contestó su mujer—; me corresponde a mí velar; tú estuviste trabajando toda la noche anterior; debes de estar reventado. Además, tengo que mantenerme despierta por nuestro hijo mayor. ¡Sabes que no se encuentra bien desde ayer!
»—Estáte tranquila y acuéstate —dijo Jorge—; ¡yo velaré por los dos!
»—Pero, hermano —dijo entonces Sdenka con su voz más dulce— me parece inútil velar. Nuestro padre se ha dormido ya; y su expresión parece serena y apacible.
»—No entendéis nada ni la una ni la otra —dijo Jorge en un tono que no admitía réplica—. Os digo que os acostéis y me dejéis velar.
»A continuación se hizo un profundo silencio. Poco después noté que me pesaban los párpados y que el sueño se apoderaba de mis sentidos.
»Me dio la impresión de que se abría lentamente mi puerta y aparecía el viejo Gorcha en el umbral. Pero más que ver su figura, la adivinaba, porque estaba muy oscura en la habitación de donde venía. Me pareció que sus ojos apagados intentaban leerme el pensamiento y seguir el movimiento de mi respiración. Después avanzó un pie, y luego el otro. Seguidamente, con precaución extrema, echó a andar hacia mí con paso de lobo. Luego dio un salto y se situó junto a mi lecho. Yo sentía una angustia indecible; pero una fuerza invisible me tenía inmovilizado. El viejo se inclinó sobre mí y me acercó su rostro lívido hasta el punto de que me pareció oler su aliento cadavérico. Entonces hice un esfuerzo sobrenatural y me desperté, bañado de sudor. No había nadie en mi cuarto; pero, al echar una mirada hacia la ventana, vi claramente al viejo Gorcha, fuera, con la cara pegada al cristal, y sus ojos espantosos clavados en mí. Tuve la fuerza de no gritar y la suficiente presencia de ánimo para permanecer acostado como si no hubiese visto nada. Sin embargo, el viejo parecía haber venido sólo a asegurarse de que dormía; porque no hizo intento alguno de entrar, sino que, tras mirarme bien, se fue de la ventana, y le oí andar en la habitación contigua. Jorge se había dormido, y roncaba de tal modo que hacía temblar los tabiques. El niño tosió en ese momento, y distinguí la voz de Gorcha.
»—¿No duermes, pequeño? —dijo.
»—No, abuelo —contestó el niño—; ¡me gustaría charlar contigo!
»—Ah, ¿te gustaría charlar conmigo? ¿Y de qué charlaremos?
»—Quiero que me cuentes cómo combatiste a los turcos, ¡porque a mí también me gustaría combatir a los turcos!
»—Ya había pensado en eso, hijito; y te he traído un pequeño yatagán, que te daré mañana.
»—Ah, abuelo, dámelo ahora, ya que no duermes.
»—Pero, ¿por qué no me has dicho nada cuando era de día?
»—¡Porque papá me lo ha prohibido!
»—Es prudente, tu papá. Así que ¿te gustaría tener tu pequeño yatagán?
»—Ya lo creo; pero aquí no, ¡porque papá podría despertarse!
»—Pues ¿dónde, entonces?
»—Si salimos, te prometo portarme bien y no hacer ningún ruido.
»Me pareció distinguir una risita de Gorcha, y oí que el niño se levantaba. Yo no creía en los vampiros, pero la pesadilla que acababa de tener había influido en mis nervios; y, como no quería tener nada que reprocharme después, me levanté y di un golpe en el tabique con el puño. Habría bastado para despertar a todos los durmientes, pero nada me indicó que la familia me había oído. Corrí a la puerta decidido a salvar al niño; pero la encontré cerrada por fuera, y el cerrojo no cedía a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi pasar por delante de mi ventana al viejo con el niño en brazos.
»—¡Despierten, despierten! —grité con todas mis fuerzas, y sacudí el tabique con mis golpes. Sólo entonces despertó Jorge.
»—¿Dónde está el viejo? —dijo.
»—Deprisa, corra —le grité—; ¡el viejo se ha llevado a su hijo!
»De una patada, Jorge hizo saltar la puerta, que había sido cerrada por fuera como la mía, y echó a correr en dirección al bosque. Por fin conseguí despertar a Pedro, a su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa; y tras unos minutos de espera, vimos regresar a Jorge con su hijo. Lo había encontrado desvanecido en el camino; pero no tardó en volver en sí, y no parecía más enfermo que antes. Acuciado a preguntas, contestó que su abuelo no le había hecho ningún daño, que habían salido juntos para charlar más a gusto, pero que una vez fuera había perdido el conocimiento, no recordaba cómo. En cuanto a Gorcha, había desaparecido.
»El resto de la noche, como cabe imaginar, transcurrió sin que nadie pegara ojo.
»A la mañana siguiente me enteré de que el Danubio, que cortaba el camino real a un cuarto de legua del pueblo, había empezado a arrastrar témpanos, cosa que ocurre siempre en esas regiones a finales del otoño y comienzos de primavera. El paso quedó cortado durante unos días, y no podía pensar siquiera en marcharme. De todos modos, aunque hubiese podido irme, la curiosidad, unida a cierta atracción más fuerte, me habría retenido. Cuanto más veía a Sdenka, más inclinado me sentía a amarla. No soy de los que creen en las pasiones repentinas e irresistibles cuyos ejemplos nos ofrecen las novelas; pero pienso que hay ocasiones en que el amor se desarrolla más deprisa que de costumbre. La belleza original de Sdenka, aquel singular parecido con la duquesa de Gramont, por la que había huido de París para encontrarla aquí, vestida con traje pintoresco, hablando una lengua extraña y armoniosa, aquel rasgo característico de la cara por el que, en Francia, había querido hacerme matar veinte veces, todo esto, unido a la singularidad de mi situación y a los misterios que me rodeaban, debió de contribuir a que madurase en mí un sentimiento que, en otras circunstancias, no se habría manifestado quizá sino de una forma vaga y pasajera.
»A lo largo del día oí a Sdenka conversar con su hermano menor.
»—¿Qué piensas tú de todo esto? —decía ella—. ¿También sospechas de nuestro padre?
»—Yo no me atrevo a sospechar —contestó Pedro—, y menos habiendo dicho el niño que no le ha hecho ningún daño. En cuanto a su desaparición, sabes que nunca ha dado explicaciones de sus ausencias.
»—Lo sé —dijo Sdenka—; pero entonces hay que salvarlo; porque ya conoces a Jorge…
»—Sí, sí; lo conozco. Hablarle sería inútil. Le esconderemos la estaca, y no irá a buscar otra, porque a este lado de las montañas no hay un solo álamo.
»—Sí, escondámosle la estaca; pero no hay que decir nada a los niños; ¡podría escapárseles, delante de Jorge!
»—Tendremos mucho cuidado —dijo Pedro; y se separaron.
»Llegó la noche sin que se supiera nada del viejo Gorcha. Yo estaba tendido en la cama, como la noche anterior, y la luna entraba de lleno en mi habitación. Cuando el sueño comenzaba a nublarme las ideas, sentí, como por instinto, la proximidad del viejo. Abrí los ojos y vi su cara pegada a mi ventana.
»Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Me parecía que tenía los miembros paralizados. Después de mirarme largamente, el viejo se alejó. Le oí dar la vuelta a la casa y llamar suavemente a la ventana de la habitación donde dormían Jorge y su mujer. El niño se revolvió en su cama y gimió en sueños. Transcurrieron unos minutos en silencio; luego oí llamar otra vez a la ventana. Entonces el niño volvió a gemir, y se despertó…
»—¿Eres tú, abuelo? —dijo.
»—Soy yo —contestó una voz sorda—; te traigo tu pequeño yatagán.
»—Pero no me atrevo a salir; ¡papá me lo ha prohibido!
»—No tienes por qué salir; ¡abre la ventana y ven a darme un beso!
»El niño se levantó y le oí abrir la ventana. Entonces, apelando a todas mis energías, salté de la cama y corrí a golpear el tabique. Un minuto después se había levantado Jorge. Le oí soltar un juramento, su mujer profirió un grito, y poco después nos habíamos reunido todos alrededor del niño inanimado. Gorcha había desaparecido como el día anterior. A fuerza de cuidados, logramos que el niño volviera en sí; pero estaba muy débil y respiraba con dificultad. El pobrecillo ignoraba la causa de su desvanecimiento. Su madre y Sdenka lo achacaron al susto que se había llevado al ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije nada. Sin embargo, una vez que el niño se hubo calmado, se volvieron a acostar todos salvo Jorge.
»Hacia el alba, oí que se despertaba su mujer, y que hablaban en voz baja. Sdenka se reunió con ellos, y la oí sollozar, así como a la cuñada.
»El niño había muerto.
»Paso por alto la desesperación de la familia. Nadie, sin embargo, atribuyó su causa al viejo Gorcha. Al menos, no lo dijeron abiertamente.
»Jorge no hablaba, pero su expresión siempre sombría tenía ahora algo de terrible. El viejo estuvo dos días sin aparecer. La noche del tercero (en que había tenido lugar el entierro del niño), me pareció oír pasos alrededor de la casa, y una voz de viejo que llamaba al hermanito del difunto. Me pareció también, por un momento, ver la cara de Gorcha pegada a mi ventana; pero no pude comprobar si era real o se trataba de un producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estaba oculta. Sin embargo, consideré mi deber informar a Jorge. Jorge interrogó al pequeño, y éste contestó que, efectivamente, había oído que le llamaba su abuelo, y que le había visto mirar por la ventana. Jorge ordenó severamente a su hijo que le despertase si volvía a ocurrir.
»Todas estas circunstancias no eran obstáculo para que mi afecto por Sdenka fuera en aumento.
»No había podido hablar con ella sin testigos durante el día. Cuando llegó la noche, la idea de mi marcha inminente me oprimía el corazón. La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que daba por un lado a la calle y por el otro al patio.
»Se había acostado ya la familia que me hospedaba, cuando se me ocurrió dar una vuelta por el campo para distraerme. Salí al pasillo, y vi que la puerta de Sdenka estaba entornada.
»Me detuve involuntariamente. Un susurro de vestidos muy conocido hizo que el corazón me latiera con violencia. Luego oí la letra de una canción a media voz. Era el adiós que un rey serbio dirigía a su amada al partir para la guerra:
«¡Oh, mi joven junco —decía el viejo rey—, yo parto para la guerra, y tú me olvidarás!
»Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, ¡pero tu talle lo es más!
»Los frutos del serbal que el viento mece son rojos, ¡pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!
»Pero yo soy como un viejo roble deshojado, ¡y mi barba es más blanca que la espuma del Danubio!
»Tú me olvidarás, amada mía, y yo moriré de tristeza; ¡pues el enemigo no osará matar a un viejo rey!»
Y la hermosa contestó: «¡juro serte fiel, y no olvidarte. Y si falto a este juramento, pido que puedas tú, después de muerto, chuparme la sangre del corazón!».
dijo el viejo rey: «¡Así sea!».
Y partió para la guerra. Y muy pronto la hermosa le olvidó…
»Aquí calló Sdenka como si temiese acabar la balada. Yo no pude contenerme más. Esta voz tan dulce, tan expresiva, era la voz de la duquesa de Gramont… Sin pararme a pensar, empujé la puerta y entré. Sdenka acababa de quitarse una especie de casaquilla que visten las mujeres de su país. Todo lo que llevaba era su camisa bordada en oro y seda roja, ajustada a su talle por una sencilla falda a cuadros. Sus hermosas trenzas rubias deshechas y su abandono realzaban sus atractivos. Sin enfadarse por mi brusca irrupción, pareció confusa; y se ruborizó ligeramente.
»—¡Oh! —me dijo—, ¿por qué ha entrado? ¿Qué pensarán de mí si nos sorprenden?
»—Sdenka, vida mía —le dije—, tranquilícese; todos duermen a nuestro alrededor, sólo el grillo en la yerba y el abejorro en el aire pueden oír qué tengo que decirle.
»—¡Oh, amigo mío, salga, salga! ¡Si le sorprende mi hermano, estoy perdida!
»—Sdenka, no me iré hasta que me haya prometido amarme siempre, como prometió la hermosa al rey de la balada. Me marcho pronto, Sdenka, ¡quién sabe cuándo volveremos a vernos! Sdenka, la amo más que a mi propia alma, más que a mi propia salvación… Suya es mi vida y mi sangre… ¿no me va a conceder una hora, a cambio?
»—Muchas son las cosas que pueden suceder en una hora —dijo Sdenka en tono pensativo; pero dejó su mano en la mía—. No conoce a mi hermano —prosiguió, estremeciéndose—. Tengo el presentimiento de que vendrá.
»—Tranquilícese, Sdenka mía —le dije—, su hermano está cansado por sus continuas vigilias: lo arrulla el viento que juega en los árboles; muy pesado es su sueño, y muy larga la noche, ¡y yo sólo le pido una hora! Después, adiós… ¡quizá para siempre!
»—¡Oh, no, para siempre no! —dijo vivamente Sdenka; luego retrocedió, como asustada de su propia voz.
»—¡Ah, Sdenka! —exclamé—, no veo nada sino a usted, no oigo nada sino a usted; no soy dueño de mí. Obedezco a una fuerza superior, ¡Sdenka, perdóneme! —y como un loco, la estreché contra mi corazón.
»—¡Oh, no es usted amigo mío! —dijo ella; y desasiéndose de mis brazos, fue a refugiarse en el fondo de su habitación. No sé qué le contesté; estaba confuso por mi audacia, no porque no me hubiera dejado llevar por ella en ocasiones parecidas, sino porque, a pesar de mi pasión, no podía por menos de sentir un sincero respeto por la inocencia de Sdenka.
»Es cierto que, al principio, había aventurado algunas de esas frases galantes que no desagradan a las mujeres hermosas de nuestro tiempo; pero en seguida sentí vergüenza, y renuncié, viendo que la sencillez de la joven le impedía comprender lo que ustedes, señoras (porque veo que sonríen), han adivinado con sólo haberlo insinuado.
»Y estaba allí, delante de ella, sin saber qué decir, cuando de repente la vi estremecerse y clavar en la ventana una mirada de terror. Seguí la dirección de sus ojos, y vi claramente el rostro inmóvil de Gorcha, que nos observaba desde fuera.
»En ese instante, sentí una mano pesada sobre mi hombro. Me volví. Era Jorge.
»—¿Qué hace aquí? —me preguntó.
»Desconcertado ante esta brusca interpelación, le mostré a su padre que nos miraba por la ventana, y que desapareció en cuanto se vio descubierto por Jorge.
»—He oído al viejo, y he entrado a prevenir a su hermana —le dije.
»Jorge me miró como si quisiera leer el fondo de mi alma. Luego me cogió por el brazo, me condujo a mi habitación y se fue sin decir palabra.
»A la mañana siguiente, la familia se había reunido ante la puerta de la casa, en torno a una mesa repleta de productos de la leche.
»—¿Dónde está el niño? —dijo Jorge.
»—En el patio —contestó su madre—; jugando solo a su juego favorito, imaginar que combate a los turcos.
»Apenas había dicho esto cuando, para nuestro completo asombro, vimos venir del fondo del bosque la alta figura de Gorcha; se acercó despacio a nuestro grupo, y se sentó a la mesa como hizo el día de mi llegada.
»—Sea bienvenido, padre —murmuró la nuera con voz apenas audible.
»—Bienvenido sea, padre —repitieron Sdenka y Pedro en voz baja.
»—Padre —dijo Jorge con voz firme, pero cambiando de color—; ¡le esperábamos para que bendijera la mesa!
»El viejo se volvió, arrugando el ceño.
»—¡Bendígala ya! —repitió Jorge—; y haga la señal de la cruz, o por san Jorge…
»Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo y le suplicaron que dijera la oración.
»—No, no, no —dijo el viejo—. No tiene derecho a mandarme; y como insista, ¡le maldigo!
Jorge se levantó y corrió a la casa. Poco después regresó, con ojos furibundos.
»—¿Dónde está la estaca? —exclamó—. ¿Dónde habéis escondido la estaca?
»Sdenka y Pedro intercambiaron una mirada.
»—¡Cadáver! —dijo entonces Jorge, dirigiéndose al viejo—, ¿qué has hecho de mi hijo mayor? ¿Por qué has matado a mi hijo? ¡Devuélvemelo, cadáver!
»Y mientras decía todo esto, se iba poniendo cada vez más pálido, y sus ojos se animaban aún más.
»El viejo le miraba con ojos malévolos, pero no decía nada.
»—¡Ah! ¡La estaca, la estaca! —exclamó Jorge—. ¡El que la haya escondido responda de las desgracias que nos aguardan!
»En ese momento oímos la risa alegre del más pequeño, y le vimos llegar a caballo sobre una gran estaca que arrastraba caracoleando, y profiriendo con su vocecita el grito de guerra de los servios cuando se lanzan sobre el enemigo.
»Al verlo, los ojos de Jorge centellearon. Arrebató la estaca al niño y se abalanzó sobre su padre. Éste profirió un aullido, y echó a correr en dirección al bosque a una velocidad tan poco acorde con su edad que parecía sobrenatural.
»Jorge lo persiguió por los campos, y poco después los perdimos de vista.
»El sol se había puesto ya cuando regresó Jorge a casa, pálido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sentó cerca del fuego, y me pareció oír que le castañeteaban los dientes. Nadie se atrevió a preguntarle. Hacia la hora en que la familia tenía costumbre de retirarse, pareció recobrar toda su energía. Y llevándome aparte, me dijo de la manera más natural:
»—Mi querido huésped; acabo de ver el río. No hay témpanos, y el camino está despejado; nada impide ya su marcha. No hace falta —añadió, dirigiendo una mirada a Sdenka— que se despida de mi familia. Ella le desea por mediación mía toda la felicidad que se pueda alcanzar aquí abajo, y espero que guarde usted de nosotros un buen recuerdo. Mañana, al amanecer, encontrará ensillado el caballo, y a su guía dispuesto a acompañarle. Adiós; acuérdese alguna vez de su anfitrión, y perdónele si su estancia aquí no ha estado todo lo exenta de tribulaciones que él hubiera deseado.
»Las duras facciones de Jorge tenían en ese momento una expresión casi cordial. Me acompañó a mi habitación y me estrechó la mano por última vez. Luego se estremeció, y sus dientes castañetearon como si temblara de frío.
»Una vez solo, no pensé en acostarme, como habrán imaginado. Me preocupaban otras cosas. Yo había amado varias veces en mi vida. Había tenido accesos de ternura, de despecho y de celos; pero nunca, ni aun al separarme de la duquesa de Gramont, había experimentado una tristeza como la que me desgarraba el corazón en ese momento. Antes de que saliese el sol, me puse la ropa de viaje e intenté obtener una última entrevista con Sdenka. Pero Jorge me esperaba en el recibimiento. Se me esfumó toda posibilidad de volverla a ver.
»Salté sobre mi caballo y piqué espuelas. Me prometí volver a pasar por este pueblo a mi regreso de Jassy; y esta esperanza, por lejana que fuera, disipó poco a poco mis preocupaciones. Pensaba ya con complacencia en el momento del regreso, y mi imaginación me representaba de antemano todos los detalles, cuando un brusco movimiento del caballo estuvo a punto de hacerme perder el arzón. El animal se paró en seco, envaró las patas delanteras, y sus ollares emitieron ese ruido de alarma que la proximidad de un peligro arranca a los de su especie. Miré con atención, y vi delante de mí, a un centenar de pasos, un lobo que excavaba la tierra. Al oírme, emprendió la huida; hundí las espuelas en los ijares de mi montura y conseguí hacerla andar. Entonces descubrí, en el sitio que había abandonado el lobo, una fosa reciente. Me pareció distinguir además el extremo de una estaca que sobresalía unas pulgadas de la tierra que el lobo acababa de remover. Aunque no estoy seguro del todo porque pasé muy deprisa junto a ese lugar.
Aquí el marqués calló, y aspiró un pellizco de rapé.
—¿Es todo? —preguntaron las damas.
—¡Ah, no! —contestó el señor D’Urfé—. Lo que voy a contarles ahora representa para mí un recuerdo mucho más doloroso; y daría lo que fuera por librarme de él.
»Los asuntos que me llevaron a Jassy me retuvieron más tiempo de lo que yo había previsto. No quedaron concluidos hasta seis meses más tarde. ¿Qué puedo decirles? Es triste admitirlo, pero no deja de ser verdad que hay pocos sentimientos duraderos en este mundo. El éxito de mis negociaciones, los alientos que recibía del gabinete de Versalles, la política en una palabra, esa antipática política que tanto nos ha fastidiado últimamente, no tardó en debilitar en mi espíritu el recuerdo de Sdenka. Después, la mujer del hospodar, persona muy hermosa, y que dominaba perfectamente nuestra lengua, me había hecho el honor, desde mi llegada, de distinguirme entre los demás jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Educado, como he sido, en los principios de la galantería francesa, mi sangre gala se habría rebelado ante la idea de pagar con la ingratitud la benevolencia que me demostraba la belleza. Así que respondí cortésmente a las insinuaciones que se me hicieron; incluso, para hacer valer los intereses y derechos de Francia, comencé a identificarme con los del hospodar.
»Llamado a mi país, emprendí de vuelta el camino que me había llevado a Jassy.
»No pensaba ya en Sdenka, ni en su familia, cuando una tarde, cabalgando por el campo, oí una campana que daba las ocho. No me resultó desconocido su tañido, y mi guía me dijo que provenía de un convento que había a cierta distancia. Le pregunté qué convento era aquél, y me dijo que el de la Virgen del Roble. Acucié a mi caballo, y poco después llamábamos a su puerta. Acudió a abrirnos el ermitaño, y nos condujo a la dependencia de los forasteros. La encontré tan llena de peregrinos que se me fueron las ganas de pasar la noche allí; así que le pregunté si podría encontrar alojamiento en el pueblo.
»—Encontrará de sobra —me contestó el ermitaño, exhalando un profundo suspiro—. Gracias a ese impío de Gorcha, ¡no faltan casas vacías allí!
»—¿Qué me dice? —pregunté—, ¿aún vive el viejo Gorcha?