Vampiros

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La familia del vurdalak - ALEXEI TOLSTOI

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»—¡Ah, no! ¡Bien muerto está, y enterrado, con una estaca en el corazón! Pero le chupó la sangre al hijo de Jorge. Y el niño regresó una noche, llorando a la puerta, diciendo que tenía frío y que quería entrar. La tonta de su madre, a pesar de que lo había enterrado ella misma, no tuvo valor para enviarlo otra vez al cementerio, y le abrió. Entonces se arrojó sobre ella y la chupó hasta matarla. Después de enterrada, volvió ella, también, a chuparle la sangre a su segundo hijo, luego a su marido, y después a su cuñado. Todos han muerto.

»—¿Y Sdenka? —dije yo.

»—¡Ah, se volvió loca de dolor! ¡Pobre criatura! No me hable de ella.

»La respuesta del ermitaño no era clara, y yo no me atreví a repetir la pregunta.

»—El vampirismo es contagioso —prosiguió el ermitaño, santiguándose—; son muchas las familias del pueblo que se han contaminado; algunas han perdido hasta a su último miembro. Y créame: debería pasar la noche en el convento; porque en el pueblo, si no acaba devorado por los vurdalaks, el terror que le harán pasar bastará para encanecerle antes de que toque yo a maitines. No soy más que un pobre religioso —prosiguió—, pero la generosidad de los viajeros me permite proveer a sus necesidades. Tengo quesos exquisitos, pasas que sólo con verlas se le hará la boca agua, ¡y algunos frascos de vino de Tokay que no desmerece en nada al que sirven a su santidad el Patriarca!

»En ese momento me pareció que el ermitaño cedía paso al posadero. Me dio la impresión de que me había contado un cuento para darme ocasión de congraciarme con el cielo imitando la generosidad de los viajeros que permitía al hombre santo proveer a sus necesidades.

»Además, la palabra miedo me ha hecho siempre el mismo efecto que el clarín a un caballo de guerra. Habría sentido vergüenza de mí mismo si no hubiera partido en seguida. Mi guía, temblando, me pidió permiso para quedarse; se lo concedí de buen grado.

»Tardé una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. Ni una luz brillaba en las ventanas, ni una canción se dejaba oír. Pasé en silencio por delante de todas las casas, la mayoría de las cuales me resultaban conocidas, y llegué finalmente a la de Jorge. Fuera movido por un recuerdo sentimental, o por mi temeridad de joven, el caso es que decidí pasar allí la noche.

»Bajé del caballo y llamé a la puerta cochera, se abrió, con un chirrido de goznes, y entré en el patio.

»Até el caballo ensillado bajo un cobertizo, donde encontré provisión de avena para una noche, y me dirigí con resolución a la casa.

»No había ninguna puerta cerrada, aunque todas las habitaciones parecían deshabitadas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada el día antes. Aún había algunos vestidos sobre la cama. Unas joyas que ella recibió de mí, entre las que reconocí un crucifijo de esmalte que yo había comprado al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude por menos de sentir un encogimiento del corazón, a pesar de que mi amor era ya cosa pasada. De todos modos, me envolví en mi abrigo y me eché en la cama. Poco después me dormí. No me acuerdo con detalle de mi sueño, pero sé que vi a Sdenka, bella, ingenua y cariñosa como en otra ocasión. Me reproché, al verla, mi egoísmo y mi veleidad. ¿Cómo, me preguntaba, había podido abandonar a esta pobre criatura que me amaba, cómo había podido olvidarla? Luego, su imagen se confundió con la de la duquesa de Gramont, y no vi en las dos figuras sino a una misma y única persona. Me arrojé a los pies de Sdenka, e imploré su perdón. Todo mi ser, toda mi alma se fundieron en un sentimiento inefable de melancolía y de felicidad.

»En ese momento de mi sueño estaba, cuando me despertó a medias un susurro armonioso, semejante al del trigo agitado por una brisa ligera. Me pareció oír las espigas al rozarse melodiosamente, y el canto de los pájaros mezclándose con el rumor de una cascada y el cuchicheo de los árboles. Después, me dio la impresión de que todos estos ruidos confusos no eran sino el roce de un vestido de mujer, y me detuve ante esta idea. Abrí los ojos y vi a Sdenka junto a mi cama. La luna brillaba con un resplandor tan intenso que podía distinguir hasta el más pequeño detalle de los rasgos adorables, en otro tiempo tan queridos por mí: pero mi sueño sólo acababa de hacerme ver el precio. Encontré a Sdenka más hermosa y más desarrollada. Iba vestida igual que la última vez, cuando la había visto a solas: con una camisa sencilla bordada en oro y seda, y una falda muy ceñida por encima de las caderas.

»—¡Sdenka! —dije, incorporándome—, ¿eres tú, Sdenka?

»—Sí, soy yo —me contestó con voz suave y triste—; tu Sdenka, a la que habías olvidado. ¡Ah, por qué no volviste antes! Ahora, todo ha terminado, es preciso que te vayas; ¡un instante más, y estarás perdido! ¡Adiós, amigo mío, adiós para siempre!

»—¡Sdenka —dije yo—, has sufrido muchas desgracias, me lo han contado! Ven, hablaremos un poco, y eso te aliviará!

»—¡Oh, amigo mío! —dijo ella—, no debes creer todo lo que se dice de nosotros. Pero vete, vete lo más deprisa que puedas; porque si te quedas aquí, es segura tu perdición.

»—Pero, Sdenka, ¿cuál es el peligro que me amenaza? ¿No puedes concederme una hora, una hora tan sólo, para hablar contigo?

»Sdenka se estremeció, y una extraña revolución se apoderó de toda su persona.

»—Sí, una hora; una hora, ¿verdad? Como cuando yo cantaba la balada del viejo rey, y entraste en esta habitación. ¿Es eso lo que quieres decir? Bien, de acuerdo: te concedo una hora. Pero no —dijo, rectificando—. Márchate, ¡vete! Vete cuanto antes; te lo suplico, ¡huye!… ¡Huye, ahora que aún tienes tiempo!

»Una energía salvaje animaba su semblante.

»No me explicaba las razones que la hacían hablar así, pero estaba tan hermosa que decidí quedarme, a pesar de sus ruegos. Cediendo finalmente a mi insistencia, se sentó junto a mí, me habló de tiempos pasados y me confesó ruborizándose que se había enamorado de mí desde el momento de mi llegada. Sin embargo, poco a poco, observé que se operaba un gran cambio en ella. Su antigua reserva dejó paso a un extraño abandono. Su mirada, hasta hacía poco tan tímida, tenía algo de atrevimiento. Finalmente, vi con sorpresa que su actitud hacia mí estaba muy lejos de la modestia que antes la había caracterizado.

»¿Es posible, me dije, que Sdenka no sea ya la joven pura e inocente que me pareció hace dos años? ¿Adoptaría entonces aquella apariencia por temor a su hermano? ¿Tan burdamente me dejé engañar por su fingida virtud? ¿Es, quizá, un refinamiento de su coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero no importa! Si Sdenka no es una Diana como yo había pensado, muy bien puedo compararla con otra divinidad no menos amable; ¡y por Dios que prefiero el papel de Adonis al de Acteón!

»Si esta frase clásica que me dirigí a mí mismo les parece pasada de moda, señoras, les ruego que recuerden que lo que tengo el honor de contarles ocurría en el año de gracia de 1758. La mitología estaba entonces a la orden del día, y yo no tenía ningún interés en ir por delante de mi siglo. Mucho han cambiado las cosas desde entonces, y no hace tanto que la Revolución, al derribar los vestigios del paganismo a la vez que los de la religión cristiana, ha puesto a la diosa Razón en su lugar. Esta diosa, mis queridas señoras, no ha sido jamás mi patrona, cuando me he encontrado en presencia de ustedes; y, en la época de la que hablo, me sentía menos inclinado aún a ofrecerle sacrificios. Me abandoné sin reserva a la inclinación que me empujaba hacia Sdenka, y corrí gozosamente al encuentro de sus caricias. Llevábamos ya un rato entregados a una dulce intimidad cuando, entreteniéndome en adornarla con todas sus joyas, quise ponerle en el cuello el crucifijo de esmalte que había encontrado sobre la mesa. Al hacer yo el ademán, Sdenka retrocedió con un estremecimiento.

»—Basta de niñerías, amigo mío —me dijo—; ¡aparta esas fruslerías y hablemos de ti y de tus proyectos!

»La turbación de Sdenka me dio que pensar. Al mirarla con atención, observé que no tenía ya en el cuello, como antes, el montón de medallas, relicarios y bolsitas de incienso que las mujeres serbias suelen llevar desde niñas, y no se quitan hasta la muerte.

»—Sdenka —le dije—, ¿dónde están las medallas que llevabas en el cuello?

»—Las he perdido —contestó en un tono de impaciencia; y cambió en seguida de conversación.

»No sé qué presentimiento vago, del que no me di cuenta, se apoderó de mí. Quise marcharme, pero Sdenka me retuvo.

»—¡Cómo! —dijo—, ¿me has pedido una hora, y quieres irte ya a los pocos minutos?

»—Sdenka —dije—, tenías razón al insistirme en que me fuera; me parece que oigo ruido, ¡y temo que nos sorprendan!

»—Tranquilízate, amigo mío, todos duermen a nuestro alrededor, ¡y sólo el grillo en la yerba y el abejorro en el aire pueden oír lo que tengo que decirte!

»—No, no, Sdenka; ¡es preciso que me vaya!…

»—Espera, espera —dijo Sdenka—; ¡te amo más que a mi alma, más que a mi salvación; me dijiste que tu vida y tu sangre eran mías!…

»—Pero tu hermano, tu hermano, Sdenka; ¡tengo el presentimiento de que vendrá!

»—Tranquilízate, vida mía; mi hermano es arrullado por el viento que juega en los árboles; muy pesado es su sueño, y muy larga la noche, ¡y yo sólo te pido una hora!

»Diciendo esto, Sdenka estaba tan hermosa que el deseo de seguir junto a ella comenzaba a imponerse al vago terror que me turbaba. Una mezcla de recelo y voluptuosidad imposible de describir inundaba todo mi ser. A medida que me debilitaba, Sdenka se mostraba más tierna; tanto que decidí ceder, prometiéndome permanecer alerta. Sin embargo, como he dicho antes, nunca he sido sensato sino a medias; y cuando Sdenka, al notar mi reserva, me propuso combatir el frío de la noche con unas copas del generoso vino que dijo haber conseguido del buen ermitaño, acepté la sugerencia con un entusiasmo que le hizo sonreír. El vino hizo su efecto. A la segunda copa, se me borró por completo la mala impresión que me había causado el detalle del crucifijo y las medallas; Sdenka, con la ropa desordenada, sus hermosos cabellos medio destrenzados, sus joyas centelleando con la luz de la luna, me pareció irresistible. No me contuve ya, y la estreché entre mis brazos.

»Entonces, señoras, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que yo no sabría explicar, pero que la experiencia me ha obligado a creer, aunque hasta entonces me había sentido poco inclinado a admitirlas.

»La fuerza con que enlacé los brazos alrededor de Sdenka hizo que se me clavase en el pecho una de las puntas del crucifijo que les acabo de enseñar, y que la duquesa de Gramont me había regalado al separarnos. El agudo dolor que sentí fue para mí como un rayo de luz que me traspasó de parte a parte. Miré a Sdenka, y vi que su rostro, aunque siempre hermoso, estaba contraído por la muerte, que sus ojos no veían, y que su sonrisa era el rictus que deja la agonía en el rostro de un cadáver. Al mismo tiempo, percibí en el aposento ese olor nauseabundo que emana normalmente de las criptas mal cerradas. Ante mí se alzó la espantosa verdad con todo su horror, y recordé, demasiado tarde, la advertencia del ermitaño. Comprendí cuán comprometida era mi situación, y me di cuenta de que todo dependía de mi valor y mi sangre fría. Me aparté de Sdenka para ocultarle el terror que mi rostro debía de reflejar. Mis ojos se desviaron a continuación hacia la ventana, y vi al infame Gorcha apoyado en una estaca ensangrentada, con sus ojos de hiena clavados en mí. La otra ventana estaba ocupada por el pálido rostro de Jorge, que en ese momento tenía, como su padre, un aspecto espantoso. Los dos parecían espiar mis movimientos, y no dudé de que se abalanzarían sobre mí en cuanto hiciera yo el menor intento de huir. Fingí, pues, no haberlos visto, y con inmenso esfuerzo seguí prodigando a Sdenka, sí, mis queridas señoras, las mismas caricias que me gustaba hacerle antes del terrible descubrimiento. Entre tanto, pensaba angustiado en el medio de escapar. Observé que Gorcha y Jorge intercambiaban con Sdenka miradas de entendimiento, y que empezaban a impacientarse. Oí fuera, también, una voz de mujer y gritos de niños; aunque tan espantosos que habrían podido tomarse por maullidos de gatos salvajes.

»Ha llegado el momento de largarme —me dije—; ¡y cuanto antes mejor!

»Dirigiéndome luego a Sdenka, le dije en voz alta, de manera que me oyesen sus horribles parientes:

»—Estoy muy cansado, amor mío; quisiera acostarme y dormir unas horas; pero antes debo ir a ver si ha comido el caballo. Por favor, no te vayas, y espérame a que vuelva.

»Posé entonces mis labios sobre sus labios fríos y descoloridos, y salí. Encontré el caballo cubierto de espuma y forcejeando en el cobertizo. No había tocado la avena; pero el relincho que profirió al verme llegar me puso la carne de gallina, porque temí que delatara mis intenciones. Sin embargo, los vampiros, que probablemente habían oído mi conversación con Sdenka, habían pensado en tomar medidas. Comprobé luego que la puerta cochera estaba abierta y, saltando sobre la silla, hinqué las espuelas en los ijares del caballo.

»Al trasponer la puerta, tuve tiempo de ver que los congregados alrededor de la casa, la mayoría de los cuales estaba con la cara pegada a los cristales, eran numerosos. Creo que mi brusca salida les impidió reaccionar al principio; porque durante unos momentos no discerní, en el silencio de la noche, otro ruido que el galope uniforme de mi caballo. Creía ya poder felicitarme de mi astucia, cuando de repente oí detrás un rumor semejante a un huracán irrumpiendo en las montañas. Mil voces confusas gritaban, bramaban y parecían reñir entre sí. Luego callaron todas, como de común acuerdo, y oí un patear precipitado como si se acercase a la carrera un tropel de infantería.

»Acucié a mi montura hasta desgarrarle los ijares. Una ardiente fiebre hacía que me latiesen con violencia las arterias; y mientras me agotaba en esfuerzos inauditos por conservar mi presencia de ánimo, oí tras de mí una voz que me gritaba:

»—¡Detente, detente, amigo mío! ¡Te amo más que a mi alma, te amo más que a mi salvación! ¡Detente, detente! ¡Tu sangre es mía!

»A la vez, un aliento frío me rozó la oreja, y sentí que Sdenka saltaba a la grupa de mi caballo.

»—¡Corazón, vida mía! —me dijo—. No veo otra cosa que a ti, ni siento otra cosa que a ti. No soy dueña de mí; obedezco tan sólo a una fuerza superior. ¡Perdóname, amigo mío, perdóname!

»Y, estrechándome con sus brazos, trató de inclinarme hacia atrás y morderme en el cuello. Entablamos una lucha terrible. Durante largo rato, me defendí con gran esfuerzo; pero finalmente logré coger a Sdenka por la cintura con una mano, y por las trenzas con la otra; y enderezándome sobre los estribos, ¡la arrojé a tierra!

»A continuación me abandonaron las fuerzas, y el delirio se apoderó de mí. Mil imágenes frenéticas y terribles me perseguían gesticulando. Primero salieron Jorge y su hermano Pedro al borde del camino, e intentaron cortarme el paso. No lo consiguieron; e iba yo a alegrarme cuando, al volverme, descubrí al viejo Gorcha, que, valiéndose de su estaca, venía saltando como hacen los tiroleses para salvar precipicios. Gorcha quedó atrás también. Entonces su nuera, que tiraba de sus hijos, le arrojó uno; y Gorcha lo recibió con la punta de la estaca. Y sirviéndose de ella a modo de balista, lanzó al niño con todas sus fuerzas sobre mí. Esquivé el golpe. Pero con un instinto de verdadero bulldog, el pequeño tunante se agarró al cuello de mi caballo, y me costó un esfuerzo tremendo arrancarlo. Del mismo modo me fue enviado el otro niño; pero cayó más allá del caballo, y se despachurró. No sé qué más vi; pero cuando recobré la conciencia, era de día y me encontraba tendido en el camino, junto a mi caballo agonizante.

»Así acabó, señoras, un episodio amoroso que debería haberme quitado para siempre las ganas de más. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrían decirles si fui a partir de entonces más precavido.

»Sea como fuere, todavía tiemblo al pensar que, de haber sucumbido a mis enemigos, me habría convertido yo también en vampiro. Pero el Cielo no permitió que las cosas llegaran a ese punto; y lejos de estar sediento de su sangre, señoras, no pido otra cosa, con lo viejo que soy, que verter la mía al servicio de todas ustedes.

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